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De las colinas trepamos a las montañas. Nos dirigíamos a Ecbatana. Nadie nos perseguía.
En grupo o individualmente, el resto del ejército nos dio alcance. Si no se hubiera visto lo que se había perdido en el campo de batalla, se nos hubiera podido calificar de fuerzas muy numerosas. Estaban todos los bactrianos de Bessos a excepción de los muertos. Se habían mantenido unidos porque se dirigían a su tierra natal. Seguían siendo aproximadamente treinta mil. Los inmortales, los Parientes Reales, el resto de los medos y los persas, tanto a pie como a caballo, estaban ahora al mando de Nabarzanes.
Teníamos también a todos los mercenarios griegos, que sumaban unos dos mil. Me sorprendía que, luchando a sueldo, ninguno de ellos hubiera desertado.
La pérdida más lamentable fue la del sátrapa de Babilonia, Mazaios, con todos sus hombres. Éstos habían conservado su línea hasta mucho tiempo después de la brecha del centro que se había producido cuando huyó el rey, al que muy posiblemente hubieran salvado la vida. Alejandro, que había salido fogosamente en su persecución, había tenido que retroceder y habérselas con ellos. Ninguno de aquellos valerosos guerreros se hallaba ahora con nosotros. Todos debían haber perecido.
Sólo un tercio aproximadamente de los carros de las mujeres habían conseguido huir de Arbela. Dos de ellos pertenecían al rey, los demás pertenecían a harenes de señores que se habían quedado para rescatarlos. Pero ninguno de los eunucos huyó sin sus protegidas. Jamás supe cuál fue su destino.
Se había perdido todo el tesoro. Pero en los subterráneos de Ecbatana se custodiaban grandes cantidades. Los mayordomos habían cargado prudentemente numerosas provisiones para el camino, que buena falta nos harían. Supe que Bubakes había preparado muy de mañana, el carro con los bienes del rey. En su sabiduría había cargado una segunda tienda con unas cuantas comodidades para los eunucos reales.
Pero, incluso así, el viaje fue muy duro. Ya estábamos en otoño. Todavía hacía calor en el llano, pero en las colinas hacía fresco y en las montañas prácticamente frío.
Bubakes y yo disponíamos de caballo; tres eunucos iban en el carro. Ya no quedábamos más, a excepción de los que estaban al cuidado de las mujeres.
Cada desfiladero era más alto y empinado que el anterior; desde las escarpadas rocas contemplábamos los pedregosos barrancos. Las cabras monteses nos miraban desde los despeñaderos y, una vez muertas por los arqueros bactrianos, nos servían de alimento. Por la noche, puesto que en la pequeña tienda escaseaban las mantas, los cinco nos acurrucábamos juntos para darnos calor. Bubakes, que me favorecía con su protección y se comportaba conmigo como un padre, compartía las mantas conmigo de tal forma que pudiéramos disponer de dos. Utilizaba almizcle para perfumarse, y yo le estaba agradecido. Nos podíamos considerar afortunados porque disponíamos de una tienda. La mayoría de los soldados, perdido el equipo, dormían bajo las estrellas.
A través de ellos me fue posible reconstruir la batalla bastante bien. Más tarde pude escuchar la descripción de la misma por parte de hombres expertos: táctica por táctica, orden por orden, golpe por golpe. Me la sé de memoria pero no tengo valor para referirla de nuevo. Resumiendo, nuestros hombres iniciaron la batalla agotados por haber permanecido en vela toda la noche dado que el rey esperaba un ataque por sorpresa. Imaginándolo así, Alejandro había concedido a sus hombres un buen reposo nocturno y, al terminar el plan de la batalla, también se fue a dormir. Durmió como un tronco y al amanecer tuvieron que sacudirlo para que se despertara. Les dijo que ello se debía a que estaba sereno.
Puesto que Darío encabezaba el centro y Alejandro la derecha, se esperaba que éste se dirigiera hacia el centro al atacar. Pero, en su lugar, dio un rodeo para flanquear nuestra izquierda. El rey envió tropas para impedirlo, pero Alejandro fue atrayendo progresivamente a nuestros hombres hacia la izquierda provocando así el adelgazamiento de nuestro centro. Después formó el escuadrón real, se puso a la cabeza del mismo, inició un ensordecedor grito de guerra y se lanzó como un trueno en dirección al rey.
