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Descendimos hacia los ríos tras haber alcanzado varias victorias, siendo la mayor de ellas la toma de la roca Aornos que, según dicen, asustó incluso a Heracles. Alejandro la añadió a la cadena de fortalezas que le asegurarían el camino de regreso.
Y hubo la ciudad de Nysa, hermosa al aire primaveral de la ladera del monte, cuyo jefe salió al encuentro de Alejandro pidiéndole clemencia para aquel lugar que, según dijo el intérprete, había sido fundado por el propio Dionisos; y la prueba de ello era que allí crecía la sagrada hiedra que no podía encontrarse en ningún otro lugar de aquella región. El intérprete era un colono griego que conocía correctamente los nombres de todo. Yo mismo, mientras paseaba por la ciudad, vi en un templete la imagen de un hermoso joven tocando la flauta. Se lo señalé a un indio que pasaba y le pregunté:
- ¿Dionisos?
- Krishna ―repuso él.
Pero indudablemente se trataba del dios.
Alejandro y el jefe hicieron buenas migas y llegaron a un acuerdo. Después, habiendo sido toda la vida admirador de las maravillas, Alejandro expresó el deseo de visitar la sagrada colina del dios, que se levantaba a espaldas de la ciudad. Para no pisotearla demasiado, llevó consigo únicamente a los compañeros, los aprendices y a mí. Era ciertamente un paraíso sin artificio humano, verdes prados y verdes sombras, bosquecillos de cedros y laureles, arbustos de hojas oscuras con arracimamientos de brillantes flores parecidas a los lirios y la hiedra divina en todas las rocas. El lugar era ciertamente divino, puesto que allí se apoderó de todos nosotros una purísima dicha. Alguien tejió para Alejandro una corona de hiedra; pronto nos adornamos todos con guirnaldas y empezamos a entonar cantos y a saludar a Dionisos con el sagrado grito. Escuché sonar una flauta y la seguí, pero no pude encontrar al músico. Mientras paseaba por la orilla de un arroyo que bajaba entre unas rocas abundantes en helechos, me encontré con Ismenios, al que apenas había visto desde que había abandonado su cuerpo para pasar al de los Compañeros. La virilidad le había conferido mayor apostura. Se me acercó sonriendo y me abrazó y besó; después siguió su camino cantando y yo seguí el mío.
Gozando de la primavera tras la dureza de las guerras invernales, descendimos hacia los ríos. Dejamos atrás en las colinas los altos y umbrosos árboles y las lomas cubiertas de flores. El Indo fluye entre estériles arenas que se inundan en épocas de crecida. Algo más allá, extendiéndose sobre las dunas y los matorrales, Hefaistión había levantado el campamento de los macedonios. Sobre el río ya había tendido el puente.
Se acercó cabalgando al encuentro de Alejandro. Él y los ingenieros habían hecho un buen trabajo. El puente estaba integrado por barcos envarados sobre los que se había tendido un sólido camino. Su longitud era superior a la anchura del río ya que ésta aumenta considerablemente cuando se funden las nieves de sus fuentes.
A tal efecto ya tenía dispuestos unos resistentes cabos que se extendían tierra adentro. Alejandro le dijo que lo había hecho mejor que Jerjes en el Helesponto.
Cerca del lugar reservado a la tienda de Alejandro se encontraba el alojamiento de Roxana. Pero me dicen que tras haber saludado a Hefaistión alabándolo, lo único que preguntó el rey fue:
- ¿Cómo está Bucéfalo? ¿Se cansó en la montaña?
Cabalgó entre los vítores de los soldados y se encaminó directamente a las cuadras habiendo sabido que el viejo caballo experimentaba dificultades respiratorias y lo había echado de menos. Después presidió un consejo de guerra. Más tarde, acudió a presentar sus respetos al harén.
