Primera parte

VI
Las flores de los ciruelos caían y las gotas de las primeras lluvias de primavera las golpeaban
en el suelo; la época de las violetas había pasado y brotaban de las vides las primeras uvas.
Aristóteles cayó en la cuenta de que algunos de sus alumnos estaban sumamente distraídos
después de la celebración de la fiesta de Dionisio, lo cual se sabia hasta en Atenas, pero el príncipe era
tranquilo y estudioso y destacaba en lógica y ética.
En algunas ocasiones, sin embargo, su comportamiento era inexplicable. Cuando lo
encontraron sacrificando una cabra negra en honor de Dionisio, por ejemplo, eludió todas las
preguntas; era de temerse que ni siquiera la filosofía pudiera apartarle de la superstición, aunque quizá
esa reticencia mostrara un adecuado cuestionamiento de sí mismo.
Alejandro y Hefestión estaban de pie, apoyados en uno de los rústicos puentes que atravesaban
el río.
-Creo que ya logré hacer las paces con el dios -dijo Alejandro-. Por eso he podido contártelo
todo.
-¿No te sientes mejor?
-Si, pero antes tenía que poner orden dentro de mi propia mente. Me perseguía la ira de
Dionisio, pero finalmente hice las paces con él. Cuando pienso en esto en términos lógicos, creo que
soy injusto al impresionarme por lo que hizo mi madre solamente porque es una mujer, cuando mi
padre ha matado con su propia espada a cientos de hombres. Tú y yo, incluso, hemos matado a gente
que no nos ha hecho ningún daño por el mero hecho de la guerra. En cambio, las mujeres no pueden
desafiar a sus enemigos de la misma manera que lo hacen los hombres; tan sólo pueden vengarse como
mujeres. En lugar de culparías, deberíamos estar agradecidos con los dioses por habernos hecho
hombres.
-Si, deberíamos -respondió Hefestión.
-Entonces me di cuenta de que era la ira de Dionisio por haber profanado su misterio. Tú sabes
que desde niño he estado bajo su protección, pero últimamente he tenido que hacer más sacrificios en
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su honor que los que he ofrecido a Heracles, ya que por atrevido me ha dejado conocer su ira. No me
mató, como a Penteo en la tragedia, porque estaba bajo su protección, pero me castigó. Pudo haberme
ido peor, pero gracias a ti no fue así. En ese momento tú fuiste para mi como Pílades, que permaneció
con Orestes cuando las erinias fueron por él.
-Claro que me quedé a tu lado.
-Te diré algo más: yo creí que, después de la celebración, tal vez esa muchacha... Pero algún
dios me protegió.
-Pudo protegerte gracias al control que tienes sobre ti mismo.
-Todo sucedió porque mi padre no pudo contenerse, ni siquiera por respeto a su propia casa.
Siempre ha sido así, eso lo saben en todas partes. Los que deberían respetarlo por su superioridad en el
combate, se burlan de él abiertamente a sus espaldas. Yo no podría seguir viviendo si supiera que la
gente habla así de mí, si no pudiera ser dueño de mí mismo.
-La gente nunca hablará de ti como hablan de tu padre.
-Estoy seguro de que nunca podré amar a alguien de quien me avergüence -dijo, y señaló hacia
el agua clara-. Mira todos esos peces.
Los dos amigos se asomaron por el barandal del puente; sus cabezas se rozaron ligeramente.
Rápidos como saetas, los peces se lanzaron hacia la parte sombreada del río. Luego, Alejandro se
enderezó y dijo:
-Ninguna mujer logró esclavizar a Ciro el grande.
-No, no lo hizo ni por la mortal más bella que ha nacido en tierras asiáticas. Así lo dice el libro.
Alejandro recibió cartas de su padre y de su madre. A ninguno de los dos les preocupó
demasiado la anormal quietud de su hijo después de la celebración en honor de Dionisio, aunque cada
uno, por su parte, tenía la sensación de haber sido observado; era como si alguien los hubiera estado
vigilando desde la ventana de un muro sin puerta de entrada. La celebración de Dionisio había hecho
que muchos jóvenes cambiaran; en todo caso, habría más motivos para preocuparse si no le hubiese
afectado.
Su padre le escribió para contarle que los atenienses estaban diseminando colonos a lo largo de
toda la costa griega de Tracia -el Quersoneso, entre otras tierras-, pero que, debido a un recorte en el
presupuesto público, tuvo que dejar de mantener a la flota de apoyo, la cual siguió funcionando gracias
a sus actos de piratería y las incursiones que hacían tierra adentro, como en los tiempos de Homero.
Buques y asentamientos macedonios habían sido víctimas de los actos de piratería y pillaje. Hasta
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llegaron a apoderarse de un embajador macedonio que había ido a pagar el rescate para liberar a los
prisioneros: los torturaron y le arrancaron nueve talentos para dejarlo ir con vida.
Olimpia, por primera vez casi de acuerdo con Filipo, le contaba una historia semejante.
Anaxinos, un comerciante de Eubea que le llevaba artículos del sur, había sido puesto a las órdenes de
Demóstenes en Atenas, nada más porque Esquines visitó la casa de su huésped. Fue torturado hasta
que confesó ser espía de Filipo y condenado a muerte por tal motivo.
-Me pregunto -comentó Filotas- cuánto tiempo falta para que estalle la guerra.
-Ya estamos en guerra. Sólo es cuestión de dónde vamos a plantear el combate.
Destruir Atenas seria un acto tan bárbaro como saquear un templo; pero tarde o temprano tendremos
que tratar con los atenienses.
-¿Lo harás tú? -le preguntó Harpalos, quien reconoció en los combatientes que le rodeaban una
amigable pero extraña estirpe-. Cuanto más fuerte ladran, mejor puedes ver su podrida dentadura.
-Es cierto, pero no tienen los dientes tan podridos como para que podamos cruz Asia con ellos
ladrando a nuestras espaldas.
La guerra para recuperar las ciudades griegas de Asia ya no era una visión lejana y los
movimientos estratégicos habían empezado. Cada año podía observarse que los caminos de las tierras
conquistadas se acercaban más al Helesponto. Las fortalezas los mares cercanos, Perinto y Bisanto,
eran los últimos obstáculos y, si Filipo pudio tomarlos, sólo tendría que asegurar su retaguardia. Como
era probable que esto sucediera, los oradores atenienses recorrían nuevamente Grecia en busca de
aliados a los que Filipo aún no había convencido. La flota estacionada en Tracia recibió un poco de
dinero y en Tasos se fortaleció una isla para tomarla como base de operaciones. Mientras tanto, en los
jardines de Mieza, los jóvenes discutían que pronto volvería a probar el sabor del combate, o si no,
bajo los ojos atentos del filósofo, discutió la naturaleza y los atributos del alma.
