Segunda parte

A la larga, Casandro llegó a conocer a fondo esta situación. Hefestión, por su parte, sabia que si
bien Casandro no deseaba nada de ellos, los odiaba por su íntima relación, por su confianza mutua y su
belleza. Odiaba a Alejandro por haberse presentado ante el hijo de Antipatro con soldados de
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Antipatro, porque había ganado su cinturón a los doce años y porque Bucéfalo se dejaba montar
dócilmente. Hefestión lo odiaba por no ir tras Alejandro con la esperanza de ganar; él sabía todo eso y
reflejaba sus conocimientos en Casandro, que para no perder la autoestima se aferraba a la idea de que
el odio que sentía por Alejandro sólo se debía a sus faltas.
Lo que le parecía más odioso era tener que tomar clases particulares de política con el filósofo.
Hefestión, en cambio, animaba a Alejandro cada vez que le oía quejarse de lo aburrido o difícil de las
tareas, y por ello se había ganado la envidia de Casandro.
-Pensé que sus lecciones serian las mejores. Conoce bien Jonia, Atenas y Caicídia, y un poco
Persia. A mí me interesa saber cómo son sus habitantes, cómo se comportan, sus costumbres. Lo que él
quiere es llenarme de respuestas que todo lo contestan de antemano. ¿Qué podría hacer yo si sucediera
esto o aquello? Allí estaría yo para ver cuando sucediese. Los acontecimientos son producto de los
hombres, y creo que uno necesita conocerlos. Creo que Aristóteles pensó que yo actuaba tercamente.
-¿Te dejaría el rey abandonar el grupo?
-No. Tengo derecho a él; además, la diferencia de opiniones le hace pensar a uno. Ahora sé qué
es lo que anda mal; él cree que se trata de una ciencia inexacta, aunque admite que es una especie de
ciencia. Junta una cabra y un cabrón y siempre obtendrás un cabrito; acerca lumbre a la nieve y verás
que invariablemente se derrite: eso es la ciencia para ellos, tus demostraciones deben ser repetibles y
sistemáticas. Mira, supongamos que es el caso de una guerra; aun cuando se pudieran reproducir todas
las condiciones, lo cual es imposible, ya no puedes repetir el factor sorpresa. el clima ni la reacción de
los hombres. Los ejércitos y las ciudades han sido construidos por los hombres. Ser rey..., ser rey es
como la música.
-¿Te ha pedido que vuelvas a tocar? -preguntó Hefestión.
-“Con sólo escuchar se pierde la mitad del efecto ético.”
-A veces es tan sabio como un dios, pero otras es tan simple como una gallina clueca.
-Yo le expliqué que había aprendido el efecto ético gracias a un experimento, pero que me era
imposible repetirlo. Creo que captó el sentido de mi indirecta.
Por supuesto, no se volvió a hablar del asunto. Tolomeo, a quien no le gustaban las indirectas,
se puso en el lugar de Aristóteles y explicó fríamente los hechos.
El joven había tomado sin rencor el nacimiento de la buena estrella de Hefestión. Si el nuevo
amigo de Alejandro hubiera sido un adulto, sin duda habría surgido algún antagonismo, pero en este
caso el fraternal papel de Tolomeo permaneció inalterado. Aunque soltero, Tolomeo ya era padre de
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varios hijos; su sentido del deber para con su dispersa prole empezó a consolidar su amistad con
Alejandro. El mundo de la apasionada amistad adolescente le era totalmente desconocido (desde muy
joven se había iniciado con las mujeres). Hefestión no le quitaba nada, salvo porque ya no era el
primero en el grupo de Alejandro. Como ésta no era la peor de las pérdidas que podía sufrir un
hombre, resolvió no darle más importancia de la que merecía. Esas cosas se borrarían con el curso de
los años, sin duda. Mientras tanto, Alejandro tenía que hacer que Hefestión fuera menos pugnaz. A
pesar de que entre ellos jamás peleaban -era una sola alma que habitaba dentro de dos cuerpos, como
decía Aristóteles- éste era agresivamente belicoso.
Sólo una cosa explicaba su comportamiento. Mieza, santuario de las ninfas, también era un
lugar para refugiarse de la corte y de su torrente de noticias, acontecimientos e intrigas. Allí, los
jóvenes convivían con las ideas y con sus compañeros; sus mentes estaban en continuo crecimiento,
que debían cultivar cotidianamente (por no mencionar el hecho de que también sus cuerpos estaban en
plena etapa de desarrollo). En Pella, Hefestión había vivido envuelto en una nube de anhelos
incipientes, que ahora ya se habían convertido en deseos bien claros y precisos.
Los amigos verdaderos lo comparten todo; sin embargo, la vida de Hefestión se estaba llenando
de secretos. Alejandro adoraba las demostraciones de amor, aun cuando estuviera seguro de éste, y su
alma recibía y devolvía los cuidados de su amigo. Hefestión jamás se había atrevido a hacer algo que
sugiriera más que afecto amistoso.
Cuando un hombre tan inteligente es tan lento para comprender, es porque carece de voluntad.
Él era un hombre generoso, y lo único que no ofrecía era aquello de lo que carecía. Si en su casa le
forzaban a aprender, lo único que lograrían era hacerle fracasar. A la larga quizá su corazón llegara a
perdonar, pero su alma jamás olvidaría.
“Y aun así -pensó Hefestión-, a veces uno juraría...” Pero no era el momento adecuado para
molestarle; ya tenía demasiados problemas.
Diariamente tenían clase de lógica formal. El rey había prohibido la enredada logomaquia
erística, y el filósofo tampoco la quería (era una ciencia de la que Sócrates dijera que hacia pasar las
peores causas como las mejores). Sin embargo, había que entrenar la mente para que fuera capaz de
distinguir una falacia, una pregunta acerca de lo que falta comprobar, o una mitad mal distribuida
(todo el arte de la ciencia dependía de saber cuándo dos proposiciones son mutuamente excluyentes).
Alejandro asimilaba rápidamente las lecciones de lógica, mientras que Hefestión guardaba para si
algunas dudas. Sólo él conocía el secreto de las elecciones imposibles, y trataba de evitarlo creyendo a
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medias en dos cosas a la vez. Como compartían la habitación, Hefestión solía trasladarse a su cama
durante la noche para verlo siempre con los ojos abiertos bajo la luz de la luna, afrentando el silogismo
de su propia existencia.
En cuanto a Alejandro, cabe señalar que su santuario no era inviolable; cuando menos, media
docena de veces al mes recibía al correo de su madre, que le mandaba higos dulces, un sombrero o un
par de sandalias (el último par que le había enviado ya le quedaba demasiado pequeño), y una carta
voluminosa perfectamente sellada.
Hefestión conocía bien el contenido de aquellas cartas, pues Alejandro, fiel a su principio de
que debía compartir todos sus secretos con su amigo, le permitía leerlas; nunca trataba de ocultar
que necesitaba de alguien con quien compartir sus problemas.
