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La herida del rey Poros sanó muy pronto y Alejandro organizó una fiesta en su honor. Era magnífico, de sólo treinta y tantos años, a pesar de que ya tenía hijos en edad de combatir puesto que los indios contraen matrimonio muy jóvenes. Dancé en su honor y él me regaló unos pendientes de rubíes. Para mayor placer de Alejandro, el fiel elefante, cosido de cicatrices procedentes de otras guerras, se recuperó también prontamente.
Se celebraron juegos para festejar la victoria y sacrificios en acción de gracias a los dioses. Acababan de ser consumidas las víctimas cuando empezó a caer la lluvia y apagó las hogueras. Yo jamás había podido acostumbrarme a ver la llama divina contaminada por la carne ardiendo, y a un persa no le resulta agradable ver que se apaga desde el cielo. Pero no dije nada.
El rey fundó dos ciudades, una a cada orilla del río. A la de la margen derecha le dio el nombre de Bucéfalo. La tumba de éste tendría que levantarse en la plaza pública con una estatua suya vaciada en bronce.
Después, junto con el rey Poros, se marchó a la guerra. A Roxana la dejó en el pueblo, donde podría disfrutar de la compañía de las esposas del rey Poros y resguardarse de las lluvias. A mí me llevó consigo.
Primero tuvieron que luchar contra el primo de Poros, enemigo de éste desde hacía mucho tiempo, quien, al enterarse de que Alejandro era aliado suyo, le declaró la guerra. Su valor no igualaba, sin embargo, a su odio; rehuyó la prueba y Alejandro encargó a Hefaistión la reducción de aquella provincia que tenía intención de entregar posteriormente a Poros. Él siguió su avance atraído por el Océano Circundante, superando velozmente todos los obstáculos que hallara en su camino.
Ofreció la paz a todas las ciudades que se le rindieran, mantuvo su promesa y les permitió conservar sus propias leyes. A los que huyeron de sus fuertes, antes de su llegada, los persiguió sin cuartel en la creencia de que hubieran querido negociar con él de no proponerse atacarlo posteriormente por la retaguardia. Le había sucedido a menudo; sin embargo, sabiendo que los campesinos huyen a veces a la simple vista de los soldados según lo que éstos les hayan hecho en otras ocasiones, lamentó que tuviera que hacerse.
Con Poros tomó la fortaleza de Sangala a pesar de sus murallas, de su colina y de su lago y de la triple muralla de carros que la cercaba. Después concedió permiso a Poros para reunirse con Hefaistión y organizar la nueva provincia. Él siguió avanzando en dirección al siguiente río llamado Beas; acamparía junto a su orilla para que los hombres descansaran. Entonces volvieron las lluvias.
Avanzamos dificultosamente por un terreno convertido en barrizal por quienes nos habían precedido. Los elefantes despegaban las patas del fango emitiendo unos ruidos que semejaban sonoros besos. Los escitas y bactrianos, para no mojarse, iban enfundados en sus cálidas prendas invernales a pesar del húmedo calor que soportábamos. La caballería avanzaba con monturas agotadas para las que una legua equivalía a tres. Los hombres de falange caminaban con el barro hasta la altura de los tobillos junto a los carros de bueyes que transportaban sus equipos, con las botas de nuevo empapadas, tras haberse mojado y secado, y la fina tela india que se habían vistos obligados a adquirir para confeccionar túnicas toda pegada a los muslos; los bordes de las corazas se les clavaban a través de éstas como si estuvieran desnudos. Y siguió lloviendo.
Sobre una elevación de terreno cercana al río plantaron la gran tienda de Darío; Alejandro la había traído para demostrar que era un rey. Allí todo era verde y fragante; nos estábamos acercando a una tierra montañosa; desde el este hubiera podido jurar que aspiraba el aliento de las montañas, pero las nubes lo ocultaban todo. La lluvia volvió a caer incesante e incansable, suspirando a través de los árboles y los verdes y altos juncos como si llevara cayendo desde el principio del mundo y no tuviera intención de cesar hasta haberlo destruido a fuerza de mojarlo.
