Tercera parte

-Es preciso que vivamos juntos, esto no es vida para ti. Yo no me casaré durante mucho
tiempo, pero debes estar segura de que nunca te apartaré de mi lado.
-Pero, cariño, aquí están todos mis amigos, nuestros conciertos, círculos de lecturas... Estaría
completamente aislada en Macedonia -la gente decía que era hijo de Filipo; uno nunca debe parecer
ansioso.
-Ah, pero pronto estaremos en Asia; allí podrás sentarte en una fuente de azulejos llena de
rosas. Cuando regrese de la guerra llenaré tu falda de oro.
Tais rió y le mordió una oreja con coquetería. Ese era un hombre -pensó- con quien se podía
hacer el amor toda la noche. Cuando trataba de imaginarse a algunos otros...
-Déjame pensarlo un poco más. Ven mañana a cenar... No, mejor hoy; le dirá a Filetas que
estoy un poco enferma.
-Mi pequeño gorrión, ¿qué quieres que te traiga?
-Toda tu presencia -sabia que eso casi lo haría desfallecer-. Los macedonios son hombres de
verdad.
-Vamos, con esas palabras conmoverías a una estatua.
-Me alegro de que tus hombres empiecen a quitarse las barbas, así es posible ver rostros
hermosos -recorrió su mandíbula con el dedo índice.
-Ahora es Alejandro el que dicta el curso de la moda; dice que las barbas son un buen asidero
para el enemigo, así que es mucho mejor que nos las quitemos.
-Ah, ¿es por eso? Es tan hermoso ese muchacho... Todos están enamorados de él, hombres y
mujeres.
-¿Todas las mujeres menos tú?
-No seas celoso -dijo, y lanzó una pícara sonrisa-. Conozco bien a los soldados, ¿sabes?, y creo
que en el fondo él es uno de los nuestros.
-No, no, en eso te equivocas. Es casi tan casto como Artemisa.
-Bueno, es evidente, pero yo no me refería a eso -sus delgadas cejas adoptaron un aire de
meditación; le agradaba su compañero de cama y por primera vez le concedía todos sus pensamientos-.
Él es como los grandes, como los hombres famosos, como Lais o Ródope, de quienes se contaban
grandes historias en aquellos días. Ellos no viven para el amor, sino que lo trascienden. Te lo digo yo,
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que lo he visto: todos los hombres que lo conocen lo seguirán como a la luz, ellos son la verdadera
sangre de su cuerpo. Si algún día dejaran de seguirle, le sucedería lo mismo que a las grandes hetairas
cuando sus amantes salen de la estancia y ellas retiran los espejos; ese día comenzará a morir.
Tolomeo le respondió con un suspiro. Luego, Tais cogió uno de los extremos de la colcha y la
echó sobre sus cuerpos. Rápidamente se quedaron dormidos, pues ya era bien entrada la madrugada.
Ella le permitió quedarse, así podría empezar bastante bien usándolo para sus propósitos.
Desde Corinto, Filipo emprendió el camino de regreso a casa para preparar su campaña de
Asia. Apenas estuvo listo, se dedicó a buscar la sanción del Consejo para partir hacia la guerra.
La mayoría de las tropas que iban a la cabeza estaban bajo las órdenes de Atalos, quien les
permitió que se dispersaran hacia sus aldeas; él mismo hizo lo propio y partió hacia la gris y vieja
fortaleza que tenía a los pies del monte Pidna. Una vez allí, le mandó un mensaje a Filipo, rogándole
que honrara su humilde casa haciendo un alto en el camino. Por su parte, el rey, considerando que la
invitación provenía de un hombre sagaz y competente, aceptó con agrado y le envió su respuesta
afirmativa.
Conforme torcían por el camino que conduce hacia las montañas y se ampliaba del mar en el
horizonte, Alejandro se volvía más taciturno y reservado. Un rato después se apartó del lado de
Hefestión tratando de alcanzar a Tolomeo, y finalmente le pidió por señas que se apartara de la fila y
fuera hacia los páramos y matorrales, junto a los pies de las montañas. Tolomeo obedeció
desconcertado, pues su mente estaba ocupada con sus propios asuntos. ¿Sostendría Tais su palabra? Le
hacía esperar deliberadamente hasta el final.
-¿En qué estará pensando mi padre que no manda a Pausanias sobre Pella? - inquirió
Alejandro-. ¿Cómo se atreve a traerlo aquí?
-¿Pausanias? -respondió Tolomeo distraídamente; su rostro había cambiado.
-Bueno, tiene derecho a proteger la persona del rey.
-Si tiene derecho a algo es a ser cuidadoso con esas cosas. ¿No sabes qué te sucedió en casa de
Atalos?
-Él tiene una casa en Pella.
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-Fue aquí, lo he sabido desde los doce años. Yo estaba en casa, en una de casetas de las
caballerizas, y no se dieron cuenta de que les observaba; los hombres de Atalos contaban nuestros
caballos. Años después, mi madre también me lo contó pero yo nunca le dije que sucedió aquí.
-Eso pasó hace mucho tiempo; seis años.
-¿Y tú crees que alguien podrá olvidarlo en sesenta?
-Cuando menos está cumpliendo con su deber, no necesita considerarse a si mismo un huésped.
-Deberían relevarlo de sus deberes; mi padre debería ayudarle.
-Sí -dijo Tolomeo lentamente-. Es una lástima... ¿Sabes? No me acordaba ese asunto hasta que
tú me lo recordaste, y eso que tengo muchas menos cosas en que pensar que el rey.
Al sentir cierto estremecimiento en el cuerpo de su jinete, Bucéfalo resopló y alzó su rutilante
cabeza.
-Yo no pensaría eso. Incluso en nuestra familia existe un límite en lo que uno puede recordar
acerca de su propio padre. Parmenión debe recordarlo, pues han sido amigos desde que eran jóvenes,
pero quizá él también ya lo haya olvidado.
-Es sólo por esta noche... He estado pensando que, si todo marcha bien, ella habrá vendido su
casa. Debes conocerla. Espera a que la oigas cantar.
Después, Alejandro fue a reunirse nuevamente con Hefestión y cabalgaron juntos en silencio
basta que las piedras labradas de la fortaleza, sombrías reliquias de años sin ley, estuvieron a la vista.
Entonces, desde las puertas salió un grupo de jinetes a su encuentro.
-No vayas a pelear con Pausanias si te muestra su mal humor -le recomendó Alejandro.
-No te preocupes, lo conozco bastante bien.
-Ni siquiera los reyes tienen derecho a desechar a los hombres si se equivocan al elegirlos.
