Capítulo 24

Fue mejorando lentamente. Todos los malianos enviaron mensajeros ofreciéndole la rendición. Él solicitó mil rehenes; pero, al recibirlos, lo consideró una demostración de buena fe y los dejó en libertad.

De sus tierras indias seguían llegando procesiones de honor cargadas de presentes: cuencos de oro llenos de perlas, arquillas de madera preciosa llenas de especias, toldos bordados, collares de oro con rubíes incrustados, más elefantes. Pero lo más extraordinario fueron los tigres amaestrados desde que eran cachorros y sujetados con cadenas de plata. Alejandro consideraba que eran más regios si cabe que los leones, y decía que le hubiera gustado poder amaestrar uno personalmente si hubiera tenido tiempo.

Para recibir a las distintas embajadas se levantaba de la cama y se sentaba en el trono como si no le sucediera nada. Siempre le dirigían largos discursos que el intérprete tenía que traducirle. Su respuesta también la tenían que traducir. Después empezaba a admirar los presentes. Yo temía que los tigres olfatearan su sangre.

La herida cicatrizó pero seguía presentando un aspecto horrible. Una mañana me dijo contento como un niño que acabara de arrancarse un diente de leche:

- Mira lo que me he sacado.

Me mostró una astilla de costilla de gran tamaño.

Después el dolor fue cediendo pero la piel seguía pegada a los nervios, y los nervios al hueso y, según dijo el médico, hasta el pulmón estaba oprimido. Le dolía cuando respiraba hondo o cuando se servía del brazo. Tardaba mucho en recuperar la fuerza, pero ello no le impidió encargarse de los asuntos que se habían acumulado en el transcurso de sus campañas.

Poco después de nuestra llegada, Roxana acudió a la tienda en su silla de manos encortinada para saludar a su señor y preguntarle cómo se encontraba. Alejandro me dijo después que había aprendido un poco de griego. Al parecer, se había mostrado cariñosa, sumisa y preocupada. Ya me habían dicho que cuando se había difundido por el campamento el rumor de la muerte de Alejandro, sus gritos habían dejado sordo a todo el mundo. Tal vez hubiera sentido auténtico pesar. Por otra parte, seguía sin tener hijos, y de haber muerto él hubiera perdido todos sus derechos.

Al cabo de un mes Alejandro se levantó y volvimos a hacernos al río hacia el lugar en que éste se reúne con el Indo. Fue un espectáculo soberbio. La corriente era ancha y apacible. Él había ordenado que embarcaran diez mil de a pie más la caballería con los caballos. Las embarcaciones lucían velas de colores y ojos pintados en las proas, y altos ornamentos de popa grabados y dorados. Mitad a estilo griego y mitad a estilo indio. Me alegré de verlo de nuevo de pie en la proa de la galera mirando hacia adelante.

En la confluencia de los ríos descubrió un bello emplazamiento para una ciudad y decidió acampar allí. Todavía necesitaba descansar. Permanecimos allí buena parte del invierno. Fue agradable pero yo echaba de menos las montañas. Ahora que se había asentado en un sitio llegaba gente hasta de lugares tan alejados como Grecia. Sin embargo, la llegada de uno de los huéspedes constituyó una sorpresa. Oxiartes llegó con gran pompa acompañado de su hijo mayor; Oxiartes, el padre de Roxana, alegando estar preocupado por no sé qué sublevación de Bactria. Yo tengo por cierto que vino para comprobar si estaba en camino su nieto, el futuro Gran Rey.

En el transcurso de las campañas indias de Alejandro, pocos habían sido los sitios a los que éste hubiera podido llevarse a Roxana. Pero supongo que Oxiartes pensaba que querer es poder. Alejandro afirmaba ahora encontrarse muy bien y hasta podía montar. («No es más que una punzada, hace falta aflojaría un poco»). Por consiguiente, no podía atribuir a la herida la falta de atención prestada al harén. En realidad, llevaba varias semanas lo suficientemente restablecido como para hacer el amor... con alguien que supiera cuidarlo. Por lo tanto, nada supe de esta visita de cortesía porque había emprendido un crucero de placer río arriba para ver los cocodrilos. Uno tiene que saber desaparecer.

Como regalo de partida, Alejandro le ofreció a su suegro una satrapía. Ésta se encontraba bajo el Parapamisos, todo lo lejos que se puede ir sin salir de Bactria y muy alejada de las ciudades reales de Persia. Gobernaría juntamente con un general macedonio, al que sospecho se pidió mantenerlo ocupado.

Al llegar la primavera Alejandro se dispuso a dirigirse al Océano por el oeste. Pero en medio estaban los territorios de los sacerdotes gobernantes que lo obligaron a combatir en sangrientas guerras. Aceptó la amistad de todos los pueblos que le ofrecieron fidelidad pero si se sublevaban a sus espaldas, no perdonaba fácilmente. Jamás soportaba la traición.

Al principio dejó en manos de sus generales los agotadores asedios. Pero ello lo consumía como una enfermedad; hasta conmigo se mostraba hosco. Sin embargo, la situación no se prolongó por mucho tiempo. Empezó a intervenir en las batallas y regresaba medio muerto. Siempre que utilizaba el brazo izquierdo para sostener el escudo o tomar las bridas, experimentaba tirantez en la herida endurecida. El médico me entregó una tintura para que se la suavizara. Aunque mis manos le proporcionaban entonces el mayor placer posible, se sentía demasiado cansado para cualquier otra cosa.

Empezó ahora a organizar a sus hombres. Krateros regresaría a Persia a través del Khyber y pacificaría a Bactria por el camino, llevándose a los soldados viejos y tullidos, los elefantes y el harén. No sé cómo debió tomárselo Roxana; supongo que bastante bien cuando se enteró de a dónde iba Alejandro. Durante el invierno éste no la había abandonado del todo, pero todavía no había señal alguna del futuro Gran Rey.

