Segunda parte

Finalmente, todo terminó, y Alejandro aflojó las riendas de su caballo, al cual habían logrado
herir en el cuello y ya empezaba a mostrar signos de dolor; además, la herida empezó a llenársele de
moscas. Luego lo acarició y trató de tranquilizarlo.
Sólo había salido de casa para obtener su primera víctima y había logrado una victoria
completa (sin duda, Heracles le había mandado del cielo esta batalla).
Todos los aldeanos que aún no bajaban a desnudar los cadáveres del enemigo rodearon al
pequeño combatiente. Las fuertes manos de la muchedumbre le tocaban la espalda y los hombros, la
pesada respiración de la gente llenaba de vaho el aire que respiraba. Desde ese momento, Alejandro
era su capitán, su guerrero más terrible, su pequeño león, en fin, su hombre de suerte. Giras caminaba a
su lado con el aire de una persona que ha subido de jerarquía.
En eso, un aldeano gritó: “Este hijo de puta aún se mueve”. Sin pasar por alto ningún detalle, el
pequeño guerrero empujó el cuerpo del hombre que seguía con vida. Tratando de levantarse sobre un
codo y sangrando de la cabeza, el hombre de cabello pajizo yacía herido en el mismo lugar que había
escogido para luchar. Un aldeano lo agarró por los pelos, lo cual le hizo lanzar un leve gemido de
dolor, tiró su cabeza hacia atrás y le cortó el cuello. Los demás hombres no prestaron mayor atención a
este hecho, para ellos, tan natural.
-¡No! -gritó Alejandro, y todos se volvieron sorprendidos y confundidos; luego corrió, se
arrodilló ante el herido y retiró el cuchillo que tenía clavado-. Fue muy valiente, se sacrificó por sus
compañeros. Hizo como Áyax en las naves.
Los aldeanos se enzarzaron en una bulliciosa discusión. ¿Qué les quería dar a entender? ¿Algo
acerca de un héroe sagrado y de un augurio que dice que trae mala suerte asesinar a un hombre? No,
pensaron algunos, quizá sólo fuera un capricho de muchacho, pero la guerra es la guerra. Sonriendo,
con el cuchillo en la mano, uno de los escopas se acercó al hombre que estaba tendido en el suelo.
-Te juro por la cabeza de mi padre -dijo el pequeño- que si lo matas haré que te arrepientas.
El portador del cuchillo miró a su alrededor, sobresaltado; apenas hacía unos momentos, el
chico había estado radiante.
-Yo que tú, le haría caso -dijo Giras.
-Deben dejar que este hombre se vaya -continuó el pequeño-. Lo reclamo como mi trofeo de
guerra. Además, devuélvele su caballo; para compensarle te daré el del hombre que maté en combate.
Todos escuchaban boquiabiertos; sin embargo, Alejandro pensó que ellos creían que pronto se
olvidaría del asunto y que más tarde matarían al cautivo, así que les ordenó:
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-Súbanlo a su caballo y pónganlo en camino. Giras, por favor, ayúdales.
Al ver al hombre amarrado a su caballo, los escopas no pudieron evitar la risa, pues el asunto
les parecía demasiado divertido. No dejaban de reír, hasta que Alejandro les gritó: “¡Dejen de burlarse
de ese hombre!” Entonces, picaron los ijares del caballo y éste se alejó por el camino, llevando a
cuestas al fláccido jinete aferrado a su crin. El pequeño dio la vuelta -una arruga se extendía desde sus
cejas- y dijo:
-Ahora tengo que encontrar a mi víctima.
En el campo de batalla no quedaba ningún combatiente con vida. Las mujeres escopas ya
habían retirado a sus muertos y heridos, y sólo los jinetes invasores yacían asesinados, en su mayor
parte, por esas mismas mujeres, la cuales, al encontrarse a sus muertos, se abalanzaban sobre el
cadáver golpeándose el pecho, desgarrándose la cara y arrancándose el pelo. Sus lamentos parecían
quedar suspendidos en el aire, como las voces de los animales salvajes del lugar, aullidos de jóvenes
lobas y lamentos de aves y cabras que estaban a punto de parir. Nubes blancas surcaban suavemente el
cielo azul, arrojando sus sombras sobre las montañas, tocando de blanco los bosques de las cumbres
más elevadas.
“Éste es un campo de batalla -pensó el pequeño-; así es cómo luce. Enemigos muertos y
esparcidos por todas partes, olvidados, desgarrados, tendidos.” Las mujeres, apiñadas como cuervos,
escondían a sus muertos de los buitres, que ya flotaban por los aires con su vuelo oscilante.
El pelirrojo al que Alejandro había matado yacía boca arriba; una de sus piernas estaba
completamente torcida y su barba juvenil miraba al cielo. Alguien ya lo había despojado de su casco
de guerra con placas de acero, pues, aunque era dos generaciones más viejo que su portador, aún podía
servir a cualquier otro hombre. Su cuerpo no había sangrado demasiado. Mientras el pelirrojo caía
herido, cuando la lanza se le hundía en la carne, hubo un momento en que Alejandro pensó que debía
retirar su arma si quería evitar que también lo derribaran, pero hizo un último esfuerzo y logró retirarla
justo a tiempo.
Al ver el blanco rostro de su víctima, que ya se estaba poniendo lívido, el muchacho volvió a
sumirse en sus reflexiones. Así era el campo de batalla, todo soldado debía aprender a conocerlo.
Finalmente, había logrado matar a su primer hombre, y debía obtener su trofeo de victoria, pero su
víctima ya no llevaba encima ni su daga ni su cinturón; incluso el peto de piel de cabra había
desaparecido, pues las mujeres habían limpiado rápidamente los cadáveres. Alejandro se enfureció
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consigo mismo, pero sabia que no recuperaría nada si se quejaba; además, si lo hacia se desprestigiaría
ante los escopas. Nada quedaba que sirviera como trofeo, nada excepto...
-Aquí, pequeño guerrero -le dijo un joven aldeano de pelo negro y enmarañado, al mismo
tiempo que le sonreía amistosamente, mostrándole un diente roto. En su mano sostenía una gran hacha
con el filo lleno de sangre aún fresca-. Deja que le corte la cabeza para ti, sé bien dónde dar el tajo.
Alejandro hizo una pausa de silencio, al tiempo que en su cara boquiabierta se dibujaba una
extraña mueca. El hacha, ligera entre las enormes manos del joven, parecía demasiado pesada para él.
-Eso ya sólo se hace en los países atrasados, Alejandro -dijo Giras rápidamente.
-Voy a cogerla -respondió el niño-. No queda otra cosa.
El joven del hacha avanzó ansiosamente probando el filo del arma con el pulgar.
