Capítulo 27

Los veteranos fueron enviados a casa con amor y dinero. A su mando iba Krateros, que en Macedonia se haría cargo de la regencia, pasando Antipatros a ocupar su puesto.

Se trataba de una medida de alta política. Alejandro se limitó a afirmar que a Krateros le hacía falta descanso por hallarse enfermo. Pero algunos comentaron que deseaba librarse de las interminables intrigas y peleas entre su madre y el regente que, de prolongarse, podrían desembocar en una guerra civil. Otros pensaban que Antipatros llevaba gobernando tanto tiempo como rey que era posible que empezara a creerse que lo era. Había sido fiel porque había estado esperando el regreso de Alejandro; se estaba encumbrando demasiado, eso era lo que Alejandro decía.

En su discurso de despedida a los veteranos, Alejandro les dijo:

- Os honro al confiaros a Krateros, mi más fiel servidor, al que amo como a mi propia vida.

¿Mas fiel...? Bueno, en un discurso de agradecimiento y despedida podía tolerarse.

Estrechar la mano de Eumenes bien pudiera ser lo primero que Hefaistión le había negado a Alejandro. Ahora la situación empeoraba día a día. Eumenes se había rebajado a adelantarse primero; una vez desairado, ningún hombre de su categoría volvería a hacerlo otra vez. Cuando se encontraban, se dirigían frías miradas y, estando separados, cada cual le contaba lo que pensaba del otro a quienquiera que quisiera escucharle.

Podríais pensar que ésta era mi ocasión. Cualquiera que esté acostumbrado a las cortes lo diría. Yo mismo lo hubiera dicho en otros tiempos. Pero ahora sabía que no era así. Alejandro, de quien los hombres refieren muchas leyendas, estaba solo. Aquiles necesitaba a Patroclo. Era posible que amara a su Briseida pero Patroclo fue su amigo hasta la muerte. Ante las tumbas de éstos en Troya, Alejandro y Hefaistión habían ofrecido juntos un sacrificio. Si hieres a Patroclo, Aquiles te matará. Eumenes lo sabía; los conocía a ambos desde que eran niños.

Por consiguiente, en lugar de contar chismes y obrar el mal, simulé no haberme enterado siquiera del asunto. Aquella leyenda forma parte de Alejandro. La llevaba en la sangre. Si alguien la dañaba, que fuera el propio Hefaistión, no yo. Además, recordaba aquella mañana del desierto.

La corte emprendió el camino de Ecbatana. Estateira se quedó en Susa con su abuela. A Roxana nos la llevamos.

Por el camino nos ocurrió un hecho divertido. Atropates, sátrapa de Media que había oído hablar del proceder de Alejandro con otros sátrapas, quiso agasajarlo. La primera vez que había pasado por allí, Alejandro le había preguntado si existía todavía la raza de las amazonas mencionada por Herodoto. Atropates no supo que responderle y debió estar rumiando al respecto mucho tiempo.

Una mañana escuchamos en el desfiladero en que habíamos acampado el eco de la llamada de un cuerno. Avanzó entonces un grupo de mujeres montadas a caballo y armadas primorosamente con escudos redondos y pequeñas hachas. La capitana desmontó, saludó a Alejandro y le dijo que habían sido enviadas por Atropates. El seno izquierdo lo llevaba al descubierto, como en todas las leyendas, y era muy pequeño. Puesto que el derecho lo tenía cubierto, no se podía saber si éste era más grande.

Tras reunir a las tropas, la dama les hizo efectuar una deslumbrante exhibición. Los soldados, viendo todos aquellos senos desnudos, gritaron hasta casi desgañitarse. Alejandro dijo a Tolomeo:

- Atropates debe estar loco. ¿Guerreras? Eso no son más que muchachas. ¿Te parecen prostitutas?

- No repuso Tolomeo, las han escogido por su belleza y por su habilidad ecuestre.

- ¿Es que me ha tomado por tonto? Bueno, es necesario sacarlas del campamento antes de que los hombres se les echen encima. Bagoas, hazme un favor. Diles que la exhibición ha sido tan deliciosa que me gustaría presenciar de nuevo el desfile al son del cuerno. Hidarnes, ¿puedes reunirme rápidamente una escolta de tranquilos medos de mediana edad?

Después de los ejercicios ecuestres aún estaban más bonitas. A los hombres se les caía la baba como a perros ante la puerta de una cocina. Cuando se inició de nuevo el desfile se escucharon silbidos y gritos. Alejandro reunió apresuradamente unos regalos integrados, no por armas, sino por joyas, que fueron muy bien recibidas. Los veteranos medos escoltaron a las mujeres entre gruñidos.

Acampamos en los pastos del altiplano de Nysa, la tierra de los caballos reales. Las yeguas de cría ascendían todavía a cincuenta mil a pesar de las muchas que habían sido utilizadas en el transcurso de los años de guerra. A Alejandro le agradaron mucho, estableció una guardia para ellas y escogió algunos potros. Le regaló uno a Eumenes. Era para agradecerle su ofrecimiento a Hefaistión y para que ello sirviera de bálsamo a su orgullo herido, aunque nada se le dijo de palabra. Pero Hefaistión, que era el que había iniciado la pendencia, es posible que así lo entendiera. Así lo entendió ciertamente el bando de Eumenes y todo el mundo empezó a comentar que el orgullo era el prólogo de la caída.

