Segunda parte

frotaban los músculos. Un esclavo limpiaba las guarniciones que se ponen en la cabeza de los caballos,
las cuales estaban adornadas irregularmente. Las piezas que sostenían el bocado del arnés estaban
construidas con placas doradas, labradas con toros alados y rematadas con plumas rojas. Los tres
animales eran de buena talla y músculos poderosos, pero apenas una frágil cuerda los detenía.
El mayordomo de turno le había dicho al jefe de caballerizos que los bárbaros deberían pasarlo
bien hasta que llegara el rey.
-Todos los de la falange de Brisón aún están practicando con sus enormes lanzas -dijo el niño,
que apenas podía levantar uno de sus extremos-. ¿De dónde vienen esos caballos?
-De Persia. El Gran Rey envió a sus jinetes a encontrarse con Menapis y Artabano.
Después de haber organizado una insensata revuelta, esos sátrapas tuvieron que huir a
Macedonia en busca de refugio; al rey Filipo le eran útiles y al pequeño le agradaban.
-Pero son nuestros huéspedes -reclamó Alejandro-. Mi padre no permitirá que el Gran Rey se
los lleve para asesinarlos. Diles a esos hombres que mejor no esperen.
-No, tengo entendido que ya fueron perdonados y que pueden regresar a su hogar con toda
libertad. Además, la costumbre nos obliga a agasajar a los embajadores, no importa qué mensaje
traigan.
-Mi padre no regresará antes del atardecer; de hecho, pienso que tardará un poco más, que está
con los de la infantería y aún no pueden ejecutar las órdenes abiertas y cerradas. ¿Debo ordenar que
traigan a Menapis y Artabano?
-No, no, los embajadores tienen que entrevistarse primero con el rey. Debemos enseñarles a
estos bárbaros que también nosotros sabemos cómo hacer bien las cosas. Atos, encierra aparte esos
caballos; los animales extraños casi siempre son portadores de enfermedades.
El niño tuvo tiempo de ver bien a los caballos y sus arreos, y se quedó pensativo un rato. Luego
se lavó los pies en el surtidero, miró su túnica y fue a cambiársela por una limpia. Algunas veces,
cuando la gente preguntaba a los sátrapas por las maravillas de Persépolis, les había oído hablar del
cuarto en donde estaba el trono, con su árbol dorado y su parra, así como de la amplia escalera, a
través de la cual bien podría pasar un desfile completo, y de los curiosos ritos de celebración. Era
evidente que los persas eran un pueblo ceremonioso. En la medida de sus posibilidades, y a cambio de
una buena dosis de dolor, el pequeño Alejandro se peinó solo.
En el cuarto Perseo, uno de los decorados por Zeuxis, donde se alojaba a los huéspedes
distinguidos, un chambelán vigilaba que dos esclavos tracios, cuyos cuerpos estaban llenos de tatuajes
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azules, preparasen pequeñas mesas con vino y pastelillos. Los embajadores estaban sentados en el
lugar de honor; tras de si tenían la pared en la que Zeuxis había pintado a Perseo rescatando a
Andrómeda de las garras del dragón.
Se decía que Perseo era uno de los predecesores y también que había fundado Persia. Sin
embargo, su descendencia parecía haber cambiado: él estaba completamente desnudo, sólo calzaba sus
sandalias aladas, pero los embajadores estaban envueltos en esos grandes vestidos medos que los
desterrados llevaban durante el exilio. Salvo las manos y el rostro, cada poro de su piel estaba cubierto
con alguna prenda. Sus sombreros, negros y redondos, estaban bordados con lentejuelas, e incluso la
barba la llevaban adornada con pequeños anillos, como de concha de caracol, lo cual también las hacia
parecer bordadas. Las túnicas, ribeteadas, tenían mangas, y usaban unos calzones que eran un claro
signo de barbarie.
Había tres sillas dispuestas, pero sólo dos hombres barbudos estaban sentados. Detrás de la silla
del embajador principal estaba parado el joven ayudante de rostro arrogante y delicado a la vez, de
ojos negros y brillantes, piel color marfil y pelo largo y sedoso, negro como el azabache. Los mayores
hablaban entre sí, así que él fue el primero en ver al niño parado en la puerta. Al verlo, le lanzó una
sonrisa encantadora.
-Dios los guarde -dijo al cruzar la puerta-. Soy Alejandro, hijo de Filipo.
Los hombres barbudos se dieron la vuelta, inmediatamente se pusieron de pie y pidieron que el
sol lo iluminara. Seguro de si mismo, el chambelán les presentó.
-Por favor, siéntense. Pónganse cómodos, estarán agotados por el viaje.
El pequeño había escuchado estas frases hechas muchas veces, y las usó en aquel momento,
pues pudo darse cuenta de que los visitantes esperaban su permiso para sentarse. Luego se encaramó a
la silla del rey y se sentó; las suelas de sus sandalias no tocaban el piso, así que el chambelán hizo
señas a un esclavo para que le pusiera una banquetilla.
-He venido a agasajarlos, pues mi padre está fuera pasando revista a sus ejércitos. Lo
esperamos para el atardecer, pero todo depende de que la infantería ejecute bien las órdenes abiertas y
cerradas. Han estado trabajando intensamente y quizá hoy lo hagan mejor.
Los embajadores, seleccionados por la fluidez con que hablaban griego, hicieron una
reverencia. Ambos se sentían un tanto inseguros en la rústica jerga macedónica a causa de sus vocales
dóricas y consonantes bruscas, pero la voz del pequeño era muy clara.
-¿Es éste su hijo? -les preguntó.
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El embajador de mayor edad respondió modestamente que no, que era el hijo de un amigo
suyo, y los presentó. Con una reverencia, el joven se negó nuevamente a tomar asiento, que sonrió con
amabilidad. Los embajadores intercambiaron miradas de satisfacción, todo allí era maravilloso: el
hermoso príncipe de ojos grises, el pintoresco reino y la ingenuidad provinciana del lugar. ¡El rey en
persona entrenaba a las tropas! Era tanto como si el pequeño se jactara de que su padre, el rey, hacía su
propia comida.
-Si no comes, yo también tomaré uno de sus pastelillos -dijo uno de los extraños.
Alejandro tomó un pequeño bocado, pues no quería llenarse la boca. Lo que sabía de buenas
costumbres le indicaba que no debía extender demasiado las pequeñas charlas durante la comida; debía
ir directo al asunto.
