Tercera parte

-Mentor le quitó su sello y con él falsificó las instrucciones en las cuales se ordenaba que todos
los puntos fuertes de Atarneo fueran abiertos para los hombres de Mentor. Ahora el rey Ocos controla
esos lugares, así como a las fuerzas griegas que estaban dentro. En lo que se refiere a Hermes...
Un pedazo de leña se salió del fogón y Harpalos lo cogió y lo devolvió a su lugar.
Aristóteles se mojó los dedos con la punta de la lengua; sus manos no se movieron, pero los
nudillos se le pusieron blancos.
-Si bien su muerte se había fraguado desde un principio, eso no era suficiente para sus
enemigos. Antes de ejecutarlo, el rey Ocos quería saber qué tratados secretos podía haber establecido
con otros dirigentes, por lo que mandó llamar a los especialistas en hacer hablar a los prisioneros; se
dice que tardaron día y medio en arrancarle las respuestas.
Así, Aristóteles siguió contándoles lo que le hicieron a su amigo, dándole a su voz, siempre que
podía, el tono de una de sus clases de anatomía. Los muchachos escuchaban atentamente sin
interrumpirlo, y un ligero siseo salía de su boca cuando el aire de sus exhalaciones pasaba por entre los
dientes.
-Mi alumno Calímaco, a quien todos vosotros conocéis, me trajo las noticias desde Atenas. Me
dice que cuando Demóstenes anunció a la asamblea que Hermes había sido hecho prisionero, lo hizo
como si en eso hubiera un regalo de la fortuna y dijo:
-“Ahora el Gran Rey conocerá las conspiraciones de Filipo, no por nuestras quejas, sino de los
labios de un hombre que las puso en práctica”. Él sabe mejor que nadie cómo se hacen esas cosas en
Persia; sin embargo, su regocijo fue en vano, pues Hermes no les dijo ni una sola palabra. Al final,
después de haberle aplicado cuantas torturas imaginaron, su cuerpo aún estaba con vida; entonces, lo
crucificaron. Antes de morir alcanzó a decir: “Díganles a mis amigos que no he cometido ninguna
debilidad, ni nada indigno para la filosofía.
Se oyeron algunos murmullos de admiración que suavemente salieron de la boca de los
muchachos. Alejandro se puso en pie rígido y firme, y después, cuando los demás callaron, dijo:
-Lo siento, de verdad lo siento.
Luego, se inclinó hacia delante, pasó un brazo por el hombro de Aristóteles y le besó en la
mejilla; ambos miraban fijamente el fuego.
Un sirviente llegó con el vino caliente y se lo entregó; el filósofo bebió, sacudió la cabeza y
puso a un lado su copa. De repente, se enderezó en su asiento y se volvió a mirar a sus alumnos. Con la
luz del fuego, las arrugas de su rostro parecían talladas en arcilla, listas para convenirse en bronce.
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-Algunos de vosotros os convertiréis en líderes guerreros y algunos más controlaréis las tierras
que logréis conquistar. Nunca olvidéis esto: el cuerpo no sirve de nada sin la mente que lo gobierna; su
función es trabajar para que la mente pueda vivir. Así de bárbaro es el orden natural que dios dispuso.
Siempre es posible mejorar a hombres semejantes, tal como se hace con los caballos: domesticándolos
y poniéndolos a trabajar. Al igual que las plantas y los animales, pueden servir a propósitos que están
más allá de lo que su propia naturaleza puede concebir. En ello radica su valor, son la esencia de la
esclavitud. Nada existe que no tenga su propia función y ésa es la suya. Recordadlo.
Aristóteles se levantó y, al hacerlo, lanzó una rápida mirada al cesto del fuego, cuyas
agarraderas estaban poniéndose rojas. Alejandro le dijo entonces:
-Te juro que si alguna vez capturo a los hombres que le hicieron eso a tu amigo, lo vengaré, no
importa que sean griegos o persas.
Sin mirar para atrás, Aristóteles se encaminé a la escalera y desapareció al subir. En eso, entró
un mozo para avisar que la cena estaba servida. Conversando en voz alta, los jóvenes fueron al
comedor; en Mieza no había grandes formalidades. Alejandro y Hefestión se retrasaron un poco más,
pues estaban intercambiando miradas.
-Así que él arregló el pacto -comentó Hefestión.
-Mi padre y él son los causantes de todo eso. ¿Qué sentirá él?
-Por lo menos sabe que su amigo murió fiel a la filosofía.
-Ojalá lo crea. Un hombre siempre muere fiel a su orgullo.
-Yo creo -dijo Hefestión- que el Gran Rey lo hubiera asesinado de todas maneras, pues sólo así
podía obtener para sí sus dominios.
-O quizá lo hizo porque dudaba de él. ¿Por qué lo torturaron? Debieron haber pensado que algo
sabía -la luz del fuego le iluminaba los cabellos y los ojos-. Si alguna vez le pongo las manos encima a
ese Mentor, lo haré crucificar.
Con un complicado estremecimiento interno, Hefestión se imaginé la hermosa cara llena de
vida observándolos inmóvil.
-Mejor vamos a cenar; no pueden comenzar sin ti -dijo.
El cocinero, consciente de cómo suelen comer los jóvenes en invierno, preparó un pato para
cada uno. Empezaban a trinchar las primeras porciones de pechuga y el ambiente comenzaba a llenarse
de un tibio y aromático olor. Alejandro recogió el plato que le pusieron enfrente y deslizó los pies del
sillón que compartía con Hefestión.
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-Que empiece todo el mundo, no me esperen. Voy a ver a Aristóteles -luego se volvió hacia
Hefestión-. Debe comer antes de que caiga la noche. Si le pilla el frío de la noche con el estómago
vacío y esa pena, seguramente enfermará. Diles que me preparen algo, cualquier cosa.