Sé, por haber visto la lista, que Alejandro tenía intención de invitar a cenar a Hefaistión aquella noche en compañía de otros amigos. Se hubiera mostrado amable con él ante todo el mundo, le hubiera alisado las plumas y hubiera dado a entender que Patroclo seguía siendo Patroclo.

Aquel día Hefaistión se tropezó cara a cara con Eumenes en el campamento.

No sé si fue a propósito o por azar. Yo había salido a ver las manadas de caballos y regresaba en aquellos momentos. Ya estaban muy enzarzados en la discusión cuando escuché los gritos. Hefaistión estaba diciendo que los griegos hacía cien años que estaban excluidos del juego, que Filipo les había dado una buena paliza y que las únicas armas que en ellos había encontrado Alejandro eran las lenguas; ésas si sabían utilizarlas. Eumenes decía que a los fanfarrones jactanciosos no les hacían falta pregoneros; les bastaba con el alboroto que armaban.

Los dos bandos rugían y lanzaban vítores. El número de mirones aumentaba por momentos. No tardaría en correr la sangre. Empecé a retirarme. Ya escuchaba el chirrido de las espadas al ser desenvainadas. Se oyó el fragor de los cascos de los caballos que en determinado momento se detuvieron en seco. Se escuchó entonces el grito de una poderosa voz. Cesaron todos los rumores. Alejandro, seguido por los guardianes, se les quedó mirando con la boca cerrada y moviendo las ventanas de la nariz. En el silencio se escuchaba el rumor de las bridas de los caballos.

Terminó la prolongada pausa. Hefaistión y Eumenes se adelantaron hacia él empezando a acusarse el uno al otro.

- ¡ Silencio!

Yo desmonté y tomé las riendas del caballo y me oculté entre la muchedumbre. No deseaba que mi rostro se recordara al lado de lo que estaba a punto de ocurrir.

- Ni una sola palabra ninguno de los dos la velocidad del galope le había apartado de la frente el cabello que ahora llevaba bastante corto para no sufrir los efectos del calor estival. Sus ojos habían palidecido y tenía el ceño fruncido como si padeciera un dolor. Exijo disciplina de los hombres a los que se la tengo encomendada. Tenéis que dirigir a mis soldados en las batallas, no en las peleas. Ambos merecéis que se os acuse de amotinamiento. Hefaistión, te he convertido en lo que eres. Y no para eso sus ojos se encontraron; fue como si los viera sangrar y dejar que la sangre fluyera por sus rostros de piedra. Te ordeno que renuncies a esta pendencia. Bajo pena de muerte. Si vuelve a estallar, ambos seréis juzgados por traición. El agresor será castigado con la pena que es habitual en estos casos. Y no la conmutaré.

La muchedumbre contuvo el aliento. No se trataba simplemente de una pública reprimenda a unos hombres de tal categoría, lo cual era en sí mismo algo inaudito. Eran macedonios. Y conocían la leyenda.

Los bandos estaban envainando furtivamente las espadas.

- Al mediodía dijo Alejandro ambos os presentaréis ante mí. Os estrecharéis la mano y juraréis una reconciliación que observaréis de ademán, palabra y obra. ¿Entendido?

Dio la vuelta al caballo y se alejó al galope. Yo me escabullí entre la muchedumbre. No me atrevía a mirar a Hefaistión a la cara con el temor de que éste pudiera verme. Tampoco le vi cuando prestó juramento ante Alejandro.

Aquella noche los invitó a los dos a cenar. Un gesto de perdón pero dirigido a ambos por igual. La especial deferencia hacia Patroclo quedaría para otro día.

Casi no lo había visto hasta que llegó la hora de vestirlo. Fue peor de lo que me había imaginado. Se le veía molesto y apenas me habló. Yo no me atrevía a decirle nada. Pero, mientras lo peinaba, le tomé la cabeza entre mis manos y apoyé en ella la mejilla. Él lanzó un profundo suspiro y dijo:

- He tenido que hacerlo. No era posible otra cosa.

Hay heridas que sólo deben sufrir los reyes en nombre de todos los demás.

Había estado reflexionando mucho tiempo acerca de lo que iba a decirle de forma que pudiera perdonármelo.

- Sí. Justamente.

Ansiaba abrazarlo y decirle que jamás le hubiera hecho sufrir. Pero pensé: harán las paces y entonces, ¿qué? Además, me acordaba del desierto. Me limité por tanto a besarlo una vez y proseguí mi tarea.

La cena terminó temprano. Pensé que Alejandro había temido que se embriagaran y empezaran otra vez. Pero se demoró en la tienda sin retirarse a descansar. Después se echó encima un oscuro manto y salió. Vi que se cubría con él la cabeza. No quería que vieran a dónde iba aunque debió suponer que yo lo adivinaría.

No tardó mucho en regresar. Debieron hacer las paces, como de costumbre; se comprendía fácilmente. Aunque, si las cosas le hubieran salido tal como él deseaba, no hubiera terminado la noche conmigo como lo hizo. Nada se dijo con palabras; pero se dijo mucho de todos modos, tal vez demasiado. Yo lo amaba y no podía remediarlo.

