316 a.C. Era primavera en los valles. Los picos del Olimpo aún resplandecían con su nieve invernal bajo un cielo claro y pálido. Una sola guirnalda de nubes ocultaba el trono de Zeus. Sus águilas habían abandonado su pureza sin vida para sobrevivir en las cimas más bajas. Alrededor de los picos, sólo peñascos abruptos que no podían sostener un copo de nieve tajeaban de negro el manto blanco. En las colinas, las aguas del deshielo azotaban despeñaderos y gargantas en torrentes que molían estruendosamente los pedrejones. Abajo, ante las murallas de Pidna, un sol tibio calentaba los cadáveres que el frío había endurecido, soltando su hedor, y los milanos regresaban a ellos. Olimpia, recorriendo las murallas, miraba más allá de las filas de los sitiadores hacia las montañas agrestes donde merodeaban linces y lobos, donde los pinos se sacudían la nieve de los hombros velludos como osos al despertar. Su cara enjuta sobresalía de la ropa sin formas. Había llegado en un templado tiempo otoñal, pensando que en un mes la guerra terminaría y Casandro estaría muerto. Alejandro siempre había hecho lo que pensaba, eso lo sabía. Rara vez había discutido con ella los complejos cálculos que precedían a la acción. Soplaba un viento crudo; llevaba la túnica real echada sobre los hombros como un trapo. Con el hambre se sentía el frío. Las otras mujeres estaban acurrucadas adentro alrededor del pequeño fuego. Los hombres de las murallas, consumidos, la miraban distraídos mientras pasaba, demasiado apagados para alimentar un odio enardecido. Durante todo el invierno las murallas no habían sufrido ningún asalto: los que yacían en la fosa habían muerto de hambre. Los habían arrojado allí no por impiedad sino por necesidad; en el fuerte no quedaba lugar para cavar más tumbas. Desperdigados entre ellos estaban los enormes huesos de los elefantes. Los caballos y las mulas habían sido devorados enseguida, pero los elefantes eran instrumentos de guerra y además nadie se había atrevido a sacrificarlos. Habían tratado de mantenerlos con aserrín; durante un tiempo sus quejidos y trompetazos habían perturbado la noche, luego habían caído uno por uno en sus pesebres, y la poca carne que les quedaba, puro nervio, había sido algo para mascar durante un tiempo. Los mahuts, que ahora eran inútiles, habían sido borrados de la lista de racionamiento; ellos también yacían al pie de las murallas. En alguna parte del fuerte lloraba el hijo de una mujer del campamento; era un recién nacido y pronto moriría. El joven Alejandro estaba demasiado crecido para llorar. Ella se había encargado de que lo alimentaran bien; era un rey y la fuerza de su virilidad no debía atrofiarse en la juventud. Aunque la comida era infame él se había mostrado imprevistamente dócil, diciendo que su padre había sufrido hambre con sus soldados. Pero a menudo ella lo estudiaba pensando en el nieto alto que habría tenido si el hijo la hubiera obedecido, casándose antes de ir a la guerra. ¿Por qué?, se preguntaba. ¿Por qué? En la muralla que daba al mar el aire era más limpio, y tenía el aroma punzante de la primavera. La majestuosidad del Olimpo con sus crestas nevadas la llamaba como los árboles a un pájaro cautivo. Las bacanales del otoño pasado eran las primeras en cuarenta años que no había pasado con sus ménades en las montañas. Nunca más, decía el graznido de los milanos desde la fosa. Ella lo rechazaba con furia. Pronto, cuando fuera la época de navegar, Eumenes, cuya lealtad era infalible, llegaría con sus tropas desde el Asia. Observó que había cierta agitación a lo largo de las murallas. Una pequeña multitud se estaba reuniendo y crecía, acercándose a ella. Se apartó del borde y esperó. El grupo de hombres demacrados se aproximó sin demostrar