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Comenzamos al cabo de una semana. En la corte se registraba una agitación sin precedentes. En palacio reinaba un gran tumulto. Todos los sirvientes cloqueaban como gallinas. El jefe de los eunucos del harén se esforzaba por averiguar que muchachas preferiría llevar consigo el rey; el custodio de las vajillas de plata solicitaba mi consejo al objeto de escoger las piezas preferidas por el rey. Éste no disponía ahora de tiempo para entretenerse conmigo; los hombres a quienes convocaba no estaban para danzas y, por la noche, se sentía tan agotado que hasta dormía solo.
Un día me dirigí a caballo hacia las riberas del río donde crecen los lirios en primavera. Desde allí podían distinguirse claramente las colinas. Nuestra fortaleza se estaba desmoronando. A punto estuve de cabalgar hasta allí para despedirme, pero recordé entonces la alforja del caballo del capitán con la cabeza de mi padre agitándose y chorreando sangre. Las llamas de las vigas se elevaban hasta treinta pies de altura. Regresé y procedí a hacer el equipaje.
Los eunucos de la corte viajarían como las mujeres, en carros cubiertos, provistos de cojines; pero nadie esperaba eso de mí. Mandé almohazar mi caballo e intenté conseguir un asno para Neshi, pero éste tuvo que ir a pie al igual que los demás servidores.
Me llevé los mejores vestidos, una muda para el camino y algunos trajes de danza. Llevaba el dinero y las joyas en la bolsa del ceñidor; por si me sucedía alguna desgracia, me guardé allí también el espejo de mano y los peines y la pintura de ojos con los cepillos. Nunca usaba carmín. No debe hacerse tal cosa cuando se es un tipo persa genuino. Resulta vulgar con la tez color marfil.
Me compré también una pequeña daga. Jamás había utilizado armas pero por lo menos para danzar se le enseña a uno a empuñarlas como es debido.
A los eunucos ancianos les apenó mucho y me rogaron que la dejara. Decían que los eunucos desarmados que son hechos prisioneros en guerra reciben la misma consideración que las mujeres, mientras que si van armados no. Repuse que podría desprenderme de ella cuando quisiera.
Lo cierto era que había vuelto a soñar con mi padre, aquel mismo sueño aterrador. Aunque despertaba empapado en sudor, sabía que estaba en su derecho al presentarse ante mí, su único hijo, en demanda de venganza. Había escuchado el nombre del traidor que lo había delatado mientras me lo gritaba camino de la muerte. Por la mañana, como siempre, volví a olvidarlo. Me parecía que no tendría muchas probabilidades de hacerle justicia; pero, por lo menos, por consideración a él, iría armado. Hay eunucos que se convierten en mujeres y otros que no; somos algo aparte y tenemos que sacar de ello el partido que podamos.
Es costumbre que el rey inicie la marcha al amanecer; no sé si es para otorgarle la bendición del fuego sagrado, o bien para que pueda dormir a su entera satisfacción. Los carros y los carruajes fueron sacados por la noche. La mayoría de nosotros nos levantamos a media noche para prepararnos para el viaje.
Al rayar el alba, me costó creer que el ejército real se encontraba ya en Babilonia y que, en cambio, la horda que se extendía ahora hasta una distancia considerable por ambos lados, no fuera más que la corte, que se iba a reunir con aquél.
La Guardia Real, los Diez Mil Inmortales que jamás abandonaban su persona, ocupaba buena parte del camino. Después estaban los parientes del rey. Se trata de un título honorífico, no de sangre; había quince mil, si bien diez mil de ellos ya se habían trasladado a Babilonia. Presentaban un soberbio aspecto; tenían los escudos labrados con oro y, formados a la luz de las antorchas, las joyas de sus yelmos resplandecían.
Después venían los magos con su altar transportable de plata, dispuestos a encender el fuego sagrado e iniciar la marcha.
