Primera parte

VIII
La nueva esposa del rey Filipo dio a luz a su primogénito. Cabizbaja y deprimida, la
comadrona le llevó a su hija directamente desde la sala del alumbramiento, y Filipo con los signos de
aprobación rituales, cogió a la pequeña cosa arrugada y roja entre sus manos (se la habían llevado
desnuda para probar que había nacido inmaculada).
Atalos, que se había dedicado a vagar por la casa desde que supo que el momento del parto
estaba cerca, estiraba su cara, también roja y arrugada, para ver a su nieta por si mismo; siempre le
quedaba una esperanza, que sólo perdería al ver el sexo por sí mismo. Su pálidos ojos azules seguían a
la pequeña con aversión, como si fuera a devolverla. Filipo pensó que si de él hubiera dependido, la
habría arrojado a las aguas del lago, como un cachorro no deseado. Con frecuencia le hacía sentirse
tonto la idea de que parecía engendrar un varón por cada cinco hembras, pero en esta ocasión recibió la
noticia con verdadero alivio.
Eurídice tenía todo lo que le gustaba que tuvieran las mujeres: era sensual sin caer en lo
libertino, siempre estaba ansiosa de complacerle, pero nunca se mostraba nerviosa, además de que
nunca hacía escenas desagradables. Era bastante probable que cualquiera de esos días la pusiera en el
lugar de Olimpia; ya había llegado a pensar, incluso, que sería mejor quitar a la bruja de su camino,
pues eso le resolvería todos sus problemas: ella tenía las manos demasiado llenas de sangre como para
poder hacer justicia, además de que había gente tan hábil corno ella a quienes podría recurrir. Sin
embargo, a pesar de lo bien que pudiera manejar las cosas, el muchacho se enteraría; nada se le podía
ocultar, Alejandro podría sacar la verdad del mismo aire. ¿Qué hacer, entonces?
¿Y ahora? Bueno, esta recién nacida le brindó un espacio libre para respirar. Atalos le había
dicho una docena de veces, cuando menos, que Su familia anhelaba un heredero, pero ahora era mejor
dejarlo en paz por un buen rato. Como venia haciendo desde hacía diez meses, Filipo postergó su
decisión. Sus planes para la guerra de Asia eran bastante halagüeños: continuaba la fabricación y el
almacenamiento de armas, los impuestos se cobraban enriqueciendo las arcas, llegaban caballos para la
caballería, el oro y la plata circulaban como si fueran agua para los contratistas, los tesoreros, los
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agentes y los clientes de los gobernantes. Las tropas se ejercitaban y hacían sus maniobras, rápida y
disciplinadamente, al mismo tiempo que intercambiaban historias acerca de la mítica riqueza de Asia y
de los descomunales rescates que pagaría el Gran Rey por liberar a sus sátrapas cautivos. Sin embargo,
el brillo, la resonancia, el crepitar y el resplandor de la tranquilidad habían desaparecido ante la sonrisa
reflejada en el rostro del peligro.
Además, había otras dificultades aún más palpables. En una vinatería de Pella había estallado
una salvaje disputa entre los hombres de la caballería de Atalos y los de otro cuerpo de caballería que
acababa de ser rebautizado con el sobrenombre de “Brigada Nicanor” (nombre que nadie que estimara
su vida se atrevería a pronunciar en presencia de uno de sus integrantes); esa disputa amenazaba con
desatar una media docena más de luchas sangrientas. Al enterarse, Filipo mandó llamar al jefe de los
agresores; todos los hombres se miraron mutuamente tratando de evadir la situación, hasta que el más
joven, heredero de una antigua casa que había auxiliado a una docena de reyes y que era bien conocido
por ello, levantó su cara afeitada y dijo desafiante:
-Bien, señor, es que otros hombres estaban calumniando a tu hijo.
Filipo les dijo que se ocuparan de sus propios asuntos y que le dejaran a él esa preocupación.
Los hombres de Atalos, que esperaban que el rey respondería algo así como: “Todavía no tengo
ningún hijo”, se retiraron decepcionados.
Poco tiempo después, el rey volvió a mandar un nuevo espía a Iliria para que le informara de la
situación en aquel lugar. A Epiro, sin embargo, no tuvo necesidad de enviar a nadie; sabía dónde
estaba su hombre. Desde allí había recibido una carta que había entendido perfectamente: se trataba de
las protestas de un hombre honorable, que llegaban hasta donde el honor lo permitía. Filipo respondió
con finura semejante. La reina acababa de dejarle por voluntad propia debido a su hosco
temperamento, sin que mediara ninguna ofensa legal para hacerlo. (Aquí pisaba terreno firme, pues no
todas las casas reales de Epiro habían sido monógamas). Además, había puesto en su contra a su
propio hijo, cuyo exilio sólo era culpa de ella. La carta no llevaba insultos mortales, eso llegaría a su
debido tiempo; pero, ¿qué estaba sucediendo en Iliria?
Algunos de los jóvenes compañeros de Alejandro habían cabalgado desde Epiro hasta Pella
para llevarle una carta a Filipo:
Alejandro saluda a Filipo, rey de Macedonia. Te mando de regreso a estos hombres,
mis amigos; ellos no son culpables de nada, sólo tuvieron la gentileza de escoltarnos, a mí y a
la reina, hasta Epiro y ya no necesito más de sus servicios. Cuando le sean devueltos a mi
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madre, la reina, su dignidad y sus derechos, emprenderemos nuevamente el regreso. Hasta
entonces, debo hacer lo que yo mismo considero correcto sin pedir el permiso de ningún
hombre.
Saluda de mi parte a los hombres que conduje en Queronea y a quienes estuvieron bajo
mi mando en Tracia, y por favor no te olvides del hombre que salvé bajo mi escudo cuando los
de Argos se sublevaron ante Perinto. Tú sabes bien su nombre. Saludos.
En su cuarto privado de lectura, Filipo arrugó la carta y la tiró al cesto de la basura después de
leerla; luego se levantó, flexionó su cuerpo tiesamente sobre su pierna incapacitada, volvió a recoger el
papel y lo estiró y alisó para guardarlo. Los espías, uno tras otro, le llevaban del oeste noticias no muy
halagüeñas, pero ningún hecho concreto al que pudiera agarrarse. Los nombres de los integrantes de la
pequeña banda de amigos íntimos de Alejandro estaban por todas partes. Tolomeo: si hubiera podido
hacerle el amor a su madre, las cosas habrían sido muy diferentes; Nearco: un buen oficial de la
marina, digno de un ascenso si recuperara el juicio; Harpalos: yo nunca hubiera confiado en ese viejo
zorro, pero el muchacho si que lo haría; Erigio...; Laomedón...;
-Hefestión...: bueno, sería como querer separar a un hombre de su sombra. Filipo se quedó
meditando durante unos instantes, presa del triste resentimiento de la envidia
propia de un hombre que cree buscar siempre el amor perfecto, pero que no quiere admitir que está
escatimando el precio.