La tierra rezumaba agua. Me encargué de que lo arreglaran y le busqué a Alejandro túnica y calzado seco. Al entrar, me tocó la ropa y no quiso que le atendiera sin antes haberme cambiado. Estaba tan acostumbrado a ir mojado que ni siquiera me daba cuenta.
Invitó a sus generales a cenar. Escuché, y me pareció que estaba de buen humor. Dijo que, según tenía entendido, al otro lado del Hyfasis la tierra era fértil, la población era aguerrida y los elefantes más fuertes y grandes incluso que los del rey Poros. Una última y bonita batalla antes de alcanzar el confín del mundo.
Pero algo extraño me había llamado la atención. Cuando estaba un poco embriagado, su voz siempre dominaba por encima de los demás. Pero estaba sereno y, sin embargo, en este caso también sucedía lo mismo. No es que hablara en voz alta, es que los demás guardaban silencio.
Él también se dio cuenta. Los instó a beber para quitarse la humedad de la sangre. Ellos se animaron un poco hasta que terminó la cena y los servidores se hubieron retirado. Entonces Tolomeo dijo:
- Alejandro, no creo que los hombres estén contentos.
- ¡Contentos! ―exclamó él echándose a reír―. Si lo estuvieran estarían locos. Esta lluvia es como vadear la laguna Estigia y el Leteo. Han demostrado buen ánimo y han visto que yo lo sé. La estación lluviosa va a terminar; Poros me dijo que este año dura más de lo debido. En cuanto aclare, organizaremos juegos y ofreceremos buenos premios y podrán proseguir la marcha más descansados.
Todos dijeron que si, que eso indudablemente los animaría.
- Esta lluvia desalentaría hasta a los leones ―me dijo en la alcoba―. Si hubiera pacificado Bactria medio año antes, hubiéramos estado aquí en invierno.
No dijo: «Si hubiera esperado allí medio año.» En otros tiempos lo hubiera dicho. Al final, parecía como si advirtiera que lo perseguía el carro del tiempo.
- Cuando cesan las lluvias ―dije― dicen que todo es lozano y hermoso.
Me alegraba de que la velada no se hubiera prolongado en exceso. Se había pasado todo el día recorriendo a caballo la columna arriba y abajo para asegurarse de que nadie quedara hundido en el barro. Se le veía cansado y habían vuelto a hacer su aparición las arrugas de la frente.
Al día siguiente me presenté en su tienda al amanecer para ser el primero en darle la buena noticia.
- ¡Alejandro! Ha dejado de llover.
Él se levantó de un salto, se envolvió con la manta y salió a ver. Cuando lo conocí por primera vez se hubiera levantado y hubiera ido desnudo. El frecuente trato con los persas le había hecho más cuidadoso. Un pálido sol se elevaba por encima de las verdes hojas. Hasta sus primeros rayos despedían calor. Se comprendía fácilmente que era algo más que una simple pausa en la lluvia.
- ¡Gracias sean dadas a Zeus! ―dijo―. Ahora podré animar un poco a mis pobres hombres. Se merecen una fiesta.
Las márgenes del río olían a savia y a flores jóvenes. Alejandro dio órdenes con vistas a los juegos. Yo monté en mi caballo Orix (León estaba cansado) y salí a dar una vuelta para aspirar el perfume de los montes antes de que nos dirigiéramos a los llanos.
Regresé atravesando el campamento. Por toda Asia lo había atravesado cientos de veces montado a caballo. Aparte la región y el clima, siempre ofrecía más o menos el mismo aspecto. Pero hoy era distinto.
Hasta los seguidores del campamento, entre los que había pasado primero, se mostraban inquietos. Observé a los niños chapoteando en los charcos iluminados por el sol porque sus madres se hallaban vueltas de espaldas a ellos charlando. En la zona en la que se alojaban los más pudientes tales como los artistas y mercaderes se me acercó corriendo un actor que conocía. Al detenerme me preguntó:
- Bagoas, ¿es cierto que el rey vuelve atrás?
