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Para que las tropas del desierto descansaran, las envió a Persis bajo el mando de Hefaistión siguiendo los caminos de la costa. Cuando llegara el invierno, el clima sería allí más templado. Él tenía trabajo que hacer, como de costumbre. Con un reducido número de fuerzas, en buena parte de caballería, se dirigió tierra adentro hacia Pasargada y Persépolis.
Si yo hubiera estado con Darío en tiempo de paz, hubiera conocido estos lugares que eran el corazón real de mi país. Alejandro los conocía. Encontrándonos en lo alto de las colinas me pidió que lo acompañara en un paseo a caballo a primera hora de la mañana para saborear una vez más, me dijo, el puro aire de Persis. Yo lo aspiré y dije:
- Alejandro, estamos en casa.
- Ciertamente. Yo también ―contempló las replegadas cordilleras cuyas cumbres solían recibir las primeras nevadas―. Eso sólo te lo digo a ti. Enciérralo en tu corazón. Macedonia era el país de mi padre. Éste es el mío.
- Jamás me hiciste mejor regalo ―le dije.
Una fresca brisa soplaba desde las alturas. El aliento de nuestros caballos humeaba en ella.
- En Pasargada nos alojaremos en la mismísima residencia de Ciro ―me dijo―. Es curioso que perteneciendo tú a su tribu sea yo quien te muestre su tumba. Me cuesta orientarme por allí pero lo estoy deseando con toda el alma. Afortunadamente los dos estamos delgados. La puerta es tan estrecha que hasta tú tendrás que pasar de lado. Debieron levantar una pared hasta la mitad para evitar los robos puesto que el féretro de oro era muy grande. Ahora no podría pasar por la abertura. Las ofrendas sepulcrales aún se encuentran sobre la tarima que lo rodea. Verás sus espadas, la ropa que lucía y los collares de piedras preciosas. Le hicieron unos regalos magníficos, debían quererlo mucho. Yo también he añadido algo por mi cuenta. Me enseñó lo que significa ser rey ―su caballo se removió inquieto, cansado de cabalgar―. Pórtate bien ―le dijo―, de lo contrario te regalaré a Ciro... Di orden de sacrificarle un caballo al mes; dicen que ésta era la antigua costumbre.
Después iniciamos el galope. El rostro de Alejandro resplandecía, su caballo se agitaba al viento y sus ojos brillaban. Cuando después me dijo que apenas había notado otra cosa más que una punzada en las costillas, casi lo creí. Persis le había sentado bien. «Empieza de nuevo la felicidad», pensé.
El palacio de Ciro era bello y espacioso en su antigua sencillez. Era muy sólido, construido en piedra blanca y negra. Las blancas columnas destacaban sobre todo lo demás. A la mañana siguiente a primera hora, Alejandro se dispuso a visitar de nuevo la tumba del héroe.
Fue un breve paseo a caballo a través de los jardines reales. Vinieron también algunos amigos (muchos se encontraban con Hefaistión, pero él quiso tenerme a su lado). El jardín no estaba cuidado pero resultaba hermoso a la dorada luz del otoño. Las piezas de caza, largo tiempo sin ser perseguidas, apenas nos prestaban atención. La tumba se levantaba en un bosquecillo de umbrosos árboles. La última vez que había estado, Alejandro había mandado canalizar agua hasta allí y la hierba estaba muy verde.
La pequeña casa de Ciro se levantaba sobre un plinto escalonado, rodeado de una sencilla columnata. En la puerta había unas palabras persas grabadas que yo no pude leer. Alejandro me dijo:
- Pregunté el significado la última vez. Dice así: « Hombre, soy Ciro hijo de Cambises que fundó el imperio persa y gobernó sobre Asia. No profanes mi monumento» ―la voz le tembló unos instantes―. Bueno, entremos.