Los hombres siempre eran los mismos, las noticias lo confirmaban. Ahora se encontraban en la
fortaleza de Coso, en el castillo de Kleftos, que era el Gran Rey que los ilirios querían imponer y
estaban sobre la frontera lincéstida. Se decía que había estado en la costa preguntando por barcos que
fueran a Corcira, Italia, Sicilia y aun Egipto, y también que los habían visto en las cordilleras de Epiro.
Corrían fuertes rumores de que estaban comprando armas, reclutando lanceros y entrenando su ejército
en alguna madriguera del bosque. Siempre que Filipo necesitaba disponer de sus tropas para su
campaña en Asia, le llegaba alguna de estas noticias alarmantes y se veía obligado a mandar uno de
sus regimientos hacia la frontera; sin duda, Alejandro tenía algún amigo en Macedonia que le mantenía
bastante bien informado. En el papel, sin embargo, los planes guerreros del rey seguían sin
alteraciones, aunque sus generales podían sentir su ansiedad por los próximos informes.
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En un castillo situado en un promontorio rocoso junto a una boscosa bahía iliria, Alejandro
miraba el humo negro, emboscado por la oscuridad de la noche, que se desprendía de los fuegos de los
madereros. Ese día, como el anterior, lo había pasado cazando. Su cama, hecha de juncos y llena de
pulgas, estaba en la esquina del salón dedicada a los huéspedes, en donde, en medio de perros que
roían los huesos de las comidas, pasaban la noche los hombres solteros de la casa. Desde la puerta se
colaba una corriente de aire limpio y fresco, y los rayos de luz de luna lo iluminaban todo.
Alejandro, que tenía una aguda jaqueca, se levantó envuelto en la sábana, que estaba
desgarrada y sucia (la única manta buena que le quedaba se la habían robado, más o menos, desde su
último cumpleaños; sus diecinueve años le llegaron en un campamento
nómada cerca de la frontera).
Alejandro pasó sobre los cuerpos dormidos; de pronto, tropezó con uno de ellos, que se dio la
vuelta mascullando insultos. Afuera había un pequeño barandal que protegía del desfiladero, el cual
terminaba en el mar, que azotaba fuertemente las rocas de las laderas, hasta abajo, y los rayos de la
luna brillaban sobre la espuma que se formaba al chocar el agua contra las piedras. En eso, mientras
observaba el paisaje, oyó unos pasos familiares que se le acercaban por detrás, pero ni siquiera se
volvió. Hefestión se acercó y se reclinó sobre el barandal.
-¿Qué sucede? ¿No podías dormir?
-Sí, pero me he despertado.
-¿Sientes otra vez los retortijones?
-Allí dentro apesta.
-¿Por qué bebiste esos orines de perro? En tu lugar, yo me hubiera ido sobrio a la cama.
Alejandro le lanzó una mirada que era como un callado rugido. El brazo con el que se apoyaba
en la pared lo tenía herido a causa del zarpazo de un leopardo moribundo. Todo el día lo había pasado
en movimiento, así que ahora estaba inmóvil, contemplando allá abajo las vertiginosas corrientes
marinas. Finalmente le dijo:
-No podemos esperar mucho tiempo.
Hefestión miró hacia la profundidad de la noche. A pesar de todo, estaba contento de que
charlara con él, aunque le estuviera hablando de lo que más temía.
-No -respondió-. Dudo que podamos.
Alejandro recogió algunas piedrecillas del barandal y las arrojó una por una hacia la
turbulencia marina; ningún murmullo, ni un solo sonido se escuchó desde el abismo, ni siquiera se oyó
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el ruido de las piedras al chocar contra las paredes del desfiladero. Hefestión no hizo nada; se limitó a
ofrecerle su presencia tal como lo mandaban todos los presagios.
-Con el tiempo -continuó Alejandro-, hasta una zorra se aprende estos trucos; la segunda vez
que los aplicas, debes estar seguro de que encontrarás las trampas vacías.
-Casi siempre te ha favorecido la suerte de los dioses.
-Pero el tiempo pasa -dijo Alejandro-. Esa sensación la obtiene uno con la guerra. Acuérdate de
Polidoro y de su docena de hombres, tratando de sostener aquella fortaleza en el Quersoneso. Todas
aquellas armaduras sosteniendo las murallas; conmovieron entonces y conmoverán siempre. Durante
dos días me estuvieron convenciendo para que mandara refuerzos, ¿lo recuerdas? De repente, un tiro
de catapulta hizo saltar en pedazos un yelmo, y allí quedó. La mía llegará cuando algún jefe ilirio
cruce las fronteras por su cuenta y riesgo, por ganado o para cobrar alguna ventaja, y Filipo escuche
que yo no iba al frente. Nunca le engañaré con eso, me conoce demasiado bien.
-Aún puedes decidirte a dirigir esa incursión; no es muy tarde para que cambies de opinión. Es
posible que, si presionas un poco, salgas fortalecido... Con todo lo que tiene que hacer, no es muy
probable que venga en persona.
-¿Cómo podré saberlo? No, he recibido una advertencia..., una especie de advertencia... en
Dodona.
Hefestión guardaba silenciosamente estas noticias; era el secreto más importante que Alejandro
jamás le había contado.
-Alejandro, tu padre quiere que regreses. Lo sé, debes creerme. Lo he sabido desde hace
tiempo.
-Bueno, entonces que se comporte correctamente con mi madre.
-No, no sólo te necesita para la guerra contra Asia. Sé que quizá no te guste escuchar esto, pero
él te ama. Puedes no estar de acuerdo en la forma en que te lo demuestra, pero de verdad te ama.
Recuerda que Eurípides dice que los dioses tienen muchos rostros.
Alejandro apoyó las manos en la superficie rota de la roca y puso en su amigo toda su
atención.
-Eurípides escribió para los actores. Máscaras, me podrás decir; pues sí, son más caras,
algunas hermosas y otras no, pero detrás de ellas se esconde un solo rostro.
En el cielo ardió un meteoro con su característico color verde-amarillo incandescente; su cola
rojiza se desvanecía, mientras desaparecía a lo lejos, hundiéndose en el mar.
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-Es un augurio para ti -dijo Hefestión lleno de felicidad-. Debes decidirte hoy. Ahora sabes que
saliste esta noche para tomar una decisión definitiva.
-Cuando me desperté, ese lugar apestaba peor que un estercolero.