Mientras cabalgaba de un lado para otro contemplando embobado tanto esplendor, me pregunté si no estaría fatigando demasiado al caballo teniendo en cuenta el camino que nos esperaba. Después recordé que a pesar de los muchos carros y caballos que había, la columna iría al paso en consideración a los hombres que irían a pie y a los magos con su altar transportable. Pensé en el imprudente capitán que había dicho que de Susa a Babilonia no había más que una semana. Como es natural, él era de caballería. A aquel paso tardaríamos un mes.
El transporte se extendía interminablemente. Había doce carros sólo para el rey, para su tienda, su mobiliario, el guardarropa y la vajilla, el cuarto de baño transportable y los correspondientes accesorios. Había carros para los eunucos de la corte y las pertenencias de éstos; y después carros para todas las mujeres. Al final, el rey había decidido llevarse a todas las concubinas más jóvenes, más de cien; ellas con sus efectos personales y los eunucos no eran más que el principio. Estaban los señores de la corte que todavía no se habían adelantado a Babilonia, con sus esposas e hijos, con sus harenes y equipajes. Después estaban los carros de víveres. Toda aquella gente no podía alimentarse con los productos del campo. Las antorchas se extendían ahora más allá del alcance de mi vista. Y detrás de los carros venían los sirvientes que iban a pie; el ejército de esclavos destinados a levantar el campamento, los cocineros, los herreros, los palafreneros y los guarnicioneros y una gran hueste de criados personales como el mío.
Me alejé del camino y me dirigí a la plaza del palacio mientras las antorchas iban palideciendo. Estaban sacando ahora el Carro del Sol. Estaba totalmente recubierto de oro. Sobre el mismo se levantaba, en lo alto de un poste de plata, un emblema del sol con sus rayos; el símbolo del dios, su único jinete. Ni siquiera el cuerpo del auriga podía mancillarlo; la pareja de grandes caballos blancos que lo tiraba era conducida a pie.
Al final se sacó el carro de batalla del rey, casi tan espléndido como el del dios. (Me pregunté si sería tan bueno como el que había abandonado en manos de Alejandro.) El auriga estaba colocando en su sitio las armas del rey: venablos, arco y flechas. Delante se levantaba la silla de manos destinada al viaje, con varas de oro y un dosel del sol con franjas de oro.
Al empezar a encenderse el oriente aparecieron los hijos de los parientes, elegantes jóvenes algo mayores que yo, que marcharían delante y detrás del rey vestidos de púrpura de la cabeza a los pies.
Todo este orden de marcha estaba establecido de acuerdo con una antigua jerarquía. Ya era hora de que me buscara sitio al lado de los carros de los eunucos; evidentemente no había lugar para mí cerca del rey.
De pronto empezó a brillar en lo alto del Carro del Sol un reluciente punto de luz. El centro del sol con sus rayos era un globo de cristal. Y éste había captado el primer rayo del amanecer. Se escucharon los cuernos y las trompetas. En la distancia, una figura vestida de blanco y púrpura, muy alta incluso desde tan lejos, subió a la silla de manos real.
Lentamente, al principio sin ningún movimiento hacia adelante, la vasta caravana se agitó. Después, perezosa como una serpiente invernal, empezó a arrastrarse. Pasó casi una hora antes de que pudiéramos advertir que estábamos avanzando.
Enfilamos el Camino Real a través de la tierra de los ríos, baja y verde, con abundantes cosechas en la fértil tierra oscura. Unos lagos muy poco profundos llenos de juncos reflejaban el cielo. A veces unas grandes calzadas de roca dura se extendían sobre los pantanos. Ahora éstos se hallaban en buena parte secos y endurecidos, pero no acampamos junto a ellos en ninguna ocasión, puesto que se decía que producían fiebres.
Asistía al rey todas las tardes cuando su tienda estaba abarrotada de gente. Había sitio para la mayoría de sus habituales acompañantes. Al parecer, gustaba de contemplar rostros conocidos. De noche solía ordenarme que me quedara. Me costaba más que nunca excitarlo y pensaba que ojalá hubiera preferido dormirse. Pero creo que, en realidad, de haberse quedado solo, hubiera permanecido despierto.
A cada pocos días, galopando a nuestro encuentro, un mensajero real, el último hombre y caballo de la larga caravana, vigoroso y rápido como un corzo, traía noticias de occidente.
