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Hacia finales de invierno recibimos buenas noticias del norte. Los escitas aliados de Bessos iban a enviarnos diez mil arqueros en cuanto la primavera dejara abiertos los desfiladeros. Los kadusios, que viven junto al mar de Hircania, habían respondido a la petición del rey con la promesa de cinco mil soldados de a pie.
Ariobarzanes, gobernador de Persis, consiguió también enviar un mensaje. Había amurallado el gran desfiladero de las Puertas Persas, la garganta a través de la cual se llegaba a Persépolis. Allí podría resistir eternamente. Cualquier ejército que se adentrara en el mismo sería destruido desde arriba por medio de rocas y piedras. Con un poco de suerte, Alejandro moriría junto a sus hombres antes de alcanzar la muralla.
Cuando pasaba por mi lado en compañía de un amigo, oí que Bessos comentaba:
- Allí es donde tendríamos que estar, no aquí.
Se hubiera dado por satisfecho, si algún dios hubiera escuchado su deseo.
El viaje de Persis a Ecbatana es duro y muy largo cuando no se dispone más que de un caballo de repuesto. Antes de que llegara la noticia, Alejandro se hallaba ya en Persépolis.
Había intentado cruzar las Puertas Persas. Pronto había descubierto que serían letales y se había retirado con sus hombres. Se supuso que se había marchado. Pero él había oído hablar a un pastor ―al que enriqueció para toda la vida― de un vertiginoso camino de cabras a través del cual, si no se rompía el cuello, podría rodear el desfiladero. Condujo a sus hombres por este camino entre la oscuridad y la nieve. Cayó sobre los persas por la retaguardia mientras el resto de sus hombres atravesaba el desfiladero, libre ahora de sus defensores. Nuestros hombres fueron como grano entre piedras molares. Entre tanto, en Ecbatana nos divertíamos.
Los días iban pasando; la nieve crujía, el cielo estaba despejado y sin viento. Desde las ventanas de palacio podía ver, entre las murallas anaranjada y azul, a los muchachos de la ciudad arrojándose bolas de nieve.
Acostumbrado desde hacía tiempo a vivir en compañía de los hombres, apenas había tenido tiempo de pensar qué tal sería ser un muchacho entre otros muchachos. Acababa de cumplir dieciséis años. Ahora jamás tendría ocasión de saberlo. Se me ocurrió pensar que no tenía amigos tal como debían tenerlos aquellos muchachos de allí abajo. No tenía más que protectores.
Bueno, pensé, de nada me sirve quejarme. Ello no me devolverá lo que el tratante de esclavos me cortó. Hay luz y oscuridad, solía decimos el mago, y todas las cosas vivientes poseen la capacidad de elegir.
Salí a caballo para contemplar las siete murallas con sus colores y sus metales brillando en la nieve. En las colinas me rozó una brisa nueva, como un perfume de placer que se abriera camino a través de la blancura. Era el primer soplo de la primavera.
Se estaban derritiendo los carámbanos de los surtidores de agua. Entre la nieve se distinguía una hierba de color castaño. Todo el mundo salía a pasear a caballo. El rey convocó un consejo de guerra para elaborar planes con vistas al momento en que los caminos estuvieran expeditos y llegaran refuerzos de nuevas tropas. Yo tomé el arco y abatí un zorro en una hondonada. Poseía un precioso pelaje de tono plateado. Cuando lo hube llevado a un peletero de la ciudad para que me confeccionara un gorro, fui a contárselo a Bubakes. Un criado me dijo que se encontraba en su habitación porque le había sentado muy mal la noticia.
Desde el pasillo lo escuché llorar. En otra época no me hubiera atrevido a entrar, pero aquellos días ya habían pasado. Se hallaba tendido boca abajo en la cama llorando desconsoladamente. Me senté a su lado y le rocé los hombros. Levantó el rostro abotagado a causa de las lágrimas.
- Lo ha quemado. Lo ha quemado del todo. Todo se ha perdido y no es más que ceniza, rescoldo y polvo.
- ¿Qué es lo que ha quemado? ―le pregunté.
- El palacio de Persépolis.
Se incorporó y tomó una toalla, volviendo a brotarle las lágrimas de los ojos tan pronto como se secaba la cara.
-¿Ha preguntado el rey por mí? No puedo quedarme aquí tendido de esta manera.
- No te preocupes ―le dije―, alguien le servirá.