Giras pudo haber sido el hombre más civilizado de la tierra, pero para el hijo del rey las viejas
costumbres eran demasiado buenas todavía; ése era el camino hacia el poder. Alejandro estaba
demasiado contento como para permitir que alguien que no fuera él mismo hiciera ese trabajo, así que
dijo: “No, espera. Yo mismo debo Cortarla”. Mientras los escopas reían y comentaban el hecho con
gran admiración, el joven puso el hacha en sus manos. El pequeño se arrodilló a un lado del cadáver,
obligándose a sí mismo a mantener los ojos bien abiertos, y empezó a cortar el cogote tenazmente,
salpicándose de sangre, hasta que la cabeza rodó separada del cuerpo. Finalmente, la agarró por los
pelos, se levantó y le pidió a Giras que le llevara su morral. Desde entonces, lo que más le repugnaba
era cercenar las cabezas de sus enemigos.
Giras fue hacia el caballo, de la silla de montar cogió el morral y se lo entregó a Alejandro,
quien metió allí la cabeza y restregó las manos contra el cuero para quitarse la sangre, pero no lo logró
completamente; entre sus dedos todavía tenía sangre, así que entrelazó las manos y frotó una contra
otra; como el manantial estaba a unos cien metros camino abajo, ya se lavaría cuando volviera a casa.
Después, regresó para despedirse de sus anfitriones y emprendió el regreso.
-¡Espera! -le gritó alguien; a lo lejos vio a dos hombres que llevaban un bulto y corrían hacia él
haciéndole señas-. No dejen que se vaya todavía el pequeño señor, aquí traemos otros de sus trofeos.
Sí, así fue, mató a dos de nuestros enemigos.
Alejandro los miró con recelo. Sólo había estado en un combate y lo único que deseaba en ese
momento era volver a casa. ¿Qué pretendían aquellos individuos?
Los hombres de la vanguardia se acercaron jadeando; señalando un cuerpo descarnado, dijeron:
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-Es verdad, ese que traen allí es su segunda víctima. Antes de que termináramos con todos, lo
hirió con la lanza. Lo vi con mis propios ojos, la lanzó derecho hacia abajo y lo atravesó como una
mariposa. El hombre todavía alcanzó a arrastrarse unos cuantos metros, pero murió antes de que
llegaran las mujeres. Aquí tenéis, mi pequeño señor, otro trofeo que enseñar a vuestro padre.
El segundo hombre sacó la cabeza, sosteniéndola por la negra cabellera; la barba, espesa y
negra, tapaba la herida de la degolladura. Esta cabeza era la del hombre al que había atravesado con su
primera lanza, antes de que luchara cuerpo a cuerpo con su segunda víctima. Pasó un momento de
distracción antes de advertir que ése era el hombre al que tenía que matar; prácticamente lo había
olvidado, para su mente era como si nunca hubiera existido. Al agarrar la cabeza por los pelos del
copete, éste adquiría una arrogante inclinación hacia arriba; su dentadura estaba llena de huecos y tenía
un ojo semicerrado, que mostraba tan sólo la córnea.
Alejandro miró el rostro que tenía frente al suyo. Una sensación de profundo frío se apoderó de
sus entrañas y sintió los mareos propios de la náusea; un sudor pegajoso se le escurría por entre las
palmas de las manos. Tragó saliva e hizo lo que pudo para contener el vómito.
-Yo no lo maté -insistió-. Nunca maté a ese hombre.
Los tres hombres que le rodeaban le insistieron, describieron el cuerpo de la víctima, le juraron
que no tenía otra herida salvo la que él le había propinado y le ofrecieron llevarlo al lugar de los
hechos para que recordara, al mismo tiempo que le empujaban la cabeza para que la aceptara. ¡Dos
hombres en su primer enfrentamiento con el enemigo! Ya tenía algo que contarles a sus nietos. El
pequeño señor estaba abrumado y no quería saber nada, así que los escopas apelaron a Giras (si dejaba
el trofeo de guerra allí, en esos momentos, cuando se recuperase se lamentaría de haberla dejado).
Giras debía guardársela.
-¡No! -replicó Alejandro, levantando la voz-. No la quiero, yo no vi morir a ese hombre. Quizá
las mujeres lo hayan rematado y vosotros me lo achacáis injustamente a mí. Vosotros no podéis saber
a ciencia cierta lo que sucedió. Lleváoslo.
Los hombres chasquearon la lengua, no muy contentos de tener que obedecer en esta ocasión.
Giras llamó al jefe de los escopas y le dijo algo al oído. De inmediato, la expresión del rostro de éste
cambió; cogió a Alejandro por los hombros y le dijo que antes de emprender su largo camino de
regreso debía beber un poco de vino para refrescarse. El muchacho caminó a su lado tranquilamente,
su rostro estaba cubierto por una extraña y ligera palidez y bajo sus ojos tenía unas marcadas ojeras
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azulosas. Más tarde, el calor del vino le devolvió a la piel su color rosado; empezó a reír y no pasó
mucho tiempo antes de unirse a la algarabía de los aldeanos.
Fuera de la casa en la que se servía el vino, se alcanzaban a oír murmullos de elogio para el
pequeño combatiente: “¡Qué niño tan educado y bien templado!” “¡Es pulso, esa hermosa cabeza que
lleva sobre los hombros, y ahora ese maravilloso sentimiento!” Tantas palabras agradables terminaron
por conmover su corazón. ¿Qué hombre no estaría orgulloso de tener un hijo así?
-“Fíjate bien en la dureza de las pezuñas; la gruesa es mucho más segura que cualquier delgada.
También ten cuidado de que las partes delantera y trasera de cada pezuña sobresalgan de la parte
central, es decir, que no sean planas. Las pezuñas altas mantienen los talones del animal sobre el
suelo.”
-¿Hay alguna parte de ese libro que no conozcas con profundidad?- preguntó Filotas, hijo de
Parmenión.
-Una persona que viene a ver los caballos no puede saber mucho de Jenofonte -dijo Alejandro-.
También quiero leer sus libros sobre Persia. ¿Compraste algo el día de hoy?
-Este año, no; mi hermano está comprando uno.
-Jenofonte dice que una buena pezuña debe hacer un ruido sonoro, similar de las claves. Ese de
allí parece aplastarme. Mi padre quiere un nuevo caballo pata llevar al frente; el año pasado, en la
campaña contra los ilirios, su caballo murió con él a cuestas.
El muchacho miró el esicrado que estaba a su lado y trepó como si fuera un caballo de carreras;
el rey aún no había llegado.
