Segunda parte

Filipo creyó que era necesario dar un ejemplo a los que pensaran ocasionar problemas, y
decidió dárselo con Olinto. Las lanzas de los soldados dieron muerte a los dos hermanos rebeldes.
Poco después, partidas de hombres merecedores de recibir algún regalo y algunos traficantes,
introdujeron en Grecia grandes cantidades de esclavos. Las ciudades en las que antes habían realizado
los trabajos pesados hombres tracios o etíopes, eran ahora ultrajadas haciendo que los griegos mismos
soportaran pesadas cargas bajo el látigo vigilante de los vencedores, o vendiendo abiertamente a
mujeres griegas a los prostíbulos. Sólo la voz de Demóstenes se levantaba para animar a los hombres
decentes a luchar contra la barbarie.
Los muchachos de Macedonia veían pasar los desesperanzados convoyes de esclavos, y los
niños lloraban en el polvo mientras caminaban agarrados a las faldas de su madre. Todo ese
espectáculo les llevaba un mensaje milenario: “Así es la derrota; evítala".
Al pie del monte Olimpo estaba la ciudad de Dión, escalón sagrado de la morada de Zeus. Allí,
en el monte sagrado del dios, Filipo celebró su victoria con tal pompa que ni el mismo Arquéalo podía
soñar. Invitados distinguidos de todas partes de Grecia llegaron hasta la ciudad sagrada; flautistas,
músicos, compositores y actores compitieron para obtener guirnaldas de oro, túnicas color púrpura y
baúles de plata.
Iba a representarse una de las tragedias de Eurípides (la primera vez que se representó esa obra
fue en ese mismo teatro). El mejor escenógrafo de todo Corinto estaba pintando las llanuras y las
montañas de Tebas, así como el palacio real, y todas las mañanas se podían oír las voces de los actores
ensayando desde las notas altas, propias de la violencia de los dioses, hasta las agudas y virginales.
Aquel día hasta los maestros descansaron. Aquiles y su Fénix (el apodo se le había quedado de
inmediato) estaban en el umbral del Olimpo, y la vista del espectáculo del festival era para ellos solos.
Sin decir nada a Timantes, Fénix le regaló a Aquiles su propia ¡liada; no le causaban ningún problema
a nadie, absorbidos como estaban en su juego privado.
El día de la celebración anual en honor de Zeus, el rey ofrecía un gran banquete; en esta
ocasión, Alejandro iba a asistir, pero sólo hasta antes de que la gente empezara a beber. Escogió una
túnica nueva de color azul, bordada con hilos de oro, y dejó suelto su pelo ondulado. Estaba sentado en
un extremo del sofá de su padre, con su propio tazón de plata y su copa al lado. La estancia estaba
iluminada con lámparas, y los hijos de los señores de la guardia real iban y venían entre el rey y los
invitados de honor, llevándoles regalos.
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También había algunos atenienses del partido que estaba a favor de la paz con Macedonia; el
niño notó que su padre cuidaba su acento. Los atenienses bien pudieron haber ayudado a sus enemigos
a conspirar junto con los persas, con quienes lucharon sus antepasados en Maratón, pero aún
conservaban el orgullo de ser griegos.
En la estancia, el rey preguntaba a gritos a alguno de sus invitados por qué parecía tan
malhumorado. Se dirigía a Sátiro, el gran comediante de Atenas, quien, satisfecho, se burlaba del
miedo y decía que él no se atrevería a solicitar lo que deseaba. “Sólo dilo", gritó el rey, extendiendo la
mano; luego hizo un ademán para que liberaran a dos muchachas que había visto entre los esclavos,
hijas de un viejo huésped de la ciudad de Olinto (deseaba salvarlas de su destino y entregarlas en
matrimonio). “Me causa una gran felicidad -dijo el rey- conceder una solicitud tan generosa.”
Entonces se oyó el murmullo de los aplausos; las buenas vibraciones inundaron el cuarto, y los
invitados que habían pasado por las mazmorras de los esclavos encontraron de pronto más sabrosos los
alimentos que consumían.
Cuando llegaron las guirnaldas y los enfriadores de vino, llenos con nieve del Olimpo, Filipo se
volvió hacia su hijo, le revolvió su pelo húmedo y suave, que ya perdía los rizos, desde el copete, le
dio un beso y le instó a que se fuera a dormir, mientras los invitados murmuraban encantados.
Alejandro bajó de su asiento, dio las buenas noches a su amigo el guardia de la puerta y se dirigió
hacia la habitación de su madre para contarle todo lo que había visto.
