Capítulo 9

Permanecí agazapado en mi madriguera. El cuero resultaba pesado y apestaba, pero no me atrevía a moverme. Me llegaban amortiguados los rumores de una gran barahúnda; éstos cesaron al quedar vacía la tienda del rey. En determinado momento se acercaron dos hombres y me llené de terror; pero pensaron, tal como yo esperaba, que si la tienda no se había levantado ello significaba que estaba vacía. Después no pude hacer otra cosa más que esperar.

Esperé largo rato, tanto que no me atreví a fiarme de mis oídos. Al final, me fui arrastrando hasta que pude asomar la cabeza. El claro del bosque se hallaba vacío a excepción de los rescoldos de las hogueras de vigilancia. Después de aquella oscuridad, hasta la luz de las estrellas me parecía resplandeciente. Pero más allá, los árboles lo ocultaban todo. Se escuchaban rumores de hombres que se marchaban, a buen seguro tropas leales, los hombres de Artabazos que habían dejado en paz a los rebeldes por ser demasiado escasos para poder oponerse a éstos. Sería mejor que los alcanzara.

Buscando en la tienda, recogí mis efectos personales. Ahora el caballo. Bastaba con que lo pensara para que supiera la respuesta. De todos modos, no pude evitar acercarme tambaleándome a las estacas de los caballos. Como es natural, allí no quedaba nada que caminara sobre cuatro patas.

Mi pobre y hermoso Tigre, regalo de un rey; no estaba acostumbrado a llevar pesos. Me afligí por él, azotado por algún bactriano, antes de enfrentarme con la verdad de mi situación.

El enemigo se había marchado. También se habían ido aquellos que hubiera podido considerar amigos. Debía haber transcurrido la mitad de la noche. No tenía idea a dónde se dirigían.

Necesitaría comida. En la tienda del rey, todo lo que había en los platos de su cena había sido arrojado al suelo. Pobre hombre, no había comido nada. Llené una servilleta y sumergí en el riachuelo mi cantimplora de agua.

Los rumores eran ahora muy distantes. Le seguí suplicando al cielo que no procedieran de unos bactrianos desertores. Parecía que seguían el costado de la montaña, habían dejado unas huellas muy marcadas. Éstas cruzaban unos arroyos y tuve que sumergirme en ellos hasta las rodillas, de tal manera que las botas de montar se me quedaron empapadas de agua. No cruzaba los campos desde una vez en que, siendo niño, lo hice y en mi casa me esperaron reprimendas y ropa seca.

No se advertía aún señal alguna del amanecer. Empecé a escuchar voces de mujer y apresuré el paso. Debían ser persas y seguían a los soldados con la impedimenta. A aquel paso, pronto alcanzaría la columna. Gracias a la media luna que brillaba, ahora me era posible ir más aprisa.

Pronto vi a un hombre frente a mí. Se había detenido para orinar; me volví hasta que hubo terminado y después me aproximé hasta él. Era griego; había dado, pues, alcance a los griegos. Las mujeres me habían inducido a error; como es natural, todas ellas debían ser persas. Los mercenarios no venían con sus mujeres.

Era un hombre grueso y más bien rechoncho con una poblada barba negra. Tenía la impresión de conocerlo, pero ello era, naturalmente, imposible. Se acercó para examinarme. Apestaba a sudor.

- ¡Por el perro! exclamó. Pero si es el muchacho de Darío.

- Soy Bagoas, de la corte. Estoy buscando a los persas de Artabazos. ¿Me he apartado del camino?

Se detuvo a mirarme y después dijo:

- No, no mucho. Sígueme y te dejaré en tu camino.

Se adentró en el bosque. Iba sin armadura, tal como tienen por costumbre los griegos cuando efectúan marchas.

No se distinguía señal alguna de camino. Parecía que el bosque se iba espesando. No habíamos avanzado mucho cuando se dio la vuelta. Bastó una mirada. No hubo necesidad de palabras y él no utilizó ninguna. Se limitó a abalanzarse sobre mí.

Cuando me hubo arrojado al suelo, el recuerdo volvió a mi imaginación. Se parecía ciertamente a alguien que conocía: Obares, el joyero de Susa. En un instante, volví a vivirlo todo. Pero ya no tenía doce años.

