Cuarta parte

El ojo ciego del rey estaba semicerrado y el otro miraba a los ojos vivaces que le buscaban
algún resto de vida. Su cara tenía una expresión de sorpresa e infinita amargura. Alejandro tocó el
párpado de su ojo abierto y lo sintió tieso al contacto. Luego se limitó a repetir: “Padre, padre”.
Después puso su mano sobre la frente ya sin vida y la corona de oro cayó de su cabeza, produciendo
un ruido metálico al dar contra el pavimento. Por un instante, su rostro pareció estar tallado en
mármol.
El cuerpo se agitó súbitamente y sus labios se separaron, como si fuera a hablar. Entonces,
Alejandro dio un paso hacia delante, volvió a inclinarse sobre el cadáver, cogió la cabeza entre sus
manos y se inclinó hacia ella al mismo tiempo que le enderezaba un poco. Sin embargo, el cuerpo sólo
expulsó aire y de su boca salió una bocanada de espuma teñida de sangre.
Entonces, Alejandro se apartó, su rostro y su cuerpo parecían haber sufrido un cambio
repentino y, como si estuviera dando una orden para el combate, dijo: “El rey ha muerto”. Luego se
levantó y miró a su alrededor.
-¡Lo cogieron, Alejandro; lograron cortarle el cuello! -gritó alguien. La amplia entrada del
teatro estaba llena de jefes, todos desarmados por la fiesta, que trataban confusamente de formar una
barrera de protección.
-Aquí estamos, Alejandro -le dijo Alexandro, tratando de sobresalir de entre los demás jefes; ya
se había conseguido un traje ceremonial que le quedaba a la medida: era el suyo propio. La cabeza de
Alejandro parecía señalar el camino hacia el responsable, como un sagaz perro de presa-. Déjanos
conducirte hasta la ciudadela. Nadie sabe dónde pueden estar ocultos los traidores.
“¿Sí, quién? -pensó Hefestión-. Ese hombre sabe algo; si no, ¿por qué tenía preparada su
armadura?” Alejandro miraba hacia la muchedumbre. “Debe estar buscando al resto de sus hermanos”,
pensó; estaba acostumbrado a leer sus pensamientos.
-¿Qué es eso?
El gentío se apartó para dar paso a Antipatro, que había llegado hasta los soldados macedonios,
quienes de inmediato le abrieron camino entre los invitados extranjeros que impedían el acceso. Desde
hacía ya algún tiempo, Filipo le había nombrado el único regente de Macedonia, con plenas funciones,
apenas abandonara el ejército real. Alto, cubierto de guirnaldas, vestido con sobria elegancia e
investido con la autoridad del cargo, miró a su alrededor y preguntó:
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-¿Dónde está el rey?
-Aquí -respondió Alejandro secamente.
Por un instante sostuvo la mirada de Antipatro y luego retrocedió para mostrarle el cuerpo.
Antipatro se agachó, volvió a levantarse como impulsado por un resorte y dijo con aire de
incredulidad:
-Está muerto. Muerto -se pasó la mano por la frente, tocando su corona, y la arrojó al suelo
distraídamente-. ¿Quién...?
-Fue Pausanias.
-¿Pausanias? ¿Después de tanto tiempo? -se detuvo abruptamente, descompuesto por lo que
acababa de decir.
-¿Lograron cogerle vivo? -preguntó rápidamente Alexandro, el lincéstida.
Alejandro tardó en responder deliberadamente, para poder ver su reacción. Luego dijo:
-Quiero que cierren las puertas de la ciudad y que haya hombres vigilando en cada muralla.
Nadie deberá abandonar su puesto hasta que yo lo ordene -se volvió hacia la multitud-. Alcides, aposta
inmediatamente tu división.
“Finalmente el polluelo sale del cascarón -pensó Antipatro- y yo estaba en lo correcto.” Luego
dijo:
-Alejandro, aquí estás en peligro, ¿quieres venir conmigo al castillo?
-Iré cuando sea el momento adecuado. ¿Qué van a hacer esos hombres?
Afuera, el segundo oficial a cargo de la Guardia Real estaba tratando de reunir a sus hombres
con la ayuda de cuantos oficiales de menor jerarquía encontraba a su alcance; pero los soldados habían
perdido la cabeza completamente; casi todos escuchaban las palabras de quienes les decían que
podrían ser acusados de haber tomado parte en el asesinato de Filipo. Todos se volvían hacia el joven
que había matado a Pausanias y le gritaban terribles insultos; parecía que necesitaban detener sus
bocas, y los oficiales trataban vanamente de acallarlos.
Alejandro avanzó desde las espesas sombras del lugar del asesinato hacia la brillante y fría luz
de la mañana. El sol apenas había ascendido desde que había entrado en el teatro. Después, saltó el
muro que estaba junto a la puerta; una vez allí, el ruido
cambiaba hasta desaparecer.
-¡Alejandro, ten cuidado! -le gritó Antipatro-. ¡No te expongas de esa forma!
-¡Guardias, formad filas por la derecha!
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La confusa masa de hombres empezó a tomar forma, como si fuera un caballo que se
tranquiliza al oír la voz de su jinete.
-Comprendo vuestra pena, pero no os lamentéis como si fuerais mujeres. Vosotros cumplisteis
con vuestro deber, yo sé cuáles fueron vuestras órdenes, yo mismo las oí.
