286 a.c.

286 a.C.
La biblioteca del rey Tolomeo estaba en el piso superior del palacio y daba sobre el
puerto de Alejandría. Era fresca, aireada y sus ventanas recibían la brisa del mar. El rey
estaba sentado al escritorio, una amplia superficie de ébano pulido que en un tiempo
estaba atestada con los papeles de su administración, pues había sido un gran
planificador y legislador.
Ahora el espacio estaba libre excepto por algunos libros, algunos instrumentos de
escritura y un gato dormido. Las cuestiones de Egipto quedaban en manos de su hijo,
quien se desenvolvía demostrando mucha capacidad. Le había ido delegando
gradualmente sus responsabilidades con creciente satisfacción. Tenía ochenta y tres
años.
Miró lo que había escrito en la tablilla. Los caracteres eran vacilantes, pero la cera
estaba grabada legiblemente. En cualquier caso, esperaba vivir el tiempo suficiente para
supervisar al escriba.
Pese a la rigidez, la fatiga y demás achaques de la vejez, gozaba de su retiro. Antes
nunca había tenido tiempo para leer; ahora lo estaba compensando. Además había
cumplido con una tarea que había anhelado terminar tiempo atrás. Muchas cosas se lo
habían impedido anteriormente. Había tenido que desterrar a su hijo mayor, quien había
resultado incurablemente pérfido (la madre, casada demasiado pronto, por razones
políticas, era hermana de Casandro) y le había llevado tiempo preparar a su hijo menor
para ser rey. Los crímenes del mayor eran la única pena de su vejez; a menudo se
arrepentía de no haberlo matado. Pero a esas alturas de su vida se había serenado.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por la entrada de su heredero. Tolomeo el
Joven
tenía veintiséis años y era macedonio puro; Tolomeo se había casado en terceras
nupcias con su propia hermanastra. De huesos grandes como el padre, el joven entró con
sigilo, pues viendo al viejo tan silencioso pensó que tal vez dormía. Pero su mero peso en
el suelo de madera bastó para mover dos rollos en uno de los anaqueles atestados que
revestían las paredes. Tolomeo se volvió sonriendo.
–Padre, acaba de llegar de Atenas otra partida de libros. ¿Dónde se pueden
colocar?
–¿Atenas? Ah, bien. Hazlos subir aquí.
–¿Dónde los pondrás? Ya tienes libros en el suelo. Las ratas los devorarán.
Tolomeo extendió la mano arrugada y pecosa y rascó el pescuezo del gato, por
encima del collar enjoyado. Ágil y musculoso, el gato flexionó el lomo broncíneo y se
desperezó voluptuosamente, con un ronroneo de satisfacción.
–Necesitas una biblioteca más grande. Necesitas un edificio exclusivo para ellos.
–Puedes construir uno cuando yo haya muerto. Te daré otro libro para tu nueva
biblioteca.
El joven notó que su padre parecía tan complacido como el gato. Le faltaba poco
para ronronear también.
–¿Qué? Padre, ¿quieres decir que tu libro está terminado?
–Acabo de terminarlo. –Le mostró la tablilla, donde estaba escrito, encima de una
viñeta, «Aquí termina la historia de Alejandro.» Su hijo, que era afectuoso por
naturaleza, se agachó para abrazarlo.
–Debemos hacerlo leer –dijo–. En el Odeón, desde luego. Ya casi está todo copiado.
Lo arreglaré para el mes próximo, entonces será el momento de anunciarlo. –Para este
hijo nacido en edad tardía, su padre siempre había sido viejo, pero nunca desdeñable.
Sabía que había iniciado esa obra desde antes que él naciera. Sentía prisa por ver al
padre gozando del fruto de su trabajo; la vejez era frágil. Pensó en los nombres de
actores y oradores célebres por la belleza de su voz. Tolomeo seguía pensando.
–Esto –dijo de repente– debe anular el veneno de Casandro. Yo estuve allí, como
todos saben, desde el principio hasta el fin... Debí escribirlo antes. Demasiadas guerras...
