Capítulo 26

Al día siguiente me preguntó:

- ¿Jamás has visto a la reina Sisigambis, verdad?

Había escuchado su nombre como si éste perteneciera a un antiguo relato. Era la reina madre de Persia a la que Darío había dejado abandonada en Isos.

- No repuse, ya estaba contigo antes de que yo me incorporara a la corte de aquí.

- Muy bien. Quiero que vayas a verla de mi parte casi había olvidado que Alejandro la había instalado en Susa con las jóvenes princesas al morir la reina. Si te recordara de la corte, no daría resultado, ¿comprendes? Pero puesto que no puede recordarte me gustaría enviarle algo bonito después de tanto tiempo de enviarle cartas y regalos. ¿Recuerdas que en Maracanda escogiste para ella un collar de turquesas? Te gustaría conocerla. Preséntale mis respetos, dile que estoy impaciente por verla, pero que el trabajo me lo ha impedido. Pregúntale si me concederá la gracia de recibirme dentro de una hora, y entrégale esto.

Me mostró un collar de rubíes indios en su estuche.

Me dirigí al harén. La última vez que había acudido allí lo había hecho en compañía de Darío y aspirando el perfume de la túnica de éste.

A la entrada de los aposentos de la reina, llamaron a un anciano y majestuoso eunuco para que me concediera la autorización. Se mostró amable conmigo sin dar muestras de saber lo que yo había sido, aunque tales personas lo saben todo. Lo seguí por un corredor de celosías iluminadas por el sol y crucé con él una antesala en la que unas damas se hallaban sentadas conversando o bien jugando al ajedrez. Llamó a una puerta, me anunció, dijo quién me enviaba y se retiró.

Se hallaba sentada muy erguida en un asiento de alto respaldo, con los brazos apoyados sobre los brazos del mismo; sobre los extremos en forma de cabeza de ariete, sus dedos eran tan hermosos como husos de marfil. Iba vestida de azul oscuro, con un velo azul oscuro cubriéndole el blanco cabello. Su rostro estaba exangüe, el rostro de un viejo halcón blanco rumiando sobre un peñasco. Lucía alrededor del cuello el collar de turquesas de Maracanda.

Efectué la postración con el mismo cuidado que la primera vez que la había efectuado ante Darío. Al levantarme me dirigió la palabra con la cascada voz propia de su edad.

- ¿Cómo está mi hijo, el rey?

Me quedé mudo. ¿Cuánto tiempo llevaba en aquel estado? Le habían entregado el cuerpo de Darío para que lo arreglara con vistas al entierro. ¿Por qué no le había dicho nadie a Alejandro que había perdido el juicio? Si le decía la verdad, era posible que se pusiera furiosa, me arañara con aquellos largos dedos marfileños o se golpeara la cabeza contra la pared.

Desde los arrugados párpados sus viejos ojos me miraron fieros y brillantes. Parpadearon rápidamente una o dos veces como los de un halcón sin caperuza. Parecían impacientes. Mi lengua se resistía a moverse. Ella golpeó un brazo del asiento con la mano.

- Muchacho, te estoy preguntando cómo está mi hijo Alejandro su oscura mirada penetrante se encontró con la mía; había leído mis pensamientos; levantó la cabeza y la apoyó contra el respaldo. Sólo tengo un hijo rey. Jamás ha habido ningún otro.

Conseguí recuperar el aplomo, recordé mi adiestramiento, le comuniqué el mensaje como es debido y, arrodillándome, le ofrecí el presente de Alejandro. Ella tomó los rubíes con ambas manos y llamó a las dos ancianas damas de compañía que se encontraban junto a la ventana.

- Mirad lo que me envía mi hijo.

Ellas lo admiraron, fueron autorizadas a tocarlo y yo me quedé arrodillado con el estuche hasta que alguien lo tomara mientras recordaba al hijo que ella había rechazado.

Tras huir de Isos debió adivinarlo. Conociéndola, ¿quién no lo hubiera adivinado? Sólo había podido saber que su lugar había sido ocupado por otro. En el patio de la fuente yo había tocado el arpa suavemente para aliviar un pesar que sólo ahora comprendía. Por eso su furia se había descargado sobre el pobre Tiriotes. ¿Supo que ella había rechazado su rescate en Gaugamela? Tal vez se lo habían ocultado. Era mejor que no hubieran vuelto a encontrarse. Pobre hombre, bastante tuvo que sufrir.

Ella se dio cuenta de mi situación y le indicó a una de las damas que tomara el estuche.

- Agradécele a mi señor el rey el regalo y dile que le recibiré gustosamente.

Cuando salí, aún seguía acariciando las joyas sobre su regazo.

- ¿Le ha gustado? me preguntó Alejandro más ansioso que si hubiera sido su amante; yo le dije que se había mostrado muy complacida. Me lo dio el rey Poros. Me alegro de que lo haya considerado digno de su persona. Allí está el Gran Rey que hubiera gobernado a tu pueblo si Dios la hubiera hecho hombre. Ambos lo sabemos. Y nos entendemos.

- Mejor que Dios la hiciera mujer, de lo contrario hubieras tenido que matarla.

- Sí, y con ello me he librado de un gran pesar. ¿Tenía buen aspecto? Tengo algo importante que comunicarle. Quiero casarme con su nieta -a través de mi asombro consiguió leerme la expresión del rostro. ¿Eso te agrada más que la última vez, verdad?

- Alejandro, agradará a todos los persas.

No había posado los ojos en Estateira desde que ésta era una niña en Isos, ocultando el rostro en el regazo de su madre. Se trataba de un matrimonio de rango que honraría a nuestro pueblo y daría lugar a una estirpe real que llevaría la sangre de Sisigambis, había dicho, y también la de Darío. En cuanto a Roxana, en su calidad de segunda esposa, seguiría ocupando una posición superior a su categoría. Darío jamás la hubiera convertido en otra cosa más que en una concubina. Guardando para mí todas estas reflexiones, me apresuré a felicitarlo.