violencia. Pocos parecían tener fuerzas para eso. Las ropas les colgaban como sacos vacíos; algunos se apoyaban en el hombro de un camarada para no caer. Los hombres de treinta años aparentaban sesenta. Tenían la piel manchada de escorbuto y a muchos les faltaban los dientes. Se les estaba cayendo el pelo. Uno que todavía conservaba cierto aire de autoridad se adelantó para hablar, con una voz un poco sibilante porque le faltaban los dientes frontales. –Señora, pedimos permiso para irnos. Ella los miró atónita. El furor le asomó a los ojos y se diluyó en sus profundidades. La voz vieja y aflautada no parecía de un hombre sino de una parca. –Si el enemigo atacara –continuó el hombre, respondiendo a su silencio–, nos podría vencer a puñetazos. Ahora sólo podemos compartir el resto de las provisiones, y luego ir allí –Hizo un gesto cansado y cortante, señalando la fosa–. Sin nosotros, lo que queda duraría un poco más. ¿Nos das tu permiso, señora? –Pero –dijo ella al fin–, los hombres de Casandro os liquidarán. –Como Dios quiera, señora. Hoy o mañana. ¿Qué más da? –Podéis iros –dijo ella. Él se quedó mirándola unos instantes mientras los demás se dispersaban. Ella añadió–: Gracias por vuestros servicios. Luego entró, a causa del frío, pero poco más tarde volvió a subir para verlos partir. Habían arrancado ramas de algunos pinos raquíticos que crecían en las fisuras de la piedra y, cuando las puertas se abrieron crujiendo, las agitaron en señal de paz. Bajaron lentamente por la escarpa y atravesaron la tierra de nadie rumbo a las filas de los sitiadores. El tosco portón de la empalizada se abrió; ellos entraron y esperaron, apiñados. Una figura con yelmo se les acercó, pareció hablarles y se alejó. Inmediatamente acudieron soldados con canastos y jarras. Ella observó cómo distribuían el pan y el vino, los brazos como estacas extendidos con ávida gratitud. Regresó a su habitación en la torre de la entrada, para acuclillarse junto al fuego. Una hilera de hormigas avanzaba hacia un canasto. Alzó la tapa; adentro, las hormigas bullían sobre una serpiente muerta. Era la última que le quedaba del santuario tracio de Dionisos, su oráculo. ¿Cómo había muerto? Las ratas y ratones habían sido cazados y devorados, pero la serpiente podría haberse alimentado de insectos. Sólo tenía unos años. Miró la masa movediza y se estremeció, luego arrojó al fuego la canasta con su contenido. El aire se entibió, las brisas se suavizaron. Era tiempo de navegar; pero las únicas velas pertenecían a las naves de guerra de Casandro. La ración había bajado a un puñado de harina diario cuando Olimpia envió emisarios pidiendo condiciones. Desde las murallas los vio entrar en la tienda de Casandro. Junto a ella estaba su hijastra Tesalónica, herencia de una de las bodas de campaña de Filipo. La madre había muerto al darla a luz y Olimpia la había tolerado en el palacio porque no se daba aires, era callada y discreta. Tenía treinta y cinco años, era alta y fea, pero tenía cierto atractivo. No se había atrevido a confesar que en Pela había recibido una oferta de Casandro; había venido a Pidna dando a entender que temía por su vida. Pálida y desgreñada, esperaba a los emisarios, recluyéndose en sus pensamientos. Los emisarios regresaron, reanimados por la hospitalidad recibida en la tienda. Con ellos venía el emisario de Casandro. Era un hombre llamado Deinias, que había realizado muchas misiones secretas para Olimpia en el pasado y había sido bien retribuido. ¿Cuánto le habría contado a Casandro? Se portó como si esos días jamás hubieran existido, con descarada insolencia. Afectado, bien alimentado, su propio cuerpo era un insulto entre esa gente. Rehusó una conferencia en privado y exigió hablar delante de la guarnición. Como