Antes de que su mano tocara la puerta, escuchó desde dentro una advertencia. En la estancia
todo era confusión; las mujeres estaban apiñadas como gallinas asustadas, y su madre, aún vestida con
la túnica que usaba para los cantos corales, caminaba de acá para allá. El espejo estaba en el suelo y, a
gatas, una doncella revolvía frascos y prendedores. Cuando la puerta se abrió, derramó un frasco y el
alcohol que contenía se esparció por el suelo. Olimpia dio una zancada y, extendiendo los brazos, la
despidió con un golpe en la cabeza.
-¡Fuera de aquí -les dijo-, perras inútiles, estúpidas! Dejadme sola con mi hijo. ¡Largaos todas!
En eso entró Alejandro; gotas de vino diluido mezcladas con sudor le resbalaban por las
mejillas; tenía el estómago lleno por el gran banquete que se había dado. Avanzó silenciosamente.
Cuando las doncellas terminaron de salir, Olimpia se arrojó sobre la cama y empezó a sacudir las
mantas y a acomodar las almohadas. El niño se arrodilló a su lado, sintiendo la frialdad de sus propias
manos conforme le acariciaba el pelo. Se quedó allí sin preguntar por el problema.
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Olimpia giró sobre la cama y cogió a su hijo por los hombros, al mismo tiempo que invocaba a
los dioses para que fueran testigos de los ultrajes que Filipo cometía en su persona y para pedirles que
la vengaran. Luego le estrechó tanto contra su cuerpo que ambos parecían una sola persona.
-Por el paraíso prohibido -gritó-, ojalá nunca sepas lo que he sufrido a causa del más vil de
todos los hombres.
Ella siempre decía que no era adecuado que Alejandro se enterara de ciertas cosas a su corta
edad. El niño movió ligeramente la cabeza para poder respirar: “Esta vez debe tratarse de otra mujer, y
no sólo de un nuevo joven”, pensó.
En esa época, era costumbre en Macedonia que el rey tomara una esposa por cada guerra que
ganaba. Verdaderamente esos enlaces, sellados siempre con ritos para conservar la especie, eran la
forma más adecuada para hacer aliados fiables. Sin embargo, el pequeño sólo conocía el hecho de la
nueva boda de su padre. Entonces, recordó una de las debilidades de su padre que él conocía: "Un
tracio -le había gritado su madre en una ocasión-. Un inmundo y azulado tracio”. Mientras todo esto
sucedía en algún lugar de la ciudad de Dión, la chica era secuestrada. Las hetairas la acompañaban,
todo el mundo las vio.
-Lo siento, madre -dijo tristemente-. ¿Se casó mi padre con ella?
-No llames hombre a tu padre.
Lo cogió en sus brazos y se quedó mirándole a la cara. Las pestañas de Olimpia estaban
pintadas de negro, los párpados delineados con azul y negro, y alrededor del iris de sus ojos aparecía
un leve círculo blanco. Uno de los tirantes de su bata le había
resbalado del hombro, su espesa cabellera rojiza le caía sobre la cara y mostraba los pechos desnudos.
Alejandro recordó la cabeza de las gorgonas del cuarto Perseo y, horrorizado, desechó de inmediato tal
recuerdo.
-¡Tu padre! -le dijo-. ¡Zagreus es mi testigo de que tú estás libre de eso!
Sus dedos se aferraron a los hombros de Alejandro con tal fuerza que el dolor le hizo apretar
las mandíbulas.
-Ya llegará el día en que sepa qué parte de él hay en ti. Ya llegará ese día, y entonces sabrá que
alguien más grande que él me conoció antes -dijo y, liberando al pequeño, se apoyó sobre los codos y
empezó a reír.
Envuelta en su enmarañada cabellera pelirroja, reía entre sollozos, deteniendo la respiración
con una voz chillona. El tono de su risa cada vez era más sonoro. Para el pequeño Alejandro todo
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aquello era una experiencia nueva, así que, lleno de terror, se arrodilló junto a su madre, apretándole
las manos y besando su dulce cara pintada, diciéndole al oído que se calmase, que le hablara; él,
Alejandro, estaba allí con ella, y no debía llorar o él moriría de tristeza.
Al cabo de un rato, Olimpia suspiró profundamente y se enderezó. Cogió a su hijo entre los
brazos y apretó su mejilla contra la de él, quien, agotado por las emociones, se recostó sobre su cuerpo
cerrando los ojos.
