Primera parte

II
Al cumplir los siete años, a los niños se les retiraba del cuidado de las mujeres. Alejandro
acababa de cumplirlos, así que ya era hora de que se convirtiera en todo un griego.
Por su parte, el rey Filipo se encontraba luchando nuevamente por la costa del noreste en
defensa de sus fronteras, las cuales pretendían reducir los de Calcidica. Su vida matrimonial no
transcurría normalmente: más que haber conseguido una mujer, le parecía haberse casado con una
noble peligrosa a quien no podía derrotar mediante la guerra y cuyos espías parecían saberlo todo.
Olimpia se había convertido en una mujer de belleza sorprendente, pero, niña o mujer, su juventud era
lo que despertaba los deseos del rey. Durante un tiempo, Filipo había sido satisfecho por los jóvenes
que le rodeaban, pero después, siguiendo las costumbres de su padre, eligió una concubina de linaje
real y le dio el rango de esposa secundaria. Al enterarse, el orgullo mancillado de Olimpia hizo que el
palacio se tambaleara como si se hubiera desatado un terrible temblor de tierra. Durante la noche,
cerca de Egas se la había visto, antorcha en mano, rondar por las tumbas reales -los antiguos
hechiceros solían escribir con tierra sus amenazas sobre las lápidas y dejarlas allí para que los espíritus
las pusieran a funcionar-, y se decía que un niño la acompañaba. La siguiente vez que Filipo vio a su
hijo, le miró directamente a los ojos, fantasmales, fijos, mudos. Al alejarse, sintió que la mirada del
pequeño se le clavaba en la espalda.
La guerra en Calcidica no podía esperar, y el muchacho tampoco. Si bien no era grande para su
edad, en todo lo demás era un chico muy avanzado: Lenike le había enseñado las letras y los números
(su voz era fuerte y segura, y su tono era perfecto), y los soldados de la guardia, e incluso los de los
barracones -con quienes se escapaba de vez en cuando-, le habían enseñado su dialecto campesino y
quién sabe qué otras cosas. En lo que respecta a las enseñanzas de su madre, más vale no hablar.
Cuando los reyes de Macedonia partían a la guerra en aquella época, tenían muy arraigada la
costumbre de protegerse las espaldas. Durante los primeros años de su reinado, Filipo había vencido a
los ilirios en el oeste y estaba a punto de negociar con los pueblos del este; sólo quedaban los viejos
peligros provenientes de los reinos tribales: conspiraciones en las familias y en los feudos. Si antes de
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marchar al frente hubiera separado a Olimpia del pequeño y elegido como gobernador a un hombre de
su confianza, en Macedonia se hubieran desatado estas dos calamidades.
Filipo se preocupaba por encontrar un paso por el cual regresar al frente sin dar batalla antes de
tiempo. Se fue a dormir con esta idea en la cabeza y lo despertó el recuerdo de Leónidas.
Leónidas era tío de Olimpia, pero se mostraba más helenizado que el mismo Filipo. En su
juventud viajó por todo el sur en busca de Atenas, enamorado de la idea, más que de las ideas, de
Grecia. Una vez allí, aprendió griego clásico, estudió oratoria y composición, y se involucró en las
diversas escuelas filosóficas lo suficiente como para darse cuenta de que éstas sólo podían socavar la
tradición ortodoxa y el buen sentido común. Como era natural en un hombre de su estirpe, hizo
grandes amigos entre los aristócratas, oligarcas por herencia que añoraban los buenos viejos tiempos,
deploraban el presente y, como sus antepasados posteriores a la Gran Guerra, admiraban las
costumbres de Esparta (que ya en su momento conocería Leónidas).
Estaba acostumbrado a las grandes diversiones de Atenas -festivales dramáticos, certámenes
musicales, grandes representaciones teatrales, centros nocturnos en donde se recitaban poemas o se
demostraba el ingenio del orador, etcétera-, por lo que la vida en Lacedemonia le pareció
chabacanamente provinciana. Para un señor feudal de Epiro con profundas raíces en sus dominios, la
regla racial espartana sobre los ilotas era extraña e incómoda (la familiaridad del lenguaje descortés
con que se comunicaban los espartanos le hacia sentirse como un tonto). Además, como en Atenas,
también aquí los mejores tiempos ya habían pasado. Esparta había dejado de ser la misma desde que
los tebanos avanzaron hasta sus muros, y ahora lucía como un viejo perro que, derrotado por uno más
joven, afila los dientes pero conserva su distancia sin atrever a acercarse. El trueque ya había
desaparecido para dar paso al dinero, que era tan apreciado allí como en cualquier parte; los ricos
poseían extensiones de tierra cada vez más grandes, los pobres ya no podían pagar su mesada a las
hosterías públicas, su gallardía les había sido arrancada de cuajo junto con su orgullo. Sin embargo, en
cierto sentido aún conservaban algo de su pasado: no habían perdido su capacidad para criar jóvenes
disciplinados fuertes, no mimados y respetuosos, que obedecían inmediatamente toda orden superior
sin preguntar por qué, que se ponían de pie siempre que entraba alguna persona mayor y que sólo
hablaban cuando alguien se dirigía a ellos. Mientras navegaba de regreso a casa, pensó que
combinando la cultura clásica con las costumbres espartanas se podría obtener el hombre perfecto.
Leónidas regresó a Epiro; la importancia de su jerarquía aumentaba con sus viajes. Mucho
tiempo después su conocimiento se hizo anticuado, pues había dejado de actualizarlo. El rey Filipo,
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que tenía agentes a su servicio en casi todas las ciudades griegas, estaba mejor enterado; sin embargo,
cuando habló con Leónidas fue perfectamente consciente de que su propio griego era más bien de
Beocia. Además, junto con el hablar clásico iban las máximas griegas: “Nada en exceso”, “El orgullo
para una mujer es que nadie hable de ella ni para bien ni para mal”, etcétera.
Así pues, allí estaba el compromiso perfecto: la familia de Olimpia se sentiría honrada de que
Leónidas, apasionado por la corrección, la instruyera en sus deberes de gran dama, mientras que él
mismo cumpliría con los deberes de los hombres; además, a ella le seria más difícil entrometerse en la
educación del pequeño. Por otra parte, mediante sus amigos del sur, él podría comprometer a todos los
instructores que el rey no había tenido tiempo de buscar y asegurarse de que el pequeño creciera con
juicios políticos y morales sanos. Leónidas y Filipo intercambiaron algunas cartas y, finalmente, éste
partió al frente con la conciencia tranquila, pues ya había dejado las órdenes necesarias para que se
diera a Leónidas la bienvenida.
El día en que se esperaba la llegada de Leónidas a palacio, Lanike arregló las mejores ropas de
Alejandro y pidió a una de sus esclavas que le preparara el baño para el pequeño. Mientras ella le
bañaba, entró Cleopatra. Era una niña regordeta de pelo rojo como el de su madre y cuerpo cuadrado y
rechoncho como el de su padre. Comía demasiado, pues con frecuencia se sentía muy infeliz de que su
madre amara más y de manera diferente a Alejandro.