- Ah, y eso no lo es todo.

Nos encontrábamos en el patio de la fuente, un lugar apacible, cuando los salones se encontraban repletos de enviados y funcionarios. Recogió en la palma de la mano el agua que manaba de la fuente y volvió a dejarla correr. Estaba sonriendo.

- Vamos, Alejandro, cuéntame el secreto. Te lo he leído en la cara.

- ¡Ya lo sabía! Ahora puedo decírtelo. No se tratará sólo de mi boda sino del matrimonio de nuestros dos pueblos.

- Ciertamente que sí, Alejandro.

- No, espera. Todos mis amigos, mis generales y mis mejores Compañeros contraerán matrimonio con damas persas. Les ofreceré dote a todas y todos celebraremos una misma fiesta de bodas. ¿Qué te parece?

- Alejandro, a ningún otro hubiera podido ocurrírsele.

Lo cual era verdad.

- Se me ocurrió en el transcurso de la marcha pero tuve que esperar hasta reunirme con el ejército. La mayoría de ellos servían en éste.

Bueno, ahora comprendía por qué no me lo había dicho. Mal podía comunicarme la boda de Hefaistión antes de que el novio se enterara.

- He estado pensando dijo cuántas parejas harían una buena fiesta sin que el pabellón estuviera demasiado abarrotado de gente. He decidido que serán ochenta recuperándome del asombro le dije que me parecía bien. Ofreceré dotes a todos los soldados que hayan contraído matrimonio con mujeres persas. Son unos diez mil, creo.

Jugó sonriendo con el agua de la fuente iluminada por el sol que caía de su mano como si fuera de oro.

- Haremos una cosa nueva. Dos buenos vinos mezclados para conseguir otro mejor en una gran copa de varias asas. Hefaistión se casará con la hermana de Estateira. Me gustará que sus hijos sean parientes míos supongo que debió percatarse de mi silencio; me miró a la cara, se acercó y me abrazó. Querido mío, perdóname. Del amor nacen algo más que hijos. «Los hijos de los sueños», ¿recuerdas? Todo eso lo has engendrado tú; amándote a ti aprendí a amar a tu pueblo.

Después de esto, no constituyó para mí ningún dolor interpretar mi papel. Que fue el de convocar a las novias y sus madres, traer regalos y explicarles los detalles. Fui bien recibido en los harenes; si alguien había tenido otros planes antes de que Alejandro forjara el suyo, nadie lo dijo. Como es natural, para los más grandes macedonios había escogido a las más nobles de las prometidas y si éstas no siempre eran agraciadas, no puede tenerse todo. A las princesas no las vi pero no pensaba que Dripetis pudiera decepcionar a Hefaistión; era una familia bien parecida. En el transcurso de todos aquellos años, jamás había oído decir que hubiera tenido una amante, pero si Alejandro le exigía sobrinos y sobrinas, era indudable que los engendraría para complacerlo.

Algún necio, cuyo nombre no merece recordarse, ha escrito que Alejandro desairó a nuestro pueblo porque ningún noble persa contrajo matrimonio con una macedonia. ¿Y de dónde hubieran podido venir estas esposas? Nos encontrábamos en Susa. Sólo había las concubinas y las mujeres que seguían el campamento. Es de suponer lo que hubieran dicho las señoras madres de Macedonia si se hubieran visto obligadas a enviar a sus hijas doncellas a los lechos de unos «bárbaros» desconocidos. ¿Pero a qué gastar palabras en esta necedad?

Alejandro quería que fuera la mayor fiesta de todo su reinado. Cuando todavía faltaban muchas semanas para el acontecimiento, todos los tejedores y grabadores y orfebres de Susa trabajaban hasta altas horas de la noche. No acudí a ver si mi antiguo amo prosperaba. No se vuelve al estercolero al que uno fue arrojado.

Desde que el rey había regresado, habían estado afluyendo desde Grecia toda clase de artistas; la noticia de los festejos les hizo acudir en gran número. Uno de ellos, un flautista de cierto renombre llamado Evios, provocó una pelea trivial; o lo que hubiera podido calificarse de trivial de no haber estado previamente enemistados los hombres que en ella intervinieron. Así empiezan las guerras tanto entre los pueblos como entre los hombres. Lo mismo sucedió con Eumenes y Hefaistión.

A Eumenes lo conocía sólo de lejos. Pero había sido primer secretario durante el reinado de Alejandro y durante el del padre de éste. Era un griego que había tenido tiempo de dedicarse a guerrear en la India con mucho éxito. Tenía unos cuarenta y cinco años, tenía el cabello entrecano y era astuto. No sé por qué él y Hefaistión habían estado siempre enemistados. Yo suponía que ello debía remontarse a la infancia de Hefaistión. Tal vez Eumenes le envidiaba el amor de Alejandro; tal vez simplemente lo desaprobaba tal como debía hacer con respecto al mío. Yo jamás le di importancia sabiendo que no podía causarme ningún daño. En el caso de Hefaistión era distinto. Al regresar éste con el ejército, Alejandro lo había nombrado quiliarca, que es el equivalente griego de nuestro segundo después del rey. Era incorruptible en su cargo; pero, entre otras cosas, quisquilloso a propósito de su dignidad.

Le sucedía desde que había estado en la India, donde había padecido fiebres ictéricas. Los médicos dicen que hay que pasarse después mucho tiempo sin beber, pero que se lo digan a un macedonio. Además, poseía un temperamento muy constante tanto para el amor como para el rencor.

Siempre se había mostrado cortés con los persas; por Alejandro y porque nosotros poseemos unos modales exquisitamente civilizados. Resulta imposible una pelea entre persas de buena educación. Tras considerar el asunto, nos envenenamos unos a otros o bien llegamos a un acuerdo. Los macedonios que no sufren tales inhibiciones inician inmediatamente una discusión.

