Capítulo 28

El tiempo pasa, todo pasa. Comió, empezó a dormir y a reunirse con sus amigos. Hasta concedió una o dos audiencias. El cabello cortado empezó a crecerle. A veces hablaba conmigo de asuntos cotidianos. Pero no hacia comentario alguno acerca de la embajada que se estaba dirigiendo a Siva.

El otoño trajo al invierno. Ya había pasado la época en que los reyes solían dejar Ecbatana para trasladarse a Babilonia. De la mitad del imperio y de más lejos se habían ya puesto en camino muchas embajadas para reunirse allí con él.

Los egipcios habían llevado a cabo un trabajo muy hábil con Hefaistión. Éste yacía en un féretro dorado sobre una tarima recubierta de costosas telas, en una de las salas de honor. A su alrededor habían depositado los trofeos de armas y las ofrendas. No lo habían fajado, enfundado y enmascarado tal como hacen en Egipto. Un cuerpo sometido a sus tratamientos, aunque no esté envuelto, conserva los rasgos vitales a lo largo de muchas generaciones. Alejandro acudía con frecuencia a visitarlo. Una vez me llevó consigo porque había alabado dignamente al extinto y levantó la cubierta para que pudiera verlo. Yacía sobre una tela dorada entre el punzante aroma de las especias y el salitre. Cuando lo quemaran en Babilonia ardería como una antorcha. Su rostro era hermoso y sereno, de color marfil oscuro. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho; descansaban sobre los mechones del cabello de Alejandro.

El tiempo pasaba; ahora ya estaba en condiciones de hablar con sus amigos. Y después sus generales, en su sabiduría de soldados y haciendo lo que yo no hubiera podido, le trajeron la única medicina que podía sanarlo. Se presentó Tolomeo para comunicarle que los cosayanos habían encargado decirle que le exigían el tributo.

Se trataba de una tribu de famosos bandidos que vivían en las proximidades de los desfiladeros existentes entre Ecbatana y Babilonia. Las caravanas que seguían aquel camino solían esperar hasta ser lo suficientemente grandes como para poder contratar los servicios de un regimiento. Al parecer, cada año los reyes solían ser atacados hasta que accedieron a dar un saco de dáricos de oro antes de iniciar el viaje de otoño para pagar con él a los cosayanos. Había vencido el plazo del pago de este derecho de peaje y venían a reclamarlo.

El «¿cómo?» de Alejandro fue casi como el de otros tiempos.

- ¿Un tributo? preguntó. Que esperen. Les daré yo buen tributo.

- Es una región muy difícil dijo Tolomeo frotándose la barbilla. Aquellas fortalezas son nidos de águilas. Ocos jamás consiguió reducirlos.

- Sin embargo, tú y yo lo haremos dijo Alejandro.

Emprendería la marcha al cabo de siete días. Todos los cosayanos que matara, dijo, los dedicaría a Hefaistión, de la misma manera que Aquiles había ofrendado los troyanos a la pira de Patroclo.

Hice el equipaje sin preguntar nada. Había dejado de dirigirme aquellas miradas furtivas; daba por descontada mi presencia y en aquellos momentos me bastaba con eso. Ya había aceptado en mi corazón la posibilidad de que jamás volviera a acostarse conmigo por no afligir el espíritu de Hefaistión. El duelo se había convertido en una costumbre. Yo sólo podría vivir estando a su lado.

Al llegar a los desfiladeros, Alejandro se repartió las tropas con Tolomeo. Allí arriba ya había llegado el invierno. Formábamos, como en el Gran Cáucaso, un campamento que iba avanzando a medida que caían las fortalezas. Cada noche regresaba rebosante de los hechos que habían acontecido en el transcurso del día y ya no se dedicaba a meditar. Al séptimo día se rió por primera vez.

Aunque los cosayanos eran unos ladrones y asesinos de cuya desaparición se hubiera beneficiado la humanidad, temía por él que pudiera llevar a cabo una demencial y enfurecida matanza. Pero volvía a ser el que había sido. Ciertamente que mataba cuando la batalla así lo exigía y tal vez Hefaistión se mostrara complacido si es que los muertos aman la sangre tanto como dice Homero. Pero más que nada hacía prisioneros, tal como tenía por costumbre, y retenía a los caudillos para poder negociar. Su mente era tan lúcida como siempre. Descubría todos los caminos de cabras que daban acceso a los nidos de águilas. Sus astucias y ataques por sorpresa constituían una obra de arte. Y a los artistas los sana su propio arte.

Una noche, después de haber alcanzado uno de estos triunfos, invitó a cenar en su tienda a los principales comandantes. Antes yo le había comentado con indiferencia:

- Tendrías que cortarte el pelo, Alejandro.

Y él me permitió que le cortara las puntas. Aquella noche se embriagó bastante. No lo había hecho desde la muerte de su amigo; hubiera sido una mezquindad ahogar aquel dolor. Ahora lo hizo para celebrar una victoria y, mientras le ayudaba a acostarse, el corazón se me alegró.

Avanzamos hacia el siguiente fuerte. Alejandro organizó las líneas de asedio. Las primeras nieves empezaron a blanquear las cumbres y los hombres se arrimaron a las hogueras. Vino resplandeciente de la escarcha y el fuego y saludó a los acompañantes de guardia tal como tenía por costumbre. Cuando le acerqué la lamparilla de noche, extendió la mano y me tomó la mía.

Aquella noche no utilicé artificio alguno o tal vez no utilicé más que aquel que ya había pasado a formar parte de mi modo de ser; sólo la ternura de la que brota espontáneamente el placer como las flores de la lluvia. Tuve que frotarme los ojos contra la almohada para borrar mis lágrimas de júbilo. Vi en su rostro dormido las huellas de la locura, del dolor y el insomnio. Pero se trataba de heridas en vías de cicatrización. Descansaba tranquilo.

Pensé: «Ha reconstruido la leyenda en perenne bronce. Le será fiel aunque viva setenta años. El regimiento de Hefaistión llevará siempre su nombre quienquiera que esté a su mando y él seguirá siendo siempre el amante de Alejandro; nadie escuchará jamás la frase "Te quiero más que a nadie." Pero aquel sepulcro sólo será la morada de la leyenda; el hombre se convertirá primero en azuladas y sibilantes llamas y después en polvo. Que su lugar esté en el Olimpo con los inmortales mientras el mío esté aquí. »

Me alejé sigilosamente antes de que despertara. Atacaría la fortaleza al rayar el alba; no dispondría de mucho tiempo para pensar en ello.

Los cosayanos en toda su perversa historia jamás habían sido atacados en pleno invierno. Las últimas fortalezas, muertas de hambre, se rindieron a cambio de la libertad de los cautivos. Tardamos en total cuarenta días. Alejandro dejó guarniciones en todos los fuertes del desfiladero, mandó derribar los demás y la guerra terminó.

Las caravanas empezaron a cruzar los desfiladeros. La corte emprendió la marcha para descender hacia Babilonia. En los arbustos desnudos que se desprendían de la nieve empezaban a brotar rojos y duros botones.

De no ser por su locura, hubiera podido invernar allí en la estación templada preparando los planos del nuevo puerto y organizando la flota de Arabia. Ahora se encontraría allí en una estación en la que los reyes persas ya hubieran estado pensando en Persépolis. Durante la guerra cosayana, las distintas embajadas habían estado esperándolo.

Fueron a su encuentro cuando acampó al otro lado del Tigris. Se había preparado para recibirlas con gran pompa. Pero nadie se imaginaba lo que íbamos a encontrar.

No procedían solamente del imperio sino de la mayoría de las regiones del mundo conocido. De Libia con una corona de oro africano, de Etiopía con hipocampos y colmillos de enormes elefantes; de Cartago con lapislázuli y perlas y especias; de Escitia con ámbar hiperbóreo. Llegaron del noroeste rubios y fornidos celtas y de Italia pelirrojos etruscos, y hasta iberos de más allá de las Columnas. Lo saludaron como rey de Asia y le expusieron las disputas de más allá de sus fronteras solicitando su prudente parecer. Vinieron con ofrendas, solicitando oráculos tal como hacen los griegos cuando acuden a los grandes santuarios de sus dioses.

La mayoría de aquellos alejados pueblos debían haberse imaginado a alguien de elevada estatura. Algunos de los celtas eran tan altos como Poros y, sin embargo, ninguno se alejó de su presencia sorprendido de que fuera lo que era. Merecía que le depositaran toda la tierra en las manos.

En realidad, en la época actual su rostro ha modificado los mismos rostros de los dioses. Mirad las estatuas y las pinturas. Todo el mundo recuerda sus ojos.

El hecho de que reconocieran su valía contribuía a sanar su enfermedad. Después de todo lo que había sufrido, los griegos murmuraban que su suerte era superior a la de cualquier mortal y que los dioses son envidiosos. A uno de ellos le dije:

- Habla por ti. El nuestro es un gran rey y no envidia a nadie; goza de la luz y de la gloria. Por eso le ofrecemos fuego.

No me extraña que los griegos tengan dioses envidiosos estando ellos llenos de envidia.

Durante tres días no tuvo tiempo de afligirse. Habló con exaltación recordando Siva y pensando en el lejano Occidente, cuyos pueblos acababa de conocer. Pero a veces se le alteraba el semblante como si la congoja le rozara el hombro y le dijera:

«¿Acaso me has olvidado?»