El tiempo pasa y los filos se embotan. Permanecimos acampados tres o cuatro días más entre las manadas de relucientes y altos caballos. Hefaistión y Eumenes se dirigían la palabra con reposada cortesía. Alejandro salió a cabalgar en compañía de Hefaistión para escogerle un caballo. Regresaron riéndose como tenían por costumbre, aunque se comprendía que todo era un poco forzado. El tiempo solo no podrá sanarlo, pensé, únicamente la voluntad de olvidar. «No la conmutaré.» El uno sabe que se vio obligado a pronunciar estas palabras, el otro que se pronunciaron. Nada puede deshacerse y lo dicho no puede borrarse. Pero llevan unidos tanto tiempo que conseguirán olvidarlo. Es necesario. No era posible otra cosa.

Subimos por los desfiladeros hacia el este en dirección a Ecbatana.

Ahora no había nieve en las siete murallas. Éstas fulguraban como collares de piedras preciosas sobre el pecho de la montaña. En los ventilados y altos aposentos no penetraba aguanieve, sino fresca y deliciosa brisa. Se habían quitado las contraventanas; era un palacio de verano en el que se esperaba la llegada del rey. Hermosas alfombras cubrían los pavimentos reales. En la cámara en la que Darío me había abofeteado y de la que yo había salido llorando hasta tropezar con Nabarzanes, colgaban de las vigas adornadas con hojas de oro lámparas de plata calada y bronce dorado.

Las colinas estaban verdes y llenas de ríos; podía aspirarse el aire de las alturas. Al final podría cabalgar por ellas; íbamos a permanecer allí todo el verano.

Por la noche, Alejandro salió al balcón para refrescarse la cabeza que el vino le había enturbiado. Yo me quedé de pie a su lado. Las macetas de las plantas olían a flor de azahar y a rosas; nos llegaba la pura brisa de las montañas.

- Cuando llegué aquí por primera vez persiguiendo a Darío me dijo, aunque estábamos en pleno invierno, me dije: «Algún día regresaré.»

- Yo también. Cuando estaba con Darío, perseguido por ti, pensé lo mismo.

- Y aquí estamos. El deseo todo lo alcanza.

Contempló las rutilantes estrellas forjando nuevos anhelos de la misma manera que un poeta forja un canto.

Conocía las señales. Estaba ausente y exaltado y pasearía con el ceño fruncido sumido en unos pensamientos que yo sabía que procedían de la preocupación. No había que dirigirle preguntas hasta que estuviera dispuesto a responder. Estallaría de repente y me lo comunicaría como si diera a luz.

Lo manifestó una mañana, tan temprano que fui el primero que lo escuchó. Lo encontré levantado y paseando completamente desnudo, cosa que debía llevar haciendo desde antes del amanecer.

- Es Arabia me dijo en cuanto me vio. No la tierra interior; ahí se tratará simplemente de impedir que las tribus realicen incursiones en los puertos. Necesitamos la costa y nadie sabe hasta dónde llega ésta hacia el sur o hacia el oeste. Imagínate. Podremos construir puertos en Gadrosia ahora que sabemos dónde hay agua.

Desde Carmania por el Mar Pérsico la navegación es fácil. Pero tenemos que rodear Arabia. Subiendo por el Golfo Arábigo esta zona está bien descrita se llega a Egipto. Y desde allí, ¿sabes que hay un canal que conduce al mar Mediterráneo? Lo empezó a construir el rey Neco y lo terminó Darío el Grande. Hace falta limpiarlo y ensancharlo, nada más. Una vez que hayamos rodeado Arabia, si podemos, los barcos podrán navegar desde el Indo no sólo hasta Susa... sino hasta Alejandría, el Pireo y Éfeso. Pequeñas ciudades convertidas en grandes urbes, aldeas donde no había nada; pobres salvajes, como los Comedores de Pescado de que habla Niarco, incorporados al mundo de los hombres, y todos los grandes pueblos enviándose mutuamente sus mejores cosas y compartiendo sus pensamientos. El mar es el gran camino. El hombre apenas lo ha hollado casi me veía obligado a correr para seguirlo y poder escucharlo. Ahora Italia. El marido de mi hermana murió guerreando allí; hubiera debido esperarme. Habrá que meterlos en cintura muy pronto; de lo contrario, esa tribu occidental de los romanos acabará siendo la dueña. Buenos luchadores, me han dicho. Sería conveniente permitirles conservar sus formas de gobierno y utilizar sus tropas para extender el imperio hacia el oeste a lo largo del norte de África. Siento deseos de contemplar las Columnas de Heracles. ¿Quién sabe lo que puede haber más allá?

Había mucho más. A veces acuden a mi mente recuerdos fugaces y vuelvo a perderlos. Veo su rostro a la fría luz matinal, agotado y resplandeciente, afinado como las monedas de oro muy gastadas; sus profundos ojos brillando como el fuego de un altar; su enmarañado cabello, descolorido a pesar de ser el de un muchacho, y el fuerte y obediente cuerpo que, habiendo olvidado sus heridas, se disponía a afrontar las tareas de otra vida y paseaba como si ya hubiera emprendido el camino.

- Por consiguiente, Babilonia, que está en el centro, tiene que ser la capital. En el puerto tendrían que albergarse mil galeras. Tendré que desplazarme allí inmediatamente para organizarlo todo y preparar la flota que navegará hacia Arabia. ¿Por qué estás triste?

