Segunda parte

En el centro de la refriega, la línea de combatientes se inclinaba hacia uno y otro lado. Los
miembros del ejército confederado, desconocidos para sus vecinos, rivales en ocasiones, compartían la
certeza de que la desgracia y la muerte se colarían por cualquier hueco que lograra abrir el enemigo
entre sus líneas. Los heridos seguían luchando hasta que los escudos protectores de sus compañeros se
cerraban sobre ellos, o hasta que caían y acababan muriendo pisoteados por los hombres que no podían
darse el lujo de bajar la guardia o descuidarse sin arriesgar la vida. La encendida presión de los
contendientes agitaba y calentaba el polvo, haciéndolos sudar, gruñir, blasfemar, acuchillar, empujar,
jadear y golpear. En las partes rocosas del terreno, la masa de combatientes se estrujaba y
arremolinaba en torno a las piedras más grandes, como cuando las olas del mar estallan contra los
farallones, llenándolos de un rocío carmesí.
En el extremo norte, allí donde el río protegía su flanco, se extendían equitativamente los
escudos de la Banda Sagrada de Tebas, como si fueran los abalorios de un collar. A la hora de la
acción, las parejas se fundían formando una sola barra, el escudo de cada soldado protegía a su
compañero de la izquierda. El mayor de cada una de las parejas permanecía en el lado derecho y le
correspondía manejar la lanza; el menor siempre se mantenía a la izquierda, del lado del escudo. El
lado de la lanza era el lugar de honor y, aunque el joven fuera más fuerte, jamás podía atreverse a
pedirle a su compañero que cambiara de lugar; todas esas reglas eran impuestas por la tradición. Allí
nacían nuevos juramentos de fidelidad entre hombres que en verdad estaban dispuestos a confirmarlos,
aun a costa de su propia vida; también había parejas que habían permanecido juntas en el ejército
durante diez o doce años, hombres barbudos y padres de familia devotos de la camaradería. Los
integrantes de la Banda la habían hecho bastante famosa y no renunciaban a ella por un sueño
pasajero; sus promesas vitalicias eran compromisos de guerra. Sus cascos de bronce, similares a los
yelmos de Beocia, y sus escudos circulares estaban tan pulidos que parecían de oro -por espesa que
fuera la nube de polvo que se formaba en las batallas, sus pertrechos siempre relumbraban-; usaban
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lanzas de más de dos metros de largo con hojas de acero y ligeras espadas cortas, que aún no
desenfundaban pues la fila de lanzas continuaba intacta.
Parmenión, cuya falange se enfrentaba a ellos, hacia todo lo que podía para contenerlos. Sus
compañeros hacían un gran esfuerzo y quizá hubieran podido llegar más lejos, pero se detenían
constantemente por miedo a perder contacto con los aqueos, que eran los siguientes en la línea de
combate. Alguien dijo:
-Es mejor que te apresures, Filipo, parece que estos amigos han estado en la escuela. Espero
que conozcas la clase de hueso que diste a tu hijo; ojalá tenga los dientes necesarios para roerlo.
Detrás de la falange comandada por Parmenión, fuera del alcance de los arqueros atenienses, la
caballería esperaba las órdenes para entrar en acción. La multitud de jinetes se agrupaba formando una
gruesa columna ahusada cuya punta terminaba en un solo hombre, como el cerrojo de una catapulta. El
fragor de la batalla, el olor a sangre humana que arrastraba el viento y la tensión de los cuerpos de los
jinetes inquietaban a los caballos, que resoplaban a causa del hormigueo que les producía la polvareda.
Los soldados hablaban con sus vecinos, llamaban a gritos a sus amigos, increpaban o acariciaban sus
monturas para calmarlas y se estiraban tratando de ver a través de la enorme nube de polvo para
conocer el curso de la batalla. Pronto tendrían que cargar contra una línea de infantería, y eso era una
verdadera pesadilla para cualquier hombre de caballería. Una cosa era luchar contra otra fuerza
similar, en la que cada jinete tenía las mismas posibilidades de caer que el adversario -ya fuese
empujado por la lanza enemiga o por algún esfuerzo excesivo- y ambos podían maniobrar y utilizar el
sable; pero otra muy distinta era enfrentarse a las lanzas firmemente apoyadas en tierra de la infantería
(marchar contra ellas era algo que contradecía abiertamente el instinto de supervivencia de los
caballos). Los jinetes revisaban las pieles de toro rudamente curtidas y forradas que cubrían el pecho
de sus bestias de batalla. La compañía llevaba su propio equipo, pero en ese momento agradecieron
haber escuchado los consejos del muchacho.
El jinete principal espantó una mosca que rondaba el párpado de su caballo, y bajo los muslos
sintió su fuerza, su conocimiento de la violencia que se aproximaba, su implícita confianza.
-Sí, si -le dijo-. Partiremos cuando yo lo indique; recuerda quiénes somos.
Hefestión, situado precisamente detrás de él, sintió que la funda de su espada le apretaba;
¿debía aflojársela un poco? No, nada le sacaba más de sus casillas que ver un soldado arreglarse el
uniforme en plena formación. Debía alcanzarle antes de que llegara allá, pues su color había subido de
tono, lo cual solía sucederle antes de entrar en acción. Jamás le hubiera dicho a nadie si su color era un
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signo de fiebre; ya había pasado dos días sin decir una sola palabra antes de que la fortaleza se
rindiera, y nada le hubiera costado llevar un poco más de agua.
Cabalgando sobre los rastrojos pisoteados y llenos de polvo, un correo del rey llegó hasta
Alejandro y le dio verbalmente un mensaje.
-El enemigo está mordiendo el anzuelo. Preparaos para entrar en acción.
En la parte alta de la montaña, más allá de la rosada aldea de Queronea, en la décima fila de los
ejércitos atenienses, estaban Demóstenes y su regimiento tribal.
Los soldados más jóvenes se habían colocado en las filas delanteras y detrás de ellos,
apoyándolos, estaba la fortaleza de los hombres de edad madura. Como si fuera el cuerpo de un
hombre que somete uno solo de sus brazos a un esfuerzo extraordinario, las líneas se estiraban y
desplazaban. El calor se hacia cada vez más intenso. Arriba, los soldados parecían haber estado horas
balanceándose y mirando hacia abajo; el suspense de la situación lo sentía Demóstenes como si fuera
una mandíbula de dientes agudísimos. A sus pies, los hombres caían con las enormes lanzas clavadas
en el vientre o en el pecho, y el golpe de las corrientes de aire traspasaba las espesas hileras de
combatientes para llegar hasta donde él estaba y aún más allá. ¿Cuántos soldados habían muerto,
cuántas filas de defensores quedaban entre el enemigo y sus propias fuerzas? Demóstenes no debería
de estar allí, pues ponía en peligro la seguridad de la ciudad al arriesgarse personalmente en la batalla.