En los valles del río, el verde trigo ya despuntaba de la fértil tierra. Las negras murallas de Babilonia ya se destacaban en el llano horizonte cuando a nuestro último campamento del camino se acercó un hombre al galope. Era Niarco y venía a la ciudad. Aunque las penalidades sufridas habían dejado en él su huella, podía adivinarse que no tenía más que cuarenta años. Me pareció preocupado. «No pensé, no le traigas malas noticias ahora que está mejor.» Y me quedé a escuchar.

Alejandro le dio la bienvenida, le preguntó por su salud y por la flota. Después añadió:

- Y ahora, cuéntame qué sucede.

- Alejandro, son los sacerdotes caldeos, los astrólogos.

- ¿Qué les ocurre? Les entregué una fortuna para que reconstruyeran el templo de Zeus-Bel. ¿Ahora qué quieren?

- No se trata de eso dijo Niarco.

Aunque no podía verle desde donde me encontraba, presentí como una especie de desfallecimiento. El marino no tenía por costumbre andarse con rodeos.

- ¿Y bien? dijo Alejandro. ¿Qué sucede?

- Alejandro, me leyeron las estrellas antes de emprender la marcha hacia la India. Todo sucedió tal como habían predicho. Por eso he acudido de nuevo a ellos. Me han dicho algo que... me ha inquietado. Alejandro, te conozco desde que eras así de pequeño. Sé cuándo celebras tu cumpleaños, el lugar, la hora, todo lo que les hace falta. Les pedí que te leyeran las estrellas. Dicen que Babilonia no te es propicia ahora. Iban a venir a verte por su cuenta para advertirte. Es una costa de sotavento, dicen. Funesta.

Se produjo una breve pausa y Alejandro preguntó después:

- ¿Muy funesta?

- Mucho. Por eso he venido.

Una pausa más breve.

- Muy bien, me alegro de verte. Dime una cosa, ¿han terminado la reconstrucción del templo?

- No han pasado de los cimientos. No sé por qué.

- Yo sí dijo él echándose a reír. Se han dedicado a aumentar el sagrado impuesto para la conservación del templo desde que Jerjes lo redujo. Durante muchas generaciones. Deben ser los sacerdotes más ricos de la tierra. Pensaban que yo no regresaría jamás y que la situación se prolongaría indefinidamente. No me extraña que no quieran que vaya.

- No lo sabía dijo Niarco carraspeando. Pero... me predijeron que sufriría dificultades en las aguas, que viviría para ser honrado por un rey y que contraería buen matrimonio con una mujer extranjera. Ya te lo conté en el festín nupcial.

- Sabían que eras almirante y amigo mío. ¡Maravilloso! Te invito a cenar.

Ordenó que prepararan alojamiento a Niarco y se dispuso a terminar el trabajo del día.

A la hora de acostarse, me incliné hacia él y me dijo:

- ¡Fisgón! No pongas esa cara tan triste. Te está bien empleado.

- ¡Alejandro! exclamé poniéndome de hinojos a su lado. Haz lo que te dicen. ¿Qué más da que se queden con el dinero? No son adivinos, no les es preciso ser puros de corazón. Es la sabiduría que poseen. Todo el mundo lo dice.

Extendió la mano y tomó un mechón de mi cabello entre el índice y el pulgar.

- ¿Ah, sí? Kalístenes también poseía sabiduría.

- No se atreverían a mentir. Todo su honor estriba en las predicciones verdaderas. Yo he vivido en Babilonia, he hablado con toda clase de gente en las casas de danza.

- ¿De veras? dijo tirándome suavemente del mechón. Cuéntame más cosas.

- Alejandro, no vayas a la ciudad.

- ¿Qué tendré que hacer contigo? Sube, no estés hecho para dormir solo.

Los caldeos llegaron al día siguiente.

Vinieron enfundados en las túnicas sagradas, cuya forma no había variado desde hacia muchos siglos. Quemaron incienso ante ellos; sus varas lucían los símbolos de las estrellas. Alejandro los recibió con su armadura de gala, toda macedonia. Consiguieron convencerlo de que hablara con ellos en privado, únicamente en presencia del intérprete. Los caldeos casi tienen un lenguaje propio y los babilonios no hablan buen persa, pero yo abrigaba la esperanza de que entendiera lo suficiente como para dejarse convencer.

Regresó muy serio. No era de los que creían que Dios no tenía más nombre que el que habían oído en la infancia.

Le habían suplicado que se dirigiera hacia el este, lo cual le hubiera conducido a Susa. Pero sus mayores preocupaciones estaban en Babilonia: el nuevo puerto, la navegación hacia Arabia, los ritos funerarios en honor de Hefaistión. Seguían dudando de su buena fe. Había fallecido el viejo Aristandro, a quien hubiera podido ordenar que le leyera los presagios.

De todos modos, puesto que el oeste no le era propicio, dijo que rodearía la ciudad por el este y entraría por la Puerta del Sur.

No había ninguna Puerta del Este y pronto supimos el porqué. Por aquel lado tropezamos con grandes extensiones pantanosas, traicioneras y llenas de charcas. El Éufrates se filtraba en ellas. Hubiera podido dar un rodeo más grande aunque tuviera que cruzar y volver a cruzar el Tigris y regresar Éufrates arriba. Pero dijo con impaciencia:

- Con eso basta. No voy a agacharme como una rana en un pantano para complacer a los caldeos.

Desde que había recibido las embajadas, era consciente de que los ojos del mundo estaban fijos en él. Tal vez fuera suficiente. De todos modos retrocedió por el norte y el oeste.

No obstante, decidió no entrar todavía en la ciudad y acampó junto al río. Supo entonces que estaban al llegar otras embajadas, esta vez procedentes de Grecia. Anaxarcos, metomentodo como siempre, le recordó que los pensadores griegos ya no creían en los presagios. Y ello lo enorgulleció.

Hacía tiempo que le tenían preparado el palacio. Mientras cruzaba las puertas en el carro de Darío, unos cuervos empezaron a pelearse en el aire y uno de ellos cayó muerto ante sus caballos.

Sin embargo, como para confundir los augurios, la primera noticia que recibió fue de vida y alegría. Roxana se había trasladado directamente desde Ecbatana al harén de palacio. Al acudir a visitarla, supo que estaba encinta.

Ella ya lo sabía en Ecbatana, pero le dijo que había esperado para estar más segura. La verdad, no me cabe la menor duda, fue que ello sucedió en la época de su locura y ella temió darle la noticia por miedo a que se le acercara.

Le hizo los acostumbrados presentes de honor y envió un emisario a su padre para comunicarle la noticia. Por su parte, se lo tomó con bastante calma. Tal vez ya había desistido de engendrar un hijo de ella y había pensado engendrar a su debido tiempo un heredero de Estateira. Tal vez su pensamiento estuviera en otras cosas.

Al comunicarme la noticia le dije:

- ¡Oh, Alejandro, que vivas para poder verlo victorioso a tu lado!

Lo sostuve con ambas manos como si tuviera el poder de desafiar a los cielos. Nos quedamos de pie en silencio comprendiéndonos el uno al otro. Al final él me dijo:

- Si me hubiera casado en Macedonia tal como quería mi madre, antes de cruzar el Asia, el muchacho tendría ahora doce años. Pero no tuve tiempo. Nunca hay tiempo.

Me besó y me alejó.

No verlo era para mí un tormento. Lo vi moverse entre los esplendores medio olvidados de mi infancia. Había llegado con el corazón aliviado. Ahora el temor y el pesar me oprimían como una enfermedad. ¿Por qué había escuchado a los caldeos y obedecido el consejo desafiándolo después? «Es Hefaistión pensé, que influye en él desde su mundo de los muertos.»

Hay que vivir, me había dicho hacia mucho tiempo, como si tuviera que ser para siempre y como si cada momento pudiera ser el último. Ordenó inmediatamente la construcción del gran puerto y la organización de la flota de Arabia a cuyo cargo estaría Niarco. Ahora estábamos en primavera y hacía tanto calor como en Susa en verano. Regresaría del nuevo puerto y se dispondría a tomar el baño. Nada del palacio le proporcionaba mayor placer. Le encantaban las frescas paredes, las caladas persianas que permitían vislumbrar el río, la gran bañera con sus azulejos de lapislázuli y sus peces dorados. Flotaría en ella y el agua le levantaría los cabellos.

Pero Hefaistión siempre estaba presente. Ahora le correspondía el turno al rito de la incineración.

La flota y el nuevo puerto estaban muy adelantados. Alejandro disponía de tiempo que empezó a dedicar exclusivamente a esta cuestión. Volvió a sumirse un poco en su locura. Si se le despertaba, se mostraba sensato, pero al poco regresaba a sus sueños. Los sueños de Alejandro eran demonios. Los conjuraba y le obedecían.

Ordenó derribar hasta la mitad diez estadios de la muralla de la ciudad y construir una plaza. En ella ordenó levantar una plataforma de hermosos azulejos, de un estadio de lado. Ésa iba a ser la base de la pira que se iba ahusando piso tras piso. En cada uno de éstos figuraban relieves en fina madera como si todo aquello estuviera destinado a durar eternamente. En la cima, proas de barcos con arqueros y guerreros de tamaño superior al natural, diez antorchas de veinte pies de largo adornadas con águilas y serpientes y una escena de animales salvajes y cazadores. Arriba, trofeos de armas tanto macedonios como persas para simbolizar el hecho de que ambos pueblos habían honrado al extinto. Encima no sé qué otra cosa, elefantes, leones y guirnaldas. Cerca del remate había unas sirenas aladas, huecas por detrás, en las que unos cantores lanzarían lamentos antes de que fuera encendida la pira. De las distintas plataformas colgaban grandes banderas carmesíes. Dentro había sitio suficiente para una escalera, al objeto de poder subirlo con dignidad.