- Por dejar Ecbatana. ¿Cuándo nos iremos?

- Cuando empiecen los fríos. Podremos pasar aquí todo el verano contempló las montañas y hubiera salido desnudo al balcón si yo no le hubiera echado una bata encima. ¡Qué lugar tan maravilloso para unas fiestas! Las celebraremos antes de la partida. Ya es hora de que les ofrezca algo a los Inmortales.

Pudimos disfrutar del verano.

En las colinas, con los lebreles ladrando y persiguiendo las nubes, en las rosaledas con sus estanques de lotos, en la sala de elevado techo cuyas columnas estaban recubiertas de oro y plata, mientras yo ejecutaba la Danza del Río al son de las flautas, en la gran alcoba donde había sido avergonzado y ahora era querido, no me perdería nada, ni de día ni de noche, solía decirme a mí mismo. «No permitiré que duerman ni mis ojos, ni mis oídos, ni mi alma, ni mis sentidos; no permitiré que olviden que soy feliz. Porque será una campaña muy larga. ¿Quién sabe cuándo podremos regresar?»

Ésta es la profecía que nos permite el Dios Prudente, parecida a la que permite a los pájaros que prevén el invierno, pero no la helada nocturna que los derribará de la rama.

Alejandro empezó inmediatamente a preparar los proyectos relativos a la flota y al gran puerto de Babilonia, enviando las correspondientes órdenes. Quería que se explorara el norte del mar de Hircania para ver el camino que seguía la costa en dirección a la India. Se encargó también de muchos asuntos de Estado que Darío hubiera encomendado a otras personas. Era costumbre que el rey descansara en Ecbatana. Cuando se lo dije, Alejandro se sorprendió y me dijo que ya lo estaba haciendo. En su vida había estado menos ocioso.

El verano anterior habíamos estado en Gadrosia. Yo sumergía la mano en el estanque de los lotos y pensaba: «Soy feliz; que no transcurra ni un solo momento sin que le dé las gracias y lo bese.»

- ¿Eres feliz, Alejandro? le pregunté una noche.

- ¿No sabes adivinarlo? me dijo sonriendo.

- Sí, claro. Pero me refería a Ecbatana.

- ¿Feliz? repitió. ¿Qué es la felicidad? me acarició para que yo comprendiera que me estaba agradecido. Ver cumplido el propio anhelo, sí. Pero también cuando la mente y el cuerpo de uno están a punto, cuando uno no puede pensar en otra cosa más que en lo que va a hacer a continuación; y después todo queda atrás.

- Nunca podrás estarte quieto, ¿verdad, Alejandro? Ni siquiera aquí.

- ¿Estarme quieto? ¿Con la de cosas que tengo que hacer? Espero que no.

Ya estaba organizando las fiestas de otoño y había ordenado que se divulgara la noticia en Grecia. Vendrían hordas de actores y poetas, cantantes y citaristas. No invitaría a ningún atleta. En otros tiempos, decía, se trataba de hombres esforzados, héroes de sus ciudades en guerra; ahora, por medio del adiestramiento, se habían convertido en simples máquinas con vistas a ganar una determinada competición.

- Una catapulta posee mayor alcance que un soldado, pero no puede hacer otra cosa. No es bueno que a los hombres los derrote esta gente. Y tampoco que los muchachos lo presencien.

«Los muchachos» significaban para él una sola cosa. Al irse los veteranos para regresar junto a sus esposas abandonando, tal como suelen hacer los soldados, a las mujeres que los habían seguido a través de tantas penalidades, Alejandro había decidido hacerse cargo de sus hijos. No quería que en Macedonia tuvieran que sufrir y ser considerados bastardos extranjeros; se educarían como lo que eran, mitad persas y mitad macedonios, formando parte de aquella armonía por la que había orado en las fiestas del amor de Susa. Los muchachos, ya lo suficientemente mayores como para prescindir de los cuidados de sus madres, se hallaban en la escuela y se habían trasladado a Ecbatana siguiendo a la corte. Participarían también en los juegos; a veces Alejandro presenciaba sus entrenamientos.

A veces también se dirigía al harén cruzando el pasillo de las celosías. Roxana era para él una misa picante, desagradable si uno se llena el plato, si bien una pequeña cantidad de vez en cuando le hace a uno experimentar el deseo de volver a saborearía de nuevo. No me preocupaba.

El verano iba transcurriendo entre las frescas y dulces colinas; las rosas descansaban antes de dar flor en otoño. Un día se produjo un cambio. La alegría le había alisado el rostro. No podía pasarse mucho rato sin decir: «Hefaistión cree...» o «Hefaistión estaba diciendo...». En algún lugar, tal vez cabalgando juntos por las montañas, habían derribado la muralla, se habían arrojado el uno en brazos del otro y volvían a ser Aquiles y Patroclo; empezarían a olvidar.

En la sabiduría de mi duro aprendizaje, no había hecho nada por impedirlo; ahora no podría recordarse ninguna malicia por mi parte. Había encerrado como siempre en mi silencioso corazón la frase: «Dime que me quieres más que a nadie.» Conservé lo que tenía. Alejandro no tenía por qué olvidar las noches en que se había dirigido a mí sabiendo que yo lo comprendía todo. Yo no había destruido la leyenda.