Este flautista, llamado Evios, era un antiguo amigo suyo ya antes de mi llegada. Por consiguiente, Hefaistion se encargó de atenderlo. Susa se estaba llenando. El alojamiento que había encontrado para Evios había sido ocupado por personas de la casa de Eumenes a las que Hefaistion echó.

Eumenes, que por lo general era un hombre tranquilo, acudió a verlo muy enojado. Mientras que un persa hubiera dicho que había sido un terrible error, pero, que ya era demasiado tarde para remediarlo, Hefaistión le dijo a Eumenes que estaba en la obligación de alojar a los huéspedes de honor igual que cualquier otro.

Eumenes, cuyo cargo era también muy encumbrado, acudió directamente a Alejandro, a quien costó mucho restablecer la paz. Consiguió alojar al flautista en otro sitio; yo mismo me encargué de ello. De haber querido, hubiera podido escuchar lo que dijo a Hefaistión, pero recordé aquella mañana del desierto y me alejé.

Si, como supongo, Alejandro pidió a Hefaistión que se excusara ante Eumenes, éste no debió hacerlo por considerarlo por debajo de su rango. La enemistad prosiguió. Una riña mezquina; ¿a qué recordarla? De no ser porque el final añadió veneno al amargo pesar de mi señor y lo enloqueció.

Entre tanto, no poseyendo dotes de presciencia, dejé de pensar en ello. Y creo que lo mismo debió sucederle a Alejandro, que aún estaba más ocupado que yo. Visitaba con frecuencia a la reina madre y le habían presentado a su prometida. Me dijo que ésta se parecía a su madre y que era una doncella gentil y recatada. No me lo dijo con el mismo enardecimiento con que me había hablado de Roxana. No me atreví a preguntarle cómo había recibido ésta la noticia.

Llegó el día de la fiesta. Era posible que Darío el Grande hubiera visto esplendores semejantes, pero nadie de los que entonces vivían los habían visto jamás. Toda la plaza del palacio había sido convertida en un enorme pabellón; en el centro, la tienda de los novios, de fina tela adornada con borlas doradas y sostenida por columnas de oro. A su alrededor, los toldos de los invitados. Las bodas se celebrarían según el rito persa. En la tienda nupcial había pares de asientos dorados. Habiendo sido educadas en la modestia, las novias sólo entrarían cuando ya se hubieran efectuado los brindis; sus prometidos las tomarían entonces de las manos, se entonaría el canto nupcial y después se retirarían.

Como es natural, sus padres estarían presentes. Alejandro me pidió que los atendiera porque deseaba que estuviera presente en los ritos.

Lucía la mitra y la túnica real persa con manga larga y todo. A decir verdad, su atuendo griego a medias le sentaba mejor; aquello requeriría más bien una estatura como la de Darío. Pero si algo se aprende en Persia, este algo es que un rey es tan alto como su alma.

Para que los numerosos invitados de inferior categoría no se perdieran la ceremonia, había dispuesto que hubiera heraldos en el exterior de la tienda, los cuales tocarían la trompeta cuando se hubieran efectuado los brindis, proclamarían el contenido de éstos y anunciarían la entrada de las novias.

Todo salió a pedir de boca. En presencia de los suegros, hombres de la más noble sangre persa, los novios se abstuvieron de beber en exceso y ni siquiera se llamaron a gritos unos a otros.

No se efectuaron postraciones. Alejandro había otorgado a todos los padres la categoría de Parientes Reales, lo cual los autorizaba a besarlo en la mejilla. Puesto que él carecía de suegro, Oxatres ocupó este lugar y lo hizo muy bien, aunque tuvo que agacharse para darle el beso.

El rey hizo el brindis nupcial; los novios brindaron por los padres, los padres les devolvieron la cortesía y todo el mundo bebió por el rey. Las trompetas anunciaron la entrada de las novias. Los padres de éstas les salieron al encuentro, las tomaron de la mano y las condujeron hasta sus prometidos.

Aparte los campesinos, raras veces puede verse juntos a los hombres y mujeres persas. A pesar de lo que digan los griegos, en ningún lugar de la tierra puede encontrarse más belleza entre nuestros nobles que tanto tiempo y tan exquisitamente la han cultivado. La pareja más hermosa era la principal, integrada por Oxatres y su sobrina tomados de la mano. Alejandro se levantó para salirles al encuentro y recibir a la novia. Si, las hijas de Darío habían heredado la apostura de éste. Y también su estatura. La novia le pasaba a Alejandro un buen trozo.

Él la acompañó al asiento de honor situado al lado del trono y entonces desapareció la diferencia. La había conocido en los aposentos de la reina madre y Alejandro lo era todo menos carente de recursos. Ordenó que acortaran las patas del asiento de la novia.

Claro que tendrían que caminar el uno al lado del otro cuando las parejas se retiraran. Pero casi podía escuchar su voz diciendo: «Es necesario.» (Días más tarde encontré oculto en un oscuro rincón el calzado que había utilizado para la ceremonia de la boda. En las suelas había mandado aplicar dos dedos de fieltro. No se había tomado la misma molestia para reunirse con el corpulento Poros.)

Hefaistión y Dripetis hacían buena pareja. Ella era exactamente de su misma estatura.

La fiesta se prolongó a lo largo de toda la noche. Me reuní con viejos amigos y no tuve que simular una alegría no sentida. Habían pasado muchos años desde que Alejandro había entrado en Susa concediéndole la gracia de su perdón. Se había ido lejos y había pasado a convertirse en una leyenda mientras se obraba el mal en su nombre. Ahora lo conocían. En aquella ciudad se recuerda a Ciro; se recuerda que no profanó los santuarios de los medos conquistados, que no deshonró a la nobleza ni esclavizó a los campesinos siendo un rey justo para todos nosotros. Que un occidental pudiera demostrar ser lo mismo, constituía el asombro de todo el mundo. Procuré recordar todo lo que me habían dicho para podérselo comunicar más tarde. Había conseguido lo que se había propuesto.

