Primera parte

IV
-Es una lástima -dijo Epícrates- que no puedas dedicarle más tiempo.
-Los días deberían ser más largos. ¿Por qué tenemos que dormir? Ojalá pudiéramos vivir sin el
sueño.
-De ser así, no podrías mejorar tu ejecución.
Alejandro acarició la caja de su citara, que estaba ricamente incrustada de conchas labradas y
claves de marfil, y las doce cuerdas del instrumento vibraron ligeramente, produciendo un leve sonido.
Luego, aflojó la cuerda que seguía sonando (hasta que su tono se apagó), puso el instrumento en la
mesa, se sentó y empezó a pulsar una cuerda aquí y otra allá, para afinar el sonido.
-Tienes razón -continuó Epícrates-. ¿Por qué es preciso morir? Deberíamos existir sin la
muerte.
-Si, el sueño nos refresca la memoria.
-¡Bueno, vamos! A tus doce años estás a muy buen tiempo. Me gustaría que participases en un
concurso musical, eso te daría un aliciente para continuar el trabajo. Creo que en dos años más estarás
listo para los juegos piticos.
-¿Cuál es la edad límite para los jóvenes?
-Dieciocho. ¿Lo permitiría tu padre?
-No, si sólo participara en los certámenes musicales, y ni yo lo haría, Epícrates. ¿Por qué
quieres que lo haga?
-Podría hacerte más disciplinado.
-Yo he pensado lo mismo; pero entonces yo no lo disfrutaría.
Epícrates lanzó su acostumbrado suspiro.
-No te enojes; de Leónidas aprenderé la disciplina.
-Lo sé, lo sé. Cuando yo tenía tu edad, mi pulso no era tan bueno. Tú empezaste más joven, y
puedo decir sin presunción que tus maestros han sido mejores. Sin embargo, Alejandro, jamás llegarás
a ser buen músico si rechazas la filosofía del arte.
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-Es necesario tener las matemáticas en el alma y yo nunca las he tenido, tú lo sabes. En todo
caso, yo nunca pretendí ser músico, pues tuve que dedicarme a otras cosas.
-¿Por qué no compites en los juegos? -dijo Epícrates tentadoramente-. Así puedes aceptar
también las competiciones musicales.
-No. Cuando fui a observar, pensé que nada sería mejor; pero después vi a los atletas y me di
cuenta de la realidad de las cosas. Aquí puedo derrotar a cualquier muchacho, porque todos nos
estamos entrenando para llegar a ser hombres, pero esos muchachos son jóvenes atletas y con
frecuencia mueren antes de llegar a la edad adulta; y si no, los juegos se convierten en toda su vida. Es
como decir que la condición de mujer es exclusiva de las mujeres.
-Sucedió durante casi toda mi vida -Epícrates cabeceó ligeramente-. La gente que no tiene
ningún orgullo propio se conforma con enorgullecerse de sus ciudades gracias a las glorias de otros
hombres. El final llegará cuando a las ciudades no les quede nada de qué enorgullecerse, salvo de su
propia muerte. Bueno, la música reparte las virtudes de los hombres; déjame escucharte de nuevo, pero
esta vez cíñete un poco más a lo que escribió el compositor.
Alejandro apretó contra su pecho el enorme instrumento; luego, con los dedos de la mano
izquierda, pulsó suavemente las cuerdas del bajo, al tiempo que con la otra sostenía las claves con el
plectro. Su cabeza estaba ligeramente inclinada y sus ojos, más que sus oídos, parecían escuchar.
Epícrates lo miró con una mezcla de exasperación y amor, y se preguntó a si mismo si acaso se había
negado a comprender al niño o si pudo haberlo instruido mejor. Pero no, lo más probable es que
desistiera. Antes de cumplir los diez años ya conocía la lira lo suficiente como para tocar durante la
cena como todo un señor. Nadie más tendría que insistir en su educación musical. Después, pulsó las
tres cuerdas sonoras, empezó a tocar una larga y suave cadencia y comenzó a cantar.
En plena etapa de madurez, cuando las voces de los jóvenes macedonios de su edad empezaban
a enronquecer, Alejandro conservaba una aguda voz de soprano que se iba haciendo cada vez más
fuerte. Cuando la elevaba hasta alcanzar las altas y oscilantes notas de adorno, Epícrates se
maravillaba de haberlo logrado tan fácilmente. Además, Alejandro siempre se mostraba impasible
cuando los demás chicos de su edad intercambiaban las obsesivas indecencias propias de esta etapa de
la vida (alguien que nunca muestra su temor siempre puede imponer sus condiciones).
Dios dispone todas las cosas según su voluntad.
Supera el vuelo del águila y a los delfines del mar;
rige sobre todo mortal, por temerario que sea,
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y a pocos les da la gloria y la juventud eterna.
Su voz flotaba y se interrumpía, las cuerdas de la lira le hacían eco una y otra vez, como si
fueran los gritos salvajes provenientes de algún valle. Epícrates lanzó un suspiro y pensó: “Está
empezando”.
El inesperado y apasionado impromptu llevaba de uno a otro clímax; Epícrates lo miraba
tranquilamente, se sentía un tanto confundido por el mal uso que le estaba dando a su vida estética. Ni
siquiera había tenido tiempo de enamorarse; sus gustos eran de otra clase. ¿Por qué permanecer allí?
En los odeones de Atenas o de Efeso, esa ejecución hubiera entusiasmado a los de las filas superiores,
quienes se burlarían de los jueces. Sin embargo, allí nada estaba listo para exhibirse (lo único que
salvaba al pequeño era su inocencia perfecta y no su ignorancia; Epícrates ya se había dado
cuenta). Por eso se quedaba allí; sentía una necesidad cuya profundidad y fuerza no podía medir, y
rechazarla le atemorizaba.
En Pella vivía el hijo de un comerciante a quien él ya había escuchado en alguna ocasión; era
un músico verdadero, y Epícrates se había ofrecido a enseñarle gratuitamente, sólo para tranquilizar su
conciencia. El chico se convertiría en un profesional, trabajando duro, y se lo agradecería; sin
embargo, esas fructíferas lecciones comprometían menos a Epícrates que las de Alejandro: aun cuando
desperdiciara todas las cosas sagradas para el dios al que servia, era como si derrochara incienso en el
altar a un dios desconocido.
“Coronad con flores al valiente, mi canto es para el guerrero...
La música ascendía hasta un elevado crescendo; los labios del muchacho estaban partidos por
una fogosa y ardiente sonrisa producto de un acto de amor realizado en la oscuridad. El instrumento no
pudo aguantar las embestidas del ejecutante y empezó a salirse de tono; él debió darse cuenta, pero
continuó sin inmutarse, como si pudiera obligar a las cuerdas. “Lo está usando -pensó Epícrates- tal
como algún día se usará a sí mismo.”
