Primera parte

III
El estudio del rey Arquelao era mucho más elegante que el cuarto Perseo, pues solía pasar allí
muchas horas. En él recibía a poetas y filósofos, quienes, por la hospitalidad y las delicadezas de que
eran objeto, se sentían tentados a quedarse en Pella. En el trono, que había mandado traer de Egipto y
cuyo respaldo terminaba en la cabeza de una esfinge, se habían sentado personalidades tan distinguidas
como Agatón y Eurípides.
En un enorme mural que cubría toda la pared del fondo de la habitación, figuraban las musas
cantando en torno a Apolo (a ellas estaba dedicada la estancia), quien, tocando su lira, miraba
inescrutablemente el pulido anaquel que contenía preciosos libros y papiros. Los libros estaban
bellamente encuadernados, los estuches de los manuscritos eran de oro con incrustaciones de piedras
preciosas; había florones de marfil, ágata y sardónice y borlas de seda y encaje (reinado tras reinado,
incluso durante las guerras de sucesión, estos tesoros estuvieron al cuidado de esclavos bien
entrenados). Sin embargo, ya había pasado toda una generación desde la última vez que alguien leyó
aquellas páginas; ésas eran demasiado valiosas, los libros de lectura estaban en la biblioteca.
Destacaba una hermosa escultura ateniense que representaba a Hermes en el momento de
inventar la lira -adquirida en los últimos años de la grandeza urbana a alguna familia en bancarrota-, y
un par de lámparas de pie que tenían la forma de columnas con dos ramas de laurel entrelazadas, las
cuales estaban puestas junto a la enorme mesa de trabajo de piedra y calcedonia, cuyas patas
terminaban en una garra de león. Aunque casi nada había cambiado desde los días del rey Arquelao,
los muros pintados del cuarto de lectura no podían verse desde la puerta, pues desaparecían tras los
armeros y anaqueles abarrotados de los documentos relativos a la administración del reino. El sofá y la
mesa dejaban espacio suficiente para un atestado escritorio, en el cual el secretario principal se abría
paso entre el maletín de cartas. Era un brillante día del mes de marzo y soplaba un viento frío del
noreste. Las carcomidas cerraduras de estudio fueron aseguradas para evitar la acción del viento sobre
los libros; los deslumbrantes rayos del sol, que caían atravesándolo todo, se mezclaban con frías
corrientes de aire. El secretario principal tenía escondido bajo su manto un ladrillo caliente, que usaba
para dar calor a sus manos; el empleado, por su parte, lleno de envidia, se limitaba a calentar las suyas
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con el vaho de su boca, pero lo hacia cuidadosamente para evitar que el rey se diera cuenta. El rey
Filipo se sentó tranquilamente; acababa de llegar de su campaña en Tracia; después de haber pasado
allí todo un invierno, se le ocurrió ir a descansar a su palacio de Síbaris.
Su poder se extendía seguramente a lo largo y ancho de la inmemorial ruta del Helesponto,
garganta de Grecia; rodeó las colonias, desde Atenas deformó el sentido de lealtad de los tribus y puso
cerco a las ciudades aliadas. Pero los sureños decían que uno de sus más amargos errores fue haber
roto la vieja y decente regla de guerra, según la cual durante el invierno debían cesar todas las
hostilidades (hasta los osos descansan durante esa época).
Al sentarse a la mesa, Filipo cogió un palillo de plata que siempre llevaba consigo para
hurgarse la boca; su mano estaba toda cuarteada y llena de cicatrices y callos de las riendas y la lanza.
En el banco de patas cruzadas estaba sentado un escribano con el papiro sobre las rodillas, esperando
tomar al dictado una carta dirigida a un señor de Tesalia.
Desde donde estaba podía ver su camino; el problema de llevarlo a casa era de los sureños. En
Delfos sus hombres se desgastaban con la guerra y las culpas, pues los rebeldes se habían puesto como
perros furiosos entre si, al tiempo que sacaban buen provecho del dinero que tuvieron que fundir
(habían convertido en monedas todos los tesoros del templo para pagar a los soldados, y desde
entonces Apolo se puso en contra de ellos). Sin embargo, el dios sabia esperar: un día, mientras
cavaban debajo del trípode sagrado, se oyó un terrible temblor de tierra. Después vinieron el pánico,
las rabiosas acusaciones mutuas, exilios, torturas. Desde entonces, el líder perdedor y sus fuerzas
desterradas sólo conservaron algunos puntos de las Termópilas; su situación era francamente
desesperada y el dirigente no tardaría en entablar alguna negociación. Así pues, a pesar de que eran
aliados de un pueblo enemigo, regresaron a la seguridad de la guarnición de Atenas; el líder temía ser
llevado ante la facción imperante. Pronto estaría maduro y listo. El rey Filipo pensó que Leónidas se
revolvería dentro de su tumba.
-Viajeros que pasáis, id y decid a los espartanos... Decidles a todos que Grecia me obedecerá
dentro de diez años, porque la ciudad no puede confiar en la ciudad, de la misma forma que un hombre
no puede confiar en otro hombre. Han olvidado todo, incluso lo que vosotros les mostráis
cotidianamente: cómo permanecer y morir. Los he conquistado con envidia y codicia y me seguirán,
pues sólo así podrán renacer. Bajo mi mando recobrarán su orgullo. Me pedirán que los dirija y sus
hijos se lo pedirán al mío.
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El discurso le recordó que hacia rato que había ordenado buscar al niño, y sin duda se lo
llevarían tan pronto como lo encontraran (uno no puede esperar que un muchacho de diez años se
quede sentado inmóvil, sin hacer nada). Entonces, Filipo puso su atención en el dictado de la carta.
Antes de empezarla, oyó la voz de Alejandro procedente del exterior, saludando al guardia. ¿A cuántos
hombres conocía el pequeño por su nombre? Éste apenas lleva cinco días en la guardia.
Las enormes puertas se abrieron, Alejandro se veía muy pequeño entre ellas. Allí estaba él, su
cuerpo compacto y reluciente, descalzo sobre el helado piso de mosaicos de mármol, con los brazos
doblados debajo del manto, no para calentárselos sino por una bien asimilada costumbre de modestia
espartana que le había inculcado Leónidas.
