310 a.c.

310 a.C.
El castillo de Anfípolis coronaba un alto peñasco sobre una curva del Estrimón, poco
antes que desembocara en el mar. En los viejos tiempos había sido fortificado por Atenas
y por Esparta, consolidado y ampliado por Macedonia, y cada uno de sus conquistadores
había añadido un bastión o una torre. Los vigías de las murallas podían observar el
amplio paisaje por todas partes. Le señalaban a Alejandro, cuando el aire era claro,
lugares distantes de Tracia, o la cima del Athos. Él trataba de hablarles de los sitios que
había visto antes, de pequeño; pero los años son largos entre los siete y los trece, y los
recuerdos se volvían borrosos.
Recordaba confusamente la carreta de la madre, las mujeres y eunucos de la
tienda, el palacio de Pela, la casa de la abuela en Dodona; recordaba Pidna demasiado
bien; recordaba que su madre se negaba a contarle qué había pasado con la abuela,
aunque desde luego las criadas se lo habían dicho; recordaba que su tía Tesalónica
lloraba a lágrima viva aunque estaba por casarse, y que su madre también lloraba
durante el viaje aunque se hubiera resignado a vivir en el lugar. Sólo una cosa había sido
constante en su vida, la presencia de los soldados. Desde que habían despedido a Cebes,
ellos eran sus únicos amigos.
Nunca le dejaban conocer otros muchachos, pero le permitían salir a cabalgar si lo
acompañaban los soldados. Siempre parecía que en cuanto llegaba a conocerlos, a
bromear y competir con ellos y a lograr que le contaran historias, los asignaban a otra
parte y él tenía otro compañero. Pero a lo largo de cinco años muchos habían vuelto y
podía reanudar la relación.
Algunos eran huraños y aburridos; sin embargo, en cinco años había aprendido
cómo tratarlos. Cuando Glaucias, el comandante, venía a verlo cada tantos días, le decía
que esos soldados eran personas muy interesantes que le estaban contando las guerras
del Asia; poco después los transferían. Cuando le hablaban de sus amigos ponía mala
cara y conseguía que permanecieran un tiempo más.
Así supo que Antígono, el comandante en jefe del Asia, estaba haciendo la guerra
por él, tratando de sacarlo de Anfípolis para ser su tutor. Tenía sólo dos años cuando
conoció a Antígono y lo recordaba como un enorme monstruo de un solo ojo que lo
intimidaba. Ya no lo intimidaba pero tampoco deseaba que fuera su tutor. Su tutor actual
no le molestaba porque no lo veía nunca.
Deseaba que su tutor hubiera sido Tolomeo, no porque lo recordara, sino porque
los soldados decían que era el más querido de los amigos de Alejandro y se portaba en la
guerra casi con la misma gallardía, cosa rara en esos tiempos. Pero Tolomeo estaba en el
lejano Egipto y no había modo de hacerle llegar un mensaje.
Últimamente, sin embargo, parecía que la guerra había terminado. Casandro,
Antígono y los otros generales habían hecho las paces, acordando que Casandro sería su
tutor hasta que él fuera mayor de edad.
–¿Cuándo seré mayor de edad? –les preguntaba a sus amigos. Por alguna razón la
pregunta los alarmaba. Le habían pedido con mucha insistencia que no repitiera lo que
charlaba con ellos, de lo contrario no volvería a verlos.
Siempre eran dos, los soldados que lo acompañaban. Pero el día anterior, el caballo
de Peiros, uno de ellos, empezó a cojear apenas iniciado el paseo. Alejandro le suplicó al
otro, llamado Jantos, que siguieran cabalgando solos antes de volver al castillo. Jantos
aceptó y siguieron paseando mientras Peiros esperaba. Cuando se detuvieron para que
descansaran los caballos, Jantos le dijo:
–No digas nada, pero se habla mucho de ti, fuera de aquí.
–¿De veras? –dijo él, instantáneamente alerta–. Nadie fuera de aquí sabe nada
sobre mí.
–Eso crees tú. Pero la gente habla, tal como nosotros hablamos ahora. Los hombres
salen con licencia. Se corre el rumor de que a tu edad tu padre había matado a un
hombre, y de que eres un joven prometedor que ya debería conocer a su pueblo. Quieren
verte.
–Diles que yo también quiero verlos.
–Decirlo equivaldría a condenarme. Recuerda: ni una palabra.
–¡Silencio o muerte! –era el lema que usaban siempre.
Echaron a andar hacia donde esperaba Peiros.
En sus habitaciones Roxana había reunido el mobiliario adquirido en sus largos
viajes. Los esplendores de los aposentos de la reina de Babilonia, las celosías y el
estanque de lirios, estaban a doce años de distancia; todo lo que quedaba de ellos eran
el cofre de Estatira y las joyas. Últimamente, ignoraba por qué, los había ocultado. Pero
le quedaban muchos adornos y comodidades. Casandro le había permitido que una
caravana llevara sus cosas a Anfípolis. Le explicó que sólo para protegerlos de los
peligros que los acechaban, la había enviado con su hijo a Anfípolis y que deseaba
que, por lo menos, su estadía allí fuera agradable.