Cuando regresó, sus compañeros ya limpiaban con pan los restos de sus platos.
-Pensé que al sentir el olor de la comida se le abriría el apetito, y así sucedió: comió un poco.
Es más, me atrevo a decir que seguirá comiendo. Aquí queda demasiada comida; me habéis guardado
parte de vuestra ración, ¿verdad?
-Pobre hombre, está medio trastornado -continuó-. Lo noté cuando nos habló de la naturaleza
de los bárbaros. Imaginaos, decir que un hombre como Ciro es la esencia de la esclavitud sólo porque
nació en Persia.
El sol pálido se levantó más temprano y con energías acumuladas; las laderas pronunciadas de
las montañas dejaron escapar sus enormes cargas de nieve, que, rugiendo, se deslizaban hacia abajo
aplastando los pinos como si fueran sólo pasto. Los torrentes de nieve inundaban las cañadas y hacían
crujir las piedras produciendo ruidos de tormenta. Los pastores vadeaban los barrancos entre la nieve
húmeda, tratando de rescatar a sus corderos. Alejandro puso a un lado su túnica por si llegaba a
necesitarla; los muchachos que pasaban las noches acurrucados para protegerse del frío volvieron a
dormirse solos, así que Alejandro también tuvo que separarse de Hefestión, no muy contento que
digamos. Hefestión, por su parte, todas las noches intercambiaba almohadas con Alejandro para
conservar el aroma de su pelo.
Finalmente, Filipo regresó de su campaña en Tracia; después de haber derrotado al rey
Kersobleptes, dejó guarniciones en los puntos fuertes y fundó algunas colonias macedonias en el valle
del Hebros. En su mayoría, los hombres que solicitaron tierras en esas salvajes praderas eran hombres
indeseables o demasiado buscados; el ingenio de sus soldados decía que, en lugar de haber llamado a
ese lugar Filipópolis, deberían llamarlo “Pillópolis”. No obstante, esa ciudad serviría para cumplir sus
objetivos. Así pues, satisfecho por su trabajo de invierno, Filipo se dirigió a la ciudad de Egas para
celebrar el culto a Dionisio.
Las tropas de Filipo dejaron Mieza a cargo de los esclavos. Los jóvenes y su maestro
empaquetaron sus cosas y emprendieron el viaje hacia Egas por el camino que bordeaba la cordillera;
de vez en cuando, los viajeros tenían que bajar hasta la planicie para vadear las crecidas corrientes.
Bastante antes de avistar Egas, cuando cruzaban por un camino del bosque, sintieron que la tierra se
estremecía bajo sus pies por la fuerza de las caídas de agua.
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El viejo castillo alfombrado estaba lleno de luces, materiales brillantes y barniz de cera de
abeja. El teatro estaba siendo preparado para representar algunas obras. La plataforma de media luna
desde donde se levantaba la ciudad de Egas también parecía ser un gran escenario, que miraba hacia
las salvajes colinas, cuya audiencia sólo se hacía presente cuando en las noches frescas de primavera
levantaban sus gritos por encima de los rumores del agua (eran gritos de desafío, miedo, soledad o
amor).
El rey y la reina ya estaban instalados. Mientras tanto, al cruzar el umbral de la puerta,
Alejandro leía esos signos en los que se había vuelto experto con el transcurso de los años y juzgaba
que, cuando menos públicamente, podrían comportarse de modo amistoso, aunque era muy poco
probable que se les encontrara juntos. Ése era su primer gran problema: ¿a quién saludar primero? La
costumbre decía que primero debía dirigirse al rey; no hacerlo sería una clara descortesía. En Tracia,
Filipo se metió en muchos problemas por conservar las viejas costumbres; no permitía la presencia de
ninguna mujer y nunca debía mirarse demasiado al escudero más apuesto de su escolta, pues se sentiría
superior a los demás. Después de la batalla, su padre le había elogiado gentilmente, y le prometió que
la próxima vez que partieran a la guerra, él estaría a cargo de su propia compañía. En ese momento
seria una tontería insultarlo. Además, en realidad, sentía muchas ganas de verlo, pues tenía demasiadas
cosas que contarle.
El despacho del rey estaba en una antigua torre que alguna vez fuera el corazón del castillo;
ocupaba todo el piso superior. A un lado de la voluminosa escalera, reparada y vuelta a reparar con el
paso de los años, había un sólido anillo al cual se solía encadenar, en épocas anteriores, algún perro
vigilante de raza molosa, que podía llegar a ser tan grande como cualquier hombre. La chimenea que
había sobre el fogón era uno de los pocos cambios que el rey Arquelao había hecho en el palacio de
Egas, pues todos sus esfuerzos los había centrado en su palacio de Pella, que era su favorito. Los
oficiales de Filipo estaban alojados en la antecámara de debajo de la escalera. Cuando llegó Alejandro,
antes de entrar pidió a uno de los oficiales que lo anunciara.
Cuando Alejandro se presentó en el despacho, su padre se levantó del escritorio y le dio unas
cuantas palmaditas en el hombro; entre ellos, los saludos nunca habían sido tan naturales. Las
preguntas de Alejandro acorralaban a Filipo. ¿Cómo había caído Cipsela? (mientras el ejército aún
luchaba, él partía para la escuela).
-¿Entraste por el río o te abriste paso por ese escondrijo que hay junto a las rocas?
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Filipo le había reservado una reprimenda por haber ido sin permiso al peligroso refugio del
joven Lamparo durante su viaje de regreso a casa, pero olvidó todo ante las insistentes preguntas de
Alejandro.
-Primero probé una incursión por el lado del río, pero la tierra era arenosa. Entonces, para
distraer la atención del enemigo, ordené construir una torre, mientras personalmente atacaba las
murallas de la parte noreste.
-¿Dónde pusiste la torre?
