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De Babilonia a Arbela hay cien leguas atravesando el valle del Tigris hacia el norte.
Alejandro había abandonado Tiro y había tomado la dirección nordeste para bordear los desiertos de Arabia. Bajaría desde el norte. El rey se dirigió al norte con el ejército real y la corte lo siguió.
Me había imaginado una columna interminablemente larga. Pero los hombres se esparcían por todo el llano entre el río y las colinas. Era como si de la tierra brotaran hombres en lugar de maíz. Los había por todas partes a caballo, a pie y a lomos de camellos. El transporte se efectuaba en pequeñas caravanas que seguían los caminos menos accidentados. Aparte, tan separados como si fueran leprosos, se hallaban los carros de las guadañas con las largas y curvadas hojas surgiendo de las ruedas. Un soldado corto de vista que se atravesó en su camino sufrió la amputación de una pierna y murió a consecuencia de ello.
La corte viajaba muy cómodamente; los batidores se adelantaban para encontramos los terrenos más suaves.
Alejandro había cruzado el Éufrates. Había enviado a unos ingenieros para que tendieran un puente; el rey había enviado al sátrapa de Babilonia, Mazaios, con sus hombres para que los detuvieran. Ellos lo hicieron hundiendo los pilotes. Cuando llegó Alejandro con todas sus fuerzas, la caballería de Mazaios se retiró. El puente estuvo terminado al día siguiente.
Pronto nos enteramos de que se encontraba al otro lado del Tigris. Allí no tendría que tender ningún puente. Por algo se le llama La Flecha. Lo había acometido de frente, adelantándose él primero para analizar el terreno. Había sufrido algunas pérdidas de impedimenta pero no de hombres.
Después perdimos su rastro durante algún tiempo. Había abandonado el llano del río para llevar a sus hombres, rodeando las colinas de forma que éstos no sufrieran tanto calor.
Cuando se supo su paradero, el rey inició la marcha para escoger el campo de batalla.
Sus generales le habían dicho que había perdido en Isos por falta de espacio en el que moverse, de tal forma que no había podido utilizar todas sus fuerzas. Había una hermosa y extensa llanura a unas dos leguas al norte de Arbela. Yo no tuve ocasión de verla. Cuando el rey acampara, la corte se quedaría en la ciudad con el oro y las provisiones.
Arbela es una antigua ciudad grisácea que se levanta sobre las colinas. Es tan antigua que se remonta a los asirios. Yo lo creo así porque siguen venerando a Ichtar sin su consorte. Horriblemente vieja, ésta te mira fijamente en el templo con sus enormes ojos, asiendo sus flechas.
Nos hallábamos muy ocupados buscando alojamiento para las mujeres, siendo apartados a un lado por los soldados que deseaban edificaciones fuertes para el tesoro y alojamiento para la guarnición y una casa para el rey por si la necesitaba (fue necesario desalojar al gobernador). Apenas podíamos pensar que nos hallábamos en vísperas de la batalla.
Acabábamos de aposentarnos cuando se escucharon gritos y lamentos por las calles, y las mujeres corrieron en tropel al templo. Experimenté una extraña sensación, antes incluso de ver el mal presagio. La luna había sido devorada por la oscuridad. Vi cómo se desvanecía su última curva, sombría y enrojecida.
Sentí que el frío me recorría el cuerpo. La gente se lamentaba. Después escuché la enérgica voz de Nabarzanes diciéndoles a sus soldados que la luna era una vagabunda y que lo mismo era el macedonio, razón por la cual el presagio iba destinado a éste. Todos los que lo rodeaban se tranquilizaron. Pero desde el viejo templo gris en el que las mujeres habían servido a Ichtar por espacio de mil años, seguían escuchándose los lamentos como el alto viento cuando silba entre los árboles.