En este cuarto, padre e hijo tenían las notas de los animales salvajes revueltas con las de los
criados. El moreno soldado, casi negro, que hacia la guardia contrastaba con Alejandro: aquél tenía los
brazos llenos de grandes arrugas rosadas, la frente cruzada ligeramente por la marca del borde del
yelmo, y bajo una medio fruncida tapadera podía verse un poco del banco lechoso propio de los ojos
ciegos, mientras que el niño, delicadamente bronceado, apenas lucía en su cuerpo huellas de heridas y
rasguños que le habían dejado sus juveniles aventuras; además, su pesado y enmarañado pelo hacia
que el oropel de Arquelao pareciera estar lleno de polvo. De tanto llevar puestas las mismas ropas,
suavizadas y blanqueadas por tantos lavados y frotamientos en las piedras del río, había adquirido
cierto aspecto de arrogancia voluntaria y todo el mundo pensaba al verlo que él mismo había tomado la
decisión de llevar esas ropas. Sus ojos grises, que iluminaban los rayos del sol, guardaban para si
alguna idea que se le había ocurrido.
-Pasa, Alejandro -el niño ya lo había hecho. Filipo sólo habló para hacer advertir su presencia;
ya sentía un poco la separación.
El niño se adelantó, nada menos que como un sirviente al que se le ha permitido la entrada. La
agitación del viento disminuía al chocar contra su cara, y su piel parecía haber cambiado de textura y
color; ahora parecía más opaco. Mientras estuvo ante la puerta pensó que Pausanias, el nuevo guardia,
era como los hombres que le gustaban a su padre, y que si sucedía algo entre ellos probablemente no
hubiera una nueva mujer durante algún tiempo. Cuando sus ojos se encontraban, uno podía descubrir
ciertas miradas; sin embargo, aún no sucedía nada.
Alejandro se acercó al escritorio y esperó, sin decir palabra, con las manos cruzadas bajo su
manto. Leónidas nunca trató de imponerle esta faceta de la conducta espartana: que un joven debe
bajar la vista ante los adultos hasta que éstos le hablen.
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Al ver los ojos resueltos del niño. Filipo sintió que un dolor familiar le atravesaba. Incluso el
odio hubiera sido mejor que esa mirada que sólo podía comparar con la de los hombres dispuestos a
morir antes de rendirse; es decir, no de desafío, sino cargada de reflexiones intimas. ¿Cómo he llegado
a merecer esto?, pensó Filipo. Es esa bruja, que cuando estoy descuidado usa su veneno para robarme
a mi hijo.
Alejandro tenía la intención de preguntar a su padre por el desarrollo de la guerra en Tracia; las
explicaciones habían sido pospuestas, pero él debía saber... Sin embargo, no por el momento.
Filipo despidió a su empleado e indicó a su hijo el banco vacío, invitándola a sentarse. Cuando
se sentó en el taburete de lana escarlata con la espalda derecha y las manos sobres las piernas, el rey no
pudo evitar la sensación de que en cualquier momento se levantaría y saldría.
Cegados más por el odio que por el amor, a los enemigos de Filipo les complacía pensar que
todos sus hombres de las ciudades griegas habían sido comprados, pues aunque nadie perdía con
servirle, había muchos que no sacaban ningún provecho de él y no estaban a su lado sólo por su
encanto personal.
-Aquí -le dijo, mientras recogía de su escritorio una maraña de piel suave-. ¿Qué harías con
esto?
El pequeño la cogió, y de inmediato sus deditos chatos empezaron a trabajar, deslizando la
correa hacia arriba y hacia abajo, estirándola. Conforme ponía orden en su cabeza, su rostro adquiría
un gesto de placentera solemnidad e interés.
-Es una honda y una bolsa para la munición. Debe llevarse en el cinturón, aquí. ¿Dónde
hicieron este trabajo?
La bolsa estaba cosida con plaquitas de oro con los bordes doblados, en las cuales había
labradas figuras de venados en plena carrera.
-Se la quitaron a un jefe tracio -dijo Filipo-, pero fue hecha en el norte, más allá de las llanuras
de hierba. Es un arma escita.
Alejandro estudió detenidamente el trofeo de guerra, pensando en las interminables estepas de
más allá de Ishtar, en los legendarios cementerios y las tumbas de los reyes con su cerco de jinetes
muertos alrededor, hombres y caballos marchitándose a la intemperie. Su deseo de saber más era muy
grande, y, finalmente, expuso todas las dudas que tenía acumuladas. Así pasaron un buen rato
charlando.
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-Bien, pruébala, la traje para ti. Ve a ver a qué le puedes dar, pero no tires demasiados lejos; los
embajadores atenienses están en camino.
Alejandro tenía guardada la honda bajo su regazo y sólo el contacto con el cuerpo le recordaba
su existencia.
-¿Son mensajeros de paz?
-Sí, desde que llegaron a tierra pidieron un salvoconducto para cruzar las líneas, sin siquiera
esperar a los heraldos. Parecían tener demasiada prisa.
-Los caminos son muy malos.
-Si, necesitan deshelarse antes de que pueda oírlos llegar. Cuando estén aquí, puedes venir a
escuchar. Es un asunto bastante serio el que vienen a tratar, y ya es hora de que te des cuenta por ti
mismo de cómo se hacen las cosas.
-Estaré cerca de Pella, y quisiera estar aquí.
-Quizá finalmente veamos acción. Ellos han estado cuchicheando como abejas expulsadas del
enjambre desde que tomé la ciudad de Olinto. Hace apenas medio año se dedicaban a molestar a los
pueblos del sur, tratando de formar una unión en contra nuestra, pero nunca sacaron nada más que
polvo en los pies.
-¿Estaban todos atemorizados?
-No, no todos, pero todo el mundo desconfiaba de los demás. Sólo algunos confiaban en los
hombres que todavía confiaban en mi, y yo rescataré su confianza.
Los finos extremos de las cejas café claro de niño se entornaron, casi juntándose, haciendo que
se le marcaran aún más los pómulos.
-¿No lucharon los espartanos?
-¿Bajo las órdenes de los atenienses? Ellos no los dirigirán, ya se han hartado; además, los
espartanos jamás los seguirán -rió para sus adentros-. No son la clase de público que aguanta los
golpes de pecho y el llanto, ni los regaños de una placera que podría cambiarse por un céntimo.
-Cuando Aristodemo vino aquí por lo del rescate de ese hombre llamado latrocles, me dijo que
creía que los atenienses votarían a favor de la paz.
Hacía mucho que tales afirmaciones no sorprendían a Filipo.
-Bien, para alentarlos liberé a Iatrocles antes que a él. De todos modos, deja que me envíen a
sus embajadores. Si piensan que pueden incluir a Tracia en el acuerdo, es porque en realidad son unos
idiotas; pero, en todo caso, pueden votar sobre el asunto mientras yo entro en acción. Nunca evites que
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tus enemigos desperdicien tiempo... Iatrocles será uno de los embajadores, lo mismo que Aristodemo,
y eso no nos hace daño.
-La última vez que estuvo aquí, durante la cena recitó algunos versos de Homero sobre Aquiles
y Héctor antes de que murieran. Pero ya es demasiado viejo.