-En una elevación del terreno, en la que... -buscó su tablilla llena de anotaciones y empezó a
hacer ademanes en el aire para describirle el sitio.
Alejandro corrió hacia el cesto de candelas que estaba junto al fogón y regresó con las manos
llenas de cenizas, y dijo:
-Mira, aquí está el río -y colocó una vara de pino-, y aquí la atalaya norte –puso una rama más
grande al final; Filipo buscó otra rama y simuló la torre que había junto a la pared y ambos empezaron
a poner pedacitos de madera para simular el asedio.
-No, está demasiado lejos, el portón estaba aquí.
-Pero, mira padre; fíjate en tu torre... Ah, ya veo, ¿entonces la labor de zapa se hizo por aquí?
-Ahora las escalas, pásame esas varitas. Mira, aquí estaba la compañía de Cleitos.
Parmenión...
-Espera, faltan las catapultas -dijo Alejandro y fue a hurgar en el cesto en busca de piñas de
abeto. Filipo las colocó según se habían dispuesto las catapultas en el combate.
-Cleitos estaba parcialmente cubierto, mientras que yo...
Filipo interrumpió su discurso y el silencio se abatió sobre ellos como el golpe de una espada.
Alejandro, de espaldas a la puerta, no tuvo más remedio que ver la cara de su padre para imaginar lo
que sucedía. Hubiera preferido tener que volver a saltar sobre la puerta del fuerte Dorisco que tener
que mirar hacia atrás, pero aun así se dio la vuelta de inmediato.
Olimpia llevaba una túnica morada, cuyos filos estaban tejidos con hilo blanco y oro, y un fino
velo de biso de tono rojizo que hacia que su cara pareciera de fuego gracias al humo del fogón que
flotaba en el ambiente. Sus ojos no miraban a Filipo, sino que se fijaban, centelleantes, en el traidor.
-Cuando termines de jugar estaré en mi cuarto. Pero no te apresures demasiado; si ya he
esperado medio año, ¿qué son unas cuantas horas más?
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Sin decir una palabra, Olimpia dio media vuelta y se alejó. Alejandro se quedó inmóvil, como
paralizado. Por su parte, Filipo se dio cuenta de que su hijo quería hablar con su madre, así que
entornó las cejas esbozando una sonrisa y volvió a su plan de ataque.
-Disculpa, padre, es mejor que me vaya ahora.
Filipo era un hombre bastante político, pero el rencor acumulado durante años y la
exasperación momentánea de ver entrar a su mujer con esa actitud, vencieron esa habilidad en un
momento en que le hubiera valido más ser generoso.
-Creo que al menos puedes esperar a que haya terminado de hablar, ¿no?
La cara de Alejandro cambió a la de un hombre que espera las órdenes de su superior.
-Si, padre.
Con una torpeza que nunca antes había mostrado, ni cuando estaba en una conferencia con sus
enemigos, Filipo indicó una silla y le dijo secamente:
-Siéntate.
El desafío había aparecido de forma irrevocable.
-Lo siento mucho, padre, debo ver a mi madre ahora. Con permiso -dijo, y se dirigió hacia la
puerta.
-¡Regresa! -gritó Filipo, y Alejandro, sin moverse de donde estaba, miró a su alrededor-.
¿Acaso piensas dejar toda esa porquería en mi mesa? Tú la pusiste allí y tienes que limpiarla.
Alejandro caminó hacia la mesa; allí, vigorosamente, con precisión, apiló los pedazos de
madera y cenizas y los depositó en el lugar donde los había sacado. Al recoger la basura, tiró una carta
de la mesa; ignorándola, clavó sus ojos en Filipo y salió de la habitación.
Las recámaras de las mujeres no habían cambiado de lugar desde que se construyó el castillo.
En los días de Amintas, de allí las habían mandado llamar para recibir a los embajadores persas.
Alejandro subió las estrechas escaleras que llevaban a la pequeña antecámara que precedía a los
aposentos de la reina. Al llegar, vio salir de allí a una mujer que no conocía, la cual lo miraba por
encima del hombro. Era una joven, quizá un año mayor que él, de fino cabello oscuro, ojos verdes y
piel blanca; usaba un delgado vestido rojo que llevaba muy ceñido en torno a los hermosos pechos; su
labio inferior formaba una pequeña línea natural. Al oír los pasos de Alejandro, la muchacha se
detuvo; sus enormes pestañas se abrían y cerraban y su rostro, tan ingenuo como el de un niño,
denotaba admiración y temor. Finalmente, Alejandro le preguntó:
-¿Está mi madre? -no había necesidad de hacer esa pregunta, nada más la hizo por decirle algo.
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-Si, mi señor -le respondió bajando la cabeza con nerviosismo.
Entonces él le preguntó la razón de que estuviera tan asustada -un espejo podía haberle
respondido-, sintió un poco de pena por ella y le sonrió. El rostro de la mujer cambió de inmediato;
era como si lo hubieran iluminado los rayos del sol.
-¿Quieres que le diga que estás aquí?
-No, no es necesario; ella me está esperando. No tienes por qué quedarte aquí.
La joven titubeó unos segundos; parecía no estar satisfecha de lo que había hecho por él, y
luego, sin decir palabra, bajó rápidamente la escalera y desapareció.
Alejandro, por su parte, se detuvo unos momentos frente a la puerta y se volvió hasta verla
desaparecer. Su cuerpo le había parecido frágil y su piel delicada y suave, como el huevo de una
golondrina; su boca, rosada y fina, no tenía huellas de pintura. Al mirarla sintió como si hubiera
probado algún dulce después de un trago amargo.
Desde la ventana oyó los cantos de los hombres que se preparaban para el culto a Dionisio.
-Vaya, finalmente te has acordado de visitarme -le dijo su madre apenas estuvieron solos-. Has
aprendido muy rápidamente a prescindir de mi.
