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Una pequeña flor azul que crecía en una de las grietas de la roca llamó su atención. Levantó delicadamente su cabeza, dijo su nombre y añadió que el uso de su extracto era bueno para curar la tos. RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 377 - -Por supuesto -continuó-, mataré a Atalos en la primera oportunidad que tenga. Lo mejor será hacerlo durante la campaña de Asia. Hefestión asintió; a sus escasos diecinueve años, él mismo ya había perdido la cuenta de los hombres a los que había sacrificado. -Si, es tu enemigo de muerte y tienes que deshacerte de él. A fin de cuentas esa mujer no es nada, el rey conseguirá otra tan pronto empiece su campaña. -Yo se lo dije a mi padre, pero... Bueno, ella debe pensar cuándo le toca elegir, y yo debo actuar en mi propio momento. Es una mujer ofendida, es natural que desee vengarse; eso obligó al rey a sacarla del reino antes de partir para la campaña, y al hacerlo me causó bastante daño... Mi madre seguirá intrigando hasta el final, no puede evitarlo, se ha convertido en parte de su vida. Ahora hay algunos asuntos en los que pretende incluirme, pero se lo prohibí hasta que me hablara de ellos - encantado por este nuevo tono de voz, Hefestión le robó una mirada con el rabillo del ojo-. Tengo que pensar y elaborar algún plan de acción; no puedo permitir que esas tonterías me distraigan todos los días, ella debe comprenderlo. -Supongo que eso la tranquilizará -comentó Hefestión, ya más tranquilo (“Así que hizo el conjuro y le respondió el espíritu equivocado; cómo me gustaría conocer sus pensamientos”)-. Bueno, el día de la boda tendrá que ser un doble honor para tu madre: se casan su hermano y su propia hija. Entonces, independientemente de lo que el rey pueda sentir o quiera hacer, tendrá que darle nuevamente sus excelencias, por la misma seguridad del novio. Y a ti también tendrá que darte el lugar que te corresponde. -Oh, si, pero fundamentalmente será su día. Tanto la historia como la memoria se verán superadas. Egas ya está lleno de artesanos; además, las invitaciones han llegado hasta muy lejos, sólo me sorprendería que hubiera invitado a gente de más allá del norte. Pero no importa, es algo que tendremos que resistir antes de invadir Asia. Entonces todo se parecerá a aquello -señaló hacia el valle que se extendía abajo y al gentío que se perdía en la distancia. -Así es, entonces ya no significará nada. Ya has fundado una ciudad, pero allí encontrarás tu reino; lo sé como si dios me lo hubiera contado. Alejandro sonrió: luego se sentó, con las manos entrelazadas sobre las rodillas, y miró hacia las montañas de la cordillera más cercana. No importaba el lugar en el que estuviera, nunca podía separar sus ojos del horizonte. RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 378 - -¿Recuerdas, según los textos de Herodoto, dónde estaban los jonios cuando enviaron a Aristágoras con los espartanos para que les rogara que fueran a liberar las ciudades griegas de Asia? Se retiraron al enterarse de que Susa estaba a tres meses de camino desde el mar. Perros de granja y no de presa... Eso es suficiente por ahora. Bajemos. Un perro cazador de un año de edad, que lo había rastreado desde que logró escaparse del cazador, yacía junto a Alejandro en actitud obediente, presionando su nariz contra su cuerpo. Cuando estuvo en Iliria había pasado sus horas libres entrenándolo como cachorro; le había dado el nombre de Peris. -Aristágoras -continuó- les llevó un mundo de bronce a escala, un mundo completo, con todo el mar circundante, y les mostró los territorios del imperio persa. En realidad, la tarea no es tan difícil; los bárbaros son gente no apta para el arte de la guerra, en tanto que vosotros sois los soldados mejores y más valientes que hay sobre la tierra (quizá en aquellos tiempos esto fuera cierto). Suelen luchar de la siguiente forma: usan arcos, flechas y espadas cortas, salen al campo en calzoncillos y cubren sus cabezas con turbantes (no si pueden hacerse con un buen yelmo), todo lo cual muestra lo fáciles que son de conquistar. También quiero deciros que la gente de esos lugares tiene más riquezas que el resto del mundo en su conjunto (eso sí es verdad). Oro, plata y bronce; vestidos adornados lujosamente; asnos, mulas y esclavos. Todo esto, y más, está a vuestra plena disposición, si decidís conquistar esas regiones. Aristágoras ha recorrido prácticamente todo el mundo con su mapa. En la ciudad de Susa, donde está la corte del Rey de Reyes, están todos los tesoros, allí se guardan todas las riquezas del imperio. Cuando vosotros seáis dueños de la ciudad, podréis retar al mismo Zeus a que sobrepase vuestras riquezas. Las recordó a los espartanos que ellos siempre se habían dedicado a luchar en la frontera por pedazos de tierra pobre, contra hombres que no tenían nada digno de un combate. “¿Acaso necesitan hacer eso cuando podrían volverse dueños de toda Asia?”, les preguntó. Los hombres de Esparta lo hicieron esperar tres días antes de darle su respuesta, y finalmente le dijeron que no, que estaba muy lejos del mar. En eso, los cocineros hicieron sonar el cuerno para avisarles que el desayuno estaba listo, Alejandro tenía la mirada puesta en las montañas, aunque estaba hambriento; no era de los que gustaban de lanzarse sobre la comida. -Y sólo les habló de Susa, ni siquiera le dieron oportunidad de hablarles de Persépolis. RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 379 - En cualquier parte de la calle de los Armeros, en el Pireo, principal puerto de Atenas, era difícil hacerse escuchar, aun cuando se hablara de gritos. Todas las tiendas miraban hacia el puerto, a fin de que no se encerrara el calor de las fraguas, así como para mostrar a los recién llegados el trabajo que allí se hacía. Las de allí no eran fábricas comunes de herramientas, con sus hordas de esclavos dedicados al trabajo monótono; en esas tiendas, los artesanos más hábiles trabajaban con moldes de barro, a la vista del cliente, las medidas exactas de las herramientas y utensilios que les encargaban. Si uno iba a comprar ropa, podía pasarse más de media mañana buscando entre el inmenso surtido de telas y vestidos, hasta dar con el modelo con las incrustaciones deseadas. Sin embargo, sólo unas cuantas casas especializadas se dedicaban al diseño y a la construcción de armaduras de guerra, y eran los mejores lugares para los caballeros que deseaban pasar inadvertidos en la siguiente procesión panatenalca; todos ellos irían acompañados por sus amigos, si es que estaban dispuestos a soportar el ruido, y casi nadie lo notaría. En los pisos superiores