Me doblaba el peso pero no dudé ni un solo momento de que iba a matarlo. Forcejeé sin demasiado denuedo para disimular lo que estaba haciendo hasta que conseguí extraer el puñal; después se lo clavé entre las costillas hasta la empuñadura. Había yo practicado una danza que era una de las que el rey prefería en la alcoba y que terminaba con un lento salto mortal hacia atrás. Es extraordinario comprobar la fuerza que proporciona a los brazos de uno.

Él se agitó y vomitó sangre. Entonces extraje el puñal y se lo hundí en el corazón. Sabía dónde lo tenía; a menudo lo había escuchado latir junto con una pesada respiración cerca de mi oído. Él abrió la boca y expiró, pero yo seguí apuñalándole por todas partes. Me encontraba de nuevo en Susa y estaba matando a veinte hombres en uno. Es un placer que no desearía volver a experimentar, pero sé qué fue eso para mí. Aún hoy sigo creyéndolo.

Por encima de mí me dijo una voz:

- ¡Detente!

No había sido consciente de nada más que del cuerpo junto al cual me hallaba arrodillado. Doriskos se encontraba de pie a mi lado.

- He escuchado tu voz me dijo.

Me levanté con la mano en la que había sostenido el puñal ensangrentado hasta la muñeca. No me preguntó por qué lo había hecho; mis ropas estaban medio desgarradas. Como hablando consigo mismo, dijo:

- Pensaba que eras como un niño.

- Esa época ya pasó repuse.

Nos miramos el uno al otro en la penumbra. Él llevaba una espada. Si hubiera deseado vengar a su compañero, hubiera podido matarme como a un cachorro recién nacido. Estaba demasiado oscuro para que pudiera verle los ojos.

- Rápido, ocúltalo me dijo de repente. Tiene aquí a un pariente. Vamos, tómalo por los pies. Entre aquellos matorrales lo arrojaremos a la corriente.

Separamos los matorrales. Era una corriente de agua invernal, honda y tumultuosa. El cuerpo cayó y los matorrales volvieron a cerrarse.

- Me dijo que me conduciría al camino que habían tomado los persas dije.

- Mentía, marchan por delante de nosotros. Límpiate la mano y el puñal. Aquí hay agua me mostró un riachuelo que serpeaba entre las rocas. En este bosque hay leopardos. Nos advirtieron que no nos rezagáramos. Hubiera debido tenerlo en cuenta.

- Me estás perdonando la vida le dije.

- No creo que me debas nada. ¿Qué piensas hacer ahora?

- Intentaré encontrar a Artabazos. Por aprecio al rey, es posible que me acepte.

- Tenemos que ponernos en camino; de lo contrario perderemos a la columna.

Atravesamos los pedregosos bosques; siempre que tropezábamos con algo escarpado, me ayudaba a superarlo. Me estaba preguntando qué debía haber pensado Artabazos del hecho de que el rey mantuviera relaciones con un muchacho. Era tan anciano que un viaje como aquél podía matarlo. De sus hijos no sabía apenas nada.

- Creo dijo Doriskos que el anciano hará todo lo que pueda. ¿Pero sabes hacia dónde se dirige ahora? A rendirse a Alejandro.

Sabe Dios por qué no habría pensado en ello. Un amigo de la infancia de Alejandro podría esperar clemencia por parte de éste. La opresión de espíritu que experimenté me obligó a guardar silencio.

- Al final dijo Doriskos, lo mismo nos sucederá a nosotros. No hay forma de salir bien parados. Ninguno de nosotros confiará en Bessos; de Alejandro se sabe por lo menos que cumple su palabra.

- ¿Pero dónde está Alejandro?

- En estos momentos ya habrá cruzado el desfiladero. Dos señores persas salieron al galope para reunirse con él. Dijeron que el rey estaría mejor con él que con los traidores. Y ciertamente que no se equivocaban.

Dios quiera que no lleguen demasiado tarde.

- Cuando quiere, Alejandro sabe darse mucha prisa. Y es mejor entonces que nadie se interponga en su camino. Los persas nos llevan mucha ventaja; quieren pactar, no luchar. Ah, aquí está la columna.