Saludó a los magos guardianes del lugar. Cuando éstos se acercaron para efectuar la postración, me pareció que no estaban contentos. El lugar estaba mal cuidado y crecía la maleza. Alejandro les indicó por señas que abrieran la puerta. Era estrecha, muy vieja, y construida con una madera dura muy oscura con refuerzos de bronce. Uno de los magos se acercó con la gran llave de madera apoyada sobre el hombro. La llave movió el cerrojo fácilmente. El mago abrió la puerta y se retiró a cierta distancia.
- Ven, Bagoas ―me dijo Alejandro sonriendo―. Tú primero. Era tu rey.
Me tomó de la mano y nos adentramos en las sombras. La única luz procedía de la puerta. Permanecí a su lado con los ojos cegados por el sol del exterior, aspirando el perfume de las antiguas especias y el olor del moho. De repente, retiró la mano y se adelantó.
- ¿Quién ha hecho eso?
Al seguirle, tropecé con algo. Era el fémur de un hombre.
Ahora podía ver. Allí estaba la tarima completamente vacía. El féretro de oro se encontraba en el suelo, sin la cubierta, destrozado por las hachas que se habían utilizado para partir objetos de forma que éstos pudieran pasar a través de la puerta. A su lado se hallaban diseminados por el suelo los huesos de Ciro el Grande.
La entrada se oscurecía e iluminaba alternativamente mientras Peuquestas, que era más bien corpulento, intentaba pasar y se retiraba antes de quedar apresado. Alejandro salió al exterior dando grandes zancadas. Estaba pálido de rabia. Se le habían erizado los cabellos. La mirada de sus ojos era más mortífera que cuando había abatido a Kleitos.
-Llamad a los guardianes ―dijo.
Los fueron a buscar a su casa, que se encontraba en las cercanías, mientras todos los que podían penetrar en el interior de la tumba les describían, a los que se encontraban afuera, la profanación que se había cometido. Alejandro permanecía de pie apretando los puños. Los guardianes fueron traídos y se arrojaron servilmente a sus pies.
Siendo el único persa que había allí, actué de intérprete. Aunque pertenecían a la casta sacerdotal, parecían unos hombres ignorantes y el terror los hacia comportarse como necios. No sabían nada, no habían entrado en la tumba, no habían visto acercarse a nadie, los ladrones debían haber entrado de noche (con las hachas debían haber metido ruido suficiente como para despertar a los muertos). No sabían nada, nada.
- Llevadlos a la prisión ―dijo Alejandro―. Sabré la verdad.
Me llevó consigo para que interpretara sus confesiones. Pero ni el fuego ni las tenazas los indujeron a modificar su relato. Tampoco lo consiguió el potro de tormento. Alejandro ordenó que cesara la tortura antes de que se les descoyuntaran los huesos.
- ¿Qué piensas? ―me preguntó―. ¿Mienten o no?
- Creo, Alejandro, que fueron negligentes y temen decírtelo. Tal vez se embriagaron o abandonaron el lugar. Tal vez alguien lo planeó.
- Si, tal vez. Si es así, ya han recibido su castigo. Soltadlos.
Se alejaron cojeando, felices de haber escapado con tan poco castigo. Cualquier rey persa los hubiera empalado.
Alejandro mandó llamar al arquitecto Aristóbolo, que le había acompañado en su primera visita y se había encargado de hacer el inventario de los bienes de la tumba de Ciro. Tendría que restaurar el féretro y dar de nuevo cobijo a aquellos pobres huesos. Por consiguiente, Ciro yace de nuevo en un féretro de oro y posee preciosas espadas, aunque no sean las mismas con que luchó, y ricos collares, aunque no sean los mismos que lucía. Alejandro le regaló una corona de oro y ordenó que la puerta se cerrara con una sola losa para que no volvieran a molestarle. Acudió allí solo, antes de que los obreros comenzaran el trabajo, para despedirse de su maestro.