-Ya eres todo un muchacho -le dijo-. No está bien que te metas en las habitaciones de las
mujeres.
Siempre que Alejandro veía triste a su hermana la consolaba, la divertía o le hacia regalos para
contentaría, pero cuando ella lo amenazaba con su feminidad la odiaba.
-Yo entro donde quiero cuando me da la gana. ¿Quién crees que se atreverá a impedírmelo?
-Tu maestro lo hará -le respondió canturreando.
Alejandro saltó de un brinco de la tina; mojando el piso, y la arrojó adentro con todo y ropa.
Entonces, Lanike lo agarró, lo puso en sus rodillas y le dio una azotaina con una de sus sandalias.
Como Cleopatra se burlaba de él, le llegó su turno para castigarlo, y después, llorando, la sacó de la
estancia una doncella y se la llevó para secarla.
Alejandro no derramó una sola lágrima: había comprendido perfectamente bien todo el asunto;
nadie necesitaba decirle que, si no obedecía a su maestro, haría que su madre perdiera una batalla en su
guerra personal, ni que el siguiente maestro pasaría por encima de él mismo. Tales batallas le habían
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hecho endurecerse por dentro. Cuando estaba ante alguna otra amenaza, las cicatrices internas le
punzaban como las viejas heridas antes de que se desate la lluvia.
Lanike le desenredó el cabello, haciendo que con cada tirón del peine el muchacho tuviera que
apretar las mandíbulas. Después, acompañado del ritmo descendente de la flauta, empezó a recitar
antiguas canciones de guerra, cuya letra hablaba de camaradas hasta la muerte que caían juntos en
combate. Se había pasado cantándola casi durante medio día, cuando le llegó la noticia de la muerte de
su perro. Para ese entonces ya sabía el significado de guardar luto por los caídos -había llorado la
muerte de Agis de todo corazón-, pero si lloraba a causa de sus propias heridas Heracles lo
abandonaría (desde hacia mucho tiempo esto formaba parte de un pacto secreto).
Una vez limpio, peinado y vestido, solicitaron su presencia en el cuarto Perseo, donde su madre
y el invitado ocupaban los lugares de honor. El pequeño esperaba encontrarse con un hombre recién
salido de algún liceo, pero vio a un hombre elegante entrado en los cuarenta, de barba espesa y oscura
que empezaba a encanecer, de mirada escrutadora como la de un general que, aunque fuera de servicio,
todo lo recuerda al día siguiente. Alejandro sabía muchas cosas acerca de los oficiales, la mayor parte
de las cuales se las habían contado soldados de grado militar inferior (sus amigos le guardaban sus
secretos a cambio de que él les guardara los suyos).
Leónidas, que era un hombre afable, le besó en ambas mejillas y puso sus manos firmemente
sobre los hombros de él; estaba seguro de que el pequeño honraría la memoria de sus antepasados.
Alejandro se presentó cortésmente, y su sentido de la realidad le hizo comportarse todo el tiempo
como si fuera un pequeño soldado en alguna parada militar. Aunque era demasiado hermoso para ser
un simple guardia, el niño se veía saludable y despierto, y sin duda sería un alumno dócil. Leónidas no
esperaba ver el entrenamiento espartano tan tempranamente establecido.
-Has criado un niño ejemplar, Olimpia. Estas hermosas prendas infantiles muestran el cuidado
que has puesto en él, pero ahora debemos encontrarle algunas más apropiadas para un muchacho -
opinó el huésped.
Los ojos de Alejandro se posaron en los de su madre; ella misma había bordado su túnica de
lana peinada. Desde su silla, Olimpia le hizo una pequeña inclinación de cabeza y desvió su mirada.
Leónidas se alojó en palacio. El asunto de encontrar los maestros idóneos llevaría algún
tiempo, pues algunas de esas eminencias tendrían que abandonar sus propios colegios, y habría
que investigarlos a todos, a fin de mantener lejos las ideas peligrosas. Aunque no pensaba comenzar
tan rápido, su propio trabajo debía empezar de inmediato.
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La apariencia de instruido de Alejandro no era más que una ilusión: hacia siempre lo que
quería, se levantaba al cantar el gallo o dormía fuera de casa y deambulaba por allí en compañía de
muchachos mayores y de hombres. Por excesivamente mimado que estuviera, debía evitarse que no se
volviera un marica; sin embargo, el lenguaje del niño era terrible. No sólo estaba a punto de dejar de
ser griego, sino que, además, ¿dónde había aprendido a hablar esa clase de macedonio? Al oírle hablar
así, uno no podía dejar de pensar que lo habían educado los soldados de los cuarteles. Evidentemente,
las horas de la escuela eran insuficientes; había que educarlo desde el alba hasta el anochecer.
Todas las mañanas, antes de que el sol estuviera en lo alto, se dedicaba al ejercicio: daba dos
vueltas a la pista de carreras, levantaba pesas para fortalecer los brazos, daba saltos y efectuaba
lanzamientos. Cuando llegaba la hora de tomar el desayuno, interrumpía los ejercicios para sentarse a
la mesa, pero no había descanso: si se quedaba con hambre y deseaba pedir un poco más, tenía que
hacerlo en griego, pero siempre le respondían, en un griego impecable, que los desayunos ligeros eran
beneficiosos para la salud. Cambiaron sus ropas por otras muy rústicas, rasposas y sin bordar. Eso era
lo bueno para los príncipes de Esparta.
Así continuó su entrenamiento hasta que llegó el otoño. Entonces, bajo un clima cada vez más
frío, se le impidió usar su capa o cualquier otro abrigo, para que su piel se endureciera. Para conservar
un poco del calor de su cuerpo, tenía que pasarse todo el día corriendo, lo cual hacia que siempre
estuviera hambriento, pero, aun así, no podía conseguir comida suficiente.
Siempre obedecía las órdenes de Leónidas: lo hacía tenazmente, sin quejarse, pero con un firme
y nada disimulado resentimiento. A las claras se veía que Leónidas y su régimen eran, sencillamente,
una dura prueba para su orgullo, que el niño sólo soportaba por amor a su padre.
Leónidas era un hombre ansioso, pero no podía quebrantar las leyes. Era una de esas personas
en quienes el papel del padre, una vez establecido, les hace olvidar todos los recuerdos de la infancia.
Sus propios hijos pudieron habérselo dicho, pero jamás se atrevieron. En todo caso, cuando cumplía
con su deber lo hacía por el niño, y no sabía de nadie que pudiera hacerlo mejor.
Al iniciar las lecciones de griego, pronto se puso de manifiesto que, de hecho, Alejandro era
bastante hábil, pero sencillamente le desagradaba; lo cual, como le dijo su tutor, era una verdadera
lástima, habida cuenta que su padre lo hablaba con mucha fluidez. Lo repetía toscamente, no hacía
ningún intento por grabarse las palabras y esperaba la hora de la salida para usar todos sus
conocimientos de macedonio vulgar y de la jerga propia de los soldados de la falange. Cuando
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finalmente comprendió que tenía que hablar griego todo el día, no pudo creer tal imposición (incluso
los esclavos podían hablar su lengua materna cuando charlaban entre sí.