Entonces, el apretado acordonamiento que formaban sus tropas hizo un gran esfuerzo y logró empujar
hacia atrás al enemigo. Era la segunda vez que lo lograban en un periodo verdaderamente corto; sin
duda, el enemigo estaba perdiendo terreno. Aún quedaban nueve filas de defensores entre él y las
larguísimas lanzas de los macedonios; su propia línea ya se tambaleaba a causa de las arremetidas cada
vez más fuertes de sus tropas. Demóstenes creía que los atenienses sabían que había tomado la lanza y
el escudo de la batalla de Queronea, olvidándose de su propia vida y sus preocupaciones personales,
aunque algunos dijeran que sus fuerzas eran excesivas y los acusaran de poner en peligro la seguridad
de Atenas al arriesgar su vida en el combate. De pronto, se dejó oír un terrible grito de dolor
procedente de la primera línea de combatientes (que hasta hacía muy poco había sido la segunda).
En ese momento, al grito de “¡Hombres de Atenas...!”, el fragor del combate cambió por
completo. Gritos de júbilo se extendían como fuego a lo largo de la compacta masa de combatientes, la
cual comenzó a moverse ya no en trabajoso esfuerzo, sino en alegre señal de una victoria aplastante.
¡El enemigo se batía en retirada! Las gloriosas victorias de Maratón, Salamina y Platea aparecieron en
el recuerdo de Demóstenes. Al grito de “¡Sobre Macedonia!”, empezó a correr con sus compañeros,
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gritando con su voz aguda: “¡Atrapad a Filipo! ¡Agarradlo vivo!” Si lograban atraparlo con vida, lo
conducirían encadenado al Ágora, donde le harían hablar y decir el nombre de cada traidor. En la
Acrópolis pronto habría una nueva estatua junto a las de Harmodio y Aristogitón: Demóstenes el
libertador. Este arengaba a los jinetes más rápidos, gritándoles: “¡Sobre Macedonia! ¡Cogedlo vivo!”
Cegado por la ansiedad de estar presente cuando atraparan al rey de Macedonia, tropezaba a cada paso
con los cadáveres de los hombres caídos en la línea de combate.
El tebano Teógenes, comandante en jefe de las fuerzas confederadas, llevaba su montura hacia
el centro del combate. La inmensa línea se agitaba con el rumor de los gritos, que eran demasiado
confusos como para ser útiles. Finalmente, le alcanzó uno de sus exploradores para darle las noticias:
no había duda, las fuerzas de Macedonia se batían en retirada.
-¿Cómo? -preguntó Teógenes-. ¿En desorden?
-Completamente ordenados, pero todos huyen demasiado rápido. De hecho, con los atenienses
persiguiéndoles han empezado a precipitarse hacia la parte posterior de la colina.
-¿Qué? ¿Tras ellos? ¿Entonces abandonaron sus posiciones sin recibir las órdenes de retirada?
-Bueno, con órdenes o sin ellas, ya están en la llanura, y los de Atenas persiguen al mismo rey
en persona.
Teógenes lanzó una blasfemia y golpeó su puño contra uno de sus muslos.
-Idiotas. Ese frívolo bastardo presumido de Filipo se burla de nosotros. Los atenienses son unos
imbéciles. ¿Y nuestras líneas de allá arriba, qué sucede con ellas? Con toda seguridad deben tener un
boquete tan grande como el Hipódromo.
De inmediato envió de regreso a su explorador con órdenes precisas de que a toda costa
cubrieran ese hueco y reforzaran el flanco izquierdo. En ningún otro lado del campo de batalla había
señales de que los macedonios se retiraran; antes al contrario, la lucha era más feroz que nunca.
El jefe corintio recibió la orden. ¿Qué mejor lugar para proteger el flanco que el terreno saliente
que habían ocupado los atenienses? Al sentirse acéfalos, los aqueos se dispersaron hacia los corintios;
a su vez, Teógenes distribuyó sus propias fuerzas. Era necesario demostrar a los verborraicos
atenienses la clase de soldados que eran. En el flanco derecho, el lugar de honor, los miembros de la
Banda Sagrada cambiaban el orden de sus posiciones, asumiendo rápidamente una formación de dos
en fondo.
Teógenes en persona supervisaba la larga y castigada línea de combatientes, que ya para
entonces se debilitaba y rompía en uno de sus extremos. Ante sus ojos, la retaguardia del enemigo se
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perdía entre un tupido bosque de lanzas tan grandes como árboles; los soldados las apuntaban hacia el
cielo para no herir a sus compañeros de las filas delanteras. Era prácticamente imposible ver algo a
través de ese bosque siniestro al que envolvía una densa nube de polvo. Repentinamente, casi como si
hubiera recibido un inesperado golpe en el pecho, le asaltó un pensamiento: ¿dónde estaba el joven
Alejandro? No había tenido ninguna noticia de él desde que empezó el combate. ¿Acaso estaba en
Fócida atendiendo la guarnición, o trabajaba subrepticiamente en el frente de batalla? Sí, ¿dónde
estaba a la hora de desenvainar la espada?
La lucha se interrumpió por un momento y la inmovilidad pareció cernirse sobre el campo de
batalla respecto del fragor de antes; era algo así como la pesada pausa que media entre un temblor y
otro durante un terremoto. De pronto, la encolerizada falange giró pesada pero suavemente y se abrió
uno de sus lados como si fuera una enorme puerta. Los tebanos no salían a rechazar el ataque, sino que
esperaban a que el enemigo entrara. La doble fila de integrantes de la Banda Sagrada giró y sus
miembros quedaron cara a cara unos segundos antes de cerrar la línea de escudos y desenfundar sus
espadas cortas por última vez.
Alejandro estaba en un terreno lleno de rastrojos y amapolas pisoteadas, observando el curso de
los acontecimientos. En el momento oportuno levantó su espada y gritó una nota del peán, el himno de
la victoria. Fuerte y sostenida, la voz entrenada por Epicrates llegó hasta las magnificas y frescas
escuadras de jinetes, quienes respondieron gritando el mismo himno; el sentido de las palabras se
perdía entre las paredes del pasaje, convirtiéndose en un ensordecedor alarido que más bien parecía
surgir de una bandada de halcones en picado. El estruendo de las voces incitó más a los caballos que
las propias espuelas, y toda la caballería macedonia se lanzó al ataque. Antes de poder verlos siquiera,
las tropas tebanas sintieron su presencia por el estremecimiento que producían en el terreno al
acercarse.
En su puesto de observación, Filipo esperaba noticias más precisas acerca del curso de los
acontecimientos, pues, a su juicio, sus jinetes más bien parecían pastores en el sendero de una
montaña.
Los macedonios, malhumorados, tristes, se retiraban pesada y cuidadosamente, disputando
cada centímetro del terreno. Filipo cabalgó hacia ellos y empezó a conducir la retirada de sus tropas
por el lugar más adecuado. “¿Quién iba a creerlo? -pensó-. Si Cabrias o Ificrates vivieran... Pero ahora
los oradores son quienes designan a los generales. Todo ha sucedido demasiado pronto, apenas ha
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pasado una generación...” Se llevó una mano a la frente para proteger sus ojos del sol; interrumpió esas
reflexiones y se concentró en el panorama.