Un mal regreso a Persis. Pero cosas peores nos aguardaban. Ahora se enteró de lo que habían hecho los hombres en quienes había confiado en la esperanza de que él jamás les pidiera cuentas.
Algunos habían sido fieles, pero otros se habían erigido en tiranos de las tierras que les habían sido encomendadas, habían robado a los ricos, habían aplicado a los campesinos elevados impuestos que los habían dejado en la ruina, y por antiguas rencillas se habían vengado de hombres que no habían quebrantado ley alguna. Además, habían reunido ejércitos propios. Un señor medo se había proclamado Gran Rey. Un sátrapa le había arrebatado a un noble su hija virgen, la había ultrajado y la había entregado posteriormente a un esclavo.
Tengo entendido que Alejandro trató con mucha dureza a toda esta gente. Que se lo cuenten a alguien que no haya visto lo que yo vi a los diez años cuando los soldados vinieron a mi casa.
Es cierto; a medida que fue examinando las pruebas, su actitud se fue endureciendo. Es cierto que después de todo ello se dedicó a castigar los simples indicios. Decía que había aprendido a distinguir la mirada de un tirano en ciernes y lo que venía después. Y los destituía de sus cargos por haber advertido en ellos señales tempranas. Los que se quejaban no eran ciertamente los campesinos y tampoco los pequeños señores como mi padre. El hecho de que no permitiera que su raza oprimiera a nuestro pueblo constituía motivo de asombro en todas partes. Llevaba lejos tanto tiempo que habían olvidado cómo era.
En su ausencia, uno de sus más queridos amigos de la infancia, un tal Harpalos, al que había dejado de tesorero en Babilonia, había vivido gracias al oro como un príncipe de la India; a sus cortesanas las había mantenido como reinas y había huido cargado de dinero al recibir la noticia del regreso de Alejandro. Ello le dolió a éste mucho más que la sublevación de los antiguos enemigos.
- Todos confiábamos en él. También Hefaistión, que jamás había confiado en Filotas. En el exilio siempre nos hacía reír. Claro que entonces no podía robarme nada. Tal vez ni él mismo sabía lo que era.
En conjunto, tenía motivos más que sobrados para estar furioso antes de que el nuevo sátrapa de Persis obedeciera a su requerimiento.
Era nuevo porque se había apoderado de la satrapía. El persa, a quien Alejandro se la había concedido el año anterior, había muerto seis meses antes; se decía que de enfermedad aunque tal vez se hubiera debido a algo que comió. Ahora llegaron mensajeros con regalos y una larga carta en la que se afirmaba que el usurpador ya había enviado con anterioridad mensajes a Alejandro, pero que, al no recibir respuesta, había decidido encargarse del gobierno de la provincia, no habiendo hallado a nadie más adecuado que pudiera hacerlo.
Me encontraba con Alejandro en el aposento superior cuando éste leyó la carta y la arrojó al suelo.
- Adecuado para asesinar, robar y otras cosas peores. Ha gobernado la provincia como un lobo en invierno; me lo han contado por todas partes. Cualquier hombre que lo contrariara era condenado a muerte sin previo juicio. Hasta ha sometido a pillaje los sepulcros reales ―frunció el ceño; se estaba acordando de Ciro. Tal vez los magos hubieran guardado silencio a causa de alguien a quien temían más que al rey―. Bien, ya he visto más que suficiente. Que venga. Me gustará ver a este Orxines... Bagoas, ¿qué sucede?
- Nada, Alejandro. No lo sé. No sé dónde he oído este nombre.
Fue como un eco de una pesadilla que se olvida al despertar.
- ¿Fue cruel contigo cuando estaba con Darío? Si recuerdas algo, dímelo.
- No ―repuse―, allí nadie fue cruel.