Pese a tantas instrucciones, a veces encontraba algunos momentos de descanso. Para Olimpia,
la lengua del norte era el legado más puro de los héroes y el griego sólo un dialecto en plena
descomposición; lo hablaba solamente como delicadeza que se tiene hacia los seres inferiores y sólo
hacia ellos. En ocasiones, mientras Leonidas cumplía con sus deberes sociales, el cautivo se le
escapaba, y si podía llegar hasta los cuarteles a la hora de la comida, allí siempre encontraba un poco
de avena cocida con leche.
Aún disfrutaba mucho cabalgando, aunque pronto perdió a su escolta favorita, un joven oficial
de la compañía a quien solía besar cada vez que lo ayudaba a desmontar. En una ocasión, Leónidas los
vio besarse desde el patio de la caballeriza. Alejandro no se había dado cuenta, pues su escolta se
retiraba y estaba fuera del alcance de sus oídos, pero al ver que el rubor llenaba el rostro de su amigo,
pensó que su instructor ya había superado todos los limites, regresó y se interpuso entre los dos.
-Yo lo besé primero; además, él nunca ha tratado de joderme -le dijo usando esta palabra propia
de los cuarteles, pues no conocía otra.
Después de un momento de silencio, Leónidas se retiró sin decir una sola palabra; pero una vez
en la escuela, todavía sin dirigirle la palabra, le zurró (había ido más allá que sus propios hijos). La
queja por el comportamiento de Alejandro llegó a sus padres, Pero la paliza que se le había dado no
era la que se daba a un niño, sino a los muchachos mayores. En realidad, Leónidas no estaba del todo
seguro de que su alumno no hubiera estado esperando una oportunidad así para provocarle y ver cómo
respondía.
Durante el castigo sólo se oía el sonido de los golpes. Leónidas hubiera querido pedir al niño
que se volviera y le hiciera frente, pero no podía hacerlo, pues buscaba forjar la famosa firmeza
espartana o despertar la autocompasión del pequeño. Cuando terminó de castigarle, tuvo que hacer
frente a unos abiertos ojos secos, de pupilas dilatadas hasta el pálido borde del iris. Tenía los labios
delgados como filos de navaja y muy abiertas las ventanas de la nariz. La rabia se condensaba en el
silencio del niño, como si estuviera en el Centro de una caldera; por un instante, el maestro se sintió
realmente amenazado por esos ojos grises.
Sólo entre la gente de la ciudad de Pella, Leónidas había visto transcurrir la infancia de
Olimpia. En aquel entonces, ella se le hubiera echado encima con sus agujas; con ellas había herido la
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cara de su nodriza. Pero esta expresi6n era otra cosa; uno siempre estaba atemorizado de que la
rompiera.
Su primer impulso fue tomar al niño por la nuca y sacudirle para quebrantar su actitud retadora;
pero si su complexión era la de un hombre delgado, su entendimiento era el de un hombre cabal con
una gran autoestima. Además, lo habían llevado allí para entrenar al futuro rey guerrero de Macedonia
y no para convertirlo en un esclavo. Finalmente, el niño se controlé a sí mismo.
-Callado como todo buen soldado. Mis respetos para un hombre que sabe aguantar sus heridas.
Es todo por hoy.
A cambio de sus palabras recibió la mirada cargada de rencor que se guarda para los enemigos
de muerte. Cuando Alejandro abandonó la estancia, Leónidas pudo ver en la espalda de la túnica de
lana una mancha de sangre. Aunque en la Esparta de aquellos años ese castigo había sido leve,
Leónidas se descubrió pensando que no debió golpearle tan fuerte.
Aunque Alejandro no le dijo nada a su madre, ella vio los verdugones de su espalda. En la
habitación en que habían compartido sus secretos, ella lo abrazó sollozando, y después pasaron un rato
llorando juntos. El primero en dejar de llorar fue el niño, que de inmediato se dirigió a la piedra suelta
del fogón, sacó un idolillo de cera que había visto allí y le pidió a su madre que embrujara a Leónidas.
De inmediato, ella le quitó el ídolo, diciéndole que no lo tocara, que no servía para eso. El muñeco
tenía una gran espina clavada en el pene, pero ese embrujo no le hizo ningún efecto a Filipo, aunque lo
intentaba constantemente; nunca se había dado cuenta de que el pequeño la observaba.
Para él, el descanso que había logrado al llorar un poco era falso y momentáneo, pues cuando
encontró a Heracles en el jardín se sintió traicionado. Sus lágrimas no habían sido producto del dolor,
sino de la felicidad perdida (bien hubiera podido retenerlas si su madre no lo hubiese ablandado; la
próxima vez ella no debía enterarse). No obstante, ambos compartían un complot: ella nunca había
aceptado la forma espartana de vestir, y le encantaba vestirle a su manera.
Olimpia había sido educada en una casa en la cual las damas solían sentarse en la estancia,
como las reinas de Homero, a escuchar a los poetas cantar sus odas a Los primeros héroes. Por eso
despreciaba a los espartanos, a quienes concebía como una raza de hombres obedientes, sin identidad
propia, y mujeres sucias, medio hembras y medio soldados. Le irritaba la sola idea de que su hijo fuera
educado a la manera de esa raza gris y plebeya, pues creía que era posible que lo intentaran. Así pues,
ofendida incluso ante esta posibilidad, le llevó una nueva túnica bordada en color azul grana y,
mientras la doblaba para meterla dentro del ropero, le dijo que a nadie hacía daño si se mostraba como
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un caballero cuando su tío estuviera lejos. Después, añadió a su guardarropa un par de sandalias
corintias, una clámide de lana de Milosia y un broche de oro para agarrársela a la altura del hombro.
La buena ropa le hizo sentirse él mismo nuevamente. En un principio, las usaba con discreción,
más pronto, a causa del éxito logrado, empezó a dejar de prestarles atención. Por su parte, Leónidas,
que sabía poner el dedo en la haga, no le dijo absolutamente nada; sencillamente, fue a su ropero y le
quitó toda la ropa nueva, llevándose de pasada una manta de más que encontró allí escondida.
Finalmente desafió a los dioses, pensó Alejandro, y ése será su fin. Olimpia sólo sonrió
tristemente y le reproché el haberse dejado pillar. Jamás debía desafiar a Leónidas, pues podía sentirse
ofendido y regresar a su casa.
-Entonces, cariño, empezarían todos nuestros problemas -le dijo.
Los juguetes eran juguetes, y el poder, sólo poder. No era posible obtener alga a cambio de
nada. A partir de entonces, él fue mucho más cauteloso con los demás regalos que su madre le seguía
pasando a escondidas. Por supuesto, también Leónidas extremé sus precauciones y empezó a
escudriñar su ropero con mayor frecuencia.