Afuera hacía un día brillante y soleado; tanto el lago como la laguna estaba encrespados y sus
aguas desprendían misteriosos destellos; las nubes blancas que pasaban rozando las cumbres de las
montañas tenían filos azulados que brillaba con los rayos del sol como si fueran la hoja de alguna
espada bien afilada. Las lluvias de invierno hacían que la pisoteada hierba hiciera inmensamente
verde. Durante toda la mañana los soldados estuvieron comprando -los oficiales para sí mismos y los
jefes tribales para los siervos que formaban sus escuadras (en Macedonia casi siempre se confundía el
feudo con el regimiento)- bestias correosas y fornidas, de gruesas y largas crines, animales vivaces de
piel suave gracias a la hierba del verano que los alimentaba. Para el atardecer todas estas ocupaciones
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comunes ya habían concluido, pero llegaba la hora de las carreras de los purasangre y los desfiles de
exhibición de caballos, los cuales habían sido engalanados para alegrar los ojos de los concurrentes.
En Pella, la feria del caballo era una fiesta no menos celebrada que las fiestas sagradas. En esa
época se reunían tratantes de caballos de Tesalia, Tracia, Epiro e incluso algunos cruzaban el
Helesponto para asistir al gran mercado; casi siempre estos tratantes trataban de cruzar su propio
ganado con la legendaria raza que habían criado los reyes persas.
Después del atardecer sólo llegaban los compradores importantes. Alejandro había rondado por
ahí casi todo el día, seguido por el séquito de media docena de muchachos que Filipo había reunido a
última hora, para que sus padres se sintieran honrados.
Desde hacía bastante tiempo los macedonios habían formado la escolta que acompañaría al
príncipe a todos lados cuando alcanzara la mayoría de edad. El mismo rey nunca había sido un
heredero forzoso. En las guerras de sucesión anteriores a aquélla, durante generaciones, ningún
heredero había logrado llegar a la mayoría de edad sin que antes fuera muerto o depuesto por algún
rival. Los registros históricos de la época revelan que el último príncipe macedonio que escogió
adecuadamente su escolta fue Perdicas I, unos cincuenta años antes. De esos hombres sólo sobrevivía
un anciano que pasaba su vejez contando historias, tan largas como las de Néstor, de viejas guerras
fronterizas y de robos de ganado; además, conocía por su nombre a todos los hijos bastardos de
Perdicas. El único problema es que era tan viejo que había olvidado todo lo relativo a los
procedimientos.
Los compañeros del príncipe debían ser jóvenes más o menos de su edad que también hubieran
superado la prueba de hombría, pero no había ningún joven con esas características en toda
Macedonia. Ansiosamente, los padres cuyos hijos andaban por los quince o dieciséis años y que se
comportaban y hablaban como adultos, reclamaban para sus vástagos un lugar entre la guardia de
honor del pequeño Alejandro. Aducían que la mayoría de los actuales amigos del príncipe eran mucho
mayores que sus hijos, aunque eso era natural, añadían inteligentemente, en un muchacho tan valiente
y adelantado a su edad.
Filipo soportaba de buen grado los halagos que la gente hacia a su hijo, mientras recordaba los
ojos que habían chocado contra los suyos cuando la cabeza, ya apestosa por el viaje, rodó frente a él.
Durante los días de espera y búsqueda de noticias sobre el paradero de Alejandro, Filipo llegó a la
conclusión de que, si su hijo no regresaba, tendría que matar a Olimpia antes de que ella lo matara a él.
Todo eso era un plato demasiado fuerte para esa ocasión. Epícrates se había retirado, diciéndole, sin
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mirarlo a los ojos, que el pequeño príncipe había decidido entregarse a la música. Filipo concedió
espléndidos regalos a todos los invitados, pero pudo advertir que un molesto rumor se extendía por los
odeones de toda Grecia (esos hombres venían de todas partes).
En conclusión, no se había hecho un intento cabal de reunir formalmente la escolta del
príncipe. Alejandro, por su parte, no tenía ningún interés en esa institución casi muerta; él mismo había
reunido al grupo de jóvenes y adultos que ya todo el mundo identificaba como sus amigos más
cercanos. Sólo ellos eran capaces de olvidar que Alejandro apenas cumpliría trece años el próximo
verano.
Pese a lo anterior, toda la mañana había estado en la feria del caballo en compañía del grupo de
chicos que el rey le había buscado, pues le complacía andar acompañado, y si en algún momento los
trataba como a niños, no lo hacia para autoafirmarse, sino porque nunca los concibió de otra forma.
Había estado hablándoles infatigablemente de caballos, y su séquito ponía lo mejor de su parte para
captarlo. El hecho de que sus acompañantes vieran la funda de su espada, su fama y el hecho mismo de
que a pesar de todo fuera el más pequeño del grupo, les hacia sentirse confundidos y torpes. Por unos
instantes los demás muchachos se sintieron aliviados; estaban todos reunidos para hablar de su linaje.
Tolomeo, Harpalos, Filotas y los demás caminaban juntos y, como su jefe se había ido, estaban
tratando de establecer su jerarquía, como si fueran un grupo de perros desconocidos entre sí que se
hubieran reunido fortuitamente.
-Mi padre no pudo venir hoy, no merecía la pena. Él manda traer de Tesalia todos sus caballos,
todos los criadores le conocen.
-Pronto necesitaré un caballo más grande, pero mi padre no me lo comprará hasta el año
entrante, cuando haya crecido un poco más.
-La mano de Alejandro es más pequeña que la tuya y él ya monta los caballos de los adultos.
-Ah, bueno, pero es que sus caballerizos los entrenan especialmente para que pueda montarlos.
-Él ya mató a su primer jabalí -dijo el más alto de los muchachos-. Supongo que pensarás que
también le amaestraron un jabalí para que pudiera matarlo, ¿no?
-Eso ya estaba arreglado, siempre lo hacen -contestó el hijo del hombre más rico, a quien sí le
habían preparado un jabalí para que lo sacrificara sin peligro.
-¡No estaba arreglado! -dijo el muchacho alto furiosamente; su voz, quebrada por la rabia,
de repente emitió un gruñido-. Mi padre sabe bien cómo fue el asunto. Tolomeo trató de arreglar las
cosas sin que Alejandro se enterara, porque estaba para eso y no quería poner en peligro su vida. Puso
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a los hombres del rey a limpiar el bosque de jabalíes, y sólo dejaron que se quedara un cachorro, pero
durante la noche entró uno verdaderamente grande. Dicen que a la mañana siguiente, cuando llegaron
al lugar de la cacería y Tolomeo vio la enorme bestia, se puso tan blanco como un vellón de lana y dio
orden de que llevaran a Alejandro de regreso a casa, pero él se negó, pues de inmediato se dio cuenta
de que el dios le había mandado esa bestia; y el dios era el que más sabia de esos menesteres. El miedo
hizo temblar y sudar a todos los asistentes, pues sabían que Alejandro era demasiado pequeño y ligero
como para aguantar una sola de las embestidas del enorme jabalí, además de que la red que llevaba era
demasiado delgada y tampoco aguantaría mucho. Sin embargo, a pesar de todas las desventajas, a la
primera oportunidad se lanzó contra él y le cortó la vena del cuello. Nadie tuvo que ayudarlo a
terminar con la bestia. Todo el mundo sabe que así fue.