Un mechón de pálidos alhelíes había enraizado entre las piedras, y Alejandro lo tocaba con la
punta de los dedos sin darse cuenta. De repente, Hefestión sintió sobre sus hombros el peso de la
responsabilidad de saberse necesario, de ser útil para algo más que para el amor. Esa certeza no le
produjo gran alegría; era como vislumbrar la primera huella de una enfermedad mortal. El moho;
podía soportarlo todo excepto el moho.
-Ya no hay nada más que esperar de esta noche -dijo suavemente-; lo sabes todo.
Sin moverse, Alejandro pareció cobrar fuerza, volverse más consistente con la cercanía de su
amigo. Luego, continuó:
-Si, así es. En primer lugar, estoy desperdiciando el tiempo y no usándolo; esto nunca lo había
sentido antes. En segundo lugar, hay dos o tres hombres que apenas estén seguros de que no me
pueden usar contra mi padre, querrán enviarle mi cabeza y creo que el rey Kleftos es uno de ellos. En
tercer lugar..., él también es un mortal, nadie sabe cuándo le llegará su hora. Si él muriera y yo me
lanzara sobre la frontera.
-También eso -contestó Hefestión tranquilamente-. Pero, como tú dices, ¿y entonces? Él quiere
que regreses y tú quieres regresar; pero como habéis intercambiado insultos verdaderamente terribles,
ninguno de los dos se atreve a dar el primer paso.
Entonces, lo que necesitas es encontrar al hombre adecuado. ¿Quién crees que podría ser?
Firmemente, como si ya hubiera decidido desde tiempo atrás, contestó:
-Demarato de Corinto. Ese hombre nos agrada a los dos, y además él mismo ganará con la
importancia del encargo. Él lo hará mejor que nadie; pero, ¿a quién podremos enviarle?
Finalmente, el elegido para viajar hacia el sur fue Harpalos, pues su graciosa cojera, su cara
vivaz y morena, su penetrante sonrisa y sus serias y halagadoras atenciones le hacían el hombre
idóneo. Así pues, Alejandro y sus hombres le acompañaron hasta la frontera con Epiro para protegerle
de los ladrones. La esencia de su misión era que no quedara registro escrito de ella, por lo que no
llevaba consigo ninguna carta. Harpalos sólo tomó su mula, una muda de ropa y su dorado encanto, y
partió a cumplir con su misión.
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Filipo se enteró con alegría de que su viejo amigo Demarato tenía que atender ciertos asuntos
en el norte, y pensó en lo mucho que le gustaría visitarle. Decidió invitarlo a cenar y alquiló los
servicios de una buena bailarina. Después de cenar, despidió a la bailarina, ordenó que le limpiaran la
mesa y se quedaron un rato a charlar y disfrutar del vino. Corinto era uno de los “oídos” del sur de
Grecia, y Filipo no desaprovechó la oportunidad para preguntarle de una vez por las noticias nuevas.
Había oído decir algo acerca de un desacuerdo entre Tebas y Esparta, así que le preguntó su opinión a
Demarato.
Demarato, huésped distinguido y orgulloso de sus privilegios, encontró la ocasión para hablar
del asunto que lo llevaba hasta allí, así que sacudió su cabeza entrecana y exclamó:
-¡Ah, rey! ¿Cómo es que te oigo preguntar si los griegos vienen en armonía, cuando tu propia
familia se debate en medio de la guerra?
El ojo negro de Filipo, que aún no estaba muy congestionado por el vino, miró agudamente a su
alrededor; su desarrollado sentido de la diplomacia le dejó ver cierta nota, una pequeña sombra de
preparación para tratar algún asunto importante, pero no dio muestras de ello.
-Ese muchacho -dijo Filipo- se enciende con una chispa; es como brea. Un tonto discurso de
borracho que apenas era digno de una sonrisa al día siguiente. Si hubiera conservado el sentido con el
que nació...; pero no, sale corriendo con su madre, y tú ya la conoces.
Demarato hizo algunos sonidos amistosos para demostrarle que él también lo lamentaba.
Después de lamentarlo mil veces y aún más, le dijo que seguramente con una madre de temperamento
tan celoso y egoísta, el joven debió haber sentido amenazado su futuro con la desgracia de su
progenitora. Luego le citó algunas elegías de Simónides, pertinentes al caso, que había llevado
preparadas para tal efecto.
-Cortarse la nariz -comentó Filipo-, sólo para fastidiarse la cara. Un muchacho así, con sus
dotes, es un verdadero desperdicio. Si no fuera por esta bruja nos llevaríamos bastante bien, él debería
saberlo mejor. Bueno, ahora está pagando las consecuencias. Así se dará un buen hartazgo de
fortalezas ilirias. Pero si piensa que yo...
No fue sino hasta la mañana siguiente cuando hablaron seriamente del asunto.
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En Epiro, Demarato era el huésped más distinguido del rey. Estaba allí para escoltar de regreso
a Pella a la hermana del rey y al hijo perdonado. Demarato ya era un hombre rico, y debían pagársele
sus servicios con gloria más que con dinero, así que el rey Alejandro brindó a su salud en una antigua
copa de oro y le rogó que la aceptara un pequeño recuerdo. Por su parte, Olimpia exhibió ante él todas
sus gracias en sociedad; si sus amigos le habían dicho que era una hembra colérica, dejaría que juzgara
por sí mismo. Alejandro, envuelto en la única túnica buena que le quedaba, era el más atento, hasta
que una tarde vio el rígido y cansado cuerpo de un anciano que bajaba hacia Dodona sobre los lomos
de una muía que caminaba pesadamente: era el viejo Fénix, que había encontrado mal tiempo en el
desfiladero. Al ver a su hijo adoptivo, casi cayó de la silla de montar por arrojarse en sus brazos.
De inmediato, Alejandro pidió que le prepararan un baño caliente, dulces aceites y mandó traer
un bañero experto; nadie en Dodona había escuchado una petición semejante. Después, cuando todo
estuvo preparado, entró junto con Fénix para bañarle él mismo.
El baño real era un antiguo cuarto de arcilla pintada, que había sido mejorado con el transcurso
del tiempo; el suelo tenía una ligera inclinación para permitir que se escurriera el agua, y dentro no
había un lugar para sentarse, así que tuvo que hacer traer una silla. Alejandro le frotaba los nudosos
músculos de los muslos, siguiendo el camino que Aristóteles le mostrara, sobando y dando ligeros
golpecitos, como hacía su esclavo cuando estaba en casa. En Iliria él había sido el médico de sus
compañeros; aun cuando confiaba en los presagios que veía en sueños, y a pesar de que su memoria o
su conocimiento podían fallar, sus hombres le preferían a las brujas locales.