no tenía opción, ella lo recibió en el patio central donde los soldados, mientras podían, hacían ejercicios. –Casandro hijo de Antípatro os envía sus saludos. Si vuestra gente se rinde a él, será perdonada como aquellos que acaban de entregarse. En cuanto a ti, señora, los términos son que te entregues incondicionalmente. Ella se irguió, aunque un retortijón le recordó que la espalda se le estaba endureciendo. –Di a Casandro que ofrezca mejores condiciones. –Un suspiro susurrante recorrió las filas–. Cuando llegue Eumenes, tu señor correrá como un lobo perseguido. Resistiremos hasta entonces. Él enarcó las cejas con exagerada sorpresa. –Señora, perdóname. Había olvidado que ciertas noticias no llegan aquí. No deposites tus esperanzas en un hombre muerto. La vitalidad de Olimpia pareció derramarse como el vino de un ánfora partida. Se mantuvo erguida pero no respondió. –Eumenes fue entregado a Antígono. Fue vendido por los Escudos de Plata, a quienes comandaba. Por casualidad, Antígono capturó su caravana. Allí llevaban el botín de tres reinos, además de sus mujeres e hijos... es imposible saber cuánto pesaba esa circunstancia en semejantes hombres. De cualquier modo, Antígono se los ofreció a cambio de su comandante y ellos aceptaron el canje. Un estremecimiento recorrió las filas. Horror tal vez, el conocimiento de que ahora nada era impensable; o, tal vez, la tentación. Olimpia tenía la cara color pergamino. Le habría gustado tener el bastón que usaba a veces para apoyarse en los lugares accidentados del fuerte. –Puedes decir a Casandro que abriremos las puertas incondicionalmente, sólo a cambio de nuestras vidas. Aunque sentía un frío helado en la cabeza y la oscuridad le giraba ante los ojos, llegó a su habitación y cerró la puerta antes de desmayarse. –Excelente –dijo Casandro cuando regresó Deinias–. Cuando salgan los hombres, aliméntalos y recluta a los que valen la pena. Haz cavar una fosa para la carroña. La vieja y su familia se quedarán aquí entretanto. –¿Y después? –dijo Deinias con fingida desaprensión. –Después... bueno. Todavía es la madre de Alejandro, lo cual apabulla a los ignorantes. Los macedonios no tolerarán que los gobierne pero... aun ahora... La asustaré y luego le ofreceré un barco para que huya a Atenas. Todos los años naufragan barcos. Los muertos fueron arrojados a la fosa; las mujeres delgadas y demacradas pasaron de la fortaleza al edificio reservado para las visitas reales. Era espaciosa y limpia; sacaron sus espejos y se apresuraron a guardarlos; se pusieron sus ropas holgadas y comieron ávidamente fruta y cuajada. El niño no tardó en recobrarse. Sabía que había sobrevivido a un sitio memorable, y que los arqueros tracios, en el secreto de la sala de guardia, habían guisado la carne de los cadáveres. Las defensas interiores de la niñez lo estaban convirtiendo en leyenda. Cebes, que había sobrevivido gracias a su robustez, no le impidió hablar de lo sucedido; los que sufrían eran los que guardaban silencio. Todos los reyes de Macedonia eran herederos de la espada; era bueno saber que las guerras no eran sólo banderas y trompetas. Cuando el hombre y el niño recobraron las fuerzas, reiniciaron sus ejercicios. Roxana era la que más había cambiado exteriormente. Tenía veintiséis años, pero en su tierra esto equivalía a ser una matrona. El espejo se lo había revelado y ella lo aceptaba. Tenía porte de viuda, pero no se veía como la viuda del rey, sino como la madre del siguiente. Pela se había rendido, siguiendo órdenes de Olimpia dictadas por Casandro. Después Olimpia le preguntó si podría regresar a sus aposentos de palacio. Él replicó que por el momento no convenía. Tenía cosas que hacer en Pela. La vieja reina solía sentarse ante una ventana que daba al