Meleagro, uno de los escoltas de la guardia personal del rey, lo lleva a la pequeña sala de
audiencias del castillo al ver que el interpelado buscaba una litera de repuesto, se dirigió a él.
-Hay un catafalco detrás del escenario que iba a usarse en la representación de la tragedia.
Luego se agachó sobre el cuerpo, levantó una de las esquinas de la túnica color púrpura, que
formaba un pliegue bajo el cadáver, y le cubrió el rostro. Los hombres de la escolta cerraron el círculo
de custodia, ocultando el cuerpo del rey de la vista de la muchedumbre. Después, salió de las
silenciosas filas de la guardia y dijo:
-Aún lucha el hombre que abatió al asesino.
Entre orgullosos y temerosos, los soldados seguían vacilantes.
-Todos estamos en deuda contigo, Perdicas. No creas que lo olvidaremos -la cara del hombre
mostró un gesto de alivio, mientras el joven avanzaba hacia delante-. Dejé a Bucéfalo afuera, en el
camino, ¿quieres asegurarte de que lo pongan en lugar seguro? Toma una escolta de cuatro hombres.
-Sí, Alejandro -dijo, estallando en un arranque de gratitud.
Entonces se dejó sentir una nueva pausa de silencio; bajo sus cejas, Antipatro tenía un aspecto
sumamente singular.
-Alejandro, tu madre, la reina, aún está en el teatro. ¿No crees conveniente asignarle una
guardia?
El príncipe caminó hasta rebasarlo y fijó su vista en el lugar del crimen donde había caído una
inmovilidad casi perfecta. Cerca de la entrada podía observarse cierta agitación: los soldados habían
encontrado el féretro trágico, el cual estaba decorado con motivos fúnebres y cubierto por un manto
negro. Luego, pusieron el catafalco junto al cadáver de Filipo y lo depositaron dentro. Al introducirlo,
la túnica cayó, dejando al descubierto la cara, así que el oficial tuvo que cerrar los ojos y presionarlos
hasta que quedaron definitivamente cerrados.
Alejandro, inmóvil, seguía con la vista puesta en el teatro: toda la gente se había retirado,
pensando en que no les quedaría ningún lugar para vagar, sólo los dioses permanecían allí. En alguna
oleada de la multitud, Afrodita había caído de su base y yacía desgarbada y tiesa a su lado; al caer, la
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joven Eros que tenía a su lado quedó reclinada contra el trono, que también se había caído. La imagen
del rey Filipo seguía firme en su lugar, con los ojos pintados fijamente en las hileras vacías.
Alejandro se dio la vuelta, el color de su rostro había cambiado, pero su voz era la misma:
-Si, puedo ver que aún está allí.
-Debe estar llena de aflicción -comentó Antipatro con voz inexpresiva.
Alejandro se quedó contemplándolo pensativamente; luego, como si algo acabara de llamar su
atención, miró hacia un lado.
-Tienes razón, Antipatro, debe estar en manos de alguien de confianza. Te quedaré sumamente
agradecido si tú, personalmente, la escoltas hasta la ciudadela. Toma a los hombres que juzgues
conveniente.
Alejandro esperó la respuesta con la cabeza ligeramente inclinada y la mirada fija en Antipatro,
quien abrió la boca y dijo:
-Si tú lo deseas, Alejandro, así se hará -luego partió a cumplir su encargo.
En eso se hizo una pequeña tregua. Entonces, Hefestión salió de entre la multitud; no llevaba
ningún mensaje, sólo ofrecía su presencia, como su instinto le indicaba. Tampoco recibió ningún
mensaje, aunque entre un escalón y otro sintió que dios se lo agradecía. También su propio destino se
extendía ante él frente a la vasta perspectiva de sol y humo. Su corazón le aceptaba con todas sus
implicaciones; asumía la luz y la oscuridad de su destino.
El oficial de los camilleros dio una orden, y el féretro dorado del rey Filipo fue empujado hasta
doblar la esquina. Mientras tanto, desde el viñedo sagrado unos hombres llevaron el cuerpo
ensangrentado de Pausanias; lo transportaban en una camilla; su cuerpo estaba semicubierto con los
jirones de su túnica y la sangre chorreaba por entre las uniones de los juncos de la camilla. También él
tendría que ser exhibido ante el pueblo, así que Alejandro dijo:
-¡Preparad una cruz!
El estrépito había descendido hasta convertirse en un murmullo que se mezclaba con el rumor
de las cataratas de Egas. Un águila sobrevolaba el lugar, lanzando graznidos fuertes y sobrenaturales;
entre sus garras se debatía una enorme serpiente que había arrancado de las rocas; las cabezas de
ambos animales arremetían, buscando cada uno asestar el golpe definitivo a su enemigo. El chillido del
águila llamó poderosamente la atención de Alejandro, que miraba atentamente para conocer el
desenlace de la lucha sin embargo, aún en plena lucha, los dos contendientes remontaron las alturas,
rebasaron las cumbres de las montañas y finalmente desaparecieron de la vista.
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-Aquí todo ha terminado -dijo, y dio la orden de retirada hacia la ciudadela.
Según llegaban a las murallas desde las cuales se dominaba todo el valle de Pella el nuevo sol
de verano dibujaba su brillante trayectoria a lo largo de los mares del este.


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