De mi vida anterior sólo le había contado que me había comprado un joyero que me había sometido a malos tratos. Lo demás sólo hubiera servido para despertar su compasión. Yo deseaba enterrarlo y olvidarlo para siempre. Ahora me pregunté si aquel Orxines podría ser alguno de mis odiados clientes. Pero su categoría era demasiado encumbrada y el horror que había sentido era todavía más profundo. Tal vez lo hubiera soñado, pensé. Sufría pesadillas cuando era esclavo.
Aquella noche, Alejandro me dijo:
- ¿Acaso construyeron este lecho para unos elefantes? Quédate a hacerme compañía.
Hacía años que no dormía en una cámara real persa. Conciliamos el sueño muy pronto. Las pesadillas me arrojaron de nuevo a un terror largo tiempo olvidado. Me despertó mi propio grito. Era media noche. Alejandro me tenía abrazado.
- ¿Lo ves? Estás conmigo; no sucede nada. ¿Qué soñabas?
Me aferré a él con fuerza como el niño que acababa de ser.
- Mi padre. Mi padre desnarigado ―súbitamente me incorporé en la cama―. ¡El nombre! ¡Recuerdo el nombre!
- ¿Qué nombre?
Levantó la mirada. Los sueños le merecían siempre un gran respeto.
- El nombre que me dijo cuando se lo llevaron a rastras para matarle. «Orxines ―eso fue lo que me dijo―. Recuerda este nombre. Orxines.»
- Tiéndete y tranquilízate un poco. Mira, ayer yo te dije que Orxines era un bellaco. Supongo que eso ha sido la causa de la pesadilla.
- No. Recuerdo la forma en que me lo dijo. Su voz sonaba distinta porque le habían cortado la nariz.
Me estremecí y él me abrazó para proporcionarme calor. Después me dijo:
- No es un nombre muy corriente pero puede haber otros. ¿Conocerías a este hombre?
- Había un señor de Persépolis. Si fuera él, lo reconocería.
- Escucha. Quédate a mi lado cuando le conceda audiencia. Yo te diré: «Bagoas, ¿has escrito aquella carta?» Si no es aquel hombre, contéstame que no y retírate. Si lo es, dime que sí y quédate. Te prometo que te conocerá antes de morir. Se lo debemos al alma de tu padre.
- Su última voluntad fue que yo le vengara.
- Lo querías. En eso, por lo menos, fuiste afortunado... Anda, duérmete. Ahora ya sabe que le has oído y no volverá a turbarte.
Al día siguiente el sátrapa se presentó con toda pompa como si ya hubiera sido confirmado en su puesto. Se adelantó hasta el trono en el que Alejandro se hallaba sentado vestido a la usanza persa y efectuó una postración llena de gracia. Siempre había sido muy cortés. Ahora tenía la barba gris y había engordado. Pronunció un discurso muy hábil acerca de su toma de la satrapía en bien del buen orden y del rey.
Alejandro lo escuchó tranquilamente y después me indicó por señas que me acercara.
- Bagoas, ¿has escrito aquella carta de que te hablé?
- Si, señor rey ―repuse―. Puedes estar seguro.
Y me quedé allí escuchando cómo lo acusaban de múltiples asesinatos. Era curioso que sólo lo recordara como al amigo de mi padre en quien confiaba todo el mundo. Seguía pareciendo el mismo, se le veía tan asombrado de escuchar tales cosas acerca de sí mismo que casi empecé a dudar hasta que Alejandro lo pilló desprevenido con algo ya demostrado. Entonces su rostro adquirió una expresión horrible; no hubiera podido reconocerlo.
Fue sometido a juicio poco después. Prestaron declaración los parientes de sus víctimas, muchos de ellos vestidos de harapos por haber sido asesinados sus padres para arrebatarles sus posesiones. Después vinieron los guardianes de las tumbas reales de Persépolis; es decir, los que no se le habían opuesto, porque los demás habían muerto. Darío el Grande le había permitido hacerse con un gran botín pero con Jerjes no le habían ido mal las cosas y hasta mi pobre amo muerto había sido despojado de los modestos objetos que había en su tumba. Pareció sorprenderse de que a Alejandro le importaran tales cosas. No pudo demostrarse su culpabilidad con respecto a la profanación de los huesos de Ciro por no haber testigos. Pero daba igual.