-A mí no me gusta que olvide las cosas -respondió Hefestión, que compartía el mismo
pensamiento-. No necesitas grabar en tu memoria todas las luchas sangrientas que el rey ha desatado
durante su mandato. Piensa en Tesalia solamente. Mi padre dice que cuando Perdicas murió, no había
casa o tribu en toda Macedonia que no tuviera al menos una. Tú conoces a Leonatos; pues yo debería
estar en su contra, ya que su bisabuelo mató al mío. Ya te he hablado de eso antes. Sin embargo, para
probar que todo se ha olvidado y que las cosas marchan bien, el rey invita frecuentemente a nuestros
padres a sentarse a la misma mesa. El pasado ya no les importa.
-Pero ésas son viejas rencillas familiares, no debería meterse en eso.
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-Esa es la manera que tiene el rey de arreglar las disputas; Pausanias debe saberlo, y eso
mantiene en él viva la ofensa.
Cuando entraron en la fortaleza, sin duda Pausanias tendría que cumplir con su deber. Su
trabajo era cuidar la puerta del rey mientras éste festejaba, y no podría permitirse el lujo de sentarse
entre los invitados; a él no le servirían su comida hasta más tarde.
El séquito del rey fue recibido hospitalariamente a él, a su hijo y a los jefes del alto mando se
les condujo a las habitaciones interiores. La fortaleza era un tanto rústica y un poco más moderna que
el castillo de Egas, que era tan viejo como la misma Macedonia; los atálidas, sus constructores, eran un
clan muy antiguo. En el interior de la fortaleza, los muros de las recámaras estaban cubiertos con finas
cortinas persas y en el suelo había sillas incrustadas. Como suprema gentileza para honrar a tan
distinguidos huéspedes, se permitió que entraran las mujeres para que las conocieran los invitados,
así como para ofrecerles dulces.
Alejandro, cuyos ojos miraban a uno de los arqueros persas bordados en los tapetes, oyó decir a
su padre:
-No sabía que tuvieras otra hija, Atalos.
-Hasta hace muy poco yo tampoco lo sabía, mi señor. Los dioses nos la dieron a cambio de
haberse llevado la vida de mi hermano. Se llama Eurídice.
-Pobrecilla -comentó Filipo-. Haber cuidado una niña tan encantadora y morir antes de verla
unida en matrimonio.
-Todavía no pensamos en eso -dijo Atalos suavemente-. Estamos demasiado contentos como
para dejar que se vaya.
Al escuchar los primeros sonidos de la voz de su madre, Alejandro dio la vuelta atentamente,
como si fuera un perro casero que escucha pisadas furtivas en alguna parte de la casa. La joven estaba
parada frente a Filipo con una pulida palangana de plata en la mano derecha; el rey le había cogido la
mano izquierda, como lo hubiera hecho cualquier pariente, y ahora se la soltaba (quizá porque vio que
el rubor se apoderaba de su cara). La jovencita tenía el aire familiar de Atalos, pero en ella los defectos
se volvían gracias: en lugar de las mejillas demacradas de Atalos, la muchacha tenía graciosos
hoyuelos en las suyas; en vez del pelo pajizo, su cabellera era dorada; él era flaco, ella esbelta. Filipo
le dijo algunas palabras de consuelo por la muerte de su padre, ella hizo una reverencia, y cuando vio
que los ojos del rey la miraban directamente, apenada, cerré los suyos; luego llevó su tazón lleno de
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dulces con Alejandro. La dulce sonrisa del rostro de Eurídice pareció cristalizarse entre sus labios; lo
había contemplado antes de que él estuviera listo.
Al día siguiente, la marcha de las tropas se retrasó hasta el mediodía, pues Atalos les reveló que
se iba a celebrar la fiesta de las ninfas del río, en la cual cantarían las mujeres. Los invitados llegaron
con sus coronas de guirnaldas; la voz de la muchacha era ligera, infantil, pero sonaba sincera. Luego
les dieron a probar el agua del arroyo de las ninfas, y alabaron la dulzura de su sabor.
Cuando emprendieron la marcha, el calor ya era bastante intenso. Unos cuantos kilómetros más
adelante, Pausanias abandonó la columna para ir a beber un poco de agua, pero cuando otro oficial le
vio dirigirse al río, le gritó que esperara un par de kilómetros, pues allí encontraría agua de mejor
calidad (el arroyo al que se dirigía estaba revuelto y sucio por el constante paso del ganado). Sin
embargo, Pausanias se hizo el desentendido, formó un recipiente con ambas manos y bebió
ávidamente. Durante todo el tiempo que estuvo en casa de Atalos, no probó ni comida ni agua.
Alejandro estaba con Olimpia bajo la pintura de Zeuxis que representaba el saque de Troya;
sobre ella, la reina Hécuba desgarraba sus vestiduras, y detrás de su cabeza había una aureola pintada
con lo que sería la sangre de Príamo y Astianax. La luz del invierno caía sobre las llamas pintadas
sobre el muro y dibujaba huecos de claroscuros en los rostros que casi cobraban vida.
Los ojos de Olimpia estaban rodeados de profundas ojeras, y su cara arrugada parecía la de una
mujer diez años mayor que ella. La boca de Alejandro estaba seca y tiesa también él se había
desvelado, pero mostraba mucho menos los estragos del sueño que su Madre.
-¿Por qué me vuelves a llamar? Todo ha sido dicho ya, tú lo sabes que fue verdad ayer sigue
siendo verdadero hoy. Tengo que irme.
-¡Conveniencias! ¡Conveniencias! Él te ha convertido en un griego. Si nos mata por provocarlo,
bueno, que nos mate. Muramos por nuestro orgullo.
-Veamos, madre, bien sabes que él no nos hará daño. Debemos estar donde nuestros enemigos
lo requieran, eso es todo. Si yo asisto a esa boda, si la apruebo, todo el mundo se dará cuenta de que
gozo de la confianza de todos los demás, tracios, mujeres ilirias y otros seres insignificantes; mi padre
lo sabe. ¿No te das cuenta de que por eso me pidió que asistiera? Lo hizo para salvarnos de la
vergüenza.
-¿Qué? ¿Cuando brindes por mi desgracia estarás salvando mi honor?
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-¿Me crees capaz de eso? Acepta de una vez por todas lo que voy a decirte porque es la verdad:
él jamás renunciará a esa muchacha. Muy bien, ella es macedonia y su familia tan antigua como la
nuestra, y por supuesto que insistirán en el matrimonio. Desde el primer momento, su parentela la puso
en el camino de mi padre. Atalos ha ganado esta batalla, pero si le seguimos su juego, finalmente nos
ganará la guerra.
-Todo el mundo piensa que estás tomando el partido de tu padre en contra solamente para
ganarte su favor.