El rey había enviado una numerosa tropa de esclavos al campo de batalla, con objeto de que allanaran el terreno para los carros y los caballos. Los espías le habían dicho que el número de caballos del macedonio era muy inferior y que éste no disponía de carros de ninguna clase y tanto menos de carros provistos de guadañas.
La siguiente noticia llegó no a través de los espías sino de un mensajero. Se trataba de Tiriotes, uno de los eunucos que servían a la reina. Alejandro lo había enviado para que comunicara la noticia del fallecimiento de ésta.
Gemimos tal como era de rigor y después el rey nos despidió. Lo escuchamos gritar mucho, y escuchamos los llantos de temor de Tiriotes. Al final, éste apareció tembloroso y desmelenado como consecuencia de haberse tirado de los pelos y haberse rasgado las vestiduras.
Había entrado en la corte antes que yo pero los más viejos lo conocían bien. Le trajeron cojines y le sirvieron vino que le hacía mucha falta. Prestamos atención por si el rey nos llamaba pero no oímos sonido alguno. El eunuco se acercó la mano a la garganta magullada y enrojecida.
Bubakes, jefe de los eunucos de la corte, comentó:
- Nunca es bueno traer malas noticias a los poderosos.
- ¿Por qué no os lamentáis? ―preguntó Tiriotes frotándose la garganta―. Lamentaos, lamentaos por el amor de Dios.
Durante un rato nos dedicamos a emitir los adecuados lamentos. El rey no nos llamó. Acompañamos a Tiriotes a un rincón tranquilo. En una casa se puede hablar con más tranquilidad que en una tienda.
- Decidme ―nos preguntó―, ¿ha estado el rey inquieto últimamente?
Le contestamos que simplemente un poco malhumorado.
- Me ha gritado que Alejandro había matado a la reina en un intento de ultrajarla. Me he abrazado a sus pies y le he repetido que ésta había muerto de enfermedad entre los brazos de la reina madre. Le he jurado que él no había vuelto a verla aquel primer día hasta que la vio en las andas. Al morir ella, detuvo el avance por espacio de un día y ayunó en señal de duelo. Le he comunicado que se habían oficiado en su honor todos los ritos apropiados. ¿Pero qué hacen los espías? ¿Es que el rey no está informado de todo? Sabrá seguramente que a Alejandro no le gustan las mujeres.
Le repusimos que ciertamente el rey lo sabía.
- Debiera mostrarse agradecido de que Alejandro no entregara las señoras a los generales, tal como suelen hacer los vencedores. Ha cargado sus espaldas con el peso de un harén del que él no obtiene nada. La reina madre... no sé lo que aflige al rey; debiera estar satisfecho de que, a su edad, esté tan bien atendida por un joven. Se enfureció cuando le hablé de ello. Me dijo que todo aquel pesar por la reina era propio de un compañero de lecho. Me agarró por el cuello. Ya sabéis las manos tan grandes que tiene. Como veis, aún estoy ronco por esta causa. Me amenazó con torturarme a no ser que le revelara la verdad. Para tranquilizarlo, le dije que me sometería a ello si así lo deseaba ―le castañeaban los dientes y yo le sostuve la copa de vino para que no la derramara―. Al final me creyó. Dios sabe que todas las palabras que le he dicho son verdad. Pero desde un principio me ha parecido que él no era el mismo.
Seguía el silencio por parte del rey. Pensé que el mal presagio de la luna ya se había cumplido. El pueblo se tranquilizaría.
Había sido mandado llamar el príncipe Oxatres; ahora vino éste y ambos se lamentaron juntos. La reina era hermana suya de padre y madre. Oxatres era unos veinte años más joven que el rey. Tras haberse aliviado el pesar del rey a través del llanto, lo acostamos. Lo mismo hicimos con Tiriotes, que estaba a punto de desvanecerse. Al día siguiente la garganta se le puso de color negro; tuvo que utilizar un pañuelo para cubrírsela cuando el rey lo volvió a llamar de nuevo.