- ¿Volver atrás? ―dije―. Pero si sólo faltan unos cuantos días de marcha para llegar a la Corriente del Océano. Pues claro que no vuelve atrás.
Seguí avanzando por el campamento de los soldados. Entonces comprendí que algo andaba mal.
Cuando descansan en el campamento, los soldados suelen tener miles de cosas que hacer: arreglarse el equipo, las botas y las armas, comprar cosas. Hay mujeres, riñas de gallos y juegos de dados; adivinos, prestidigitadores y hombres con perros que bailan. Toda esta gente vagaba por allí abandonada, sin hacer el menor negocio. Los hombres no hacían nada. Es decir, no hacían otra cosa más que hablar.
Una docena con las cabezas juntas; un grupo escuchando a un hombre; dos o tres discutiendo; todos hablaban. Y no escuché ni una sola risa.
Cuando pasaban los oficiales, a algunos los llamaban como a un amigo para pedirles consejo, a otros les miraban de reojo en silencio. Algunos de ellos hasta me miraron a mí como temerosos de que pudiera delatarlos. Ojalá hubiera sabido qué decir. Entonces acudió un recuerdo a mi memoria... el de una noche en los altos páramos que dominaban Ecbatana.
«¡No! ―pensé―. La situación no es tan grave, y tratándose de él jamás sería posible. Pero es grave. Sus generales debieran decírselo. Si se lo dijera yo, sería una insolencia por mi parte.»
Empezaron hacia el mediodía y vinieron solos, o bien formando parejas. Había estado en lo cierto, no era como en Ecbatana. Nadie deseaba perjudicar a Alejandro. Nadie soñaba con otro rey. Los hombres sólo deseaban una cosa: no seguir.
Pensé que no le daría importancia, por lo menos al principio. Pero él siempre había sabido intuir los sentimientos de sus tropas y conocía a sus oficiales. Aquellos que exageraban las cosas jamás alcanzaban este rango. Estaba tranquilo, pero muy serio. Al final dijo a Tolomeo y a Perdicas:
- Eso hay que atajarlo a tiempo. Hablaré yo mismo. Comunicadlo inmediatamente: mañana todos los oficiales a la entrada de esta tienda una hora antes de que amanezca; los aliados también. La culpa de todo la tiene la lluvia.
No volvió a llover. Algunas horas más tarde volví a recorrer el campamento a caballo. El ambiente había cambiado. En lugar de malas caras se observaba espíritu de resolución. A la entrada de las tiendas de los oficiales de mayor graduación, se observaban grupos de hombres esperando en orden el momento de poder hablar.
A la mañana siguiente, Alejandro se levantó temprano y empezó a pasear arriba y abajo por la tienda. Casi no se dio cuenta de que le vestía. Observé que sus labios se movían con las palabras que su mente estaba forjando.
Desde las primeras luces se habían empezado a reunir fuera. Macedonios, persas, bactrianos, indios, tracios. Juntos constituían un grupo bastante numeroso, casi tanto como el que podría abarcar con su voz.
Habían sacado una tarima para que él hablara desde allí. Lucía su mejor armadura de batalla, el alado yelmo de plata y el cinto de Rodas constelado de joyas. Al subir a la tarima tan ágil como un chiquillo, se produjo un murmullo de admiración parecido a una susurrante brisa. Mi amigo el actor me había dicho en cierta ocasión que Alejandro hubiera podido hacer fortuna en el teatro.
Yo escuché desde detrás de la entrada de la tienda. En aquella obra yo no podía interpretar papel alguno.
Dijo que le apenaba saber que los hombres estaban tan desalentados; los había convocado para que decidieran con él si proseguir o no. Como es natural, con ello quería dar a entender que deseaba persuadirlos y no obligarlos. No creo que se le hubiera pasado siquiera por la imaginación la posibilidad de una negativa.