Avanzaban entre los árboles como sombras, hablando en voz baja. No me llevó hasta ellos, sino que me hizo seguir un camino paralelo. Estaba todo magullado y dolorido a causa del duro camino y le agradecía que me ayudara. Tropecé y entonces me tomó la bolsa. Empezó a vislumbrarse el resplandor de la aurora. Doriskos se sentó en un tronco de árbol caído y yo me dispuse a descansar un poco.

- Así están las cosas dijo él, estamos bordeando las montañas y seguimos un camino llano en dirección a Hircania; después, ¿quién sabe? Si te das prisa, creo que podrás alcanzar a los persas cuando éstos se detengan al mediodía. Será una paliza para ti porque no estás acostumbrado a ir a pie se detuvo; a la escasa luz pude distinguir sus ojos azules. O bien podrías venir conmigo y dejar que te ayudara. Aunque vayas conmigo, no tendrás que utilizar el cuchillo.

Recordé la sonrisa que me había dirigido en el transcurso de nuestro primer encuentro. Ahora era menos anhelante y más esperanzada. Pensé con asombro: por primera vez en mi vida puedo decir sí o no por mi cuenta.

- Iré contigo dije.

Después nos incorporamos a la columna. Cuando llegó el día, no causé mucho revuelo. Varios de los hombres iban acompañados por muchachos que caminaban a su lado. Había muchos más que iban con mujeres pero éstas tenían que seguir detrás.

Cuando nos detuvimos a descansar, compartí con él la última comida que me quedaba; probablemente la única vez, dijo, que comía alimentos de la mesa de un rey.

Fue el más amable de los compañeros. Al llagárseme los pies, buscó entre todas las tropas un poco de ungüento, me quitó las botas y me curó personalmente los pies diciéndome que eran muy delicados y hermosos. Los tenía, sin embargo, en tal estado que me avergoncé de que me los vieran. En determinado momento, cuando nadie miraba, hasta me los besó. Fue una suerte que al luchar en el bosque el arco se me hubiera caído y el carcaj hubiera preservado las flechas. De esta forma pude ofrecerle alguna pieza de caza para la marmita, si bien él se hubiera conformado con otra cosa.

A través de él pude saber algo de Atenas, donde su padre era un hombre acomodado hasta que un enemigo le demandó injustamente, contratando los servicios de un famoso orador al objeto de que éste manchara su nombre con mentiras. El jurado lo declaró culpable, él quedó arruinado y Doriskos, el hijo menor, se vio obligado a alquilar la propia espada. Dijo que aquel mismo orador solía exhortar a la gente acerca de cómo votar a propósito de las leyes e incluso de la guerra o la paz. A eso se le llamaba democracia, me dijo, y era algo que estaba muy bien en la época en que los oradores decían la verdad.

Yo dije que en Persia se nos educaba a todos a decir la verdad; era nuestro máximo proverbio. Era indudable que a Bessos y Nabarzanes debían haberles enseñado lo mismo.

Era una pena que existiendo entre nosotros tan buena voluntad, su amor no consiguiera interesarme en absoluto. Siempre fingía experimentar placer y él se sentía satisfecho. Era lo menos que hubiera podido hacer por un amigo. Fue la única simulación que utilicé con él. Al parecer, los griegos no saben fingir en este respecto.

Recordé que, al perder el favor del rey, me dije a mí mismo que me buscaría un amante. Me había imaginado encuentros furtivos a la luz de la luna en el jardín, el susurro de la seda junto a una ventana, una joya prendida a una rosa. Ahora me encontraba con un soldado extranjero de a pie en un escondrijo hecho de matorrales.

Una noche me habló de un muchacho al que había amado en Atenas, si bien su belleza era una pálida estrella en comparación con la luna que era yo.

- Apenas le había apuntado el primer bozo en la cara cuando descubrí que se gastaba mi dinero con las mujeres. Pensé que se me rasgaba el corazón.

- Si tomas a un muchacho tan joven, es natural que así suceda le dije.

- Hermoso extranjero, eso jamás me sucedería contigo.

- No repuse. Por eso nos lo hacen.

Guardó silencio un rato y después me preguntó si me había enojado mucho. Había sido bondadoso conmigo y le dije que no. Me aseguró que en Grecia jamás se hacía tal cosa. Pero puesto que a los muchachos los vendían muy jóvenes a los burdeles, no pensaba yo que los griegos pudieran sentirse demasiado orgullosos.