-Vamos, tú sabes que nadie se atrevería a malograr la historia. Véanlo ahora; a mí, mi padre me
daría de cintarazos si anduviera paseándome por toda la feria, dejando que la gente me adulara. ¿Quién
de ellos lo acompaña?
-Mi hermano dice que nadie -añadió otro.
-¡Oh! ¿Y él no trató de convertirse en su compañero?
-Su amigo lo hizo. Parecía gustarle a Alejandro, incluso lo besó en una ocasión, pero cuando
aquél quiso propasarse, éste se sorprendió y se molestó demasiado. Dice mi hermano que es muy niño
para su edad.
-¿Y cuántos años tenía tu hermano cuando mató a su primer enemigo? -preguntó el más alto de
los muchachos-. ¿Cuántos cuando mató a su primer jabalí?
-Su caso es diferente, él dice que todo eso le llegará cuando mesas se lo espere, y que entonces
enloquecerá por las mujeres. Así le sucedió a su padre.
-Oh, pero al rey le gustan...
-¡Cállate, imbécil!
Todos miraron por encima de sus hombros, pero el hombre que los vigilaba estaba
contemplando dos caballos de carreras que uno de los vendedores había puesto a trotar dentro de un
corral. Los muchachos dejaron de reñir cuando los hombres de la escolta real empezaron a situarse
alrededor del estrado para recibir al rey.
-Mira -dijo alguien discretamente, al mismo tiempo que señalaba al oficial en jefe de la escolta-
. Ese es Pausanias -hubo miradas de reconocimiento y curiosidad-, el favorito del rey hasta antes de
que muriera el otro, su rival.
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-¿Qué sucedió?
-¡Shshsh! Todo el mundo lo sabe: cuando el rey lo despidió, el amante ahora difunto
enloqueció de rabia. Más tarde, a la hora del brindis, se levantó y le dijo a Pausanias que era un marica
sinvergüenza, que se acostaba con cualquiera que le pagara. Los asistentes criticaron duramente el
hecho, sin importarles en realidad si el muchacho andaba con el rey o si eso sólo era un insulto para la
honra del soberano. La rabia lo consumía y finalmente le pidió a un amigo, creo que fue Atalos, que le
entregara al rey un mensaje cuando él muriera. A la siguiente ocasión en que lucharon contra los
ilirios, esperó a que el rey lo estuviera viendo para lanzarse contra el enemigo y caer acuchillado hasta
la muerte.
-¿Y qué hizo el rey?
-Lo sepultó.
-No, no, con Pausanias.
-En realidad, nadie sabe si...
-Por supuesto que si -intervino otro de los presentes.
-Podrían matarte por decir eso.
-Bueno, en todo caso no pudo haber sentido pena alguna.
-No, mi hermano dice que quienes realmente se apenaron fueron Atalos y sus amigos.
-¿Y qué hicieron?
-Atalos emborrachó a Pausanias una noche. Luego, él y sus amigos lo llevaron a las
caballerizas y le dijeron que se divertirían con él un buen rato, ya que se revolcaba con cualquiera, aun
cuando no le dieran ni un solo centavo. Supongo que también lo golpearon. Al día siguiente, se
despertó todavía en as caballerizas.
Alguien silbó suavemente, y el grupo de jóvenes se volvió para ver al oficial de la escolta. El
hombre parecía viejo para su edad y no era excesivamente guapo. Su barba era muy larga.
-Filipo hubiera querido matar a Atalos, pero, por más que lo deseara, no podía hacerlo.
¡Imagináoslo proponiendo eso a la asamblea! No obstante, tenía que hacer algo por Pausanias, así que
le nombró segundo oficial de la escolta real.
El muchacho más alto, que desde Lacia rato escuchaba en silencio, preguntó:
-¿Sabrá Alejandro cosas como esa.
-Seguramente; su madre le cuenta todo para volverlo en contra del rey.
-Bueno, pero el rey lo insultó en el salón, y por eso siguió en busca de su primera víctima.
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-¿Eso te dijo?
-No, por supuesto que no; no le gusta presumir de eso. Mi padre estaba allí; con frecuencia lo
invitan a cenar a palacio, pues nuestras tierras están muy cerca.
-Ah, entonces ya habías visto antes a Alejandro, ¿no?
-Sólo una vez, cuando éramos niños: pero ya no me reconoce, ha cambiado mucho desde
entonces.
-Espera a que te oiga decir que eres de su misma edad. Eso no le agradará.
-¿Y quién dice que lo soy?
-Tú dijiste que ambos erais del mismo mes.
-Pero nunca dije que del mismo año.
-Si lo dijiste, el primer día que nos conocimos.
-¿Me estás llamando mentiroso? Bueno, vamos, ¿no eres tú el que está mintiendo?
-Hefestión, eres un idiota, no puedes pelear aquí.
-Entonces no me digas mentiroso.
-Parece que tengas catorce años - dijo otro-. En el gimnasio pensé que eras mayor.
-¿Sabes a quién se parece Hefestión? A Alejandro; bueno, en realidad no son iguales, pero
digamos que parece su hermano mayor.
-¿Oíste eso, Hefestión? ¿Qué tal conoce tu madre al rey?
El muchacho confiaba demasiado en la protección que le brindaban el lugar y la hora, pero de
pronto se vio arrojada al suelo con la boca partida. Distraídos con la agitación producida por la llegada
del rey, muy poca gente los vio. Alejandro tenía un ojo puesto en la aparición del rey, pero con el
rabillo del otro vigilaba a sus compañeros, pues se sentía su comandante; sin embargo, en esta ocasión
decidió no hacerles caso, pues no estaba precisamente de servicio; además, el muchacho derribado le
caía bastante mal.
En esto, Filipo subió a la plataforma flanqueado por el primer oficial de la escolta. Pausanias lo
saludó al estilo militar y se paró a su lado; los jóvenes peleones se pusieron de pie respetuosamente,
uno chupándose el labio roto, el otro acariciándose los nudillos.