Debo irme, ya es hora. Le he dado todo lo que ha querido tomar de mí, y todo esto pudo
haberlo logrado solo. En Efeso todo el año se puede escuchar buena música y, en algunas ocasiones, la
mejor de todas. Me gustaría ir a Corinto, pues aquí ya no estoy enseñando nada y mi inactividad me
está corrompiendo. Alejandro viene a mi en busca de un oyente que conoce el lenguaje y yo le
escucho, aunque haga pedazos mi lengua madre. Debe seguir tocando lo que quieran oírle los dioses y
dejarme ir.
“Ya que conoces tu procedencia, puedes vivir como lo que eres.”
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Alejandro deslizó el plectro o palillo sobre las cuerdas; la vibración de una estimulaba a las
otras, había discordancia y silencio, y el pequeño miraba su instrumento incrédulamente.
-¿Y bien? -dijo Epícrates-. ¿Qué esperabas? ¿Acaso creías que eso era inmortal?
-Sólo pensé que podría continuar hasta terminar.
-Así no entretendrías ni a un caballo. Vamos, deja que te enseñe.
Epícrates sacó una nueva cuerda de su caja y empezó a componer el instrumento, mientras el
pequeño se dirigía nerviosamente hacia la ventana (jamás recuperaría lo que estuvo a punto de serle
revelado). El maestro tomaba su tiempo para afinar. “Antes de irme, me gustaría que me mostrara lo
que en realidad ha aprendido.”
-Sólo has tocado la lira para tu padre y sus invitados.
-La lira es lo que la gente desea escuchar a la hora de la cena.
-Eso es lo que obtienen por carecer de lo mejor. Hazme un favor; toca una pieza para mi, pero
ejecútala apropiadamente. Estoy seguro de que a tu padre le gustará saber lo mucho que has avanzado.
-Yo no creo que él sepa que tengo mi propia citara; tú sabes que yo mismo la tuve que comprar.
-Mucho mejor, así le enseñarás algo nuevo.
Como todos los habitantes de Pella, Epícrates conocía muy bien la clase de problemas que se
desprendían del cuarto de las mujeres; Alejandro se puso un poco nervioso por ello y estuvo bastante
irritado durante un buen rato. No sólo había perdido su práctica, sino también la lección. Apenas entró
en la estancia, Epícrates vio lo que a continuación sucedería.
En el nombre de todos los dioses de la razón, ¿por qué el rey no podía conformarse con las
prostitutas?, ¿por qué siempre tenía que hacer sus ejercicios en forma tan ceremoniosa? Epícrates
había asistido a tres bodas, cuando menos, anteriores a esta última. Quizá fuera ésa una vieja
costumbre de aquellas decadentes tierras, pero si deseaba ser considerado como griego, debía recordar
aquello: “Ningún exceso”. No es posible civilizar a los bárbaros en sólo una generación, y eso también
era válido para el pequeño; sin embargo...
Alejandro aún seguía mirando a través de la ventana, como si hubiera olvidado el lugar en el
que estaba; a esas horas su madre debería estar con él. Cualquiera hubiera sentido compasión por ella,
si no hubiese pedido por la mitad de sus problemas, así como por los de su hijo. Pese a que el rey era
bastante gentil cuando estaba con la reina, él debía ser sólo de ella y de nadie más, y sólo los dioses
podrían decir lo que sucedería. Cualquiera de las otras esposas podría concebir un niño lo
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suficientemente hermoso como para ser digno hijo del rey. ¿Por qué no hacía algo? ¿Por qué nunca lo
compadecía?
Epícrates pensó que no había esperanzas de que su alumno aprendiera más por ese día, así que
retiró la citara... “Bueno, pero si yo mismo he aprendido algo, ¿para qué lo he aprendido?”, pensó.
Luego cogió la cítara, se paró y comenzó a tocar.
Después de un rato, Alejandro se apartó de la ventana y fue a sentarse a la mesa, impaciente
primero, luego inmóvil y quieto. Su cabeza estaba un poco inclinada y sus ojos medían la distancia; de
pronto, por sus pestañas empezaron a resbalar las lágrimas. Epícrates lo miró con alivio; eso siempre
sucedía cuando la música conmovía y turbaba a alguno de ellos. Cuando la pieza terminó, secó sus
ojos con las palmas de ambas manos y sonrió.
-Si lo deseas, aprenderé una pieza para tocarla en la estancia.
Al salir, Epícrates se dijo a si mismo: “Debo irme pronto de aquí. La turbulencia de este lugar
es demasiado para cualquier hombre que desee que la paz y la armonía entren en su alma”.
Después de algunas lecciones, Alejandro le dijo:
-Esta noche habrá invitados a cenar. Si me piden que toque algo, ¿puedo probarlo con la cítara?
-Por supuesto, pero hazlo como lo hiciste esta mañana. ¿Habrá lugar para mí?
-Oh, si, sólo estarán los conocidos, no se ha invitado a ninguno de los extranjeros. De todos
modos, le diré al mayordomo que te reserve tu lugar.
La cena empezó ya tarde y no hubo necesidad de esperar a que el rey llegara.
Recibió a los invitados gentilmente, pero con la servidumbre era más bien severo y de pocas palabras.
A pesar del rubor de sus mejillas y de sus ojos encendidos, evidentemente estaba sobrio y ansioso de
olvidar lo que le había molestado. Los esclavos difundieron la noticia de que su mal humor se debía a
la reina, con quien acababa de estar.
Todos los invitados eran viejos amigos de campaña, oficiales de caballería todos ellos. Filipo
miró los sofás lleno de alivio: no había embajadores a quienes divertir ni de quienes quejarse si se
marchaban antes de servir el vino.
Alejandro se sentó en la esquina del gran sofá de Fénix y compartió su lugar en la mesa; nunca
se sentaba al lado de su padre, a menos que éste lo invitara expresamente. Fénix, que no tenía un gran
oído del que presumir, pero que conocía todas las referencias literarias a la música, se sintió muy
complacido al oír hablar de la nueva pieza del pequeño y dijo:
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-Yo no haré como Patroclo, de quien Homero dice que se sentó a esperar la renuncia de su
amigo.
-Oh, qué injusto, Patroclo sólo quería hablar.
-A ver, a ver, ¿qué estás tramando? Estás bebiendo de mi copa y no de la tuya.
-Bueno, brindo por ti en tu copa. Prueba de la mía; si la enjuagaron con vino antes de llenarla
con agua, ya fue mucho.
-Esa es la mezcla adecuada para los muchachos como tú, una porción de vino por cuatro de
agua. Puedes servir un poco de tu vino en mi copa, no todos nosotros podemos beber vino tan puro
como el que toma tu padre, y se vería muy mal que a cada momento estuviera pidiendo la jarra de
agua.