-¡Uf! Eso está mejor; allí es donde siempre me duele. ¿Acaso aprendiste con el mismo
maestro con que aprendió Aquiles?
-Mi único maestro ha sido la necesidad. Ahora date la vuelta.
-Esas heridas de tu brazo son nuevas.
-Fue mi leopardo; tuve que regalarle su piel a mi anfitrión.
-¿Recibiste las mantas que te mandé?
-¿También me mandaste mantas? Los ilirios son unos ladrones. Recibí los libros, pues ellos no
saben leer y por suerte tenían suficiente leña. Los libros fueron lo mejor.
Bueno, son tan ladrones que una vez trataron de robarme a Bucéfalo.
-¿Y qué hiciste entonces?
-Perseguí al tipo y lo maté. De todas maneras no hubiera ido muy lejos, Bucéfalo no se habría
dejado montar -empezó a friccionar las corvas de Fénix.
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-Durante medio año nos tuviste nerviosos a todos. Andabas por allá y por acá como un zorro -
Alejandro rió un poco, pero no interrumpió su trabajo-. Pero el tiempo pasó y vino a demostrar que no
es fácil deshacerse de ti; tu padre lo atribuye a tu sentir natural, tal como yo le sugerí.
Fénix volvió la cabeza para mirarle.
Alejandro se enderezó, empezando a secar sus manos con la toalla, y le respondió:
-Si. Un sentir natural; puedes llamarlo así.
Fénix se retiró del agua, pues comprendió que Alejandro había terminado su trabajo.
-¿Y viste combatir a Aquiles en el oeste?
-Una vez, en una guerra tribal. Uno debe apoyar a los amigos, así que yo le apoyé y ganamos -
echó para atrás su pelo mojado, su boca y su nariz parecían estar aplastadas, y lanzó la toalla hacia una
esquina.
Fénix pensó que el muchacho ya había aprendido a jactarse de lo que había padecido bajo las
órdenes de Leónidas -eso le había enseñado a ser paciente; él mismo le oyó una vez en Pella y le vio
sonreír-, pero nunca haría alarde de esos meses en el exilio y, además, el hombre que ríe debe ser muy
cuidadoso. Luego, como si Fénix hubiera estado pensando en voz alta frente a Alejandro, éste le
preguntó:
-¿Por qué quiere mi padre que le pida perdón?
-Bueno, vamos, es que es un hombre acostumbrado a los pactos. Finalmente, dejó de presionar.
Fénix deslizó sus regordetas y arrugadas piernas del sofá en el que se había sentado.
Junto a él había una ventana; un mirlo había hecho su nido en una de las esquinas superiores, y sobre
el alféizar, manchado con los excrementos del ave, había un peine con incrustaciones al que le faltaban
algunos dientes, de donde colgaban algunos pelos rojos que habían pertenecido a la barba del rey
Alexandro. Fénix lo cogió y empezó a peinar su barba, al mismo tiempo que miraba la cara de niño de
Alejandro.
Él ya había contemplado las posibilidades que tenía de fallar. Sí, incluso él podría fallar; ya
antes había visto ríos a los que, una vez que les llegaba la crecida, era verdaderamente imposible
remontar. Durante una noche oscura en aquel país de salteadores había descubierto algo inidentificable
dentro de sí mismo. ¿Acaso era un estratega de mercenarios que alquilaba sus servicios a algún sátrapa
en guerra contra el Gran Rey, o a algún tirano siciliano de tercera categoría? ¿O quizá un corneta
vagabundo, como alguna vez lo fuera Alcibiades, que se apaga en la oscuridad? Por un momento logré
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vislumbrar la situación: a él le gustaba mostrar sus heridas de guerra, pero esa nueva herida la ocultaría
a todo el mundo como si fuese la marca de algún esclavo.
-¡Vamos! Es el golpe del acuerdo; limpia las viejas heridas y empieza de nuevo con la tablilla
en blanco. Recuerda lo que le dijo Agamenón a Aquiles cuando se reconciliaron:
Pero, ¿qué podría yo hacer? Todo nos viene de Dios.
La ceguera del corazón que confunde a los mortales.
nació de Zeus, y nos confunde a todos.
Tu padre lo ha sentido, pude notarlo en la expresión de su rostro.
-No puedo ofrecerte un peine más limpio que éste -dijo Alejandro, sosteniendo entre las manos
el peine que había en la ventana. Luego volvió a ponerlo sobre el alféizar, debajo del nido, limpié sus
dedos y continuó-: Bueno, también sabemos lo que dijo Aquiles:
Todo ha sido por el bien de Héctor y los troyanos;
los griegos siempre recordarán nuestra disputa,
y aun así lo juntaremos todo y terminaremos con las querellas.
Aunque nos duela, debemos vencer la pasión íntima.
Después, sacó una túnica limpia que estaba doblada dentro del equipaje de Fénix, la dejó caer
hábilmente sobre su cabeza, como si fuera un paje bien entrenado, y le dio su cinturón.
-Ah, muchacho, tú siempre has sido un chico muy buena conmigo.
Fénix jugueteaba nerviosamente con uno de los bucles que caían de su cabeza. Había tomado
las palabras como una abierta exhortación, pero como las demás debilitarían su discurso, dejó las cosas
exactamente como estaban.
La brigada Nicanor estaba nuevamente bajo las órdenes de Alejandro.
El regateo continuó durante algún tiempo; muchos de los correos entre Demarato y el rey
habían trazado los rústicos caminos hacia Epiro. Según el espíritu del acuerdo, logrado después de
muchas maniobras, ninguna facción podía reclamar una victoria completa. Finalmente, cuando padre e
hijo volvieron a encontrarse, ambos sintieron que ya se habían dicho suficientes cosas, así que se
disculparon mutuamente de tener que repetir nuevamente las mismas palabras. Cada uno veía al otro
con una mezcla extraña de curiosidad, resentimiento, sospecha. pena y una leve esperanza que trataban
de ocultar lo mejor que podían.
-Bajo la mirada complaciente de Demarato, padre e hijo intercambiaron un beso simbólico de
reconciliación. Alejandro llevaba consigo a su madre, y Filipo también le dio un beso en la mejilla,
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notando las líneas profundamente marcadas de orgullo y rencor; por unos momentos recordó con
agrado su arrebatadora pasión juvenil. Luego, salieron todos a reiniciar su vida sobre estas nuevas
bases.
-La mayoría de los hombres que rodeaban la corte habían podido, hasta ese momento, evitar
tomar partido; sólo pequeños grupos de guerrilleros. atálidas, agentes de Olimpia, amigos y camaradas
de Alejandro, discutían e intrigaban; la viva presencia de los exiliados era como zumo en leche. La
separación había empezado.