-La vejez nos llega a todos, oh, y Filócrates estará allí, por supuesto -Filipo no se esforzó en
decir que ése era el nombre de su principal agente ateniense, por lo que el niño tenía que asegurarse de
saberlo-. Lo trataremos exactamente igual que a los demás, no le haría bien ser distinguido; además,
los embajadores son diez.
-¿Diez? -preguntó el pequeño abriendo bien los ojos-. ¿Para qué tantos? ¿Todos van a hablar?
-Oh, es que necesitan vigilarse unos a otros. Además, a todos debe permitírseles hablar, pues
ninguno de ellos consentirá que se le pase por alto. Nosotros debemos partir de la base de que
previamente se dividieron los temas de la charla. Después, al terminar, se hará la representación de una
obra. Demóstenes está a punto de llegar.
Las orejas del niño se irguieron como las de los perros domésticos cuando se les llama para
pasear, y Filipo le miró a la cara. ¿Acaso cada enemigo suyo era un héroe para su hijo?
Alejandro, por su parte, pensaba en la elocuencia de los soldados de Homero. Se imaginaba a
Demóstenes como un hombre alto y moreno, como Héctor, con voz metálica y ojos ardientes.
-¿Es aguerrido? ¿Como los hombres de Maratón?
Filipo, que tomó esta pregunta como si viniera de otro mundo, se detuvo un instante buscando
la respuesta, y sonrió amargamente bajo su espesa barba.
-Cuando llegue, trata de adivinar después de verle, pero no se lo preguntes directamente.
El rubor se extendió desde la delicada piel del cuello del niño hasta la cabeza; sus labios rígidos
no se movieron, se quedó completamente callado. Cuando se enfurecía era exactamente igual a su
madre.
-¿Acaso no puedes distinguir cuando un hombre está bromeando? -le dijo Impacientemente-.
Eres tan susceptible que pareces una niña.
“¿Cómo se atreve hablarme a mí de mujeres?”, pensó. Apretó tanto su honda que las placas de
oro se le hundieron en la mano.
Filipo pensó que todo el buen trabajo que había hecho hasta el momento se derrumbaba, y
maldijo de corazón a su esposa, a su hijo y a él mismo. Luego obligándose a hablar en un tono más
tranquilo, continúo:
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-Bien, cada uno de nosotros debe valerse por sí mismo. Yo los conozco tanto como tú.
Esto último no era cierto, pues gracias a los informes de sus agentes casi le parecía haber
vivido muchos años junto a ese hombre. Así, sintiendo haberse equivocado, le concedió un poco de
malicia: le dejó cuidarse de sí mismo y también conservar las esperanzas.
A los pocos días, Filipo le mandó llamar nuevamente. Ambos se habían dedicado en cuerpo y
alma, el hombre a sus negocios, y el niño a su infatigable búsqueda de nuevas pruebas que le sirvieran
para superarse: escollos que saltar, caballos medio reventados para montar y marcas de carrera y
lanzamiento que había que batir. Además, también le acababan de enseñar a tocar una nueva pieza
musical.
-Deben estar aquí al caer la noche -dijo Filipo-. Ya descansarán por la mañana, los recibiré
después de la merienda. Por la noche habrá una cena pública, así que el tiempo será el único límite de
su elocuencia. Por supuesto, tú llevarás vestido corto.
Su madre guardaba sus mejores ropas, así que fue a buscarla. La encontró en su cuarto,
escribiendo una carta para su hermano de Epiro, en la cual se quejaba de su marido. Como sabia
muchas cosas que no podía confiar a ningún escribiente, redactaba bastante bien. Al ver entrar a su
hijo, cerró el díptico y lo cogió entre sus brazos.
-Me tengo que vestir para recibir a los embajadores atenienses -le dijo-. Usaré el vestido azul.
-Yo sé bien cuál es el que mejor te va, querido.
-No, es que debe ser el adecuado para los atenienses. Llevaré el azul.
-Mi señor debe ser complacido. Entonces, el prendedor de piedra....
-No, salvo los anillos, sólo las mujeres llevan joyas en Atenas.
-Pero, cariño, es conveniente que las luzcas. Esos embajadores no son nadie.
-No, madre; ellos piensan que llevar joyas es un signo de barbarie. No debo usarlas en esta
ocasión.
Últimamente Olimpia había escuchado esta nueva voz con más frecuencia, y le complacía, pues
nunca imaginó siquiera que alguna vez la usaría en su contra.
-Entonces, mi señor, serás todo un hombre.
Sentada como estaba, podía recostarse sobre él y mirarle, así que lo hizo y le acarició sus
revueltos cabellos.
-Se acercan buenos tiempos, Alejandro, y tú eres tan indómito como un león. Debo comprender
esto por mi misma.
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Cuando llegó el atardecer, le dijo a Fénix: “Por favor, quiero estar despierta para ver llegar a
los embajadores atenienses”. Fénix miró con hastío hacia la encapotada oscuridad.
-¿Y qué esperas ver? -gruñó-. Un grupo de hombres con sus sombreros encajados hasta la
túnica. Con la profunda oscuridad de esta noche no podrás distinguir al amo del sirviente.
-No importa, quiero verlos.
La noche llegó, cruda y húmeda. Los juncos chorreaban y las ranas croaban incesantemente,
como si uno las tuviera dentro de la cabeza. Una niebla espesa e inmóvil caía sobre las juncias y el
trayecto del lago, hasta que se encontraba con la brisa del mar. En las calles de Pella, había lodosos
arroyuelos, con la suciedad y la basura acumuladas durante diez días. Por su parte, Alejandro estaba
parado en la ventana de la habitación de Fénix, pues hasta allí había ido para despertarlo, pero él ya
estaba metido en sus botas de montar y vestido con su túnica con capucha. Fénix cogió un libro,
dispuso una lámpara y un brasero, y se sentó como si fueran a pasar gran parte de la noche.
-Mira, doblando ese recodo pueden verse las antorchas de la escolta de los embajadores.
-Bueno, ahora podrás poner tu mirada en ellos. Cuando sea hora, y no antes, saldré a la
intemperie.
-Está lloviendo muy fuerte. ¿Qué harás cuando vayamos a la guerra?
-Me he estado reservando para eso, Aquiles. Recuerda que el lecho de Fénix está hecho de
fuego.
-Si no te apuras, prenderé fuego a ese libro tuyo. Ni siquiera te has puesto las botas -Alejandro
estaba en la ventana; perdida entre la inmensa oscuridad y cubierta de niebla, la hilera de antorchas
parecía arrastrarse avanzando como un gusano resplandeciente sobre una gran piedra-. Fénix...
