Nota de la autora

Todos los actos públicos de Alejandro que aquí se relatan, se basan en fuentes documentadas, y los más dramáticos son los más auténticos. Ha sido imposible narrar todos los más importantes acontecimientos de su agitada vida o mostrar todo el alcance de su genio. Esta obra sólo se proponer ofrecer una visión parcial en la que destacan algunos momentos culminantes.

En todas las fuentes históricas se alaba la «moderación» de su vida sexual. En ninguna de ellas se da a entender que fuera célibe; de haberlo sido, se hubiera deducido que era impotente. El ideal cristiano de la castidad todavía no había nacido. De todo ello cabe inferir que su impulso físico era muy débil lo cual no es de extrañar siendo así que gastaba inmensas energías en otras cosas y que se acompañaba de una apasionada capacidad afectiva. Sabemos muy poco acerca de sus relaciones amorosas, en parte porque éstas fueron escasas y en parte porque sabía escoger muy bien. Ninguno de sus compañeros lo arrastró al escándalo.

Dadas las circunstancias, puede suponerse casi con toda certeza que Hefaistión fue su amante a pesar de que ello no se afirma en ningún lugar. Los modernos historiadores ponen en duda el relato de Plutarco a propósito de un hijo habido de la viuda de Mennón tras la caída de Damasco y en ninguna otra parte se comenta que hubiera tenido una amante. Bagoas es la única persona que se nombra explícitamente en las fuentes en calidad de eromenos de Alejandro.

Aparece mencionado por primera vez en Curcio: Habiendo recibido un salvoconducto, Nabarzanes acudió a él [Alejandro] ofreciéndole muchos presentes. Entre éstos se encontraba Bagoas, un eunuco de extraordinaria belleza y en la flor de la adolescencia, que había sido amado por Darío y fue posteriormente amado por Alejandro; las súplicas del muchacho lo indujeron especialmente a perdonar a Nabarzanes. Esto último es una floritura típica de Curcio. El salvoconducto demuestra que Alejandro estaba dispuesto a escuchar la justificación de Nabarzanes y el resultado dependió indudablemente de dicha justificación. No se explica cómo llegó Bagoas hasta él siendo así que, tras la detención de Darío, no se permitió que a éste le acompañara nadie, habiendo conseguido huir el propio Nabarzanes únicamente con seiscientos jinetes.

Modernamente existe un error muy extendido según el cual los eunucos eran fofos y gordos. Para refutarlo basta remontarse al siglo XVIII con sus famosos castrati de la Ópera, cuyo aire romántico los convertía en objeto de la persecución de las mujeres de mundo. Un retrato del más grande de ellos, Farinelli, pintado cuando éste había alcanzado la mediana edad, nos muestra un rostro hermoso y delicado y una figura que podrían envidiarle muchos tenores actuales. El diarista doctor Burney, escribiendo a propósito suyo todavía más tarde, dijo: «Es alto y delgado; se conserva muy bien para su edad; es animado y cortés.»

El relato de los últimos días de Darío sólo se menciona en Curcio. Es muy vívido y detallado y no ofrece las características de parcialidad por la que es famoso Curcio, siendo probablemente auténtico. En tal caso, las escenas finales sólo pudo habérselas revelado a algún primitivo historiador uno de los eunucos de Darío, que fueron los únicos testigos. Cabe suponer que pudiera tratarse del propio Bagoas. Dado el lugar de privilegio que éste ocupaba en la corte, debía ser conocido por todos los historiadores contemporáneos de Alejandro.

La historia nos recuerda de nuevo a Bagoas, unos seis años más tarde, cuando la anécdota del beso en el teatro nos la refieren tanto Plutarco como Ateneo. La localización en Carmania resulta altamente significativa. Allí no se encontraban en compañía de Alejandro más que aquellos que lo habían seguido por toda la India y la marcha a través del desierto. Después de todas estas vicisitudes, Bagoas no sólo seguía gozando del afecto de Alejandro, sino que, además, era evidentemente muy apreciado hasta por las xenófobas tropas macedonias, lo cual resulta sumamente sorprendente. Alejandro siempre recompensaba el afecto que se le tributaba con su fidelidad para toda la vida y ésta es probablemente la explicación de este cariño tan duradero.