Hefestión, a quien antes no le importaba nada, estaba metido en el complejo asunto de hacerse
traer de Atenas una copia de Los mirmidones, pues la suya se la había regalado a Alejandro. Bajo un
arbusto lleno de lilas, a un lado del estanque de las ninfas el maestro y sus alumnos discutían la
naturaleza y los atributos del amor.
Era la época del año en que las bestias se encuentran en los bosques para aparearse. Aristóteles
estaba preparando una tesis sobre el apareamiento y la generación de sus descendientes. En lugar de
salir a cazar, sus alumnos se metían en las cuevas y tomaba notas para ayudar a su maestro. Harpalos y
uno de sus amigos se divertían inventan procedimientos traídos por los pelos, aunque se preocupaban
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de documentarlos cuidadosamente para asegurarse de que los creyeran. El filósofo, por su parte,
agradeció a todos su ayuda y pasó en limpio sus notas; él no salió a buscar información, pues se
consideraba demasiado útil para el género humano como para arriesgarse a contraer alguna
enfermedad por pasarse las horas en cuclillas sobre el suelo húmedo y frío.
Un hermoso día, Hefestión le contó a Alejandro que había descubierto la madriguera de una
zorra y que creía que podía estar apareándose. No muy lejos de allí, las constantes tormentas
desgajaron un árbol viejo, dejando una profunda cavidad, desde la cual podían observar. Así pues, con
las últimas luces del atardecer, ambos salieron hacia su punto de observación, procurando no atravesar
las sendas de sus demás compañeros; ninguno advirtió nada al otro, ni ofreció razón alguna: lo
hicieron tácitamente.
Las raíces muertas del árbol caído cubrían el agujero, y las hojas del último otoño allí
acumuladas hacían que su interior estuviera mullido y cómodo. Al cabo de un rato apareció la zorra,
panzuda por el embarazo, deslizándose por entre las sombras con una perdiz en la mandíbula.
Hefestión levantó un poco la cabeza; Alejandro, que había cerrado los ojos, oyó los pasos ligeros de la
zorra, pero no se atrevió a abrirlos. El animal sintió la presencia del hombre y corrió como una saeta
rojiza hacia su cuerpo.
Poco tiempo después, Aristóteles les expresó su deseo de disecar una zorra preñada, pero ni
Hefestión ni Alejandro le revelaron su secreto. Más adelante, la zorra empezó a acostumbrarse a su
presencia y ya sin temor alimentaba a sus cachorros y los dejaba jugar afuera. A Hefestión le gustaba
que la zorra los dejara salir porque hacían sonreír a Alejandro, quien después de conocer el amor se
había vuelto callado e introvertido; cuando ponía su atención en los demás no mostraba impaciencia
alguna; al contrario, era demasiado gentil, pero siempre daba la sensación de estar guardando algún
secreto.
Tanto Hefestión como Alejandro estaban de acuerdo en que todo lo que les sucedía había sido
dispuesto desde antes de que nacieran, aunque aquél aún tenía la incrédula sensación de estar ante un
milagro; pasaba las noches y los días como flotando en una nube luminosa. Sólo en momentos así una
sombra se le atravesaba; entonces, señalaba hacia los cachorros, y sus ojos grandes y profundos
recuperaban el movimiento: la luz y todo estaba en su sitio nuevamente. Las riberas de los ríos y las
playas de los estanques estaban llenas de lirios y nomeolvides; en los soleados matorrales, los famosos
rosales de Mieza, benditos por las ninfas, abrían sus grandes botones de pétalos suaves y esparcían su
aroma por el ambiente.
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Los jóvenes interpretaban los signos que hacían que su juventud los uniera con vínculos casi
familiares y pagaban sus apuestas. Aristóteles, menos experto y no tan buen perdedor, miraba receloso
a los dos hermosos jóvenes que invariablemente andaban juntos, mientras todos los demás caminaban
o se sentaban en los jardines llenos de rosales en flor. Sin embargo, el filósofo no se aventuraba a
hacer preguntas; en su tesis no cabían esas respuestas.
Los olivos estaban salpicados de flores de un color verde pálido, cuyo dulce y aceitunado
aroma flotaba por todas partes; los primeros frutos de los manzanos, manzanas pequeñas y verdes,
caían de sus ramas tapizando el suelo, mientras las manzanas dulces aún maduraban entre las ramas.
Por primera vez, la zorra llevó a sus cachorros al bosque (ya era hora de que empezaran a desarrollar la
astucia con que vivirían).
También Hefestión, como los cachorros, se convirtió en un hábil y paciente cazador; pero
nunca pensó que el apasionado cariño que tan espontáneamente se había desarrollado en él tuviera el
germen de la pasión, hasta que su primera presa mordió el cebo. Entonces, el asunto no le pareció tan
sencillo. Una vez más, se repitió a si mismo que el hombre no debe pedir más cuando los dioses han
sido generosos; pensó en la forma en que había mirado el rostro que tenía frente a sí y se sintió como
el heredero de una gran fortuna que primero se alegra de saber la magnitud de su riqueza. Agitado por
el viento, su cabello se movía libremente sobre su copete, su frente estaba surcada por las arrugas
producidas por la intensidad con que miraba, los ojos dentro de sus profundas cavidades, la boca firme
y sensible, y el arco elevado de sus cejas doradas. Le parecía que podría estar así sentado para siempre,
conformándose simplemente con mirar.
-Bucéfalo quiere hacer ejercicio. Vamos a montar.
-¿Volvió a tirar al caballerizo otra vez?
-No, eso sólo fue para enseñarle. Yo también se lo advertí.
Poco a poco, el caballo había permitido que lo montaran para hacer la rutina propia de las
caballerizas. Pero apenas le ponían el cabestro con sus hebillas y placas de plata, su collar de filigrana
y la silla de montar ribeteada, el animal se sentía la montura de alguna deidad y estaba dispuesto a
vengarse de todo acto irreverente. El caballerizo aún estaba en cama.
Los amigos cabalgaron a través de las hayas hasta los pastizales de las tierras altas. Hefestión,
consciente de que Alejandro no permitiría que Bucéfalo terminara sudando, conducía la marcha a un
paso ligero. Ambos desmontaron a orillas de la maleza y se detuvieron a contemplar las montañas de
Calcídica, más allá de las planicies y del mar.
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-La última vez que estuvimos en Pella encontré un libro interesante -dijo Alejandro-. Es un
libro de Platón, del cual nunca nos ha hablado Aristóteles. Yo creo que debió de haber sentido envidia.
-¿Qué libro? -preguntó Hefestión sonriendo, al tiempo que probaba la unión de las bridas de su
caballo.