Olimpia estaba apoyada en la ventana de la gruesa pared de piedra. Una luz oblicua caía sobre
la curva de sus mejillas y hacia que brillara suavemente su fino velo. Alejandro se dio cuenta de que se
había vestido, peinado y maquillado para recibirle, y ella, a su vez, también notó que él seguía
creciendo, que los rasgos de su rostro se habían endurecido y que su voz había perdido los últimos
tonos agudos de la niñez. Se había hecho todo un hombre y era tan traicionero como todos los
hombres. Alejandro era consciente de lo mucho que la había echado de menos y de que los verdaderos
amigos deben compartirlo todo, excepto el pasado. Si ella llorara y le permitiera consolarla...; pero su
madre jamás mostraría humildad ante ningún hombre, así se tratara de su propio hijo; o si él se hubiera
lanzado a sus brazos para abrazaría, pero no, su masculinidad le había costado mucho y no estaba
dispuesto a comportarse como un niño por ningún mortal, aunque éste fuera su propia madre. Así pues,
cegados los dos por el firme sentido de su propia personalidad, madre e hijo pelearon, mientras el
rugido de la cascada de Egas les golpeaba los oídos.
-¿Cómo podré llegar a ser alguien si no aprendo el arte de la guerra? ¿Dónde más puedo
aprenderlo? Él es mi general, ¿por qué debo desafiarle sin una razón?
-¡Oh! Ahora ya no tienes causa por la cual combatirle.
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-¿Qué? ¿Qué te ha hecho? -Alejandro se había alejado tanto tiempo de la ciudad de Egas que la
encontraba ahora muy cambiada, como la promesa de una nueva vida-. Dime, ¿qué pasa?
-Nada importante; ¿por qué habrías de preocuparte? Anda, ve y diviértete con tus amigos.
Vamos, Hefestión debe estar esperándote -su madre debió haber estado investigándole, pues él siempre
se comportó cuidadosamente.
-A ellos los puedo ver a cualquier hora. Todo lo que yo deseaba era hacer las cosas de la
manera adecuada; incluso por tu propia seguridad, tú bien lo sabes. Pero cualquiera pensaría que me
odias.
-Yo sólo contaba con la firmeza de tu amor, pero ahora te conozco mejor.
-Dime qué es lo que ha hecho.
-No es nada, sólo a mí me importa.
Olimpia vio que la arruga que cruzaba la frente de su hijo se hacia más profunda y notó que dos
nuevas arrugas se le marcaban ligeramente entre las cejas. Ya no podía mirarlo hacia abajo, como
cuando era pequeño, pues sus ojos estaban a la misma altura que los de ella. Entonces, dio unos pasos
hacia delante y apoyó su mejilla en la de Alejandro.
-Jamás vuelvas a ser tan cruel conmigo -le dijo.
Una vez que cruzara la creciente de ese río, su madre se lo perdonaría todo, todo quedaría atrás.
Pero no, Alejandro no cedería. Así pues, antes de que su madre pudiera verle llorar, salió de la estancia
y corrió hacia la angosta escalera. Al llegar al primer recodo con los ojos enrojecidos y la vista nublada
por el llanto reprimido, chocó con alguien; era la muchacha de cabello negro.
-¡Oh! -gritó ella suavemente y aturdida como una paloma-. Lo siento mucho; de verdad lo
siento, mi señor.
-Fue culpa mía -dijo Alejandro, al tiempo que la agarraba de los brazos-. Espero no haberte
lastimado.
-Oh, no, de veras, estoy bien.
Momentáneamente se hizo una pausa; luego la joven bajó la vista y continuó subiendo la
escalera. Al verse solo, Alejandro se tocó los ojos para ver si la mujer se había dado cuenta de que
lloraba, pero sus pestañas apenas estaban húmedas.
Hefestión, que había estado buscándole por todas partes desde hacía más de una hora, lo
encontró en un pequeño cuarto con vistas hacia la caída de agua; en la habitación, el ruido era
ensordecedor y el piso se estremecía con el crujir de las piedras de abajo. El cuarto estaba lleno de
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arcones y repisas con viejos y mohosos registros, títulos de propiedad y extensos árboles genealógicos
que cubrían toda su descendencia, desde los dioses y los héroes; también había algunos libros: unos
estaban allí desde los tiempos de Arquelao y otros se fueron acumulando con el paso del tiempo.
Alejandro estaba sentado en el pequeño hueco de la ventana como si fuera algún animal dentro
de una cueva; a su alrededor había un puñado de pergaminos diseminados.
-¿Qué haces aquí? -preguntó Hefestión.
-Leyendo.
-Eso ya lo sé, no estoy ciego. ¿Qué te pasa?
Hefestión se le acercó más para verle mejor la cara; parecía estar tan enojado como un perro
herido dispuesto a morder la mano que se atreviera a acercársele.
-Alguien me ha dicho que te había visto entrar aquí -continuó-. Nunca había entrado en esta
estancia.
-Es el archivo.
-¿Qué estás leyendo?
-Algo de Jenofonte sobre cacería. Dice que los colmillos del jabalí son tan calientes que
chamuscan la piel de cualquier perro.
-No lo sabía.
-Eso dice él, pero no es cierto. Ya puse uno en la piel de un perro y no le pasó nada -recogió el
pergamino.
-Aquí pronto estarás a oscuras.
-Cuando me falte luz, bajaré.
-No quieres que me quede aquí contigo, ¿verdad?
-Sólo quiero leer.
Hefestión había ido a avisarle que les habían arreglado sus habitaciones a la manera antigua: el
príncipe en un pequeño cuarto interior y sus acompañantes en otro anterior, tal y como se hacía desde
tiempos inmemoriales. Entonces, no tuvo que preguntar para darse cuenta de que si se hacía algún
cambio en tales disposiciones la reina sería la primera en enterarse. El rugido del agua y las sombras
alargadas del atardecer eran símbolos de aflicción.
