Tercera parte

Llegó el invierno; el estudio estaba expuesto a corrientes de aire tan frías como siempre.
Antipatro pensó que el hijo del rey parecía notarlo menos que el mismo rey.
-Ahora la Liga se está reuniendo en las Termópilas para juzgar a los de Anfisa.
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-Es evidente que mi padre todavía no puede ir. Estoy seguro de que le gustaría que tú le
representaras. ¿Lo harás?
-Por supuesto que si-respondió Antipatro, liberado; Alejandro conocía sus propios limites y
estaba ansioso por ampliarlos-. Trataré de influir en quienes pueda y, cuando me sea posible,
postergaré las decisiones para que las tome el rey cuando mejore.
-Esperemos que le hayan encontrado una casa cálida; en invierno, Tracia no es un buen lugar
para que sanen las heridas. Antes de que pase mucho tiempo tendremos que consultarle acerca de esto.
¿Qué crees que ocurrirá?
-En Atenas, nada. Aun en caso de que la Liga condenara a Anfisa, Demóstenes mantendría a
los atenienses fuera de todo esto. Las contraacusaciones son un triunfo personal de Esquines, a quien
odia como si fuera veneno, pero después de su embajada le acusaron del cargo principal de traición,
como supongo que ya sabes.
-Nadie lo sabe mejor. Parte de la acusación se basa en que se comportó demasiado
amistosamente conmigo.
-¡Esos demagogos! ¿Por qué? Si sólo tenías diez años... Bueno, afortunadamente la acusación
falló y ahora Esquines viene de Delfos convertido en un héroe público.
Demóstenes aún debe estar masticando la amargura. Además, otro asunto demasiado largo, los
de Anfisa apoyan a Tebas, con quienes no deseará contender.
-Pero si los atenienses odian a los tebanos.
-Demóstenes quiere que nos odien más a nosotros. En su lugar, cualquier hombre sensato
buscaría un tratado de paz con Atenas. Es muy probable que en Tebas tenga éxito; el Gran Rey le ha
enviado una fortuna para comprar su apoyo contra nosotros. Los atenienses son los que le causarán
problemas; esa pugna ya dura demasiado.
Alejandro se quedó pensativo unos momentos y luego dijo:
-Hace ya cuatro generaciones que arrojaron a los persas y nosotros nos comportamos igual que
los tebanos de entonces. Si el Gran Rey cruza Asia en estos momentos, todos ellos empezarán a
intrigar y a culparse mutuamente, mientras que nosotros regresamos a Tracia.
-Los hombres cambian más rápidamente. Gracias a tu padre, nosotros nos hemos levantado en
una sola generación.
-Y él sólo tiene cuarenta y tres años. Bueno, debo salir a hacer un poco de ejercicio, por si
acaso me dejara algo que hacer.
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Cuando iba a cambiarse de ropa, Alejandro se encontró a su madre, quien le pidió noticias de la
situación. Ambos fueron al cuarto de Olimpia y allí le dijo que todo marchaba bastante bien. La
estancia estaba cálida, suave y llena de color; brillantes rayos de luz bailaban sobre las llamas pintadas
de Troya. Los ojos de Alejandro se fijaron en el hogar, y sin darse cuenta empezó a mirar la piedra
suelta que había hurgado varias veces durante su niñez. Olimpia lo encontró un tanto abstraído y lo
acusé de haberse aliado con Antipatro, quien no haría nada por impedir las cosas que le perjudicaban.
Esto sucedía ya con bastante frecuencia y Alejandro había aprendido a disimular contestando siempre
con las mismas respuestas.
Al salir de la habitación se encontró a su hermana Cleopatra. A los catorce años de edad que
tenía entonces, la muchacha se parecía aún más a Filipo: su cara cuadrada, su pelo crespo; sin
embargo, sus ojos no eran como los de su padre, pues en ellos reflejaba la tristeza como si fuera un
cachorro al que nadie quisiera. Alejandro había tenido mujeres mucho más hermosas; su hermana
carecía de belleza en la edad en que eso es lo más importante, y además, a causa de la influencia de su
madre, llevaba puesta la máscara del enemigo.
-Ven conmigo, quiero hablarte -le dijo Alejandro.
Durante la infancia habían sido grandes enemigos, pero ahora Alejandro estaba por encima de
los antagonismos. Aunque le temía, ella anhelaba las noticias de su hermano. Para Alejandro era
verdaderamente inaudito hablar con su hermana. “Vamos al jardín”, le dijo, y cuando la vio cruzar los
brazos y tiritar de frío le echó encima su túnica. Estaban junto a un rosal sin hojas que estaba cerca del
postigo de la reina, pegado a la pared. Entre los terrones y los agujeros había nieve acumulada.
Alejandro tenía que hablarle tranquilamente, pues no deseaba asustarla; Cleopatra se dio cuenta de que
en si misma ella no era importante, pero aun así temía a su hermano.
-Escucha, ¿sabes lo que le pasó a nuestro padre en Bisanto? -ella asintió-. Los perros le
descubrieron, los perros y la forma de la luna.
Alejandro vio el temor reflejado en los ojos tristes de su hermana, pero no leyó en ellos ningún
signo de culpabilidad; tampoco su mirada buscaba la inocencia.
-Sabes lo que quiero decir, ¿verdad? -continuó-. Tú conoces los ritos a los que me refiero. ¿Has
visto.., que hiciera algo?
Cleopatra movió negativamente la cabeza sin decir ni una sola palabra; si le decía algo, haría
que estallara una de sus terribles disputas de amor. Los ojos de Alejandro la traspasaban como el
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viento invernal, pero su temor lo escondía todo. Repentinamente, Alejandro se puso serio y con
gentileza le cogió las manos de los pliegues de su túnica; entonces le dijo:
-Jamás diré lo que me cuentes, te lo juro por Heracles. Nunca podré romper mi juramento -
Alejandro se volvió hacia el templo del jardín-. Debes decírmelo, necesito saberlo.
Su mano oculta se movió sobre la de Alejandro y le contestó:
-Sólo los de costumbre, que nunca le hicieron daño. Si hubo más, te juro que no lo supe. De
verdad, Alejandro, eso es todo lo que sé.
-Está bien, está bien, te creo -dijo impacientemente, y luego la volvió a coger de las manos-. No
dejes que lo haga. Ahora ya no tiene ningún derecho. Yo le salvé en Perinto; si no fuera por mi, ahora
estaría muerto.
-¿Por qué lo hiciste?
Entre ellos, quedaban muchas cosas sin decir. Los ojos que tenía ese rostro no eran los de
Filipo; el burdo corte hacia que su pelo brillara aún más.
-Hubiera sido una verdadera desgracia no hacerlo -hizo una pausa para buscar, pensó
Cleopatra, alguna palabra que la tranquilizara-. No llores -continuó, y le pasó suavemente la punta de
los dedos por la cara para limpiarle las lágrimas-; eso es todo lo que quería saber y tú no me puedes
ayudar.