Ya fuera sentado al borde de la cama o bajo la sombra de alguno de los árboles del jardín,
Hefestión se colocaba siempre junto a él, pasándole un brazo por la cintura, para poder leer sobre sus
hombros (en esos momentos se enojaba tanto que él mismo se sorprendía de su propia rabia y tenía
que morderse la lengua para no hablar). Las cartas de su madre estaban llenas de secretos, intrigas e
infamias; nada de noticias de la guerra que emprendía su padre; para enterarse, tenía que interrogar al
correo cada vez que éste le visitaba. Antipatro había quedado otra vez como regente de Macedonia,
mientras Filipo salía para la campaña del Quersoneso, y Olimpia pensó que debía ser ella misma la que
gobernara en ausencia de su esposo, el rey, limitando las funciones del general a las de comandante en
jefe de guarnición. Sin embargo, éste no haría nada por ella, pues era una perfecta creación de Filipo y
también estaba en contra suya y de la sucesión de Alejandro. Siempre que su madre le enviaba al
mensajero, le daba órdenes a éste de que esperase la respuesta y de que no hiciera nada más durante
ese día. Si su contestación le parecía moderada en contra de Antipatros, su próxima carta estaría llena
de reproches y él tendría que soportar sus acusaciones; sabía que su madre no le enseñaría su carta a
Antipatro para después echárselo en cara y ganarse un punto en su próxima disputa.
Pasó el tiempo y llegó el inevitable día en que Olimpia se enteró de que el rey tenía otra mujer.
En esa ocasión, su carta para Alejandro fue terrible; incluso Hefestión se sorprendió muchísimo de que
le permitiera leerla. A la mitad de su lectura se detuvo, pero Alejandro lo animó para que continuara.
Se comportaba como alguien que tiene una enfermedad crónica, que siente la punzada familiar del
dolor. Finalmente dijo:
-Debo ir a su lado -la piel se le erizaba con el contacto.
-Pero, ¿qué puedes hacer tú? -le preguntó Hefestión.
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-Nada, sólo estar allí. Regresaré mañana o pasado.
-Iré contigo.
-No, te enfurecerías, quizá nos peleemos. Con eso es suficiente.
Cuando el filósofo se enteró de que la reina estaba enferma y de que su hijo quería ir a visitaría,
se enfureció casi tanto como Hefestión, pero no dejó traslucir su enojo. El muchacho no lucía como
tunante que acude a una fiesta, y cuando regresó tampoco parecía haberlo sido. Aquella noche despertó
a Hefestión con un fuerte “¡No!”mientras dormía. De inmediato, el buen amigo se levantó y fue a ver
qué le sucedía. Alejandro aclaró su garganta con fuerza salvaje, abrió los ojos, le abrazó exhalando un
suspiro de alivio y volvió a quedarse dormido. Hefestión permaneció despierto a su lado, y poco antes
de que amaneciera regresó a su cama. Por la mañana, Alejandro se despertó sin recordar el incidente.
También Aristóteles, a su manera, trató de consolarlo, así que el día siguiente hizo un esfuerzo
especial para llevar su cátedra hacia el aire fresco de la filosofía. Agrupados en torno a un banco de
piedra, con un panorama de nubes en lontananza, discutieron la naturaleza del hombre superior. ¿Era
el amor propio una de sus deficiencias? Si, en lo que se refiere a los deseos y placeres; pero, entonces,
¿qué parte de si mismo debería amar? Ni el muchacho ni sus pasiones, sino su alma intelectual, cuya
vocación era la de gobernar a los demás como un rey gobierna a sus súbditos. La verdadera realización
del amor propio está en amarse a si mismo, en ser indulgente con los apetitos y considerarlos como
virtudes y proezas nobles, en preferir la muerte después de una hora de gloria que vivir una vida
ociosa, en esforzarse por compartir la dignidad moral del león. El filósofo solía hablarles de lo
equivocados que estaban los viejos proverbios que condenaban al hombre a sucumbir ante el peso de
su propia moralidad. Creía que, por el contrario, debía esforzarse al máximo para investirse de
inmortalidad, y nunca permitirse estar por debajo de los grandes principios que conocía.
Alejandro se sentó en una piedra gris que estaba frente a un laurel; tenía las manos entrelazadas
en torno a sus rodillas y los ojos fijos en el cielo. Hefestión le observaba, tratando de adivinar si ya se
había tranquilizado, pero más bien parecía una de esas jóvenes águilas a las que, según había leído en
alguna parte, sus padres entrenaban para ver a través de los rayos del sol de mediodía; si parpadeaban,
decían los libros, eran expulsados del nido. Al cabo de un rato, Hefestión lo invitó a leer a Homero:
personalmente, le tenía más fe a este remedio.
Los amigos habían conseguido un nuevo libro, pues el que les regaló Fénix fue copiado por un
escribiente nada aplicado tomando como base un texto poco fiable. En una ocasión en que se acercaron
a Aristóteles para preguntarle el significado de un párrafo oscuro, el filósofo apretó los labios, mandó
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pedir a Atenas una buena copia revisada y, al recibiría, la volvió a revisar personalmente para detectar
los posibles errores. Esta nueva copia no sólo tenía líneas enteras que no estaban en la copia vieja, sino
que los párrafos oscuros ya parecían tener sentido. La edición había sido preparada con un cierto tono
moral; una nota a pie de página, por ejemplo, explicaba que cuando Aquiles gritó “Vivificante!”
refiriéndose al vino, no quería decir que le sirvieran vino fuerte, sino que se lo sirvieran rápido. El
alumno era perspicaz y agradecido, pero en esta ocasión la causa de las cosas no le había sido revelada
ni al maestro, quien sólo se preocupaba por hacer que el viejo poema fuera edificante, constructivo,
mientras que Alejandro pensaba que los textos sagrados deberían ser infalibles.
El filósofo se sintió menos tranquilo cuando, en una de las festividades, bajaron a la ciudad a
ver la representación de una obra de Esquilo, en la cual Aquiles y Patroclos eran representados
(cuando menos en su interpretación) como algo más que amigos perfectos. En medio de sus
preocupaciones -en el momento en el que, en la obra Aquiles se entera de la muerte de Patroclos-, se
percató de que Alejandro estaba sentado al filo de la butaca casi en estado de trance: tenía los ojos bien
abiertos y las lágrimas le resbalaban por las mejillas, mientras que Hefestión le cogía la mano.
Aristóteles les lanzó una mirada reprobatoria y Hefestión, ruborizado, soltó la mano de su amigo.
Alejandro estaba completamente abstraído. Al terminar la obra, los jóvenes amigo
desaparecieron. Alejandro corrió a los vestuarios a visitar al actor que había representado a Aquiles,
quien no podía impedir que el príncipe dejara de abrazarlo, y le regaló un costoso brazalete que traía
puesto, sin pensar que su madre le preguntaría por él.