–¿Casandro? –El joven recordaba vagamente a ese rey de Macedonia que había
muerto cuando él era niño y había sido sucedido por sus inútiles hijos que también
habían muerto. Pertenecía al pasado lejano. En cambio Alejandro, que había nacido
mucho antes de su nacimiento, le resultaba tan real como alguien que en ese momento
entrara por la puerta. No necesitaba leer el libro del padre; había oído las historias desde
la niñez–. ¿Casandro...?
–En la profundidad del Tártaro, donde debe estar si los dioses son justos, espero
que se entere de la existencia de mi libro. –Los pliegues flojos de la cara vieja se habían
tensado; por un momento pareció formidable–. Mató al hijo de Alejandro... Lo sé, aunque
nunca se demostró. Lo mantuvo oculto durante toda su infancia, para que la gente nunca
lo conociera...; tampoco lo conocerán las futuras generaciones. La madre de Alejandro,
su esposa, su hijo. Y no contento con eso, compró el Liceo, que nunca volverá a ser el
mismo, y lo utilizó para ensombrecer el nombre de Alejandro. Bien, se pudrió en vida
antes de morir. Sus hijos conspiraron para matar a la madre... Sí, prepara las lecturas. Y
cuando el libro pueda ir a manos de los copistas, quiero que lo envíen al Liceo, a la
Academia, a la escuela de Cos. Y uno a Rodas, desde luego.
–Desde luego –dijo su hijo–. No es frecuente que los habitantes de Rodas reciban
un libro escrito por un dios.
Se sonrieron. Tolomeo había recibido honores divinos en Rodas por su ayuda en el
famoso sitio. Acarició suavemente al gato, que presentó el vientre para que le hicieran
cosquillas.
El joven Tolomeo miró por la ventana. Un centelleo cegador le hizo cerrar los ojos.
La áurea corona de laurel de la tumba de Alejandro estaba reflejando el sol. Se volvió
hacia la habitación.
–Tantos grandes hombres... Cuando Alejandro vivía, tiraban juntos como los
caballos de un carro. Y cuando murió, se desbocaron como los caballos cuando cae el
auriga. Y también como los caballos se partieron la espalda.
Tolomeo asintió acariciando al gato.
–¡Ah! Así era Alejandro.
–Pero –dijo el joven, sorprendido–, tú siempre dijiste...
–Sí, sí. Y todo es verdad. Así era Alejandro. Ésa fue la causa. –Recogió la tablilla, la
miró celosamente y la dejó–. Tuvimos razón al darle la divinidad. Tenía cierto misterio.
Hacía parecer posible todo aquello en que creía. Y nosotros creíamos también. Sus
elogios eran preciosos, hubiéramos dado la vida por ganar su confianza; hicimos cosas
imposibles. Era un hombre con un toque divino; nosotros éramos sólo hombres tocados
por él; pero no lo sabíamos. Nosotros también habíamos obrado milagros, ¿comprendes?
–Sí –dijo su hijo–. Pero ellos sufrieron y tú has prosperado. ¿Será porque le diste
sepultura aquí?
–Tal vez. A él le gustaban las cosas bien hechas. Impedí que se lo llevara Casandro,
y él nunca olvidaba un favor. Sí, tal vez... Pero además, cuando murió supe que se había
llevado su misterio consigo. De ahí en adelante éramos simples hombres, con los límites
que nos fijó la naturaleza. Conócete a ti mismo, dice el dios en Delfos. Nada en demasía.
El gato, irritado por su indiferencia, saltó a su regazo y se empezó a acurrucar allí.
Él arrancó las zarpas de su túnica y puso al gato en la mesa.
–Ahora no, Perseo, tengo que hacer. Muchacho, llama a Filisto, él conoce mi
escritura. Quiero ver este libro trasladado al papel. Sólo en Rodas soy inmortal.
Cuando su hijo se hubo marchado, juntó las nuevas tablillas con manos trémulas
pero resueltas, y las puso en orden. Luego esperó ante la ventana, mirando la áurea
corona de laurel que se agitaba en la brisa del Mediterráneo como si tuviera vida.


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