Segunda parte

“Casandro nunca debiera molestarle -pensó Antipatro-. Sin duda, el polluelo está rompiendo el
cascarón”.
-¿Y qué sucederá conmigo? ¿Qué me dirá tu padre por dejarte ir?
-¿Quieres decir... si pierdo? En ese caso debería seguir tu consejo. Ponlo por escrito y yo
firmaré para que conste que me lo advertiste; gane o pierda, le mandaremos el mensaje a mi padre.
¿Cómo ves esa apuesta?
-Ah, pero después podrías usar eso contra mí -le dijo mientras lo miraba agudamente.
-Oh, si -respondió Alejandro suavemente-. Por supuesto que lo haría, ¿qué te creías? Haz tu
apuesta, Antipatro; no puedes esperar que la iguale, ni siquiera puedo igualar la mia.
-Creo que las apuestas están bastante altas así -le dijo sonriendo, al recordar que debía andar
con cuidado-. Entonces, déjame saber qué es lo que quieres. En mis tiempos aposté por caballos
peores.
Alejandro estuvo de pie todo el día, excepto durante el consejo de guerra. Pudo haberse sentado
mientras daba sus órdenes pero sus ideas fluían con mayor rapidez cuando se paseaba de un lado a
otro; quizá esa costumbre la adquirió de sus clases en Mieza. Hubiera querido ver a su madre, pero no
le quedaba tiempo disponible. Apenas estuvo todo preparado, la fue a visitar para despedirse, pero
tampoco pudo quedarse mucho tiempo. Cuando llegó, encontró a su madre inclinada haciendo borras
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de lana, aunque seguramente había estado esperándole. Después ya la vería con más tiempo; todavía
tenía que despedirse de Félix y dormir un poco.
Era una mañana relativamente tranquila en el campamento situado frente a Perinto; la noche
anterior había habido un combate en las murallas y los hombres estaban descansando. Se oían ruidos
de fondo: relinchos de mulas, hombres que preparaban las máquinas de guerra entre gritos y sonidos
metálicos; un hombre herido en la cabeza que gritaba obscenidades desde el cuartel-hospital; un
capitán de artillería, destinado a vigilar el sitio en su día de descanso, que gritaba a su equipo que
levantara una cuña y engrasara los pernos; se oyó un sonido metálico desde la pila de tornillos, cada
uno de los cuales tenía grabado en la cabeza el lacónico mensaje: De Filipo.
El rey Filipo había pedido que le hicieran una choza con ramas, pues no tenía ningún sentido
sudar bajo la apestosa piel de la tienda real cuando no estaban en movimiento. Allí se acomodó como
un viejo soldado de campaña; tapetes de paja local cubrían el piso y en su equipaje había cargado
sillas, lámparas de pie, una bañera y una cama lo suficientemente ancha como para admitir a otra
persona. En una de las mesas de pino construidas por los carpinteros del ejército, estaban sentados él y
Parmenión, leyendo un mensaje.
“Una vez que reuní las tropas de Pidna y Anfípolis, me puse en marcha hacia el norte, a Terma,
pues había planeado viajar por el gran camino del este hacia Anfípolis, a fin de enterarme de los
movimientos del enemigo y mejorar las disposiciones antes de ir hacia el norte, río arriba. Pero al
llegar a Terma me alcanzó un jinete que mi amigo Lambaro envió en cumplimiento de su promesa”.
-¿Amigo? -se preguntó Filipo en voz alta-. ¿Qué quiere decir con eso? Ese muchacho era un
prisionero, ¿lo recuerdas, Permenión? Apostaría un talento a que los agrianos se unirán a los medos.
-¿Qué fue lo que me dijiste sobre las escapadas del príncipe con los de la tribu cuando lo
mandaste de regreso a la escuela? Recuerdo bien tus blasfemias cuando te enteraste.
-Así es, así es. Ya casi no lo recordaba. Fue una loca incursión, tuvo mucha suerte de que no le
cortaran el pescuezo. No suelo tomar rehenes de las tribus cuando pienso que son seguras. ¡Amigo!
Bueno, ya veremos.
“Cuando supo que tú estabas en el este, mandó avisarme que los medos estaban asolando las
tierras altas del valle del Estrimón. También me dijo que habían invitado a su gente a unírseles para la
guerra, pero el rey Teres respetó los juramentos que te hizo cuando le devolviste a su hijo y se negó a
ir con ellos.”
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-No debe haber estado muy ansioso, pero fue el muchacho el que mandó el mensaje. Ahora
rondará los diecisiete años.
“Me aconsejó que marchara rápidamente río arriba, hasta el Paso del Embate -así llaman a las
empinadas paredes del desfiladero-, para reforzar la guarnición de este lugar, antes de que el enemigo
llegara hasta las llanuras. Entonces decidí que no debía perder el tiempo marchando personalmente
hacia Anfipolis, pero mandé a Coinos con órdenes precisas de que reclutara tropas de ese lugar.
Mientras tanto, yo conduciría a mis hombres por las sendas de la cordillera y en Siris cruzaríamos el
Estrimón. Allí, Coinos me estaría esperando con hombres, caballos frescos y pertrechos. Cuando les
conté a mis hombres los peligros que acechaban a nuestros colonos en las llanuras, todos
emprendieron la marcha a muy buen paso; sin embargo, los caminos eran muy poco transitables, así
que tuve que desmontar y caminar junto a ellos para alentarlos a apresurar la marcha.”
Filipo levantó la vista y dijo:
-A pesar de que alguien pulió el estilo, son evidentes las huellas de su carácter.
“Entonces cruzamos Krousía y al atardecer del tercer día vadeamos el Estrimon.”
-¿Qué? -exclamó Parmenión con los ojos bien abiertos-. Pero si Krousía está a más de noventa
kilómetros.
-Es que no llevaban peso, y además los iba alentando para que se apresuraran.
“Coinos me alcanzó rápidamente con las órdenes perfectamente cumplidas. Este oficial actúa
con rapidez y buen tino, te lo recomiendo sinceramente. También habló con buen criterio con
Estasandro, comandante en jefe de Anfipolis, quien creía que yo tardaría tres días marchando por ese
camino y le preguntó qué era lo que tenía que hacer.”
-Eso lo añadió con su propia mano -comentó Filipo con una sonrisa.
“Gracias al éxito de la misión de Coinos, he conseguido la cantidad de soldados que necesitaba:
mil hombres...”
Parmenión estaba boquiabierto y ni siquiera trató de hacer comentarios.
“A pesar de que Anfipolis quedó desprotegida, me pareció prudente proceder de esta manera,
pues los medos estaban invictos y su prestigio crecía cada día, lo cual aumentaba las probabilidades de
que se le unieran otras tribus. Instalé puestos de vigilancia y faros entre mis hombres y la costa, a fin
de protegerme por si a los atenienses se les ocurría atacar por mar.”
-¡Ah! -exclamó Parmenión-. No puedo dejar de maravillarme de que haya encontrado a un
hombre tan resuelto como Coinos para asumir esa responsabilidad.
