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Un día en que estaba cayendo una tardía lluvia de primavera que llenaba las hondonadas de parduscos torrentes, el rey ordenó que las mujeres fueran enviadas al norte. Atravesarían el desfiladero de las Puertas Caspias para refugiarse en Kadusia.
Yo contribuí a acomodarlas en los carros. Podía adivinarse a primera vista cuáles eran las favoritas; se las veía agotadas y presentaban sombras azuladas bajo los ojos. Después de los adioses, podían distinguirse en los tejados del palacio figuras que se quedaban mirándolas.
Para los soldados corrientes ello carecía de significado como no fuera por la influencia que pudiera ejercer en el ánimo de su señor. Irían acompañados de sus propias mujeres, con los sacos que constituían sus hogares tal como han venido haciendo siempre las mujeres de los soldados desde que comenzaron las guerras. Estando más acostumbradas que las damas a cuidar de sí mismas, más de una se había escapado de Gaugamela.
Alejandro había emprendido la marcha hacia Media. Parecía que no tenía demasiada prisa y se entretenía por el camino en esto y aquello. Pronto alcanzaríamos el camino del norte, en el que se reunirían con nosotros las tropas kadusianas y escitas. Con ellas le aguardaríamos y le disputaríamos el paso a Hircania. Eso es lo que se decía. También se decía, aunque no tan alto, que si conseguíamos enterarnos de su presencia a mil leguas de distancia, nos adelantaríamos a atravesar el desfiladero hacia Hircania y hacia Bactria por el este. «Cuando se sirve a los grandes, ellos son nuestro destino.» Procuraba vivir cada día según viniera.
Un despejado día de principios de verano iniciamos la marcha. En el punto en que el camino comenzaba a ascender por la colina, me volví para contemplar la luz del amanecer sobre las doradas murallas. Hermosa ciudad, pensé, jamás volveré a verte. ¡Si lo hubiera sabido!
Al cruzar las aldeas de las montañas observé cuán delgados estaban los campesinos y con cuánto rencor nos miraban. Eran unos campos demasiado pobres para que de ellos hubiera podido vivir un ejército. Sin embargo, cuando pasó el rey, todos se inclinaron reverentemente. Para ellos era un dios que estaba por encima de los actos de sus servidores. Es algo que los persas llevamos en la sangre desde hace mil años. Lo seguía llevando en la mía yo, que sabía de qué estaba hecho el dios.
Recorrimos desnudas colinas bajo el azul del cielo. Los pájaros cantaban. Los soldados de caballería cantaban también, sobre todo los bactrianos, montados en sus rechonchas cabalgaduras de áspero pelaje. Allí arriba resultaba difícil creer que no éramos inmortales.
Pero a medida que avanzábamos los cantos fueron enmudeciendo. Nos estábamos aproximando al punto de reunión con los escitas. Éstos no habían enviado a ningún emisario y tampoco lo habían hecho los kadusianos. Nuestros propios batidores no habían descubierto huella alguna de ellos.
El rey se retiró temprano. Aunque las mujeres se habían marchado, no me mandó llamar. Tal vez lo que había sucedido en Ecbatana había matado su deseo; o tal vez ello había sucedido porque el deseo ya se estaba apagando. En tal caso, tendría que disponerme a convertirme en un simple eunuco de la corte con mis pequeños deberes cotidianos. Si hubiéramos estado en la corte, es posible que ya me los hubieran asignado.
Si ello sucedía, pensé, tomaría un amante. Recordé a Oromedon. Éste poseía un resplandor que por sí mismo lo contaba todo. Por mi parte, había recibido muchos ofrecimientos; discretos, claro, por temor al rey, pero se me había hecho saber dónde sería bien recibido.
Tales son las necedades que preocupan a los jóvenes para quienes todas las alegrías o pesares parecen eternos cuando el cielo está a punto de venirse abajo.
Tardamos dos días en desviarnos del camino del norte y seguir un camino rural que nos conduciría a la llanura en la que nos aguardaban los escitas.
Llegamos hacia el mediodía y nos encontramos ante un vasto espacio de hierba y matorrales de meseta. Decidimos levantar el campamento en un lugar en el que unos cuantos árboles esmirriados se inclinaban al viento. Se escuchaba el lamento de los chorlitos; los gazapos se movían entre las piedras. Por lo demás, en mi vida había visto nada tan vacío.
Llegó la noche. Llegaba uno a acostumbrarse a los sonidos del campamento: cantos, rumores de conversación, risas o peleas, una orden, el ruido de los cacharros de la cocina. Esta noche no se oía más que un leve murmullo, como el rumor de un torrente que arrastrara sus guijarros. Se prolongó durante mucho tiempo y acabé conciliando el sueño sobre su trasfondo.
Al romper el alba, me despertaron los gritos de malas nuevas. Quinientos soldados de caballería habían huido de noche con casi mil de infantería, llevándose todo su equipo, menos los escudos.
Fuera se escuchaba una voz que le hablaba al intérprete en griego. Era Patron, el comandante griego. Había acudido para informar que sus hombres se hallaban todos presentes.
Hacía mucho tiempo que hubieran podido desertar e incorporarse al ejército de Alejandro ayudándolo a saquear Persépolis. Aquí no disponían más que de la paga, mientras que el tesoro les estaba vedado. Patron era un hombre grueso y atezado, con un rostro cuadrado que no es común entre los persas. Procedía de una ciudad de Grecia que había sido derrotada en guerra por el padre de Alejandro, y había traído consigo a sus hombres. Éstos servían en Asia desde los tiempos del rey Ocos. Me alegré de que el rey le demostrara más cordialidad que de costumbre. No obstante, al levantarse el sol, convocó un consejo de guerra y Patron no fue invitado. Era un soldado mercenario y un extranjero. No contaba para nada.
El trono se hallaba colocado sobre la tarima; la tienda real se hallaba vacía y dispuesta. Los señores fueron viniendo vestidos con sus mejores galas mientras el fuerte viento agitaba sus ropajes. Se arracimaban en el exterior esperando que se les concediera la venia de entrar. A un lado, Bessos y Nabarzanes hablaban animadamente. Descubrí en sus rostros un sobresalto largamente esperado.
Entré y le dije suavemente a Bubakes:
- Va a ocurrir algo terrible.
- ¿A qué te refieres? -me preguntó agarrándome del brazo con tanta fuerza que éste me dolió.
- No sé. Algo contra el rey.
- ¿Por qué decir tales cosas si no lo sabes?
Estaba molesto porque yo había hurgado en sus ocultos temores.
Entraron los señores, efectuaron la reverencia y ocuparon sus puestos según el rango que ostentaran. Nosotros los eunucos, desde la cámara real, escuchábamos a través de las cortinas de cuero. Lo teníamos por costumbre. No se trataba de una audiencia privada. No obstante, siempre que podíamos, escuchábamos también las privadas.