Darío había huido muy temprano pero no fue el primero. Su auriga había sido alcanzado por un venablo y, al caer, fue confundido con el rey. De ahí arrancó la primera huida.
Tal vez hubiera podido afrontar un combate individual como aquel ya tan lejano de Kadusia. ¡Si hubiera tomado las riendas del carro y hubiera lanzado un grito de guerra adentrándose entre los enemigos! Hubiera sido rápido y su nombre hubiera perdurado con honor. Cuán a menudo debió desearlo así antes del final. Pero, presa del pánico como una hoja en la tormenta, al ver a Alejandro acercarse a él montado en su caballo negro, hizo dar la vuelta al carro y provocó la derrota. Y la llanura de Gaugamela se convirtió en un matadero.
Otra cosa supe también a través de los soldados. Darío había destacado a unas tropas con objeto de que se escabulleran detrás de las líneas macedonias y rescataran a su familia cautiva. Éstas llegaron al campamento principal en el que reinaba la confusión, liberaron a algunos persas cautivos y, al llegar al lugar en que se encontraban las mujeres, las invitaron a huir. Todas empezaron a disponer la partida, menos Sisigambis, la reina madre. Ésta no se levantó, no habló y no hizo señal alguna a sus libertadores. No consiguieron rescatar a nadie; los macedonios los rechazaron, y la última vez que vieron a la reina pudieron comprobar que ésta se hallaba sentada muy erguida, con las manos apoyadas sobre el regazo y con la mirada fija hacia adelante.
Le pregunté a un capitán por qué nos íbamos a Ecbatana, en lugar de resistir en Babilonia.
- ¿En la más ramera de las ciudades? ―repuso él―. Le abriría las piernas a Alejandro en cuanto éste apareciera. Y entregaría el rey si lo tuviera en su poder.
Otro dijo malhumorado:
- Cuando los lobos te persiguen el carro, o te quedas a luchar contra ellos o bien les arrojas algo para que estén ocupados. El rey les ha arrojado Babilonia. Y con Babilonia va Susa.
Retrocedí para cabalgar al lado de Bubakes que no consideraba correcto que me entretuviera demasiado tiempo conversando con los hombres. Como si hubiera leído mis pensamientos, éste me preguntó:
- ¿Dijiste una vez que jamás habías visto Persépolis?
- El rey no se ha trasladado allí ninguna vez desde que estoy en la corte. ¿Es mejor que Susa?
Él me contestó suspirando:
- No hay ninguna casa del rey más hermosa... Si se pierde Susa, dudo que puedan conservar Persépolis.
Seguimos atravesando los desfiladeros. Teníamos ahora el camino expedito. Alejandro habla escogido Babilonia y Susa. Cuando la marcha de la columna me resaltaba aburrida, me dedicaba a la práctica del tiro con arco. Había recogido poco antes el arco de un escita muerto que había huido a las montañas y había fallecido a consecuencia de sus heridas. Los arcos de los jinetes son muy ligeros y me resultaba fácil tensarlo. La primera pieza que conseguí fue una liebre que el rey se complació en comerse a la hora de la cena para variar un poco su alimentación a base de carne de cabra.
Pasaba las tardes tranquilamente y durante algunas noches durmió solo hasta que el viento empezó a soplar y envió a llamar a una de las muchachas del harén. Jamás me enviaba a buscar a mí. Tal vez recordaba el canto de los guerreros de mi padre que yo solía cantarle. No lo sé.
Las altas cumbres aparecían cubiertas de blanco cuando desde el último desfiladero pudimos distinguir Ecbatana.
Puede decirse que es un palacio y una ciudad amurallada Pero en realidad más se parecía a una espléndida escultura arrancada de la ladera de la montaña. El sol del ocaso iluminaba las vistosas tonalidades descoloridas de sus siete murallas, que se elevaban siguiendo el grado de la pendiente. La blanca, la negra, la escarlata, la azul y la anaranjada. Las dos interiores que protegen el palacio y el tesoro despedían brillantes destellos. La exterior era plateada y la interior dorada.