Pronto cruzamos el río y llegamos a la verdadera India, cuyas maravillas me han pedido tan a menudo que refiera que hasta en sueños podría hacerlo. La primera de ellas fue el rey Onfis, que esperaba a Alejandro con todos los esplendores de su reino: todo su ejército reunido en la llanura, resplandeciente y magnífico con sus estandartes escarlatas, sus adornados y pintados elefantes, el fragor de los címbalos y el resonar de los gongs.
Todos iban armados hasta los dientes. Alejandro ya estaba muy acostumbrado a las traiciones. Hizo sonar las trompetas y se acercó en orden de batalla. Afortunadamente, el rey Onfis fue sensato e intuyó que algo andaba mal. Se adelantó cabalgando acompañado de un par de hijos y príncipes. Alejandro, que siempre se alegraba de poder creer una vez más en los hombres, se adelantó también para salirle al encuentro.
Todos fuimos espléndidamente agasajados y atendidos. La primera esposa del rey Onfis vino en su encortinado carro tirado por puros bueyes blancos para invitar a Roxana a una fiesta de damas. Los soldados, cargados con los sueldos que llevaban un año sin tener ocasión de gastar, llenaron los bazares regateando por señas. Necesitaban ropa porque tenían las túnicas hechas jirones. Se desalentaron al comprobar que no podían encontrar recia y gruesa lana a ningún precio. Hasta el lienzo era fino, hecho no de lino sino de pelusa de árbol indio, y puesto que sólo lo había en blanco o bien en colores chillones, no les satisfizo en modo alguno. No obstante, disfrutaron de abundancia de mujeres, ya que hasta en los templos podían encontrarlas.
En las afueras de la ciudad me tropecé con una de las maravillas indias: el árbol de los vástagos de cuyas ramas penden raíces que se convierten en nuevos árboles. Era tan grande que bajo su sombra hubiera podido acampar una falange entera. Se extendía tanto como un bosque. Al acercarme vi que a su sombra había grupos de hombres sentados tan desnudos como habían nacido, algunos de ellos de aspecto muy venerable.
A pesar de estar acostumbrado a los macedonios, no pude evitar sorprenderme. Ni éstos se hubieran atrevido a sentarse en tal estado. Y, sin embargo, aquellos ancianos parecían llenos de dignidad y ni siquiera me dirigieron la mirada. Uno de ellos, que parecía el jefe de los demás, estaba rodeado por un círculo de alumnos, jóvenes y viejos, que lo escuchaban con admiración; a otro lo escuchaban un niño y un anciano de canoso cabello; un tercero permanecía sentado con las piernas cruzadas, inmóvil y con la mirada dirigida hacia el vientre, casi sin respirar. Una mujer que pasaba depositó ante él una guirnalda de flores amarillas sin avergonzarse de su desnudez; y él tampoco se avergonzó, puesto que ni siquiera levantó los ojos.
Ahora recordé que debían ser los filósofos desnudos que Alejandro había expresado el deseo de ver. En nada se parecían a Anaxarcos y a Kalístenes.
Alejandro se acercaba en aquellos momentos con algunos amigos, escoltado por uno de los hijos del rey Onfis. Los preceptores y los alumnos no se levantaron ni les prestaron la menor atención. El príncipe no se enojó y hasta me pareció que se lo había imaginado. Llamó a su intérprete, que se dirigió a ellos anunciándoles a Alejandro. Oí pronunciar su nombre.
Se levantó entonces el que parecía el jefe y todos los demás siguieron su ejemplo, menos el hombre que aparecía sentado con las piernas cruzadas mirándose el vientre. Golpearon dos o tres veces el terreno con los pies y después se quedaron inmóviles.
- Pregúntales por qué lo han hecho ―dijo Alejandro.
Al escuchar su voz, el hombre de las piernas cruzadas levantó por primera vez los ojos y lo miró fijamente.