Alejandro empezó a llevarla hacia el interior de la casa, pero se detuvo en el umbral de la
puerta y miró a su alrededor.
-Debes hacerme saber si ella desea enviarle un médico, medicinas, dulces o cualquier cosa. Te
lo encargo; si no lo haces, tú serás responsable de lo que suceda.
Alejandro miraba la cara pálida de su hermana con emoción, y su sorpresa, no su angustia, le
sorprendió.
-¡Oh, no, Alejandro! ¡No! Esas cosas de las que hablas nunca han ido bien, ella debe saberlo;
pero son terribles y cuando... cuando ella no puede reprimir su alma, la purifican. Eso es para lo único
que sirven.
Alejandro la miró casi con ternura y movió lentamente su cabeza. Luego le dijo:
-Ella los quiere poner en práctica -le lanzó una de sus miradas secretas y añadió lentamente-:
Lo recuerdo.
Alejandro notó en los ojos tristes de su hermana que retrocedía ante esa nueva carga.
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-Pero eso sucedió hace mucho tiempo -continuó-. Espero que sea como tú dices. Eres una
buena chica.
Al decirle esto le estampó un beso en la mejilla y le dio un cálido apretón de hombros, al
tiempo que le quitaba su túnica. Desde el umbral de la puerta Cleopatra lo vio alejarse, relumbrando,
por el jardín marchito.
El invierno se prolongó aquel año. En Tracia, el rey se recuperaba lentamente y ya podía firmar
sus propias cartas, aunque con el pulso tembloroso de un anciano.
Había entendido bien las noticias de Delfos y le dijo a Antipatro que debía apoyar,
discretamente, la guerra de Anfisa. Aunque los tebanos todavía estaban del lado de Macedonia, eran
aliados de cuidado, pues intrigaban con los persas. Filipo previó que los Estados asociados con la Liga
votarían por la guerra, esperando cada uno que los otros cargarían con su propio peso, y creyó que
Macedonia debía permanecer al margen, con amistosa diligencia, para asumir el tedioso deber. Eso
pondría en sus manos la llave del sur.
Poco después de la hora de la comida, el Consejo votó por la guerra. Los Estados miembros
apenas ofrecieron una fuerza moderada; nadie dejaría el liderazgo en una ciudad rival. Cotifo, el
tesaliano, en sus funciones de presidente del Consejo, encubrió la torpeza de su propio ejército. Los
tesalianos, a quienes Filipo rescatara de la anarquía tribal, estaban fundamentalmente agradecidos. Sin
embargo, aún quedaba la duda de hacia dónde se volvería Cotifo cuando necesitara ayuda.
-Todo ha empezado -comentó Alejandro a sus amigos, mientras éstos se encaminaban hacia la
fuente del estadio-. Si pudiéramos saber lo que durará...
-Las mujeres dicen que olla vigilada nunca hierve -dijo Tolomeo, sacando la cabeza de la
toalla.
Aplicado a la constante prontitud, Alejandro les había hecho trabajar intensamente; y Tolomeo
se había conseguido una nueva mujer, a quien le hubiera gustado ver un poco más.
-También dicen -replicó Hefestión- que cuando les quitas la vista hierven hasta explotar.
Tolomeo se quedó mirándolo lleno de irritación; eso estaba bien para él, que sacaba bastante
provecho de lo que quería. Finalmente estaba consiguiendo lo que jamás cambiaría por ningún otro
atributo humano, y el mundo podía enterarse de ello; lo demás era su secreto. Orgullo, castidad,
restricción y devoción a cosas supremas: con palabras semejantes hacía tolerables sus encuentros con
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un alma tan profundamente enraizada en la renuencia que no admitía discusiones. Quizá las brujerías
de Olimpia fueron las que marcaron a su hijo, o quizá fue el ejemplo de su padre. O, pensó Hefestión,
quizá fuera que no quería el dominio de esta parte de sí y que el resto de su naturaleza se rebelaba
contra ello (él le había entregado su propia vida desde antes y mucho más apasionadamente). En una
ocasión, Alejandro le había musitado en macedonio: “Tú eres el primero y el último”, y nunca le
quedó del todo claro si su voz estaba henchida de éxtasis o de una pena intolerable. Sin embargo, la
mayor parte del tiempo, era sincero, siempre estaba cerca y nunca le evadía; sencillamente, no le daba
mucha importancia. Cualquiera pensaría que el verdadero acto de amor, para ellos, consistía en
acostarse juntos y conversar.
Alejandro siempre hablaba de los hombres, del destino, de las palabras que en sus sueños le
decían serpientes parlanchinas, del manejo de la caballería contra la infantería y los arqueros; hablaba
de los héroes citando a Homero, de las palabras de Aristóteles acerca de la gran mente universal, y de
Solón citaba sus textos sobre el amor. También le hablaba de las tácticas persas y de la mentalidad
guerrera de los tracios, acerca de su perro muerto y de la belleza de la amistad. Gustaba de descubrir,
etapa por etapa, desde la salida de Babilonia hasta llegar al mar, la marcha de los diez mil de
Jenofonte. Pormenorizaba los chismes que corrían por palacio y entre los soldados de la falange, y le
confiaba los asuntos políticos más secretos de sus padres. También le agradaba disertar acerca de la
naturaleza del alma, tanto durante la vida como después de la muerte, y de los dioses. No dejaba de
hablar de Heracles y Dionisio y de lo mucho que anhelaba poder lograr todas las cosas.
Recostado en algún lecho, al abrigo de los peñascos de la montaña o en alguno de los bosques
cercanos, Hefestión comprendía que le había contado todo, mientras trataba de acallar los fuertes
latidos de su corazón y lo enlazaba por la cintura o apoyaba la cabeza en su hombro. Con orgullo y
admiración, ternura, tormento y culpa, perdía el miedo, luchaba contra si mismo y volvía a recuperar el
dominio sobre sí, sólo para encontrar algo que le hacia retroceder nuevamente. Increíbles tesoros caían
sobre sus manos y le resbalaban por entre los dedos, mientras su mente vagaba en torno a la obcecada
miseria de su propio deseo. En cualquier momento podría preguntarle en qué pensaba (se le apreciaba
mucho más que como un simple oyente).
Alejandro era capaz de despertar la imaginación, lo mismo que otros la lujuria. En algunas
ocasiones, cuando Alejandro estaba iluminado y lleno de gratitud por encontrar comprensión a sus
problemas, el deseo, que tiene el poder de lograr todas las cosas, motivaría la palabra o el toque
correcto. Entonces, él buscaría un profundo suspiro, salido de lo más profundo de su ser, y murmuraría
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en macedonio algo acerca de su infancia. Luego todo volvería a estar bien, o tan bien como nunca lo
había estado antes.