Alejandro había tomado Gaza. Parecía que ya se le había derrotado definitivamente. Había sido alcanzado en el hombro por el proyectil de una catapulta y había caído hacia atrás; el proyectil le había atravesado la armadura pero él se había levantado y había seguido luchando. Después había vuelto a caer y se lo habían llevado como muerto. Nuestra gente había esperado algún tiempo sabiendo que era un hombre al que era muy dificil matar y, efectivamente, aunque se había desangrado hasta quedar más pálido que la cera, seguía vivo. Tendría que permanecer acostado algún tiempo, pero su avanzada ya había iniciado la marcha hacia Egipto.
Cuando se supo todo ello pensé para mis adentros: tal vez está fingiendo para que nos confiemos; entonces podría atacar por el este como un rayo y sorprendernos. Si yo fuera el rey, pensé, saldría de la silla de manos, subiría al carro y me adelantaría a Babilonia con toda la caballería, por si acaso.
Ansiaba que la trompeta nos llamara a cabalgar. Todas las noches, comprendiendo que Neshi estaba muy agotado a causa de la marcha a pie, atendía personalmente a mi caballo. Le había llamado Tigre. Sólo había tenido ocasión de ver la piel de uno de estos animales, pero era un nombre muy impetuoso.
Cuando me presenté al rey por la noche, éste se hallaba jugando a las damas con uno de los cortesanos, tan distraído, que al hombre le estaba costando Dios y ayuda poder perder. Al terminar la partida, el rey me pidió que cantara. Recordé el canto de batalla de los hombres de mi padre que tanto le había gustado en otra ocasión; esperaba que le alegrara el alma. Sin embargo, al cabo de dos versos, me pidió que cantara otra cosa.
Pensé en su antiguo combate con el campeón cardusiano que tanto renombre le había reportado; procuré imaginármelo adelantándose y arrojando el venablo, despojando al enemigo de sus armas y regresando entre los vítores de los guerreros. Entonces era más joven; no disponía de palacios ni casi de muchachas. Pero es que una batalla es algo distinto a un combate de esta clase, sobre todo cuando uno ostenta el mando y más todavía cuando uno se dirige al encuentro del hombre del que huyó la última vez.
Mi canto tocó a su fin. Me dije a mí mismo: ¿Quién soy yo para juzgar? ¿Qué acción tendré ocasión de presenciar? Ha sido un buen amo y eso debiera ser suficiente para mí, que jamás seré un hombre.
Cada mañana se levantaba el Emblema del Sol junto al pabellón real. Cada mañana, cuando el primer rayo de sol se posaba en el cristal, sonaban los cuernos, el rey era escoltado hasta la silla de manos y el carro se colocaba detrás. De esta forma avanzábamos por el Camino Real, atravesando la tierra de los ríos, y las noches sucedían a los días.
Cuando me cansaba de la charla de los eunucos en los carros, me dirigía a los carros del harén para conversar un poco con las muchachas. Como es natural, de cada carro estaba encargado por lo menos un eunuco; si me invitaban, sujetaba el caballo al tablero posterior y me encaramaba al carro. Me resultaba instructivo. Aquella horda de mujeres en nada se parecía al pequeño harén de mi antiguo amo. Podía llegarse hasta el rey una vez en el transcurso de un verano, una vez al año o nunca; o bien éste podía enviar a buscar a una muchacha casi todas las noches por espacio de un mes y después no volver a hacer caso jamás. En conjunto, se veían obligadas a vivir muy unidas; estaban llenas de bandos, alianzas y amargas enemistades que casi nunca procedían de una rivalidad con respecto al rey, sino que se debían al hecho de verse todos los días sin otra ocupación más que la de charlar. Resultaba divertido visitar aquel mundo, pero esperaba que jamás tuviera que moverme en él.
Resultaba asombroso comprobar con cuánta velocidad se propagaban las noticias a través de la columna. La gente hablaba por aburrimiento, para alegrar el camino. Alejandro ya se había repuesto y había enviado espías para enterarse de dónde se encontraba Darío. Por lo que a mí me constaba, me parecía adivinar lo que desconcertaba al macedonio. Hubiera podido ocurrírsele todo menos que su enemigo se hallaba todavía de camino.
