Segunda parte

Durante buena parte del día, en presencia o ausencia de Alejandro, sus amigos no comentaban
otra cosa. Cuando otros estaban cerca, trataban de hablar en voz baja para evitar que los oyeran. Aquel
día Filotas consiguió el último eslabón de su cadena.
No había cosa que el rey Filipo hiciera mejor que actuar apenas estuviera listo, y mantenerse
tranquilo mientras se preparaba. No deseaba armar ningún alboroto ni tener reuniones demasiado
evidentes, pues creía que ya se había hecho suficiente daño; muy pocas veces en su vida había estado
tan furioso, y en esta ocasión estaba fríamente encolerizado.
El día transcurrió sin que nada sucediera, y al llegar la noche Alejandro se retiró a descansar a
sus habitaciones. Cuando estaba verdaderamente solo -es decir, cuando no estaba con Hefestión-,
siempre había algún guardia vigilando la puerta; incluso al pie de la ventana había otro centinela, a
pesar de que había más de ocho metros desde allí hasta el suelo. Sin embargo, el joven príncipe nunca
se enteraba de que lo vigilaban, sino hasta el día siguiente. Los centinelas eran cuidadosamente
escogidos y ninguno de ellos contestaba ninguna pregunta, por lo que Alejandro tenía que esperar
hasta el mediodía. Siempre guardaba bajo la almohada un cuchillo -entre los miembros de la casa real
de Macedonia eso era tan natural como salir vestido a la calle-, así que lo cogió de allí y lo guardó
entre sus ropas para defenderse en caso de agresión. Si le llevaban algo de comer ni siquiera probaría
un bocado, ya que podrían envenenarlo, y la muerte por envenenamiento no era digna de un guerrero
de su jerarquía. Siempre estaba al acecho, esperando oír en cualquier momento el ruido de pisadas
furtivas. De vez en cuando los pasos se acercaban y oía que un guardia presentaba armas; entonces
respiraba tranquilo, pues no se trataba del verdugo que, pensaba, podría aparecer en cualquier instante.
En esta ocasión, sin embargo, no sintió ningún alivio, pues el ruido de los pasos le era sumamente
familiar: era su padre, seguido de Filotas.
-Necesito alguien que atestigüe lo que voy a decirte -le dijo-, y este hombre será un buen
testigo.
Fuera de la vista de Filipo, a sus espaldas, Filotas le lanzó a Alejandro una mirada de
preocupación, mezclada con un atolondrada estupefacción. Con una mano hizo un breve ademán,
como ofreciéndole la ayuda de su lealtad ante el problema desconocido. Alejandro medio advirtió el
gesto, pero la presencia de Filipo lo llenaba todo: su gran boca estaba fija en la amplitud de su rostro;
sus cejas tupidas, normalmente inclinadas hacia fuera, se extendían hacia arriba de su frente, como si
fueran las alas desplegadas de un halcón, y la energía se desprendía de su cuerpo en grandes oleadas de
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calor. Alejandro se plantó en el suelo firmemente y esperó que Filipo continuara con su discurso;
mientras tanto, sentía el frío acero de la daga sobre su piel.
-Sé -continuó Filipo- que eres tan cabezota como un puerco salvaje y tan vanidoso como la
peor de las cortesanas de Corinto. Además, mientras sigas los consejos de tu madre, sé que puedes
volverte traicionero. Sin embargo, también sé que no eres ningún tonto.
Al oírla palabra “traicionero”, Alejandro contuvo la respiración y empezó a hablar.
-¡Cállate! -le ordenó el rey-. ¿Cómo te atreves a abrir la boca? ¿Cómo osas entrometerte en mis
asuntos con tu insolencia y tu idiota rencor infantil, estúpido animal?
-¿Nada más para decirme esto trajiste a Filotas? -respondió Alejandro aprovechando la pausa,
al tiempo que la rabia se apoderaba de él, como una herida que aún no duele.
-No -contestó Filipo amenazadoramente-. Puedes esperar a que termine. Has echado a perder
mis asuntos en Caria, ¿no te das cuenta, imbécil? Ya que piensas tanto en ti mismo, podrías pensar
mejor las cosas otra vez. ¿Acaso quieres convertirte en un vasallo más del Rey de Reyes? ¿Quieres
unirte a una horda de bárbaros que te ahorcarán al empezar la guerra, vendiendo nuestros planes al
enemigo y pactando a costa de tu cabeza? Bueno, si tu buena suerte ha terminado, prefiero verte en la
casa de Hades, allí me estorbarás menos. Ahora bien, ¿crees que, después de lo que hiciste, Pixodoro
aceptará como yerno a Arridao? Por supuesto que no, a menos que sea más tonto que tú; además, creo
que hay muy pocas posibilidades de poder colocar mejor a Arridao. Bueno, fui un tonto y merezco
haber procreado una sarta de idiotas -lanzó un fuerte suspiro-. No he tenido suerte con mis hijos.
Alejandro permaneció inmóvil; la daga apenas se apretaba ahora contra sus costillas. Estaba
sumido en sus propias reflexiones, así que finalmente dijo, sin mucho énfasis:
-Si en verdad yo soy tu hijo, debo decirte que has tratado injuriosamente a mi madre.
-No me provoques -le dijo, sacando el labio inferior-. Si he traído a tu madre de regreso es sólo
por tu propio bien. En todo momento trato de recordar que ella es tu madre, así que no intentes
provocarme ante testigos.
Desde el fondo, Filotas desplazó su enorme cuerpo y emitió un silencioso y compasivo tosido.
-Y ahora -continuó Filipo-, presta atención, que he venido a hablar de negocios. En primer
lugar, debes saber que voy a enviar un embajador a Caria, el cual llevará dos mensajes: una carta
formal de mi parte, en la que niego mi autorización para tu compromiso, y otra tuya en la cual tendrás
que retractarte de tu ofrecimiento. Si te niegas a escribir esa carta, el embajador le dirá a Pixodoro que
podrá darte la bienvenida, pero que entonces estará desposando a su hija con alguien que no es hijo
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mío. Dime ahora qué prefieres. ¿No? Muy bien. Nunca te he pedido que controles a tu madre, pues no
podrías hacerlo, ni tampoco te he pedido que me cuentes sus intrigas, ni te lo estoy pidiendo ahora.
Pero mientras permanezcas en Macedonia como heredero de mi trono, deberás mantenerte al margen
de las conjuras. Si vuelves a entrometerte, no volverás a ocupar el lugar que hasta hoy has ocupado.