-Aprendí algo. Escucha: “El amor hace que uno se avergüence de la deshonra y despierta la
ambición de lo glorioso. Sin amor, nadie puede hacer nada bueno ni grandioso. Si se encontrara a un
amante haciendo algo indigno, o si no se sintiera agraviado por el deshonor, ese hombre preferiría ser
expuesto ante su familia, sus amigos o ante cualquiera que no fuera el ser amado”. Y en alguna otra
parte dice: “Supongamos que es posible levantar un Estado o un ejército de amantes y amados. ¿Qué
otra cosa más grandiosa que ésta podría esperar lograr una compañía que desprecia las infamias y
cuyos miembros compiten entre sien el campo del honor? Un puñado de esos hombres, luchando
hombro con hombro, podría incluso conquistar el mundo entero”.
-Eso es hermoso.
-De joven fue soldado, como Sócrates, y me imagino que Aristóteles sentía un poco de envidia.
Los atenienses nunca formaron un regimiento de amantes; eso lo dejaron para los tebanos. ¿Sabías que
todavía nadie es capaz de derrotar a los de la Banda Sagrada?
-Vayamos al bosque.
-Para Sócrates ése no es el final; él dice que el más grande amor, el más puro, sólo puede brotar
del alma.
-Bueno -respondió Hefestión-, pero todo el mundo sabe que él era el hombre más feo de
Atenas.
-El hermoso Alcibíades se le echaba encima, pero él le dijo que hacer el amor con el alma era
la victoria más grande, que era como ganarse la triple corona en los juegos.
Hefestión miraba con aflicción hacia las montañas de Calcídica.
-Sería la más grande victoria -dijo lentamente- sólo para quien le importara eso.
Consciente de que en el servicio de un dios despiadado había cebado su trampa con el conocimiento
que había adquirido del amor, Hefestión se volvió hacia Alejandro, quien en total soledad miraba
fijamente hacia las nubes, consultando con su espíritu. Luego, sintiéndose un poco culpable, extendió
su mano y lo cogió del brazo.
-Si quieres decir..., es decir, si eso es lo que deseas...
Entonces, Alejandro levantó las cejas, sonrió, se echó el pelo para atrás y le espetó:
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-Te diré algo.
-¿Sí?
-Atrápame si puedes.
Alejandro siempre fue el más rápido; su voz todavía flotaba en el aire, cuando ya había
desaparecido. Hefestión se abrió paso ligeramente entre los frondosos abedules y lárices del camino,
para dirigirse hacia un acantilado rocoso, donde estaba Alejandro esperándole con los ojos cerrados.
Aturdido y sin aliento, Hefestión subió a gatas la pendiente y se arrodilló a su lado buscándole posibles
heridas, pero todo estaba bien. Alejandro lo miraba de soslayo.
-¡Uy! Con esa cara asustarás a los zorros.
-Pude haberte matado -le respondió Hefestión embelesado.
El sol, cuyos rayos se filtraban por entre las ramas de los árboles, había avanzado un poco hacia
el Oeste y lanzaba llamativos destellos, como de topacio, sobre el muro de su pedregosa madriguera.
Con el brazo detrás de la cabeza, Alejandro miraba las ondulantes espigas que se mecían
graciosamente con el viento.
-¿En qué estás pensando? -le preguntó Hefestión.
-En la muerte.
-En ocasiones, eso hace que la gente se ponga triste. Es el espíritu vital el que se le escapa a
uno. Yo no permitiría que se me escapara, ¿y tú?
-No, los amigos verdaderos se pertenecen completamente el uno al otro.
-¿De verdad es eso lo que quieres?
-Tú deberías saberlo.
-No puedo soportar que estés triste.
-Pronto se me pasará. Quizá sea la envidia de algún dios la que me pone así.
Alejandro se levantó a la altura de la cabeza de Hefestión, se inclinó ansiosamente sobre él y
apoyó la cabeza en su hombro.
-Uno o dos de ellos se sienten avergonzados por haber hecho elecciones indignas de su
persona. No los menciones, podrían ponerse furiosos. Aun los dioses pueden sentir envidia.
Con su mente liberada de las nubes del deseo, Hefestión vislumbró el momento de la sucesión
de los hombres jóvenes del rey Filipo: sus vulgares apariencias, su sexualidad tosca y apestosa a sudor,
sus celos, sus intrigas, su insolencia. De entre todo el mundo, él había sido elegido para tener lo que
aquellos no tenían y, confiadamente, Alejandro depositaba su orgullo entre sus manos; para obtener
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algo más, sólo tendría que volverse inmortal. Entonces, empezaron a resbalar de sus ojos gruesas
lágrimas, que llegaron hasta la garganta de Alejandro, quien, creyendo que él también sentía la misma
tristeza, le sonrió y le acarició el pelo.
En la primavera del año siguiente, Demóstenes se embarcó hacia Bisanto y Perinto, las
ciudades portuarias fortificadas. Filipo había tratado de negociar la paz con cada una de esas ciudades,
pero aunque éstas llegaran a dejarle solo, eso no le iba a impedir la marcha. Sin embargo, Demóstenes
los convenció de que rechazaran esos tratados, y entonces las fuerzas atenienses establecidas en Taso
empezaron a desatar una guerra no declarada contra Macedonia.
En los campos de cultivo del valle de Pella -extensión que en la memoria de los ancianos estaba
desnuda-, las falanges marchaban y contramarchaban con sus enormes lanzas, cuyas puntas, dispuestas
en tres líneas, podían golpear al enemigo formando una sola al oír la orden de ataque. Los jinetes de
caballería hacían sus ejercicios de combate, apretando sus monturas con muslos y rodillas y
aferrándose a las crines, para evitar que el impacto los expulsara del caballo.
En Mieza, mientras tanto, Hefestión y Alejandro preparaban su equipo para partir al amanecer
del día siguiente y se espulgaban mutuamente.
-Ninguno en esta época -dijo Hefestión, dejando el peine a un lado-. En invierno es cuando se
les atrapa; crecen cuando la gente se apiña para dormir.
Sentado en las rodillas de su amigo, Alejandro empujó a uno de sus perros, que quería lamerle
la cara, se levantó e intercambió su lugar con Hefestión.
-Es fácil agarrar a las pulgas -dijo mientras se dedicaba a ello-, pero los piojos se parecen a los
ilirios de las montañas. Cuando estemos en campaña tendremos muchos, pero al menos podemos
empezar bien limpios. No creo que tengas... No, espera... Bueno, eso es todo -se levantó y cogió un
frasco de la repisa-. Usaremos esto nuevamente, es de lo mejor. Debo decírselo a Aristóteles.
-Apesta.
-No, huele. Le puse algunas esencias aromáticas.