-Menapis y Artabano se pondrán muy contentos al saber que han sido perdonados; con
frecuencia los he oído hablar de su hogar. Pueden decir al rey Ocos que jamás volverán a rebelarse.
A pesar de sus dificultades para entender la jerga macedónica, el embajador principal
comprendió las palabras del muchacho. Bajo sus bigotes esbozó una sonrisa y respondió que no dejaría
de darle su mensaje.
-¿Y qué hay del general Memnón? ¿También ha sido perdonado?
-Nosotros creemos que si, después de que su hermano Mentor ganó la guerra con Egipto.
Mentor, el rodio, es un destacado guerrero, y sin duda el Gran Rey debe estarle agradecido.
Los embajadores parpadearon sorprendidos.
-Memnón se casó con la hermana de Artabano, ¿y saben ustedes cuántos hijos tuvieron?
¡Veintiuno, y todos viven! Once varones y diez mujeres; debieron haber tenido casi siempre gemelos.
Yo sólo tengo una hermana y creo que con ella es suficiente.
Los enviados hicieron una reverencia; estaban al tanto de los problemas domésticos del rey.
-Memnón me contó cómo perdió la batalla; él habla macedonio -continuó el muchacho.
-Mi pequeño príncipe -dijo sonriendo el embajador de más edad-, tú debes aprender la guerra a
partir de las victorias y no de las derrotas.
Alejandro se quedó mirándolo pensativamente: a su padre siempre le costaba trabajo
determinar en qué se habían equivocado los perdedores. Además, Memnón había engañado a un amigo
suyo para venderle un caballo (en realidad, a él no le hubiera importado contar cómo perdió la batalla,
pero se dio cuenta de que podía sacar ventaja del asunto). Si el joven hubiera preguntado, las cosas
habrían sido completamente diferentes.
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El chambelán despidió a los esclavos, pero él permaneció en la estancia a la espera del rescate
que seguramente pronto necesitarían. El pequeño dio un pequeño mordisco a su pastelillo y se quedó
pensando en cosas más importantes; parecía no haber tiempo para nada.
-¿Cuántos hombres tiene el Gran Rey en sus ejércitos? -preguntó.
Los embajadores entendieron correctamente la pregunta y ambos sonrieron. Les convenía
hablar con la verdad, podía confiar en que el pequeño no la olvidaría.
-Su número es incontable -dijo el más anciano-. Son tantos como la arena del mar o las estrellas
en una noche sin luna.
Luego hablaron de los arqueros persas y medos, de la caballería y de los grandes caballos de
Nínive que montaban, de las tropas de reinos lejanos, de los yelmos con viseras y los garrotes con
picos de acero de los asirios; de los soldados partos y sus cimitarras curvadas; de los etíopes que
andaban envueltos en pieles de leones y leopardos con el rostro pintado de rojo y blanco, de sus puntas
de flecha construidas con piedra; de las unidades árabes montadas en camellos, de los bactrianos y de
todos los pueblos guerreros hasta llegar a la India. Alejandro escuchó atentamente, como todo niño que
oye cosas maravillosas, hasta que el embajador terminó la descripción.
-¿Y todos ellos tienen que luchar cuando el Gran Rey lo solicita? -preguntó.
-Todos y cada uno hasta la muerte.
-¿Cuánto tardarían en llegar?
Repentinamente, hubo una pausa -hacía un siglo que había partido la expedición de Jerjes-, y ni
ellos conocían la respuesta. Decían que el Gran Rey poseía enormes territorios y que gobernaba sobre
gente que hablaba diversas lenguas. Se podía decir que desde la India hasta la costa el viaje duraría
aproximadamente un año, pero el Gran Rey tenía soldados dondequiera que pudiera necesitarlos.
-¿Gustan un poco más de vino? ¿Hay algún camino que lleve hasta la India?
Los embajadores tardaron un buen rato en dar respuesta a esta pregunta. Afuera, la gente se
arremolinaba ante la puerta para poder oír las noticias que llevaban los extranjeros.
-¿Cómo es el rey Ocos en batalla? ¿Es aguerrido?
-Como un león -respondieron ambos simultáneamente.
-¿Qué sector de la caballería dirige?
Sorprendidos por las preguntas del pequeño, los embajadores empezaron a responder con
evasivas. Alejandro se llevó a la boca un pedazo de pastel; sabia que no era prudente acorralar a los
invitados, así que cambió el tema de la conversación.
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-Si los soldados vienen de Arabia, India e Hircania y no todos hablan persa, ¿cómo se dirige el
Rey a ellos?
-¿Hablarles? ¿El Rey? -les conmovió la inocencia del pequeño estratega-. ¿Por qué crees que
los sátrapas de las provincias escogieron oficiales que hablan la lengua de sus subordinados?
Alejandro inclinó un poco la cabeza y arqueó las cejas.
-A los soldados les gusta que se les hable antes de entrar en combate -dijo-. Se sienten
motivados cuando los oficiales les conocen por sus nombres.
-Seguro -dijo gentilmente el otro embajador-, a ellos les gusta que les conozcan, pero el Rey
sólo habla con sus amigos.
-Mi padre habla con los suyos a la hora de la cena.
Los embajadores murmuraron algo entre si, procurando no llamar la atención de los demás. La
barbarie de la corte macedónica era célebre: se decía que los simposios reales se parecían más a los
festines de rapiña de los bandidos de las montañas, que a las cenas de un gobernante. Un griego
milosiano juró haber visto que Filipo ni siquiera dejó su sofá para felicitar al grupo de bailarines que le
divertían. Una vez -les dijo-, durante una acalorada disputa sostenida a gritos en la habitación, el rey
arrojó una granada a la cabeza de un general. Luego, con todo el descaro de aquella raza de
mentirosos, el griego inventó que éste le respondió arrojándole una rebanada de pan y que Filipo ni
siquiera lo había castigado; es más, que seguía siendo general. Sin embargo, era mejor no prestar
atención ni a la mitad de lo que les había contado ese hombre.
Por su parte, Alejandro se había metido en un problema. Menapis le había contado una historia
que no creía y deseaba confirmar; era posible que el desterrado quisiera que el Gran Rey apareciese
como un tonto. Sin embargo, si estos hombres se enteraban podrían delatarlo y provocar que lo
crucificaran al llegar a casa (denunciar a un huésped era una acción demasiado vil).