Es indudable que no hizo menos en el lecho nupcial. Estateira quedó instalada en los aposentos reales pero las visitas de Alejandro se convirtieron en simples visitas de cortesía mucho más pronto de lo que había sucedido en el caso de Roxana. Es más, a los pocos días visitó a la sogdiana. Es posible que lo hiciera para sanar sus sentimientos heridos, pero no estoy demasiado seguro. Tal como él había dicho, Estateira era una muchacha gentil y recatada; y él era amante del fuego. Roxana lo poseía aunque echara humo. Pronto se había cansado de ella, pero de vez en cuando volvía a sentirse atraído. Olimpia, su madre, aquel torbellino real, seguía zahiriendo al regente en todas sus cartas. Él las arrojaba al suelo encolerizado, pero con su respuesta iba siempre un regalo amorosamente escogido. Tal vez haya algo de verdad en lo que se dice a propósito de la elección de esposa por parte de los hombres. Había conseguido lo que se había propuesto. Sí, entre mi pueblo.

Yo me sentía muy dichoso. En varias ocasiones recibí duras miradas por parte de los macedonios, pero sucede que aquellos a quienes aman los reyes son siempre objeto de envidia; lo mismo le sucedía a Hefaistión, que ocupaba un puesto mucho más importante que el mío. Jamás hubiera podido creer que los persas fueran tan odiados hasta que vi pasar a Peuquestas, a caballo, vestido a la usanza persa. Nuestras gentes, que ya conocían su valía, lo saludaron. Cuando hubo pasado, escuché el comentario de algunos macedonios. Se había convertido en un bárbaro. Era repugnante. ¿Cómo podía fomentar el rey tal cosa? Aunque, por otra parte, ¿en qué se había convertido el rey?

Observé sus rostros y su actitud. No hubiera debido lamentar perjudicarles ante Alejandro. Pero con ello sólo conseguiría herir a éste sin prestarle ningún servicio. Él había esperado poder cambiar los corazones, no las palabras.

Poco después se enteró de que las tropas macedonias estaban agobiadas por las deudas y que los acreedores las acosaban. Con el botín recibido, hubieran podido ser tan ricos como príncipes, pero no tenían idea de lo que es el regateo tal como nosotros los persas lo entendemos. Pagaban el doble por todo lo que compraban, comían y bebían, y por las personas con quienes se acostaban. Al enterarse de sus apuros, como si no hubiera gastado bastante con las dotes de sus matrimonios, Alejandro dijo que se encargaría de solucionarlo. Pocos fueron los que se adelantaron y, al final, los oficiales le revelaron la verdad. Los hombres estaban diciendo que lo que él quería era saber quién gastaba más de lo debido.

Le dolió mucho más que todo lo que le había sucedido desde aquel día en la India en que habían supuesto que les estaba mintiendo. No podía entenderlo. Yo hubiera podido explicárselo. Cuanto más se aproximaba a nosotros, tanto más se iba convirtiendo para ellos en un extraño.

Ordenó que se colocaran mesas de banca en el campamento y dijo a sus habilitados que no anotaran nada. A todo soldado que presentaba la factura de un deudor se le pagaba el correspondiente importe sin anotar ningún dato. Esta magnanimidad le costó cerca de diez mil talentos. Pensé que con ello conseguiría cerrarles la boca durante algún tiempo.

Estaba llegando la primavera; junto al río podía aspirarse el olor de la naciente savia. Los lirios no tardarían en florecer. Una mañana en que paseaba a caballo junto al mismo en compañía de Alejandro, éste contempló las colinas y me preguntó:

- ¿Dónde estaba tu casa?

- Allí, junto a aquella peña. Aquello gris que parece una roca es la atalaya.

- Buen sitio para una fortaleza. ¿Quieres que nos acerquemos a verlo?

- Alejandro, vería demasiadas cosas.

- No las veas ahora. Escucha la noticia que te había ocultado. ¿Recuerdas que hace cinco años te dije que empezaría a reunir un ejército de muchachos persas?

- Sí. Nos encontrábamos en Bactria. ¿Sólo han transcurrido cinco años?

- A mí me parece que hace más tiempo le hemos dedicado toda nuestra atención en realidad, en treinta años era como si hubiera vivido las vidas enteras de tres hombres. Bueno, han pasado los cinco años. Ya están preparados y se disponen a venir.

- Es maravilloso, Alejandro.

Hacía seis años que estaba a su lado; trece habían transcurrido desde que había abandonado aquellas murallas montado a caballo con la cabeza de mi padre.

- Sí, los instructores se muestran muy satisfechos de ellos el galope borró mi tristeza que era lo que él había pretendido. Mientras los caballos recuperaban el resuello, añadió: Treinta mil, todos de dieciocho años. Creo que veremos algo interesante.

Llegaron a Susa siete días más tarde. Alejandro mandó colocar una tarima en la terraza del palacio para que él y sus generales pudieran presenciar el desfile de las nuevas fuerzas. Después, desde el campamento que se había instalado al otro lado de las murallas, se escuchó el sonido de la trompeta macedonia: «Caballería en marcha».

Llegaron en escuadrones, armados al estilo macedonio, pero montados en buenos caballos persas, no en esmirriados corceles griegos. En primer lugar iban los persas de Persis.

Con atuendo macedonio o sin él, los persas son persas. Sus oficiales no les habían prohibido aquellos pequeños detalles que confieren cierto aire: una mantilla de silla bordada, una coraza adornada, una banderola en la lanza macedonia, unas relucientes bridas, una flor adornando el yelmo. Y poseían rostros persas.