de las tiendas, el ruido apenas disminuía, pero allí cuando menos se podría charlar, siempre y cuando los conversadores se mantuvieran lo suficientemente cerca; además, era bien sabido que los armeros no tenían muy buen oído, lo cual disminuía el temor de que los oyeran furtivamente. Bueno, pues en uno de esos recintos se celebró una entrevista, una reunión de agentes. Ninguno de los jefes pudo haber sido visto en compañía de otro, aun cuando fuera posible para todos ellos haberlo intentado. Tres de los cuatro hombres estaban sentados frente a una mesa de madera de olivo, reclinados sobre sus brazos cruzados. El ruido que se producía al golpear las bases de sus copas contra la mesa se mezclaba con los golpes de los martillos que golpeaban el piso, y el temblor del vino dentro de las copas hacía que ocasionalmente se derramaran algunas gotas. Los tres hombres que hablaban habían llegado a las últimas etapas de una larga disputa por dinero. Uno de ellos era de Quíos, y su palidez aceitunada y su barba negro azabache eran resultado de la larga ocupación de los medos; el otro era ilirio, de cerca de la frontera con los lincéstidas, y el tercero, el anfitrión, era ateniense, llevaba todo su cabello atado sobre el copete con un gran moño y su cara estaba discretamente pintada. El cuarto hombre estaba bien sentado sobre su silla, con la espalda pegada al respaldo y sus manos sobre los brazos de su asiento, esperando a que terminaran sus compañeros, y su semblante parecía indicar que la naturaleza de su trabajo le imponía tolerar tales discusiones. Su hermoso cabello y su delicada barba tenían un ligero mate rojizo; era del norte de Eubea, región que desde hacia tiempo venía comerciando con acedonia. RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 380 - Sobre la mesa había un dípico y un punzón con la punta lista para grabar algún mensaje, y el extremo de su mango estaba plano para borrar cualquier eventual equivocación. El ateniense lo cogió entre sus manos y empezó a golpear impacientemente la superficie de la mesa; luego, comenzó a hacer sonar también su dentadura. -Nadie pensaría que estos regalos van a terminar con la amistad de Darío -dijo el de Quíos-. Como dije antes, Herómenes siempre podrá contar con un lugar en la corte. -Está tratando de sobresalir en Macedonia; es mentira que se esté preparando para el exilio - comentó el ilirio-. Pensé que eso había quedado bien claro. -Ciertamente, ya se ha establecido un pago generoso -el de Quíos se dio la vuelta para ver al ateniense, quien agachó la cabeza y parpadeó-. Tal como se dispuso, la suma global es para organizar la revuelta de los lincéstidas. Yo no estoy satisfecho de que su hermano, el jefe, haya estado de acuerdo en esto. Debo insistir en el pago por sus servicios, si dan resultado. -Eso es razonable -dijo el ateniense, sacándose el punzón de la boca, pues había balbuceado ligeramente-. Ahora tomemos todo como lo habíamos dispuesto y regresemos con el hombre a quien le interesa más. Mi jefe quiere alguna garantía de que actuará exactamente el día convenido, ni antes ni después. Al oír estas palabras, el de Eubea se inclinó sobre la mesa como el resto de sus compañeros. -Tú dijiste que antes, y yo te contesté que no tenía ningún sentido; siempre está cerca de Filipo, incluso ha entrado en su recámara. Podría encontrar mejores ocasiones, tanto para hacerlo como para escapar. Eso es pedirle demasiado. -Mis instrucciones son precisas -dijo el ateniense, golpeando ligeramente el punzón contra la mesa-. Debe ser exactamente ese día, de lo contrario no le ofreceremos asilo. El de Eubea se levantó y dio un puñetazo sobre la mesa, que ya de por si se agitaba, haciendo que el ateniense cerrara los ojos en señal de protesta. -¡Por qué, dime! ¿Por qué? -Sí, ¿por qué? -dijo el ilirio-. Herómenes no lo pidió. Las noticias podrían llegarle en cualquier momento. -Cualquier día lo hará por mi señor -dijo el hombre de Quíos, al mismo tiempo que arqueaba las cejas-. Es suficiente con que Filipo no marche sobre Asia. ¿Por qué tanta insistencia en el día? El ateniense cogió el punzón con ambas manos, apoyó la quijada en su mango y sonrió confiadamente. RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 381 - -Bueno, en primer lugar, porque ese día se reunirán todos los aspirantes al trono para asistir a las ceremonias en Egas; ninguno escapará de la sospecha, se culparán unos a otros y es muy probable que allí mismo se desaten las luchas por la sucesión, lo cual nos favorecerá fundamentalmente a nosotros. En segundo lugar... Creo que mi jefe merece una indulgencia especial. Coronará su vida de trabajo como nadie jamás lo ha visto. Le sentará bien la caída del tirano de Hélades, no caerá ninguna noche mientras se tambalea borracho hacia su cama, sino en la cima de su arrogancia, con lo cual estoy totalmente de acuerdo -entonces se volvió hacia el de Eubea-. Y me supongo que las ofensas de sus hombres también lo complacerán. -Así es -dijo el de Eubea lentamente-. Sin duda, pero podría no ser posible. -Será posible. La orden de las ceremonias acaba de caer en nuestras manos -empezaba a dar los detalles, cuando llegó a cierto acontecimiento y miró significativamente hacia el cielo. -Tienes buenos oídos -comentó el de Eubea, arqueando las cejas ligeramente. -Esta vez puedes confiar en ellos. -No lo dudo, pero nuestro hombre necesitará mucha suerte para salir bien de la misión. Como ya os dije, podría tener mejores oportunidades. -Nadie es tan distinguido. La fama endulza la venganza... Bien, bien, ya que estamos hablando de la fama, os daré a conocer un pequeño secreto: mi jefe desea ser el primer ateniense en conocer las noticias, quiere conocerlas incluso antes de que se difundan. Aquí, entre nosotros, pretende darlas a conocer como si hubiera tenido alguna visión. Después, una vez que Macedonia haya regresado a la barbarie tribal -en eso, captó la mirada furiosa del de Eubea y rectificó apresuradamente-, quiero decir, cuando el reino esté en manos del sucesor que esté dispuesto a permanecer en casa, podrá proclamar a la agradecida Grecia su participación en la liberación. Así que, ¿quién puede escatimar esta pequeña recompensa después de los muchos años que ha luchado en contra de la tiranía? -Y él, ¿qué clase de riesgo está corriendo? -preguntó el ilirio repentinamente; a pesar del escándalo de los martillos del taller, su voz sobresaltó a los demás, cuyos rostros adquirieron un gesto ansioso que resultaba desconocido-. Allí hay un hombre arriesgando su vida para salvar su honor, y Demóstenes sólo tiene que determinar el día exacto para hacer sus “predicciones” en el Ágora. Los