Alejandro amaba las entregas, tanto a los hombres como a los dioses, amaba las proezas allí y
en todas partes y amaba a Hefestión, a quien le perdonaba que le enfrentara con sus necesidades
humanas. Soportaba impasible la melancolía posterior, como si fuera una vieja herida. No era posible
obtener algo a cambio de nada; pero si después lanzaba una jabalina o ganaba una carrera por dos
cuerpos en lugar de tres, Hefestión siempre se figuraba, sin mostrarlo, que la virtud estaba alejándose
de él.
Cuando soñaba despierto y en sus sueños surgían dolorosos pensamientos como el acero surge
del fuego, le gustaba estar tendido sobre el pasto con una mano debajo de la cabeza, sentado con la
jabalina sobre las rodillas y las manos sobre el arma, pasear por su cuarto o mirar desde la ventana;
cualquier posición que tomara, siempre inclinaba la cabeza un poco hacia la izquierda y sus ojos
estaban puestos en los pensamientos que concebía. Su rostro olvidado mostraba la exactitud de rasgos
que ningún escultor jamás había logrado; detrás de las cortinas de su habitación había una lámpara
secreta que brillaba intensamente, y era posible ver su resplandor, o algún brillo deslumbrante, a través
de alguna de las hendiduras. Hefestión pensaba que en momentos así, cuando incluso a un dios le
hubiera costado trabajo retirar sus manos de él, era absolutamente necesario dejarlo solo. Sin embargo,
después de todo, eso se sabia desde el principio.
Una vez comprendida la situación, Hefestión hubiera podido lograr, en alguna medida, el poder
que tenía Alejandro para canalizar la fuerza de su energía sexual hacia algún otro objetivo. Sus propias
ambiciones eran bastante más limitadas; de hecho, ya había logrado controlarlas. Era un hombre en
quien confiaba plenamente y a quien amaba total y constantemente.
Si bien era verdad que los amigos deben compartirlo todo, así lo creía Hefestión, había una
cosa que debía guardarse para si mismo: que Olimpia le odiaba y que su sentimiento era plenamente
correspondido. Alejandro jamás hablaba del asunto con su madre; ella sabia que se encontraría con una
roca. Cuando Olimpia pasaba junto a Hefestión sin saludarle siquiera, él simplemente se ponía celoso.
Es difícil que un amante generoso compadezca a uno egoísta; él no podía albergar mayores
sentimientos por ella, aun cuando él creyera que sólo sentía celos.
Más tarde, cuando se dio cuenta de que Olimpia sembraba de mujeres el camino de su hijo,
Hefestión no podía dar crédito a lo que veían sus ojos. ¿Acaso su aborrecimiento por esa rivalidad
había aumentado? Jóvenes doncellas, cantantes y bailarinas, jóvenes casadas no muy fieles a su
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matrimonio, mujeres que no se hubieran arriesgado a despertar su furia, ahora le rondaban y le
lanzaban sugestivas miradas. Entonces, Hefestión esperó el momento oportuno para hablar del asunto
con Alejandro.
Una tarde, después de prender las lámparas de la gran corte, Hefestión vio que una joven
notablemente bella le asediaba. Alejandro puso su centelleante mirada en los ojos lánguidos de la
joven, le dijo algo tonificante y continuó su camino con una sonrisa fría, lo cual no alcanzó a ver
Hefestión. Cuando se encontraron en la escalera, Hefestión lo miró de soslayo y le dijo suavemente:
“No hubo suerte para Doris”. Alejandro miró hacia delante, frunciendo el entrecejo. Los almenares
recién iluminados proyectaban sus largas sombras y lanzaban destellos luminosos sobre el pórtico
finamente decorado. Entonces, Alejandro dijo abruptamente:
-Ella quiere que me case joven.
-¿Casarte? -preguntó Hefestión boquiabierto-. ¿Cómo puedes pensar en Doris para casarte?
-No seas idiota -respondió Alejandro, irritado-. Ella está casada, es una prostituta. Su último
hijo fue de Harpalos -caminaron juntos en silencio; Alejandro se detuvo junto a una columna-. Mi
madre quiere ver que frecuento a las mujeres para asegurarse de que ya estoy listo.
-Pero si sólo las mujeres se casan a nuestra edad.
-Pues ella piensa eso, y desea que yo tenga la mía propia.
-Pero, ¿por qué?
Alejandro se quedó mirándole; no le sorprendía su lentitud, sino que envidiaba su inocencia.
-Quiere que engendre un heredero. Ella piensa que podría caer en la batalla sin dejar ningún
descendiente.
Finalmente Hefestión comprendió la situación. Sin darse cuenta, impedía algo más que amor,
más que la simple posesión carnal -las luces de los almenares titilaron; la brisa nocturna soplaba
helada y les enfriaba-; estaba impidiendo la sucesión del poder. Luego, le preguntó:
-¿Y lo harás?
-¿Casarme? No, yo mismo lo pediré cuando lo decida, cuando me quede tiempo para pensar en
ello.
-Tendrías que mantener una casa y eso es un buen asunto -vio las cejas fruncidas de Alejandro
y añadió-: Siempre puedes tomar las mujeres que deseas.
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-Eso es precisamente lo que creo -le dijo, y le miró con gratitud sin darse cuenta de ello; luego
le cogió del brazo y le condujo hasta la gruesa sombra de una de las columnas-. No te molestes por
eso; mi madre jamás se atreverá a hacer nada para alejarte de mi. Sabe bien de lo que soy capaz.
Hefestión asintió, aunque en realidad no quería admitir que había comprendido bien el
significado. Lo cierto era que se había dado cuenta muy tarde de la forma en que se derramaba el vino.
Poco después, Tolomeo le dijo en privado a Alejandro:
-Me han pedido que ofrezca una fiesta en tu honor y que invite a algunas muchachas.
-Podría estar muy ocupado -le contestó Alejandro mirándole directamente a los ojos.
-Te agradeceré mucho que asistas. Yo me ocuparé de que lo pases bien; las mujeres pueden
cantar y divertirnos. ¿Lo harás? No quiero yerme metido en problemas.
En el norte no se solía llevar hetairas a la hora de la cena, pues los norteños pensaban que las
mujeres eran un asunto privado; Dionisio, no Afrodita, era el dios que cerraba todas las fiestas. Sin
embargo, en los últimos tiempos entre los jóvenes se había fijado la costumbre de dar pequeñas fiestas
privadas. Así pues, esa noche asistieron cuatro invitados a la cena; las mujeres se sentaron en los
extremos de los grandes sofás y allí charlaban con su pareja, le cantaban, servían el vino y los
acariciaban; casi todas ellas venían de Corinto. Tolomeo reservó a la mayor para Alejandro, pues era
una experta y culta cortesana de cierta fama. Mientras una joven acróbata ejecutaba saltos mortales
desnuda y en los demás sofás se escondía la falta de entendimiento con halagos y pellizcos, la
cortesana de Alejandro le hablaba con su voz suave de las bellezas de Mileto, que había visitado
recientemente, y de la opresión persa sobre ese lugar; Tolomeo se la había resumido bastante
acertadamente. De pronto, la joven se inclinó graciosamente y con encantadora discreción bajó un
poco el tirante de su vestido para mostrarle ligeramente su tan preciado busto, y, como había
prometido Tolomeo, su piel era perfecta. Alejandro disfrutó de verdad en su compañía, y durante la
fiesta besó sus labios, a los cuales debía parte de su gran fama.
