Segunda parte

En el extremo izquierdo de la fila de embajadores (estaban dispuestos según el orden en que
usarían la palabra), Demóstenes tragaba saliva nerviosamente, y sonaba su nariz con la esquina de su
manto. Al levantar los ojos, su mirada dio con los ojos de Perseo, pintados de espléndida juventud,
quien estaba suspendido en el aire azul gracias a sus botines alados. En la mano derecha sostenía la
espada, en la izquierda la terrible cabeza de Medusa, que lanzaba su mortal mirada al dragón que
flotaba en las olas de abajo. Amarrada a una gran roca con los brazos extendidos, y dejando ver su
cuerpo a través de la delgada túnica, Andrómeda lanzaba miradas suaves y sensuales a su salvador.
Era una obra maestra, tan buena como la que el mismo Zeuxis pintara en la Acrópolis, e incluso
ésta era más grande. Demóstenes experimentó una amargura sólo comparable a la que siente un
hombre que ha sido derrotado y saqueado durante la guerra. El hermoso joven bronceado y
espléndidamente desnudo (algún atleta ateniense de las mejores épocas debió haber posado para los
primeros esbozos) miraba hacia abajo con arrogancia, sobre los herederos de la grandeza de la ciudad.
Nuevamente, como en los años en que estuvo en el gimnasio. Demóstenes sintió la vacilación del
temor que sentía siempre que tenía que mostrar la delgadez de sus piernas; siempre admiró a los
jóvenes que paseaban sin importarles mucho lo que dijera la gente, pero para él mismo se reservaba la
risilla tonta y el odioso sobrenombre.
Estás muerto, Perseo; hermoso, bravo, pero muerto, así que no tienes por qué mirarme. La
malaria te destruyó en Sicilia, te ahogaste en la bahía de Siracusa o te resecaste en tu refugio sin agua.
Los espartanos te ataron y cortaron tu garganta en un río. El verdugo te quemó con sus planchas y te
asfixió. Andrómeda tuvo que continuar
sin ti. Déjala que busque ayuda donde pueda, que las aguas se abren y dejan ver la cabeza del dragón.
Con el pie sobre una nube, cubierta con un brillante yelmo, Atenea revoloteaba para inspirar al
héroe. ¡Dama de la victoria, mujer de los ojos grises! Tómame y úsame, soy completamente tuyo. Si
tuviera las palabras para servirte, tu poder podría volverlos hacia la espada y a Gorgona. Déjame
cuidar tu ciudadela hasta que tu poder traiga a los héroes nuevamente.
Atenea lo miraba a la altura de los ojos, que eran, efectivamente, grises. En ese instante pareció
sentir de nuevo el penetrante frío del amanecer, y su estómago empezó a retorcerse de miedo.
En la habitación del fondo se escuchaba cierta agitación. El rey y sus dos generales, Antipatro y
Parmenién, acababan de entrar; era un formidable trío de curtidos guerreros, cada uno de los cuales
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llamaba la atención por sí mismo. Entre ellos, casi perdido a su lado, cabizbajo, caminaba del brazo del
rey un niño de pelo rizado y lujosamente vestido. Todos se pusieron cerca de las sillas de honor, el rey
Filipo saludó cortésmente a los embajadores y los invitó a sentarse.
Filócrates recité su discurso, lleno de claves que serían útiles para el rey, enmascarándolo con
una falsa firmeza. Las sospechas de Demóstenes aumentaron. A todos se les había dado el resumen de
los discursos de sus compañeros, ¿acaso sólo el descuido había propiciado esos deslices? Sólo con que
pudiera fijar su atención en ello y evitar que sus ojos se fijaran en el rey.
Lleno de furia, esperé que Filipo se delatara, pero ni siquiera titubeé. Aunque sumamente
gentil, en su discurso de bienvenida no malgasté una sola palabra, y su brevedad insinué sutilmente
que de nada serviría la cortina de humo de la verborrea. Siempre que el orador de turno se volvía a ver
a los demás embajadores en busca de apoyo. Filipo estudiaba las líneas de sus caras. A Demóstenes le
parecía que su ojo ciego, que movía tanto como el bueno, era el más maléfico de los dos.
El día se alargó. Los restos de sol que avanzaban por la ventana, hacían que las sombras del
piso se alargaran. Orador tras orador, todos transmitían los reclamos de Atenas contra Olinto y
Anfípolis y contra sus antiguas esferas de influencia en Tracia: reclamos referidos a la guerra de
Eubea, a su poderío naval, a los viejos tratados con Macedonia durante las largas y complicadas
guerras de sucesión; hablaron de la ruta de Helesponto, de las aspiraciones de Persia y de las intrigas
de los sátrapas costeños. Desde entonces, Demóstenes vería muy seguido ese brillante ojo negro y al
ciego moverse persistentemente.