«Ningún rey se ha ido de esta guisa desde el principio del mundo pensé. Lo ha soñado como si fuera para sí mismo.» Observé su rostro con los ojos mirando hacia la pira en su serena locura y no me atrevía a hacer nada, ni siquiera a tocarle.

El carro funerario había sido escoltado por Perdicas desde Ecbatana. Hefaistión yacía en el palacio con gran pompa tanto aquí como allí. Ahora Alejandro se trasladaba con mayor frecuencia a visitarlo. Pronto lo perdería. Por medio de Larisa, que había sido amigo suyo, encargó a un escultor, que lo había visto con frecuencia, una pequeña estatua suya en bronce para regalársela a Alejandro. Éste la recibió con tanto agrado que todos sus amigos, compitiendo en su afecto, o tal vez para ganarse su favor, empezaron a regalarle estatuas de oro, marfil o alabastro. Pronto tuvo la habitación llena. Dondequiera que mirara, allí estaba Hefaistión. Y yo, que había pensado que cuando ardiera la pira todo habría terminado.

Un día en que estaba solo tomé entre mis manos la mejor de las estatuillas y pensé: «¿Quién eres tú, qué eres, que puedes hacerle esto a mi señor?» Él se me acercó por detrás y, con tanta cólera que la estatuilla casi se me cayó, me dijo:

- ¡Déjala! yo conseguí dejarla en su sitio temblando por temor al exilio; después él se tranquilizó. ¿Qué estabas haciendo?

- Lo querías repuse. Y deseaba comprenderlo.

Cruzó la estancia y después me dijo:

- Él me conocía.

Y no hubo más. Fui perdonado y él no quiso causarme ningún daño. Le había hecho una pregunta y él me la había contestado.

Habían nacido el mismo mes, en las mismas colinas, pertenecían a la misma raza y adoraban a los mismos dioses. Habían vivido bajo el mismo techo desde que tenían catorce años. Ciertamente que cuando a mí me había parecido que formaba una sola cosa en él, ¡cuántas cosas había ignorado!

«El tiempo pasará pensé. Podían soportar estar separados en el transcurso de las campañas; llegará a ser algo parecido. Si hay tiempo.»

Llegó el día. En la media luz que precede al alba se reunieron en la plaza, alrededor de la plataforma, generales, príncipes, sátrapas, sacerdotes; abanderados, heraldos, músicos; los elefantes pintados. Junto a los peldaños estaban los braseros y las antorchas.

La pira se levantaba sobre columnas de madera de palma. El espacio intermedio estaba lleno de yesca y paja seca. Alejandro se adelantó solo con su antorcha.

Por encima de su locura se exaltó hasta el éxtasis. Peuquestas, que lo había visto luchar herido por la flecha de los malianos, dijo más tarde que su aspecto había sido exactamente igual al de entonces. Los elefantes enroscaron las trompas hacia atrás y barritaron.

Alejandro arrojó la antorcha y las llamas prendieron inmediatamente. Le siguieron sus amigos y después todo el mundo empezó a arrojar teas. El fuego atravesó los enjaretados de madera y llegó a la plataforma de los barcos empezando a rugir.

A lo largo de toda su altura el centro de la pira estaba lleno de yesca. El fuego fue ascendiendo en espiral más allá de los barcos y los arqueros y los leones y las águilas y los escudos y las guirnaldas. Al llegar arriba envolvió al féretro y estalló en una gran llamarada contra el verdoso cielo del amanecer.

En cierta ocasión ambos habían contemplado el uno al lado del otro aquella fiesta del fuego de Persépolis.

Por unos momentos la alta torre se irguió en su terrible belleza; después fue desplomándose plataforma tras plataforma. El féretro se desvaneció. La madera, los pesados relieves, empezaron a caer levantando nubes de chispas tan altas como árboles. La pira era ahora una sola antorcha ardiendo hasta el fondo y a su resplandor observé el rostro de Alejandro.

Salió el sol. Todos los reunidos permanecieron de pie como aturdidos por el calor. Cuando no quedó más que el rojo rescoldo y la blanca ceniza, él mismo disolvió la reunión. Dio personalmente la orden. Había supuesto que tendrían que despertarlo.

Mientras se marchaba se le acercaron varios sacerdotes procedentes de toda clase de templos. Él les contestó brevemente y siguió su camino. Se les veía entristecidos. Alcancé a uno de los acompañantes que habían estado cerca y le pregunté qué había sucedido.

- Le han preguntado si podían volver a encender el fuego sagrado ahora me contestó. Y él les ha dicho que hasta la puesta del sol.

¿Los fuegos del templo? pregunté con incredulidad. ¿Ha ordenado que los apagaran?

- Sí, en señal de duelo. Bagoas, tienes mala cara, será por el calor. Ven a la sombra. ¿Significa eso algo en Babilonia?

- Lo hacen cuando muere el rey.

Se hizo el silencio entre nosotros. Al final él me dijo:

- Pero cuando lo ordenó supongo que debieron decírselo.

Me dirigí apresuradamente a palacio con la esperanza de encontrarlo solo. Tal vez encendiéndolos ahora se borrara el mal presagio. ¿Acaso no bastaba el anterior para que hubiera provocado otro por su cuenta?

Pero ya había mandado llamar a unas veinte personas y estaba organizando los juegos funerarios. Los graves rostros de los persas me hicieron comprender que otros habían intentado advertirle. Los viejos eunucos de palacio, que habían vivido lo suficiente como para ver apagados tres veces los fuegos, estaban murmurando por lo bajo y me miraban. Decidí no unirme a ellos. Los templos permanecieron a oscuras hasta el anochecer. Alejandro se pasó todo el día organizando los juegos. No quedaban muchas cosas por hacer, pero daba la impresión de no poder detenerse.

Los juegos se prolongaron casi por espacio de quince días. Habían acudido los mejores artistas de las tierras griegas. Acudí a las representaciones, sobre todo para poder contemplar su rostro. Sólo me ha quedado grabada en la memoria una de ellas: Las Mirmídonas, que Tétalo ya había interpretado en otra ocasión para Alejandro. Gira en torno a Aquiles y la muerte de Patroclo. El propio Tétalo acababa de perder a un amigo, un actor que había muerto en el transcurso del viaje desde Ecbatana. Pero consiguió llevar la representación a feliz término porque era un profesional. Alejandro permanecía sentado como si sus pensamientos estuvieran lejos. Yo conocía aquella mirada. Era la misma que observé cuando Peuquestas le cortó la flecha.

Al parecer, la música le resultaba beneficiosa. Cuando los citaristas actuaban, se le veía como aliviado de su pesar. Después agasajó a los vencedores y les dijo a todos y cada uno de ellos las cosas más adecuadas. «Quizá todo este fuego haya borrado de él los últimos restos de locura», pensé.

Empecé a bajar de nuevo al río para presenciar el adiestramiento de los marineros; organizó carreras para los remeros y estableció premios. Después empezaron a llegar las embajadas de Grecia.

Se trataba de embajadas de felicitación, para honrarlo tras su feliz regreso del confín del mundo. Le traían coronas de oro, exquisitas guirnaldas obra de joyeros, y misivas de honor. Hasta vinieron los envidiosos atenienses, llenos de hipócritas cumplidos. Él sabía que mentían. Pero les entregó a cambio las estatuas de los Libertadores, sacadas de Susa, con el objeto de que volvieran a colocarlas en su ciudadela. Al hacer el ofrecimiento, señaló, como sin darse cuenta, los puñales y vio que yo lo miraba.

La última embajada era la de Macedonia.

No era como las demás. El regente Antipatro, al que tenía que suceder Krateros, había enviado a su hijo para que hablara en su nombre.

En el transcurso de todos los años de regencia, que se remontaban a la época del rey Filipo, la reina Olimpia lo había odiado, creo yo que porque deseaba gobernar ella en su lugar. Conocedor el regente de todas las calumnias de ésta, tal vez no fuera de extrañar que pensara que dichas calumnias habían ejercido el efecto deseado y que ahora se le mandaba llamar para someterlo a juicio. Los diez años que llevaba sin ver a Alejandro justificaban el desconocimiento que tenía de éste. Aun así, hubiera debido mostrarse lo suficientemente sensato como para no enviar a su hijo Casandro. Siempre y cuando actuara de buena fe, claro.

Siempre que Alejandro me hablaba de su infancia, se refería con desagrado al joven que era éste entonces. Se habían disgustado el uno al otro a lo largo de su periodo de instrucción y en cierta ocasión hasta habían llegado a las manos. El motivo de que hubiera sido dejado en Macedonia era simplemente que Alejandro no deseaba tenerlo en el ejército.

Sin embargo, había ayudado a su padre a aplastar un levantamiento en el sur de Grecia y lo había hecho muy bien. Es indudable que padre e hijo esperaban que ello les sirviera de carta de recomendación. Llegó al cabo de tanto tiempo que a Alejandro se le antojó un extraño, pero ambos se desagradaron nada más verse, tal como les había sucedido antes.

Se trataba de un arrogante y pelirrojo macedonio lleno de pecas que lucía la antigua barba macedonia. Como es natural, era también absolutamente desconocedor de la vida de la corte persa. Ya me había olvidado de que pudieran existir personas semejantes.