Ahora que lo había recuperado, que brillaba y resplandecía de nuevo, fui consciente de un consuelo. Sin éste no había sido el mismo. Había vivido tanto tiempo entre dificultades, heridas, enfermedades y esfuerzos porque no le habían arrancado las raíces de su vida.

Hefaistión debía saberlo porque no era estúpido. Me imagino que en su fuero interno debía haber seguido siendo su amante. Consideraba que tenía que ser preferido a Eumenes, con razón o sin ella. Lo mismo consideraban los macedonios en relación con los persas. Y lo mismo consideraba yo aunque tuve el acierto de no demostrarlo. Alejandro provocaba celos. Era muy amado y jamás rechazaba el amor.

Incluso entre la fresca brisa de Ecbatana, sin hacer más trabajo que el correspondiente a dos hombres, se cansaba más que antes de sufrir la herida. Me alegraba de que estuviera sanando de esta otra herida. Llegaría más descansado a Babilonia, donde le esperaría el verdadero trabajo.

Se izaron los estandartes en las doradas astas con pináculos esculpidos. Se erigió una ciudad de tiendas para los artistas del festival. Se limpió y niveló la pista para la carrera de caballos y el estadio. Los arquitectos construyeron un teatro con un árgana para subir hacia los dioses y un ingenio para trasladar los cadáveres asesinados a que tan aficionados eran los poetas griegos. Tétalo, el actor preferido de Alejandro, un apuesto tesalio de cincuenta y tantos años, fue recibido con los brazos abiertos y obtuvo la mejor tienda. Fueron llegando flautistas, muchachos del coro, pintores de escena, cantantes y danzarines, rapsodas, acróbatas, cortesanas de alta categoría y prostitutas de baja extracción, y entre ellas algunos eunucos tan descarados y pintarrajeados que me avergoncé de verlos. Afluyeron mercaderes de todas partes vendiendo comida y chucherías y telas y especias y, naturalmente, vino.

En palacio el vino corría a raudales. Se celebraba un banquete todas las noches en honor de los artistas o bien de los amigos de Alejandro. Patroclo estaba de vuelta y Alejandro se entregó a la alegría. Durante varias noches seguidas no conseguí que se acostara sereno. No obstante, no se embriagaba en exceso, sabiendo que al día siguiente no le sería posible dormir porque tenía que presenciar las competiciones. Sus amigos, no obligados por los cumplidos, abandonaban con frecuencia la sala antes que él. Uno se acostumbra a estas cosas viviendo entre macedonios.

Mientras lo vestía con la túnica de gala con la que iba a presidir el concurso de odas corales, me dijo:

- Hefaistión está indispuesto; tiene fiebre.

En otros tiempos no me hubiera hablado de él; ahora, después de nuestros secretos no expresados con palabras, solía hacerlo con frecuencia. Le dije que lo lamentaba y que esperaba que no fuera nada.

- Anoche ya debía estarlo, pero no lo sabía. Ojalá no hubiera bebido tanto.

Salió y sonaron las trompetas.

Al día siguiente, Hefaistión empeoró y empezó a sufrir retortijones de vientre. Aunque estaba muy ocupado, Alejandro se pasaba todo el tiempo libre a su lado. Aquiles siempre había vendado las heridas de Patroclo. Mandó llamar al médico más famoso de Ecbatana, un griego llamado Glauquias, al que tuvo que dar ciertos consejos, según me contó más tarde. Pero tenía ciertos conocimientos que le había enseñado Aristóteles y que él había conservado. Se llegó al acuerdo de que el paciente no debería ingerir alimento sólido. Se ordenó a los sacerdotes que ofrecieran sacrificios por su salud.

Al tercer día estaba peor; débil como un niño, delirando y lleno de fiebre, según dijo Alejandro. Era el día dedicado a las comedias y las farsas; no asistió a la representación de las mismas, se limitó a abandonar la habitación del enfermo para entregar los premios. Cuando le pedí noticias por la noche, me contestó:

- Creo que está mejor. Inquieto y caprichoso, es una buena señal. Es fuerte, lo superará... He sentido decepcionar a los artistas, pero era necesario.

Aquella noche se celebraba un banquete, pero Alejandro se retiró temprano para ver cómo estaba Hefaistión. Éste dormía y parecía más tranquilo. Al día siguiente, aunque la fiebre no había desaparecido por completo, ya estaba mucho mejor. Alejandro asistió a todos los concursos, ya que su ausencia había molestado mucho a los artistas. Por la noche encontró a Hefaistión sentado en la cama y pidiendo comida.

- Ojalá hubiera podido enviarle algo bueno para cenar me dijo más tarde; seguía siendo aficionado a esta hermosa costumbre. Pero los retortijones dejan debilidad en las entrañas; lo vi con frecuencia en las tierras del Oxos. Le he dicho al médico que le vigile y lo tenga a dieta de líquidos.

Hefaistión siguió guardando cama, muy mejorado pero con un poco de fiebre por la noche cuando terminaban los concursos de los artistas y empezaban los juegos.

Alejandro era muy amante de las artes, pero los juegos le interesaban más. Lo presidió todo; cuando entregaba las coronas, recordaba siempre el historial del vencedor en batalla y en juegos previos. Por todas estas cosas lo amaba el ejército. Al cabo de dos o tres jornadas, llegó el día de los muchachos.