-Pobre pequeño, pobrecito. Sólo fue un ataque de risa lo que me hizo perder el control. Si me
hubiera sucedido frente a cualquier otro, me habría avergonzado, pero contigo no me da pena llorar, tú
sabes todo lo que he tenido que soportar. Créeme, cariño, te conozco; no estoy loca todavía, aunque el
hombre que se denomina a si mismo
tu padre lo quisiera.
El niño abrió los ojos y se sentó.
-Cuando yo sea adulto, cuidaré de que te trate bien.
-Ah, pero él ni siquiera se imagina quién eres tú. Sólo el dios y yo lo sabemos.
Alejandro no hizo preguntas; ya había tenido suficiente. Durante la noche vomitó, y al sentir el
estómago vacío y los labios secos, mientras estaba acostado en cama escuchando el distante murmullo
de la fiesta, las palabras de su madre llegaron nuevamente a sus oídos.
Al día siguiente comenzaron los juegos. Compitieron dos carros, cuyos ocupantes tenían que
desmontar sobre la marcha de un brinco y, de otro, montar de nuevo y terminar la carrera. Fénix, que
había notado ojeras en los ojos de Alejandro y había adivinado la causa, se alegró de verle allí
sostenido solamente por su orgullo.
Alejandro se despertó un poco antes de la medianoche pensando en su madre; saltó de la cama
y se vistió. Mientras dormía, soñó que su madre la llamaba desde el mar, como la diosa madre de
Aquiles, así que esta vez se propuso ir con ella y preguntarle qué había querido decirle la noche
anterior.
Su habitación estaba vacía, sólo había una anciana arrugada, perteneciente a la casa, que se
deslizaba por allí rezongando y recogiendo cosas; todo el mundo se había olvidado de ella. Mirándole
con un pequeño ojo enrojecido y lloroso, la vieja le dijo que la reina había ido al templo de Hécate.
Protegido por las sombras de la noche, se deslizó entre borrachos, prostitutas, soldados y
ladrones. Necesitaba ver a su madre y no le importaba que ella le viera o no, así que cogió el camino
de la encrucijada, que conocía bien.
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A causa de la fiesta, las puertas de la ciudad estaban abiertas, y más allá podían verse las capas
negras y las antorchas. Era la noche sin luna de Hécate, por lo que nadie había visto que el niño estaba
al acecho. Olimpia tenía que valerse por si misma, pues no tenía ningún hijo en edad de ayudarla.
Todo lo que hacía era por su cuenta y riesgo.
Tras pedirles a sus doncellas que la esperaran, había partido sola. Alejandro llevaba las adelfas
y los tamariscos a la imagen con tres caras que había en el lugar sagrado. Olimpia estaba allí, tenía
entre sus manos algo que lloriqueaba y gemía. Había puesto su antorcha en uno de los candeleros
colocados junto al altar; estaba vestida toda de negro y en las manos sostenía un pequeño perro
completamente negro. Lo tenía agarrado por el cogote y, de repente, lo acuchilló por la garganta; el
cachorro se retorció y lanzó un último chillido, mientras sus ojos brillaban con la luz de la antorcha.
Entonces, lo cogió por las patas traseras, sacudiéndolo y oprimiéndolo para que se le escurriera hasta
la última gota de sangre. Cuando el animal dio el último estertor, ella lo depositó sobre el altar;
después, arrodillándose ante la imagen, golpeó el suelo con los puños. Alejandro oía cómo los
exaltados murmullos de los asistentes subían de tono: primero diríanse producidos por el suave
movimiento de una serpiente al deslizarse, pero después llegaron a ser tan fuertes que más bien
parecían los lamentos de muerte de toda una jauría; las desconocidas palabras del hechizo, las
desconocidas palabras del conjuro... La larga cabellera de su madre se revolcaba en un charco de
sangre; cuando se levantó, las puntas de su cabello estaban pegajosas y sus manos negras.
Cuando la celebración terminó, Alejandro siguió las huellas de su madre hasta palacio,
procurando que no le viera. Su aspecto nuevamente era normal bajo sus ropas negras y acompañada de
sus doncellas. No quería perderlas de vista.
Al día siguiente, Epícrates le dijo a Fénix:
-Quiero que me permitas llevar a Alejandro a un concurso musical.
Se refería a llevarlo con sus amigos, con quienes discutiría sobre algunos aspectos técnicos. Sin
embargo, al niño parecían disgustarle esas conversaciones; como todo el mundo, ya las había
escuchado.