-Si, si, ya es hora.
-¿Pretende en realidad firmar la paz, o sólo está haciendo tiempo para prepararse, como hizo
con los de Olinto?
-Aquiles, mi querido muchacho -le dijo con una voz astutamente rítmica, al tiempo que
depositaba su libro en sus rodillas-, sé imparcial con Peleo, tu querido padre.
No hacia mucho tiempo que Fénix había soñado que estaba en el escenario, vestido para
representar el papel de jefe del coro en una tragedia, de la cual tan sólo se había escrito una página. En
el papiro ya estaba parte de la continuación del texto, pero llena de correcciones, y él rogaba al poeta
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que cambiara el final. Sin embargo, luego, al tratar de recordarlo, solamente se acordaba de sus
lágrimas suplicantes.
-Fueron los de Olinto quienes traicionaron primero nuestra confianza. Pactaron con los
atenienses, a pesar del juramento mutuo, e incluyeron a sus enemigos. Todo el mundo sabe que un
pacto es inválido cuando lo quebranta alguna de sus partes.
-Los generales de caballería abandonaron a sus propios hombres en el campo de batalla -la voz
del pequeño subió de tono-. Les pagó por hacerlo, les pagó.
-Debió haber salvado muchas vidas valiosas.
-Pero ahora son esclavos. Yo hubiera preferido morir.
-Si todos los hombres pensaran como tú, no habría esclavos en el mundo.
-Cuando yo sea rey no recurriré a traidores, nunca, y si ellos vienen a mi, los mataré. No me
importará a quién me vendan, así sea mi peor enemigo, le mandaría las cabezas de sus traidores. Los
odio a todos como si fueran las puertas del infierno, y ese hombre, Filócrates, es un traidor.
-A pesar de eso, puede ser útil. Tu padre tiene buenas intenciones para con los atenienses.
-Sólo si hacen lo que él quiere.
-Vamos, al oírte hablar, cualquiera diría que él pretende establecer una tiranía. Cuando los
espartanos los conquistaron en la época de mi padre, sin duda que existía una. Tú conoces bien la
historia y, si haces un poco de memoria, la recordarás en todos sus detalles. En la época del gran rey
Agamenón, el pueblo griego tuvo un caudillo guerrero, ya fuera éste una ciudad o un hombre. ¿Cómo
fue que llamaron al huésped a Troya? ¿Cómo se involucraron los bárbaros en la guerra de Jerjes? En
estos días todos hablan y discuten como perros callejeros, pero nadie se pone al frente de nuestro
pueblo.
-Para ti no son dignos dirigentes. No pudieron haber cambiado en tan poco tiempo.
-Ya han pasado dos generaciones desde la muerte del mejor dirigente. En mi opinión,
atenienses y espartanos arrastran la maldición de Apolo desde que alquilaron sus tropas, pues conocían
muy bien la clase de oro que iban a cobrar. Una vez que se acabó ese oro, nos llegaron la muerte y la
ruina y aún no vemos el final. Tu padre tomó el partido del dios y fíjate cómo ha prosperado; se habla
de eso en toda Grecia. ¿Quién es el hombre más adecuado para convertirse en caudillo? Y algún día tú
también lo serás.
-Hubiera preferido... -Alejandro empezó a hablar lentamente-. ¡Oh!, mira. Han pasado el
bosque sagrado y ya casi están en la ciudad. ¡Apúrate!
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Cuando montaban en la lodosa caballeriza, Fénix le dijo:
-Ponte bien la capucha, no querrás que cuando te vean en la audiencia sepan que andabas
espiándolos en la calle como cualquier campesino. Lo que debes esperar de esta salida es más de lo
que yo puedo imaginar.
Metieron sus caballos dentro de un pequeño granero que estaba delante del templo del héroe.
Las ramas y los cogollos de castaños que colgaban semi extendidos parecían esculturas trabajadas
sobre las nubes cargadas de lluvia, a través de las cuales se filtraban los rayos de luna. Las antorchas
de los escoltas ardían casi hasta el mango, y sus llamas bailaban en el aire al ritmo del paso cansado de
las mulas. Alumbrado por esta luz, podía verse al embajador principal escoltado por Antipatro;
Alejandro hubiera reconocido los grandes pómulos y la cuadrada barba del general, aunque llevara
bufanda como los demás, pero como procedía de Tracia y esperaba encontrar una noche cálida, llevaba
la cara descubierta. El otro, el del cuerpo perdido entre el ropaje y la mirada escrutadora que sobresalía
de entre el sombrero y la túnica, debía ser Filócrates; parecía el mismo diablo. Cabalgando detrás, el
niño reconoció la gracia de Aristodemo. Él vigilaba la columna de jinetes y estiraba ocasionalmente
las flexibles alas de su sombrero para ver en qué parte de aquel lodazal ponían las patas los caballos.
No muy lejos de la retaguardia, cabalgaba un hombre alto y fornido que parecía ser un soldado. Por su
corta barba parecía tratarse de un hombre de mediana edad; la luz de la antorcha dejaba ver un perfil
agradable y vigoroso. Cuando pasó este hombre, el niño le siguió con la vista recordando sus sueños.
Acababa de ver al gran Héctor, quien sólo envejecería cuando Aquiles estuviera listo.
En la casa de huéspedes de palacio, Demóstenes se despertó con las primeras luces del
amanecer, sacó un poco la cabeza de las mantas y miró a su alrededor. La habitación era espléndida: el
piso de mármol verde, las pilastras de la puerta y la ventana tenían capiteles dorados, el taburete para
la ropa estaba incrustado con marfil, y el bacín, de porcelana italiana, tenía guirnaldas trabajadas en
relieve. Afuera había dejado de llover, pero todavía se sentía un aire helado. Demóstenes estaba tapado
con tres mantas, pero hubiera necesitado otras tantas para conservar el calor. Las ganas de orinar le
habían despertado, pero el bacin estaba en el extremo opuesto de la habitación y el piso carecía de
alfombra. Encorvado sobre los brazos cruzados, titubeó incómodo. Luego tragó saliva y se le hizo un
nudo en la garganta: todos sus temores, que se le habían acumulado durante el viaje, se hacían
realidad; en este día especial empezaba a sentir frío dentro de la cabeza.
Extrañaba la comodidad de su casa en Atenas, en donde su esclavo persa ya le hubiera llevado
más mantas, acercado el bacin y hecho la infusión de hierbas y miel con que calmaba y suavizaba su
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garganta. Pero allí estaba, tendido como Eurípides, quien había muerto en ese lugar, enfermo entre ese
esplendor bárbaro. ¿Acaso seria él mismo un nuevo sacrificio en honor de aquellas tierras rudas,
creadoras de piratas y tiranos? (risco o guarida del águila que vuela rapaz sobre las Hélades, lista para
abalanzarse sobre cualquier ciudad flagelada, sangrante). Bajo el cielo oscurecido por los extremos de
sus alas, las ganancias mezquinas o los feudos los perderían, y despreciarían las advertencias del
pastor. Este día tenía que enfrentarse al gran depredador, y su olfato estaba confundido.