En otros tiempos a mí también me hubiera enviado por el camino más fácil. Ahora ya ni siquiera pensaba en ello. Y aunque hubiera podido prever lo que me esperaba, jamás hubiera escogido dicho camino.

Tardamos hasta el verano en pacificar las fronteras, fundar puertos y ciudades y estar dispuestos para dirigirnos al Océano.

No embarcó un ejército; sólo deseaba contemplar aquella maravilla, pero casi seguíamos formando una flota. Ahora había descansado del esfuerzo de las batallas, había fundado un puerto fluvial y se sentía lleno de entusiasmo.

Cerca de la desembocadura, el Indo hace que hasta el Oxos parezca un riachuelo. Parecía un verdadero mar hasta que percibimos por primera vez el soplo del viento del Océano. A punto estuvo éste de hacernos zozobrar. La flota consiguió llegar a tierra sin que nadie se hubiera ahogado. Yo pensé que, bien mirado, el Océano hubiera podido tratar a Alejandro con un poco más de amabilidad.

Los carpinteros de ribera hicieron un buen trabajo; nos hicimos de nuevo a las aguas con pilotos indios. Justo en el momento en que éstos decían que estábamos a punto de alcanzar el Océano, volvió a levantarse el viento; nos dirigimos apresuradamente a la orilla y amarramos las embarcaciones. Y entonces se retiraron las aguas.

Se fueron alejando cada vez más y las embarcaciones se quedaron levantadas y secas, algunas sobre el barro y otras ladeadas sobre bancos de arena. Nadie sabía qué pensar; se nos antojaba un terrible portento. Nuestros marineros y remeros del Mediterráneo afirmaban no haber visto tal cosa en toda su vida. La tormenta era simplemente viento, pero aquello...

Algunos egipcios dijeron que si aquello era como el Nilo, era posible que nos quedáramos encallados allí seis meses. Nadie podía entender demasiado a los indios porque éstos hablaban un dialecto local; nos decían por señas que el agua regresaría, pero no pudimos averiguar cuándo. Acampamos disponiéndonos a esperar.

Regresó al anochecer. Se fue aproximando ola a ola lamiendo y levantando los barcos encallados, golpeando sus costados. Nos dispusimos a retirar el campamento de su camino sin saber hasta dónde llegaría. Pero el agua se detuvo en el mismo lugar en que la habíamos encontrado. A la mañana siguiente había vuelto a retirarse. Y eso, tal como supimos cuando pudimos encontrar un intérprete para los indios, el Océano lo hacía dos veces al día.

Dígase lo que se diga en Alejandría, prometo que no se trata de ninguna historia de mercado. Justo el año pasado un fenicio que había navegado más allá de las Columnas hacia Iberia me dijo que allí sucedía exactamente lo mismo.

Soplaba una ligera brisa y el cielo era azul; el mar era mucho más oscuro, casi de color pizarra. Unas pequeñas olas levantaban cristalina espuma. Navegamos junto a dos islas; después ya no hubo nada entre nosotros y el mismísimo confín del mundo.

Tras haberlo admirado todo hasta saciarse, Alejandro sacrificó dos toros en honor de Poseidón. El Océano ejerció en mi vientre una extraña influencia; al aspirar el olor de la sangre tuve que correr hacia la borda. Y entonces vi un pez plateado y ligero de unos dos palmos de largo elevarse de las aguas, volar por encima de éstas recorriendo una distancia análoga a la de un tiro de lanza y desaparecer de nuevo en ellas. Lo vi yo solo y no me creyó nadie más que Alejandro. Pero ni siquiera a éste le gustó que ello se anotara en el diario. Pero juro por Mitra que es cierto.

Los toros fueron arrojados por la borda en honor del dios. Alejandro no sólo le agradecía con ello que le hubiera permitido contemplar el Océano, sino que le pedía protección para su viejo amigo Niarco y toda la flota. Se harían a la mar y, bordeando la costa, se dirigirían desde el Indo al Tigris buscando ciudades costeras o emplazamientos para puertos. Alejandro consideraba que resultaba muy beneficioso para la humanidad poder establecer una ruta comercial directa entre Persia y la India evitando los largos y peligrosos caminos de caravanas.

Puesto que se decía que las costas eran estériles y ásperas, él seguiría a la flota por tierra para abastecería de provisiones y cavar pozos. Como es natural, escogió la tarea más ardua. Todos los persas le dijimos que se sabía que eran tierras desérticas y que el propio Ciro había encontrado allí dificultades.

- Los indios afirman que sólo pudo volver con siete hombres le dije. Pero es posible que lo digan por vanidad, puesto que él se proponía invadirlos.

- Bueno dijo él sonriendo, era un gran hombre. De todas formas, nosotros hemos llegado un poco más lejos.

Emprendimos la marcha a mediados de verano.

A pesar del ejército de Krateros, constituíamos todavía unas fuerzas muy numerosas integradas por muchos pueblos. Venían las mujeres de los soldados con todos sus hijos y nos seguían también los fenicios. Éstos son capaces de soportar toda clase de penalidades si ello les permite comerciar y no podíamos saber con qué nos tropezaríamos en aquellas tierras desconocidas. Sus esfuerzos se vieron recompensados por lo menos al principio.

La Gadrosia oriental es tierra de especias. El espinacardo con sus vellosos arracimamientos crecía bajo nuestros pies como hierba y su intenso perfume llenaba los aires. La goma de los pequeños troncos de la mirra brillaba al sol como ámbar. Los altos árboles de los bosques dejaban caer sobre nosotros los dulces y pálidos pétalos de sus flores. Cuando las colinas y valles de estas hermosas tierras fueron quedando atrás, los fenicios nos abandonaron. Se quedaron entre las especias. Habían oído hablar de lo que nos esperaba.

