Cuarta parte

Mientras tanto, en Atenas se rompían las tablas de mármol sobre las cuales se había firmado la
paz con Macedonia, lo cual era una declaración de guerra formal. Demóstenes había logrado
convencer a casi todos los ciudadanos de que Filipo era un bárbaro dipsómano, que les miraba sólo
como una fuente de pillaje y esclavitud; les dijo que hacía cinco años eran presa fácil y que no pudo
hacerles daño, lo cual acreditaban a todo el mundo, excepto, por supuesto, a Filipo. Posteriormente, el
rey de Macedonia les ofreció tratar a las tropas atenienses como si fueran aliadas en la guerra contra
Fócida, pero Demóstenes no permitió que salieran de Atenas, arguyendo que, si salían, los macedonios
los cogerían como rehenes (lo único que podría suceder si tantos hombres salían a cerciorarse por si
mismos, era que regresaran y confundieran más cosas).
Foción, uno de los generales atenienses que mejor había luchado contra los macedonios,
declaró entonces que el ofrecimiento de Filipo era sincero y escapó por muy poco del cargo de alta
traición; lo único que lo salvófue su conocida integridad, que sólo rivalizaba con la de Arístides el
Justo.
Para Demóstenes, ese hombre se convertía en un constante fastidio, pues estaba seguro de que
el dinero que le enviaban los persas lo gastaba todo en provecho de la ciudad, aunque una buena
cantidad pasaba por sus propias manos y él no tenía que dar cuentas a nadie, por no hablar de la tajada
que seguramente le entregaba el agente.
Todo ese dinero lo liberaba de los asuntos cotidianos y del tiempo que debía dedicar a los asuntos
públicos; ¿qué cosa podría valer más? Pero tenía que cuidarse de Foción.
En la gran guerra contra Esparta, los atenienses habían luchado para conquistar la gloria y
extender su imperio, pero terminaron mordiendo el polvo y despojados de todo; lucharon por la
libertad y la democracia y terminaron bajo la dictadura más brutal que pudieran recordar. Aún vivían
los ancianos que casi habían muerto congelados por el asedio del invierno; los hombres de edad
madura se habían enterado de primera mano, fundamentalmente gracias a las personas a las que esa
crisis había arruinado. Esos hombres habían perdido la fe en la guerra y, si volvían a luchar, sólo lo
harían nuevamente por sobrevivir. Poco a poco, Demóstenes los había convencido de que Filipo
pretendía destruirlos: ¿acaso no había destruido Olinto? Así pues, finalmente contribuyeron a la ayuda
pública para sufragar los gastos de la armada; además, a los ricos se les aumentaron los impuestos en
una cantidad bastante elevada, pues tenían que pagar impuestos en proporción directa a las riquezas
que poseían.
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La marina ateniense era la que hacía de Atenas una ciudad más segura que Tebas, pero eran
pocos los que comprendían que su alto mando no tenía demasiado talento (para Demóstenes era un
hecho que el simple número de fuerzas era suficiente para decidir cualquier enfrentamiento). El
poderío naval había sostenido a Perinto, a Bisanto y la ruta del grano hacia el Helesponto, y si Filipo
quería forzar su marcha hacia el sur, tendría que hacerlo por tierra. En esos momentos, Demóstenes era
el hombre más importante de Atenas, el símbolo de su salvación. Tenía en un puño la alianza con
Tebas; había logrado reemplazar su vieja enemistad por una aún más grande.
Pese a lo anterior, Tebas todavía tenía sus dudas. Filipo les había confirmado su soberanía
sobre la parte de Beocia que les correspondía, mientras los atenienses condenaban esa decisión como
antidemocrática, pues preferían debilitar a los tebanos otorgándole su autogobierno a los de Beocia. A
Filipo le interesaba Tebas, fundamentalmente porque los tebanos controlaban la ruta terrestre hacia el
Ática, pero si Atenas establecía una paz por separado con Beocia y Tebas, las reservas del poder de
Filipo no servirían de nada. Así pues, los atenienses discutían el asunto, deseando fervientemente que
las cosas siguieran como siempre habían estado, reacios a admitir que los hombres hacen los hechos y
que los hombres habían cambiado.