Alejandro dijo al final:
- Te erigiste tú mismo en pastor de tu pueblo. Si hubieras sido bueno, te habrías ido de aquí con honor. Pero has sido un animal de rapiña y morirás como tal. Lleváoslo... Bagoas, háblale si lo deseas.
Mientras se lo llevaban, le rocé el brazo. Incluso en aquellos momentos se mostró lo suficientemente orgulloso como para despreciar a un eunuco. Yo le dije:
- ¿Recuerdas a Artembares, hijo de Araxis, tu amigo y anfitrión al que traicionaste a la muerte del rey Arses? Soy su hijo.
Dudo que ello revistiera para él un significado especial después de todo lo demás. De todas formas, era demasiado orgulloso como para darlo a entender. Apartó mi mano y, de haber podido, me hubiera pisoteado.
- ¿Entonces todo eso te lo debo a ti? Hubiera debido pensar en la conveniencia de ganarme tu favor. Bien, han vuelto los viejos tiempos. Gobierna un eunuco.
- Y te colgará un eunuco porque es mejor que tú ―dijo Alejandro―. Bagoas, lo dejo en tus manos. Encárgate de que se cumpla la sentencia mañana.
En realidad no tuve que hacer nada. Se encargó de todo el capitán que solía hacerlo siempre, y sólo se dirigió a mí para que ordenara que lo levantaran. Lo vi mover las piernas y retorcerse en la elevada horca contra el espacioso cielo de Pasargada. Me avergoncé de que ello me resultara tan desagradable y de no poder experimentar excesivo placer. Con ello me mostraba desleal hacia mi padre e ingrato con Alejandro. Recé en mi corazón: «Querido padre, perdona que no sea un guerrero y haya abrazado mi destino. Acepta a este hombre que te mató y te privó de los hijos de tu hijo. Concédeme tu bendición.»
Debió concedérmela porque nunca más volví a soñar con él.
Tolomeo se ha limitado a escribir en su libro que Orxines fue ahorcado «por ciertas personas que se hallaban a las órdenes de Alejandro». Supongo que considera una falta de dignidad señalarme a mí. No importa. Nada sabe de la noche en que siendo yo todavía un muchacho mi señor consiguió arrancarme toda la historia. Era muy fiel a sus promesas tal como ha escrito el propio Tolomeo.
Alejandro ofreció la satrapía a Peuquestas, que le había salvado la vida en la ciudad maliana. Después de lo de Orxines, nadie le reprochó que no nombrara a un persa, aunque en realidad casi puede decirse que lo hizo. Peuquestas había llegado a amar nuestras tierras, nos comprendía y le gustaban nuestras formas de vida y hasta nuestros atuendos que le sentaban muy bien. Con frecuencia había hecho prácticas de persa conmigo. Gobernó bien la provincia y fue tan amado como odiado había sido Orxines.
Nos dirigimos después a Persépolis. Alejandro hubiera permanecido allí todo aquel tiempo de haber habido un palacio. Avanzando por el camino real vimos desde lejos las ennegrecidas ruinas de la terraza. Decidió plantar su tienda en el campo y yo me escabullí para contemplar los esplendores por los que había llorado Bubakes.
La arena ya había cubierto la escalinata real en la que avanzaba la cabalgata de los señores. Los guerreros esculpidos del friso avanzaban hacia el salón del trono sin techo en el que sólo reinaba el sol entre columnas esculpidas en forma de flor. El harén se hallaba cubierto de vigas carbonizadas; en su jardín amurallado crecían unas cuantas rosas sobre un lecho de cenizas. Regresé y no dije dónde había estado. Había transcurrido mucho tiempo desde que se había celebrado aquella fiesta de jóvenes armados de antorchas.