El rey habló desde el trono. Pronto resultó evidente que el discurso lo había preparado él personalmente.
Elogió la lealtad de sus oyentes recordándoles ―el muy ingenuo― que algunos renegados como Mazaios, de Babilonia, habían sido enriquecidos por Alejandro. Habló largo y tendido de las pasadas glorias persas hasta que advertí que la impaciencia me iba creciendo bajo la piel. Al final fue al grano: pensaba resistir en las Puertas Caspias hasta la victoria o la muerte.
Se produjo un silencio tan denso que hubiera podido cortarse con un cuchillo. Las Puertas Persas, defendidas por tropas de primer orden, habían sido forzadas en mitad del invierno. Ahora estábamos en verano. Y en cuanto a las tropas, ¿es que no se daba cuenta de su estado?
Pero yo, que lo conocía bien, pensé que lo comprendía. No había olvidado el canto de los guerreros de mi padre. Intuí que ansiaba recuperar el honor perdido. Se había visto a sí mismo en las Puertas Caspias, redimiendo gloriosamente a Gaugamela. Pero ninguno de los hombres que se hallaban presentes había visto lo mismo. Y aquel terrible silencio era su respuesta.
Sobre la mesa se encontraba el pequeño cuchillo con el que le recortábamos las uñas. Lo tomé, rasgué con él la cortina y apliqué el ojo a la rendija. Bubakes me miró escandalizado. Yo le entregué el cuchillo. El rey se hallaba de espaldas a nosotros. En cuanto a los demás, aunque hubiéramos asomado las cabezas a través de la cortina, no se hubieran dado cuenta.
El rey se hallaba sentado rígidamente en el trono. Yo podía distinguir la punta de la mitra y una manga púrpura. Y vi lo que él estaba viendo: las caras. A pesar de que nadie se había atrevido a murmurar ante la Presencia, todos ellos eran un solo resplandor de ojos inquietos.
Alguien se adelantó. El viejo Artabazos, con su erguido porte y su barba blanca como la nieve. Cuando lo vi por vez primera, pensé que estaba muy bien para un hombre que se acercaba a los ochenta. En realidad, tenía noventa y cinco años. Al acercarse, el rey descendió e inclinó hacia él la mejilla para que se la besara.
Con su firme y alta voz de anciano, Artabazos dijo que él y sus hijos resistirían hasta el último hombre con toda su gente en cualquier campo que Su Majestad se dignara escoger. El rey lo abrazó. Él se retiró a su lugar. Se produjo de nuevo un largo silencio.
Se escuchó entonces un movimiento y un murmullo apagado. Se adelantó Nabarzanes. «Ha llegado el momento», pensé.
Lucía la misma túnica de lana gris y mangas bordadas que llevaba aquella noche en Ecbatana. Era vieja y desgastada. Me atrevería a decir que no disponía de otra cosa mejor, puesto que todo lo había perdido. En cuanto hubo pronunciado las primeras palabras, lo cercaron el poder y el peligro.
- Majestad, en una hora de tan grave elección, me parece que sólo podemos mirar hacia adelante sin dejar de mirar hacia atrás. En primer lugar, nuestro enemigo dispone de recursos, gran rapidez y resolución. Posee buenas tropas, leales a su persona. Se dice, no sé con cuánta verdad, que en las penalidades y el valor constituye el ejemplo de sus hombres ―hizo una breve pausa―. En cualquier caso, ahora puede recompensar su lealtad con las riquezas de nuestra majestad. Todo eso se dice de él. ¿Pero qué otra cosa escuchamos siempre que se pronuncia su nombre? Que es afortunado, que tiene mucha suerte ―una pausa más prolongada; ahora los presentes apenas respiraban; se estaba acercando algo y algunos de ellos sabían lo que era―. ¿Pero es así efectivamente? Si encuentro en mis tierras un caballo de pura raza perdido, podríais llamarme afortunado. O podríais llamar desgraciado a su propietario.
La gente del fondo, que no sabía nada, se agitó. Los que ocupaban lugares más adelantados permanecieron inmóviles. Pude observar que la manga color púrpura se movía sobre el brazo del trono.
- Dejemos que los hombres impíos hablen del azar ―prosiguió Nabarzanes suavemente―. Nosotros, educados en la fe de nuestros padres, creemos que todo procede del cielo. ¿Por qué debiéramos creer nosotros que el Dios Prudente favorece a Alejandro, un bandido extranjero que adora a otros dioses? ¿Acaso no debiéramos mirar hacia atrás, tal como yo he dicho, en un intento de descubrir alguna pasada impiedad por la que hayamos merecido este castigo? ―ahora el silencio era total; hasta los más ignorantes habían percibido, como perros, la proximidad de un trueno―. Señor, el mundo sabe con cuánto honor sin tacha ascendisteis al trono tras los horrores en los que no tuvisteis parte alguna ―su voz se había hundido en un profundo ronroneo irónico de leopardo―. Gracias a vuestra justicia, un villano traidor no vivió para alardear de ellos. (También hubiera podido añadir «o para poder acusarte.») Y, sin embargo, ¿cuál ha sido nuestra fortuna desde entonces? Somos el cuenco que la suerte de Alejandro ha vaciado. Señor, se dice que las maldiciones sobreviven a los muertos culpables. ¿No será tiempo de que nos preguntemos si Mitra, protector del honor, ha sido ya aplacado?
Inmovilidad. Habían empezado a verlo pero no podían creerlo.
La voz de Nabarzanes se alteró. El fornido príncipe Bessos se acercó a él.
- Majestad, nuestros campesinos, cuando se pierden en la montaña, dan la vuelta a sus vestiduras para que el diablo que los ha extraviado no pueda reconocerlos. El pueblo sencillo posee una antigua sabiduría. Yo creo ahora que nosotros también debemos dar la vuelta a la prenda desafortunada, aunque ésta sea de púrpura. Aquí estoy yo, Bessos, que compartí contigo la sangre de Artajerjes. Permitidme lucir la mitra y estar al mando hasta que finalice la guerra. Cuando los macedonios hayan sido expulsados, podrás regresar.
Al final podían creerlo. En el transcurso de nuestras vidas dos reyes habían muerto envenenados. Pero resultaba inaudito que a un Gran Rey, revestido de su dignidad y entronizado, se le dijera que se levantara y se fuera.
Se rompió el silencio; altos gritos de asentimiento, rápidos y preparados; gritos de pavor e indignación; murmullos de duda. De repente, un gran grito de «¡Traidor!» ahogó a todos los demás. Era el rey que descendía del estrado con su túnica púrpura y la espada desenvainada dirigiéndose a Nabarzanes.
Resultaba terrible en su estatura y furia. Hasta a mí, dada su dignidad real, se me antojaba un dios. Miré para ver a Nabarzanes, abatido a sus pies.