Mientras tanto, en Macedonia, Filipo se recuperaba; primero resistió cabalgar durante medio
día y luego un día completo (en el gran campo de entrenamiento situado junto al lago Pella, la
caballería ejecutaba las complicadas maniobras de carga). Ahora ya podían distinguirse dos
escuadrones reales, el de Filipo y el de Alejandro. Por fin los macedonios veían cabalgar juntos a padre
e hijo; la dorada cabeza del príncipe se inclinaba para pedir consejo hacia la cabeza plateada del rey.
Las doncellas de la reina Olimpia, en cambio, estaban pálidas y molestas, pues el mal humor de la
reina había hecho que mandara golpear a una de ellas y a dos más ordenó encerrarías en sus
habitaciones.
A mitad del verano, cuando los granos están verdes y las espigas largas, volvió a reunirse el
Consejo de Delfos. Cotifo informó que los de Anfisa seguían sin obedecer, pues aún protegían a los
líderes proscritos (estaba más allá de la capacidad de su ejército temporal someterlos al orden). El
presidente del Consejo, que era el mismo Cotifo, propuso que se pidiera al rey Filipo de Macedonia
que emprendiera esta guerra santa, pues él había sido el campeón elegido por los dioses para derrotar a
los fócidas infieles.
Antipatro, que estaba allí como embajador, se levantó para decir que él llevaba la investidura
del rey, la cual le daba autoridad para aceptar la propuesta en nombre de Filipo de Macedonia. Aún
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más; como una ofrenda piadosa, el rey estaba dispuesto a emprender esa guerra por cuenta y riesgo
propios. Al escuchar a Antipatro, la asamblea en pleno hizo votos de agradecimiento, se formó una
complicada comisión y un escriba local puso todo por escrito.
Este hombre terminó su labor más o menos cuando el correo de Antipatro, pan quien se
prepararon caballos frescos alo largo del camino, llegaba a la ciudad de Pella. Alejandro estaba en el
patio de recreo, jugando con sus amigos. Le tocaba a él ponerse en el centro del circulo y tratar de
detener el trayecto de la pelota. Gracia: a un buen salto acababa de interceptaría, cuando Harpalo,
condenado como siempre ver los ejercicios de calentamiento de sus compañeros, le avisó que acababa
de llega el correo de Delfos. Ansioso por abrir la carta, fue a llevársela corriendo al rey, quien se
estaba bañando.
Filipo estaba sentado en un amplio bacín de bronce ornamentado, lavando su pierna herida,
mientras que uno de los escuderos le masajeaba con un oloroso linimento. Si carne todavía estaba
magullada y las cicatrices le cruzaban por todas partes; una de sus clavículas, rota durante un combate
en el que mataron a su caballo, había cicatrizado formándole una gruesa callosidad. Se parecía a los
viejos árboles en los que el ganado, año tras año, frotaba su cornamenta. El instinto natural de
Alejandro le hizo pensar en el tipo de arma que le había hecho cada una de sus heridas. ¿Qué clase de
heridas tendré que soportar cuando sea tan viejo como él?, se preguntó.
-Ábrela por mí -le dijo Filipo-. Mis manos están mojadas -le cerró el único ojo que tenía como
signo de que debía ocultar las malas noticias, pero no hubo necesidad de tal cosa.
Cuando Alejandro regresó al patio de juegos, sus lampiños amigos ya se había lanzado a la
piscina y se echaban agua uno al otro para quitarse el polvo y refrescarse Al ver su expresión, todos se
detuvieron como si un grupo de escultores escopas lo hubiera captado en movimiento.
-¡Ha llegado! -les gritó-. Finalmente nos dirigiremos al sur.


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