-Me conocen bastante bien para decir eso -ese pensamiento, sin embargo, le había atormentado
durante buena parte de la noche.
-Festejando con su familia de rameras.
-Tan sólo es una virgen de quince años; más bien parece una pequeña aprisión dentro de una
trampa para lobos y, sin embargo, cumplirá con su trabajo, pues es de ellos. En uno o dos años Filipo
verá un nuevo heredero. Atalos es quien aprovechará la situación, recuerda lo que te digo.
-¡Por fin llegamos a esto!
Aunque Olimpia hablaba con amargo reproche, Alejandro lo tomó como un sí de aprobación.
pues ya había tenido suficiente.
Cuando llegó a su cuarto, Hefestión ya estaba esperándolo. Allí también se dijeron muchas
cosas; luego se sentaron juntos en la cama y pasaron un rato sin decir palabra. Al fin, Hefestión rompió
el silencio.
-Pronto conocerás a tus amigos.
-Los conozco ahora.
-Los amigos del rey deben asesorarle, ¿no puede hacerlo Parmenión?
-Filotas me dijo que trató de hacerlo... Sé lo que Parmenión piensa; lo que no puedo decirle a
mi padre es que lo comprendo perfectamente.
-¿Sí? -pregunté Hefestión después de una larga pausa.
-Desde los dieciséis años mi padre ha estado enamorado de una mujer a la que nunca ha podido
poseer: cuando le enviaba flores, ellas las arrojaba al estercolero; cuando la cortejaba, ella le vaciaba el
orinal en la cabeza, y cuando él le pidió su mano, ella se burlé de él con sus rivales. A la larga no
aguanté más y la golpeó, pero no pudo resistir verla postrada a sus pies, así que le pidió que se
levantara. A pesar de haberle dominado, no tenía ánimos para buscarla y me envió a mí en su lugar.
Bueno, pues entonces fui a llevarle sus disculpas y, cuando todo terminó, ella acabó siendo una vieja
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prostituta maquillada. La verdad es que a mí me dio una gran lástima; nunca pensé que llegara ese día,
pero de verdad sentí lástima por él, se merecía algo mejor. Entonces deseé que esa mujer fuera una
bailarina, una flautista o, en todo caso, un muchacho, así no tendríamos ningún problema. Pero como
ella es lo que él quiere...
-¿Y ésa es la razón por la que asistirás?
-Bueno, podría encontrar otras mejores, pero sí, por eso asistiré.
La boda se celebró en la casa que Atalos tenía en la ciudad, no muy lejos de Pella.
El lugar acababa de ser totalmente decorado de nuevo: las columnas tenían guirnaldas de oro
entrelazadas, y desde Samos habían mandado traer finas estatuas de bronce incrustado. No se había
olvidado nada que pudiera demostrar que esta boda del rey era muy diferente a las demás, excepto a la
primera. Cuando Alejandro y sus amigos entraron en la casa y miraron a su alrededor, sus ojos se
iluminaron por un pensamiento común: ésa era la mansión del suegro del rey, no del tío de una
concubina.
En medio del esplendor de sus arras y de los regalos del novio, la novia estaba sentada en el
trono; Macedonia conservaba costumbres, más antiguas que las ciudades del sur. Copas de oro y plata,
rollos enteros de finos tejidos, alhajas y collares extendidos en una colcha de lino y mesas incrustadas
sobre las cuales había cofrecitos de especias y pequeños frascos con aromáticas esencias: todos esos
regalos, entre otros, formaban las ofrendas del novio. Vestida con una elegante túnica color azafrán y
con una corona de rosas en la cabeza, la novia estaba sentada mirando sus manos entrelazadas. Los
invitados le hacían las bendiciones rituales y, junto a ella, su tío daba las gracias en su nombre.
Cuando llegó el momento adecuado, las mujeres la condujeron a la casa que habían preparado
para ella; la procesión clásica tras el carruaje de bodas no se efectué por considerarla inapropiada. Al
ver a los parientes, Alejandro tuvo la sensación de que ellos sí deseaban fervientemente que se hiciera
ese paseo. Luego pensé que su rabia ya había pasado, pero ésta renació cuando se dio cuenta de que
toda la parentela le miraba.
Después se sirvió la carne del animal que se había sacrificado para la ceremonia del
matrimonio, que estaba deliciosamente aderezada, y luego se sirvieron los postres.
Aunque el tiro de la chimenea era bastante amplio, el humo se abatía sobre el salón.
En eso, Alejandro se dio cuenta de que la gente empezaba a dejarle casi solo entre sus amigos,
y se alegró de que Hefestión estuviera junto a él, pues sin duda se trataba de un gesto de descortesía ya
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que algún pariente de la novia debió haberse quedado con ellos (incluso los atálidas más jóvenes
estaban agrupados en torno a la persona del rey). Entonces, le dijo a Hefestión:
-Apresúrate, Dionisio, te necesitamos con urgencia.
Sin embargo, cuando sirvieron el vino bebió sólo ligeramente; en esto era tan moderado como
en la comida. Macedonia era una tierra de buenos manantiales de agua pura y deliciosa; allí los
hombres no se sentaban a la mesa sedientos, como en las calientes tierras de Asia, en donde los
arroyos eran escasos y el agua no muy buena.
Como ninguno de los anfitriones les prestaba atención, él y Hefestión se permitieron hacerse la
clase de bromas que normalmente reservaban para el camino de regreso a casa. Cuando los jóvenes de
su séquito, molestos por el hecho de sentirse soslayados, vieron las sonrisas de sus jefes, siguieron su
ejemplo, pero con mucha menos discreción, y también empezaron a bromear mutuamente. El ambiente
del salón se hizo pesado al evidenciarse que se formaba una facción.
Alejandro notó la pesadez del ambiente, al mismo tiempo que su desasosiego crecía, y lo
comenté a Hefestión: “Nos hemos divertido más entre nosotros”; luego se volvió hacia sus
compañeros. Podrían escabullirse de la fiesta hasta que el rey se retirara. Cuando dio la vuelta para ver
a su padre, notó que ya estaba borracho: su cara se veía enrojecida y sus ojos vidriosos y brillantes,
mientras cantaba viejas canciones del ejército can Atalos y Parmenión; tenía toda la barba salpicada de
grasa del asado.
Luego respondió a las tradicionales bromas acerca de la desfloración y la virilidad, y se dejó
caer ritualmente sobre la novia, como caen las primeras uvas y los granos.
Había conquistado a su mujer, estaba solamente entre amigos, todo allí era camaradería, y el
vino hacía que la alegría desbordara el corazón de Filipo. Alejandro, escrupulosamente limpio, con el
estómago casi vacío y casi sobrio -aunque no tanto como para atreverse a llenar la barriga-,
contemplaba la escena en silencio, en un silencio que empezó a dejarse sentir entre quienes lo
rodeaban.