Poseía un estilo espléndido, elocuente pero sin retoricismos, a pesar de que no había escrito ni una sola palabra. Se refirió a las repetidas victorias; ¿por qué temer a los hombres del otro lado del río? El final de la misión estaba cerca. Estaban a punto de llegar al Océano Circundante, el mismo que bañaba Hircania por el norte y Persia por el sur; el más alejado confín de la tierra. No podía creer ―lo escuché en su voz― que no experimentaran esta ardiente ansiedad. ¿Acaso no había compartido con ellos los peligros, les dijo, y no habían ellos compartido con él los botines? ¿Abandonarían estando tan cerca de la culminación de sus esfuerzos?
- ¡Manteneos firmes! ―les gritó―. Es maravilloso vivir con valor y morir dejando una fama perdurable.
Cesó su clara voz. El silencio era tan total que hasta podía escucharse la aguda voz de un pájaro y el parloteo de los julanes.
Al cabo de un rato él les dijo:
- ¡Vamos! Yo ya he dicho lo que tenía que decir. Os he mandado llamar para escuchar vuestra opinión ―se produjo entonces un rumor de restregamiento de pies por el suelo y de movimiento; súbitamente recordé el silencio que se había producido ante Darío en el transcurso de aquella última audiencia, pero comprendí la diferencia. A él le despreciaban. Alejandro les había inspirado pavor y vergüenza. Las palabras con las que habían venido habían muerto ante su presencia. Y, sin embargo, al igual que Darío, no había conseguido hacerles cambiar de opinión―. Que hable alguien ―les dijo―. No tenéis nada que temer de mí. ¿No basta mi palabra, hace falta que os lo jure?
- Sí ―dijo alguien―; habla, Koinos.
Un hombre fornido, de cabello entrecano, se abrió paso entre el grupo y se adelantó. Lo conocía muy bien de vista incluso antes de que llevara a cabo su magnífica hazaña en la batalla del río. Había luchado bajo Filipo; pero, siendo ante todo un soldado, jamás se había adherido a ninguna facción. Siempre que precisaba de sentido común y obstinada entereza, el rey escogía a Koinos. Se miraron el uno al otro. El rostro de Koinos, que era el único que yo podía ver, decía: No va a gustarte pero confío en ti.
- Alejandro ―dijo―, nos has convocado para un consejo libre, todos lo sabemos. Pero no hablo en nombre de nosotros los comandantes; no me considero con derecho a hacerlo. Con todo lo que de ti hemos recibido, estamos más que pagados a cambio de seguir. Si quieres proseguir, nosotros tenemos que encargarnos de que así sea; es nuestro deber y para eso fuimos ascendidos. Por consiguiente, con tu permiso, quisiera hablar en nombre de los demás hombres. No es que ellos sean para mí lo primero. Lo primero eres tú. Pero por eso te hablo ―Alejandro no dijo nada, pude ver que tenía la espalda tensa como la cuerda de un arco―. Creo que soy el de más edad de los de aquí. Si gozo de buena fama, a ti te lo debo por haberme dado la oportunidad. Bien. Los hombres, tal como tú mismo has dicho, han hecho mucho más de lo que haya podido hacer cualquier otro ejército. También gracias a ti. Pero quiero señalarte que si dicen que ya basta, merecen ser escuchados. Piensa en los muchos macedonios que te acompañábamos. ¿Cuántos quedamos? ―preguntó; era un anciano magnífico; un buen soldado, un macedonio que hablaba con su rey porque estaba en su perfecto derecho. ¿Qué eran para él mi gente, los jinetes persas con sus orgullosos rostros y fina fuerza? ¿Qué eran los fornidos bactrianos, los sogdianos de nariz aguileña, los pelirrojos tracios, los altos indios con sus turbantes cuajados de joyas que compartían con ellos la victoria? Simplemente medios de llegar a casa―. Hemos muerto en el campo de batalla, hemos muerto de fiebre y flujo. Están los tullidos que ya jamás volverán a combatir y los hombres de tus nuevas ciudades. No todos están contentos, pero allí están. Y míranos a los demás; asustaríamos a los cuervos vestidos con estos harapos indios. Cuando un soldado no halla orgullo ni consuelo en sus campañas, se desanima. La caballería también; los cascos de los caballos están desgastados casi hasta la ranilla. Y tenemos esposas e hijos en la patria. Nuestros hijos ya serán para nosotros unos extraños; y pronto lo serán también nuestras mujeres. Los hombres quieren regresar a casa con el botín mientras todavía puedan ser alguien en sus aldeas. Si lo hacen, pronto dispondrás de un nuevo ejército que brotará como de la tierra pidiendo seguirte. Regresa, rey. Tu madre estará ansiando verte. Alista a los jóvenes que te seguirán con entusiasmo. Es lo mejor. Créeme, es lo mejor.