Durante el último año, Alejandro se había aplicado al arte de la curación. Entre una gran
cantidad de teoría, que pensaba era muy poco útil en la práctica, ésa era una cosa sumamente útil que
un príncipe guerrero no debía desdeñar en los campos de Troya (todos los pintores representaban a
Aquiles vendando las heridas de Patroclo).
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Su habilidad había descontrolado un poco a Aristóteles, cuyo interés fundamental era
académico. Sin embargo, la ciencia era la herencia paterna del filósofo y, después de todo, encontraba
placer al enseñarla. Alejandro ya se había hecho un cuaderno de notas, el cual estaba lleno de recetas
de bálsamos y alusiones al tratamiento de las fiebres, heridas y huesos rotos.
-Vaya, así huele mejor -concedió Hefestión-. Además, parece que sí los expulsa.
-Mi madre tiene un hechizo contra ellos, pero siempre termina por arrancarlos con la mano.
Al reconocer el olor del equipaje, el perro se sentó junto a ellos y empezó a chillar.
No hacía muchos meses que Alejandro había estado en acción al mando de su propia compañía,
tal como el rey le había prometido. Por toda la casa, durante todo el día, se oían murmullos como de
grillos; el rascar de las hojas de las jabalinas, las dagas y las espadas contra las piedras de afilar: los
jóvenes se preparaban para ir al campo de batalla.
Hefestión pensaba en la guerra sin temor, tratando de borrar de su mente, o sofocar para sus
adentros, el miedo de que Alejandro pudiese morir en combate; la vida sólo tenía sentido cuando
estaba a su lado. Hefestión trataría de evitar la muerte si podía, sólo porque se sabía necesario; así que
debía estudiar cómo lograr que fuera el enemigo quien cayera muerto, pues lo demás estaba en manos
de los dioses.
-Sólo hay una cosa que me atemoriza -comentó Alejandro, mientras metía y sacaba la espada
de su funda, hasta lograr que el acero se deslizara suavemente por la piel-. Que el sur emprenda la
marcha antes de que yo esté listo -se estiró para alcanzar el cepillo con que se pulían los objetos de
oro.
-Dame eso, la puliré con la mía.
Hefestión se inclinó sobre el elaborado florón de la funda y su correa repujada, y murmuró unas
palabras de buena suerte mientras trabajaba. Alejandro siempre se deshacía de las lanzas rápidamente;
en realidad, su arma era la espada: prefería la lucha frente a frente, mano a mano.
-Espero convertirme en general antes de que marchemos sobre Grecia.
Hefestión levantó la vista del pulido mango de piel de tiburón de su arma y dijo:
-No es necesario que pongas todo tu corazón en ello; el tiempo parece transcurrir bastante
rápido.
-Si bien los soldados piensan que todavía no es adecuado darme el nombramiento, me seguirán
en el campo de batalla si se presenta la ocasión. Quizá en uno o dos años... Pero ya verás cómo me
seguirán.
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Hefestión se quedó pensando un momento; nunca le dijo a Alejandro lo que en realidad hubiera
querido escuchar, por si eso pudiera ocasionarle algún problema posterior. Luego dijo:
-Si que lo harán, me di cuenta la última vez. Llegaron a creer que tú sólo eras algo así como el
portador de la suerte, pero ahora pueden decir que ya sabes lo que quieres.
-Todos ellos me conocen desde hace bastante tiempo.
Alejandro cogió su yelmo del perchero de la pared y sacudió su cimera blanca.
-Si oyeras hablar a algunos de ellos, pensarías que te criaron -presionó demasiado fuerte el
cepillo y lo rompió.
-Algunos de ellos me criaron de verdad -al terminar de cepillar la cimera de su yelmo,
Alejandro fue hacia el espejo de la pared. Pienso que funcionará. El metal es bueno, y me queda bien;
además, así los hombres podrán distinguirme.
Pella no carecía de armeros de primera fila. Casi todos ellos venían del norte, de Corinto, y
sabían dónde localizar las buenas costumbres.
-Cuando sea general podré tener un yelmo que exhibir -continuó.
-Puedo apostar a que si-dijo Hefestión, viendo sobre el hombro la imagen reflejada en el
espejo-. Eres como un gallo de pelea para los adornos.
-¿Por qué estás enojado -preguntó Alejandro, al mismo tiempo que volvía a poner su yelmo en
el perchero.
-Apenas te nombren general, tendrás una tienda para ti solo. Además, desde mañana hasta que
regresemos ya no podremos estar solos.
-Oh... Lo sé, pero así es la guerra.
-Uno debe acostumbrarse a ello, como las pulgas.
Alejandro se le acercó rápidamente y lo abrazó, lleno de remordimientos por haberse olvidado.
Entonces, le dijo:
-Nuestras almas estarán más unidas que nunca y así ganaremos la fama eterna. Hijo de
Menoitios el grande, tú que deleitas mi corazón... -Alejandro lanzó una profunda sonrisa en los ojos de
Hefestión, quien, lleno de fe, le devolvió el gesto-. El amor es el verdadero alimento del alma, pero
ésta, como el cuerpo, come para vivir, no vive para comer.
-No -respondió Hefestión. La razón de su vida era un asunto de su exclusiva incumbencia, y
parte de esa razón era evitar que se convirtiera en una carga para Alejandro.
-El alma debe vivir para trabajar.
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Hefestión puso a un lado la espada, cogió la daga con cachas en forma de delfín y guarniciones
de ágata, y estuvo de acuerdo con Alejandro en que así eran las cosas.
En Pella sonaban y retumbaban los sonidos de la guerra. El viento le llevó a Bucéfalo el ruido y
los olores de los caballos enemigos, se le dilataron las ventanas de la nariz y relinchó.
El rey Filipo estaba pasando revista a sus tropas. Había mandado construir las escalas sobre un
alto andamiaje y vigilaba que sus hombres treparan en orden, sin amontonarse, empujarse o picarse
mutuamente con sus armas. Había ordenado avisar a Alejandro de que quería verle después de las
maniobras de aquel día y de que la reina también quería verle de inmediato.
Cuando Olimpia le abrazó, se dio cuenta de que ya era más alto que ella. Tendría
aproximadamente un metro sesenta centímetros de estatura y. antes de dar el último estirón, todavía
crecería unos dos o tres centímetros más. Sin embargo, ya podía quebrar la punta de una lanza sin más
ayuda que la de sus propias manos y avanzar treinta o cuarenta kilómetros a campo traviesa sin comida
(de hecho, ya había caminado más de treinta kilómetros sin llevar agua siquiera). Su aflicción por su
corta estatura había menguado gradualmente; los hombres más altos de la falange, los que manejaban
las lanzas más largas, lo aceptaban de buen grado tal como era.
Si bien Alejandro apenas le sacaba uno o dos centímetros de estatura a su madre, ella puso su
cabeza en el hombro de su hijo suave y tiernamente, como si fuera una paloma en busca de descanso, y
le dijo:
-Te has hecho un hombre, todo un hombre de verdad.