No obstante, debió averiguarlo muy pronto; supimos a continuación que se estaba dirigiendo al sur, hacia Egipto. Por consiguiente, no había prisa.
Seguimos avanzando lentamente hasta que llegamos al laberinto de canales y corrientes que conducen el Éufrates a los maizales de Babilonia. Los puentes son muy altos con vistas a las inundaciones invernales. A veces los arrozales extendían sus lagos, que nos cegaban con la matinal luz del sol que reflejaban. Un mediodía, cuando el resplandor se hubo apagado un poco, vimos frente a nosotros las murallas negras de Babilonia, extendidas sobre el bajo horizonte contra el denso cielo.
No es que las murallas estuvieran cerca; las distinguíamos gracias a su altura. Cuando al final atravesamos los campos de trigo que rodeaban el foso, amarillos por estar próxima la segunda cosecha, nos pareció que nos encontrábamos bajo unas escarpadas rocas de montaña. Se podían distinguir los ladrillos y el betún, pero parecía imposible que aquello pudiera ser obra de manos humanas. Las murallas de Babilonia tienen 75 pies de altura y más de 30 de grosor y cada lado del cuadrado que forman mide sesenta y seis mil pies. No vimos huella alguna del ejército real; había espacio para que acamparan allí veinte mil de a pie y cincuenta mil de a caballo.
Las murallas poseen puertas de bronce macizo. Penetramos por la avenida real, adornada con gallardetes y estandartes, flanqueada por magos que sostenían altares del fuego y trompeteros y cantores de alabanzas, y sátrapas y comandantes. Más adelante se encontraba el ejército; las murallas de Babilonia encierran toda una campiña. En todos sus jardines pueden plantarse cereales en caso de asedio; está bañada por el Éufrates y constituye una ciudad inexpugnable.
El rey entró allí montado en su carro. Poseía una hermosa figura que superaba en media cabeza al auriga, resplandeciente en blanco y púrpura. Los babilonios lo aclamaron con fervor mientras avanzaba acompañado por los cortesanos y los sátrapas, para presentarse ante el ejército.
A nosotros, los componentes de la corte, se nos condujo a través de las rectas calles altas para que entráramos en palacio, a través de las puertas apropiadas a nuestra condición, con el fin de que pudiéramos prepararnos para el amo.
El conocimiento puede alterar la memoria. Veo mentalmente todas aquellas glorias: el ladrillo de arcilla fina, pulimentado, esculpido, esmaltado, vidriado o dorado; el mobiliario de ébano nubio con incrustaciones de marfil; las colgaduras de escarlata y púrpura, tejidas con oro y bordadas con perlas de la India. Recuerdo el frescor después del tórrido calor del exterior. Y me parece que aquel frescor se me antojó la sombra de una cegadora congoja y que aquellos muros me oprimieron como una tumba. Y, sin embargo, supongo que entré como lo hubiera hecho cualquier muchacho después de un largo viaje, con los ojos muy abiertos para poder contemplar todas aquellas maravillas.
Cuando hubieron dispuesto la vajilla del rey para su comida y vino, prepararon la cama que estaba totalmente recubierta de oro, con una divinidad alada en cada poste. Después, teniendo en cuenta que llegaría fatigado y lleno de polvo a causa del viaje, le prepararon un baño.
Puesto que en Babilonia hace mucho calor, el baño es un placer que podría prolongarse todo el día. El suelo es de mármol del oeste, con paredes de vidrio y flores blancas sobre fondo azul. El baño es un espacioso estanque cuyos mosaicos de lapislázuli están adornados con peces de oro grabados. Hay macetas con hermosos arbustos y plantas que se cambian con las estaciones, con jazmines y cidros; las caladas persianas dan acceso al bañadero, cuya agua procede del Éufrates.
Todo había sido preparado, todo relucía; el agua era tan limpia como el cristal, simplemente tibia, puesto que el depósito había sido calentado con sol filtrado. Había un sofá con cojines de fino lino, para descansar en él después del baño.