Se desconoce el origen del joven eunuco, pero la conjetura según la cual era de noble cuna no es una mera fantasía. Los muchachos bien cuidados y no echados a perder con la mala alimentación o las penalidades, una vez convertidos en esclavos, corrían el riesgo de prostituirse. El discípulo de Sócrates, Fedón, es el ejemplo más conocido.

La última aparición de Bagoas ha sido irremediablemente falseada por Curcio; hay que sacar de ella lo que se pueda. Afortunadamente para la reputación de Bagoas, disponemos de la prueba de primera clase del arquitecto Aristóbolo, que fue el restaurador de la tumba de Ciro por cuenta de Alejandro, según la cual Alejandro se trasladó a visitarla la primera vez que llegó a Persépolis, examinó personalmente los valiosos objetos de la tumba y ordenó que fueran inventariados por Aristóbolo, cuya descripción nos ha conservado Arriano junto con el relato de la profanación. En Curcio, Alejandro se limita a visitar la tumba a su regreso de la India y la encuentra vacía, porque Ciro sólo había sido enterrado con sus armas, circunstancia que indudablemente agradaría al sentir romano, pero que sorprendería a los arqueólogos. Bagoas, que le guarda rencor a Orxines por no haberle enviado éste un soborno, se inventa un tesoro inexistente y lo acusa de su robo. No se menciona ninguno de los delitos por los que Orxines fue castigado y se le supone una víctima inocente. Si se elimina de este relato lo imposible, poco es lo que queda. He imaginado que Bagoas entró en cierto modo en escena por estar molesto con el sátrapa con el que Alejandro simpatizaba. Teniendo en cuenta los antecedentes sanguinarios de Orxines, he alegado la causa más común de rencillas de la Antigüedad, es decir, una riña de sangre.

La confusión y el sensacionalismo son características típicas de Curcio, un hombre insoportablemente necio que tuvo acceso a fuentes valiosísimas que ahora se han perdido y que él destrozó en aras de un tedioso concepto literario a propósito de la diosa Fortuna y de floridos ejercicios de retórica romana. (Alejandro, al exhortar a sus amigos a que tengan la amabilidad de extraerle la flecha que tiene clavada en el pulmón, se muestra asombrosamente elocuente.) Y dado que los factores de la Fortuna conducen a la Justicia y a Némesis, la historia de Alejandro se deforma en este sentido recurriendo a la literatura antimacedónica ateniense, escrita por hombres que jamás lo habían visto y con la misma fidelidad a la verdad objetiva que podría encontrarse en una Historia del Pueblo Judío escrita por encargo de Adolfo Hitler. Todo ello lo resucitaron, en tiempo de Augusto, Trogo y Diodoro, que hallaron en un rey que había muerto hacía tres siglos una buena cabeza de turco para las pretensiones divinas del gobernante viviente. Ni siquiera se procura que la historia encaje con hechos incontrovertibles. A un tirano corrompido, los amotinados de Opis lo hubieran eliminado en cuanto se hubiera abierto paso entre ellos; hubieran podido hacerlo con absoluta impunidad (el destino de más de un emperador romano) y elegir después un nuevo rey según era de derecho. El hecho de que, en su lugar, se quejaran ante Alejandro por no estarles permitido besarlo no es fantasía sino historia.

