Primera parte

V
-Ya sé quién será, mi padre recibió una carta y mandó avisarme esta mañana. Espero que sea un
hombre tolerable, de lo contrario tendremos que hacer algún plan.
-Puedes contar conmigo hasta para ahogarlo -dijo Hefestión-. Ya has aguantado mucho.
¿Acaso es un verdadero filósofo?
Los amigos estaban sentados entre dos de los frontones de palacio. Era un lugar casi privado;
nadie había ido hasta ese lugar desde que Alejandro subiera allí para enseñarle la ruta a Hefestión.
-Oh, si, fue discípulo de Platón. ¿Asistirás a las clases? Mi padre dice que puedes hacerlo.
-No, solamente te distraería.
-Los sofistas enseñan mediante la discusión, y Aristóteles quiere que asistan mis amigos para
que se pueda discutir. Después podremos pensar a quién más invitamos.
Cuando mi padre le dijo que no nos enseñara futilidades, sino cosas prácticas, él contestó que la
educación de un hombre debe ajustarse a su condición y a sus deberes.
Pero eso no nos dice mucho, ¿verdad?
-Bueno, por lo menos éste no podrá vencerte. ¿Es ateniense?
-No, estagirita. Es hijo de Nicomaco, que fue el médico de mi abuelo Amintas; supongo que
también atendía a mi padre cuando era pequeño. Ya sabes cómo vivía el viejo Amintas, siempre
tratando de expulsar a sus enemigos o de replegarse ante sus embates. En realidad, no sé qué tal
médico seria Nicomaco, pero sin duda era un hombre sumamente leal. Finalmente, mi abuelo murió en
su cama, lo cual es bastante raro en nuestra familia.
-Así que éste es hijo suyo. ¿Cómo se llama?
-Aristóteles.
-Bueno, conoce bastante el país y eso ya es algo, ¿no? ¿Es muy viejo?
-No es muy viejo para ser un filósofo; debe tener aproximadamente unos cuarenta años. Pero
la edad no importa mucho: Isócrates, por ejemplo, que quiere que mi padre conduzca a los griegos,
tiene ya noventa y, a pesar de su edad, pidió el empleo de Aristóteles a mi padre. Platón vivió más de
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ochenta años. Mi padre dice que Aristóteles tenía la esperanza de convertirse en cabeza de la escuela
platónica, pero antes de morir el maestro había designado a un sobrino suyo. Por eso decidió dejar
Atenas.
-¿Y entonces pidió venir aquí?
-No, ya había dejado Atenas cuando nosotros teníamos nueve años; me acuerdo porque en
aquella época estábamos en guerra con Calcidica. Entonces no pudo ir a su casa en Estagira, pues mi
padre acababa de incendiar la ciudad y esclavizaba a la gente. Oye, ¿qué es lo que está enredándome el
pelo?
-Es una vara de árbol al que subimos.
Hefestión, que era un poco torpe, desenredó cuidadosamente la ramita de nogal que se le había
atorado en un reluciente mechón de su cabellera; al hacerlo, el pelo de Alejandro tenía el agradable
olor de una sustancia que los de Olimpo usaban para lavarse. Después de quitársela, deslizó el brazo
alrededor de la cintura de su amigo. La primera vez lo hizo casi accidentalmente y, aunque Alejandro
no rechazó la caricia, tuvo que esperar dos días antes de atreverse a intentarlo de nuevo. Desde
entonces, únicamente esperaba la oportunidad de encontrarse a solas con él (esa idea le asaltaba
frecuentemente). No podía saber lo que pensaba Alejandro al respecto, si es que en realidad pensaba
algo. Sin embargo, Alejandro aceptó el gesto tranquilamente, e incluso se puso a hablar de otros
asuntos con mayor facilidad y libertad.
-Los estagiritas -le dijo- estaban aliados con los de Olinto. ¿No te habló tu padre de la guerra?
-¿Qué?... Oh, si, me contó algo acerca de eso.
-Escucha, esto es importante. Aristóteles se marchó a Assos como invitado de Hermeias, a
quien conoció en la Academia; él es uno de los tiranos de esas tierras. Como debes saber, Assos está
enfrente de Mitilene y desde allí se controlan los estrechos. Así que cuando me puse a pensar
comprendí rápidamente por qué mi padre escogió a Aristóteles. Bueno, pero eso es un secreto entre
nosotros.
Los ojos de Alejandro se clavaron en los de Hefestión, como solía hacerlo siempre que le iba a
confiar algún secreto; éste sintió que su corazón le daba un vuelco y, como otras tantas veces, tuvieron
que pasar algunos segundos antes de que captara el mensaje que le había transmitido.
-Los que estaban en otras ciudades y lograron escapar del sitio han estado rogándole a mi padre
que restaure Estagira y libere a sus ciudadanos. Ese es el deseo de Aristóteles; el de mi padre,
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establecer una alianza con Hermeias. Es su parte de negociante. También Leónidas estuvo a favor de
una solución política; el viejo Fénix fue el único que estuvo de mi parte.
Hefestión apretó suavemente el brazo de Alejandro. Sus sentimientos eran confusos; por una
parte, deseaba apretarlo fuertemente hasta fundir su cuerpo con el de él, pero, por otra, sabia que eso
era una locura peligrosa, pues Alejandro era capaz de matar sin miramientos a quien le tocara siquiera
un cabello.
-Ellos no saben aún que ya lo he advertido. Sólo digo: “Si, padre”. Ni siquiera se lo he contado
a mi madre. Quiero conocerlo en persona y formarme mi propia opinión de él, para poder hacer lo que
yo considere bueno sin tener que rendir cuentas a nadie. Todo esto no se lo digas a nadie; ya sabes que
mi madre está en contra de la filosofía.
Hefestión, que pensaba en lo frágil que parecía el tórax de Alejandro y en lo terribles que eran
los enormes deseos que tenía de acariciarlo y apretarlo, permaneció callado.
-Dice que la filosofía hace que la mente de los hombres se aleje de los dioses. Ya debería saber
que yo jamás renegaría de ellos, aunque tratara de convencerme de ello la persona más poderosa de la
tierra. Estoy tan seguro de la existencia de los dioses como de tu presencia o de la mía, y creo que tú
piensas lo mismo... No puedo respirar.
Hefestión, que bien pudo haber dicho lo mismo, lo soltó rápidamente y se las arregló para
contestar lo mejor que pudo.
-Entonces quizá la reina lo despida.
-Oh, no, yo no quiero que suceda eso; solamente nos acarrearía problemas. Además, he estado
pensando que quizá él sea la clase de hombre que puede contestar mis preguntas. Desde que supe que
venia un filósofo he estado formulándome preguntas que nadie de aquí puede responderme. Ya tengo
treinta y cinco preguntas, las conté ayer.