Acudió aterrorizado, pero el rey no lo entretuvo mucho rato. Lo único que le preguntó fue:
- ¿Me envió mi madre algún mensaje?
- No, mi señor ―repuso él―; estaba muy perturbada a causa del dolor.
El rey le concedió después el permiso de retirarse.
Hacia medianoche me hallaba yo cerca de la puerta norte. Había hecho calor todo el día pero el viento de la noche era fresco y regresé por la chaqueta. Al volver me encontré con que el camino de la puerta norte se hallaba envuelto en un enorme estruendo: hombres que corrían y se apartaban de la calzada, el sonido semejante a un redoble de tambor de los cascos de los agotados caballos, el restallar de los látigos. Los jinetes avanzaban como borrachos que hubieran olvidado su destino. No se trataba de mensajeros: eran soldados.
Al recuperarse de su asombro y tranquilizarse un poco, la gente se acercó con antorchas. Vi a los hombres cubiertos de polvo seco y surcados por regueros de sangre ennegrecida; las narices de los caballos mostraban su interior escarlata en su intento de respirar y sus fauces emitían una espuma sanguinolenta. La primera palabra de los hombres fue: «¡Agua!» Algunos soldados sumergieron los cascos en una cercana fuente y los trajeron llenos a rebosar. Como si la mera contemplación del agua le hubiera infundido nueva fuerza, uno de los jinetes dijo:
- Todo está perdido... El rey regresa.
Yo me abrí camino entre la gente y le pregunté gritando:
- ¿Cuándo?
Uno que ya había tomado un sorbo de agua repuso:
- Ahora.
Los caballos, enloquecidos por el olor del agua, los estaban arrastrando hacia adelante en su intento de llegar hasta la fuente.
La muchedumbre me engulló. Empezaron los lamentos que se elevaron hasta el cielo nocturno. Se arrastraron y se agitaron en mi sangre como la fiebre. Yo emití un sonido que apenas me pareció mío, un agudo grito como el de una muchacha que brotó involuntariamente del interior, sin asomo alguno de vergüenza. Yo formaba parte de los lamentos de la misma manera que la gota forma parte de la lluvia. Mientras gritaba, pugnaba por abrirme camino entre la gente. Conseguí verme libre y me encaminé hacia la casa del rey.
Bubakes acababa de salir al umbral y estaba llamando a un esclavo para que fuera a enterarse de la noticia. Cesaron mis lamentos. Yo mismo se la comuniqué.
Nuestros ojos hablaron sin palabras. Creo que los míos dijeron: «Otra vez el primero en huir. ¿Pero quién soy yo para decirlo? No he derramado sangre por él y él me ha dado todo lo que tengo». Y los suyos repusieron: «Sí, guárdate los pensamientos. Es nuestro amo. Esto es el principio y el final». Después exclamó:
- ¡Ay de mí! ¡Ay de mí!
Se golpeó el pecho como era de rigor, pero inmediatamente convocó a todos los esclavos para que éstos se dispusieran a recibir al rey.
- ¿Quieres que me encargue de acomodar a las mujeres en los carros? ―le pregunté.
Los gemidos se habían esparcido por toda la ciudad igual que un río que se hubiera salido de madre.
- Acércate a decírselo a los guardianes, pero no te quedes allí. Nuestro deber es permanecer al lado del rey- ―Es posible que no aprobara que su amo se entretuviera con un muchacho, pero cuidaba de sus propiedades y se encargaba de tenerlo todo dispuesto―. ¿Tienes el caballo?
- Así lo espero, si puedo llegar hasta él con la suficiente rapidez.
Neshi estaba vigilando la entrada de la cuadra con mucho disimulo. Siempre había sabido hacerlo muy bien.