Iban a competir los músicos con sus liras, y difícilmente faltaría algún artista del continente, del
Asia griega, de las ciudades de Sicilia o de Italia. La inesperada belleza del concierto absorbió la
atención del niño y le llevó hasta el éxtasis. Atontado por la gran piedra de Ayax, Héctor buscaba la
voz que le ponía los pelos de punta, cuando vio a Apolo ante él.
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Después de todo esto, Alejandro atendió su vida con mucha más diligencia. Mediante un
suspiro o una mirada significativa, su madre se lo recordaba; en todo caso, lo peor ya había pasado, su
cuerpo crecía fuerte y vigoroso y buscaba la salud en la naturaleza. A los pies del monte Olimpo, él y
Fénix disfrutaban paseando entre los bosques de castaños, recitando cada línea de los poemas de
Homero, primero en macedonio y después en griego.
A Fénix le hubiera gustado mantenerle alejado de las habitaciones de las mujeres; pero si la
reina desconfiaba de él en algún momento, le retirarían la custodia del pequeño para siempre. Olimpia
no debía perder de vista a su hijo. Finamente, él quedaba más contento.
Alejandro encontró a Olimpia ocupada haciendo uno de esos rituales que casi siempre la
ponían de buen humor. Al principio, con un cierto temor, esperó a que ella saliera con su antorcha de
media noche para conducirle al templo de Hécate. Aquella noche tan sólo tenía que sostener algunas
cosas y estarse allí parado; Olimpia nunca le había incitado a conjurar contra su padre.
El tiempo pasó, y evidentemente no se trataba de aquello. Por fin, le preguntó. Ella sólo esbozó
una sonrisa como respuesta; las sombras hacían que sus pómulos destacaran. Ya lo sabría a su debido
tiempo, y se llevaría una gran sorpresa al descubrir el significado de las palabras de su madre. Tan sólo
se trataba del culto a Dionisio, y ella le había prometido que le permitiría asistir. Sus almas se
alegraron, quizá por el baile dedicado al dios. Alejandro tenía ya ocho años, y durante los últimos dos
había estado oyendo decir a su madre que ya era demasiado mayor para asistir a la revelación de los
misterios de la mujeres, así que tuvo el amargo presentimiento de que pronto Cleopatra ocuparía su
lugar.
Al igual que el rey, Olimpia tenía que recibir a muchos huéspedes distinguidos. Aristodemo, el
gran dramaturgo, había llegado a palacio, pero esta vez no iba para representar ninguna de sus
tragedias, sino como diplomático, papel que con frecuencia desempeñaban conocidos artistas. Trataba
de arreglar el rescate que la ciudad de Olimpo debería pagar a los atenienses. Era un hombre delgado
que daba a su voz modulaciones semejantes a las que se alcanzaban con una flauta bruñida (uno casi
podía ver lo cuidadosamente que la usaba). El buen sentido de las preguntas de Olimpia sobre el teatro
despertó la admiración del niño. Después recibió a Neoptolemo, de Epiro, que era aún más
distinguido; él ensayaba para tocar ante el dios. Esta vez Alejandro no estuvo presente.
Alejandro nunca se hubiera enterado de que su madre practicaba hechicerías, si antes no la
hubiese escuchado a través de la puerta. Aunque la madera de ésta era bastante gruesa, alcanzó a oír
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uno de los conjuros; era uno que le resultaba desconocido, y hablaba de la muerte de un león en las
montañas. Sin embargo, el contenido siempre era el mismo, así que se alejó sin llamar.
-Al amanecer, Fénix le despertó para llevarle a ver la representación. Aún era demasiado joven
para sentarse en las sillas de honor -ya lo haría junto a su padre cuando tuviera edad suficiente-, así
que le preguntó a su madre si podía sentarse con ella, como el año anterior, pero le respondió que en
esta ocasión ella no vería la función, pues tenía otros asuntos que atender a esa hora. Posteriormente, él
le diría lo mucho que le había gustado la representación.
Alejandro adoraba el teatro, y no dejaba pasar ni un detalle de la función que estaba a punto de
comenzar. Percibía los dulces olores matutinos, el rocío que humedecía el polvo y las hierbas
pisoteadas, el humo de las antorchas de los primeros trabajadores, que se apagaban al iluminar los
incipientes rayos del amanecer, la gente que buscaba asiento, el cuchicheo de los soldados y
campesinos que subían, las disputas por las almohadillas y los tapetes de los lugares de honor, el
parloteo de las mujeres. De pronto, se dejaron oír las primeras notas de una flauta, y todos los demás
ruidos cesaron, salvo el canto matutino de los pájaros.
