Primera parte

I
El niño despertó al sentir que los anillos de una serpiente se cerraban en torno a su cintura. Se aterrorizó por un instante -la opresión le impedía respirar y le daba la sensación de estar ante un mal sueño-; pero, tan pronto como se recuperó, supo de lo que se trataba y empujó ambas manos hacia dentro de la espiral que lo envolvía, la cual se movió. Bajo su espalda, los fuertes anillos se juntaban apretadamente, haciéndose cada vez más delgados. La cabeza del animal se deslizó por sus hombros y a lo largo del cuello, hasta que pudo sentir junto a su oreja la lengua viperina.
La llama de una anticuada lámpara de mesa, con dibujos de niños que lanzaban aros y observaban peleas de gallos, ardía lentamente en su lugar. Había muerto la oscuridad entre la que el muchacho se quedó dormido; sólo un frío y agudo rayo de luna caía a través de la ventana, tiñendo de azul el piso de mármol amarillo. Apartó la ropa de la cama para ver a la serpiente y asegurarse de que era la verdadera (su madre le había dicho que nunca se acercara a las víboras cuyo lomo estuviera como entretejido). Todo estaba en orden: se trataba de un reptil de color castaño claro, vientre gris y liso como esmalte bien pulido.
Cuando el pequeño Alejandro cumplió los cuatro años, hacía casi un año, le habían regalado una cama infantil de metro y medio aproximadamente, pero de patas muy cortas para que no se lastimara en caso de que cayera al suelo, así que la serpiente no tuvo que trepar mucho para enroscársele. Los demás ocupantes de la habitación no tardaron en dormirse: su hermana Cleopatra, en su cuna, junto a la nodriza espartana, y más cerca, en una cama mejor de madera tallada, su propia nodriza Lanike.
Hacia la medianoche el muchacho aún oía a los hombres que cantaban a coro en la estancia; su voz era pastosa y farfullaban... y él ya sabía por qué. La serpiente era un secreto que el pequeño sólo compartía con su soledad nocturna; ni siquiera Lanike, tan cercana a él, había advertido su silenciosa aparición y roncaba tranquilamente. Ya antes le habían abofeteado por comparar el ruido de los hombres de la estancia con el que hacen los albañiles al construir. Lanike -que no era una nodriza común, sino toda una dama de linaje real- le recordaba dos veces al día que no haría su trabajo por otro que no fuera hijo de su padre.
Los cantos lejanos y los ronquidos eran sonidos de soledad. Los únicos despiertos eran el pequeño, la serpiente y el centinela que rondaba por el pasillo (el sonido de las hebillas de su armadura apenas se oía cuando pasaba frente a la puerta).

El muchacho cambió de lado acariciando a la serpiente, sintiendo la suave dureza deslizarse entre sus dedos, sobre la piel desnuda. La víbora depositó su aplanada cabeza sobre el pecho del pequeño, como si quisiera escuchar los latidos del corazón. Al principio sintió frío, lo cual le ayudó a despabilarse, pero después empezó a tomar calor del cuerpo del animal y su pereza aumentó. Iba a quedarse dormido, y quizá lo hubiera hecho hasta el amanecer, pero, ¿qué diría Lanike al encontrar a la serpiente? Tuvo que contener la risa para no agitar a la víbora y evitar que se alejara. Sabía que el reptil nunca deambulaba tan lejos del cuarto de su madre, así que prestó atención para escuchar si había enviado a alguien en busca de Glauco -así lo llamaban-, pero sólo pudo oír, primero, que dos hombres gritaban en la estancia, y luego otra voz más fuerte, la de su padre, haciéndolos callar a ambos.
El pequeño imaginó a su madre envuelta en el manto de lana blanca y ribetes amarillos que usaba después del baño, con el pelo suelto cayéndole sobre la ropa y la luz rojiza de la lámpara iluminando a través de la mano, llamando suavemente a Glauco, o quizá ejecutando música para serpientes con su delicada flauta de hueso.
La sirvienta debería estar buscando en todas partes, en el lugar de los peines y las pinturas, dentro de los baúles para ropa que olían a acacia (él ya había sido testigo de una búsqueda semejante una vez que se perdió un pendiente). A esas alturas todos deberían estar asustados e incómodos, y su madre, furiosa.
Al oír nuevamente el ruido de la estancia, el niño recordó que Glauco no era del agrado de su padre y pensó que a él le gustaría que se perdiera. En ese momento decidió devolverle a su madre la serpiente; debía hacerlo. Se puso de pie bajo el rayo azul de la luna y, sosteniendo en sus brazos la serpiente, ésta se le enrolló. Aunque debía vigilar que su vestimenta no la molestara, del taburete tomó su capa y con ella cubrió su cuerpo y el de la víbora para conservarla caliente. Antes de salir, el muchacho se detuvo a reflexionar: tenía que pasar frente a dos soldados y, aun cuando ambos fueran amigos suyos, no le dejarían pasar a esas horas. Puso su atención en el centinela de afuera: el pasillo tenía un recodo y al doblar la esquina había una bóveda de seguridad, pero el guardia vigilaba las puertas de las dos habitaciones.
Las pisadas se alejaban; el pequeño tenía que quitar el picaporte de ambas puertas y asegurarse de planear bien su camino. En la esquina que formaban las paredes, sobre una base de mármol verde, había una estatua de Apolo, realizada en bronce, tras la cual pudo esconderse gracias a que aún era pequeño de estatura. Cuando el centinela pasó del otro lado, el jovencito corrió; lo demás fue fácil hasta que llegó al pequeño pórtico desde el cual arrancaba la escalera que conducía a los aposentos reales. Los peldaños ascendían entre paredes decoradas con dibujos de árboles y aves. Al final de la escalera se llegaba a un pequeño descanso y a la pulida puerta, que tenía un aldabón entre las fauces de un león; las cubiertas de mármol del piso aún estaban casi intactas.
Hasta antes de la época del rey Arquelao, en el lago de Pelasgos no había más que una pequeña aldea costeña; pero en aquel momento ya se levantaba toda una ciudad, con sus templos y sus grandes residencias. Arquelao mandó construir su famoso palacio, maravilla para toda Grecia, sobre una suave pendiente, y llegó a ser tan célebre que nunca fue alterado. Todo en él era espléndido, según la moda imperante cincuenta años atrás; Zeuxis había pasado años pintando sus muros.
El segundo centinela, guardaespaldas real, se hallaba parado al pie de la escalera. Agis, el guardia en turno de esa noche, estaba cómodamente apoyado en su lanza. Escondido, el pequeño miraba a hurtadillas desde el lado oscuro del pasillo; observaba y esperaba la oportunidad. Aquél tenía casi veinte años de edad y era hijo de un señor de la casa real. Tenía que atender al rey con su ostentosa armadura a cuestas. Su casco estaba coronado por una cresta de pelos de caballo blancos y rojizos, y los protectores de las mejillas, a manera de bisagras, estaban repujados con figuras de leones.