Mientras viva no olvidaré ni un solo mosaico, ni un pez dorado, ni un hilo de lino. Cuando lo vi por primera vez pensé, simplemente, que todo era muy hermoso.
En cuanto nos hubimos aposentado, los días se sucedieron con la misma suavidad que las ruedas hidráulicas que había bajo los Jardines Colgantes; nuestra suerte, sin embargo, era menos dura que la de los bueyes que las hacían girar. Aquella hermosa colina debida a la mano del hombre, con sus frondosos árboles y los frescos bosquecillos que hay en sus terrazas, precisa de mucha agua y cuesta mucho el transporte de ésta hasta arriba. A menudo, si se escucha bien, puede oírse entre los cantos de los pájaros el restallar de los látigos de abajo.
Seguían llegando tropas de refuerzo desde las más lejanas satrapías, tras largos meses de marcha. Toda la ciudad se volcó para admirar a los bactrianos. Ya había refrescado debido a la proximidad del otoño, pero ellos sudaban porque se habían puesto sus mejores galas: chaquetas de fieltro, calzones anchos y gorros forrados de piel, bien abrigados para hacer frente a los rigores del invierno bactriano. Podía adivinarse que procedían de una tierra rica a través de los atuendos de los señores y de la robusta complexión de los hombres después de una marcha tan larga. Cada señor venía con los guerreros de su propia plaza fuerte, tal como hubiera hecho mi padre de haber vivido. Pero los señores bactrianos se contaban por cientos. Transportaban la impedimenta en una larga caravana de camellos lanudos, de cuerpos alargados y recias patas, muy apropiados para soportar la fatiga.
Iban encabezados por su sátrapa Bessos, primo de Darío. El rey lo saludó de pie en el Salón de Audiencias y le ofreció la mejilla para que se la besara. Era más alto pero no mucho. Bessos era fornido como sus camellos y presentaba varias cicatrices de guerra casi ennegrecidas por el sol y el viento. No se habían visto desde la derrota de Isos. Y ahora descubrí en los ojos de Bessos, muy pálidos bajo sus negras cejas, una simulación de respeto bajo una sombra de desprecio y en los ojos del rey pude leer una sombra de desconfianza. Bactria era la satrapía más poderosa de todo el imperio.
Entre tanto, había llegado la noticia de que Egipto le había abierto los brazos a Alejandro, lo había recibido como a un libertador y le había proclamado faraón.
Yo sabía muy pocas cosas de Egipto por aquel entonces. Ahora sé muchas porque vivo aquí. Lo he visto grabado en la pared del templo adorando a Amón con la misma apariencia de todos los faraones, incluso con la pequeña tira azul de la barba de ceremonia. Tal vez cuando le colocaron la doble corona y depositaron en sus manos el cayado y el mayal, llegó a ponérselo. En estas cosas era muy cumplido. Pero no tengo más remedio que sonreír.
Había acudido al oráculo de Amón en la verde Siva del desierto, donde, al parecer, se le dijo que el dios estaba allí antes que el rey su padre cuando él fue concebido. Éstos eran los rumores que corrían; entró solo y después se limitó a decir que había quedado satisfecho.
Le pregunté a Neshi acerca de este oráculo mientras me vestía y me peinaba el cabello. Había asistido a la escuela de escribanos hasta que Ocos había conquistado Egipto y todos habían sido arrancados de los templos y vendidos. Incluso entonces seguía rasurándose la cabeza.
Dijo que el oráculo era muy antiguo y reverenciado. Hacia mucho tiempo (y eso para un egipcio significa por lo menos mil años), el dios solía hablar en Tebas tal como lo hace en Siva. En tiempos de la terrible Hatseput, la única mujer faraón, su hijastro Tutmosis servía en el altar. El símbolo del dios era transportado, al igual que ahora en Siva, en un barco lleno de oro y joyas y tintineantes vasijas. Los portantes afirman que las varas se les clavan en los hombros cuando el dios quiere hablar y que notan el peso de éste indicándoles hacia dónde deben ir. Y los guió hacia aquel joven príncipe que era un don nadie entre la gente e hizo que el barco se inclinara ante él; lo sentaron entonces en el trono real comprendiendo su destino. Neshi sabía contar muchas historias como ésta.