- Bueno, Bagoas ―me dijo Alejandro aquella noche―, de no ser por mí esta noche hubiéramos podido disfrutar de mejor alojamiento.
- No te apenes por ello, Alejandro. Construirás algo mejor y organizarás banquetes como hacía Ciro.
Sonrió. Pero estaba pensando en la tumba de Ciro. Le preocupaban mucho los presagios. Ahora aquellos huesos de grandeza, ennegrecidos y mellados elevándose contra un ocaso sombrío, exacerbaron su pesar.
- ¿Recuerdas que una vez me dijiste que las llamas eran divinas y que eran una cascada hacia arriba? ―le dije.
Y hubiera deseado añadir: «No hay fuego sin ceniza, Alejandro.» Pero me rozó una sombra y guardé silencio.
A continuación, emprendimos el camino hacia Susa donde estaba previsto que nos reuniéramos con el ejército de Hefaistión. En los desfiladeros hacía frío, pero el aire era suave y los espacios abiertos me estimulaban el corazón. Alejandro también se sentía dichoso. Tenía un nuevo proyecto que aún no quería revelarme. Lo vi resplandeciente y esperé buenos tiempos.
Pero una noche entró preocupado y me dijo:
- Kalanos está enfermo.
- ¿Kalanos? Nunca está enfermo. Hasta en el desierto se encontraba bien.
- Le he mandado llamar esta tarde; me apetecía hablar con él. Me ha mandado decir que fuera a verlo yo.
- ¿Que él te ha mandado decir que fueras a verlo tú?
Debo reconocer que me escandalicé.
- Como amigo. He ido, claro. Se hallaba sentado tal como hace siempre cuando medita, pero reclinado contra un árbol. Cuando me acerco suele levantarse aunque ya sabe que no es necesario. Pero esta vez me ha pedido que me sentara a su lado porque le habían fallado las piernas.
- No lo he visto desde Persépolis. ¿Cómo ha efectuado hoy la marcha?
- Alguien le ha prestado un asno. Bagoas, aparenta la edad que tiene. Cuando vino conmigo no sabía su edad, de lo contrario no me lo hubiera llevado. Un hombre de setenta años no puede modificar sus hábitos corporales sin sufrir daños. Había vivido tranquilamente muchos años, cada día lo mismo.
- Vino porque te amaba. Afirma que vuestros destinos estaban unidos en otra vida. Afirma...
Me detuvo por haber ido demasiado lejos, pero él levantó la mirada y me dijo:
- Prosigue, Bagoas.
Al final añadí:
- Afirma que eres un dios caído.
Se encontraba sentado desnudo en el borde del lecho dispuesto a tomarse el baño y estaba quitándose las sandalias. Desde que se había convertido en mi amante jamás me había permitido descalzarlo a no ser que estuviera herido o muy cansado; en este caso se encargaba de ello cualquier amigo. Ahora permaneció sentado y reflexionó largo rato frunciendo el ceño. Al final se limitó a decir mientras se quitaba la sandalia:
- He intentado convencerlo para que se acostara, pero ha dicho que tenía que terminar la meditación. Hubiera debido ordenárselo. Pero le he dejado allí ―lo comprendía; era lo que él mismo hubiera deseado también―. No me gusta su aspecto. Es demasiado viejo para someterse a esfuerzos. Mañana le enviaré un médico.
El médico vino para comunicar que Kalanos presentaba una hinchazón en las entrañas que hacia aconsejable su traslado en el carro de los enfermos. Él se negó, afirmando que ello perturbaría sus meditaciones y que si la necia bestia que era su cuerpo no quería obedecerlo, por lo menos tampoco tenía que mandarlo. Alejandro le ofreció un caballo muy dócil y al término de la marcha de cada día acudía a visitarlo para ver cómo se encontraba, observando que cada vez estaba más delgado y débil. Acudían a visitarlo también otras personas. Lisímaco, por ejemplo, lo apreciaba mucho. Pero a veces Alejandro iba solo. Una noche regresó tan apenado que todos los amigos se dieron cuenta. Pero hasta que no estuvimos solos no me dijo:
- Está decidido a morir.