Para ayudarte a permanecer al margen de la perversidad, he decidido expulsar del reino a los jóvenes
idiotas a los que tanto has involucrado en tus cosas. En estos momentos deben estar arreglando sus
asuntos, y tú no podrás salir de esta habitación hasta que ellos hayan partido.
Alejandro escuchaba en silencio. Desde hacia mucho tiempo se había preparado para resistir
cualquier clase de tortura, por si acaso llegaran a atraparlo vivo en el combate; sin embargo, había
pensado fundamentalmente en su cuerpo.
-Bueno -continuó Filipo-. ¿No te interesa saber quiénes salen para el exilio?
-Cualquiera puede imaginarlo -respondió Alejandro.
-Tolomeo: nunca he tenido suerte con mis hijos; Harpalo: a ese elegante zorro voraz hubiera
podido comprarle si lo considerara digno de ello; Nearco: su familia cretense se pondrá feliz de volver
a verlo; Erigio y Laomedón...
Los nombres salían lentamente de la boca de Filipo, y conforme expulsaba las palabras veía
cómo el rostro de su hijo palidecía. Ya era hora de que el muchacho supiera quién era el amo. Tenía
que dejarlo esperar. Por suerte no nombró a Hefestión, a quien Filotas hubiera deseado alejar de
Alejandro; no era justicia ni benevolencia, sino un miedo imborrable, lo que le impedía tocar el caso
de Hefestión. Además, el rey nunca había pensado que Hefestión fuera peligroso. Si bien era cierto que
no había cosa que no hiciera por Alejandro, en caso necesario, era un hombre por quien valía la pena
arriesgarse. Ése fue el único perdón que molestó verdaderamente a Olimpia. Además, podría utilizarlo
de otra manera.
-En lo que se refiere a Hefestión, hijo de Amintor -continuó Filipo, tomándose su tiempo-, he
tenido que reconsiderar su caso -hizo una nueva pausa-. No pretenderás hacerme creer que no le
hablaste de tus planes, o que se negó a aprobarlos.
Con voz distante, producto de un gran dolor, le dijo:
-No estaba de acuerdo conmigo, pero yo mismo me encargué de convencerlo.
-¿Sí? Bueno, debo tomar en cuenta que, en su situación, no pudo escapar a la censura ni
aceptando tu consejo ni revelándose ante él -su voz sonaba seca al poner a Hefestión en su lugar-. Por
lo tanto, lo he exceptuado del exilio por ahora. Más te vale seguir sus buenos consejos, tanto por tu
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bien como por el suyo propio. Estoy diciéndote todo esto ante un testigo, por si se te ocurre discutirlo
más tarde. Si se le vuelve a descubrir en alguna conspiración, tendré que considerarlo como parte de
ella, lo acusaré formalmente ante la asamblea de los macedonios y pediré que se le castigue con la
pena de muerte.
-Te he comprendido perfectamente. No necesitabas haber traído a ningún testigo -respondió
Alejandro.
-Muy bien; mañana, cuando tus amigos hayan partido, retiraré la vigilancia de tu habitación.
Por ahora más vale que pienses en tu vida, tienes tiempo suficiente.
Luego se volvió y salió de las habitaciones seguido de Filotas, quien trató de lanzarle a
Alejandro una discreta mirada de apoyo e indignación, pero, finalmente, salió sin atreverse a mirarle la
cara. Afuera, el guardia presentaba armas al rey de Macedonia.
Los días pasaron, y Alejandro descubrió que sus vigilantes habían sido bien escogidos. En
aquel entonces, incluso a los jóvenes podía costarles mucho estar a la moda. Las barcias del trigo ya
habían sido entresacadas y sólo quedaban los granos sólidos. Alejandro tomó nota de los fieles
guardias, a quienes nunca habría de olvidar.
Algunos días después, le pidieron que se presentara en el pequeño salón de audiencias; el
mensaje sólo decía que el rey requería su presencia. Filipo estaba sentado en el trono oficial del
Estado, en compañía de un oficial de justicia, algunos empleados y unos cuantos litigantes que
esperaban audiencia. Sin decir palabra, el rey indicó a su hijo que se sentara bajo el estrado, y luego
fue a dictar una causa. Alejandro permaneció de pie unos instantes y después se sentó. Entonces, Filipo
se dirigió al guardia de la puerta y le dijo:
-Puedes traerlo.
Un grupo de cuatro guardias llevó a Tétalo; sus manos y piernas estaban encadenadas, y
caminaba ligeramente inclinado hacia delante con el pesado andar impuesto por los grilletes. Sus
muñecas estaban inflamadas y ensangrentadas a causa del rozamiento de las cadenas. Iba todo
despeinado y sin afeitar, pero aún conservaba erguida la cabeza. Al llegar ante el rey no hizo ninguna
reverencia, pero su comportamiento era tan respetuoso como si fuera un huésped. En cambio, al ver a
Alejandro, le hizo una leve inclinación; en su mirada no había señales de reproche.
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-Así que estás aquí -le dijo Filipo severamente-. Si fueras un hombre honesto, habrías venido a
dar cuenta de tu misión; y si fueras sabio, habrías huido hasta más allá de Corinto.
-Eso es lo que parece, mi señor -respondió Tétalo, inclinando ligeramente la cabeza-. Pero a mí
me gusta cumplir mis compromisos.
-Entonces, será una verdadera lástima que tu fiador quede decepcionado. En Pella harás tu
última representación y la harás tú solo.
Alejandro estaba de pie; era el blanco de todas las miradas. Hasta ese momento no supo la
razón de que se hubiera solicitado su presencia.
-Si -continuó el rey, volviéndose hacia Alejandro-. Deja que Tétalo te vea, a ti te debe su
muerte.
-Él es un artista de Dionisio y su persona es sagrada -dijo Alejandro en voz alta.
-Debió haberse concentrado en su arte.
Filipo hizo un gesto al oficial de justicia, quien empezó a escribir algo.
-Además, es de Tesalia -insistió Alejandro.
-Ha sido un ciudadano de Atenas durante los últimos veinte años, y desde que se firmó la paz
ha venido actuando como mi enemigo. No tiene ningún derecho y él lo sabe.
Con un imperceptible movimiento de cabeza, Tétalo se volvió hacia Alejandro, pero sin quitar
los ojos de Filipo.
-Si ya tiene su merecido -dijo el rey-, mañana lo colgaremos. Si desea clemencia, me lo tiene
que decir. Y lo mismo es válido para ti.
Alejandro estaba rígido y aguantaba la respiración; todos le miraban. Entonces, dio un paso
hacia el trono. Por su parte, Tétalo adelantó un pie, produciendo un ruido metálico. Su cuerpo había
caído en la pose heroica que más impresionaba a las audiencias. Todos los ojos estaban puestos en su
trayectoria.