tres diplomáticos intercambiaron miradas de escándalo y disgusto. ¿A quién sino a algún hombre burdo y primitivo pudo habérsele ocurrido enviar a este salvaje a una entrevista semejante? Como no sabían qué otra barbaridad se le podía ocurrir, decidieron dar por terminada la reunión; ya todo había sido determinado. RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 382 - Los conspiradores salieron del lugar por separado, dejando pasar un breve período entre salida y salida. Los últimos en salir fueron el de Quíos y el de Eubea. El primero preguntó: -¿Estás seguro de que tu hombre cumplirá con su misión? -Oh, sí -respondió el otro-. Sabemos muy bien cómo manejar esos asuntos. -¿Estuviste allí? ¿Los oíste hablar tú mismo? En las montañas de Macedonia, las noches de primavera eran frías. Las antorchas humeaban con las corrientes de aire, las brasas del fogón sagrado palidecían y las llamas oscilaban sobre su renegrido lecho de piedra. Era bien entrada la noche; conforme las sombras se hacían más profundas, las murallas de piedra parecían inclinarse hacia dentro, como estirándose para escuchar. A excepción de uno, todos los huéspedes se habían ido ya, y también se había dado la orden para que los esclavos se retiraran. El anfitrión y su hijo habían dispuesto tres sofás en torno a la mesa del vino; pero, como los demás invitados los movieron y desacomodaron por las prisas, el cuarto daba la impresión de estar todo descompuesto y desarreglado. -¿Me dijiste que habías estado allí? -preguntó Pausanias nuevamente. Su cabeza y sus hombros estaban inclinados hacia delante, y se agarraba del borde de su sofá para no perder el equilibrio. Tenía los ojos inyectados por el vino, pero la historia que acababa de oír le había devuelto la sobriedad. La mirada del hijo de su huésped se encontró con la suya; era un hombre joven de expresivos ojos azules y boca delgada, que se ocultaba bajo una barba recortada. -El vino entorpece mi lengua -contestó-. Ya no hablaré más. -Te pido que lo disculpes -pidió su padre, Deinias, y luego se volvió a su hijo-. ¿Qué te pasa? Traté de llamarte la atención. Pausanias se dio la vuelta como un jabalí herido y dijo: -¿También tú lo sabias? -No estuve presente -dijo el anfitrión-, pero la gente habla. En realidad, lamento que te hayas enterado aquí, en mi casa. Seguramente pensarás que tanto Atalos como el rey se avergonzarían de jactarse de ello aun en privado; ahora imagínate silo hicieran públicamente. Sin embargo, tú sabes mejor que nadie cómo se ponen cuando están borrachos. Las uñas de Pausanias se enterraron en la madera hasta volverse rojas por la sangre contenida. RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 383 - -Hace ocho años juró ante mí que jamás permitiría que nadie hablara del asunto en su presencia. Por eso decidí no cobrar venganza. Él lo sabía, se lo dije. -Entonces no ha faltado a su juramento -comentó Heirax con una ácida sonrisa entre los labios-. No dejó que nadie hablara, él mismo lo hizo, y sólo agradeció la atención de Atalos. Cuando éste iba a responder, el rey le puso su mano en la boca y ambos rieron de eso. Ahora lo comprendo. -Me lo juró por las aguas del Aqueronte -dijo Pausanias, casi en un murmullo. Deinias sacudió negativamente la cabeza y dijo: -Heirax, te retiro mi reproche. Cuando todo el mundo ya lo sabe, fue mejor que Pausanias se enterara por boca de gente amiga. -Alguna vez me dijo -la voz de Pausanias se hacía cada vez más espesa-: “En algunos años, cuando estés en un sitio de honor, pondrán en duda esa historia y luego la olvidarán.” -Se cometen muchas blasfemias cuando los hombres se sienten demasiado seguros de si mismos -comentó Deinias. -Atalos está seguro -comentó Heirax tranquilamente-. Está seguro en Asia con sus tropas. Pausanias miró más allá de ellos, hacia el nebuloso centro del fogón. Como si se dirigiera al fuego, dijo: -¿Creerá que ya es demasiado tarde? -Si quieres -le dijo Cleopatra a su hermano-, puedo enseñarte mi vestido. Alejandro la acompañó hasta su habitación donde, colgado en un perchero en forma de T, había un fino vestido de lino color azafrán, tejido con flores y joyas, Cleopatra iba a ser castigada por nada, y dentro de muy poco tendría escasas oportunidades de volver a verla, así que le dio unas palmaditas en la cintura. A pesar de todo, al fin mujer, toda aquella elegancia empezó a gustarle; los gritos de placer brotaban como los retoños de hierba en un monte quemado. Cleopatra empezaba a sentir que pronto sería una reina. -Mira, Alejandro. Levantó de su almohada la corona nupcial, unos aretes como de espigas de trigo y unas ramitas de olivo finamente trabajadas en oro, y caminó hacia el espejo. -¡No! -le gritó Alejandro-. No te las pruebes, trae mala suerte. De todas maneras, estarás preciosa. RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 384 - Cleopatra ya casi había perdido la gordura de sus años de infancia, y mostraba una figura que prometía cierta distinción. -Espero que pronto vengamos a Egas. Quiero ver de una vez la decoración, pues cuando empiecen a llegar las multitudes será imposible contemplarla. ¿Has oído hablar de la gran procesión al teatro, para la consagración de los juegos? Deben llevar sus ofrendas a los Doce Olímpicos, y también tienen que transportar sus estatuas. -No son doce, sino trece -dijo Alejandro fríamente-. Los Doce Olímpicos y la imagen divina de Filipo. Pero él es sumamente modesto y su estatua irá hasta el final... Escucha, ¿qué es ese ruido? Ambos corrieron hacia la ventana. Una partida de hombres desmontaban de sus mulas y se agrupaban formalmente para acercarse hasta el palacio. Todos los recién llegados usaban coronas de laurel, y su dirigente llevaba, además, una rama también de olivo. Deslizándose del alféizar de la ventana, Alejandro le dijo ansiosamente: -Tengo que irme. Esos hombres son los heraldos de Delfos, que traen noticias del oráculo acerca de la guerra. Luego besó a Cleopatra rápidamente y se encaminó hacia la puerta. En eso, exactamente cuando estiraba el brazo para abrir, entró su madre. Cleopatra vio pasar su mirada y los viejos resentimientos volvieron a avivarse. Alejandro, que fue quien recibió la mirada que despertó los celos de su hermana, conocía ese sentimiento desde hacía mucho tiempo. -No me puedo quedar ahora, madre. Acaban de llegar los heraldos de Delfos -dijo. Al ver que Olimpia se quedaba boquiabierta, añadió rápidamente-: Tengo derecho a estar allí, no queremos que lo olviden, ¿verdad? -Sí, es mejor que te vayas -Olimpia le extendió sus manos para que se las besara y empezó a musitar algo. -Ahora no, se me hace tarde -respondió Alejandro, soltándole