La feria del caballo siempre transcurría tranquilamente, era como una excursión a la que
asistían los hombres que verdaderamente lo eran. Vestido con ropas de montar, Filipo inclinó su fusta
hacia los señores, escuderos oficiales y tratantes de caballos que se habían reunido para recibirlo, trepó
a la plataforma y les pidió a todos sus amigos que se le unieran. De pronto sus ojos descubrieron a su
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hijo, se dio ligeramente la vuelta y vio al pequeño séquito que lo rodeaba. Alejandro, que conversaba
con Harpalos, detuvo su plática. Harpalos era un joven moreno, vivaz, bien parecido, que poseía un
enorme encanto natural; sin embargo, el destino le había marcado con un pie deforme. Alejandro
siempre admiró la forma en que el joven sobrellevaba ese defecto.
Un caballo de carreras llegó galopando, montado por un pequeño muchacho nubiense que
vestía una túnica raída. En aquellos días se corría el rumor de que el rey asistía al mercado ese año sólo
para comprar un buen caballo para la guerra, pero la verdad es que había pagado la ya legendaria suma
de treinta talentos por el caballo que triunfara para él en Olimpia (y el tratante pensó que valía la pena
intentarlo). Filipo sonrió y movió negativamente la cabeza; el pequeño muchacho nubiense, que tenía
la esperanza de que lo compraran con el caballo y de poder usar collares de oro y comer carne en los
días festivos, agachó la cabeza y regresó; su cara reflejaba mucha amargura.
Antes de que se desatara una rabiosa lucha entre tratantes de caballos, que llevó casi toda la
tarde y finalizó sólo gracias al soborno, se exhibieron los caballos de combate. El rey bajó del estrado
y se acercó a los animales escudriñando sus hocicos, examinando sus patas para buscar espinas o
escoriaciones en las pezuñas y palpando y escuchándoles el pecho. Los mozos de caballería retiraban
los caballos o los dejaban, según fueran aceptados o no por los compradores. Filipo miró
impacientemente a su alrededor. Filónico, el corpulento negociante de Tesalia, dijo a su
corredor, irritado:
-Diles que si no me traen ahora ese caballo, les sacaré las tripas y las usaré como carcaj.
-Señor, Kitos dice que se lo puede traer, pero...
-Yo mismo tuve que frenar a ese animal, ¿también quieren que lo muestre yo? Dile a Kitos de
mi parte que, si pierdo este negocio, no le quedará cuero suficiente en el cuerpo ni siquiera para hacer
un par de sandalias.
Luego, con una sincera y respetuosa sonrisa en el rostro, se dirigió al rey:
-Ya van por él, mi señor; ya veréis que es tal como os lo describí desde Larisa, y quizá mejor.
Disculpad la demora, pero me acaban de informar que algún tonto soltó sus correas y, como está en
perfectas condiciones físicas, no es fácil atraparlo. Ah, mirad, aquí lo traen.
Los caballerizos conducían cuidadosamente, a pie, mi hermoso caballo negro con una estrella
blanca en la frente. Cuando se exhibieron los demás caballos, los montaba algún jinete para que los
posibles compradores pudieran ver su andadura; pero aunque aquel animal evidentemente era presa de
la ansiedad, su respiración no era la de un caballo que hubiera sido montado. Cuando los mozos de
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caballería lo acercaron al rey y a su caballerizo, el animal exhibía sus collares con ostentación, y sus
ojos giraban en sus cuencas y miraban de soslayo; trataba de levantar la cabeza, pero el mozo de
caballería se lo impedía tirando de las riendas hacia abajo. Sus bridas eran caras, estaban hechas de
piel con guarniciones de plata, pero no tenía mantilla o silla de montar alguna. Bajo la espesa barba del
negociante, sus labios se movieron de modo inmoral.
-Mira, Tolomeo, mira ése-. oyó que decía una voz a un lado del estrado.
-¡Ese, señor! -dijo Filónico, forzando la voz hasta el embeleso-. Ese es Trueno, y si nadie lo ha
montado antes es porque sólo es digno de que lo monte un rey...
Sin duda ese era el caballo ideaI de Jenofonte, desde todos los puntos de vista.
Tal como le habían aconsejado, Filipo empezó por revisarle las
patas. Las partes delantera y trasera de las pezuñas eran más largas que la parte del centro y, cuando
caminaba, como lo estaba haciendo, sus patas producían un sonido resonante similar al de las claves.
Sus huesos eran largos y flexibles, su tórax amplio y su cabello arqueado como el de un gallo. Su crin
era larga, fuerte y sedeña, pero estaba bastante mal peinada, su espalda era firme y ancha, sus ijares
cortos y anchos; además, su lomo era bastante suave y mullido Su piel negra brillaba intensamente, y
en uno de sus costados tenía marcado un triángulo dentro del cual había una cabeza de buey (ésas eran
las señas con que se distinguía su famosa camaca). En la frente tenía una estrella blanca, que era casi
igual al diseño de su maron.
-Ese es un caballo perfecto -dijo Alejandro respetuosamente.
-Pero es demasiado arisco -respondió Tolomeo.
A la vuelta de las filas de caballos, Kitos, el jefe de los mozos de caballería, dijo a otro esclavo
amigo suyo y testigo de todas sus contiendas:
-En días como éste pienso que habría sido mejor que me hubiera degollado junto con mi padre
cuando tomaron el pueblo. Aún no sana mi espalda desde la última vez, y antes de que se oculte el sol
volverá a estar frente a mi.
-Ese caballo es un asesino. ¿Qué pretende? ¿Acaso quiere matar al rey?
-No había nada malo en ese caballo, nada más que su gran bravura, hasta que perdió su
temperamento cuando la emprendió contra él, te lo digo yo. Cuando se emborracha es como una bestia
salvaje; a quienes más molesta y cansa es a nuestros hombres. Hasta parece que valemos menos que
cualquier caballo. Pero ahora sólo él tiene la culpa; me hubiera matado si le digo que su carácter se
malogró. Tan sólo hace un mes que compró ese animal para este negocio, y le costó dos talentos -. El
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interlocutor silbó sorprendido-. (calculó venderlo en tres, y muy bien pudo haber los conseguido de no
haber quebrantado su carácter; el mío propio también lo quebrantó hace mucho. Sin embargo, en favor
del pobre animal diré que es muy resistente.
Cuando Filipo se dio cuenta de que era ingobernable, se alejó un poco y caminó en torno a él
sin dejar de mirarlo.
-Sí, me gusta su estampa. Bueno, veámoslo caminar.