Vivir entre aquéllos resultaba más fácil porque llevaban mucho tiempo en Persia y estaban al corriente de nuestras costumbres. Aunque ignoraban la modestia en sus relaciones, sabían, sin embargo, reconocerla en mí. Respetaban la santidad de los ríos y extraían de los mismos el agua para lavarse sin profanar la corriente. Se limpiaban los cuerpos de una manera muy extraña untándoselos de aceite que eliminaban posteriormente con cuchillos poco cortantes, exhibiéndose de forma tan descarada que yo solía alejarme. El olor del aceite me resultaba desagradable de cerca y jamás conseguía acostumbrarme al mismo.

Por la noche, las mujeres preparaban el cobijo para sus hombres (algunas llevaban a sus hijos) y les guisaban la cena; jamás lo veían de día. En cuanto a los muchachos, agraciados campesinos adquiridos en algún hogar pobre a cambio de un poco de plata, lejos de sus casas y perdida toda su decencia persa, no quería ni imaginarme cuál iba a ser su destino. Los soldados que llevaban menos carga y no la pasaban a otros eran los que ya eran amantes en Grecia.

De esta forma viajamos durante más de un mes viviendo aventuras que entonces nos parecieron extraordinarias hasta que llegamos a las colinas orientales en las que termina la cordillera nevada y desde las que se desciende a Hircania. Allí acamparon los griegos construyéndose sólidos cobertizos en un bosque; permanecerían ocultos hasta que supieran dónde se encontraba Alejandro. Tenían en proyecto enviarle emisarios con salvoconducto y no ya caer en sus manos.

Unos cazadores nos comunicaron al poco tiempo que Alejandro avanzaba bordeando las montañas con objeto de descubrir los escondrijos de sus enemigos, dado que aquellas alturas le protegían los flancos. No podían decimos si sabían que los griegos se encontraban allí.

Al terminar todas las preguntas, yo fui el único que inquirió noticias acerca del rey. Dijeron que había muerto, suponían que lo había matado Alejandro.

Había llegado el momento de que siguiera mi propio camino. Artabazos debía haber dejado un campamento en alguna parte cuando decidió presentarse ante Alejandro. Se lo pregunté a los cazadores. Éstos contestaron que un señor persa se hallaba acampado en el bosque, a un día de viaje en dirección a oriente; no sabían quién era. Él y su gente eran desconocidos en aquellas tierras.

Doriskos y yo nos despedimos aquella noche. Yo debía emprender el camino al amanecer. No había nadie en la tierra a quien importara que yo viviera o muriera y ahora me daba cuenta.

- Jamás había tenido a un muchacho como tú me dijo él y jamás volveré a tenerlo. Me has echado a perder para todos los demás. De ahora en adelante me dedicaré a las mujeres.

Anduve durante todo el día a través del bosque, siguiendo huellas de cazadores, temiendo a las serpientes que pudieran morderme los pies y a los leopardos encaramados a las ramas, y preguntándome qué haría si los persas hubieran levantado el campamento. Pero antes de la puesta del sol llegué al mismo, al otro lado de un arroyo de montaña. Estaba rodeado por un vallado de zarzas y había un guarda en la entrada que parecía un soldado bien adiestrado. Al comprobar que era un eunuco, el soldado bajó la lanza y preguntó qué negocio me traía. Me di cuenta entonces de que llevaba la ropa hecha jirones, estropeada y sucia. Le dije quién era y solicité cobijo para pasar la noche. Después de mi avance por el bosque no me importaba quiénes fueran con tal de que me ofrecieran hospitalidad.

El soldado envió un mensaje. A continuación, una especie de soldado servidor me condujo al interior. Era un campamento de unos pocos centenares de hombres; Artabazos llevaba consigo varios miles. Se habían construido chozas de madera y hojarasca; no había tiendas. Al parecer, aquella gente había viajado con muy poco equipaje, pero había un establo de hermosos caballos nisayanos. Pregunté el nombre de mi anfitrión.

- Qué más da. Te ofrece hospitalidad. En los tiempos que corren, cuanto menos se hable, mejor.