Ya estaban esperándolo, a él, el famoso tiranófobo, como se espera al solista cuando empieza a
cantar el coro. ¡De qué modo esta sensación les estimulaba la sangre y el ingenio, en las cortes y ante
la asamblea! Pero en ese momento le golpeó la idea de saber que, con anterioridad, nunca había
hablado para un solo hombre.
Conocía cada cuerda de su instrumento, podía medir con exactitud el más ligero movimiento de
las llaves templadoras; podía convertir la justicia en enemistad, y seguir hablando por interés propio
hasta que la tarea misma le pareciera un deber auto denigrante. También sabía cómo cubrir de lodo a
un hombre pulcro, y cómo blanquear a un asqueroso (aun para un experimentado político-abogado de
sus días, cuando los estándares de habilidad eran bastante altos, él era todo un profesional de primera
clase). Y él mismo sabía que era más hábil; en mejores días había saboreado el éxtasis perfecto del
artista al encender al público con su propio sueño de La grandeza ateniense. En esa época casi llegaba
a la cúspide de su poder; llegaría aún más alto, pero por el momento se le quedó la idea de que el único
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instrumento de su arte eran las masas. Cuando éstas se dispersaban y cada hombre iba para su casa,
aún elevarían su oración, pero ésta se disolvía entre muchos hombres, y en realidad ninguno de ellos,
aisladamente, le agradaba. Entre la multitud no había nadie que juntara con él su escudo en la batalla y,
cuando quería amar, el amor le costaba dos dracmas.
El octavo orador ya hacía uso de la palabra; pronto él mismo estaría hablando, no al múltiple
oído que tanto conocía, sino ante ese ojo negro e inquisidor. La nariz se le congestionó nuevamente y
tuvo que sonarse con su túnica, pues el piso estaba pretenciosamente adornado. ¿Qué haría si se le
escurría el moco mientras hablaba? Para mantener alejados sus pensamientos del rey, pasó la vista por
el cuerpo rojizo de Antipatro, por los anchos hombros de Parmenión, por su barba café y por las
rodillas zambas de los jinetes. Todo esto era un tanto absurdo. Ellos no tenían las obligaciones de
Filipo para con el orador de turno, y él estaba valorando francamente a los embajadores en su
conjunto. El intenso ojo azul de Antipatro le recordó inmediatamente el ojo del hombre bajo cuyas
órdenes había hecho su servicio militar, cuando era un larguirucho jovenzuelo de dieciocho años.
Mientras tanto, el llamativo principito se encontraba sentado en su pequeña silla mirando a sus
rodillas. Cualquier otro joven ateniense los hubiera estado mirando, quizá de forma impertinente (era
una lástima que las buenas maneras estuvieran declinando en todas partes), pero siempre alerta (así era
el entrenamiento espartano). Esparta, símbolo de la vieja tiranía y de la actual oligarquía; era de
esperar que todo eso estuviera presente en el hijo de Filipo.
El orador de turno terminaba su discurso y hacía una ligera reverencia; Filipo decía algunas
palabras de agradecimiento; tenía por costumbre hacer que cada orador se sintiera escuchado y
recordado. El heraldo anuncié a Esquines, quien se puso de pie inmediatamente, mostrando toda su
estatura (era tan alto que no podía representar adecuadamente el papel de una mujer, razón por la cual
se decidió a abandonar el escenario). ¿Se traicionaría a sí mismo? No debía dejar pasar una sola
palabra o inflexión; el rey también estaría muy atento.
Esquines empezó a recitar su prólogo. Demóstenes, una vez más, se sintió obligado a ver cómo
desarrollaba el discurso que había preparado. Él mismo dependía mucho de los gestos; sin duda había
comprometido su discurso público al adoptar esa vieja y moderada postura propia de las esculturas y
vestigio de la aristocracia, pero al entrar en calor cambió de postura y empezó a hablar apoyándose en
un codo. La mano derecha de Esquines descansaba tranquilamente a un lado de su manto
(fundamentalmente, exhibía una profunda dignidad); sin pretender poseer la experiencia de un viejo
soldado como los que tenía frente a sí, su apariencia sugería el respeto de un hombre que conoce la faz
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de la guerra. Su discurso, que seguía el esquema previamente dispuesto, era excelente, y no dejaría
nada de lado, aunque se viera presionado por el tiempo.
Demóstenes volvió a sonarse la nariz, lleno de disgusto, e hizo un repaso mental de su propio discurso.