Filónico dio unos cuantos pasos hacia el caballo; el animal lanzó un resoplido, como si fuera a
entrar en combate, forzó la cabeza estirando con el cuello las riendas que sostenía el caballerizo y
lanzó unas cuantas patadas al aire. El vendedor maldijo entre dientes y se alejó un poco, conservando
su distancia. El mozo apretó con fuerza las bridas y cayeron algunas gotas de sangre del hocico del
caballo, tiñendo de rojo las riendas y el bocado.
-¡Mira la embocadura que le han puesto! -exclamó Alejandro-. ¡Mira esas púas!
-Y parece que, aun así, no pueden controlarlo -dijo el gran Filotas tranquilamente-. La belleza
no lo es todo.
-Aún mantiene la cabeza erguida.
Alejandro se había movido un poco hacia delante; apenas si llegaba al hombro de Filotas. La
gente que pasaba por allí se quedaba mirándolo.
-Puedes ver su temple, mi señor -dijo Filotas ansiosamente-. A un caballo como ése se le puede
entrenar para que se encabrite antes de entrar en combate y se arroje contra el enemigo.
-La forma más rápida de lograr que tu montura caiga muerta bajo tu cuerpo -respondió Filipo
bruscamente- es hacer que muestre la barriga.
Luego, llamó al correoso y patizambo hombre que lo estaba atendiendo y le dijo:
-¿Lo intentarás, Jasón?
El entrenador real caminó frente al caballo, emitiendo sonidos amables y alegres. La bestia
titubeó, pisoteó el suelo con las patas delanteras y movió de un extremo a otro de sus cuencas los
enormes ojos negros. El caballerizo chasqueó la lengua y dijo con firmeza: “Trueno, muchacho;
tranquilo, Trueno”. Al oír su nombre, el animal pareció estremecerse, lleno de recelos y rabia. Pero
Jasón insistía en hablarle.
-Cógele la cabeza hasta que llegue allá -le dijo a uno de los mozos-. Ten cuidado; parece un
trabajo para hombres de verdad.
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Luego se aproximó al animal por uno de los costados, listo para asirse a las raíces de su crin;
ésa era la única forma de montarlo, a menos que hubiera alguien que tuviese una garrocha para brincar
con ella y caer sobre el lomo del animal. Si bien ya le habían puesto la silla de montar, que era cómoda
y elegante, ésta no tenía ninguna clase de estribo o apoyo para los pies. El escaloncillo sólo era para
que los viejos o los persas se ayudaran a subir al caballo, pues a ambos se les conocía por su lentitud.
Por fin, una sombra pasó rápidamente ante los ojos del caballo; el animal dio un violento
brinco, giró rozando y lanzó varias patadas, algunas de las cuales pasaron rozando el cuerpo de Jasón.
El caballo caminó hacia atrás, resoplando y mirando de soslayo a sus costados, al mismo tiempo que
torcía uno de sus ojos y parte del hocico. Ante la visión de ese espectáculo, el rey se limitó a levantar
las cejas, preocupado. Alejandro, que había estado conteniendo la respiración presa de los nervios, le
dijo a Tolomeo en un tono de angustia:
-No lo comprará. Respondió Tolomeo, sorprendido-. No alcanzo a comprender por qué lo ha
mostrado.
-¿Y quién lo compraría? –respondió Jenofonte. Jamás compraría un caballo así. Tú lo decías
hace un rato; con un caballo así de nervioso no podrías hacer daño al enemigo, pero él sí te ocasionaría
muchos problemas.
más valiente que jamás he visto, es un luchador. Mira dónde lo han golpeado, debajo del vientre
-El animal está nervioso, pues acaba de comer.
-Es el mejor caballo que se ha exhibido por aquí, y lo único que necesita es un manejo
adecuado.
-Jasón lleva con nosotros veinte años entrenando caballos y tú, Filónico, ¿cuántos años llevas
dedicado al mismo negocio?
Los ojos del tratante iban del padre al hijo y de éste a aquél; el pobre hombre se sentía entre la
espada y la pared.
-Mmm. Bueno, señor, fui criado para eso.
-¿Oíste, Alejandro? ¿A pesar de todo piensas que puedes hacerlo mejor?
Los ojos de Alejandro se clavaron en los de Filónico, no en los de su padre, quien no pudo
aguantar la mirada y bajó los suyos, presa de la desagradable sensación de haberlo ofendido.
-Sí, con este caballo podría.
-Muy bien, si puedes montarlo, el caballo es tuyo.
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El muchacho miró al caballo; sus ojos lo devoraban y su boca estaba reseca y partida. El mozo
se detuvo y la bestia lanzó un fuerte resoplido sobre el hombro de éste.
-¿Y si no lo puedes hacer? -preguntó el rey rápidamente-. ¿Tienes algo que apostar?
Alejandro suspiró sin quitar los ojos del caballo.
-Si no lo logro, te pagaré yo mismo lo que te haya costado.
-¿Los tres talentos? -preguntó Filipo, enarcando las cejas.
Alejandro acababa de entregar su mesada a los demás jóvenes, y reunir tal cantidad le llevaría
el resto de aquel año y buena parte del siguiente.
-Sí.
-Espero que lo pienses bien; yo lo haré.
-También yo.
Entonces, Alejandro vio que toda la gente le miraba: oficiales, jefes, mozos y tratantes,
Tolomeo, Harpalos, Filotas, y los muchachos con quienes había pasado la mañana. Hefestión, el más
alto de ellos, que tenía la habilidad de aparecer siempre ante sus ojos, se había separado un poco de sus
compañeros y, por un momento, sus miradas se cruzaron.
Alejandro rió con su padre y le dijo:
-Trato hecho. El caballo es mío y el perdedor paga.
Del círculo real se levantó un murmullo de risas y aplausos, producido por la relajación de
saber que la tensa situación se había convertido finalmente en algo divertido. Sólo Filipo se dio cuenta
de que la sonrisa de su hijo era más bien una declaración de guerra; lo notó en sus ojos.
Filónico, que apenas podía creer este final feliz, se apresuró a dar alcance al muchacho, que ya
se encaminaba directo a su caballo.
Si bien era prácticamente imposible que ganara, cuando menos debía procurar que no se rompiera el
cuello (era mucho pedir que el rey arreglara las cosas de otra manera).
-Mi señor, veréis que...
-Aléjate -le interrumpió Alejandro.
-Pero, mi señor, cuando lleguéis a...
-Que te vayas, te digo. Ponte por allí, contra el viento, donde el animal no pueda verte u olerte.
Ya has hecho suficiente.
Filónico examinó las dilatadas pupilas y los enormes ojos que lo contemplaban, y se fue en
silencio, exactamente como le pedían.
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Entonces, Alejandro recordó que no había preguntado si el primer nombre del caballo era
Trueno o si había sido algún otro. Era demasiado evidente que esta palabra evocaba los años de tiranía
y dolor, así que había que darle un nuevo nombre.