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“Pero antes de que llegáramos al Estrimón, los medos ya habían arrasado la guarnición del
Paso del Embate y estaban en el valle dedicándose a asolar las granjas que encontraban a su paso.
Algunos de ellos habían cruzado el río en dirección oeste, a la mina de plata; mataron guardias y
esclavos y se llevaron nuestras barras de plata. Esto me hizo pensar que no bastaría con expulsarlos de
las tierras de los granjeros, sino que debíamos arrasar sus propios asentamientos”.
-¿Acaso sabe dónde está? -preguntó incrédulamente Parmenión.
“Una vez que pasé revista a las tropas, hice los sacrificios correspondientes a los dioses
adecuados y a Heracles y el agorero me dio buenos auspicios. Además, los hombres leales de Panonia
me dijeron que, mientras estaban de cacería, vieron cómo un joven león caía sobre un lobo que se
alimentaba con los despojos de algún cadáver. Los soldados se tranquilizaron al oír la historia, pues
pensaron que era un buen augurio; por mi parte, recompensé a ese hombre dándole unas monedas de
oro.”
-Lo merecía -comentó Filipo-, por ser el más astuto de los agoreros.
“Antes de empezar mi avance, envié a quinientos montañeses escogidos a que se emboscaran y
tomaran por sorpresa la guarnición del paso. Mi amigo Lambaro me advirtió que lo defenderían con
sus mejores hombres, ya que ninguno de los guerreros estaba dispuesto a perder su parte del saqueo
por asegurar su retaguardia. Mis hombres comprobaron que todo sucedió tal como Lambaro nos había
advertido. También encontraron los cadáveres de algunos de nuestros guardias y rescataron a los
heridos, los cuales habían sido duramente maltratados. Cuando les di la orden de que procedieran tal
como el enemigo había procedido con nuestros hombres, nuestros soldados arrojaron a cuantos medos
pudieron atrapar a los rápidos del Estrimón. Entonces, lograron controlar nuevamente el fuerte y
ambas paredes del desfiladero. Cefalón iba al frente de nuestras tropas y demostró ser un oficial
bastante enérgico”.
”En el valle, mientras tanto, muchos de nuestros colonos habían enviado fuera a sus familias, a
fin de que estuvieran seguras, y ellos se quedaron para hacer frente al enemigo. Yo les felicité por su
valentía, les entregué mejores armas y les prometí dispensarles del pago de impuestos durante un año.”
-Los jóvenes nunca saben de dónde sale el dinero -comentó
Filipo-. Puedes estar seguro de que no se le ocurrió preguntarles cuál de sus impuestos era el más
valioso.
“Luego conduje a todas mis fuerzas hacia el norte, valle arriba, con mi flanco derecho en
avanzada para impedir el acceso del enemigo a las tierras altas. En todas partes donde encontramos
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bandas dispersas dedicadas al pillaje, las destruimos mientras los demás continuaban trabajando en el
noreste, fastidiándoles como si fuéramos perros pastores juntando el ganado, para evitar que se
dispersaran por las montañas sin ofrecernos batalla. Los tracios confían ciegamente en su primera y
precipitada incursión, y no les gusta permanecer mucho tiempo en los lugares que conquistan”.
“Finalmente, el enemigo se concentró exactamente donde yo quería, en una franja de terreno en
la que el río forma un recodo con el lago. Creyeron que allí estarían seguros, con el río asegurando sus
espaldas, como supuse. Yo había pensado empujarlos hacia el río; en la retaguardia había un vado,
conocido por ser profundo y traicionero. En el momento en que se mojaran las cuerdas de sus arcos y
perdieran sus armas más pesadas, estarían listos para regresar hacia su territorio a través del paso, sin
saber que mis hombres ya lo controlaban. Entonces, di la orden de ataque...”
Lo que seguía era un resumen de los acontecimientos. Filipo empezó a murmurar las líneas
entre dientes, olvidándose de que Parmenión quería escucharlo, así que éste tuvo que inclinarse sobre
el papel para seguir leyendo. Los medos se tragaron el anzuelo, se precipitaban y se arrojaban
confundidos a la corriente del río para ir a caer en la trampa acerada del desfiladero. Alejandro
devolvía a Anfipolis la mayoría de sus guarniciones.
“Al día siguiente empujé hacia el río y los llevé más allá del paso; algunos enemigos habían
cruzado las montañas por otros caminos y yo no quería darles tiempo de que se reagruparan. Así que
decidí ir al país de los agrianos. Allí, Lambaro, mi amigo y anfitrión, me salió al encuentro con toda
una brigada de caballería; eran sus amigos y parientes. Le había pedido permiso a su padre para ir a la
guerra con nosotros, en cumplimiento de sus promesas. Nos enseñaron los pasos más fáciles y, a los
pocos días, se portaron muy bien en el combate”.
-Teres se dio cuenta de la forma en que saltaba el gato -dijo Filipo-. Pero el muchacho no
esperó, ¿por qué? Era sólo un niño cuando estaba en Pella y apenas puedo recordarlo.
Filipo murmuraba algo acerca del camino de Alejandro por entre los peligros de la campaña de
las montañas. Guiado por sus aliados hasta la rocosa guarida de sus enemigos, el joven príncipe atacó
con su fuerza principal, mientras sus escaladores trepaban por el escarpado flanco que no estaba
protegido.
“Los hombres del valle, ansiosos de vengarse, estuvieron a punto de matar a cuantos enemigos
encontraban, pero yo les ordené que dejaran a las mujeres y a los niños, pues ellos no habían ofendido
a nadie. Así que he enviado a estos prisioneros a Anfípolis; haz con ellos lo que te parezca
conveniente”.
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-Un muchacho sensible -comentó Parmenión-. Esas mujeres montañesas se venden a muy alto
precio; trabajan mejor que los hombres.
Filipo hojeó la parte de las recomendaciones (“Hefestión, hijo de Amintor, de Pella, luchó con
gran coraje”). Su voz era un murmullo, como cuando se tratan los asuntos de rutina. De repente,
haciendo que Parmenión brincara de su silla, gritó:
-¿Cómo...?
-Bueno, ¿y qué más? -preguntó Parmenión después de la sorpresa inicial.
-Se ha detenido allí para fundar una ciudad -respondió Filipo con voz mesurada, al tiempo que
miraba el pergamino.
-Debe ser la letra del amanuense.
-El amanuense escribe como si estuviera haciendo un libro. Los medos tienen algunas buenas
tierras de pastura y en los pies de sus montañas podrán crecer vides de buena calidad. Así que está
volviendo a fundar su ciudad, de acuerdo con Lambaro, su amigo. Creo que puede haber entre ellos
una diferencia de unos treinta años.
-Como mucho -gruñó Parmenión.
-Ha pensado en los colonos adecuados: agrios, por supuesto, hombres leales de Panonia,
algunos macedonios sin tierra que él conoce, y... Sí, espera, ésta es una buena idea. ¿Hay algún buen
hombre que merezca ser recompensado con un trozo de tierra? Alejandro cree que hay tierra para
veinte de mis hombres.