De espaldas al lodoso frontón del techo, Alejandro se sentó junto a Hefestión, apoyándose en él
ligeramente, pensativo y cálido. Éste pensó que ese estado era el de la felicidad perfecta; debía serlo.
Después le dijo:
-¿Sabes? Me gustaría matar a Leónidas.
-En alguna ocasión pensé lo mismo; pero ahora creo que es un enviado de Heracles. Tras un
hombre que hace algo bueno en contra de su voluntad, siempre está la mano de dios. En alguna
ocasión me quiso reprimir, pero luego aprendí de él a sobrellevar las penalidades: nunca he necesitado
de una capa adicional, ni como hasta hartarme, ni tampoco me quedo acostado hasta muy tarde. Me
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hubiera sido muy pesado empezar a aprender ahora, tal como lo he tenido que hacer sin él. No es
posible que pidas a tus subordinados que hagan cosas que tú mismo no puedes hacer. Pronto todos
querrán saber si yo soy menos rudo que mi padre.
Todos sus músculos se habían contraído y los costados de su cuerpo parecían estar tan duros
como una armadura.
-Sólo uso mejores ropas que los demás; eso es todo.
-No volverás a usar esta túnica; mira lo que le hiciste con el árbol. Puedo meter casi toda mi
mano... Alejandro, ¿nunca irás a la guerra sin mí?
Alejandro se enderezó, mirándolo atentamente. Hefestión tuvo que retirar su mano y, al
hacerlo, se estremeció.
-¿Sin ti? ¿Qué quieres decir? Sabes que eres mi mejor amigo.
Desde hacía tiempo Hefestión había pensado que si algún dios le concediera un don, él
escogería seguir a Alejandro hasta el final. Así, al oír las palabras de su amigo se llenó de felicidad.
-¿De veras piensas eso? ¿Lo dices en serio?
-¿Que si lo digo en serio? -el tono de voz de Alejandro había subido sensiblemente-. ¿Acaso
dudas de ello? ¿Crees que le digo a todo el mundo las cosas que te digo a ti? ¡Vaya cosas que se te
ocurren!
Tan sólo hace un mes -pensó Hefestión- me hubiera dado miedo responderle.
-No me regañes, uno siempre duda cuando tiene demasiada buena suerte.
La mirada de Alejandro se suavizó. Luego, levantando la mano derecha, dijo:
-Te lo juro por Heracles.
Luego, se inclinó y depositó un beso en la mejilla de Hefestión; fue un beso como el que se le
da a un niño afectuoso que aprecia las atenciones de los adultos. Hefestión apenas tuvo tiempo de
experimentar la dicha antes de que la sensación del ligero contacto desapareciera. Cuando se recuperó
y estaba dispuesto a devolverle el beso, la atención de Alejandro ya se había dispersado y parecía estar
mirando al cielo.
-Mira -le dijo señalando hacia el techo-. ¿Ves la estatua de la Victoria allí, en el gablete más
alto de todos? Sé cómo trepar hasta ella.
Desde la terraza, la estatua de la Victoria se veía tan pequeña que parecía un muñeco de arcilla.
Cuando llegaron hasta su base, después de un fatigoso ascenso, resultó que la estatua tenía un poco
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más de dos metros de altura. En la mano, extendida hacia el vacío, sostenía una dorada corona de
laurel.
A solicitud de Alejandro, Hefestión, que durante todo el camino no había hecho preguntas
porque no se atrevía a pensar, pasó su brazo izquierdo por la cintura de bronce de la diosa.
-Ahora, agárrame de la muñeca -le dijo.
Conservando el equilibrio de esta forma, Alejandro echó su cuerpo hacia el vacío y arrancó dos
hojas de la corona de la diosa: una de ellas se desprendió fácilmente, pero para arrancar la otra tuvo
que forcejear durante un buen rato. Hefestión sintió que un sudor viscoso se escurría de su mano y
empezó a sentir terror de que Alejandro llegara a soltársele; un frío glacial se apoderó de sus entrañas
y le puso los pelos de punta. La muñeca de su amigo parecía frágil y delgada contra su mano
musculosa y dura, que se cerraba en torno a ella en un solitario y férreo acto de voluntad. Después de
un breve instante, que le pareció una eternidad, Alejandro le pidió que lo cogiera; traía entre los
dientes el par de hojas arrancadas. Apenas llegaron a un lugar seguro, le dijo a Hefestión:
-¿Ahora ya estás convencido de que iremos juntos a la guerra?
La hoja que Alejandro regalara a su amigo era casi del tamaño de una verdadera, y entre las
manos de Hefestión, como las verdaderas, se estremecía como si la moviera el viento; cuando se dio
cuenta, la apretó fuertemente con los dedos. En ese momento sentía todo el terror del acto temerario de
la subida y recordaba el pequeño cuadrilátero de baldosas, su profunda soledad en los momentos
críticos. Había subido hasta allá con la firme determinación de obedecer las órdenes de Alejandro, así
le costara la vida, pero en ese momento, al sentir los dorados bordes de las hojas enterrársele en la
palma de la mano, se dio cuenta de que la prueba no había sido para él. Tan sólo había servido de
testigo, lo había llevado hasta allá para poner su vida en manos de él. Ésa fue la manera de responder a
la pregunta de si en verdad sentía de corazón las palabras que había dicho; era la prueba de su amistad.
Al bajar de la terraza por el gran árbol de nogal, Hefestión recordó la historia de Semele, la
amante de Zeus. El dios se le apareció en forma humana, pero eso no era suficiente y exigió que la
envolviera con su divina epifanía. Semele no lo pudo resistir y el fuego de Zeus la redujo a cenizas.
Ahora Hefestión tenía que prepararse para el contacto con el fuego.
Fue unas semanas antes de que llegara el filósofo, pero su presencia se manifestó antes que su
persona. En realidad, Hefestión lo había menospreciado, los conocimientos de Aristóteles en torno al
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país y la corte estaban bastante actualizados, y además tenía lazos familiares en Pella y muchos
viajeros amigos. Consciente de todo esto, el rey le había escrito ofreciéndole, si fuese necesario, un
recinto especial donde nadie interrumpiera los estudios del príncipe y sus amigos.
Al recibir el mensaje, Aristóteles no sólo lo leyó textualmente, sino en todas sus implicaciones,
y aceptó. Debía sustraer a Alejandro de la influencia de su madre, y el mismo Filipo también se
mantendría al margen para no influir en él. La oferta era mucho mejor de lo que había esperado, así
que respondió enseguida, sugiriendo que se mantuviera a los futuros alumnos lejos de las distracciones
de la corte; también recomendó algo acerca de un lugar alto en el que se respirase aire puro, pues en
todo Pella no había colinas lo suficientemente altas.