Pero, en su lugar, vi que una muchedumbre se arracimaba a su alrededor; Nabarzanes y Bessos, y los principales señores bactrianos, solicitando su perdón. Mientras se arracimaban suplicándole clemencia, le bajaron el brazo de la espada. La espada quedó inciertamente en suspenso. Todos se postraron lamentando la ofensa cometida y diciendo que se apartarían de su enojo hasta que les concediera la venia de contemplarle el rostro.
Se retiraron y todos los señores de Bactria los siguieron.
Alguien jadeaba a mi lado. Bubakes había practicado en la cortina una hendidura dos veces más grande que la mía. Temblaba de pies a cabeza.
La tienda se agitó ahora como un hormiguero dispersado de un puntapié. El viejo Artabazos, sus hijos y los señores persas leales rodearon al rey renovándole su sagrada fe. Él les dio las gracias y dio por terminado el consejo. Apenas pudimos ocupar de nuevo nuestros puestos antes de que entrara.
En silencio permitió que Bubakes lo desnudara y le pusiera la túnica de reposo. Se tendió en su lecho. Tenía el rostro hundido como si llevara un mes enfermo en la cama. Me deslicé hacia el exterior sin saludar y sin pedir permiso. Se trataba de algo inaudito. Sabía que ahora no querría ver a nadie. Bubakes no me reprendió.
Recorrí el campamento. Mis ropas estaban desgastadas y olían a cuadra ahora que carecía de criado. Nadie me prestó la menor atención.
Los bactrianos se hallaban sumamente ocupados. Estaban empezando a levantar el campamento.
¡Trabajo rápido, ciertamente! ¿Había sido sincero el temor que Bessos había manifestado ante el rey? Me parecía, sin embargo, que Nabarzanes no se daría tan fácilmente por vencido. Me introduje en un grupo de bactrianos. Estaban tan preocupados por sus cosas que les resulté invisible. Estaban diciendo sobre todo que a su señor debieran concedérsele sus derechos, que ya era hora de que mandara algún hombre. Pero uno de ellos dijo:
- Bueno, ahora nadie podrá decir que el rey no ha tenido su oportunidad.
Apartado y limpio, como siempre, se mostraba el campamento griego. Allí nadie desmontaba las tiendas. Se hallaban reunidos conversando. Los griegos son grandes conversadores y con frecuencia tienen algo que decir. Decidí acercarme.
Estaban tan enfrascados en sus conversaciones que me encontré entre ellos antes de que nadie pudiera dirigirme la palabra. Entonces, uno de ellos se separó de los demás y vino a mi encuentro. Mientras se me acercaba me pareció que tenía cuarenta años, pero ahora comprobé que era diez años más joven. La guerra y el tiempo se habían encargado de lo demás.
- Hermoso extranjero, ¿te veo aquí al final? ¿Por qué no nos visitas nunca?
Aún vestía a la usanza griega, aunque la ropa estaba muy raída. Estaba tan bronceado como la madera de cedro, y el sol le había aclarado la corta barba mucho más que el cabello. Su sonrisa era sincera.
- Amigo mío ―le dije―, no es un día apropiado para la belleza. Bessos quiere ser rey. Y se lo ha dicho al rey.
No veía por qué tenía que ocultar a los hombres leales lo que sabían todos los traidores.
- Sí ―dijo él―, querían que nos fuéramos con ellos. Y nos ofrecieron doble paga.
- Algunos de nosotros, los persas, también sabemos ser fieles aunque ahora lo pongáis en duda. Dime, ¿qué se proponen los bactrianos? ¿Por qué levantan el campo?
- No irán muy lejos ―me estaba comiendo con los ojos sin disimulo, pero también sin agravio―. Hasta dudo de que puedan llegar a perderse de vista. Según le han dicho a Patron, se retiran de la presencia del rey por haberlo ofendido. Pero, como es natural, lo hacen para demostrar su fuerza. Sin ellos, dispondremos de muy pocas tropas de a pie. Eso es lo que quieren que veamos. Bueno, yo no he servido en Asia tanto tiempo como Patron y sus focios, pero sé lo que piensan los buenos persas del rey. No nos comportamos así en Atenas, pero nuestro comportamiento también ha sufrido quebrantos y por eso me marché. Sirvo, pues, donde me alisto y me quedo donde sirvo. Un hombre debe depositar su orgullo en algo.
- Es posible que así lo hagáis. Todos nosotros lo sabemos.
Me miró ansiosamente con sus claros ojos azules como un niño que pidiera algo que sabe que no alcanzará.
- Bueno, nuestro campamento seguirá estando aquí cuando caiga la noche. ¿Te apetecería salir a beber conmigo? Podría hablarte de Grecia, puesto que tan bien hablas nuestro idioma.
Casi me eché a reír y dije que era muy amable. Pero me gustaba, y añadí sonriendo:
- Sabes que sirvo al rey. Y en estos momentos necesita a sus amigos.
- Bueno, nada se pierde con probar. Me llamo Doriskos. El tuyo ya lo he averiguado.
- Adiós, Doriskos. Estoy seguro que volveremos a vernos.
No esperaba tal cosa pero quería demostrarle buena voluntad. Le ofrecí la mano y pensé que no iba a soltármela jamás. Después regresé a la tienda del rey.
El rey se hallaba encerrado a solas. Bubakes me dijo que no deseaba ver a nadie ni comer. Nabarzanes se había llevado todas sus tropas de caballería y había emprendido la marcha junto con los hombres de Bessos. No pudo proseguir y rompió a llorar. Resultaba horrible verle meterse el extremo del ceñidor en la boca no para disimular ante una nulidad como yo (ahora no era más que eso) sino para que el rey no pudiera oírlo.
- Los griegos son leales ―le dije.
En otro momento me hubiera reprendido por haberme acercado a ellos. Pero ahora se limitó a preguntar qué eran dos mil hombres contra treinta mil bactrianos y las tropas de caballería de Nabarzanes.
- También hay persas leales. ¿Quién los manda ahora?
Se secó los ojos con el otro extremo del ceñidor y repuso.
- Artabazos.
- ¿Cómo? No puedo creerlo.
Era cierto. El anciano estaba recorriendo el campamento persa en calidad de general, entrevistándose con los señores y capitanes y alentándoles ante sus hombres. Su fidelidad hubiera podido conmover las piedras. Resultaba extraño pensar que, siendo ya anciano en la opinión de la mayoría de los hombres, había sido un rebelde. Pero lo había sido contra Ocos, que no debía haberle dado otra elección más que eso o la muerte.
Finalizada su misión, regresó junto al rey y consiguió que éste comiera en su compañía. Se nos dijo que nos retiráramos, pero escuchamos la conversación que ambos mantuvieron. Puesto que ahora resultaba imposible conducir las tropas a la batalla, al día siguiente éstas iniciarían la marcha a través de las Puertas Caspias y se pondrían en camino al amanecer.