Su escudo, finamente pintado con jabalíes, colgaba de su hombro -sólo podía quitárselo hasta que el rey estuviera acostado y seguro en la cama, pero aun en tal caso jamás debía dejarlo fuera de su alcance-, y con la mano derecha sostenía una afilada lanza de más de dos metros de longitud.
El pequeño miraba encantado aquella escena, sintiendo bajo su manto el suave movimiento de la serpiente. Conocía muy bien al centinela, y le hubiera gustado arrojarse contra él con un alarido, haciéndole perder su escudo y apuntar su lanza, verle arrancar el mechón de su casco. Pero Agis estaba de guardia, y habría de ser él quien se las arreglara para abrir la puerta, entregar a Glauco a la sirvienta y llevarlo a él mismo con Lanike, a su cama. Ya antes había tratado de entrar en la habitación de su madre, pero nunca a tan altas horas (desde siempre le habían dicho que sólo el rey podía entrar).
El piso del pasillo era de mosaicos de piedra blancos y negros. Los pies del jovencito empezaron a cansarse de estar de pie y el frío de la noche no tardó en llegar. Al contrario del primer guardia, Agis estaba apostado para vigilar la escalera y nada más. Por un momento el niño pensó en salir, hablar con el centinela y regresar por donde había venido, pero el movimiento de la serpiente sobre su pecho le recordó que tenía que ver a su madre. Y, precisamente, eso era lo que iba a hacer. Dicen que si uno se concentra en lo que desea, siempre se presenta la ocasión de que el deseo se cumpla; además, Glauco era hechicero. Así, acariciando el delgado cuello de la serpiente, el jovencito dijo sordamente: “Agatodemonio, Sebazeus, alejad al guardia y haceos presentes.” Añadió un encantamiento que oyó en boca de su madre (aunque no sabía para qué se usaba, no perdía con probar).
Agis caminó hacia el pasillo opuesto a las escaleras; a poca distancia estaba la estatua de un león echado, en la cual apoyó escudo y lanza, y se ocultó tras ella para orinar, a pesar de que la piedra daba al lugar un aspecto de seriedad; antes de ir a cumplir con su deber, el centinela había bebido lo suficiente como para no poder aguantarse hasta el cambio de guardia. Además, antes del amanecer, los esclavos limpiaban aquello diariamente.
Apenas el soldado empezó a andar, antes de que dejara sus armas, el pequeño adivinó lo que iba a hacer y echó a correr. Casi volando, sus pies se deslizaron por los fríos escalones. A él siempre le sorprendió la facilidad con que atrapaban a los niños de su edad cuando escapaban; le parecía imposible que lo estuviera intentando de verdad.
Aunque orinando, Agis no había olvidado su deber. Cuando ladraba un perro, él lo levantaba inmediatamente la cabeza, pero esta vez el ruido procedía de otra parte. Se ajustó las ropas y cogió las armas, pero el ruido se había apagado y la escalera estaba vacía.
Silenciosamente, el pequeño cerró la pesada puerta tras de sí y puso el seguro; estaba bien pulida y engrasada. Había logrado su propósito sin hacer el menor ruido. Hecho esto, se introdujo en la habitación.
En la recámara sólo había una lámpara encendida: estaba en una lustrosa base de regular
tamaño hecha de bronce y unida a una parra dorada; unas patas de ciervo, también doradas, servían de apoyo a todo el conjunto. La habitación era cálida y estaba llena de vida íntima: las gruesas cortinas de lana azul con sus esquinas bordadas, la gente pintada en las paredes, todo allí tenía vida (también la llama de la lámpara respiraba). Las voces de los hombres de la estancia, aisladas por la pesada puerta, apenas eran un murmullo.
En la recámara había una mezcla de olores a lociones para baño, incienso, almizcle, a la resma de pino que se desprendía de la chimenea, a las pinturas y esencias que su madre había traído desde Atenas, a algo picante que quemaba en sus hechicerías, a su cuerpo y a su cabello. En la cama cuyas patas tenían incrustaciones de marfil y carey, rematadas con una garra de león cada una, dormía su madre; sus cabellos caían sobre la almohada de lino bordada. Nunca antes la había visto tan profundamente dormida; parecía no haber echado de menos a Glauco.
El niño se detuvo para gozar de su clandestina propiedad. Las botellas y los frascos que había
sobre la cómoda de madera de oliva estaban limpios y cerrados. Una ninfa dorada sostenía la luna del
espejo de plata. La bata de noche color azafrán estaba doblada sobre el taburete. De más allá del cuarto
en que dormía la doncella llegó un ronquido distante y débil, y el niño desvió sus ojos hacia las piedras
que habían caído en el fogón, bajo las cuales vivían las cosas prohibidas. Con frecuencia tenía deseos
de poner a trabajar su propia magia, pero, si lo hacia, Glauco podría escapársele; además, ya era hora
de entregársela a su madre. Avanzó lentamente; el guardia que no había visto y señor de su madre
estaba dormido. Las pieles de marta que cubrían a la señora, bordadas de color escarlata y con borlas
de encaje, resbalaron y cayeron. Las cejas se le delineaban claramente sobre los suaves y delgados
párpados, a través de los cuales parecían transparentarse los ojos color humo, y sus pestañas eran
negras. La boca estaba firmemente cerrada y los labios eran de color vino ligero; la nariz, blanca y
recta, parecía susurrar cada vez que respiraba. Tenía veintiún años de edad.
La ropa de cama se había separado un poco del pecho de la madre del pequeño, lugar donde
hasta hacía poco Cleopatra depositara su cabeza (a esas horas ella ya estaba con su nodriza espartana,
así que su reino le pertenecía nuevamente). Un mechón de cabellos castaño oscuro, que brillaban con
la luz oscilante de la llama de la lámpara, caían sobre él; cogió un mechón de los suyos propios y los
comparó con los de su madre. Su cabello era rubio y quebrado, brillante y pesado -Lanike se quejaba
de que, cuando trataba de peinarlo, en los días festivos, no se le sostenía ni siquiera un rizo-; el de ella
era ondulado y sedoso. La nodriza espartana de Cleopatra le había dicho que algún día su hermana
sería idéntica a su madre, aunque ahora fuera tan frágil como una pluma. Él
terminaría odiándola si ella llegaba a parecerse a su madre más que él; aunque no sería extraño que
muriera, pues muchos niños morían en aquella época.