Después volvió a hablarle de la maldad de su padre, como solía hacer; no había nada nuevo en
ello. Alejandro la abrazó y se limitó a hacerle eco a su indignación, pues su mente ya estaba ocupada
con la guerra. Luego, Olimpia le preguntó qué clase de muchacho era Hefestión, si era ambicioso, si
quería algo o si le había arrancado alguna promesa. El le respondió que sí, que le había prometido estar
a su lado durante el combate, y ella le replicó que si podía confiar en él. Alejandro rió de buena gana y
le dio unas palmaditas cariñosas en la mejilla. En sus ojos vio la pregunta que en realidad deseaba
plantearle; su mirada, como la de los luchadores, indicó en un momento de titubeo sus ansias de
preguntarle. Alejandro se enfrentó a ella directamente y Olimpia no se atrevió a hacerle la pregunta,
pues le pareció demasiado cariñoso con ella y dispuesto a perdonarla; él se inclinó un poco para oler la
deliciosa fragancia de su cabello.
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Filipo estaba sentado en su escritorio, en su despacho decorado. Acababa de llegar del campo
de entrenamiento y la estancia olía a una mezcla ácida de sudor de caballo y de hombre. Cuando llegó
Alejandro y le dio el beso de bienvenida, notó que, después de una cabalgata de casi cincuenta
kilómetros, ya se había bañado para quitarse el polvo que había cogido en el camino. Pero la verdadera
sorpresa se la llevó al advertir que las mandíbulas empezaban a cubrírsele de una fina barba dorada.
Con sorpresa y asombro advirtió que, después de todo, la barba de su hijo no le había salido tan
tardíamente.
¿Qué espíritu habría poseído al hijo de un rey de Macedonia para que imitara las decadentes
costumbres del sur? Siendo tan lampiño como una muchacha, ¿por quién hacia eso? Filipo estaba bien
informado del curso de los acontecimientos en la ciudad de Mieza; Parmenión había arreglado las
cosas secretamente con Filotas, quien hacía informes regulares de las actividades de los jóvenes
estudiantes de ese lugar. Una cosa era tratar con el hijo de Amintor, un muchacho inofensivo y bien
parecido, que sin duda le agradaba a Filipo, y otra muy distinta preocuparse por parecerse al favorito
de alguien. Entonces, recordó a la tropa de jóvenes que había visto llegar y se le ocurrió que había
visto mentones de hombres mayores rasurados igual que el de su hijo; debía ser algo así como una
moda entre ellos. Bajo su piel experimentó la vaga sensación de que aquello era algo subversivo, pero
de inmediato descartó tan descabellada idea. A pesar de las peculiaridades del muchacho, los hombres
confiaban en él y, como el asunto estaba en que había confianza, no era oportuno molestarlo con su
apariencia.
Filipo le hizo señas a su hijo para que fuera a sentarse junto a él y, apenas lo tuvo cerca, le dijo:
-Bueno, como podrás observar, aquí estamos bastante adelantados.
Mientras su padre le describía todos los preparativos, Alejandro escuchaba atentamente con los
codos apoyados en las rodillas y sus manos entrelazadas frente a si; uno podía darse cuenta de que sus
pensamientos siempre iban un paso por delante.
-Perinto opondrá una fuerte resistencia, pero también tomaremos Bisanto, pues, abierta o
veladamente, desde allí se apoyaban los movimientos de Perinto. Así lo hará el Gran Rey. Por lo que
he oído, no creo que él esté preparado para la guerra, pero es un hecho que, en pie de guerra o no,
apoyará a Perinto con pertrechos. Tiene establecido un tratado semejante con Atenas.
Por un instante, ambos compartieron un solo pensamiento. Era como si estuvieran hablando de
una gran dama; el estricto consejero de su infancia se encontraba ahora replegándose en las calles de
una ciudad portuaria. Alejandro miró la hermosa estatua de bronce, realizada por Policleto, que
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representaba a Hermes en el momento de inventar la lira. La conocía de toda la vida; el esbelto joven
de largos huesos y músculos de atleta siempre le había parecido que, bajo la calma divina impuesta por
el escultor, ocultaba una profunda e íntima tristeza (era como si supiera que llegaría a esto).
-Bueno, pues, padre, ¿cuándo nos pondremos en marcha?
-Parmenión y yo partiremos dentro de siete días. Tú, no, hijo mío; tú te quedarás en Pella.
Alejandro se enderezó rápidamente sobre la silla; parecía haberse atiesado repentinamente.
-¿En Pella? ¿Qué quieres decir?
-Eres idéntico a ese caballo tuyo -le dijo sonriendo-, los dos os sobresaltáis basta de vuestra
propia sombra. No te precipites; no estarás ocioso.
De su arrugada y nudosa mano sacó un antiguo anillo de oro macizo, con Zeus sentado en su
trono y un águila en la mano: era el sello real de Macedonia.
-Tendrás que cuidar de esto -lanzó el anillo al aire y lo atrapó-. ¿Crees que podrás?
El gesto de rabia abandonó el rostro de Alejandro, y por un instante se quedó como un tonto.
En ausencia del rey, el anillo quedaba en manos del regente.
-Ya has tenido una buena experiencia en la guerra -continuó Filipo-. Cuando seas
suficientemente mayor y logres que nadie se oponga a tu ascenso, podrás tener tu propia brigada de
caballería. Digamos que en dos años tendrás edad suficiente; mientras tanto, debes aprender las
cuestiones administrativas. Es inútil que tratemos de extender nuestras fronteras si a nuestras espaldas
el reino está sumido en el caos. Recuerda que tuve que vérmelas con eso antes de que pudiera
moverme para cualquier lado, incluso contra los ilirios que estaban dentro de nuestras propias
fronteras. Nunca creas que eso no volverá a suceder. Además, tendrás que proteger mis líneas de
comunicación. Es un trabajo muy delicado el que te estoy asignando.
Al ver los ojos de su padre, Alejandro advirtió en ellos una mirada que no había visto desde el
día de la feria de caballos, después de haber montado a Bucéfalo.
-Sí, lo sé, padre, y te lo agradezco. Me las arreglaré para que no te arrepientas de tu elección.
-Antipatro también se quedará; si tienes algún problema no dudes en consultarle. Pero, en todo
caso, eso es tu propia elección, el sello es el sello.