Hefestión, tratando de controlar su propia furia, conversaba con cuanto vecino podía para
distraerlos. Ningún hombre decente -pensó- impondría esta ordalía a ninguno de sus esclavos. No sólo
estaba enojado por la situación, sino que también lo estaba consigo mismo. ¿Por qué no previó que
sucedería algo semejante? ¿Por qué no dijo nada para evitar que Alejandro asistiera? Sólo pudo
conservar la calma por el afecto que personalmente sentía por Filipo, porque el matrimonio le había
parecido políticamente conveniente y porque -así se presentaba la realidad- serviría para mortificar a
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Olimpia. Alejandro había accedido a ese tormento en uno de los arranques de imprudente
magnanimidad por los cuales Hefestión le amaba. Él debió haberle protegido, o algún amigo debió
haber intervenido, pero todos le habían traicionado.
Entre el ruido creciente, Alejandro musitaba algo: .... “ella es una del clan, pero no tuvo
oportunidad de elegir, apenas acaba de dejar el pecho...”
Hefestión miró a su alrededor con sobresalto. Con todas las ideas que tenía dentro de su cabeza,
lo único que no se le había ocurrido era que Alejandro se pusiera furioso a causa de la muchacha.
-Veamos, bien sabes que casi todas las bodas son así; ésa es la costumbre.
-Ella estaba asustada la primera vez que se encontraron; a pesar de que refrenó la expresión de
su rostro, pude darme cuenta.
-Bueno, pero él no será rudo con ella, eso no le gusta. Está acostumbrado a tratar gentilmente a
las mujeres.
-Imagínatelo -murmuró Alejandro dentro de su copa.
Bebió todo el vino de un trago y extendió la copa para que volvieran a servirle. El escanciador
acercó rápidamente el ritón, enfriado con nieve, y le sirvió; poco después, atento a sus deberes, regresó
a servirle otra vez.
-Apartemos ésta para el brindis -dijo Hefestión atentamente.
Parmenión se levantó en nombre del rey para elogiar las virtudes de la novia, tal como
correspondía al pariente más cercano del novio. Alejandro sonrió irónicamente y, cuando sus amigos
lo notaron, le devolvieron el gesto abiertamente. Parmenión había hablado en muchas bodas, entre las
cuales se contaban algunas de las del rey, y su discurso fue correcto, sencillo, cuidadoso y breve. Al
terminar, Atalos se levantó de su sofá, sosteniendo entre las manos una enorme copa de oro labrada,
para pronunciar su discurso de entrega. Era evidente que estaba tan borracho como Filipo y no lo hizo
muy bien. Sus elogios eran verborraicos y redundantes, torpes, frustrantes e hipócritas, y sus puntos
culminantes eran sensibleros y poco oportunos. Conforme avanzaba en su discurso, el orador se volvía
más y más descuidado. Al final, los estáticos aplausos de los invitados fueron más bien un tributo a la
persona del rey que a las torpes palabras del orador. En su discurso, Parmenión deseó la felicidad al
hombre y a la mujer; Atalos, en el suyo, también deseó felicidad, pero abiertamente, a las personas del
rey y de la reina.
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Sus partidarios, en cambio, silo festejaron, y golpeaban el culo de sus copas contra la mesa. Los
amigos de Alejandro hablaban en voz baja para evitar que los escucharan. Los imparciales, pillados
por sorpresa, consternados, se pusieron en evidencia por el silencio que guardaron todo el tiempo.
Filipo, que no estaba tan borracho como para no darse cuenta de la situación, fijó su encendida
mirada en Atalos, luchando contra su embriagante lentitud y pensando en la forma de detenerlo. Así
era Macedonia; el rey había logrado apaciguar el escándalo de sobremesa, pero nunca antes había
tenido que tratar con ningún suegro, se hubiera éste designado a si mismo o no. Los demás eran
conscientes de su situación y, simplemente, se lo agradecían. Su ojo se deslizó hasta su hijo.
-No te fijes -le dijo Hefestión en secreto-. Todos saben que el hombre está borracho y mañana
ya lo habrán olvidado todo.
Casi al empezar el discurso, Filipo hizo un hueco en su sofá para permanecer al lado de su hijo,
quien, con los ojos fijos en Atalos, estaba tenso como una catapulta a apunto de disparar. El rey volvió
la mirada hacia Alejandro y vio que bajo su ruborizada frente y sus cabellos dorados, alisados para la
fiesta, sus dilatados ojos grises pasaban del rostro de Atalos al suyo. En su mirada ya no vio la ira de
Olimpia, sino el resplandor de algo que hervía y que él trataba de reprimir. Para Filipo, nada parecía
tener sentido: él estaba borracho, su hijo estaba borracho y los demás también lo estaban, ¿y por qué
no estarlo? ¿Por qué su hijo no podía tomar las cosas con tranquilidad como lo hacían todos los demás
invitados? Era necesario dejarlo que digiriera las cosas y se comportara.
Atalos hablaba ya de las virtudes de la vieja sangre natural de Macedonia. Había memorizado
bien esta parte de su discurso, pero continuó improvisando, sonriendo a Dionisio, pues pensó que a
partir de allí podía hacerlo mejor. En la persona de esa hermosa doncella, la querida tierra tomaba al
rey en su seno con la bendición de los dioses ancestrales.
-¡Orémosles! -gritó, en un súbito arranque de inspiración-. Por un legitimo y verdadero
heredero.
En ese momento estalló una verdadera erupción de confusos ruidos, aplausos, protestas,
consternación, esfuerzos torpes por sofocar el peligro con fingidos brotes de alegría; las voces
cambiaban y se interrumpían repentinamente. En lugar de beber vino de su copa después de haber
hecho el brindis, Atalos llevó su mano a la cabeza, había sangre entre sus dedos y algo brillante, una
copa de plata, retintineaba por el suelo. Desde su sofá, Alejandro se apoyó en una mano y se agachó a
recogerla; luego sin levantarse, se la arrojó al orador. Entonces, el escándalo llenó todo el salón. La
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voz del joven príncipe, que se había impuesto sobre el alboroto de Queronea, se levantó por encima del
escándalo y dijo:
-¡Óyeme, grandísimo sinvergüenza! ¿Acaso crees que puedes llamarme bastardo?
Sus amigos, los jóvenes, respondieron con un fuerte aplauso, llenos también de indignación. Al
advertir lo que le había molestado, Atalos emitió un sonido ahogado y le lanzó su pesada copa, pero
Alejandro midió su trayectoria y ni siquiera tuvo que moverse para esquivarla, pues cayó a medio
camino. Parientes y amigos gritaron sobresaltados; la reunión empezaba a parecerse más a un campo
de batalla que a la celebración de una boda. Filipo, que ya sabia en contra de quien descargar su rabia,
gritó furioso:
-¿Cómo te atreves? ¡O te comportas, o te largas a casa!