En el barco y durante el camino, Demóstenes había estado repitiendo su discurso una y otra
vez; finalmente le llegaría su turno. Para establecer la prioridad disputada en el camino, acordaron que
el más joven empezaría a hablar. Entonces, ansiosamente, mientras los demás discutían las pruebas de
su procedencia, él se proclamó a si mismo el más joven, creyendo que sus compañeros serian tan
ciegos como para no darse cuenta de lo que acababan de rechazar. Sólo hasta cuando estuvo preparada
la lista final se dieron cuenta de su error.
Una vez cerca del bacín, la vista de Demóstenes se fijó en la otra cama. En ella dormía
profundamente, tendido de espaldas, su compañero de habitación. Su estatura hacia que los pies casi
salieran de las mantas y su amplio tórax hacía resonar fuertes ronquidos. Al levantarse, correría
aceleradamente hacia la ventana a practicar los aparatosos ejercicios vocales que solía hacer desde sus
días de teatro, y hablando del frío, debe decirse que era mucho peor en uno u otro vivaque del ejército.
Él seria el noveno en hacer uso de la palabra, y Demóstenes el décimo; éste sintió que ningún bien le
había llegado nunca puro. Tendría él la última palabra, recurso que en las cortes no puede comprarse a
ningún precio, pero algunos de los mejores argumentos ya los habrían usado los primeros oradores en
su momento (y entonces debía seguir la presencia de ese hombre portentoso, por lo que necesitaría de
su modulada voz y de su más alto sentido del ritmo, de su memoria de actor, gracias a la cual podría
seguir la clepsidra sin ver una sola nota, así como de toda su capacidad para hablar improvisadamente,
que era el más envidiable don con que le habían dotado los dioses).
Su padre y maestro de escuela era un don nadie, un humilde criado que le había metido las
letras a golpes para que consiguiera un sueldo miserable de escribiente, y su madre una sacerdotisa de
algún culto extranjero y marginal proscrito por la ley. ¿Quién era él para jactarse ante los miembros de
la asamblea, educados todos en las mejores escuelas de retórica de la época? Sin duda tuvo que
mantenerse al margen de los sobornos, pero en aquella época uno jamás dejaba de oír hablar acerca de
los antepasados, eupátridas por supuesto -¡ese trillado cuento!-, arruinados a causa de la Gran Guerra,
de sus hazañas militares en Eubea y de sus tediosas menciones en mensajes.
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Afuera, una cometa volaba en el aire frío, mientras que en la habitación una penetrante
corriente de aire se abatía sobre la cama. Demóstenes enredó su delgado cuerpo entre las mantas, y
recordó amargamente cómo la noche anterior, cuando se quejaba del helado mármol, su compañero de
habitación le dijo: “Yo pensé que eso te importaría poco, a causa de tu sangre norteña”. Hacia años
que nadie se refería en su presencia al matrimonio de su abuelo con su abuela escita; sólo la riqueza de
su padre manchaba su ciudadanía, pero él llegó a pensar que con el tiempo todo se olvidaría. Miró su
helada nariz, como uno hace cuando está dormido, y aplazó por unos instantes su urgente necesidad de
caminar hacia el bacín.
-Tú eras asistente, yo un estudiante; tú, acólito, yo, un iniciado; tú levantabas actas, yo
presentaba la moción; tú, tercer actor, y yo, un espectador de primera fila -dijo. En realidad, nunca
había visto actuar a Aisquines, pero continuó: -Te abucheaban, y yo silbaba.
Bajo los pies, el mármol verde era un témpano de hielo, la orina de Demóstenes se vaporizaba.
La cama ya debería haberse enfriado, así que no le quedaba más que vestirse, mantenerse en
movimiento y agitar la sangre. ¡Si sus amigos estuvieran allí! Pero el consejo les había ordenado partir
cuanto antes (estúpidamente, los demás sugirieron que prescindieran de acompañantes). El millar de
palabras que dirigía a cualquier orador hostil hubiera sido mejor sólo con que le acompañara algún
amigo.
El viento amainaba conforme aparecía en el cielo un sol pálido; quizá hiciera menos frío afuera
que dentro de esa tumba de mármol. El pavimentado jardín de palacio aún estaba solo, únicamente un
joven esclavo merodeaba por allí. Con él, Demóstenes representaría nuevamente su parte del discurso,
pero si lo hacia allí podría despertar a Esquines, quien se sorprendería de su necesidad de repetir el
guión y se jactaría de que siempre fue un estudiante más avispado que él.
Nadie en la casa se había despertado aún, tan sólo los esclavos empezaban sus labores del día.
Demóstenes se dirigió a la ventana y empezó a mirarlos, buscando a algún griego entre ellos (en el
sitio de Olinto, muchos atenienses habían caído prisioneros, y los embajadores tenían instrucciones de
pagar rescates siempre que pudieran hacerlo). Se había decidido a rescatar a cuantos pudiese, así
tuviera que pagar él mismo su rescate. En medio del frío y dentro del arrogante y ostentoso palacio, el
pensamiento de Atenas le dio un poco de calor.
Durante su infancia fue un niño mimado, pero en la pubertad sufrió muchas desdichas. Su
padre, un rico comerciante, murió dejándolo al cuidado poco atento de los guardias. Siempre fue un
muchacho insignificante, que no despertaba los deseos de nadie, pero que vivía muy excitado; este
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hecho fue rigurosamente expuesto en el gimnasio para muchachos, lo cual le costó el sucio apodo que
conservó durante mucho tiempo. A la edad de diez años se dio cuenta de que sus guardianes le querían
robar su herencia, pero no tenía quien lo defendiera en las cortes, eran sólo él y su nerviosa
tartamudez. Tuvo que entrenarse solo, terca y fatigosamente, en secreto, imitando a actores y retóricos,
hasta que estuvo listo. Sin embargo, para ese entonces casi las dos terceras partes de su dinero habían
desaparecido. Así pues, tuvo que empezar a vivir de la única habilidad que poseía, y con sus ganancias
empezó a formar un capital, que le hizo un hombre más o menos respetable. Finalmente, cuando al
escucharlo las masas se volvieron un solo oído, una sola voz, y él se dio cuenta de que esa voz era la
suya, empezó a saborear el gran vino del poder. Durante todos esos años cubrió su tierno y maltrecho
orgullo con el orgullo de Atenas, la cual volvería a ser grandiosa una vez más; ése seria su trofeo de
victoria hasta el fin de los tiempos.