-Antes de servirme, beberé un poco para que no se derrame.
-No, no, muchacho, detente. Cuando llegue la hora de tocar estarás demasiado borracho.
-Claro que no, sólo he tomado un trago.
Y, verdaderamente, el pequeño no parecía haber bebido en exceso, salvo por el color de la piel,
un poco subido de tono; además, venía de comer un exquisito banquete.
La intensidad del ruido subía conforme las copas se llenaban hasta el tope. En eso, Filipo gritó
invitando a los presentes a que alguno de ellos tocara una melodía o una canción.
-Aquí mismo está tu hijo, señor -gritó Fénix-. Ha aprendido una nueva pieza para esta fiesta.
Dos o tres copas más de vino puro y fuerte hicieron que Filipo se sintiera mucho mejor; ése era
un remedio bien conocido para las mordeduras de serpiente, pensó, y celebró la ocurrencia con una
sonrisa siniestra.
-Vamos, muchacho, trae tu lira y siéntate a mi lado.
Alejandro hizo un gesto al sirviente al que le había encargado su citara; la cogió con gran
cuidado y fue a sentarse al lado del sofá de su padre.
-¿Qué es eso? -preguntó Filipo-. Tú no puedes tocar eso, ¿o sí?
Nunca había visto tocar un instrumento así a nadie a quien no le pagaran por hacerlo, y le
pareció un tanto inadecuado para su hijo.
-A ver si me dices eso después de haberme escuchado, padre -contestó sonriendo; luego pulsó
las cuerdas y empezó a tocar.
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Epícrates le veía tocar con profundo cariño; en ese momento hubiera podido posar para
cualquier escultor que quisiera representar al joven Apolo. Quizá éste fuera el verdadero principio, tal
vez en ese momento llegara al conocimiento perfecto del dios.
Todos los señores de Macedonia escuchaban encantados y sólo esperaban los pies musicales
para entonar el coro. Jamás habían oído a nadie que tocara así, en ninguna parte. ¿Qué habían querido
hacer del niño esos maestros? Era conocido por intrépido y porque se jugaba el todo por el todo.
¿Querían acaso hacer de él un sureño?
El rey Filipo había asistido a muchos certámenes musicales y había aprendido a reconocer las
diferentes técnicas, a pesar de que su interés por el arte no era nada constante. Así que reconoció la
ejecución de su hijo, pero también lo inadecuado de tocarla allí. Los invitados -podía notarlo- no
sabían qué hacer. ¿Por qué el maestro no le había informado de esa mórbida vehemencia? La verdad
era sencilla: ella lo había llevado nuevamente a esos ritos suyos, impregnándolo de locura,
convirtiéndolo en bárbaro. “Véanlo ahora -pensó Filipo-, véanlo ahora.”
Aparte la gentileza para con los invitados extranjeros quienes siempre la esperaban, tenía que
instruir al pequeño en las costumbres griegas para la cena (los hijos de sus amigos nunca asistían a las
reuniones hasta tener edad suficiente). ¿Por qué había roto él esa buena costumbre? Esa perra de Epiro,
esa maligna hechicera... desde hacía mucho deseaba alejarse de ella, pero tenía a su poderosa familia
como un cuchillo en la espalda cada vez que iba a la guerra. No era conveniente permitir que se
sintiera segura de si misma.
Fénix ni siquiera había imaginado que Alejandro pudiese tocar de esa manera; era tan bueno
como aquel amigo suyo de Samos, a quien había oído tocar hacía algunos meses. Sin embargo, se
estaba dejando llevar un poco por el entusiasmo, como le sucedía a veces con la lectura de los poemas
de Homero. Alejandro siempre tenía que contenerse cuando estaba ante su padre, y nunca debió haber
tomado de ese vino.
Había llegado a la parte de las cadencias que introducen al final de la melodía; el torrente de
sonidos salía a borbotones de las gargantas allí reunidas y el rocío de sus bocas brillaba por encima de
sus cabezas.
Filipo miraba atentamente, casi sin escuchar, y lo que vio le mantuvo en pie: el brillante
resplandor de la cara, los profundos ojos con la mirada perdida y llenos de lágrimas no derramadas, y
la beca con su mueca de una lejana sonrisa, reflejaban el rostro que había dejado escaleras arriba con
sus pómulos enrojecidos, su risa provocadora y desafiante, y sus ojos llorosos de rabia.
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Alejandro pulsó la última cuerda y lanzó un largo y profundo suspiro. No había cometido
ningún error.
Los invitados irrumpieron en un salvaje aplauso de aprobación, al que se unió Epícrates
ansiosamente, mientras que Fénix gritaba:
-¡Bien! ¡Muy bien!
Por su parte, Filipo golpeó la mesa con su copa; su frente estaba cubierta por un rubor color
carmesí oscuro, el parche de su ojo ciego estaba un poco inclinado y dejaba ver un manchón blanco,
mientras que su ojo bueno giraba dentro de su cuenca.
-¿Bien? -preguntó Filipo-. ¿Acaso piensas que esa música es para hombres?
Alejandro se volvió hacia su padre como si estuviera sonámbulo, parpadeó y clavó en él sus
ojos.
-Nunca -continuó-. Déjame que te vea otra vez poniéndote en evidencia de esa forma. Esas
costumbres son propias de las prostitutas de Corinto y de los eunucos persas, y tú cantas tan bien que
podrías ser cualquiera de ellos. Debería darte vergüenza.
Sin soltar la citara, el pequeño se quedó como paralizado durante un instante; su cara palidecía
cada vez más. Después, con la mirada aún perdida, avanzó entre los sofás y abandonó el salón.
Epícrates lo siguió preocupado, pero como desperdició unos instantes pensado en qué decirle, pronto
lo perdió de vista.
Algunos días después, Giras -jefe de una tribu macedonia de las montañas del centro- partió
por los viejos caminos de regreso a casa a disfrutar de un merecido descanso. Le había dicho a uno de
sus comandantes que su padre estaba agonizando y que había rogado para verlo con vida una vez más.
El oficial, que desde el día anterior esperaba que le diera esa noticia, le recomendó que no
desperdiciara demasiado tiempo en casa, pues tenía muchos asuntos pendientes que atender si deseaba
conseguir el sueldo de sus soldados. En términos generales, se puede decir que en aquellos tiempos
había cierta tolerancia para con las guerras tribales, siempre y cuando no mostraran signos de
extenderse, esas pugnas eran inmemoriales, y para detener esas sangrientas luchas hubiera sido
necesario contar con un ejército de tiempo completo que estuviera al margen de las lealtades y pugnas
tribales. El tío de Giras había sido asesinado y su mujer golpeada hasta la muerte, y si Giras desistía, él
mismo merecería la muerte. Cosas semejantes pasaban cuando menos una al mes.