Al oeste de la planicie de Pella, en las laderas del monte Bermión se levantaba la casa de una
familia venida a menos a causa de las constantes guerras. Estaba a unos treinta kilómetros de la ciudad
y parecía ser el lugar adecuado, así que Filipo la compró y la acondicionó. Mandó añadirle un ala y un
gimnasio; además, como el filósofo también había dicho algo de un lugar por donde pasear
tranquilamente, hizo construir un jardín (nada del otro mundo, una sencilla réplica de la naturaleza, lo
que los persas llamarían “un paraíso”). Allí todo florecía, e incluso llegó a decirse que la legendaria
complacencia del rey Midas favorecía todo aquel lugar.
Cuando todo estuvo listo, de inmediato envió a buscar a Alejandro. Antes de que pasara una
hora, los espías de Olimpia ya la habían informado, y de alguna forma logró alterar el significado de
todo eso para Alejandro.
En la conversación que sostuvieron Filipo y Alejandro, intercambiaron muchas más cosas de
las que se dijeron con palabras. Evidentemente, ése era el entrenamiento de un heredero real.
Alejandro se percató de que su padre se tomaba las cosas con naturalidad. ¿Acaso todos sus desaires,
palabras de doble sentido, habían sido algo más que un ejercicio en la interminable guerra contra su
madre? ¿Ya se había dicho todo, en realidad? Alguna vez llegó a pensar que su madre nunca le
mentiría, pero desde hacia algún tiempo ya se había dado cuenta de que eso era una ilusión.
-Me gustaría que en los próximos días me dijeras con cuáles de tus amigos te gustaría pasar el
tiempo -le dijo-. Piénsalo bien antes de contestar.
-Gracias, padre -le respondió.
Entonces, Alejandro empezó a recordar las molestas horas de conversaciones asfixiantes en el
cuarto de las mujeres, los chismes y rumores, las intrigas, la necesidad de adivinar la procedencia y la
intención de una palabra o de una mirada, el llanto, las lágrimas, las promesas a los dioses de la ira, el
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olor a incienso, hierbas mágicas y carne quemada, los cuchicheos confidenciales que le mantenían
despierto durante la noche y que, al día siguiente, le robaban el ánimo o la velocidad de su carrera.
-Los amigos que tú escojas serán bienvenidos, si sus padres están de acuerdo. Supongo que
invitarás a Tolomeo, ¿no?
-Si, Tolomeo y Hefestión, por supuesto. Ya te lo había dicho antes.
-Ah, claro, Hefestión sobre todo, lo recuerdo bien.
Le costó un poco decirlo tranquilamente; no tenía el menor deseo de remover las cosas que ya
se habían asentado en su mente. Esa amistad estaba marcada por las pautas eróticas de Tebas: un joven
y un hombre, al cual el joven seguía como ejemplo: así empezaban a parecer las cosas, y Filipo no
quería ver a nadie en esa situación de poder. Incluso el fraternal Tolomeo, que era todo un hombre
para cualquier mujer, había sido soslayado durante demasiado tiempo. Por un tiempo, Filipo sintió una
fuerte angustia a causa de la sorprendente belleza de su hijo y su gusto por los jóvenes mayores. Una
parte de su personalidad lo había impulsado a arrojarse repentinamente en brazos de un joven de su
misma edad y a pasar con él casi todo el día. Desde ese entonces se volvieron inseparables durante
muchas semanas; en realidad, Alejandro no mostraba sus intimidades, pero el otro podía leerse casi
como si fuera un libro abierto. Sin embargo, en este caso no había duda de quién era el que seguía el
ejemplo de quién, y no había ninguna necesidad de interferir en el asunto.
Fuera del reino había grandes problemas. El año anterior habían tenido que expulsar a los
ilirios de la frontera oeste. En esa batalla, que le costó muchos pesares, amarguras y escándalos, un
sable enemigo hirió la pierna de Filipo, que, un año después, todavía cojeaba.
En Tesalia las cosas marchaban a la perfección; allí logró imponer una docena de tiranos
locales, arregló cuentas y puso fin a una serie de luchas sangrientas. Todos, salvo uno o dos tiranos,
estaban conformes y agradecidos; sin embargo, no sucedía lo mismo con Atenas. Aun después de lo
sucedido durante los juegos píticos, en los cuales los atenienses se habían negado a mandar a sus
competidores debido a que Filipo los comandaba, no se daba por vencido. Sus agentes le informaron
de que los atenienses eran hombres razonables con quienes se podía hablar, siempre que los oradores
lo permitieran. Su primera preocupación fue no interrumpir la distribución de los cargos públicos (de
nada serviría política alguna si los hacía sentirse amenazados, cosa que no haría ni siquiera para
defender sus tierras). Filócrates había sido acusado de traición, así que huyó de una muerte segura,
para ir a gozar de la jugosa pensión que le ofrecía Filipo. El rey cifraba sus esperanzas en los hombres
incorruptibles que estaban a favor de la alianza, creyendo que eso era lo mejor para los atenienses; se
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habían dado cuenta de que el objetivo principal de Filipo era conquistar el Asia griega y de que lo
último que desearía era enfrascarse en una lucha costosa contra Atenas, de la cual, ganara o perdiera,
saldría como enemigo de Grecia sin otra recompensa que tener su espalda resguardada.
Así pues, esa primavera mandó a Atenas nuevos embajadores para que se revisaran los tratados
de paz, por si fuera pertinente hacer alguna modificación. Los atenienses, por su parte, enviaron a
Macedonia como embajador a un amigo de Demóstenes llamado Heigésipo, a quien sus amigos
llamaban Copetudo, pues acostumbraba llevar atados sus rizos con un listón sobre el copete o mechón
de la frente. En Pella se aclaró el motivo de su elección: a los términos ya de por si inaceptables, él
añadía, por su propia cuenta, una dureza intransigente (con ése no había peligro de que Filipo les
convenciera). Como la sola presencia de ese hombre era un verdadero insulto, pues había sido el
responsable de la alianza entre Atenas y Fócida, Filipo, que aún no obligaba a los fócidas a pagar la
multa anual por el templo que habían saqueado, les avisó de que debían empezar a pagar su deuda.
En Epiro, las cosas no andaban muy bien, pues el rey había muerto hacía muy poco y ya
empezaba a fraguarse una guerra de sucesión. Allí, el rey de Macedonia era sólo uno más de los
hombres que se disputaban el trono. Si alguien no establecía rápidamente su hegemonía, el caos pronto
se apoderaría de todo. Por supuesto, Filipo pretendía tener a Epiro bajo su control, y esta vez tenía el
apoyo de Olimpia, su esposa, pues había escogido a su hermano Alejandro para que controlara el
reino; él vigilaría sus intereses en la región, al tiempo que frenaría las intrigas de su hermana, pues
necesitaba apoyo solamente y, además, seria un aliado bastante útil. Era una verdadera lástima que
debido a la urgencia de la situación no pudiera quedarse a recibir al filósofo. Antes de montar en su
caballo de batalla, hizo llamar a Alejandro y se lo dijo sin agregar nada más.