-Déjame responder de una vez por todas. Es verdad que uno no debe exceder las instrucciones
que se le dan, y es cierto que me entremetí en los asuntos de Caria. Si he de tener un defensor, prefiero
que sea Sófocles antes que tu hijo.
Al decir estas palabras, juntó sus manos en clásico ademán, mostrando sus llagas a los
presentes, lo cual le dio mayor ventaja. Se dejó sentir el murmullo de tímidos rumores causados por la
impresión. Ese hombre había sido coronado con mayor frecuencia que cualquier campeón olímpico, y
aun los griegos, que apenas sabían de teatro, conocían muy bien su fama. En esos momentos, modeló
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su voz, que era tan resonante que podría alcanzar a un auditorio de más de veinte mil personas (según
el tamaño de la estancia donde hiciera su petición). Sus líneas argumentales eran completamente
apropiadas, y no porque en sí mismas importaran. El discurso fue una magistral pieza oratoria y su
esencia puede resumirse en el siguiente diálogo:
-Oh, si, sé muy bien quién eres tú, y tú sabes muy bien quién soy yo. ¿No crees que llegó el
momento de terminar con esa comedia?
Filipo enfocó su ojo oscuro; había comprendido bien el mensaje. Además, quedó bastante
sorprendido al ver a su hijo, controlando el ardor de sus emociones, salir y permanecer al lado del
actor.
-Ciertamente, señor, estoy obligado a pedirte clemencia para Tétalo; sería más vergonzoso no
hacerlo. Él arriesgó su vida por mi causa y yo no escatimaré un poco de mi orgullo. Por favor,
perdónale, en realidad todas sus faltas han sido mías. Y tú, Tétalo, perdóname.
Con sus manos encadenadas, el actor le hizo un ademán más exquisito aún que cualquiera de
sus palabras. Si bien invisibles e inaudibles, los aplausos flotaban en el ambiente. Filipo se volvió
hacia Tétalo, con la satisfacción de un hombre que ha logrado su objetivo.
-Muy bien -le dijo-, espero que esto te haya enseñado a no esconderte tras el dios para hacer
malas jugadas. Por esta vez quedas perdonado, pero no presumas de ello. Lleváoslo y quitadle las
cadenas. Después atenderé los demás asuntos.
Filipo salió de la habitación; necesitaba un poco de tiempo para recobrar su temperamento, no
fuera a suceder que cometiese algún error. Entre su hijo y el actor, había estado muy cerca de quedar
como un tonto, a pesar de que ellos no tuvieron tiempo de ponerse de acuerdo al respecto. Parecían
una pareja de actores que se daban pie mutuamente para robarse el protagonismo de la escena.
Aquella tarde, Tétalo estuvo en el domicilio de su viejo amigo Nicerato, que le había seguido
desde Pella, por si acaso pedían algún rescate para liberarlo y para que le pusiera ungüento en sus
heridas.
-Querido amigo, he tenido que sangrar por causa de ese muchacho. Uno suele olvidar lo poco
que ha viajado; yo traté de indicárselo, pero él se tragó cada palabra.
Finalmente vio la soga en mi pescuezo.
-También yo. ¿Nunca aprenderás a ser juicioso?
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-Vamos, vamos. ¿Acaso piensas que Filipo es un pirata ilirio? Lo hubieras tenido que ver en
Delfos, comportándose como todo un griego. Él ya sabía hasta dónde tendría que llegar, antes de que
yo se lo dijera. De todos modos, el viaje es muy poco agradable. Regresaremos a casa por mar.
-¿Sabes que los corintos te han multado? Ahora Aristodemo actúa en tu lugar, y ya nadie te
pagará por actuar fuera de los escenarios de Filipo.
-Oh, pero no estoy solo. Nunca pensé que el príncipe actuara en forma tan natural. ¡Qué sentido
del teatro! Espera a que él mismo lo descubra. Entonces veremos algo grande, recuerda lo que te digo.
Sin embargo, hubo algo monstruoso; yo sangré por él, en verdad sangré.
En la recámara de Alejandro, Hefestión le decía:
-Si, lo sé, pero ahora debes dormir un poco. Yo me quedaré aquí a tu lado, pero trata de dormir.
-Puso su pie sobre mi cuello sólo para demostrarme que podía hacerlo. Lo hizo ante Tétalo y
ante todo el mundo.
-Sin embargo, pronto lo olvidarán, y lo mismo debes hacer tú. Tarde o temprano, todos los
padres se comportan injustamente. Recuerdo que una vez...
-Ese hombre no es mi padre.
Las agradables manos de Hefestión se congelaron presas de un instante de inmovilidad.
-Oh, no ante los ojos de los dioses; ello son los que eligen a quienes...
-Nunca vuelvas a usar esa palabra.
-El dios te lo revelará; debes esperar su señal, ya sabes que... Espera a que la guerra empieza, a
que ganes tu próxima batalla. Verás que entonces volverá a presumir de que eres su hijo.
Alejandro contemplaba el cielo, recostado sobre su espalda. De repente, abrazó a Hefestión tan
fuertemente que casi lo dejó sin aliento, y le dijo:
-Sin ti ya me hubiera vuelto loco.
-A mí también me habría sucedido lo mismo -le respondió con un amor ardiente.
“Cambia el significado y habrás cambiado el presagio”, pensó.
Alejandro no decía nada; sus dedos apretaban fuertemente las costillas y los hombros de
Hefestión; sus huellas se le quedarían marcadas durante más de una semana. Hefestión pensó que
gozaba de la preferencia del rey, de cuyo favor podría alejarse cuando quisiera. Luego, como no había
palabras que ofrecer, en su lugar brindó la tristeza de Eros, lo cual finalmente le hizo dormir.
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Una joven esclava nubia de piel negra, cubierta por un vestido color escarlata, destacaba de
entre la sombra que proyectaba una de las columnas. Cuando Cleopatra era una niña, se la habían
asignado como compañera para que creciera junto a ella. Antes de que empezara a hablar, sus ojos
negros y su grisácea córnea, similares a los ojos de ágata de las estatuas, miraron hacia la izquierda y
la derecha.
-Alejandro, mi señora quiere que vayas al jardín de la reina. Ella te estará esperando junto a la
fuente para hablar contigo.
Él la miró con aguda atención y luego pareció volver a sus propias reflexiones.
-Ahora no puedo ir, estoy muy ocupado.
-Por favor, ve a verla. Está llorando.
Alejandro notó que sobre su piel oscura había algunas lágrimas, que parecían gotas de rocío
sobre bronce.
-Está bien, dile que ahora voy para allá.