Yo había estado ausente de las competiciones de los adultos porque me lo pasaba mucho mejor entre los artistas. Sin embargo, acudí al estadio para presenciar la carrera de los chicos porque deseaba ver la raza que estaba criando Alejandro. No me cabía duda de que más tarde me lo comentaría.

Su aspecto era muy sano, puesto que Alejandro les alimentaba muy bien desde que se había hecho cargo de ellos. Poseían rasgos propios casi de todas partes cruzados con los macedonios: era indudable que también habría semi-indios cuando éstos crecieran lo suficiente. Los medio persas eran con mucho los más agraciados. Yo me senté al otro lado de la pista frente a Alejandro. Avanzaron a paso de marcha con los rostros iluminados por la sonrisa de éste.

Se alinearon; sonó la trompeta y echaron velozmente a correr alejándose de la línea de salida. Vestían unos simples calzones por respeto a la modestia persa. Un bonito espectáculo, estaba pensando yo. Entonces me di cuenta de cierta agitación que se había producido alrededor del trono. Un mensajero se hallaba de pie junto a Alejandro. Éste se había levantado. Las gradas de atrás se estaban llenando de gente; él la apartó antes de que pudieran abrirle camino y casi estuvo a punto de pisarlos. Se marchó seguido de los que tenía más cerca.

Me levanté de mi asiento. Tenía que saber de qué se trataba. Tal vez me necesitaran. Me retrasé por hallarme en la parte más alejada del estadio. Al llegar a palacio, los aposentos reales estaban vacíos. Entonces lo adivine.

Subí las escaleras y giré hacia un tortuoso pasillo. No me hacía falta preguntar el camino. Había escuchado desde la escalera un terrible lamento de dolor que me había erizado los cabellos.

Nadie se hallaba de guardia ante la puerta. Fuera aguardaba un grupo de hombres. Me deslicé entre ellos como un perro de la casa al que nadie presta atención. Jamás había estado en el aposento de Hefaistión. Era bonito, con colgaduras rojas y un estante lleno de vasijas de plata. La atmósfera olía a enfermedad. Yacía tendido en la cama con la boca abierta. Alguien le había cerrado los ojos. Alejandro se encontraba agarrado al cuerpo con ambas manos, tendido encima del mismo y besándole el rostro. Levantó la cabeza y volvió a lanzar aquel espantoso gemido; después hundió la cara en el cabello del muerto.

Al cabo de un rato, con una torpeza que procedía de la vergüenza y de la compasión (sí, y también del miedo), Perdicas dijo:

- Alejandro.

Él levantó la mirada. Me adelanté sin importarme la opinión de los demás. Otras veces había acudido a mí y sabía que yo lo comprendía. Pero su mirada vacía pasó más allá. En aquellos momentos pareció que yo jamás hubiera existido para él. Perdido, desaparecido, dominado.

Contemplé aquel extraño aposento que jamás olvidaré en el que yo era como una cosa muerta sin duelo y sin enterrar, arrojada desnuda a la noche; la cama con su carga, los tapices de las paredes con sus arqueros y ciervos, las vasijas de plata; la mesilla estaba comida y sobre la misma había algo: una jarra de vino vacía volcada y una bandeja con unos huesos de pollo.

De repente, Alejandro se levantó y nos miró a todos como si fuera a matar a cualquiera sin importarle quién fuera.

- ¿Dónde está el médico?

Tolomeo miró a su alrededor para preguntárselo a los criados, pero éstos ya hacía rato que habían desaparecido.

- Debe estar presenciando los juegos repuso.

Me había retirado hasta la puerta y me di cuenta de que tenía a alguien a mi espalda. Era el médico, que había tardado más que yo en darse cuenta de la alarma; acababa de entrar y comprender lo ocurrido. Alejandro se abalanzó hacia él como un animal de presa, lo agarró y lo sacudió hacia adelante y hacia atrás:

- ¡Asesino! ¿Por qué lo has dejado? ¿Por qué le has permitido comer?

El hombre, casi sin poder hablar, repuso tartamudeando que lo había considerado fuera de peligro y había ordenado que tomara caldo de gallina.

- Ahorcadlo dijo Alejandro. Lleváoslo y ahorcadlo. Ahora mismo.

Perdicas miró a Tolomeo. Éste miraba a Alejandro; sin dejar de mirarle, asintió. Se llevaron al hombre escoltado por Seleuco. Alejandro regresó junto al lecho, lo miró y volvió a tenderse en la misma postura que antes. El cadáver se movía sacudido por sus sollozos.

Junto a la entrada se había arracimado más gente, hombres importantes que acababan de enterarse de la noticia. Los que estaban dentro se miraban unos a otros en actitud de impotencia. Peuquestas me rozó el hombro y me dijo suavemente en persa:

- Háblale tú.

Meneé la cabeza. Sólo una cosa le faltaba a mi corazón para morir: que él me odiara por ser el que permanecía con vida.

Huí por tanto a través de la ciudad, a través del hedor y la suciedad de la feria, a través de la calle de las mujeres, sin percatarme de ellas hasta oír sus risas, hacia la campiña, no sé hacia dónde. Tropecé con un fresco riachuelo que me despertó la mente. Contemplé la ciudad: el sol se estaba poniendo, fulguraban las murallas de distintos colores. «¿Acaso había huido cuando su carne estaba herida? pensé. Ahora que está herido en su espíritu y podía lastimarme en su locura, ahora le abandono, cosa que no haría ni siquiera un perro.»