El joven príncipe sabía que era joven y que superaba a sus mayores; sabía que cuando los
viejos envidiosos trataban de derrotarlo, él podía enderezarse y derrotarlos. Alejandro significaba para
ellos el rescoldo de la insurrección que se expresaba en una llama, era su héroe y su víctima, y por ello
asumían la causa de Olimpia como si fuera la suya propia. ¿Cómo asimilar el hecho de ver a la propia
madre avergonzada y al padre, un viejo ya entrado en los cuarenta, exhibiéndose con una muchachita
de quince años? Así pues, cuando sus hombres le vieron, le saludaron con desafiante fervor; nunca se
equivocaba al reconocer ese hecho. El rostro de Alejandro parecía más delgado, había pasado algunos
años a la intemperie, pero su íntima atracción era completamente nueva. Respondió con una cálida
sonrisa a los saludos de todos los soldados, la cual les hizo sentirse plenamente recompensados.
Hefestión. Tolomeo, Harpalos y los demás compañeros de exilio de Alejandro fueron tratados
con admiración y respeto, y sus historias se habían convertido ya en una leyenda. Sus compañeros no
le habían decepcionado en ningún momento; todas las anécdotas hablaban de éxitos: el leopardo, las
centelleantes incursiones fronterizas, la victoriosa gloria en la guerra tribal. Además del orgullo de sus
compañeros, la persona de Alejandro estaba cubierta por su amor; de haber podido, hubieran cambiado
hasta sus recuerdos más íntimos. Su agradecimiento era más que suficiente, aunque nunca hablaron de
ello, pues su amor estaba plenamente correspondido. Pronto empezaron a reconocer a sus líderes, a los
de los jóvenes y a los suyos propios, y así lo hicieron sentir a los demás, a veces con discreción, otras
abiertamente.
Los partidarios de Alejandro cada día cobraban mayor fuerza. Su grupo estaba formado por
hombres que gustaban de él, o por quienes ya habían luchado a su lado; hombres que, quizá heridos o
casi congelados por el duro clima tracio, le habían ofrecido alguna vez su propio lugar junto al fuego y
habían bebido de la misma copa; hombres cuyo coraje había disminuido, hasta que llegó él y volvió a
prenderlo con su fuego; soldados mayores que le habían contado sus historias cuando aún era muy
pequeño; le apoyaban todos los que miraban hacia el pasado y, al ver los años sin ley, deseaban un
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heredero poderoso; hombres, también, que odiaban a sus enemigos. El poder y el orgullo de los
atálidas crecía día a día. Parmenión, que había enviudado recientemente, se acababa de casar con una
de las hijas de Atalo y el rey había actuado como testigo del novio.
La primera vez que Alejandro se encontró con Pausanias en privado, le agradeció la
hospitalidad que le brindé mientras estuvo en su casa. Los labios de Pausanias se movieron tiesamente
bajo la maraña de barbas y bigote, como si al volverle la sonrisa su boca no quisiera perder habilidad,
y le dijo:
-No fue nada, Alejandro. Nos honró a todos tu presencia... Podría hacer mucho más que eso.
Durante un momento los ojos de ambos se encontraron: los de Pausanias escrutadores, los de
Alejandro inquisidores; él jamás fue un hombre fácil de comprender.
Eurídice estrenaba una nueva casa en una de las laderas cercanas a palacio. Para construirla,
Filipo había ordenado talar un pequeño pinar que estaba allí, y devolvió a Olimpia una estatua de
Dionisio que ella había mandado poner en ese bosque; en realidad aquél no era un templo de muy
antigua santidad, sino que había sido levantado por un capricho de la reina, y desde su construcción
había estado rodeado de escandalosos rumores.
Como todos los demás, Hefestión sólo sabía que le legitimidad del hijo dependía del honor de
su madre, pues había llegado demasiado tarde como para enterarse de otras cosas. Por supuesto,
Alejandro tenía que defender a su madre, no le quedaba otra elección; pero, ¿por qué hacerlo con tal
pasión, con tanto odio y rencor hacia su padre?; ¿por qué no pensar en su propio bienestar? Los amigos
verdaderos deben compartirlo todo, excepto el pasado remoto.
Todo el mundo sabía que la reina Olimpia tenía sus propios partidarios, pues sus habitaciones
parecían más la casa de algún opositor asilado en alguno de los Estados del sur. Hefestión siempre
apretaba los dientes para contenerse cada vez que veía al príncipe entrar allí: ¿sabfa él de lo que la
reina era capaz? Sea como fuere, si había algún problema, el rey creería que su hijo estaba enterado.
Hefestión también era un hombre joven, y había compartido con Alejandro las emociones de
sus tiempos de acólito, actividad a la que alguna vez fueran tan asiduos, pero ahora guardaban las
distancias. Las mismas victorias de Alejandro eran su propia tarjeta de presentación y, a causa de esta
historia, en Macedonia se había ganado fama de ser tan peligroso como una pantera. Fue un hombre
que siempre desprecié el servilismo, pero tenía profundamente enraizada en él una honda necesidad de
ser amado. Ahora aprendía a conocer a quienes, conscientes de ello, lo habían utilizado, y allí,
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observando la lección, lleno de una desagradable ironía, estaba el rey. Al encontrarse con Alejandro, le
diría:
-Deberías tratar de arreglar las cosas. Tu padre debe estar deseando que así sea, de lo contrario,
¿para qué te haría regresar? El más joven siempre es el que debe dar el primer paso, no hay nada
deshonroso en ello.
-No me gusta la manera en que me mira.
-Quizá él piense lo mismo: ambos estáis sumamente polarizados. Pero, ¿cómo puedes dudar de
que eres el único heredero? ¿Quién más te disputa ese derecho? ¿Arridao?
El pobre idiota acababa de estar en Pella, donde había ido a ver uno de los grandes festivales.
Los parientes de su madre siempre lo llevaban, pulcro y bien peinado, a saludar a su padre, quien una
vez lo reconoció con orgullo cuando la partera salió de la habitación y puso en sus brazos al niño
aparentemente sano. Ahora, a los diecisiete años, era un muchacho más alto que Alejandro y de mejor
aspecto que Filipo, salvo cuando andaba con la boca abierta. Ya no lo llevaban al teatro, pues estallaba
en carcajadas en los puntos más dramáticos de la obra, ni a los ritos más solemnes, para que no cayera
presa de uno de sus ataques en los que se tiraba al suelo, manoteando como un pez fuera del agua,
mojándose y ensuciándose, sin que nadie pudiera controlarlo.