Eran los primeros días de primavera; los viejos rosales estaban repletos de botones rojos, que
parecían rubíes cuando la luz oblicua del atardecer los iluminaba. Un almendro que crecía en medio de
las antiguas lajas parecía estar suspendido de una nube de color rosa. Las primeras sombras de la tarde
se abatían sobre las aguas que brotaban de la fuente, para ir a caer en una vasija de la que brotaban
helechos por todas sus cuarteaduras. Sentada en uno de los bordes de la fuente, Cleopatra se volvió al
oír sus pisadas y se limpió las lágrimas.
-Oh, menos mal que Melisa te encontró.
Alejandro se arrodilló en uno de los pequeños escalones, e hizo un rápido movimiento; luego
dijo:
-Espera, antes de decir cualquier cosa, espera un momento -pálida, Cleopatra se quedó
mirándole-. Hay algo que te quiero preguntar antes de que me adviertas.
-¿O no se trata de algo así?
-¿Advertirte? Oh, no, pero... -su mente estaba ocupada en otros asuntos.
-Ya no puedo inmiscuirme en ninguno de los asuntos de nuestra madre, en ningún otro de sus
complots. Ésa fue la condición.
-¿Complot? No, no. Espera, no te vayas.
-Te digo que ya no quiero saber nada. Te libero de la promesa que me hiciste.
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-No, de verdad. Por favor, quédate, Alejandro. Cuando estuviste en Molosia con el rey
Alexandro..., ¿cómo era?
-¿Nuestro tío? Bueno, pues estuvo aquí no hace muchos años; tú debes recordarlo: es un
hombre alto de barba pelirroja, bastante joven para su edad...
-Eso ya lo sé; pero quiero saber qué clase de persona es.
-Oh, bueno, es ambicioso y yo diría que valiente en el combate, aunque personalmente no me
fiaría mucho de sus juicios. Es un buen gobernante, al que le gusta atender personalmente las cosas.
-¿De qué murió su esposa? ¿Era bueno con ella?
-¿Cómo saberlo? Lo único que sé es que murió durante el parto -hizo una pausa y se quedó
mirándola-. ¿Por qué me lo preguntas?
-Voy a tener que casarme con él.
Alejandro retrocedió un poco por el impacto de la noticia -el agua del oculto torrente
murmuraba dentro de su gruta de columnas-, y lo primero que pregunté fue:
-¿Cuándo te dijeron esto? Antes debieron haberme consultado. El rey no me dice nada, ¡nada!
Cleopatra se quedó mirándolo silenciosamente, y luego dijo:
-Me acaban de llamar -después se dio la vuelta.
Alejandro la alcanzó y la estrechó contra su hombro. Muy pocas veces la había abrazado desde
que eran pequeños, y ahora la pobre había tenido que llorar en los brazos de Melisa.
-Lo siento. Pero en realidad no tienes por qué estar atemorizada, él no es un hombre malo y
tampoco tiene fama de ser cruel. La gente lo quiere de verdad, y tú no tendrás que alejarte demasiado.
“Tú siempre estás seguro de haber escogido lo mejor” -pensó Cleopatra-. Para elegir sólo tienes
que levantar el dedo, y cuando escojan a tu esposa podrás ir con ella, si así lo quieres, o irte lejos
con tu amante. Sin embargo, yo debo estar agradecida de que este viejo, el hermano de mi madre, no
tenga fama de ser cruel.* Pero sólo dijo:
-Los dioses son injustos con las mujeres.
-Sí, con frecuencia he pensado lo mismo. Sin embargo, los dioses son justos: son los hombres
quienes han cometido esa injusticia -sus ojos inquisitivos se encontraron, pero sus pensamientos no
tenían ningún punto de contacto-. Filipo quiere asegurarse de Epiro antes de marchar sobre Asia. ¿Qué
piensa madre de todo esto?
Cleopatra agarró un pliegue de su túnica, asumiendo la clásica postura de quien suplica.
-Eso es lo que te quería pedir, Alejandro. Dime, ¿se lo dirás por mi?
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-¿Decirle? Pero ella ya debe estar enterada.
-No, padre dice que aún no sabe nada. También me comentó que yo debía decírselo.
-¿Qué significa todo esto? -la cogió por la cintura-. Estás ocultando algo.
-No, eso es todo. Apenas pude advertirle que madre se enfurecería.
-Yo pienso lo mismo. ¡Vaya insulto! ¿Por qué la menosprecia, cuando la situación en sí
misma...? Debí haberlo pensado...
Repentinamente, la saltó de sus brazos; el rostro de Alejandro se notaba un tanto
descompuesto. Entonces, empezó a caminar por el pavimento, tratando de evitar las esquinas rotas; sus
pies se deslizaban con la suavidad de un gato. Cleopatra se dio cuenta de que su hermano había
revelado su temor más grande; en todo caso, era mejor decírselo a él que a su madre, sólo que ahora no
podría soportar la espera. Alejandro se volvió para mirarla y ella quedó pasmada. En aquel instante
recordó la presencia de su hermana y le dijo abruptamente: “Iré con ella”, y empezó a andar.
-¡Alejandro! -le gritó, y él se detuvo impaciente-. ¿Qué significa? Dime, ¿qué significa?
-¿Acaso no puedes darte cuenta? Filipo convirtió a Alexandro en el rey de Molosia, y Epiro
está bajo su control. ¿Por qué no le basta con eso? Son cuñados, ¿no es suficiente? ¿Por qué no? ¿Por
qué, además, tenía que permitir esa suplantación? ¿No te das cuenta? No es además de, sino en lugar
de.
-¿Qué? -exclamó suavemente-. ¡Dios no lo permita!
-¿Qué más? Con lo que pretende hacer tendría a Alexandro como enemigo, a menos que
suavizara las cosas con un nuevo matrimonio. ¿Qué otra cosa mejor que devolverle a su hermana para
que Eurídice se convierta en reina?
Cleopatra empezó a sollozar repentinamente, al mismo tiempo que se apartaba el pelo y las
ropas, y se desgarraba el pecho. Alejandro la cogió de las manos para impedir que siguiera
lastimándose, le arregló el vestido, la agarré fuertemente por los brazos y le gritó:
-¡Tranquila! No reveles al mundo nuestros asuntos. Debemos pensar.
Cleopatra lo miraba con las pupilas dilatadas por el terror.
-¿Qué hará ella? Seguramente me matará.
Las palabras pasaban libremente entre los hijos de Olimpia. Entonces, Alejandro cogió a su
hermana entre los brazos y le dio unas suaves palmaditas en la espalda, como si tratara de aliviar el
dolor de algún cachorro herido.