-Un muchacho de aquí me dijo que para saludar al Gran Rey la gente tiene que postrarse, pero
yo le dije que eso era absurdo.
-Los exiliados debieron haberte explicado el significado de ese homenaje, mi pequeño príncipe.
Nuestro señor no sólo gobierna sobre mucha gente, sino también sobre muchos reyes. Aunque
nosotros los llamemos sátrapas a todos, algunos son realmente reyes, lo son de sangre, y sus
antepasados gobernaron sobre su propio pueblo hasta que fueron absorbidos por el imperio. Por esa
razón el saludo de sus súbditos debe indicar que él está tan por encima de los demás reyes como éstos
lo están respecto de su propio pueblo. Los reyes subordinados deben sentir tanta vergüenza de
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postrarse ante él como la que experimentan al hacerlo ante los dioses. Si esto no fuera así, su mandato
pronto terminaría.
El pequeño escuchó y comprendió completamente.
-Bien, aquí no solemos postrarnos ante los dioses -dijo gentilmente-, así que no tienen que
hacerlo ante mi padre. Él no está acostumbrado a esa clase de saludos, y no lo echará de menos.
Los embajadores se aferraron a sus asientos; la sola idea de tener que postrarse ante ese bárbaro
dirigente, cuyos antepasados habían sido vasallos de Jerjes (a quien uno de ellos traicionó), les hizo
tambalear. La ocurrencia les pareció demasiado grotesca como para sentirse ofendidos.
Al ver que ya era tarde, el chambelán se adelantó, hizo una reverencia a Alejandro, quien creyó
merecerla, e inventó una cita como pretexto para explicar su salida. El pequeño bajó del trono y se
despidió de cada uno de los visitantes llamándolos por su nombre.
-Siento no poder regresar con ustedes, pero tengo que ir a ver cómo se desarrollan las
maniobras, algunos de los de infantería son amigos míos. Dice mi padre que la jabalina es un arma
excelente en el frente, la cuestión es darle un poco de movilidad, y él estará trabajando en ello hasta
que lo consiga. Deseo que no tengan que esperar mucho; mientras tanto, pidan lo que deseen.
Cruzó la puerta y, al volverse, vio que los hermosos ojos del joven aún estaban fijos en él. Se
detuvo para decirle adiós con la mano. Los embajadores charlaban en persa animadamente; estaban
demasiado ocupados como para advertir el intercambio de sonrisas.
Después de ese día, el pequeño pasaba muchos ratos en los jardines de palacio enseñando a su
perro a atrapar objetos, entre las urnas esculpidas de Efeso, cuyas extrañas flores morían en los crudos
inviernos de Macedonia, aun cuando se les protegiera del frío.
Su padre estaba en el decorado pórtico de arriba; bajó las escaleras y se dirigió hacia él
mandando al perro al infierno; el pequeño y el animal esperaban juntos cautelosamente con las orejas
erguidas. Luego se sentó en la banqueta de mármol y señaló su ojo sano. La herida de su otro ojo ya se
le había curado, sólo un parche blanco sobre el párpado indicaba el lugar exacto en donde la flecha le
había alcanzado. Gracias a esa herida pudo salvar la vida.
-Ven, ven aquí -dijo sonriendo y mostrando su blanca y firme dentadura, a la que le faltaba una
pieza-. Cuéntame qué te dijeron los embajadores. Alcancé a oír que les hiciste algunas preguntas
difíciles de responder. ¿De cuántas tropas dispone Ocos si nos quisiera atacar?
Aunque Filipo solía dirigirse a su hijo en griego para fomentar su buena educación, esta vez
prefirió hablarle en macedonio. El niño se sintió en confianza y empezó a hablar; le habló de los diez
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mil inmortales, de los arqueros y lanceros y de los hombres con hachas, de cómo la carga de caballería
se desbocaba con sólo oler a los camellos; también le dijo que los reyes hindúes montaban enormes
bestias sin pelo, y que éstas eran tan grandes que fácilmente podían cargar torres en su lomo. Al llegar
a esta parte del relato, miró a su padre, pues no quería quedar ante él como un bobo, pero Filipo asintió
con la cabeza.
-Es verdad -le dijo-, se llaman elefantes. Eso me lo han confirmado en otras partes muchos
hombres honestos. Continúa, todo eso nos es muy útil.
-Dicen que para saludar al Gran Rey la gente tiene que postrarse y poner su rostro en el suelo;
pero yo les dije que no tendrían que hacer eso cuando estuvieran ante ti, pues tuve miedo de que
alguien se riera de ellos si lo hicieran.
Su padre echó la cabeza para atrás, lanzó una gran carcajada y palmeó sus rodillas.
-¿No lo hicieron? -preguntó el niño.
-No, pero tenían tu autorización. Trata siempre de hacer de la necesidad virtud, y verás que la
gente te lo agradecerá. Bien, estos embajadores tuvieron la suerte de sacar más provecho de ti que el
que sacaron los embajadores de Jerjes de su homónimo, allá en el vestíbulo de Egas.
Filipo dejó de reír, pero el niño se revolvió inquieto y empezó a molestar al perro, que tenía la
nariz metida entre su empeine y el suelo.
-Cuando Jerjes cruzó el Helesponto y trajo a Grecia a sus invitados, mandó a sus embajadores
por todos los pueblos exigiendo tierras y aguas. Un puñado de tierra para el reino, un frasco de agua
para los ríos: ése era el pago de la derrota. Nuestro reino 'quedó intacto en su marcha hacia el sur, y
cuando partió debimos haber quedado a sus espaldas. Como tenía que asegurarse de nosotros, nos
mandó a sus siete embajadores. Todo esto sucedió durante el reinado del primer Amintas.
A Alejandro le hubiera gustado saber si ese Amintas había sido su bisabuelo, pero no preguntó
nada, pues nadie le hablaría francamente acerca de sus antepasados ni de ningún personaje posterior a
héroes y dioses. Perdicas, el hermano mayor de su padre, había sido muerto en combate dejando en la
orfandad a su pequeño hijo, a quien correspondía el trono. Sin embargo, los macedonios esperaban a
alguien que pudiera luchar con los ilirios y gobernar su territorio, así que le pidieron a su padre que
fuera él quien los gobernase en vez entregar el reino a un niño. Después de eso, siempre le dijeron que
ya comprendería cuando fuera mayor.