Filipo convocó consejo diariamente hasta el día que emprendió la marcha; eran reuniones con
los oficiales de la guarnición que quedaba en Pella, con los cobradores de impuestos, los oficiales de
justicia, los hombres a quienes los jefes tribales habían enrolado en la compañía, los jefes y príncipes
que, por razones históricas, tradicionales o legales, se quedarían en casa. El hijo de Perdicas, hermano
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mayor de Filipo, era uno de ellos. Cuando su padre cayó, él era apenas un muchacho y Filipo fue
elegido regente. Antes de que Amintas tuviera edad suficiente, los macedonios decidieron que les
gustaba el estilo de trabajo de Filipo y querían que continuara en el cargo. Entre la familia real, el
sucesor al trono era elegido de acuerdo con las leyes muy antiguas. El rey trataba gentilmente a
Amintas: le dio el estatus de sobrino real oficialmente reconocido y le entregó a una de sus hijastras
como esposa. Desde la infancia, él había estado confinado a su territorio, pero ahora llegaba a las
sesiones de consejo un hombre joven de barba oscura de unos veinticinco años, a quien cualquier
extranjero hubiera reconocido entre la multitud como hijo de Filipo. Sentado a la diestra de su padre,
Alejandro le dirigía algunas miradas ocasionalmente, preguntándose si tal inactividad sería real.
Cuando los ejércitos macedonios emprendieron la marcha hacia la guerra, Alejandro escoltó a
su padre hasta el camino de la costa, lo abrazó y regresó a Pella. Cuando Bucéfalo se dio cuenta de que
la tropa marchaba sin él, resopló inquieto. Filipo se sentía satisfecho de haberle dicho al muchacho que
estaría a cargo de las líneas de comunicación; fue una idea afortunada que le había impresionado y, de
hecho, la ruta estaba completamente asegurada.
La primera acción de Alejandro como regente de la ciudad fue algo sumamente privado:
consiguió una laminilla de oro, la cual colocó dentro del hueco del anillo real, para que le quedara en
su dedo; sabia que todos los símbolos son mágicos, por defectuosos o perfectos que sean.
Antipatro demostró ser de gran utilidad; era un hombre que actuaba de acuerdo con los hechos,
no con sus deseos. Sabia, por ejemplo, que su hijo había reñido con Alejandro, pero no creía en la
versión de Casandro y trataba de mantenerlo bien alejado del camino del príncipe; sabía que aquel
joven sólo necesitaba un empujón en un momento crucial para descubrir en él a un hombre sumamente
peligroso. Estaba hecho para que le sirvieran y para que le sirvieran bien. Durante la juventud de
Antipatro, antes de que Filipo unificara el reino, cualquier hombre podía verse cercado en su propia
casa por la venganza de algún príncipe vecino, por una horda de piratas ilirios o por una banda de
ladrones, que abundaban en aquellos días. Así que Antipatro tuvo que hacer su elección desde hacía
mucho tiempo.
Filipo había tenido que sacrificar a su eficiente secretario en jefe para que cuidara del joven
regente, quien le preparó resúmenes y copias de todos los asuntos oficiales. Alejandro le agradeció
políticamente su trabajo, pero luego le solicitó la correspondencia original; le explicó que quería
“sentir” al hombre que había detrás de cada carta. Apenas encontraba algo extraño entre la
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correspondencia, de inmediato iba a preguntarle. Una vez que en su mente había aclarado las cosas, iba
derecho a consultar con Antipatro.
Nunca tuvieron diferencia alguna, salvo en una ocasión en que acusaron de violación a cierto
soldado, pero él juraba que lo había hecho con el consentimiento de la mujer. Antipatro se inclinaba
por aceptar las razones de aquel hombre, pero como amenazaba con desatarse una lucha sangrienta
entre ambos bandos, prefirió consultar la situación con el regente. Así pues, con un poco de timidez, le
expuso la deshonrosa historia en el estudio de Arquelao. De inmediato, Alejandro le respondió que,
como todos los de la falange sabían, cuando Sotión estaba sobrio podía mantenerse alejado de las
trampas para lobos, pero cuando estaba borracho no distinguía una puerca machorra de su propia
hermana y que en ese estado cualquiera haría lo mismo.
Unos días después, el rey emprendió la marcha hacia el este y todas las guarniciones y fuerzas
que vigilaban Pella empezaron a practicar sus maniobras de combate. Alejandro había concebido
algunas ideas sobre el uso de la caballería ligera en contra de las fuerzas de infantería que protegían los
flancos del enemigo. Decía, además, que al marchar no debían permitirse el lujo de hacer rodar las
piedras del camino Los soldados, algunos aliviados y otros frustrados por haber quedado atrás,
empezaban a tomar las cosas con tranquilidad. Antes de que el pulcro príncipe llegara la mitad de las
líneas montado en su magnifico caballo negro, los soldados formaban en las filas nerviosamente y
trataban de ocultar sus defectos, con poco éxito por cierto. Uno o dos de ellos fueron devueltos a los
cuarteles; el resto pasó una mañana verdaderamente difícil. Posteriormente, los veteranos que primero
gruñían en voz baja empezaban a quejarse a gritos (el jovencito podría hacerlos sudar, pero ellos ya
sabían qué atenerse).
-Formaron bastante bien -comentó Alejandro con Hefestión-. Lo principal es que ahora saben
quién es el jefe.
Sin embargo, las tropas no fueron las primeras en experimentar esto.
-Cariño -le dijo Olimpia-, hay una pequeña cosa que quiero que hagas por mí antes de que
regrese tu padre; ya sabes cómo me molesta. Deinias ha tenido mucha atenciones para conmigo: ha
cuidado a mis amigos y ha mantenido a distancia a mi enemigos. Tu padre, sin embargo, ha postergado
la promoción de su hijo sólo por des pecho, y a Deinias le gustaría que ya tuviera su propio escuadrón.
Es un hombre muy útil.
Alejandro, cuya mente estaba todavía ocupada con las maniobras de las montañas le preguntó:
-¿De verdad? ¿Dónde está de servicio?
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-¿De servicio? Se trata de Deinias, por supuesto, y sólo te he dicho que nos es muy útil.
-¡Ah! ¿Cuál es el nombre de su hijo y quién es el comandante de su escuadrón?
Olimpia pareció censurarlo, pero se limitó a mirar sus notas y le contestó la pregunta.
-Ah, se llama Heirax -continuó Alejandro-. ¿Quiere Deinias que Heirax tenga su propia
escuadra?
-Él piensa que es un gran desaire para un hombre de su categoría.
-Y cree que es el momento adecuado para pedirlo. ¿Sabes?, creo que fue Heirax quien se lo
solicitó.
-¿Y por qué no, si tu padre la ha tomado contra él por mi causa?
-Te equivocas, madre, es por la mía -Olimpia lo fulminó con la mirada; sus ojos parecían
querer hurgar las intenciones de algún peligroso extranjero-. Ya he estado en combate con Heirax y lo
conozco bastante bien. Si está aquí y no en Tracia es porque yo le conté a mi padre lo que vi en él a la
hora del combate. Es un muchacho muy terco, que rechaza a los hombres que demuestran ser más
ágiles de pensamiento que él; luego, cuando las cosas salen mal, se dedica a echar las culpas a otras
personas sin aceptar las suyas. Di más bien que mi padre sólo lo transfirió a las labores de cuarta sin
degradarlo; yo si lo hubiera degradado.