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-No, no seas tonta; bien sabes que no te hará ningún daño. Si ella matara a alguien, no sería a
ti... -interrumpió sus palabras, al tiempo que hacía un violento movimiento, que súbitamente
transformó en una torpe caricia para Cleopatra-. Sé valiente y prepara algunos sacrificios a los dioses.
Ellos harán algo.
-He pensado -le dijo entre sollozos- que si no es un hombre malo..., podré llevar a Melisa
conmigo... Finalmente, preferiría escapar, pero con ella allí en la casa y después de todo esto...
Quisiera estar muerta, quisiera estar muerta.
Su cabello despeinado quedó atorado entre los labios de Alejandro, quien sintió que estaba
húmedo y salado. Cuando el príncipe levanté la vista y vio entre los arbustos de laurel una figura de
color escarlata, levantó uno de sus brazos para hacerle señas. Al ver a Melisa acercarse titubeando,
Alejandro pensó que no podía haber oído nada de lo que no estuviera enterada. Entonces, le dijo a su
hermana.
-Sí, iré ahora a ver a madre.
Dejó a Cleopatra en las oscuras manos de palmas rosadas. Al retirarse se volvió para mirar a las
mujeres, y vio a la joven esclava sentada en el borde de la fuente, flexionada sobre la cabeza de la
princesa, que estaba sentada apoyándose en su regazo.
Las noticias del compromiso se difundieron rápidamente. Hefestión imaginaba lo que
Alejandro podría estar pensando, y estaba en lo cierto. En esa ocasión el príncipe no asistió a la cena,
pues se le pidió que estuviera con la reina. Esperándole en su habitación, Hefestión se había quedado
dormido y sólo le despertó el ruido del picaporte. Alejandro acababa de llegar; sus ojos lucían grandes
ojeras, pero estaban llenos de ardiente exaltación. Caminó hacia Hefestión y le tocó con la mano como
si tocara algún objeto sagrado en busca de suerte o buenos presagios, mientras estaba profundamente
preocupado por alguna otra cosa. Hefestión le miró y siguió callado.
-Ella me lo ha contado todo -le comentó Alejandro.
-¿Y ahora de qué se trata?
-Finalmente me lo conté -parecía estar profundamente solo, y Hefestión ser parte de su propia
soledad-. Hizo el conjuro y pidió el permiso de los dioses para contarme la verdad. Nunca imaginé que
ella se manifestara en contra de que yo supiera...
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Sentado en el borde de la cama, inmóvil, Hefestión le observaba con todos sus sentidos,
consciente de que su ser era todo lo que podía ofrecerle. No se debe hablar a los hombres en su camino
por entre las sombras, pues pueden hundirse en ellas para siempre. Todo el mundo conocía este
principio.
En los límites de su conciencia, Alejandro sentía el cuerpo inmóvil; su rostro estaba
embellecido por su atención y las escleróticas de sus ojos grises eran iluminadas por la lámpara. Lanzó
un profundo suspiro y se pasó la mano por la frente.
-Estuve presente en el conjuro -le dijo-. Durante un buen rato, el dios no respondió ni sí ni no.
Entonces habló bajo la forma del fuego y en la...
De repente advirtió que Hefestión era una presencia separada de la suya; se sentó a su lado y le
puso una mano sobre la rodilla.
-Me dio permiso para escuchar, a condición de que prometiera no revelar el secreto a nadie.
Sucede lo mismo con todos los misterios. Tu sabes que contigo comparto cada fragmento de mi ser,
pero esto pertenece al dios.
“No, pertenece a la bruja -pensó Hefestión-. Esa condición fue impuesta a causa de mi
amistad.” Sin embargo, cogió las manos de Alejandro entre las suyas y las presionó para tranquilizarle.
El príncipe las sintió cálidas y secas, y finalmente dejó descansar allí sus manos, aunque no buscaba
ninguna clase de consuelo.
-Entonces debes obedecer al dios -le contestó Hefestión, al tiempo que pensaba que ésa no era
ni la primera ni la última vez; ¿quién podría saberlo? Ni siquiera el mismo Aristóteles se atrevería a
negar que pasaran tales cosas. Si eso fuera posible, sería una carga muy pesada para cualquier mortal.
Entonces, apretó con mayor fuerza las manos que sostenía entre las suyas, y continuó-: Sólo hazme
saber si has quedado satisfecho.
-Sí -respondió, inclinándose hacia las sombras que proyectaba la lámpara-. Sí, estoy satisfecho.
Repentinamente, su cara se puso tiesa y seca, sus mejillas parecieron hundirse y sus manos se
enfriaron. Entonces, comenzó a estremecerse. Hefestión había notado que lo mismo sucedía después
de cada batalla, cuando las heridas de los soldados empezaban a enfriarse. “El mismo remedio para las
mismas necesidades”, pensé, y luego pregunté:
-¿Tienes algo de vino por aquí?
Alejandro sacudió negativamente la cabeza; retiró las manos de las de su amigo y empezó a
caminar.
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-Ambos necesitamos un trago -le dijo Hefestión-. Yo dejé la
cena muy temprano. Vamos a beber con Polemón; finalmente su esposa tuvo un niño. Todo el tiempo
estuvo preguntando por ti; siempre ha sido un hombre muy leal.
Eso era una gran verdad. Aunque aquella noche tenía sobradas razones para sentirse feliz, se
mostró un poco apesadumbrado al ver al príncipe tan sumido en sus problemas, así que le llenó su
copa hasta el borde. Alejandro pronto se sumó al júbilo colectivo; estaba con una partida de sus
mejores amigos y la mayoría de ellos habían estado con él en la campaña de Queronea. Finalmente,
Hefestión apenas pudo llegar hasta la cama por su propio pie, y durmió profundamente hasta media
mañana. En la mesa, ante una jarra de agua fresca, Alejandro leía a su lado.
-¿Qué libro estás leyendo? -le preguntó, al mismo tiempo que se asomaba por encima de su
hombro; leía en voz tan baja, que difícilmente podía captar las palabras.
-Costumbres persas, de Herodoto -respondió, al tiempo que hacía a un lado el libro-. Uno debe
comprender bien el carácter de los hombres con quienes tiene que luchar.
Las esquinas del pergamino, enrolladas, señalaban el lugar en el que había quedado la lectura.
Un poco después, cuando Alejandro salió del cuarto, Hefestión lo desenrolló, decía:
“Los servicios del transgresor siempre deben compararse con sus delitos, y sólo si
éstos son mayores que los primeros debe castigársele.