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La ciudad de Egas estaba inundada por el bullicio de las celebraciones anuales en honor de
Dionisio, el cual se veía incrementado ahora por la presencia del rey, que con tanta frecuencia se
ausentaba debido a sus constantes campañas militares. Las mujeres corrían de una casa a otra y los
hombres se reunían para practicar sus danzas fálicas. De todos los viñedos de la región llegaban
carretas tiradas por mulas al castillo, para depositar su cargamento en sus bodegas. Los aposentos de la
reina eran un enjambre de secretos cuchicheos (por supuesto, a Alejandro se le excluía de ellos, no por
castigo, sino por su condición de hombre). Allí estaba su hermana Cleopatra, aunque todavía no se
había convertido en una mujer. Con toda seguridad, ella estaba enterada de todos los secretos, pero era
demasiado joven aún como para ir con ellos a las montañas.
Un día antes de la fiesta, Alejandro se despertó antes de salir el sol y se levantó para ver
amanecer desde su ventana; empezaban a cantar los primeros pájaros del día y desde allí escuchaba el
sonido de la cascada como si viniera de muy lejos; también oía los golpes del hacha de algún leñador y
los mugidos de las vacas que empezaban a ser ordeñadas dentro de los establos. Entonces se vistió y
pensó ir a buscar a Hefestión, cuando advirtió la escalera que le dejaba aislado; estaba construida en la
pared, para que pudieran entrar mujeres con toda libertad. Conforme bajaba por la escalera, pensaba en
la gran cantidad de historias que podrían contar sus peldaños en caso de que pudieran hablar. Al llegar
hasta abajo, introdujo la llave en la enorme cerradura de la puerta y dio vuelta a la llave.
En Egas no había jardines públicos, sólo un viejo huerto pegado a una de las murallas de la
ciudad. En los árboles ennegrecidos crecían algunos retoños; el enorme pasto apenas si resistía el peso
de las gotas de rocío acumuladas, algunas de las cuales colgaban de las telarañas como si fueran
pendientes de diamantes; las cumbres, aún nevadas, dejaban ver pequeñas manchas rosáceas en la
distancia, y el aire frío estaba lleno de aromas de primavera y de violetas. Por su aroma, Alejandro
pudo descubrir el lugar en el que crecían, allí, entre el pasto; de pequeño solía recolectar ramos de
violetas para su madre y ahora recogería algunas para llevarlas al lugar donde se peinaban las mujeres.
Estaba contento de haber salido solo; ni siquiera en compañía de Hefestión se hubiera sentido mejor.
De pronto, cuando tenía las manos llenas de flores húmedas y frescas, vio una sombra que se
deslizaba furtivamente por el huerto: era una muchacha que llevaba una gruesa túnica color café
encima de una toga transparente. Alejandro la reconoció de inmediato y, sin perder tiempo, fue hacia
ella; era como un capullo de ciruelo cuando la luz la envolvía. Cuando Alejandro le salió al paso de
entre los árboles, la chica se llevó un gran susto y palideció hasta tener el color de su toga; era una
jovencita sumamente tímida.
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-¿Qué te sucede? No voy a comerte, sólo vine a darte los buenos días.
-Buenos días, mi señor.
-¿Cómo te llamas?
-Gorgo, alteza.
La joven seguía pálida de miedo; debió de haber sido una muchacha muy modesta.
¿Qué le podía decir él a una mujer si todo lo que sabía de ellas era lo que sus amigos y los soldados
contaban?
-Ven aquí, Gorgo. Si me ofreces una sonrisa te regalo unas flores.
Gorgo bajó la vista y le sonrió; se veía tan frágil y misteriosa, que parecía un papión sagrado al
deslizarse de las ramas de un árbol. Alejandro se sorprendió a sí mismo dividiendo las flores en dos
ramos, uno para ella y otro para su madre, al tiempo que pensaba que seguramente debió haberse
comportado como un tonto.
-Toma -le dijo Alejandro y, al entregarle las flores, la besó suavemente en la mejilla. Gorgo le
ofreció sus labios durante un segundo, pero de inmediato, sacudiendo suavemente la cabeza, se retiró
sin mirarlo. Luego, se abrió la túnica, puso las flores entre sus senos y desapareció entre los árboles.
Alejandro se quedó allí parado, viéndola retirarse, con la imagen
de los frágiles y fríos pétalos de las violetas deslizándose bajo la túnica de seda. Al día siguiente sería
la celebración de Dionisio. Y la tierra santa haría que crecieran pasto joven y tierno, tréboles, azafranes
y jacintos llenos de rocío, formando un mullido lecho entre el suelo duro y las plantas de sus pies.
Nunca dijo ni una palabra del asunto a Hefestión.
Después, cuando fue a llevarle las flores a su madre, se dio cuenta de que algo había sucedido.
Olimpia estaba furiosa, pero él no era el causante; lo notó en su mirada. Alejandro se acercó y la besó,
pero no le hizo ninguna pregunta (con la riña del día anterior había tenido suficiente). Mientras tanto,
ella aún se preguntaba si debía decirle o no qué era lo que sucedía.
Durante todo el día sus amigos estuvieron hablando de las mujeres que conseguirían al día
siguiente, si lograban atrapar alguna en la montaña. Alejandro se mantuvo al margen de las viejas
bromas y guardó para si su propia concepción de las mujeres. Antes de que llegara la madrugada, se
exhibiría a las mujeres fuera del santuario.
-¿Qué vamos a hacer mañana? -preguntó Hefestión-. Quiero decir, después del sacrificio.
-No lo sé, trae mala suerte hacer planes para disfrutar la celebración.
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Hefestión le lanzó una mirada secreta de recelo. No, no era posible que estuviera de mal humor
desde que llegaron a Egas. Era mejor dejarle en paz hasta que se le pasara el malestar.