-Llegará mañana a eso del mediodía -dijo Olimpia diez días después-, así que por favor
recuerda estar en casa.
Alejandro estaba parado cerca del telar en el que su hermana estaba aprendiendo a hacer
bordados complicados. Acababa de aprender el tejido de óvolos y estaba ansiosa de que alguien la
felicitara, así que Alejandro la aplaudió generosamente, pues ambos
estaban contentos; pero un instante después miró a su alrededor, como si fuera un caballo que
atentamente mueve las orejas.
-Lo recibiré en el cuarto Perseo -dijo Olimpia.
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-Deja que sea yo quien lo reciba, madre.
-Por supuesto que estarás presente. Ya se lo dije.
Alejandro se alejó del telar; Cleopatra, sintiéndose olvidada, se paró sosteniendo la aguja entre
las manos, mientras miraba de una cara a otra con un temor que ya le era familiar. Su hermano golpeó
ligeramente la funda de cuero de su espada.
-No, madre. Ahora que no está mi padre, a mí me corresponde hacer las presentaciones. Le
ofreceré disculpas por no poder recibirlo, le presentaré a Leónidas y a Fénix y luego lo traeré hasta
aquí para que lo conozcas.
Olimpia se puso de pie; Alejandro había crecido muy rápidamente estas últimas fechas, y ella
ya no era la más alta (como parecía creer hasta el momento).
-¿Me estás queriendo decir que no deseas que yo esté presente? -le preguntó con voz de
engreimiento.
Entonces se hizo un profundo silencio.
-Sólo a los niños muy pequeños les presenta su madre cuando hay visitas. No es la forma de
acercarse a un sofista cuando uno es ya un poco mayor. Estoy a punto de cumplir los catorce años y he
decidido comportarme con este hombre en la forma en que deberé conducirme en el futuro.
La barbilla de Olimpia se estremeció y enderezó su espalda.
-¿Te dijo eso tu padre?
La pregunta le pilló por sorpresa, pero Alejandro sabía por qué se la hacía.
-No. no necesito que nadie me diga cómo comportarme. Al contrario, fui yo quien le avisó.
Las mejillas de Olimpia se ruborizaron, su pelirroja cabellera pareció erizarse y sus ojos se
dilataron. Alejandro se quedó mirándola de tal forma que sus ojos parecían taladraría, pensando que
ninguna otra mirada en el mundo podía ser tan peligrosa como
la de ella (aún nadie le decía otra cosa).
-¡Así que ya eres todo un hombre! Y yo sólo tu madre, la que te trajo al mundo, te aumentó,
luchó por tus derechos cuando el rey te hubiera arrojado de su vida como si fueras un perro sin dueño
para poner en tu lugar a un bastardo...
Alejandro se quedó inmóvil ante la mirada de una mujer que regía su casa con hechizos.
Olimpia esperaba haberlo herido lo suficiente, pero Alejandro no preguntó nada, así que las palabras se
sucedían como si fueran un ataque con flechas.
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-Yo, que he vivido cada momento de mi vida para ti desde que naciste, oh, desde mucho antes
de que vieras la luz del sol... Yo, que he visitado el fuego, la oscuridad y la casa de los muertos sólo
por ti. ¡Y ahora tú conspiras con tu padre para destruirme y tratarme como si fuera la esposa de un
campesino! ¡No dudo de que seas hijo de él!
Alejandro permaneció en silencio, pero Cleopatra, al ver tan excitada a su madre, dejó caer la
aguja de su telar y gritó con vehemencia:
-¡Nuestro padre es un hombre malvado! Yo no le amo, prefiero a mi madre.
Nadie le hizo caso, ni siquiera la miraron, y entonces empezó a llorar, pero nadie la oyó.
-Ya llegará el momento en que recuerdes este día -añadió Olimpia.
Sin duda, pensó Alejandro, no será fácil olvidarlo.
-Y bien, ¿no tienes nada que decirme?
-Lo siento, madre -su voz se quebró momentáneamente, traicionándolo-. Ya he pasado mis
pruebas de hombría y de ahora en adelante debo comportarme como tal.
Por primera vez en su vida, Alejandro oía que su madre se reía de él tal como lo bacía con su
padre.
-¡Tú y tus pruebas de hombría! Pequeño estúpido. A ver, dime, ¿cuántas veces le has hecho el
amor a una mujer?
Una pausa de silencio los estremeció. Cleopatra, por su parte, como nadie le hacia caso, salió
corriendo de la habitación. Olimpia se dejó caer en su sillón y prorrumpió en llanto. Entonces, como
tantas otras veces, Alejandro se le acercó, le acarició el cabello y la reclinó contra su pecho para que se
desahogara. Entre gemidos y sollozos, su madre le repetía todas las crueldades que había tenido que
padecer, le decía que no quería seguir viviendo si perdía su cariño. Alejandro trataba de calmarla
diciéndole lo mucho que la quería, que ella sabia cuánto la amaba. Así pasó un buen rato y, finalmente,
Alejandro apenas supo cómo había decidido que él, Leónidas y Fénix serían quienes recibirían al
filósofo. Después salió del cuarto; no se sentía ni derrotado ni victorioso, sencillamente estaba muy
agotado.
Hefestión le esperaba al pie de la escalera. Estaba allí parado para complacer a Alejandro, era
como si tuviera en la mano una pelota por si a él se le ocurría jugar, o un vaso con agua por si acaso
tuviera sed; no estaba allí por creer que podría serie necesario, sino en una actitud continua de servicio,
en la cual nada podía pasar inadvertido. Cuando Alejandro bajó las escaleras ojeroso y con la boca
seca, Hefestión percibió una muda señal y se puso a su lado. Ambos caminaron por el sendero que
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llevaba hasta el bosque. Allí, en un claro, había un tronco de roble lleno de fungosidades color naranja
con un cordón de hiedra enredado. Hefestión se sentó, apoyándose en el tronco; Alejandro, en medio
de un silencio que no se había interrumpido desde que salieron a caminar, avanzó hacia él y se echó en
sus brazos. Así pasaron un buen rato, en silencio, ocasionalmente interrumpido por un suspiro, sin
decir una sola palabra.
-Dicen amarte -comentó Alejandro- y te comerían vivo si pudieran.