El jefe se dirigió al intérprete, que dijo en griego:
- Pregunta, señor rey, por qué te has molestado en venir hasta tan lejos siendo así que dondequiera que vayas nada de la tierra te pertenece más que lo que hay bajo tus pies hasta el día que mueras, cuando dispondrás de un poco más para poder tenderte.
Alejandro lo miró muy serio un buen rato y después repuso:
- Dile que no sólo recorro la tierra para poseerla. Que también pretendo saber lo que ésta es y lo que son los hombres.
El filósofo se agachó en silencio y tomó un puñado de tierra.
- Pero hasta la tierra puede cambiarse y también los hombres ―dijo Alejandro.
- A los hombres los has cambiado ciertamente. Por ti han conocido el miedo y la cólera, el orgullo y el deseo, las cadenas que apresarán sus almas a lo largo de muchas vidas. Y a ti, que te crees libre porque has dominado el temor y las codicias corporales, los deseos del espíritu te consumen como un fuego abrasador y pronto arderás en ellos.
- Es posible ―dijo Alejandro tras reflexionar unos momentos―. La cera del escultor se consume también en el interior de la arcilla y se desvanece para siempre. Pero en su lugar se funde el bronce.
Tras haber escuchado la traducción, el filósofo meneó la cabeza. Alejandro añadió:
- Dile que me gustaría hablar más con él. Si me acompaña, me encargaré de que se le trate con honor.
El anciano levantó la cabeza. Aunque creyera estar libre de muchas cosas, dudo que lo estuviera del orgullo.
- No, rey. Y tampoco se lo permitiría al más pequeño de estos mis hijos. ¿Qué puedes darme tú o qué puedes llevarte? Lo único que poseo es este cuerpo desnudo.
Mientras, el hombre de la guirnalda había permanecido sentado sin dejar de y ni siquiera esto me hace falta; si me lo quitaras me librarías de mi última carga ¿Por qué tendría que acompañarte?
- Tienes razón, ¿por qué? ―dijo Alejandro―. No te molestaremos más.
Mientras el hombre de la guirnalda había permanecido sentado sin dejar de mirar a Alejandro. Ahora se levantó y habló. Comprendí que sus palabras molestaban a los demás; al jefe se le vio por primera vez enojado. El intérprete les indicó por señas que guardaran silencio.
- Dice lo siguiente, señor rey: «Hasta los dioses se cansan de su divinidad y buscan alivio al final. Iré contigo hasta que seas liberado.»
Alejandro sonrió y le dijo que sería bien recibido. El hombre se anudó alrededor de la cintura un taparrabos que colgaba de la rama del árbol, tomó un cuenco de madera para la comida y comenzó a seguir descalzo al rey.
Más tarde encontré a un griego propietario de una zapatería de la ciudad que conocía a aquellos sabios. Le pregunté por qué se habían enojado tanto con aquel hombre. Me contestó que no había sido porque creyeran que se había ido por codiciar la riqueza sino por haberse dejado arrastrar por el amor hacia una criatura humana. Afirmaban que aunque su amor fuera espiritual, constituiría para él una cadena que sería la causa de que renaciera después de morir, lo cual consideran que es un castigo. Eso fue lo único que pude entender.
Y efectivamente, lo único que aceptaba del rey era comida para su cuenco de madera, y muy poca, además. Puesto que nadie había pronunciado su nombre, le llamábamos Kalanos por el sonido de una palabra que utilizaba al saludar. Pronto nos acostumbramos a él siempre sentado bajo un árbol cerca del pabellón del rey. Alejandro solía pedirle que entrara y hablaba a solas con él a través del intérprete. En cierta ocasión me dijo que aunque la gente creyera que Kalanos no hacía nada, éste había combatido y ganado grandes batallas para llegar a ser lo que era, y era magnánimo en la victoria.