“Bueno, debe de estar vivo; si estuviera muerto, las noticias volarían más rápido que cualquier
pájaro. Maldita pierna, cómo me gustaría dar un paseo entre mis hombres; ya se habían acostumbrado
a que lo hiciera. Durante toda mi vida he sido un lancero, pero nunca pensé procrear un general de
caballería. Bueno, bueno, al martillo aún le falta el yunque. Si de verdad puede conducir el plan de
ataque y una retirada como ésa... Parece que comprendió perfectamente mis instrucciones. Todo sería
correcto si no fuera por ese temperamento tan parecido al de su madre...”
Su mente empezó a llenarse con un murmullo de imágenes revueltas; era como si tuviera dentro
de la cabeza una maraña de serpientes. Su imaginación le hizo ver la cabeza de su hijo en un charco de
sangre, el luto, el sepulcro de Egas, la elección de un nuevo heredero, la convulsionada cara de idiota
de su hijo Arridao. “Estaba demasiado borracho cuando lo engendré. Tolomeo, ya es demasiado tarde
para darle mi reconocimiento; apenas era un niño y estaba borracho, ¿qué podía hacer?... ¿Qué son
cuarenta y cuatro años? Mi cuerpo produce aún buena semilla...” (Un robusto muchachito de pelo
negro corrió hacia él diciéndole: “Papá...”)
Se acercaba un jinete a toda prisa, dirigiéndose a gritos al rey.
-Las cruzó, señor, rompió sus líneas. Los tebanos aún resisten, pero están copados junto al río;
nuestro flanco derecho les rodeó. No he hablado con Alejandro; sólo me dijo, antes de entrar en
combate, que cuando viera aquello cabalgase sin parar hasta llegar contigo, que tú ya estabas
esperando las noticias. Apenas alcancé a ver su cimera blanca por allá, en la vanguardia.
-Gracias a los dioses. Bueno, el portador de tan excelentes noticias merece una recompensa;
búscame más tarde.
Después de despedir al mensajero, pidió que se hicieran sonar las trompetas. Por un momento,
como todo buen granjero en época de cosechas, vio los campos que, bajo su cuidadoso gobierno,
pronto estarían listos para ser cosechados como se debe. La caballería de reserva apareció sobre las
colinas antes de que los corintios pudieran apoderarse de ellas. La infantería macedonia, que
supuestamente se retiraba, se esparcía por el camino, adoptando la forma semicurva de una hoz, en
cuyo centro estaban los jubilosos atenienses. Entonces, Filipo ordenó el ataque.
Un puñado de jóvenes valientes seguían oponiendo resistencia a las despiadadas acometidas de
las tropas de Filipo. Se habían atrincherado en una especie de corral de piedra, de un metro y medio de
altura aproximadamente, pero los macedonios embestían con sus enormes lanzas. Un muchacho de
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unos dieciocho años estaba arrodillado en el lodo, tratando desesperadamente de devolver a su cuenca
el ojo que le colgaba a la altura de la mejilla.
-Debemos escapar -dijo apresuradamente el hombre más viejo-. Nos degollarán, mirad a
vuestro alrededor. ¡Mirad!
-No podemos hacerlo, tenemos que resistir hasta el final -respondió el más joven, que había
tomado el mando-. Tú lárgate si quieres, los que nos quedemos ni siquiera notaremos la diferencia.
-¿Por qué desperdiciar la vida? No tienes ningún derecho. La vida de cada uno de nosotros
pertenece a la ciudad. Es preciso regresar y dedicarnos a la reconstrucción de Atenas.
-¡Bárbaros! ¡Bárbaros! -gritaba el joven desde su parapeto, a lo que respondían desde afuera
con algún terrible grito de guerra; luego, apenas pudo, se dirigió al que quería rendirse-. ¿Restaurar
Atenas, dices? Más nos vale morir junto con ella; Filipo la borrará del mapa. Demóstenes siempre lo
ha dicho.
-No hay nada seguro, pueden sentarse las bases para algún arreglo. Mira, ya casi nos han
rodeado. ¿Estás loco? ¿Por qué desperdiciar así nuestras vidas?
-La aniquilación nos espera, ni siquiera la esclavitud. Siempre lo ha dicho Demóstenes, yo
mismo lo he oído varias veces.
Una lanza penetró el parapeto y se le clavó exactamente en la mandíbula, haciéndole pedazos el
rostro hasta la altura de la base del cerebro.
-Esto es la locura, la locura -dijo un hombre de mediana edad-. Ya no tomaré más parte en esto.
El hombre echó a un lado escudo y lanza, y escapó por el muro posterior; sólo un combatiente,
inactivo a causa de un brazo roto, le vio deshacerse de su yelmo.
Las fuerzas confederadas continuaron luchando hasta que un oficial macedonio les dijo que, si
se rendían, el rey de Macedonia les perdonaría la vida. Entonces depusieron las armas. Mientras las
tropas derrotadas se retiraban entre los agonizantes y muertos que yacían por doquier para unirse a las
hordas de cautivos, uno de ellos preguntó a sus compañeros:
-¿Quién es el pequeño camarada que escapó?
El hombre del brazo roto, que había guardado silencio durante un buen rato, respondió:
-Ese hombre es Demóstenes.
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Los macedonios vigilaban a los prisioneros mientras transportaban a los heridos en escudos, a
manera de camillas improvisadas, dando preferencia a sus compañeros. Ese trabajo consumía
demasiado tiempo, tanto que al caer la noche todavía había hombres heridos. Los soldados derrotados
esperaban la clemencia, para bien o para mal, de quienes los encontraran; muchos de ellos, perdidos, al
día siguiente estarían muertos. También entre los muertos había jerarquías: mientras los macedonios
caídos eran enterrados con todos los honores, los muertos de los confederados permanecían a la
intemperie hasta que sus ciudades reclamaran sus despojos: la entrega de los cadáveres era el
reconocimiento formal de que los ganadores habían hecho suyo el campo.
Filipo y su equipo recorrieron el escenario del combate de norte a sur; todo estaba lleno de
restos de la refriega. Las quejas y las espasmódicas bocanadas de los moribundos sonaban por doquier;
parecía el sonido del viento en los altos bosques de Macedonia. Alejandro y su padre casi no hablaban
(algún comentario sobre un punto sobresaliente de la lucha apenas merecía una respuesta fría y
objetiva). Filipo trataba de comprender el acontecimiento en todas sus facetas y complicaciones.
Alejandro, por su parte, estaba poseído por el espíritu de Heracles, y le llevó algún tiempo recuperarse
del trance. Ponía lo mejor de si para atender a su padre, que, al verlo después de la contienda, le cogió
entre los brazos y lo felicitó como se merecía.
Finalmente, los jinetes llegaron a orillas del río, en donde no encontraron ningún rezagado
entre los cadáveres de los hombres que habían querido escapar de la matanza.
Los cuerpos yacían a lo largo de la orilla, sus ojos muertos miraban en todas direcciones salvo hacia el
río, que en algún momento había cubierto sus espaldas. Filipo miró los escudos enemigos y le
preguntó a Alejandro:
-¿Estuviste aquí?
-Si, entre ellos y los aqueos; estos últimos lo hacían bien, pero aquellos resistieron aún mejor.
-Pausanias, por favor, encárgate de contar los muertos.