-Y tus mayores confirmarán lo que te diga. Antes de que Amintas, tu padre, y Alejandro, tu tío,
murieran, cuanto tú y tu hermano Perdicas erais todavía unos niños...
Su mente se quedó como suspendida a causa del golpe propinado por sus propios
pensamientos. Ésas eran las palabras correctas, pero las había dicho Esquines y no él.
-Traicionada por quienes se decían amigos suyos. Entonces, Pausanias regresó de su exilio a
disputar el trono...
La voz manaba persuasiva, fluida, hábilmente acompasada. En su mente surgían y morían
salvajes pensamientos coincidentes a medida que las palabras se sucedían, y todos confirmaban la
infamia.
-A ti, que tan sólo eras un crío, te puso en sus rodillas y dijo...
Los primeros años de angustia lo habían obligado a superar la tartamudez, a proyectar su
delgada voz y a templar su agudeza, pues necesitaba recuperar su propia seguridad. Una y otra vez, en
bajos tonos audibles y con el libreto en la mano, debió haber ensayado ese pasaje durante el viaje, en la
cubierta del barco y en su camarote. Ese farsante ladrón de palabras ajenas, por supuesto que él podría
superarlo.
Así pues, el discurso llegó a su bien redondeado final. Todo el mundo parecía impresionado: el
rey, los generales, los demás embajadores. Todos excepto Alejandro, quien empezaba a sentirse
inquieto tras las últimas horas de inmovilidad y se rascaba la cabeza.
Demóstenes no sólo lamentaba haber perdido su pasaje más elocuente -eso era lo de menossino
también que ese pasaje era el hilo conductor que lo llevaría lógicamente a la médula de su
discurso. A última hora tenía que reconstruirlo completamente, y nunca se había destacado por ser un
hábil improvisador, aun cuando tuviera a la audiencia de su parte. Los ojos del rey giraron en sus
cuencas, llenos de expectación.
Presa de la más terrible desesperación, Demóstenes reunía en su memoria fragmentos de su
discurso original, tratando de que encajaran las partes aisladas, reforzándolas, invirtiéndolas. Para su
mayor desgracia, no había prestado mucha atención a Esquines y ni siquiera tenía idea de la magnitud
del plagio o de cuánto tiempo le quedaba antes de que le llegara su turno para poder hablar. El
suspense disipó sus pensamientos; sólo podía recordar la vez que hechó por tierra las advenedizas
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pretensiones de Esquines al recordarle, a él y a los influyentes, que provenía de una familia de nobles
venida a menos, que se había educado gracias a la escuela de su padre y a sus copias de la listas de
servicio social, y que, como artista, nunca había representado papeles de importancia. ¿Quién habría
podido reconocer en su dedicación al teatro y a la política las artimañas de su sórdido oficio? Sin
embargo, nunca pudo denunciarlo. Más vale no olvidar que el orador que pretendiera tener la verdad
absoluta corría el riesgo de convertirse en el hazmerreír de toda Atenas.
La voz de Esquines había adquirido un tono de perorata, y Demóstenes sintió que un sudor frío
le perlaba la frente. Se pegó al parágrafo inicial; esta parte le podía dar pie para comenzar. Perseo
vaciló de desprecio, mientras el rey se acomodaba en la silla, acariciándose la barba, y Antipatro
murmuraba algo al oído de Parmenión. Alejandro se pasaba los dedos por la cabellera.
Al final de su discurso, Esquines dio el pasaje clave para el final preparado por Demóstenes;
hizo una reverencia, le agradecieron sus palabras y se retiró a su lugar.
-Tiene la palabra Demóstenes -anunció el heraldo.
Demóstenes se levantó y empezó, avanzando despacio como si estuviera ante un precipicio; se
había olvidado de todo sentido de su presencia y se conformaba con recordar las palabras. Casi al final,
cuando supo cómo tender el puente del discurso, recuperó su habitual agudeza. Precisamente en ese
instante un movimiento llamó su atención. Por primera vez el niño enderezaba la cabeza y le miraba
directamente a la cara.
Los ensortijados rizos, para entonces ya casi lacios, del flequillo se habían convertido en una
enmarañada melena que rebotaba enérgicamente contra la frente. Sus ojos grises estaban muy atentos y
abiertos, y en su boca apenas se dibujaba una sonrisa.
-Para tener una visión amplia del problema..., una amplia visión..., para tener una...
Su voz se le anudaba en la garganta, sus labios sólo se movían, no expulsaban otra cosa que no
fuera el aliento.