-En realidad, no comprendo por qué mi madre quiere yerme esclavizado a una mujer -le
confesó a Hefestión ya en la cama-. Creo que con mi padre ella ya ha tenido suficiente.
-Todas las madres enloquecen al pensar en los nietos -respondió Hefestión, tolerante. La fiesta
había dejado a Alejandro vagamente inquieto y receptivo para el amor.
-Piensa en todos los grandes hombres que ha arruinado. Piensa en Persia -con su lóbrego
humor, empezó a relatarle pormenorizadamente una terrible historia de Herodoto llena de celos y
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venganzas, y Hefestión expresó de manera adecuada el horror que le produjo. Después durmieron
dulcemente.
-La reina se quedó muy contenta al saber que disfrutaste la fiesta -le dijo Tolomeo al día
siguiente, sin hacer más comentarios, gentileza que Alejandro apreció en todo su valor. Luego, le
envió a la cortesana una gargantilla de flores de oro.
El invierno dejó sentir su helada presencia. Desde Tracia llegaron los correos, y aunque uno de
ellos se demoró a causa de las crecidas de los ríos, ambos llegaron juntos. El primer mensaje decía que
el rey ya podía caminar un poco; por mar le habían llegado noticias acerca de la situación en el sur.
Después de demoras y problemas, los ejércitos de la Liga habían obtenido una victoria parcial; los de
Anfisa habían aceptado los términos de paz, destituyeron a sus dirigentes y los mandaron al exilio por
su actividad opositora. Esta era una condición aborrecida por todos, en tanto que los exiliados
regresaban decididos a resolver sus viejas rencillas. Sin embargo, los de Anfisa aún no firmaban el
tratado.
A partir de la lectura de la segunda carta era evidente que Filipo ya trataba directamente con
sus agentes del sur, quienes le habían informado de que los de Anfisa todavía protegían a su primer
Gobierno, ignorando todas las protestas, y de que los opositores no se atrevían a regresar. Cotifo, el
general de los ejércitos de la Liga, le había escrito confidencialmente a Filipo, preguntándole que si
estaría preparado para la guerra en caso de que la Liga tuviera que entrar en acción.
Junto con ésta llegó otra carta, atada y doblemente sellada, dirigida a Alejandro en tanto
regente de Macedonia. En ella le encargaba su buen gobierno y le informaba de que, si bien Filipo
esperaba estar listo pronto para regresar a casa, los asuntos no podían esperar demasiado. Deseaba que
se movilizaran todas las fuerzas en pos de la acción, pero nadie debía sospechar siquiera que sus
planes lo llevarían hasta el sur (sólo Antipatro y él sabían las verdaderas intenciones de la
movilización). Para que nadie sospechara, debían encontrar un pretexto creíble. Por aquellos días se
estaban celebrando ceremonias tribales en todo el territorio ilirio, así que podrían aducir que la frontera
oeste estaba amenazada y que tendrían que enviar las tropas para asegurarlas. La carta terminaba con
breves notas acerca de la preparación de los soldados y bendiciones paternales.
Así pues, como un ave recién liberada de su jaula, Alejandro voló en pos de la acción.
Conforme avanzaba buscando un buen lugar para ejercitar las maniobras de combate, podía oírsele
cantar al ritmo del galope de Bucéfalo. Antipatro pensó que si hubiera amado durante años a una mujer
y ella súbitamente aceptara el compromiso, no se pondría más contento que al marchar a la guerra.
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Entonces, comenzó a dejarse sentir el ambiente de la guerra: empezaron a convocar consejos de
guerra a todas horas, y los soldados profesionales hablaban con los señores tribales, quienes
comandaban a sus propios reclutas. Olimpia le preguntó a Alejandro por qué se mantenía tan alejado y
tan abrumado de trabajo, a lo que él respondió diciéndole que esperaba entrar pronto en guerra con los
ilirios que amenazaban su frontera.
-He estado esperando para hablar contigo, Alejandro. He sabido que, después de divertirte con
la cortesana de Tesalia durante toda la tarde, le enviaste un regalo y no volviste a solicitar sus
servicios. Esas mujeres son artistas, Alejandro; una hetaira de su condición tiene su orgullo. ¿Qué
crees que pensará ella de ti?
Alejandro se volvió; por un momento se sintió totalmente confundido. Se había olvidado de la
existencia de esa mujer. Finalmente, con los ojos muy abiertos, le dijo:
-¿Acaso piensas que ahora tengo tiempo para divertirme jugueteando con mujeres?
-Cumplirás los dieciocho años este verano -le dijo, golpeando con los dedos el brazo de la silla-
. La gente empezará a decir que las mujeres no te interesan.
Alejandro se quedó mirando la pared en donde estaba pintado el famoso Saqueo de Troya; veía
las llamas, la sangre y las mujeres gritando sobre los hombros de los soldados, agitando sus brazos
desesperadamente. Después de un instante, le dijo:
-Ya les daré de qué hablar.
-Siempre tienes tiempo para Hefestión.
-Él piensa en mi trabajo y me ayuda bastante.
-¿Qué trabajo? Aún no me has contado nada. Tampoco me has dicho que Filipo te mandó una
carta secreta. ¿Qué te decía?
Con fría precisión, sin hacer una sola pausa ni titubear, le contó la historia de la guerra contra
los tirios. Olimpia notó el frío resentimiento en los ojos de su hijo y no pudo evitar estremecerse.
-Me estás mintiendo -le dijo.
-¿Por qué me preguntas, entonces, si crees eso?
-Estoy segura de que se lo has contado todo a Hefestión.
-Puedes estar segura de que no -le replicó, para evitar que Hefestión sufriera por la verdad.
-La gente ha empezado a murmurar. Escúchame, si es que aún no lo sabes. ¿Por qué te afeitas
como un griego?
-Ah, ¿luego no soy griego? Ése es un argumento nuevo, debiste decírmelo antes.
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Como si fueran un par de luchadores que de pronto se dan cuenta de que se dirigen hacia un
precipicio y se sueltan, hicieron una pausa y dejaron de mirarse.
-Tus amigos se distinguen por llevar la barba rasurada, todas las mujeres los señalan:
Hefestión, Tolomeo, Harpalo...
-Pregúntale a Harpalo por qué le señalan -dijo, riendo de buena gana.
Olimpia se enfureció por su resistencia, pues su instinto le decía que había puesto el dedo en la
haga.