Los persas sostienen que nadie jamás ha matado a su madre o a su padre; están
seguros de que si se investigan a fondo estos casos, siempre se concluye que de pequeño el
homicida fue una criatura suplantada o producto del adulterio. Según dicen, por tal razón es
inconcebible que el padre, o la madre, mueran a manos de su propio hijo.”
Hefestión dejé que el pergamino se enrollara. Durante un buen rato estuvo mirando por la
ventana, apoyando su cuerpo contra el marco, hasta que Alejandro regresó. Cuando vio que las hojas
de laurel esculpidas en el marco se le habían quedado grabadas en la cara, rió de buena gana.
Las tropas se preparaban para ir a la guerra. Hefestión, que tanto deseaba entrar en combate,
ahora casi rogaba por ello. Las amenazas de Filipo lo habían enfurecido en vez de atemorizarlo. Como
todo prisionero, era más valioso vivo que muerto, pero ahora los soldados del Gran Rey podían
matarlo más fácilmente. Sin embargo, era como si alguien los condujera a todos hacia el embudo de un
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gran desfiladero, en cuyo fondo corriera un río; la guerra le parecía un campo abierto por el cual podría
escapar, liberarse.
Después de unos quince días llegó a Caria un embajador de Pixodoro. Su hija, explicaba, estaba
enferma, presa de una devastadora enfermedad. Con un enorme pesar, sólo superado por el esperado
fallecimiento de la joven, tenía que renunciar al gran honor de unirse a la Casa Real de Macedonia. Sin
embargo, un espía llegado en el mismo barco les informó que Pixodoro había dado garantías de lealtad
a Darío, el nuevo Gran Rey, y que había comprometido en matrimonio a la muchacha con uno de sus
sátrapas más leales.
A la mañana siguiente, sentado en el escritorio de Arquelao enfrente de Alejandro, Filipo le dio
estas noticias sin hacer mayores comentarios, esperando su reacción.
-Sí -comentó Alejandro suavemente-. Las cosas están poniéndose difíciles. Pero recuerda,
señor, que Pixodoro estaba conforme conmigo, y que la decisión de renunciar a su hija no fue mía.
Filipo frunció el entrecejo, aunque sintió como si le hubieran quitado un peso de encima.
Últimamente, el muchacho había estado muy tranquilo. La imprudencia iba más acorde con su
carácter, salvo por su capacidad para contenerse. Siempre se le había reconocido por su rabia.
-¿Incluso ahora tratas de disculparte? -le preguntó.
-No, señor, sólo os digo lo que ambos sabemos que es verdad.
Alejandro no se vio precisado a levantar la voz. El primer enojo de Filipo había pasado, y las
esperadas malas noticias no le impresionaron demasiado. En Macedonia, el insulto se pagaba con la
muerte, pero la sinceridad era uno de los derechos de los súbditos, y él hubiera tenido que aceptarlo de
cualquier hombre sencillo, e incluso de cualquier mujer. En una ocasión, cuando después de una larga
jornada de estar sentado en la silla del juez, le dijo a una anciana que ya no tenía tiempo para escuchar
su caso, la vieja le gritó: “¡Entonces deja de ser rey!”, y él tuvo que quedarse a escucharla; ése era su
trabajo, para eso lo habían escogido como rey. Debió haberse enfrentado a muchos casos como éste,
pero siempre ponía sus penas en segundo plano.
-Prohibí esa unión por las razones que ya conoces -Filipo había guardado lo mejor para sí
mismo; Arridao sólo era un instrumento, y no podía arriesgarse con Alejandro, pues Caria era un país
sumamente poderoso-. Si quieres culpar a alguien, échale la culpa a tu propia madre. Ella te dio
motivos para que cometieras esa tontería.
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-¿Se la puede culpar? -Alejandro aún hablaba calmadamente; en sus ojos había una especie de
búsqueda-. Tú has reconocido a los hijos de otra mujer, y Eurídice está en su octavo mes de embarazo.
¿No es así?
-Así es.
Los ojos de Filipo se clavaron en el rostro de su hijo; quizá si en ellos hubiera alguna luz de
súplica, Alejandro se hubiese suavizado. Si el rey llegara a caer en la próxima batalla, ¿qué otro
heredero quedaría? Filipo volvió a estudiar el rostro que tenía frente a sí, y le pareció irreconocible,
demasiado diferente al suyo propio. Atalo, un macedonio de linaje muy antiguo cuando la línea real
aún provenía de Argos, le había contado viejas historias campesinas que hablaban de grandes
bacanales, costumbres que venían de Tracia y que las mujeres mantenían en secreto. Durante sus
orgías, ni siquiera ellas mismas recordaban lo que habían hecho, y culpaban al dios, ya fuera en forma
humana o en la de una serpiente, de todo lo que allí sucediera (sin embargo, en algún lugar, un hombre
mortal reía). “Ésa es una cara extraña”, pensó Filipo, y recordó el semblante ruborizado y brillante que
alguna vez bajara de un caballo negro para arrojarse a sus brazos. Dividido por dentro, y enojado por
ello, volvió a sus reflexiones. “Está aquí para recibir una reprimenda, y aun así se atreve a
arrinconarme. Recibirá lo que le corresponda y dará las gracias cuando yo lo decida. ¿Qué otra cosa
merece?”
-Bueno -continué el rey-. Para ti es mucho mejor que yo te ofrezca competidores para el trono.
Muestra tus propias cualidades, gana tu herencia por ti mismo.
Alejandro le miró con una penetrante y casi dolorosa concentración, y le dijo:
-Así es; eso es lo que tengo que hacer.
-Muy bien -contestó el rey, y agarró sus papeles desaprensivamente.
-Señor, ¿a quién estáis mandando al frente de la fuerza de avanzada hacia Asia?
-A Parmenión y Atalos -dijo fríamente al levantarse de la silla-. Agradécele a tu madre y a ti
mismo el hecho de que no te envíe adonde no pueda vigilarte. Eso es todo, puedes retirarte.
Los tres lincéstidas, hijos de Airopo, estaban en su bastión de piedra oscura de los montes
Lince. Ése era un lugar abierto, seguro y apartado de los espías. Después de oír lo que su huésped tenía
que decirles, lo dejaron al pie de la escalera, sin darle aún ninguna respuesta. Sobre ellos se extendía la
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vastedad del cielo, lleno de imponentes nubes blancas y bordeado de montañas. Ya era bien entrada la
primavera, y sólo los barrancos de las cumbres más altas tenían huellas de la nieve.
-Digan lo que digan ustedes dos -dijo Alexandro, el mayor de los tres-, yo no me fío. ¿Qué tal
si es una prueba del viejo zorro sólo para probar nuestra lealtad, o para atraparnos? ¿Habéis pensado
en eso?