-¡Vaya! ¿Desde cuándo haces tanto caso a tu padre? ¿Acaso ya no soy nadie para ti sólo porque
te dio ese anillo? ¿Estás poniéndote de su parte y en contra mía?
-Estoy tomando el partido de los hombres. De por si, ya es bastante probable que caigan
muertos a manos del enemigo y no hay razón para enviarlos a morir bajo las órdenes de un tonto como
Heirax. Si le doy una escuadra, no habrá soldado que vuelva a confiar en mí.
Con una mezcla confusa de amor y odio, Olimpia le devolvía cada golpe al hombre que había
en su hijo. En una ocasión, hacia mucho tiempo, a la luz de una antorcha de una cueva en Samotracia,
vio los ojos de un hombre antes de saber qué clase de personas son los hombres; apenas tenía quince
años.
-Te estás volviendo absurdo y contradictorio. ¿Qué crees que significa esa adherencia que
cuelga de tu dedo? Sólo eres el títere de Antipatro; tu padre te dejó aquí para que vieras cómo
gobierna. ¡Qué sabes tu de los hombres!
Olimpia estaba lista para luchar. Alejandro se quedó callado unos instantes y después le sonrió
repentinamente.
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-Muy bien, madre. Los niños debemos dejar los asuntos serios a los hombres y no interferir en
ellos -Olimpia aún estaba mirándole, inmóvil, cuando Alejandro dio tres rápidas zancadas hacia
delante y la cogió por la cintura-. ¡Madre querida! Tú sabes cuánto te amo. Deja todas esas cosas en
mis manos y déjame tratar con ellos, yo puedo arreglármelas. No volverás a tener ninguna queja.
Durante un instante, Olimpia se quedó tiesa y luego le dijo que era un muchacho cruel y que no
se atrevía a pensar en lo que podría decirle a Deinias. Finalmente, ella se dejó caer en sus brazos y
Alejandro se dio cuenta de que le agradaba sentir su fuerza.
Más tarde Alejandro preparó sus cosas de caza y se fue hasta cerca de Pella. Durante su
ausencia, Antipatro tendría justificaciones suficientes para tomar decisiones sin consultarle. Alejandro
sentía que le faltaba ejercicio y salió a caminar entre los establos, donde encontró un carro equipado
para las carreras en que el jinete tenía que desmontar y volver a montar sobre la marcha. Desde hacia
muchos años tenía deseos de aprender el truco, pero cuando pudo hacerlo, tuvo que partir a estudiar a
Mieza.
El carro estaba hecho para ser tirado por dos caballos de carreras. Era un carro ligero,
construido con madera de nogal y de peral; el estribo de bronce, para que el jinete bajara y subiera,
estaba colocado a la altura ideal para el tamaño de Alejandro -esas carreras no eran adecuadas para los
hombres altos- y tenía unidos dos caballos venecianos, listos para tirar. Entonces llamó al auriga real y
empezó a practicar; saltaba del carro cuando éste iba a media marcha, corría un trecho tras él y volvía a
brincar nuevamente. Además de ser un excelente ejercicio, era un deporte homérico: el jinete era el
último heredero del héroe nacido en el carro, que bajaba de él para combatir a pie contra el enemigo.
Desde entonces, cada vez que disponía de una hora libre la dedicaba a aprender aquella ancestral
habilidad, y pronto se convirtió en un auriga bastante rápido. Se acondicionaron los viejos carros para
que compitieran los amigos; sin embargo, aunque Alejandro se divertía con este juego, nunca quiso
preparar una carrera formal. Desde que se dio cuenta de que en las competiciones y concursos siempre
había gente dispuesta a dejarse ganar para complacerlo, dejaron de agradarle.
Desde Propóntide comenzaron a llegar noticias de Filipo, en las cuales confirmaba que, como
había previsto, la defensa de Perinto era bastante difícil de romper, pues estaba localizada en un
promontorio inexpugnable desde el mar y fuertemente amurallado y protegido por tierra firme. Los
habitantes de Perinto se habían dedicado desde hacia años a levantar las murallas para proteger su
ciudad, incrementando considerablemente el tamaño de sus escarpadas paredes rocosas. Formando
hileras similares a las de un teatro, cuatro o cinco casas apisonadas dominaban las murallas y ahora
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estaban llenas de mecanismos ocultos, lanzas y jabalinas para repeler el ataque. Para cubrir a los
hombres del fuego y del aceite hirviendo, Filipo había mandado construir una torre de asedio de unos
treinta metros de altura, y colocó una plataforma para las catapultas; sus zapadores habían logrado
derribar casi medio muro, para encontrarse otro igual de grueso, formado por la primera fila de casas
construidas con roca sólida, grava y tierra. Además, como se imaginaba, los de Bisanto apoyaban con
pertrechos a los de Perinto; sus veloces trirremes, tripulados por pilotos expertos en las aguas locales
(Macedonia nunca poseyó una fuerza naval considerable), llevaban tropas frescas, que mantenían
abierta la ruta de los barcos de abastecimiento del Gran Rey, quien estaba cumpliendo su pacto con
Atenas.
El rey Filipo, que dictaba todos estos informes, era un claro y conciso expositor.
Después de leer su primer comunicado, Alejandro pasó la hoja, consciente de la gran campaña
que se estaba perdiendo. Incluso el sello tenía pocas correcciones.
En una ocasión, Alejandro estaba en la pista de carreras, cuando a lo lejos vio que Harpalos le
hacía señas. Un mensajero de palacio había pasado el mensaje a alguien que pudiera llamarle sin que
se sintiera ofendido: debía de tratarse de algo urgente. Alejandro saltó del carro, dio unos cuantos
pasos para no perder el equilibrio y fue hacia Harpalo; estaba lleno de polvo de la pista de carreras,
que le cubría desde los pies hasta las rodillas, como si fueran gruesas botas. Sus ojos brillaban a través
de la máscara de sudor y polvo que le cubría el rostro, y por el contraste con la mugre parecían
despedir destellos azul turquesa. Sus amigos estaban a buena distancia de él, pero no porque eso fuera
una buena costumbre, sino porque no querían mancharse con sus sucias ropas.
-Entre nosotros -dijo alguien detrás de él-, ¿has notado que él jamás huele mal, cuando todos
los demás apestan a perro cazador?
-Preguntadle a Aristóteles -dijo alguien más.
-No, se molestaría.