mar, reflexionando sobre el futuro. Estaba desterrada de Epiro, pero aún le quedaba el muchacho. Tenía sesenta años; le quedaban tal vez diez o más para criarlo y verlo en el trono del padre. Casandro celebró una audiencia en Pela. Los epirotas se aliaron con él; envió un consejero para que asesorara al rey, el joven hijo de Cleopatra. Sepultó a su hermano Nicanor y restauró la tumba profanada de Iolas. Luego preguntó dónde estaban los cuerpos de la pareja real, tan siniestramente asesinada. Lo condujeron a un rincón del cementerio real, donde Filipo y Eurídice habían sido enterrados como campesinos, en una tumba bordeada de ladrillos. Apenas podía reconocérselos corno hombre y mujer, pero los hizo quemar en una pira ceremonial, denunciando la muerte de ambos como un ultraje, e hizo guardar los huesos en cofres preciosos mientras se les construía una tumba monumental. No había olvidado que los reyes de Macedonia eran sepultados por sus sucesores. Había muchas tumbas alrededor de Pela después de la purga de Olimpia. Las guirnaldas marchitas aún colgaban sobre las lápidas, adornadas con el pelo de los deudos. Los familiares aún venían llorando a traer sus ofrendas. Casandro se preocupó por acompañarlos, apiadándose de sus pérdidas, y preguntándose si no era el momento apropiado para hacer justicia. Pronto se anunció que los deudos exigían una asamblea, para acusar a Olimpia de derramar sangre macedonia sin juicio previo. Estaba cenando con las otras mujeres cuando fue anunciado un mensajero. Terminó de comer, bebió una copa de vino y bajó a recibirlo. Era un hombre culto con acento del norte; un extraño, pero había muchos después de su larga ausencia en el oeste. Él le advirtió que se exigiría un juicio. –Estoy aquí, como comprenderás, por mandato de Casandro –dijo luego–. Él te prometió seguridad cuando levantó el sitio. Mañana al alba habrá un barco esperándote en el puerto. –¿Un barco? –Oscurecía, las lámparas del salón aún no se habían encendido. Las sombras le ahuecaron las mejillas y los ojos semejaron pozos oscuros con un destello tenue en las profundidades–. ¿Un barco? ¿Qué quieres decir? –Señora, tú tienes buenos amigos en Atenas. Respaldaste a los demócratas. –Eso había sido parte de su rencilla con Antípatro–. Serás bien recibida. Deja que la asamblea te juzgue en ausencia. Nadie murió de eso todavía. Últimamente, tras el agotamiento del sitio, se había acostumbrado a hablar en voz baja. Pero de pronto elevó la voz con energía. –¿Casandro piensa que huiré de los macedonios? ¿Lo habría hecho mi hijo? –No, señora. Pero Alejandro no tenía motivo. –¡Que ellos me vean! –exclamó Olimpia–. Que me juzguen si quieren. Di a Casandro que me anuncie el día. Allí estaré. –¿Te parece aconsejable? –dijo él, desconcertado–. Te advierto que algunos quieren castigarte. –Veremos qué quieren cuando me hayan oído. –¿Anunciarle el día? –dijo Casandro cuando recibió la noticia–. Está pidiendo demasiado. Conozco los corazones cambiantes de los macedonios. Convoca a la asamblea para mañana y di que ella se negó a venir. Los deudos se presentaron en la asamblea con ropas de luto rasgadas, el pelo nuevamente cortado y cubierto de cenizas. Las viudas llevaban niños huérfanos, los viejos lloraban a los hijos que habían sido su sostén. Cuando se anunció que Olimpia no se presentaría, nadie se levantó para defenderla. Por unanimidad, la asamblea votó la condena a muerte. –Hasta ahora todo marcha bien –dijo luego Casandro–. Tenemos autoridad. Pero una ejecución no es apropiada para una mujer de su rango. Ella podría hablarle al pueblo, una oportunidad que no desperdiciaría. Creo que trazaremos un plan diferente. Las mujeres de Pidna estaban dedicadas a los quehaceres de la mañana. Roxana bordaba un cinturón; Tesalónica