- Alejandro, creo que sufre aunque él no lo diga.
- ¡Sufrir! Quiere morir quemado.
Yo lancé una exclamación de horror. Ello me hubiera escandalizado hasta en el lugar de ejecuciones de Susa. Además, se trataba de una contaminación del sagrado fuego.
- Lo mismo he pensado yo. Dice que en su tierra las mujeres lo hacen antes que sobrevivir a sus maridos.
- ¡Eso dicen los hombres! Yo vi hacerlo a una niña de diez años que deseaba vivir. Y ahogaron sus gritos con músicas.
- Algunas obedecen. Dice que no quiere vivir más de lo debido.
- ¿Podría curarse?
- El médico se niega a responder por él. Y él no quiere aceptar un régimen... De momento no me he negado en redondo. Hubiera podido hacerlo inmediatamente de la manera que fuera. A medida que pasen los días, es posible que se recupere. De momento no lo creo; me parece que sé leer las señales de la muerte. Pero una cosa estoy decidido a hacer. Cuando muera, morirá como un rey. Si es cierto que vivimos muchas vidas, eso era antes ―paseó un poco arriba y abajo―. Estaré allí como su amigo. Pero no podré verlo.
Llegamos a Susa. Nada se me antojó más extraño. El palacio estaba igual. Hasta seguían afanándose de un lado para otro algunos de los viejos eunucos que no se habían ido con Darío. Al enterarse de quién era yo, pensaron que había sido muy listo.
Lo que más extraño se me antojó fue permanecer de nuevo bajo las sombras de la lámpara de la parra de oro y ver otra cabeza sobre la almohada. Sobre la mesa seguía encontrándose la arquilla adornada con incrustaciones. Lo sorprendí mirándome. Resistió la mirada de mis ojos y extendió la mano.
Después me preguntó:
- ¿Ha sido mejor?
Ni siquiera pudo esperar a que se lo dijera suponiendo que ello le hiciera falta. En algunas cosas era como un chiquillo.
El patio de la fuente con sus pájaros estaba muy bien cuidado. Alejandro dijo que sería un lugar ideal para Kalanos. Yacía tendido en el pequeño aposento y cada vez que acudía a verle me pedía que abriera una jaula. No me atrevía a decirle que se trataba de pájaros exóticos a los que costaría vivir en libertad. Su último capricho era verlos volar.
El ejército de Hefaistión, con los elefantes, había llegado antes que nosotros. Alejandro comunicó a sus amigos el deseo de Kalanos y ordenó a Tolomeo que preparara una pira real.
Era como el diván de un rey, cubierto de estandartes y guirnaldas; debajo estaba lleno de pez y terebinto y yesca y todo lo que pudiera producir una rápida y violenta llama, mezclado con incienso árabe.
En la plaza que se extendía frente a palacio en la que se habían celebrado todas las grandes ceremonias desde los tiempos de Darío el Grande, los Compañeros ocupaban uno de los lados y en otros dos estaban los heraldos y los trompeteros. En el cuarto lado se encontraban los elefantes recién pintados, cubiertos con paños bordados de lentejuelas y con los colmillos dorados. El rey Poros no hubiera podido pedir más.
Alejandro había elegido el cortejo. Los persas y macedonios más apuestos que había, montados en los más altos caballos y completamente armados; después los portadores de las ofrendas con dones sepulcrales dignos de una tumba real: telas bordadas con perlas y piedras preciosas, copas de oro, jarros de dulce aceite y cuencos de incienso. Había que depositarlo todo en la pira para que ardiera con Kalanos. Alejandro vino en el carro de Darío adornado con colgaduras blancas en señal de duelo. Tenía el rostro tenso y hundido. Creo que organizó todos aquellos fastos no sólo para honrar a Kalanos sino para hacerlo más soportable.