Se le quebró la voz y se frotó los ojos con los dedos. Emitió un sonido ronco como si fuera a escupir; pero era un sollozo.
Como si ello hubiera animado a los demás, empezaron a escucharse gritos por todas partes; no de desafío sino de súplica. Si la flor y nata de los oficiales pensaba eso, ¿qué pensarían los hombres?
Alejandro se quedó de pie, inmóvil. Los rumores se fueron amortiguando. Esperaban su respuesta.
- Ha terminado el consejo ―dijo volviendo la espalda y encaminándose directamente a la tienda.
Uno o dos de los generales de mayor antigüedad, amigos suyos, hicieron ademán de seguirle. Él los miró, deteniéndose a la entrada de la tienda y les dijo:
- Ha terminado el consejo.
En Susa había aprendido a ser invisible. Se aprende en seguida. Mientras él se dedicaba a pasear arriba y abajo, yo me oculté en un rincón. Cuando vi que tiraba de la correa del yelmo, me acerqué en silencio despojándole de la armadura y convirtiéndome una vez más en nada. Ello me permitió reflexionar.
¿Compartían los soldados su misma fe en la Corriente del Océano? Lo dudé. Pensé en el bullicioso campamento con sus comerciantes ambulantes, los intérpretes esperando ser contratados cuando el lenguaje de los signos resulta insuficiente. Los intérpretes que son contratados para servir a un rey traducen lo que se les ordena. Los intérpretes de mercado, una vez pagados, se dedican a chismorrear. Trabajando como lo hacen exclusivamente con viajeros, hablan de lugares lejanos y del camino que hay por delante. ¿Acaso sabían los soldados más que nosotros?
El gran Aristóteles, el más sabio de todos los griegos, le había contado a Alejandro cómo estaba hecho el mundo. Pero de una cosa no cabía duda: jamás había estado allí para verlo.
Alejandro paseaba por la espaciosa tienda arriba y abajo, arriba y abajo. Debió recorrer una gran distancia. Yo seguía convertido en nada; y no podía servirle en lo que necesitaba. Necesitaba fe en su sueño y yo había perdido la fe.
De repente se detuvo frente a mí y gritó:
- ¡Proseguiré!
Me levanté porque ahora sí era visible.
- Mi señor, ya has superado a Ciro. A Heracles también y a Dionisos y a los Celestiales Mellizos. Todo el mundo lo sabe.
Me escudriñó el rostro. Yo le oculté mi incredulidad.
- Tengo que ver el Confín del Mundo. No es para poseerlo. Ni siquiera es por la gloria que ello me reportará. Es para verlo, para estar allí... ¡Y estamos tan cerca!
- Ellos no lo entienden ―le dije.
Más tarde llamó a Tolomeo y a Perdicas y a los demás generales, y les dijo que lamentaba haber sido descortés con ellos. Al día siguiente volvería a hablar con los comandantes. Entre tanto prepararía la campaña, puesto que esperaba convencerles. Los generales se acomodaron junto a la mesa y empezaron afanosamente a tomar notas acerca del cruce del río y de la ulterior marcha. Estaban tan poco convencidos como yo.