Misteriosamente, la obra empezó en medio de la penumbra del alba. El dios, cuya máscara le
hacia parecer un hermoso joven de rizada cabellera, saludaba al fuego que estaba encendido sobre la
tumba de su madre y planeaba la forma de vengarse del rey de Tebas, quien había menospreciado sus
rituales. El niño se dio cuenta de que la voz era hábilmente manejada por un hombre; las ménades
mostraban la flacidez de sus senos y hablaban con una fría voz de muchacho, pero el conjunto le
parecía un espejismo.
El joven Penteo, de cabello oscuro, había hablado muy mal de las ménades y sus rituales, por lo
que el dios estuvo a punto de matarlo. Sin embargo, varios de sus amigos le advirtieron a tiempo del
complot que se tramaba en contra de él. La muerte de Penteo sería la más terrible que uno pudiera
concebir, pero su Fénix le prometió que nadie le vería morir.
Mientras el ciego profeta censuraba al rey, Fénix le decía a Alejandro que la vieja voz que salía
de la máscara era la del actor que había representado al joven dios; así era el arte de la tragedia.
Cuando Penteo muriera fuera del escenario, el actor que le representaba cambiaría de máscara y
encarnaría a la enloquecida reina Ágave.
Encarcelado por el rey, el dios desató un temblor de tierra y fuego para liberarse; los efectos,
realizados por un magnifico artífice ateniense, fascinaron al niño. Penteo, aturdido por la fatalidad y el
estruendoso milagro, aún rechazaba a la divinidad. Su última oportunidad había pasado, Dionisio le
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hirió mortalmente con su magia y le robó el entendimiento. Le hizo ver dos soles en el cielo y creer
que podía mover montañas; además, le disfrazó de mujer para que espiara los ritos de las ménades.
Alejandro cayó en esa risilla nerviosa que indica que pronto llegará el miedo.
El rey empezó a sentir la agonía -en ese momento rompió a cantar el coro-, y después llegó un
mensajero con noticias. Penteo trepó a un árbol para espiar, pero las ménades lo vieron y, con su
enloquecedora fuerza divina, arrancaron el árbol de raíz, y su loca madre, al ver tan sólo una bestia, las
llevó para que lo desgarraran. Todo había terminado y, tal como había dicho Fénix, no hubo necesidad
de verle morir: el simple relato fue suficiente.
El mensajero anunció que llegaba Ágave con su trofeo de muerte. Todos corrieron sobre el
escenario con sus ropas hechas jirones. La reina Ágave llevaba la cabeza en la punta de una lanza, tal
como solían hacer los cazadores con su presa. La cabeza tenía la máscara de Penteo, una peluca teñida
y matas de pelo colgándole. Ella usaba una máscara con gesto de terrible locura; las cejas estaban
arqueadas adoptando un gesto agónico, los ojos, profundos, desmesuradamente abiertos, y la boca
tenía un gesto frenético. Al salir las primeras palabras de la boca de Ágave, Alejandro se dejó caer en
su asiento, como si él también estuviera viendo dos soles en el cielo. No estaba muy lejos del
escenario, y sus ojos y oídos no perdían detalle de lo que allí sucedía. La peluca de Ágave, aunque
espesa, dejaba ver entre su trenzas parte de cabello vivo; además, sus brazos estaban desnudos, y él los
conocía (también reconoció los brazaletes).
Los actores, representando un ataque de terror, se retiraron hacia la parte trasera del escenario
para dejarla sola. En ese momento, se escuchó el murmullo de los asistentes, pues por fin oían la voz
de una mujer verdadera después de las voces de muchachos asexuados. “¿Qué? ¿Quién?” Antes de que
sus preguntas empezaran a tener respuesta y de que comenzara a hablar, al niño le pareció haber
pasado horas solo con este conocimiento. Ágave arrojaba las palabras como lenguas de fuego;
mientras, los ojos brillantes de la multitud se fijaban en los suyos, opacos, en tanto que el parloteo de
las mujeres iba en ascenso. Entonces empezó el silencio, la multitud dejó de murmurar, tanto los
hombres de los lugares más altos como los de los sitios de honor hicieron un silencio mortal y
embrutecedor.