-Pero, ¿por qué lo haría? -preguntó Herómenes, el segundo-. ¿Por qué tendría que hacerlo
exactamente ahora?
-¿Dónde está tu ingenio? Está llevando todos sus ejércitos a Asia y tú todavía preguntas.
-Bueno -dijo el más joven-, seguramente eso es suficiente para él; pero, ¿sin agitar el Oeste?
No; si fuera eso, nos hubiera llegado con lo mismo hace dos años, cuando se estaba preparando para
marchar al sur.
-Como él dice -Herómenes se volvió repentinamente hacia la escalera-, ahora es el momento.
Una vez que parta, Filipo tendrá un rehén para nosotros.
Al decir esto se volvió para mirar a Alexandro, cuyo deber feudal era conducir a sus reclutas
tribales y unirse a la guerra del rey.
Alexandro le devolvió la mirada con otra cargada de resentimiento (ya había pensado que,
apenas volviera la espalda, sus hermanos harían alguna descabellada incursión que seguramente le
costaría la cabeza).
-Te repito que no me fío. No conocemos a este hombre.
-Pero sí conocemos a los hombres que responden por él -argumentó Herómenes.
-Quizá, pero aquellos por quienes dice han arriesgado su nombre en vano.
-Los atenienses lo han hecho -dijo Arrabao-. Si vosotros dos habéis olvidado leer en griego,
podéis tomar mi palabra para hacerlo. ¡Su nombre! -exclamó, resoplando como un caballo-. ¿Qué era
más valioso para los tebanos? Me recuerda al perrito de mi esposa, que provoca a los más grandes para
que peleen, mientras que él no hace más que ladrar.
-Nos ha enviado un consuelo -dijo Herómenes, cuyos extravagantes gustos lo llevaron hasta la
frontera.
-Debemos mandarlo de regreso. Deberías aprender a reconocer un buen caballo, así te
ahorrarías el pago del intermediario. ¿Acaso crees que nuestras cabezas no valen más que un saco de
monedas persas? El precio real, el valor del riesgo, es algo que no puede pagar, pues no le pertenece.
-Pero lo podemos tomar por nosotros mismos con Filipo fuera
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de nuestro camino -dijo Herómenes lleno de resentimiento-. ¿Qué te sucede? ¿Eres el jefe del clan o
nuestra hermana mayor? Ofrecimos volver a recuperar el reino de nuestro padre, y ahora que se nos
presenta la oportunidad todo lo que haces es cloquear, como si fueras una niñera envuelta en lágrimas
al ver los primeros pasos del niño que tiene a su cargo.
-Ella siempre lo vigila para evitar que se rompa la cabeza. ¿Quién pude asegurar que lo
lograremos? ¿Un ateniense que huye como cabra asustada al percibir el olor de la sangre? ¿Darío, un
usurpador que acaba de sentarse en el trono y que ya tiene suficientes problemas entre manos, aun
antes de la guerra? ¿Acaso pensáis que ellos cuidarán de nosotros? Aún más, ¿de veras creéis que ellos
saben con quién tendremos que tratar una vez que estemos en la habitación de Filipo? Por supuesto
que no; más bien se trata de un pequeño príncipe al que se le achacan las hazañas de otros hombres, los
atenienses siempre dicen eso en sus discursos. Pero nosotros sabemos la verdad, ya hemos visto al
muchacho en el combate. Entonces apenas tenía dieciséis años, pero actuaba como un hombre de
treinta. Y eso fue hace tres años. No hace más de un mes que estuve en Pella, y creedme, para bien o
para mal, cuando él esté en el campo de batalla todos los hombres lo seguirán. Os lo aseguro. Ahora
bien, vosotros sabéis si estamos en posibilidades de luchar contra el ejército imperial. Bueno, la única
pregunta que queda es: ¿está él en el asunto, como dicen todos, o no? Esos atenienses
serían capaces de vender a su propia madre a algún burdel, si les ofrecieran buena paga. Todo depende
del muchacho, pero aún no tenemos ninguna prueba.
Herómenes había arrancado una vara de retama desde la raíz y la golpeaba caprichosamente.
Alexandro fruncía el entrecejo y miraba hacia las montañas del este.
-Hay dos cosas que no me gustan -prosiguió-. Primero, que tiene amigos íntimos en el exilio,
algunos de los cuales no se han alejado más allá de Epiro. Podríamos encontrarnos con ellos en las
montañas sin reconocerlos; por tal razón, necesitaríamos saber dónde están. ¿Por qué nos envió como
intermediario a un hombre del que no sabemos nada? ¿Por qué confiar en un hombre de su carácter?
Lo que no me gusta es que nos promete demasiado. Vosotros ya lo habéis visto; meditemos bien las
cosas.
-Primero debemos pensar si ese hombre es capaz de hacerlo -dijo Arrabao-. Yo creo que si.
Siempre que tiene la oportunidad se mete en problemas.
-Además, si es un bastardo como dicen, será un asunto verdaderamente delicado, pero ninguna
calamidad -dijo Herómenes-. Yo también creo que podría y que lo haría.
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-Pues yo insisto en que las cosas no tienen su sello -dijo Alexandro, al tiempo que
distraídamente se sacaba un piojo de la cabeza y lo aplastaba con el índice y el pulgar-. Ahora, que si
eso fuera su muro de contención...
-Puedes estar seguro de que dentro de sí lleva tanto ese muro como el alma de un cachorro -dijo
Herómenes.
-Pero todo lo que en realidad sabemos es que la nueva esposa de Filipo está preñada de nuevo.
La gente dice que el rey está dando en matrimonio a su hija al rey de Epiro como algo que le permita
digerir el hecho de que le devuelva a su hermana, la bruja. Así que poneos a pensar quién de ellos es el
que no se puede dar el lujo de esperar. Alejandro puede hacerlo; como todo el mundo sabe, el semen
de Filipo tiende a procrear mujeres. Aun en el supuesto de que Eurídice tuviera un varón, el rey podría
decir lo que quisiera mientras estuviese con vida; pero si muriera, los macedonios no aceptarían un
heredero en una época de guerra. Él debe saberlo bien. Olimpia, por ahora, es otro asunto; ella no
puede esperar. Sin profundizar mucho, apostaría mi mejor caballo a que encontrarán su mano detrás de
todo esto.
-Si yo creyera que ella está detrás de todo, lo pensaría dos veces antes de ponerme de su parte -
dijo Arrabao.
-Este muchacho sólo tiene diecinueve años -dijo Herómenes-. Si Filipo muere ahora, sin otro
heredero más que el idiota, entonces -señaló a Alexandro- tú eres el siguiente en la línea de
descendencia. ¿No te das cuenta de que eso es lo que trataba de decir el camarada de allá abajo?