Mientras cenábamos en nuestra tienda dije lo que ya no podía guardar por más tiempo para mí.
- ¿Por qué no recorrió el rey personalmente el campamento? Podría ser el nieto de Artabazos. No tiene más que cincuenta años. Debiera procurar que ellos desearan luchar por él.
Todos me miraron escandalizados. ¿Acaso no estaba en mis cabales? ¿Presentarse el rey en persona ante unos simples soldados como un capitán cualquiera? ¿Dónde estaría su realeza, cómo podrían reverenciarlo? Era mucho mejor que soportara la adversidad, como ahora, con toda la dignidad de su sagrado rango.
- Pero Ciro el Grande era un general en el campo ―dije―. Lo sé porque procedo de su tribu. Sus hombres debían verlo todos los días.
- Eran tiempos más toscos ―dijo Bubakes―. Ya no pueden volver.
- Eso esperamos ―dije volviendo a enfundarme en mi capa.
Ahora ya estaba todo totalmente a oscuras de no ser por las hogueras de vigilancia, las antorchas clavadas aquí y allá en el terreno, y las rendijas de luz que se escapaban de las tiendas iluminadas por lámparas. Al pasar junto a una antorcha apagada, me recubrí la cara con su hollín, me dirigí a la hoguera más cercana en la que había oído hablar con acento bactriano y me agaché al lado de los demás.
- Podéis decir que la maldición de Dios ha caído sobre él ―estaba diciendo el capitán bactriano―. Se ha vuelto loco. Obligarnos a pasar por las Puertas para que quedemos atrapados como ratones entre las montañas y el mar de Hircania. Siendo así que Bactria podría resistir eternamente. ―Siguió hablando de sus innumerables plazas fuertes, todas ellas inexpugnables como no fuera para los pájaros del cielo―. Lo único que nos hace falta para acabar allí con los macedonios es un rey que conozca el terreno. Y sepa luchar.
- De Bactria ―dijo un persa― no sé nada. Pero no hables de maldiciones de Dios si te vuelves contra el rey. Eso es lo más maldito de Dios que pueda haber.
Se escucharon murmullos de asentimiento. Me sequé vulgarmente la nariz con los dedos, puse cara de tonto y me alejé.
Al escuchar hablar en el interior de una tienda que había un poco más adelante, estuve a punto de rodearla, apartándome de la luz de la antorcha que había fuera, cuando salió un hombre tan precipitadamente que ambos topamos. Me tomó por el hombro sin aspereza y me volvió hacia la luz.
- Mi pobre Bagoas. Al parecer, siempre nos encontramos de la misma forma. Tienes la cara ennegrecida. ¿Es que ha adquirido la costumbre de golpearte todas las noches?
Sus blancos dientes sonrieron a la luz de la antorcha. Sabía que era tan peligroso como un leopardo cazador, pero no podía temerlo y ni siquiera odiarlo como hubiera debido.
- No, Nabarzanes ―por obligación hubiera debido hincar la rodilla, pero decidí no hacerlo―. Pero, aunque lo hiciera, el rey es el rey.
- Muy cierto. Me hubieras decepcionado si tu lealtad no hubiera corrido pareja con tu belleza. Límpiate esta suciedad de la cara. No te causaré ningún daño.
Empecé a limpiarme con la manga como si le debiera obediencia. «Quiere decir que ya es demasiado tarde para ello», pensé.
- Así está mejor ―me quitó con un dedo una mancha de tizne que yo había pasado por alto; después me apoyó las manos sobre los hombros; su rostro ya no presentaba expresión burlona―. Tu padre murió por el rey, según tengo entendido. Arses era el heredero legítimo y era apto para gobernarnos. Sí, en Arses hubiéramos tenido a un guerrero. ¿Por qué crees que Alejandro no nos ha vencido del todo? Hubiera podido hacerlo hace tiempo. Te diré el motivo: es el desprecio. Tu padre murió por nuestro honor persa. Recuérdalo.
- No lo olvido. Y sé dónde reside mi honor.
- Sí, tienes razón ―me comprimió los hombros y después me soltó―. Regresa junto a él. Es posible que puedas prestarle parte de tu virilidad.
Era como la garra de un leopardo con las uñas que pinchaban a través de la suave pata: al marcharse, hinqué la rodilla sin darme cuenta.
En la tienda real me tropecé con Artabazos, que se disponía a salir. Le hice una reverencia y hubiera pasado de largo si él no hubiera extendido la mano surcada de azules venas.
-Vienes del campamento, muchacho. ¿Qué has descubierto? ―me preguntó. Le contesté que todo estaba lleno de bactrianos que intentaban subvertir a los persas leales. Él chasqueó la lengua enojado―. Tendré que ver a esos hombres.
- ¡Señor! ―exclamé sin preocuparme la impertinencia―. Debes dormir. No has descansado en todo el día y mitad de la noche.
- Lo que debo hacer, hijo mío, es ver a Bessos y a Nabarzanes. A mi edad, no dormimos tanto como vosotros los jóvenes.
Ni siquiera tomó un bastón en el cual apoyarse.
Estaba en lo cierto. En cuanto le hube referido a Bubakes la noticia, me acosté y caí dormido como si fuera un tronco.
Los cuernos me despertaron junto con el grito de «Preparaos para la marcha». Abrí lo ojos y observé que todos los demás ya se habían ido. Sucedía algo. Me vestí apresuradamente y salí. El rey, vestido para la marcha, se hallaba de pie ante la tienda y el carro ya le estaba aguardando. A sus pies se hallaban arrodillados Bessos y Nabarzanes. El anciano Artabazos se encontraba a su lado.
El rey estaba diciendo que aquella deslealtad le había afligido mucho. Ambos doblaron la cabeza y se golpearon el pecho. Hubiera podido jurar que en la voz de Bessos se mezclaban las lágrimas. Su único deseo, dijo llorando, había sido el de preservar al rey de la maldición que otros habían atraído, de la misma manera que le hubiera defendido en la batalla con su propio escudo; hubiera atraído la maldición sobre sí mismo y hubiera sufrido las heridas. Nabarzanes, rozando con la mano las vestiduras del rey, dijo que se habían retirado temiendo su enojo; la mayor alegría de su vida sería la de recuperar de nuevo su gracia.
Miré con respeto y asombro a Artabazos, cuya labor quedaba de aquella forma recompensada. Era un alma escogida por Mitra; iría directamente al Paraíso y el Río de las Pruebas no lo abrasaría. Todo se había arreglado de nuevo. La lealtad había regresado. La luz había conquistado a la oscura Mentira. Yo era todavía muy joven.