Para mí, que me había criado en las montañas, era mil veces más bonita que Susa. Casi se me escaparon las lágrimas al contemplarla. Observé que Bubakes estaba también a punto de echarse a llorar. Pero me dijo que lo que le afligía era pensar que el rey se veía obligado a pasar el invierno en aquel palacio de verano porque no le quedaba ningún otro.
Atravesamos la puerta de la ciudad y ascendimos cruzando las siete murallas hasta el palacio situado por encima de la muralla almenada. El palacio estaba lleno de amplios balcones que daban a las montañas. Los soldados que se habían desperdigado por la ciudad se construyeron chozas de madera con techo de matorrales. Y llegó el invierno.
La nieve, que al principio cubría las cumbres de las montañas, fue bajando y llenando todas las grietas. Mi habitación (siendo la corte tan reducida había habitaciones de sobra) se encontraba en lo alto de una de las torres. Cada día podía ver que la blancura iba bajando hasta que una mañana, al igual que en la época de mi infancia, abrí los ojos al resplandor de la nieve. La nieve se había posado sobre la ciudad, sobre las chozas de techo de hojarasca de los soldados, sobre las siete murallas. Un cuervo se posó sobre la más próxima, provocando un pequeño alud y dejando al descubierto una mancha de oro bajo sus garras. Hubiera deseado quedarme allí para siempre, pero me estaba helando. Tuve que romper el hielo del aguamanil. Y el invierno acababa de empezar.
No tenía ropa de abrigo y le dije a Bubakes que tendría que ir al bazar.
- No lo hagas, muchacho mío ―me contestó―, he estado repasando el guardarropa. Hay cosas que se han venido guardando desde los tiempos del rey Ocos. Tengo algo apropiado para ti. Nadie lo echará en falta.
Era una chaqueta espléndida de piel de lince forrada de escarlata. Debía haber pertenecido a uno de los príncipes. Era un detalle muy amable por parte de Bubakes. Debió haber observado que el rey llevaba mucho tiempo sin llamarme y quiso ponerme guapo.
El aire de la montaña era como la salud después de una larga enfermedad. Casi diría que contribuyó a mejorar mi aspecto mucho más que la chaqueta. En cualquier caso, el rey no tardó mucho en llamarme. Pero había cambiado a raíz de la batalla. Estaba inquieto y me costaba mucho complacerle e intuí que de la noche a la mañana era posible que se volviera contra mí. Me sentía muy nervioso y deseaba terminar cuanto antes.
De todos modos, lo comprendía y no lo tenía en cuenta. Acababa de recibir la noticia de que Babilonia la ramera le había abierto el lecho a Alejandro.
Incluso contra Alejandro pienso que aquellas murallas hubieran podido resistir perfectamente por espacio de un año. Pero se abrió la Puerta Real. Se esparcieron flores por la Calle Real y a ambos lados de la misma se levantaron altares con trípodes en los que se quemaba preciado incienso. Salió a su encuentro una procesión portando regios presentes: caballos nisayanos de pura raza, bueyes enguirnaldados con flores, carros dorados con leopardos y leones enjaulados. Los magos y los caldeos entonaron alabanzas al son de arpas y laúdes. La caballería de la guarnición desfiló desarmada. Comparada con todo aquello, la bienvenida dispensada a Darío se había parecido a la correspondiente a cualquier gobernador de tercera categoría.
Pero eso no fue lo peor. El mensajero que salió al encuentro de Alejandro en su avance, entregándole las llaves de la ciudadela, fue el sátrapa Mazaios, al que se había dado por muerto.
Había cumplido con su deber en la batalla. Es indudable que entre el polvo y el fragor no se enteró al principio de la huida del rey. Había confiado en su apoyo para alcanzar la victoria. Al enterarse, tomó una decisión. Retrocedió con sus hombres a toda prisa temiendo llegar demasiado tarde para recibir a Alejandro. Llegó a tiempo, y Alejandro volvió a concederle el puesto. Ahora seguía siendo el sátrapa de Babilonia.