Las palabras producían en Hefestión una ansiedad incómoda; le hubiera sido más fácil seguir
en silencio.
-Es que los niños les pertenecen, pero los hombres deben retirarse de su influencia. Bueno, eso
es lo que dice mi madre; según ella, quiere que me convierta en un hombre, pero al mismo tiempo no
me lo permite.
-La mía si me lo permite, no importa lo que diga.
Alejandro se le acercó todavía más (como un animal, pensó Hefestión, que se siente más seguro
con el buen manejo). No había nada más para él; no importaba si le faltaba algo necesario. A pesar de
que el lugar estaba solitario, Alejandro habló quedamente, como si las aves fueran espías.
-Mi madre necesita un hombre que la cuide, ¿sabes por qué?
-Sí.
-Siempre ha sabido que yo seré ese hombre, pero hoy me he dado cuenta de que ella piensa que
cuando yo gobierne podrá manipularme. No hablamos de nada de esto, pero quise dejarle muy claro
que no será así.
Aunque Hefestión sintió en su espalda el peligro inminente, su corazón se llenó de orgullo.
Nunca pensó que Alejandro lo considerara un aliado en contra de tan poderoso rival, así que sin
comprometerse con palabras le hizo sentir su lealtad.
-Ella se puso a llorar; yo la hice llorar.
Alejandro todavía estaba demasiado pálido, por lo que su amigo debía encontrar las palabras
adecuadas.
-Tu madre también lloró al darte a luz; así fue entonces y así debe ser ahora.
-¿Recuerdas la otra cosa que te dije? -le preguntó Alejandro después de una larga pausa.
Hefestión sólo asintió con la cabeza; había permanecido callado desde antes de esa pausa.
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-Prometió contármelo todo -continuó Alejandro-. A veces dice una cosa y luego otra totalmente
distinta... Hace algún tiempo soñé que atrapaba a una serpiente sagrada y trataba de hacerla hablar,
pero cuando estaba a punto de lograrlo se me escapaba de las manos.
-Quizá quería que la siguieras -le dijo Hefestión.
-No, tenía un secreto, pero no lo quería compartir... En realidad, mi madre odia a mi padre; en
ocasiones pienso que yo soy el único a quien ha amado de verdad. Me quiere todo para sí, pero ya
nada de mi le pertenece. A veces me pregunto si eso es todo.
En el soleado bosque, Hefestión sintió un ligero temblor que le estremecía; todo lo que
necesitara tenía que conseguirlo.
-Los dioses te lo revelarán, como se lo han revelado a todos los héroes. Pero tu madre..., en
todo caso... es una mortal.
-Sí, eso es cierto -hizo una pequeña pausa y se dio la vuelta-. Una vez, mientras estaba solo en
el monte Olimpo, tuve una señal, y prometí solemnemente guardar el secreto -hizo un ligero
movimiento para acomodarse y se estiró; su cuerpo se estremeció-. En ocasiones me olvido de esa
visión durante meses, pero hay épocas en que no pienso en otra cosa. A veces creo que si no averiguo
pronto la verdad me volveré loco.
-Eso es una verdadera tontería. Ahora yo estoy contigo, ¿acaso crees que yo permitiría que
enloquecieras?
-Contigo puedo hablar mientras esté aquí...
-Te prometo que mientras me quede un hálito de vida estaré a tu lado.
Los amigos miraron hacia el cielo, fijaron la vista en las nubes, cuyo escaso movimiento era la
manifestación celeste de la quietud de un largo día de verano.
Aristóteles, hijo de Nicomaco, médico de la familia de los Asclepiades, miró a su alrededor,
como si fuera un barco que llegara a la bahía, tratando de recordar escenas de su juventud. Había
pasado mucho tiempo, todo le parecía extraño. Su viaje desde Mitilene había sido bastante agradable,
pues era el único pasajero de una veloz galera que habían enviado especialmente para recogerlo. Por
tanto, no le pareció nada extraordinario que en el muelle estuviera esperándole una escolta.
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El filósofo hubiera deseado que el guía le fuera de utilidad, pues si bien estaba bastante
informado de las costumbres de Macedonia, no estaba de más todo lo nuevo que pudiera aprender; la
verdad, para él, era la suma de todas las partes.
Una gaviota se posó sobre la embarcación. Gracias a los muchos años de preparación
autodidacta, Aristóteles pudo identificar su especie al ver su ángulo de vuelo, la extensión de sus alas y
la comida que buscaba. Conforme la nave disminuía de velocidad, las estelas de agua se
transformaban; entonces, en su mente se formó una proporción matemática y la archivó en su memoria
para utilizarla cuando tuviera tiempo (no solía cargar tablas y punzones durante sus viajes).
Un grupo de embarcaciones pequeñas le imposibilitaba ver la escolta que le esperaba en el
muelle; el rey debió haber enviado a alguien responsable e importante. Demóstenes empezó a preparar
sus preguntas: eran las de un hombre bien formado por esa época, en la cual la filosofía y la política
estaban estrechamente unidas, cuando ningún hombre que presumiera de inteligente podía concebir un
valor más alto que el del médico que buscaba sanar la enfermedad de las Hélades. Por definición, los
bárbaros eran casos totalmente perdidos, tanto cómo tratar de enderezar una joroba. Era preciso curar a
Grecia para que dirigiera al mundo.
Las dos últimas generaciones habían visto cómo cada forma de gobierno se convertía en su
propia perversión: la aristocracia devino oligarquía; la democracia, demagogia, y su propia familia caía
en los extremos de la tiranía. En progresión matemática, de acuerdo con el número de individuos que
compartían el mal, se incrementaba el peso muerto en contra de las reformas. Últimamente se había
demostrado que era imposible sustituir una tiranía; cambiar una oligarquía que se distinguiese por su
poder y su crueldad era destructivo para el alma; para sustituir la demagogia era preciso convertirse en
demagogo y destruir la propia mente. Sin embargo, para reformar una monarquía sólo se necesitaba
educar a un hombre. La oportunidad de formar a un rey, premio por el que todo filósofo luchaba, este
vez la tenía él. En Siracusa, Platón mismo había arriesgado la vida dos veces para tener esa
oportunidad, una vez con el padre tirano, otra con el hijo frívolo. Antes que renunciar al desafío que él
mismo definió primero, estaba dispuesto a echar por tierra la mitad de sus mejores años de cosecha,
pues en su persona convivían, a la vez, el aristócrata y el soldado (o quizá tan sólo había sido un
soñador). Mucho mejor que recopilar datos fiables y salvar el viaje... Aunque este agudo pensamiento
evocó la presencia de la formidable raza, la sensación de algo que eludía las herramientas de medición,
destruyendo categorías y sistemas, le llegaba obsesivamente al viejo indómito con las esencias
veraniegas del jardín de la academia.