No creo que todos se hubieran alistado voluntariamente, pero ahora se les veía orgullosos de su adiestramiento. Cada uno de los escuadrones avanzó cabriolando hacia la plaza con las lanzas en alto; después aminoró el paso siguiendo el ritmo de la música, se arrodilló ante la tarima real y saludó con las lanzas. Después llevó a cabo ejercicios de habilidad, volvió a saludar y se retiró mientras se acercaba el siguiente.

Todo Susa lo contempló desde las murallas y los tejados de las casas. La plaza estaba llena de macedonios. Nadie niega que eran el ejército mejor adiestrado que ha existido jamás. Todo lo que hicieron aquellos jóvenes hubieran podido hacerlo ellos con la misma habilidad. Pero nosotros poseemos más sentido de lo que es el estilo. Y Alejandro también lo poseía.

Al terminar el largo desfile, se alejó, resplandeciente de dicha, hablando con los persas de su cuerpo de guardia, Oxatres, el hermano de Roxana, y uno de los hijos de Artabazos. Al otro lado de la gran sala sus ojos se encontraron con los míos y entonces me dirigió una sonrisa. Se acostó tarde porque se había entretenido charlando y bebiendo tal como solía hacerlo cuando estaba de buen humor.

- Jamás había contemplado tanta belleza en un día; pero es que también he escogido a los mejores me tiró suavemente del cabello. ¿Sabes cómo llamo a estos muchachos? Les llamo mis Sucesores.

- Alejandro le dije mientras le quitaba la túnica, ¿les has llamado así ante los macedonios?

- ¿Y por qué no? También me engendrarán sucesores. ¿Qué ocurre?

- No sé. No les has arrebatado nada. Pero no les gusta que exhibamos nuestra calidad.

Se levantó vestido únicamente con sus muchas heridas y echó el cabello hacia atrás. El vino no le había embotado sino que lo había enardecido.

- Odiar la calidad es odiar a los dioses hablaba tan alto que el Compañero que se hallaba de guardia miró para ver si todo estaba en orden. Hay que saludarla en todas partes, entre pueblos desconocidos de remotos confines de la tierra; pero no hay que abaratarla jamás empezó a pasear arriba y abajo. La reconocí en Poros a pesar de que su negro rostro se me antojaba extraño. Y en Kalanos. La encuentro en tu pueblo. Y teniéndolo en cuenta he mandado ahorcar tanto a sátrapas persas como a macedonios. Disculpar sus crímenes considerándolos algo connatural en ellos hubiera sido despreciarles.

- Sí. Somos una raza antigua. Estas cosas las comprendemos.

- Estas cosas y otras -dijo dando por terminado el discurso y extendiendo los brazos.

Los griegos han escrito que hacia aquella época empezó a mostrarse más iracundo. No me extraña. Quería ser Gran Rey tanto de nombre como de hecho y todo lo que hizo para conseguirlo fue mal visto por su propio pueblo. Algunos pocos amigos lo comprendieron Hefaistión entre ellos, lo reconozco, pero los demás hubieran preferido verlo convenido en amo de una raza de esclavos viéndose ellos convertidos a su vez en amos de inferior categoría. No ocultaban sus sentimientos en relación con las nuevas tropas. Y, además, aunque la herida del costado ya se le había curado, seguía cansándose más que de costumbre, si bien antes hubiera preferido morir que reconocerlo.

Dicen que le estropeamos con nuestro servilismo; quizás a unas personas tan toscas debió parecerles tal cosa. Nosotros sabíamos que lo habíamos acostumbrado a las buenas maneras y a una corte civilizada. Él sabía que era necesario. Los persas que hubieran logrado vituperar a un rey hubieran considerado a éste un bárbaro sin casta ni dignidad y se hubieran sentido humillados de servirlo. Cualquier necio de Persia lo sabe. Yo lo atribuyo todo a ignorancia.

¿Acaso perdieron algo por nuestra culpa? Les regaló todas aquellas dotes matrimoniales, pagó sus deudas, organizó un desfile de honor con gran cantidad de regalos y premios al valor y el buen servicio. Y, sin embargo, cuando incorporó al cuerpo de los Compañeros a algunos persas auténticamente distinguidos, se ofendieron. Si a veces se mostraba iracundo, ellos tenían la culpa. Conmigo jamás lo fue.

Estaba bien entrada la primavera y decidió ir a pasar el verano a Ecbatana tal como habían hecho los reyes que lo habían precedido. El grueso de las tropas, bajo el mando de Hefaistión, subiría por el valle del Tigris hacia Opis, desde donde pueden atravesarse fácilmente los desfiladeros. Alejandro, para ver algo nuevo que pudiera resultar de utilidad, se trasladó a Opis en barco. Allí abajo, el Tigris ya ha perdido su ferocidad. Fue una agradable travesía por la tortuosa corriente entre palmerales y ubérrimos campos a cuyos bordes, junto a la orilla, los bueyes hacían girar las ruedas hidráulicas. El río estaba lleno de antiguas presas inútiles que él ordenó eliminar a su paso; avanzamos muy lentamente durmiendo en la orilla o bien a bordo, según le apeteciera. Con ese descanso olvidó la corte, las preocupaciones y la cólera. Verdes días llenos de paz.

Hacia el término de la travesía, mientras destruían una de aquellas presas, nos encontrábamos amarrados en una umbrosa caleta. Él se tendió en la popa bajo un toldo a rayas con mi cabeza sobre sus rodillas. En otros tiempos hubiera mirado a su alrededor por si había macedonios observándonos. Ahora hacía lo que le venía en gana sin importarle lo que éstos pudieran pensar. De todas formas, no había nadie de importancia. Levantó los ojos hacia las ondulantes palmeras y jugueteó perezosamente con mi cabello.