- El rey regresa ―le dije―. Tendré que irme con él. Va a ser un viaje muy duro, sobre todo para los que sigan a pie. No sé a dónde se propone ir. Pronto estarán aquí los macedonios. Se abrirán todas las puertas. Es posible que te maten o tal vez puedas huir a Egipto. ¿Quieres quedarte con nosotros o aceptar la libertad? Elige.
Repuso que aceptaría la libertad y que, si lo mataban, moriría bendiciendo mi nombre. Se postró apresuradamente ante mí antes de marcharse. (Consiguió llegar a Egipto. Me lo encontré mucho más tarde ejerciendo el oficio de escribano en una buena aldea de las cercanías de Menfis. Estuvo a punto de reconocerme. Tengo buenos huesos y siempre me he cuidado la figura. Pero no pudo localizarme y yo guardé silencio. Me dije a mí mismo que, ahora que ocupaba un puesto respetable, no sería correcto recordarle su esclavitud. Lo cierto es que, a pesar de que el hombre sabio es consciente de que toda belleza nace para morir, a uno no le gusta que se le recuerden tales cosas. Le di por tanto las gracias por indicarme el camino y me fui.)
Al sacar a Tigre de su cuadra, se me acercó un hombre corriendo y se ofreció a comprarlo por el doble de lo que valiera. Llegaba justo a tiempo; pronto se lucharía por un caballo. Me alegraba de guardar un puñal en el cinto.
En todos los harenes se registraba gran agitación como consecuencia de la preparación de los equipajes. Desde fuera se escuchaban gorjeos parecidos a los que surgen de una pajarería y se aspiraban los perfumes de la ropa removida. Todos los eunucos me preguntaban hacia dónde se dirigía el rey. Ojalá lo hubiera sabido para poder encaminarles antes de que les robaran los mulos. Sabía que algunos de ellos serían apresados por los macedonios y no quería abandonarlos a su destino. Yo no era necesario en el lugar al que me dirigía y mi corazón se mostraba renuente a marcharse. Pero Bubakes estaba en lo cierto. La fidelidad en el infortunio es la única norma de conducta, tal como me hubiera dicho mi padre.
Al regresar de nuevo al camino de la puerta norte una vez cumplida mi misión, se produjo una pausa en los lamentos ―como un viento de tormenta que se sumiera en el silencio― y se escuchó el rumor de los cascos de unos caballos exhaustos. El rey avanzaba entre el silencio.
Se hallaba todavía en su carro con la armadura puesta. Le seguía un puñado de hombres a caballo. Su rostro estaba vacío como el de un ciego que puede abrir los ojos.
Iba cubierto de polvo pero no estaba herido. Vi a los componentes de su escolta con los rostros llenos de cortes o un brazo roto o una pierna medio ennegrecida a causa de la sangre coagulada, jadeando de sed como consecuencia de la pérdida de sangre. Aquellos hombres habían cubierto su huida.
Con mi caballo descansado, mi ropa limpia y mi pellejo entero, no me atrevía a incorporarme a su séquito. Me dirigí a la casa a través de calles secundarias. Aquél era el hombre que se había adelantado a luchar contra el gigante cuando nadie se había atrevido a hacerlo. ¿Cuánto tiempo había transcurrido hasta entonces? ¿Diez años... quince?
Me detuve a pensar de dónde procedía: del estrépito y las nubes de polvo, de la lucha de hombre contra hombre y masa contra masa, de la alta marca de la batalla, de la sensación de que se le escapaba de las manos un proyecto que era la máscara de otro proyecto. Después le habían arrancado la máscara y la trampa se había cerrado y se había encontrado con que no era más que el rey del caos. Y después la proximidad de la presencia que había visto y ante la que había huido en Isos. La presencia que le había obsesionado sin cesar. ¿Quién era yo para juzgar?, pensé. Ni siquiera venía cubierto de polvo.
Pasarían muchos días antes de que pudiera volver a decirlo. Media hora más tarde iniciábamos el camino hacia los desfiladeros de Armenia, en dirección a Media.
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El muchacho persa
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