La cena se sirvió bastante temprano, pues al día siguiente todo el mundo debería estar
preparado cuando los gallos cantaran anunciando el amanecer. Además, la víspera de la celebración de
Dionisio nadie solía llegar tarde a la hora de servir el vino. El crepúsculo de primavera no duraba
mucho después de que el sol se ocultaba detrás de la cordillera oeste (en el castillo había lugares que
tenían que ser iluminados desde media tarde). Las comidas que se servían en la estancia tenían un aire
transitorio. En esa ocasión, Filipo hizo gala de sobriedad e invitó a Aristóteles a que se sentara a su
lado, cortesía que no era tan conveniente en otras situaciones, pues el viejo filósofo era un mal
bebedor. Después de cenar, la mayoría de los invitados se fue a dormir.
Alejandro nunca fue partidario de acostarse temprano, así que decidió despertar a Fénix, quien
solía leer hasta muy tarde (su habitación estaba en la torre Oeste). El camino hasta allá era una
verdadera selva, pero él conocía bien todos sus vericuetos desde que era niño. Un poco más allá de una
antecámara en la que había un sobrio mobiliario para los huéspedes que llegaran, había una pequeña
entrada a la escalera que llevaba directamente hasta su cuarto. El vestíbulo estaba sumido en la
penumbra y apenas llegaba allí la luz de un farol de pared que había en el otro extremo. Cuando ya
casi estaba dentro, oyó un ruido y advirtió un movimiento. En silencio e inmóvil, permaneció un
instante oculto entre las sombras. De pronto, en una parte iluminada vio a Gorgo, que estaba frente a él
y retrocedía de espaldas entre los brazos de un hombre; una de sus manos le estrujaba los senos y
hundía otra en su bajo vientre. Risas suaves y ahogadas salían de su garganta; con el esfuerzo de la
mano del sujeto que la abrazaba, resbaló uno de los tirantes del vestido y un par de violetas secas
cayeron al suelo adoquinado. Detrás de la cabeza de la muchacha, apareció el rostro del hombre
enterrándose en el cuello. Era la cara de su padre. Entonces cautelosamente, como si estuviera
ejecutando una acción guerrera y ocultando el ruido de sus pasos con los gritos ahogados de la joven,
Alejandro se retiró y salió por la puerta más cercana al frío húmedo de la noche.
Arriba, en los aposentos de la guardia personal del príncipe, Hefestión esperaba despierto a
Alejandro para poder darle las buenas noches. En otras ocasiones, ambos habían salido juntos a tomar
el fresco nocturno, pero esa vez nadie había visto a Alejandro desde la cena. Si hubiera preguntado por
él, todos se hubiesen burlado, así que decidió esperarle en la oscuridad, observando la línea de luz que
se colaba por debajo de la vieja y pesada puerta del cuarto del fondo, vigilando si la sombra de algunos
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pies llegaban a cruzaría. Sin embargo, ninguna sombra se movía, por lo que se quedó dormido después
de un rato, soñando que todavía vigilaba.
Alejandro subió a cambiarse de ropa; la bujía que alumbraba su cuarto, casi totalmente
consumida, iluminaba ligeramente. Despellejados y entumecidos por el intenso frío, sus dedos apenas
podían sujetar las cosas. Lo más rápidamente que pudo, se puso su túnica de piel, sus botas y las
polainas que usaba para salir de cacería; ya se calentaría cuando empezara a escalar. Luego, se asomó
por la ventana y vio por aquí y por allá las primeras antorchas, cuyas llamas oscilaban al ritmo de las
corrientes de aire que bajaban de las montañas, ondeando bajo los árboles y brillando como estrellas
sobre el blanco firmamento de nieve.
Había pasado mucho tiempo desde la última vez que Alejandro siguiera la peregrinación hasta
el bosque, pero nunca había asistido a un rito en la montaña y entonces no tenía ninguna razón para no
asistir. Aunque era ilegal, Alejandro regresó; no tenía otro lugar adonde ir.
Alejandro siempre se destacó por ser cazador rápido y de paso ligero, que se impacientaba con
el ruido de los demás. A esas horas de la mañana había muy pocos hombres activos; era fácil oír sus
risas y voces mientras hacían tiempo para encontrar en las laderas a los animales rezagados y
vacilantes que serían sus presas. Alejandro se deslizaba sin que nadie lo viera y, atravesando
furtivamente los bosques de hayas que llenaban la senda inmemorial, pronto dejó a todos atrás. Hacía
mucho tiempo, al día siguiente de una de las primeras celebraciones de Dionisio, había trazado su
camino secretamente, poniendo hilos en las espinas de los matorrales a lo largo de todo el camino
hacia el lugar de las danzas. Su madre nunca se enteraría, ni siquiera con el paso del tiempo se lo diría;
guardaría este secreto para siempre, sólo a él le pertenecía. Quería estar con su madre sin que ella
pudiera verle, invisible como cuando los dioses visitan a los mortales; así sabría lo que ningún otro
hombre conocía.
La ladera de la montaña se hacia cada vez más empinada y sus senderos torcían en una y otra
dirección. Alejandro se abría paso silenciosamente, iluminado apenas por la luz de la luna que se
ocultaba tras las nubes, así como por la falsa luz del alba.
En Egas, los gallos empezaron a cantar y, en la lejanía, sus cantos parecían mágicos y
amenazadores, como si fueran un desafío fantasmal. Arriba, las antorchas que recorrían el camino
sinuoso parecían una serpiente que se arrastraba hacia la cima de la montaña. Finalmente amaneció y
los primeros rayos del amanecer tocaron las cumbres de las colinas. Allá, a lo lejos, se oyó el grito de
agonía de algún animal y, después, el grito báquico del sacerdote.
RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO
- 205 -
Una profunda cañada, en cuyo fondo corría un río, cortaba las empinadas paredes de un
farallón. Desde la angosta hendidura del pequeño cañón, las aguas de aquel río se extendían hasta
formar un amplio lecho. Al llegar a un punto en el que la vereda torcía hacia la izquierda, Alejandro
reconoció el terreno y se detuvo unos instantes a pensar. Podría llegar hasta el lugar de la danza por la
cañada; sería un camino difícil, pues había que cruzar bosques vírgenes para llegar a la otra orilla, pero
le ofrecía una guarida perfecta: fuera del alcance de los asistentes, pero lo suficiente cerca como para
poder observar los acontecimientos; la grieta, sin embargo, era demasiado estrecha como para poder
atravesarla antes del sacrificio, pero si se daba prisa podía alcanzar a ver bailar a su madre.
Así pues, vadeó las heladas aguas del río trepando por las rocas. Arriba, los pinos eran bastante
más grandes y jamás habían sido tocados por el hombre; había troncos de árboles muertos tirados por
allí, y sus pies se hundían en el negro humus acumulado durante miles de años. Finalmente, pudo ver
el brillo de las antorchas, que, desde lejos, parecían pequeñas luciérnagas; luego, al acercarse un poco
más, distinguió la brillante y diáfana llama del fuego del altar. Los cantos también disminuían y
volvían a elevarse desde algún otro lugar, enardeciendo a las demás voces.
Los primeros rayos de sol iluminaron el extremo abierto de la cañada. Por aquí y por allá
crecían pequeñas parcelas de follaje, arrayanes, madroños y retama. Caminando a gatas, como un
leopardo al acecho de su presa, Alejandro se arrastró sigilosamente hacia el escenario. El lugar donde
se efectuaban las danzas estaba en el extremo opuesto a él, en un lugar claro y despejado; la planicie
sagrada era invisible desde abajo, sólo los dioses y las cumbres podían vería eternamente. Entre los
serbales del lugar había flores amarillas esparcidas por el suelo; en el altar continuaba ardiendo la
resma y sus llamas quemaban la carne del animal del sacrificio (los asistentes habían arrojado allí sus
antorchas). Desde el lugar donde estaba, Alejandro podía ver sus túnicas humedecidas por el rocío y
sus tirsos de ramas de pino. Aun desde lejos, los rostros de los asistentes se veían vacíos por la
presencia del dios.
Olimpia estaba de pie cerca del altar, con un cetro de hiedra entrelazada en las manos; desde su
corona de hiedra, el pelo suelto le caía sobre la túnica, sobre la piel de ciervo que la protegía del frío y
sobre sus hombros muy blancos. Su voz dirigía el himno. Alejandro estaba haciendo lo que ningún
mortal debe hacer, lo que sólo estaba reservado a los dioses.
Su madre sostenía uno de los pomos de vino redondos que se usaban en la celebración. Su
rostro no estaba ni encendido ni blanco, como el de los demás asistentes, sino brillante, claro y
sonriente. Hermione de Epiro, que compartía la mayor parte de los secretos de Olimpia, cogió el frasco
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de vino, corrió hacia ella mientras bailaba, le puso la copa en la boca y le susurró algo al oído. Las dos
mujeres bailaban por todo el altar, corrían hacia fuera y regresaban, lanzando fuertes gritos. Al cabo de
un rato, Olimpia arrojó su tirso al suelo y lanzó una palabra mágica en la antigua lengua tracia, pues
ellos usaban esa lengua desconocida en estos ritos. Después, todos arrojaron sus cetros, abandonaron el
altar y unieron sus manos formando un círculo. Entonces, Olimpia hizo señas a una de las jóvenes de
la fila para que pasara al centro del circulo; las manos de todos la llamaban, mientras ella avanzaba
lentamente. Alejandro miraba con atención; seguro que conocía a la muchacha.
Repentinamente, la joven se escapó por debajo de las manos que formaban el círculo y corrió
hacia la cañada, sin duda presa del frenesí de las ménades. Conforme se le acercaba, se dio cuenta de
que no había lugar a dudas: era Gorgo, su amiga. El éxtasis divino y el terror hacían que sus ojos
estuvieran anormalmente abiertos, y su boca rígida y estirada. La danza se detuvo y algunas mujeres
salieron corriendo tras ella (cosas así sucedían muy frecuentemente durante la celebración de los
rituales). Gorgo corría desesperadamente, sin que nadie la pudiera alcanzar, pero de repente tropezó
con algo y cayó al suelo; se levantó rápidamente, pero sus perseguidores la cogieron, y Gorgo, presa
de una locura dionisíaca, empezó a gritar con desesperación. Las mujeres que la atraparon la llevaron
con las demás, primero por su propio pie, pero después sus rodillas se le doblaron y entonces tuvieron
que arrastrarla. Olimpia estaba esperando de pie, sonriente, a que se la llevaran; cuando la joven estuvo
ante ella, no lloraba ni rezaba, solamente chillaba emitiendo gritos agudos, como los de una liebre
atrapada entre las mandíbulas de una zorra.
Ya era más de mediodía y Hefestión caminaba por las faldas de la montaña llamando a
Alejandro; le pareció que llevaba horas buscándole, pero en realidad no hacía mucho que había ido tras
él (y no lo había hecho desde muy temprano por temor a lo que pudiera encontrar). Sólo hasta que el
sol estuvo en lo alto, el dolor que sentía empezó a transformarse en temor.
Cada vez que gritaba “¡Alejandro!”, el eco le respondía: “¡... andro!” La corriente de aire que
salía de la cañada chocaba contra las rocas que estaban diseminadas por todas partes; en una de ellas
estaba sentado Alejandro, mirando hacia adelante. Al verlo, Hefestión corrió hacia él, pero Alejandro
ni siquiera se levantó; apenas miraba a su alrededor. Es verdad, pensó Hefestión, ya está hecho. Una
mujer lo ha cambiado; ahora nunca será posible.