Él lo intuyó. Se pasó toda la tarde rumiando. Dudo que pudiera dormir. A la mañana siguiente, cuando vinieron los comandantes, no les dirigió ningún discurso, se limitó a preguntarles si habían cambiado de parecer.
Se produjo una confusión de voces. Creo que se entendió algo, comentarios acerca de distancias y cosas parecidas. Alguien había oído esto y aquello de labios de un intérprete de caravanas. Alguien habló de medio mes de marcha a través del desierto. Al cabo de un rato, Alejandro pidió silencio.
- Ya os he oído. Os he dicho que no tenéis nada que temer de mí. No ordenaré a ningún macedonio que me siga a regañadientes. Otros habrá que seguirán a su rey. Avanzaré sin vosotros. Idos cuando queráis. Regresad a casa. No se os pide nada más.
Entró en la tienda. Fuera escuché voces y gritos, Alejandro dijo al guardián de la entrada:
- No permitas el paso a nadie.
Y una vez más me hice invisible. Me pasé el día entrando y saliendo. Viendo que no había sido rechazado la primera vez, el guardián me permitió la entrada. Lo observé desde la zona de la tienda destinada a la alcoba, temiendo que cediera a la aflicción estando solo. Pero lo veía sentado junto a la mesa examinando los planos, o bien paseando arriba y abajo. Comprendí que aún se aferraba a la esperanza.
Aunque lo hubiera dicho, no proseguiría sin los macedonios. Aquel ejército ante el que se había afirmado en su infancia, formaba parte de su propia sangre. Era como un amante. ¿Por qué no? Lo había amado inmensamente. Y ahora se había encerrado aquí no sólo a causa de la tristeza sino también para obligar a su amante a arrastrarse a sus pies suplicándole el perdón.
Pero el amante no vino. Sobre el extenso campamento se cernía un pesado y denso silencio.
No me rechazó. Vi su soledad y no la turbé. Le traje todo lo que me parecía que le hacía falta, me iba cuando lo veía inquieto y por la noche le encendí las lámparas. Le trajeron la cena. Al ser consciente de mi presencia, me indicó que me sentara a cenar con él. Súbitamente, al beber vino, empezó a hablar a pesar de que no había ingerido mucho. Dijo que durante toda su vida y en distintos lugares se había visto dominado por un gran anhelo, el deseo de llevar a cabo alguna hazaña, el deseo de llegar hasta algún prodigio y poder contemplarlo; eran tan grandes estos deseos que no tenían más remedio que proceder de un dios. Siempre había logrado verlos cumplidos, siempre, menos ahora.
Esperaba que quisiera llevarme a su lecho. Le hubiera resultado beneficioso. Pero anhelaba otro amor que no era el mío.
Al día siguiente no salió. El campamento murmuraba malhumorado. Todo seguía igual, sólo que ahora era el segundo día y la esperanza lo estaba abandonando. Al anochecer encendí una lámpara. Extrañas cosas voladoras se acercaron a la llama, se encogieron y cayeron muertas. Él se sentó junto a la mesa con el mentón apoyado sobre los puños. No podía ofrecerle nada. Esta vez ni siquiera podía traerle a Hefaistión. Lo hubiera hecho si hubiera podido.
Al cabo de un rato tomó un libro y lo abrió. «Desea tranquilizar su mente», pensé, y se me ocurrió una idea. Me escabullí en el fugaz ocaso indio y me dirigí al árbol más próximo. Allí estaba con los pies doblados sobre los muslos y las manos apoyadas sobre las rodillas. Había aprendido el suficiente griego como para poder conversar si no se utilizaban palabras complicadas.
- Kalanos ―le dije―, el rey está muy triste.
- Dios es benévolo con él ―me contestó y, al hacer ademán de acercarme, me indicó amablemente por señas que me apartara. Ante mí había una gran serpiente enroscada entre las hojas muertas―. Siéntate allí y no se enfadará. Es paciente. Cuando era hombre solía enojarse; ahora está aprendiendo ―dominé el temor y me senté; la serpiente enroscada se agitó ligeramente y después se quedó inmóvil―. No te apenes por el rey, hijo mío. Está pagando parte de su deuda; regresará con una carga más liviana.