Había otros regalos más importantes, sin embargo, que sí se le permitía conservar. Un amigo,
por ejemplo, le regaló en una ocasión un perfecto carcaj en miniatura, con su tirante para colgarlo al
hombro. Como el tirante era demasiado largo para su corta estatura, se sentó en la cerca de palacio
para desabrochar la hebilla y ajustársela. La lengüeta estaba muy dura y la piel de la correa demasiado
rígida. Estaba a punto de entrar en palacio en busca de un punzón para aflojar el cuero, cuando un niño
un poco mayor que él trepó a la cerca y se sentó a su lado. El recién llegado era un chico hermoso y
robusto de cabello dorado como el bronce y ojos gris oscuro.
-Déjame intentarlo -dijo extendiendo la mano. Su voz era firme y hablaba mi griego que iba
más allá de los conocimientos escolares.
-Es nuevo, por eso está tan duro -respondió Alejandro en macedonio, pues su lección de griego
ya había terminado.
El extraño se acuclilló junto a él.
-Es idéntico a los de verdad, como los que usan los adultos. ¿Te lo hizo tu padre?
-Por supuesto que no; fue Doríforo el cretense. No pudo hacerme un arco como los que usan
los soldados de Creta, porque ésos son de hueso y sólo un hombre adulto puede templarlos, pero
Coragos me hará uno.
-¿Por qué quieres desabrocharlo?
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-Porque la correa es muy larga.
-Para mí, está bien. No, pero tú eres más pequeño. Yo lo haré.
-Ya lo medí, necesito correrlo dos agujeros.
-Cuando crezcas no podrás desabrocharlo; está muy duro, pero yo lo desabrocharé. Mi padre
está con el rey.
-¿Y qué quiere?
-No lo sé, sólo me dijo que tenía que esperarle.
-¿Te obliga a hablar en griego todo el día?
-En casa todos lo hablamos. Mi padre es huésped y amigo del rey; cuando yo sea mayor tendré
que ir a la corte.
-¿Y tú quieres ir?
-No mucho, prefiero estar en mi casa. Mira, allí está, sobre la montaña. No, no es la primera,
sino la segunda, pero toda esta tierra es nuestra. ¿Acaso no sabes nada de griego?
-Si, puedo hablarlo si quiero, pero dejo de hacerlo cuando me hastía.
-¿Por qué? Lo hablas casi tan bien como yo. ¿Por qué te gusta hablar eso? La gente creerá que
eres un campesino si te oye hablar así.
-Mi tutor me obliga a usar esas ropas para que parezca espartano; pero yo tengo unas mejores,
y las uso durante las fiestas.
-Ellos azotan a todos los niños de Esparta.
-Oh, a mí una vez me hizo sangre, pero no lloré.
-No estuvo bien que te golpeara, sólo debía avisar a tu padre. ¿Cuánto les cobra?
-Es tío de mi madre.
-Mmm, ya veo. Mi padre contrató a un pedagogo sólo para mí.
-Bueno, eso te enseña a soportar tus heridas cuando partes hacia la guerra.
-¿Guerra? Pero si sólo tienes seis años.
-¡Qué va! El próximo mes del León cumpliré los ocho.
-Yo tengo esa misma edad, pero tú no la aparentas; pareces un chico de seis.
-Oh, eres demasiado lento, deja que yo lo haga.
Al decir esto, le arrebató la correa, y el cuero se deslizó nuevamente hacia dentro de la hebilla.
-Estúpido, idiota -le dije agarrando furiosamente la correa-. Ya casi lo había logrado.
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Alejandro le respondió en macedonio vulgar, dejándolo boquiabierto. No dejaba de insultarle, y
el extraño se limitaba a escuchar atentamente. Luego, disputándose la posesión del carcaj, volvieron a
ponerse en cuclillas igual que el empezar su casi olvidada contienda.
-¡Hefestos! -gritó alguien desde las columnas del pórtico. Los dos pequeños se echaron al suelo
como lo hacen los perros después de que alguien les ha arrojado un cubo de agua.
El señor Amintor vio con preocupación que su hijo había abandonado el pórtico en donde le
dijo que esperara, invadido el terreno del juego del príncipe y arrebatado su juguete. A esa edad los
jóvenes no están seguros, ni por un momento, fuera de la vista de los adultos. Maldijo su propia
vanidad, pues le gustaba lucir a su hijo, pero haberlo llevado a palacio había sido una impertinencia.
Furioso consigo mismo, dio grandes zancadas, lo agarró por los hombros y le dio un golpe en la oreja.
Al ver ese espectáculo. Alejandro se puso de pie de un salto; en realidad, ya se le había olvidado que
estaba furioso con el extraño.
-No le pegue. No quiso hacerme ningún daño, sólo trató de ayudarme.
-Haces bien en decir eso, Alejandro, pero él desobedeció mis órdenes.
Durante un instante los dos niños intercambiaron miradas; ambos compartían confusamente
ese sentido de inconstancia humana. Luego se llevaron a rastras al acusado. Pasaron seis años hasta
que volvieran a encontrarse.
-Carece de dedicación y disciplina -dijo Timantes, el gramático.
A la mayoría de maestros que Leónidas había contratado les parecía demasiado beber al ritmo
de los que charlaban en la estancia, así que siempre se iban a la cama o a conversar entre ellos, dando
pretextos que divertían divinamente a los macedonios.
-Es posible -dijo Epícrates, el maestro de música-, pero el valor de un caballo se determina sin
las bridas.
-Ya se dedicará cuando le convenga -dijo Naucles, el matemático-. En primer lugar, es posible
que no haya tenido suficiente. Puede calcular el tamaño del palacio a partir de la sombra que proyecta
al atardecer, y no titubeaba siquiera para responder cuántos soldados hay en quince falanges. Sin
embargo, nunca he logrado hacerle sentir la belleza de los números. ¿Lo has logrado tú con la música,
Epicrates?
El músico, un griego efesino de piel oscura, asintió sonriendo.
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-Con vosotros, él tiene que poner a trabajar su entendimiento; conmigo tiene que usar su
sensibilidad. Además, como todos sabemos, la música es ética, y yo tengo que despertar la sensibilidad
de un rey, no entrenar a un concertista.
-Conmigo no avanzará más -dijo el matemático-. Me atrevería a decir que yo mismo no sé por
qué sigo con él, si quiero que se crean mis palabras.
Desde la estancia llegó el sonido de una risa obscena. Alguien con talento improvisaba una
pieza tradicional, y por séptima vez cantaba el coro.
-Es verdad que todos nosotros recibimos buena paga -intervino Epicrates-. Pero yo podría
ganar lo mismo en Efeso alternando la enseñanza con los conciertos, y ganaría más musicalmente.
Aquí soy un prestidigitador, un evocador de sueños, y eso no es lo que viene a hacer, aunque gracias a
ese trabajo me mantengo. ¿A ti te ha mantenido alguna vez tu profesión, Timantes?
Timantes hizo una mueca de desdén. Para él las composiciones de Epicrates eran demasiado
modernas y emotivas. Timantes mismo era un ateniense bien conocido por la pureza de su estilo; de
hecho, había sido el maestro de Leónidas. Consciente de que a su edad el trabajo era ya una carga y
contento de poder vivir con decoro sus últimos años, cerró su escuela para ir con Leónidas. Había leído
todo lo digno de ser leído, y de joven supo descifrar las palabras de los poetas.