El niño se sentó como si fuera su propia cabeza la que estuviera atravesada por la lanza. Su
madre sacudió la cabellera y gesticuló a su ensangrentado trofeo; su cara se había vuelto una máscara
grotesca. Antes tal espectáculo, Alejandro se aferró nerviosamente al filo de la butaca y sus uñas se
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rompieron. Entonces, el flautista hizo sonar su instrumento de doble conducto y Olimpia, en su
representación de Ágave, empezó a cantar:
¡Estoy extasiada,
Gran Dios de la tierra!
Permite que los hombres me alaben
por esta caza mía!
En eso se dejaron escuchar dos estruendos, y Alejandro vio la espalda de su padre, que se había
vuelto hacia el invitado que estaba junto a él; no podía verle la cara.
El conjuro en el sepulcro, la sangre del perro sacrificado y el mono perforado por una gran
espina eran ritos secretos. Ésa era la orden de Hécate para la mañana, una muerte en sacrificio. La
cabeza atravesada por la lanza de la reina era la de su propio hijo.
Durante sus pesadillas ya había escuchado aquellas voces; le despertaban durante la noche,
surgían como un halo de moscas que sale de la carroña, y ahora casi apagaban los diálogos de los
actores.
Los espectadores ya no comentaban el papel de Ágave en la tragedia, sino que hablaban de la
misma Olimpia. ¡Todos ellos hablaban de su madre! Los sureños, que decían que los macedonios eran
hombres bárbaros; los señores, los granjeros y los campesinos, e incluso los soldados lo comentaban.
Todos podían llamarla hechicera, pues sólo los dioses pueden poner a practicar su magia. Esto
era otra cosa, Alejandro ya había oído esas palabras cuando los soldados de la falange hablaban en los
cuarteles de una mujer que la mitad de ellos había tenido, o de alguna esposa, en alguna villa, a quien
habían dejado con un hijo bastardo.
También Fénix padecía la actuación de la reina. Juicioso como era, la sorpresa le atontó
primero, pues nunca pensó que Olimpia fuera capaz de cometer tal barbaridad (sin duda actuó así, pues
seguramente se lo prometió a Dionisio durante alguna de las borracheras de baile y vino propias de su
culto). Fénix acomodó uno de sus brazos y, reprimiéndose, volvió a mirar el espectáculo.
La reina Ágave salió del estado frenético en el que se encontraba para hundirse en la reflexión
y el abandono que sigue a este estado. Arriba apareció el dios implacable para culminar la obra,
mientras el coro entonaba los últimos versos:
Tantos rostros tienen los dioses
como destinos que cumplir
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para hacer su voluntad.
El final esperado nunca llega.
Dios hace que lo inconcebible sea,
como vimos que hizo aquí.
La obra había terminado, pero nadie se movía de sus asientos. ¿Qué haría a continuación?
Antes de prorrumpir en sollozos junto con los demás actores, Olimpia hizo una reverencia a la
escultura de Dionisio que estaba delante de la orquesta. Luego, algunos extras hicieron una inclinación
de cabeza en agradecimiento; era obvio que Olimpia no regresaría al escenario. Entonces, desde la
multitud anónima surgió un largo y penetrante silbido.
El protagonista volvió al escenario para agradecer los aplausos con aire ausente; si bien el
temor no le había dejado realizar una representación mejor, había hecho un trabajo digno.
Sin mirar a Fénix, Alejandro se levantó de su asiento, apretó con fuerza las mandíbulas
mirando siempre al frente, y se abrió paso entre la multitud que comentaba la obra. A lo largo de todo
su camino oyó comentarios que le hacían detenerse por un instante, pero no lo suficiente como para
escucharlos bien. Una vez fuera del lugar, buscó con la mirada a Fénix y le dijo:
-Estuvo mucho mejor que los actores.
-Sin duda, el dios mismo la inspiró. Fue su dedicación la que le honró, pues tales ofrendas son
muy agradables para Dionisio.
Entraron en el cuadrado de tierra apisonada que había fuera del teatro. Cuchicheando en
grupos, las mujeres se retiraban hacia sus casas; los hombres caminaban cerca de ellas. Cerca de allí
había un grupo de hetairas bien vestidas, exentas de la menor convención: mujerzuelas caras que
venían de Efeso y Corinto a desempeñar su trabajo en Pella. Una de ellas dijo con voz tolerante:
“Pobrecito, una puede ver lo que siente”. Sin siquiera volverse a mirarlas, el niño siguió su camino.