Parmenión decidió que sólo a un tonto se le habría ocurrido abrir la boca, así que se limitó a
aclarar la garganta para llenar la pausa.
-Por supuesto, la ha bautizado con el nombre de Alejandría.
Al decir esto, Filipo bajó la vista hacia el pergamino; Parmenión se quedó mirándolo a la
profunda cicatriz que le surcaba el rostro, a sus rasgos maduros, a las cejas entrecanas y a la barba; el
viejo toro aspiraba el nuevo aire de la primavera, inclinando sus raídos cuernos de batalla. “Yo
también estoy empezando a envejecer”, pensó Parmenión. Ambos habían compartido los inviernos
tracios y permanecido juntos en todas las incursiones contra los ilirios; compartían el agua turbia en
los tiempos de sequía, el mismo vino después de la batalla, y en su juventud habían compartido,
incluso, la misma mujer, quien jamás supo a ciencia cierta cuál de los dos era el padre de su hijo;
también habían compartido las bromas que se desprendían de su paternidad desconocida. Parmenión
volvió a aclararse la garganta.
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-El muchacho siempre anda diciendo -comentó bruscamente- que no le dejas hacer nada que le
permita destacar. Por ello está aprovechando las oportunidades que se le presentan.
Filipo golpeó la mesa con el puño y dijo decididamente:
-Estoy orgulloso de él -aparró el mantel y, con trazos fuertes y rápidos, empezó a esbozar el
plan de ataque.
-Es un magnifico plan; buenas disposiciones. Pero deja que estén fuera de alcance, un hueco,
digamos, por aquí, y entonces, ¿dónde pudo haber estado? ¿Y si la caballería presionara sin control?
Pero no, él lo controla todo desde la línea frontal. Luego, cuando rompe las defensas, cambia su
movimiento de esta forma.
-Veremos cosas extraordinarias con este hijo mío, Parmenión -dijo Filipo mordiéndose los
dedos-. Conseguiré esos veinte colonos para su Alejandrópolis, por dios que lo haré.
-Entonces, yo los buscaré. ¿Por qué no brindamos por ello?
-¿Por qué no? -Filipo pidió el vino y empezó a enrollar la carta-. ¿Qué hago? A ver, a ver, no
he terminado de leerla.
“Desde que estoy en el norte, no he dejado de oír hablar de los odrisios, quienes habitan las
cumbres del Hemón; dicen que son guerreros ingobernables que amenazan la estabilidad de los
asentamientos definitivos. Yo creo que mientras esté en Alejandría podré hacerles la guerra y
someterlos. Quisiera pedir tu permiso para tomar de Macedonia las tropas que necesito, pues me
propongo...”
En eso, llegó el vino y se llenaron las copas. Parmenión tomó un largo trago, olvidándose de
esperar al rey, quien, a su vez, pasó por alto el detalle.
-¡Los odrisios! ¿Qué pretende ese muchacho: acaso quiere empujarlos hacia Istria? -luego
siguió leyendo, pero omitió la parte de la requisa.
“Estos bárbaros podrían fastidiarnos si hostigaran nuestra retaguardia cuando llegue el
momento de marchar a Asia; además, si logramos someterlos podremos extender nuestra frontera norte
hasta Istria, cuyas aguas nos brindarían una defensa natural, pues, según dice la gente, allí está el río
más grande del mundo, después del Nilo y del océano circundante.”
Los dos hombres curtidos se miraron a la cara como si estuvieran consultando algún presagio.
Filipo rompió el silencio al lanzar una sonora carcajada, que mostró su rota dentadura, y al palmear
vigorosamente sus muslos. Parmenión se unió a su alegría, con la laxitud del alivio.
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-¡Simias! -gritó el rey-. Ocúpate del correo del príncipe. Mañana necesitará un caballo fresco;
debo despacharlo antes de que mi hijo empiece a movilizarse; no quiero desilusionarlo. Ah, ya sé, le
propondré que consulte con Aristóteles la constitución de su ciudad. Qué muchacho, ¿eh? ¡Qué
muchacho!
-¡Qué muchacho! -repitió Parmenión, y miró hacia adentro de su copa, viendo su propia
imagen reflejada en la oscura cara del vino.
La larga fila de hombres emprendió la marcha hacia el sur; formados en falanges y escuadras,
los soldados cruzaron el valle del Estrimón. Alejandro conducía la formación, marchando al frente con
su propio escuadrón; Hefestión cabalgaba a su lado.
El viento soplaba suavemente; agudos chirridos y penetrantes crujidos de la madera, formaban
los lamentos del equipo de la soldadesca, que se mezclaban con los graznidos de los cuervos. Los
colonos ya habían enterrado a sus muertos y los soldados habían puesto a los suyos en piras funerarias.
A la retaguardia de toda la columna iban las carretas con camas en las que se transportaba a los
heridos, y detrás de éstos una carreta que llevaba urnas de cerámica local y paja para protegerlas, cada
una de las cuales tenía pintado un nombre.
En realidad, las bajas habían sido relativamente pocas, pues la victoria llegó rápidamente.
Conforme caminaban, los soldados hablaban de ello al mismo tiempo que miraban los miles de
cadáveres enemigos que estaban esparcidos por el campo, en espera de recibir los ritos de la
naturaleza. Por la noche, lobos y chacales los habían devorado y durante el día terminaban el trabajo
los perros sin dueño de las aldeas cercanas y las aves de rapiña, que se amontonaban formando una
nube de plumas en movimiento. Cuando la columna pasaba cerca, las aves se levantaban dando
horrorosos graznidos y revoloteando ansiosamente sobre los despojos; entonces era posible ver los
huesos de las victimas y los jirones de piel desgarrada por los lobos en su prisa por devorarles las
entrañas. El olor a muerte, lo mismo que el ruido, se desplazaba con la brisa. Sin embargo, en pocos
días todo estaría limpio. Quienquiera que poseyera el terreno, se habría ahorrado el trabajo más
penoso; solamente tendría que apilar los huesos y enterrarlos en una fosa.
También sobre los despojos de los caballos los buitres bailaban su danza de muerte, dando
ligeros brincos con las alas semidesplegadas y disputándose la carroña. Bucéfalo dio un resoplido de
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asfixia y huyó asustado. Entonces, Alejandro indicó a la columna que continuara, desmontó y condujo
gentilmente su caballo hasta uno de los montículos en el que se acumulaba carne fétida; le acarició el
hocico, dio un paso hacia delante para espantar a los buitres y, cuando empezaron a reñir entre si
batiendo las alas, regresó con su caballo para decirle palabras suaves y tranquilizarlo. Bucéfalo
relinchó y resopló encolerizado, pero tranquilo. Después de estar allí unos instantes, el joven príncipe
volvió a montar y regresó a la cabeza de la columna. Una vez allí, le dijo a Hefestión lo siguiente:
-Jenofonte dice que uno siempre debe actuar así con lo que atemorice a su caballo.