las manos. -Pero debemos hablar hoy -insistió su madre cuando ya se retiraba. Alejandro salió de la habitación sin dar señas de haber oído las últimas palabras de su madre. Olimpia sintió los ojos escrutadores de su hija y se volvió hacia ella para hablarle de algún asunto relativo a la boda. Durante muchos años habían compartido momentos semejantes, y Cleopatra pensó en ello, pero no dijo nada. También pensó que hacía mucho que Alejandro había podido convertirse en rey y que ahora a ella se le presentaba la oportunidad de convertirse en reina. RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 385 - En el cuarto Perseo se habían reunido el agorero principal, los sacerdotes de Apolo y Zeus, Antipatro y todos aquellos cuya jerarquía les permitía estar allí, para oír hablar al oráculo. Los heraldos de Delfos estaban frente al estrado. Alejandro, que había corrido buena parte de su camino, entró calmadamente y se detuvo a la derecha del trono, justo al lado del rey. En aquellos tiempos, él tenía que manejar personalmente estos asuntos. Cuando Alejandro entró en la sala se hizo una pausa de murmullos de expectación. La reunión se hacia para recibir a una embajada real; en esta ocasión no se trataba de la muchedumbre de solicitantes de matrimonio, compras de tierra y viajes marinos, que podrían ser arreglados por los deslindadores. Esta vez, la canosa Pitias bajó a la cueva llena de humo que había bajo el templo, montó en el trípode situado junto a la gran piedra central del fogón y quedó envuelta en los mágicos vapores que se desprendían del fuego. Entretanto, mascaba hojas amargas de laurel, respiraba los fétidos vapores que emanaban de las cuarteaduras del fogón y musitaba su furor divino ante los astutos ojos del sacerdote, que los interpretaba en verso. Viejas y fatales leyendas fluían como llovizna de una mente a otra. Los de temperamento imperturbable esperaban que de un momento a otro surgiera la trillada respuesta, solicitando algún sacrificio en honor de los dioses apropiados o la edificación de un nuevo templo. Todos los presentes saludaron al rey, cuya pierna rígida estaba colocada hacia delante, y luego tomaron asiento. Como ahora podía hacer menos ejercicio, Filipo había empezado a engordar, habían aparecido nuevas carnes sobre su cuadrada estructura, y Alejandro pudo notar que su cuello se había vuelto bastante más ancho. Después de los intercambios rituales, el jefe de los heraldos desenrolló el pergamino y leyó: -Apolo pitico responde a Filipo, hijo de Amintas, rey de Macedonia: El toro está ceñido y listo para el altar, el final ha llegado. También el verdugo está listo. Los asistentes pronunciaron las frases de buenos presagios prescritas para tales ocasiones. Filipo inclinó un poco la cabeza hacia Atalos, quien devolvió el gesto lleno de alivio. Parmenión y Atalos estaban teniendo algunos problemas en la costa de Asia, pero ahora podría partir la fuerza principal con los buenos augurios. Todos esperaban una buena respuesta, pues creían que el dios estaba en deuda con Filipo. Además, las dos lenguas de Apolo sólo hablaban tan claramente a los hombres de muy alta jerarquía, según murmuraban los cortesanos. RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 386 - -Yo mismo me he puesto en su camino -comentó Pausanias-, pero no me dio ninguna señal. Es cierto que se comportó muy atentamente, pero siempre ha sido así. Desde niño sabia esta historia, solía verlo en sus ojos; esta vez, sin embargo, no me dio ninguna señal. ¿Por qué no, si todo esto es verdad? Deinias se encogió de hombros y sonrió; tenía miedo de que llegara ese momento. Pausanias se había preparado para hacerlo a un lado, y pudo haberlo logrado hacía ocho años. Un hombre que vive sólo para vengarse desea fervientemente sobrevivir a su enemigo y saborear las mieles de la venganza. Deinias lo sabía y estaba preparado ara cualquier cosa. -Seguramente eso no te sorprende, ¿o sí? Cosas así se ven y se recuerdan de una forma determinada. Puedes estar seguro de que siempre serás visto como amigo, aunque, por supuesto, estarás sujeto a las buenas apariencias. Mira, te he traído algo que dará descanso a tu mente -entonces abrió su mano y le mostró. Pausanias bajó la vista y comentó: -Un anillo es muy parecido a otro. -Fíjate bien en éste. Esta noche, durante la cena, podrás volver a verlo. -Sí -respondió Pausanias-. Con eso quedaré satisfecho. -Y ahora, ¿por qué estás usando tu anillo de león? -preguntó Hefestión-. ¿Dónde estaba? Lo buscamos por todas partes. -Simón lo encontró en el baúl de mi ropa. Debo haber metido allí la mano y seguramente quedó prendido entre las ropas cuando la saqué. -Yo mismo busqué allí. -Se habrá ocultado en algún pliegue. -¿No piensas que quizá lo robó y luego lo devolvió atemorizado? -Simón? No creo, él tiene buen juicio y todo el mundo sabe que el anillo es mío. -Parece que hoy es un día de suerte. Con esto Alejandro quería indicar que Eurídice acababa de parir otra niña. -Mi dios ha cumplido los buenos presagios -exclamó Hefestión. Finalmente, todos bajaron a cenar. Al llegar a la puerta, Alejandro se detuvo para saludar a Pausanias; siempre consideraba un triunfo arrancarle una sonrisa a un hombre de expresión tan adusta. En el ambiente aún flotaban las sombras anteriores al amanecer, y el viejo teatro de Egas brillaba con la luz de los faroles y de las antorchas. Cuando los edecanes guiaban a los invitados hasta los bancos acojinados, la luz de sus lámparas centelleaba rápidamente, como si fueran luciérnagas en RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 387 - pleno vuelo. La suave brisa de los bosques de las montañas difundía el aroma de resma de pino quemada y el olor de una multitud de hombres. Abajo, en torno a la orquesta se habían colocado, formando un circulo, los doce altares de los dioses olímpicos; los fuegos, endulzados con incienso, brillaban en sus superficies iluminando las ropas de los hierofantes y los fuertes cuerpos de sus verdugos y sus cuchillos. Desde los campos lejanos llegaban los balidos y mugidos de las víctimas, inquietas por la agitación y la luz de las antorchas. Por encima de todo ese escándalo se levantaba imponente el mugido del toro blanco de Zeus, con su pulida cornamenta. Los adornos del escenario aún se veían opacos a causa del polvo acumulado. Allí se había colocado el trono del rey, y dos sillas de Estado, una para Alexandro y otra para su hijo. Las filas superiores del teatro estaban ocupadas por atletas, aurigas, cantantes y músicos que competirían en los juegos una vez que los hubieran consagrado. Ellos, junto con los huéspedes invitados, llenaban por completo el pequeño