Cuando hice la peregrinación (por cierto un viaje muy duro, aunque he conocido otros peores) le hice también una pregunta al oráculo. Se me dijo que era suficiente que ofrendara el sacrificio adecuado y no mostrara curiosidad acerca de alguien que había sido recibido entre los dioses. Sin embargo, no me conformaba con no haberlo visto jamás.
Entre tanto, en Babilonia disponía de mucho tiempo libre, porque el rey siempre estaba ocupado. Gracias a ello pude dedicarme a curiosear por mi cuenta. Subí la escalera que rodeaba la torre-templo de Bel a pesar de que la cima en la que su concubina solía tenderse en el lecho de oro se hallaba ahora en ruinas. Era muy acosado por las alcahuetas porque era todavía lo suficientemente joven como para ser barbilampiño. Y vi el templo de Mylita con su célebre patio.
Una vez en la vida todas las muchachas de Babilonia deben ofrecerse a la diosa. El patio es un enorme bazar de mujeres sentadas en hileras señaladas con cuerdas encamadas. Ninguna puede negarse al primer hombre que le arroje al regazo una moneda de plata. Había algunas tan hermosas como princesas sentadas sobre cojines de seda y con esclavos que las abanicaban al lado de muchachas campesinas de manos encallecidas. Los hombres paseaban a lo largo de las hileras como si de una feria de caballos se tratara; casi se esperaba que fueran a examinarles los dientes. Las damas bonitas no tienen que esperar mucho, pero si un patrón de barco de río llega antes que un señor, no tienen más remedio que aceptarlo. Más de una extendió las manos hacia mí en la esperanza de cumplir con su obligación con alguien que no fuera demasiado feo. Había un bosquecillo en las cercanías donde se llevaba a cabo el rito.
Al observar que algunos hombres se estaban riendo fui a ver. Se estaban burlando de las muchachas feas que se pasaban los días sin ser escogidas por nadie. Para que compartiera la diversión me mostraron a una que llevaba tres años sentada allí.
Había pasado de muchacha a mujer. Tenía un hombro encorvado, una gran nariz y una señal de nacimiento en la mejilla. Las muchachas que se encontraban a su lado, a pesar de su vulgaridad, la miraban y se consolaban. Se limitaba a permanecer sentada con las manos cruzadas soportando las risas de la misma manera que un buey soporta el azote y la aguijada. De repente me llené de cólera al pensar en la crueldad humana. Recordé cómo le habían cortado la nariz los soldados a mi padre estando vivo, pudiendo hacerlo una vez muerto; recordé cómo hablaban de trivialidades los hombres que me habían castrado, ajenos a mi dolor. Extraje un dárico de plata de la bolsa, se la arrojé al regazo y pronuncié las palabras rituales: «Que Mylita te dé suerte.»
Al principio pareció que no me entendía. Después los haraganes lanzaron grandes vítores rufianescos. Ella recogió la moneda y me miró asombrada. Yo le sonreí y le ofrecí la mano.
Se puso en pie. Era horrible, se la mirara como se la mirara, pero hasta una lámpara de arcilla es bonita cuando su luz brilla al anochecer. La alejé de sus atormentadores diciéndole: «Que se busquen otra diversión.» Ella trotó a mi lado. Le llevaba una cabeza de estatura a pesar de que todavía no había crecido del todo. La baja estatura se desprecia en Babilonia tanto como en Persia. Todos nos estaban mirando, pero sabía que debía llevármela hasta el bosquecillo.
En el interior del mismo, el espectáculo era de lo más desagradable. Un persa no hubiera podido concebirlo jamás. Los árboles y los arbustos no constituían suficiente abrigo para la decencia. En mis peores días de Susa no me había tropezado con nadie tan desvergonzado como para hacer tales cosas en otro lugar que no fuera el propio aposento.
Cuando llegamos a la entrada le dije: «Puedes estar segura de que no te someteré a esta ignominia. Adiós, que seas feliz.» Ella me miró sonriendo, demasiado aturdida como para poder comprender mis palabras; después me señaló el bosque diciéndome: «Conozco un buen sitio».