-En aquellos días sólo existía el castillo de Egas, aún no se construía aquí este palacio, y
nuestra gente se sostenía hasta con las uñas y los dientes. Los jefes de occidente, lincéstidos y odrisos,
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querían convertirse en grandes reyes; tracios, ilirios y panollios cruzaban frecuentemente la frontera
para hacer esclavos y ahuyentar nuestro ganado. Pero todos esos invasores parecían niños en
comparación con las tropas persas. Por lo que yo sé, Amintas no había preparado ninguna defensa.
Además, cuando los embajadores llegaron, los de Panonia, que pudieron ser nuestros aliados, ya
habían sido derrotados y Amintas tuvo que rendirse y entregar sus propias tierras. ¿Sabes qué sátrapa
las gobierna?
En eso, el perro se levantó y empezó a gruñir fieramente, pero el niño lo golpeó para que se
tranquilizara.
-El hijo de Amintas también se llamaba Alejandro, y ya a la edad de quince o dieciséis años
tenía su propia guardia personal. En una ocasión, Amintas agasajaba a los embajadores en el salón de
Egas y su hijo estaba con ellos...
-Entonces ya habían matado al cerdo.
-¿Y cómo voy a saberlo? Sólo sé que se trataba de un banquete oficial y que él estaba allí.
El niño conocía Egas casi tanto como Pella; sabia dónde estaban todos los templos de los
dioses -en los cuales se celebraban los grandes festivales- y conocía las reales tumbas de los
predecesores (antiguos montículos despejados de árboles, de estrechas y macizas puertas de mármol y
bronce bruñido). Se decía que si el rey de Macedonia fuera enterrado lejos de su reino, su linaje
desaparecería. Cuando el sol del verano azotaba Pella, la familia real partía para Egas en busca de
clima fresco. Allí nunca se secaban los arroyos que bajaban de las heladas cumbres; siempre corría
agua por las vetas, cubiertas de helechos, de las montañas, por los riscos, por las casas y el patio del
castillo, hasta que se unían para precipitarse formando una gran caída, cuyo torrente servía de cortina
para ocultar la entrada de la cueva sagrada. El castillo era viejo, tosco y macizo, no tenía las finas
columnas que distinguían el castillo real de Pella. En su amplia estancia había una chimenea circular y
una gran abertura en el centro del techo, para que pudiera salir el humo de la habitación. Cuando en las
fiestas los hombres gritaban en ese salón, sus voces producían eco. Entonces, el niño imaginó a los
persas, con sus rizadas barbas y brillantes sombreros, arrastrándose por el suelo borrachos.
-Todos habían estado bebiendo, y quizá los embajadores solían emborracharse o pensaron que
podían hacer su santa voluntad nada más que por haber conseguido sin problemas lo que buscaban,
pero el caso es que uno de ellos preguntó por las damas de la corte, arguyendo que en Persia era
costumbre que ellas atendieran a los invitados.
-¿Acaso las damas persas se quedan a servir bebida hasta el final de la fiesta?
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-Por supuesto que no, esa mentira no pretendía engañar a nadie, tan sólo era insolencia. Las
mujeres persas permanecen más alejadas de nosotros que las nuestras.
-¿Lucharon nuestros hombres?
-No, Amintas ordenó que fueran a buscar a las mujeres. Las de Panonia ya habían sido
esclavizadas en Asia, debido a que sus hombres desafiaron a Jerjes. En honor a la verdad, creo que él
no hubiera podido hacerlo mejor que ellos, pues no tenía ejército, cuando menos no lo que nosotros
entendemos por eso. Dependía de los caballeros de su reino y de los reclutamientos tribales, pero sus
comandantes sólo entrenaban a las tropas escogidas por ellos; si no las escogían personalmente,
tampoco llevaban un solo hombre consigo. Él no fue quien se apoderó de las minas de oro, lo hice yo.
El oro, mi pequeño, es el padre de los ejércitos. Si pago a mis hombres durante un año, estarán bajo las
órdenes de mis oficiales, haya guerra o no la haya, y lucharán para mi. En el sur, los malos tiempos
desalientan a los hombres, y los jornaleros buscan trabajo donde pueden, por eso luchan sólo para sus
generales ambulantes, quienes hacen el bien a su manera, pero no dejan de ser vulgares mercenarios.
En Macedonia, hijo, yo soy el general, por eso los embajadores del Gran Rey no llegan pidiéndonos
nuestras tierras.
El pequeño cabeceó pensativamente. Los embajadores venían de civiles porque así les
convenía, pero el joven era diferente.
-Y las mujeres, ¿en verdad se presentaron?
-Como podrás adivinar, no se les permitió cubrir sus cabellos ni ponerse sus gargantillas; se
presentaron ultrajadas. Esperaban aparecer sólo un instante para luego retirarse.
Alejandro imaginó a su madre recibiendo una invitación de tal naturaleza. Pensaba que ella
jamás se exhibiría ni siquiera para salvar a su pueblo de la esclavitud. En caso de que saliera, iría con
su cabello cubierto y con todas sus joyas puestas.
-Cuando comprendieron que tenían que quedarse -continuó Filipo-, se sentaron en las sillas que
había junto a la pared, tal como haría cualquier mujer decente.
-¿Dónde se sentó el escudero?
-Se sentó allí; el viejo a quien se lo había entregado su abuelo me enseñó el lugar.
-Los muchachos se arreglaron para recibir a las mujeres, se quitaron los velos y se sentaron en
silencio. Los embajadores empezaron a lanzarles piropos y a pedirles que se quitaran sus velos. Si
ellos permitieran que sus propias mujeres hicieran eso ante extraños, cuando menos merecerían que les
cortaran la nariz, créeme. Cuando Alejandro vio a su madre, a sus hermanas y a todas las mujeres de
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su familia involucradas en ese acto de vileza, se enfureció a tal punto que iba a reprocharle a su padre,
pero se contuvo, pues si lo vieran los persas nada les importaría. ¿Qué importa si el cachorro ladra,
mientras el perro está tranquilo? Uno de ellos se dirigió al rey: "Mi amigo macedonio, hubiera sido
mejor no traer a estas damas que sentarías allí para atormentar nuestra vista. Te ruego cumplas con
nuestras costumbres; nosotros pedimos a nuestras mujeres que hablen con los invitados. Recuerda que
has entregado tus dominios al Gran Rey".