Todo el trabajo del día siguiente estuvo dedicado a las matemáticas, como saludable antídoto
para las emociones de la noche anterior.
Nadie había informado a Aristóteles de que cuando sus alumnos no tenían que hablar de
leyes, retórica o ciencia, pasaban el rato discutiendo si aquellos dos había hecho algo o no. Hefestión
era consciente de esta situación, y no hacía mucho que había tenido que golpear a uno de sus
compañeros que, por una apuesta, se atrevió a preguntárselo directamente. ¿Era posible que Alejandro
no se hubiera dado cuenta?
Si ya lo sabía, ¿por qué nunca hablaba de ello? ¿Quería mostrar la lealtad de su amistad para
que nadie pensara que ésta era incompleta? ¿Acaso pensaba que ya eran amantes según el concepto
que él mismo tenía de amantes? Algunas veces, por la noche, Hefestión se preguntaba si era un tonto o
un cobarde por no probar su suerte, pero el oráculo de su instinto señalaba lo contrario. Diariamente
oían que todas las cosas podían verse a la luz de la razón, y él lo sabia mejor que nadie. Fuera lo que
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fuere lo que Alejandro estuviera esperando -un nacimiento, una curación o la intervención de algún
dios -él también tendría que esperar, incluso para siempre. Sólo con lo que poseía ahora ya era más
rico de lo que nunca había soñado; si por ambición lo perdiera todo, no podría resistirlo.
En el mes del León, cuando se empezaban a recoger las primeras uvas, Alejandro y Hefestión
celebraban su decimoquinto cumpleaños. La primera semana de helada llegó un correo, esta vez con
noticias del rey, no de la reina. Filipo le saludó y le invitó a visitar sus cuarteles, esperando que le
agradara el cambio de actividad. La decisión no fue apresurada, en la medida en que Alejandro estaba
avezado a esos asuntos y deseaba ver el rostro de la guerra.
Alejandro y sus amigos cogieron el camino de la costa, bordeando las montañas pues los
pantanos o las bocas del río los llevaban tierra adentro. El camino había sido abierto originalmente por
los ejércitos de Jerjes en su marcha hacia el oeste, y después las tropas de Filipo volvieron a arreglarlo
cuando emprendieron su marcha hacia el este. Alejandro llevó consigo a Tolomeo, pues pensó que era
algo que le debía; a Filotas, porque su padre estaba con el rey; a Casandro, porque si iba el hijo de
Parmenión no podía dejar al de Antipatro; y, por supuesto, Hefestión, que era su mejor amigo.
Cleitos, el hermano menor de su nodriza, iba al frente de la escolta; el rey había dispuesto que
así fuera, considerando que conocía a Alejandro desde hacía mucho tiempo. Seguramente Cleitos era
una de las primeras personas que el joven príncipe había visto, y lo recordaba como un joven moreno
que solía entrar en el cuarto de los niños a hablar con su hermana o rugiendo a cuatro patas imitando a
un oso. Se había convertido en un barbado capitán de caballería, altamente fiable y de una franqueza
ancestral, al que llamaban Cleitos el Negro. Ahora que cabalgaba escoltando al hijo del rey, apenas si
recordaba las burdas bromas de la infancia. Alejandro, por su parte, apenas sabia qué era lo que
recordaba. Sin embargo, puso un límite a las disputas y, aunque sonreía, tuvo buen cuidado de dar
tanto como recibía.
El grupo vadeó los ríos cuyo caudal, según se decía, había sido agotado por la sed de los
soldados persas, cruzó el Estrimón por el puente de Filipo y trepó hasta la ciudad de Anfipolis. Allí, en
los nueve caminos, el rey Jerjes había quemado vivos a nueve niños y nueve niñas para adorar a sus
dioses. En esos días, entre la montaña y el río se había levantado una nueva fortaleza con sólidos
sillares; dentro de sus muros, los hornos en los que se fundían metales preciosos levantaban espesas
columnas de humo; éste era un punto estratégico que Filipo no quería perder a ningún precio, ya que
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había sido la primera de sus conquistas que le permitió extender las fronteras de Macedonia hasta más
allá del río. A sus espaldas se levantaba el monte Pangeo, con sus tupidos bosques y heridas abiertas
por el trabajo de las minas, con sus rocas de mármol brillando intensamente por los rayos del sol, ricas
entrañas para el sostenimiento de los ejércitos reales. Por dondequiera que pasaban, Cleitos les
mostraba las huellas que habían dejado las constantes guerras del rey: la mala hierba cubría los
trabajos del asedio y las rampas desde donde las torres y catapultas de Filipo atacaron la ciudad hasta
derribar sus murallas y convertirlas en ruinas. A lo largo de todo el camino, siempre encontraban un
fuerte en el que podían pasar la noche.
-¿Qué será de nosotros, muchachos, si no está dejando nada para nosotros? -comentó
Alejandro, con una sonrisa en los labios.
Cuando llegaban a algún lugar en el que la arena de la playa fuera firme, los jóvenes desviaban
su curso para galopar, con el pelo revuelto por el viento, chapoteando a orillas del mar y levantando
sus voces por encima del escándalo que producían los graznidos de las gaviotas. En cierta ocasión,
mientras entonaban una canción que conocían, un grupo de campesinos los confundió con un cortejo
de invitados a una boda, que llevaban al novio a casa de la novia.
El estado de ánimo de Bucéfalo era inmejorable. Hefestión, por su parte, estrenaba un hermoso
caballo rojizo, con la cola y la crin rubias, que le había regalado Alejandro (los amigos siempre
estaban intercambiando regalos, en las fiestas o por puro gusto, pero siempre se trataba de cosas de
muchachos, y ése era el primer regalo costoso de Alejandro). Los dioses sólo habían hecho un
Bucéfalo, pero la montura de su amigo debía ser mejor que las del resto de sus compañeros y ese
animal se dejaba conducir bastante bien. Casandro admiraba a la bestia sutilmente; después de todo,
empezaba a sacar provecho de su servilismo, pensó. Hefestión, por su parte, captó los pensamientos de
Casandro y hubiera dado cualquier cosa por vengarse, pero no podía hacerlo pues no le había dicho
nada de manera explícita (era imposible hacer una escena ante Cleitos y la escolta).
El camino empezó a llevarles tierra adentro, hacia un pantano maloliente. La ciudadela de
Filipos estaba enclavada en las estribaciones de una colina; desde allí se elevaba orgullosamente para
dominar todo el panorama (en un año célebre, Filipo ocupó la ciudad y la bautizó con su nombre).
-Aquí tuvo lugar mi primera campaña -dijo Cleitos-. Yo estaba allí cuando el correo llegó con
las noticias. Tu padre, Filotas, derrotaba a los ilirios y les hacia huir hacia los mares del oeste; el
caballo del rey había ganado la carrera olímpica y tú Alejandro, acababas de nacer. En aquella ocasión
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nos dieron doble ración de vino porque en realidad debieron habernos dado una triple, pero yo ignoro
por qué no lo hicieron.