Hasta sabía un poco de griego aprendido a través de los colonos. Se decía que antes de unirse a los hombres desnudos había sido un erudito. Pero Alejandro no dispuso de mucho tiempo para estudiarlo. Tuvo que iniciar una guerra contra el rey Poros.
Se trataba del enemigo del rey Onfis contra el cual había solicitado éste ayuda. Sus tierras se encontraban al otro lado del siguiente río, el Hidaspes. Bajo Darío el Grande dichas tierras habían formado parte del imperio y sus reyes eran todavía sátrapas nominalmente, aunque habían sido abandonados a sí mismos durante varias generaciones y ahora volvían a ser reyes. Eso les dijo el rey Poros a los enviados de Alejandro cuando éstos se presentaron a él para pedirle fidelidad; añadió que no tributaría homenaje alguno a ningún aliado de Onfis, porque éste descendía de esclavos de humilde origen.
Alejandro se preparó para la batalla, pero primero quiso ofrecer descanso a sus hombres después de las guerras invernales (Hefaistión también se había visto obligado a combatir duramente al atravesar el Khyber). Se lo tomó con calma y les organizó juegos y fiestas a pesar de que, a medida que se acercaba el calor de la primavera, los ríos iban creciendo. Se nos dijo que pronto iba a llover.
Un día, un importante personaje cuyo nombre y raza he olvidado, acudió a la tienda de Alejandro solicitando audiencia. Hacia rato que Alejandro había salido y dije que iría a buscarlo. Recorrí el campamento a caballo ―no hay persa que vaya a pie pudiendo ir montado― hasta que me dijeron que se había ido a las cuadras. Me acerqué a la interminable hilera de cobertizos construidos con juncos, hierba y hojas de palmera en los que se albergaban las monturas de la caballería. Formaban casi una ciudad aparte. Al final, un esclavo tracio tatuado de azul que estaba al cuidado del caballo del rey, me indicó un cobertizo separado de los demás y más bonito. Desmonté y entré.
Después del sol indio casi se me antojó oscuro. Unos destellos de luz se filtraban a través de las rendijas de las paredes formando rayas de luz y sombra. Éstas se posaron sobre un viejo caballo negro que yacía sobre la paja respirando dificultosamente y en Alejandro, sentado sobre la suciedad del suelo de la cuadra con la cabeza apoyada sobre las rodillas.
Mi sombra había oscurecido la entrada y él levantó los ojos.
Me quedé sin palabras y pensé: «Haría cualquier cosa...», pero de pronto, como si hubiera preparado las palabras de antemano, le dije:
- ¿Voy a buscar a Hefaistión?
- Gracias, Bagoas ―me contestó.
Apenas podía escucharlo. No había llamado al mozo porque no era dueño de su voz. Es decir, que mi presencia había sido oportuna.
Encontré a Hefaistión junto al río con los ingenieros. Habían traído por tierra los barcos del puente, separados por la mitad para facilitar el transporte. Hefaistión estaba comprobando cómo los juntaban. Me miró sorprendido; indudablemente yo resultaba allí fuera de lugar. Además, era la primera vez que iba en su busca.
- Hefaistión ―le dije―. Bucéfalo se está muriendo. Alejandro quiere que vayas.
Me miró en silencio. Tal vez imaginaba que yo hubiera enviado a otro.
- Gracias, Bagoas ―me dijo con voz que jamás había utilizado conmigo.
Pidió el caballo y yo lo dejé adelantarse al regreso.
Al atardecer se efectuó el entierro de Bucéfalo. En la India hay que hacerlo en seguida. Alejandro ordenó que lo quemaran en una pira al objeto de conservar después sus cenizas en una tumba adecuada. Sólo lo comunicó a sus amigos, pero fue maravilloso que acudieran en silencio tantos soldados que habían combatido en Isos, en el Gránico y en Gaugamela. Se arrojaron a la pira muchos cuencos de incienso. Debimos gastarnos con el viejo Bucéfalo todo un talento. Algunos de los indios de Onfis que se encontraban algo más lejos lanzaron gritos a sus dioses en la creencia de que Alejandro había sacrificado el caballo para impetrar la victoria.