Luego se acercó más al animal, procurando que su sombra siempre estuviera detrás de él,
mirando la blanca estrella encornada que tenía bajo la tempestuosa testuz.
-Cabeza de Toro -le dijo en macedonio, la lengua de la verdad y del amor-.Bucéfalo, Bucéfalo.
Las orejas del caballo se irguieron y giraron. El sonido de esa voz, su modulación, lograba que
su odio hacia toda compañía humana perdiera fuerza y se alejara.
-¿Y ahora qué?
La bestia había perdido su confianza en los hombres y resoplaba, pateaba y hollaba el piso en
señal de advertencia.
-Quizá el rey se arrepienta de haberle incitado a montar ese caballo -comentó Tolomeo.
-El muchacho nació con suerte y no le pasará nada -dijo
Filotas-. ¿Qué te apuestas?
Antes de montar, Alejandro despidió al caballerizo.
-No necesitas esperar. Montaré yo solo.
-¡Oh! No, mi señor. Cuando hayas montado, todos me achacarán lo que pueda pasarte.
-No, ahora es de mi propiedad. Sólo acércame su cabeza sin que tengas que sacudirle ese
bocado... He dicho que me des las riendas ahora.
Finalmente, el pequeño cogió las riendas, aflojándolas al principio sólo un poco. El caballo
estornudó, se dio la vuelta y luego le resopló en la cara, mientras una de sus patas delanteras rascaba
nerviosamente el suelo. Entonces, Alejandro tomó las riendas con una sola mano, para acaricia. con la
otra el largo cuello húmedo del animal; después agarró el sostén de las brindas y lo acomodó en tal
forma que la embocadura dentada dejó de hacer presión: dentro de su hocico. Por su parte, el caballo
sólo presionó un poco hacia delante.
-Aléjate de aquí -le pidió al mozo-, no tapes la luz.
Luego, giró la cabeza de la bestia para que le diera de frente la brillante luz del sol primaveral y
para que sus sombras se proyectaran hacia atrás; el olor a sudor y piel y el aliento del animal
bañaban el cuerpo de Alejandro.
-Bucéfalo -le dijo suavemente, y el caballo respondió estirando el hocico hacia delante,
tratando de empujarlo; entonces, tiró un poco de las riendas y le pasó la mano por la testuz hasta que
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sus dedos llegaron al hocico. El animal, casi suplicante, le espoleaba a avanzar; era como si estuviera
diciéndole: “¡Vámonos de aquí!”
-Si, sí- le dijo, acariciándole el cuello-. Todo a su tiempo. Nos iremos cuando yo te diga, pero
no vamos a huir, ¿eh?
Era mucho mejor deshacerse de la túnica de una vez. Mientras se la quitaba con una mano,
seguía hablándole al caballo para que se acostumbrara a él:
-Recuerda quiénes somos: Bucéfalo y Alejandro.
Cuando la túnica cayó a sus espaldas, deslizó uno de sus brazos sobre la espalda del animal,
que debía medir unas catorce cuartas de alzada, estatura que lo convertía en un caballo bastante alto, si
se toma en consideración que la estatura media de los caballos griegos era de unas trece cuartas a lo
sumo; era un animal tan grande como el de Filotas, del cual su dueño hablaba tanto. Mientras, los
grandes ojos negros de Bucéfalo giraban nerviosamente dentro de sus cuencas, tratando de ver a
Alejandro.
-Tranquilo, quieto. Ya te avisaré cuando sea el momento -le decía.
Con las riendas enredadas en la mano izquierda se agarró al arco de la crin, al tiempo que ponía
la mano derecha justo en medio de la espalda de la bestia; podía sentir cómo el animal hacia acopio de
fuerzas y se ponía un poco tenso. Después retrocedió unos cuantos pasos para ganar impulso, brincó
levantando primero la pierna derecha, y finalmente lo montó.
El caballo aguantó sin inmutarse la ligera carga sobre su espalda; el cuidado de las manos
invisibles y la seguridad de una voluntad inamovible era algo que la bestia conocía, compartía y le
daba atributos divinos. Ningún hombre lo había dominado, pero se dejaría conducir gustoso por el
dios.
Al principio, la multitud guardó un silencio casi sepulcral; entre los asistentes había verdaderos
especialistas en caballos y estaban lo suficientemente cuerdos como para asustar a éste. Deteniendo la
respiración, el público esperaba que el caballo conservara la cordura -estaban seguros de que el
pequeño saldría montando a todo galope-, pues estaban ansiosos de aplaudirle sólo con que resistiera
hasta domarlo. Sin embargo, Alejandro lo sostenía firmemente, la bestia sólo esperaba la señal de su
jinete para salir. Como una ola, desde la multitud se levantó un murmullo de curiosidad; de pronto, le
vieron inclinarse hacia delante, enterrar sus talones en los ijares de Bucéfalo y pegar un grito.
Entonces, cuando jinete y montura cabalgaban hacia los húmedos prados, el murmullo de los
espectadores se convirtió en un verdadero rugido de emoción. No tardaron mucho en perderse en la
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lejanía; sólo las nubes de aves silvestres que se formaban a su paso indicaban hasta dónde habían
llegado.
Finalmente, después de un rato, regresaron con el sol a sus espaldas proyectando sus sombras
hacia delante. Las sonoras pezuñas de Bucéfalo pisaban su sombra triunfalmente, como si fuera la
escultura de algún faraón pisoteando los cadáveres de sus enemigos caídos.
Al entrar de nuevo en el lugar de la exhibición, el caballo de Alejandro empezó a caminar
despacio, resopló y agitó la cabeza. El pequeño lo montaba tranquilamente, en la posición
recomendada por Jenofonte: las piernas bien estiradas hacia abajo, apoyándose en los muslos y
relajando toda la parte inferior de las rodillas. Jinete y montura cabalgaron hacia el estrado, pero frente
a ellos ya había un hombre esperándolos: su padre.
Alejandro se balanceaba sobre su montura a la manera de los soldados de caballería; iba
tendido casi horizontalmente sobre el cuello de Bucéfalo, dando la espalda al resto del cuerpo del
animal (esta forma de montar era la mejor para conducir un caballo en la batalla, siempre que el animal
lo permitiera). El caballo de Alejandro parecía recordar cosas que había aprendido antes de la tiranía.
Filipo extendió ambos brazos hacia su hijo, y Alejandro se arrojó a ellos bajando del caballo.
-Mira, padre -le dijo-, no tuvimos que lastimarle el hocico. Es un animal demasiado sensible.
Con lágrimas en los ojos -incluso de su ojo ciego le resbalaban lágrimas verdaderas-, abrazó a
su hijo y le dio algunas palmaditas en la espalda; su barba estaba un poco humedecida por el llanto.