» No es difícil suponer el lapso de silencio que debió haber seguido a estas palabras, que eran
tanto como desenfundar la espada. Entonces, el rey se dirigió a las mujeres y las llevó a sentarse en las
esquinas de los sofás que ocupaban los persas, como si fueran muchachas flautistas o bailarinas de los
pueblos del sur. El joven príncipe vio cómo esos extraños manoseaban a las mujeres de su familia, y
sus amigos apenas pudieron evitar que se les abalanzara. Repentinamente, se calmó, hizo señas al
hombre más joven de su guardia y escogió a siete de sus soldados aún lampiños; luego les habló en
privado y los despidió. Después se dirigió a su padre, quien sin duda se sentiría muy mal si le quedaba
un poco de vergüenza, y le dijo: "Mi señor, no debes quedarte hasta el final, pareces muy cansado.
Deja que yo atienda a los invitados, te doy mi palabra de que no les faltará nada."
» Bueno, ésa fue una buena forma de salir adelante. Advirtió a su hijo de que no hiciera nada
imprudente y se disculpó con los invitados. Los embajadores, por su parte, interpretaron esto como si
ya nada les estuviera prohibido, pero el príncipe no mostró su furia. Sonriente, dio una vuelta a los
sofás y dijo: "Mis queridos huéspedes, su presencia honra a mi madre y a mis hermanas, pero vinieron
con tal precipitación a atenderlos que no pudieron vestirse de acuerdo con la ocasión. Permítanme que
las mande a arreglarse, ya verán que a su regreso ustedes podrán decir que en Macedonia los trataron
como se merecen".
Alejandro se enderezó en su asiento y sus ojos brillaron, pues ya había adivinado el plan del
joven príncipe.
-Los persas no podían quejarse de nada: disponían de todo el vino que podían tomar y tenían
toda la noche por delante. Enseguida entraron siete damas envueltas en magníficas ropas con el rostro
cubierto por vistosos velos, y cada una se dirigió al sofá en que estaba el visitante que le correspondía.
Aunque la insolencia de los extranjeros les había hecho perder todos su derechos de visitantes, el
príncipe esperó a ver si se comportaban decentemente. Luego, cuando la verdad se hizo evidente, dio
la señal convenida y los jóvenes imberbes que vestían ropas de mujer sacaron sus dagas. Casi sin
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emitir ningún grito, los cuerpos de los embajadores rodaron por el suelo tirando los fruteros y
derramando el vino.
-¡Oh, dios! -exclamó el niño-. Tuvieron su merecido.
-Por supuesto, toda su comitiva los esperaba en alguna parte de la estancia, pero también había
dado la orden de cerrar todas las puertas para que nadie que pudiera llevar noticias a Sardes saliera
vivo del palacio. Así no podrían desmentir la versión de que los embajadores habían sido emboscados
por bandidos cuando se internaron en Tracia. Una vez ejecutada la venganza, enterraron los cadáveres
en el bosque. Un anciano me contó que Alejandro dijo: “Vinieron por tierra y agua; confórmense con
la tierra”.
Filipo interrumpió su relato para gozar el fervoroso silencio de aprobación de su hijo.
Acostumbrado a oír historias de venganza desde que fue capaz de entender la palabra humana -
ninguna familia o tribu de Macedonia carecía de ellas-, al niño le divertían tanto como el teatro.
-Entonces, cuando llegó el rey Jerjes, ¿le hizo frente Alejandro?
Filipo inclinó la cabeza.
-En aquel entonces él ya se había convertido en rey y sabía que no podía hacer nada; se vio
obligado a unir su ejército al de Jerjes y se convirtió en otro sátrapa como los demás. Sin embargo,
antes de la gran batalla de Platea, volvió sobre sus pasos durante la noche para informar a los griegos
de las posiciones persas. Probablemente a él le debamos la victoria de ese día.
El muchacho bajó la cabeza; tenía el semblante descompuesto por el coraje.
-Bien, actuó con inteligencia, pero yo hubiera preferido hacerles frente.
-¿Lo habrías hecho? -preguntó Filipo sonriendo-. Yo hubiera hecho lo que tú. Quién sabe qué
habría pasado si nosotros hubiéramos estado allí.
Al decir esto, se levantó de su asiento, alisó su limpio manto de bordes color púrpura y
continuó:
-En la época de mis abuelos, para asegurar su poderío sobre los pueblos del sur, los espartanos
establecieron una alianza con el Gran Rey a costa de las ciudades griegas de Asia, las cuales eran
libres hasta entonces. Todavía no se ha borrado esa afrenta, no hay nadie que pueda enfrentarse con
éxito a las tropas de Artajerjes y a las espartanas. Además, déjame decirte que las ciudades seguirán
esclavizadas mientras los griegos no estén preparados para seguir a un solo caudillo. Dionisio de
Siracusa bien pudo haber sido ese hombre, pero tuvo suficiente con los cartagineses, y su hijo sólo es
un tonto que lo ha perdido todo. Pero ya llegará el día, y ojalá vivamos para verlo.
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Filipo calló un instante, luego se inclinó hacia el perro y le dijo:
-¿Es esa gran bestia horrorosa el mejor perro que pudiste conseguir? Iré a ver al cazador para
buscarte un animal de sangre pura.
El niño dio un salto para interponerse entre su padre y el perro, al cual ya se le habían erizado
los pelos del lomo.
-Yo amo a este perro -protestó con voz amenazante y nada tierna.
-Está bien, está bien -dijo Filipo decepcionado-, no necesitas gritarme. La bestia es tuya y nadie
quiere hacerle daño; pero yo te estoy ofreciendo un regalo.
Hubo una pausa; luego, el niño dijo ceremoniosamente:
-Muchas gracias, padre, pero no puedo aceptarlo. Mi perro podría ponerse celoso y mataría al
que me regalaras. Es muy fuerte.
El perro hundió su nariz en el sobaco de Alejandro; ambos permanecían juntos, os unía un
fuerte lazo. Al ver la escena, Filipo se encogió de hombros y entró en el palacio.
El pequeño y su perro comenzaron a luchar en el suelo; el niño lo sujetaba por el lomo, como
cuando era un cachorro, y el animal lo atacaba. Luego, sus extremidades se entrelazaron y se pusieron
a dormir bajo los rayos del sol. Alejandro cerró los ojos y empezó a imaginar la escena del vestíbulo
del palacio de Egas: los persas yacían acuchillados en el suelo, entre cojines, copas y cubiertos, tal
como los troyanos que Zeuxis había pintado en la pared de la habitación de su madre. En un extremo
del salón en el que se ejecutaba a los guardias de los embajadores, seguía luchando el joven que había
llegado con ellos; era el único que, contra todo pronóstico, se defendía.