Al final vino el muerto viviente. Cuatro fornidos macedonios portaban la camilla a la altura del hombro. El espléndido caballo nisayano que no había podido montar por encontrarse demasiado débil, era conducido a su lado para ser sacrificado junto a la pira.
Kalanos lucía una gruesa guirnalda de flores alrededor del cuello y sobre el pecho, tal como hacen los indios el día de la boda. Cuando estuvo mas cerca pudimos oír que cantaba.
Cuando lo depositaron en el féretro, seguía cantándole a su dios. Después, en aquel entierro de un vivo, empezaron a venir sus amigos para despedirse.
Se acercaron toda clase de personas, generales y soldados, indios, músicos, servidores. Los portadores de las ofrendas empezaron a amontonar los dones en la pira. Él sonrió y dijo a Alejandro:
- Es muy propio de ti haberme ofrecido recuerdos para mis amigos.
Lo regaló todo. El caballo a Lisímaco, las telas y lo demás a todos los que le habían conocido bien. Al acercarme a estrecharle la mano, me regaló una copa persa con un león grabado, al tiempo que me decía:
- No temas, beberás hasta el final y nadie te lo arrebatará.
Al final se acercó Alejandro. Nos apartamos a un lado por respeto mientras éste se inclinaba para abrazarlo. Pero Kalanos le dijo muy bajo de tal forma que sólo lo oyeron los que estaban más cerca:
- No tenemos que despedirnos. Estaré contigo en Babilonia.
Todo el mundo se retiró. Se acercaron gran número de portadores de antorchas para que el fuego prendiera con rapidez. Al empezar a elevarse las llamas, Alejandro ordenó que se interpretara el himno de batalla. Sonaron las trompetas, y los soldados gritaron. Los naires gritaron a los elefantes que levantaron las trompas y éstos barritaron el saludo que se dirige a los reyes.
Alejandro siempre se había mostrado respetuoso con el orgullo de aquellos a quienes amaba. En la seguridad de que ningún anciano enfermo podría soportar el espantoso dolor sin un grito, se encargó de que nadie pudiera escucharlo. Al elevarse el fuego inclinó la cabeza para no verlo. Pero yo puedo atestiguar que Kalanos permaneció tendido con las manos dobladas sobre el pecho mientras se encogían las flores que había debajo de ellas; no modificó el semblante ni abrió la boca. Sólo lo miré hasta que empezó a desfigurarse, pero todos los que le contemplaron hasta el final se mostraron de acuerdo en afirmar que no se movió.
Le había hecho prometer a Alejandro que no observaría duelo por él, sino que organizaría fiestas. Buen método para alegrarse, sólo que, no habiendo jamás probado vino, nunca había asistido a ningún banquete macedonio. Aquella noche todos se comportaron como unos locos, tal vez a causa del horror o del pesar o de ambas cosas; alguien propuso un concurso de bebedores a modo de juegos funerarios y Alejandro estableció el premio. Creo que el ganador ingirió una cantidad increíble de vino. Muchos permanecieron tendidos sin sentido por el suelo o los divanes hasta la mañana del día siguiente. Lo cual no fue una manera muy adecuada de pasar una fría noche invernal de Susa. El ganador murió de frío junto con muchos más. Por consiguiente, a Kalanos se le sacrificó algo más que un caballo.
Alejandro había juzgado, pero no había participado en el concurso. Se retiró a la alcoba caminando por sí mismo, ya serenado y muy triste.
- ¿Qué ha querido decir ―me preguntó― al afirmar que estaría conmigo en Babilonia? ¿Es que volverá a nacer siendo babilonio? ¿Cómo podré reconocer al niño?
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El muchacho persa
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