Cuando el fuego se hubo extinguido, Alejandro volvió a sus ocupaciones. Pero por la noche lo vi como envejecido. Cuando le habían regalado a Peritas ya era un hombre; a Bucéfalo lo tenía desde que era niño. Aquel caballito (a los persas todos los caballos griegos se nos antojan pequeños) sabía de él cosas que yo jamás había sabido. Aquel día murieron algunas de ellas y yo nunca las conoceré.
Aquella noche tronó y empezó a llover.
Por la mañana el polvo había desaparecido, salió el sol y se aspiraba por todas partes el aroma del lujuriante verdor. Pero pronto volvieron a formarse las nubes y la próxima vez fue como si el río bajara del cielo. Y oí decir que aquello no era más que el principio.
Bajo el aguacero, chapoteando entre el barro y completamente empapados, Alejandro y sus hombres se dirigieron a las riberas del río.
No quiso llevarme consigo. Dijo que no podía decir dónde estaría de una hora a otra y no digamos de un día a otro, y que tampoco sabía cuándo cruzaría el río. Tuvo tiempo de despedirse de mí, pero como siempre, sin grandes aspavientos. No veía el motivo. Vencería y regresaría muy pronto. Las tiernas despedidas eran propias de los derrotados.
Y, sin embargo, se trataba de la mayor y más peligrosa de todas sus batallas y yo no estaría presente.
La lluvia siguió arreciando y convirtió el campamento en un tremedal. Los desgraciados seguidores se arracimaron en unas llovedizas barracas. Disponer de una buena tienda constituía un tesoro. Cuando arreciaban las lluvias yo solía ofrecer cobijo a algún viandante, un niño bactriano medio ahogado, un cantor griego y, en cierta ocasión, a Kalanos, el filósofo, al que vi de pie bajo el aguacero con su simple taparrabos. Cuando le indiqué por señas que entrara, me bendijo; después entró, cruzó las piernas sobre los muslos y se sumió en la meditación. Era como estar solo, pero solo y feliz.
Al principio, siempre que cesaba un poco de llover, me echaba encima un manto y cabalgaba hacia el río. Las tropas se extendían allí a lo largo de una enorme distancia, pero nadie me pudo decir jamás dónde estaba el rey ni cuáles eran sus propósitos. Resultaba que había alguien más interesado que yo en saberlo: el rey Poros, que había instalado el campamento al otro lado, en la zona donde el río era más fácil de cruzar.
Una noche, al cesar un poco la rugiente lluvia, escuchamos un gran estruendo como de un ataque: trompetas, gritos de batalla, relinchos de caballos. El final había empezado. Levanté las manos hacia Mitra. La noche estaba oscura como la pez. Todo el campamento estaba despierto escuchando. No habíamos recibido ninguna noticia.
No era de extrañar. Nadie había cruzado el río. Había sucedido simplemente que Alejandro había producido unos ruidos, y Poros se había adelantado con todo su ejército soportando el aguacero toda la noche.
A la otra noche sucedió lo mismo. Ahora sí había empezado la gran batalla; todos contuvimos la respiración. Ni hablar de batalla. A la otra noche y la otra, al escuchar los clamores nos lo tomamos con calma. Y el rey Poros hizo lo propio.
A Alejandro jamás le importaba parecer un necio e incluso un cobarde en el transcurso de la primera parte de la batalla. Podía permitírselo. Ahora, para que lo creyeran, tenía que buscar lugares alejados. Pero aquí se encontraba lo suficientemente lejos. Con Onfis no había combatido guerra alguna para que el rey Poros se enterara de quién era. Poros era extremadamente alto y su única montura estaba constituida por un elefante. No debió costarle mucho trabajo creer que el muñequito de la otra orilla ladraba, pero no mordía.