-No es necesario -intervino Alejandro.
El recuento llevaría su tiempo, y en verdad era innecesario, pues muchos habían sido
enterrados junto con los macedonios que habían muerto y habría que desenterrarlos. Eran
aproximadamente trescientos hombres; toda la Banda Sagrada había estado allí.
-Les pedí que se rindieran -dijo Alejandro-, y ellos me respondieron que no conocían esa
palabra, que seguramente les estaba hablando en macedonio.
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Filipo asintió con la cabeza y, sin decir palabra, se hundió en sus propias reflexiones. Uno de
los guardias que hacían el recuento, hombre aficionado a las chanzas, empezó a poner un cuerpo sobre
otro e hizo una broma obscena.
-¡Déjalos tranquilos! -gritó Filipo, y las indefinidas risas que brotaban de entre sus compañeros
cesaron de inmediato-. Mataré al hombre que moleste con otra de esas vilezas.
Después de decir estas palabras dio vuelta a su caballo y se alejó seguido por Alejandro.
Invisible para ambos, Pausanias se volvió y escupió sobre el cadáver más cercano.
-Bueno -dijo Filipo-, hemos terminado la labor del día. Creo que nos hemos ganado un trago.
La noche era excelente; las puertas de la tienda del rey estaban abiertas de par en par; todo el
campamento estaba lleno de mesas y sillas, en las que departían alegremente las tropas vencedoras.
Jefes y oficiales andaban por allí, viejos amigos, comandantes tribales y embajadores de pueblos
amigos que habían seguido de cerca la campaña de los ejércitos de Filipo.
La gente estaba cansada y sedienta, así que primero se sirvió el vino ligero, pero una vez que
calmaron su sed, empezó a correr el vino puro. La felicidad de la mayoría, y el oportunismo de
algunos, propiciaban nuevas rondas de brindis y promesas de fidelidad al rey.
Los soldados aplaudían, se palmeaban los muslos o golpeaban las mesas al ritmo de viejas
canciones macedonias; todos llevaban la cabeza coronada con ramas de vides arrancadas de las
enredaderas del lugar. Después del tercer coro, Filipo se puso de pie y proclamó un komos.
Tan rápidamente como pudieron, los hombres formaron una línea tambaleante. Todos los que
tenían cerca alguna antorcha, la arrancaban de su emplazamiento y la agitaban en el aire; los que ya
estaban demasiado mareados para sostenerse en pie, se agarraban del hombro del vecino más próximo.
Renqueando y tambaleándose, Filipo y Parmenión encabezaban la fila. El enrojecido rostro de Filipo
brillaba con la luz oscilante de las antorchas, dejando ver el párpado caído de su ojo muerto, mientras
gritaba los estribillos de la canción como si fueran órdenes militares. Los vapores del vino le permitían
ver la grandeza de su hazaña: por fin culminaba sus planes, el horizonte de poder que le esperaba allá
delante, la ruina de sus enemigos. Liberado de la cuidadosa afabilidad sureña, como de una molesta
capa, su alma se fundía con las de sus parientes de tierras altas y ancestros nómadas; el caudillo de
Macedonia festejaba con los de su clan después de la más importante de sus correrías fronterizas.
-¡Escuchad! -gritó, inspirado por el ritmo de la canción-. Escuchad esto:
¡Leyes de Demóstenes!
¡Leyes de Demóstenes!
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Demóstenes de Panonia,
hijo de Demóstenes.
¡Euoi Bakchos! ¡Euoi Bakchos!
¡Leyes de Demóstenes!
Su voz lanzaba los versos como chispas sobre yesca; era muy fácil de aprender y aún más fácil
de cantar. Pataleando y aplaudiendo, la hilera danzaba bajo la luz de la luna y avanzaba por entre los
campos de olivo de junto al río. Corriente abajo, en donde no pudieran contaminar el agua de los
vencedores, estaban los barracones de los prisioneros. Algunos no podían dormir a causa del ruido que
producían los ronquidos de los exhaustos, y meditaban solitariamente. Los prisioneros, mugrientos y
ojerosos, se levantaban ocasionalmente y, en silencio, miraban al vacío o se contemplaban unos a
otros. Las antorchas brillaban en la inmóvil hilera de ojos.
Cerca de la cola de la formación, en medio de los jóvenes, Hefestión soltó los brazos de sus
vecinos y se fue a caminar entre las sombras de los olivares, mirando y esperando. Permaneció a un
lado de la fila, hasta que vio que Alejandro se separaba de ella (él tampoco lo había visto y sabia que
Hefestión estaría allí).
Cuando finalmente se reunieron, pasaron un buen rato bajo las ramas de un viejo árbol de
tronco nudoso y arracimado, tan grueso como el cuerpo de un caballo.
-Alguien me dijo que viven cientos de años -comentó Hefestión, al tiempo que pasaba su mano
por la corteza.
-Pues éste tendrá algo que recordar durante todos esos años.
Cuando Alejandro sintió en la frente el roce de la corona de guirnaldas, la arrancó de su cabeza
y la aplastó contra el suelo con uno de sus talones; estaba completamente sobrio. Hefestión, por su
parte, estaba completamente borracho cuando comenzó el komos, pero a esas horas ya se le había
despejado la cabeza.
Más tarde, se levantaron y caminaron juntos. Las luces y el ruido aún rondaban los barracones
de los prisioneros. Alejandro empezó a pasear río abajo. Él y Hefestión limpiaban su camino de los
restos de lanzas y espadas que estaban esparcidas entre los despojos de hombres y caballos.
Finalmente, Alejandro se detuvo en una orilla del río, exactamente donde Hefestión sabía que se
detendría.
Nadie todavía despojaba los cuerpos de los cadáveres; sus bien pulidos escudos, trofeos de
guerra para los vencedores, brillaban ligeramente bajo la luz de la luna. En aquel lugar el olor a sangre
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era mucho más penetrante, pues los combatientes habían luchado hasta desangrarse. El río murmuraba
entre las piedras.
Un cuerpo yacía con la cara enterrada en el suelo y los pies hacia el río; su pelo era negro, corto
y ensortijado, y su mano muerta aún se aferraba a un yelmo lleno de agua. El liquido todavía estaba sin
derramar, pues se había arrastrado transportándolo cuando le sorprendió la muerte. Un claro rastro de
sangre llevaba de su cuerpo hasta donde estaba la atestada pila de cadáveres de la cual había tratado de
alejarse. Alejandro recogió el yelmo y, cuidadosamente, para no derramar el agua, siguió el rastro
hasta el final. Era el cuerpo de un hombre joven que había dejado un gran charco de sangre, pues una
espada le había partido la femoral. Su boca abierta dejaba ver una lengua cuarteada y seca. Entonces,
con el agua lista para ser vertida, Alejandro se inclinó y derramó unas gotas; luego, dejó el yelmo junto
al cuerpo y se enderezó.
-El otro ya estaba tieso, pero éste acaba de enfriarse. Tuvo una larga espera.
-Él sabría por qué -comentó Hefestión.