Caía el atardecer. Tenía las ropas hechas jirones y las manos me sangraban a causa de unos espinos que no recordaba. Sin pensar siquiera en adecentarme un poco, regresé inmediatamente. Había más o menos el mismo grupo junto a la puerta. Dentro, un silencio mortal.

Salieron dos o tres hombres para hablar a solas. Tolomeo dijo en voz baja:

- Tenemos que sacarlo de aquí antes de que empiece a apestar; de lo contrario, Alejandro perderá la razón. Tal vez para siempre.

- ¿A la fuerza entonces? preguntó Perdicas. De otro modo no querrá. Tenemos que ser todos juntos. No es momento para hacer distinciones.

Me escabullí. Por nada del mundo entraría allí, no quería que apartara los ojos de aquel rostro muerto y viera el mío. Me dirigí a su aposento y esperé.

Estaba tranquilo cuando lo trajeron; nadie lo sostenía. Todos lo rodearon para manifestarle su pesar y elogiar al muerto. Creo que se trataba de la primera oportunidad que tenían de hacerlo. Los ojos de Alejandro recorrieron los distintos rostros como si se encontrara acorralado entre lanzas.

- ¿Embusteros! les gritó súbitamente. Todos lo odiabais y le envidiabais, todos. Idos, dejadme solo.

Se miraron unos a otros y se fueron. Se quedó de pie con la túnica de gala que se había puesto para presenciar los juegos, blanca sobre púrpura, toda arrugada. Brotó de él un gemido como si todas las heridas que había sufrido en silencio estallaran de golpe. Entonces se volvió y me vio.

No pude leerle el rostro. No llevaba armas pero sus manos eran muy fuertes. Me acerqué a él, hinqué la rodilla, tomé su mano y se la besé.

Él me miró diciéndome:

- Has llorado por él.

Tardé un momento en recordar mis ropas desgarradas por las zarzas y los arañazos de mi rostro y manos. Así un jirón de la chaqueta y me la rasgué de arriba abajo.

Me tomó por el cabello y me echó la cabeza hacia atrás para mirarme el rostro. Yo le dije con los ojos: «Cuando vuelvas te estaré esperando, si es que vivo.» En caso contrario, el destino lo habría querido así. Me pareció que jamás iba a dejar de escudriñarme con sus enloquecidos ojos, sin soltarme el cabello. Después me dijo:

- Fuiste en su busca cuando murió Bucéfalo. Le honraste cuando te salvó en el desierto. Tú no deseaste jamás su muerte.

Arrodillado y tomando su mano, alabé al muerto. Era mi confesión aunque él no lo supiera. Me había alegrado de los defectos de mi rival y había odiado sus virtudes. Ahora las extraje dolorosamente del lugar en el que mis deseos las habían enterrado y se las ofrecí empapadas de mi sangre como si fueran sus trofeos. Ahora sería para siempre el vencedor.

Alejandro había estado mirando de un lado para otro. No había escuchado la mitad de las cosas que le había dicho. Me dejó marchar, hundiéndose en su soledad. Después se tendió y se cubrió el rostro.

Permaneció tendido todo el día siguiente sin aceptar consuelo alguno. Aunque no me permitió atenderlo, tampoco me rechazó. Casi ni se daba cuenta de mi presencia. Los generales tomaron decisiones por su cuenta, suspendieron los juegos y ordenaron que los estandartes fueran sustituidos por festones de duelo. Seleuco, que no había ahorcado al médico por si el rey cambiaba de parecer, no se atrevió a preguntarle nada a éste, y lo ahorcó. Los embalsamadores, llamados a su debido tiempo, realizaron su trabajo en Hefaistión. Había muchos egipcios en el campamento.

Por la noche, sin yerme siquiera, me permitió que le diera de beber agua. Sin pedirle autorización, me traje unos cojines y dormí allí. Por la mañana lo vi despertarse de un breve sueño y soportar el recuerdo. Aquel día lloró como si acabara de aprender a hacerlo. Era como si se hubiera quedado pasmado y ahora empezara a moverse. En determinada ocasión hasta me dio las gracias. Pero su rostro era extraño y no me atrevía a abrazarle.

A la mañana siguiente despertó antes que yo. Se encontraba de pie con un puñal en la mano y se estaba cortando con él el cabello.

Por unos momentos pensé que había perdido el juicio y que tal vez fuera después a cortarse la garganta o cortármela a mí. Los griegos contemporáneos sólo depositan un mechón en la pira funeraria. Entonces recordé que Aquiles se había cortado el cabello por Patroclo. Busqué la navaja y le dije:

- Permíteme hacerlo. Lo haré tal como tú quieres.

- No repuso sin dejar de cortárselo, no, tengo que hacerlo yo mismo.

Pero se impacientó al llegar a la nuca y me permitió terminar el trabajo para poder marcharse. Agitado por su muerte viviente, mirando con fijeza y completamente despierto, salió como una exhalación.