Los médicos decían que esos ataques le habían dañado el cerebro, pues antes de empezar a
padecerlos era un muchacho sumamente prometedor; pero ahora tenía que gozar de los espectáculos
del festival cogido de la mano de algún viejo esclavo de la familia, como si fuera un niño de la mano
de su pedagogo. Ese año ya le había salido la barba, pero aún no lograban apartarlo de sus muñecos.
-¡Vaya un rival! -exclamó Hefestión-. ¿Por qué no te quedas tranquilo?
Después de darle este buen consejo, saldría a encontrarse con alguno de los hombres de la
facción de Atalos, o aun con alguno de los incontables enemigos de Olimpia, se irritaría por las
palabras que le dijeran y les rompería los dientes lleno de rabia.
Todos los amigos de Alejandro tenían parte en ello y él, de temperamento explosivo, tendría
una parte mayor aún; los amigos verdaderos lo comparten todo, especialmente las querellas. Quizá
después se lo reprocharía a sí mismo, pero todos los demás sabrían que Alejandro jamás le echaría en
cara ninguna de esas pruebas de amor. No trataba de buscar problemas, sino que sencillamente crecía
en él esa especie de lealtad desafiante de la cual brotan chispas, como del golpe de un pedernal.
Alejandro cazaba constantemente, y encontraba más satisfacción cuando la acción era peligrosa
o cuando tenía que emprender una larga persecución. Durante esos días leyó muy poco y casi todo
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sobre cacería; su inmovilidad necesitaba de la acción, y sólo quedó tranquilo cuando empezó a
preparar a sus hombres para la próxima guerra.
Entonces, parecía estar en todas partes: pidiendo a sus ingenieros que le construyeran
catapultas transportables que no quedasen inservibles después del primer asedio, en las líneas de
caballería; mirando e inspeccionado a pie el piso de los establos y probando el forraje para alimentar a
los caballos. Hablaba mucho con viajeros, comerciantes, embajadores, actores y mercenarios que
conocían los estados griegos situados en el continente asiático, e incluso tierras todavía más lejanas.
Cotejaba todo lo que le contaban, etapa por etapa, con la Anábasis de Jenofonte.
Hefestión, con quien compartía sus estudios, se dio cuenta de que Alejandro cifraba todas sus
esperanzas en la guerra: estaba marcado por los meses de impotencia, como por cadenas, y ya
necesitaba la medicina del mando y la victoria para confundir a sus enemigos y curar su orgullo.
Alejandro daba como un hecho que lo pondrían al frente de los ejércitos, ya fuera solo o con
Parmenión, para apoderarse de una cabecera de puente en Asia. Hefestión, disimulando sus propias
inquietudes, le preguntó si ya había hablado del asunto con el rey, a lo que respondió:
-No, deja que él se me acerque.
Si bien el rey estaba bastante ocupado, no dejaba de mantenerse atento; miraba los cambios
tácticos que se habían introducido sin que se le consultara y esperaba que Alejandro le hablara de
ellos, pero su espera fue en vano. Veía los rostros de su hijo y sus amigos como si fueran los de algún
ladrón que pretendiera robarle. Nunca había sido fácil leer sus pensamientos, pero una vez que pensara
en todo eso como soldado que era, no los podría disimular. Como hombre, Filipo estaba herido y
furioso; como gobernante, no podía dejar de sentir un gran recelo.
El rey Filipo recibió buenas noticias; acababa de lograr una alianza de inapreciable valor
estratégico. Su corazón le decía que debía jactarse de su victoria ante Alejandro, pero si el muchacho
era tan testarudo como para dejar de consultar a su padre y rey, él no debía esperar que le consultara;
era preferible dejar que se enterara por sí mismo o por los espías de su madre. Por tanto, finalmente se
enteró por su madre de la próxima boda de Arridao.
La ciudad de Caria, situada en la curvatura sur de la costa asiática, estaba gobernada por una
dinastía local que controlaba el Gran Rey. El gran Mausolo, antes de morir y ser sepultado en su
grandioso Mausoleo, había erigido su propio imperio: por el mar, miraba hacia las islas de Cos, Cnido
y Rodas, y hacia el sur se extendía por la costa hasta Licia. Si bien la sucesión todavía estaba en
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disputa, el imperio se hallaba en las fuertes manos de Pixodoro, su hermano menor, quien pagaba
tributos y rendía homenaje al Rey de Reyes, que, a su vez, no preguntaba nada más. Después de que
Siracusa se hundiera en la anarquía, un poco antes del surgimiento de Macedonia como potencia, Caria
había sido la máxima autoridad del mar Egeo, y desde hacía tiempo Filipo lo había estado observando;
mandaba embajadores secretos y trataba de suavizarla. Finalmente lo había logrado: comprometió a su
hijo Arridao con la hija de Pixodoro. Olimpia, por su parte, no se enteró hasta que una mañana tuvo
que asistir al teatro a presenciar una representación preparada para recibir a los embajadores de Caria.
Más tarde, cuando Olimpia envió a buscar a Alejandro, no pudo verlo de inmediato, pues él y
Hefestión habían ido tras las bambalinas para felicitar a Tétalo, que había hecho una exitosa
representación de La locura de Heracles. Poco después Hefestión se preguntaría cómo era posible que
equivocara el presagio.
Por aquellos días Tétalo tendría unos cuarenta años, y estaba ya en el pináculo de la fama y en
lo mejor de sus facultades. Era tan versátil que sin dificultad podía representar cualquier personaje,
desde Antígona hasta Néstor, y seguir triunfando en sus papeles de héroe. En esa ocasión le había
tocado representar precisamente a uno de ellos. Por lo regular era un tanto descuidado con su cara, así
que al quitarse la máscara se reveló por un momento la preocupación que le producía lo que estaba
viendo; después de tiempo de no ver a Alejandro, eran muy notorios los cambios que había sufrido.
También había escuchado algunas historias, y le costó trabajo aclararse a sí mismo que su lealtad era
realmente firme.
Después del teatro, Hefestión fue a pasar un rato con sus padres, que habían bajado a la ciudad
para asistir a las festividades. Cuando volvió al lado de Alejandro, pareció que se adentraba en el
centro mismo de un huracán. La habitación de Alejandro estaba acordonada por sus amigos; todos
hablaban al mismo tiempo con voces de indignación, de adivinanza y de conjura. Cuando Alejandro
vio a Hefestión parado en la puerta, se abrió paso entre la multitud, lo cogió del brazo y le contó al
oído las noticias. Ofuscado por la rabia, Hefestión emitió algunos sonidos de simpatía; debió haberse
enterado de las noticias por boca del rey, pero seguramente había menospreciado sus palabras. La
verdad se abrió paso gradualmente a través del ruido: lo sucedido le hacía pensar que Filipo había
escogido a Arridao para que heredara el trono de Macedonia, y Olimpia estaba segura de ello.