Un poco más arriba del camino había otros dos cadáveres que aún miraban hacia el lugar donde
había estado el enemigo. El mayor de éstos era un hombre corpulento, de barba recortada; el más joven
sobre cuyo cadáver había caído su compañero, iba pelado al rape y en uno de los costados de la cabeza
podía vérsele el cráneo completamente desnudo; la cuchillada de un sable de caballería le había
descarnado la cara, dejándole el rictus de una terrible sonrisa. En el otro lado del rostro, sin embargo,
podía notarse la gran belleza que en vida había tenido.
Alejandro se arrodilló ante el cadáver para tapar sus carnes con el faldón, que estaba pegajoso y
lleno se sangre. Luego miró a Hefestión y le dijo:
-Fui yo el que hizo esto, lo recuerdo bien. Trataba de acuchillar a Bucéfalo en el cuello y tuve
que hacerlo.
-Nunca debió haber perdido el yelmo; supongo que la cinta estaba floja.
-Al otro no lo recuerdo.
Este último había muerto atravesado por una lanza, que, por el movimiento de la refriega, giró
en algún momento y le hizo un enorme boquete en la barriga. Su cara estaba contraída en un terrible
rictus de agonía; la muerte le había atrapado bien consciente.
-Yo silo recuerdo -dijo Hefestión-. Después de que derribaste al primero, éste se abalanzó sobre
ti. Como estabas muy ocupado y ni siquiera te habías dado cuenta, tuve que encargarme de él.
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Se hizo un instante de silencio entre los amigos; sólo se escuchaba el croar de las ranas en los
charcos que formaba el río. Se oyó también el suave canto de un ave nocturna y, como fondo, el
murmullo de los cánticos.
-Así es la guerra -comentó Hefestión-. Ellos saben que hubieran hecho lo mismo con nosotros
si hubiéramos perdido.
-Oh, si. Así son los dioses.
Se arrodilló ante los dos cadáveres y trató de enderezar sus extremidades, pero los cuerpos
estaban tan rígidos como madera; cuando trataban de cerrarles los ojos, sus párpados se volvían a abrir
como si no quisieran dejar de ver el panorama. Finalmente, arrastró el cuerpo del hombre barbudo
hasta depositario junto al del joven, se quitó su capa y con ella cubrió el rostro de ambos soldados.
-Alejandro, creo que deberías regresar a la celebración; tu padre debe estar echándote de
menos.
-Cleitos puede cantar mucho más fuerte -les respondió, al mismo tiempo que miraba las figuras
inmóviles, la sangre seca oscurecida por la luna y el pálido brillo del bronce de los escudos-. Es mucho
mejor estar aquí, entre amigos.
-Sólo te pido que te dejes ver. Es la celebración de una victoria y tú fuiste el primero en
atravesar las líneas enemigas. Por eso los soldados esperan verte entre ellos.
-Todo el mundo sabe lo que hice, y esta noche sólo quiero tener un honor: que se diga que yo
no estuve allí -y señaló hacia la bamboleante hilera de antorchas.
-Vamos, pues -insistió Hefestión.
Los amigos bajaron al río a quitarse la sangre de las manos. Hefestión se quitó su capa para
compartirla con Alejandro y así, enrollados en una sola capa, caminaron un rato por la orilla del río
bajo las sombras de los sauces que crecían junto a ella.
Hacia el atardecer, Filipo ya estaba completamente sobrio. Cuando bailaba ante los prisioneros,
un eupátrida ateniense llamado Demades le preguntó:
-¿No te avergüenzas de abusar de los guerreros cuando la fortuna te ha puesto en el camino de
Agamenón?
Filipo estaba lo suficientemente sobrio como para sentir, a través de esa recriminación, un
crudo reproche de griego a griego. Entonces, detuvo la celebración, pidió a Demades que se bañara y
se pusiera ropas limpias, lo invitó a cenar a su tienda y al día siguiente lo mandó a Atenas como
embajador. Aun cuando Filipo hubiera estado borracho, su decisión fue acertada. A pesar de haber
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obedecido la llamada a la guerra de los partidarios de Demóstenes, Demades era partidario de Foción,
y ambos habían luchado intensamente por la paz antes de que la guerra estallara, así que parecía el
hombre idóneo para llevar a Atenas los términos de rendición. Estos fueron expuestos ante la
Asamblea, que los escuchó en medio de un pasmoso silencio provocado por la incredulidad de los
escuchas.
Atenas tenía que reconocer la hegemonía de Macedonia (hasta ese momento, sólo Esparta
había tratado de imponerles una condición semejante hacia seis años, pero entonces los espartanos se
dedicaron a degollar a todos sus prisioneros -más de tres mil hombres vilmente asesinados-, derribaron
las murallas de la ciudad al compás de sus flautas de guerra y les impusieron una terrible tiranía).
Filipo dejaría en libertad a todos los prisioneros sin pedir ninguna clase de rescate, detendría su marcha
hacia el Ática y permitiría que ellos mismos eligieran su propia forma de gobierno.
Los atenienses, por supuesto, aceptaron las condiciones de inmediato, y entonces Filipo les
devolvió los cadáveres de sus muertos, cumpliendo caballerosamente con las costumbres de la época.
Como ya para aquel entonces muchos de los cuerpos estaban en plena descomposición, fueron
colocados en una sola pira funeraria bastante amplia. Durante todo el día un grupo de soldados atizaba
el fuego y lo alimentaba con madera, mientras que otro echaba los cadáveres a la hoguera; ambos
trabajos eran sumamente agotadores -las columnas de humo se levantaban desde antes del amanecer
hasta el ocaso-, y tenían que incinerar a más de mil hombres. Las cenizas y los huesos calcinados se
guardaban en baúles de roble, en los cuales esperaban el cortejo fúnebre.
Por su parte, Tebas, despojada y sin ayuda, se había rendido incondicionalmente. Atenas era el
enemigo principal, pero Tebas era su aliada infiel. Los hombres de Filipo pusieron sitio a su ciudadela,
mataron o depusieron a todo líder anti macedonio que encontraron y liberaron a Beocia de su yugo.
Allí no hubo parlamentos; rápidamente reunieron e incineraron a sus muertos. A los miembros de la
Banda se les concedió el derecho de reposar en una tumba común, privilegio que sólo se concedía a los
héroes. Sobre su sepultura estaba sentado el León de Queronea, como vigilándolos eternamente.
Cuando los embajadores regresaron de Atenas, Filipo hizo saber a los prisioneros que ya estaban en
libertad, y se fue a comer. Ya estaba sentado a la mesa, cuando un oficial llegó y pidió permiso para
entrar en la tienda; era el hombre que tenía la misión de despachar el convoy de ex prisioneros.
-¿Qué sucede? -preguntó Filipo-.
-Señor, quieren que les devolvamos sus pertrechos.
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-¿Que les devolvamos.., qué? -exclamó Filipo, a la vez que dejaba a un lado el pan que untaba
en la sopa.
-Sus objetos de campaña, tiendas, ropa de cama, cosas de ésas.
Los ojos y las bocas de los macedonios presentes se abrieron llenos de sorpresa.
El rey se agarró de los brazos de su silla, echó para atrás la cabeza y lanzó una carcajada,
dejando ver su gran barba.