En la penumbra, el pelo parecía más oscuro, se veía diferente. El pequeño miró el gran mural
de la pared del fondo, donde estaba El saqueo de Troya, que Zeuxis había pintado para Arquelao. Las
figuras eran de tamaño natural; al fondo estaba el gran caballo de madera, y al frente podía verse a los
griegos hundiendo sus espadas
en el vientre de los troyanos, embistiéndolos con sus enormes lanzas o cargando en hombros a mujeres
que gritaban aterrorizadas. En primer plano estaba el viejo Príamo y el pequeño Astianaz, ambos
manchados de sangre. Satisfecho, Alejandro apartó la mirada; había nacido en esa habitación y el
mural no le decía nada nuevo.
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Mientras tanto, bajo su manto, Glauco se le enroscaba en torno a la cintura, sin duda contenta
de estar en casa. Alejandro miró nuevamente la cara de su madre, dejó caer al suelo su única vestidura,
levantó suavemente la esquina de la colcha y, aún unido a la serpiente, se deslizó junto a su cuerpo.
Ella le abrazó, ronroneó y hundió nariz y boca en su cabellera, respirando profundamente. El puso la
cabeza bajo la barbilla de Olimpia; junto con la tibieza de su pecho, podía sentir el contacto de su
cuerpo sobre su piel desnuda. La serpiente se retorció violentamente y se deslizó a un lado de los
cuerpos que la aplastaban.
El pequeño Alejandro sintió que su madre se despertaba: sus ojos grises, rodeados de anillos
color humo, se abrieron al verle. Lo besó, lo estrechó contra su cuerpo y le dijo:
-¿Quién te ha dejado entrar?
Mientras ella aún estaba medio dormida y él lleno de felicidad, se había estado preparando para
responder esta pregunta. Agis había descuidado un poco su trabajo, y como soldado que era se le debía
castigar por eso. Aproximadamente medio año atrás, a través de su ventana, había visto cómo los
guardias ejecutaban a uno de sus propios compañeros en el campo de entrenamiento. Si acaso llegó a
enterarse de la ofensa cometida por el soldado ejecutado, había pasado tanto tiempo que ya no la
recordaba; pero aún estaba en su memoria el recuerdo de un cuerpo lejano, atado a un poste frente a
los soldados que apoyaban los arcos contra sus hombros, y el estrépito previo a la orden, seguido de un
solo grito; luego, la formación del pelotón, el disparo de las flechas, la cabeza colgante y un gran
derramamiento de sangre.
-Le dije al guardia que me necesitabas-. No tuvo necesidad de decir nombres; era un muchacho
acostumbrado a la conversación y ya había aprendido a manejar hábilmente la lengua.
Presionadas contra la cabeza de su hijo, las mejillas de Olimpia dibujaron una mueca de
sonrisa. El pequeño Alejandro casi nunca había oído que su madre se dirigiera a su padre sin que éste
le advirtiera de que mentía acerca de este o aquel asunto. El pensaba que ésa era una de las habilidades
de su madre, como también lo era la música para las serpientes que tocaba con su pequeña flauta de
hueso.
-Madre, ¿cuándo te casarás conmigo? ¿Cuando sea mayor y cumpla los seis?
-Pregúntame otra vez cuando cumplas seis años; a los cuatro se es demasiado joven para
contraer tan gran compromiso -le dijo, después de besarle la nuca, mientras deslizaba los dedos por su
espalda.
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-Cumpliré los cinco en el mes del León. Te amo -ella lo besó sin decir nada-. ¿Tú me amas aún
más?
-Te amo tanto que quizá te devore.
-Pero, ¿de veras me amas? ¿Me amas demasiado?
-Te amaré mucho cuando seas bueno.
-No -contestó, rodeándola por la cintura con sus rodillas y golpeándole los hombros-. Di que en
realidad me amas más que a nadie, más que a Cleopatra.
Ella emitió un leve sonido, más que de reproche, de cariño.
-¡Me amas! ¡Me amas¡ ¡Me amas más que al Rey! -el muchacho pocas veces decía “padre”,
siempre que podía evitar decirlo, y sabía
que eso no la disgustaba. Por sus gestos, percibió una sonrisa silenciosa.
-Quizá -dijo Olimpia.
Victorioso y alegre, deslizó su cuerpo hacia abajo y le dijo:
-Si prometes amarme más que a nadie, te daré un regalo.
-Oh, tirano, ¿qué podrá ser?
-Mira, encontré a Glauco dentro de mi cama.
Retiró un poco la manta y le mostró la serpiente. El reptil había vuelto a enredársele en la
cintura; al parecer, le era agradable ese lugar. Ella miró la lustrosa cabeza de la serpiente, la cual,
siseándole suavemente, pasó de la cintura del pequeño a su blanco pecho.
-¿Por qué? ¿Dónde la encontraste? Esta víbora no es Glauco; es de su misma clase, sí, pero ésta
es mucho más grande.
Ambos se quedaron mirando a la serpiente; la mente del pequeño se llenó de aires de orgullo y
misterio. Golpeó suavemente el cuello erecto del animal, tal como le habían enseñado, y éste se volvió
a quedar recostado.
Olimpia estaba boquiabierta y sus pupilas tan dilatadas que invadían el iris grisáceo de sus ojos;
a él le parecían como de seda. Sus brazos rodeaban al pequeño Alejandro y le sostenían al alcance de
sus ojos.
-La serpiente te conoce -susurró en el oído de su hijo-. Esta noche asegúrate de que cuando
llegue no sea la primera vez; debe acercarse a ti muy despacio mientras duermes. Fíjate siempre en lo
fiel que te es; te conoce muy bien. Ella viene de dios, es tu duende, Alejandro.
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La luz de la lámpara titilaba; las cenizas caían entre las brasas, y la llama se tornaba de color
azul. De repente, la serpiente lo apretó como si quisiera compartir con él algún secreto; sus escamas
destilaban un líquido parecido al agua.
-La llamaré Tiche -dijo Alejandro al sentirla-. Beberá su leche en mi copa de oro. ¿Crees que
me hablará alguna vez?
-¿Quién sabe? Es tu duende. Escucha, te contaré...
En ese momento, los ruidos de la estancia -hasta entonces apagados- irrumpieron
escandalosamente, como si las puertas del cuarto se hubieran abierto. Los hombres se gritaban uno al
otro las buenas noches, bromeaban o se burlaban como lo hacen sólo los borrachos. El estrépito
desbordaba las puertas, inundando el cuarto. Olimpia se quitó de encima el cuerpo de su hijo, lo puso a
su lado y le dijo suavemente: “No importa, él no entrará aquí”. Sin embargo, el pequeño sintió la
tensión de su cuerpo vigilante. Se dejó oír el ruido de unos pies pesados que avanzaban a tropiezos, y
maldiciones. De pronto retumbó en el suelo la base de la lanza de Agis y el golpeteo característico de
la presentación de armas. Arrastrándose, los pies subieron la escalera. De pronto se abrió la puerta y
tras ella irrumpió Filipo, que empezó a desnudarse sin siquiera mirar la cama.