-Nunca creí que hubiera tantos bribones en Tracia. ¿Dónde se meten cuando no están en
guerra? -Hefestión empezaba a sentirse enfermo y sólo hablaba para distraer su mente.
-Estoy casi seguro de que nunca han dejado de estar en guerra; pero será mejor que se lo
preguntemos a Aristóteles.
-¿Todavía sientes no haber luchado contra los odrisios? -le preguntó Hefestión.
-Por supuesto. ¿Por qué? -dijo Alejandro un poco sorprendido por la pregunta-. Sólo estábamos
a medio camino de allí. Pero no importa, al final les veremos las caras y también veremos Istria.
Un pequeño grupo de jinetes de caballería que cabalgaba en uno de los flancos, se adelantó al
recibir la orden de Alejandro. Había un grupo de cadáveres bloqueando el camino; eran hombres que
habían caído en la trampa y que lograron arrastrarse hasta allí.
-Adelantaos y despejad el camino... -ordenó Alejandro-. Si, por supuesto, todavía lo lamento,
pero no estoy enojado. Es verdad lo que dice mi padre: ahora nuestras fuerzas están muy tensas. Me
envió una carta muy amable, que yo leí rápidamente y me pareció que era un recordatorio.
-Alejandro -le interrumpió Hefestión-. Ese hombre está vivo.
Un consejo de buitres estaba considerando algo; saltaban hacia delante y luego reculaban como
si los hubieran ofendido o golpeado. Entonces, alcanzaron a ver un débil brazo que se desangraba.
-¿Después de tanto tiempo? -dijo Alejandro, sorprendido.
-Sigue sangrando -contestó Hefestión, no menos sorprendido.
Alejandro se dio la vuelta y llamó al primer jinete que encontró. Un hombre se acercó
rápidamente y miró con profundo cariño al maravilloso muchacho.
-Polemón, recoge a ese hombre si aún podemos ayudarlo, o mátalo rápidamente. Todos ellos
lucharon valientemente por esos alrededores.
-Así se hará, Alejandro -contestó el soldado fervorosamente.
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Alejandro le concedió una ligera sonrisa de aprobación y el hombre salió radiante a cumplir
con su misión. Después de hacer la tarea encomendada, el soldado volvió a montar y regresó a las
filas; mientras tanto, los buitres se apiñaban nuevamente, con la panza satisfecha.
A lo lejos brillaba el azul del mar. “Pronto -pensó Hefestión lleno de alivio- habremos dejado
atrás los campos de batalla.” Los ojos de Alejandro estudiaron los grupos de aves que sobrevolaban la
llanura y escudriñaban más allá del horizonte. De pronto, dijo:
-“Las almas de muchos bravos guerreros flotan hacia la casa del dios Hades, mientras sus
carnes son festín para los perros y las aves. Así se cumple la voluntad de Zeus.”
El ritmo de las palabras marcaba llanamente el paso de Bucéfalo. Hefestión miró a Alejandro y
siguió cabalgando, en paz, con su inmaculada compañía.
El sello de Macedonia estuvo algún tiempo en el dedo de Antipatro. Un segundo correo salió al
encuentro de Alejandro, para pedirle que se dirigiera hacia las líneas de su padre, para que éste lo
felicitara. Así pues, tomó a su compañía y con ellos desvió la ruta hacia Propóntide.
Ya en la casa del rey, en el cerco de Perinto -para aquel entonces convertida en un lugar
bastante cómodo-, padre e hijo se sentarían a la mesa de pino con un cajón lleno de arena y piedras;
con ese material harían pequeñas montañas, trazarían con los dedos algunos pasos y desfiladeros y con
varas para perfilar el suelo dibujarían la posición de la caballería, de las tropas de asalto, de las
falanges y de los arqueros.
Allí nadie interrumpía su juego, salvo las ocasionales incursiones del enemigo. El joven y
hermoso escudero de Filipo era un hombre decente; Pausanias, cuya espesa barba arruinaba su belleza,
acababa de ser ascendido a comandante de la guardia y observaba impasible, sin interrumpir en ningún
momento, salvo en caso de peligro. En tales casos, padre e hijo se ceñían sus respectivas armaduras:
Filipo con blasfemias de veterano, Alejandro con las ansias de un novato. La sección de las tropas que
se unió a Alejandro siempre estaba de buen humor, y desde los primeros días de la campaña con él, le
bautizaron con un sobrenombre: Basilisco, el Pequeño Rey.
Su leyenda se le adelantaba en todos los lugares a los que llegaba. Se decía que en una
incursión contra los medos, había llegado hasta un risco en el que se ocultaban dos de ellos y que los
mató a ambos mientras los hombres que andaban tras él aún contenían su respiración (nadie había
tenido tiempo de advertirle del peligro). También se decía que una joven tracia de unos veintidós años
de edad, había pasado toda la noche en su tienda, pues se vio obligada a refugiarse allí cuando todos
los hombres la perseguían. Sin embargo, Alejandro, ni siquiera la tocó, sólo la protegió y le dio una
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dote matrimonial. En otra ocasión, se interpuso entre cuatro macedonios que luchaban con sus espadas
desenvainadas, y los apartó sin más armas que sus manos.
Otro día, él y sus hombres estaban en las montañas y una tormenta terrible, con rayos y truenos,
se abatía sobre ellos. Parecía que los dioses se habían propuesto terminar con todos; entonces,
Alejandro leyó la suerte entre los mismos rayos de la tormenta, hizo que los hombres se desviaran y
los salvó. En alguna otra ocasión, ofreció su túnica para detener la hemorragia de uno de los heridos y
se decía que el color de la sangre de aquel hombre adquirió un tinte más honorable que el púrpura. Y
hasta que un hombre que pensaba que Alejandro era demasiado rudo como para intentar las viejas
tretas de los soldados veteranos, se sintió terriblemente apenado y avergonzado al conocerlo.
-“Si la emprende contra ti, es mejor que mantengas los ojos bien abiertos; pero si buscas un
proceso justo, aunque sea en su contra, siempre te respetará”, decía.
Así pues, cuando los hombres le vieron correr hacia la escalera, iluminado por la luz mortecina
de las hogueras, brillante y veloz como una libélula, saludándolos a todos como si fueran los invitados
a una fiesta, empezaron a llamarle y corrieron para ganarse un lugar cerca de él. Era bueno fijarse en
él, pues mentalmente era más rápido que cualquiera.
Pese a todo, el asedio no marchaba del todo bien. Tomando a Olinto como ejemplo, habían
abierto dos caminos, pero los de Perinto habían decidido que, en caso necesario, preferirían morir.
Además, la ocupación estaba todavía muy lejos. Los defensores, bien pertrechados por vía marítima,
salían a su encuentro con vigor y energía y no pocas veces contraatacaban. Estaban dando su propio
ejemplo. Desde el Quersoneso, un poco hacia el sur del gran camino del este, llegaron noticias de que
las ciudades subordinadas comenzaban a animarse. Desde hacía mucho tiempo, los atenienses las
habían incitado a que se rebelaran, pero no estaban dispuestos a enrolarse en las tropas de Atenas, pues
la paga era muy baja y tenían que vivir fuera de sus tierras. Sin embargo, en esos momentos las
ciudades estaban envalentonadas; los puntos de observación de los macedonios habían sido atacados y
sus puntos fuertes amenazados. La guerra había empezado.