También Demóstenes odiaba a muchos hombres, a algunos por buenas razones, pero a otros
sólo por envidia. Sin embargo, aún no veía al que más odiaba de entre todos los que conocía: se trataba
del hombre que habitaba el corazón de ese arrogante palacio, el tirano macedonio que pretendía rebajar
a Atenas a una ciudad tributaria más. A media distancia, un esclavo tracio limpiaba. El sentido de ser
un ateniense, sin nada que envidiar a ninguna otra raza de la tierra, lo sostuvo en esos momentos, como
siempre. El rey Filipo debía saber lo que eso significaba; si, según se decía en las cortes, debía coser la
boca de todos, tal como había asegurado a sus colegas que lo haría.
Si alguien pudiera retar al rey, entonces no habría embajada. Sin embargo, recordándole viejos
vínculos, uno podría hacer que le remordiera la conciencia por sus promesas rotas, pues con su
supuesta confianza sólo pretendía ganar tiempo, enfrentar ciudad contra ciudad, facción contra facción
(apoyaba a los enemigos de Atenas, mientras seducía o quebrantaba a sus amigos). El preámbulo era
perfecto para comenzar, pero antes debía contar una breve anécdota, lo cual podía hacer
refinadamente. Tenía que impresionar tanto a los demás embajadores como al propio Filipo; a la larga,
quizá ellos fueran más importantes. En todo caso, ya encontraría oportunidad para contar la anécdota.
El suelo pavimentado de la corte estaba todo lleno de hojas y ramas arrancadas por el viento y,
apoyadas contra la pared más delgada, había macetas con deshojados rosales (¿seria posible que algún
día florecieran?). A lo lejos, en el horizonte podía verse la silueta azulada de una montaña, dividida
por negros desfiladeros y llena de espesos bosques. De pronto, más allá de la pared, pasaron corriendo
dos hombres sin túnica, gritándose en su salvaje jerga. Golpeando el baúl con ambas manos,
pataleando y tragándose la vana esperanza de que su garganta mejorase, Demóstenes abandonó el
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pensamiento de que los hombres criados en Macedonia debían ser duros. Hasta ese joven esclavo, que
sin duda debería de estar barriendo las ramas y hojas, parecía estar a sus anchas dentro de su burda
vestidura, apoyado en la pared. Cuando menos, su amo debió haberle dado sandalias, pensó.
Trabajar, trabajar, tenía que continuar con su trabajo, así que abrió su manuscrito por la
segunda hoja y, paseándose para no congelarse, empezó a hablar, probando una forma y luego otra. La
unión de cadencia y ritmo, la elevación y luego la caída de la voz, el tono agresivo y el persuasivo,
hacían que su discurso pareciera una ropa a la que todavía no une la costura. Si tenía que repetir alguna
interjección, lo hacía brevemente, pero nunca quedaba conforme hasta que regresaba a la lectura de su
discurso. Sólo quedó satisfecho cuando lo recitó bien y de corrido.
-Tales fueron -dijo al aire- los generosos servicios que nuestra ciudad brindó a tu padre
Amintas. Mas como he estado hablando de cosas que, naturalmente, están fuera de tu memoria, pues
aún no habías nacido, permíteme hablar de las gentilezas que tú mismo viste y recibiste -en este punto
se detuvo; seguramente a estas alturas ya habría despertado la curiosidad de Filipo-. Tus mayores
confirmarán lo que te diga. Antes de que Amintas, tu padre, y Alejandro, tu tío, murieran, cuando tú y
tu hermano Perdicas erais todavía unos niños, tu madre Eurídice fue traicionada por quienes se decían
amigos suyos. Entonces, Pausanias regresó de su exilio a disputar el trono, con la coyuntura a su favor
y no sin ayuda.
Caminaba y declamaba al mismo tiempo; de pronto se detuvo para tomar aire. En eso se dio
cuenta de que el pequeño esclavo había bajado del muro y caminaba detrás de él. Por un instante, la
actitud del niño le recordó los años en que era objeto de burla; entonces, se volvió súbitamente para
atrapar alguna sonrisa o gesto sensual en el rostro del muchacho, pero sólo vio su semblante serio y sus
claros ojos grises; parecía encantado con la originalidad de los gestos y las inflexiones, como algún
animal con el sonido de la flauta del pastor. En aquella época era costumbre que los sirvientes fueran y
vinieran tras su señor cuando éste ensayaba alguna cosa.
-Por lo tanto, cuando nuestro general Ifícrates llegó a estos lugares, Eurídice hizo que lo
buscaran y, como te confirmaría cualquiera de los que estuvieron allí, le entregó en sus manos a
Perdicas, tu hermano mayor, y a ti, que sólo eras un crío, te puso en sus rodillas y dijo: “Cuando aún
vivía el padre de estos huérfanos, te adoptó como hijo suyo...”.
Al llegar aquí, el orador detuvo sus pasos; la mirada del niño le taladraba sus espaldas.
Empezaba a ponerle de mal humor que ese mocoso campesino le mirara como se mira a los
charlatanes, y le lanzó un gesto para ahuyentarlo, como si se estuviera dirigiendo a un perro.
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Alejandro retrocedió unos cuantos pasos, inclinó un poco la cabeza y se detuvo a mirarlo.
Luego, en un griego más bien pomposo, con un marcado acento macedonio, le dijo:
-¿Quieres seguir? Por favor, continúa, Ifícrates.
Demóstenes continuó. Acostumbrado a dirigirse a miles de personas, le parecía absurdo y
desconcertante hablar ante una audiencia tan reducida. Más aún, ¿qué significaba la presencia del
muchacho? Aunque estuviera vestido como jardinero, evidentemente
no era un esclavo. ¿Quién y por qué lo había enviado?
Un vistazo más de cerca le hizo notar que el niño estaba perfectamente limpio, incluso su pelo
lucía brillante. Cuando uno está ante personas de apariencia semejante, es inevitable que surjan ciertas
dudas. Seguramente era el empleado de su compañero de habitación, pues por su juventud le era más
fácil ocuparse de los asuntos privados de los adultos. Pero, ¿por qué había estado escuchándolo? No en
vano Demóstenes había pasado treinta años de su vida entre intrigas y, en un instante, su mente analizó
media docena de posibilidades. ¿Sería alguna criatura de Filipo que lo espiaba? No, era muy poco
probable que enviara un espía de tan corta edad. ¿Qué, entonces? ¿Un mensaje? ¿Para quién?