Alejandro siguió ladrando y regresando a la perrera. Ordenó llevar gran cantidad de provisiones al campamento diciendo a todos los que quisieran escucharle y propagar la noticia que, en caso necesario, esperaría a que cesaran las lluvias y el invierno hiciera encoger la corriente. Por consiguiente, que Poros acampara todo el tiempo que quisiera en una cenagosa ribera mientras Alejandro reponía fuerzas.
Debió pasar un cuarto de mes. Una noche se produjo la peor tormenta de todas. Torrentes de lluvia, relámpagos tan espantosos que podían verse a través de la tienda. Yo oculté la cabeza bajo la almohada. Por lo menos, pensé, esta noche no habrá batalla.
Al amanecer cesaron los truenos y entonces pudimos oírlo. Era el estruendo de un ataque, más fragoso que el de las noches anteriores pero también más lejano. Sobre su trasfondo se elevaba un nuevo sonido, furioso e intenso: el bramido de los elefantes.
Alejandro había cruzado el río.
Había planeado hacerlo aquella noche en cualquier caso. La tormenta, a pesar de las penalidades que provocó, constituyó una ventaja. Había cruzado algo más arriba del lugar en que se encontraba Poros, donde había espesos bosques que ocultarían su marcha y una boscosa isla que lo protegería mientras cruzara. Era necesario cruzar antes de que Poros se enterara y sacara los elefantes. Si las monturas de caballería los veían al aproximarse a la orilla, abandonarían las balsas y se ahogarían.
Tolomeo describe toda la batalla en su libro, dejando constancia de la habilidad y audacia de Alejandro para ejemplo de los hombres venideros. El primer peligro con que tropezó era tal vez el peor. Fue el primero en alcanzar la orilla, y entonces mientras llegaba la caballería, descubrió que la ribera había quedado separada de resto a consecuencia de un nuevo canal producido por el desbordamiento, formando una isla.
Al final encontraron un vado bastante profundo. Tolomeo escribe que el agua les llegaba a los hombres a la altura del pecho y que los caballos a duras penas podían mantener la cabeza fuera. (Ya veis a qué me refiero cuando afirmo que a los persas los caballos griegos se nos antojan pequeños.)
El hijo de Poros ya había sido enviado con un escuadrón de carros de guerra para obligarlos a retroceder de nuevo al río. Alejandro consiguió disponer a sus hombres en formación. Cayó el príncipe, los carros se hundieron en el barro y los que pudieron tomaron la huida. Poros recibió la noticia, escogió una arenosa extensión de tierra firme y se preparó para la batalla.
Su frente era inexpugnable. Disponía de doscientos elefantes convenientemente espaciados. No obstante, tenía que habérselas con un artista de la guerra. Resumiendo, Alejandro atrajo hacia sí a la caballería enemiga simulando debilidad, atacó el frente del enemigo con arqueros escitas a caballo, que arrojaban sus flechas y daban inmediatamente la vuelta y él mismo cargó contra la vanguardia de la caballería mientras Koinos lo hacia a retaguardia. Asustó a los elefantes de Poros arrojándoles flechas o venablos, o derribando a sus naires hasta que los animales causaron más daños en el propio campo que en el ajeno.
Todo figura en el libro del rey Tolomeo. Él me lo leyó. Lo describe exactamente tal y como me lo contaron a mí por aquel entonces, si bien cayeron más macedonios de lo que él escribe. Cuando me leyó esta parte, creo que levanté los ojos porque me sonrió diciendo que aquellas cifras figuraban en los archivos reales y que los viejos soldados se entienden muy bien mutuamente.