“Debo dejarlo solo”, pensó Hefestión, pero ni siquiera se atrevió a intentarlo. Alejandro estaba
tan ruborizado que parecía tener fiebre; sus jóvenes amigos le recordaban sus victorias, maldecían la
ingratitud del rey y le ofrecían descabellados consejos, pues habían sentido la necesidad que en esos
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momentos tenía el joven príncipe de su presencia, y no albergaban la menor intención de dejarlo. En
esos momentos necesitaba a Hefestión lo mismo que a los demás, sólo que a él lo necesitaba con
mayor urgencia. Hubiera sido una verdadera locura obstaculizarle en esos momentos.
“Iliria -pensé Hefestión- es como una enfermedad de la que debe deshacerse. Más tarde hablaré
con él.”
-¿Quién es la mujer? -le preguntó después-. ¿Acaso sabe que es la prometida de un hombre que
permite el adulterio?
-¿Tú qué crees? -las ventanas de la nariz de Alejandro estaban sumamente dilatadas, los
extremos internos de sus cejas se juntaban en un gesto meditabundo y empezaba a caminar de un lado
a otro. Hefestión reconoció en esto el preludio de una próxima acción.
-Alejandro, esto no puede ser cierto, a menos que el rey se haya vuelto loco -le dijo, haciendo
caso omiso de las señales de peligro-. ¿Por qué habría de hacer tal cosa? Él mismo se convirtió en rey
porque sabía que los macedonios jamás aceptarían a un niño. ¿Cómo podría suponer que su gente
aceptaría a un idiota en el gobierno?
-Sé muy bien lo que está haciendo -un calor seco parecía desprenderse de su cuerpo-. Arridao
es sólo un sustituto, mientras Eurídice engendra un nuevo varón.
-Pero..., pero piensa sólo un poco. Ese niño ni siquiera ha nacido todavía; cuando venga al
mundo tendrá que crecer mucho para que pueda aspirar al trono, digamos que unos dieciocho años. Y
recuerda que el rey es un soldado.
-¿No sabías que su nueva esposa está preñada otra vez?
En ese momento, Hefestión pensó que si le tocaba el pelo podría oírlo crepitar.
-Él no puede pensar que es inmortal; continuamente esta en guerra. ¿Qué crees que imagina él
que podría suceder dentro de los próximos cinco años? ¿Qué otro sucesor quedaría, aparte de ti?
-A menos que haya logrado matarme antes -dijo como si hubiera hablado de un lugar común.
-¿Qué? ¿Cómo es posible que pienses eso, tú, su propio hijo?
-Mucha gente dice que no lo soy. Bueno, si así fuera, tendría que velar por mí mismo.
-¿Y quién dice eso? ¿Te refieres a ese estúpido discurso de bodas? Yo creo que todos los
hombres entienden por verdadero heredero a aquel que tenga sangre macedonia de ambas partes.
-Oh, no. Eso no es lo que están diciendo ahora.
-Escucha, salgamos un momento. Iremos de cacería, y después ya hablaremos de esto.
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Alejandro miró a su alrededor para asegurarse de que nadie más le oía, y luego, en un
desesperado tono bajo, le dijo:
-Tómalo con calma. Tranquilo.
Entonces, Hefestión fue con los demás, mientras Alejandro se paseaba de un lado para otro,
como si fuera un lobo enjaulado. De repente, se puso frente a todos y les dijo:
-Tengo que arreglar esto -Hefestión, que nunca antes había escuchado esta voz tan llena de
decisión sin tener completa confianza en él, sintió por un instante el presagio de un desastre-. Ya
veremos entonces quién gana con este matrimonio en bancarrota. Mandaré un mensaje a Caria y le diré
a Pixodoro la clase de pacto que ha logrado.
Todos sus amigos prorrumpieron en un fuerte aplauso. Hefestión pensó que todo el mundo se
estaba volviendo loco. Sobre el ruido y la algarabía imperantes, la voz de Nearco, oficial de las fuerzas
marinas, gritó:
-No puedes hacer eso, Alejandro, nos harías perder la guerra en Asia.
-¡Podrías dejarme terminar! -replicó Alejandro-. Yo mismo me ofreceré en matrimonio.
Casi en silencio, todos lo aceptaron. Entonces, intervino Tolomeo:
-Hazlo, Alejandro. Yo seguiré a tu lado, aquí esta mi mano para probártelo.
Hefestión miraba lleno de asombro y consternación; había confiado en Tolomeo, el hermano
mayor, el más juicioso. Últimamente había mandado traer a su Tais desde Corinto, donde había pasado
sus días de exilio; ahora quedaba claro que estaba tan furioso como Alejandro. Después de todo,
aunque no lo reconocieran, él era el hijo mayor de Filipo. Apuesto, capaz, ambicioso y a punto de
cumplir los treinta, pensaba que él podría haber manejado las cosas bastante bien en Caria. Había una
razón para apoyar a su hermano legítimo; algo más que el simple hecho de haber sido desplazado por
el baboso de Arridao.
-¿Y vosotros, qué decís? ¿Estamos todos de parte de Alejandro?
La pregunta directa produjo murmullos y expresiones de confusas afirmaciones; las certezas de
Alejandro siempre eran contagiosas. Todos dijeron que ese matrimonio aseguraría su posición y que
eso obligaría al rey a arreglárselas con él. Al verles contar las cabezas, hasta el más frío de corazón se
les unió; ahora no estaban ante un exilio similar al de Iliria, no había nada que necesitaran hacer, y
debían asumir todos los riesgos sólo por Alejandro.
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Hefestión pensé que aquello era un acto de traición. Entonces, arrogante por desesperación y
con la firmeza de quien reclama sus derechos, cogió a Alejandro por los hombros; de inmediato,
Alejandro se volvió hacia él.
-Piénsalo bien cuando te duermas, y decídelo mañana.
-Nunca dejes para mañana lo que puedas hacer hoy.
-Escucha, ¿qué sucederá si tu padre y Pixodoro están apostando por una persona corrompida y
sin futuro? ¿Qué sucederá si ella es una mujer sucia o una bruja digna de Arridao? Si así fuera y
tuvieras que desposarte con ella, te convertirías el hazmerreír de todo el mundo.
Haciendo un esfuerzo sensible para conservar la paciencia, Alejandro se volvió hacia él con los
ojos resplandecientes y las pupilas dilatadas, y le dijo:
-¿Qué te pasa? Tu sabes que esto no supondrá ninguna diferencia entre nosotros.
-¡Por supuesto que lo sé! -le respondió furiosamente. No estás hablando claro.