En cuanto a la Antigüedad, los motivos políticos de los pocos convincentes intentos de mostrarnos a Alejandro como alguien corrompido por el triunfo resultan de lo más claros. Más desconcertante es, en cambio, un moderno estallido de lo que pudiera llamarse difamación, puesto que rebasa la interpretación unilateral de unos hechos para convertirse en auténtica interpretación errónea. Una obra reciente afirma únicamente a propósito de la ejecución de Filotas que ésta se debió a una «acusación inventada» a pesar de que todas las fuentes coinciden en señalar que ocultó los conocimientos que tenía acerca de la conjura de asesinato. (¿Cuál sería la posición de un moderno guardia de seguridad que, informado de la existencia de una bomba en un avión real, decidiera no mencionarla?) Hefaistión es «fundamentalmente estúpido» a pesar de que en ninguna de sus misiones independientes de alta responsabilidad, tanto diplomáticas como militares, fracasó jamás. A Alejandro se le acusa toscamente de haber maquinado la muerte de su padre a pesar de que las pruebas al respecto son literalmente nulas. Filipo no tenía siquiera otro heredero que pudiera haber constituido un motivo. Se dice que el «alcoholismo grave» precipitó el final de Alejandro; cualquier médico podría explicarnos cuál es la capacidad de trabajo de un alcoholizado grave y cuántas probabilidades tendría éste de sobrevivir a una perforación pulmonar, una intervención quirúrgica sin anestesia y una marcha a través del desierto. Después del gesto de las tropas junto al lecho de muerte de Alejandro, acontecimiento único en la Historia, resulta en cierto modo sorprendente que se nos diga que pocas personas lamentaron su muerte. Es inevitable que existan modas acerca de la admiración y la denigración; sin embargo, éstas jamás debieron seguirse a expensas de la verdad.

Se han aducido también, en este mismo espíritu, los más siniestros motivos en relación con su política de fusión racial. Y, sin embargo, no ha habido nadie que tan poco se preocupara de disimular las propias aversiones. Resulta claramente evidente que, una vez entre los persas, descubrió simplemente que éstos le gustaban. No cabe duda que en la época actual hace falta una mentalidad muy cerrada para considerar este hecho como algo deshonroso o insólito.

Si bien los relatos a propósito de las enfermedades de Alejandro no resultan lógicos, es indudable que éste sufrió ciertos trastornos mentales a la muerte de Hefaistión. No puede saberse si tal perturbación se repitió. La naturaleza de Alejandro era una especie de muelle en espiral. Las tensiones de su infancia exigían la compensación del triunfo; el triunfo acumulaba responsabilidades y, al mismo tiempo, era un acicate para ulteriores triunfos; la espiral ascendía inexorablemente y no podemos estar seguros de la posibilidad de que tal proceso siguiera a lo largo de una vida de duración normal sin que acabara produciéndose el desastre. Tal vez las palabras de despedida de Kalanos fueron más una promesa que una advertencia.

Bury y otros historiadores han señalado la relación existente entre la falta de agua potable y el consiguiente aumento del consumo de vino del ejército. Aristóbolo, que formó parte de la corte durante el reinado de Alejandro, afirma que éste tenía por costumbre sentarse a conversar y beber por la noche sin llegar a embriagarse jamás. Según Plutarco, solía animarse un poco hacia el final de la reunión, fenómeno que puede observarse también hoy en día en personas no dadas a ninguna clase de excesos. No obstante, la embriaguez ocasional era una característica típicamente macedonia que ya se observa con anterioridad a Alejandro.

Los rumores en el sentido de que fue envenenado, muy numerosos hasta varios siglos después de su muerte, no concuerdan con la detallada descripción de su última enfermedad. La pérdida de voz es indicio de la complicación fatal más corriente antes del descubrimiento de los antibióticos: la neumonía. La pleuresía fue sin duda una consecuencia segura de su herida maliana. Aristóbolo afirma que cuando le subió la fiebre bebió y empezó a delirar; no se dice que fuera él quien pidiera el vino. Si se le traía con mala intención, ello significa que fue envenenado mortalmente y la presencia de un enemigo mortal como era Casandro no debe pasarse por alto a este respecto.

Curcio relata que su cuerpo fue hallado incorrupto a pesar del calor estival y de la larga demora de los embalsamadores, consecuencia del caos que se produjo a su muerte. El periodo de seis días que indica es, naturalmente, absurdo pero es muy posible que un profundo coma indujera a error a los presentes muchas horas antes de que se produjera la muerte clínica. Los embalsamadores llevaron a cabo una hábil labor. César Augusto, al visitar su tumba en Alejandría, admiró la belleza de sus facciones tres siglos más tarde.

