315 a.c.

315 a.C
El Liceo, amado por Sócrates, estaba en un grato suburbio de Atenas cerca del arroyo
Ilisos, bordeado de plátanos. Era un edificio nuevo y elegante. El más humilde, donde
Aristóteles había fundado su universidad para caminantes, era ya un mero anexo. Una
puerta alta y elegante con columnas corintias albergaba al director y sus estudiantes
cuando se paseaban discurseando. Adentro, había un suave olor a pergamino viejo, tinta
y cera para escribir.
Todo era una donación de Casandro, ofrecida a través de su culto gobernador
ateniense. El director, Teofrasto, deseaba agasajar a su benefactor hacía tiempo, y el día
había llegado.
El distinguido huésped había visto la nueva biblioteca, con muchos anaqueles
consagrados a las obras de Teofrasto; era un autor de segundo orden pero prolífico.
Regresaron a los aposentos del director para tomar un refresco.
–Me alegra –dijo Casandro– que estudies la historia y me deleita que la compiles.
Corresponde a los estudiosos de cada generación purgarla de errores, antes que sean
transmitidos a la siguiente.
–La filosofía de la historia de Aristóteles... –empezó ávidamente Teofrasto.
Casandro, que ya había aguantado una hora de erudita charla alzó la mano
cortésmente.
–Yo mismo me senté a sus pies, en mi juventud, cuando estuvo en Macedonia. –
Días horrendos, biliosos, en que siempre veía el círculo encantado desde afuera, exiliado
del brillante calor por la fuerza centrífuga de su propia envidia. Dijo con mezquindad–: Si
al menos su principal discípulo hubiera aprovechado mejor su privilegio.
Cautelosamente, el director murmuró algo sobre la corrupción introducida por las
costumbres bárbaras y las tentaciones del poder.
–Sufristeis una tremenda pérdida cuando murió Calístenes. Un brillante erudito,
tengo entendido.
–Ah, sí. Aristóteles lo temía, en verdad lo predijo. Ciertas cartas poco prudentes...
–Estoy persuadido de que fue falsamente acusado de inspirar a sus discípulos para
perpretar la muerte del rey. La voz de la filosofía ya no era bienvenida.
–Eso me temo... No tenemos aquí a nadie que haya acompañado a Alejandro, y nos
faltan crónicas.
–Al menos tenéis –dijo Casandro sonriendo– un huésped que visitó la corte de
Babilonia en sus últimas semanas. Si quieres llamar un escriba, puedo narrarte algunas
cosas.
Vino el escriba, munido de tablillas. Casandro dictó a un ritmo mesurado, tranquilo.
–Pero mucho antes de esto se había entregado a la arrogancia y la frivolidad,
prefiriendo la divina soberbia de un gran rey persa a la íntegra austeridad de su patria. –
El escriba no tendría que hacer correcciones; él lo había preparado todo de antemano.
Teofrasto, con su cultura libresca, escuchaba fascinado la voz de los grandes
acontecimientos.–Hizo que sus generales victoriosos se inclinaran ante su trono.
Trescientas sesenta y cinco concubinas, el mismo número que tenía Darío, llenaban el
palacio. Por no hablar de una cantidad de eunucos afeminados, acostumbrados a la
prostitución. En cuanto a sus orgías nocturnas... –Continuó por un tiempo, notando con
satisfacción que cada palabra era inscrita en cera. Por último el escriba recibió las gracias
y se marchó para iniciar la tarea de copiado.
–Desde luego –dijo Casandro–, sus ex compañeros darán las versiones que más se
adecuen a su propia gloria.
El director asintió: un erudito puntilloso era advertido de una fuente dudosa.
Casandro, que tenía la garganta seca, bebió el vino con satisfacción. Él, como el
director, había ansiado este encuentro. Jamás había logrado humillar a su enemigo en
vida; pero ahora, al menos, había empezado a corromper la fama que tanto había
buscado, por la cual había consumido su vida.
–Confío –dijo Teofrasto al despedirse– en que tu esposa goce de buena salud.
–Tesalónica está tan bien como su condición se lo permite en este momento. Ha
heredado la fortaleza de su padre, el rey Filipo.
–¿Y el joven rey? Debe de tener ocho años y estará iniciando su educación.
–Sí. Para evitar que se incline por los defectos del padre, lo estoy criando más
austeramente. Aunque la costumbre era tradicional, a Alejandro no le hizo ningún bien
contar en la niñez con los Compañeros, un grupo de hijos de nobles que competían para
lisonjearlo. El joven rey y su madre viven en el castillo de Anfípolis, donde están a salvo
de traiciones e intrigas. Lo están educando como a cualquier ciudadano de buena cuna.
–Muy saludable –convino el director–. Quiero tener la osadía, señor, de regalarle un
pequeño tratado mío, Sobre la educación de los reyes. Cuando él sea mayor, si piensas
en designarle un maestro...
–En esa ocasión –dijo el regente de Macedonia–, por cierto, estarás presente en
mis pensamientos.


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