Al verle entrar, Olimpia recogió el embozo y tapó su cuerpo. Por un momento, el niño, cuyos
ojos se movían alarmados, se alegró de estar escondido, pero pronto empezó a sentir terror del peligro
que no podía ver ni afrentar desde su posición fetal dentro de aquellas entrañas de lana. Como era
mucho mejor saber que adivinar, se decidió a hacer una mirilla entre la ropa de la cama.
El rey estaba desnudo, y apoyaba un pie en el acolchado banquillo del tocador, tratando de
desatar la cinta de su sandalia. Su barbudo rostro estaba inclinado a un lado, viendo lo que hacia,
mientras su ojo ciego parecía mirar hacia la cama.
Durante un año, o más, cada vez que algún sirviente cogía al pequeño Alejandro de las manos
de las mujeres, él recorría los cuadriláteros de lucha por dentro y por fuera. Lo mismo le daba andar
entre cuerpos desnudos o vestidos, salvo cuando quería ver las heridas de batalla de los hombres; pero,
aun así, la desnudez de su padre, pocas veces contemplada, siempre le había desagradado. Además,
desde que perdió el ojo, su apariencia era horrorosa.
Al principio, Filipo tapaba su herida con un vendaje, desde el cual resbalaban lágrimas teñidas
de sangre que discurrían por entre su espesa barba. Luego se le cayó y las lágrimas se le secaron. El
párpado, agujereado por la flecha en su trayectoria, estaba fruncido y veteado de rojo, y las pestañas
pegadas con una sustancia resinosa y amarilla. Los antebrazos, muslos y pecho estaban cubiertos de
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pelo negro como el de la barba; desde su panza corría una senda de pelos que terminaba en la
entrepierna.
De repente, el rey sintió náuseas y vomitó, dejando ver un gran hueco entre sus dientes; su
porquería llenó el ambiente de un olor a vino añejo y fermentado. En ese momento, el pequeño
Alejandro cerró su mirilla; súbitamente identificó a su padre con el ogro Polifemo -también dueño de
un solo ojo-, quien atrapó y devoró crudos a los marinos de Ulises.
Olimpia se había levantado apoyándose en uno de sus codos, mientras con la otra mano
presionaba las mantas contra su pecho.
-No, Filipo, esta noche no. Todavía no -dijo.
El rey dio una zancada hacia la cama y dijo en voz alta:
-¿Todavía no? -jadeaba por haber subido la escalera con el estómago vacío-. Me dijiste que
dentro de un mes. ¿Acaso crees que no sé contar, perra molosa?
El niño sintió que la mano de su madre, que le rodeaba por la cintura, se crispaba. Cuando
respondió nuevamente, su voz ya era agresiva.
-¿Cuántas copas de vino has bebido? En ese estado no eres capaz de distinguir el invierno de la
primavera. Ve con tu preferido, para él todos los días del mes son iguales.
El pequeño Alejandro aún no sabia mucho acerca de esas cosas, pero su instinto le indicaba
más o menos de lo que se trataba. Desaprobaba al nuevo joven que andaba con su padre, pues se daba
muchos aires; además, no soportaba los secretos que compartían. Al sentir el cuerpo de su madre
rígido y duro, contuvo la respiración.
-¡Eres una gata salvaje! -gritó el rey.
El niño le vio arrojarse sobre ellos, como hizo Polifemo con sus víctimas. Parecía estar
completamente fuera de si. Era un espectáculo aterrador, e incluso el apéndice que colgaba de la negra
espesura de su entrepierna se extendía furiosamente hacia delante.
El pequeño estaba entre los brazos de su madre, hundiendo sus dedos en uno de los costados de
su cuerpo. De pronto, Filipo levantó la ropa de la cama y retrocedió rápidamente maldiciendo y
señalando el lecho. Pero esta vez sus gritos no iban contra ellos, pese a que su ojo ciego así parecía
indicarlo. El niño se dio cuenta de por qué su madre no se había sorprendido al sentir a la serpiente
junto a ella: allí estaba Glauco, que debía haberse dormido.
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-¿Cómo te atreves? -dijo el rey ásperamente, en medio de un nuevo ataque de náusea-. ¿Cómo
te has atrevido, si ya te había prohibido que metieras en mi cama a tu inmundo reptil? ¡Hechicera,
bárbara, bruja!
Súbitamente interrumpió sus amenazas. El desprecio y el odio que vio en la mirada de su
esposa le obligaron a desviar su ojo sano hacia el pequeño. Sus dos caras se enfrentaron: la del
hombre, enrojecida por el vino, la furia, y ahora más roja aún por la vergüenza, y la del niño, brillante
como una joya montada en oro, con sus ojos azul-grises grandes y fijos, con su piel suave y tierna en
estado de tensión a causa de la angustia, entumecido hasta los huesos.
Murmurando algo, Filipo alcanzó instintivamente sus ropas para cubrir su desnudez, aunque ya
no era necesario. Había sido insultado, exhibido y descubierto por su esposa, y si hubiera tenido la
espada al alcance de su mano, la hubiese asesinado.
Hasta ese momento, el rey no había reparado en el cinturón viviente de su hijo que, molesto por
tanto jaleo, empezó a enroscarse y a levantar la cabeza.
-¿Qué es eso? -preguntó agitando acusadoramente un dedo-. ¿Qué tiene enroscado mi hijo?
¡Eso es cosa tuya! ¿Ya empiezas a enseñarle? ¿Le introduces en tu mundo marginal de serpientes
bailarinas, le presentas a tu tremendo gurú? Déjame decirte que no lo toleraré. Escucha lo que digo
antes de que te pase algo; prometo por Zeus que lo sentirás. Nunca olvides que mi hijo es un griego y
no uno de tus salvajes montañeses.
-¡Salvajes! -la voz de Olimpia alcanzó un tono muy elevado para luego caer hasta uno muy
bajo, casi apagado, similar al de Glauco cuando se enfurecía-. Óyeme, patán, mi padre desciende
directamente de Aquiles y mi madre viene de la casa real de Troya. Mis antepasados ya eran hombres
prominentes cuando los tuyos eran labradores en Argos. ¿Acaso no te has mirado en el espejo? Todo el
mundo puede ver el tracio que hay en ti. Si nuestro hijo es griego, ten la seguridad de que esa gracia le
viene de mí. En Epiro nuestra sangre sigue siendo pura.
Los dientes de Filipo rechinaron, se ajustó su barbilla y se le hundieron los pómulos. Pese a los
hirientes insultos, se contuvo, pues recordó que el niño estaba allí.
-No mereces mi respuesta. Si dices ser griega, muestra tu educación de mujer griega y déjanos
ver un poco de modestia.