Llorando, el rey extendió las manos hacia ellos. Ambos se postraron y besaron la tierra ante sus pies, declarándose los más felices de los hombres y los más fieles. El rey subió al carro. Los hijos de Artabazos intentaron conseguir que su padre se acomodara en un carro para que pudiera descansar mejor. Él les reprendió duramente y pidió su caballo. Sus hijos se retiraron avergonzados. El mayor tenía más de setenta años.
Yo me dirigí hacia las líneas de los caballos. Los soldados que se habían pasado la noche yendo de un lado para otro y peleándose, se estaban disponiendo en orden de marcha. Los persas se ordenaron mejor, pero es que también eran menos. Había muchísimos menos que la noche anterior. Y lo mismo sucedía con los bactrianos. Saltaba a la vista, a pesar de ser muy numerosos.
Ello se debía a las largas negociaciones nocturnas. Los persas, sabiendo que no eran muy numerosos, se habían marchado a centenares, pero habían añadido también a algunos bactrianos por temor al vengativo Mitra. Entre el temor a éste y a Bessos, habían optado por el largo camino de regreso a casa.
Al regresar hacia los carros de la corte, vi a los griegos ordenados en columnas de marcha. Estaban todos e iban armados.
En las largas marchas, cuando no había peligro de acción alguna, siempre solían amontonar sus armaduras, yelmos y armas en los carros, quedándose solamente con la espada y vistiendo las cortas túnicas (confeccionadas con toda clase de telas, puesto que llevaban mucho tiempo lejos de la patria), con los sombreros de paja de ala ancha que utilizan los griegos para viajar, por ser sus pieles mucho más sensibles al sol. Ahora llevaban petos y corazas y hasta grebas los que las tenían. Llevaban los escudos colgados a la espalda.
Justo en aquellos momentos uno de ellos se separó y me hizo señas con la mano. Era Doriskos. «¿Por quién me ha tomado? ―pensé―. Comprenderá que no puedo ponerme en ridículo en público.» Estaba a punto de poner el caballo al galope cuando le vi la cara. Su expresión no era divertida. Me acerqué.
Me agarró por la bota y me indicó por señas que me inclinara. Tampoco daba la impresión de que bromeaba.
- ¿Puedes hablar con el rey?
- Lo dudo. Ya va de camino y estoy retrasado. ¿Qué pasa?
- Dile que no se deje engañar. Aún no ha visto el final.
- Vamos ―dije alegremente―, todo ha terminado. Le han suplicado perdón.
- Eso ya lo sabemos. De eso se trata; por este motivo nos ha obligado Patron a ir armados.
Se me encogieron las entrañas y pregunté:
- ¿Qué quieres decir?
- Anoche nadie se dejó convencer. Lo sabe todo el mundo. Esperaban poder contar con el apoyo de los persas. De haberlo conseguido, hubieran actuado hoy. Pero los persas dijeron que era una acción maldita por Dios y por eso muchos se fueron. Más tarde, cuando hayamos atravesado las Puertas, lo harán.
Recordé mi vida y desprecié mi confianza en los hombres.
- ¿Hacer qué?
- Apresar al rey y vendérselo a Alejandro.
Pensaba que sabía lo que era la traición. La conocía desde que había nacido.
- Tranquilízate, no te pongas tan pálido ―extendió la mano para ayudarme a mantenerme en la silla―. Escucha, son unas serpientes pero no son necios. El rey es el rey pero no es el mejor general del mundo, reconozcámoslo. Este golpe les permitirá quitárselo de en medio y comprar a cambio la paz con Alejandro. Después se dirigirían a Bactria y se prepararían para la guerra.
- No me sostengas, la gente está mirando ―había conseguido recuperarme rápidamente―. Alejandro jamás confiaría en unos hombres que hubieran hecho tal cosa.
- Dicen que es muy confiado cuando se le jura fidelidad. Por otra parte, que Dios se apiade de quien rompe la promesa. Vi lo que dejó de Tebas... No importa. Díselo al rey.
- Pero es que no tengo el rango suficiente como para acercarme a él en público ―eso hubiera sido cierto incluso cuando gozaba de su favor―. Debe hacerlo vuestro general. No puede hacerlo otra persona de inferior categoría.
- ¿Patron? El rey apenas le conoce la cara.
Habló no sin cierta amargura.
- Lo sé. Pero debe hacerlo ―rápidamente empecé a pensar―. El rey habla griego. En la corte, algunos sabemos hablarlo. Pero Bessos siempre solícita un intérprete y también Nabarzanes. Aunque escucharan, Patron podría advertir al rey.
- Vale la pena saberlo. Así se lo diré. Somos un puñado de hombres en comparación con los bactrianos, pero si el rey confía en nosotros, es posible que aún podamos ayudarle a salir vencedor de este trance.
Pronto alcancé los carros de la corte. No habían avanzado mucho. El carro del Sol se había perdido en Gaugamela, pero dos magos con el altar seguían encabezando la marcha. Detrás, sin embargo, el orden se estaba descomponiendo y no se observaba ningún derecho de precedencia. Hombres de ambas clases se empujaban unos a otros para aproximarse al rey. Bubakes iba montado justo detrás de su carro, lo cual era algo inaudito. A su lado, montando en un caballo nisayano de huesos tan pesados como un buey, iba Bessos.
Me acerqué a Bubakes. Éste me miró con ojos adormecidos como diciendo: «Al fin y al cabo, ¿qué más da?» Nos hallábamos demasiado próximos al rey para poder hablar.
La silla de manos encortinada había quedado en Arbela; aquellos tiempos ya habían pasado. Después de pasarse todo el día en el carro de guerra, se sentiría cansado. Seguía sintiendo por él algo que iba más allá del simple deber. Lo recordé juguetón, amable y divertido en las locuras del placer. Sabía que era despreciado. Tal vez lo sabía cuando me golpeó.
El rey era el rey; no hubiera podido creer que aquel sagrado estado podía alterarse como no fuera a consecuencia de la muerte. Desastre tras desastre, fracaso tras fracaso, vergüenza tras vergüenza; un amigo tras otro se convertía en traidor; sus tropas, para las que hubiera debido ser semejante a un dios, se escabullían por la noche como ladrones; se acercaba Alejandro, el temido enemigo, y a su lado y sin saberlo se encontraba el verdadero peligro. ¿En quién confiar? En unos pocos que para el uso de los reyes habíamos sido convertidos en menos que hombres y en dos mil soldados que servían a sueldo y le eran fieles, no por amor a él, sino para conservar el propio orgullo.
Mientras proseguíamos la marcha y el camino ascendía por yermas altiplanicies, supongo que no había nadie en la corte que no estuviera pensando: ¿Qué será de mí? Éramos unos simples seres humanos. Bubakes pensaba tal vez en la penuria o en una triste vida en algún harén de segunda categoría. Pero yo no conocía más que una habilidad, no había tenido más que un empleo. Recordé la esclavitud de Susa. Ya no era demasiado joven como para no hallar un medio de morir. Pero deseaba vivir.