-Pronto tu padre te preparará un matrimonio, y es hora de que le demuestres que lo que necesita
ofrecerte es una esposa y no una mujer.
Después de unos instantes de inmovilidad, Alejandro caminó hacia delante muy lentamente y
con pies ligeros, como de felino, hasta que llegó ante los ojos de su madre, que miraban hacia abajo.
Olimpia abrió la boca y luego la cerró; poco a poco se fue hundiendo en su trono, hasta que el alto
respaldo le impidió echarse más hacia atrás. Juzgando la actitud sólo con la mirada, Alejandro le dijo
muy suavemente:
-Nunca vuelvas a decirme eso.
Olimpia aún estaba allí, inmóvil, cuando oyó el ruido del galope de Bucéfalo que se alejaba.
Durante los dos días siguientes, Alejandro no hizo el menor intento por acercarse de nuevo a su madre,
y de nada sirvió que Olimpia ordenase que no lo dejaran entrar en sus habitaciones. Después llegaron
las fiestas y ambos se hicieron regalos mutuos. La herida había sanado, pero ninguno hablaba de ello
ni pedía perdón.
Al recibir noticias de Iliria, Alejandro se olvidó de los problemas con su madre. Se había
difundido el rumor de que las tropas de Filipo se preparaban para luchar contra ellos, así que las tribus
que ya se habían establecido empezaron a agitarse desde la frontera hasta el mar del Oeste.
-No esperaba menos -comentó Antipatro con Alejandro cuando estuvieron a solas-. El precio
que se debe pagar por una buena mentira es que la gente se la crea.
-Una cosa es cierta: no podemos desilusionarlos; si lo hacemos, cualquier día cruzarán la
frontera. Déjame pensar bien las cosas; mañana te diré cuántos hombres necesito.
Antipatro soltó la respiración; ya había aprendido cuándo hacerlo. Alejandro sabía la cantidad
de hombres que necesitaba, pero lo que en realidad le preocupaba era cómo evitar -sin despertar
sospechas- confiar a tantas tropas el trabajo que se suponía debían atender. Sin embargo, pronto
encontró el pretexto. Desde la guerra fócida, el paso de las Termópilas estaba protegido por una
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guarnición macedonia, la cual había sido “relevada”, por la fuerza y sin previo aviso, por una fuerza de
tebanos. Según les dijeron, Tebas tenía que protegerse a sí misma de los miembros de la Liga e Delfos,
quienes, al atacar a sus aliados de Anfisa, los amenazaban. Una suplantación semejante estaba cerca de
convertirse en un acto tan hostil como si un país aliado conspirara. Ahora seria lógico dejar una buena
cantidad de soldados para proteger la propia casa.
Los ilirios encendían fuegos de guerra. Alejandro sacó los viejos mapas e informes de su padre,
preguntó a los veteranos acerca del terreno, que era montañoso y lleno de desfiladeros, y preparó a sus
hombres con marchas a campo traviesa. En uno de esos días, regresó al caer las primeras sombras, se
bañó, saludó a sus amigos, cenó y, listo para dormir, fue derecho hasta su habitación. Al llegar, se
desnudó completamente, pero una fría corriente de aire que se coló por la ventana le llevó el olor de la
sospecha. La luz de la lámpara de pie le daba exactamente en los ojos y lo deslumbraba; dio unos
pasos hacia delante, y vio que en la cama había una joven sentada esperándole. Alejandro se quedó
mirándola en silencio; a ella se le fue la respiración y bajó la vista, como si lo último que esperaba ver
allí fuese un hombre desnudo. Luego, se puso de pie lentamente, separó sus manos para dejarlas caer a
los costados y levantó la cabeza.
-Estoy aquí -dijo, como un escolar que repite la lección ante el maestro- porque me he
enamorado de ti. Por favor, no me saques de tu habitación.
Alejandro avanzó firmemente hacia ella. La primera impresión ya había pasado y no debía
permitir que notara sus vacilaciones. La joven no era como las demás hetairas, pintadas y enjoyadas y
con un fácil encanto. Ésta tendría unos quince años de edad; su piel era suave y tersa, y su cabellera
rubia le caía libremente sobre los hombros; su cara tenía la forma de un corazón, sus ojos eran
profundamente azules y sus senos pequeños y afilados; su blanquísimo vestido de tela muy fina y
delgada dejaba ver los pezones rosados. No llevaba pintura en los labios, que lucían frescos y lozanos
como si fueran flores. Antes de que pudiera tocarla siquiera, Alejandro notó que se estremecía
ligeramente de temor.
-¿Cómo lograste entrar? Hay un guardia afuera.
-Desde hace tiempo he tratado de acercarme a ti -le dijo, al mismo tiempo que volvía a recoger
las manos-, y aproveché la primera oportunidad que se me presentó -su miedo la hacia estremecerse
toda, su temblorcillo casi agitaba el aire.
Alejandro no esperaba ninguna respuesta. Entonces, le acarició el pelo, que tenía la textura de
la seda; al sentir el contacto de las manos extrañas, la muchacha se estremeció como si fuera la cuerda
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de una citara que ha sido tocada a última hora (el estremecimiento no era producto de la pasión, sino
del miedo). Luego, la cogió por los hombros y la sintió un poco más calmada, como si fuera un
cachorro asustado. Lo que la asustaba era su presencia, no la persona de Alejandro.
Ambos eran jóvenes; su inocencia y su conocimiento hablaban por sí mismos sin la
intervención de la voluntad. Alejandro estuvo unos instantes sosteniéndola entre las manos, sin prestar
atención a su desnudez, para oírla hablar; sin embargo, no escuchó nada, aunque toda la estancia
parecía estar respirando. La joven tenía la estatura precisa para Alejandro, quien la atrajo hacia sí y la
besó en los labios. Después, le dijo vivazmente:
-El guardia debió de haberse quedado dormido. Si te dejó pasar a ti, permite que me asegure de
que no entró nadie más.
Ella lo agarró como si fuera presa del terror; Alejandro volvió a besarla y le dedicó una de sus
sonrisas secretas. Luego, caminó hasta el extremo opuesto de la habitación, sacudió las cortinas una
tras otra, se asomó al enorme baúl, miró adentro y golpeó la puerta al cerrarla. Dejó para el final las
cortinas de la puerta posterior y, cuando las retiró, vio que no había nadie más que él y la muchacha en
toda la habitación.
Puso el seguro de bronce a la puerta y regresó a la cama. Alejandro estaba furioso, pero no con
la muchacha; le habían hecho un desafío.
La joven llevaba su blanco vestido de gasa sujeto por los hombros con broches de bejas
doradas; Alejandro le quitó esos broches, le aflojó el cinturón y el vestido cayó al suelo. Su piel era tan
blanca que parecía no haber estado nunca expuesta al sol; sólo sus pezones eran rosados, y tenía en el
bajo vientre una mata de pelos dorados, que los pintores nunca ponen en sus trabajos (humilde cosa
pálida y suave, por la cual los héroes lucharon durante diez años en Troya).