-He despejado una parte del camino para ti, padre -le dijo Alejandro tan pronto como les
llegaron las noticias-; ahora deja que te despeje el otro.
-Eso lo haré yo apenas lleguen las demás tropas. Emplearé ésas aquí, pues tú necesitarás
hombres que conozcan el territorio.
Filipo tenía planeado un ataque sorpresa sobre Bisanto, a fin de detener su apoyo a Perinto;
cuanto más rápido lo arreglara, mucho mejor. Estaba más comprometido de lo que creía en esa costosa
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guerra, y ahora necesitaba alquilar más mercenarios. Así pues, los mandó traer de Argos y Arcadia,
Estados amigos debido a que durante generaciones habían vivido bajo la amenaza de Esparta (ellos no
compartían la rabia y la furia de los atenienses). No obstante, esos hombres costaban dinero, que el
asedio consumía como si fuera agua vertida en arena.
Finalmente llegaron los refuerzos: eran hombres fuertes y robustos, hechos a la manera de
Filipo, que aún reflejaban su descendencia argiva. El rey les pasó revista y después los asignó a sus
oficiales, quienes, para bien o para mal, nunca los dividían (un error que debilitaba la cadena de
mando). A pesar de todo, eran hombres bien entrenados que merecían la paga. Alejandro y sus
ejércitos marcharon hacia el oeste; los hombres que habían estado con él en Tracia, ayudaban a sus
compañeros recién ingresados.
Su campaña fue rápida y victoriosa, pues la revuelta apenas se había iniciado; varias ciudades
se atemorizaron, exiliaron a los insurgentes imprudentes y dieron muestras de su lealtad. Sin embargo,
los que ya estaban demasiado comprometidos se reunían para comentar que seguramente los dioses
habían enloquecido a Filipo, pues de otra forma no se explicaban que hubiera puesto al frente de sus
tropas a un muchacho de dieciséis años. Esos hombres se mostraban retadores. Entonces, Alejandro
rodeaba sus ciudadelas y se sentaba a esperar, mientras analizaba los defectos de sus defensas, o,
cuando no los encontraba, hacía huecos en sus paredes utilizando arietes, escalas o zapas. En Perinto
había aprendido su lección y en esos momentos ensayaba algunas de las cosas que había asimilado. La
resistencia a sus ataques no duró mucho en ningún lugar, y las demás ciudades le abrieron sus puertas
aceptando sus condiciones.
Al salir de Acanto, Alejandro pudo ver el canal de Jerjes, un canal para el paso de los barcos
que los persas habían abierto en la parte más estrecha del istmo de Atos, a fin de rodear las montañas.
Las enormes cumbres nevadas se levantaban a los lados desde sus peladas estribaciones. El ejército
torció hacia el norte y caminó a lo largo de la curva formada por una hermosa bahía. Al pie de las
boscosas montañas se veían las ruinas de una ciudad; entre sus murallas derribadas crecían zarzas
silvestres, los terraplenes de lo que fueran sus campos de vides habían sido abatidos por las lluvias, en
los campos de olivo crecían los hierbajos y parecían olvidados, excepto por algunas cabras que
mordisqueaban la corteza de los árboles y por algunos niños desnudos que bajaban rápidamente de las
ramas. Alejandro preguntó:
-¿Cómo se llama este lugar?
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Uno de los jinetes se adelantó a preguntar, pero cuando los niños vieron que se dirigía hacia
ellos, todos echaron a correr, por lo que tuvo que coger al más lento, que se defendió como lince
atrapado. Cuando el soldado lo llevó a rastras hasta el general y el pequeño vio que no era más grande
que su propio hermano, enmudeció. Sin embargo, cuando se le comunicó que lo único que querían era
saber el nombre del lugar en que estaban, el jovencito respondió secamente:
-Estagira.
La columna se puso en marcha.
-Debo hablar con mi padre -comentó Alejandro con Hefestión-. Ya es hora de que el viejo
tenga su recompensa.
Hefestión asintió con la cabeza; se había dado cuenta de que los días de escuela habían
terminado.
Una vez firmados los tratados, liberados los prisioneros y reforzadas las fortalezas, Alejandro
regresó con Filipo, que aún estaba sitiando Perinto. El rey había estado esperándole, pues no quería
moverse hacia Bisanto sin antes saber si todo había salido bien. Debía partir hacia allá personalmente y
dejaría a Parmenión a cargo del sitio, pues Bisanto costaría más trabajo que Perinto, ya que sus tres
entradas por tierra estaban fuertemente amuralladas y un ataque por mar seria imposible; todas sus
esperanzas estaban cifradas en la sorpresa.
Filipo y Alejandro prepararon juntos la campaña sobre el caballete de madera de pino. El rey
olvidaba frecuentemente que no hablaba con un hombre adulto, hasta que alguna descuidada
brusquedad hacía que el muchacho le diera la espalda. Se había vuelto sumamente extraño, áspero,
cauto y susceptible, y su contacto era cálido a causa de un secreto que compartían; los dos sentían
orgullo de la aceptación mutua.
-¿Cómo va la formación de los de Argos? -le preguntó Alejandro, alrededor de la comida de
mediodía.
-Los dejaré aquí; Parmenión deberá encargarse de ellos. Supongo que vinieron para jactarse
ante los reclutas medio entrenados de las ciudades, como suelen hacerlo en las ciudades sureñas. Sin
embargo, los nuestros piensan que son más bien inexpertos, y así se lo han hecho saber. Bueno, pero,
¿qué son: hombres o doncellas? Excelente paga, buena comida, buenos dormitorios, pero nada está
bien para ellos. Resisten el entrenamiento, no les gusta manejar lanzas largas, en fin, todo lo que
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muestran es una desatinada torpeza y, por supuesto, nuestros hombres se ríen de ellos. Bueno pueden
quedarse aquí y usar sus espadas cortas, con eso es suficiente. Dicen sus oficiales que cuando yo haya
partido con mis hombres y ellos se hayan convertido en campeones de la caminata, se recobrarán.
Alejandro, recogiendo la salsa de pescado con el pan, dijo: “Escucha.” Su primera pregunta era
rápidamente contestada por algunos sonidos de discordia, que empezaban a subir de tono.
-¡Hades se los lleve! -exclamó el rey-. ¿Qué pasa ahora?
Ya podían distinguirse claramente gritos insultantes, tanto en griego como en macedonio.
-Todo se arruina cuando riñen de esa forma -Filipo empujó hacia atrás su silla y se limpió los
dedos sobre su pierna desnuda-. Una pelea de gallos; riñen por un muchacho. Parmenión está vigilando
-el ruido crecía, los diferentes partidarios apoyaban a cada parte-. No puede detenerlos. Tendré que
ordenárselo personalmente –dijo y empezó a caminar con su cojera hacia la puerta.