teatro. Soldados, campesinos y hombres de diferentes tribus se dirigían hacia allá desde las montañas, para asistir al espectáculo; llegaban pisoteando y agitando el polvoriento camino que rodeaba la estructura del teatro, o se apiñaban en la recta por la que tendría que pasar la procesión. Las voces de la muchedumbre se levantaban, caían y se desplazaban de uno a otro lado, como si fueran olas que azotan una playa guijarrosa. Los pinos, largas manchas negras en la perspectiva brillante del este, crujían al inclinarse por el peso de los muchachos. El viejo y tortuoso camino hacia el teatro había sido ampliado y apisonado, para que pasara libremente la gran procesión. El polvo y la tierra del camino, humedecidos por el rocío y los desprendimientos de la montaña, endulzaban el olor del aire puro y frío del amanecer. Los soldados, destacados a lo largo del camino para mantenerlo despejado, habían llegado con antorchas -tenían que empujar a la gente para apartarla, pero hacían su trabajo alegremente, pues con frecuencia empujador y empujado eran compañeros de la misma tribu-, las cuales se habían extinguido al romper el día. Cuando las cumbres de más allá de Egas se tiñeron de rosa por las primeras luces del amanecer, todo el esplendor del desfile saltó a la vista: los enormes postes color escarlata, rematados con sus flores doradas en forma de león o de águila, las largas y ondulantes banderas, los adornos de flores y de tiras de hiedra, el arco triunfal, tallado y decorado con las proezas de Heracles y coronado con la victoria con sus doradas hojas de laurel; y a ambos lados de ésta había dos niños rubios, vestidos como musas, que sostenían una trompeta entre las manos. RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 388 - Filipo estaba en el jardín del castillo de una antigua ciudadela de piedra; iba envuelto en una túnica color púrpura de filos dorados y llevaba puesta una corona con hojas doradas de laurel y con la cabeza vuelta hacia la ligera brisa del amanecer. Los cantos de las primeras aves, los gorjeos y los vibrantes sonidos de los instrumentos que se afinaban, así como las voces del gentío y las órdenes de los guardias, llegaban a sus oídos junto con el sonoro trasfondo de las cascadas de Egas. Su mirada recorría las llanuras del este de Pella y el mar, que reflejaba como un espejo el amanecer. Los pastizales, verdes y frondosos, se extendían ante él; las cornetas rivales habían sido destruidas. Sus grandes narices respiraban el rico y reconfortante aire matinal. A sus espaldas estaban el novio y Alejandro. Éste usaba una túnica color escarlata, que ceñía a su cintura con su más fino cinturón. Su pelo brillante estaba recién lavado, pulcramente peinado, y llevaba una corona de guirnaldas. La mitad de los Estados griegos habían enviado regios festones de oro forjado como presentes para los invitados de honor, pero nadie le había dado el que le correspondía. Listos para escoltar al rey, los miembros de la guardia real estaban formados en tomo al jardín del palacio, y Pausanias, el comandante en jefe, se paseaba frente a ellos. Todos aquellos que tenían algún desarreglo en sus vestiduras trataban de corregirlo ansiosamente o se agitaban con equipo y todo cuando pasaba el jefe; luego seguían tranquilos, seguros de que no habían sido descubiertos. En la muralla norte, entre las mujeres, la novia acababa de levantarse del lecho nupcial; en realidad, la noche le había resultado poco placentera, pero pudo haberle ido peor. Su marido se comportó con ella muy decentemente: no bebió demasiado y en todo momento fue consciente de la juventud y doncellez de su nueva esposa; además, en realidad no era tan viejo. Estirándose por encima del burdo parapeto de piedra, Cleopatra vio la enorme fila de la procesión, que empezaba a formarse a lo largo de la muralla. Junto a ella, Olimpia miraba hacia el jardín musitando algo ininteligible. Cleopatra ni siquiera trató de descifrar sus palabras; sintió el hechizo como el calor que se desprende de un fuego encubierto. Además, ya era hora de salir hacia el teatro; sus literas estaban listas. Pronto emprendería su viaje de bodas, y esas cosas ya no le importarían más. Aun en el supuesto de que Olimpia llegara a Epiro, Alexandro sabría cómo lidiar con ella; después de todo, era algo contar con un esposo. Las trompetas de las musas sonaron; bajo el arco de la victoria, en medio de gritos de admiración, pasaban ordenadamente los doce dioses camino de sus altares. Cada una de las plataformas era tirada por parejas de caballos, los cuales estaban engalanados con telas rojas y doradas. RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 389 - Las imágenes de madera estaban esculpidas de acuerdo con el tamaño de los dioses, un poco más de dos metros, y pintadas por un maestro ateniense que había trabajado para Apeles. El rey Zeus, sentado en su trono con su bastón en una mano y su águila en la otra, había sido copiado, en miniatura, del gran Zeus de la ciudad de Olimpia, con su trono dorado y su rígida túnica llena de joyas de oro. Apolo llevaba un vestido de músico y una lira de oro; Poseidón aparecía montado en su carro tirado por caballos de mar; Demetrio llevaba su corona dorada de espigas de trigo, y la reina Hera aparecía con sus pavos reales, y el ingenio popular decía que la consorte del rey Zeus provenía del origen mismo del linaje. La virgen Artemisa, con su arco al hombro, sostenía un ciervo por los cuernos; Dionisio montaba desnudo un leopardo, y Atenea llevaba su yelmo y su escudo tradicionales, pero no así su búho ático. Hefaistos empuñaba su martillo; Ares, con su pie sobre un enemigo tendido en el suelo, miraba furiosamente bajo su yelmo, y Hermes calzaba sus sandalias aladas. Vestida con su ajustado velo, con una pequeña Eros a su lado, Afrodita aparecía sentada en un trono de flores; si se ponía atención en esa escultura, era evidente cierto parecido con Eurídice, quien estaba en el puerperio y no aparecería en público durante aquel día. La duodécima plataforma recibió al pasar su fanfarria correspondiente; entonces apareció la trigésima escultura. La imagen del rey Filipo estaba sentada en un trono rematado con la figura de un águila, cuyos brazos tenían la forma de leopardos recostados. El escultor lo representó sin sus heridas y le quitó unos diez años de encima; pero aparte esos detalles, la escultura parecía estar viva, ya que sus pintados ojos negros podrían moverse en cualquier momento. Al paso de la escultura se hacían las bromas acostumbradas; sin embargo, como las corrientes frías en los mares de aguas templadas, podían sentirse heladas ráfagas de silencio. Uno