Los arbustos de especias se convirtieron en matorrales y los árboles en espinos. Los verdes valles cedieron el lugar a cursos de agua que excavaban la seca tierra con sus pedregosos lechos completamente secos, o bien formaban un riachuelo de tan escaso caudal que apenas podía llenarse en él una copa. El clima había esculpido los laberintos de suaves rocas que allí había confiriéndoles la forma de fortalezas en ruinas, dentadas almenas o monstruos que se elevaban al cielo. Por llanos de cantos rodados y guijarros avanzamos a pie para no lastimar a los caballos; después vino el barro reseco y blanco a causa de la sal. No crecía allí más que lo que crece sin lluvia en la piedra o el polvo.

Al principio pudimos encontrar agua; tierra adentro los forrajeros consiguieron encontrar provisiones. Alejandro envió una cantidad a la costa para Niarco y ordenó que se buscara agua para éste. Los hombres regresaron diciendo que habían colocado una baliza, pero no había sitio para construir un puerto. No vivían allí más que unos desgraciados seres tímidos y mudos como animales, marchitos y vellosos, con uñas parecidas a garras. Se alimentaban exclusivamente de pescado porque la tierra no producía nada. El agua que utilizaban era la que había en unas pequeñas charcas salobres, tan escasa que ni a un perro le hubiera bastado. La humedad del pescado crudo debía mantener con vida aquella gente.

Seguimos avanzando y llegamos a las arenas.

En el transcurso de aquellos dos meses me decía con frecuencia: si vivo, borraré de mi mente esta época; no podría soportar siquiera su recuerdo. Y, sin embargo, ahora vuelvo a pensar en ella. Alejandro ya no está y todo el tiempo que estuvo allí se me antoja un tesoro perdido. Sí, incluso aquello.

Avanzábamos de noche. Cuando el sol estaba en alto nadie hubiera podido moverse y vivir mucho tiempo. Los exploradores se adelantaban a lomos de camellos para buscar la próxima corriente o pozo al que debíamos llegar dondequiera que estuviera so pena de morir. Muchas veces conseguíamos llegar antes del amanecer. Con frecuencia llegábamos sin fuerzas y con los caballos agotados.

Las torvas y agrietadas rocas que acabábamos de dejar se nos antojaban apacibles comparadas con aquellas ardientes arenas. Hasta por la noche conservaban el calor del día. Sus colinas eran demasiado extensas para poder bordearlas. Al subir, avanzábamos dos pasos y retrocedíamos uno y al bajar los hombres resbalaban. Los que íbamos a caballo nos vimos obligados a ir a pie en ambos sentidos, mientras tuvimos caballos. A éstos les faltaron las fuerzas antes que a los hombres. Los resecos matorrales y la abrasada hierba no les permitían resistir hasta llegar al agua. Los buitres no tardaron en dar buena cuenta de ellos. Cuando los forrajeros regresaban con las manos vacías, un caballo muerto constituía un festín.

Mi León cayó al subir una duna. Intenté levantarlo, pero él se resistió. Apareció entonces como nacida de la tierra una horda de hombres con espadas y hachas.

- ¡Dadle tiempo de morir! les grité.

Había visto descuartizar a un mulo todavía vivo. Al ver que extraía el puñal, creyeron que quería guardarme la carne para mí. Le pedí al sacrificador que le cortara la vena del cuello. No creo que le doliera mucho. Tomé una porción para mí y mis servidores y les regalé casi todo el resto. Los que vivíamos con el rey comíamos lo mismo que éste: la ración del ejército; pero, por lo menos, nadie nos la quitaba.

Los mulos morían siempre que no había ningún oficial a la vista. Los hombres se desprendían del botín para poder utilizar la carne de las bestias de carga. Los de caballería adquirieron el hábito de dormir con sus caballos. Aprendí la estratagema demasiado tarde. Orix que había resistido bien el esfuerzo, desapareció mientras dormía. No le pedí ningún otro a Alejandro. Los caballos eran ahora para los soldados.

Yendo a pie me tropezaba a menudo con Kalanos, que seguía su camino como si fuera un pájaro flaco de largas patas. Se había negado a seguir a Krateros y dejar a Alejandro, de quien aceptó un par de sandalias cuando llegamos al terreno pedregoso. Al anochecer, cuando todo el mundo se aferraba a los últimos momentos de descanso antes de emprender de nuevo la marcha, lo veía cruzado de piernas, meditando con la mirada perdida en el sol poniente. Alejandro dominaba o disimulaba su cansancio; Kalanos parecía que no lo sintiese.

- A que no adivinas cuántos años tiene me dijo un día Alejandro; le dije que cincuenta y tantos. Le has echado veinte años menos. Dice que nunca en su vida ha estado enfermo.

- Qué maravilla repuse.

Era feliz pensando sólo en su dios, mientras que Alejandro trabajaba como el asno de un leñador pensando en todos nosotros. Yo podía leerle muy bien el pensamiento. Pensaba que nos habíamos visto atrapados en aquel infierno por culpa de su impaciencia, por no haber esperado al invierno para iniciar la marcha.

A la tercera semana de marcha, cuando uno no sabe al lado de quién camina y se limita a seguir andando, un soldado me dijo:

- Bueno, el rey nos ha metido en esto pero por lo menos está sudando la gota gorda como nosotros. Ahora encabeza la columna a pie.

- ¿Cómo? pregunté.

Pensé que ojalá no pudiera creerlo. Pero era cierto.

Acampamos dos horas después del amanecer junto a un río que llevaba auténtica agua. Corrí a llenarle la jarra antes de que los necios la ensuciaran con los pies. Jamás me fiaba de los esclavos.

Entró en la tienda muy erguido. Yo le había llenado una copa. Se quedó inmóvil junto a la entrada y, en cuanto los demás no lo vieron, se comprimió el costado con ambas manos. Cerró los ojos. Dejé la copa y corrí hacia él. Pensé que iba a desplomarse. Se apoyó en mí unos instantes, después se irguió, se dirigió a la silla y yo le ofrecí el agua.