-A mi me parece que aquí en Macedonia hay demasiadas emociones. En mis años de estudiante
se hablaba mucho de la gran cultura de Arquelao, pero parece ser que las últimas guerras de sucesión
han traído consigo el caos. No diré que la corte carece de refinamientos, pero, en términos generales,
estamos otra vez en la barbarie. ¿Sabéis que aquí los jóvenes todavía alcanzan la mayoría de edad
cuando han matado a su primer hombre y a su primer jabalí? Podría suponerse que nosotros mismos
estamos en los días de la vieja Troya.
-Ese es un problema que da sentido a tu tarea, si es que quieres continuar con la labor de
Homero.
-Para eso necesitamos método y dedicación. El pequeño tiene buena memoria cuando quiere
ponerla a funcionar. Al principio, aprendió sus tareas perfectamente bien, pero parece no ser capaz de
grabar el método en su mente. Se le explica la construcción, se le cita el ejemplo adecuado, pero al
aplicarlo, nada. Siempre sus mismas preguntas: “¿Por qué encadenaron a Prometeo?” “¿Por quién
lleva luto Hécuba?”
-¿Y le dijiste que los reyes deben aprender a compadecerse de Hécuba?
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-Los reyes deben aprender autodisciplina. Esta mañana interrumpió la lección porque le di a
leer algunas líneas de Los siete contra Tebas, a fin de que se fijara en la sintaxis. Al terminar me
preguntó: “¿Qué hacían allí los siete generales que conducían a la caballería, a la falange y a los
arqueros?” Yo le dije que eso no importaba, que el objetivo de la lectura rea que se fijara en la sintaxis,
pero él tuvo la insolencia de responderme en macedonio, y tuve que darle con mi correa en la palma de
las manos.
Los gritos de una riña de borrachos sofocaron los cantos que llegaban desde la estancia. De
pronto, se oyó la voz del rey, se calmó el escándalo y empezó a percibirse un sonido diferente.
-Disciplina -dijo Timantes significativamente-, moderación, reserva, respeto por las leyes. Si
nosotros no le inculcáramos estos principios, ¿quién lo hará? ¿Su madre?
Se hizo el silencio mientras Naucles -estaba en su habitación- abría la puerta y miraba afuera.
Epicrates rompió el silencio.
-Si quieren competir con ella, es mejor que endulces más tu medicina, como yo hago con la
mía.
-Debe hacer el esfuerzo de aplicarse, es el principio de toda educación.
-Yo no sé de qué están hablando -terció repentinamente Derkylos, el entrenador de los
ejercicios físicos.
Todos habían creído que estaba dormido, pero sólo estaba reclinado en la cama de Naucles;
según él, el esfuerzo debe alternarse con la relajación. Era un hombre que rondaba los treinta y cinco
años, todos los escultores admiraban su cabeza ovalada y sus pequeños rizos, y su cuerpo se hallaba en
perfectas condiciones (él decía que su cuerpo era un ejemplo viviente para sus alumnos, pero sin duda
también había en él cierta vanidad, pensaban sus envidiosos compañeros). Además, tenía una lista
enorme de victorias a su favor y ninguna pretensión intelectual.
-Hablábamos de nuestros deseos de que nuestro alumno se esforzara un poco más -dijo
Timantes condescendiente.
-Les escuché -el atleta se levantó sobre uno de los codos, adoptando una posición francamente
estatuaria-. Han vaticinado malos augurios y la suerte está echada.
El gramático se encogió de hombros, y Naucles dijo irónicamente:
-¿También tú nos dirás que no sabes por qué sigues aquí?
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-Creo que yo soy el único que tiene una verdadera razón para quedarse aquí. Mi trabajo es
evitar, si puedo, que el niño se dé muerte así mismo demasiado joven. ¿Han observado que carece de
todo mecanismo que le haga detenerse?
-Mucho me temo -dijo Timantes- que para miel lenguaje del gimnasio es demasiado misterioso.
-Si te refieres a lo que pienso -dijo Epicrates-, ya lo había notado.
-Yo desconozco muchas de sus historias -dijo Derkylos-, pero si alguno de vosotros habéis
visto sangre en el campo de batalla o si habéis sentido que el miedo se os escapa del cuerpo, podréis
recordar que desde dentro fluye una fuerza desconocida que nunca creísteis haber tenido; ni siquiera
con el ejercicio ni en una competición surge en uno tal fuerza. Es una especie de antecámara puesta allí
por la naturaleza o por la sabiduría de nuestros dioses, y es nuestra reserva contra el extremismo.
-Recuerdo -intervino Naucles- que cuando el temblor hundió la casa sepultando a nuestra
madre, yo solo levanté una de las vigas, aunque después ni siquiera pude moverla.
-El temperamento te impulsó. Son muy pocos los hombres que pueden usar esta fuerza a
voluntad, y Alejandro es uno de ellos.
-Sí, quizá tengas razón -comentó Epícrates.
-Y lo deduzco siempre que hay algo fuera de lugar en la vida de un hombre. De hecho, ya he
tenido que empezar a observarle. En una ocasión me dijo que Aquiles había elegido entre la gloria y la
duración de los tiempos.
-¿Qué? -exclamó Timantes sorprendido-. Pero si apenas acabamos de empezar el libro primero.
Derkylos se le quedó mirando en silencio y luego dijo suavemente:
-Olvidas su ascendencia maternal.
Timantes chasqueó la lengua y les dio a todos las buenas noches. Naucles se inquietó un poco,
pues él también deseaba irse a dormir. El músico y el atleta, por su parte, caminaron un buen rato por
el parque.
-Es inútil hablarle -dijo Derkylos-. Además, dudo que el niño coma todo lo que debiera.
-¿Aquí? Debes de estar bromeando.
-Es el régimen que le ha impuesto el viejo necio de Leónidas. Yo le peso mensualmente, y
puedo decir que no está creciendo todo lo que debería crecer. Claro que no se puede decir que esté
muriendo de inanición, pero casi todo lo desperdicia; debería comer lo que desee nuevamente. Es muy
ágil de pensamiento, y su cuerpo debe seguir desarrollándose. ¿Sabias que es capaz de romper la
marca de lanzamiento de jabalina al mismo tiempo que emprende la carrera?
RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO
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-¿Le dejas que maneje esa clase de armas a su edad?
-Ya quisiera yo que todos los hombres crecieran con tal destreza para manejar las armas.
Además, eso le mantiene tranquilo... ¿Qué podría encauzarle mejor que esto?
Epícrates miró a su alrededor; estaban al descubierto y no había nadie cerca.
-Su madre ha hecho muchos enemigos. Ella es una extranjera de Epiro y tiene nombre de bruja.
¿Has oído alguna vez los rumores acerca de su nacimiento?
-Sí, recuerdo algunos, pero, ¿quién le permitirá oír una sola palabra acerca de ello?