-¿Acaso piensan que sólo acaban de perder un juego de niños? Diles que se larguen.
Cuando empezó a llegarle el rumor de las protestas, Alejandro preguntó:
-¿Por qué no se ponen en marcha? Ni siquiera tuvimos necesidad de dañar la ciudad; la habrán
abandonado al ver que te acercabas.
-Nunca se puede estar seguro -dijo moviendo la cabeza-. Además, la Acrópolis jamás cayó
mientras estuvo protegida.
-¿Jamás? -preguntó Alejandro. En sus ojos brilló la luz.
-Y cuando cayó fue ante Jerjes. No, no.
-Es verdad, eso no es cierto.
Ninguno de los dos mencionó siquiera la celebración, ni el hecho de que Alejandro la
abandonara, y cada uno agradeció la indulgencia del otro.
-Pero no entiendo -continuó Alejandro- por qué finalmente no les
obligaste a que te entregaran a Demóstenes.
-En lugar del hombre, hubiera estado allí su estatua heroica -contestó Filipo, mientras limpiaba
con el pan los restos de sopa adheridos al plato-. El hombre estará más de acuerdo con la realidad...
Bueno, en muy poco tiempo tendrás Atenas a tus pies. Te enviaré de embajador para que les devuelvas
a sus muertos.
Alejandro se volvió lentamente, y por un momento pensó que era objeto de alguna broma de
mal gusto. Jamás se imaginó que su padre, tras evitar que Atenas fuera invadida y ocupada, se privara
del placer de entrar en la ciudad como magnánimo vencedor para recibir las gracias. ¿Acaso estaba
avergonzado por lo de la celebración? ¿Se trataba de alguna conveniencia política? ¿Quedaba aún
alguna esperanza?
-Enviarte a ti es un acto de cortesía para con los vencidos. Si entrara yo, todo el mundo
pensaría que ocupo la ciudad en un acto de soberbia. Ahora son nuestros aliados y más nos vale sentar
las bases de mejores tiempos.
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Sí, todavía estaba soñando. Lo que en realidad quería era que las puertas de Atenas fueran
abiertas desde dentro. Cuando ganó la guerra en Asia y liberó las ciudades, sí entró con sus ejércitos;
pero en esta ocasión estaba en Atenas y no quería celebrar la victoria como conquistador, sino como
invitado de honor.
-Muy bien, padre, iré yo -contestó Alejandro secamente.
Un momento después recordó que tenía que darle las gracias. Alejandro se paseó por las
puertas de entrada a la ciudad de Atenas y por el Cerameico; visitó todas las tumbas de los grandes
hombres, pasó un buen rato observando las viejas estelas funerarias, semiborradas por la acción del
tiempo, y las guirnaldas marchitas de los sepulcros nuevos, que estaban arregladas con jirones de
cabello de los dolientes. Estatuas de jinetes desnudos del todo que montaban heroicamente hermosos
corceles; mujeres que, sentadas en pétreos tocadores, recordaban la belleza de la mujer allí enterrada;
soldados mirando eternamente el mar... Eran gente inmutable. Entre ellos, las ruidosas multitudes
caminaban y se detenían para mirar.
En tanto se preparaba la gran tumba, los atenienses habían construido un pabellón para albergar
los huesos de sus muertos, los cuales estaban apilados a un lado de la fila de féretros. Alejandro
caminaba por entre los rostros devotos de los atenienses; de pronto, a sus espaldas surgió un grito
terriblemente agudo: era una mujer que se había abalanzado sobre el féretro de su difunto y lloraba
desconsoladamente. Sintió cómo Bucéfalo se sobresaltaba, pues desde detrás del sepulcro alguien les
había lanzado una pedrada. Caballo y jinete se imaginaron lo peor, pero ninguno de los dos se atrevió a
mirar. Si estuvieran en combate, eso no les hubiera convenido, y aún menos estando de descanso. Pero
si fuera una mujer, todo sería más comprensible.
Más adelante estaban los torreones de los empinados riscos del noroeste de la Acrópolis;
Alejandro se quedó mirándolos, preguntándose cómo estarían las cosas del otro lado. Alguien de los
presentes le invitó a una función cívica, y él aceptó la invitación. Por el camino llamó su atención un
grupo de esculturas de mármol: un soldado de infantería vestía una antigua armadura y estaba apoyado
sobre su lanza; Hermes, guía de los muertos, se inclinaba ofreciendo la mano a un niño; marido y
mujer en actitud de despedida; dos amigos estrechándose las manos y, en un altar, una copa junto a
ellos. En todas partes el amor afrontaba la necesidad silenciosamente, allí no había lugar para la
retórica. No importaba quién fuera el siguiente en llegar, esa gente había levantado su propia ciudad.
Alejandro era conducido a través del Ágora hacia la sala del Consejo, para escuchar los
discursos de recibimiento. De vez en cuando alcanzaba a oír que desde las últimas filas alguien le
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gritaba maldiciones, pero las voces y las incitaciones de los partidarios de la guerra contra Macedonia
ya eran palabra muerta, casi en extinción. Demóstenes parecía haberse desvanecido en el aire. Los
viejos amigos de Macedonia y sus partidarios lo incitaban, mientras que él trataba de salir airoso de
encuentros tan comprometedores. Esquines se presentó ante la Asamblea y, aunque salió bastante bien
librado de la situación, tuvo que mantenerse a la defensiva. La piedad de Filipo para con los derrotados
era mucho mayor, incluso, que la que los partidarios de la paz se habían atrevido a predecir, y ahora
los hombres que habían sido tan importantes les marcaban con su odio. Los afligidos y arruinados les
miraban atentos a cualquier destello de triunfalismo, ya que estaban seguros de encontrarlo. También
se presentaron las tropas mercenarias de Filipo; algunos eran prudentes y otros aduladores, pero
Alejandro les pareció a todos bastante gentil, aunque demasiado opaco.
Aquella tarde, Alejandro comió en casa de Demades con él y unos cuantos invitados de honor
(si bien la situación no se prestaba a celebraciones, era una costumbre bastante griega). Demades los
recibió elegante pero sobriamente vestido; los sillones y las mesas de su casa estaban finamente
decorados con formas perfectas talladas sobre la madera, que era muy suave al tacto. Ante tan
impecable servicio, durante la comida nadie se atrevió a levantar la voz o a interrumpir a su anfitrión.
En Macedonia, la mera falta de voracidad de Alejandro hacía que sus modales estuvieran por encima
de lo común, pero aquí, antes de empezar a comer, primero observó la conducta de los demás
comensales.
Al día siguiente, fue a la Acrópolis a entregar sus ofrendas al dios de la ciudad, como pago por
haberle concedido la victoria. Allí estaban las glorias de leyenda, altísima Atenea de la vanguardia, tú
que guiaste naves con la punta de tu espada. ¿Dónde estabas, dama? ¿Te prohibió tu padre el combate
como lo hizo cuando Troya? ¿Esta vez le obedeciste? Allí, en su templo, estaba Fidias, doncella de
marfil, envuelta en su túnica de laminillas de oro, y allí estaban también los trofeos y las ofrendas
ganados durante cientos de años (sólo allí se guardaba la historia de tres generaciones enteras).