Casi estaban por salir de entre la muchedumbre -Fénix empezó a respirar con mucha mayor
libertad-, cuando su tutor se dio cuenta de que Alejandro había desaparecido. Le encontró a unos
metros, cerca de un grupo de hombres que conversaban. Cuando Fénix oyó sus risas, echó a correr,
pero ya era demasiado tarde. El sujeto que dijo la última e inequívoca palabra procuró que nada
estuviera fuera de lugar; pero otro, uno de los que le daban la espalda a Alejandro, sintió un ligero
tirón en el cinto de su espada y apenas tuvo tiempo de desviar el brazo del muchacho. El hombre que
habló guardaba su puñal en la cintura, a un costado de su cuerpo, y no en su funda. Alejandro actuó tan
rápida y silenciosamente que nadie pudo verle. El grupo de hombres quedó paralizado -un hilillo de
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sangre corría por el muslo del hombre apuñalado-; el dueño de la daga, que de inmediato agarró al
muchacho sin darse cuenta de quién era, palideció y se quedó mirando el arma manchada que tenía en
sus manos. Fénix ya estaba detrás de Alejandro y le puso ambas manos sobre los hombros, mientras el
niño miraba la cara del hombre herido, y finalmente le reconoció. El hombre trataba de detener el
caliente fluido que salía de su herida, al tiempo que giraba la cabeza sorprendido y dolorido. Luego
siguió el choque que le produjo reconocer a su agresor.
Antes de que alguien hablara, Fénix levantó las manos como si hubiera llegado de la guerra;
ahora su cara cuadrada parecía la de un toro furioso, y sus interlocutores difícilmente podían
reconocerle.
-Para ustedes será mejor mantener callada la boca -les dijo, agarró con fuerza al niño
rompiendo el intercambio de miradas aún no resueltas, y se alejó.
Como no sabia de ningún lugar mejor para esconder al pequeño, lo llevó a su propia casa,
situada en una de las mejores calles de la pequeña ciudad. El pequeño cuarto estaba muy mal ventilado
y olía a una mezcla de lana vieja, papiros, ropa de cama y el ungüento que Fénix solía untarse en sus
rígidas rodillas. Al llegar, Alejandro se dejó caer boca abajo sobre la colcha de cuadros azules y rojos
que cubría la cama. Fénix le palmeó ligeramente los hombros y la cabeza y, cuando prorrumpió en un
llanto convulsivo, le enderezó.
Más allá de las necesidades propias del momento, el hombre no supo qué decir; su amor
asexuado hacia el pequeño había demostrado ser verdaderamente des interesado. En realidad, él le
hubiera dado todo lo que poseía, incluso su propia sangre, pero ahora le pedía mucho menos: sólo un
poco de comodidad y algunas palabras amables.
-Asquerosos rufianes. Poco se hubiera perdido si llegas a matarle. Ningún hombre de honor
pasaría por alto... Un ateo que desprecia la consagración... Por eso, mi pequeño Aquiles, no llores más,
que el guerrero que hay en ti todo ha de remediarlo; es más de lo que ése merece, y si sabe lo que le
conviene no dirá una sola palabra. Por mi parte, nadie sabrá nunca nada.
El pequeño se apoyó en el hombro de Fénix:
-Es el hombre que me hizo mi arco.
-Tíralo, yo te haré uno mejor.
Se hizo una pausa.
-A mi no me dijo nada. No sabía que yo estaba allí.
-¿Y quién quiere un amigo de ésos?
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-Todavía no estaba listo.
-Para escucharle, tú tampoco lo estabas.
Gentilmente, con cuidadosa cortesía, Alejandro se desembarazó de los brazos de Fénix y volvió
a acostarse escondiendo la cabeza entre las mantas. Luego se volvió a sentar y con una mano se enjugó
los ojos y La nariz. Fénix cogió la toalla que tenía junto a la jarra, la exprimió y le limpió la carita. El
niño se enderezó y le agradeció sus atenciones. Del baúl de los cojines Fénix sacó su mejor copa de
plata, sirvió en ella la última ración de vino que le quedaba y, rogando un poco, convenció al niño de
que la bebiera. Parecía que, al beber, el vino recorría su piel por dentro, abrasándole rostro, garganta y
pecho. Luego dijo:
-Ese hombre insultó a mi familia, aunque no estaba preparado para hacerlo -se sacudió el pelo,
se alisó la túnica y ató la correa de una de las sandalias-. Gracias por traerme a tu casa, pero ahora
tengo que partir.
-Irte ahora no es conveniente; ni siquiera has desayunado.
-Ya he dicho suficiente; gracias de todos modos. Adiós.
-Espera. Deja que me cambie para ir contigo.
-No, gracias, prefiero ir solo.