-Yo si, fue porque sabia cuánto podías aguantar -Alejandro cabalgó hasta adelante y habló con
Hefestión secretamente-. Desde que tengo tres años he estado oyendo esta misma historia.
-Todas estas tierras fueron de las tribus tracias -dijo Filotas.
-Si, Alejandro -intervino Casandro-. Debes vigilar más de cerca a tu amigo Lambaro. Los
agrianos deben estar esperando sacar algo de esta guerra -su mano señalaba hacia el norte.
-¿Ah, sí? -Alejandro frunció las cejas-. Ellos no rompen sus promesas, no son como el rey
Kersobleptes, que nos hizo la guerra tan pronto como liberamos los rehenes.
Era bien sabido por todos que Filipo estaba harto de las promesas falsas de este jefe, así como
de las incursiones de sus bandoleros, y que la intención de la guerra en contra de él era hacer de sus
tierras una provincia de Macedonia.
-Todos esos bárbaros son iguales -replicó Casandro.
-El año pasado tuve noticias de Lambaro. Consiguió que un mercader le hiciera una carta para
mí, en la cual me invita a visitar su ciudad como huésped suyo.
-No lo dudo. Se verá bien tu cabeza colgada de una pértiga en las puertas de la aldea.
-Mira, Casandro, como tú mismo dijiste hace un rato, él es mi amigo. ¿Serás capaz de recordar
eso?
-Y cierra la boca -agregó Hefestión.
Aquella noche la pasaron en Filipos. La elevada acrópolis resplandecía como una antorcha bajo
la luz rojiza de los rayos del sol del oeste. Alejandro se quedó mirando silenciosamente los
alrededores.
Finalmente, cuando alcanzaron al rey, éste había acampado antes de llegar al fuerte Dorisco,
que estaba situado en la parte más cercana al valle Hebros. Más allá del río se levantaba una ciudad
tracia que Jerjes había mandado construir para vigilar la retaguardia de sus tropas después de haber
cruzado el Helesponto. Antes de investigar, Filipo debía tomar esa aldea.
Abajo, sobre las lisas planicies de las playas, Filipo calculaba la magnitud de sus fuerzas, que
eran muchas para contarlas con exactitud, trazando rectángulos imaginarios en torno a las tropas que,
al juntarse, formaban los primeros diez mil hombres. El fuerte era sólido; no carecía de esclavos. Sin
embargo, la construcción estaba muy deteriorada a causa de los años y de los tracios. Sus huecos
estaban cubiertos con cascajo y sus almenas con arbustos espinosos, a la manera de los corrales para
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cabras que se construían en las montañas. Durante mucho tiempo, la estructura resistió las diversas
guerras entre las tribus tracias, y hasta ese momento sólo para eso había sido utilizado.
La oscuridad caía conforme avanzaban; dentro de las murallas se levantaba el olor de los
fuegos para preparar la cena y se oían lejanos balidos de cabras. El campo de los macedonios estaba
casi al alcance de un tiro de flecha; era una descuidada aldea de chozas ambulantes, tiendas escondidas
bajo los cobertizos burdamente techados con carrizos del río y sostenidos por carretones invertidos con
las ruedas hacia arriba. Trazada geométricamente, la sombra negra de una torre de madera de unos
veinte metros de alto se dibujaba en el cielo crepuscular; los guardias, protegidos por paredes forradas
con gruesas pieles de toro contra los proyectiles de las catapultas, cenaban dentro de su base. En las
líneas de la caballería, las bestias relinchaban.
Las plataformas para las catapultas ya estaban preparadas. Las enormes maquinarias parecían
agacharse como dragones a punto de embestir, con sus enormes cuellos de madera extendidos y sus
disparadores laterales extendidos al máximo como si fueran gigantescas alas. En el aire de las
cercanías flotaban un olor a leña, a pescado asado y a la suciedad de los muchos cuerpos de hombres y
mujeres que allí se apiñaban. Las mujeres que acompañaban a los soldados estaban muy ocupadas con
la preparación de la cena y por doquier se oían los lloriqueos y gemidos de los pequeños que habían
nacido en el curso de la marcha. En alguna parte del campamento alguien pulsaba una lira que
necesitaba ser afinada.
Para alojar a los oficiales se había mandado evacuar una pequeña aldea, cuyos habitantes
emigraron hacia las montañas o se instalaron donde pudieron. La casa del jefe de este pueblo, una
pequeña construcción con dos estancias de piedra y un cobertizo, fue acondicionada para alojar al rey,
cuya lámpara se acercaba.
Alejandro tomó la delantera para evitar que Cleitos se le adelantase y lo condujera como si
fuera un niño. Al ver la diferencia que había entre ese lugar y las barracas o los campamentos
hogareños, hicieron que su ánimo y sus sentidos se llenaran con la presencia de la guerra. Cuando
llegaron a los aposentos reales, la figura de Filipo llenaba toda la entrada. Padre e hijo quedaron
mirándose silenciosamente a la luz de una lámpara y luego se abrazaron.
-Estás bastante más alto -le dijo Filipo, y Alejandro asintió con la cabeza.
-Tu madre te envía sus saludos y espera que estés gozando de buena salud -le dijo, aunque esas
palabras más bien eran para que las escuchara la escolta; luego se hizo una pausa-. Te traje un costal
con manzanas de Mieza; este año están muy buenas.
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El rostro de Filipo se iluminó; las manzanas de Mieza eran famosas en toda Grecia; le dio unas
palmaditas cariñosas en el hombro y saludó a sus acompañantes. Después condujo a Filotas a la tienda
de su padre y le dijo:
-Vamos, entra y come.
Reunido con Parmenión, ambos comieron usando como mesa un caballete. Fueron atendidos
por los escuderos reales, jóvenes de unos diecisiete años cuya actividad los hacia merecedores de
aprender buenos modales y tácticas militares, para mejorar sus atenciones hacia el rey. Las doradas y
dulces manzanas les fueron servidas en una bandeja de plata. En el lugar había dos lámparas sostenidas
por soportes de bronce; en una esquina estaban la armadura y las armas del rey. En el ambiente, las
paredes desprendían un viejo olor a ser humano.
-Si hubierais llegado sólo un día más tarde -comentó Filipo-, te hubiéramos podido alojar aquí
dentro.
Alejandro se inclinó hacia delante, echando el cuerpo sobre la mesa. El sol le había bronceado
la piel a lo largo del cansado viaje, y en sus mejillas brillaba un color más claro que el del resto de su
piel; sus ojos y su cabello reflejaban brillantemente la luz de las lámparas (era como otra mecha
encendida por las chispas).
-¿Cuándo atacamos? -preguntó Alejandro.