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Era el segundo día que pasaba fuera. Giras era un veloz jinete cuando cabalgaba sobre su
propio caballo, pequeño pero muy resistente (cualidades que él mismo compartía). Era un hombre
moreno con la nariz rota y ligeramente torcida, de barba corta y rizada; andaba casi totalmente vestido
con piel y armado hasta los dientes, pues el viaje y sus asuntos personales le impedían andar
desarmado. Siempre que veía un poco de hierba en el camino conducía por allí a su caballo para
conservar en buen estado sus desherradas pezuñas. Cerca del atardecer ya cruzaba las envolventes
tierras calientes de las montañas macedónicas. En los húmedos bosques se balanceaban los alerces y
abedules al ritmo suave de la brisa; era bien entrado el verano, pero en esas tierras altas el aire siempre
se conservaba fresco. Giras, que no deseaba morir, pero prefería sufrir la muerte a vivir la desgracia de
haber fallado la venganza, miró a su alrededor el mundo que muy pronto tendría que dejar. Más arriba
se levantaba un robledal, entre cuyas apacibles y confortables sombras había un manantial en el que
flotaban pequeños guijarros y hojas secas. Soltó las riendas de su caballo y le dejó tomar agua; sacó la
copa de bronce que guardaba en un costado de su cinturón, la sumergió en el manantial y probó la
dulzura del agua. De las bolsas que cargaba en la montura sacó un poco de queso de cabra y pan negro,
se sentó en una roca y empezó a comer.
En eso estaba cuando oyó los cascos de otro caballo que se le acercaba por la espalda. Algún
otro jinete había entrado en el bosque y se acercaba. Tomó sus jabalinas y se dispuso a defenderse.
-Que tengas un buen día, Giras.
No podía dar crédito a lo que veían sus ojos; estaban a más de ochenta kilómetros de Pella.
-¡Alejandro! -exclamó, y el pan que comía se le atoró en la garganta: mientras lo arrojaba en
medio de un acceso de tos, Alejandro desmontó y llevó a su caballo al manantial-. ¿Cómo llegaste
hasta aquí? ¿Vienes solo?
-Ahora estoy contigo.
Invocó al dios del manantial en la forma adecuada, evitó que su caballo bebiera demasiado y lo
amarró al tronco de un roble.
-Podemos comer Juntos -continuó el pequeño.
Sacó un poco de comida y se le acercó. Llevaba un lago cuchillo de caza en el hombro, en la
correa de su honda; sus ropas estaban todas revueltas y muy sucias, y tenía el pelo lleno de pequeñas
ramas (era obvio que había pasado la noche fuera de casa). En su caballo llevaba, entre otras cosas, dos
jabalinas y un arco.
-Aquí tienes una manzana. Me imaginé que te alcanzaría a la hora de la comida.
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Atolondradamente, Giras se acomodó. Alejandro, por su parte, tomó agua formando un
recipiente con ambas manos y luego se refrescó la cara. Preocupado por sus propios asuntos, para él
mucho más importantes, Giras no se había enterado de la cena y la fiesta del rey Filipo. El solo
pensamiento de la carga que ahora tenía entre manos lo apabullaba. Mientras llevaba al muchacho con
sus padres y volvía a emprender el viaje hacia su casa, allí podría haber sucedido cualquier cosa.
-¿Cómo te las arreglaste para llegar tan lejos tú solo? ¿Fuiste de cacería o estás perdido?
-Voy en busca de la presa que tú también andas buscando -respondió Alejandro, y dio un
pequeño mordisco a su manzana-. Por eso me decidí a venir contigo.
-Pero.., es que... qué idea... Ni siquiera sabes qué es lo que estoy buscando.
-Por supuesto que lo sé; todo el mundo en tu escuadrón lo sabe. Yo necesito una guerra y la
tuya me viene muy bien. Bien sabes que ya es hora de que consiga la funda de mi espada. He venido a
dar muerte a mi primer hombre.
Giras se quedó mirándolo y su rostro se transformó: el pequeño debió haber seguido sus huellas
durante todo el camino, manteniéndose oculto de su vista, equipado cuidadosa y previsoramente.
Además, algo había cambiado su rostro; sus mejillas lucían hundidas y sin brillo bajo los pómulos,
bajo sus cejas los ojos daban la impresión de estar más hundidos de lo habitual, y su nariz, de por si
grande, se veía tremendamente desproporcionada; además, sobre la frente tenía una ligera marca a
todo lo largo. En fin, puede decirse que esa cara difícilmente era la de un muchacho.
Sin embargo, apenas tenía doce años y Giras tenía que responder por él.
-No está nada bien lo que has hecho; sabes que no está bien, que me necesitan con urgencia en
casa. Ahora tendré que abandonarlos a su suerte y llevarte de regreso a casa.
-No puedes hacerlo, has comido conmigo, somos compañeros -decía esto con reprobación,
pero sin el más mínimo signo de alarma-. Es nefasto traicionar a un compañero.
-Entonces debiste haberme dicho la verdad desde el principio; ahora ya no te puedo ayudar.
Debes regresar y lo harás; no eres más que un niño, y si algo malo te llegara a suceder, el rey me
crucificaría.
Alejandro se levantó sin prisa y fue a echar un vistazo a su caballo; Giras también se levantó,
pero al ver que el caballo seguía amarrado volvió a sentarse.
-Si regreso con vida nadie te hará daño, y si muero en la batalla a ti te quedaría tiempo de
sobras para escapar. En todo caso, yo no creo que mi padre te matara.
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-Pero piensa en mí; si haces algo para enviarme a casa antes de que esté listo para regresar, si
tratas de cabalgar de regreso o de enviar algún mensaje, entonces, tendré que matarte. Y puedes estar
bien seguro de que lo haré.
Alejandro regresaba del caballo con un brazo extendido, balanceando y equilibrando la
jabalina. Giras sólo acertó a quedársele mirando. La delgada hoja foliforme lanzaba mortíferos
destellos azules y su punta parecía la de una aguja.
-Quédate quieto, Giras. No te muevas, así sentado estás bien. Tú sabes que soy bastante
rápido, todo el mundo lo sabe. Puedo atravesarte antes de que intentes nada.
No quiero que seas el primer hombre al que despache; no seria suficiente, aún tendría que
cargarme a otro en el combate. Pero si tratas de detenerme, te atravesaré.
Giras lo miró directamente a los ojos y se encontró con una mirada que antes sólo había visto
tras las mirillas de los yelmos.
-Vamos, vamos -dijo-, tú no quieres hacer eso.