Era indudable que lo consumía la envidia. El salón del trono había sido amueblado de nuevo para recibir debidamente a las embajadas; junto al trono había un gran semicírculo de triclinios de patas plateadas en los que tenían derecho a sentarse los principales amigos del rey, persas y macedonios, cuando éste concedía audiencias. Los miembros de su Casa permanecían de pie a su espalda. Ahora que habían vuelto a implantarse las usanzas protocolarias, a mí me correspondía ocupar un lugar próximo al trono. Allí estaba yo cuando entró Casandro. Mientras esperaba a Alejandro, lo vi mirarnos a nosotros los eunucos como si fuéramos sabandijas inmundas.

La audiencia no siguió buenos derroteros. Habían acudido unos enviados de Macedonia para quejarse del regente. Casandro se precipitó al afirmar que habían venido para estar bien lejos de todas las pruebas; creo que uno de ellos por lo menos había sido enviado por la reina Olimpia. Sólo un hombre se había atrevido a hablar contra ésta ante Alejandro y ello le costó la vida. Alejandro interrumpió la audiencia y dijo a Casandro que esperara mientras se entrevistaba con unos persas.

¡Unos bárbaros antes que él! Pude ver su cólera. Retrocedió y los persas, que no pertenecían al rango de Parientes Reales, efectuaron la postración.

Casandro los miró con desprecio. No es cierto, como dicen algunos, que se riera estruendosamente. Era un enviado que tenía una misión que cumplir. Y tampoco es cierto que Alejandro le golpeó la cabeza contra la pared. No tenía por qué hacerlo.

Lo que sí es cierto es que los miró despectivamente sin disimulo alguno. Supongo que la cólera lo impulsó a la temeridad. Se volvió a un acompañante y se los señaló con el dedo. Alejandro dejó que se levantaran los persas, habló con ellos y ordenó que se retiraran. Después bajó del trono, agarró a Casandro por el cabello con una mano y lo miró a la cara.

Pensé: «Va a matarlo.» Y creo que Casandro también lo pensó. Pero fue algo más que eso. Fue algo más que el poder real, más, incluso, que la palabra del oráculo de Amón. Había superado el fuego y la oscuridad. Lo único que tenía que hacer era ponerlo de manifiesto. Casandro lo miró como el pájaro mira a la serpiente, pálido a causa del puro terror desnudo de hombre ante hombre.

- Puedes retirarte le dijo Alejandro.

La puerta estaba muy lejos. Debió comprender que el terror lo había marcado como un tizón y que todas las criaturas objeto de su desprecio lo habíamos observado.

Más tarde, estando a solas con Alejandro, dije a éste:

- Odiar así es peligroso. ¿Por qué no lo envías a casa?

- Ni hablar repuso él. Volvería y le diría a Antipatro que soy su enemigo, lo instaría a rebelarse y a matar a Krateros cuando éste llegara, y a apoderarse de Macedonia. No, hasta que Krateros no llegue a Macedonia y Antipatro se vaya, Casandro se quedará aquí bajo mi vigilancia... Hefaistión tampoco le había podido soportar jamás.

En otros tiempos le hubiera dicho que quitara silenciosamente de en medio a aquel hombre. Ahora sabía que no era capaz de hacer aquello que no pudiera declarar públicamente. El pesar de mi vida estriba en no haberlo hecho yo por mi cuenta en secreto Me atormenta pensar que con un pequeño frasco hubiera podido suprimir el odio asesino que ha perseguido a mi señor más allá de la tumba; su madre, su esposa, el hijo que jamás vi nos hubieran dado de él algo más que un recuerdo.

Llegó el verano. Todos los reyes persas ya hubieran estado en Ecbatana. Sabía que él jamás volvería a cruzar aquellas puertas. Me alegraba de que la flota y el puerto lo mantuvieran ocupado. Ya habían transcurrido cuatro meses desde la profecía de los caldeos. Casi conseguía olvidarme de ellos, menos cuando veía levantarse el nuevo templo de Bel.

Pronto dejamos la ciudad durante algún tiempo. Río abajo se producían cada año inundaciones cuando se fundían las nieves de sus fuentes y por esta causa las gentes de allí, que pertenecían a la antigua raza asiria, vivían en medio de la pobreza. Alejandro deseaba construir presas y canales y crear nuevas tierras de labor. No era más que un paseo por el río, pero me alegraba de que abandonara aquellas murallas.

Siempre le habían gustado los ríos. Los barcos navegaban entre cañas tan altas como hombres, gobernados por los pilotos asirios. A veces las copas de los umbrosos árboles se juntaban en lo alto y entonces nos deslizábamos entre verdes cavernas; en otras ocasiones avanzábamos entre hojas de lirios en estanques abiertos. El río presenta allí muchas ramificaciones. Alejandro permanecía de pie en la proa y a veces empuñaba el timón. Se cubría la cabeza con el mismo gorro de paja que había utilizado en Gadrosia.

La corriente se ensanchaba entre sauces llorones que se agitaban al viento. Entre ellos se levantaban antiguas construcciones de piedra con figuras, desgastadas por el tiempo y las inundaciones, que representaban leones y toros alados con cabeza de hombre. Al inquirir Alejandro acerca de ellas, el patrón babilonio contestó:

- Gran Rey, son las tumbas de los reyes de los tiempos en que los asirios dominaban estas tierras. Éste era su cementerio.

Mientras el hombre contestaba, una ráfaga de viento se llevó el gorro de Alejandro. Su cinta púrpura, símbolo de la realeza, se aflojó y volando fue a enredarse entre los juncos que había junto a una tumba.

La embarcación se deslizó por su cuenta. Los remeros habían dejado de bogar. Entre toda la tripulación corrió un murmullo de sobrecogimiento y terror.

Uno de los remeros, un ágil muchacho achaparrado, se zambulló en el agua, nadó hasta la orilla y desenredó la cinta. Se detuvo sosteniéndola en la mano, pensó en las cenagosas aguas y se la enrolló alrededor de la cabeza para no mojarla. Alejandro la recibió agradecido. Guardó silencio. Me esforcé por no llorar en voz alta. La diadema había volado hacia una tumba y después había pasado a otra cabeza.

Terminado el trabajo, regresó a Babilonia. Al contemplar sus negras murallas hubiera deseado golpearme el pecho.

Cuando refirió a los videntes aquel presagio, éstos afirmaron unánimemente que la cabeza que había lucido la diadema tenía que ser cercenada.

- No dijo él. Lo hizo con buena intención, cualquier otro hubiera hecho lo mismo. Podéis propinarle algunos azotes si los dioses exigen alguna expiación. No le hagáis mucho daño y enviádmelo después.

Cuando llegó el hombre, Alejandro le regaló un talento de plata.

A nuestro regreso todo hacía presagiar buena suerte. Peuquestas organizó orgullosamente un desfile de un bien adiestrado ejército integrado por veinte mil persas. Su provincia estaba completamente pacificada y él era más querido que nunca. Alejandro lo alabó públicamente y empezó a preparar el esquema de unas nuevas fuerzas macedonio-persas. Nadie se amotinó. Hasta los macedonios habían empezado a pensar que tal vez los persas fueran hombres. Algunas de nuestras palabras estaban empezando a formar parte de su vocabulario.

Llegó el día del regreso de la embajada de Siva.

Alejandro la recibió en el Salón del Trono con los Compañeros a su alrededor acomodados en los triclinios plateados. Ceremoniosamente, el jefe de la embajada desenrolló el papiro de Amón. Éste se había negado a compartir su divinidad, pero Hefaistión ocupaba un lugar entre los inmortales. Había sido proclamado héroe divino.

Alejandro se dio por satisfecho. Tras su locura inicial, debió suponer que el dios no podía ir más lejos. A Hefaistión se le podría adorar.

Envió mensajeros a todas las ciudades, con objeto de que en todas se le construyera un templo o capilla. (Aquí, en Alejandría, suelo pasar con frecuencia ante el lugar vacío que ésta hubiera debido ocupar. Me imagino que Cleomenes, que era el sátrapa de entonces, debió quedarse con todo el dinero.) Tendrían que ofrecérsele plegarias y sacrificios para ahuyentar el mal. Todos los contratos solemnes deberían cerrarse en su nombre junto con los nombres de los dioses.

(El templo que hubieran debido construirle en Babilonia hubiera sido de estilo griego con un friso de lapitas y centauros. Este lugar está también vacío. No creo que jamás se colocara siquiera una sola piedra de estos sagrados lugares. Bueno, podía darse por satisfecho. Le habían ofrecido el sacrificio.)

Alejandro agasajó a los enviados en honor de la inmortalidad de Hefaistión. Los demás invitados eran amigos que lo comprenderían. Estaba alegre y casi radiante. Se hubiera dicho que había olvidado los malos presagios.

Estuvo ocupado algunos días examinando los planos de las capillas. Visitó a Roxana, a la que encontró fuerte y sana. Las mujeres sogdianas soportan muy bien los embarazos. Después se dedicó a preparar el nuevo ejército mixto.

Ello exigiría modificaciones en todas las fuerzas. Cuando estuvo dispuesto a asignar los mandos, convocó a los oficiales para efectuar los nombramientos. Se encontraba en el salón del trono. Ahora ya sabía lo que significaban para los persas las ceremonias. Los componentes de su Casa nos hallábamos reunidos detrás del trono.

Estábamos en pleno verano y hacia mucho calor. Se interrumpió a la mitad para tomar con sus amigos en otra sala un trago de zumo frío de limón mezclado con vino. No tardarían mucho; no merecía la pena que nos fuéramos. Esperamos detrás del trono vacío y los triclinios hablando de trivialidades.

No vimos al hombre hasta que éste se encontró entre nosotros. Un hombre andrajoso, un hombre corriente como miles de otros, de no ser por sus ojos. Para su enloquecida mirada fija todos nosotros resultábamos invisibles. Antes de que pudiéramos impedirlo, se sentó en el trono.