-Oye, padre, parece peligroso. ¿Por qué no vas armado?
-¿Qué? No, seria darle demasiada importancia. Están acostumbrados a no obedecer a los
oficiales de otros y eso es una injuria.
-Yo te acompañaré. Si los oficiales no pueden apaciguarlos...
-No, no te necesito. Termina tu comida. Simias, mantén caliente la mía.
Finalmente, Filipo salió de su tienda tal y como estaba, es decir, desarmado; sólo llevaba la
espada, de la cual nunca se desprendía. Alejandro se levantó de la mesa y desde la puerta lo siguió con
la mirada.
Entre la aldea y los dispersos caseríos de la línea del asedio había un amplio espacio, a través
del cual se habían cavado trincheras que llevaban hasta las torres de abordaje y se habían establecido
puntos de observación. Allí, entre los hombres que estaban de guardia o el cambio de posta, se había
iniciado la disputa. Como ese lugar era visible desde todos los puntos de la línea, las facciones se
reunían rápidamente; de hecho, ya se habían congregado algunos cientos: los griegos que estaban cerca
y una cantidad innumerable de macedonios; las burlas raciales rompían el aire. Por encima del
escándalo se elevaban algunas voces que parecían provenir de los oficiales, que lanzaban
recriminaciones y amenazas. Filipo dio unos cuantos pasos hacia delante, miró nuevamente la
situación y luego le gritó a un jinete que cabalgaba hacia la multitud. El hombre desmontó y le ayudó a
montar. Dotado ahora de una plataforma viviente, avanzó hacia la multitud y gritó para que callaran.
Entonces, se hizo un pesado silencio; la turba se abrió para dejarle pasar y volvió a cerrarse conforme
avanzaba. Desde la puerta, Alejandro notó que el caballo estaba sumamente inquieto.
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El escudero que había quedado esperando en la mesa hablaba en un excitado bajo tono.
Alejandro se dio la vuelta para verlo; parecía estar esperando órdenes. En la choza vecina se alojaba
todo el cuerpo de escuderos; el umbral de la puerta estaba lleno de cabezas. Entonces, les ordenó:
-¡Rápido, a las armas!
Mientras tanto, Filipo luchaba con el caballo. Su voz, al principio cargada de poder, empezaba
a sonar furiosa y el caballo se encabritó; hubo un rugido de abuso y amenaza; el animal debió de haber
golpeado a alguien con sus patas delanteras. De repente, lanzó un gran relincho, se apoyó en las patas
traseras y se dejó caer. El rey se aferraba tercamente a su montura, y caballo y jinete desaparecieron en
medio de aquel torbellino de gritos.
Alejandro corrió al perchero de la pared, agarró yelmo y armadura -el peto le llevaría
demasiado tiempo- y les gritó a los escuderos: “Han derribado su caballo. Venid, rápido”. Luego, sin
esperar a los demás ni volverse hacia atrás, se adelantó y corrió hacia el lugar de los hechos. Los
macedonios empezaban a salir de las barracas; lo que ocurriera a continuación era lo que importaba.
Al principio avanzaba empujando a la chusma, la cual se abría para dejarlo pasar. El lugar
estaba lleno de mirones o simples espectadores fácilmente manipulables por cualquiera que controlara
su propia mente.
-Dejadme llegar hasta el rey -podía oír cómo los gritos del caballo se convertían en gemidos
agónicos-. Retroceded. Dejadme pasar. Abrid paso, quiero ver al rey.
-Quiere a su padrecito. Mirad, aquí está el polluelo.
Un corpulento argivo que se interponía en su camino le lanzó el primer reto; la última de sus
palabras se le había atragantado en el gañote. Sus ojos y su boca estaban muy abiertos, y de su
garganta salió una náusea. Alejandro, por su parte, de un experto tirón desenvainó su espada y se abrió
un hueco entre la multitud. Pudo ver nuevamente al caballo que se retorcía encima de su padre, que
tenía una pierna aprisionada por el cuerpo del animal y no se podía mover; parado ante él había un
argivo con la espada levantada, sin resolverse a asestar el golpe, esperando que la chusma lo alentara.
Alejandro corrió hacia allá.
La multitud se agitaba y movía hacia uno y otro lado; los mismos macedonios flotaban en sus
orillas. Cuando pudo llegar hasta su padre, Alejandro lo sentó a horcajadas; una de sus piernas estaba
atorada con el cuerpo del caballo, que ya se había atiesado con la muerte. Entonces, gritó: “¡El rey!”,
para guiar a los escuderos. Todos los de alrededor, hombres dudosos, se alentaban mutuamente para
asestar el golpe final al rey caído (era un regalo para quien estuviera a sus espaldas).
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-Éste es el rey. Mataré a quien se atreva a tocarlo -dijo, y algunos de los presentes se
atemorizaron. Luego fijó sus ojos en el hombre que tenía la espada levantada, quien sacó la quijada y
refunfuñó (sin embargo, sus ojos aún estaban vacilantes)-. Retroceded todos. ¿Acaso estáis locos?
¿Creéis que podréis salir vivos de Tracia si lo matan a él o a mí? -alguien de entre la multitud gritó que
habían logrado salir de lugares peores, pero nadie se movió-. Además, nuestros hombres os tienen
rodeados y el enemigo controla la bahía. ¿Acaso estáis cansados de vivir?
Alguna advertencia, un regalo de Heracles quizá, le hizo dar la vuelta. Apenas pudo ver la cara
del hombre que blandía la espada, sólo tenía expuesta la garganta y allí Alejandro le dio la estocada; el
hombre se tambaleó hacia atrás, agarrándose la garganta con los dedos ensangrentados, y volvió el
rostro para mirar a los demás. En ese instante las cosas ya habían cambiado; en lugar de a sus amigos,
vio las espaldas de los escuderos reales, quienes juntaron sus escudos y comenzaron a repeler a los
argivos. Hefestión llegó resuelto a todo, atravesando la masa como un nadador que sale del oleaje, y se
puso a cubrirles la espalda. Pronto todo terminó; duró aproximadamente lo mismo que Alejandro
hubiera tardado en terminar su pescado.
Al terminar la reyerta, el joven príncipe miró a su alrededor; no tenía ni un solo rasguño, había
sido empujado cada vez más hacia delante. Se veía reluciente y sosegado en el centro de su misterio;
había logrado la liberación divina al matar a su propio miedo: el temor yacía ante sus pies.
Voces gruesas, expertas en emitir órdenes, aclararon la confusión; el general de los de Argos y
el delegado de Parmenión se dirigieron a sus respectivas fuerzas en tono familiar. Los componentes de
la multitud se volvieron espectadores rápidamente; al despejar el centro de la disputa aparecieron
esparcidos algunos cadáveres y hombres heridos; después, se dio la orden de arresto para todos
aquellos que estuvieron cerca del rey herido, e hicieron a un lado el cuerpo del caballo. El alboroto
había terminado por completo y, cuando se volvieron a escuchar voces, éstas provenían de las
inmediaciones, de hombres a los que no se podía ver, y sembraban rumores o preguntaban por la salud
del rey.