de los asistentes comentó: “Debieron haber hecho una escultura menor.” Entonces, algunos miraron de soslayo la traqueteante línea de dioses e hicieron antiguas señas de advertencia. Detrás de las plataformas marchaban los jefes de Macedonia, Alexandro de Iliria y los demás. Incluso los hombres de las montañas más remotas usaban buenas ropas de lana entretejida y broches de oro, evocando las viejas tradiciones de los días en que se usaban los mantos de piel de oveja, épocas antiguas en que los broches de bronce eran símbolos de riqueza. Por doquier se escuchaban chasquidos de sorpresa y maravilla. Precedido por el sonido de las flautas que tocaban una marcha dórica, apareció el carro de la Guardia Real, con Pausanias al frente. Los hombres caminaban contoneándose dentro de sus RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 390 - armaduras de lujo, y sonreían a cuantos conocidos descubrían entre la multitud; un día festivo como éste no requería de la serenidad de las maniobras. Sólo Pausanias miraba fijamente hacia el frente, sin quitar la vista de la alta entrada del teatro. A su paso se escuchaba el estruendo de viejos cornos y gritos de “¡Viva el rey!” Filipo cabalgaba en su caballo blanco, envuelto con su manto púrpura y con su corona dorada de olivo en la cabeza. Detrás de él, a media distancia, cabalgaban su hijo y Alexandro. Al pasar, los campesinos hacían signos fálicos al novio y le deseaban que tuviera muchos hijos. Sin embargo, al llegar al Arco de la Victoria, un grupo de jóvenes gritó a todo pulmón: “¡Alejandro!” El príncipe se dio la vuelta y los miró a todos con amor. Mucho tiempo después, cuando esos jóvenes se convirtieran en sátrapas o generales, se jactarían de ello para acallar su envidia. Detrás de Alejandro y su tío-cuñado marchaba la retaguardia; detrás de ésta, cerrando la columna, seguían las víctimas para los sacrificios, precedidas por un toro blanco que llevaba en torno al cuello un collar de guirnaldas y cuyos cuernos estaban cubiertos con adornos de oro. El sol flotaba sobre sus redes de luz y todo resplandecía: el mar, el rocío sobre la hierba, las cristalinas telarañas de las escobas arrumbadas y amarillentas, las joyas, el oropel, la fría superficie del bronce pulido. Las plataformas con los dioses ya estaban dentro del teatro; una por una, fueron colocadas en torno a la orquesta. Luego, levantaron las resplandecientes imágenes y las pusieron sobre unas bases cercanas a sus respectivos altares, y los asistentes aplaudieron espontáneamente. La decimotercera deidad, que carecía de templo propio, fue colocada en el centro del recinto, presidiendo la reunión. Afuera, en el camino, el rey hizo una seña y Pausanias emitió una orden; el carro de la Guardia Real giró elegantemente hacia la izquierda, luego a la derecha y se situó en la retaguardia, detrás del rey. Aún faltaban unos cientos de metros para llegar al teatro. Cuando los jefes se volvieron hacia atrás, vieron que la guardia se retiraba. Parecía que el rey quería hacer esa última parte del camino solo con sus oficiales más cercanos, así que, satisfechos por el cumplido, abrieron sus filas para que se formaran entre ellos. Únicamente los hombres de Pausanias vieron que su jefe se dirigía hacia el espacio que había entre la orquesta y el escenario, pero no le prestaron atención pues pensaron que eso no era de su incumbencia. Por su parte, al ver Filipo que sus jefes lo esperaban, salió de las filas de la guardia, se inclinó un poco, sonriendo, y les dijo: -Entrad, amigos, yo iré detrás de vosotros. RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 391 - Todos empezaron a moverse, pero un hacendado entrado en años se plantó junto al caballo de Filipo y, con franqueza macedonia, dijo: -¿Ningún guardia para su majestad en medio de toda esta multitud? Filipo se inclinó un poco y le dio unas amistosas palmaditas en el hombro; en realidad, esperaba que alguien le dijera algo semejante. -Mi propia gente le da protección suficiente. Dejemos que todos los extranjeros se den cuenta. Agradezco tu gentileza, Areo, pero anda, ve con ellos. Conforme sus jefes avanzaban, Filipo aflojaba el paso de su caballo, hasta que quedó en medio de su hijo y de Alexandro. Desde la multitud que se congregaba a ambos lados del camino surgía un murmullo de voces amistosas; más adelante estaba el teatro, lleno de sus amigos. Sus grandes labios esbozaban una amplia sonrisa; había esperado ese momento. Era un rey elegido, no impuesto, y esos sureños encopetados se habían atrevido a llamarle tirano, así que quería demostrarles que él no necesitaba las escoltas de lanceros que solían rodear a los tiranos. “Ellos se lo contarán a Demóstenes”, pensó. De pronto, detuvo a su caballo e hizo algunas señas. Entonces, dos sirvientes se acercaron a los jóvenes que lo flanqueaban, listos para detener a los caballos. -Ahora vosotros, hijos míos -les dijo Filipo. Alejandro, que había visto entrar al teatro a los demás jefes, miró atentamente a su alrededor y dijo: -¿Tampoco nosotros te acompañaremos? -No -contestó Filipo con firmeza-. ¿No te lo dijeron? Debo entrar completamente solo. Para ocultar su bochorno, el novio miró para otro lado. ¿Acaso se pondrían a discutir sobre sus respectivas jerarquías frente a todo el mundo? El último de los jefes empezaba a perderse de vista. Sentado en la silla de montar escarlata de Bucéfalo, Alejandro recorría con la mirada los tramos vacíos del camino, vacíos bajo el rayo del sol amplio, pisoteado, surcado por las ruedas de los carros, rodeado de vacuidad. Un poco más allá del final del camino, en el triángulo que había entre la orquesta y el escenario, alcanzaba a distinguirse el brillo de una armadura y el filo de un manto rojo. ¿Acaso Pausanias tenía órdenes de permanecer allí? Las orejas de Bucéfalo estaban atentas; sus ojos brillaban como ónix, miraban nerviosamente hacia todas direcciones. Alejandro, firme e inmóvil como si fuera una estatua de bronce, tocó el cuello de su caballo con la punta de los dedos. El novio comenzaba a impacientarse. ¿Por qué no se movía el RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 392 - joven príncipe? Había algunas ocasiones en que era posible comprender los rumores, y ése parecía uno de esos momentos. Una vez, en Dodona, cuando soplaba un frío intenso o cuando nevaba, le había visto llevar un manto de piel de oveja... -Desmonta, entonces -dijo Filipo impaciente-. Tu cuñado te está esperando. Alejandro volvió a mirar hacia las sombras de la entrada. Presionó a Bucéfalo con las rodillas para acercarlo y vio un gesto de profunda concentración hacia la cara de Filipo. -Está demasiado lejos -dijo