Sin embargo, estaba muy sola. Al principio la esposa del comandante, y algunas de
las mujeres de los oficiales, entablaban conversación con ella; pero era la reina madre,
no esperaba permanecer allí mucho tiempo y había insistido en mantenerlas a distancia,
convencida de que de esa manera hacía pesar su dignidad. Cuando los meses se hicieron
años lo lamentó y dio pequeños indicios de condescendencia; pero era demasiado tarde y
se mantuvo entre ellas una relación de fría formalidad.
La desconsolaba que su hijo, el rey, no tuviera más compañía que mujeres y meros
soldados. Aunque sabía poco de las normas de educación griega, no ignoraba que estaba
en edad de recibirla. De lo contrario, cuando debiera reinar, no podría desenvolverse en
la corte. Estaba olvidando el griego que le habían enseñado, y hablaba el tosco dialecto
dórico de sus escoltas. ¿Qué pensaría de él su tutor, cuando viniera a verlo?
Y el momento había llegado. Acababa de enterarse de que había aparecido en el
castillo sin advertencia y que estaba hablando con el comandante. Al menos, la
ignorancia del muchacho convencería al regente de la necesidad de educarlo y brindarle
otras compañías. Además, ella misma debía haberse instalado tiempo atrás en una corte
adecuada, con doncellas y damas, en vez de estar enclaustrada con gentuzas de
provincias. Esa vez debería insistir.
Cuando entró Alejandro, sucio de polvo y agitado por la cabalgata, lo mandó a
bañarse y cambiarse. En sus largos ocios había confeccionado hermosas ropas para
ambos. Una vez lavado, peinado, vestido con la túnica azul con bordes de hilo de oro y el
cinturón bordado, él sumaba a la gracia persa la belleza clásica de Grecia. De pronto, la
figura del rey la conmovió hasta las lágrimas. Había crecido rápidamente y ya era más
alto que ella. El suave pelo moreno y las delicadas cejas eran como las suyas; pero los
ojos, aunque castaños, tenían cierta intensidad que le despertaba recuerdos.
Se puso su mejor vestido y un espléndido collar de oro con zafiros que su esposo le
había regalado en la India. Luego recordó que entre las joyas de Estatira había unos aros
de zafiro. Encontró el cofre en el arcón y se los puso.
–Madre –dijo Alejandro mientras esperaban–, no lo olvides, ni una palabra sobre lo
que Jantos me dijo ayer. Lo prometí. ¿No se lo has dicho a nadie?
–Claro que no, querido. ¿A quién podría decirlo entre esta gente?
–¡Silencio o muerte!
–Ssh. Ahí viene él.
Escoltado por el comandante, a quien despidió con un gesto, entró Casandro.
Notó que Roxana había engordado con los años de ocio, aunque había conservado
la límpida tez marfileña y los ojos espléndidos. Ella observó que estaba avejentado y
enjuto, con los pómulos enrojecidos por venillas rotas. Casandro la saludó
ceremoniosamente, le preguntó por su salud y, sin esperar una respuesta, se volvió hacia
su hijo.
Alejandro, que estaba sentado cuando él entró, se puso de pie. Hacía tiempo le
habían dicho que los reyes no debían levantarse ante nadie. Pero estaba en su casa y,
como anfitrión, también tenía sus deberes.
Casandro, que reparó en el gesto, no hizo ninguna observación.
–Veo a tu padre en ti –dijo con naturalidad.
–Sí –dijo Alejandro, asintiendo–. Mi madre también.
–Aunque serás más alto que él. Tu padre no era alto.
–Pero era fuerte. Yo me ejercito todos los días.
–¿Y qué otra cosa haces?
–Necesita un instructor –interrumpió Roxana–. Se hubiera olvidado hasta de
escribir, si yo no lo obligara. A su padre lo educó un filósofo.
–Estas cosas pueden remediarse. ¿Y bien, Alejandro?
El niño reflexionó. Se dio cuenta de que lo estaban probando.
–Voy a las murallas, miro las naves y pregunto de dónde vienen, cómo son esos
lugares y sus habitantes..., si es que alguien puede informarme. Salgo a cabalgar todos
los días, con un guardia, para ejercitarme. El resto del tiempo –añadió cauteloso–
pienso en ser rey.
–¿De veras? –dijo Casandro irónicamente–. ¿Y cómo piensas gobernar?
Alejandro había meditado al respecto.
–Reuniré a todos los hombres de confianza de mi padre que pueda encontrar –dijo
de inmediato–. Les pediré que me hablen de él. Y antes de decidir nada, preguntaré qué
hubiera hecho en mi lugar.