Alejandro se recostó a su lado; ella era muy joven y estaba muy asustada, así que le agradecería
que se tomara su tiempo y la tratara gentilmente; no había ninguna prisa. Una de las manos de la
muchacha, congelada por el temor, empezó a viajar cuerpo abajo, vacilante e inexperta, tratando de
recordar las instrucciones recibidas previamente. No sólo la habían mandado para averiguar si era
hombre, sino para ayudarle. Entonces, Alejandro se descubrió a sí mismo tratándola con el cuidado
más delicado, como si fuera un cachorro de apenas un día, para protegerla de su propia rabia.
Alejandro miró la lámpara encendida y pensó levantarse y apagarla, pero se arrepintió, pues le
pareció que tendría que emprender casi un viaje y luego tendría que regresar a tientas en la oscuridad.
Su brazo, arañado por los zarzales de las montañas, descansaba sobre los pequeños pechos de la
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jovencita -se veía tan frágil que parecía que un beso verdadero podría magullaría-, que tenía la cara
escondida en su hombro. Sin duda se trataba de una recluta, no de una voluntaria; seguramente estaría
pensando en lo que le sucedería en caso de que fallara.
“Y en el mejor de los casos -pensó el príncipe-, ¿qué pasará en el mejor de los casos?” La
sombra, la cama, la cuna; los niños, el techo del lecho conyugal, el parloteo en torno al hogar y entre
los habitantes de la aldea; la amarga vejez y la muerte. Jamás las hermosas y ardientes pasiones, la
boda, vinculo de honor, el fuego del paraíso deslumbrante sobre el altar en donde se elimina el miedo.
Entonces, Alejandro cogió la cara entre sus manos y la hizo volverse para contemplaría. Esa criatura
que le miraba con sus tristes ojos azules, desvalida y sin ayuda, había creado un alma humana a costa
de perder esta parte de su vida. ¿Por qué habían sido dispuestas así las cosas? La compasión le golpeó,
atravesándolo como si fuera un dardo de fuego. Entonces recordó las ciudades destruidas, los
maderámenes ardiendo, las mujeres huyendo del fuego, del humo, de los invasores, como si fueran
ratas o liebres en pos de los últimos granos de trigo que caen al golpe de la hoz, y los niños con
garrotes para defenderse. Recordó los cuerpos abandonados por los hombres, para quienes el derecho
al apareamiento que les daba la victoria no era suficiente. Tenían algo que vengar, algún odio
insatisfecho, quizá de sí mismo o de alguien a quien ni siquiera podían nombrar. La mano de
Alejandro empezó a buscar en el cuerpo de la muchacha algún rastro de las heridas que había visto,
pero no encontró daño alguno, y ella no comprendía nada. Entonces la besó para tranquilizarla. Al
darse cuenta de que su misión no fallaría, ella dejó de temblar un poco; Alejandro la cogió
cuidadosamente, con la mayor gentileza, pensando en la sangre derramada.
Ya más tarde, la muchacha se levantó de la cama cuando creyó que Alejandro se había quedado
dormido, pero él sólo estaba pensando en silencio.
-No te vayas, quédate conmigo hasta que amanezca -le dijo.
En realidad, hubiera preferido dormir solo, sin que la suavidad de esa carne extraña le
oprimiera, pero, ¿por qué permitía que aquel pequeño rostro le cuestionara a tan altas horas? La
muchacha no había lanzado un solo grito de dolor, únicamente había reculado un poco, a pesar de que
era virgen. Por supuesto, ¿por qué no? Tenía que dar una prueba de su hombría, y qué mejor que
desvirgar a una muchachita. Alejandro se puso furioso, no contra ella, sino contra quien la había
sometido a tan dura prueba (los dioses no le habían revelado todavía que aquella joven habría de
sobrevivirle cincuenta años, cada uno de los cuales lo pasaría jactándose de haber sido la doncella de
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Alejandro). El frío se hacía más agudo conforme avanzaba la noche, así que Alejandro estiró las
mantas hasta los hombros de su compañera; era mucho mejor que alguien se preocupara por ella.
Finalmente, Alejandro se levantó, apagó la lámpara y se recostó con la mirada perdida en la
oscuridad, sintiendo el sueño del alma, un precio que tenía que pagar por ser prisionero de la
mortalidad. Sólo vale la pena morir, aunque sea un poco, por algo verdaderamente grande; sin
embargo, esto podría pasar por una especie de victoria.
Las primeras luces del amanecer y los primeros cantos de los pájaros madrugadores le
despertaron. No obstante, se había quedado dormido; algunos de los hombres a los que quería ver ya
deberían estar haciendo sus ejercicios. La muchacha seguía dormida
y sus labios estaban entreabiertos, lo cual le daba una apariencia más de tonta que de triste. No se le
había ocurrido preguntarle su nombre. La tocó suavemente para despertarla; ella cerró la boca y abrió
y cerró los ojos, despertando de un profundo sueño; estaba despeinada y se veía suave y cálida.
-Será mejor que nos levantemos; tengo muchas cosas que hacer. Me gustaría quedarme un rato
más -añadió cortésmente.
La joven se frotó los ojos y luego le sonrió dulcemente. Había recuperado el ánimo, pues la
ordalía había terminado y con éxito. Sobre la sábana se veía la pequeña mancha roja que las esposas
mayores mostraban a los invitados al día siguiente de la noche de bodas. Alejandro pensó que sería
práctico, aunque poco amable, sugerirle que llevara consigo esa prueba de su virginidad perdida.
Entonces, se le ocurrió una idea mejor.
Se dirigió hacia el cofre en el que guardaba sus mejores ropas y cogió un morral de cabritilla,
viejo y usado, con incrustaciones de oro; no hacia mucho que se lo habían dado, haciendo gala de gran
solemnidad. Abrió los dos grandes broches de oro, en forma de cisnes con los cuellos entrelazados en
actitud de cortejo. “Desde hace doscientos años esto ha pasado de manos de una reina a otra. Cuídalo,
Alejandro; es una reliquia para tu esposa, que también será la reina”, le dijeron cuando se lo
entregaron.
Luego, levantó la boca del morral, pues sus extremos se habían endurecido un poco, y caminó
hacia la muchacha con una sonrisa en el rostro. Ella terminaba de abrocharse los tirantes del vestido y
empezaba a ajustarse el cinturón.
-Aquí hay algo para que me recuerdes -le dijo, y ella, boquiabierta, lo cogió y se quedó
mirándole-. Dile a la reina que me complaciste muchísimo, pero que la próxima vez elegiré yo; luego
le enseñas esto. No se te olvide contarle lo que acabo de decirte.
