Cuarta parte

Las enormes y antiguas ramas se apretujaban encima de él, quebrando los pálidos rayos del sol.
El tronco principal del gran roble sagrado estaba arrugado y acanalada a causa de su antiguedad, y
entre sus fisuras los adoradores habían hecho pequeñas marcas desde tiempos tan remotos que la
corteza casi las había tragado. Una de sus partes estaba desmoronándose por la putrefacción y los
agujeros de los gusanos.
El verano descubriría lo crudo que había sido este invierno al mostrar cuántas de las ramas
principales habían muerto. Su primera raíz brotó de la semilla cuando Homero todavía vivía; ya estaba
cerca su fin.
Desde su macizo centro, lugar en el que confluían las ramas principales, salían arrullos y
quejidos suaves; en los huecos y los pequeños refugios se acurrucaban las palomas, por parejas,
manteniéndose juntas para defenderse del frío. Al ver que Alejandro se acercaba, una de ellas lanzó un
fuerte “¡Currucucú!”.
Las mujeres salieron del recinto; la más alta llevaba una mesa achaparrada de madera y la
regordeta una vieja jarra pintada de blanco y negro. Colocaron la jarra sobre la mesa y a ésta bajo el
árbol sagrado, y la más vieja puso en las manos de Alejandro una tira de piel muy suave y un punzón
de bronce.
Alejandro depositó la correa en un viejo altar de piedra y con el punzón escribió en la correa:
“Dios y buena suerte. Alejandro pregunta a Zeus y a Dione del santuario: ¿sucederán las cosas que
pasan por mi mente?” Luego, dobló en tres partes la correa para ocultar la inscripción y la metió dentro
de la jarra (antes de llegar había aprendido lo que debía hacer).
La mujer más alta, que estaba junto a la mesa, extendió sus brazos -la jarra tenía pintada una
sacerdotisa en la misma actitud-, y pronunció la invocación en una lengua extraña, corrompida por el
paso del tiempo y la ignorancia; arrastraba las vocales para imitar el sonido de una tórtola. Luego, una
de ellas respondió y se oyó un ligero murmullo en torno al tronco del árbol. Alejandro observaba
atentamente, tratando de concentrarse en su deseo. La sacerdotisa más alta puso una mano sobre la
jarra y empezaba a tentaría cuando la más vieja comenzó a tirar de su túnica, regañándola con su voz
chillona, como de mono: “¡Me lo prometieron! ¡Lo prometieron!”, gritaba. Las demás retrocedieron
sobresaltadas, mirando a Alejandro de reojo; la vieja regordeta babeaba sin acertar a hacer nada. La
mayor de las mujeres retiró la túnica de su brazo flaco y pegajoso, como si fuera a lavarse las manos, y
metió una mano dentro de la jarra, produciendo un ligero matraqueo al hacer chocar las tablillas sobre
las que estaba grabada la suerte.
RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO
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En medio de todas esas demoras, Alejandro esperaba impasible con los ojos fijos en la jarra. La
sacerdotisa pintada de negro sobre su superficie seguía en su rígida y arcaica posición, con las palmas
de las manos extendidas hacia arriba; a sus pies, enroscada en una de las patas de la mesa, estaba
pintada una serpiente. Los dibujos habían sido trazados con habilidad y vigor, y la cabeza de la
serpiente miraba hacia arriba. Las patas de la mesa eran bastante cortas, como las de una cama baja, y
el reptil treparía fácilmente (parecía tratarse de una serpiente casera que tuviera un secreto). Mientras
la vieja hablaba en voz baja y hurgaba en la urna, él entornaba las cejas tratando de rastrear, en la
oscuridad desde la que se arrastraba el reptil, el olorcillo de una furia muy antigua, alguna enorme
herida, algún insulto terrible aún no vengado. Las imágenes aparecían y desaparecían dentro de su
mente; volvía a enfrentarse a un enemigo descomunal. El vaho de su aliento se dispersaba en el aire
frío. Después de una larga pausa, dejó escapar un sonido que mordió el silencio. Apretó sus dedos y
sus dientes, y surgieron los recuerdos desangrando su mente.
La vieja se enderezó al fin, sosteniendo con sus mugrientas garras la correa doblada y dos
pedazos de madera. Sus compañeras le dieron prisa, pues la ley decía que sólo debía haber sacado una
tablilla, la que estuviera más cerca de la correa, a lo que él respondió con unas palabras
incomprensibles que recordaban los regaños de las nodrizas a los pequeños cuando éstos hacían sin
saberlo alguna indecencia. Levantó su cabeza -su columna vertebral parecía haberse aliviado de su
joroba-y con una voz jovial les ordenó: “Retiraos, sé muy bien lo que debo hacer”; durante unos
instantes, Alejandro pudo observar que alguna vez la vieja había sido hermosa. Después, puso la
correa sobre la mesa y caminó hacia él con las manos extendidas, sosteniendo en cada una de ellas una
tablilla.
-Por el deseo que hay en tu mente -le dijo al mismo tiempo que abría el puño derecho-. Por el
deseo de tu corazón -y abrió el puño izquierdo.
Cada una de las tablillas de madera tenía grabada una misma palabra: “Sí.”


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