- Alejandro, ¿cómo has podido hacerlo?

- Siempre se puede hacer lo que se debe contestó respirando apresuradamente tres veces.

- Bueno, ya lo has hecho. Prométeme que no volverás a hacerlo.

- No hables como un niño. A partir de ahora tendré que hacerlo. Es necesario.

- A ver lo que dice el médico.

Le quité la ropa. Se estaba derramando el contenido de la copa sobre la ropa.

- No dijo, cuando hubo recuperado el resuello. Me resulta beneficioso. Relaja los músculos. Ya basta, viene gente.

Venían con sus preocupaciones y preguntas. Él se encargó de todo. Después vino Hefaistión con las raciones para cenar con él en pleno día. No me gustaba confiarle a nadie más la tarea de vigilarlo mientras comía. Sin embargo, más tarde averigüé que había comido y había bebido un sorbo de vino. Hasta lo habían acostado. Sólo despertó a medias cuando le froté la ardiente y enrojecida herida con el aceite que me había dado el médico. Lo había escondido para que no se lo comieran los esclavos.

A partir de aquel día encabezó la marcha a pie y estableció el ritmo; lento o rápido, arena o piedra. Cada paso le producía dolor y el tormento no cesaba hasta que llegaba el día. Vivía a fuerza de voluntad.

Los hombres lo sabían; tenía las huellas marcadas. Conocían su orgullo, pero también sabían que se estaba castigando a sí mismo por los sufrimientos que les había hecho padecer. Lo perdonaron y ello aumentó su optimismo.

Cuando en medio del creciente calor le quitaba la ropa, pensaba: «¿Recobrará alguna vez toda la vida que esto le está robando?» Supongo que entonces ya sabía la respuesta.

Le apenaba la suerte de la flota que bordeaba aquella cruel costa. Les envió otra remesa de provisiones. El oficial que estaba al mando de la misión afirmó al regresar que los hombres habían abierto los fardos por el camino y se lo habían comido todo. Incorporándose en su asiento plegable, Alejandro le dijo:

- Diles que les reprendo por su desobediencia y les perdono el hambre. Y si también han desaparecido los mulos, no me lo digas. A partir de ahora... se detuvo para recuperar el aliento todo mulo que falte se considerará despeado. Los hombres pueden tomarlo. Hay que saber refrenar la mano.

Los hombres habían empezado a morir. Cualquier afección benigna era mortal. Caían en la oscuridad de la noche, a veces en silencio y otras gritando sus propios nombres en la esperanza de que pudiera oírles algún amigo. Pero por la noche todo el mundo estaba sordo. ¿Qué podía hacer uno si apenas se tenía en pie? Se veía a un soldado con el hijo a espaldas y se comprendía que su esposa debía haber muerto. Pero, por regla general, los niños solían morir primero. Recuerdo que escuché el llanto de uno de ellos en la noche tal vez le habían dejado por muerto, pero seguí mi camino sin detenerme. Tenía una misión que cumplir y no había sitio para ninguna otra.

Un día llegamos a un río de caudalosa corriente muy fría, buena agua de montaña. La marcha había sido más bien breve y llegamos allí antes del amanecer para acampar al fresco. Alejandro ordenó que le montaran la tienda sobre la arena desde donde pudiera escuchar el rumor de la corriente. Acababa de entrar medio muerto como de costumbre y yo le estaba limpiando el rostro con una esponja antes de que empezara a venir gente, cuando oímos un extraño rumor parecido a un rugido. Escuchamos unos instantes. Después Alejandro se puso en pie de un salto y tirándome de la muñeca me gritó:

- ¡Corre!

Y vaya si corrimos. Una gran oleada de agua pardusca bajaba impetuosamente por el lecho del río. El rugido que habíamos escuchado se debía a los cantos rodados.

Alejandro gritó para avisar a los demás. La gente corría por todas partes. Al llegar a una elevación de terreno, vi que la tienda se ladeaba como el gorro de un ebrio hundiéndose y perdiéndose en los remolinos de la riada. Yo pensé: «Guardo el aceite en la bolsa.» Y la palpé para cerciorarme. Alejandro estaba recuperando el aliento después de la carrera. Entonces comenzaron los gritos.

Otros habían acampado también cerca de la corriente. Las mujeres de los soldados habían extendido los pequeños toldos y se disponían a preparar la comida mientras los niños chapoteaban en el agua. Fueron barridos a cientos y sólo quedaron unos pocos.

Fue el día más atroz de aquella terrible marcha; algunos hombres buscaron sus cuerpos en vano; los demás, ya muertos de cansancio, se afanaron bajo el ardiente sol. La tienda de Alejandro la lavaron y la tendieron a secar. Todos sus efectos personales se habían perdido. Tras permanecer varias horas en pie decidió irse a dormir a la tienda de Hefaistión. Entre tanto, yo fui a pedir ropa entre sus amigos. No le quedaba ni una sola muda. Algunas de las cosas que me dieron eran mejores que las suyas. Había viajado con poca ropa. Por lo menos los Compañeros que le guardaban las armas habían conseguido salvárselas.

Aquella noche no proseguimos la marcha a causa del cansancio y también para ofrecer a los muertos los ritos correspondientes. Morir en Gadrosia por culpa del agua parecía una paradoja.

Aunque era joven y esbelto, con músculos de danzarín, empecé a notar que me iban fallando las fuerzas a cada noche que pasaba. Perdí la noción del tiempo, colocaba un pie delante del otro y la boca se me llenaba del polvo que levantaban los pies; hubo algunas noches en que sólo hubiera deseado tenderme para siempre. Entonces recordaba que guardaba el aceite que le aliviaba un poco y pensaba que si caía, se levantaría el terrible sol y me encontraría sin techo. Y seguía arrastrándome y debatiéndome entre el amor y el miedo.