El mensajero informó que desde la frontera norte había llegado un correo, que esperaba que el
príncipe tuviera tiempo disponible para escucharlo. Alejandro, entonces, ordenó que un sirviente le
llevara rápidamente una túnica. Luego se desnudó detrás de la fuente de las caballerizas, se cambió de
ropa y apareció frente a Antipatro en la sala de audiencias momentos antes de que terminara de
interrogar al correo, quien tenía muchas más cosas que contar (el pergamino aún estaba debidamente
sellado).
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El hombre acababa de llegar de las tierras altas, aguas arriba del río Estrimón, en donde
Macedonia se unía con Tracia en una complicada red de desfiladeros, montañas y pastizales.
Antipatro parpadeó sorprendido al ver la rapidez casi sobrenatural de Alejandro; el mensajero
parpadeaba por el cansancio, pues sus ojos se le cerraban por la falta de sueño. Después de preguntarle
su nombre, Alejandro le dijo:
-Siéntate, pareces mortalmente cansado.
Luego, golpeó las palmas de sus manos y pidió vino para el soldado; mientras lo traían, leyó el
comunicado de Antipatro. Después de que el hombre calmara su sed, Alejandro le pidió que le contara
todo lo que sabía.
Los medos eran montañeses de una raza más antigua que la de los aqueos, dorios, macedonios
y celtas. Habían sobrevivido en las montañas y en el difícil clima tracio, y crecían fuertes como cabras
salvajes, conservando viejas costumbres anteriores a la edad de bronce; además, cuando los sacrificios
humanos celebrados para calmar la ira de sus dioses de la comida no funcionaban, hacían incursiones
en territorios ya establecidos y se dedicaban al pillaje. Sin embargo, Filipo los había conquistado desde
hacia mucho tiempo y logró arrancarles un juramento de fidelidad, pero con los años los vínculos con
ellos se fueron debilitando y se convirtieron en parte de la leyenda. Su número se había incrementado
en los últimos tiempos, y los jóvenes que llegaban a la adultez necesitaban sangre para sus espadas, así
que sus hordas se desparramaron hacia el sur, como si fueran un fluido salvaje y repentino que corriera
sobre el lecho de algún río. Saqueaban y quemaban todas las granjas a las que llegaban; los
macedonios y tracios leales eran degollados vivos, y sus cabezas pasaban a ser trofeos de guerra; las
mujeres eran esclavizadas y se las llevaban lejos.
Antipatro, para quien ésta era la segunda noticia similar, miró al joven que ocupaba la silla
estatal, esperando gentilmente cubrir sus necesidades con confianza. Sin embargo, Alejandro seguía
con los ojos fijos en el mensajero, sentado con el cuerpo hacia delante y escuchando ansiosamente.
Luego le dijo:
-Descansa un rato. Quiero poner por escrito algunas cosas.
Después, cuando apareció el escribano, Alejandro empezó a dictar parte de lo que había dicho
el mensajero, comprobando con él cada palabra. Describía los movimientos de los medos y las
características principales de su territorio; por su cuenta, añadió un mapa dibujado en cera para ser más
ilustrativo. Tras haber comprobado toda la información escrita con el mensajero, ordenó que a éste le
prepararan un baño, pidió que le sirvieran de comer y le arreglaran una cama y despidió al empleado.
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-Creo que debemos sacarle ahora toda la información -comentó Alejandro, mientras examinaba
las tablillas-. Una noche de sueño puede devolverle a la vida, pero nunca se sabe: podría morir durante
el sueño. Quiero que este hombre descanse bien mientras empiezo a prepararme, pues quiero que sea
mi guía cuando esté listo para marchar.
Las cejas de Antipatro, grises como la piel de zorro, se juntaron y apuntaron sus extremos
interiores hacia la nariz. Ya había previsto todo esto, pero decidió hacer caso omiso de ello.
-Alejandro, bien sabes lo mucho que me gustaría que me acompañaras, pero también sabes que
eso es imposible: no podemos salir los dos de Macedonia mientras el rey está en la guerra.
Alejandro se apoyó en su silla; el cabello, lleno de polvo y húmedo por el baño apresurado que
se había dado antes de presentarse con Antipatro, le caía pesadamente sobre la frente, y sus dedos y
uñas estaban bastante sucios. Sus ojos parecían fríos y carecían de todo rastro de ingenuidad.
-Pero, por supuesto, Antipatro, nunca he pensado tal cosa. Te dejaré el anillo, mientras yo estoy
fuera.
Antipatro abrió la boca, suspiró profundamente e hizo una pausa. Con inflexible cortesía,
Alejandro continuó sin dejarle hablar:
-No lo llevo puesto porque no lo uso mientras hago mis ejercicios. Cuando deje Pella te lo
entregaré.
-Pero, Alejandro, has de tener en cuenta que...
Alejandro, que lo había estado observando como si fuera un duelista, hizo un pequeño gesto
para indicarle que no tenía nada que decir. Después de un instante crucial, la voz de Antipatro
enmudeció. Entonces, con sublime formalidad, el príncipe le dijo:
-Tanto mi padre como yo sabemos lo afortunados que somos por tener un hombre como tú, en
quien podemos confiar el reino -se levantó, tenía las piernas separadas, las manos sobre el cinturón y
echó para atrás su desgreñada cabellera-. Voy a ir yo, Antipatro, grábate eso en la cabeza. Partiré
mañana al amanecer.
Antipatro, que también había tenido que ponerse de pie, trató de hacer uso de su estatura, pero
pronto se dio cuenta de que era inútil.
-Si así lo quieres, así será, pero por favor piensa bien las cosas antes de partir. Todos sabemos
que eres un excelente oficial de campo y les agradas a los hombres, en eso todos estamos de acuerdo,
pero jamás has preparado una campaña ni planeado una estrategia. ¿Sabes qué parece este territorio?
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-Para estas fechas ya estarán agotados en el valle del Estrimón; a eso han venido. Las
cuestiones del aprovisionamiento las discutiremos en el consejo de guerra. Acabo de convocarlo para
dentro de una hora.
-Alejandro, ¿te das cuenta de que, si pierdes, la mitad de Tracia arderá como yesca? Se cortarán
las líneas de tu padre y, cuando se difundan las noticias, tendré que ir al noroeste a defender nuestras
fronteras con los ilirios.
-Bueno, ¿y cuántas tropas necesitas para eso?
-Si pierdes, en toda Macedonia no habrá soldados suficientes.
Alejandro inclinó la cabeza ligeramente hacia la izquierda; su mirada, que flotaba más allá de
la cabeza de Antipatro, estaba levemente desenfocada.
-Además, si pierdo, los soldados jamás volverán a confiar en mi y nunca seré un general. Por
otra parte, mi padre dirá que no soy hijo suyo y perderé la oportunidad de convertirme en rey. Bueno,
parece que tendré que ganar a toda costa.


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