Su choza estaba construida igual que las demás, pero era mucho más espaciosa y disponía de varias estancias. Para mi asombro, el sirviente me acompañó a un cuarto de baño muy bien amueblado que sólo podía pertenecer al amo.

- Te apetecerá bañarte después del viaje. No tardarán en traerte el agua.

Me avergoncé de manchar el sofá con mi sucia ropa. Dos esclavos escitas llenaron la bañera con agua fría y caliente y después vertieron en la misma perfumado bálsamo. Fue un placer extraordinario. Me bañé y me lavé el cabello sin apenas darme cuenta de que entraba un bien adiestrado sirviente para llevarse mi ropa manteniendo los ojos cortésmente bajos.

Mientras me reclinaba en la templada agua, adormecido de satisfacción, se entreabrió un poco la cortina de la entrada. Bueno, pensé, ¿y qué? Esta lucha en el bosque me ha puesto nervioso como a una muchacha. Un hombre como aquél ya hubiera entrado. ¿Es que debo considerar enemigo a todo el mundo? Salí de la bañera, me sequé y me puse la bonita bata de lana que me habían dejado dispuesta.

En lugar de la ropa vino una bandeja de excelente comida: cabrito lechal con salsa, pan blanco y oloroso vino. Asombrándome de tanta magnificencia en un ambiente tosco, recordé haber vislumbrado abajo la ciudad de Zadrakarta. Al parecer, mi anfitrión había llegado apenas sin nada, como no fuera una gran cantidad de dinero.

Plenamente satisfecho, me estaba peinando cuando entró un criado con ropa nueva diciéndome:

- Mi amo espera que te sienten bien.

Eran prendas de tela muy fina; una chaqueta suelta de color rojo oscuro, calzones azules y babuchas bordadas. Les habían dado alguna puntada aquí y allá para reducir a talla; debían haberlas medido con mi ropa. Volví a sentirme el de antes. Para celebrar el acontecimiento, me pinté los ojos y me puse unos pendientes.

Volvió el criado y me dijo:

- Mi amo quiere verte.

Al anudarme el ceñidor, me acordé del puñal. Se lo habían llevado junto con la ropa y no me lo habían devuelto.

En el aposento del amo una lámpara trabajada en filigrana colgaba de una viga; las paredes de madera estaban cubiertas por alegres colgaduras típicas de la región. Mi anfitrión se hallaba reclinado en un diván con una jarra de vino delante. Me sonrió y levantó una mano en ademán de saludo.

Era Nabarzanes.

Me quedé mudo como un buey y con la mente agitada como por un torbellino. En lugar de aceptar la protección de aquel hombre que había vendido la vida de mi amo, hubiera debido dormir en el bosque. Ahora, bañado, alimentado, vestido y resguardado, no podía evitar agradecerle que no me lo hubiera dicho.

- Entra, Bagoas pareció que no le molestaban mis malos modales. Pasa y siéntate. Espero que te hayan atendido bien.

Me sobrepuse, me incliné era lo menos que podía hacer ahora y contesté sin faltar a la verdad:

- Te estoy grandemente en deuda.

- Por favor. Siéntate y hablemos. No es frecuente que tenga invitados aquí. Me alegro de tu compañía me senté en el diván y acepté el vino que me ofrecía. Pero, ¿a quién esperabas encontrar? añadió.

Le dije que a Artabazos o a su gente.

- Un anciano extraordinario, modelo de antiguas virtudes. Alejandro le recibirá con los brazos abiertos. Son las cosas que le gustan.

Debía estar muy bien informado. Pero yo estaba pensando hasta qué extremo había sobrepasado el deber de un anfitrión para con un caminante, y por qué motivo se habría movido la cortina. En Babilonia me lo había preguntado muchas veces.

- Estás inquieto me dijo con gran cordialidad. Lo comprendo. No habrás tenido un viaje fácil; has utilizado el puñal. Tranquilízate, no cobijo a ningún huésped bajo mi techo para después maltratarlo.

Mi espíritu me censuró, pero yo repuse que estaba seguro de ello. Su persona jamás me había desagradado. Gustosamente hubiera querido corresponderle por lo que había hecho. Era una cuestión de honor.