-¡Alejandro! ¿Dónde está nuestro muchacho? ¿Acaso esos hijos de puta lo han matado?
Entonces, desplazándose en sentido opuesto, las voces caían en profundos contrapuntos:
-¡El rey, han asesinado al rey! ¡El rey ha muerto!... ¡Alejandro! -como respondiendo.
Alejandro, punto de inmovilidad en medio de aquel clamor, miraba hacia el cielo azul brillante.
Arrodillados junto a Filipo, otros hombres preguntaban: “Señor, ¿cómo estás? ¿Señor?” Entonces,
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parpadeó, se arrodilló junto con los demás y empezó a decirle: “¿Padre? ¡Padre!” De inmediato sintió
que el rey seguía respirando.
Había sangre en la cabeza de Filipo y su espada estaba medio desenvainada (debió haber
tratado de sacarla cuando recibió un golpe en la cabeza, quizá con la culata de la espada de alguien a
quien traicionaron los nervios y no se atrevió a darle con el filo). Sus ojos estaban cerrados y sus
manos se movían débilmente. Alejandro recordó una de las lecciones de Aristóteles y abrió el párpado
de su ojo sano, que se volvió a cerrar rápidamente apenas se lo soltó.
-Un escudo -pidió Alejandro-. Envolvedlo suavemente; yo le sujetaré la cabeza.
Los de Argos ya se habían retirado, pero los macedonios seguían reunidos preguntándose si el
rey estaba vivo o muerto.
-Sólo está aturdido -dijo Alejandro-. Pronto se recuperará, no tiene ninguna herida. ¡Mochón!
El heraldo debe anunciarlo. ¡Sipas! Ordena que las catapultas tengan una descarga. Fijaos en el
enemigo, está escalando las murallas. Los quiero a todos fuera de combate. Leonardo, estaré con mi
padre hasta que se recupere.
Llevaron al rey hasta su choza y lo acostaron en la cama. Alejandro retiró de la cabeza la mano
ensangrentada y se la colocó sobre la almohada. Filipo se quejó y abrió un poco los ojos. Los oficiales
que se sintieron autorizados para estar a su lado dijeron que todo estaba bien y que todos los hombres
estaban bajo control. Alejandro, que estaba sentado junto a la cabecera, le pidió a uno de los escuderos
que le lleve una palangana con agua y una esponja.
-Fue tu hijo, mi rey -comentó alguien-, el que te salvó.
-¿Sí? Buen muchacho -dijo débilmente al tiempo que movía un poco la cabeza.
-Padre, ¿viste cuál de ellos fue el que te golpeó?
-No -respondió; su voz se había fortalecido un poco-. Me agarraron por la espalda.
-Bueno, espero que haya sido el que maté allí mismo -sus ojos grises se fijaron en la cara de su
padre.
-Buen muchacho. No recuerdo nada, nada hasta que desperté aquí -dijo Filipo que parpadeó
para enfocar la vista y lanzó un suspiro.
En eso, llegó el escudero con la palangana de agua y la esponja. Alejandro tomó la esponja y
limpió la sangre de sus manos cuidadosamente, lavándose dos o tres veces. Luego se volvió, el
escudero se detuvo con la palangana y Alejandro empezó a limpiar con la esponja la cabeza y la frente
de su padre; Filipo pensó que la palangana era para que se limpiara sus heridas.
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Al atardecer Filipo empezó a emitir órdenes, aunque se sentía enfermo y mal cuando se movía
y dispuso que las fuerzas de Argos marcharan hacia Cipseia. Alejandro se veía alegre en todas partes;
los hombres lo tocaban para que les contagiara un poco de suerte, se frotaban contra él por sus
virtudes, o se le acercaban nada más que por el placer de tocarlo. Alentados por los desórdenes, los
sitiados salieron de las murallas al atardecer y atacaron las torres de abordaje; Alejandro salió a
combatirlo con una partida de hombres, y les obligó a batirse en retirada. Más tarde, el doctor dijo que
el rey mejoraba gradualmente; uno de sus escuderos no se separaba de él. Si bien Alejandro cenaba
todas las noches con su padre, ya tenía sus propios aposentos; se había convertido, finalmente, en un
general. Ese día, poco antes de la media noche, se retiró a dormir.
Cuando ya estaba en la cama, oyó en su puerta un ritmo familiar entonces, volvió a doblar una
de las esquinas de la sábana y se hizo a un lado. El que hizo la cita, Hefestión supo que Alejandro
deseaba charlar más que otra cosa. Él siempre podía hablar.
Así pues, recostados suavemente sobre la almohada, hablaron de los acontecimientos del día y
repasaron los planes de ataque. Después, permanecieron en silencio; durante la pausa pudieron
escuchar claramente los ruidos del campamento y, desde las distantes murallas de Perinto, el vigía
nocturno pasaba la campanilla a su vecino para ver si estaba despierto.
-¿Qué es eso? -musitó Hefestión.
Bajo el mortecino resplandor que se colaba por la ventana, vio que el brillo de los ojos de
Alejandro se aproximaba hacia los suyos.
-Dice que no se acuerda de nada, que apenas volvió en sí cuando lo recogimos.
Hefestión, que había sido herido por una roca lanzada desde la muralla tracia, le dijo.
-Lo habrá olvidado.
-No, estaba haciéndose pasar por muerto.
-¿En serio? Bueno, ¿quién puede culparle? Cuando eso te sucede no puedes enderezarte, sientes
que todo te da vueltas. Habrá pensado que se asustarían de lo que habían hecho y se retirarían.
-Sé que me vio cuando le abrí el ojo, pero no dio muestras de ello, aunque sabía que todo había
terminado.
-Es muy probable que haya vuelto a desmayarse.
-Yo lo vi, estaba bien despierto, pero jamás dirá que lo recuerda.
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-Bueno, él es el rey -Hefestión sentía una secreta admiración por Filipo, pues él siempre lo
había tratado con gentileza, incluso con mucho tacto; además, compartía con él a un enemigo-. La
gente puede interpretar mal las cosas; ya sabes cómo se deforman las historias.
-Pero a mi pudo habérmelo dicho -los ojos de Alejandro, que encendían la oscuridad
circundante, se fijaron en los de Hefestión-. No quiere aceptar que estuvo allí tendido, consciente de
que me debía la vida. No lo quiere admitir y por eso no recuerda nada.
“¿Quién sabe? -pensó Hefestión-. Pero él lo advierte y eso no cambia las cosas.”
El hombro desnudo de Alejandro, cruzado por el brazo de Hefestión, tenía un hermoso brillo,
como de bronce oscuro.
-Supongamos que se trata sólo de su orgullo; entonces tú deberías saber de lo que se trata.
-Sí, lo sé; pero en su lugar yo si hubiera hablado.