El camino fue haciéndose cada vez más empinado. Estábamos acercándonos al desfiladero. Aquí estaba la barrera constituida por la Cordillera Tapuria, grandes montañas, estériles y ásperas, tan altas que en verano sus cumbres aparecían cubiertas todavía de nieve. Desde el pie de la montaña nuestro camino culebreaba como un gusano y se desvanecía en una hendidura. A pesar de todo, se me aceleraron los latidos del corazón. Más allá debía estar el mar que jamás había tenido ocasión de ver.
A cada recodo más alto se elevaba una nueva pared de rígida piedra trabajada por la intemperie, sin más vida que la de unos pocos cipreses inclinados, como tullidos. Aquí y allá, junto a alguna corriente, se observaban pobres campos y chozas cuyos salvajes habitantes huían como conejos de monte. Pero el aire era como de cristal. Frente a nosotros, hundida en la sombra, se hallaba la empinada garganta de las Puertas.
Alejandría es una ciudad espléndida con todo lo que un hombre sensato puede desear. Creo que terminaré mi vida aquí sin volverme a alejar jamás. Pero cuando recuerdo las altas montañas y el desfiladero que iba ascendiendo hacia una revelación desconocida, no me parece posible. Incluso, entonces, a sabiendas del mal y del peligro, estando al corriente de todo lo que había sucedido, pude sentir éxtasis, profecía y luz.
Un risco empinado por arriba, un profundo abismo debajo mucho más allá del rugido de las aguas. Nos encontrábamos en las Puertas. Incluso a aquella altura la pared de piedra despedía calor y la columna avanzaba dificultosamente. Era indudable que aquel desfiladero hubiera podido defenderse. Delante, Bessos, montado en su corpulento caballo, seguía viajando al lado del rey. No se veía rastro alguno de Patron. ¿Por qué razón tendría éste que haber atendido mi consejo, no siendo yo más que un favorito del rey?
El camino se allanó y se ensanchó. Nos encontrábamos al final del desfiladero. Hircania se extendía abajo. Era otro país. Las montañas estaban cubiertas de bosques, un repliegue verde tras otro. Después, una estrecha llanura y, más allá, el mar.
Desde aquella altura el horizonte se extendía inmenso alrededor de su sábana de plata. Contuve el aliento a causa del placer. Las negras playas me sorprendieron. No sabía que estaban cubiertas de bandas de cormoranes, millones y millones, alimentados por sus interminables bancos de peces.
La cordillera Tapuria constituye una gran línea divisoria. Y ciertamente eso iba a ser para mí.
Pronto empezamos a recorrer el tortuoso camino de bajada entre los árboles. Los riachuelos fluían y brincaban sobre guijarros teñidos de rojo. El agua era deliciosa, muy fría y con cierto sabor a hierro. Nos detuvimos en un pinar, preparamos los cojines para el rey y le levantamos una tienda para que reposara.
Cuando reemprendimos la marcha, el aire se hizo más pegajoso y húmedo, porque los altos árboles impedían en cierto modo el paso de las brisas que habían soplado en el desfiladero. Nos habíamos detenido un buen rato a causa de su frialdad; ahora, en lo profundo del bosque, las sombras se fueron oscureciendo. Mirando a mi alrededor, fui consciente de que alguien cabalgaba a mi lado. Era Patron.
Era un veterano. No había fatigado a su caballo montaña arriba porque sabía que el camino pronto sería más fácil. Capté la expresión de sus ojos y retrocedí para cederle mi lugar. Él desmontó y tomó las riendas del caballo, no sé si en señal de respeto o para que su presencia fuera observada. Sus ojos no se apartaban del rey.
Fue Bessos quien lo vio primero. Éste irguió la espalda, se acercó al rey e inició una conversación. Patron se situó detrás de ambos.
El camino giró bruscamente. Cuando el carro dio la vuelta, el rey lo vio y se sorprendió. Nadie debía mirar al Gran Rey a la cara, pero Patron lo miró fijamente a los ojos. No hizo gesto alguno, se limitó a mirar.
El rey habló con Bubakes, que retrocedió y le dijo a Patron:
- Su majestad pregunta si deseas algo de él.
- Sí. Dile a su majestad que desearía hablar con él sin intérpretes. Dile que no es por mí, sino en su servicio. Sin intérpretes.
Bubakes, con el rostro demudado, repitió el mensaje. El carro del rey avanzaba penosa y lentamente a causa de la pendiente. El rey le indicó a Patron por señas que se acercara. Yo tomé las riendas de su caballo y se lo conduje.
Patron se acercó al carro, al otro lado del rey. Habló en voz baja y no oí lo que dijo, pero Bessos pudo verlos. Patron se había arriesgado, confiando únicamente en mi palabra.
Por la expresión de desconcertada cólera de Bessos pronto debió comprender que no le había engañado. Entonces Patron alzó la voz:
- Majestad, levantad vuestra tienda en nuestro campamento esta noche. Hace mucho tiempo que os servimos. Si queréis confiar alguna vez en nosotros, es necesario que sea ahora.
El rey permaneció inmóvil. Su expresión apenas se modificó. Me alegré de su fortaleza; es necesario que uno se sienta orgulloso del propio amo.
- ¿Por qué lo dices? ―preguntó ahora dificultosamente a Patron; su griego no era mejor que el mío―. ¿Qué te hace temer por mí?
- Señor... es el comandante de tu caballería y este que se encuentra a tu lado. Ya ves que no puedo pronunciar sus nombres.
- Sí ―dijo el rey―, prosigue.
- Señor, esta mañana han mentido. Será esta noche.
- Si así está decretado, así será ―dijo el rey.
Comprendí su inmovilidad. El corazón se me hundió como una piedra. El rey se había sumido en la desesperación.
Patron se acercó un poco más y se inclinó hacia el carro. Era un viejo soldado y sabía lo que había escuchado. Sacó fuerzas de flaqueza como para animar a una línea de batalla que se estuviera desbaratando.
- Venid con nosotros, señor. Todo lo que pueda hacerse lo haremos nosotros. Mirad estos bosques. Cuando llegue la noche, os sacaremos de aquí.
- ¿Hacia dónde, amigo mío? ―con la desesperación, había recuperado la dignidad―. Estoy viviendo de más si mi propio pueblo me quiere muerto ―no sé qué leyó en el rostro de Patron que yo no pude ver―. Puedes estar seguro de que confío en vosotros. Pero si lo que me dices es cierto, a vosotros y a los fieles persas os superan en una proporción de diez a uno. No quiero comprar unas cuantas horas más de aliento al precio de vuestras vidas. Sería una triste forma de agradecéroslo. Regresa junto a tus hombres y diles que los estimo.
Patron se despidió y retrocedió. Al tomar de nuevo su caballo, sus ojos me dijeron: «Bien hecho, muchacho. No has tenido la culpa.»