Ahora las marchas eran más largas e íbamos más despacio. Pero él siguió encabezándolas de noche y en medio del calor de la mañana. A la hora de acostarme apenas hablábamos. Habíamos llegado al acuerdo de que no tenía por qué cansarse conversando conmigo. A veces tenía que esforzarme por impedir que se tendiera tal como estaba; me maldecía y yo le contestaba con brusquedad, como una niñera que se hubiera enfadado con un chiquillo. Pero no era nada, le servía de distracción después de tantas horas de disimular ante los hombres. Cuando lo había lavado, me daba las gracias.

Según los exploradores, ya habíamos superado con mucho la mitad de la marcha. Envió entonces a unos hombres a lomo de camellos para que se dirigieran a la primera tierra fértil que encontraran e hicieran acopio de provisiones. Jamás volvimos a saber de ellos; las marchas se iban prolongando cada vez más y finalizaban bien entrada la mañana cuando conseguíamos llegar hasta el agua. En cierta ocasión, fue tan larga que Alejandro ordenó que nos detuviéramos bajo el sol para que los rezagados pudieran darnos alcance. Nos detuvimos junto a un pobre curso de agua pedregoso y medio seco. El manantial de la noche anterior había sido tan escaso que apenas quedó agua que llevamos. Alejandro se había sentado sobre una roca con su gorro de sol de hierba trenzada. Tolomeo se encontraba a su lado, supongo que preguntándole cómo se encontraba porque su aspecto era espantoso y se le veía agotado y chorreando sudor. Desde donde me encontraba pude ver que jadeaba.

- ¿Dónde está el rey? preguntó alguien.

Yo se lo señalé. Se adelantó entonces un macedonio seguido de dos tracios, uno de los cuales llevaba un yelmo boca arriba con agua dentro, no mucha, pues apenas llenaba el casquete superior. Debían haberla descubierto en alguna grieta oculta entre piedras en el lecho del río. «Gracias sean dadas a Dios», pensé. Anhelaba beberla, pero no tanto como anhelaba verlo beber a él.

Los tatuados tracios se abrieron paso protegiendo su tesoro con las espadas desenvainadas. A pesar de su salvaje aspecto con su enmarañado cabello rojizo, se trataba de las tropas que más fieles se habían mantenido. Había tenido que impedirles que le trajeran cabezas cercenadas a cambio de una gracia. Pero no tocaron el agua. Posaron en el suelo las armas y corrieron hacia él. El primero de ellos hincó las rodillas esbozando una ancha sonrisa en su polvoriento rostro pintado de azul y ofreciéndole el yelmo.

Alejandro lo tomó. Por unos momentos contempló su interior. No creo que muchos sintieran envidia a pesar de lo abrasados de sed que estábamos todos. Cualquiera podía ver el estado en que se encontraba.

Se inclinó hacia adelante, posó una mano sobre el hombro del soldado tracio, le dijo algo en su idioma y meneó la cabeza. Después se levantó y, alzando el yelmo, derramó el agua al suelo tal como lo hacen los griegos en el transcurso de las libaciones a un dios.

Se escuchó un hondo murmullo por toda la columna al irse propagando el hecho de unos a otros. En cuanto a mí, sentado sobre una roca junto al vacío lecho del río, me cubrí el rostro con las manos y me eché a llorar. Supongo que la gente debió pensar que lo hacia por haber visto desperdiciar el agua. Después, al notarme las manos mojadas de lágrimas, me las lamí con la lengua.

Cuando llegábamos al agua ya no acampábamos cerca de ésta. Los hombres corrían hacia ella y la ensuciaban, o bien bebían tanto que acababan muriendo. La que encontramos aquella mañana era buena. Lo obligué a tenderse en la cama mientras le lavaba con la esponja. Parecía un cadáver, pero estaba alegre.

- Alejandro le dije, jamás ha habido nadie como tú.

- Ha sido necesario me repuso sonriendo.

Comprendí que aunque hubiera muerto por aquella causa, él hubiera considerado que merecía la pena.

- La necesitabas mucho le dije. Hoy pareces cansado.

Tal vez veía más cosas de las que yo pensaba. Porque en el transcurso de las noches sucesivas, en la hora que precede al amanecer, pensé como si fuera otro el que hablara por mí: «Ya no puedo seguir.»

En las últimas horas de la noche la arena estaba un poco fresca. Me acerqué a trompicones a unos matorrales que me cubrirían la cabeza cuando saliera el sol. No me preguntéis por qué deseaba prolongar mi muerte. Así es la naturaleza humana. Descansar era maravilloso. Contemplé el lento avance de la larga columna. No llamé tal como había oído llamar a otros. Sólo hubiera podido decir: perdóname.

Me quedé un rato descansando hasta que se produjo un débil resplandor por el este. Para entonces ya me había repuesto un poco y empecé a pensar: «¿Que estoy haciendo aquí? ¿Acaso estoy loco? Hubiera podido proseguir.»

Me levanté y encontré la huella de la columna. Por unos momentos me sentí casi descansado y pensé que podría darle alcance. Di la vuelta a la cantimplora por si quedaba alguna gota de agua aunque sabía que me la había terminado. La arena era pesada y profunda. Apestaba a excrementos de hombres y caballos sobre los que zumbaban las moscas que volaban hacia mí para beberse el sudor. Desde lo alto de una duna contemplé la arena que se extendía ante mí. El sol se iba levantando. Se me habían acabado las fuerzas.

Había una roca de rojo barro calcinado corroída por la intemperie. Mientras el sol estuviera oblicuo ofrecería una mancha de sombra. Todo mi cuerpo era reseco calor y los pies me fallaban. Me arrastré hacia allí y me quedé tendido boca abajo. «Ésta es mi tumba pensé. Le he fallado. Me merezco esta muerte.»