Alejandro apenas tuvo necesidad de levantar la voz; como su copa, sus palabras también daban
en el blanco.
-Tú, asqueroso cabrón, ¿acaso has sabido alguna vez lo que es vergüenza? Todas las Hélades
pueden percibir su peste; ¿qué harás en Asia? No te extrañes de que los atenienses se estén riendo de
ti.
Al principio, la única respuesta fue el rumor de un resoplido como el de un caballo de carga; el
enrojecido rostro de Filipo adquiría un color púrpura profundo. Su mano trató de asirse torpemente al
sofá; se levantó, tirando la mesa de base cónica -se oyó el ruido de copas y platos que rodaron por el
suelo-, y agarró la empuñadura de su espada, que era la única arma que llevaba encima de su traje
ceremonial de novio.
-¡Hijo de puta!
-Alejandro, Alejandro -le llamaba Hefestión desesperadamente-. Vámonos rápido, vamos.
Como si su amigo no existiera, Alejandro se deslizó hábilmente por el lado opuesto del sofá,
agarró un gran palo con ambas manos y, con un fría sonrisa de rabia en los labios, esperó a que se le
acercara.
Entre el desorden del suelo, jadeante, cojeando y con la espada desenvainada, Filipo avanzaba
dando tumbos hacia su enemigo. De repente, su pie resbaló con la cáscara de alguna fruta, trató de
apoyarse con su pierna lisiada, pero no lo logró y cayó estrepitosamente de cabeza sobre los postres y
los residuos de la cena. Hefestión dio un paso hacia delante; por un momento su instinto le indicó que
debía ayudarlo a levantarse.
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Alejandro rodeó el sillón que lo separaba de su padre, se llevó ambas manos a la cintura,
inclinó la cabeza, miró la jadeante y enrojecida cara del hombre que yacía tendido blasfemando y
tratando de alcanzar su espada, y dijo:
-Miradle; ved cómo el hombre que está listo para cruzar Europa y conquistar Asia cae tendido
y derrotado entre un sillón y otro.
Al apoyarse con las palmas de las manos para levantarse sobre la rodilla de su pierna sana, el
rey se cortó la mano con un fragmento de plata de alguna copa rota. Atalos y su parentela, chocando
unos con otros, se abalanzaron para ayudarlo. Durante la riña, Alejandro hizo señas a sus compañeros
para que le siguieran, así que todos
salieron tras él, silenciosa y rápidamente, como si fueran a realizar alguna incursión guerrera nocturna.
Desde su puesto de observación de la puerta, que no abandonó en ningún momento, Pausanias
siguió a Alejandro con la mirada y la misma actitud con que un viajero sediento vería alejarse al
hombre que le diera un refrescante trago de agua fría; sin embargo, nadie se dio cuenta. Alejandro,
dedicado a reunir a sus partidarios, jamás le había dedicado uno solo de sus pensamientos. Desde el
principio, nunca fue un hombre con quien se pudiera hablar fácilmente.
Bucéfalo relinchó en su corral al oír el grito de guerra de su amo. Los jóvenes se deshicieron de
sus coronas de guirnaldas y las arrojaron al estercolero, que estaba cubierto de escarcha, subieron a sus
caballos sin esperar al servicio y cabalgaron sobre el camino trillado y sus charcos congelados en
dirección a Pella. En el patio del palacio, bajo la luz de los fuegos nocturnos, Alejandro miró a sus
acompañantes, tratando de leerles el rostro.
-Voy a llevar a mi madre a casa de su hermano, que vive en Epiro. ¿Quién quiere
acompañarme?
-Yo iré personalmente -dijo Tolomeo-. Y aquellos mandarán a sus legítimos herederos.
Harpalos, Nearco y los demás se reunieron; todos querían acompañarlo por amor, lealtad, por
su inconmovible fe en la suerte de Alejandro, por temor a que el rey o Atalos se hubieran fijado en
ellos para vengarse, o porque sentían vergüenza de que sus compañeros los vieran echarse para atrás.
-No, tú no, Filotas; es preciso que te quedes.
-Te acompañaré -le respondió rápidamente, mirando a su alrededor-. Mi padre me perdonará,
pero, ¿y qué ocurriría si no lo hiciera?
-No, el tuyo es un padre mejor que el mío y no debes ofenderlo por mi causa. Vosotros, prestad
atención -su voz adquirió el tono enérgico de una orden-. Debemos escapar ahora, antes de que metan
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en la cárcel y envenenen a mi madre. Debemos viajar rápidamente, así que coged caballos de repuesto,
todas las armas y cuanto dinero podáis conseguir; traed también comida para un día y a cualquier
sirviente que pueda sostener un arma; yo los equiparé. Cuando suene el cuerno anunciando el próximo
cambio de guardia, nos veremos aquí.
Todos se dispersaron excepto Hefestión, que se quedó mirándole como si fuera el timonel de
un barco en alta mar.
-Se arrepentirá -comentó Alejandro-. Él confía en Alejandro de Epiro, pues fue él quien lo
sentó en el trono, y esa alianza le ha evitado una buena cantidad de problemas. Por ahora puede estar
tranquilo, pero dejará de estarlo cuando mi madre recupere sus derechos.
-¿Y nosotros? -preguntó Hefestión vagamente-. ¿Adónde iremos?
-A Iliria; allí puedo hacer más cosas, pues comprendo bien a los ilirios. ¿Recuerdas a Cosos?
Mi padre no es nada para él; ya se rebeló en una ocasión y lo haría de buen grado otra vez. Es a mí a
quien conoce.
-¿Quieres decir que...? -dijo Hefestión, deseando que no hubiera necesidad de terminar la
pregunta.
-Son buenos guerreros, y podrían hacerlo aún mejor si tuvieran un general.
“Lo hecho, hecho está -pensó Hefestión-. Pero, ¿qué hacer para salvarlo?”
-De acuerdo -dijo-, si tú crees que pueden hacerlo mejor.
-Los demás no necesitan llegar más allá de Epiro, a menos que así lo decidan. No conviene
dejar para mañana lo que pueda hacerse hoy. Ya veremos cómo empieza su guerra contra Asia el
supremo comandante de las tropas griegas, con Epiro vacilante y los ilirios armándose para
combatirlo.
-Recogeré tus cosas; ya sé qué tenemos que llevar.
-Es una verdadera fortuna que mi madre pueda montar; no tenemos tiempo de llevar literas.