En ese momento, dos pares de ojos grises se le quedaron mirando desde la cama, y el rey sintió
su desnudez.
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-Daré a mi hijo la instrucción griega, la cultura y la civilización, exactamente como yo la recibí.
Que no se te olvide jamás.
-¡Oh, Tebas! -dijo Olimpia en tono blasfemante- ¿Otra vez Tebas? Sé lo suficiente de ese lugar.
¡Allí te hicieron griego, allí conociste la civilización, en Tebas! ¿Has oído a algún ateniense hablar de
Tebas? La patanería es un escarnio para Grecia. No seas estúpido. Atenas, pura palabrería; sus grandes
momentos se construyeron en Tebas. Si los atenienses tuvieran vergüenza, no hablarían de Tebas.
-Tu deberías hacer eso. ¿Qué hacías en Tebas?
-Me cogieron como rehén, como garantía política. ¿Acaso firmé yo el pacto que hicieron mis
hermanos? ¿Lo arrojaste ante mis ojos? Sólo tenía dieciséis años y encontré en ellos más cortesía de la
que tú jamás mostraste. Ellos me enseñaron la guerra. ¿Qué fue de Macedonia cuando murió Perdicas?
Cuando él y sus cuatro mil hombres cayeron ante los ilirios, los campos quedaron sin cultivo, pues
nuestra gente temía dejar las fortalezas de la montaña. Todos ellos habían sido dueños de las ovejas
cuya piel usaban para vestirse, pero en ese momento apenas lograban conservar algunas pocas. Si no
hubiera sido porque Bardiya se preparaba, pronto los ilirios se lo hubieran llevado a todo. Ahora bien,
sabes lo que somos y dónde están nuestras fronteras. Crucé Tebas con los hombres que me
convirtieron en soldado y llegué a ti para hacerte rey. Toda tu parentela se alegró por eso.
El niño, abrazado a un costado de su madre, sintió cómo su respiración se hacia cada vez más
jadeante. A ciegas, esperaba que se desatara la inevitable tormenta. Sus dedos se aferraban a la ropa de
la cama; en aquel momento se dio cuenta de que se había olvidado de si mismo y de que estaba solo.
Finalmente, la tormenta se desató.
-Te convirtieron en soldado, ¿eh? ¿Y qué más? ¿Qué más? -el pequeño podía sentir las venas
de su madre crispadas por la ira-. A los dieciséis años fuiste al sur y desde entonces tus rumores lo han
llenado todo, ¿acaso piensas que no sé quiénes son? Aquella puta, Arsinoe, esposa de Lago, es
demasiado vieja para ser tu madre... Así que el gran Pelópidas te enseñó las cosas que dieron fama a
Tebas: ¡batallas y hombres!
-¡Silencio! -continuó Filipo, en un tono demasiado bajo para tan ardua discusión-. ¿No
muestras decencia ante tu hijo? ¿No te das cuenta de lo que ha estado viendo y escuchando dentro de
esta habitación? Escucha, mi hijo debe crecer civilizado, así tenga que...
La risa de Olimpia apagó la voz de su marido. Retiró su mano del pequeño y echó el cuerpo
hacia delante, equilibrando su peso con los brazos abiertos y las palmas extendidas sobre la cama -su
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pelo rojo caía hacia delante sobre sus pechos desnudos, cubriendo los ojos y la boca de su hijo-, y en
esa posición rió hasta que el eco de su risa llenó la estancia.
-¿Tu hijo? -gritó-. ¡Tu hijo!
El rey Filipo respiraba como si acabara de terminar una gran carrera; dio una zancada y levantó
la mano amenazadoramente. Saliendo de su inmovilidad casi perfecta, con su movimiento centelleante,
el pequeño Alejandro retiró la cortina de cabello que lo ocultaba y se paró retadoramente sobre la
cama. A causa de la dilatación de las pupilas, sus ojos grises se veían casi negros y su boca estaba
blanca y seca. Luego golpeó el brazo levantado de su padre, que, sin salir de su asombro, lo retiró.
-¡Lárgate! -gritó el niño, furioso como un gato salvaje-. ¡Vete de aquí, ella te odia! ¡Aléjate,
que se casará conmigo!
El rey, boquiabierto, con su único ojo desorbitado, se quedó, por un instante, de una pieza,
como si alguien le hubiera aporreado la cabeza. Luego se inclinó hacia delante, cogió a su hijo por los
hombros, lo levantó por los aires con una sola mano, mientras con la otra abrió las pesadas puertas, y
lo echó fuera. Pillado por sorpresa y rígido a causa de un ataque de rabia, el jovencito no hizo nada por
amortiguar la caída.
El joven Agis dejó caer estrepitosamente su lanza, se deshizo de su escudo y subió brincando la
escalera para agarrar al niño. Al llegar al tercer escalón lo atrapó; su cabeza parecía no haber sufrido
ningún golpe y tenía los ojos bien abiertos. Escaleras arriba, el rey Filipo se detuvo con la puerta en la
mano, y no la cerró sino hasta asegurarse de que todo estaba bien (aunque esto no lo sabía el pequeño).
Unida al cuerpo del niño, asustada y magullada, la serpiente se liberó de él cuando empezó a
caer; apenas tocó el suelo, se deslizó escalera abajo y se perdió en la oscuridad.
Tras el sobresalto inicial, Agis pudo ver a la serpiente, pero el niño era un problema que
absorbía toda su atención, así que lo cogió en brazos, lo llevó escalera abajo y, tras sentarse en el
último escalón, lo puso sobre sus rodillas para examinarlo bajo la luz de la antorcha que colgaba de la
pared. Sintió su cuerpo rígido como una tabla, y vio que sus ojos se habían vuelto hacia dentro,
dejando ver tan sólo los globos blancos.
-Por todos los demonios -dijo para si-, ¿y ahora qué hago? Si abandono mi puesto, me matará el
capitán; si el niño muere en mis brazos, será el rey quien me liquide.
El año anterior, antes de que empezara el reinado de la nueva favorita de Filipo, éste había
examinado el lugar de guardia haciéndose el tonto. Pero ahora ya sabía demasiado. Agis pensó que su
suerte podría cambiarse por un saco de alubias. Mientras tanto, los labios del niño empezaron a
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ponerse azules. En la esquina opuesta se veía la gruesa capa de lana del joven guardia, lista para
cubrirlo del frío de la madrugada. Se levantó, la recogió, hizo un doble entre el cuerpo del pequeño y
su dura pechera y lo envolvió.
-Ven -le dijo ansiosamente-. Ven, ya verás que todo está bien.
El niño parecía haber dejado de respirar. ¿Qué hacer? ¿Abofetearlo como se hace con las
mujeres que caen retorciéndose de risa? Si así lo hiciera, podría matarlo...