Jamás hubiera podido ocurrírseme que ella lo estuviera esperando. Apenas podía dar crédito a mis oídos. Aunque había tenido intención de guardar mi secreto, le dije a regañadientes:
- No puedo entrar contigo en el bosque. Soy uno de los eunucos del rey. Me molestaba que se burlaran de ti y quería liberarte.
Por unos momentos se me quedó mirando con la boca abierta. Después gritó súbitamente:
- ¡Oh, oh!
Y me propinó dos bofetones en la cara, uno con cada mano. Me quedé de pie con los oídos que me silbaban mientras ella corría calle abajo gritando al tiempo que se golpeaba el pecho:
- ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!
Me quedé sorprendido y herido por su ingratitud. Yo no tenía la culpa de que me hubieran castrado, como no la tenía ella de ser tan fea. Mientras regresaba a casa meditando, se me ocurrió pensar que desde que había nacido se me había querido siempre en alguna parte, para bien o para mal. Procuré imaginarme qué tal debía ser haber vivido veinte años sin haberlo conocido jamás. Ello apagó mi cólera, pero regresé a casa muy triste.
El invierno fue muy benigno en Babilonia. Cumplí los quince años, pero nadie lo supo más que yo. En nuestra familia, al igual que en toda Persia, siempre se habían celebrado mucho los aniversarios. Aunque ya habían pasado cinco años, todavía no me había acostumbrado a despertarme sabiendo que cada día iba a ser igual que el anterior. El rey jamás me había preguntado cuándo lo celebraba. Parecía infantil que lo recordara, porque se había mostrado muy generoso conmigo en otras ocasiones.
Las noticias de Egipto llegaban muy fragmentadas. Alejandro había restablecido las antiguas leyes; había organizado un gran banquete con concursos de atletas y músicos. En la desembocadura del Nilo había trazado el plano de una ciudad señalando las líneas con harina, que se comieron unas bandadas de pájaros; se consideró que tal presagio significaba que la ciudad sería aniquilada.
No sé cómo debía ser cuando descendieron los pájaros. Verde tierra llana con abundancia de papiros, unas cuantas palmeras, algunos asnos pastando, un arracimamiento de cabañas de pescadores. Es Alejandría, en la actualidad, un palacio entre las ciudades. Aunque él jamás la vio, ha regresado a ella para siempre. Y en lugar de pájaros, la ciudad ha cobijado a hombres de todos los lugares del mundo de la misma manera que me ha cobijado a mil.
Después de los bactrianos llegaron a Babilonia los escitas vasallos de Bessos. Salvajes hirsutos y rubios con los rostros tatuados de azul. Lucían puntiagudos gorros de piel de lince, blusones sueltos y calzones ajustados al tobillo; transportaban en carros de bueyes sus negras tiendas y sus mujeres. Son grandes arqueros. Pero apestan espantosamente; la única vez que se bañan en su vida se produce cuando la comadrona les sumerge en leche de yegua. Se les trasladó inmediatamente al campamento. Ningún pueblo podría permitirse ser tan descarado como son los babilonios por el hecho de bañarse todos los días.
Llegó la noticia de que Alejandro había abandonado Egipto. Se estaba dirigiendo ahora hacia el norte.
Él convocó un consejo en el gran salón de audiencias. Yo me quedé fuera para poder contemplar a los grandes señores cuando éstos salieran. Me llevó hasta allí la curiosidad infantil, pero conseguí aprender algo útil que jamás he olvidado. En tales ocasiones quédate quieto y aparenta indiferencia y verás que los hombres se revelan tal cual son. Ante la Presencia tienen que mostrar respeto y guardarse la mitad de los pensamientos; fuera, cada cual se dirige a quien le parece digno de confianza y se inician las intrigas.
Observé así que Bessos se dirigía a Nabarzanes, que llevaba en Babilonia más tiempo que el rey por ser el comandante en jefe de la caballería. Había combatido en Isos. Sus hombres lo tenían en buen concepto.