Cuando fue a por su madre, la encontró sentada en su sillón, mirando fijamente la llama de la
lámpara de noche. Al verle entrar, ella le lanzó una mirada de reproche pues lo único que sabía es que
venía de la casa de Atalos. La estancia estaba llena de un olor a hierbas machacadas y sangre quemada.
-Tenían razón -le dijo-. Mucho más que razón. Coge todas tus joyas, he venido para llevarte a
casa.
Alejandro encontró su bolsa de campaña en su habitación; como le prometió Hefestión, llevaba
todo lo necesario. Encima de todas sus cosas de viaje estaba incluso el estuche de su Iliada.
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El gran camino hacia el Oeste discurría por la ciudad de Egas. Para evitar pasar por allí,
Alejandro condujo a sus hombres a través de los pasos que había conocido cuando entrenaba a sus
hombres para la guerra en las montañas. Los robles y castaños que crecían a los pies de los montes
estaban negros y sus troncos perlados; arriba,
los senderos de las orillas de los desfiladeros estaban húmedos y resbaladizos, llenos de hojas caídas.
Los habitantes de aquellas inhóspitas regiones casi nunca veían pasar extraños y, cuando los
avistaron, creyeron que se trataba de peregrinos que iban a consultar el oráculo de Dodona. Ninguno
de los hombres que le conocieron cuando fue a entrenar a sus soldados podría reconocerle, pues iba sin
afeitar, envuelto en una capa de piel de borrego y con un viejo sombrero de viajero. Al llegar a los
sauces y ciénagas del lago Castoria, cambiaron sus ropas, pues sabían que podrían ser reconocidos,
pero su historia era la misma y no iban a ponerla en duda. El hecho de que la reina tuviera desacuerdos
graves con el rey era una vieja historia, y si quería pedir ayuda a Zeus y a la madre Dione, era un
problema de ella. Allí se extendió un rumor entre los amigos de Alejandro: no importaría que los
persiguieran, que se perdieran y desperdigaran como perros despreciados, o que Filipo dejara que el
tiempo corriese a su favor, como solía hacerlo: de sus bocas no saldría una sola palabra.
Olimpia no había emprendido ese camino desde su niñez, pues pasó casi toda su juventud en
Epiro, donde todos los viajes se hacían por tierra para evitar que los piratas de la costa vecina atacaran.
El primer día de viaje, la reina palideció de cansancio y se estremeció con el frío del atardecer, y
tuvieron que acampar en un corral vacío -a los rebaños los habían llevado a pastar a tierras bajas-, pues
no se atrevieron a confiar en una aldea tan cercana a casa. Sin embargo, al día siguiente Olimpia
recuperó los ánimos y cabalgó con su escolta, con las mejillas protegidas, como si fuera un hombre;
mientras no llegaran a alguna aldea podía cabalgar a horcajadas.
Hefestión cabalgaba detrás de sus compañeros observando atentamente el panorama: figuras
encorvadas bajo la capa, que de ven en cuando juntaban sus cabezas, consultando, planeando,
cuchicheando; cruzaban por tierras controladas por el enemigo. Sin querer lastimarle, y apenas
consciente de ello, Tolomeo le ayudaba, dando buenas muestras del espíritu de sacrificio que le
caracterizaba. Había dejado a su amada Tais en Pella, después de sólo unos cuantos meses de
felicidad; en cambio, Hefestión había hecho la única cosa que estaba a su alcance: como Bucéfalo,
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seguir a Alejandro; siempre se le veía como si fuera una de sus extremidades y, en realidad, nadie lo
notaba. Tolomeo pensó que así cabalgarían para siempre.
La caravana tomó por el camino hacia el sureste, hacia la gran vertiente de cordilleras que
separa Epiro de Macedonia, atravesando ríos crecidos en busca del camino más corto entre las
cumbres de la cordillera de Pindo. Antes de llegar al reborde de tierra roja que marcaba los limites de
Macedonia, comenzó a nevar. Como los caminos empezaban a ponerse peligrosos y los caballos
estaban cansados, Alejandro y sus amigos comenzaron a discutir si era mejor regresar a Castoria que
pasar la noche a campo abierto. En eso estaban, cuando un jinete se acercó hacia ellos abriéndose paso
entre las hayas, y les pidió que honraran con su presencia la casa de su amo ausente, quien, a pesar de
que estaba ocupado con sus asuntos, había mandado decirle a su gente que los recibieran.
-Entonces estamos en territorio oréstide -comentó Alejandro-. ¿Quién es tu amo?
-No seas tonto, cariño -le dijo Olimpia al oído, y se volvió hacia el mensajero-. Gustosamente
seremos los huéspedes de Pausanias; sabemos que es nuestro amigo.
En el macizo y viejo fuerte, que se extendía hasta los bosques que había detrás de la casa
principal, ya les habían preparado baños calientes, buena comida, vino y camas secas. Al parecer,
Pausanias tenía una mujer que atendía todos los deberes de esa casa, aunque los demás oficiales de la
corte habían llevado a sus mujeres a la ciudad de Pella. La señora era una fornida joven montañesa,
que, aunque un tanto simple, se preocupó por medio aprender. Su marido, en algún lugar distante,
había sido injuriado de una forma que nunca le quedó del todo clara; pero pronto le llegaría su hora,
ellos eran amigos que los ayudarían a hacer frente a sus enemigos y debía darles la bienvenida. Sin
embargo, ¿contra quién se volvería la amistad de Olimpia? ¿Por qué estaba allí el joven príncipe, si era
un oficial de la guardia real?
La mujer los llenó de comodidades, pero cuando llegó la hora de dormir y estaba en la gran
habitación que Pausanias visitaba durante dos o tres semanas al año, oyó el canto de un búho, el
aullido de un lobo y las sombras se acumularon en torno a la luz de su antorcha. En el norte, su padre
moría a manos de Bardiya y, en el oeste, Perdicas asesinaba a su abuelo. Al día siguiente, cuando
partieron los invitados, bajó a las celdas excavadas en la roca a contar las existencias de flechas y
pertrechos, tal como le había indicado su señor.
Alejandro y sus compañeros llegaron hasta un bosque de castaños -allí hasta el pan era de
harina de castañas-, y luego subieron más por entre los abetos hasta llegar a la parte más alta del
desfiladero. El brillo de los rayos solares sobre la nieve relumbraba y llenaba todo el panorama; habían
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llegado a la frontera natural construida por los dioses de la tierra. Olimpia miraba hacia el este; sus
labios se movían pronunciando antiguas oraciones que había aprendido de una bruj a egipcia; las
musitaba a una piedra de curiosa forma que llevaba consigo y, al terminar, la lanzó hacia atrás por
encima del hombro.