Todos se acomodaron en sus asientos y se quedaron mirándolo. Esquines se levantó y
solícitamente le dio unas palmaditas en la espalda. Alejandro lo comprendía todo, nada le era extraño,
y esperaba aún más; su rostro reflejaba una clara y fría brillantez.
-Para darles una visión general, yo..., yo...
Asombrado y confundido, el rey Filipo comprendió que lo único que podía hacer era
comportarse generosamente, así que le dijo:
-Mi querido señor, no se preocupe, tómese su tiempo. En un momento lo recordará todo.
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Alejandro había inclinado la cabeza un poco hacia la izquierda, y Demóstenes recordó su
postura. Nuevamente, los grandes ojos grises se abrieron, midiendo su miedo.
-Trate de recordarlo poco a poco -dijo Filipo, lleno de buen humor-, desde el principio. No
necesita posponer todo el discurso por un momento de silencio, como hacen los actores de teatro. De
verdad, podemos esperar.
¿Qué clase de juego entre gato y ratón era éste? Era imposible que el muchacho no le hubiera
contado nada a su padre. Entonces recordó sus palabras: “Morirás, te lo advierto”.
Desde los lugares de los embajadores se elevó un murmullo; su discurso contenía partes muy
importantes que aún no se habían expuesto. Las ideas principales... ¡si pudiera dar con ellas! En medio
de un estúpido temor, terminó por seguir el consejo del rey y, atropelladamente, recomenzó desde el
prólogo. Los labios del niño se movieron ligeramente y sonrió en silencio. Demóstenes sentía la
cabeza tan vacía como una calabaza.
-Lo siento -dijo finalmente, y se sentó.
-En ese caso, caballeros... -dijo Filipo, al mismo tiempo que señalaba al heraldo-. Les daré mi
respuesta cuando hayan descansado y estén más frescos.
Afuera, Antipatro y Parmenión intercambiaban sus opiniones respecto del papel que cada
embajador tendría en la caballería. Filipo, que había regresado a su estudio, en donde guardaba su
discurso escrito (había dejado algunos espacios en blanco para
anotar los asuntos que surgieran a última hora), se dio cuenta finalmente de que su hijo lo miraba. Le
indicó con la cabeza que lo siguiera y juntos se internaron en el jardín; allí, en un reflexivo silencio,
descargaron sus tensiones entre los árboles.
-Pudiste haberte salido -le dijo Filipo-. No se me ocurrió decírtelo antes.
-No bebí nada antes; me lo advertiste.
-¿Lo hice? Bueno, ¿qué opinas ahora de Demóstenes?
-Tenias razón, padre, no es nada valiente.
Filipo dejó caer su túnica y miró a su alrededor; algo en aquella voz le preocupaba.
-¿Qué afligía a ese hombre? ¿Lo sabes?
-El hombre que habló antes que él es un actor y le robó algunas partes de su discurso.
-¿Pero tú cómo sabes eso?
-Oí cómo ensayaba en el jardín; además, habló conmigo.
-¿Demóstenes? ¿Y de qué hablasteis?
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-Pensó que yo era un esclavo y que lo estaba espiando. Luego, cuando me oyó hablar en griego,
me dijo que seguramente era el “querido” de algún poderoso señor -usó el término vulgar, pues fue el
que más rápidamente recordó-. Yo no le dije nada, pensé que era mucho mejor esperar.
-¿Qué?
-Cuando empezó a hablar me enderecé, y entonces me reconoció.
Lleno de placer, el niño vio cómo la risa de su padre dejaba al descubierto una dentadura en la
que faltaban varias piezas, su ojo bueno e incluso el ciego.
-¿Pero por qué no me avisaste antes?
-Él esperaba que lo hiciera, pero como no fue así, no sabía qué pensar.
Filipo lo miró con un destello en los ojos.
-¿Te hizo alguna proposición ese hombre?
-No se la haría a ningún esclavo. Sólo se preguntaba cuánto le podría costar.
-Bueno, supongamos que ahora ya lo sabe.
Padre e hijo intercambiaron miradas en un momento de perfecta armonía; herederos de los
señores de las carrozas armadas, de más allá de Ishtar, quienes condujeron a sus tribus, en milenios
anteriores, a conquistar las tierras del sur y aprendieron sus costumbres, o a tomar esos reinos
montañeses, en donde siguieron conservando sus antiguas costumbres; herederos de los señores que
enterraban a sus muertos en cámaras funerarias junto a sus parientes, cuyos cráneos yacían dentro de
cascos adornados con colmillos de jabalí y los huesos de sus manos empuñaban firmemente hachas de
doble filo. Todos los detalles de esas historias de venganza y de feudos sangrientos eran transmitidas
de padres a hijos.