Por un momento, para su sorpresa, notó que el tutor palidecía y que las manchas
rojas de las mejillas se volvían casi azules; se preguntó si estaría enfermo. Pero la cara
enrojeció de nuevo y Casandro se limitó a decir:
–¿Y si no están de acuerdo?
–Bien, yo soy el rey. Así que debo seguir mi propio parecer, como él hacía.
–Tu padre era un... –Casandro se contuvo, dominando su cólera. El niño era
ingenuo, pero la madre había demostrado astucia en el pasado. Concluyó–: Un hombre
de muchas caras. De modo que te sería... Bien, pensaremos estas cuestiones y veremos
lo que conviene. Adiós, Alejandro. Adiós, Roxana.
–¿Lo hice bien? –preguntó Alejandro cuando él se marchó.
–Muy bien. Actuaste realmente como digno hijo de tu padre. Más que nunca lo vi en
ti.
–Y mantuvimos el secreto. ¡Silencio o muerte!
Al día siguiente llegó la primera escarcha de otoño. Él salió a cabalgar por la costa
con Jantos y Peiros, el pelo al viento, saboreando el aire de mar.
–Cuando sea mayor –gritó por encima del hombro–, navegaré hacia Egipto.
Volvió concentrado en este pensamiento.
–Debo ver a Tolomeo. Es mi tío, o lo es en parte. Conoció a mi padre desde que
nació hasta que murió. Me lo contó Cebes. La tumba de mi padre está allí y yo debería
hacerle una ofrenda. Jamás le he ofrendado nada. Tú también debes venir, madre.
Alguien llamó a la puerta. Una joven esclava de la esposa del comandante entró
con una jarra humeante y dos copas. Hizo una reverencia, y dijo:
–Mi señora preparó esto para ti, y espera que la honres bebiéndolo, para ahuyentar
el frío. –Suspiró de alivio por haber recordado la frase. Era tracia y el griego le resultaba
difícil.
–Por favor agradece a tu señora –dijo Roxana– y dile que lo beberemos. –
Cuando la muchacha se marchó, dijo–: Aún espera que le preste atención. A fin de
cuentas, no estaremos mucho más tiempo aquí. Tal vez mañana la invitemos.
Alejandro tenía sed por el aire de mar y bebió su copa de un sorbo. Roxana, que
estaba ocupada con su bordado, terminó la flor que estaba cosiendo, y luego bebió la
suya.
Le estaba contando al niño una historia sobre las guerras de su propio padre –él
debía recordar que también era hija de guerreros– cuando le vio la cara tensa y los ojos
extraviados. El niño miró hacia la puerta, luego corrió a un rincón y se inclinó, tendiendo
los brazos. Ella corrió hacia él y le tomó la cabeza entre las manos, pero él la apartó
como un perro herido, y tuvo más arcadas. Lanzó un líquido que olía a vómito, a
especias... y a algo más que las especias habían ocultado antes.
Al ver la cara de su madre, el niño comprendió.
Caminó tambaleándose hasta la mesa, vació la jarra en el suelo y miró los restos
del fondo. Otro espasmo lo estremeció. De pronto los ojos le ardieron de rabia; no como
en los arrebatos de su niñez, sino con furia de hombre; era la furia ardiente del padre,
que ella había visto una sola vez.
–¡Hablaste! –gritó–. ¡Hablaste!
–¡No, no! ¡Lo juro!
Él apenas la oyó, encorvado de dolor. Iba a morir. No cuando fuera viejo sino en
ese momento; estaba dolorido y atemorizado; pero por encima del dolor y el miedo
estaba el convencimiento de que le habían arrebatado la vida, el reino, la gloria; el viaje
a Egipto, donde demostraría que era el hijo de Alejandro. Aunque se aferraba a su
madre, necesitaba a Cebes quien le había referido las hazañas de su padre, que había
resistido como soldado hasta el final, saludando a sus hombres con los ojos cuando se le
apagó la voz. Si tan sólo Jantos y Peiros hubieran estado allí, para ser sus testigos,
contar su historia... No había nadie, nadie. El veneno le había penetrado las venas, sus
pensamientos se disolvían en dolor y náuseas; se quedó rígido, mirando las vigas del
techo.
Roxana, sufriendo los primeros espasmos, se agachó sobre él, gimiendo y
sollozando. En vez de la cara rígida con la boca morada, la frente blanca sudando bajo el
pelo húmedo, vio con tremenda claridad al niño inconcluso de Estatira, en los brazos de
Pérdicas.
El cuerpo de Alejandro se contrajo violentamente. Los ojos se pusieron vidriosos.
Ella sintió en el vientre un dolor punzante, convulsivo. Se arrastró hacia la puerta
pidiendo ayuda. Pero no vino nadie.


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