En Epiro, las nieves comenzaban a derretirse, así que tuvieron que esperar tres días en una
aldea campesina antes de poder cruzar el caudaloso río; mientras, sus caballos permanecieron dentro
de una cueva. Finalmente, llegaron a tierras de Molosia.
La ondulada meseta de Molosia era famosa por sus crudos inviernos, pero las abundantes aguas
de los deshielos hacían que en esas tierras abundaran los pastos. Por aquí y por allá pastaba ganado de
enormes cuernos, las ovejas elegidas llevaban forros de piel sobre el cuerpo para proteger su fina lana
de las espinas, y los perros que las cuidaban eran tan grandes como ellas. Los enormes robles de la
región eran sumamente apreciados por los carpinteros y constructores de barcos; en fin, la gran riqueza
de la tierra estaba al descubierto, erosionándose para recibir los próximos siglos. Sus aldeas estaban
muy bien construidas y llenas de niños bastante saludables.
Al llegar, Olimpia ya se había arreglado el cabello y se había puesto una cadena de oro.
-De esta tierra son los parientes de Aquiles. Neoptolemo y Andrómaco vivieron aquí al regresar
de Troya. A través de mi, su sangre ha pasado a tus venas. Nuestra familia fue la primera de todas las
familias helénicas, y todas ellas tomaron sus nombres de la nuestra.
Alejandro asintió sin decir palabra; durante toda su vida había escuchado esta misma historia.
Esas tierras eran verdaderamente ricas y no había habido un gran rey que las controlara todas, salvo
últimamente, pero el rey, en la medida en que era hermano de Olimpia, todo se lo debía a Filipo.
Mientras cabalgaba, pensamientos semejantes le acosaban.
Mientras su correo salía para anunciar su llegada, los jóvenes se afeitaron y peinaron en un
pequeño estanque rocoso. A pesar de que sus aguas alcanzaban el punto de congelación, Alejandro
aprovechó la pausa para bañarse. Sacaron sus mejores ropas y se cambiaron. Pronto vieron acercarse
una columna de jinetes, cuyas figuras oscuras destacaban de entre la nieve. El rey Alejandro, que así se
llamaba, les recibía como se recibe a los parientes.
Alexandro era un hombre alto y de tez rojiza que apenas superaba los treinta años; aunque una
espesa barba ocultaba la boca familiar, podía vérsele claramente la nariz característica de su familia, y
sus ojos eran profundos, inquietos y alertas. Al ver a su hermana, la besó en señal de bienvenida y le
dirigió algunas palabras agradables. Desde hacia tiempo se había preparado para ese momento y
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ambos lo tomaron lo mejor que pudieron. Alexandro debía su reino al matrimonio de su hermana, pero
desde el día de la boda no pudo pensar en las muchas cosas que Olimpia había dejado sin hacer para
debilitarlo. La lectura de la violenta carta de su hermana no le permitía saber si Filipo ya se había
divorciado de ella, pero, en todo caso, debía protegerla y defender su inocencia agraviada, a fin de
mantener el lodo lejos del honor de su familia. Su sola persona ya era un problema bastante
considerable, así que aún conservaba algunas esperanzas de que no llevara con ella a ese agitador hijo
suyo, que era conocido por haber logrado su primera víctima a la edad de doce años, y desde entonces
no se estaba tranquilo.
Con un recelo rápidamente disimulado por gestos de cortesía, el rey se quedó mirando a la
tropa de jóvenes de rasgos marcadamente macedonios y barbudos como si fueran griegos del sur.
Parecían fuertes, observadores, como si estuvieran íntimamente unidos. ¿Qué problemas estarían
pensando ocasionar allí? El reino estaba bien establecido: los señores tribales aceptaban su hegemonía,
lo seguían cuando tenía que ir a la guerra y pagaban puntualmente sus impuestos. Los ilirios no se
atrevían a cruzar las fronteras, y hasta este mismo año no había logrado aniquilar dos refugios de
piratas, todo lo cual le agradecían los campesinos locales componiendo himnos en su honor.
¿Quién lo seguiría en su guerra contra la poderosa Macedonia? ¿Quién lo bendeciría después?
Nadie; si él se ponía en marcha, Filipo iría derecho hacia Dodona y nombraría un nuevo rey. Además,
a Alexandro le agradaba la persona de Filipo. Mientras cabalgaba junto a su hermana y su sobrino,
sintiendo en el rostro el asfixiante aire, esperaba que su mujer estuviera en casa lista para recibir a los
invitados; su esposa estaba preñada y la había dejado llorando.
El rey conducía la caravana hacia Dodona por un estrecho y retorcido camino del desfiladero.
Alejandro, que cabalgaba muy cerca de Olimpia, le confesó secretamente:
-No le digas nada de lo que pretendo hacer. No me importa que le cuentes de ti lo que quieras,
pero de mí no le digas nada.
-¿Qué te ha hecho para que dudes de él? -le preguntó sorprendida y enojada.
-Nada, pero necesito tiempo para pensar.
Dodona estaba asentada en un enorme valle y bajo una larga cordillera nevada.
Un frío helado los taladraba, y el viento los mojaba con un ligero pero constante rocío.
La ciudad amurallada se levantaba frente a la ladera de una montaña. Abajo, el recinto sagrado
y los dioses tan sólo estaban protegidos por una reja; en su centro, rodeado por altares y templos tan
pequeños como si fueran juguetes, había un gran roble cuyas desnudas y negruzcas raíces se
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levantaban sobre la nieve. El sonido del viento retumbaba, bajaba y subía conforme iban y venían las
ráfagas de viento.
Las puertas de la ciudad estaban abiertas. Cuando la escolta se formó para cruzar la puerta,
Alejandro dijo:
-Tío, antes de partir debo visitar el oráculo. ¿Me avisarás cuando llegue el próximo día
propicio?
-Por supuesto que sí. ¡Dios y buena suerte! -le respondió, añadiendo el doble pronóstico; quizá
el día adecuado no llegara tan pronto.
Alexandro apenas era más que un niño cuando Olimpia se casó con Filipo y, a pesar de ser más
grande que él, ella siempre le tuvo miedo. Ahora debía comprender que su hermano era el amo de su
propia casa. Aquel tiempo de guerra, que dejaba sus huellas en los ojos enloquecidos y cavilosos de la
juventud y sus tropas bien cuidadas de fugitivos, no ayudaría mucho. Había que dejarle seguir su
propio camino hacia el Hades y dejar en paz a los hombres sensibles.