Lo miramos, sobrecogidos de espanto, sin dar crédito a nuestros ojos. Es el más terrible de todos los presagios; por eso, a lo largo de toda la historia de nuestro pueblo, se ha considerado siempre un crimen castigado con la máxima pena. Algunos de nosotros nos adelantamos para levantarlo, pero los más viejos nos advirtieron en el sentido de que no lo hiciéramos. El hecho de que unos eunucos liberaran el trono castraría al reino. Empezaron a lamentarse y a golpearse el pecho y nosotros nos unimos a sus lamentos. Por unos momentos ello adormece el espíritu y uno no tiene por qué pensar.

A nuestros gritos los oficiales que se encontraban al fondo de la sala se acercaron horrorizados, tomaron al hombre y lo obligaron a bajar del estrado. Él miró a su alrededor como asombrado de nuestra preocupación. Alejandro salió de la sala interior seguido de sus amigos para preguntar qué sucedía.

Uno de los oficiales se lo dijo y le mostró al hombre. Era un soldado corriente y no iba armado; un uxiano, si mal no recuerdo. A nosotros no nos preguntó nada.

Supongo que nuestros lamentos le habían dicho lo suficiente.

Se acercó al hombre y le preguntó:

- ¿Por qué lo has hecho? el hombre permaneció de pie y parpadeó sin dar muestra alguna de respeto, como si se encontrara ante un extraño. Si lo han enviado para que lo haga, debo saber quién lo ha enviado. Que no se le interrogue hasta que yo venga. Tranquilos todos. Ya es suficiente. Prosigue la audiencia.

Acabó con los nombramientos, indiferente y sin prisas.

Al atardecer vino para cambiarse de ropa. Ahora que nos encontrábamos en Babilonia era necesario seguir el protocolo. Yo era el encargado de la mitra. Leyendo mis ojos, despidió a los demás en cuanto le fue posible. Antes de que pudiera dirigirle pregunta alguna me dijo:

- Sí, lo hemos interrogado. He ordenado que lo dejaran. No sabía nada, ni siquiera qué lo ha traído aquí. Ha dicho simplemente que ha visto una silla bonita y ha querido sentarse en ella. Hubiera debido ser sometido a consejo de guerra por repetida desobediencia; como es natural, no había entendido las órdenes. Me alegró de que no estuviera en sus cabales.

Habló fríamente pero con firmeza. A mí se me heló la sangre. Hubiera ansiado enterarme de que el hombre había revelado un engaño y una conjura humana a pesar de que su rostro ya me había dicho que ello no sería así. Los verdaderos presagios son aquellos que se producen sin intención.

- Alejandro le dije, a éste tendrás que matarle.

- Ya se ha hecho. Es la ley y los adivinos han dicho que era necesario se acercó al estante de las jarras, llenó una copa de vino y me la ofreció. Anda, alegra la cara por mí. Los dioses harán lo que quieran. Entre tanto vivimos y ellos querrán que así sea.

Ingerí el vino como si fuera una medicina y me esforcé por sonreír. Alejandro lucía una fina túnica blanca de tela india para luchar contra los rigores del calor y ésta revelaba su cuerpo igual que las túnicas que cincelan los escultores. Posé la copa y la rodeé con mis brazos. Me pareció que brillaba desde dentro, como siempre. Se sentía inapagable como el sol.

Cuando se hubo ido, contemplé las estatuillas de oro, bronce y marfil que me miraban severamente desde sus pedestales.

- ¡Déjalo! dije. ¿Es que todavía no estás satisfecho? Hallaste la muerte por tu culpa, por desobediencia, impaciencia y voracidad. ¿No lo amabas lo suficiente como para evitárselo? Entonces déjamelo a mí, que lo amo más.

Todas las estatuillas me miraron y me contestaron: «Sí, pero yo lo conocía.»

Llegaron más embajadas griegas, enguirnaldadas tal como suelen hacer cuando se presentan a sus dioses. Una vez más lo coronaron con doradas hojas de olivo, doradas espigas de cebada, dorado laurel y doradas flores estivales. Aún le recuerdo con cada una de las coronas.

Algunos días más tarde sus amigos dijeron que, con todos aquellos triunfos, aún no había celebrado su victoria sobre los cosayanos. (Éstos estaban tan vencidos que varios miles de ellos habían pasado a engrosar nuestro ejército.) Hacía tiempo que no celebraba un «komos», dijeron, y se acercaba la fiesta de Heracles.

Lo decían con buena intención. Hasta los peores sólo buscaban su favor y los mejores deseaban que disfrutara de una velada despreocupada, recordando su gloria y olvidando sus pesares. Con cualquier cosa los dioses pueden hacer lo que quieran.

Proclamó la fiesta, ordenó que se ofrecieran sacrificios a Heracles y concedió a las tropas una ronda de vino. El «komos» empezó a la puesta de sol.

Era una sofocante noche babilonia. Pronto terminaron de comer. Con sus amigos, le había preparado yo una pequeña sorpresa: una danza de macedonios y persas, cuatro por cada lado, primero con un simulacro de guerra y después con otro de la amistad. Íbamos desnudos a excepción de los yelmos y las faldas o calzones. Alejandro se mostró muy complacido, me pidió que me acomodara a su lado en su triclinio y compartió conmigo su copa de oro.

Tenía el rostro arrebolado. No era de extrañar teniendo en cuenta el calor y el vino. Sin embargo, le brillaban los ojos de una manera que no me gustaba. Yo me había secado rápidamente el sudor; pero, como es lógico, aún estaba acalorado. Al rodearme él con su brazo, noté que aún estaba más caliente que yo.

- Alejandro le dije en voz baja, parece que tengas fiebre.

- Un poco nada más. No es nada. Me retiraré cuando hayan entonado el canto de la antorcha.

No tardaron en tomar las antorchas y dirigirse cantando al jardín para recibir el primer frescor de la noche. Yo me escabullí a la alcoba real para comprobar si todo estaba en orden. Me alegré de escuchar que el canto se iba extinguiendo. Entró Alejandro. De haber estado solos, le hubiera dicho: «A la cama en seguida.» Pero ante los miembros de la corte siempre guardaba las formas. Me adelanté para quitarle la diadema. Le despojé de la túnica empapada de sudor y observé que se estremecía.

- Sécame y ponme algo un poco más abrigado me dijo.

- Mi señor le dije, no irás a salir, ¿verdad?

- Si, Medio ha organizado una pequeña fiesta, sólo de viejos amigos. Le prometí que iría.

Lo miré, inquieto. Él me sonrió meneando la cabeza. Era el Gran Rey y no había que discutir sus decisiones ante la corte. Llevamos en la sangre que no deben hacerse estas cosas; por consiguiente, no podemos hacerlas sin que parezca insolencia. Mientras le secaba, posé los ojos en los pedestales de las estatuillas. ¿Por qué no estás tú aquí ahora, pensé, cuando podrías ser útil y decirle: «No seas loco; te irás a la cama aunque tenga que obligarte. Bagoas, ve y dile a Medio que el rey no puede ir»

Pero las estatuas me miraron con aire de héroe y Alejandro, luciendo una túnica griega de fina lana, bajó con los portadores de antorchas por el gran corredor del friso de los leones.

- Os podéis retirar les dije a los demás, yo esperaré al rey. Si necesita algo, os llamaré.

Había un diván en el que solía acostarme cuando él se retiraba tarde; su llegada siempre me despertaba. La luna ascendió por el cielo ante mis ojos abiertos. Cuando él llegó, los gallos ya estaban cantando.

Se le veía arrebolado y fatigado y caminaba con paso vacilante; había estado bebiendo con algunas interrupciones desde el atardecer hasta el alba pero estaba de muy buen humor y alabó mi danza guerrera.

- Alejandro le dije, tendría que enfadarme contigo. Sabes que el vino es malo cuando se tiene fiebre.

- Ya ha pasado. Te dije que no era nada. Hoy lo compensaré durmiendo. Ven a bañarte conmigo, te has pasado toda la noche vestido.

La primera luz se filtraba a través de las persianas y los pájaros estaban cantando. El baño me dejó refrescado y soñoliento. Cuando le hube acostado, me acosté a mi vez y estuve durmiendo casi hasta el atardecer.

Me dirigí entonces suavemente a la Cámara Real. Estaba medio despierto y se removía inquieto en el lecho.

- Alejandro le dije tocándole la frente, ha vuelto.

- Es muy poco dijo él, tienes las manos frías. No las apartes.

- Ordenaré que te traigan la cena aquí. Los peces del río son buenos. ¿Y si te viera el médico?

Se le endureció el rostro y apartó la cabeza de mis manos.

- Nada de médicos. Estoy harto de ellos. No, me levantaré. Cenaré con Medio.

Discutí, le supliqué, pero se había despertado impaciente y de mal humor.

- Te digo que no es nada. Supongo que es la fiebre de los pantanos. Dura tres días.

- Tal vez para los babilonios; ellos están acostumbrados. Puede ser grave. ¿Por qué no te cuidas? No estás en guerra.

- Lo estaré contigo si sigues comportándote como un ama de cría. Estando mucho más enfermo que ahora he cabalgado días enteros por la montaña. Di que quiero vestirme.