Todo agravio se veía recompensado, recaía sobre un hombre carente de espada y en todo caso
inferior a su dignidad, y era tan ardiente, a su manera, como la venganza en la estancia del palacio de
Egas.
En Atenas los términos de paz eran sometidos a un riguroso debate. Antipatro y Parmenión,
quienes llevaban la representación de Filipo, observaban con fascinación las extrañas costumbres del
sur. En Macedonia lo único que se sometía a votación era si se mandaba o no matar a un hombre; el
resto de asuntos públicos eran de incumbencia directa del rey.
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Una vez aceptados los términos de paz (Esquines lo proponía insistentemente), cuando los
embajadores viajaban de regreso para ratificarlos, Filipo ya había podido reducir la fortaleza del
Quersoneso de Tracia y lograr su rendición, así que llevó a su hijo hasta Pella en prenda de su lealtad.
Mientras tanto, en las montañas fortificadas de arriba de las Termópilas, Falecos, el exiliado
salteador de templos, saltaba de un lado a otro en busca de oro, comida y esperanza. Para ese entonces
Filipo ya sostenía con él conversaciones secretas. Las noticias de que el paso de las Termópilas
estaban en poder de Esparta conmoverían a los atenienses como un fuerte temblor de tierra, así que
tenían que guardar el secreto hasta que se ratificara la paz con un juramento escrito.
Filipo había encantado al segundo embajador. Esquines era un hombre muy valioso, no lo
habían comprado, sino que había cambiado de corazón. Aceptó gentilmente la promesa del rey de que
no tenía ninguna intención de dañar a Atenas, lo cual era cierto, y de que trataría con tranquilidad a los
fócidas, lo cual le pareció sincero. Atenas los necesitaba no sólo para defender las Termópilas, sino
para detener a su ancestral enemigo: Tebas.
Todos los embajadores se divertían y recibían llamativos regalos, y sólo Demóstenes los
rechazó. En esa ocasión le había tocado hablar primero, pero todos sus colegas estuvieron de acuerdo
en que no mostró su fogosidad habitual. De hecho, habían estado peleando y conspirando durante todo
el camino desde que salieron de Atenas. Las sospechas de Demóstenes acerca de Filócrates casi se
habían vuelto una certeza, y estaba ansioso de convencer a los demás, pero también condenaría a
Esquines (y al dudar de la acusación contra éste, se debilitarían sus cargos contra el primero). Con
todas estas cosas en la cabeza, fue a cenar; en el comedor estaban los invitados, que se divertían
viendo tocar la lira y cantar a Alejandro y a otro niño más o menos de su edad. Desde detrás del
instrumento musical, dos helados ojos grises se clavaron en Demóstenes, quien, al volverse
rápidamente, se topó con la sonrisa de Esquines.
Finalmente, se ratificaron todos los tratados y los embajadores emprendieron el regreso. Sin
revelarles que él llevaba el mismo camino, Filipo en persona los escoltó hacia el sur, hasta Tesalia.
Apenas se separaron y los perdió de vista, él siguió su marcha hacia las Termópilas, y a cambio del
salvoconducto recibió las fortificaciones montañesas de manos de Falecos. Agradecidos, los exiliados
siguieron su interminable camino, vagando en busca de alguien que pagara los servicios de sus espadas
para ponerlas a su servicio en las interminables luchas locales de Grecia, muriendo aquí y allá, donde
Apolo quisiera arrancarles la vida.
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Atenas estaba sumida en el pánico más terrible; sus habitantes esperaban que los ejércitos de
Filipo los barrieran al igual que los de Jerjes. Todos los refugios de Ática estaban atestados, y las
murallas de la ciudad llenas de defensores; pero Filipo no atacó, sólo les dijo que deseaba poner en
orden las cosas de Delfos, y los invitó a enviar una fuerza conjunta.
Demóstenes lanzó un encendido discurso en contra de la perfidia de los tiranos, diciendo que
Filipo quería la flor de la juventud de Atenas para usarla como rehén. Por supuesto, no hubo ninguna
fuerza. Filipo estaba verdaderamente desconcertado, lo habían insultado, hiriendo su alma. Había
mostrado rasgos de piedad cuando nadie se la pedía y ni siquiera se lo agradecían. Dejando Atenas
abandonada a su propia suerte, continuó su guerra contra Fócida. Ya había obtenido las bendiciones de
la Liga Sagrada, una unión de pueblos que, junto con los fócidos, era la encargada de vigilar el
sepulcro sagrado.