-¿Para qué? -deslizó su mano desde los hombros de bronce de Alejandro hasta encontrar su
revuelta cabellera; él la presionó contra la mano que le acariciaba, como lo hace un animal poderoso
cuando se deja mimar. Hefestión recordó súbitamente los años de la infancia; algunas veces le parecía
que había sido tan sólo ayer, pero a veces pensaba que había pasado casi media vida-. Todo el mundo
lo sabe; él lo sabe y tú también. Nada puede cambiar las cosas.
Hefestión sintió que Alejandro lanzaba un profundo suspiro, y después dijo:
-No, nada. Tienes razón, tú siempre comprendes las cosa. El me dio la vida, o cuando menos
eso dice; pero, sea como fuere, ahora yo se la he dado a él.
-Así es, ahora estás liberado.
-Nadie puede igualar los dones que nos otorgan los dioses; a lo más que podemos aspirar es a
conocerlos -dijo, mirando hacia las oscuras cumbres de los madereros-.
-Pero es bueno saberse liberado de toda deuda con los hombres.
Al día siguiente tendría que hacer un sacrificio en honor de Heracles; pero, entretanto, sintió
unos profundos deseos de hacer feliz a alguien (por suerte, no tendría que ir muy lejos).
-Se lo advertí -dijo Alejandro-. Le dije que no postergara el ataque contra los odrisios -estaba
sentado con Antipatro en el gran escritorio del estudio de Arquelao, leyendo un mensaje plagado de
malas noticias.
-¿Es peligroso su pensamiento herido? -le preguntó Antipatro.
-Ni siquiera pudo firmar esto, apenas logró poner su sello ante Parmenión como testigo. Es
más, dudo que la haya terminado de dictar; la última parte suena más a Parmenión.
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-El cuerpo de tu padre se recupera pronto de las heridas; es característico de la familia.
-¿Qué hacían sus agoreros? Nada le ha salido bien desde que lo dejé. Quizá deba consultar el
oráculo en Delfos o Dodona para saber si tiene que calmar la ira de algún dios.
-Si lo hiciera, se difundiría por toda Grecia el rumor de que está perdiendo su suerte y no nos lo
agradecería.
-Tienes razón, mejor dejarlo. Pero fíjate en Bisanto; hizo todo lo correcto: llegó rápidamente
mientras sus mejores fuerzas estaban asentadas en Perinto, escogió una noche oscura y subió hasta lo
más alto de las murallas. De repente, los cielos se despejaron, salió la luna y todos los perros de la
ciudad empezaron a ladrar. Ladraban en los cruces de caminos..., entonces encendieron las antorchas
y...
-¿Cruces de caminos? -preguntó Antipatro, e hizo una pausa.
-O quizá no previeron bien el clima -comentó Alejandro vivazmente-; en Propóntide es muy
cambiante. Sin embargo, si finalmente levantó ambos asedios, ¿por qué no permitió que sus hombres
descansaran y por qué no dejó que me encargara de los escitas?
-Estaban en su flanco y acababan de romper el tratado, pero por ellos pudo haberse aferrado a
Bisanto. Tu padre siempre ha sabido cuándo lleva las de perder, pero esta vez sus tropas estaban
cansadas, necesitaban una victoria sólida y el botín, así que decidió tomar ambas cosas a la vez.
Alejandro asintió. Solía pasarlo bien en compañía de Antipatro, macedonio de rancio abolengo
y sumamente leal al rey, junto con quien había luchado desde la juventud, pero lo era más al abolengo
real que al hombre. Sólo Parmenión amaba más al hombre que al rey.
-Y lo hizo, sin duda. De pronto allí estaba, sobrecargado y conduciendo un botín de más de mil
cabezas de ganado, filas de esclavos y carretas llenas de artículos robados, en la frontera norte, en
donde sus hombres podían oler el botín mejor que los buitres la carroña. Sea como fuere, sus hombres
estaban cansados... Si me hubiera permitido adentrarme en el norte desde Alejandrópolis, jamás
hubiera habido ninguna incursión de los tribalios -los colonos de la ciudad ya se habían asentado en
sus nuevas tierras, las cuales ya habían sido bautizadas-. Los agrianos habrían venido conmigo, de
hecho ya estaban de acuerdo... Bueno, lo hecho, hecho está. Por suerte no mataron a su médico.
-Me gustaría transmitirle con el correo mis deseos de que se recupere.
-Por supuesto, ahora no debemos agobiarlo con otros asuntos -¿serían de Filipo o de Parmenión
las órdenes que llegarían?-. Debemos movernos durante un tiempo -sonrió a Antipatro, graciosamente
inconsciente de ello, pues le agradaba porque le parecía encantador-. Podremos arreglárnoslas bien con
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la guerra, pero el asunto del sur..., eso es otra cosa. Para él tiene un gran significado; ve las cosas de
diferente manera, pues sabe mucho más acerca de ello. Seria una verdadera pena actuar sin él allí.
-Bueno, parece que nosotros no podríamos hacerlo mejor que sus hombres.
-¿En Delfos? Estuve una vez allí cuando tenía doce años, fui a los juegos; pero jamás he vuelto.
Ahora, una vez más, debo asegurarme de que he entendido: ¿es verdad que los atenienses pusieron sus
ofrendas en ese nuevo templo que levantaron antes de que fuera consagrado?
-Así es, una irreverencia técnica; ése fue el cargo formal.
-Pero el problema real era la inscripción Los tebanos luchan contra Grecia con escudos
tomados de los persas... ¿Por que hicieron eso los tebanos en lugar de aliarse con Atenas?
-Porque los odiaban.
-¿Aun entonces? Bueno, esa inscripción enfureció a los tebanos, así que cuando se reunieron
los de la Liga Sagrada de Delfos, supongo que sintieron vergüenza de presentarse y pidieron a algún
Estado asociado que acusara a los atenienses de impiedad.
-Río arriba, los anfisos viven bajo el control de Delfos.
-Y si esa acusación hubiera tenido éxito, la Liga tendría que haber declarado la guerra contra
Atenas. Los atenienses enviaron a tres delegados: dos iban frenéticos y el tercero de ellos era Esquines.
-Quizá lo recuerdes: es uno de los embajadores de paz que nos enviaron hace siete años.
-Oh, Esquines es un viejo amigo mío. ¿Sabias que alguna vez fue actor? Debió de haber sido
bueno en este sentido, porque cuando el consejo estaba a punto de pasar la moción, él les recordó
súbitamente que los de Anfisa habían sembrado sus cosechas en tierras que estaban dedicadas a Apolo.
Así que de alguna manera se hizo escuchar, se apresuró y contraacusó a los de Anfisa, ¿no es así?
Entonces, después de su gran discurso, los de Delfos se olvidaron de Atenas y se lanzaron
desordenadamente a destruir las granjas de los de Anfisa. Estos se defendieron, e incluso las sagradas
personas de algunos consejeros salieron maltratadas. Todo eso sucedió el último otoño, después de las
cosechas.


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