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Con el ventilado y fresco clima de la primavera, marcharon hacia el oeste, desde la costa hasta
Egas. Allí, en el antiguo altar, Alejandro sacrificó un inmaculado toro blanco en honor a Zeus; los
videntes estudiaron los vapores vitales y pronosticaron los buenos augurios del morador.
Dejaron atrás las crecidas aguas del lago Castoria y sus sauces semiahogados por el
desbordamiento, que arrojaban verdes borlas sobre su superficie encrespada por el viento; luego
torcieron hacia los matorrales de las laderas de las montañas y treparon hasta las alturas de los montes
Linces; acababan de entrar en territorio lincéstida. Una vez allí, creyó que era conveniente ponerse el
yelmo y el antebrazo protector de cuero para el correaje de las bridas, que había mandado hacer según
un diseño de Jenofonte.
Aunque el joven Alejandro se hizo cargo del Gobierno, a la muerte del viejo Airopo, y a pesar
de que había ayudado a Filipo en la última guerra contra los ilirios, estaban en el país de las
emboscadas; además, los lincéstidas eran los lincéstidas. Con todo, parecía que el joven Alejandro
había hecho bien su trabajo tributario: allí estaban tres hermanos, montados en fuertes caballos
montañeses, armados para la campaña con sus tropas de montañeses tras de sí; todos ellos eran
hombres altos, corpulentos y barbados, no como los muchachos que había en los festivales. Con
cuidadosa cortesía intercambiaron saludos, pues eran los herederos de una antigua rivalidad. Durante
generaciones, sus casas habían estado unidas por el parentesco, la guerra, la rivalidad y el matrimonio.
Alguna vez, los lincéstidas habían sido los reyes del lugar, y durante generaciones habían estado
luchando por construir una gran monarquía, pero nunca habían podido lograrlo por carecer de la fuerza
necesaria para expulsar a los ilirios.
Sólo Filipo tenía esa fuerza, y esto había determinado la situación.
Alejandro aceptó de buen grado sus presentes formales de recepción, consistentes en comida y
vino, y convocó a sus oficiales, quienes se reunieron en un reborde rocoso del terreno, cubierto por una
suave alfombra de musgo y líquenes.
Vestidos a la burda manera de la frontera, con túnicas de cuero ajustadas en la cintura con
placas de acero y yelmos tracios en forma de gorros, los recién llegados no podían quitar la vista del
rostro lampiño del joven que, aun cuando superaba a cualquier hombre, prefería conservar la cara de
un niño y cuyo traje ceremonial relucía con todos los refinamientos del sur. Su armadura estaba
moldeada para cubrir cada músculo del cuerpo, y elegantemente incrustada con un trabajo tan fino que
las incrustaciones no tenían una sola rebaba. Su yelmo tenía una gran cimera, no para darle jerarquía,
sino para que sus hombres lo distinguieran en el combate (siempre debían estar listos para cambiar el
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plan de ataque cuando la lucha así lo requiriera). Como los lincéstidas eran neófitos en su guerra,
Alejandro tuvo que explicarles todo esto. Antes de conocerle, estos hombres no creían en Alejandro, y
cuando le conocieron creyeron aún menos; pero al ver los cicatrizados rostros de sus guerreros -
algunos de cuarenta años- atentos a cada una de sus palabras, terminaron por creer en él.
Los lincéstidas urgieron a Alejandro para que se hiciera con el control de las partes altas de los
desfiladeros, antes de que lo hiciera el enemigo, y así poder bajar hasta Heraclea, cuyo fértil valle
estaba en disputa desde hacia varios años. Ese lugar les era tan familiar como las techumbres a las
cigüeñas, y los jefes animaban a sus hombres con escabrosas bromas campesinas y se inclinaban ante
los templos de dioses inmemoriales. El pueblo miraba a Alejandro como si fuera el personaje de
alguna fábula y todos exponían sus mejores logros para que sus señores los reconocieran.
De nivel en nivel, el ejército subía por las terrazas sembradas de vides, asentadas en buena
tierra roja. Bajo ellos se extendía el lago Prespa en su encierro entre montañas; sus márgenes formaban
pequeñas bahías y promontorios rocosos y estaban llenas de álamos, acacias blancas y bosques de
fresnos. Desde la parte más próxima se elevaban columnas de humo en señal de guerra: los ilirios
habían cruzado hacia Macedonia.
En una pequeña fortaleza del paso, el clan lincéstida recibía a su jefe cálidamente, con gritos de
lealtad. En secreto, cada vez que se les presentaba la ocasión, les decían a los de su tribu que se habían
unido a Alejandro: “El hombre vive sólo una vez; no hemos esperado tanto tiempo con esa horda tan
cerca únicamente para escuchar que viene el hijo de la bruja. ¿Es verdad que una serpiente lo engendró
en el vientre de la reina? ¿Es ésta su prueba de armas? ¿Es cierto que se desarrolló dentro del
peritoneo?”
Para los campesinos, acostumbrados a viajar no más allá de veinte kilómetros hasta la villa más
cercana en los días del festival, era extraordinario ver a un hombre afeitado, así que preguntaron a los
del este si Alejandro era un eunuco. Quienes se habían mantenido cerca de él, les contestaban que no
era su prueba de armas, que tan joven como era ya tenía heridas producidas en combate y que, al ver
sus ojos, se habían dado cuenta de que era un símbolo mágico. También contaban que había prohibido
que sus soldados matasen una gran víbora que había aparecido en el camino, deslizándose frente a
ellos, arguyendo que era un mensaje de buena suerte enviado por los dioses. Todos los hombres la
miraron con recelo, pero también con esperanza.
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La primera batalla se libró junto al lago, entre los bosques de fresno y las orquídeas, entre los
relucientes álamos, sobre las cuestas moteadas de malvas amarillas o lirios azules, que los soldados
aplastaban con sus pies o que manchaban de sangre.
Las aguas azuladas color oscuro estaban revueltas y sucias, las cigüeñas y garzas volaban hacia
los juncales, las aves carroñeras miraban a sus compañeras cada vez que se precipitaban desde el cielo
y se lanzaban en picado para hartarse con los cadáveres que se apilaban en la hierba de las orillas del
lago, o con los que flotaban en sus aguas.
Los lincéstidas obedecieron a la perfección todas las órdenes y lucharon por el honor de su
estirpe. Sin que hubieran podido planearlo, reconocieron y asumieron las tácticas con las que lograron
atrapar a los jinetes ilirios entre las pendientes y la orilla del lago. Luego, se unieron a la persecución
del enemigo sobre las cumbres nevadas de las montañas del oeste y por los desfiladeros, donde los
ilirios expulsados de sus parapetos se hicieron fuertes hasta morir o rendirse.
Los lincéstidas se sorprendieron al ver que las tropas macedonias de Alejandro hacían
prisioneros después de la fiereza que demostraron en el combate. Desde que le vieron en acción
creyeron que quienes le habían puesto el sobrenombre de Basilisco sin duda estaban pensando en el
dragón coronado de mirada mortífera. Pero ahora, cuando ellos mismos no hubieran perdonado a uno
solo de sus enemigos, allí estaba el pequeño rey, estableciendo tratados de paz como si sus enemigos
no fueran unos bárbaros.