-Nadie sabría que yo lo hice; bastaría con dejar tu cuerpo en aquel matorral a merced de lobos
y buitres. Jamás te enterrarían ni nadie haría los ritos para liberar tu alma -su voz se hacia cada vez
más rítmica-. Y las sombras de la muerte no te dejarían cruzar el río para unirte a tu compañía, sino
que vagarías por siempre solo ante las puertas de la casa de las Hélades. No, no te muevas.
Giras permaneció inmóvil, pensando. Si bien desconocía la cena-fiesta que Filipo había
ofrecido en su palacio, sí estaba enterado de las nuevas bodas del rey, así como de las anteriores (de
hecho, ya tenía otro hijo con alguna de sus primeras mujeres). La gente decía que al principio éste era
bastante listo, pero que no tardó en volverse idiota, seguramente debido a que la reina lo había
envenenado; quizá ella solamente sobornó a la nodriza para que administrara algunas gotas de elixir al
niño, quizá su idiotez fuera natural. Sin embargo, podían existir más descendientes de Filipo. Era fácil
darse cuenta de las razones por las que el pequeño Alejandro quería convertirse en hombre un poco
antes de tiempo.
-¿Y bien? -preguntó Alejandro-. ¿Te comprometes? No puedo quedarme así toda la vida.
-Sólo los dioses saben lo que he hecho para merecer este castigo. ¿Qué quieres que jure?
-Que no des razón de mi a nadie de Pella, que no digas a nadie mi nombre sin mi autorización y
que no evites que entre en batalla o permitas que alguien más lo haga. Debes jurar eso y lanzar contra
ti mismo una maldición por si llegara a darse el caso de que quisieras romper el juramento.
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Giras se acobardó; no le agradaba la idea de establecer esa clase de pactos con el hijo de una
bruja. Alejandro bajó su arma, pero conservó la cuerda entre los dedos, listo para disparar en cualquier
momento.
-Tendrás que hacerlo, no quiero que me agarres y me ates mientras esté dormido. Podría
permanecer despierto y vigilarte, pero desvelarme antes de entrar en batalla seria cometer un error
bastante estúpido. Así que si quieres salir con vida de este bosque, mejor haz el juramento.
-¿Y después qué será de mí?
-Si sobrevivo, yo me ocuparé de que estés bien; pero antes debes arriesgarte a que muera; así es
la guerra.
Se acercó a la bolsa de cuero que llevaba en la montura, mirando por encima del hombro a
Giras, que aún no hacia el juramento, sacó una porción de carne de olor penetrante -ya tenía varios
días cuando la cogió para salir de Pella-, y dijo:
-Es carne de la pierna de un venado ofrendado en sacrificio -y arrojó el pedazo sobre unas
rocas-. Sabía que tendríamos que hacer esto. Ven acá y pon tu mano sobre el pedazo de carne.
¿Respetas los juramentos hechos ante los dioses?
-Si -su mano estaba tan helada que sintió calor al tocar la carne muerta.
-Ahora repite esto conmigo.
El juramento era elaborado y exacto, y el destino fatal invocado era terrible. El muchacho era
un experto en esos menesteres, y en su conciencia tenía perfectamente claros todos los posibles
pretextos para eludir el juramento. Finalmente, Giras se comprometió tal y como se le pedía, y se
dirigió al manantial para lavar la sangre de su mano. Después, el chico olisqueó el pedazo de carne y
dijo:
-No creo que podamos comernos esta carne, aun cuando desperdiciáramos el tiempo en prender
fuego -arrojó a un lado el pedazo de carne, enfundó su jabalina y regresó al lado de Giras-. Bueno, ya
que has hecho el juramento podemos seguir siendo amigos. Mientras terminamos de comer, háblame
de la guerra.
Giras pasó una mano por la frente y empezó a contarle los agravios que había cometido en
contra de sus deudos.
-No, no, de eso estoy bien enterado -dijo Alejandro-. ¿Cuántos hombres tienes para luchar a tu
lado? ¿A cuántos enemigos tendremos que hacer frente? ¿A qué clase de país nos dirigimos? ¿Tienes
más caballos?
RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO
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Su camino pasaba por las empinadas cuestas de las montañas verdes. La hendidura por la que
transitaban parecían una herida abierta entre los viejos pinares y arbustos de madroños, y la hierba
daba paso a cantidad de enormes helechos y tomillo, que allí crecían. Los jinetes jadeaban, habían
alcanzado el aire fresco de las montañas y su sagrada pureza vivificante. Habían entrado en las abiertas
y silenciosas alturas.
Giras rastreaba el origen de la lucha y lo estableció en tres generaciones anteriores a la suya. Al
escuchar el pequeño las respuestas a sus primeras preguntas, demostró ser un buen escucha; respecto
de sus propios asuntos sólo dijo lo siguiente:
-Cuando haya tomado la vida de mi primer hombre, tú me servirás de testigo allá en Pella.
Parmenión me dijo que el rey mató a su primer enemigo cuando tenía quince años.
Giras pensó pasar la última noche del viaje en casa de otros parientes, a casi medio día de
distancia. Le mostró a Alejandro la dirección en que estaba su propia villa, y tomó el rumbo del
desfiladero con sus pendientes rocosas. A uno de los costados del precipicio había un paso para mulas,
pero ellos tomaron por un camino mejor que rodeaba un poco la pendiente, el camino del rey
Arquelao. Sin embargo, cuando Alejandro se enteró de que el paso de mulas apenas era transitable,
insistió en pasar por allí sólo para ver qué se sentía. Cuando cruzaban los empinados recodos y los
vertiginosos precipicios, dijo:
-Si ésos son los miembros de tu clan, de nada servirá que digamos que soy pariente tuyo. Es
mejor decir que soy el hijo de tu comandante y que me has traído para enseñarme las artes de la guerra.
De esa forma no podrán echarte en cara que les mentiste.
Giras asintió rápidamente (hasta eso le sugería que no debía dejar de vigilar a ese muchacho).
No podía hacer más, pues todo lo que hiciera podría desatar contra él la maldición del juramento, y él
era un hombre sumamente creyente.
En un pequeño valle rocoso, algunos metros más allá de un camino tortuoso, entre uno de los
costados de la montaña y la garganta del desfiladero, estaba la aldea de Escopas, construida con la
misma clase de piedras de color café que se veían por los alrededores, y las casas parecían ser un
afloramiento natural en aquel terreno. En su parte descubierta se podía ver una empalizada de piedra
recubierta de matorrales espinosos, dentro de la cual la hierba ordinaria estaba llena de pisadas de
vacas, pues el ganado solía pasar allí la noche. Se veían dos caballos que apacentaban; los demás
animales debían estar ocupados en las faenas del campo y otros los habían cogido los cazadores. En las
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montañas circundantes podían verse algunas cabras y unas pocas cabezas de ganado; desde arriba sonó
el pitido de un pastor, confundiéndose con el grito de alguna ave salvaje.