-¿Qué hacer con un muchacho así? -dijo Filipo con una sonrisa en los labios, dirigiéndose a
Parmenión.
El ataque empezaría al amanecer. Al terminar de cenar, entraron los oficiales para recibir
instrucciones. Tendrían que acercarse al fuerte antes del amanecer y disparar flechas encendidas contra
los matorrales espinosos que cubrían las paredes; después entrarían en acción las catapultas y las torres
de asedio, mientras se preparaban las escalas para trepar el muro. Entretanto, los temibles arietes
oscilarían en su cuna, arremetiendo contra los portones, y las torres bajarían sus puentes levadizos.
Entonces, habría empezado el asalto.
Para los oficiales, las instrucciones eran una vieja historia que se repetía y sólo los pequeños
detalles de ese asedio en particular eran nuevos para ellos.
-Bueno -dijo Filipo-, es hora de dormir un poco.
Los escuderos llevaron una nueva cama al cuarto de atrás, y por un momento los ojos de
Alejandro se fijaron en las maniobras de los sirvientes. Antes de acostarse, después de deshacerse de
sus armas, salió a ver a Hefestión para decirle que se las había arreglado para ir con él a la hora del
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asalto y explicarle que tendría que compartir las habitaciones con su padre (por alguna razón, no había
previsto ese detalle). Cuando regresó, encontró a su padre recién desvestido, entregando su túnica a un
escudero.
Se detuvo un momento en el umbral y finalmente entró, diciendo algunas palabras para parecer
calmado. Sin duda no podría explicar el profundo disgusto y la vergüenza que sentía al ver la desnudez
de su padre.
Para cuando el sol estaba en lo alto, el fuerte ya había caído en manos de Filipo. Desde las
colinas que escondían el Helesponto llegó una clara luz de tono dorado y empezó a soplar una fresca
brisa marina. Sobre el fuerte se abatía una densa nube con olor a una mezcla de humo, rescoldos,
sangre y sudor.
Las escalas, estructuras firmes de pino que podían sostener a dos hombres al mismo tiempo
todavía estaban apoyadas en las paredes ennegrecidas por el fuego; aquí y allá les faltaba algún
peldaño, roto, seguramente, a causa de la prisa o el excesivo peso de los combatientes. Ante los
portones hechos astillas estaban los arietes, colgando de los techos emboscados de sus cunas, y los
pasadizos de las torres del cerco pendían de las murallas como si fueran grandes lenguas.
Dentro del fuerte, los soldados macedonios se dedicaban a encadenar a los tracios
sobrevivientes para llevarlos al mercado de esclavos de la ciudad de Anfípolis. A corta distancia, el
sonido de las cadenas parecía el de una pieza musical. Filipo pensó que si cundía el ejemplo, las demás
tribus enemigas podrían rendirse cuando les llegara su turno. Todas las chozas y cabañas parecían
nidos de golondrinas enclavados en las paredes; los soldados iban en busca de las mujeres de la tribu
derrotada.
Filipo, Parmenión y una pareja de mensajeros con quienes solía enviar sus órdenes, estaban en
la parte más alta de las murallas; allí estaba él, sólido, viril, tranquilo como un buen granjero que ha
terminado de arar y sembrar su terreno antes de las lluvias. Ocasionalmente, cada vez que se oía algún
grito agudo que lastimara los oídos, Alejandro se daba la vuelta para ver a su padre, pero éste,
imperturbable, no dejaba de hablar con Parmenión. Los soldados macedonios habían peleado bien y se
habían hecho merecedores de lo que los magros desperdicios les pudieran ofrecer. La fortaleza de
Dorisco debió haberse rendido, así nadie hubiera salido mal herido.
Alejandro y Hefestión estaban charlando solos acerca del combate en una de las casetas. Era
una pequeña estancia de piedra en la que, además de ellos, se veía el cadáver de un combatiente tracio,
una piedra con el nombre de Jerjes - “Jerjes, rey de reyes”, decía-, algunos utensilios de madera, la
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mitad de un pan negro y un solitario dedo índice con la uña negra y rota, que Hefestión apartó con el
pie (había visto cosas peores en la batalla de ese día). Por fin, Hefestión también se ganó una nueva
funda para su espada, la de un enemigo que había matado durante el sitio; Alejandro pensó que bien
podían haber sido tres las víctimas de su amigo.
Alejandro no cogió trofeos ni contó a sus victimas. Apenas alcanzaron los muros de la
fortaleza, cayó muerto el oficial de su destacamento y él, sin dar tiempo a que los demás pensaran,
ordenó que atacasen la puerta principal, por lo que los proyectiles enemigos empezaron a caer sobre
los arietes que atacaban desde abajo. El segundo oficial, hombre poco curtido, titubeó unos instantes,
que bastaron para que sus hombres acataran las firmes órdenes de Alejandro. Los soldados macedonios
corrían tras él, escalaban, trepaban, herían con sus armas y acometían al enemigo a lo largo y a lo
ancho de las viejas construcciones de Jerjes. La entrada de la fortaleza era demasiado angosta y,
después de que Alejandro lograra entrar, hubo un instante en que se vio luchando solo, hasta que el
resto de sus compañeros pudieran pasar para apoyarle.
En ese momento, la sangre y el polvo de la lucha lo bañaban: estaba afrentando la otra cara de
la guerra. A pesar de que Alejandro hablaba con bastante tranquilidad y recordaba cada detalle,
Hefestión pensó que no era plenamente consciente de la situación, pues a él mismo le parecía que
todas las cosas y hechos flotaban juntos como en un sueño (para él las cosas se desvanecían, pero
Alejandro parecía seguir viviendo dentro de ellas). El aura de la guerra lo rodeaba y él parecía negarse
a abandonar ese estado de ánimo, como si estuviese ante alguna visión.
Durante la refriega, Alejandro recibió una herida de espada en el antebrazo y Hefestión tuvo
que arrancar un jirón de su falda para detenerle la hemorragia. Luego, miró el pálido rostro de su
amigo y le dijo:
-Vamos allá abajo a bañarnos y a quitarnos toda esta porquería.
-Si, pero antes debo ver a Peitón y agradecerle que me haya salvado la vida. Fue él quien
extendió su escudo para protegerme cuando dos hombres ya estaban sobre mí, pero ese hombre de la
barba bifurcada lo atrapó bajo el escudo y, francamente, si no hubiera sido por ti, él también hubiera
muerto.
Luego, se quitó el yelmo y pasó sus dedos por el cabello húmedo (ambos habían cogido sus
armaduras de la armería común de Pella).
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-Debiste haber esperado a ver si te acompañaríamos, antes de lanzarte solo; ya sabes que corres
mucho más rápido que cualquiera de nosotros. Yo pude haberlo matado por ti cuando estábamos en la
refriega de la entrada.
-Trataban de echar esa roca sobre nosotros. Mira su tamaño. Y sabía que tú no estabas muy
lejos.