Alguno de los diez embajadores debía estar en la nómina de Filipo. Durante el viaje, este
pensamiento lo había perturbado, y llegó a dudar de Filócrates. ¿Cómo pudo pagar su enorme
residencia nueva y comprarle a su hijo un caballo de carreras? Además, su comportamiento cambiaba
conforme se acercaban a Macedonia.
-¿Qué sucede? -preguntó el niño.
Una injustificada rabia se apoderó de él al darse cuenta de que lo habían vigilado todo el rato
que estuvo absorto y ensimismado. Lenta y claramente, en el griego vulgar con que se dirigía la gente
a los esclavos extranjeros, le dijo:
-¿Qué quieres? ¿A quién buscas? ¿Quién es tu señor?
Alejandro parecía haber cambiado de actitud; inclinó la cabeza y empezó a hablar en un griego
impecable y con mucho menos acento que antes.
-¿Podría usted decirme si ya salió Demóstenes, por favor?
Demóstenes no permitiría ser insultado por nadie, pero su innata precaución le hizo responder:
-Todos nosotros somos embajadores, tenemos la misma jerarquía. Puedes confiarme cualquier
mensaje que le traigas.
-No, no es nada -dijo el niño, inmóvil, al parecer, por la voz inquisidora-. Sólo quiero verlo.
Nada se ganaba con estar a la defensiva, pensó Demóstenes, así que confesó:
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-Soy yo. ¿Qué tienes que decirme?
-Yo sé quién de ustedes es -dijo, sonriendo como si le hubiera hecho una broma absurda-.
¿Quién eres tú en realidad?
¡Sin duda navegaba en aguas profundas! Podía estar ante un inapreciable secreto.
Instintivamente miró a su alrededor, pues la casa podría estar llena de miradas; no había quien le
ayudara a evitar que el niño rompiera a llorar, lo cual podría crearle problemas. En Atenas había
asistido no pocas veces a las sesiones de tortura, cuando sometían a interrogatorio a algún esclavo
(debía haber algo que los atemorizara más que sus propios amos, pues de lo contrario nunca
testificarían en contra de ellos). Desde entonces, un niño de esa edad ya podía ser sometido a los
interrogatorios normales; no se podía ser blando durante los procesos. Pero aquí, entre los bárbaros, no
había recurso legal disponible: debía hacer las cosas lo mejor posible.
En ese momento, desde la ventana del cuarto de huéspedes se dejó oír una voz que recorría
desde la escala más baja hasta la más alta. Era Esquines, desnudo hasta la cintura, mostrando su
expandido tórax. El niño, que se había vuelto al oír el sonido, gritó:
-¡Allí está él!
El primer sentimiento que experimentó Demóstenes fue el de una furia terrible; la envidia
acumulada le aguijoneaba y ridiculizaba casi hasta el extremo de hacerle reventar. Pero debía
calmarse, pensar, avanzar progresivamente. ¡Detrás de todo el asunto parecía estar la mano del traidor
Esquines! No podía ser otro; pero necesitaba conseguir pruebas, un indicio cuando menos. Era
demasiado pedir que se pruebe la traición.
-Ese es Esquines -dijo-, actor por tradición, y lo que hace son los ejercicios cotidianos de un
actor. Cualquiera de los de la casa de huéspedes te dirá quién es. Puedes preguntar, si quieres.
Detenidamente, el niño miró a un hombre y a otro, y con lentitud empezó a extenderse desde su
pecho un rubor carmesí que tenía la piel. Se quedó callado.
Demóstenes pensó que al fin conocería las intenciones del pequeño. A pesar de todo, una cosa
era cierta; jamás había visto un muchacho más guapo (y ese pensamiento se interponía hasta al
ponderar sus siguientes movimientos). A través de su cuerpo, la sangre parecía vino escanciado en
copas de alabastro que se ven a contraluz. El deseo se volvía algo insistente, y la prudencia que debía
guardar lo molestaba. Más tarde, es posible que todo dependa de que conserve la cabeza. Cuando
conociera al dueño del muchacho trataría de comprárselo. Su empleado persa hacia mucho que había
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perdido la belleza, y sólo le era útil. Uno necesita un hombre fiable. Pero todo eso era una locura,
alentada seguramente por su confusión inicial.
-Ahora dime la verdad, sin mentiras -dijo Demóstenes con agudeza-. ¿Qué te traes tú con
Esquines? ¡Vamos! Ya sé lo suficiente.
Se hizo una pausa, que el muchacho aprovechó para recuperarse, y contestó insolentemente:
-No lo creo.
-¡Vamos, no mientas! ¿Cuál es el mensaje para Esquines?
-¿Por qué crees que miento? Yo no te tengo miedo.
-Ya veremos. ¿Qué querías con él?
-Nada, ni tampoco contigo.
-Eres un chico malcriado. Creo que tu amo debe castigarte...
Continuó un buen rato su discurso, sólo para satisfacción propia. El niño, que había captado la
intención del discurso, dijo fríamente:
-Adiós.
-¡Espera! -gritó Demóstenes, a quien nunca le habían hecho eso-. No me dejes hablando solo.
¿Quién es tu amo, a quién sirves?
El niño lo miró fríamente, con una ligera sonrisa en los labios.
-A Alejandro.
Demóstenes frunció el entrecejo; ése parecía ser el nombre de todo niño macedonio de buena
cuna. El jovencito se detuvo pensativamente y añadió:
-Y a los dioses.
-Desperdicias mi tiempo -dijo Demóstenes, controlando sus sentimientos-. Ven aquí, no te
atrevas a salir.
Cuando Alejandro daba la vuelta para salir del cuarto, Demóstenes lo agarró de la cintura y,
sin Lastimarlo, le torció un brazo por la espalda. Sencillamente se quedó mirándolo; dentro de las
profundas cuencas, sus ojos parecieron dilatarse exageradamente, para luego contener al máximo sus
pupilas. Luego, en un griego fastidiosamente correcto, le dijo:
-Quita tus manos de mi cuerpo o morirás, te lo advierto.
Demóstenes lo soltó. Era un niño amenazante y mimado, seguramente el favorito de un gran
señor. Sin duda sus amenazas eran solamente palabras..., pero esto era Macedonia.
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Aunque libre, Alejandro se detuvo rumiando resueltamente en la cara de Demóstenes, y éste
sintió un frío retorcimiento en sus entrañas. De inmediato pensó en las emboscadas, los
envenenamientos, los cuchillos ocultos en la oscuridad de las recámaras, y el estómago le dio un
vuelco y se le erizó la piel. El niño aún estaba allí, inmóvil, mirándolo a través de su revuelta melena.
Entonces se volvió, saltó la barda y escapó.