Todo estaba en silencio. La sombra empezó a encogerse. Escuché la dificultosa respiración de un caballo y pensé: «primero viene la locura.»

- Bagoas dijo una voz.

Me volví. Hefaistión me miraba desde arriba.

Tenía el rostro cubierto de blanco polvo y estaba macilento a causa del cansancio. Parecía un muerto. Yo le dije: «¿Por qué has venido en busca de mi alma? No te maté.» Pero tenía la garganta demasiado reseca para poder emitir sonido alguno. Él se arrodilló y me ofreció agua.

- Poca de momento. Después beberás más.

- Tu agua murmuré avergonzado.

- No, vengo del campamento me dijo. Tengo suficiente. Levántate, no podemos disponer de todo el día.

Me ayudó a ponerme en pie y a montar en su caballo.

- Yo lo guiaré. No puede llevar a dos, moriría.

Notaba a través de la mantilla de la silla los huesos del animal, que ya había llevado a cabo la marcha del día. Hefaistión también. Tiraba del caballo y lo golpeaba cuando se detenía. Se me había aclarado la cabeza y le dije:

- Has venido tú mismo.

- No hubiera podido enviar a un hombre.

Pues claro que no. Después de semejante marcha no hubiera sido posible. Nadie volvía atrás para recoger a los rezagados. Cuando alguien se caía, ahí se quedaba.

Desde la siguiente duna a la que ascendimos, divisé el verdor que bordeaba un río y la oscura mancha del campamento. Ambos bebimos agua y después él me ofreció la cantimplora.

- Termínatela. Ahora ya no te hará daño.

Una vez más me costó encontrar las palabras. En Susa me habían enseñado a dar las gracias con donaire. Pero lo único que pude decirle fue:

- Ahora lo entiendo.

- Pues no abandones la columna me dijo. Y cuida de él. Yo no puedo, tengo que atender a mi trabajo.

Aquella mañana, por culpa mía ambos habíamos desatendido nuestras obligaciones. Los Compañeros habían hecho lo que habían podido, pero ante ellos Alejandro siempre disimulaba. Se mostró preocupado por mí y me tocó la cabeza comprobando que no hubiera sufrido una insolación. Dije de mi salvador lo que el honor me exigía.

- Así es Hefaistión se limitó a decir él. Siempre ha sido el mismo.

Y fue como si volviera a correr la cortina que protegiera un relicario. Era mi castigo. Él no había pretendido infligírmelo pero yo comprendí que me lo merecía.

En el transcurso del alto del día empezó a notarse el viento.

Hasta entonces no lo habíamos tenido y ahora no nos trajo frescor alguno. Sólo arena, arena y arena. Soplando por debajo de las tiendas y amontonándose junto a cada una de ellas hasta que todas tuvieron el correspondiente montículo de arena. Los mozos, con los rostros cubiertos, corrían a cubrir los ojos de los caballos. Teníamos arena en la boca y en los oídos y en las ropas y en el cabello. Cesó el viento y pudimos dormir un poco. Al atardecer, todas las formas habían cambiado y habían desaparecido todas las marcas establecidas por los exploradores para señalarnos el camino hacia el agua del día siguiente. Las olas de arena se habían tragado entero un árbol muerto.

Nuestro pozo estaba casi reseco. Pensé que había llegado nuestro fin. «Esta vez por lo menos, pensé, estaré a su lado aunque él prefiera morir junto a Hefaistión.»

Hubiera debido comprender que no era propio de su carácter esperar la muerte sentado. En la ciudadela maliana, cuando yacía tendido con la flecha clavada, había matado con su espada a un indio que se había acercado para despojarlo de la armadura. Ahora decidió, por tanto, tener un consejo de guerra en su tienda.

- Los guías se han dado por vencidos dijo. Tendremos que buscar las señales por nuestra cuenta. Sólo conocemos el camino a que conduce una de ellas y es el mar. Nos dirigiremos a éste de día. Eso vamos a hacer.

Una hora antes del amanecer emprendió la marcha con treinta jinetes. Habían encontrado otros tantos caballos apropiados para esta labor. Para ver el camino tenían que ir de día. Se perdieron entre las dunas llevándose nuestras vidas.

Aquella noche regresaron unos veinte. Alejandro los había enviado al ver que los caballos les fallaban. Y él había proseguido la marcha con diez hombres.

A la puesta del sol del día siguiente, roja entre la bruma arenosa, su negra silueta se recortó contra el cielo. Cuando se acercaron, Alejandro se me antojó más delgado que nunca y en su rostro descubrí las huellas del dolor. Pero estaba sonriendo. Todos bebimos de su sonrisa como si fuera la vida.

Cinco de los diez habían caído y él había proseguido con los otros cinco. Ascendieron a una elevación y divisaron el mar y, junto al mar, lo que ningún explorador había descubierto con anterioridad: verdes plantas que no crecen en la piedra. Descendieron y empezaron a cavar con los puñales y las manos desnudas mientras los sedientos caballos les empujaban los hombros con el hocico. Alejandro fue el primero en encontrar agua, y era fresca.

Emprendimos la marcha a la noche siguiente y Alejandro fue nuestro guía. Sabiendo que estaba a salvo, se permitió el lujo de ir a caballo.

El mar era como de hierro bruñido pero su simple visión nos refrescaba. Entre él y las dunas se encontraba la faja de verdor bajo la cual las ocultas corrientes se filtraban hacia el Océano.

La seguimos por espacio de cinco días, y las brisas marinas eran tan refrescantes que podíamos avanzar de día. Cavábamos pozos y bebíamos. Por la noche nos bañábamos en el mar. Era tan delicioso que olvidé la modestia persa y no me importó que vieran cómo es un eunuco. Todos parecíamos niños que jugaran. Los guías adivinaron, por el verdor, que pronto llegaríamos a un camino.