Los ilirios eran montañeses altos y delgados, de cabello oscuro, que usaban vestimentas de piel;
no se distinguían mucho de los lincéstidas, con cuyos parientes se casaban algunas veces. Coso, el jefe
ilirio que dirigía la incursión, fue atrapado vivo en un río cercano al desfiladero, y los hombres que
lograron cercarle, lo ataron y lo llevaron ante la presencia de Alejandro, que estaba junto a uno de los
rápidos del río, cuyas aguas, al chocar, arrojaban una espuma de color café sobre sus márgenes. El
prisionero era el hijo más joven del gran Bardeli, viejo enemigo del rey Filipo y terror de la frontera,
hasta que cayó combatiendo a los noventa años de edad. Ahora su hijo, un hombre de barba gris y de
unos cincuenta años, lo miraba impasible, fuerte y rígido como una lanza, tratando de ocultar su
sorpresa por el hecho de que un muchacho con ojos de hombre montara un caballo que, en sí mismo
bien hubiera valido una incursión fronteriza.
-Tú has asolado nuestras tierras -le dijo Alejandro-, robado nuestro ganado, saqueado nuestras
ciudades y violado a nuestras mujeres. ¿Qué crees que mereces?
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Coso sabía muy poco macedonio, pero lo suficiente como para comprender. No quería que
ningún intérprete se interpusiera entre él y el joven príncipe, así que se quedó mirándole fijamente a
los ojos y le respondió:
-Seguramente no estaremos de acuerdo en lo que merezco y lo que no. Haz conmigo, hijo de
Filipo, lo que tú mismo creas merecer.
Alejandro asintió y dijo:
-Desatadlo y devolvedle su espada.
Aquel hombre había perdido en la batalla a dos de sus doce hijos y cinco más habían caído
presos. Entonces, Alejandro dejó en libertad a tres de ellos, sin pedir rescate, y conservó a los otros dos
como rehenes. Había ido a la frontera a poner orden, no a crear nuevos problemas. Aunque ya había
penetrado bastante en territorio ilirio, no pretendía extender las fronteras más allá del lago Licnidice,
lugar conquistado por Filipo desde hacia mucho tiempo y que los dioses de la tierra les habían
señalado como frontera. Sólo quería hacer una cosa a la vez.
Ésta era la primera campaña de Alejandro como comandante en jefe de todas las fuerzas
macedonias; se había internado en un país desconocido y afrontaba con éxito todos los peligros que le
acechaban; todo el mundo tomaba eso como una gran victoria. El joven príncipe conservaba el secreto
de que ésa era la máscara de una gran guerra. Apenas estuvo solo con Hefestión, le comentó:
-Hubiera sido un acto demasiado vil cobrar venganza sobre Coso, ¿no crees?
En las claras aguas del lago Licnidice se podían observar restos del desorden de la batalla: las
anguilas y las truchas empezaban a limpiar los cadáveres que flotaban a la deriva. Las lilas aplastadas
regresaban a su vida latente para florecer al año siguiente; las blancas flores de acacia caían como
nieve con el paso de las frescas ráfagas de viento y ocultaban la sangre que teñía el suelo. Las viudas
vestían de luto y lloraban a sus muertos, los lisiados regresaban a sus actividades habituales y los
huérfanos padecían cada vez más hambre, aunque en el pasado no habían carecido de ella; la gente se
inclinaba ante el destino y lo aceptaba agradecida, como las plagas se ceban en el ganado. Todos,
incluso las viudas y los huérfanos, fueron a hacer sus ofrendas a los templos (pudo haberles ido peor si
los ilirios, renombrados piratas y tratantes de esclavos, hubieran ganado). Los dioses, complacidos por
sus ofrendas, guardaron para si el conocimiento de que ellos eran sólo el medio, no la finalidad. Con
más pena que alegría, Alejandro anhelaba saber si el universo se volvería hacia él.
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Semanas después, el rey Filipo regresó de Tracia. No pudo refugiarse en la comodidad de un
viaje marítimo, pues los barcos de Atenas rondaban las costas, así que tuvo que hacer casi todo el viaje
en litera, aunque el último trecho del camino hacia Pella lo había hecho montado a caballo, para
demostrar a su gente que sabía hacerlo. Sin embargo, tuvieron que ayudarle a desmontar y Alejandro,
al ver que todavía le costaba trabajo caminar, rápidamente fue a ofrecerle el apoyo de su hombro.
Ambos caminaron un trecho juntos, en medio de un apagado murmullo de comentarios; eran un
hombre como encogido que parecía tener diez años más y soportar una pesada carga, y un joven
rutilante que llevaba la victoria como el ciervo lleva en su cornamenta el suave vello de primavera.
En su ventana, Olimpia se regocijó al verlo; pero su contento se atenuó tan pronto como vio
que el rey entró a descansar a sus habitaciones, seguido de Alejandro, quien permaneció allí por
espacio de más de dos horas.
Algunos días después, el rey se resolvió a bajar a cenar al salón a pesar de su cojera. Al
ayudarle a subir a su sillón, Alejandro percibió el olor de pus que aún se desprendía de sus heridas.
Entonces se sintió fastidiosamente limpio y se recordó a sí mismo que ésa era una herida honorable.
Luego, al ver que todos miraban el paso desgarbado de Filipo, les dijo:
-No importa, padre, cada uno de tus pasos da testimonio de tu gran valor.
Todos los presentes quedaron sumamente complacidos. Ese día se cumplían cinco años de
aquella memorable velada con la cítara, pero nadie lo recordaba. Con la comodidad del hogar y los
buenos cuidados del médico, Filipo empezó a recuperarse rápidamente. Sin embargo, su cojera iba de
mal en peor, pues había recibido una nueva herida en la misma pierna, esta vez a la altura de la corva.
Durante su estancia en Tracia esa herida se le había empezado a pudrir, y pasó varios días al borde de
la muerte, ardiendo de fiebre. Decía Parmenión que cuando se le desprendió el pedazo de carne
putrefacta, quedó al descubierto un hoyo tan grande que podía caberle un puño. Pasaría bastante
tiempo antes de que pudiera volver a montar por sí mismo sobre el lomo de un caballo, si es que podía
volver a hacerlo; sin embargo, una vez montado, con su pierna metida en el estribo de los jinetes
principiantes, parecía tan atractivo como antes. Unas cuantas semanas después, Filipo pudo
sobreponerse a sus heridas y se dedicó a entrenar a sus ejércitos. Al tomar el mando, agradeció a los
dioses la disciplina que encontró entre los soldados y guardó para si el pensamiento del torrente de
innovaciones que se habían introducido en su ausencia, la mayoría de las cuales eran dignas de
conservarse.


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