-¡Alto! -gritó el príncipe-. No le hagan daño, es amigo mío.
El perro le despertó con sus bufidos, cuando en su sueño los jóvenes amigos cabalgaban hacia
Persépolis.
Los días templados del verano empiezan a refrescar hacia el atardecer. En el lago salado de
Pella caían las sombras del castillo que había en su isla, en el cual estaban las mazmorras y los tesoros
del reino. Las ventanas de las casas de la ciudad ya estaban iluminadas, y una esclava salía con una
antorcha a prender el farol, sostenido por leones sentados, que estaba al pie de la puerta de palacio. En
las llanuras podían oírse los mugidos del ganado, y en las montañas, que mostraron a Pella sus oscuras
laderas orientales, chisporroteaba ocasionalmente algún fuego iluminando la oscuridad.
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El niño se sentó en el techo de palacio, desde donde podía contemplar la ciudad y el lago, y ver
cómo los pescadores ataban las amarras de sus pequeños botes. Ya era hora de ir a la cama, así que
trataba de mantenerse apartado de su nodriza y encontrar a su madre, quien podría darle permiso para
desvelarse un poco. Los albañiles que arreglaban el techo ya se habían ido a sus casas, pero habían
dejado sus escaleras listas para ser usadas (y ésa era una oportunidad que Alejandro no desperdiciaría).
Se sentó en una de las baldosas de mármol que había mandado colocar el rey Arquelao; bajo sus pies
estaba colocado entre bisagras y antefijas un sumidero descolorido por la humedad. Luego, agarró el
pelo lleno de serpientes talladas y miró fijamente el gran colgante, retando a los demonios de la tierra.
Al regresar, tendría que bajar la vista, y ellos debían haberse puesto de acuerdo previamente. Esas
criaturas pronto se entregarían, como suelen hacerlo cuando alguien las desafía. Después, el niño
comió el pan duro que había robado para cenar y pensó que debió haber llevado un poco de bebida
caliente endulzada con vino y miel (el olor había sido tentador, pero a la hora de la cena pudieron
haberlo atrapado para llevarlo a la cama; no se puede obtener nada si no se da algo a cambio).
Desde abajo se escuchó el balido de una cabra; ya casi debía ser la hora, pues había llegado la
cabra negra. En ese momento era mejor no preguntar, una vez allí su madre no lo mandaría a dormir.
Empezó a bajar cuidadosamente los grandes espacios de entre los travesaños de la escalera, que habían
sido diseñados para el uso de los adultos exclusivamente. El niño cantaba su propio himno de victoria,
pues había logrado que los demonios de la noche, vencidos, mantuvieran su distancia. Desde la
techumbre inferior hasta el piso, no había más que algunas esclavas que cansadamente cumplían con
su deber. Dentro del palacio, Lanike ya debería estar buscándolo, así que debía ir afuera; había oído
decir a su madre que él abusaba de la nodriza.
El vestíbulo estaba iluminado y dentro había unas esclavas que arreglaban las mesas mientras
conversaban en tracio. Frente a la puerta, Menestas el centinela, con su roja y espesa barba, hacia su
ronda. El niño pasó frente a él, y le sonrió como saludo.
-¡Alejandro! ¡Alejandro!
Era Lanike, que estaba a la vuelta de la esquina que acababa de doblar. Había salido a buscarlo
y le encontraría en cualquier momento, así que echó a correr mientras pensaba dónde esconderse. De
pronto vio a Menestas.
-Rápido -le dijo-, escóndeme tras tu escudo.
Sin esperar a que lo cargara, se le encaramó y le rodeó con brazos y piernas; sus gruesas barbas
le picaban la cabeza.
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-¡Pequeño mono! -le dijo Menestas, cubriéndolo con su escudo justo a tiempo.
Lanike pasó de largo llamándolo desesperadamente, pero no preguntó nada, pues su educación
le impedía cruzar palabra con los soldados.
-¿Dónde te has metido? -decía-. Yo no tengo por qué...
Pero el niño había tenido tiempo para escapar. Tomó una desviación del camino -evitando los
basureros, pues no podía llegar sucio a servir a los dioses- y alcanzó la puerta del jardín, que su madre
siempre mantenía cerrada. Afuera, cerca de la puerta, había algunas mujeres que esperaban con sus
antorchas aún sin encender. Se alejó de su camino, fue a dar a un poco más allá de la valía de
arrayanes, pues no quería dejarse ver hasta que estuviera en la arboleda; además, ya sabia qué hacer
mientras esperaba la ceremonia.
No muy lejos de allí estaba el templo de Heracles, el ascendiente de su padre. Dentro de su
pequeño pórtico, las azules paredes lucían más oscuras a causa de las sombras del atardecer, pero la
estatua de bronce brillaba claramente y sus ojos, incrustados de ágatas, conservaban hasta el último
rayo de luz. Un poco antes de su coronación, Filipo la había mandado construir; en aquel entonces
debía de tener alrededor de veinticuatro años, así que el escultor, que sabía cómo tratar a sus
benefactores, hizo que Heracles aparentara, poco más o menos, su misma edad. Sin embargo, la
estatua carecía de barba, lo cual era muy propio del estilo suriano, y su pelo y la piel de león que
cargaba en los hombros eran dorados. Tenía puesta en la cabeza, metida hasta las cejas, una capucha
dentada con la cabeza de un león, cuya piel le caía sobre la espalda a manera de capa; la parte superior
había sido copiada de las monedas acuñadas por Filipo.
Alejandro entró en el templo y frotó el dedo derecho del héroe, el cual estaba sobre un extremo
de la peana. En el techo del templo había lanzado una invocación en su propio lenguaje secreto, y de
inmediato venció a los demonios de la tierra; ya era hora de dar las gracias por eso. El dedo del héroe
estaba más brillante que el resto de su pie; debido a las muchas sobadas anteriores.
De pronto, desde más allá de la valía escuchó el sonido de un sistro y un ligero murmullo de
panderos. Una antorcha arrojaba su luz sobre el arco de entrada de la puerta dejando la noche oscura.