En la parte alta del pasaje, sobre el retorcido tronco de un árbol muerto estaba clavado un
cráneo amarillento, y a mano izquierda había un montón de huesos apiñados. Cuando Alejandro
preguntó por el significado de la calavera, Giras le dijo:
-Esto sucedió hace mucho tiempo, cuando yo apenas era un niño. Este hombre mató a su propio
padre.
Su llegada a Escopas fue la noticia del momento. Al verlos llegar se hizo sonar el cuerno para
avisar a los pastores, e incluso el hombre más viejo de la aldea salió de su madriguera todavía más
vieja y andrajosa, en la cual sólo esperaba la llegada de la muerte, para ir a recibirlos. En la casa del
pastor les ofrecieron pequeños dulces estimulantes y un poco del mejor vino espeso que tenían en las
copas menos astilladas; la gente esperó con cortesía ritual a que comieran y bebieran, antes de hacerles
las obligadas preguntas acerca de ellos y del mundo distante del que venían. Giras les contó que el
Gran Rey tenía nuevamente a Egipto bajo su control, que al rey Filipo le habían pedido poner en orden
las cosas de Tesalia y que ya se había convertido en gobernador -tan poderoso y bueno como un rey-,
además de haber sometido a los pueblos del sur.
-¿Y es cierto -preguntó el hermano del pastor- que Filipo tomara una nueva esposa y dejara de
lado a la reina de Epiro?
Giras respondió, consciente de una inmovilidad más aguda que todas las voces juntas, que todo
eso era una sarta de mentiras. En cuanto a la reina Olimpia, él le guardaba un gran respeto por ser la
madre del heredero del rey, crédito que le venía por parte de ambos padres. Una vez que Giras terminó
su discurso -estaba sudando desde hacía rato-, interrumpió hábilmente todo comentario preguntando, a
su vez, por las noticias locales.
Las informaciones de la lucha no eran muy alentadoras. Dos de los suyos se habían topado con
cuatro enemigos cuando estaban cazando un venado y fueron derrotados. Sólo uno de ellos vivió lo
suficiente para arrastrarse hasta la aldea y decir dónde había quedado el cuerpo de su hermano para
que lo rescataran antes de que los chacales lo descubrieran. El enemigo estaba lleno de orgullo; el
anciano no podía contener a sus hijos, y pronto nadie estaría a salvo de ellos. Mientras los pastores
conducían el ganado y las mujeres cocinaban el cabrito sacrificado para festejar a los huéspedes, se
explicaban muchas anécdotas y se contaban muchas
historias que emocionaban a los escuchas. Después, al caer la noche, todo el mundo se fue a la cama.
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Alejandro pasó la noche con el hijo del jefe, quien tenía una manta adecuada para los dos. Este
niño tenía lombrices, pero, temeroso de su huésped, lo dejó dormir tan tranquilamente como se lo
permitieron las pulgas.
Por la noche soñó que Heracles llegaba hasta su cama y lo despertaba. Su apariencia era
idéntica a la de la estatua del jardín sagrado, lampiño y joven; usaba una capucha y una máscara con
colmillos de león, cuya melena le colgaba por la espalda.
-Levántate, holgazán -le dijo-, o tendré que empezar sin ti. Te he estado llamando desde hace
mucho tiempo.
En el cuarto todos dormían. Sin hacer ruido, Alejandro cogió su túnica y salió sigilosamente.
La brillante luna de la madrugada iluminaba las extensas tierras altas. Sólo los perros vigilaban. De
pronto, una enorme bestia, quizás algún lobo, corrió hacia él, pero el pequeño permaneció inmóvil para
que el animal pudiera olerlo después, la bestia se alejó. Fuera de la cerca se alcanzó a oír un ruido que
hizo que los perros aullaran.
Afuera todo estaba tranquilo. ¿Por qué lo había despertado Heracles? En eso sus ojos se fijaron
en un alto despeñadero y en la cómoda subida, desgastada por tantas pisadas, que llevaba hasta el
punto de observación de la aldea. Si allí hubiera una guardia... Pero no había ningún vigilante, así que
escaló; pudo haber buscado el camino de Arquelao, que daba vueltas entre las montaña, y deslizarse
por allí como una sombra.
Veintitantos jinetes cabalgaban velozmente sin cargamento. A pesar de la gran sonoridad de las
montañas, aún estaban demasiado lejos coito para que alguien pudiera oírlos. Sin embargo, algo se
movía bajo la luz de la una.
Los ojos de Alejandro se abrieron y levantó ambas manos hacia el cielo; el rostro le brillaba,
lleno de exaltación. Se había encomendado a Heracles y el dios le enviaba su respuesta, la cual
consistía no sólo en permitirle participar en una batalla sino en haberle preparado una especialmente
para él.
A la luz de la luna casi llena, estuvo un buen rato memorizando todos los detalles de ese lugar,
buscando tanto los puntos débiles como los fuertes que ofrecía el terreno. Allí abajo no había ningún
lugar adecuado para tenderlas una emboscada. Sin duda Arquelao, que era un gran constructor de
caminos, lo había planeado así expresamente. Deberían emboscarse allí, pues los escopas eran
demasiados. Además, tenía que despertar a todos inmediatamente, antes de que el enemigo se acercara
demasiado. Si los despertaba rápidamente no tardarían en olvidarlo en medio de la confusión, y tenían
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que estar atentos. En el exterior de la tienda del jefe estaba colgado el cuerno con que habían avisado a
los aldeanos la llegada le visitantes. Lo cogió entre sus manos, probó suavemente y, al final, lo hizo
sonar repetidas veces.
De inmediato se abrieron las puertas y los hombres salieron corriendo a medio vestir; las
mujeres se lanzaban mutuamente las peores maldiciones y no dejaban de escucharse aullidos y balidos
de perros, cabras y ovejas. Alejandro estaba parado sobre una gran roca, y su cuerpo se proyectaba
contra el cielo tenue, gritando: “¡La guerra es la guerra!”. Súbitamente, el estruendo se apagó, mientras
la clara voz del pequeño continuaba (desde que abandonó Pella había estado pensando en Macedonia.
-Soy Alejandro, hijo del rey Filipo. Giras sabe bien quien soy. He venido a luchar con vosotros
en esta guerra porque Heracles me protege. El enemigo viene por el camino del valle; son veintitrés
jinetas. Si me escucháis, antes de que el sol esté en lo alto los habremos derrotado.