- ¿A qué dios debo ofrecer sacrificios para que cuando él renazca yo renazca también? ―le pregunté.
- Éste es tu sacrificio; a eso estás destinado. Cuando regreses recibirás su servicio.
- Él es mi señor y siempre lo será. ¿Puedes suprimir su tristeza?
- Está asido a su propia rueda del fuego. Basta con que suelte la presa. Pero a los dioses les cuesta liberarse de la divinidad.
Se desdobló y se levantó de un solo movimiento. La serpiente apenas se movió.
Alejandro estaba todavía leyendo el libro. Yo le dije:
- Alejandro, Kalanos te echaba de menos. ¿Puede verte aunque sólo sea un ratito?
- ¿Kalanos? ―me dirigió una de aquellas miradas que le atraviesan a uno―. Kalanos no echa de menos a nadie. Tú lo has traído ―bajé los ojos―. Sí, que pase. Ahora que lo pienso, después de ti, es la única persona que soporto ver.
Cuando hube acompañado a Kalanos a la entrada, me alejé. No intenté siquiera escuchar. La magia de la curación es sagrada y no quería romperla.
Cuando al final lo vi salir, entré yo. Alejandro me dirigió un gesto de saludo pero le vi pensativo y me senté en silencio. Cuando le trajeron la cena quiso que la compartiera con él como la otra vez. Después preguntó:
- ¿Has oído alguna vez hablar de Arjuna?
Jamás había oído hablar de él. Se trataba de un rey indio de épocas pasadas que también había sido un gran guerrero. Un día, antes de iniciar una batalla, empezó a llorar en su carro de guerra; no de miedo sino porque el honor lo obligaba a luchar contra los de su propia raza. Entonces, exactamente igual que se lee en Homero, un dios se le presentó bajo la semblanza de su auriga y le habló.
Se sumió en el silencio y yo le pregunté qué le había dicho el dios.
- Muchas cosas. Ambos debieron perderse la batalla ―sonrió levemente y después volvió a adoptar la anterior expresión de gravedad―. Le dijo a Arjuna que era un guerrero nato y que tenía que cumplir su destino pero que tenía que hacerlo sin arrepentimiento ni deseo; no codiciaría el fruto de todo ello.
- ¿Y era posible tal cosa? ―le pregunté.
Su seriedad me sorprendía.
- Tal vez; si se trata de un hombre que obedece órdenes. He conocido a hombres que casi eran así, hombres excelentes, además, si bien todos apreciaban una palabra de elogio. Pero conducir a los hombres, cambiar sus corazones, hacerles valerosos, ¡eso hay que lograrlo antes de empezar! Ver algo nuevo que tienes que hacer y no descansar hasta haberlo conseguido..., eso exige una voluntad mucho mayor que la de la propia supervivencia.
- Hay tantas cosas, Alejandro, que deseas más que tu vida. Y tu vida es lo único que tengo.
- El fuego arde, mi querido persa, y, sin embargo, vosotros lo adoráis. Yo también. He arrojado a él mi temor, mi dolor y mis necesidades materiales, y las llamas eran hermosas.
- Es cierto ―dije―, y yo he adorado este fuego.
- Pero Kalanos quiere que arroje al fuego todo lo que el fuego me ha dado: el honor, la fama entre los hombres contemporáneos y los del futuro, el aliento del dios que me dice: Prosigue.
- Y, sin embargo, él abandonó a sus amigos para seguirte.
- Dice que para liberarme. Pero Dios nos ha dado manos. Si hubiera pretendido que las mantuviéramos dobladas sobre las rodillas, no nos hubiera puesto dedos ―yo me eché a reír―. Oh, es todo un filósofo. Pero... una vez que me hallaba en su compañía y pasamos junto a un perro moribundo al que habían reventado a puntapiés, con las costillas hundidas y jadeando de sed, me reprendió por haber desenvainado la espada para acortar su sufrimiento. Hubiera debido dejar que recorriera hasta el final el camino que le estaba destinado. Y, sin embargo, es incapaz de hacer el menor daño a ninguna criatura.