-¡Hijo mío! -le dijo entrecortadamente-. Muy bien hecho, mi pequeño muchacho.
El pequeño correspondió al beso que le había dado su emocionado padre, y pensó que ése era
uno de los momentos que nada ni nadie podría perturbar.
-Gracias, padre; muchas gracias por el caballo. Lo llamaré Cabeza de Toro.
El caballo dio una repentina rehuida. Filónico se acercaba radiante y lleno de felicitaciones,
pero cuando Alejandro lo vio, sacudió negativamente la cabeza y aquél ya no se acercó (el cliente
siempre tiene la razón). Para entonces ya se había reunido una multitud.
-¿Les dirás que lo pongan aparte de los demás caballos, padre? Todavía no se acostumbra a la
gente, y yo mismo tengo que darle masaje o de lo contrario tendrá fiebre.
Se volvió para ver al caballo, y apartó al mejor de los caballerizos para presentárselo a
Bucéfalo en alguna otra ocasión. La multitud aún estaba en la feria, así que cuando entró en las
caballerizas todo allí era tranquilidad; el pequeño estaba agotado a causa del paseo a caballo y del
trabajo, tenía el cabello todo despeinado y revuelto y despedía un penetrante olor a caballo. Sólo un
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joven bastante alto vagaba sin hacer nada por ese lugar; era Hefestión, cuyos ojos le habían deseado la
victoria, que le lanzaba una sonrisa de reconocimiento. Alejandro correspondió el gesto con otra
sonrisa, dudó un instante y se le acercó. Hubo un breve instante de silencio.
-¿Te gustaría verlo?
-Claro que si, Alejandro... Se comportó casi como si te conociera. Lo sentí, fue como un
presentimiento. ¿Cómo se llama?
-Le puse Cabeza de Toro -estaba hablando en griego.
-Es un nombre mucho mejor que Trueno. Aborrecía ese nombre, pude darme cuenta.
-Vives cerca de aquí, ¿no es cierto?
-Sí, mira, por allá. No en la primera colina, sino la que está detrás, la segunda.
-Ya has estado antes por aquí, ahora te recuerdo. Una vez me ayudaste a componer mi honda,
no, era un carcaj; pero llegó tu padre y te arrastró hasta tu casa.
-Yo no sabia quién eras.
-En aquella ocasión también me mostraste las montañas. Aún lo recuerdo. Y también naciste en
el mes del león, el mismo año que yo.
-Sí.
-Me sacas medio cuerpo de estatura, pero tu padre es muy alto, ¿no es así?
-Sí, y también mis tíos.
-Jenofonte dice que se puede saber la estatura que alcanzará un caballo cuando aún es un
potrillo por la longitud de sus patas. Cuando seamos adultos, serás todavía más alto.
Hefestión miró sus ojos cándidos y confiados, y recordó que su padre le había dicho que el hijo
más joven del rey podría tener más oportunidades para desarrollarse que él, si no fuera porque ese
tutor malcarado que tenía lo hacia trabajar en exceso y lo mantenía hambriento y desnutrido. Alguien
debió haberle protegido de él, algún
amigo debió estar allí.
-Y aún serás el único que podrá montar a Bucéfalo.
-Ven a verlo, pero no te acerques demasiado. Tengo que estar presente siempre que alguien va
a atenderlo por primera vez.
De pronto Alejandro cayó en la cuenta de que había empezado a hablar en macedonio; miró a
su compañero y ambos rieron de buena gana. Así, pasaron charlando un buen rato antes de que el
pequeño príncipe recordara que debía irse del establo, lugar en el que estaba, a llevarle las noticias de
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lo sucedido a su madre. Era la primera vez en toda su vida que se olvidaba por completo de su
existencia.
Algunas días después Alejandro hizo un sacrificio a Heracles. El héroe había sido generoso con
él y se merecía algo mejor que un simple carnero o una cabra.
Olimpia estuvo completamente de acuerdo con él; si su hijo pensaba que no había nada mejor para
Heracles, ella creía que no había nada mejor para su hijo. Luego, se dedicó a escribir cartas a todos sus
amigos y parientes de Epiro, contándoles que Filipo había tratado de montar el caballo una y otra vez,
y que siempre lo había tirado delante de toda la gente; les decía que la bestia era tan salvaje como un
león, pero que su hijo había logrado domarlo. Después abrió el nuevo fardo con artículos personales
que le habían mandado desde Grecia, e invitó a su hijo a que escogiera una nueva túnica para las
celebraciones. Alejandro eligió una de lana blanca y pura, pero su madre le dijo que era demasiado
ordinaria para llevarla puesta en un día tan grandioso, a lo que él respondió que era precisamente la
adecuada para un hombre.
En una copa de oro llevó todas sus ofrendas al templo del dios que había sido construido en el
jardín. Como una consideración ocasional, esa vez lo acompañaron tanto su padre como su madre.
Una vez que pronunció la invocación adecuada al héroe, con todas sus oraciones y epítetos, le
agradeció los dones que concedía a los hombres y terminó diciendo:
-Hasta ahora siempre has estado de mi lado; de ahora en adelante sigue protegiéndome en todos
los asuntos que emprenda y nunca dejes de escuchar mis oraciones.
Luego inclinó un poco la copa, y un traslúcido torrente de incienso, como una multitud de
pequeños granos ambarinos, brilló con los rayos del sol y cayó sobre la radiante madera. Entonces, una
nube de dulce humo azul se elevó hacia el cielo.
Todos los miembros de la compañía, excepto uno, dijeron en coro: “Amén”. Leónidas, que se
había acercado a mirar pues pensó que era su deber, apretó los labios.
Pronto iba a dejar ese lugar y otro desempeñaría sus funciones. Alejandro aún no sabía esto y
su buen humor le parecía detestable. La goma árabe seguía derramándose del cáliz, y su precio llegaba
a alcanzar varios dracmas. Permitía ese dispendio después de su constante entrenamiento en la
austeridad y a pesar de las advertencias contra cualquier tipo de exceso, así que le dijo agriamente:
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-No desperdicies cosas tan valiosas hasta que seas el señor de las tierras en que crece el
producto.
Alejandro se volvió desde el altar, sosteniendo entre sus manos la copa vacía; luego miró a
Leónidas con una sorpresa muy particular seguida por una actitud de seria atención, y dijo:
-Si, lo recordaré.
Cuando bajaba del templo, sus ojos chocaron con la paciente mirada de Hefestión, que
comprendía bien la naturaleza de los presagios. Posteriormente, no tuvieron más necesidad de hablar
del asunto.


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