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Bueno, pues Platón había fallado en Siracusa, quizá por carecer de buen material con que
trabajar, y su fracaso se difundió por toda Grecia. Cuando estaba cerca de la muerte, su cerebro
también debió de haber andado bastante mal como para haber nombrado heredero a ese infructuoso
metafísico. De todos modos, éste demostró sus ansias por abandonarlo todo, incluso el cargo, para
dirigirse a Pella, en donde el rey de Macedonia colaboraba, y el alumno era inteligente y de férrea
voluntad, sin vicios, por no mencionar que era el heredero único de un poder que crecía año tras año
(sin duda Espeusipo debió haberse sentido tentado, después de tratar de instruir a los escuálidos y
miserables jóvenes de Siracusa). Demóstenes y sus partidarios lograron que ningún ateniense tuviera
esa oportunidad.
En lo que a Aristóteles se refiere, cuando sus amigos elogiaron su valentía por haber desafiado
a los violentos norteños, él respondió con una modesta sonrisa. Allí estaban sus raíces; en el aire de sus
montañas había conocido la felicidad de sus años infantiles y gozado de la belleza del lugar, mientras
sus mayores se ocupaban de los problemas de la guerra. En cuanto a la violencia, no era del todo
inocente en la medida en que había pasado buena parte de su vida bajo la sombra del poderío persa. Si
él mismo había tenido éxito en su lucha por convertirse en amigo y filósofo, a pesar de tan oscuro
pasado, no tenía por qué sentir temor ante un jovencito en plena etapa de formación.
Conforme la galera avanzaba hacia el embarcadero, plegando los remos para permitir el paso
de los remeros, pensaba en las laderas del palacio de Assos y su vista hacia las boscosas montañas de
Lesbos, en el estrecho que con tanta frecuencia solía cruzar, las antorchas encendidas en la terraza
durante las noches de verano, la discusión o el silencio pensativo o momentos de lectura con Hermeias
(el cual leía bastante bien; su voz, aguda, siempre era musical y expresiva, nunca chillona). Su tono
afeminado no reflejaba para nada su mente; cuando niño había sido castrado para prolongar la belleza
de su voz, que su amo adoraba. Antes de convertirse en gobernante había atravesado abismales
profundidades, pero, como una planta en la oscuridad, había crecido buscando la luz. Desde que lo
convencieron de visitar la Academia, jamás dio un paso atrás.
Como estaba condenado a no tener descendientes, Aristóteles se decidió a adoptar a una
sobrina con quien finalmente se casó para asegurar su amistad; el hecho de que ella lo adorara se
convirtió en una verdadera sorpresa para todo el mundo. Además, estaba satisfecho de haberle
mostrado su gratitud, pues la joven murió al poco tiempo de la boda. En vida había sido una muchacha
morena, delgada y estudiosa; antes de morir le extendió la mano, le miró confusamente con ojos
miopes, propios de los agónicos, y le suplicó que cuando ambos murieran dejara instrucciones para
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que sus cenizas reposaran en la misma urna. Aristóteles así se lo prometió, y añadió por su cuenta que
jamás se volvería a casar. Por si acaso llegara a morir en Macedonia, había llevado consigo la urna en
la que descansaban las cenizas de su esposa. Por supuesto que habría otras mujeres en su vida. Dentro
de los limites de su propia y saludable normalidad, él tomaría su fuerza de los filósofos, lo cual, en su
opinión, no era impropio. A su juicio, Platón se había comprometido con el amor sensual.
La galera estaba atracando y hacía sus maniobras con la prontitud que requieren los puertos con
excesivas embarcaciones. Desde arriba, los marinos arrojaron las cuerdas, alguien en el puerto las
aseguró al embarcadero y otros colocaron la pasarela para apearse. Los cinco o seis miembros de la
escolta estaban desmontados junto a sus respectivos caballos. Mientras tanto, Aristóteles vigilaba que
sus sirvientes no fueran a olvidar ninguna de sus maletas, cuando un escándalo entre los marinos le
hizo mirar hacia arriba. En uno de los extremos de la pasarela, un muchacho estaba contemplando la
escena; tenía las manos en la cintura, metidas entre el cuerpo y el cinto de la espada, su abundante
cabellera brillaba intensamente con los rayos del sol y la suave brisa marina se la revolvía. Estaba tan
alerta como un perro cazador al acecho de su presa. Cuando sus ojos se encontraron, el joven saltó la
pasarela, tan suavemente que ni siquiera perdió el paso; no esperó que el marino fuera en su ayuda.
-¿Tú eres Aristóteles el filósofo? Deseo que el viaje te haya sido agradable. Yo soy Alejandro,
hijo de Filipo; bienvenido a Macedonia.
Ambos intercambiaron los cumplidos acostumbrados, estudiándose el uno al otro. Alejandro
había preparado su partida a la mayor brevedad, así que su estrategia era improvisada. No obstante, su
instinto le había indicado que debía ser cuidadoso. Su madre había tomado las cosas de manera
positiva, pero él sabia perfectamente que sólo lo hacía para encubrir su próxima jugada. En una
ocasión en que se introdujo en la habitación de su madre mientras ella no estaba, vio tirada una toga
estatal. La siguiente batalla seria mucho más sangrienta que la primera, pero aún no sería la decisiva.
Entonces recordó la táctica del admirable Jenofonte, que, al verse acorralado en territorio persa,
emboscó su marcha.
Las cosas debían hacerse cuidadosamente, para evitar que la situación se convirtiera en
insalvable. Alejandro había ido con Antipatro, regente de su padre en Macedonia, para solicitarle que
lo acompañara. Era un hombre de lealtad inquebrantable, que conocía perfectamente bien los defectos
del reino, pero también era lo bastante inteligente como para no mostrarlos. Y bien, allí estaba, en el
desembarcadero, recibiendo al filósofo oficialmente.
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Aristóteles era un hombre delgado, más bien pequeño y no mal proporcionado, que a primera
vista daba la impresión de ser todo cabeza. Su frente protuberante destacaba por encima de toda su
persona; sus ajillos, pequeños y penetrantes, tomaban nota de cuanto había a su alrededor, registraban
todo lo que veían sin prejuicio o error; su boca estaba cerrada, formando una línea tan precisa como
una definición. Una barba corta y bien cuidada le cubría el rostro, y su cabello, redondeado, se veía
como si el crecimiento de su cerebro colosal hubiera separado sus raíces.