-A mi me da la impresión de que tengo la obligación de probarlo. Bueno, él goza con la música,
encuentra alivio en ella. Por mi parte he estudiado un poco esta faceta musical.
-Debo hablar nuevamente con Leónidas acerca de su dieta. La última vez se me dijo que en
Esparta sólo se hace una frugal comida al día, y el resto se pone fuera del alcance. No lo digáis, pero
yo he dado al niño un poco más de comida. Lo hago ahora, como en un momento lo hice en la ciudad
de Argos por algún buen niño de pobre cuna... ¿Vosotros creéis esos cuentos?
-No con mis argumentos: él no sólo tiene el ángel y la cara de Filipo, sino también su
capacidad. No, no, yo no puedo creer esas historias... ¿Recordáis ese pasaje de la vieja canción de
Orfeo, en la cual se cuenta que mientras tocaba su lira en la ladera de una montaña llegó un feroz león
y se echó mansamente a sus pies para escuchar música? La historia no dice nada.
-Hoy -dijo Timantes- has hecho grandes progresos. Para la siguiente lección tienes que
memorizar estas ocho líneas. Cópialas en el papiro, del lado derecho del díptico. A la izquierda pones
las palabras en su forma arcaica. Trata de hacerlo correctamente; espero que primero repitas éstas.
Enrolló el papiro y se lo entregó para que hiciera su tarea; sus fuertes y venosas manos
temblaban al meter el papiro en su estuche de piel.
-Bien, eso es todo por hoy; puedes retirarte.
-¿Puedo llevarme prestado un libro?
Timantes se quedó contemplándole con una mezcla de sorpresa e indignación.
-¿El libro? Claro que no, es un valiosísimo texto critico. ¿Para qué lo quieres?
-Quiero saber qué pasó. Lo guardaré dentro de mi cofre y lavaré mis manos cada vez que vaya
a usarlo.
-A todos nos gustaría aprender a correr antes de saber caminar, no te quepa la menor duda. Por
ahora aprende tu lección y pon especial atención a las formas jónicas, pues tu acento todavía es
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demasiado dórico. Si, Alejandro, este libro no es para divertirse: fue escrito por Homero, maestro de la
lengua. Después ya podrías presumir de haberlo leído -al decir esto ató los lazos del estuche del libro.
Las líneas de la tarea de Alejandro hablaban de cuando el vengativo Apolo bajó corriendo las
cumbres del Olimpo con sus espléndidas flechas a la espalda.
Una vez que el pequeño se quedó solo, las imágenes de lo que había estudiado en la escuela y
las de la lista que había preparado -poco a poco, como si fuera un esclavo haciendo el inventario de los
artículos de cocina- le llegaron torrencialmente; en su imaginación, una gran cantidad de luces
mortuorias le iluminaban un gran panorama que hasta entonces había estado sumido en la oscuridad.
Alejandro conocía el monte Olimpo, y se imaginó estar allí bajo la luz moribunda de un eclipse solar.
Las sombras avanzaban rápidamente, y en torno al sol se iba formando un tenue circulo de fuego capaz
de cegar a cualquier mortal. Bajó a la tierra como la oscuridad de la noche.
Caminó un buen rato por el bosque, escuchando las escalofriantes notas sonoras de las cuerdas
de los arcos al dispararse y los silbidos de los dardos; pensaba todas esas cosas en macedonio. Al día
siguiente, esto se manifestó en su tarea y Timantes le llamó la atención por su pereza, su dispersión y
desinterés por el trabajo. Luego hizo que copiara veinte veces el pasaje, pero señalando los errores
cometidos anteriormente. Con la mirada dispersa y apagada, Alejandro se aplicó a su nueva tarea.
Algo llamó la atención de Timantes y, al volverse, se topó con unos ojos grises que lo estudiaban de
manera distante y fría.
-No construyas castillos en el aire, Alejandro. ¿Qué estás pensando?
-Nada -dijo, y hundió su cabeza en la paleta de su banco.
Pensaba si existiría alguna forma de lograr que Timantes muriera. Suponía que no; cometería
un grave error si pidiera a sus amigos que lo mataran, pues podrían castigarlos, y quizá no estuvieran
de acuerdo en dar muerte a un hombre tan viejo. Además,
su muerte también le ocasionaría problemas a su madre.
Al día siguiente no asistió a sus clases.
Después de que los cazadores salieron a buscarlo con sus perros de presa, al atardecer un
leñador le llevó de nuevo a palacio montado sobre el encorvado lomo de un burro viejo. El niño estaba
todo magullado, con el cuerpo lleno de arañazos ensangrentados que se había hecho al caérsele
algunas rocas, y tenía una pierna tan hinchada que ni siquiera podía sostenerse en pie. Según el
hombre, trataba de arreglárselas para avanzar con pies y manos (durante la noche el campo estaba
lleno de lobos hambrientos y no había lugar donde estuviera seguro un joven de su edad).
RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO
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Al llegar, Alejandro agradeció al leñador sus atenciones, y pidió que le dieran algo de comer,
pues estaba hambriento, y también un burro más joven, ya que se lo había prometido en el camino.
Todos estos factores concurrieron a hacer que Alejandro enmudeciera; el doctor apenas podía
arrancarle un si o un no, quizá un respingo cuando le movía la pierna.
Después de que lo entablillaran, su madre llegó a verlo, pero él apartó la mirada. Dejando a un
lado su furia, que obedecía a otras causas, Olimpia le había llevado una cena con todos los platos
prohibidos por Leónidas. Lo cogió en brazos y pegó su cara al pecho de él, mientras le daba de beber
vino caliente y dulce. Cuando él le contó lo que había sucedido, ella le dio un beso, lo apretó contra su
cuerpo y salió furiosamente a reclamar a Leónidas.
La tempestad que se desató conmovió el palacio, como el fragor de los dioses sobre las llanuras
troyanas. Sin embargo, muchas de las armas que Olimpia usaba contra Filipo no le sirvieron de nada
en este caso. Leónidas era un hombre muy correcto, muy ateniense, y le ofreció abandonar sus
obligaciones y confesar a Filipo la causa de su deserción. Cuando salió de su estudio, todo el mundo se
escondió (estaba tan furiosa que no quiso esperar a que llegara y salió a buscarlo), pero la verdad es
que iba llorando.
El viejo Lisímaco, que la esperaba en su habitación desde que salió, la recibió, y
nerviosamente, como si se dirigiera a la mujer de cualquier granjero en su lengua natural, le preguntó:
-¿Cómo está el niño?