Hefestión sintió la secuela de reacciones, no solamente por su temor de que algo le sucediera a
Alejandro durante el combate, sino por todas las cosas que él mismo había visto y ejecutado.
-Con roca o sin ella, de todos modos hubieras entrado. Sobre ti todo está escrito. Sólo por
suerte aún estás vivo.
-Todo lo que hice fue gracias a la ayuda de Heracles -respondió tranquilamente-.
También me ayudó un poco el hecho de haberlos golpeado antes de que ellos me golpearan a
mi.
Para Alejandro las cosas fueron más sencillas de lo que había pensado. Lo que más esperaba
lograr con sus constantes prácticas con las armas era disminuir su desventaja física respecto de los
hombres maduros. Leyéndole el pensamiento, Hefestión le dijo:
-Estos tracios son hombres de campo, acostumbrados a pelear dos o tres veces al año en alguna
escaramuza o algún pleito, y la mayor parte de ellos son tontos y no están bien entrenados. Si hubieras
tenido que enfrentarte a soldados verdaderos, como los de tu padre, te hubiesen partido por la mitad
antes de que pudieras entrar.
-Dímelo hasta que suceda -respondió Alejandro vivazmente.
-Entraste sin mi, ni siquiera te volviste a ver si estaba.
El rostro de Alejandro cambió repentinamente y le lanzó una cariñosa sonrisa.
-¿Qué sucede contigo? -reprochó Patroclos a Aquiles por no haber peleado.
Abajo, en el fuerte, los gemidos de una mujer que se quejaba rítmicamente sobre el cadáver de
algún soldado se convertían gradualmente en un prolongado grito de terror.
-Debería llamar a los soldados -comentó Alejandro-, ya es suficiente. Sé bien que ya no queda
nada en el campo que merezca la pena, aunque...
Todos miraron hacia los muros, pero al parecer había salido a atender algún otro asunto.
-Escucha, Alejandro, no merece la pena molestarse. Cuando seas general, no habrá necesidad
de que te expongas así. El rey es un hombre valiente, pero no es un tonto para arriesgarse tanto. Si tú
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hubieras resultado muerto, habría sido como ganar una batalla para Kersobleptes. Imagínate cuando
seas rey...
Alejandro se volvió y le lanzó esa mirada de peculiar intensidad con la que quería darle a
entender algún secreto. Luego, en voz baja -lo cual era una precaución innecesaria a causa de tanto
ruido-, le dijo:
-No puedo evitarlo. Yo lo sé, lo he sentido, es la voluntad del dios. Entonces, yo...
En eso, el ruido de una respiración jadeante, quebrada por profundos sollozos, los interrumpió.
Una joven mujer tracia se precipitó desde la muralla y, en un santiamén, se abalanzó sobre el amplio
parapeto que había sobre el portón (de allí al suelo había cerca de cinco metros). Cuando la rodilla de
la mujer se posó en el umbral de la puerta, Alejandro brincó y la agarró del brazo; ella se defendió
arañándole con la mano que le quedaba libre, hasta que Hefestión la detuvo. La mujer miraba a
Alejandro con los ojos de un animal acorralado; de repente, en un ligero descuido, la mujer se liberó
retorciéndose, se puso en cuclillas y agarró a Alejandro de las rodillas.
-Levántate, no vamos a hacerte daño -el tracio de Alejandro había mejorado mucho por sus
charlas con Lambaro-. No tengas miedo. Suéltame y ponte de pie.
La joven lo agarró con más fuerza, musitando un sinfín de frases ahogadas, al mismo tiempo
que apretaba su cara, de ojos llorosos y nariz chata, contra la pierna desnuda de Alejandro.
-Levántate, no vamos a hacerte... -trató de repetirle, pero siempre se le olvidaba la palabra
esencial. Entonces, mediante el lenguaje universal de la mímica acompañado de un vigoroso signo
negativo, Hefestión trató de ayudar a Alejandro.
Finalmente la joven lo soltó y se apoyó sobre sus talones, meciéndose y gimiendo. Su cabello
estaba todo revuelto y usaba un vestido de alguna clase de lana virgen, el cual tenía un hombro
desgarrado; en el regazo se veían grandes manchas de sangre y sobre la tela que cubría sus grandes
pechos podían notarse partes húmedas de leche. La joven volvió a desarreglar su cabellera y lanzó otro
gemido. De repente, brincó sobresaltada hacia el muro que había detrás de Alejandro y Hefestión: se
oyó el sonido de unos pasos que se aproximaban. Una voz gruesa le gritó:
-Ven acá, perra, ya te he visto.
Era Casandro; su cara pecosa estaba enrojecida y llena de sudor. Avanzó a ciegas hacia ella,
pero de pronto se detuvo bruscamente. Blasfemando, suplicando y contando a gritos incomprensibles
la terrible historia de lo que le había sucedido, la joven corrió hacia detrás de Alejandro y le agarró por
la cintura para protegerse con él como si fuera un escudo. El cálido aliento de la mujer resoplaba
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dentro de la oreja de Alejandro y la húmeda tibieza de su cuerpo parecía traspasarle el pelo; el
exuberante olor femenino, mezclado con el hedor a carne y cabellos sucios, sangre, leche y sexo,
terminaron por sofocar al joven príncipe. Alejandro la retiró hacia atrás y miró a Casandro con
perplejidad y repugnancia.
-Esa mujer es mía -dijo Casandro, jadeante, con una urgencia que apenas pueden captar las
palabras-. Tú no la quieres, es mía.
-No -le respondió-. Es un rehén y así debe tratársela. Le he dado mi palabra.
-Esa mujer es mía -insistió.
Casandro dijo la palabra “mía” mirando a la mujer, como si al hacerlo produjera algún efecto
especial. Alejandro se quedó mirándolo, e hizo una pausa mientras se acomodaba la tela de lino que
tenía bajo el peto; luego, le respondió con disgusto:
-No.
-Yo mismo la atrapé -insistió Casandro-, pero después se me escapó -su cara estaba llena de
arañazos.
-Pues la has perdido; yo la encontré. Lárgate.
Casandro, que no olvidaba las advertencias de su padre, conservó el mismo tono de voz:
-En esto no puedes intervenir; apenas eres un muchacho y aún no sabes nada de estas cosas.
-No vuelvas a atreverte a decirle “muchacho” -replicó Hefestión lleno de furia-. Pregúntale a
los soldados y te enterarás de que luchó mucho mejor que tú.
Casandro, que se había perdido en medio de los complejos obstáculos de la batalla, lleno de
confusión, molesto y ocasionalmente espantado, recordó con odio la arrebatada presencia del hombre
que despejaba el caos, presencia tan lúcida como la punta de una llama. La joven empezó a lanzar otro
torrente de jerga tracia al ver que ella era el objeto de la disputa. Entonces, Casandro gritó:
-¡Todos lo cuidaban! Todo el mundo estaba obligado a seguirlo, hiciera lo que hiciera. Él es el
hijo del rey, al menos eso dicen.