Una segunda mirada a su persona revelaba que vestía elegante y cuidadosamente a la manera
jónica y que llevaba uno o dos buenos anillos. Para los atenienses era un hombre sumamente vanidoso,
pero en Macedonia podría lucir su elegancia y sentirse libre de la austeridad rigurosa. Alejandro le
extendió una mano para ayudarle a subir la pasarela, y le ofreció la mejor de sus sonrisas. Cuando el
filósofo le devolvió el gesto, el muchacho se dio cuenta de que también tenía el don de la sonrisa
(pocas veces tendría la oportunidad de verle sonreír con el rostro levantado, pero desde esa vez le
pareció que ése era el hombre que respondería todas sus preguntas).
La belleza, pensó el filósofo, don de dios, enternece el pensamiento; además, en ese hogar
había alguien vivo. Esa empresa no era una causa perdida, como lo habían sido los viajes a Siracusa
del pobre Platón; debía asegurarse de que las noticias llegaran hasta Espeusipo.
A continuación, siguieron las presentaciones, que hizo el joven príncipe atinadamente. Un
mozo llevó un caballo para el filósofo y le ofreció un banquillo para que montara al estilo persa. Al ver
montar al recién llegado, Alejandro se volvió; un joven más alto avanzó hacia ellos con su mano sobre
las bridas de un magnifico caballo negro con una estrella blanca en la frente. En medio de todas las
formalidades, Aristóteles se dio cuenta del temperamento de la bestia, así que se sorprendió cuando vio
al joven soltarle las riendas. El animal, sin embargo, trotó tranquila y dócilmente hacia Alejandro y le
resopló en el oído; éste, a su vez, lo acarició y le musitó algunas palabras en la oreja. Con elegancia y
dignidad, la bestia agachó la grupa, esperó calmadamente a que montara y, al chasquido de sus dedos,
volvió a erguirse. Hubo un momento en el que jinete y montura se asemejaron a un par de iniciados
que acaban de intercambiar secretamente una palabra de poder y fuerza.
El filósofo desechó sus fantasías. La naturaleza no tiene ningún misterio insondable; la realidad
está compuesta por hechos que aún no han sido correctamente observados o analizados. Si se parte de
esta premisa fundamental, jamás se pierde el camino.
Los manantiales de Mieza eran lugares sagrados para las ninfas, así que habían desviado sus
aguas hacia una vieja fuente de piedra en donde burbujeaban divinamente; el estanque rodeado de
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helechos que estaba hacia abajo, sin embargo, había sido excavado por el mismo torrente en su caída
serpenteante entre las piedras. Allí, los rayos del sol caían directamente sobre sus aguas, tiñéndolas de
oro; era un buen lugar para bañarse.
Los jardines estaban llenos de veredas y senderos semiocultos por la maleza; había bayas,
arrayanes y pasto silvestre, y por todas partes corrían pequeños arroyos que se; extendían o caían por
las pendientes formando una infinidad de cascadas. Más allá del huerto bien cuidado crecían flores
silvestres y manzanos en flor al amparo del clima de primavera. En los claros de maleza, habían
sembrado césped del más fino. Desde la casa rosada salían una serie de veredas y de toscas escalinatas
en todas direcciones, rodeando alguna roca cubierta de flores silvestres, cruzando un puente de madera
o algunas de las rocas que servían como puntos de observación. En verano, los bosques parecían un
ramillete de rosas -tributo de las ninfas al buen Midas-, y el rocío nocturno esparcía su aroma espinoso.
Los jóvenes salieron de cacería al cantar el gallo, aprovechando sus últimos días de vacaciones
antes de ir a la escuela. Recogieron las trampas de sus escondites y atraparon a sus venados o conejos.
Bajo los árboles flotaba un olor a humedad y moho, y en la llanura, a hierbas pisoteadas. Cuando el sol
estuviera en lo alto, los olores a humo, carne asada, sudor de caballo y perro llenarían el ambiente. Si
el animal cazado les parecía raro o extraño, lo llevarían rápidamente a casa para disecarlo. Aristóteles
había desarrollado esta habilidad gracias a su padre -ésa era una parte de la herencia asclepiade-, y la
practicaba hasta con los insectos que encontraba. A pesar de que conocía la mayoría de los
especimenes que habían cazado los muchachos, preguntaría agudamente: “¿Qué es eso? ¿Y aquello?”.
Después tomaría sus notas con los finos lápices de dibujo que, a tal efecto, siempre llevaba consigo, y
pasaría el resto del día de muy buen humor.
Alejandro y Hefestión eran los más jóvenes del grupo. Aristóteles había dejado muy claro que
no quería niños en el grupo, no importaba lo influyentes que fueran sus padres. Muchos de los amigos
de Alejandro durante la niñez eran mayores que él, y para ese entonces ya se habían convertido en
jóvenes mayores, y ninguno de los elegidos rechazó la invitación a participar en la escuela; eso los
convirtió en compañeros del príncipe, privilegio que podría llevarlos a cualquier parte.
Después de esperar en vano durante algún tiempo, Antipatro puso a la consideración del rey las
demandas de su hijo Casandro. Alejandro, a quien Filipo informó del asunto antes de partir, no tomó
las cosas de muy buen grado.
-Ni le agrado ni me agrada, padre; entonces, ¿por qué quiere venir?
-¿Tú por qué crees que quiere ir? Recuerda que te llevas a Filotas.
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-Pero él es uno de mis amigos.
-Si, te prometí que irían todos tus amigos, y como puedes observar he cumplido con mi
promesa. Pero nunca te dije que no invitaría a nadie más. ¿Cómo podría aceptar al hijo de Parmenión y
rechazar al de Antipatro? Si tienen algún problema, será el momento adecuado para que lo resuelvan.
Su asistencia me es útil, ésa es otra habilidad que un rey debe aprender.
Casandro era un joven pelirrojo, de cabellera brillante y sedosa, de tez muy blanca y pecas
oscuras. Como poseía un cuerpo duro y fuerte, era demasiado afecto a abusar de todos aquellos a
quienes podía amedrentar. Pensaba que Alejandro era un jovencito presumido que merecía una buena
paliza, de la cual se había salvado por su jerarquía y por el nutrido grupo de aduladores que lo seguía
a todas partes.
Casandro no deseaba ir a Mieza. No hacia mucho tiempo que Filotas le había dado una buena
azotaina, pues le había dicho algo en contra de Alejandro, sin saber que una de sus preocupaciones
principales era que éste lo aceptara dentro del grupo. Así pues, al llegar, Casandro se encontró rodeado
por Tolomeo y Harpalos; Hefestión lo miraba como el perro encadenado mira al gato, y Alejandro lo
ignoraba (aunque, en realidad, disfrutaba con su presencia porque sabia que le molestaba estar allí.
Quizá si alguna vez hubieran sido amigos las cosas se habrían arreglado, pues Alejandro era proclive a
las reconciliaciones y sin duda tendría que estar muy molesto para rehusar. Así las cosas, el mutuo
desagrado casual se había vuelto verdaderamente hostil. Casandro los vería languidecer a todos antes
de acercarse a adular a ese pequeño cachorro presumido, que, de acuerdo con la naturaleza, ya debía
estar aprendiendo a respetarlo.