Desde la ventana retumbó la voz de Esquines; se elevó desde su registro más bajo hasta caer en
un profundo falsete. ¡Sospechas, sólo sospechas! Nada que pudiera sostener una denuncia. La angustia
le subió desde la garganta hasta la nariz y le produjo un fuerte estornudo. De alguna forma tenía que
conseguirse una tisana caliente, no importaba que la hubiera hecho uno de esos tontos ignorantes. En
sus discursos frecuentemente decía que Macedonia era una región de la cual sólo podían sacarse
buenos esclavos.
Olimpia estaba sentada en su silla dorada con palmillas y rosas esculpidas. Los rayos del sol de
la tarde se filtraban por entre la ventana, calentando el cuarto, y las sombras de ramas llenas de
yemas decoraban el piso de mármol. Apoyaba el codo en una pequeña mesa de madera de ciprés, y en
el taburete junto a sus piernas estaba sentado su hijo. Sus mandíbulas estaban apretadas y de cuando en
cuando se le escapaba un jadeo de dolor.
-Es el último nudo, querido -le dijo mientras lo peinaba.
-¿No me lo puedes cortar?
-¿Y alisártelo? ¿Quieres parecer un esclavo? Si no te espulgara tantas veces ya tendrías la
cabeza llena de piojos. Vamos, es un momento. Un beso por portarte bien; además, ya puedes comerte
los dátiles. No toques mi vestido con tus manos pegajosas.
-¡Doris, la plancha!
-Todavía está demasiado caliente, señora; aún sisea.
-Madre, deberías dejar de rizármelo; ningún muchacho de mi edad lo lleva así.
-¿Y a ti qué te importa? Tú eres líder, no seguidor. ¿No quieres estar bello para mi?
-Aquí están, señora, creo que ya no chamuscarán nada.
-Más les vale. Ahora no te muevas, lo haré mejor que los peluqueros. Nadie adivinará que no es
natural.
-Pero si me ven todos los días... Todos, excepto...
-Estate quieto, que puedo quemarte. ¿Qué decías?
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-Nada. Sólo estaba pensando en los embajadores. Creo que después de todo usaré mis joyas.
Tenias razón, debo lucirías ante los atenienses.
-Por supuesto. Después buscaremos alguna y también escogeremos las ropas adecuadas.
-Además, padre también llevará sus joyas.
-Oh, si. Bueno, mejor úsalas tú.
-Me acabo de encontrar a Aristodemo, y me dijo que he crecido tanto que apenas pudo
reconocerme.
-Es un hombre encantador. Debemos invitarlo a venir personalmente.
-Tuvo que irse, pero me presentó a otro hombre que suele ganarse la vida como actor. Me cayó
bastante bien. Se llama Esquines y me hizo reír.
-También podríamos invitarlo. ¿Es un caballero?
-Con los actores, eso es lo de menos. El sólo me habló de teatro y de sus giras, de cómo se
deslomó trabajando con un hombre que le hacia la vida pesada.
-Debes tener mucho cuidado con esa clase de gente. Espero que no hayas cometido ninguna
indiscreción.
-Oh, no, sólo le pregunté por los partidos de paz y de guerra que hay en Atenas. Creo que él
pertenece al partido de guerra, pero nosotros no somos como él piensa, hemos avanzado mucho.
-No des a ninguno de esos hombres la oportunidad de jactarse de haber sido de los elegidos.
-Él no hará eso.
-¿Qué quieres decir? ¿Acaso era de la familia?
-No, por supuesto que no. Sólo charlamos.
Olimpia le echó hacia atrás la cabeza para rizarle el flequillo. Cuando le pasó la mano sobre la
boca, se la besó. En eso se oyó que llamaban a la puerta.
-Señora, el rey nos envía a decirle que los embajadores ya están reunidos en la estancia, y que
le gustaría que el pequeño príncipe entrara con él.
-Dile que allí estará.
Le sacudió la cabeza bucle por bucle y después lo admiró. Sus uñas estaban perfectamente
cortadas, sus sandalias doradas estaban listas y todo él lucía fresco después del baño. Le entregó una
túnica de lana color azafrán, cuyos bordes ella misma había bordado con cuatro o cinco colores
diferentes, una clámide para sus hombros y un largo broche de oro. Después de ponerle la túnica,
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alrededor de su cintura colocó un cinturón de filigrana dorada. Olimpia actuaba tranquila y
pausadamente; si ya estuviera listo, sería el pequeño quien tendría que esperar a Filipo.
-¿Todavía no terminas? Padre debe estar esperándome.
-Apenas acaban de reunirse los embajadores.
-Espero que todos estén listos.
-Sus aburridos discursos harán que la tarde te parezca demasiado larga.
-Bueno, llega un momento en que uno debe aprender cómo se hacen las cosas...He visto a
Demóstenes.
-¡El gran Demóstenes! Bien, ¿y qué te pareció?
-No me agradó.
Ella lo miró desde los dorados rizos, entornando la cejas, y él se volvió para verla con un vigor
que no le pasó inadvertido.
-Padre ya me había advertido, pero no quise escucharlo; sin embargo, tenía toda la razón.
-Ponte tu capa. ¿O quieres que te la ponga yo, como si todavía fueras un chiquillo?
Silenciosamente, la arrojó sobre sus hombros. Olimpia, por su parte, con dedos ágiles, atravesó
la ropa con el broche que a tan temprana edad le había regalado. Alejandro ni se inmutó, pero su madre
le preguntó burlonamente:
-¿Te he pinchado?
-No -le respondió, y se agachó para atar el cordón de sus sandalias. Al deslizársele las ropas del
cuello, Olimpia pudo ver una mancha de sangre.
Le pasó una toalla por la herida, besó su rizada cabellera e hizo las paces con él antes de
enviarlo a encontrarse con el enemigo. Cuando se dirigió al cuarto Perseo, ya casi había olvidado el
dolor del pinchazo. Respecto del otro dolor, era como si hubiera nacido con él; no lograba recordar
ninguna época de alivio.
Los embajadores tenían enfrente el trono vacío, y detrás de él el gran mural con la pintura del
rescate de Andrómeda por Perseo. A sus espaldas había otras diez sillas muy ornamentadas; hasta para
el más rabioso demócrata era evidente que podría sentarse cuando, y sólo cuando, el rey los invitara a
hacerlo. Filócrates, el jefe, lo examinaba modestamente, directo a la cara. Su labor consistía en resumir
el orden y asunto de cada discurso y enviarlo secretamente al rey. Filipo era conocido por su capacidad
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para improvisar con énfasis e inteligencia, pero de todos modos agradecería la oportunidad de hacerse
justicia a si mismo. De hecho, su gratitud para con Filócrates ya era demasiado sólida.


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