Sus ojos se movían agitadamente; ya empezaba a desesperarse cuando, de pronto, el niño tomó
aire con un escandaloso suspiro y lanzó un violento grito.
Profundamente aliviado, Agis soltó el manto y dejó que se le deslizara por entre sus cansadas
extremidades. Sosteniendo al pequeño con firmeza, pero sin apretarle demasiado, chasqueó la lengua y
refunfuñó como si quisiera calmar a un caballo aterrorizado... Arriba, en la recámara, Olimpia y Filipo
seguían insultándose. Al cabo de un rato, Agis pensó que el escándalo continuaría.., pues había estado
escuchándolo durante casi toda la noche.
El pequeño Alejandro comenzó a llorar, pero su llanto no duró mucho: se había salido tanto de
sus casillas, que no tardó en tranquilizarse. Descansaba recostado, mordiéndose el labio inferior,
haciendo pucheros y mirando a Agis, quien repentinamente trató de recordar su propia edad.
Luego le enjugó las lágrimas con su manto y lo besó, tratando de imaginar cómo brillaría
cuando le llegara la edad del amor y, motivado por el gesto casi varonil de su pequeño rostro, le dijo:
-Ese es mi pequeño capitán. Ven, querido, haremos guardia juntos y nos cuidaremos el uno al
otro, ¿eh?
Después lo envolvió en su capa y lo acarició. Al cabo de un rato, la quietud, el calor y la
inconsciente sensualidad de los cuidados del centinela fueron dejando en el niño la vaga sensación de
que Agis sentía por él más admiración que lástima. Entonces empezó a sanar la profunda herida que
había sufrido su amor propio; dentro de sí, empezó a cerrársele, cicatrizando totalmente. Después sacó
su cabeza de la capa y miró a su alrededor.
-¿Dónde está mi Tiche?
¿Qué excentricidad se proponía el niño al invocar así a su fortuna?
-Mi serpiente, mi duende, ¿para dónde se fue? -añadió al ver que el rostro de Agis palidecía.
-¡Ah! Tu talismán -Agis pensó que se refería a la repulsiva mascota de la reina-. Fue a
esconderse un rato, pero pronto regresará -continuó, y lo arropó mejor, pues empezaba a tiritar de frío.
Después de una breve pausa, Agis continuó:
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-No lo tomes tan a pecho, tu padre no quiso hacerlo, fue culpa del vino que le emborrachó. Yo
mismo me he golpeado la cabeza por beber demasiado.
-Cuando crezca... -interrumpió Alejandro, contando con sus dedos hasta diez-. Cuando sea
grande, lo mataré.
-¡Sssh...! -susurró Agis tomando aire por entre sus dientes inferiores-. No digas eso, los dioses
detestan a quienes asesinan a sus padres y sobre ellos se desata la furia de las Euménides.
Acto seguido, empezó a describírselas detalladamente, pero cuando se dio cuenta de que su
oyente abría desmesuradamente los ojos, interrumpió el relato, pues ya había tenido demasiadas
emociones en un solo día.
-Todos sufrimos esta clase de golpes cuando somos jóvenes; de ellos aprendemos a soportar
nuestras heridas cuando partimos a la guerra. Oye, acércate y mira lo que conseguí la primera vez que
luché contra los ilirios.
Al decir estas palabras, Agis se levantó el faldón de lana hasta los muslos y le mostró una
enorme cicatriz con un gran hoyo en la parte en que se le había hundido la punta de la lanza, el cual
casi le llegaba al hueso. Respetuosamente, el niño miró la cicatriz y pasó sus deditos sobre ella para
sentirla.
-Bien -dijo Agis, cubriéndose de nuevo-, ya puedes imaginar lo que me dolió esta herida. ¿Y
sabes qué fue lo que me impidió salir gritando y quedar en ridículo ante mis compañeros? Los tirones
de oreja de mi padre, ¡si, señor! El tipo que me hizo esta herida no vivió para contarlo; él fue el
primero que me cargué. Cuando le mostré a mi padre su cabeza, él, como premio, me dio mi talabarte,
me puso el cinturón y llamó a los familiares para festejar mi primera victoria.
El centinela echó un vistazo al pasillo. ¿Acaso nadie pasaría por allí para llevarse al pequeño a
la cama?
-¿Puedes ver a mi Tiche? -preguntó.
-No debe andar lejos; es una serpiente hogareña que no suele vagabundear. Ya verás qué pronto
viene por su leche. No todos tienen la suerte de poseer una víbora domesticada. Ahora no me cabe la
menor duda de que la sangre de Heracles corre por tus venas.
-¿Cómo llamaba él a su serpiente?
-Cuando era apenas un recién nacido, dos serpientes se deslizaron hasta su cuna.
-¿Dos? -preguntó el niño, frunciendo el entrecejo.
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-¡Ah!, pero esas dos víboras era malas. Hera, la esposa de Zeus, las había enviado para que le
ahorcaran, pero él las agarró por la cola, una en cada mano, y...
En ese punto Agis suspendió la historia, maldiciéndose a si mismo por impertinente. El
pequeño podría tener pesadillas o quizá -y lo más seguro- iría por allí en busca de alguna serpiente a la
que pudiera ahorcar.
-Bueno, verás -continuó-. Esto le ocurrió a Heracles sólo porque era hijo de un dios. Pasaba por
hijo del rey Anfitrión, pero en realidad Zeus lo había engendrado en el vientre de la esposa del rey.
Hera estaba celosa y por eso envió a las serpientes.
El niño escuchaba atentamente.
-Y entonces tuvo que ponerse a trabajar -interrumpió-. Pero, ¿por qué trabajaba tan
intensamente?
-Euristeo, el siguiente rey y hermano suyo, le tenía envidia, pues sabia que era un hombre
superior, un héroe y un semidiós, mientras él sólo era un mortal. ¿Comprendes? Si Hera no se las
hubiera arreglado para lograr que Euristeo fuera el primogénito, el trono le hubiera correspondido a
Heracles. Por eso él tuvo que trabajar tan laboriosamente.
El niño asentía con la cabeza como quien ha comprendido todo.
-Tenía que demostrarles a todos que él era el mejor.
Agis dejó escapar estas palabras. Luego, al otro lado del pasillo, oyó que el capitán de la
guardia nocturna se acercaba.
-Nadie ha pasado por aquí, señor -aclaró-. No me explico qué es lo que ha estado haciendo la
nodriza. El niño estaba muerto de frío y vagaba por la alcoba de su madre, diciendo que buscaba a su
serpiente.
-¡Perra asquerosa! Despertaré a alguna esclava para que vaya y despierte a la nodriza; ya es
demasiado tarde como para molestar a la reina -dijo el capitán, alejándose con vigorosos pasos.