Entonces empezaron a llegar las provisiones. Los exploradores no habían muerto. Habían llegado a la ciudad de Gadrosia del noroeste y desde allí habían divulgado la noticia. Llegó la primera caravana de camellos, muy bien provista por cierto. Nos hubiera sobrado a cada uno de nosotros una comida cuando se inició la marcha. Ahora las raciones más abundantes constituían un festín porque éramos menos.

Avanzamos por camino fértil y pudimos recuperar las fuerzas. Cuando atravesamos los desfiladeros que conducían a la ciudad de Gadrosia nuestros rostros ya no estaban tan desmejorados.

Allí nos esperaba abundancia de alimentos: maíz y carne, y fruta y vino, todo ello enviado desde Carmania, la amena región que teníamos por delante. Descansamos, comimos y bebimos. Hasta parecía que nuestra piel bebiera salud del verdor que nos rodeaba. Incluso Alejandro aumentó de peso y la sangre volvió a colorear sus mejillas.

- Los veo en disposición de divertirse un poco dijo y nos condujo a Carmania sin prisas.

A cada alto los hombres disfrutaban de un festín y de vino en abundancia. Alejandro enviaba a decir que lo tuvieran preparado. Alguien, no sé si Tolomeo o Hefaistión, esbozó un plan para conseguir que él también descansara un poco. Tuvieron la astucia de no decirle que le hacía falta y, en su lugar, le dijeron que, después de todas aquellas conquistas y pruebas, debiera proseguir la marcha tal como había hecho Dionisos. Mandaron enganchar dos carros unidos por una plataforma y ordenaron colocar en ellos triclinios, verdes guirnaldas y un hermoso toldo. Con buenos caballos de la ciudad, constituían un hermoso espectáculo y él no lo rechazó. Había sitio para él y uno o dos amigos, y los soldados le vitoreaban a su paso. Se ha hablado mucho de todo ello y se han dicho muchas tonterías a propósito de orgías báquicas, pero lo cierto es que se trató simplemente de eso: de un buen truco para conseguir que viajara sobre almohadones.

Instalamos el campamento en unos frescos prados junto a dulces aguas y bajo umbrosos árboles.

- Hace mucho tiempo que no te veo danzar me dijo entonces.

Aunque estaba escandalosamente desentrenado, era joven; la savia volvió a mí como a una viña regada; la práctica cotidiana me llevaba progresivamente del esfuerzo al placer. Y me impedía también comer en exceso, lo cual era una tentación para todo el mundo, muy peligrosa en el caso de un eunuco. La grasa, una vez que se ha instaurado, no es fácil de eliminar. Aunque ya haya dejado atrás mi juventud, siempre he conseguido evitarla. Lo hago pensando en él. No me apetece en modo alguno oír a la gente: «¿Y eso es lo que amaba el gran Alejandro?»

Se niveló el terreno para construir una pista de carreras y una plaza para ejercicios de habilidad ecuestre y espectáculos parecidos, y los carpinteros levantaron un teatro excelente. De todas las localidades cercanas vinieron cantantes y actores, danzarines y acróbatas. Todo era regocijo, menos para Alejandro, que había recibido la noticia de lo que habían estado haciendo algunos de sus sátrapas y gobernadores mientras él se moría en la India a causa de la herida. El propio sátrapa de Gadrosia era corrompido y negligente. Era macedonio y Alejandro lo sustituyó por un persa. Entre tanto, los hombres tenían que descansar y divertirse. Esperaba, además, la llegada de Krateros con su ejército. Los transgresores de otros lugares tendrían que esperar.

Su mayor preocupación la constituía el no recibir noticias de la flota. A lo largo de aquella espantosa costa no había podido dejarles nada. Hacía tiempo que hubieran debido llegar; si perecían, se culparía de ello.

Llegó Krateros con sus huestes. Roxana gozaba de buena salud. Alejandro apresuró a ir a saludarla, pero también se apresuró a marcharse.

Yo me tropecé con Ismenios, que me pidió noticias mías. Tomamos vino bajo los toldos de una taberna e intercambiamos relatos.

- Siempre he sabido que tenías unos huesos muy bonitos me dijo, pero deberías ponerles algo más encima. ¡Pero el rey, Bagoas! Lo veo… viejo claro que no… pero fatigado.

- Se está recuperando contesté rápidamente. Hubieras debido verlo hace un mes.

Y empecé a hablar de otras cosas.

Poco después llegó el gobernador del distrito que había costa arriba para comunicar que la flota estaba a salvo y que Niarco llegaría próximamente.

Alejandro se reanimó como si llevara durmiendo una semana y obsequió al gobernador con ricos presentes. Nadie sabía que este hombre, siendo tan necio con codicioso, no les había ofrecido ayuda alguna con vistas a proteger las embarcaciones y tampoco les había ofrecido medios de transporte. Se había apresurado simplemente a comunicar la noticia para que nadie se le adelantara y lo privara de recompensa. Pasaron los días. Alejandro envió un destacamento pero éste no encontró a ningún marino. El gobernador, que todavía se encontraba en la corte, fue considerado sospechoso y puesto bajo arresto. Alejandro se mostraba más preocupado si cabe que antes, pero decidió enviar otro destacamento. Al segundo día éste regresó con dos hombres resecos y marchitos con los cuerpos parecidos a correas de cuero crudo y tan requemados por el sol que casi parecían negros: Niarco y su primer oficial. Los componentes del destacamento ni siquiera los reconocieron cuando preguntaron por Alejandro.

Alejandro se adelantó para abrazar a su amigo de la infancia y empezó a llorar al ver su estado, imaginó que eran los únicos supervivientes. Pero al comunicarle Niarco que toda la flota estaba a salvo volvió a llorar de alegría.