-¡Por Heracles! -exclamó Alexandro, resoplando nuevamente-. ¿Quién eres tú para hablar de
idiotas? Ese muchacho acaba de cumplir los diecinueve años y ya lo viste actuar cuando apenas tenía
dieciséis. Desde entonces ha dirigido el ala izquierda en Queronea. Ve ante la Asamblea, diles a sus
miembros que es demasiado joven para la guerra y que deben votar por un hombre adulto. ¿Crees que
viviré lo suficiente para ir allí y recontar mis votos? Mejor deja de soñar y fíjate en el hombre con el
que tendrás que tratar.
-Lo estoy haciendo -respondió Arrabao-. Por eso te dije que él mismo tiene que ocuparse de
este asunto, sea o no un bastardo.
-Dices que él puede esperar -los ojos azules de Herómenes miraron desdeñosamente a
Alexandro, cuya posición envidiaba-. Algunos hombres no pueden esperar a tener el poder.
-Yo sólo dije que te preguntaras a ti mismo quién sacaba mejor partido de ello.
Olimpia es la única que tiene todo por ganar, pues esa unión le ha hecho perder todo.
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Demóstenes ganaría la sangre de los hombres a los que odia más que a la muerte, suponiendo
que haya algo que pueda odiar más; si nosotros cumplimos nuestro trabajo, con el reino sin control, los
atenienses ganarían la guerra civil en Macedonia o el imperio pasaría a manos de un muchacho al que
no toman en serio, y lo más probable es que cayeran en desgracia. Darío, cuyo oro deseas aun a costa
de su propia vida, sería el que ganaría más, pues Filipo se está preparando para combatirlo. Una vez
que hiciéramos nuestro trabajo, a ninguno de ellos le importaría si nos crucificaran a todos nosotros en
fila. Así que será mejor que apuestes a favor de Alejandro. No te sorprendas de que no puedas ganar ni
en una pelea de gallos.
Aún siguieron discutiendo durante un buen rato, pero finalmente acordaron rechazar al
intermediario y devolverle su oro. Sin embargo, Herómenes tenía algunas deudas y aceptó la decisión,
pero de mala gana; a él le tocó escoltar al embajador hasta el paso del este.
El olor de la sangre caliente se mezclaba con el fresco aroma de una radiante mañana, llena de
esencias de resma de pino, tomillo silvestre y lirios de la pradera. Enormes perros, tan corpulentos
como un hombre, mordisqueaban los huesos; por aquí y por allá alguna mandíbula rompía uno que
otro hueso para chuparle la médula. La cabeza triste y vacía de un ciervo muerto estaba tirada sobre la
hierba. Dos de los cazadores preparaban carne par el desayuno, mientras que los demás habían salido a
buscar piezas en el río. Más allá, dos sirvientes frotaban los caballos.
En la saliente de una roca cubierta de césped, Alejandro y Hefestión estaban recostados
tomando el sol de la mañana; los demás podían verlos, pero estaban fuera del alcance de sus oídos.
Como Patroclo y Aquiles en las obras de Homero, los amigos se habían separado de sus queridos
camaradas para poner en común sus más íntimos pensamientos. Sin embargo, el fantasma de Patroclo
les recordaba las líneas de Homero siempre que compartían alguna pena, y Alejandro pensaba que
traía mala suerte pronunciarlas, así que nunca lo hacia. Ese día estuvieron hablando de otras cosas.
-Era como un laberinto oscuro con un monstruo al acecho -comentó Alejandro-. Ahora estamos
a plena luz del día.
-Debiste haber hablado antes -dijo Hefestión, al tiempo que frotaba su enrojecida mano contra
el musgo para limpiarse la sangre.
-Eso sólo te hubiera preocupado.
-Si, pero, ¿por qué no hablar de ello?
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-Entonces hubiera sido una cobardía. Un hombre debe vérselas con sus propios demonios.
Cuando reflexiono acerca de mi vida pasada recuerdo que siempre estaba allí, esperando en cada punto
del camino en donde yo esperaba encontrarlo. Siempre fue así, desde que era un niño. Aun el deseo,
nunca realizado, el solo deseo, era una cosa terrible, casi imposible de soportar. Algunas veces soñé
con las euménides tal y como las representa Esquilo; durante el sueño, ellas tocaban mi cuello con sus
enormes garras negras y heladas, y me decían: “Algún día serás nuestro para siempre”. Me horroricé
ante la sola idea de que eso pudiera ser verdad. Algunos hombres dicen que cuando se paran frente a
un precipicio, sienten claramente cómo los arrastra el vacío; bueno, pues así parece ser mi destino.
-Eso lo he sabido desde hace tiempo, pero yo también formo parte de tu destino. ¿Lo habías
olvidado?
-Oh, ya hemos hablado muchas veces de ese asunto, en ocasiones sin palabras, y creo que eso
es lo mejor. Las palabras fijan las cosas tal y como el fuego da solidez al barro. Así que continué
algunas veces pensando que podría liberarme de mi destino, para luego volver a ponerlo en duda. Pero
todo eso terminó, ahora me ha sido revelado cuál es mi verdadero origen. De pronto supe que él ni
siquiera es mi pariente. Empiezo a pensar en lo que debe hacerse, y desde aquel instante mis
pensamientos son muy claros. ¿Por qué hacerlo? ¿Con qué fin? ¿Por qué ahora? ¿Qué necesidad hay
de ello?
-Yo traté de decir todo eso.
-Lo sé, pero mis oídos estaban ensordecidos. Lo que me oprimía era algo más que el hombre
mismo; era el “No puedes” del dios, contra el “Debo hacerlo” de mi alma, y el pensamiento de la
sangre que fluía por mis venas, como si fuera alguna enfermedad. Ahora estoy liberado de todo eso y
lo odio un poco menos. Bueno, pues el dios me rescató. Si tuviera intenciones de hacerlo, ningún
momento seria peor que éste, en plena decadencia de mi fortuna y con mi suerte cambiada. Cuando
conquiste Asia no me dejará gobernar aquí: estoy en plena desgracia, y además creo que nunca se
atrevería. Sin embargo, está obligado a llevarme a la guerra; espero que una vez en el campo de batalla
pueda demostrarle algo, a él y a los macedonios. Después de Queronea quedó bastante contento
conmigo. Si no muere en combate, cambiará su actitud después de que haya ganado algunas batallas
para él; ahora que, si llegara a caer, yo seré el que esté allí rodeado por nuestro ejército. Eso sobre
todas las cosas.


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