Los que nos hallábamos tierra adentro bajamos a la ribera al amanecer para presenciar la batalla. Las lluvias habían hecho desaparecer la polvareda que envuelve a la mayoría de las batallas. Podíamos distinguir claramente a los elefantes con sus vacilantes naires, a los caballos dando vueltas y el arracimamiento de los de a pie, pero no podíamos saber qué significaba toda aquella confusión. Yo no pude siquiera distinguir a Alejandro con sus fulgurantes armas porque iba todo cubierto de barro. El sol se fue levantando. El terrible fragor parecía interminable. Al final comenzó la huida y la persecución.
Me entristece mucho más que cualquier otra cosa que haya podido perderme no haber presenciado el encuentro entre Alejandro y Poros. Fue algo muy propio de su corazón, algo verdadero que ni el tiempo ni la falsedad de los hombres podrán arrebatarle jamás.
Mucho después de haber perdido la batalla, el corpulento rey seguía combatiendo desde su carro. Su elefante, valiente a pesar de pertenecer a esta tímida especie, no se había acobardado en ningún momento. Al final, mientras arrojaba un venablo, fue herido bajo el brazo levantado a través de la abertura de la cota de malla. Entonces dio la vuelta a su montura y se alejó lentamente, derrotado. Alejandro lo había estado observando con mucho interés y deseó conocerlo. Pensó que a un hombre tan noble sólo podía dirigirse otro rey y le rogó a Onfis que fuera su enviado. De nada sirvió. Poros detestaba a Onfis y, al verlo, extendió el brazo izquierdo para tomar un venablo. Alejandro encontró a alguien más aceptable y volvió a intentarlo. Poros hizo entonces que su elefante se arrodillara y éste lo rodeó delicadamente con su trompa y lo posó en el suelo. Solicitó que le dieran agua ―la batalla y la herida lo habían dejado sediento― y acudió al encuentro de Alejandro.
- El hombre más apuesto que jamás he visto ―me dijo Alejandro después. Hablaba sin envidia. Creo que en su juventud debió entristecerle el hecho de no ser alto; pero, aunque así fuera, ello había dejado ahora de preocuparle porque su sombra se extendía de este a oeste―. Es exactamente igual que el Ayax de Homero de no ser por la piel negra y la barba azul. Debía sufrir pero lo disimulaba. «Pídeme lo que quieras ―le he dicho―. ¿Cómo quieres que te trate?» «Como a un rey», me ha dicho. ¿Sabes una cosa?, lo sabía antes de que me lo interpretaran. Yo le he contestado: «Eso lo haré por mí mismo, pero pídeme algo para ti.» Él me ha contestado: «No es necesario, eso ya lo es todo.» ¡Qué hombre! Espero que sane pronto de la herida. Le ofreceré unos territorios más vastos que los que tenía. Equilibrará así el poder de Onfis. Pero, por encima de todo, confío en él.
No confió en vano. Mientras vivió, no se recibió desde allí ninguna noticia de traición.
Todo lo que más significado poseía para él se cumplió en aquella batalla del río.
Luchó poderosamente contra el hombre y la naturaleza; ¿acaso su héroe Aquiles no había luchado contra un río? Pero, más afortunado que Aquiles, tuvo consigo a Patroclo que pudo compartir su gloria; Hefaistión no se separó de su lado en todo el día. Y ganó con un ejército que era una amalgama de todos sus pueblos de la misma manera que Ciro había luchado con una amalgama de medos y persas, si bien eso fue algo mucho más grande. Y al final encontró un valiente enemigo al que convirtió en amigo. Sí, éste fue el último momento de perfecta dicha de que gozó mi señor.
Ahora que lo había logrado, ya estaba dirigiendo como siempre los ojos hacia un nuevo horizonte. Ahora sólo vivía para avanzar hacia el Ganges, seguir su curso y alcanzar el Océano Circundante. Su imperio sería una obra acabada de mar a mar, coronada por una maravilla. Así le había dicho su preceptor Aristóteles que estaba hecho el mundo, y todavía no he conocido a ningún hombre que haya podido negarlo.
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El muchacho persa
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