Me volví para mirar a Bessos.
La oscura sangre le había afluido al rostro. Parecía un demonio. No podía saber lo que Patron había revelado. Por unos momentos pensé que iba a acometer al rey con la espada para asesinarlo. No obstante, un rey muerto es una mercancía averiada. Decidió dominarse, y después le dijo a Darío:
- Ese hombre se propone traicionarte. No es necesario conocer su idioma; se le podía leer en la cara ―se detuvo en espera de una respuesta, pero el rey guardó silencio―. Es la escoria de la tierra. Sin raíces en ningún país, se vende al mejor postor. Alejandro debe haber superado tu precio.
Era una insolencia, aunque se tratara de un pariente. El rey se limitó a decir:
- No me fío. En cualquier caso, la petición le ha sido denegada.
- Me alegro de ello. Espero que confíes en nuestra buena fe como lo has hecho esta mañana. Que los dioses sean testigos.
- Que ellos sean también mis testigos ―repuso el rey.
- En este caso, me considero todavía más dichoso.
Bessos miró de soslayo por debajo de sus pobladas cejas negras y no dijo más. Seguimos avanzando monte abajo a través de los oscuros bosques. Desde los puntos en que todavía podíamos distinguirlas, las altas cumbres aún aparecían iluminadas por la dorada luz del sol. Aquí pronto anochecería.
Acampamos en un claro muy extenso cruzado por alargados y rojizos rayos de sol. Creo que al amanecer hubiera sido precioso. Pero ninguno de nosotros vimos el amanecer, y no puedo decirlo.
En las cercanías había una aldea. Los soldados persas salieron a saquear, según tenían por costumbre. Cuando hubieron desaparecido entre los árboles, el campamento siguió estando lleno de hombres. Los bactrianos se habían quedado y estaban empezando a preparar hogueras de vigilancia. Todos se hallaban todavía bajo las armas y nosotros sabíamos cuál era el significado. Era como la última crisis de unas largas fiebres.
Oxatres se acercó al rey y dijo que cuando regresaran los persas leales, éstos iniciarían la lucha. El rey lo abrazó y le dijo que no hiciera nada sin recibir órdenes suyas. Era un soldado valeroso, pero ninguno de los componentes de aquella familia poseía dotes de general. Patron hubiera podido hacer más con dos mil hombres que él con veinte mil y creo que el rey lo sabía. Cuando su hermano se hubo marchado, mandó llamar a Artabazos.
Lo encontré un poco fatigado a causa del viaje, pero todavía muy fuerte. Mientras lo acompañaba hasta el rey, vi el campamento de los griegos aislados entre los árboles. Iban todos armados y habían dispuesto avanzadas.
Alrededor de la tienda real se encontraban los guardias reales. Quedaban todavía algunos Inmortales, armados con sus lanzas de honor. Las granadas de oro captaban la luz del fuego y sus ojos miraban fijamente hacia adelante con expresión sombría.
Escuchamos que el rey le comunicaba a Artabazos la noticia de Patron. Artabazos guardó silencio unos momentos, pensando sin duda en sus prolongados y vanos esfuerzos nocturnos. Después aconsejó al rey que acampara entre los griegos; los persas, de quienes respondía personalmente, acudirían en ayuda de los griegos si el rey se encontraba con éstos. Yo estaba pensando: pobre anciano, has vivido demasiado para que puedas disfrutar de la paz, cuando él añadió enérgicamente:
- Estos griegos son soldados mercenarios. Los bactrianos han sido simplemente reclutados. Yo vi la disciplina en Macedonia. Es la diferencia entre un caballo de pura raza y un buey. Confiad en los griegos.
A menudo habíamos escuchado por simple curiosidad o para adelantarnos a alguna pequeña intriga. Ahora escuchábamos porque temíamos por nuestras vidas.
- Todo ha acabado ―dijo el rey―. Durante toda la vida he esperado con demasiado interés. Últimamente me ha costado muy caro, demasiados hombres. Ahora he abandonado toda esperanza; no me desees que ésta vuelva a mí.
Se escuchó un rumor ahogado. Era el llanto de Artabazos.
- Querido amigo ―dijo el rey―, has perdido conmigo muchos años. Los restantes te pertenecen; ve con la bendición del Dios Prudente.
El llanto prosiguió. El rey levantó la voz y nos llamó. Artabazos se aferraba a él, muy pequeño al lado de la envergadura del rey, hundiendo el viejo rostro en las vestiduras reales. El rey lo abrazó diciendo:
- Este fiel servidor no quiere abandonar su carga, pero yo lo he exonerado. Conducidlo fuera.
Apartó las manos del anciano que se aferraban a su ropa como las de un niño; tuvimos que intervenir todos para acompañarlo fuera sin rudeza. El rey apartó el rostro. Nosotros acompañamos a Artabazos junto a su gente. Al regresar buscamos al rey y al principio no lo vimos. Se encontraba en el suelo en posición prona con la cabeza apoyada sobre los brazos.
Todos pensamos lo mismo. Pero no había arma alguna a su lado y sus hombros se movían al compás de la respiración. Parecía una liebre acosada, agotada hasta el límite y esperando los sabuesos o la lanza.
No nos había ordenado que nos retiráramos. No sabíamos qué hacer y contemplábamos aquel doloroso espectáculo en silencio, percatándonos de nuestra propia desesperación. Al cabo de un rato, se me ocurrió una idea. Fui por su espada, que se encontraba en otro aposento, y la deposité sobre la mesa para que pudiera hallarla fácilmente. Bubakes vio lo que me proponía y apartó la mirada.
Había querido rendirle a mi amo este último servicio. No podía pensar: aquí está mi antiguo amante. Estaba a su servicio y le había servido tal como era mi deber. Él era el rey.
Al cabo de un rato movió la cabeza y nos concedió licencia para que nos marcháramos.
La tienda en que debíamos pernoctar se había dejado a medio levantar: uno de los extremos colgando de un palo y el otro en el suelo. No se veía a ningún esclavo por parte alguna. Se escuchaban disputas, peleas y órdenes gritadas en vano. Aquello ya no era un ejército sino una enorme y confusa muchedumbre de tribus y bandos. Durante un rato permanecimos sentados sobre los pellejos de que estaban constituidas las tiendas, murmurando. Después levanté la mirada y dije:
- Los guardias reales se han ido.
Me acerqué para cerciorarme de ello. Nada, ni una sola lanza de mango dorado. Los Inmortales se habían desprendido de su inmortalidad. Estábamos solos.
Al cabo de un rato de silencio añadí:
- Creo que ha hablado. Iré a ver si desea algo.
Se encontraba tendido igual que antes. Me acerqué despacio y me arrodillé a su lado. No había oído nada; pero había vuelto a recordar los antiguos tiempos. El perfume que yo usaba había sido regalo suyo. A decir verdad, yo era algo más que los otros.