Atontado por la rabia y con la mirada fija en Hefestión, Casandro se descuidó un instante y
Alejandro brincó hacia su garganta, le hizo perder el equilibrio y lo tiró al suelo. Casandro hacia
intentos de golpearlo, pero sin éxito, mientras que el joven príncipe lo ahogaba haciendo caso omiso
de sus patadas y puñetazos. Hefestión estaba a la expectativa, sin atreverse a intervenir sin el permiso
de Alejandro. De pronto, un cuerpo se deslizó rápidamente por su espalda. La mujer, olvidada por
todos, se había apoderado de un banquillo de tres patas, que arrojó contra la cabeza de Casandro. El
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proyectil pasó rozando la cabeza de Alejandro, quien rodó su cuerpo hacia un lado para escapar de la
trayectoria; la mujer, presa de un ataque de histeria, empezó a golpear rabiosamente el cuerpo de
Casandro, derribándolo cada vez que trataba de levantarse; empuñaba el banco con ambas manos y lo
azotaba como si estuviera desgranando maíz. Sobreexcitado, Hefestión estalló en carcajadas.
Alejandro, que ya se había vuelto a levantar, se quedó mirando la escena fríamente. Entonces,
Hefestión le dijo:
-Lo matará si no la detenemos.
-Alguien mató a su hijo -replicó Alejandro sin moverse-. La sangre de sus ropas es de su
pequeño.
Casandro empezaba a retorcerse del dolor.
-Si lo mata, la lapidarán -insistió Hefestión-. El rey no podría rehusarse a ello aunque tú la
protegieras.
-¡Detente! -gritó Alejandro en lengua tracia, y le quitó el pequeño banco con el que lo
golpeaba. La mujer rompió a llorar, mientras Casandro quedaba retorciéndose de dolor en el suelo
adoquinado.
Luego, examinó el cuerpo de Casandro y dijo:
-Está vivo. Vamos a buscar a alguien de confianza que nos ayude a sacar del fuerte a esta
mujer.
Poco tiempo después, Filipo se enteró de que Alejandro había golpeado al hijo de Antipatro en
una disputa por la posesión de una mujer.
-Bueno, parece que los muchachos pronto serán hombres de verdad -comentó.
El tono que se desprendió de sus palabras era un mensaje bastante claro para quien quisiera
atreverse a llevar las cosas más lejos.
-Será bastante difícil que te acuse con Antipatro de permitir que lo golpeara una mujer -
comentó Hefestión, que seguía a Alejandro.
-Puede quejarse con quien quiera, si eso es lo que desea.
Al llegar al portón, los amigos oyeron las quejas que provenían del interior. Allí, en lechos
improvisados, yacían los heridos más graves, mientras el médico y sus asistentes iban y venían.
-Vamos a que el médico te examine ese brazo -le dijo Hefestión, al ver que después del
incidente de la puerta de entrada le volvía a sangrar.
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-Allá está Peitón -dijo Alejandro, al tiempo que trataba de ver a través de las nubes de moscas
que zumbaban-. Antes que nada debo darles las gracias.
Dentro del cuarto-hospital, gracias a la luz que se colaba por los agujeros y hendiduras del
techo, descubrió el camino hacia Peitón entre mantas y colchas. Durante el combate, este joven mostró
su arrojo y su carácter homérico, pero ahora yacía herido, con sus vendajes llenos de sangre y
debilitado por las hemorragias; su rostro estaba pálido y contraído, y sus ojos entornados mostraban un
gesto ansioso. Alejandro se arrodilló a su lado y le cogió de la mano; luego, como si su calor le
recordara sus hazañas, se volvió un poco, hizo acopio de fuerzas y trató de hacerle una broma.
Cuando Alejandro se levantó, sus ojos ya se habían acostumbrado a la penumbra y vio que
todos los enfermos le miraban, celosos, abatidos o esperanzados, buscando reconocimiento a sus
propias contribuciones. Finalmente, antes de partir, tuvo que hablar personalmente con cada uno de
ellos.
Era el invierno más crudo que los ancianos recordaban haber sufrido. Los lobos bajaban hasta
las aldeas y mataban a los perros que vigilaban; muchas cabezas de ganado, así como algunos pastores,
morían congelados en los pastizales de invierno; el peso de la nieve acumulada rompía las ramas de los
árboles. Las montañas estaban cubiertas por un manto de nieve tan espeso, que apenas podían
distinguirse sus riscos más grandes y sus grietas más profundas. Así pues, Alejandro no desdeñó la
capa de pieles que su madre le había enviado. En una ocasión, los alumnos del filósofo atraparon una
zorra de piel blanca entre los espinosos rosales cercanos a la ciudad de Mieza; Aristóteles quedaría
satisfecho con el animal.
El humo de las calderas inundaba la casa y producía un picor en la nariz; las noches eran tan
frías que los jóvenes tenían que pasarlas acurrucados para darse calor mutuamente. Alejandro estaba
ansioso por mantenerse en forma (su padre aún estaba en Tracia, en donde los vientos invernales
soplaban directamente de las estepas escitas), así que pensó que debía pasar el invierno sin la
comodidad de tal abrigo y se las arregló para que la gente creyera que él y Hefestión habían peleado.
En el mar, los barcos se perdían en el horizonte o navegaban rumbo a tierra. Todos los caminos
estaban cerrados por la gruesa capa de nieve, incluso el de Pella, que se hallaba tan cerca. Cuando el
carro tirado por mulas pudo abrirse camino entre la nieve, fue como un día de fiesta.
-Han preparado pato asado para la cena -comentó Filotas. Alejandro olfateó y asintió.
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-Algo le sucede a Aristóteles.
-¿Ya ha ido a acostarse?
-No, parece que ha recibido malas noticias. Le vi en el cuarto de los especimenes -con
frecuencia Alejandro entraba allí, pues ya era capaz de hacer sus propios experimentos-. Mi madre me
mandó dos pares de guantes y yo sólo necesito un par; en cambio, a él nadie le manda regalos. Allí
estaba él hace un rato con una carta entre las manos; tenía muy mal aspecto, y su cara parecía una
máscara trágica.
-Quizá algún otro filósofo lo haya rebatido.
Alejandro mantuvo la calma y fue a contárselo a Hefestión.
-Le pregunté qué era lo que le sucedía para ver si podía ayudarle en algo, pero me dijo que no,
que ya nos contaría todo cuando estuviera más calmado, que una actitud así de femenina no era la
adecuada para un noble amigo. Entonces salí y lo dejé lamentándose a sus anchas.
En Mieza, el sol de invierno se ocultaba rápidamente detrás de las montañas, mientras las
alturas del este de Calcidica aún seguían iluminadas. La nieve que rodeaba la casa blanqueaba un poco
las sombras del atardecer. Todavía no era hora de cenar; en el gran salón, con sus descarados frescos
azules y rosas, los jóvenes se agrupaban en torno a la lumbre para hablar de caballos, de mujeres o de
ellos mismos.