- Un hombre extraño. Pero hay algo en él que merece amarse.
- Sí, me ha agradado su compañía. Me alegro de que me lo hayas traído... Mañana ordenaré que me interpreten los presagios acerca del cruce del río. Si éstos son buenos, los hombres volverán a creer.
Todavía estaba asido a la rueda del fuego.
- Si, Alejandro. Entonces sabrás con toda seguridad lo que te tiene reservado el dios.
Algo me dijo que había actuado con prudencia al decírselo.
Se hizo a la mañana siguiente. Los macedonios esperaron entre apagados murmullos. La víctima se resistió, lo cual ya constituyó una mala señal. Cuando extrajeron el hígado y lo depositaron en las manos de Aristandro, crecieron los murmullos mientras éste examinaba la oscura y reluciente carne. Levantando la voz para que todos pudieran oírle, anunció que los signos eran adversos en todos los sentidos. Alejandro inclinó la cabeza. Regresó a la tienda acompañado de los tres generales. Allí les comunicó muy tranquilo que no se opondría a la voluntad de los dioses.
Poco después, mandó llamar a sus amigos y al Compañero de más edad y les dijo que podían comunicarlo al ejército. Nadie habló demasiado. Le estaban agradecidos, pero sabían lo que ello le costaba. Se sentó junto a la mesa con los generales para planear la marcha de regreso; durante un rato se escucharon los rumores propios del campamento. Después empezó el estruendo.
Por aquel entonces yo no había escuchado jamás el rumor de las olas del mar al romper, pero era algo parecido. Después, a medida que se acercaba, comprendimos que se trataba de vítores. Se escuchaban voces muy cercanas llamando al rey. Le pregunté si quería que abrieran la entrada de la tienda.
- Sí ―repuso―, sí, vamos a ver qué cara ponen ahora.
Eran todos macedonios; más de mil. Al adelantarse él, arreciaron los vítores. Tenían las voces ásperas y entrecortadas por lágrimas de alegría. Muchos levantaban los brazos tal como hacen los griegos a sus dioses. Se empujaban unos a otros para poder ver al rey. Un curtido veterano consiguió abrirse camino y cayó de hinojos.
- ¡Oh, rey, invicto Alejandro! ―Era un hombre que poseía cierta instrucción―. Sólo a ti mismo te has vencido por amor a nosotros. ¡Que los dioses te lo recompensen! ¡Que vivas muchos años y tu gloria sea imperecedera!
Tomó y besó la mano de Alejandro, que lo obligó a levantarse y le dio unas palmadas en el hombro. Se quedó de pie un rato agradeciéndoles los elogios y después volvió a entrar en la tienda.
El amante había vuelto profundamente enamorado todavía de él. Pero la primera riña de enamorados siempre deja una huella: la conciencia de que podría ser. En otros tiempos, pensé, hubiera besado a aquel veterano.
Llegó la noche. Había invitado a algunos amigos a cenar. Sobre la mesa podían verse todavía los planos del cruce del río, la cera aún no se había alisado, sólo aparecía surcada por grandes trazos de estilo. A la hora de acostarse lo vi tranquilo; me lo había imaginado revolviéndose inquieto en la cama toda la noche. Coloqué la lamparilla nocturna en su sitio y me arrodillé a su lado.
- Te seguiría hasta las últimas playas del mundo, aunque fuera a miles de leguas de distancia.
- En su lugar puedes quedarte aquí ―me dijo.
Estaba más dispuesto para el amor de lo que pensaba. Pero yo lo había comprendido. Utilicé parte del fuego que había en su interior y que se hubiera quedado encerrado en su horno abrasándole el corazón. Sí, aunque no podía traerle a Hefaistión, aquella noche se alegró de mi presencia. Antes de irme esperé a que durmiera profundamente.
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El muchacho persa
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