Preguntó dónde estaba Hefaistión pero los embalsamadores le tenían cubierto de salitre. Preguntó si el médico había sido ahorcado (Seleuco obró, pues, con prudencia) y ordenó que su cuerpo fuera clavado en cruz. Ordenó también que cortaran las crines de todos los caballos del ejército en señal deduelo. Ordenó que se suprimiera el oro y la plata de las murallas de Ecbatana y que éstas fueran pintadas de negro.

Lo seguía siempre que podía por temor a que enloqueciera por completo o se volviera como un niño. Sabía que estaba loco. Pero comprendía dónde estaba y con quién. Se obedecieron todas sus órdenes. Glauquias, el médico, estaba completamente cubierto de cuervos.

Lo estaba siguiendo, no muy de cerca para evitar que me viera, cuando tropezó con Eumenes, que lo había visto aproximarse demasiado tarde. No pude ver su rostro, pero sí vi el terror reflejado en el de Eumenes. Sabía que era sospechoso de desear la muerte de Hefaistión.

Poco después se erigió un catafalco en la plaza de palacio, adornado con festones de duelo. Le dijeron a Alejandro que lo habían levantado los amigos del extinto para dedicarle ofrendas. Alejandro salió a verlo. Eumenes fue el primero: le ofreció toda la panoplia de sus armas y armaduras que era muy valiosa. Fue seguido por una larga procesión. Todos los que habían intercambiado con Hefaistión alguna palabra dura en el transcurso de los cinco años anteriores.

Alejandro lo observó todo tranquilamente, como un niño al que se miente y no se desea decepcionar. Los perdonó, no por su simulación sino por su arrepentimiento y su temor.

Cuando hubieron terminado, se acercaron todos aquellos que habían apreciado sinceramente a Hefaistión. Me sorprendí de su número.

Al día siguiente Alejandro organizó el entierro. Se verificaría en Babilonia, el centro del nuevo imperio, y allí se levantaría para siempre su monumento. Al solicitar la paz tras la caída de Tiro, Darío había ofrecido diez mil talentos en calidad de rescate por su madre, esposa e hijas. Por Hefaistión, Alejandro se iba a gastar doce.

Tomar todas estas decisiones, escoger a un arquitecto para la construcción de una elevada pira real y preparar los juegos funerarios en los que iban a intervenir tres mil participantes, contribuyó a tranquilizar su espíritu. Se mostró claro y preciso en todo.

A la hora de acostarse me hablaba de Hefaistión como si el recuerdo pudiera devolverle a éste la vida; lo que hacían cuando eran niños, lo que había dicho a propósito de esto o de aquello, cómo adiestraba a los perros. Pero comprendí que había algo que no me decía; noté sus ojos posados encima de mí al darme la vuelta. Lo comprendí. Pensaba que el hecho de haberme tomado a mi había entristecido a Hefaistión y que tenía que resarcirle por ello. Poco a poco me apartaría a un lado, castigándose a sí mismo y no a mí, hacerle este regalo al muerto. Si se lo proponía, lo haría.

Mi mente corría como el ciervo perseguido que apenas se da cuenta de que corre. Le dije:

- Es bueno que Eumenes y los demás le hayan dedicado ofrecimientos. Ahora está en paz con todos ellos. Ha olvidado la cólera mortal. De todos los hombres de la tierra sólo le preocupas tú, ahora que ha entrado a formar parte de los inmortales.

Retrocedió dejándome la toalla en las manos y se comprimió los ojos con la parte inferior de las manos con tal fuerza que creí que iba a lastimárselos. No sé lo que debió ver en aquella centelleante oscuridad. Abandonándola dijo:

- Sí, sí, si. Así debe ser, no es posible otra cosa.

Lo había acostado y estaba a punto de marcharme cuando me dijo con la misma energía con que había organizado los juegos:

- Mañana enviaré una embajada al oráculo de Amón.

Contesté amablemente y me fui con sigilo. ¿Qué nuevo sesgo había adquirido su locura? Al referirme a los inmortales había pensado en persa, en las almas de los hombres fieles que cruzan a salvo el Río para llegar al Paraíso. Pero Alejandro había pensado en griego. Le pediría al oráculo que Hefaistión se convirtiera en dios.

Me arrojé sobre la cama y me eché a llorar. «Ha tomado la resolución y lo hará.» Pensé en los egipcios, este pueblo tan antiguo y desdeñoso como consecuencia de su larga historia. «Se burlarán de él pensé, se burlarán de él.» Después lo recordé:

«Él ya es una divinidad, Amón así lo reconoció. Sin Hefaistión no puede soportar siquiera la inmortalidad.»

Mi aflicción era tan absoluta que el espíritu se me quedó blanco y vacío y conseguí conciliar el sueño.

Al día siguiente escogió a los sacerdotes y emisarios y eligió los presentes que éstos iban a ofrecer al dios. La embajada emprendió la marcha al otro día.

Después se le vio más calmado; su locura iba sanando día a día, si bien todo el mundo vivía temiéndola. Sus amigos hicieron donaciones con destino al entierro.

Eumenes fue el más generoso, recordando sin duda el día en que había ardido su tienda; aún seguía dando grandes rodeos para cruzarse en el camino de Alejandro.

Para aliviar mi tristeza, salí a cabalgar a las montañas. Desde allí miré hacia atrás y vi las siete murallas despojadas de sus esplendores, siete anillos negros. Y volví a llorar.


El muchacho persa


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