Una vez resueltos los asuntos de Tracia, podría atacar con todas sus fuerzas hasta que cayera la
fortaleza enemiga. Pronto terminó todo, y los integrantes de la Liga Sagrada se reunieron para decidir
el destino de las fócidas. Se habían vuelto un pueblo detestable, bajo cuyo paso todo se arruinaba. La
mayoría de los diputados querían torturarlos hasta la muerte o, cuando menos, venderlos como
esclavos. Desde hacia algún tiempo Filipo se sentía enfermo a causa de las salvajadas propias de la
guerra –empezaba a prever más guerras interminables por la posesión de las tierras vacías-, y en esa
ocasión se mostró sumamente piadoso. Finalmente resolvió devolver a los fócidas sus propias tierras,
pero tuvo la precaución de dividirlos en pequeñas villas, para evitar que fortificaran nuevamente la
ciudad. Se les prohibió que volvieran a levantar murallas en torno a las ciudades y se les obligó a pagar
una cuota anual para las reparaciones del templo de Apolo. Demóstenes aprovechó la circunstancia
para lanzar un elocuente discurso en el cual denunciaba todas estas atrocidades.
Los integrantes de la Liga Sagrada agradecieron a Filipo el haber limpiado de herejes el templo
más sagrado de toda Grecia, y concedieron a Macedonia dos curules en el Consejo, del cual habían
sido expulsado los fócidas recientemente. Tras haber sido invitado a presidir los próximos juegos
píticos, Filipo regresó a Pella detrás de los dos heraldos que la Liga había mandado.
Después de la audiencia con los embajadores atenienses, Filipo pasó un buen rato solo en la
ventana de su estudio, saboreando su felicidad. No sólo estaba ante un gran comienzo, sino que tenía
ante si el final largamente esperado. A partir de entonces, en todas partes lo recibirían como a un
griego.
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Desde su juventud había sido un amante de Grecia, y su desprecio lo hería aún más que un
látigo. Su gran amor se había olvidado hasta de sí mismo, e iba más allá de su pasado, pero todo lo que
necesitaba era una guía, y el alma de Filipo sintió que ése era su destino.
Su gran amor por Grecia había nacido en medio de una gran amargura, cuando manos
extranjeras lo arrancaron de las montañas y los bosques de Macedonia para llevarlo, como símbolo
viviente de la derrota, hasta las melancólicas tierras bajas de Tebas. Si bien allí sus carceleros eran
bastante atentos, había muchos tebanos que no lo eran (a él lo habían arrancado de sus amigos y
parientes, de las jóvenes deseosas y de su amante casada, que había sido su primera maestra en las
artes del amor). En Tebas, las mujeres libres le estaban prohibidas y vigilaban sus idas y venidas;
cuando asistía a algún burdel, nunca le alcanzaba el dinero para pagar una ramera que no le disgustara.
Sólo en el gimnasio se encontraba a gusto. Allí nadie lo veía desde una posición de
superioridad; se había probado a sí mismo que era un hábil atleta de firme fortaleza. El gimnasio lo
aceptaba y le permitía saber que no le negaba su amor. Al principio se encontró solo y desamparado,
pero sus compañeros lo apoyaron y consolaron: en diferentes grados, todos crecieron allí de modo tan
natural como cualquier otro; no hay que olvidar que estaban en una ciudad que les confería una gran
tradición y un alto prestigio.
En compañía de nuevos amigos tuvo la oportunidad de visitar a filósofos y maestros de retórica
y, más tarde, de que maestros expertos le enseñaran los secretos del arte de la guerra. Siempre anheló
regresar a casa, y cuando lo hizo, llegó lleno de alegría; pero para ese entonces ya había sido iniciado
en los misterios de Hélade.
Atenas era el altar de toda Grecia, casi era ella misma. Todo lo que Filipo le pedía era que
restableciera sus glorias; en su opinión, todos los jefes actuales se parecían a los rebeldes de Delfos:
hombres indignos que habían atacado un templo sagrado. Además, sabia muy bien que, para los
atenienses, libertad y gloria formaban un todo indisoluble, pero en realidad parecía un hombre
enamorado que piensa que el rasgo más fuerte de la naturaleza del amado no tardará en cambiar con el
matrimonio.
Todos sus políticos, engañosos y oportunistas como sabían serlo, habían tratado de adelantarse
para abrirle las puertas de la ciudad. Su último recurso antes de perderla, era echarlas abajo, pero
rogaba a los dioses que se las abrieran pacíficamente. En ese momento era él quien tenía el elegante
pergamino de Delfos (llave, si no del cuarto del fondo, cuando menos de la puerta de entrada).