Padecieron muchas penalidades y aventuras, todas ellas descritas en el libro de Niarco. Los cretenses son duros. Niarco vivió muchos años, llevó a cabo muchas campañas y al final escribió sus memorias. Si queréis leer acerca de las enormes ballenas que huyen al sonido de las trompetas o acerca de las bestiales vidas de los Comedores de Pescado, acudid a él.

Él y sus hombres fueron agasajados. Alejandro volvió a parecerse un poco al que era. Atendió a sus amigos y honró a los dioses con festejos. Y siguieron las diversiones. Krateros había venido acompañado de un numeroso grupo de artistas y las cosas pudieron hacerse por todo lo alto.

Como es natural, se organizaron juegos. Los de carácter ecuestre fueron ganados en su mayoría por los persas; las carreras a pie, por los griegos, que son más aficionados a servirse de las piernas. (Alejandro me había regalado dos preciosos caballos carmanos.) Los tracios ganaron los concursos de tiro con arco. Y todos los aliados tuvieron ocasión de lucirse. Pero ahora ya estábamos casi en Persia. Cuando observé que miraba complacido las cualidades de mi raza, comprendí que se había convertido en uno de nosotros.

Después vino el teatro; todo muy griego. Las máscaras aún seguían antojándoseme extrañas. Cuando le confesé a Alejandro que prefería ver las caras de los actores, él convino conmigo, si la cara fuera mía. En el transcurso de aquel mes le había estado enseñando una vez más a abrazar el placer en lugar del dolor. Su cuerpo había cambiado a causa de las penalidades soportadas. Necesitaba que lo cuidaran y se vio mucho más joven cuando yo le hube obligado a relajarse.

Después del teatro, las competiciones musicales. Y al día siguiente las danzas.

Éramos nueve o diez procedentes de todos los territorios entre Grecia y la India; algunos muy buenos. «No va a ser mi día -pensé-. Danzaré en su honor. Si le agrado, me bastará esta recompensa.»

Interpreté una alegoría del agua. Lucía una túnica blanca a rayas verdes y empecé con el tintineo de los pequeños cascabeles que me adornaban los dedos imitando la corriente de montaña. Después el río bajaba y se retorcía y daba grandes saltos al llegar al rabión. A continuación fluía en lentos meandros y se hundía extendiendo los brazos para recibir el abrazo del mar.

Bueno, logré complacerlo. Y, al parecer, complací a todo el ejército. Teniendo en cuenta la calidad de algunos de los que me habían precedido, me sorprendí del entusiasmo.

El indio que actuó en último lugar me pareció un serio rival. Interpretó el papel de Krishna y tocó la flauta. El muchacho de Susa también fue muy bueno. A decir verdad, jamás pude estar muy seguro acerca del resultado del concurso. Si no fui mejor que los clasificados en segundo lugar, creo que tampoco fui peor. Y, como siempre, Alejandro no influyó en el veredicto de los jueces. Pero en cambio influyó el ejército.

Fue por él, claro. No creo que fuera odiado. No me vanagloriaba, no intrigaba y no vendía mi influencia. Llevaba mucho tiempo al lado de Alejandro. Creo que debía conmoverles la duración de aquel amor. Había sufrido, querían verle feliz. Habían observado su rostro mientras yo danzaba. Y lo hicieron por él.

La corona era de ramas de olivo doradas, adornada con cintas doradas. Alejandro me la colocó, tomó las cintas para que me cayeran sobre el cabello y me dijo suavemente:

- Hermoso. No te vayas, siéntate a mi lado.

Me senté en el borde de la tarima al lado de su asiento. Nos miramos sonriendo. El ejército aplaudió y golpeó el terreno con los pies y alguien con voz de Estentor gritó:

- ¡Venga! ¡Dale un beso!

Bajé la mirada confuso. Aquello era ir demasiado lejos, no sabía cómo se lo tomaría. Ahora lo estaban gritando por todo el teatro. Noté que me tocaba el hombro. Ellos también llevaban a su lado mucho tiempo y él sabía distinguir entre el afecto y la insolencia. Me atrajo a sus brazos y me dio dos apretados besos. A juzgar por los aplausos, aquello les gustó más que la danza.

Está bien que las mujeres persas no asistan a los espectáculos públicos tal como lo hacen las griegas. Siempre me ha parecido una costumbre de lo más inmodesta.

Aquella noche él me dijo:

- Has recuperado toda la belleza que habías perdido en el desierto o tal vez otra superior.

Bueno, eso no es muy difícil a los veintitrés años, cuando uno no ha sufrido herida alguna. Lo que quería decir era que le agradaba advertir que le quedaba un poco de vida al final de la jornada.

Lo hice feliz sin cobrárselo con exceso. El cómo fue mi secreto y él no advirtió la diferencia. Estaba contento, que era lo único que a mí me importaba en aquellos momentos, y se durmió inmediatamente después.

Cuando me levanté, se cayó la manta, pero él no se movió. Levanté la lámpara para contemplarlo. Se hallaba tendido de lado. Tenía la espalda suave como la de un niño. Las heridas las tenía todas delante. No había ningún arma destinada a cortar, clavarse o lanzarse que no hubiera dejado en él su huella. La blancura de su cuerpo contrastaba con sus miembros bronceados por el sol. Hacía tiempo que no corría desnudo por la sala con sus amigos, espectáculo que tanto me había escandalizado al principio. La nudosa cicatriz del costado le marcaba las costillas. Incluso ahora en el primer sueño no tenía la frente del todo lisa. Tenía los párpados arrugados y viejos en el rostro de un muchacho que descansaba. Su cabello brillaba más pálido que antes a la luz de la lámpara. Las hebras de plata se habían convertido en mechones desde que habíamos iniciado la marcha hacia Gadrosia. Sólo tenía treinta y un años.

Recogí la manta y fui a cubrirlo, pero tuve que retirarme para que mis lágrimas no le cayeran encima y lo despertaran.


El muchacho persa


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