Pensé que ojalá tuviera que reunirse con otro que no fuera Medio, ya que éste no lo cuidaría y no se daría cuenta de su estado. Había sido un gran defensor de Hefaistión en las peleas de éste con Eumenes, agravándolas según me habían dicho, puesto que tenía una lengua muy mordaz y algunos de sus escarnios se habían atribuido a Hefaistión. Es indudable que la muerte de éste le había afligido sinceramente pero también es cierto que no tardó mucho en beneficiarse de las ventajas que ello le reportaba. Era capaz de hablar miel igual que vinagre y sabía cómo divertir a Alejandro y hacerle reír. No era un mal hombre pero tampoco era bueno.

Estaba dormitando cuando regresó Alejandro. A juzgar por el cielo, no era mucho más que medianoche. Me alegré de que se retirara tan temprano.

- Los he dejado seguir me dijo; la fiebre me ha subido un poco. El baño me la bajará y después me acostaré.

Se estremeció mientras lo desnudaba. Estaba ardiendo.

- Permíteme que te lave con la esponja le dije. No debieras bañarte en este estado.

- Me sentará bien. -No quiso atender a razones y se encaminó hacia el baño enfundado en una bata. No se quedó en el agua mucho rato. Le sequé y acababa de ponerle la bata cuando me dijo: Creo que dormiré aquí se dirigió a un diván que había junto a la piscina; yo me acerqué inmediatamente; experimentaba escalofríos y le castañeteaban los dientes. Tráeme una buena manta gruesa me dijo.

¡En Babilonia, en pleno verano y a medianoche! Corrí y le traje el manto de invierno.

- Esto te servirá hasta que se te pase el acceso de frío. Estarás abrigado.

Lo cubrí con él, deposité encima mi propia ropa y después me deslicé debajo estrechándole entre mis brazos. Estaba temblando más que nunca y, sin embargo, le ardía la piel.

- Abrázame más fuerte me dijo como si estuviéramos desnudos bajo una nevada.

Mientras le abrazaba calló la voz profética que en Ecbatana había dicho: «Grábatelo en el corazón.» A mí me había salvado pero no había dicho: «Nunca más.»

Cesaron los temblores, empezó a sentir calor y a sudar y le dejé. Dijo que dormiría allí porque se estaba más fresco. Me vestí y desperté al Guardián de la Cámara Real para que enviara lo que pudiera hacerle falta y un catre para mí. Antes de que amaneciera, la fiebre bajó, él concilió el sueño y yo cerré los ojos.

Desperté al oír su voz. La sala de baños estaba llena de gente que andaba de puntillas. Acababa de despertarse y estaba ordenando que mandaran llamar a Niarco. ¿Niarco?, pensé. ¿Para qué querrá a éste? En mi preocupación había olvidado que se estaba acercando el momento de iniciar la travesía arábiga. Alejandro estaba organizando una mañana de trabajo.

Se dirigió a la alcoba para vestirse. Entonces, viendo que apenas podía tenerse en pie, se tendió en el diván. Cuando entró Niarco, le preguntó si estaba dispuesto el sacrificio de propiciación para la flota. Niarco, al que vi preocupado por el aspecto de Alejandro, repuso que sí y le preguntó quién deseaba que hiciera en su nombre la plegaria de ofrecimiento.

- ¿Cómo? dijo él. La haré yo mismo, naturalmente. Iré en camilla porque hoy me siento un poco tembloroso. Espero que eso sean los coletazos finales hizo caso omiso de las protestas de Niarco. El favor de los dioses te devolvió sano y salvo del Océano. Entonces ofrecí un sacrificio por ti y me escucharon. Ahora también lo haré.

Se lo llevaron bajo un toldo para protegerlo del abrasador sol babilonio y, al llegar, se levantó para derramar las libaciones. Al regresar, apenas estaba en condiciones de tocar la ligera comida que le había mandado traer; sin embargo, convocó a Niarco y a todos sus principales comandantes con un escribano para que tomara notas y se pasó cuatro horas enteras hablando de barcos de suministro, agua y provisiones.

Pasaron los días pero la fiebre no lo abandonaba. Cuando zarpara la flota, tenía el propósito de ponerse al mando de una marcha costera de apoyo, con objeto de descubrir los mejores emplazamientos para los puertos; tuvo por tanto la salida que demorarse. Cada mañana afirmaba que se encontraba mejor; cada mañana era trasladado al altar de palacio para ofrecer la plegaria matinal; pero cada vez estaba más débil y le subía la fiebre cada noche.

La Cámara Real se hallaba repleta de gente que iba y venía y el palacio lleno de oficiales a la espera de recibir órdenes. Aunque las gruesas paredes evitaban el efecto del sol, Alejandro anhelaba las verdes sombras y la contemplación del agua, y por ello se hizo trasladar al otro lado del río para ver los jardines reales. Allí permanecía tendido bajo el follaje con los ojos medio cerrados junto a una fuente cuyas aguas caían salpicando en una taza de pórfido. A veces mandaba llamar a Niarco y a Perdicas con el objeto de proyectar la travesía y otras veces a Medio para chismorrear con éste y jugar a la taba. Orgulloso de haber sido escogido, Medio lo cansaba quedándose en su compañía demasiado rato.

Otras veces escogía la sala de baños y ordenaba que le colocaran el lecho junto al borde para poder descender fácilmente; le gustaba refrescarse en el agua tibia, que lo secaran sentado sobre los azulejos del borde y acostarse de nuevo entre sábanas limpias. También dormía allí porque se estaba más fresco y se escuchaba el rumor del río cercano.

No le dejaba solo ni con Medio, ni con los generales, ni con nadie. Me desprendí fácilmente de mis dignidades palaciegas. El anciano al que había sustituido las asumió de muy buen grado. Cambié mi vestido de corte por ropa más cómoda. En mi calidad de jefe de los eunucos de la Cámara Real, hubiera tenido mis ocupaciones diarias y mis momentos de descanso. Ahora aquellos que entraban sólo veían al muchacho persa sosteniendo un abanico o una copa, trayéndole mantas cuando padecía escalofríos, secándolo con esponjas y colocándole sábanas limpias cuando sudaba, o sentado tranquilamente en un cojín junto a la pared. Estaba a salvo; el puesto que ocupaba no despertaba envidias. Sólo un hombre hubiera deseado arrebatármelo, pero ahora no era más que blanca ceniza esparcida a los vientos del cielo.

Cuando mi señor ordenaba que se retiraran los grandes personajes, se volvía a mirarme. Yo disponía de un par de silenciosos esclavos que me traían y llevaban las cosas; de sus necesidades personales me encargaba yo exclusivamente. La gente acabó considerándome, pues, algo parecido a los almohadones o la jarra de agua. Siguiendo la antigua usanza, se enviaba a palacio la pura agua de manantial que siempre había sido la bebida de los reyes persas. Puesto que le refrescaba mucho, yo se la dejaba sobre la mesilla de noche en una vasija de barro.

Por la noche ordenaba que me colocaran la yacija junto a su lecho. El agua la tenía a su alcance y, si deseaba alguna otra cosa, yo siempre lo comprendía. Algunas veces, cuando la fiebre lo inquietaba, le gustaba hablar conmigo recordando viejas dificultades y viejas heridas, para demostrarme que pronto saldría victorioso de su enfermedad. Jamás se refería a los presagios de muerte, de la misma manera que en medio de la batalla jamás se hubiera referido a la rendición. Cuando ya llevaba una semana enfermo, aún pensaba en la posibilidad de iniciar la marcha al cabo de tres días.

- Podré salir en litera en cuanto me baje la fiebre. Eso no es nada comparado con las cosas que he sufrido otras veces.

Habían cesado de rogarle que le examinara un médico.

- No necesito dos veces la misma lección. Bagoas me cuida mejor que ningún médico.

- Lo haría si me dejaras le dije cuando se hubieron marchado los demás. Un médico te haría descansar. Pero tú piensas que sólo soy Bagoas y haces lo que se te antoja.

Aquel día le habían trasladado en camilla con el fin de que ofreciera un sacrificio por el ejército. Por primera vez había vertido la libación sin levantarse.

- Es necesario honrar a los dioses. Debieras elogiar mi obediencia, gentil tirano.

Me apetecería un poco de vino pero no lo pediré.

- Todavía no. Aquí dispones de la mejor agua de Asia.

Uno de los motivos por los que jamás me apartaba de su lado cuando le visitaba Medio era el temor de que aquel necio le diera a beber vino.

- Sí, está muy buena dijo vaciando la copa.

Bromeaba. Cuando se animaba yo comprendía que le había subido la fiebre. Pero aquella noche me parecía que tenía menos. Renové mis promesas a los dioses a cambio de su curación. Cuando había atacado a los escitas, los presagios habían sido adversos y, sin embargo, se habían reducido a una simple enfermedad. Concilié el sueño con esperanza renovada.

Su voz me despertó. Estaba oscuro; era poco más de medianoche.

- ¿Por qué no os habéis presentado antes? Hemos perdido la mitad de la marcha nocturna. Será mediodía antes de que consigamos llegar hasta el agua. ¿Por qué me habéis dejado dormir?

- Alejandro le dije, estabas soñando. No estamos en el desierto.

- Que se monte guardia junto a los caballos. Los mulos no importan. ¿Estás bien, Bucéfalo?

Sus ojos miraron más allá de mí. Empapé una esponja en agua de menta y le limpié la cara.

- ¿Lo ves? Soy Bagoas. ¿Estás mejor?

Me apartó la mano diciendo:

- ¿Agua? ¿Acaso estás loco? Los soldados no disponen de suficiente para beber.

Le había subido la fiebre a la hora en que solía bajarle. Inclinó la vasija sobre la copa. Estaba medio vacía y el líquido no era claro, sino oscuro. Era vino. Alguien había venido mientras yo dormía.

Dominando mi voz le pregunté suavemente:

- Alejandro, ¿quién te ha traído el vino?