- Conozco tu lealtad al rey debía haberme leído la cara. En una cosa fue afortunado: gozó del afecto de personas que eran mejores que él. Algo debía tener, aunque yo jamás tuve la suerte de averiguarlo.

- Me levantó del suelo y me dio todo lo que tengo. Ni siquiera un perro se hubiera vuelto contra él.

- No. Hasta el perro apaleado es fiel. Sin embargo, el amo muere y el perro fiel se queda solo.

- ¿Entonces es que ha muerto de veras?

Pensé en el carro y las cadenas de oro y el corazón se me llenó de cólera.

- Sí, ha muerto de veras.

De repente me pregunté por qué, tras haber hecho tan buen negocio, se ocultaba en el bosque con tan pocos hombres. ¿Y dónde estaba Bessos?

- Tengo entendido que lo mató Alejandro dije.

- Rumores de campesinos, mi querido muchacho meneó la cabeza sonriendo con tristeza. Alejandro jamás lo hubiera matado. Lo hubiera atendido con magnanimidad; hubiera sentado a su hijo sobre sus rodillas; le hubiera ofrecido algún pequeño palacio en el que se retirase, hubiera contraído matrimonio con su hija y hubiera solicitado cortésmente que lo nombrara su legítimo sucesor. Si más tarde él se hubiera rebelado, Alejandro lo hubiera aplastado sin piedad; pero, como es natural, jamás hubiera hecho tal cosa. Hubiera podido vivir en paz hasta edad muy avanzada. En todo eso debía estar pensando mientras Alejandro nos daba alcance. Éste llegó como el viento escita; el desfiladero debió quedar sembrado de caballos agotados. El vehículo del rey era demasiado lento; lo liberamos y le trajimos un caballo. Se negó a montarlo, afirmando que confiaba más en Alejandro que en nosotros; se quedaría y negociaría por su cuenta. Para entonces Alejandro ya nos estaba pisando la retaguardia. Cada momento era de vida o muerte. El rey no quería moverse. Por eso nos vimos obligados a matarlo con nuestras propias manos. Créeme, lo lamenté mucho.

Permanecí en silencio mirando fijamente las sombras de más allá de la luz de la lámpara.

- Sé lo que dirías si las leyes de la hospitalidad no te lo impidieran dijo. Dalo por dicho. Él era el rey, pero yo soy un persa. Para mí, lo segundo superó a lo primero... No busqué, como aquel jefe palaciego que llevaba tu nombre, un rey que fuera obra mía sino un rey que nos condujera al honor y al que pudiera servir con orgullo. Pues bien, Mitra se ha burlado de mí. Tras haberlo hecho todo, soy un persa sin rey.

Es posible que el vino me hubiera embotado un poco el espíritu pero no era un estúpido. ¿Por qué me estaba contando todo aquello? ¿Por qué confesar que había matado al rey? ¿Por qué estaba suprimiendo la diferencia de rango que existía entre nosotros? No podía entenderlo.

- Pero le dije eras partidario de proclamar a Bessos. ¿Acaso ha muerto éste también?

- Todavía no. Se ha puesto la mitra y se ha trasladado a Bactria. Morirá cuando Alejandro lo pille. Mi querido muchacho, estoy más castigado por mi necedad que por mi traición. Pensaba que había encontrado a un rey para Persia. Y había encontrado a un bandido de montaña volvió a llenarme de vino la copa. Suponía que asumiría la realeza en cuanto se la depositaran sobre las rodillas. Pero no fue así. En cuanto Darío estuvo encadenado, los bactrianos se convirtieron en gentuza. No pudo evitar que saquearan la tienda del rey que ahora era la suya. Hasta se hubieran quedado con el cofre del tesoro si yo no me hubiera encargado de protegerlo hablaba con su habitual ronroneo de leopardo; ahora empezaba a comprender muchas cosas. Y eso no fue más que el principio. Armaron alboroto como si se encontraran en una tierra extranjera, saquearon, violaron y mataron. ¿Y por qué no? No estaban en Bactria. Le recordé a Bessos que ahora era el Gran Rey y que ellos estaban maltratando a sus súbditos. Él consideró que se trataba de la recompensa más adecuada a sus servicios. Le insté a que se apresurara; si Alejandro nos daba alcance, se perdería toda nuestra empresa. Él se lo tomó a chanza. Y entonces comprendí la verdad: no los ponía en cintura porque no podía. Eran unos buenos soldados que habían servido según el antiguo orden que conocían. Ahora sólo sabían que no había rey. Y estaban en lo cierto. No lo había.