Luego llamó por su nombre al jefe de la aldea y a sus hijos, quienes avanzaron en medio de un
atolondrado silencio; sus ojos sobresalían en la penumbra. Ese es el pequeño hechicero, el hijo de
Epiro. Después se sentó en la piedra -no deseando desprenderse de la estatura que le daba su posicióny
habló seriamente, sabedor de que Heracles estaba a su lado.
Cuando terminó de hablar, el dirigente de la aldea mandó a las mujeres a su casas y pidió a
todos los hombres que se pusieran a las órdenes de Alejandro. Primero discutieron el plan de ataque;
tenían que ir contra la corriente y esperar a que los enemigos estuvieran dentro de la empalizada, entre
el ganado que iban a robar, para poder asestarles el golpe mortal. Sin embargo, Giras salió a su
encuentro. Así pues, iluminados por la falsa luz del alba, los escopas se armaron, prepararon sus
caballos y se agruparon al final de las casas de la aldea. Era evidente que el enemigo pretendía atacar
cuando los hombres salieran hacia sus labores cotidianas. La barda de matorrales espinosos que
impedía el paso había sido cortada lo suficiente como para dejarlos pasar, pero no para hacerlos
pensar. Los muchachos ovejeros y pastores salieron al campo para que todo pareciera normal.
Las cumbres de las montañas parecían sombras oscuras cuando las veía contra el cielo, en
cuyas profundidades palidecían las estrellas conforme aumentaba la claridad. Con las bridas del
caballo y las jabalinas entre las manos, Alejandro esperaba las primeras luces del amanecer (quizá las
estuviera viendo por última vez). Esa sensación le era conocida, pero ahora la experimentaba en carne
propia por primera vez. Durante toda su vida había oído hablar de la muerte violenta, pero ahora su
propio cuerpo le contaba esa misma historia: la sensación del acero dentro de las entrañas, el dolor
infinito, las sombras perpetuas que esperan a que uno deje de ver la luz para siempre, para siempre...
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Su protector parecía haberlo abandonado, y en la soledad de su corazón se volvió a dirigir a Heracles,
diciéndole: “¿Por qué me has abandonado?”
El amanecer iluminó la cumbre más elevada con un resplandor como de fuego. Alejandro
estaba completamente solo desde hacía un buen rato, así que la suave voz de Heracles volvió a llegarle
sin que se interpusiera ningún obstáculo.
-Te abandoné -le dijo- para que comprendieras mi misterio. No pienses que tú o tus amigos
morirán, no soy tu amigo para eso. Logré la divinidad arrojando mí propio cuerpo a la hoguera; luché
hombro a hombro, rodilla a rodilla con Tanatos y sé cómo derrotar a la muerte. La inmortalidad del
hombre no consiste en vivir eternamente; este deseo nace del miedo. Cada momento que un hombre
logra liberarse del miedo es lo que acaba por hacerle
inmortal.
El color rojizo de las cumbres de las montañas empezó a cambiar a un tono dorado. Alejandro
estaba en el límite entre la vida y la muerte, así como entre la noche y el día, y pensó con éxtasis
creciente: “No tengo miedo”. Esa experiencia era mucho más placentera que la música o, incluso, que
el amor de su madre (así era la vida de los dioses: ningún dolor podía tocarlo, ningún odio podía
hacerle daño; todas las cosas parecían claras y transparentes). Se sentía lleno de luz y agudo como la
punta de una flecha.
Los jinetes enemigos estaban tan cerca que ya podía oírse el retumbar de los cascos de sus
caballos sobre el duro suelo del camino. Se detuvieron al llegar a la empalizada. Mientras tanto, en la
aldea todo parecía de lo más normal; el rebaño pastaba en las montañas; en las casas, los niños recién
levantados conversaban sin saber nada de la emboscada y ocasionalmente se oía el canto seductor de
una mujer. Los invasores apartaron los arbustos espinosos que protegían la empalizada y se deslizaron
dentro sonriendo triunfalmente. El ganado por el que habían ido aún estaba dentro del corral, así que
decidieron atacar primero a las mujeres. Repentinamente, se dejó oír un grito tan agudo y fuerte que
pensaron que alguna joven salvaje los había visto.
Entonces, empezaron los gritos de los hombres. A caballo y a pie, los escopas se abalanzaron
sobre sus enemigos, algunos de los cuales ya estaban muy cerca de las casas; éstos fueron de los
primeros en morir.
Pronto, el número de contendientes de ambos bandos se equilibró.
Los primeros momentos del combate fueron un auténtico caos: los hombres se aprestaron a
luchar en los corrales y se revolvían con el ganado, que no dejaba de mugir ni un segundo; después,
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uno de los jinetes invasores hizo una pértiga para tirar la puerta, y lo logró, lo cual motivó los gritos de
triunfo de los invasores. Alejandro advirtió que esto sólo era el principio del viaje, que los invasores se
confiarían, contentos de que el día hubiera sido de ellos, sin pensar que el enemigo regresaría al día
siguiente dolorido por la derrota y resuelto a tomar venganza. En realidad, para ellos, ¿esto era una
victoria? Entonces, Alejandro pudo acercarse hasta la puerta derrumbada y ordenó: “¡Cerradles el
paso!” Llevados por la firmeza del pequeño jefe, los escopas lo siguieron y bloquearon la puerta. El
ganado todavía estaba cercado, pero los hombres ya luchaban cuerpo a cuerpo; aunque en pequeña
escala, ya habían logrado establecer dos líneas opuestas de guerreros.
“¡Ahora!”, pensó Alejandro; sus ojos estaban clavados en el hombre que estaba frente a él. Su
elegido usaba un grasiento y renegrido casco de piel con placas de acero forjado adheridas y un peto
de piel de cabra con mechones de pelo aquí y allá.
Su incipiente barba rojiza revelaba un hombre joven de cara pecosa y pelada por el sol. Su
frente estaba arrugada, no de furia, sino de la preocupación propia de alguien que tiene que hacer una
tarea para la que no ha sido debidamente entrenado.
Sin embargo, pensó el pequeño, se veía de inmediato que el viejo casco de guerra que llevaba
puesto se usaba frecuentemente; además, era un hombre plenamente desarrollado. En todo caso,
alguien tenía que recibir al recién llegado, eso era lo adecuado.
Alejandro llevaba consigo lanza y jabalina, una para luchar cuerpo a cuerpo, la otra para
arrojar. Las lanzas pasaban silbando en busca de sus blancos, y un escopa había logrado saltar al techo
de una casa armado con un arco. Uno de los caballos invasores relinchó y reculó herido de muerte con
una flecha clavada en la garganta; su jinete rodó por el suelo y se levantó con una sola pierna útil,
mientras los demás caballos corrían obsesivamente en torno a las casas. El principio de la batalla
pareció consumir mucho tiempo; la mayor parte de las lanzas habían errado el blanco por la
impaciencia, la distancia o la falta de experiencia. Los ojos del pelirrojo se desplazaban de un lado a
otro, esperando que la pelea se le acercara un poco mas para arrojarse sobre el enemigo que tenía que
combatir. Tarde o temprano, alguien lo mataría.