- ¿Ya ha bebido agua Menedas? Que beba él primero, tiene fiebre.

- Todos hemos bebido, ya lo creo.

Vacié la vasija y la llené con agua de la jarra grande. Bebió con mucha sed.

- Dime, ¿quién te ha traído el vino?

- Yolas.

Había nombrado al copero real. Aunque estaba delirando, tal vez no hubiera querido decir más que eso. Sin embargo, Yolas era el hermano de Casandro.

Salí a preguntárselo al esclavo que estaba de servicio por la noche, pero lo hallé dormido. No le había pedido a ninguno de ellos que sirviera de día y de noche tal como hacia yo. Le dejé tal como estaba para que, estando prevenido, no escapara al castigo.

Alejandro dormitó inquieto hasta las primeras horas de la mañana. La fiebre no le había bajado tal como solía suceder a aquella hora. Cuando lo trasladaron al altar de palacio y le depositaron en la mano la copa de la libación, ésta le temblaba tanto que la mitad del contenido se derramó antes de que él pudiera verterlo. El cambio se debía al vino. Antes de tomarlo, yo hubiera podido jurar que estaba empezando a restablecerse.

Cuando interrogué al esclavo de la noche éste me dijo que no sabía nada; debía haber dormido muchas horas. Di orden de que se le azotara con el látigo de plomo. Los acompañantes de la guardia nocturna tampoco sabían nada, o eso dijeron por lo menos. No estaba en mi mano someterlos a interrogatorio. La sala de baño resultaba más dificil de guardar que la Cámara Real. Era posible que alguien hubiera penetrado furtivamente por la parte del río.

Era un día muy caluroso. Alejandro pidió que lo trasladaran a la sombra de los árboles junto a la fuente de pórfido. Por poca brisa que soplara, ésta siempre se percibía en aquel lugar. Yo había llenado la glorieta de todas las cosas que pudieran hacerle falta. Al acomodarlo en el lecho, escuché su respiración. Poseía una aspereza insólita.

- Bagoas, ¿puedes ayudarme a incorporarme un poco? Me duele aquí me dijo acercándome la mano al costado.

Estaba desnudo y cubierto únicamente con una sábana. Tenía la mano apoyada sobre la cicatriz de la flecha maliana. Creo que fue la primera vez que lo comprendí.

Tomé unos cojines y lo recosté sobre los mismos. La desesperación hubiera sido una traición. No debía advertirla en mi voz ni en la ternura de mis manos.

- No hubiera debido tomar vino. Yo tengo la culpa porque te lo pedí.

Estas palabras le hicieron jadear y volvió a apoyarse la mano sobre el costado.

- Alejandro, yo no te lo di. ¿Puedes recordar quién lo hizo?

- No, no. Estaba allí. Me desperté y bebí.

- ¿Te lo trajo Yolas?

- No lo sé.

Cerró los ojos. Lo dejé descansar y me senté a su lado sobre la hierba. Pero descansaba únicamente para poder volver a hablar. Después ordenó que se presentara el capitán de la guardia. Fui a llamarlo.

- Orden general dijo Alejandro. Todos los comandantes reunidos... en el patio interior.., para recibir órdenes.

Comprendí entonces que empezaba a adivinarlo.

«No habrá despedida pensé mientras agitaba el abanico de hojas de palmera para refrescarlo y apartarle las moscas. No se rendirá. Y yo tampoco debo hacerlo.»

Llegaron varios de sus amigos para ver cómo estaba. Yo les salí al encuentro para comunicarles que experimentaba dificultades respiratorias. Al verlos, dijo:

- Será mejor... que... regrese.

Llamaron a los camilleros. En la barca los amigos se arracimaron a su alrededor. Él los miró y susurró:

- Bagoas.

Uno de ellos se apartó y me dejó sitio.

Lo llevaron a la Cámara Real, donde unos dorados demonios alados guardaban el lecho. En otra vida de hacía mucho tiempo yo lo había preparado para otro rey.

Lo recostamos sobre cojines, pero seguía escuchándose el áspero rumor de su respiración. Cuando quería algo, me lo decía sin voz, igual que cuando su herida estaba reciente. Sabía que yo lo comprendería.

Al cabo de un rato entró Perdicas para comunicarle que los oficiales se encontraban todavía reunidos en el patio esperando las órdenes. Indicó por signos que vinieran. Le vi respirar hondo para poder hablar; pero, en su lugar, tosió y escupió sangre. Les indicó por señas que se fueran y ellos se retiraron. Hasta que no se hubieron ido no se comprimió el costado con la mano.

Tras lo cual, los generales le enviaron unos médicos sin permiso. Vinieron tres. Aunque estaba muy débil éstos lo temían porque recordaban a Glauquias. Pero soportó con paciencia sus dedos en sus muñecas y sus oídos sobre su pecho. Les observó mientras se miraban el uno al otro. Le trajeron una poción, y se la tomó y durmió un rato. Uno de ellos se quedó a su lado y yo aproveché para descansar una o dos horas. Por la noche me necesitaría bien despierto.

Al llegar la noche le subió mucho la fiebre. Ya no quisieron dejarlo solo conmigo. Montaron guardia tres de los Compañeros y uno de los médicos se hubiera sentado junto al lecho si él no hubiera extendido la mano para asirme del brazo.

Fue una noche muy larga. Los Compañeros dormitaban en sus asientos. Alejandro tosió, escupió sangre y durmió un rato. Hacia medianoche movió los labios. Me incliné para poder oírlo.

- No la apartéis estaba diciendo; yo miré a mi alrededor pero no vi nada. La serpiente murmuró señalándome un rincón en sombras. Que nadie le haga daño. Ha sido enviada.

- Nadie le hará daño bajo pena de muerte dije.

Volvió a dormirse y después dijo:

- Hefaistión.

Cerró los ojos. Yo le besé la frente sin hablar. Él sonrió y se tranquilizó.

Por la mañana recuperó el conocimiento y me reconoció. Vinieron los generales y se quedaron de pie junto a su lecho. Por la estancia podía escucharse su dificultosa respiración. Se miraron unos a otros. Él comprendió muy bien el significado.

Perdicas se adelantó y se inclinó hacia él:

- Alejandro, todos imploramos a los dioses que te guarden muchos años. Pero si fuera otra su voluntad, ¿a quién dejas el reino?

Se esforzó en poder hablar en voz alta. Siempre he creído que empezó a pronunciar el nombre de Krateros. Pero le faltó la respiración y terminó con un jadeo. Perdicas les murmuró a los demás.

- Dice que al más fuerte.

Krateros, kratistos, el sonido es muy parecido y eso significa también el nombre. Krateros, en quien siempre había confiado, se hallaba en camino hacia Macedonia. Estoy convencido de que se proponía nombrarlo regente por el niño que todavía no había nacido. Y hasta rey, en caso de tratarse de una niña o en caso de que el heredero muriera. Pero Krateros se hallaba muy lejos y nadie defendía aquí su causa.

Y la mía tampoco. ¿Qué era para mí Macedonia? ¿Qué más me daba quien la gobernara? Miré a mi señor para ver si estaba turbado, pero él no había oído nada. Mientras estuviera tranquilo a mí me daba lo mismo. Si agraviaba a los demás, era posible que me apartaran de su lado. Refrené por tanto la lengua.

Después volvió a llamar a Perdicas, se quitó del dedo el sello real en el que figuraba Zeus entronizado y se lo entregó. Había nombrado a un delegado para que éste gobernara en su nombre mientras durara su enfermedad. No tenía por qué significar otra cosa.

Sentado en silencio a su lado, yo, que no era más que el muchacho persa, observé que los rostros empezaban a mirarse unos a otros sopesando las actitudes a seguir, y el poder, y mirando de soslayo el anillo.

Él los vio. Sus ojos estaban perdidos en la distancia pero se movieron y sé que los vio. Me incliné hacia él con la esponja; pensé que ya había visto lo suficiente. Me miró como si ambos compartiéramos un secreto. Posé la mano sobre la suya. Su dedo tenía una franja blanca en el lugar en que el anillo había impedido que le diera el sol.

Todo quedó en silencio y sólo se escuchó su acelerada y áspera respiración. Escuché fuera un sordo rumor y el murmullo de muchas voces. Tolomeo salió a ver. Al no regresar, le siguió Peuquestas y después todos los demás. Al poco rato entraron todos de nuevo.

- Alejandro dijo Perdicas, fuera están los macedonios, todos los hombres. Quieren... quieren verte. Les he dicho que es imposible, que estás demasiado enfermo. ¿Crees que si dejara entrar a unos cuantos, unos veinte o así, en representación de los demás, crees que podrías soportarlo?

Abrió mucho los ojos y empezó a toser. Mientras yo sostenía una toalla por si escupía sangre, hizo un gesto autoritario que significaba: «Esperad a que me prepare.» Después dijo:

- Todos. Todos los hombres.

Aunque el anillo lo llevara otro, el rey estaba allí. Perdicas salió.

Alejandro se inclinó un poco de lado y me miró. Yo le acerqué unos cojines para que pudiera recostarse en ellos. Alguien abrió la puerta trasera para que los hombres pudieran salir tras haber pasado junto al lecho. Se fueron acercando los murmullos de sus voces. Peuquestas me miró amablemente e hizo un leve movimiento con la cabeza. Siempre se había mostrado cortés conmigo y yo lo comprendí.

- Regresaré luego le dije a Alejandro y salí por la puerta trasera.