Entonces trepó a la barda, y vio que la mayoría de las mujeres ya habían llegado: estaban vestidas con
las brillantes y delgadas telas que sólo usaban para bailar ante los dioses. En el templo de Dionisio,
cuando salían de Egas para internarse en los bosques de las montañas, usaban los vestidos reales de las
ménades y llevaban sus tirsos rojos coronados con piñas de pino y hojas de hiedra. No volverían a usar
sus mantos moteados ni sus pieles de ciervo, pues tenían que arrojarlas lejos, una vez llenas de
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manchas de sangre. En esta ocasión, sus pequeñas pieles estaban delicadamente adornadas y tenían
pequeñas hebillas de oro; y sus tirsos eran finos cetros reales de oro, adornados con el trabajo de los
mejores joyeros. Todo estaba listo: acababan de llegar el sacerdote de Dionisio y el muchacho con la
cabra para el sacrificio. Sólo esperaban a su madre para iniciar la ceremonia.
En eso llegó ella, sonriente, junto con Hermione de Epiro. Estaba vestida con su túnica color
azafrán y sus sandalias de oropel y hebillas color granate; en la cabeza traía un tocado de hojas de
hiedra de oro, y un fino rocío se desprendía de su caballera cada vez que la movía, con lo que la luz de
la antorcha brillaba más de lo natural. Una de las mujeres traía a Glauco en una canasta; siempre la
llevaban a esos bailes.
La mujer de la antorcha iluminó a sus compañeras, y las llamas hicieron que los ojos brillaran y
que los vestidos rojos, verdes, azules y amarillos parecieran joyas. Inmóvil entre las sombras destacaba
la cabra, con su rostro, casi máscara, de tristeza y sabiduría, con sus ojos de topacio y sus relucientes
cuernos; un tierno racimo de uvas verdes le colgaba del cuello. La cabra, el sacerdote y el pequeño
ayudante conducían a las mujeres por el camino: los sistros producían sonidos disonantes conforme
avanzaba la procesión, las ranas croaban en los torrentes que alimentaban las fuentes y las mujeres
hablaban en voz muy baja.
La procesión avanzó hacia el monte que estaba más allá del jardín, todavía dentro de territorio
real. El sendero que tomaron serpenteaba entre arrayanes, tamariscos y arbustos silvestres de oliva.
Detrás de la procesión, iluminado por sus antorchas, Alejandro avanzaba sigilosamente.
Las sombras alargadas de los enormes pinos se proyectaban hacia delante. Alejandro dejó el
sendero sigilosa y rápidamente -todavía era demasiado pronto para dejarse ver- y encontró una
hondonada entre el bosque, preparó un mullido lecho de ramas de pino y se acostó para observar desde
allí la procesión. Mientras tanto, las mujeres colocaban sus antorchas en las grietas del terreno, para
evitar que el viento las apagara. El lugar donde iba a efectuarse el baile ya estaba preparado: el altar
había sido adornado con guirnaldas, en un rústico bastidor estaban las copas de vino y el gran tazón
donde se hacían las mezclas, así como el ventilador sagrado. El plinto -como siempre, dispuesto para
evitar que cayeran en los excrementos de las aves-, sobre el cual estaba la estatua de Dionisio, había
quedado tan limpio y pulido que sus extremidades de mármol color café parecían tener el vigoroso
brillo de la carne joven.
La escultura de Dionisio, que Olimpia había ordenado traer desde Corinto, donde la habían
tallado por órdenes suyas, media casi lo mismo que un muchacho de quince años, tenía una hermosa
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cabellera y músculos tan prietos como los de una bailarina. Calzaba botines de ornato rojos y llevaba
una piel de leopardo sobre uno de los hombros. Su mano derecha sostenía un enorme tirso y la
izquierda una copa en señal de bienvenida. El gesto de su sonrisa no era como el de Apolo, que dice:
“Conócete a ti mismo, con eso es suficiente para tu corta vida”; la suya era más bien como un saludo,
y parecía tener algún secreto que compartir.
Antes de sacrificar a la cabra, las mujeres se cogieron de las manos formando un circulo y
entonaron una invocación. Ya había pasado bastante tiempo desde que se vertió la última gota de
sangre en ese lugar, así que el animal se acercó sin miedo; su último y lastimero grito lo lanzó cuando
el cuchillo penetró su carne. Luego vaciaron su sangre en un cáliz y la mezclaron con vino para
ofrecérsela a los dioses.
El pequeño observaba silenciosamente, sosteniendo su barbilla con ambas manos. Ya antes
había visto incontables sacrificios, en los santuarios públicos, en los templos; desde muy pequeño le
habían llevado a algunos de estos bailes y no era la primera vez que dormía sobre un lecho semejante
arrullado por el ritmo sangriento de los tambores.
La música ya había comenzado. Las mujeres de los sistros, las de las panderetas y la de la
flauta doble se balanceaban suavemente al compás de la música; desde la canasta sin tapa en la que
estaba Glauco se veía la cabeza de la serpiente balancearse también muy suavemente. El ritmo de la
música iba en ascenso; los brazos se enredaban en las cinturas, los pies de las bailarinas golpeaban el
suelo cadenciosamente, sus cuerpos se contoneaban hacia atrás y hacia delante y su cabello suelto se
movía con delicadeza. Antes de ejecutar las danzas en honor de Dionisio habían bebido vino puro, así
que después del sacrificio ya se habían emborrachado con su dios.
A esas alturas, Alejandro ya podía abandonar su escondite, pues no habría nadie que le
mandara a dormir. Arrastrándose, avanzó casi hasta la luz de la antorcha. La mujer de los platillos los
hizo sonar sobre su cabeza, produciendo un vibrante estrépito. Los asistentes, que entonaban el himno
del triunfo del dios, empezaron entonando suavemente hasta soltar la respiración para cantar a pleno
pulmón.
El niño podía oír perfectamente la mayoría de las palabras, aunque sabia de memoria toda la
letra pues ya antes la había escuchado allí. Después de cada verso resonaban los platillos, y después
volvían a entonar el coro: “¡Euoi, Baco! ¡Euoi! ¡Euoi!”
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Olimpia había empezado a cantar el himno, saludando al dios como hija de Semele, nacida del
fuego. Sus ojos, mejillas y cabello brillaban, las doradas guirnaldas de su cabellera resplandecían y su
vestido amarillo brillaba tras la antorcha como si fuera ella misma la que estuviera ardiendo.