-Arridao, qué clase de tonto...
No alcanzó a terminar la frase; alguien tenía que conservar la cabeza. Repentinamente, sin
saber a ciencia cierta las causas, Hefestión pensó que Alejandro trataba de probar que podía obtener
una mujer de su padre. Ella era para Arridao, eso decente, y no necesitaba saberlo. Además, ¿quién se
atrevería a explicárselo? Nadie, ni siquiera él mismo.
Con la cabeza inclinada en actitud desafiante, Alejandro comenzó a valorar la fuerza de la flota
de Caria. Hefestión sintió que le tomaban en cuenta en todo eso.
Sin embargo, Alejandro no buscaba ningún consejo, sino pruebas concretas de amor.
-Es necesario darle todo lo que él necesitara.
-Bien sabes que estoy de tu parte, pase lo que pase, y no importa lo que hagas.
Alejandro apretó su brazo, le lanzó una sonrisa secreta y se volvió hacia los demás.
-¿A quién mandarás a Caria? -preguntó Harpalo-. Si lo deseas, iré yo personalmente.
-No, no puede ir ningún macedonio -dijo Alejandro, al mismo tiempo que caminaba hacia él y
le cogía las manos-. Mi padre podría hacértelo pagar. Es muy noble de tu parte que te hayas ofrecido,
nunca lo olvidaré.
Luego besó una de las mejillas -el príncipe se estaba volviendo un hombre emotivo y dos o tres
más de los presentes se ofrecieron para cumplir la misión. “Esto es como el teatro”, pensó Hefestión,
que entonces adivinó a quién mandaría Alejandro.
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Después de caer las primeras sombras de la noche, Tétalo entró en las habitaciones de la reina
Olimpia por la puerta privada. A ella le hubiera gustado recibirle y presentarle en la conferencia, pero
Alejandro le había visto en privado y así debía hacer ella. La reina le agradeció su presencia
recibiéndole con todo el encanto de que, en ocasiones, era capaz y le regaló un talento de plata,
atenciones a las que él respondía con la gracia que le era tan característica (poseía la habilidad de
improvisar discursos aun cuando su mente estuviera ocupada en otra cosa).
Unos siete días más tarde, Alejandro se encontró a Arridao en el patio de palacio. Ya empezaba
a salir con mayor frecuencia, pues los médicos habían aconsejado que tomara el aire y tratara con más
gente a fin de avivar su ingenio. Al ver a Alejandro, se adelantó hacia él ansiosamente, apresurándose
con excitación tras el viejo sirviente que le acompañaba, quien ya sólo le sacaba el equivalente a media
cabeza de estatura. Alejandro, que no le profesaba mayor sentimiento que el que se guarda al caballo o
al perro de algún enemigo, le preguntó:
-¿Cómo está Friné? -pues esa vez no llevaba su muñeca-. ¿Te la han quitado?
Arridao le sonrió; un húmedo surco corría por su suave y negra barba.
-La vieja Friné está en su caja, ya no la necesito. Mi padre me traerá de Caria una muñeca de
verdad -dio a esta frase un tono de broma obscena, como un niño que imita torpemente a los adultos.
-Cuida bien de Friné -le dijo Alejandro, sintiendo compasión por el pobre idiota-, es una buena
amiga tuya. Después de todo, podrías volver a quererla.
-No cuando tenga a mi esposa -respondió. Luego, inclinándose hacia Alejandro, añadió en
amigable tono de confianza-: Cuando tu estés muerto, yo seré el rey.
Su cuidador lo cogió rápidamente del cinturón y, cantando para sí mismo alguna canción, lo
llevó hasta el pórtico.
La preocupación de Filotas iba en aumento; el significado del intercambio de miradas que notó,
le hizo conocer muchas cosas (una vez mas, permanecía al margen del secreto). Ya lo sospechaba
desde hacía unos quince días, pero nadie le decía ni una palabra; sin embargo, finalmente supo quiénes
conocían el secreto: todos estaban demasiado complacidos, o asustados, como para poder ocultarlo.
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Ésa fue una época verdaderamente difícil para Filotas, pues pese a haber estado durante años
dentro del círculo de acompañantes de Alejandro, no había logrado llegar al núcleo de amigos íntimos.
Su historial de guerra era inmejorable; y su personalidad francamente impresionante, lo cual se debía
un poco a sus profundos ojos azules; durante la cena era una excelente compañía y estaba muy al tanto
de la moda; además, siempre había informado al rey discretamente y estaba seguro de que nunca le
habían descubierto. Entonces, ¿por qué no confiaba plenamente en él? Su instinto le decía que
Hefestión era el culpable.
Por otra parte, Parmenión ya empezaba a fastidiarle por la falta de noticias. Si fallara en esto,
tanto su padre como el rey se pondrían en contra suya. Quizá le hubiera convenido más acompañarlos
al exilio; probablemente les hubiera sido útil allí y ahora le harían partícipe de todos los secretos. Pero
todo sucedió tan repentinamente en la ruja de la fiesta de bodas; además, aunque era hombre aguerrido
y valiente en el campo de batalla, le gustaban las comodidades y, en asuntos dudosos o complicados,
prefería que otros le sacaran las castañas del fuego.
Como no deseaba que ni Alejandro ni Hefestión se enteraran de que andaba por allí haciendo
preguntas comprometedoras, ya que ambos eran una misma cosa, pasó algún tiempo recogiendo por
aquí y por ahí algunas nimiedades y buscando las restantes piezas del rompecabezas por doquier, antes
de enterarse de la verdad.
Se había acordado que Tétalo era un hombre demasiado notable como para informar
personalmente sobre su misión, así que desde Corinto envió un mensajero secreto para que les diera las
noticias del éxito más completo.
Pixodoro ya sabía algo, aunque no lo suficiente, acerca de la personalidad de Arridao, su futuro
yerno. Filipo era un hombre con demasiada experiencia como para albergar la idea de que podría
lograr un tratado verdadero mediante la comisión de un fraude.
Así pues, el sátrapa se quedó encantado al saber que no le costaría más cambiar el burro por el
purasangre. En la sala de audiencias de Halicarnaso, con sus columnas talladas, mosaicos persas y
sillas griegas, se exhibía la princesa modestamente y nadie había tenido que ocultarle a Arridao que su
próxima consorte era ocho años mayor que él. Al verla, Tétalo expresé debidamente el éxtasis del
representante del novio (el matrimonio, por supuesto, también habría de efectuarse mediante
representantes, pero, una vez culminada la ceremonia, los parientes del novio tendrían que aceptarlo).
Lo único que faltaba era elegir a alguien de la categoría suficiente y enviarlo a consumar la ceremonia
de bodas.


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