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Finalmente, Atenas tendría que recibirlo una vez que hubiera liberado a las ciudades hermanas
de Jonia de generaciones y generaciones de servidumbre. A la larga, conquistaría su corazón, eso lo
tenía bien presente. Últimamente había estado presintiendo que pronto recibiría una larga carta de
Isócrates, filósofo tan viejo que había sido amigo de Sócrates cuando Platón era apenas un escolar, y
cuyo nacimiento era anterior a la guerra entre Esparta y Atenas, antes de que comenzara esa mortal
sangría que debilitaba a toda Grecia. A pesar de que estaba ya en su décima década de vida, aún seguía
atento al curso del cambiante mundo de su época, y en su carta le pedía a Filipo que uniera al mundo
griego y lo llevara hacia delante: soñando al pie de su ventana, pudo ver a las Hélades rejuvenecer
nuevamente, no gracias al chillón orador que lo había llamado tirano, sino a un descendiente de
Heracles mucho mejor que cualquiera de esos incapaces y porfiados reyes de Esparta. Vio su propia
escultura en la Acrópolis: el Gran Rey poniendo en su lugar a todos los bárbaros, para hacerse con
esclavos y tributos. Gracias a Filipo, Atenas seria una vez más la escuela de las Hélades.
El alboroto de unas voces jóvenes interrumpió sus pensamientos. En la terraza de abajo estaba
su hijo jugando a la taba con el hijo de Teres, rey de los agrianos. Filipo los miró llenos de irritación.
¿Qué podría estar haciendo su muchacho con aquel pequeño salvaje? Incluso lo había llevado al
gimnasio cuando uno de los señores de la compañía, cuyo hijo también estaba allí y a quien tampoco le
agradaba mucho la idea, le advirtió con quién estaba.
Al niño le trataban muy humanamente, le vestían y alimentaban bien y nadie le obligaba a
trabajar o a hacer algo indigno de su cargo. Por supuesto, ninguna de las casas nobles estaba lista para
adoptarlo, como hubieran hecho con cualquier niño civilizado de la costa de Tracia. Mientras, le
habían asignado una habitación en el palacio y, como los agrianos eran una raza guerrera cuyo
sometimiento no podía durar mucho, le pusieron un guardia frente a su puerta por si acaso pretendía
escapar. Nadie comprendía por qué Alejandro había escogido la amistad de ese pequeño bárbaro
cuando tenía a su disposición a cualquier niño de noble cuna en Pella para jugar. Seguramente este
capricho le pasaría muy pronto, y era mejor no intervenir por el momento.
Los dos príncipes se acuclillaron sobre las lajas con que se divertían; seguían su juego
hablando, uno en tracio y el otro en macedonio, ayudándose un poco de la mímica (pronto empezaron
a hablar más en tracio, pues Alejandro aprendía rápidamente). Entretanto, el guardia que vigilaba,
aburrido, se sentó en el lomo del león de mármol.
Lambaro era un tracio de piel rojiza que provenía de una victoriosa raza norteña, que unos años
antes había venido al sur para separar los territorios montañeses establecidos entre las tinieblas de
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Pella. Era sólo un año mayor que Alejandro, pero su fuerte constitución física le hacía parecerlo
todavía más. Su cabellera era una maraña de pelo rebelde, y en el brazo, a la altura del hombro, tenía
tatuado un pequeño caballo, que era el signo de su sangre real -como todo tracio de alta alcurnia, él
decía ser descendiente directo del semidiós Rhesos, el jinete-, y en su pierna un ciervo, que era la
marca de su tribu. Cuando llegara a la edad apropiada y el desarrollo de su cuerpo no los deformara,
sería totalmente tatuado con los elaborados diseños y símbolos de espirales propios de su jerarquía.
Una sucia correa puesta en torno a su cuello sostenía un amuleto de oro escita.
Lambaro sostuvo la bolsa de dados, al tiempo que pronunciaba un conjuro. El guardia, que
hubiera preferido estar con los amigos, resopló de impaciencia, y el pequeño le lanzó una terrible
mirada por encima del hombro.
-No le hagas caso -dijo Alejandro-. Es sólo un guardia y no es nadie para decirte lo que debes
hacer.
Alejandro pensó que sería una gran deshonra para la casa que en Pella trataran peor que en
Tebas a un huésped real. Desde hacia tiempo lo había estado observando su indiferente vigilante,
desde antes, incluso, de que él mismo viera llorar a Lambaro con la cabeza apoyada contra el tronco de
un árbol. Cuando éste oyó el sonido de una nueva voz que le veía llorar, se volvió al principio como
una bestia acorralada, pero finalmente comprendió que le estaban tendiendo la mano. Antes de
permitir que se burlaran de sus lágrimas lucharía hasta la muerte; sin decir palabra, ambos concibieron
la misma idea.