En vano trató de convencer a su padre de que no estaba capacitado para la filosofía, de que se
sabía de sobra cómo su estudio hacia que todas las mentes cambiaran y de que él sólo deseaba
convertirse en soldado, pero no se atrevió a confesar que Alejandro y sus amigos le molestaban (le
hubieran dado una buena paliza si lo hubiese hecho). Antipatro valoraba su propia carrera y tenía
ambiciosos planes para su hijo. Así las cosas, Antipatro fijó sus fieros ojos azules en su hijo, cuyas
cejas erizadas habían sido tan rojas como las de él, y le dijo;
-Compórtate como es debido mientras estés allí, y ten mucho cuidado con Alejandro.
-Es sólo un niño -respondió desdeñosamente.
-No demuestres ser más tonto de lo que eres en realidad. Los cuatro o cinco años que le llevas
no harán ninguna diferencia cuando ambos seáis hombres. Ahora pon toda tu atención en lo que te
digo: ese muchachito heredó el ingenio de su padre, y si no resulta de tan mal carácter como su madre,
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entonces yo seré un etíope a su lado. No le molestes, ése es el trabajo del sofista. Yo te envío allí para
que mejores tú mismo, no para hacer enemigos gratuitos. Recuérdalo: si armas algún alboroto, te daré
una paliza que te costará mucho olvidar.
Así pues, en Mieza, Casandra se sintió aburrido, solitario, resentido y nostálgico. Alejandro,
por su parte, lo trató con mucha cortesía, pues su padre le dijo que ésta era otra de las artes que un rey
debía dominar, además de que tenía cosas más importantes en que pensar.
Aristóteles resultó ser un hombre no sólo bien dispuesto, sino incluso deseoso de responder las
preguntas de sus alumnos. A diferencia de Timantes, el filósofo prefería responder primero las
preguntas y después explicar el valor del sistema en su totalidad; sin embargo, la exposición siempre
era sumamente rigurosa (Aristóteles odiaba dejar las cosas sin terminar).
La ciudad de Mieza miraba hacia el este. Durante toda la mañana daba el sol en sus enormes
muros, los cuales refrescaban después del mediodía. Un grupo de estudiantes trabajaba en el interior
del palacio cuando tenían que escribir, dibujar o estudiar; en cambio, cuando les tocaba hacer sus
discursos o escuchar las conferencias del maestro, podían pasear por los jardines. En sus
conversaciones hablaban de ética, de política, de la naturaleza, del placer y la justicia, del alma, de la
virtud y del amor. También reflexionaban sobre las causas de las cosas; debían investigarlo todo, y no
podían hablar de ciencia sin demostrar lo que decían.
No pasó mucho tiempo antes de que llenaran todo un cuarto con sus especimenes: plantas y
flores disecadas, recién nacidas otras, huevos de aves en miel clara para conservar sus embriones,
conocimientos de hierbas medicinales, etcétera. Con su séquito, Aristóteles trabajaba todo el día.
Durante la noche, se dedicaban a observar el cielo; las estrellas eran algo mucho más divino que
cualquier otra cosa que pudieran ver los ojos de un hombre; eran un quinto elemento que no podía
encontrarse en la tierra. Observaban y tomaban nota de los vientos, las brumas y el aspecto de las
nubes; en espejos de bronce reflejaban los rayos de luz y median los ángulos de refracción. Así,
gracias a sus observaciones cotidianas, pronto aprendieron a pronosticar tormentas, entre otras cosas.
Para Hefestión era una vida totalmente nueva; Alejandro, por su parte, se comportaba libremente a la
vista de todos.
En la escuela frecuentemente se discutían las concepciones acerca de la amistad, y a través de
las discusiones aprendieron que ésa era una de las cosas de las que un hombre nunca debe carecer,
pues es necesaria para la buena vida y para la belleza misma. Entre los amigos no es necesaria la
justicia -les decía-, pues cuando la amistad es verdadera no admite ni equivocaciones ni desigualdades.
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Aristóteles les explicaba los diferentes grados que admite la amistad, desde la búsqueda personal, el
más sen cilio, hasta el más puro y complicado: cuando se desea el bien para un amigo por su propia
seguridad. La amistad es perfecta cuando un hombre virtuoso ama el bien en la persona de otro
hombre, porque la virtud produce más deleite que la belleza misma y permanece intacta; ni siquiera el
tiempo puede tocarla.
El filósofo continuó hablando del valor de la amistad más allá de las arenas movedizas de Eros;
sólo uno o dos de los jóvenes le discutían ocasionalmente. Hefestión no tenía la facultad de convertir
rápidamente sus pensamientos en palabras y, cuando tenía algo que decir, generalmente alguien ya se
le había adelantado (en todo caso, prefería eso a quedar en ridículo ante sus compañeros). Por alguna
razón, Casandro tomaba esto como un tanto contra Alejandro.
Hefestión se volvía cada vez más posesivo; todo lo llevaba por ese camino; su naturaleza, la
pureza de su amor y su conciencia de ello, el dogma del filósofo de que sólo había un amigo perfecto
para cada hombre, la certeza de que la lealtad de Alejandro era del mismo alcance que la suya y el
reconocimiento que debía a su jerarquía.
Aristóteles era un hombre que se basaba en hechos objetivos y rápidamente se dio cuenta de
que para bien o para mal, su unión ya estaba sólidamente establecida; era un vinculo de verdadero y
profundo afecto, no sólo de lascivia o adulación. No debía oponerse a esta relación, sino moldearla
dentro de su inocencia. (¡Sólo con que un hombre sabio hubiera hecho lo mismo por el padre...!) Así
pues, cada vez que hablaba de la amistad, el filósofo dejaba caer su mirada bondadosamente sobre los
dos hermosos muchachos, que ya estaban indisolublemente unidos. En las perdidas intimidades de
Pella, Hefestión no tenía ojos más que para Alejandro; ahora, en los ojos de su maestro veía reflejarse
el hecho de que ambos formaban una hermosa pareja; lo veía tan claramente como si estuviera en su
clase de óptica.
Hefestión se enorgullecía de todo lo que era Alejandro; ello incluía, por supuesto, su jerarquía,
pues no se lo podía imaginar sin ella. Si alguna vez la perdiera, Hefestión lo seguiría al exilio, a la
prisión o a la muerte (este conocimiento alimentaba su orgullo). Él jamás sintió celos de Alejandro,
pues nunca dudó del muchacho, pero si silenciaba su propia posición y le gustaba que se la
reconocieran.


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