Fue en las casas de placer a las que acudí para presenciar las danzas donde los escuché. A diferencia de lo que sucedía en Susa, nadie sabía quién era yo. Y ciertamente en ningún momento sentí la tentación de trasladar sus palabras al rey. Decían que en Isos, Nabarzanes había combatido una gran batalla a pesar del error que había cometido el rey al elegir terreno. La caballería había iniciado una carga cuando los demás estaban tambaleándose, había superado a los caballos macedonios y había esperado poder modificar la suerte; entonces había huido el rey contándose entre los primeros que habían abandonado la batalla. Y con ello vino la derrota. No se puede huir y seguir combatiendo; en cambio, el perseguidor puede atacar. Se había producido una gran matanza de la que se culpaba al rey.
Llevaba mucho tiempo entre hombres prudentes; tales palabras no me parecían posibles. Me dolieron. Hay que vivir con el nombre del propio amo y compartir la desgracia de éste. El capitán al que había oído hablar en Susa debía ser de los de Nabarzanes.
Nabarzanes era alto y delgado, con un rostro persa de pura raza, hermosamente esculpido y orgulloso. Poseía buenos modales y sabía reírse aunque no con demasiada frecuencia. En la corte solía saludarme con mucha amabilidad, pero jamás traspasaba estos límites. No sabía si le gustaban los muchachos o no.
Él y Bessos formaban una extraña pareja: Nabarzanes, delgado como una espada, vestido con el sencillo atuendo de Persia; el corpulento Bessos, con su negra y poblada barba y el tórax más ancho que el de un oso, vestido de cuero bordado, con cadenas de bárbaro oro. Pero eran soldados que se habían conocido en campaña. Se alejaron rápidamente del tumulto como si estuvieran ansiosos de hablar a solas.
La mayoría de la gente hablaba en público y pronto supo toda Babilonia lo que había acontecido en el consejo. El rey había propuesto que todo el ejército persa se retirara a Bactria. Allí le sería posible reunir más tropas de la India y el Cáucaso, fortificar el imperio oriental y cosas análogas.
Fue Nabarzanes quien se adelantó para citar las palabras del primer desafío de Alejandro cuando a éste se le consideraba todavía un muchacho jactancioso. «Sal a combatir conmigo. Si no lo haces, te seguiré adondequiera que vayas.»
El ejército se quedó, por tanto, en Babilonia.
¡Retroceder a Bactria! Rendir, sin sufrir otro golpe, a la mismísima Persia, la antigua tierra de Ciro, que era entre otras cosas el corazón y la cuna de nuestra raza. Yo, que no tenía allí más que un recuerdo y una ruina sin techo, me angustié con toda el alma; el rostro de Nabarzanes me dijo lo que éste sentía. Aquella noche el rey me conservó a su lado. Procuré recordar la amabilidad que siempre me había demostrado y olvidar todo lo demás.
Poco tiempo después, le servía una mañana en el aposento interior cuando fue conducido hasta la antecámara un anciano erguido de canoso cabello. Era el sátrapa Artabazos, que se había rebelado contra Ocos y había vivido exiliado en Macedonia en tiempos del rey Filipo y le pregunté si podía servirle algo mientras esperaba. Tal como me imaginaba, empezó a hablarme y yo le pregunté si había visto alguna vez a Alejandro.
- ¿Verlo? Lo he tenido sentado sobre las rodillas. Un niño precioso. Sí, hasta en Persia hubieran dicho que era agraciado ―se sumió en sus propios pensamientos; era muy anciano; hubiera podido dejar que siguieran al rey a la guerra sus muchos hijos; pensé que se había distraído, tal como suele sucederles a los ancianos, pero de repente abrió un ojo muy vivo bajo las pobladas cejas blancas―. Y sin miedo a nada. A nada en absoluto ―concluyó.
En la primavera, Alejandro regresó a Tiro. Ofreció sacrificios y organizó más juegos y competiciones. Parecía que solicitara la ayuda de los dioses con vistas a una nueva campaña. Cuando la primavera se trocó en verano, los espías revelaron que había iniciado la marcha sobre Babilonia.
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El muchacho persa
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