Alejandro y Hefestión, que compartían la capa de piel de lobo que le envió Olimpia, se
sentaron cerca de la ventana, pues aún no encendían las velas de la habitación.
Ambos leían La educación de Ciro, de Jenofonte, que, después de las obras de Homero, era el
libro preferido de Alejandro.
-“Y ella no podía ocultar sus lágrimas -leyó Hefestión-, y su túnica resbaló hasta sus pies.
Entonces, el mayor de nosotros dijo: "No temas, señora; nosotros sabemos que tu esposo fue un noble
y te hemos elegido para ser la esposa de un hombre que no es inferior a él en belleza, poder o
inteligencia. Todos nosotros pensamos que si existe un hombre verdaderamente admirable, ése es Ciro,
y tú le pertenecerás". Al escuchar estas palabras, la mujer se desgarró sus vestiduras mientras ella y sus
sirvientes lloraban. Entonces, todos nosotros vimos su rostro, su cuello y sus brazos desnudos y
déjame decirte, Ciro, que ninguno de nosotros vio antes a una mujer asiática tan hermosa. Pero más
vale que la conozcas tú mismo.”
-“No, por dios; no si ha amado con la intensidad que cuentas”, dijo Ciro.
-No dejan de preguntarme por qué Casandro no regresa -comentó Hefestión.
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-Yo le dije a Aristóteles que se enamoró de la guerra y que finalmente decidió abandonar la
filosofía. Ni siquiera me imagino qué fue lo que le contó a su padre. No podía regresar con nosotros
aunque lo quisiera, pues la mujer le rompió las costillas.
Luego, Alejandro sacó otro rollo de pergamino de debajo de su capa, lo extendió y dijo:
-Esta parte me gusta particularmente -y comenzamos a leer-. “Ten en cuenta que un general y
un soldado raso no soportan por igual las mismas fatigas, aunque sus cuerpos sean de la misma clase.
El honor que da la jerarquía de general y la certeza de que nada de lo que haga pasará inadvertido, son
los elementos que hacen que las penas sean más llevaderas.” ¡Qué gran verdad encierran estas
palabras! Uno no puede recordarlas lo suficiente -finalizó Alejandro.
-¿Habrá sido el gran Ciro tan parecido a Jenofonte?
-Los exiliados persas suelen decir que fue un gran guerrero, y muy noble como rey.
Alejandro echó una mirada a uno de los pergaminos y leyó:
-“Enseñó a sus compañeros a no escupir ni a sonarse en público, así como a que no se volvieran
ni distrajeran sus miradas...”
-Bueno, en esa época todos los persas eran hombres rudos. Debieron haberse parecido a los
medos, digamos, tanto como Cleitos podría parecerse a un ateniense... Me gusta que cuando sus
cocineros le servían algo bueno de comer, invitara a sus amigos a tomar esos mismos platillos.
-Quisiera que ya fuera hora de cenar; estoy famélico.
Alejandro soltó un poco la manta con que se envolvía, recordando que por las noches siempre
trataba de resguardarse mejor del frío.
-Ojalá baje pronto Aristóteles; arriba debe hacer un frío terrible. Debería comer algo cuando
menos.
En aquel momento se acercó un esclavo con una lámpara de mano y un mechero, y encendió
las altas velas de la lámpara de pie; luego se volvió y llevó la lumbre a la antorcha que colgaba de la
pared, cerró las persianas y corrió cuidadosamente las gruesas cortinas de lana.
-“Un dirigente -leyó Alejandro- no sólo debe ser mejor que los hombres a los que gobierna y
debe ejercer una especie de hechizo sobre ellos...”
En eso, se dejaron oír unos pasos en la escalera, que no cesaron hasta que los esclavos hubieron
salido. Como un cadáver ambulante, el cuerpo de Aristóteles salió de entre la penumbra; sus ojos
estaban hundidos y bajo su boca cerrada parecía esbozarse una cadavérica sonrisa. Al verlo, Alejandro
arrojó su túnica, tirando sin querer los pergaminos, y cruzó la estancia hasta llegar a él.
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-Acércate al fuego. Que alguien traiga una silla. Ven aquí a calentarte. Por favor, cuéntanos tus
problemas. ¿Quién ha muerto?
-Mi amigo Hermes de Atarneo -ante una pregunta tan directa supo encontrar las palabras
adecuadas para responder.
Desde el umbral de la puerta, Alejandro pidió que le llevaran un poco de vino caliente. Todos
los alumnos se sentaron en torno al maestro, quien tomó asiento mirando fijamente al fuego.
Aristóteles parecía haber envejecido repentinamente. Por un momento estiró las manos hacia el fuego
para calentárselas, pero las retiró inmediatamente, como si eso le hubiera originado un pensamiento
terrible, y volvió a llevárselas al regazo.
-Fue Mentor, el de Rodas -empezó a decir, pero volvió a quedarse callado.
-Es el hermano de Memnón, el conquistador de Egipto -dijo Alejandro.
-Le ha servido bastante bien a su amo -su voz también se había avejentado y afilado-. Ésa es la
naturaleza de los bárbaros; no son ellos quienes han establecido su propia condición básica. Pero un
griego que se rebaja para servirles... Heráclito dice que el más corrupto es el peor. Ese hombre ha
traicionado a su propia naturaleza, así que ha caído en una posición más baja que la de sus amos.
Su cara se veía amarilla, y los que estaban más cerca de él pudieron advertir que un ligero
estremecimiento le hacia temblar. Para darle un poco de tiempo, Alejandro le dijo:
-A nosotros nunca nos agradó ese Memnón, ¿verdad, Tolomeo?
-Hermes llevó justicia y una mejor vida a los habitantes de las tierras que gobernaba, pero el
rey Ocos codiciaba sus tierras y odiaba el ejemplo que Hermes imponía. Algún enemigo, me supongo
que el mismo Mentor, le contó algunas historias al rey, quien ingenuamente las creyó. Entonces
Mentor, fingiendo la preocupación de un amigo, advirtió a Hermes del peligro y lo invitó a ir al
consejo. Éste asistió confiadamente. Dentro de los muros de su propia ciudad hubiera podido resistir
bastante tiempo; además, estaba esperando la ayuda de... un poderoso aliado, con quien había firmado
ciertos acuerdos -Hefestión se volvió para mirar a Alejandro, pero éste no se dio cuenta, pues se
hallaba embebido en el relato-. Así pues, llegó como invitado de Mentor, que lo atrapó, lo encadenó y
se lo envió al Gran Rey.
Los jóvenes emitieron algunos sonidos de rabia, pero pronto guardaron silencio nuevamente,
pues estaban ansiosos de seguir oyendo la historia.


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