- En Opis llegaremos al Camino Real que conduce al oeste y podré enviar a los viejos veteranos a casa. Han trabajado mucho desde que en la India me dijeron que estaban muy cansados. Es cierto, tal como dice Jenofonte, que el comandante padece las mismas penalidades, pero para él no es lo mismo. Fueron sus lágrimas las que me conmovieron. Necios y tercos... pero unos tercos que corrían un peligro. Cuando vuelvan a casa, no tendré la culpa de que lo echen de menos.

El ejército llegó antes que nosotros. Es una ciudad mediana con amarillas casas de ladrillos de barro y, al igual que todas las ciudades que se encuentran a lo largo del Camino Real, con un alojamiento construido en piedra para el rey. En el llano estaba empezando a hacer calor pero nosotros no íbamos a quedarnos mucho tiempo. En el transcurso de la marcha del ejército por tierra no había sucedido nada digno de mención como no fueran las constantes peleas entre Hefaistión y Eumenes.

Todo había empezado antes de la llegada a Susa. En Carmania, viéndose precisado a efectuar algunas reparaciones en la flota, Alejandro les pidió un préstamo a sus amigos prometiéndoles devolverlo al llegar a la capital. El dinero llegó sano y salvo a través del desierto y Alejandro lo devolvió posteriormente. Pero Eumenes se mostró muy tacaño. Cuando llegó su contribución, Alejandro dijo con ironía que no quería robar a los pobres y se la devolvió.

- No sé me dijo aquella noche qué es lo que salvaría si ardiera su tienda.

- Pruébalo, Alejandro le dije.

Estaba bastante embriagado y ambos nos reímos. No creía que fuera a hacerlo jamás. Al día siguiente ardió la tienda. Lo malo es que ardió con tanta rapidez que se perdieron el diario real y las cartas de gobierno. El dinero salió, en cambio, en forma de lingotes. Aproximadamente unos mil talentos. Alejandro no exigió ninguno. Había gastado una broma y le había salido cara. No sé si Eumenes debió pensar que el causante había sido Hefaistión. Después de lo de Susa, si hubiera pisado unos excrementos de perro, Eumenes hubiera sospechado que Hefaistión los había puesto allí adrede.

En el transcurso de la marcha hacia Opis, encontrándose en declarada enemistad, fueron causa de la formación de bandos. Dudo que éste hubiera sido su propósito. A Hefaistión no le hacia la menor falta y Eumenes era un griego muy astuto que jamás hubiera cometido un error. No había habido alborotos pero aquellos que odiaban las aficiones persas del rey y sabían que su amigo se limitaba a soportarlas, se fueron agrupando alrededor de éste sin que nadie los obligara.

Cuando llegamos allí, Eumenes estaba inquieto. Acudió a ver a Alejandro, le dijo que le apenaba mucho aquella enemistad y que estaba dispuesto a darla por terminada. Lo que realmente le tenía preocupado era que pudieran achacarle la culpa a él si las cosas iban más lejos. Y éstas fueron más lejos. Perdió los estribos a propósito del alojamiento del flautista y Hefaistión no olvidaba lo que él le había dicho. Raras veces desobedecía éste a Alejandro, pero ahora era un hombre importante y conocía cuáles eran sus derechos. Alejandro no podía obligarlo a tragarse un insulto. Si éste le pidió un favor, él no se lo concedió. Hefaistión, que se había pasado quince días sin dirigirle la palabra a Eumenes, siguió guardando silencio. Pronto tuvimos otras cosas en que pensar.

Alejandro ordenó levantar una tribuna en la plaza de armas para dirigir una alocución a las tropas. Iba a licenciar a los veteranos, a comunicarles la subvención de retiro y a darles las órdenes con vistas a la marcha hacia el Mediterráneo. Una cuestión sin importancia. Subí al tejado para presenciarlo simplemente porque no tenía otra cosa que hacer y siempre preferiría mirarlo a él.

Las tropas llenaron la plaza hasta la misma tribuna rodeada por los guardianes. Los generales avanzaron a caballo por el camino que les habían dejado libre y ocuparon sus puestos. Después apareció el rey, entregó el caballo a un acompañante, subió y empezó a hablar.

No tardaron los soldados en agitar los brazos. La subvención de retiro era extraordinariamente generosa. Supuse que lo estaban vitoreando.

De repente, Alejandro saltó de la tribuna pasando entre los guardianes y dirigiéndose hacia los soldados. Vi que agarraba a uno de éstos con ambas manos y que le empujaba hacia un guardián que se hizo cargo del soldado. Los generales corrieron tras él. Luego señaló como a una docena de hombres y éstos fueron detenidos. Después rodeó la tribuna, subió por la escalera, se adelantó y empezó a hablar de nuevo.

No volvieron a agitar los brazos. Habló un buen rato. Después bajó apresuradamente la escalera, saltó al caballo y galopó hacia la casa. Los generales lo siguieron en cuanto pudieron montar.

Yo bajé corriendo para encontrarme en su aposento y enterarme de lo que había sucedido. Se abrió la puerta y Alejandro dijo al guardián que había fuera:

- Que no entre nadie. Por ningún motivo, ¿has entendido?

Entró dando un portazo antes de que el guardián tuviera tiempo de cerrar la puerta. De momento no me vio. Yo lo miré y permanecí inmóvil. Estaba furioso, su encendido rostro ardía de indignación. Sus labios se movían repitiendo lo que había dicho allí. Sólo entendí el final: «Sí, decidles en casa que me habéis abandonado y me habéis dejado al cuidado de los extranjeros a los que conquistasteis. Es indudable que ello os reportará gloria entre los hombres y la bendición del cielo. Idos.»

Estrelló el yelmo contra la pared y empezó a quitarse la coraza. Yo me adelanté para aflojarle las correas de la misma.

- Puedo hacerlo yo me dijo apartando mis dedos. He dicho que no entrara nadie.

- Ya estaba dentro. Alejandro, ¿qué ha sucedido?

- Ve a que te lo cuenten. Será mejor que lo hagas, en estos momentos no confío en nadie. Te llamaré más tarde. Vete.