A pesar del homenaje que le tributó Mazaios, Alejandro avanzó cautelosamente en orden de batalla encabezando la marcha. No obstante, ordenó que le trajeran el carro dorado de Darío y entró con la pompa que es de rigor.
Procuré imaginarme a aquel salvaje y extraño bárbaro en el palacio que tan bien conocía. Por no sé qué motivo, tal vez porque lo primero que hizo en la tienda de Darío, de la que se adueñó, fue tomar un baño (a todos los efectos parecía tan aseado como un persa), lo imaginé en la sala del baño, con sus mosaicos de lapislázuli y sus peces dorados, chapoteando en el agua calentada al sol. Desde Ecbatana resultaba una imagen digna de envidia.
La servidumbre estaba bien atendida; sus alojamientos eran los mismos desde hacia varios siglos, desde que los reyes medos habían vivido allí todo el año. Al crecer el imperio, sólo se habían construido abiertas y ventiladas las estancias reales, con objeto de que recibieran las brisas de las montañas en el transcurso de los calores estivales. Ahora la nieve penetraba a través de las ventanas.
Cincuenta carpinteros trabajaron en la construcción de contraventanas y todo el palacio se llenó de braseros. Pero no había forma de calentarlo. Resultaba claramente visible que el rey estaba irritado porque Alejandro se estaba beneficiando del aire suave de Babilonia.
Los bactrianos, que en sus tierras padecen un duro invierno, hubieran estado bien abrigados si no se hubieran despojado de sus vestiduras en Gaugamela a causa del calor y posteriormente perdieron la impedimenta. Los persas y los griegos estaban también muy mal provistos. Los hombres de las satrapías de las montañas salían a cazar para obtener pellizas; otros las compraban en el bazar, o bien las robaban a los campesinos.
El príncipe Oxatres y los señores y sátrapas se alojaban en el palacio. Bessos se reía del frío a través de su barba negra; pero Nabarzanes observó que habíamos procurado ofrecerle la mayor comodidad posible y nos dio cortésmente las gracias. Pertenecía a la vieja escuela.
La paga de los soldados se había extraído del tesoro del palacio. Éstos contribuyeron a aumentar el comercio de la ciudad pero, al escasear las rameras, se producían entre ellos grandes peleas por las mujeres honradas. Cuando salía a montar aprendí muy pronto a evitar los acuartelamientos de los griegos. Se tienen bien ganada la fama de que les gustan los muchachos. Aunque sabían que servía al rey, me dirigían silbidos y me llamaban sin recato alguno. Los habían acostumbrado a ello y yo respetaba la lealtad de que habían hecho gala en la derrota.
Cayeron las últimas hojas de los finos y puntiagudos árboles, arrancadas por el viento de nieve. Los aludes cerraban los caminos. Cada día transcurría como el anterior. Tiraba al blanco con un arco para distraerme y también practicaba la danza, pero me costaba mucho entrar en calor y evitar los esguinces.
Los días del rey transcurrían sombríamente. Su hermano Oxatres tenía apenas treinta años, era muy distinto a él tanto física como espiritualmente, y se ausentaba por espacio de varios días para salir de caza en compañía de otros jóvenes señores. El rey invitaba por turnos a cenar a los sátrapas y los nobles, pero se sumía en sus propios pensamientos y olvidaba conversar con ellos. Creo que me hacía danzar para evitarse la molestia de tener que hablar. Pero los invitados, que gozaban de muy pocas diversiones, eran amables y me hacían regalos.
Pensé que no hubiera estado fuera de lugar invitar a Patron, el jefe de los griegos. Pero al rey no se le pasó por la cabeza invitar a semejantes personas.
Al final empezó el deshielo y un mensajero consiguió llegar a través de los caminos medio inundados. Era un tratante en caballos de Susa que venía para recibir la recompensa. Ahora dependíamos de gente de esta clase, a la que siempre se pagaba muy bien por mala que fuera la noticia que trajera.