Sus ojos oscuros miraron más allá de mí. Puesto que se ocultaba, tal vez fuera yo el primer llegado al que podía contar aquella historia.

- Por consiguiente, cuando Alejandro se abatió sobre nosotros como una tormenta junto con el puñado de hombres que pudieron seguirlo, éste se encontró con que nuestra retaguardia avanzaba como un grupo de campesinos embriagados en día de mercado. Sus pocos centenares de hombres rodearon a nuestros miles como si éstos fueran ganado. Yo estaba harto. Me había perdido a mí mismo, mi rango y mi fortuna; y también mi buena fe, añadirías tú si pudieras: para cambiar a un cobarde inútil por un rufián inútil. Ni Isos fue tan amargo. Me llevé a los jinetes que todavía conservaban cierta disciplina y atravesé con ellos los campos para llegar al lugar en el que nos has encontrado.

No tenía nada que decir pero recordé mi deuda con él.

- Pues aquí corres peligro. Alejandro está avanzando hacia el este.

- Sí, eso tengo entendido. Tengo en proyecto hacer todo lo que pueda. Pero, mi querido muchacho, dejemos ya mis asuntos. Me apena que vivas al día. Pensemos en ti. ¿Pero qué perspectiva puedo ofrecerte? Aunque Dios me concediera volver a ver mi hogar, me vería apurado. Debo reconocer que con frecuencia he deseado que fueras una muchacha o que pudiera encontrar a una muchacha con una cara como la tuya. Pero eso es todo lo que me permite mi naturaleza. En realidad, te veo menos afeminado que en Babilonia. Has mejorado y has ganado en distinción. No estaría en mis cabales si te empleara en mi harén me sonrió, pero yo advertí que en sus palabras se encerraba algún significado oculto. Y, sin embargo añadió eres, sin lugar a dudas, la criatura más encantadora que he visto jamás, mujer, muchacha o muchacho. Sólo te quedan unos pocos años; seria una lástima que se desaprovecharan. Lo cierto es que sólo debieras servir a reyes puesto que le había dado por burlarse, esperé pacientemente. Cuánto desearía poder ofrecerte un futuro. Pero ni yo mismo dispongo de uno. Es más, he comprendido que deberé seguir el ejemplo de Artabazos sin esperar las mismas ventajas.

- ¿Te refieres a Alejandro? pregunté asombrado.

- ¿Y a quién si no? Es el único Gran Rey que tenemos o tendremos en el futuro. Si hubiera sido persa, siendo lo que es, hace tiempo que todos lo hubiéramos seguido. Lo único que espero es que me dejen vivir tranquilo en mis propiedades. A los reyes siempre les desagrada matar a los reyes y, sin embargo... Es un soldado. Ha luchado dos veces contra Darío. Creo que es posible que me comprenda no podía contestarle sin faltar al honor. Por lo menos, me ha ofrecido un salvoconducto para que pueda enterarme de sus condiciones. Si está contra mí, gozaré de un salvoconducto para regresar aquí. A partir de aquel momento, me convertiré tan sólo en una pieza de caza.

- Espero que no.

Era cierto y él me sonrió cariñosamente.

- ¿Has visto fuera mis caballos de ofrenda? Como es natural, serán engualdrapados con oro y plata. De todas formas, él debe tener muchos.

Cortésmente le dije que no era posible que los tuviera más hermosos.

- No, no son gran cosa para Alejandro. Al fin y al cabo, ahora es el hombre más rico del mundo. ¿Qué se le puede ofrecer a un hombre semejante? Ya tiene todo lo que quiere. Sólo existe un verdadero regalo para un hombre como éste, algo que lleva deseando mucho tiempo sin saberlo.

- Sin conocerlo, sería muy difícil averiguar tal cosa.

- Y, sin embargo, creo que ya la he visto.

- Me alegro. ¿De qué se trata?

- De ti me repuso.


El muchacho persa


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