Le dejé bregando con las correas y maldiciendo por lo bajo.

Tras reflexionar unos instantes, me dirigí a la sala de los Compañeros. El que se había hecho cargo del caballo del rey acababa de llegar. Yo me uní al grupo que lo rodeaba.

- Ha sido un amotinamiento estaba diciendo. A cualquier otro lo hubieran matado. ¡Ah, Bagoas! ¿Has visto al rey?

- No quiere hablar. Lo vi desde el tejado. ¿Qué les ha dicho?

- ¡Nada! Quiero decir que licenció a los veteranos, les agradeció su valentía y su lealtad; todo muy bien dicho. Estaba empezando a referirse a las subvenciones cuando algunos componentes de las tropas de servicio empezaron a gritarle: «¡Licéncianos a todos!» Al preguntarles él qué querían decir, le contestaron: «Ahora ya no nos quieres, no tienes más que a unos bárbaros hijos de rameras»... Perdona, Bagoas.

- Prosigue le dije. ¿Y entonces qué?

- Alguien gritó: «Prosigue las marchas con tu padre. El de los cuernos.» No pudo lograr que lo escucharan. Entonces saltó, se metió entre ellos y empezó a detener a los que habían empezado.

- ¿Cómo? preguntó alguien. ¿Es que estaba loco?

- Nadie le puso un dedo encima. Fue tremendo. Como si fuera un dios. Tenía la espada desenvainada pero no la utilizó. Los hombres se le sometieron como bueyes. A los primeros los manejó él mismo. ¿Y sabéis por qué? Yo lo sé. Son sus ojos.

- Pero después volvió a hablar dije yo.

- ¿Lo viste? Ordenó que se llevaran a los prisioneros, subió y empezó a hablarles de la suerte que habían tenido. Les dijo que Filipo los había elevado de la nada cuando vestían zamarras... ¿es cierto eso?

El acompañante de más noble cuna dijo:

- Mi abuelo nos decía que sólo los grandes señores llevaban manto. Y decía que ello era un signo de distinción.

- ¿Y es cierto que los ilirios hacían incursiones en Macedonia?

- Decía que todos los campesinos subían a la fortaleza por la noche.

- Bueno, el rey dijo que Filipo los había convertido en señores de todos los pueblos que antes solían matarlos de miedo y que, al morir éste, había en el tesoro sesenta talentos, unas cuantas copas de oro y plata y quinientos talentos de deuda. Alejandro pidió prestados ochocientos más y gracias a ellos pudo atravesar Asia. ¿Lo sabíais? Bueno, les recordó todo lo que había acontecido a partir de entonces y dijo esto, que siempre lo recordaré: «Mientras os he conducido, ninguno de vosotros ha muerto huyendo.» Dijo que si querían irse a casa podían hacerlo hoy mismo y alardear de ello cuando llegaran, y buena suerte. Eso les dijo.

- Vamos a verlo para decirle lo que pensamos nosotros dijo un joven.

Con frecuencia le consideraban como cosa propia, lo cual me resultaba conmovedor.

- No quiere que entre nadie dije. No me quiere ni a mí.

- ¿Está llorando? preguntó el más sentimental.

- ¡Llorando! Está furioso como un león herido. Manteneos apartados de él.

Yo me mantuve apanado hasta el anochecer. Todos sus amigos habían sido rechazados, incluidos Hefaistión. Aún no había cesado la pendencia entre éste y Eumenes y no creo que Alejandro se lo hubiera perdonado. Los sirvientes que traían la comida fueron rechazados igual que los demás. El león herido no deseaba que lo viera el médico.

Por la noche acudí para ver si había tomado el baño. Los Compañeros me hubieran permitido el paso, pero yo temía que ello les granjeara un aullido desde la caverna y les dije que me anunciaran. Escuché su gruñido:

- Dadle las gracias y decidle que no.

Observé que me daba las gracias, cosa que jamás había hecho con anterioridad. Me presenté a la mañana siguiente y me permitió la entrada.

Aún se estaba lamiendo las heridas. La cólera de la noche anterior había cedido lugar al rencor. No podía hablar de otra cosa. Conseguí que se afeitara, bañara y comiera. Seguía rechazando las visitas de todos los demás. Casi me refirió toda su alocución al ejército. Cosas muy bravías, demasiado buenas para guardárselas sólo para si. Era como una mujer que refiriera palabra por palabra una riña con su amante.

Al poco rato el guardián llamó a la puerta:

- Rey, están aquí algunos macedonios del campamento que piden permiso para hablarte.

Su rostro se alteró. Casi se le iluminaron los ojos. Ladeó un poco la cabeza y dijo:

- Pregúntales qué están haciendo allí todavía, siendo así que ayer se licenciaron. Diles que no quiero ver a nadie. Estoy ocupado con sus sustitutos. Pueden retirar la paga y largarse. Bagoas, ¿quieres traerme las cosas de escribir?

Permaneció sentado junto a la mesa todo el día. Lo vi sumido en sus pensamientos; le brillaban los ojos pero no quiso revelarme nada. A la mañana siguiente mandó llamar a los generales. A partir de aquel momento el lugar rebosó de oficiales, persas en buena parte. Y Opis se agitó como un hormiguero abierto.

El campamento macedonio seguía estando lleno de soldados. Puesto que no tenía el menor deseo de ser despedazado, inquirí en lugares más propicios la causa de toda aquella agitación. Pronto la averigüé. Alejandro estaba reuniendo un ejército totalmente persa.

No se trataba simplemente de un nuevo cuerpo como el de los jóvenes Sucesores. Todos los grandes regimientos macedonios, los Escudos de Plata, los Compañeros, se estaban formando con persas. Sólo seguían conservando el mando los principales generales macedonios y sus más leales amigos. Por lo menos la mitad de los Compañeros estaría integrada por persas.