-Ya es hora de ir a la cama, mi pequeño Heracles -le dijo el centinela, al tiempo que lo cogía y
le daba una suave nalgada.
Cariñosamente, el pequeño Alejandro se estiró y le echó los brazos al cuello; además de no
haberlo denunciado ante sus superiores, Agis compartía sus secretos, y no había nada mejor que un
buen amigo en quien confiar sus intimidades, que era lo único que el chico podía ofrecer.
-Si regresa mi Tiche, dile dónde estoy. Ella me conoce por mi nombre.
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Tolomeo, conocido como hijo de Lago, dirigió su nuevo caballo hacia el lago Pella, cuyas
orillas ofrecían un buen terreno para la equitación. El caballo sobre el que galopaba era el último
regalo de Lago, que en los últimos tiempos se había vuelto muy indulgente con él, a pesar de haberle
dado una infancia muy poco feliz. Como acababa de estrenar su lanza en el combate, desde entonces
pudo sentarse a compartir sus hazañas con los hombres mayores. Durante una escaramuza fronteriza,
logró atravesar con su lanza a un enemigo, y cambió su cinturón de muchacho por un talabarte de piel
roja con dos dagas de mango de cuerno en las fundas. Había convenido en guardar la reputación de
Lago en el combate y lo logró. Al final, los dos se portaron muy bien entre sí y el rey se portó muy
bien con ambos.
A lo lejos, entre el pinar y el lago, vio que Alejandro le llamaba por señas y fue a su encuentro;
se había encariñado demasiado de aquel pequeño que parecía no encajar en ninguna parte: era muy
listo para un niño de siete años, aunque todavía no los tenía, y demasiado pequeño para juntarse con
los muchachos mayores. Venía galopando a través de la ciénaga -el verano había formado coágulos de
lodo en torno a los esmirriados carrizos-; los enormes perros que le acompañaban buscaban ratas
almizcleras y regresaban sobre sus pasos presionando sus enlodadas narices contra las orejas
de Alejandro (lo cual podían hacer sin levantar del suelo sus patas delanteras).
-¡Aúpa! -exclamó Tolomeo, cogiendo al niño por las ropas y enderezándolo sobre la silla de
montar; luego cabalgaron juntos hacia campo abierto para dar rienda suelta a los caballos.
-¿Sigue creciendo todavía ese perro tuyo?
-Si, sus patas aún son más largas que el cuerpo.
-Tenias razón, es moloso de padre y madre. Ya le está creciendo la melena.
-Cerca de aquí quería ahogarlo aquel hombre.
-Si no conoces al dueño, no siempre recuperas lo de la crianza.
-El hombre le había atado una gran piedra al pescuezo y decía que sólo era una basura.
-He oído decir que ese perro terminará por morder a alguien, y a mi no me gustaría ser una de
sus victimas.
-Es demasiado pequeño para morder. Ya está. Mira, ya nos podemos ir.
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Contento de poder estirar sus largas patas, el perro recorrió con ellas toda la costa del lago que
une Pella con el mar. Conforme los jinetes cabalgaban por sus márgenes, desde los juntos les llegaban
los graznidos y aleteos de grullas y garzas, asustadas por aquel escándalo.
La transparente voz de Alejandro entonaba el himno de la caballería: iba desde el impetuoso
crescendo hasta el pausado ritmo de la carga. Su cara estaba enrojecida; desde el copete, su pelo
ondeaba con el viento, y sus ojos grises parecían azules. Todo en él brillaba.
Tolomeo aflojó las riendas para dar un respiro a su caballo y ensalzó sus virtudes, a lo que
Alejandro respondió como un experto caballerizo. Entonces, Tolomeo, que a veces se sentía
responsable, le preguntó:
-¿Sabe tu padre que pasas mucho tiempo entre los soldados?
-¡Oh!, sí. Él dijo que Silano podía enseñarme a tirar al blanco y Menestas a cazar. Sólo salgo
con mis amigos.
-Si eso ha dicho, pronto te corregirás.
Tolomeo sabia que el rey prefería que su hijo anduviera con la soldadesca a verle todo el día
pegado a las faldas de su madre. Dirigió el caballo sobre una cantera, hasta que se le metió una piedra
en uno de sus cascos y tuvo que desmontar para quitársela.
Sobre su cabeza escuchó la pregunta del muchacho.
-Tolomeo, ¿es verdad que tú y yo somos hermanos?
-¿Qué? -respondió sorprendido, soltando el caballo, que empezó a trotar.
Alejandro cogió inmediatamente las riendas y las sostuvo con firmeza; pero el joven,
desconcertado, siguió caminando por delante del caballo. El niño sintió que algo andaba mal y
continuó sobriamente:
-Eso decían en la sala de guardia.
Continuaron su marcha en silencio. Consternado, más que molesto, Alejandro esperó
respetuosamente la respuesta.
-Es posible que así sea -respondió Tolomeo finalmente-. Pero si ellos no se atreven a decírmelo
en la cara, tú tampoco debes hacerlo. Mataré al hombre que me lo diga.
-¿Por qué?
-Bueno, porque debo hacerlo. Eso es todo.
No hubo réplica. Tolomeo vio, consternado, que había herido profundamente al niño, pues
hubo algo que no tuvo en cuenta.
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-Ven -dijo torpemente-. Si un gran muchacho como tú no sabe por qué... Por supuesto, a mi me
gustaría ser tu hermano, no hay nada malo en ello, nada. Pero mi madre se casó con Lago, y si acepto
que él es mi padre, también acepto que soy un bastardo. ¿Sabes lo que eso significa?
-Si -respondió Alejandro, consciente de que ése era el peor insulto.
Envuelto en una gran confusión, Tolomeo cumplió con su hermano: sus preguntas directas
requerían respuestas directas. Aunque el niño había escuchado atentamente entre sus amigos de la sala
de guardia, al parecer, aún creía que para tener descendencia se necesitaba algo más mágico. Una vez
que el joven reflexionó cuidadosamente sobre este asunto, se sorprendió por el largo y respetuoso
lapso de silencio que guardó el niño.
-Bueno, ¿y qué es eso? -dijo finalmente-. Después de todo, ésa es la forma en que venimos al
mundo y no hay nada de malo en ello: así nos hicieron los dioses.
Pero las mujeres deben hacerlo sólo con su marido; si no, el niño que nazca será un bastardo. Por eso
aquel hombre del que me hablabas quería ahogar al perro, por miedo de que su raza no fuera pura y
verdadera.
-Si -respondió el pequeño y se hundió nuevamente en sus reflexiones.
Tolomeo se sintió desgraciado. Durante su infancia, cuando Filipo era sólo un jovenzuelo, le
había hecho sufrir mucho y sólo tiempo después logró dejar de sentirse avergonzado. Si su madre
había estado soltera durante la preñez, alguien podía haberle reconocido y así ella no hubiera sufrido.