-No, no, quedémonos aquí a leer un rato, o vámonos a pie.
-Déjame ir.
Fénix retiró la mano como si fuera un niño asustado. Después, cuando fue a despedirle, vio que
montaba sin botas. Se apresuró a llamarle, pero ya era tarde: le habían visto salir de la ciudad
cabalgando hacia el monte Olimpo.
Aún faltaban algunas horas para que anocheciera y, mientras Fénix esperaba su regreso, se
dedicó a oír a la gente decir que la reina había actuado de un modo tan extravagante porque se trataba
de una ofrenda que tenía que cumplir. Los de Epiro eran cuidadosos con la leche de sus madres, pero
Olimpia sabia que eso no le funcionaria bien con los macedonios. El rey atendió lo mejor que pudo a
sus invitados y trató gentilmente a Neoptolemo, el dramaturgo. Pero, ¿dónde está el pequeño
Alejandro?
Escondiendo su temor, Fénix contestó que estaba cabalgando. ¿Qué le había hecho dejar que el
niño cabalgara solo como si fuera un adulto? Ni siquiera durante un instante podía permitirse el lujo de
desatenderle. De nada servia seguirle, pues la maleza del monte Olimpo era tan espesa que fácilmente
podrían ocultarse allí dos ejércitos enemigos sin que uno se diera cuenta de la presencia del otro.
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También había insondables abismos, cuyas profundidades eran inaccesibles, y donde vivían jabalíes,
lobos y leopardos; se decía, incluso, que allí quedaban todavía algunos leones.
El sol ya estaba en el poniente, y la empinada cara oriental del Olimpo, bajo la cual estaba la
ciudad de Dión, se oscurecía rápidamente; las nubes se arremolinaban y escondían la cumbre del
monte sagrado. Fénix recorrió a caballo los alrededores, dividiendo las tierras que estaban sobre la
ciudad. Al llegar al pie de la guirnalda sagrada, extendió los brazos hacia la cumbre del Olimpo
perpetuamente nevada, donde estaba el empapado trono de Zeus. Llorando, oró e hizo sus ofrendas.
Cuando llegara la noche ya no podría seguir ocultando la verdad.
La enorme sombra del Olimpo llegó hasta más allá del borde de la playa y apagó el resplandor
del atardecer. La oscuridad cubría completamente el bosque de robles, y en la lejanía no podía verse
nada. De pronto, algo se movió entre la oscuridad de la noche; entonces se arrojó sobre su caballo, sus
rígidas junturas le lastimaban, y cabalgó hacia lo que se había movido.
Alejandro bajaba por entre los árboles, desmontado, y tiraba de las riendas de su caballo. La
bestia, fatigada y cabizbaja, caminaba pesadamente a su lado, renqueando un poco de una pata.
Alejandro se dirigía cuidadosamente hacia el claro, y al ver a Fénix, levantó la mano para saludarle,
pero sin decir una sola palabra.
Llevaba sus jabalinas atadas a la montura del caballo, pues aún no tenía fundas para guardarlas.
El caballo, como si conspirara, apoyaba a ratos su mejilla contra la del jinete. Las ropas del niño
estaban hechas jirones, sus rodillas estaban todas heridas y llenas de lodo, y traía llenos de arañazos
brazos y piernas; parecía haber perdido peso durante la cabalgata. El frente de su túnica estaba teñido
de sangre. Avanzaba penosamente entre los árboles, con los ojos hundidos y tremendamente dilatados;
su caminar era ligero, como si flotara, inhumano y sereno.
Fénix desmontó a su lado, al mismo tiempo que le regañaba, le estrechaba y le hacia preguntas.
Alejandro pasó la mano sobre la nariz del caballo y le dijo:
-Estuvo a punto de quedarse inválido.
-He estado rondando por aquí, medio enloquecido. Mira, ¿qué te has hecho? ¿De dónde estás
sangrando? ¿Dónde has estado?
-No estoy sangrando -extendió las manos, que previamente había lavado en algún arroyo; sólo
en las uñas tenía rastros de sangre. Luego sus ojos se posaron en los de Fénix y le reveló su secreto-.
Hice un altar y un santuario para hacer un sacrificio en honor a Zeus.
RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO
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Al decir estas palabras, levantó la cabeza y, bajo su pelo, su pálido semblante parecía ser
transparente, casi luminoso. Sus ojos se abrieron aún más y centellearon dentro de sus cuencas
profundas.
-Hice un sacrificio para Zeus, y el dios me habló. El dios me habló.


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