Agitando su negra cabellera, Hermione de Epiro cantó la historia de cuando ocultaron en Naxos
al niño dios para salvarlo de los celos de Hera y lo pusieron al cuidado de las ninfas. Mientras tanto,
Alejandro se deslizaba cada vez más cerca. Sobre su cabeza estaba la mesa del vino; se asomó por una
de las esquinas, y vio que la vajilla era muy vieja (cada una de sus piezas tenía figuras pintadas). Cogió
una copa para mirarla de cerca, pero aún estaba casi llena. Derramó una o dos gotas para que el dios
bebiera -estaba muy bien entrenado en estos menesteres- y apuró el resto. El sabor del vino puro era lo
suficientemente dulce como para complacerlo. El dios parecía contento de que le honrara, pues las
antorchas estaban aún más brillantes y la música se volvía casi mágica. Entonces se dio cuenta de que
pronto se pondría a bailar.
Cuando empezaron a cantar la historia de cómo llevaron al hijo de Zeus hasta la madriguera del
bosque del viejo Sileno -quien le enseñó su sabiduría hasta que, dejando atrás a su maestro, descubrió
el poder de la uva roja-, todos los sátiros le reverenciaron en agradecimiento de la alegría y el frenesí
que les había brindado. De pronto, la música se hizo aún más rítmica y los bailarines empezaron a
danzar como si fueran engranajes de un bien engrasado eje. En ese momento, el niño empezó a abrirse
paso entre los árboles y salió palmeando sus manos.
Dionisio creció y se volvió un joven bien parecido y tan gracioso como una muchacha, pero
marcado por la chispa de la comadrona de su madre. Anduvo entre los hombres mostrando sus dones a
quienes se daban cuenta de su divinidad, pero era tan terrible como un león famélico con los no
creyentes. Conforme pasaba el tiempo, su fama se acrecentaba, su desarrollo era demasiado brillante
como para tratar de ocultarlo. Hera ya no podía engañarle, conocía su lucidez y su fuerza, así que le
volvió loco.
La música seguía su curso ascendente, su ritmo era cada vez más rápido, y sonaba como si
fueran los chillidos de muerte de alguna presa nocturna que agonizaba en el bosque. Los platillos
retumbaban.
Hambriento y con sed a causa del baile, Alejandro estiró el brazo para alcanzarse otra copa de
vino, pero esta vez no contuvo la respiración. El himno que se cantaba era como fuego del paraíso.
Este dios bárbaro vagó a través de Tracia, a lo largo del Helesponto, por las cumbres frigias y
por el sur de Caria. Los devotos que compartieron con él su alegría nunca lo olvidaron, antes al
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contrario, permanecieron a su lado, en los peores momentos de su locura, la cual los llevó hasta el
éxtasis, pues incluso su enfermedad era divina. Continuó por las costas de Asia hasta Egipto, cuyos
sabios pobladores le dieron la bienvenida; allí descansó un buen tiempo, mientras aprendía la sabiduría
de los egipcios y enseñaba la suya propia. Después, lleno de locura y divinidad, partió hacia las
incontables sociedades asiáticas. En su viaje al este seguía recolectando devotos con sus bailes; era
como fuego encendiendo fuego. Cruzó el Éufrates en un puente de hiedra y el Tigris lo pasó montado
sobre el lomo de un tigre. No dejaba de bailar, seguía haciéndolo en los valles, en los ríos y en tierras
tan altas como el Caúcaso, hasta que llegó al reino de la India, en el extremo del mundo. Más allá no
había nada, sólo el torrente oceánico circundante. Allí terminó la maldición de Hera, y también los
hindúes empezaron a rendirle culto; leones y panteras salvajes llegaban mansamente para tirar de su
carroza. Años después, regresó a tierras helénicas cubierto de gloria, y la Gran Madre le perdonó toda
la sangre derramada por su culpa mientras estuvo loco. Así, su regreso llenó de júbilo el corazón de los
hombres de su patria.
Las voces del coro subieron de volumen, y la voz del pequeño sonó junto con la flauta.
Sudoroso a causa del baile, el vino y las antorchas, se quitó la túnica. En ese momento, las ruedas
doradas del carruaje tirado por leones de Dionisio se dirigieron hacia él, escuchó los himnos a los
dioses, las aguas de los ríos se retiraban a su paso y los pueblos de la India y de Asia bailaban con su
canción. Las ménades que había invocado hacia un rato rodeaban su carroza y él se lanzó a bailar entre
ellas. Las bailarinas abrieron el circulo en el que danzaban y lo cerraron en torno al niño, al mismo
tiempo que le sonreían y le hablaban, de tal forma que él creyó estar bailando en torno a su propio
altar. Bailó un buen rato al ritmo de los cánticos, pisoteando el sudor, desplegando su magia, hasta que
todo el bosque empezó a darle vueltas y no pudo distinguir el cielo de la tierra. Ante él estaba la Gran
Madre, con su halo de luz sobre la cabeza; le cogió entre sus brazos y lo besó. En su borrachera,
Alejandro vio en su bata color oro las huellas rojas de sus pies manchados de sangre; había charcos en
el lugar del sacrificio, y sus pies estaban tan rojos como los botines que calzaba la estatua de Dionisio.
Su madre lo envolvió en una capa, lo depositó en un lecho de ramas de pino, lo besó
nuevamente, y le dijo con ternura que hasta los dioses debían dormir un poco cuando eran jóvenes, que
debía quedarse allí y portarse bien durante un rato, pues pronto todos partirían de regreso a palacio. El
aroma y el calor del lecho y de la ropa de lana que vestía le calmaron; la náusea de la borrachera ya
se le había pasado y las llamas de las antorchas habían dejado de girar (se consumían lentamente en los
candelabros, pero aún daban un agradable calorcillo e iluminaban bien). Desde su lugar, sin levantarse
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siquiera, echó un vistazo y vio a las mujeres, cogidas de la mano o con los brazos entrelazados,
internarse en el pinar. Luego trató de recordar si antes había escuchado voces que se respondían en el
bosque, pero sus recuerdos eran engañosos, y cada vez que los evocaba le respondía una voz diferente.
En todo caso, no tenía de qué temer, pues no se hallaba solo, las risas y los murmullos no estaban muy
lejos. Lo último que vio antes de cerrar los ojos y quedarse dormido fue la llama danzarina de una
antorcha.


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