El muchacho espoleó su caballo y preparó la lanza. Le iba a ser bastante fácil dar en el blanco,
pues la piel de cabra que usaba tenía una mancha exactamente en el corazón. Pero no, ésta era su
primera víctima y debía matarlo con sus propias manos. De pronto, se dio cuenta de que a un costado
aparecía un hombre robusto, moreno y de barba negra; entonces, retiró bruscamente el brazo y arrojó
la lanza casi sin apuntar. Sus dedos se esforzaban por alcanzar la segunda lanza y sus ojos buscaban
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ahora al hombre pelirrojo. Finalmente sus miradas se cruzaron; Alejandro lanzó un terrible grito de
batalla, con el mango de la lanza fustigó al caballo para que se lanzara a la carga y el animal saltó
bruscamente sobre el terreno quebrado.
El pelirrojo equilibraba su enorme lanza, al mismo tiempo que miraba a su alrededor. Sus ojos
descubrieron a Alejandro en un rápido movimiento, pero no le hizo mucho caso, pues estaba esperando
atacar a alguien más fuerte. Entonces, el muchacho se arrojó sobre su cabeza gritando a todo pulmón.
Su víctima debía levantarse, verlo y creer en él para que el sacrificio valiera la pena, de lo contrario
podría parecer que lo mató por la espalda o mientras estaba dormido. Debería hacer un ataque
perfecto, vigilar todos los detalles para que después nadie cuestionara su victoria. Volvió a lanzar su
grito de guerra.
Los jinetes eran los hombres más fornidos de la tribu, así que, al pelirrojo, Alejandro debió
parecerle un niño que se le acercaba cabalgando. No obstante, lo miró incómodamente, disgustado por
tener que vigilarlo, temiendo que al rechazar su ataque llegara rápidamente otro hombre y lo pillara
por sorpresa. Además, su visión era más bien mediocre: mientras Alejandro ya lo había visto
claramente, él tardó unos instantes más en descubrir la cara que se acercaba y, al verla, se dio cuenta
de que no era la de un niño, pues ya algunos pelos le asomaban por el cuello.
La cara del pequeño se había vuelto la de un guerrero que desafía la muerte. Así, convertido en
una unidad perfecta, libre de odio, temor o furia, lleno de júbilo por su triunfo contra el miedo, se
lanzó hacia el pelirrojo enemigo. Su cara estaba iluminada por un resplandor suprahumano, su ser
invadido por un algo misterioso y sobrenatural, y de su garganta salían terribles gritos de guerra, sólo
comparables a los del halcón que se abate sobre su presa. Cambió bruscamente el rumbo de su caballo
-cerca de él estaba un musculoso escopa que quizá había escogido la misma presa-, pues finalmente
alguien debía ocuparse del asunto, y su ojo se había alejado de su objetivo demasiado tiempo. Cuando
el reluciente hombre-niño lanzó su característico grito de guerra, ya estaba aferrado al cuello de su
adversario. Al mismo tiempo que su caballo avanzaba briosamente, Alejandro empujó con fuerza su
lanza. El pelirrojo vio los ojos llenos de cielo de su atacante, su boca extasiada, y luego un porrazo
golpeó su pecho; el golpe fue algo más que un resquebrajamiento, fue la ruina y la oscuridad.
Conforme la luz se alejaba de sus ojos, se afianzaba en él la idea de que esos labios que le sonreían
extasiados estaban en realidad bebiéndose su vida.
Los escopas animaron al joven guerrero; sin duda les había llevado la suerte al ejecutar la
primera muerte de esa batalla. Los jinetes seguían luchando y en la refriega estaba el hijo favorito del
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dirigente de la aldea (éste ya era un anciano y no podía luchar). Aunque no todos los escopas peleaban
resueltamente, no dejaban de avanzar hacia el hueco de la puerta empujando a sus caballos por entre el
ganado y los hombres. Los caballos resoplaban, las vacas mugían y pisoteaban a los caídos, en medio
de una mezcla de olores a excremento fresco, hierbas apachurradas, sudor y sangre.
Conforme la descarga se hacía más homogénea, se les podía ver dirigirse hacia el camino.
Mientras Alejandro conducía a su caballo por entre las cabras, recordaba la extensión del terreno tal
como la había visto desde el punto de observación. De pronto, salió de entre la multitud gritándoles a
sus compañeros: “¡Detenedlos! ¡Al paso, llevadlos hacia el paso!” El pequeño combatiente no miraba
hacia atrás para nada; tenía embobados a los escopas, y aunque ellos no lo hubiesen seguido, el
muchacho se hubiera enfrentado solo a todos los enemigos.
Justo a tiempo, los escopas cerraron todas las salidas, a excepción de la principal.
Llenos de pánico, incapacitados para hacer la elección correcta y atemorizados por los
profundos precipicios (pues no conocían los senderos de las cabras montañesas), los invasores se
apiñaron en el estrecho camino de arriba del desfiladero. En la retaguardia un solo hombre esperaba
para contener a los perseguidores. Ese trabajo lo desempeñaba un individuo de cabello pajizo
requemado por el sol y de nariz aguileña. Era el mismo que había iniciado el ataque, y también era el
último en abandonar la lucha y alcanzar el camino. Consciente de que su elección había sido
equivocada, esperó allí donde la boca del desfiladero se hacia más estrecha (él había preparado y
dirigido el ataque en el que murió su hermano menor a manos de un muchacho que apenas tenía edad
suficiente para pastorear cabras, y ahora cargaba sobre sus hombros la responsabilidad de hacer frente
a la natural furia de su padre). Era mejor recuperar la vergüenza con la muerte; en todo caso, toda
diferencia estaba en la muerte (quizás algunos de sus compañeros tuvieran tiempo de escapar si
lograba entretener a los escopas en el paso durante un rato). Desmontó, desenvainó la vieja espada de
acero, que algún día fuera de su abuelo, y se sentó a horcajadas, a la manera salvaje.
Alejandro lo vio luchar contra tres hombres y derrotarlos; pero desde ese momento toda la
persecución se concentró en él. Más allá, los escopas arrinconaban a los invasores en uno de los
salientes del paso y, entre gritos de alegría, les arrojaban rocas y el arquero probaba su puntería. Los
caballos, resoplando, caían y bajaban penosamente el despeñadero; detrás de ellos huían los jinetes en
desbandada. El enemigo había perdido más de la mitad de sus fuerzas antes de que lograra
reagruparse.


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