Nadie prestó atención a Lisímaco; desde los primeros días del reinado de Filipo era huésped de
palacio y siempre solía andar por allí. Durante los momentos más difíciles había respaldado la
ascensión de Filipo al trono, y en las horas dedicadas a la cena había demostrado ser una excelente
compañía. Por todo ello se le había recompensado con la mano de una dama heredera que estaba bajo
la tutela real. Esas condiciones le llevaron a palacio, donde trabajaba y cazaba, pero los dioses no le
permitían engendrar hijos, no sólo con su esposa, sino con toda mujer con quien hiciera el amor. Este
reproche estaba al alcance de la mano de todo aquel que quisiera echárselo en cara. Además, pensaba
que la arrogancia lo convertiría en un hombre insano, así que era más bien humilde; lo único que le
distinguía de los demás era su carrera de bibliotecario, por la que Filipo lo había puesto al frente de la
fina colección de Arquelao (su deber era vigilar a quien le fuera permitido visitar la colección). Desde
la sala de lectura podía escucharse la voz de Lisímaco leer durante horas los pergaminos, ensayar
palabras, ritmos y cadencias. Sin embargo, sus estudios eran sumamente improductivos, jamás escribía
ninguna historia o tragedia; su mente parecía estar tan seca como sus testículos.
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Al ver su cara ruda y cuadrada, su cabellera y barba rubia entrecanosa y sus ojos azul pálido,
Olimpia sintió la seguridad del hogar y le pidió que entrara en sus habitaciones privadas, invitándolo a
sentarse. Mientras, ella caminaba de un extremo a otro de la habitación murmurando algunas quejas
inocentes cada vez que se detenía para tomar aire, hasta que finalmente se detuvo.
-Mi querida señora, hasta ahora tu hijo ha crecido bajo el cuidado de las nodrizas. ¿No crees
que ya es hora de que le contraten un pedagogo?
Olimpia giró sobre sus talones tan rápidamente que sus joyas entrechocaron y tintinearon.
-Nunca, jamás contrataremos a una persona así, y el rey lo sabe. ¿Qué quieren hacer de él, un
escribano, un mercader o un mayordomo? Él siente lo que es. Durante todo el día esos educadores
pedantes y de baja estofa trabajarían para doblegar su carácter. Si ahora apenas dispone ya de una hora,
desde que se levanta hasta que se acuesta, para descansar. ¿Acaso debe vivir en este momento como un
ladrón cautivo o marchar encadenado como un esclavo? Que nadie hable de esto en mi presencia, y si
el rey te envió para decírmelo, ya puedes regresar y advertirle que antes de permitir que mi hijo sufra
una educación semejante mataré a quien sea; si, juro por los tres dones de Hécate que antes de
permitirlo me volveré una asesina.
Lisímaco esperó en silencio hasta que pensó que Olimpia le escucharía.
-Yo mismo lo lamentaría, pero podría ser su pedagogo. De hecho, señora, eso mismo es lo que
vengo a pedirte.
Olimpia se sentó en su silla y guardó silencio, pensativa. Por su parte, Lisímaco esperó la
respuesta pacientemente; sabia que su interlocutor callaba no para preguntarse por qué un noble
caballero se ofrecía para desempeñar el trabajo de un sirviente, sino para pensar si en realidad estaría
dispuesto a hacerlo.
-Con frecuencia pienso que Aquiles se reencarnó en tu hijo -continuó Lisímaco-. Si así fuera, él
necesitaría un Fénix... Tú, Dios Aquiles, eres el hijo que he elegido, y algún día alejarás de mi los
malos tiempos.
-¿Y lo hizo? Cuando Fénix dijo esas palabras, su pico ya lo había arrancado de Ptia para
depositarlo en Troya. Además, Aquiles no le concedía lo que pedía.
-Si lo hubiera hecho, le habría evitado sus pesares. Quizá su alma lo haya recordado. Por lo que
sabemos, las cenizas de Aquiles y Patroclo fueron revueltas en una urna, y ni siquiera un dios puede
separar unas de otras. La impetuosidad y el orgullo de Aquiles junto con el sentimiento de Patroclo
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están presentes en tu hijo. Tanto Aquiles como Patroclo sufrieron por lo que era cada uno, pero tu hijo,
señora, sufrirá por los dos.
-Los hombres se darán cuenta de que en él hay algo más -añadió Olimpia.
-Y no lo dudo, pero de momento con esto es suficiente. Déjame intentarlo; si no se puede
educar conmigo, lo dejaré en libertad.
Olimpia se levantó nuevamente y dio otra vuelta alrededor de la habitación.
-Está bien, inténtalo. Si logras mediar entre él y esa partida de imbéciles, me convertiré en tu
deudora.
Durante la noche Alejandro tuvo fiebre y apenas logró conciliar el sueño, así que se quedó
dormido prácticamente todo el día. A la mañana siguiente, Lisímaco lo encontró sentado en la ventana,
con su pierna entablillada colgando hacia afuera y gritando con su nítida voz; dos oficiales de
caballería llegaron de Tracia con algunos encargos del rey, y él quería tener noticias frescas acerca del
curso de la guerra. Los soldados se las dieron, pero se negaron a llevarlo con ellos cuando supieron
que las intenciones del niño eran lanzarse desde el piso superior para que ellos lo recogieran. Cuando
el muchacho se volvió suspirando, Lisímaco lo cogió en brazos y lo depositó en la cama.
Alejandro se dejó llevar dócilmente, pues le conocía de toda la vida. Apenas pudo dar sus
primeros pasos, iba a sentarse a sus rodillas para escucharle contar historias. Sin duda, Timantes ya le
había dicho a Leónidas que, más que un simple escolar, él era un estudiante instruido. El niño se puso
contento al verlo, y de inmediato le contó su reciente aventura en el bosque, no sin jactarse un poco,
por supuesto.
-¿Caminaste con ese pie?
-Pensé hacerlo, pero no lo puedo mover -contestó frunciendo las cejas de disgusto. Le dolía la
pierna lastimada y Lisímaco puso una almohada debajo de ella.
-Fíjate. Cuando la madre de Aquiles lo sumergió en las aguas de la laguna Estigia para volverlo
inmortal, lo agarró por uno de sus talones y, como se le olvidó mojárselo después, el talón fue su punto
débil.
-¿Cuenta el libro cómo murió Aquiles?
-No, pero él siempre supo que moriría, pues tenía que cumplir con su destino fatal.
-¿Acaso no le advirtieron los adivinadores?
-Sí, le advirtieron que su muerte seguiría a la de Héctor, pero aun así tuvo que matarlo para
vengar la muerte de su amigo Patroclo, a quien Héctor había ejecutado.
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El muchacho seguía su explicación con mucho interés.
-¿Era el mejor de sus amigos?
-Sí, desde que ambos eran niños.
-Entonces, ¿por qué Aquiles no le salvó antes?
-Es que tuvo que retirar a sus hombres del campo de batalla porque el Gran Rey le insultó. Sin
él, los griegos empezaron a perder la batalla, todo sucedía conforme a los designios de los dioses. Pero
cuando Patroclo, que tenía un gran corazón, vio a sus viejos camaradas postrados ante Aquiles
pidiéndole que tuviera compasión de ellos, le dijo: “Préstame tu armadura y deja que la luzca ante el
enemigo. Con eso será suficiente para atemorizarlo”. Aquiles se la entregó, y con ella Patroclo realizó
grandes proezas, pero...
En este punto Alejandro le interrumpió, impactado por la historia
-¡No pudo hacer eso! ¡Él era un general y no debió haber mandado al frente a un oficial de
menor rango si él mismo no lo acompañaba! Patroclo murió por su culpa.