El relato de la muerte de Hefaistión revela que éste padecía fiebre tifoidea en la cual, a pesar de que el apetito se presenta con frecuencia antes de que hayan sanado las lesiones de los intestinos, el alimento sólido provoca una perforación y un rápido final. En nuestro propio siglo ha habido pacientes de esta enfermedad que han fallecido en los hospitales a consecuencia de haber ingerido los alimentos traídos en secreto por familiares imprudentes. El pollo hervido de Hefaistión, del tamaño de una gallina pequeña actual, debió ser más que suficiente.

Se ha seguido a Arriano en el relato de la conspiración de los acompañantes si se exceptúa mi propia suposición en el sentido de que se hallaron cartas de Aristóteles entre los papeles de Kalístenes. La amistosa correspondencia de Alejandro con su preceptor cesó a partir de entonces.

La romántica figura de Roxana no ha sido tratada con infundado escepticismo. No hay razón para considerar dicho matrimonio como de carácter político; su rango era intermedio y su belleza famosa. Sin embargo, unos dos meses más tarde, los acompañantes ya solían encontrar a Alejandro en el lecho sin ella y sabemos lo que hizo ella al morir su esposo. No debió perder el tiempo en duelos. Con una velocidad que superó a la misma noticia, envió una misiva a la real esposa Estateira, escrita en nombre de Alejandro, llamándola inmediatamente a Babilonia y la mandó asesinar en cuanto llegó.

Sisigambis, la reina madre de Persia, al serle comunicada la muerte de Alejandro, se despidió de su familia, se encerró sin comida y murió a los cinco días.

La mitra real persa, cuya utilización por parte de Alejandro tantas polémicas provocó, no era en modo alguno parecida a la actual mitra eclesiástica sino que se ajustaba a la cabeza como un yelmo con unas profundas alas a los lados y en la parte posterior. Tenía una copa puntiaguda, que los sátrapas lucían aplanada; enhiesta era el símbolo de la realeza. Estaba rodeada por una diadema de cinta color púrpura.

Los acontecimientos para cuyo relato no se ha dispuesto de espacio en la presente obra o de los que Bagoas no hubiera podido tener conocimiento, han sido tenidos en cuenta en el retrato de Alejandro. No hay que echar en olvido hoy en día que sólo un siglo más tarde empezó a plantearse a un puñado de filósofos la cuestión de la moralidad de la guerra. En su época no se trataba de si tenía o no que hacerse sino de cómo tenía que hacerse. Merece la pena señalarse que los historiadores más favorables, Tolomeo y Aristóbolo, fueron aquellos que lo conocieron en vida. Escribieron acerca de él cuando ya había muerto y sin otro propósito más que el de hacerle justicia.

Tras examinar sus defectos (aquellos que su propia época no considera virtudes), se comprueba que ningún otro ser humano ha conseguido jamás despertar una lealtad tan ferviente por parte de tantos hombres. Vale la pena estudiar los motivos.





Fuentes para el lector general

La mejor es Arriano, que se basó principalmente en las perdidas memorias de Tolomeo y Aristóbolo y que escribió con un alto sentido de la responsabilidad. Su Vida de Alejandro ha sido editada por Penguin y por Loeb Classics en griego, con traducción interfoliada. Plutarco, cuyas Vidas ha publicado Everyman, resulta muy ameno pero se preocupa muy poco de evaluar la exactitud de los datos, razón por la cual no debe ser creído por entero.





Nombres propios

No es lógico ciertamente que un persa utilice nombres persas en su forma griega, pero dado que en persa éstos hubieran resultado irreconocibles e impronunciables por parte de casi todos los lectores comentes (Daño es, por ejemplo, Darayavaush), me he ajustado a la habitual convención. Roxana se pronuncia con acento sobre la primera sílaba.


El muchacho persa


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