Siguió hablando entre jadeos y sollozos de las columnas de flor de loto, de los hermosos relieves de las paredes, de las colgaduras, de los techos dorados y artesonados. Todo ello se me antojaba muy parecido a Susa, pero me lamenté con él de la pérdida.
- ¡Qué salvaje! ―exclamé―. Y qué necio de quemarlo siendo suyo.
Hacía poco rato que habíamos recibido esta noticia.
- Dicen que estaba embriagado. No debieras estar fuera tanto rato sólo porque el rey haya convocado un consejo. Si se enterara, lo consideraría un exceso de libertad por tu parte y podría resultarte perjudicial.
- Perdona. Dame la toalla, te hace falta agua fría ―se la escurrí y después corrí al Salón de Guardia. Quería escuchar al mensajero antes de que éste se hartara de contar la historia.
Quienes la habían escuchado se encontraban todavía arracimados a su alrededor y le habían ofrecido tanto vino que ahora estaba casi sin habla y medio dormitando sobre un montón de mantas. Había gente de palacio y algunos soldados de permiso.
Un criado me dijo:
- Estaban celebrando un banquete y todos se habían embriagado. Una cortesana de Atenas le pidió que lo incendiara porque Jerjes había incendiado sus templos. Alejandro fue quien primero arrojó una antorcha.
- ¡Pero si él vivía allí! ―exclamé.
- ¿Dónde, si no? Saqueó la ciudad al tomarla.
De eso también me había enterado.
- ¿Pero por qué? No saqueó Babilonia. Ni Susa.
A decir verdad, estaba pensando en algunas casas de allí que de buena gana hubiera deseado ver arder.
Un atezado soldado, capitán de centuria, dijo:
- Ahí está. Babilonia se rindió. Susa también. En Persépolis, en cambio, la guarnición quiso hacerlo o empezó a sacar de palacio todo lo que pudo. Es decir, que nadie se rindió oficialmente. Ahora bien, Alejandro había ofrecido a sus hombres una recompensa monetaria en Babilonia y también en Susa. Pero no es lo mismo. Dos grandes ciudades caídas y sin posibilidad de llevar a cabo un saqueo. No hay ejército que lo soporte.
El elevado tono de su voz había despertado al mensajero. Éste había robado dos caballos de la cuadra mientras ardía el palacio y se había estado dando mucha importancia hasta que el vino le había vencido.
- No ―dijo con voz pastosa―, fueron los griegos. Los esclavos del rey. Quedaron en libertad y salieron a su encuentro por el camino. Eran cuatro mil. Nadie sabía que eran tantos hasta que les vieron juntos.
Su voz volvió a apagarse. El soldado añadió:
- No importa, te lo contaré más tarde.
- Lloró por esta causa ―aulló el mensajero―. Así me lo contó uno de ellos. Ahora son libres, libres y ricos. Les dijo que les enviaría a casa con lo suficiente para que pudieran vivir, pero ellos no querían que los vieran allí tal como están. Le pidieron tierras que pudieran laborear juntos, puesto que ya se habían acostumbrado unos a otros. Entonces él se enfureció como jamás lo había visto nadie, avanzó directamente hacia la ciudad y soltó a sus hombres. Sólo se quedó el palacio para sí, hasta que también lo quemó.
Recordé a Susa y a los esclavos griegos del joyero real con sus muñones y sus rostros marcados y desnarigados. ¡Cuatro mil! La mayoría de ellos debía encontrarse allí desde los tiempos del rey Ocos. ¡Cuatro mil! Recordé a Bubakes lamentándose por toda aquella belleza perdida. No creo que esta gente se hubiera tropezado demasiado con él; tal vez uno o dos de ellos.
- Por consiguiente ―dijo el soldado―, han terminado las fiestas del nuevo año. Una vez estuve de guarnición allí. Fue un espectáculo grandioso. Bueno, es la guerra. Me encontraba con las fuerzas de Ocos en Egipto... ―frunció el ceño sumido en sus propios pensamientos; después levantó los ojos―. No sé hasta qué extremo debía estar embriagado. Se reservó la hoguera hasta que estuvo dispuesto a marcharse.
Lo comprendí. La primavera estallaba por todas partes. Pero ningún soldado se imagina que un eunuco pueda saberlo todo.
- Ha incendiado el cuartel que dejaba tras sí. ¿Y sabes a dónde irá ahora? Vendrá aquí.
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El muchacho persa
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