suavemente-. Es mejor que vaya contigo. Filipo arqueó las cejas bajo su corona de olivo. Ahora le parecían evidentes las intenciones del muchacho. Bueno, parecía que no había comprendido del todo bien, y no le permitiría que lo presionara. -Eso es asunto mío. Yo juzgaré lo que es mejor. Los profundos ojos de Alejandro le miraron directamente, tanto que Filipo se sintió invadido; para cualquier súbdito era una afrenta mirar al rey directamente a los ojos. -Está demasiado lejos -le insistió Alejandro con voz clara, firme y juiciosa-. Déjame ir contigo, y te juro que daré mi vida por la tuya... Te lo juro por Heracles. Débiles murmullos de curiosidad empezaron a surgir de la multitud, que empezaba a darse cuenta de que sucedía algo que no estaba planeado. Aunque Filipo comenzaba a ponerse verdaderamente furioso, cuidó muy bien de que la expresión de su semblante no se le alterara. Tratando de mantener su tono de voz, le dijo: -Basta ya. No vamos al teatro a representar ninguna tragedia. Ya te avisaré cuando te necesite; mientras tanto, limítate a obedecer mis órdenes. Los ojos de Alejandro cesaron su búsqueda; su presencia los abandonó, dejándolos como un par de cristales vacíos. -Muy bien, señor -dijo y desmontó; con alivio, el novio fue tras él. Cuando cruzaron el enorme umbral de la puerta, Pausanias los saludó; Alejandro le devolvió el saludo mecánicamente, mientras se dirigía a Alexandro. Ambos subieron al escenario por una de las rampas de acceso, agradecieron los saludos de la multitud y tomaron asiento. Afuera, Filipo cogía las riendas de su caballo, que con solemne trote, empezó a avanzar hacia delante sin hacer caso del ruido. La gente sabia lo que el rey estaba haciendo; admiraban su valor y se lo hacían saber con gritos de júbilo. Su furia ya había pasado; ahora tenía algo mejor en que pensar. Si el muchacho hubiera encontrado un momento más oportuno... RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 393 - El rey de Macedonia cabalgaba, agradeciendo los aplausos que sus súbditos le dedicaban al pasar. Pronto tendría que bajar del caballo y caminar, a pesar de que su cojera le restaba un poco de dignidad. A través de la puerta, que tenía unos siete metros de alto, pudo distinguir la orquesta y su círculo de dioses. Los músicos empezaron a tocar para recibirlo. Al llegar al umbral, un soldado se adelantó para ayudarle a desmontar y llevar su caballo; ese hombre era Pausanias; para celebrar ese día en particular, él mismo debía actuar como paje del rey. Hacia tanto tiempo... Era casi un símbolo de reconciliación. Finalmente parecía estar dispuesto a olvidar, lo cual era un gesto encantador. En los viejos tiempos hubiera recibido algún regalo especial por ese acto de gracia. Filipo se deslizó de su montura, le sonrió y comenzó a hablar. La mano izquierda de Pausanias apretó firmemente el brazo del monarca, y sus miradas se encontraron. Entonces, Pausanias sacó su mano derecha de debajo del manto tan suavemente, que Filipo sólo alcanzó a ver la daga reflejada en los ojos de su agresor. El guardia que vigilaba el camino pudo ver que el rey caía y que Pausanias se agachaba, pero no prestó mayor atención en el asunto, pues pensó que el monarca había trastabillado a causa de su cojera y que Pausanias trataba de ayudarlo torpemente. De pronto, vio que éste se enderezaba y que echaba a correr. El asesino había estado ocho años en la guardia personal del rey, cinco de ellos en calidad de comandante del grupo. Un granjero de entre la multitud fue el primero en darse cuenta de lo sucedido, y gritó de inmediato “¡Han matado al rey!” Entonces, entre gritos de confusión y cogidos todos por sorpresa, los soldados empezaron a correr hacia el teatro. El primero en llegar ante el cadáver fue uno de los oficiales; al ver al cuerpo, se agachó sobre él para ver si le quedaba vida, señaló hacia donde había corrido el asesino y gritó salvajemente: “¡Tras él!” Entonces, un torrente de hombres se desbordó por la esquina, hacia la parte posterior del escenario. El bien entrenado caballo de Filipo estaba tranquilamente en el espacio entre el escenario y la orquesta, y a nadie se le ocurrió pensar en la osadía de montarlo para perseguir al asesino del rey de Macedonia. Detrás del teatro, los sacerdotes habían sembrado una pequeña porción de tierra en honor de Dionisio. Los gruesos y renegridos palos de las plantas estaban llenos de nuevos brotes y nuevas hojas, verdes y lozanas. Tirado en el suelo, saltaba a la vista el yelmo que Pausanias había perdido con la premura de la huida, y en las ramas de una de las vides había jirones de su manto rojo. Había escapado pisoteando los terrones del campo hasta alcanzar las puertas de la vieja muralla de piedra, las cuales estaban abiertas de par en par. Más allá, esperaba un jinete con una montura adicional. RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 394 - Pausanias había estado sometido a un riguroso entrenamiento, así que la carrera no le agotó; sin embargo, los hombres que le perseguían eran jóvenes que aún no llegaban a los veinte años, y que habían aprendido el arte de lucha en las montañas junto con Alejandro, así que su entrenamiento había sido mucho más riguroso. Tres o cuatro de ellos le cerraron el camino por delante; el cerco comenzaba a estrecharse. Sin embargo, se estrechaba con demasiada lentitud y la puerta no estaba muy lejos. El hombre que esperaba había vuelto las monturas hacia campo abierto, listo para arrancar en cualquier momento. De repente, como si le hubiera alcanzado alguna espada invisible, Pausanias cayó de bruces en el suelo; una retorcida raíz le había atorado el pie. Cayó cuan largo era, luego se medio levantó a cuatro patas y trató de quitarse la sandalia que le estorbaba, pero sus perseguidores ya habían caído sobre él. El asesino se retorcía mirando los rostros de sus perseguidores, buscando, pero no hubo suerte. Había aprovechado la primera ocasión para vengar su honor y lo había logrado, pero ahora estaba atrapado y sin oportunidad para escapar. Entonces trató de alcanzar su espada, pero alguien puso un pie sobre su brazo y alguien más puso otro sobre su peto. Al sentir una fría hoja de acero que abría sus carnes, sólo pensó en que no tuvo tiempo de enorgullecerse de haber lavado su honor con sangre. No tuvo tiempo. Mientras tanto, cuando el hombre que esperaba vio que lo habían atrapado, soltó el caballo de reserva y salió huyendo a todo galope. El momento de la sorpresa había pasado, y los cascos de los caballos de los perseguidores resonaban más allá del viñedo; los jinetes desbocaban a sus caballos y se lanzaban tras su presa cruzando las