Alejandro se había criado en el gran palacio de Arquelao, así que las construcciones hermosas
no eran nada nuevo para él. Cuando empezó a hablar de historia, le llevaron a conocer el olivo de
Atenea, que floreció durante la noche después de que los persas lo quemaron. En aquella incursión, los
invasores también arrancaron las viejas estatuas de Harmodio y Aristogitón y se las llevaron para
adornar Persépolis.
-Si podemos recuperarlas, se las devolveremos -dijo Alejandro.
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Nadie respondió, la presunción macedonia era proverbial. Desde su parapeto, trató de encontrar
el lugar al que habían trepado los persas para atacar, y logró descubrirlo sin que nadie le ayudara (no
preguntó, pues le pareció poco apropiado).
Para reconocer la clemencia de Filipo, los partidarios de la paz lograron que su estatua y la de
su hijo quedaran en el Partenón. Mientras Alejandro posaba para el escultor, pensó en cómo luciría allí
la figura de su padre, y no pudo dejar de sorprenderse por la rapidez con que los hombres lo seguían.
-¿Hay alguna otra cosa o lugar que desees visitar antes de partir? -le preguntaron.
-Sí, la Academia. Mi tutor, Aristóteles, estudió allí; ahora vive en Estagira. Mi padre
reconstruyó la ciudad y llevó de regreso a sus habitantes, pero a mí me gustaría conocer el lugar en
donde daba sus clases.
A lo largo del camino hacia aquel lugar estaban las tumbas de los grandes soldados atenienses.
Alejandro veía los trofeos de batalla y retrasaba la marcha con sus preguntas. Allí estaban también las
tumbas fraternales de los hombres que habían muerto juntos en las grandes batallas; por allí limpiaban
un nuevo sepulcro, pero no se atrevió a preguntar para quién.
El camino se perdía en un bosque de viejos olivares, cuya alta hierba y flores silvestres estaban
secas y marchitas por el otoño. Cerca del altar de Eros, había otro con esta inscripción: “Eros
vengada”. Al ver la inscripción, no pudo dejar de preguntar por la historia que la motivara. Le dijeron
que era la tumba de un inmigrante enamorado de un hermoso joven ateniense, que se preciaba de que
no había cosa en el mundo que su joven amante no hiciera por él. Para probar lo que decía, en un
ocasión le ordenó que subiera y se tirara desde la roca; entonces, al ver que su amado en verdad le
había obedecido, él también subió a la roca y se lanzó al vacío.
-Hizo bien -comentó Alejandro-. Lo que importa de un hombre no es su procedencia, sino lo
que alberga en su interior.
Los presentes intercambiaron miradas y cambiaron el tema de la conversación; era natural que
el hijo del rey de Macedonia tuviera pensamientos de tal naturaleza.
El heredero de la escuela de Platón había muerto el año anterior. En la fresca y sencilla casa
blanca que había habitado Platón, le recibió Jenócrates, el nuevo jerarca de la escuela platónica. Era un
hombre alto y fornido, y se decía que su solemnidad limpiaba los caminos que recorría, aunque pasara
por el Ágora a la hora del mercado. Alejandro, recibido con la cortesía que un maestro eminente
dispensa a su alumno más prometedor, sintió la solidez del hombre y lo tomó con toda la seriedad que
merecía. Durante un buen rato hablaron de los métodos aristotélicos de enseñanza.
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-Un hombre siempre debe perseguir su verdad -decía Jenócrates-, no importa hasta dónde lo
conduzca. Creo que eso fue lo que produjo la separación entre Aristóteles y Platón; este último ponía
el cómo al servicio del porqué. Yo estoy a los pies de Platón.
-¿Tienes algún retrato de él?
Jenócrates le llevó hacia fuera; al otro lado de la fuente con delfines, bajo la sombra de
arrayanes y laureles, estaba la tumba de Platón, cerca de la cual había una estatua del maestro. El
escultor lo había representado sentado y con un pergamino en la mano, su clásica cabeza ovalada
inclinada hacia delante, adoptando una posición de lectura. Durante sus últimos años, Platón solía
llevar el pelo corto, a la manera de los atletas, tal como lo había usado durante su juventud. Su barba
estaba cuidadosamente arreglada, su frente surcada por arrugas horizontales y otras, más pequeñas,
verticales; bajo ésta, los ojos fijos, inmóviles, parecían ser los de algún sobreviviente que escapa sin
saber a dónde va.
-Y hasta el final creyó en la bondad. Yo tengo algunos de sus libros.
-En lo que se refiere al bien -explicó Jenócrates-, él mismo
consiguió sus propias pruebas; sin ellas, un hombre jamás encuentra a otro. Yo le conocí bien, y me
alegra que leas sus libros, pero él siempre aclaró que ellos sólo contenían las enseñanzas de Sócrates,
su maestro. Nunca hubo un libro con las enseñanzas de Platón, porque sus enseñanzas sólo pueden
aprenderse de la misma forma en que se prende el fuego: por el contacto de la llama misma.
Alejandro miraba ansiosamente la meditabunda cara de la escultura, como si fuera alguna
fortaleza enclavada en una roca inexpugnable, pero el risco se resquebrajaba por la acción del tiempo y
jamás volvería a ser atacado nuevamente.
-¿Tenía alguna doctrina secreta?
-Sí, pero era un secreto evidente. Tú, por ejemplo, eres un soldado y sólo puedes enseñar tus
habilidades a los hombres cuyos cuerpos han sido preparados para el trabajo duro y sus mentes para
resistir el miedo, ¿no es así? Entonces la chispa puede engendrar otra chispa. Lo mismo es válido para
el caso de Platón.
Con pena y presunción, Jenócrates miró a Alejandro, que, igualmente, miraba con pena y
presunción el frío rostro de mármol. Más tarde, Alejandro emprendió el regreso a la ciudad, por el
mismo camino lleno de sepulcros de héroes.
Ya casi estaba listo para la cena, cuando le anunciaron la presencia de un personaje; le hicieron
pasar y les dejaron solos. Era un hombre bien vestido, de lenguaje culto, y decía haberse encontrado
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con él en la sala del Consejo. Por él se enteró de que todo el mundo había elogiado su modestia y
recato, tan adecuado para la buena marcha de su misión, aunque muchos lamentaban que, por respeto
al luto del público, se privara de los placeres que una ciudad como Atenas podía proporcionarle (sería
una verdadera desgracia que no tuviera la ocasión de probarlas en la seguridad que
brinda la intimidad).
-Te he traído a un joven... -le dijo, y empezó a describirle las gracias del joven Ganimedes.
-¿Qué tratas de decirme? -le preguntó Alejandro, después de haberle escuchado sin
interrupción-. ¿Que tienes un joven? ¿Es tu hijo?
-Ah, señor, debes estar bromeando.
-¿Tu propio amigo, quizás?
-Nada parecido, te aseguro que está a tu completa disposición. Sólo míralo con tus propios
ojos; pagué cien estateras para conseguírtelo.