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Alejandro le miró secamente, como si no le reconociera.
-¿Qué te pasa, Alejandro? Dime, ¿qué te pasa? ¿Te caíste, te golpeaste la cabeza? ¡Alejandro!
-¿Qué buscabas en las montañas? -le preguntó Alejandro con voz clara-. ¿Buscas alguna
mujer?
-No. Te estaba buscando precisamente a ti.
-Busca en la cañada; allí encontrarás una, pero esta muerta.
Hefestión se sentó en una roca al lado de Alejandro y estuvo a
punto de preguntarle:
-“¿Tú la mataste?”, pues ese rostro parecía capaz de cualquier cosa, pero no se atrevió a hablar.
Alejandro frotó el revés de su mugrienta mano sobre su frente y parpadeó.
-No, yo no fui -trató de esbozar una sonrisa-. Tanto mi padre como mi madre estaban de
acuerdo en que era una hermosa persona. Murió a causa del éxtasis divino. Todos eran presas del
miedo y la excitación propias de un gato salvaje y de un ciervo que lucharan por sobrevivir, así como
algo inexplicable. Espera si quieres y verás bajar su cuerpo por la corriente del río.
-Siento mucho que hayas sido testigo de esa escena -le dijo Hefestión con voz apagada.
-Debo regresar a proseguir mi lectura. Jenofonte dice que si pones el colmillo de un jabalí sobre
ellos, podrás verlo consumirse a causa del calor de su carne. También dice que marchita las violetas.
-Toma, bebe un poco. Has estado levantado desde ayer. También te he traído un poco de vino...
Oye, Alejandro, te digo que te he traído un poco de vino. ¿Estás seguro de que no estás herido?
-Oh, no, no dejé que me atraparan. Sólo vi la celebración.
-Mira, date la vuelta. Haz lo que te digo, anda, bebe esto.
Después del primer trago, cogió el frasco con vino y lo apuró ávidamente.
-Eso está mejor -el instinto de Hefestión le indicó que debía ser prudente y sencillo-. También
traigo algo de comer. No deberías andar detrás de las ménades, todo el mundo sabe que eso trae mala
suerte. Con razón te sientes tan mal, tienes clavada una gran espina. Quédate quieto mientras te la
saco.
Hefestión le regañaba dulcemente, como si fuera una enfermera que cura las heridas de un
niño. Alejandro seguía sentado tranquilamente.
-En el campo de batalla he visto cosas mucho peores -dijo de repente.
-Es verdad. Tenemos que acostumbrarnos a la sangre.
-Me acuerdo de ese hombre que estaba apoyado en la pared de
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la ciudad de Dorisco, tratando de volver a meter en el vientre sus entrañas.
-¿En serio? Yo debía de estar mirando hacia otro lado, porque no lo vi.
-En el combate uno debe estar atento a todo. Apenas tenía doce años cuando maté mi primera
víctima y yo mismo le corté la cabeza. Alguien pudo haberlo hecho por mí, pero yo les pedí que me
dieran el hacha.
-Si, eso ya lo sé.
-El libro dice que ella bajó a las llanuras de Troya desde Olimpia, caminando suavemente, con
pasos cortos similares a los de una paloma temblorosa, y que después se puso el yelmo de la muerte.
-Todo el mundo sabe que tú puedes verlo todo. Has pasado la noche en vela...
Alejandro, ¿me oyes? ¿Has oído lo que acabo de decirte?
-Guarda silencio. Están cantando.
Hefestión, insistente y sin tocarlo, le dijo:
-Ahora estás conmigo. Te prometí que estaría aquí. Escucha, Alejandro: piensa cuando la
madre de Aquiles le sumergió en las aguas de la laguna Estigia, en lo negro y terrible de esa
experiencia; debió haber sido como la muerte misma, pero cuando salió ya era invulnerable. Todo ha
terminado; ahora estás aquí, conmigo.
Hefestión extendió la mano a Alejandro; éste la tocó con sus manos heladas y su amigo se las
apretó para transmitirle su calor.
-Ahora estás conmigo -repitió Hefestión-, y yo te amo. Para mi significas más que cualquier
otra cosa. Estoy dispuesto a morir por ti en cualquier momento, porque te amo.
Así pasaron un buen rato, con sus manos entrelazadas sobre las rodillas de Alejandro. Luego,
se soltaron un poco las manos y el rostro de Alejandro perdió su rigidez de máscara para dar paso a los
estragos del desvelo, y bajó su vista para mirar distraídamente sus manos entrelazadas.
-Ese vino que trajiste estaba bastante bueno. En realidad, no estoy tan cansado. Deberíamos
practicar más la vigilia, es muy útil en la guerra.
-La próxima ocasión nos desvelaremos juntos.
-Uno puede aprender a hacerlo sin nada ni nadie que ayude a mantenerse despierto; pero a mi
me costó mucho trabajo hacerlo sin ti.
-La próxima vez, allí estaré.
El tibio sol de primavera se acercaba a la ciénaga en su camino hacia el ocaso.
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En algún lugar cantaba un gorrión. La intuición de Hefestión le indicó que se había producido
un cambio: una muerte, un nacimiento y la intervención directa de un dios.
Lo que había nacido estaba manchado de sangre por una experiencia difícil, aún en frágil y no
estaba listo para ser manipulado, pero crecería.
Los amigos debían regresar a Egas, pero no había prisa, tal como estaban se sentían a gusto; era
necesario darle un poco de paz. Alejandro liberaba sus pensamientos soñando dormido. Hefestión le
observaba atentamente, con la tierna paciencia del leopardo que se agacha a beber agua del estanque;
el sonido ligero de las pisadas distante que bajaban por la senda del bosque le tranquilizó.


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