Alejandro se encontraba en Susa. La ciudad, si bien no con el mismo apresuramiento que Babilonia, también le había abierto las puertas. Alejandro se había apoderado de todo el tesoro acumulado reinado tras reinado. Era una suma tan crecida que cuando la oí mencionar no creí que pudiera haber en el mundo tanta riqueza. Ciertamente no bastaría para alejar al lobo del propio carro.
Al recrudecerse el invierno, volvieron a quedar cerrados los caminos y permanecimos incomunicados semana tras semana en la cenagosa ciudad en las yermas laderas de las colinas, todo lo cual fue causa de que la gente se inquietara, embotara y avinagrara. Entre los soldados se produjeron facciones de carácter tribal y volvieron a renacer las antiguas pendencias. Los ciudadanos se quejaban de que sus esposas, hijas o hijos habían sido ultrajados. El rey no se preocupaba por tales nimiedades. Muy pronto todos los peticionarios buscaron la ayuda de Bessos o Nabarzanes. La holganza provocó su irritabilidad, que se descargaba al azar sobre unos y otros de tal forma que todo el mundo vivía desasosegado. Creo que todo lo que sucedió más tarde se incubó en el transcurso de todos aquellos largos y blancos días vacíos.
Una noche mandó llamarme por primera vez durante mucho tiempo. Bubakes, que en aquellos momentos se retiraba de la cámara real, me felicitó discretamente por señas. Pero desde el principio me sentí incómodo y poco seguro en relación con la actitud del rey. Recordé al muchacho que me había precedido y al que se había despedido por insípido. Por ello probé a poner en práctica algo que en cierta ocasión le había divertido en Susa. Súbitamente me apartó de sí, me propinó un sonoro bofetón en la mejilla, me dijo que era un insolente y me ordenó que desapareciera de su vista.
Me temblaban tanto las manos que apenas conseguía vestirme. Bajé a trompicones los oscuros corredores, medio cegado por lágrimas de dolor, cólera y sobresalto. Mientras me acercaba la manga a los ojos para secármelos, tropecé con alguien.
El tacto de sus ropas me dijo que se trataba de un señor. Balbucí una disculpa. Él me apoyó ambas manos sobre los hombros y me miró a la luz de la antorcha de la pared. Era Nabarzanes. Me tragué las lágrimas avergonzado. Al hablar, lo hizo en mordaz tono de chanza.
- ¿Pero cómo, Bagoas ―me dijo con gran dulzura―, qué sucede? ¿Acaso te ha maltratado alguien? Esta preciosa cara tuya la tendrás mañana toda magullada.
Me habló como si lo hiciera con una mujer. Era natural; pero, estando reciente la humillación recibida, no pude tolerarlo. Sin bajar siquiera la voz, repuse:
- Me ha golpeado sin motivo. Y si él es un hombre, supongo que yo también lo soy. Me miró en silencio y me tranquilicé. Había puesto mi vida en sus manos. Después me dijo gravemente:
- No tengo nada que decir a eso ―mientras me quedaba como plantado en el suelo, comprendiendo la enormidad de mis palabras, él posó las yemas de los dedos sobre mi encendida mejilla―. Ya está olvidado ―dijo―. Todos debemos aprender a refrenar la lengua.
Iba a hincarme de rodillas, pero él me levantó.
- Acuéstate, Bagoas. Y no pierdas el sueño pensando en tu futuro a pesar de lo que se te haya dicho. No me cabe duda de que lo olvidará mañana o pasado.
Apenas pude pegar el ojo en toda la noche, si bien no a causa del temor. No me traicionaría. En Susa me había acostumbrado a las mezquinas intrigas de la corte, a la búsqueda de beneficios, al desprestigio de los rivales, a los interminables juegos destinados a la obtención de favores. Ahora sabía que había visto cosas más profundas. Él no había ocultado su desprecio y éste no estaba dirigido a mí.
Cuando desapareció la magulladura, el rey me mandó llamar para que danzara y después me regaló diez dáricos de oro. Pero no era la magulladura lo que no se apartaba de mis pensamientos.
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El muchacho persa
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