-No sé qué es lo que he hecho para merecerte a ti o a tu mercancía -dijo Alejandro, poniéndose
en pie-. ¡Apártate de mi vista!
El hombre no tuvo más remedio que obedecer, se retiró y regresó con sus compañeros del
Partido por la Paz, quienes hubieran deseado que ese joven le llevara recuerdos gratos. ¡Malditos
informes falsos! Ya era demasiado tarde para ofrecerle una mujer. Alejandro, por su parte, emprendió
su marcha hacia el norte al día siguiente.
Poco tiempo después, los muertos de Queronea fueron enterrados, en su sepulcro común, en la
calle de los héroes. La gente discutía quiénes debían pronunciar las oraciones fúnebres; algunos
propusieron que fuera Esquines y otros preferían a Demades, pero el primero había sido muy
destacado y el segundo exitoso. Para los corazones doloridos de la Asamblea, sin embargo, ambos
parecían demasiado elegantes. Todos los presentes miraban el rostro desconsolado de Demóstenes, a
quien quemaba la enorme llama de la vergüenza. Muy a su pesar, el tiempo le había derrotado por
completo, y las nuevas arrugas que cruzaban su piel estirada eran provocadas por un dolor más grande
que todo su odio hacia Macedonia. Los atenienses sabían a ciencia
cierta que él no podría regocijarse con su luto, así que lo eligieron para que pronunciara el epitafio.
Con excepción de Esparta, todos los Estados griegos mandaron sus embajadores al Consejo de
Corinto, donde se reconoció que las fuerzas de Filipo, máximo caudillo guerrero de todas las Hélades,
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estaban mucho mejor preparadas que las persas para la defensa. En ese primer encuentro nadie hizo
preguntas; salvo Esparta, toda Grecia lo seguiría.
Más tarde, Filipo marchó hacia la frontera con la indómita Esparta. Una vez allí, cambió sus
planes: decidió permitir que el viejo perro conservara su perrera; al fin y al cabo, no se atrevería a salir
de ella. En cambio, si lo atacaba o trataba de acorralarlo, pelearía con rabia hasta la muerte, y a él no le
gustaría convertirse en el Jerjes de unas nuevas Termópilas.
Corinto, la ciudad de Afrodita, probó estar más dispuesta al placer que la propia Atenas. Allí, el
rey y el joven príncipe fueron espléndidamente recibidos, y Alejandro encontró tiempo suficiente para
subir, con Hefestión, por el largo camino hacia Acrocorinto y examinar con calma las murallas que,
desde abajo, parecían tan estrechas como las correas que sujetan las bridas a la testuz de los caballos.
Gracias al día claro y soleado podían ver Atenas hacia el sur y el monte Olimpo hacia el norte;
evaluaban el tamaño de las paredes, buscaban los lugares en donde se pudieran levantar otras
más fuertes y mejores, y escalaban las que estaban en los mejores puntos. En la parte más alta de
Acrocorinto había un pequeño y acogedor templo de Afrodita; el guía les contó que seguramente
encontrarían allí a algunas de las famosas muchachas de la diosa, que por esos días solían dejar sus
recintos de la ciudad para subir a adorar a su señora. Estuvieron un buen rato a la expectativa, pero su
espera fue vana.
Demaratos, aristócrata corintio de antiguo linaje dórico, era un viejo amigo de Filipo, y le hizo
de anfitrión durante el Consejo. Una noche, en su preciosa casa situada a los pies del Acrocorinto,
ofreció una pequeña fiesta íntima en honor de Filipo, prometiéndole a éste que asistiría un invitado que
le gustaría conocer. Se trataba de Dionisio el joven, hijo de Dionisio el grande, fallecido en Siracusa.
Desde que Timoleón lo expulsara de su tiranía, se ganaba el pan en aquella ciudad dirigiendo una
escuela para muchachos. Era un hombre bastante corto de vista, larguirucho y rojizo, de la misma edad
de Filipo, aproximadamente. Su nuevo nombramiento, y la carencia de medios, habían terminado con
sus notorias disipaciones, pero todavía conservaba la nariz enrojecida que distingue a los borrachines.
Una barba de escolar pulcramente arreglada escondía su débil mandíbula. Filipo, que había superado
todas las hazañas de su formidable padre, el tirano mayor, le trató con encantadora cortesía, y cuando
se sirvió el vino fue recompensado con su confianza.
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-Yo no tenía ninguna experiencia cuando sucedí a mi padre, ninguna en absoluto. Él era un
hombre sumamente perspicaz; vosotros seguramente habréis escuchado las historias, pues casi todas
son ciertas. Todos los dioses son testigos de que yo nunca pensé hacerle ningún daño, pero el día de su
muerte me registraron antes de dejarme verlo. Nunca había visto papeles relacionados con asuntos
estatales y jamás había asistido a una conferencia de guerra. Ahora, que si me hubiera dejado actuar,
como tú permitiste que tu hijo gobernara mientras salías de campaña, quizá la historia contaría otra
cosa.
Filipo inclinó la cabeza gravemente, y dijo que se lo podía imaginar.
-Me habría conformado -continuó- con que me hubiera dejado gozar de los placeres de
juventud sin estar molestándome. Era un hombre muy difícil; si, muy capaz, pero difícil.
-Bueno, eso seguramente se debe a muchas causas.
-Si, así es. Cuando mi padre tomó el poder, la gente se había dado un atracón de democracia, y
cuando éste pasó a mis manos, ya estaban hartos del despotismo.
Filipo percibió en sus palabras que no siempre era tan tonto como aparentaba.
-Pero, ¿acaso Platón no te ayudó? Se dice que el filósofo te visitó dos veces.
El semblante de Dionisio mostró signos de sobresalto.
-¿No crees tú que la filosofía que aprendí de Platón me ha servido para encauzar este enorme
cambio de suerte?
Sus ojos húmedos casi recuperaron la dignidad. Filipo miró el magnífico tejido de sus ropas,
puso gentilmente una de sus manos sobre la de Dionisio y llamó por señas al servidor del vino.
En una cama dorada, cuya cabecera estaba esculpida con figuras de cisnes, yacía Tolomeo con
Tais, su nueva compañera ateniense. Tais había llegado muy joven a Corinto y no pasó mucho tiempo
antes de que pusiera su propia casa. Los muros de la recámara estaban pintados con figuras de amantes
haciendo el amor; en la mesilla para comer en la cama había dos tazones para el vino y una jarra
exquisitamente trabajados, así como un frasquito redondo con aceites aromáticos. Una lámpara triple,
sostenida por ninfas doradas, alumbraba sus placeres; la joven ya tenía diecinueve años y no
necesitaba de misterios. Su pelo negro flotaba suavemente y el azul de sus ojos era profundo como el
mar. Llevaba sin pintar los rosados labios; en cambio, uñas y pezones estaban pintados con un color
rosa suave, como el de las conchas. Su piel cremosa, cuidadosamente suave y depilada, lucía tan lisa
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como el alabastro. Tolomeo estaba encantado con ella y, por tarde que fuera, se pasaba horas
acariciándola tiernamente, sin importarle si el contacto de su piel desnuda renovaba sus deseos.


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