murallas, conscientes del valor del hombre al que perseguían. En el viñedo, la presión había cegado a los jinetes que seguían al asesino. Un oficial vio el cuerpo sangrante de Pausanias, como si hubiera sido la víctima de un antigüo sacrificio, todavía atascado entre las raíces de los viñedos, y comentó: -Lo habéis matado, jóvenes idiotas. Ahora no podemos someterle a interrogatorio. -Nunca pensé que sucediera -comentó Leonato cuando se recuperó de la borrachera que le produjo la sangrienta cacería-. Tenía miedo de que, aun así, pudiera escapar. -Yo sólo pensé en lo que podría haber hecho -dijo Perdicas, al tiempo que limpiaba la sangre de su espada en el faldón de la víctima. Cuando ya se alejaban, Atalos comentó a los demás: -Bueno, así estuvo mejor, ya conocéis bien la historia. Si hubiera hablado, habría sido una desgracia para el rey. RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 395 - -¿Qué rey? -respondió Leonato-. El rey ha muerto. Hefestión estaba sentado en una de las filas del teatro, cerca de las escaleras del centro. Los amigos que habían esperado para alentar a Alejandro fueron corriendo hacia allá y entraban desordenadamente por una de las puertas superiores. Si bien era cierto que esos lugares estaban destinados a los campesinos y la gente sencilla, cabe señalar que en esa ocasión los compañeros del príncipe eran peces pequeños. Hefestión se había perdido la magnífica entrada de los dioses. Su padre se hallaba algunas filas más abajo, y su madre estaba sentada con las demás mujeres en la fila opuesta. Desde su lugar pudo distinguir a Cleopatra que, como las demás jóvenes, estaba atenta a todas las miradas: Olimpia parecía pensar que todos los demás eran indignos de su presencia, y miraba fijamente hacia el espacio entre la orquesta y el escenario, lugar en el que había ocurrido el magnicidio. Dicho lugar estaba fuera del campo visual de Hefestión, ya que él se había situado en un punto en el que sólo veía el escenario, directamente enfrente de los tres tronos. El escenario, en realidad, era magnífico: sus partes posteriores, lo mismo que las laterales, tenían elegantes columnas con capiteles esculpidos, que sostenían lujosas cortinas, tras las cuales estaba la orquesta de donde surgía la música para los dioses. Hefestión esperaba que Alejandro apareciera para volver a mostrarle su apoyo; todo el mundo le vitorearía, así que pondría lo mejor de su parte. Finalmente, Alejandro apareció junto con el rey de Epiro. No importaba que sus nombres fueran iguales, él reconocería a su amigo por el sonido de su voz. Cuando logró reconocerlo, le lanzó una de sus mejores sonrisas. Si, le había hecho bien. En realidad, aquél era un teatro más bien pequeño, así que cuando Alejandro hizo acto de presencia, Hefestión se dio cuenta de que parecía no ser el mismo: sólo lo había visto así durante un sueño, una pesadilla de la que despertó sobresaltado. ¿Qué podría esperar de ese día? “Le veré más tarde -dijo para sí mismo-. Ojalá le alcance antes de que empiecen los juegos. Todo será mucho más sencillo cuando estemos marchando sobre Asia.” Abajo, en la orquesta, la efigie del rey Filipo de Macedonia estaba sentada en su trono dorado, que se hallaba situado sobre una base estampada con hojas de laurel. El trono que esperaba en el escenario al Filipo de carne y hueso era exactamente igual. Desde el camino se escuchaban las aclamaciones cada vez más fuertes, así que tras las cortinas del escenario la música también empezó a subir de tono hasta que alcanzó la nota suprema. Entonces se hizo una RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 396 - especie de silencio, que daba la sensación de estar presagiando algo. De repente, desde los lugares reservados para las mujeres, donde daban las hileras de butacas y desde donde se podía ver claramente el lugar del atentado, salió un grito agudo. La cabeza de Alejandro se volvió para mirar; su rostro se notaba sumamente alterado. Súbitamente, saltó de su trono y se lanzó hacia abajo del escenario, en busca de un lugar mejor para ver lo que sucedía en los extremos del pasaje. Bajó corriendo las rampas y atravesó velozmente la orquesta, abriéndose paso entre sacerdotes, altares y dioses, antes de que empezaran a gritar las personas que estaban abajo. Sin darse cuenta, el aire le arrancó su corona de guirnaldas. Mientras la audiencia se agitaba y parloteaba sin saber qué hacer, Hefestión se abalanzó escaleras abajo, hasta llegar a medio camino de la galería, y echó a correr a toda velocidad. Sus amigos lo siguieron rápidamente; habían sido entrenados para no perder ni un segundo. La velocidad y la agitación de los jóvenes eran, en sí mismas, todo un espectáculo; en la galería no cesaron el pánico y la agitación, sino hasta que los jóvenes desaparecieron de allí y alcanzaron los últimos escalones que conducía al pasaje en donde se había consumado el asesinato, los cuales estaban atestados de huéspedes extranjeros que no sabían qué hacer en medio de toda aquella confusión (las filas del teatro eran un verdadero caos de gente que se caía y se volvía a levantar, a causa de la prisa por llegar al lugar de los hechos). Hefestión se abría paso entre el gentío con la misma frialdad que mostraba en combate; codeaba, empujaba y golpeaba para limpiar de gente su camino. En eso, un hombre gordo tropezó y cayó al suelo, haciendo que los demás también cayeran; las escaleras estaban atestadas, las filas eran una confusión de gente que caía y volvía a levantarse sólo para tropezar de nuevo con alguno de los caídos. En el centro del caos, abandonados por sus hierofantes, el semicírculo de dioses de madera parecía mirar fijamente la efigie de Filipo. Inmóvil como las estatuas, sentada en su silla de honor, la reina Olimpia miraba impasible hacia el lugar del magnicidio, ignorando a su hija que, aferrada a su brazo, le gritaba presa del pánico y la desesperación. Hefestión sentía una profunda rabia en contra de todos los que se interponían en su camino. Sin importarle la forma de lograr su objetivo, había dejado atrás a sus amigos y luchaba por abrirse paso para llegar hasta su meta. Filipo estaba tendido de espaldas; todavía tenía la daga enterrada hasta la empuñadura en las costillas. A juzgar por el mango, había sido abatido con un arma ática que tenía incrustaciones de plata en los pliegues de la cacha. Su túnica blanca estaba prácticamente inmaculada, pues el puñal impedía RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 397 - que saliera sangre de la herida. Alejandro estaba doblado sobre su cuerpo, tratando inútilmente de encontrarle el pulso.
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