Como soldados a su general, como macedonios a su rey, habían venido para darle su adiós. En los últimos momentos tenían que saberlo enteramente suyo y no en compañía de aquel muchacho persa que estaba más unido a él que ellos.

Desde el retrete en el que me encontraba sin que nadie me viera, los vi salir en una corriente interminable de hombres, uno tras otro. Lloraban o bien hablaban en murmullos apagados o miraban simplemente aturdidos como si acabaran de decirles que el sol no volvería a salir.

Tardaron varias horas en ir pasando. Ya era casi el mediodía. Oí que uno decía:

- Me ha saludado con los ojos. Me conocía.

- Me ha reconocido en seguida dijo otro. Ha intentado sonreír.

- Me ha mirado y he creído que se rompía el mundo dijo un joven.

- No, muchacho, el mundo prosigue le contestó un veterano. Pero sólo los dioses saben hacia dónde.

Al final dejaron de desfilar y yo entré. Se hallaba tendido tal como lo había dejado. En el transcurso de todo aquel tiempo se había mantenido de cara a ellos sin que ni uno solo pasara sin recibir una mirada de saludo. Ahora yacía tendido como si estuviera muerto de no ser por su jadeante respiración. «Le han apurado lo poco de vida que le quedaba, pensé, y no me han dejado nada para mí. Que los perros se los coman.»

Lo levanté con un brazo y cambié la posición de los cojines para que pudiera descansar más cómodo. Abrió los ojos y me sonrió. Comprendí que el regalo que acababan de hacerle, a pesar de lo mucho que le había costado, era lo que él le hubiera pedido a su dios protector. ¿Cómo podía enfadarme? Me desprendí de mi enojo.

Los generales se habían mantenido apartados a un lado mientras desfilaban los hombres. Tolomeo se secó los ojos. Perdicas se adelantó hacia la cama.

- Alejandro, cuando se te reciba entre los dioses, ¿en qué momentos tendremos que ofrecer adoración?

No creo que esperara recibir respuesta alguna. Deseaba, si Alejandro podía todavía escucharlo, honrarle de aquel modo porque lo consideraba de justicia. Fue escuchado, Alejandro volvió a nosotros como si acabara de abandonar unas profundas aguas. Seguía sonriendo.

- Cuando os sintáis felices murmuró.

Después cerró los ojos y regresó donde estaba.

Se pasó el día recostado sobre los grandes cojines entre los demonios dorados de alas extendidas. Todo el día fue un constante ir y venir de grandes personajes. Hacia el anochecer trajeron a Roxana. Se hallaba en avanzado estado de gestación. Se le arrojó encima golpeándose el pecho y arrancándose el cabello y gimiendo como si ya estuviera muerto. Vi que los párpados de Alejandro se arrugaban. A ella no me atrevía a hablarle porque había observado su mirada de odio. A Peuquestas le murmuré, sin embargo:

- La oye y le molesta.

Entonces ordenaron a sus eunucos que se la llevaran.

A veces lograba que se tomara un sorbo de agua; otras veces parecía ya sumido en el sueño de la muerte y no se movía ni siquiera por mí. Pero yo intuía su presencia y pensaba que él intuía la mía. Pensé: «No pediré a los cielos ningún signo suyo, que no le turbe mi amor pero que sepa de él si Dios me lo concede. Porque el amor es la vida para él y jamás lo ha rechazado.»

Cayó la noche y se encendieron las lámparas. Tolomeo se hallaba de pie junto al lecho, mirándolo y supongo que recordándolo cuando era niño en Macedonia. Vino Peuquestas y dijo que él y unos cuantos amigos iban a velar por él en el templo de Serapis. Alejandro había traído el culto de este dios desde Egipto. Es la forma de Osiris naciente. Le preguntarían a su oráculo si sanaría a Alejandro en caso de trasladarlo al templo.

La naturaleza del hombre impulsa a éste a esperar hasta el final. Mientras el parpadeo de la lámpara se movía sobre su rostro inmóvil engañándome con falsas sombras de vida, esperé en la promesa del dios. Pero mi cuerpo lo sabía. Su muerte me pesaba en el cuerpo como si fuera de arcilla.

La noche se me pasó entre sobresaltos y duermevelas. Llevaba mucho tiempo sin dormir. A veces me despertaba con la cabeza apoyada sobre su almohada y lo miraba por si se había movido. Pero seguía durmiendo con una respiración superficial y acelerada, interrumpida por profundos suspiros. La luz de la lámpara se fue desvaneciendo y el primer resplandor de la aurora dibujó las sombras de las altas ventanas. Se había alterado el sonido de su respiración y algo me dijo: «Está aquí.»

Me le acerqué más y murmuré:

- Te quiero, Alejandro.

Lo besé. «No me importa pensé, de quién lo acepte su corazón. Que sea según sus deseos.»

Mi cabello se había esparcido sobre su pecho. Abrió los ojos. Sus manos se movieron, tomaron un mechón y lo acariciaron entre sus dedos.

Me conocía. Esto podría jurarlo ante los dioses. Fue de mí de quien se despidió. Los demás, al ver que se movía, se levantaron. Pero él ya se había ido. Se encontraba a punto de emprender el viaje.

Alguien se acercó a la puerta. Peuquestas se encontraba de pie junto a la misma. Tolomeo y Perdicas fueron a su encuentro.

- Hemos velado toda la noche y al amanecer nos hemos trasladado al oráculo dijo. El dios ha dicho que es mejor que se quede aquí.

Cuando dejó de respirar, todos los eunucos empezaron a lanzar gemidos. Supongo que yo también debí hacerlo. Se escuchó fuera de palacio y el sonido se extendió por toda la ciudad. No hacia falta decir que el rey había muerto. Al quitarle de debajo los grandes almohadones para tenderlo, entraron los Compañeros que estaban de guardia, se quedaron mirándolo aturdidos y después se fueron llorando.

Había muerto con los ojos y la boca cerrados como si estuviera durmiendo. Tenía el cabello enmarañado a causa de la agitación de la fiebre y yo se lo peiné. No pude evitar hacerlo con cuidado, como si todavía pudiera darse cuenta. Después busqué a los grandes personajes que habían llenado el aposento para que alguno de ellos me ordenara cómo había que atenderlo. Pero todos se habían ido. El mundo se había roto, los trozos eran como oro en fragmentos, botín para el más fuerte. Se habían ido a recogerlos.

Al cabo de un rato, los eunucos de palacio empezaron a inquietarse sin saber quién era el rey. Fueron saliendo uno tras otro para ver cómo estaban las cosas; los más pequeños seguían a los más grandes. De momento no me percaté de que me habían dejado solo.

Me quedé porque no se me ocurría pensar en ninguna otra parte donde pudiera estar. «Vendrá alguien pensé. Es mío hasta que lo reclamen.» Lo descubrí, contemplé las heridas que yo conocía por su tacto en la oscuridad y volví a cubrirlo. Después me senté junto al lecho, apoyé la cabeza en el mismo y creo que me dormí.

Me desperté a la sosegada luz del atardecer. No había venido nadie. El aire era muy caluroso. «Tendrán que venir pronto pensé, su cuerpo no lo soportará.» Pero no se escapaba de él ningún aliento de corrupción. Parecía dormido.

En él la vida siempre había sido más fuerte que en otros hombres. En vano busqué los latidos de su corazón; su aliento no empañó el espejo. Sin embargo, muy dentro de él, era posible que aún estuviera albergada su alma disponiéndose a partir, pero sin haberse ido todavía. Y le hablé. No a sus oídos, porque sabía que éstos no me escucharían, sino a la parte de su ser que pudiera oírme.

- Ve junto a los dioses, invicto Alejandro. Que el Río de las Pruebas sea para ti tan dulce como la leche y te bañe en luz y no en fuego. Que tus muertos te perdonen; has dado a los hombres más vida que muerte. Dios creó al toro para que comiera hierba, pero al león no; y sólo Dios los juzgará. Jamás viviste sin amor; que éste te espere también dondequiera que vayas.

Entonces recordé a Kalanos cantando en su pira enguirnaldada. Pensé: «Ha cumplido su palabra; por él ha dejado de renacer y, al haber superado en paz la prueba del fuego, ha venido para acompañarlo a cruzar el Río.» Se me tranquilizó el corazón al pensar que no estaba solo.

Súbitamente, en medio de aquel silencio, un gran clamor se acercó a la estancia. Tolomeo y Perdicas entraron con un grupo de soldados y los acompañantes reales. Perdicas gritó:

- ¡Atrancad las puertas!

Y las cerraron. Se escucharon gritos y golpes. Los de fuera consiguieron echar abajo las puertas. Perdicas y Tolomeo llamaron a sus hombres para defender el cuerpo del rey de los traidores y pretendientes. Al rodear el lecho a punto estuvieron de aplastarme. Habían empezado las guerras por la posesión del mundo; aquellos hombres luchaban para poseerlo como si fuera una cosa, un símbolo análogo a la mitra o el trono. Me volví a mirarlo. Cuando vi que yacía tranquilo y que lo soportaba todo sin enojo, comprendí que verdaderamente había muerto.

Habían empezado a luchar y estaban arrojando venablos. Permanecí de pie para protegerle y uno de ellos me arañó el brazo. Sigo conservando la cicatriz, la única herida que sufrí por él.

Después decidieron parlamentar y salieron para proseguir fuera la discusión. Me vendé el brazo con un trozo de toalla y esperé porque no estaba bien que no lo atendiera nadie. Encendí la lamparilla de noche, la coloqué junto al lecho y lo velé hasta que, por la mañana, vinieron los embalsamadores para arrebatármelo y llenarlo de perdurable mirra.


El muchacho persa


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