El primer día se dieron órdenes. El segundo, los comandantes pusieron manos a la obra. Aquel mismo día Alejandro confirió el rango de Parientes Reales a todos los nobles persas que lo habían tenido bajo Darío; todos podrían besarle la mejilla en lugar de efectuar la postración. Les añadió los ochenta macedonios que habían contraído matrimonio el mismo día que él.

La polvareda que se levantó fuera hubiera bastado para asfixiarle a uno. Dentro, vestido con túnica persa Alejandro estaba recibiendo los besos de saludo de todos los persas que habían ascendido a las nuevas dignidades. Lo observé todo desde las sombras y pensé: «Ahora es todo nuestro.»

Todo se estaba haciendo en silencio; nosotros sabemos cómo hay que comportarse ante la Presencia. Por lo tanto se escuchaba con toda claridad el alboroto de afuera: un pesado ruido como si descargaran hierro, y voces macedonias muy escandalosas, como son siempre, pero también muy tristes.

El alboroto se acrecentó. Los generales macedonios se miraron unos a otros y miraron después a Alejandro. Éste ladeó un poco la cabeza y siguió hablando como si tal cosa. Yo me escabullí hacia una ventana del primer piso.

Los hombres llenaban por completo la terraza y se desparramaban por la plaza. Iban desarmados. Habían amontonado todas las armas. Permanecieron de pie ante las puertas de palacio murmurando desvalidamente. Parecían perros que hubieran huido al bosque y, al regresar a casa por la noche, se hubieran encontrado la puerta cerrada. «Pronto empezarán a aullar», pensé.

Y así fue. Con un estruendo que destrozaba los oídos empezaron a gritar como almas condenadas:

- ¡Alejandro, Alejandro! ¡Alejandro, déjanos entrar!

Salió Alejandro. Lanzando un gran grito cayeron todos de hinojos. El que más cerca se encontraba de él le asió llorando el borde de la túnica persa. Él no dijo nada. Se limitó a permanecer donde estaba, mirándolos.

Imploraron su perdón. Jamás volverían a hacerlo. Condenarían a sus cabecillas. Se quedarían donde estaban noche y día, hasta que él los perdonara y se apiadara de ellos.

- Eso decís ahora hablaba severamente pero me pareció que le temblaba la voz. ¿Entonces qué os sucedió a todos en la asamblea?

Se produjo otro coro. El que le había agarrado la túnica vi que era un oficial le dijo:

- Alejandro, llamas a los persas tus parientes. Permites que te besen; sin embargo, ¿cuál de nosotros lo ha hecho?

Tales fueron sus palabras, lo juro.

- Levántate dijo Alejandro. Levantó al hombre y lo abrazó. El pobrecillo, sin saber de etiquetas, le dio un torpe beso, pero hubierais debido escuchar los vítores de los demás. Todos sois mis parientes; a partir de ahora eso es cada uno de vosotros.

Sin que intentara disimularlo se le había quebrado la voz. Se adelantó con los brazos extendidos.

Dejé de contar el número de los que se acercaron a besarle. Tenía las mejillas brillantes. Debieron saborear sus lágrimas.

Se pasó todo el resto del día reorganizando los nuevos mandos bajo denominaciones persas junto con las macedonias para que ningún comandante persa pudiera sentirse humillado. No pareció que ello le costara demasiado. Creo que ya lo tenía pensado de antemano.

Se retiró a acostarse sumamente cansado, pero su sonrisa era una sonrisa de triunfo. Bien se lo merecía.

- Han cambiado de idea dijo. Pensaba que lo harían. Llevamos mucho tiempo juntos.

- Alejandro le dije; se volvió sonriéndome. Lo tenía tan a flor de labios que casi estuve a punto de decirle: «He visto a las grandes cortesanas de Babilonia y Susa. He visto a la flor y nata de Corinto. Pensaba que era un arte que yo mismo dominaba muy bien. Pero tú te llevas la palma.» Sin embargo, no estaba demasiado seguro de que pudiera entenderme y, en su lugar, le dije: Ciro se hubiera sentido orgulloso de esta hazaña.

- ¿Ciro...? Me has dado una idea. ¿Qué hubiera hecho ahora? Celebraría una fiesta de la Reconciliación.

La organizó antes de que los veteranos regresaran a casa. Fue tan fastuosa como la de las bodas, si bien los toldos los habíamos dejado en Susa. En medio de la plaza de palacio se había levantado una tarima enorme para que los nueve mil invitados pudieran ver la mesa real instalada en ella. Alejandro se sentaría rodeado de los principales personajes macedonios y persas y los caudillos de los aliados. Los adivinos griegos y los magos invocaron juntos a los dioses. Todos los invitados a la fiesta gozaban de análogos honores, pero los macedonios se sentaban a su lado. No podía negarle eso a su viejo y olvidado amante después de todos aquellos besos y lágrimas.

Para mí sí fue algo distinto. En una corte real persa, aunque no acepte sobornos, a un favorito real se le trata con mucho respeto. Nadie lo ofende. No obstante, hubiera sido como una confirmación de la fortuna de que ya gozaba. No lamenté que Hefaistión se acomodara a su lado; tal honor le correspondía a éste en su calidad de quiliarca. No había aprovechado la gran fiesta de la Reconciliación para hacer las paces con Eumenes. Yo pensé para mis adentros: «Alejandro sabe que a mi no me lo hubiera pedido en vano.»

Por consiguiente, cuando levantó la gran copa de la amistad y suplicó a los dioses que nos concedieran toda clase de bendiciones y, sobre todo, la armonía entre persas y griegos, bebí con todo mi corazón y volví a beber por la esperanza renacida que leí en su rostro.

«Todo se ha arreglado pensé. Y pronto emprenderemos la marcha hacia las colinas. Una vez más, después de tanto tiempo, contemplaré las siete murallas de la hermosa Ecbatana.»


El muchacho persa


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