Entonces sintió haber obrado mal por no haberle contado eso, pero una cuestión de pudor se lo había
impedido.
Alejandro miraba fijamente hacia delante. Sus manitas sucias empuñaban las riendas con
firmeza, mientras continuaba inmerso en sus propias cavilaciones sin exigir mucho de sus
pensamientos. Su carácter era casi caprichoso -lo cual perduró hasta la edad adulta-, y tenía un aire de
inquietud. A través de su regordeta cara de cachorro, se podía adivinar un perfil definido y recto como
de joya bien pulida. “Es la viva imagen de su madre; nada tiene de Filipo”, pensó Tolomeo.
De pronto, como la luz de un relámpago, le asaltó un pensamiento: desde que se sentó a comer
con los hombres, empezó a escuchar historias acerca de la reina Olimpia. Decían que era extraña,
turbulenta, misteriosa y salvaje como las ménades de Tracia, capaz de causar mal de ojo con sólo
santiguarse. Contaban que el rey la había encontrado, como cabía esperar, dentro de una cueva
iluminada tan sólo por la luz de una antorcha, en los misterios de Samotracia, que el rey se había
vuelto loco por ella a primera vista, aun antes de saber de qué casa procedía, y que la había traído
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consigo triunfalmente, junto con un provechoso tratado. También se decía que en Epiro, hasta hacia
muy poco tiempo, las mujeres habían gobernado sin los hombres. Algunas veces sonaban tambores y
platillos en su jardín durante toda la noche, y extraños silbidos salían de su cuarto. Decían que
copulaba con serpientes..., cuentos de viejas, pero, ¿qué pasó realmente en la cueva? ¿Sabia el niño -
tan apegado a su madre- más de lo que debía? ¿Sería suficiente por ahora llevarlo a casa?
Entonces, como si se hubiera movido una de las piedras de la boca del infierno dejando en
libertad un enjambre de murciélagos chillones, pasó por la mente de Tolomeo una serie de sangrientas
historias, de hacia siglos, sobre las luchas por el trono de Macedonia: pequeñas tribus luchando por
unirse y formar un reino mayor, asesinatos entre familiares por convertirse en rey, guerras, matanzas,
traiciones, emboscadas en los campos de caza, cuchilladas en la espalda, en la soledad, al hacer el
amor. El no era un hombre sin ambiciones, pero la sola idea de hundirse en aquel torrente le hizo sentir
frío hasta la médula de los huesos. Sus conjeturas eran peligrosas; además, ¿qué pruebas podría haber?
Allí estaba el muchacho con sus problemas, y había que olvidar el resto.
-Pon atención -le dijo-. ¿Guardarías un secreto?
Alejandro juntó las manos y, obligado por las graves ofensas que había proferido, pronunció
cuidadosamente un juramento.
-Es el más dramático -concluyó-. Silano me lo enseñó.
-Un juramento así es demasiado radical, te eximo de llevarlo a cabo. Debes cuidarte de
establecer esta clase de compromisos. Ahora bien, la verdad es que tu padre me engendró en el vientre
de mi madre; pero en aquel entonces apenas era un niño, sólo tenía quince años. Todo eso sucedió
antes de que partiera para Tebas.
-¡Oh! Tebas -repitió la voz del pequeño.
-A pasar de su corta edad, ya que era un hombre maduro, y la gente lo conoció por eso. Bueno,
nunca olvides que un hombre no puede conservarse casto hasta el matrimonio; es más, para serte
franco, yo hubiera hecho lo mismo. El problema es que mi madre ya estaba casada con mi padre, así
que hablar del asunto es deshonroso para ellos. Ésa es una de las ofensas que un hombre debe lavar
con sangre. No importa si comprendes o no el porqué, pero así es.
-Nunca hablaré -sus ojos, de por si más profundos que los del resto de los niños de su edad,
estaban fijos en la lejanía.
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Tolomeo jugueteaba nerviosamente con el arnés del caballo; sus pensamientos lo mantenían
incómodo e intranquilo: “¿Qué podía hacer? Cualquier otro se lo hubiera dicho algún día”, pensaba. El
niño que había en él llegaba al rescate del hombre derrotado. De pronto, detuvo su caballo.
-Bueno, si nos hermanáramos mediante un pacto de sangre, podríamos comunicar a todo el
mundo nuestro parentesco sin temor. Pero, ¿sabes lo que tenemos que hacer?- añadió hábilmente.
-¡Por supuesto que lo sé!- respondió. Cogió las riendas con la mano izquierda y extendió la
mano derecha con el puño hacia abajo, mostrando las venas.
-Vamos, corta aquí mismo.
Tolomeo vio en el brillo de los ojos del pequeño la concentración que sólo dan el orgullo y la
decisión, y sacó la afilada daga nueva de su funda de piel roja.
-Espera, Alejandro -dijo-, lo que vamos a hacer es algo muy solemne. Desde ahora, y hasta la
muerte, tus enemigos serán míos y los míos tuyos. Jamás lucharemos entre nosotros, aunque nuestras
familias se hicieran la guerra mutuamente. Si yo muriese fuera de nuestras tierras, tú harías mis
funerales, y lo mismo haría yo en caso de que tú fueses el muerto. Nuestro pacto significa todo esto.
-Lo prometo. Puedes cortar aquí.
-No necesitamos tanta sangre -dijo y, evitando tocar las venas, hizo un ligero corte sobre la
piel; luego cortó la suya y unió ambos cortes.
-Está listo -dijo. Y bien hecho, pensó; algún duende propicio dirigió mi mano. Ahora ya nadie
podrá volver a decirme: “Él sólo es el bastardo de la reina y tú el del rey, así que reclama tus
derechos”.
-Vamos, hermano -le interrumpió el pequeño-. Monta en tu caballo, que ya recuperó el aliento.
Ahora, en realidad, podemos irnos.
Las caballerizas reales estaban construidas sobre un amplio terreno cuadrangular, con ladrillo
estucado y columnas de piedra. En esta ocasión estaban medio vacías porque el rey se había llevado
los caballos a sus maniobras, como solía hacerlo siempre que se le ocurría alguna nueva táctica militar.
Desde su puesto de observación, Alejandro veía una yegua que acababa de parir.
Como no había nadie cerca que le advirtiera de lo peligrosas que son las yeguas en esos momentos, se
deslizó junto a ella y acarició al potrillo, mientras la madre resollaba nerviosamente. Al cabo de un
rato, la yegua le dio un ligero empujón, como diciéndole que ya era suficiente, que los dejara solos.
La caballeriza estaba llena de una mezcla de olores a orines de caballo, paja, piel, parafina y
linimentos. Tres caballos extraños acababan de entrar y algunos mozos extranjeros en calzoncillos les


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