-Oh, sí, él sabia que su amigo había muerto a causa de su orgullo. Por eso tuvo que cumplir con
su destino fatal.
-¿Por qué le insultó el Gran Rey? ¿Cómo empezó todo?
Lisímaco se sentó en el taburete de lana que había junto a la cama y empezó a contar.
Conforme se desarrollaba la historia, Alejandro se sorprendió al notar que todo eso podría suceder
cualquier día en Macedonia.
-El atolondrado hijo menor del rey secuestró a la esposa de su poderoso huésped y la llevó a los
dominios de su padre (las viejas casas de Macedonia y Epiro pueden contar miles de historias
semejantes). Después, el Gran Rey convocó a sus reclutas y oficiales, entre quienes estaba Peleo, rey
de Ptia. Como Peleo era demasiado viejo para conducir a su ejército, al frente de él envió a su hijo
Aquiles, quien había nacido del vientre de una diosa. Al cumplir los dieciséis años de edad llegó a
Troya, y era ya el mejor de los guerreros.
» La guerra se desarrollaba en forma de escaramuzas en las montañas: los guerreros se
alentaban mutuamente para combatir sin pedir permiso a los superiores, los soldados de infantería
corrían desordenadamente tras los señores como si fuera una turba de hombres en riña. Aquiles ya
había tenido noticias de guerras semejantes durante la época de los que contaron la historia, guerras
por destruir los viejos feudos, producidas por derramamientos de sangre durante peleas de borrachos,
por dotes no pagadas, por extender las fronteras y por despreciables adulterios durante las
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fiestas.
Lisímaco lo contaba todo tal como se lo había imaginado en su infancia. Había leído las
especulaciones de Anaxágoras, las máximas de Heráclito, la historia de Tucídides, la filosofía de
Platón, los melodramas de Eurípides y las piezas románticas de Agatón, pero Homero lo devolvía a su
niñez, cuando se sentaba en las rodillas de su padre para oír al poeta y ver caminar a sus hermanos
mayores con sus espadas colgadas de la cadera, como aún solía hacerse en las calles de Pella.
Alejandro, que tenía poca consideración hacia Aquiles por haber creado un gran problema a
causa de una mujer, al saber que ella era un premio por su valentía -que el rey le había escamoteado
para humillarle-, entendió muy bien la furia de Aquiles. Luego, se imaginó que Agamenón era un
hombre fornido y rechoncho, que lucía una espesa barba negra.
Así pues, los enviados del Gran Rey llegaron a ver a Aquiles mientras éste se hallaba
autoexiliado en sus barracones, tocando su lira a Patroclo, el único hombre que le comprendía. Los
griegos estaban en una situación realmente grave; el Gran Rey se vio obligado a ceder, pues Aquiles
pedía que le devolvieran a su prometida. Además, podía casarse con la propia hija de Agamenón y
obtener una inmensa dote de tierras y ciudades o, si lo prefería, podía tomar tan sólo la dote sin casarse
con la joven.
Al igual que cuando se está viendo el punto más dramático de una tragedia, aunque se conozca
el desenlace, Alejandro deseó que todo terminara felizmente: que Aquiles se ablandara y que fuera al
combate junto con Patroclo. Pero Aquiles no cedió, a su juicio aún le pedían demasiado. “Por el
carácter divino de mi madre sé que dentro de mí conviven dos destinos fatales -dijo-. Si me quedo a
luchar contra Troya, perderé la oportunidad de regresar a casa, pero ganaré la fama eterna; si regreso a
casa, a la tierra de mi querido padre, perderé la oportunidad de coronar mi gloria, pero a cambio
obtendré una larga vida, pues la muerte no me llegará en mucho tiempo.” Su honor se esfumó, pues
escogió la segunda opción y navegó hacia las tierras de su padre.
El tercer embajador aún no hablaba; era un viejo Fénix que conocía a Aquiles desde que era un
niño de brazos. El rey Peleo le había adoptado después de que su propio padre abominó de él,
arrojándole de su casa. Lo pasaba muy bien en la corte de Pila, pero la maldición de su padre surtió
efecto y nunca pudo tener descendientes. Había escogido a Aquiles para que, en el momento oportuno,
lo defendiera de los malos años, así que si regresaba a casa, iría con él, jamás lo abandonaría ni aun a
cambio de su juventud. Sin embargo, en ese momento rogó a Aquiles que escuchara sus ruegos
y condujera a los griegos en la batalla.
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A continuación, Lisímaco hizo una reflexión moral, pero el niño se encontraba ausente, su
atención vagaba. Lleno de impaciencia, de pronto deseó darle a Lisímaco el regalo que siempre había
deseado; le parecía que sí podía hacerlo.
-Si tú me lo hubieras pedido, yo habría accedido -le dijo, y se abrazó a su cuello, a pesar de que
la pierna le dolía al moverse.
Lisímaco lo abrazó, llorando sin tapujos. Al niño no le parecieron mal sus lágrimas, pues eran
de la clase que Heracles permitía. Era una gran suerte haber tenido a mano el regalo idóneo; además,
se lo había ofrecido de todo corazón, pues en realidad lo amaba y estaba dispuesto a ser como su hijo y
protegerlo en las épocas difíciles. Lisímaco había llegado como Fénix con Aquiles, y él debía
concederle lo que pedía: conducir a los griegos a la lucha, asumir el primero de los destinos fatales, no
regresar nunca a casa, a la querida tierra paterna, no envejecer nunca. Todo eso era cierto y le hacia
feliz. ¿Por qué añadir entonces que, a pesar de que daría su consentimiento, no lo haría a causa de
Fénix? Lo haría para obtener la fama eterna.
En la costa noreste, la gran ciudad de Olinto se rindió al rey Filipo; primero entró su oro y
después lo hicieron sus soldados. Los habitantes de esta ciudad veían con desconfianza el creciente
poder de Filipo, pues durante años habían dado asilo a dos hermanos suyos medio bastardos, los cuales
reclamaban el trono (ambos habían hablado contra él y contra Atenas, para finalmente aliarse con los
atenienses).
El primer asunto del que se ocupó Filipo en Olinto fue de que sus socios se enriquecieran y
mostraran su riqueza. Luego, para mantener ocupados a los atenienses en sus propios asuntos, fomentó
en Eubea, al sur, el surgimiento de un grupo. Entretanto,
mantuvo el intercambio de embajadores con la ciudad de Olinto, para romper finalmente los tratados
de paz, al mismo tiempo que se adueñaba de todos los territorios estratégicos de la región. Después les
lanzó un ultimátum. Había decidido empezar la guerra, o él o sus hermanos debían salir de la ciudad.
Si ellos se rendían, él les entregaría un salvoconducto para que escaparan; sin duda, sus amigos
atenienses lo seguirían.
A pesar de los partidarios de Filipo, la población decidió resistir. Le ofrecieron algunas
costosas batallas, antes de que sus socios les obligaran a perder un par de ellas y les dejaran cruzar las
puertas.


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