Lanike lo regañó, pues encontró un piojo rojo en su pelirroja cabellera, y pidió a su doncella
que lo espulgara. Luego, Alejandro mandó traer algunos dulces para ofrecérselos al huésped, y se los
llevó un esclavo tracio.
-Él sólo viene cuando no está el centinela -le dijo-. Tú eres el invitado, haz primero el
ofrecimiento.
Lambaro repitió su oración al dios tracio de los cielos, lo invocó cinco veces, y después arrojó
al aire dos y tres dulces.
-Creo que se ofendió; le pides pequeñeces. A los dioses hay que pedirles algo grande.
-Tu dios ganó para ti -dijo Lambaro, que ya rezaba con menos frecuencia por regresar a casa.
-No, sólo trato de sentir la suerte y ahorrar oraciones.
-¿Para qué?
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-Escucha, Lambaro; cuando seamos hombres, cuando nos toque reinar a nosotros... ¿Entiendes
lo que estoy diciendo?
-Si, cuando mueran nuestros padres.
-¿Serás mi aliado cuando me toque ir a la guerra?
-Si, pero, ¿qué es un aliado?
-Significa que tus soldados combatirán a mis enemigos y que yo lucharé a tu lado contra los
tuyos.
Desde la ventana de arriba, Filipo vio al pequeño tracio coger entre las suyas las manos de su
hijo y, arrodillándose, estrecharías en un apretón formal. Luego inclinó el rostro y habló larga y
elocuentemente con Alejandro, quien, también de rodillas, sostenía sus manos atenta y pacientemente.
Después, Lambaro dio un brinco y lanzó un fuerte grito, como el del aullido de un perro abandonado;
su tono de voz era un desafío al grito de guerra de los tracios. Filipo, sin poder hacer nada, veía la
escena lleno de disgusto, así que se alegró de que el guardia dejara a un lado la pereza y actuara.
La intervención del guardia le recordó a Lambaro su verdadera condición, por lo que detuvo su
canto a los dioses y, malhumorado, bajó la mirada, sintiéndose miserable.
-¿Qué quieres? No hacemos nada malo, sólo está tratando de enseñarme sus costumbres -el
guardia, que había ido a separarlos, empezó a querer disculparse-. Vete de aquí, ya te llamaré si te
necesitamos. Ese juramento es muy hermoso, Lambaro; vamos, repítelo.
-Mantendré la fe -contestó Lambaro seria y gravemente-, aunque caiga el cielo sobre mi y me
oprima con su peso, aunque la tierra se abra y me devoren sus entrañas y aunque las aguas de los
mares se desborden y me ahoguen. Mi padre besa a sus oficiales después de que prestan juramento.
Incrédulo, Filipo observó cómo su hijo tomaba entre las manos la rojiza cabeza del pequeño
bárbaro y depositaba el beso ritual en su frente. Habían llevado las cosas demasiado lejos, ésa no era
una costumbre griega. De pronto recordó que aún no le había transmitido a su hijo las noticias de los
juegos píticos, a los cuales pretendía
llevarlo (eso le daría mejores cosas en que pensar).
Con la rama de un árbol, Alejandro garabateaba sobre la capa de polvo acumulado sobre el
suelo.
-Enséñame las formaciones de batalla que suele usar tu pueblo.
Desde la ventana de la biblioteca del piso de arriba, Fénix veía, sonriendo, unirse las cabecitas
dorada y rojo gracias a algún juego solemne. Siempre encontraba algo de placer al desembarazarse un
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rato del cuidado del pequeño, y ahora el guardia aligeraba sus tareas. Después de estas reflexiones,
volvió su atención al pergamino, aún sin desenrollar.
-Cortaremos un millar de cabezas -decía Lambaro-. ¡Chop! ¡Chop! ¡Chop!
-Sí, pero, ¿dónde van los tiradores?
El guardia regresó, pero esta vez con un mensaje.
-Alejandro, debes dejar a este joven a mi cuidado. Te llama tu padre.
Durante un instante, Alejandro se quedó mirándole a los ojos; después, muy a su pesar, partió
con él.
-Muy bien, pero no dejes de darle todo lo que desee; eres un soldado y no un pedagogo. Y no
debes llamarle “ese joven”; si yo puedo darle su lugar, entonces tú también puedes hacerlo.
Después de decir estas palabras, se levantó entre los leones de mármol, seguido por lo ojos de
Lambaro, para ir a escuchar las noticias de Delfos.


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