Se hallaba tendido con la cabeza apoyada sobre un brazo y el otro brazo extendido hacia adelante. No me atrevía a tomarle la mano sin permiso. Era el rey.
Se movió, consciente de mi presencia, y dijo:
- Envíame a Bubakes.
- Si, mi señor.
Yo hubiera podido recibir el mensaje pero él lo había olvidado.
Bubakes entró. De repente lanzó un alarido como los que sólo se escuchan cuando se produce una muerte. Los tres corrimos al interior de la tienda. La espada se hallaba todavía sobre la mesa y el rey seguía tendido en el suelo. Bubakes estaba arrodillado, se golpeaba el pecho. Se rasgaba las vestiduras y se arrancaba el cabello. Todos le preguntamos: «¿Qué sucede?», como si el rey no hubiera estado presente. Se estaban desintegrando todas las cosas que conocíamos.
- Su majestad nos ruega que nos vayamos ―repuso Bubakes sollozando.
El rey se incorporó sobre un codo.
- Todos habéis cumplido bien con vuestro deber. Ya no podéis hacer más por mí. Os exonero de vuestro servicio. Salvaos mientras podáis. Es la última orden que os doy y vais a obedecerla todos.
El espanto nos abrumó: el rey condenado, la tienda abandonada, la negra y oscura selva llena de bestias salvajes y enemigos. Espero que lloráramos por él; ahora resulta fácil creerlo así. Lloramos a gritos en la noche, embriagados de temor y pesar; como los dolientes que se hallan junto a un féretro, lanzamos nuestros gritos al aire sin reconocerlos siquiera como nuestros.
Al apartarme el cabello de los ojos, observé que había alguien en la entrada. Incluso en medio de mi aflicción, recordé que no había guardia alguna. Me acerqué tal como estaba. Eran Bessos y Nabarzanes, seguidos de otros hombres.
Bessos contempló al rey en el suelo, se golpeó una palma de una mano con el puño de la otra y le dijo a Nabarzanes, rechinando los dientes:
- ¡Demasiado tarde! Te lo advertí.
- Jamás pensé que pudiera hacerlo ―dijo Nabarzanes.
Su rostro no denotaba cólera, sólo respeto y tal vez alivio. Sus ojos se encontraron con los míos y él asintió gravemente.
Bessos me tomó el hombro entre sus enormes manazas y me sacudió, levantándome del suelo:
- ¿Ha terminado? ¿Se ha ido?
Y Bubakes contestó por mí.
- Me complazco en comunicaros que su majestad goza de buena salud.
El rostro de Nabarzanes se endureció como el de un relieve mural y le dijo a Bessos:
- Entra entonces.
Al entrar ellos, el rey se levantó y se limitó a decir:
- ¿Por qué estáis aquí?
- Estoy aquí ―repuso Bessos― en calidad de rey.
El rey permaneció inmóvil.
- ¿Qué clase de reino te ha concedido Dios?
- He obedecido los deseos del pueblo. Tú hubieras debido hacer lo mismo.
- Como veis ―dijo el rey―, ya no estoy en condiciones de castigar a los traidores. Pero sé quién lo estará.
Bessos levantó la mano.
- Estoy dispuesto a enfrentarme con el juicio de Mitra.
- Me lo imagino, puesto que haces tales cosas. Pero me estaba refiriendo a Alejandro.
Nabarzanes, que había guardado silencio hasta entonces, dijo:
- No nombres al enemigo al que has entregado nuestro pueblo. Lo hacemos para liberarlo.
- Ven con nosotros ―dijo Bessos.
Yo pensé: «¿Debo depositar la espada en su mano?» Pero él hubiera podido alcanzarla. No tenía derecho a decirle a mi amo cuándo debía morir.
Él retrocedió, creo que para tomarla. Pero nunca había sido rápido de movimientos ni decidido de pensamiento. Al moverse, ellos se le acercaron. Era un hombre corpulento, pero sus músculos se habían aflojado. Cuando entraron los hombres de Bessos y Nabarzanes dejó de oponer resistencia. Permaneció dignamente erguido; por lo menos sabia sufrir como un rey. Tal vez Bessos lo comprendió así y dijo:
- Bueno, si tenemos que atarle, que las cadenas estén de acuerdo con su rango.
Se quitó la cadena de oro macizo que llevaba alrededor del cuello y, mientras dos bactrianos le colocaban al rey los brazos a la espalda, se los ató con ella.
Lo condujeron fuera, tomándolo de los hombros como si fuera un criminal. Los bactrianos que se encontraban fuera emitieron murmullos por lo bajo, gritos confusos y risas que tenían mucho de miedo.
Muy cerca se encontraba detenido un carro corriente de transporte con la cubierta hecha de pellejos. Había sido utilizado para el traslado de las tiendas. Lo condujeron hacia el mismo. Nos quedamos mirándolo sin poder creerlo, impotentes mudos.
Recuperándose de su asombro, Bubakes gritó:
- ¡Dadle por lo menos algunos cojines!
Corrimos a buscarlos. El rey se encontraba en el interior del carro con dos esclavos del campamento, no sé si guardianes o servidores. Le arrojamos los cojines, después los soldados nos apartaron a empujones. Se engancharon los caballos y subió el carretero. Nos pareció que permanecíamos clavados allí una eternidad mientras se hacía todo esto y se juntaban las tropas de caballería. La infantería formaba más bien un grupo y no ya una columna. Bessos dio una orden y el carro empezó a moverse trabajosamente por el claro del bosque en dirección al camino.
Pasó corriendo un soldado llevando algo que yo conocía. Era el aguamanil del rey. La tienda se llenó de bactrianos que se habían quedado para someterla a pillaje. Algunos se peleaban fuera por la posesión de los mejores objetos. Era el saqueo.
Bubakes me miró con ojos llenos de desesperación; gritó: «¡Vayamos junto a Artabazos!», y echó a correr hacia el campamento persa. Los demás lo siguieron. Los soldados los dejaron marchar. No eran más que unos eunucos con las manos vacías; de nada les servían.
Yo me apreté contra un árbol. Cruzar el claro se me antojaba un trecho muy largo. Me acordé de Susa. Yo no era como los demás; yo era un botín.
El carro se había perdido de vista. Muy cerca se encontraba nuestra tienda a medio levantar. Corrí al interior, sacudí el inseguro palo y dejé que toda la mole se me derrumbara encima.
Los rígidos pliegues dejaban penetrar un poco de aire. No podía ahogarme. Permanecí en medio de aquella profunda oscuridad como si me encontrara en una tumba. En realidad, allí estaba enterrada mi vida. Cuando mi sepulcro se abriera, me enfrentaría con un destino desconocido, como el niño encerrado en las entrañas de su madre.
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El muchacho persa
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