Los ciudadanos recibieron a su rey con espontánea lealtad; los había conducido bien en sus
luchas contra los muchos enemigos que les acechaban y era mucho menos ambicioso que los jefes
anteriores. Así, cuando entraron ya se había reunido una multitud que los aclamaba y, por primera vez
desde que dejaron Pella, Bucéfalo oyó los familiares gritos de júbilo que vitoreaban a su jinete. A los
gritos de “¡Alejandro!”, el animal levantaba orgullosamente la cabeza y empezaba a caminar como si
estuviera en un desfile militar. Por su parte, Alejandro lo montaba erguido, mirando hacia delante -
cuando Hefestión lo miró de soslayo, le vio tan pálido que pensó que había perdido más de la mitad de
la sangre de su cuerpo-, y tratando de conservar la expresión de su rostro. Luego, dio las gracias a su
pariente serenamente, pero cuando llegaron a la casa real estaba tan pálido y su boca tan seca que,
olvidando sus propios malestares, la reina apremió a los sirvientes para que le llevaran un poco de vino
caliente (el día anterior habían encontrado congelado a un ganadero en la parte alta del desfiladero).
Finalmente dejó de nevar, pero la nieve aún obstruía las rutas, congelándolo todo, y hacia que
los caminos fueran inseguros. El sol brillaba pálidamente sobre el hielo, la nieve se acumulaba en los
arbustos y una corriente de aire helado bajaba de las montañas. En medio del blanco panorama, que
todo lo cubría como si fuera un viejo abrigo, sobresalía un claro con hierba tostada por el invierno y un
negro y empapado tronco de roble. Los esclavos del templo habían quitado de allí la nieve con sus
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palas de madera de roble, y la acumularon en mugrientos montones salpicados de cáscaras de nuez y
lodo.
Un joven envuelto en una capa de piel de oveja caminó hacia la entrada sin puerta, franqueada
por un par de troncos ennegrecidos por la acción del tiempo.
Un enorme tazón de bronce colgaba del dintel mediante cuerdas de cuero entrelazadas; el joven
quitó el palo que estaba apoyado en uno de los postes y lo golpeó vigorosamente, produciendo un
ruido en oleadas, como los anillos que se forman en el agua al dejar caer algún objeto; de más allá
surgió un zumbido de respuesta. Las bifurcaciones, las ramas, los nudos y hasta los nidos de aves
cubiertos de nieve del gran árbol se sacudieron. Los burdos y ancestrales altares, ofrendas de siglos,
estaban al descubierto a su alrededor. Ése era el oráculo más antiguo de toda Grecia; su poder le venia
de Amón el egipcio, padre de todos los oráculos, más viejo que el tiempo mismo. Dodona había
hablado antes de que Apolo llegara a Delfos. El viento, que hasta ese momento había estado
sacudiendo suavemente las ramas superiores del gran árbol, se convirtió de pronto en una furiosa
ventolera. Delante se oyó un gran estruendo; una columna de mármol sostenía la estatua de bronce de
un muchacho que tenía en sus manos un látigo con tiras de bronce, los cuales, al moverse por la
tremenda corriente de aire, golpeaban una caldera también de bronce; se trataba de una vasija acústica
como las usadas a veces en los teatros. El ruido fue terrible; todo lo que había en trípodes alrededor del
árbol sagrado era de bronce, y en ellos continuó el estruendo, al igual que el rumor del rayo después
del gran trueno. Antes de que muriera, otra ventolera volvió a mover el látigo, dando nuevos bríos al
estrépito. Desde una pequeña casa de piedra que estaba más allá del árbol, un pequeño grupo de
cabezas grises los espiaba.
La boca de Alejandro sonrió como lo hacia cuando iba a entrar en combate y caminó, dando
grandes zancadas, hacia la parte guarnecida del recinto. Una tercera ventolera se dejó sentir
nuevamente y por tercera vez comenzó el ciclo de ruidos. Más tarde volvió el murmullo suave del
principio.
En el techo de piedra de la choza había tres viejas que hablaban en voz baja, envueltas en
apolilladas capas de piel; eran las sibilas, servidoras del oráculo. Según avanzaban hacia el negro y
húmedo mástil de roble, podía notarse que llevaban envueltos los tobillos con jirones de lana, pero sus
pies estaban desnudos, cuarteados y tiznados de lodo. Tomaban su poder al sentirla bajo los pies
desnudos, y nunca debían perdería ésa era la ley del santuario.
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Una de las mujeres, fortachona, parecía haber desempeñado las labores de un granjero durante
toda su vida. La segunda era bajita, rechoncha, severa, y tenía una nariz aguileña, así como un labio
leporino. La tercera era una vieja jorobada, seca y prieta como cáscaras de bellota, que tenía la
reputación de haber nacido el mismo año la muerte de Perdicas. Las tres mujeres se encogieron de
hombros y miraron a su alrededor; parecían sorprenderse de la presencia de ese peregrino solitario. La
más alta murmuró algo a la más rechoncha; la más vieja caminó hacia delante con sus marchitos pies
similares a patas de ave, y señaló hacia él como si fuera una niña curiosa; sus ojos estaban cubiertos
por una fina capa blancuzca, pues estaba casi ciega. La rechoncha dijo, con voz chillona y cautelosa:
-¿Qué es lo que quieres preguntar a Dione y a Zeus? ¿Deseas saber el nombre del dios a quien
debes dedicar tus ofrendas para realizar tus deseos?
-Necesito estar solo para hacerle mis preguntas al dios. Dadme algo con que escribir.
La más alta se inclinó ante él en un gesto de torpe cortesía; olía y se movía como un animal de
granja.
-Sí, si, sólo el dios verá, pero la suerte está en dos cántaros. Uno es para invocar a los dioses, el
otro tiene la respuesta: sí y no. ¿Cuál debemos preparar?
-El de las respuestas.
La más vieja agarró uno de los extremos de su falda con una mano, con la seguridad de una
niña sabedora de que su belleza la hace bienvenida. De pronto, levantó la voz y dijo:
-Cuídate de tus deseos; ten cuidado.
-¿Por qué, madre? -preguntó suavemente, inclinándose un poco hacia delante.
-¿Por qué? Porque el dios te lo concederá.
Alejandro depositó su mano en la cabeza de la vieja, que parecía una pequeña concha dentro de
una maraña de lana, y la acarició, pensando en los insondables misterios del roble sagrado, con los
ojos clavados en él. Las demás mujeres se miraban entre sí sin decir palabra.
-Estoy listo -dijo Alejandro.
El grupo entró en el santuario de techo bajo que estaba junto a la casa de las mujeres. La más
vieja iba detrás de todos, dando órdenes confusas con su voz chillona como toda buena bisabuela
cuando entra en la cocina a fastidiar a los hombres que trabajan. El ruido de las prisas y los gruñidos
de la vieja se parecían al alboroto que se arma en las hosterías cuando llega algún cliente y aún no
encuentra preparada habitación.


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