se lavaba el pelo. (Se le había dicho, con autorización de Casandro, que estaba en libertad de regresar al palacio, una distinción recibida con espanto y aún no contestada.) Olimpia, sentada ante la ventana, leía la versión de Calístenes de las hazañas de Alejandro. Éste la había hecho copiar para ella por un escriba griego en Bactra, y se la había mandado por la carretera real. La había leído muchas veces pero ese día quería volverla a leer. Sonó un golpe en la puerta. Entró Cebes. –Señora, afuera unos soldados preguntan por ti. No están aquí para nada bueno. He atrancado las puertas. Mientras hablaba, se oyeron golpes, clamores y maldiciones. Roxana entró corriendo, con su costura aún en la mano. Tesalónica, con una toalla anudada en el pelo, dijo solamente: –¿Está él con ellos? El niño entró, preguntando con tono tajante: –¿Qué quieren? Olimpia había dejado el libro, pero lo había vuelto a tomar. –Alejandro –dijo, entregándole el libro al niño que lo recibió con gesto grave y sereno–, guárdame esto. Los ruidos arreciaron. Olimpia se volvió a las mujeres: –Entrad. Id a vuestras habitaciones. Tú también, Cebes. Han venido por mí. Déjamelos a mí. Las mujeres se retiraron. Cebes titubeó, pero el niño le había tomado la mano. Si debía morir, lo haría por el rey. Hizo una reverencia y se lo llevó. La puerta caía hecha astillas. Olimpia fue hasta el baúl de ropa, se quitó la bata casera que tenía puesta y se puso la túnica carmesí con la que había dado audiencias. El cinturón era de tela de oro de la India, con lentejuelas y rubíes. Tomó un collar de perlas que Alejandro le había enviado de Taxila, se lo abrochó y, caminando sin prisa hasta la escalera, esperó allí. Las puertas cedieron. Un grupo de hombres entró en tropel mirando en derredor. Desenvainaron las espadas dispuestos a registrar la casa y buscar escondrijos como hacían durante los saqueos. Cuando avanzaron hacia la escalera, vieron la silueta callada que los observaba, como una imagen en un pedestal. Los cabecillas se pararon en seco. Los que venían detrás, aun los que estaban en la entrada, veían lo que ellos veían. El clamor murió en un silencio ominoso. –Queríais verme –dijo Olimpia–. Aquí estoy. –¿Te has vuelto loco? –dijo Casandro cuando se presentó el jefe de la partida–. ¿Estaba de pie delante de vosotros y no hicisteis nada? ¿Huisteis como perros ahuyentados de una cocina? La vieja bruja debió lanzaros un hechizo. ¿Qué dijo? No había dado con el tono adecuado. El hombre lo tomó a mal. –No dijo nada, Casandro. Los hombres dijeron que actuaba como madre de Alejandro y nadie se atrevió a dar el primer golpe. –Los pagaron para eso –dijo Casandro, furioso. –Aún no, señor. Te has ahorrado el dinero. Permite que me retire. Casandro lo dejó ir. Era un momento crucial, había que evitar conmociones. Ya vería que ese hombre recibiera una misión peligrosa más tarde. Por el momento, debía pensar otro plan. Cuando se le ocurrió, resultó tan simple que le extrañó no haberlo pensado antes. Se acercaba la noche. En Pidna estaban esperando la cena, no tanto por hambre –aún tenían el estómago un poco encogido– sino para romper el tedio del día. Cebes leía a Alejandro el libro de la Odisea donde Circe transforma a los hombres del héroe en cerdos. Las mujeres estaban retocándose el maquillaje, para no perder los buenos modales. El sol colgaba sobre los altos picos del Olimpo, pronto a hundirse tras ellos y sumir la costa en la penumbra. La pequeña muchedumbre se acercó calladamente a lo largo del camino, no con el trepidar de botas militares, sino con el paso murmurante que conviene a la gente enlutada. Tenían el pelo cortado, desgreñado y espolvoreado con ceniza, las ropas rasgadas. Al caer el sol llegaron a la puerta rota, reparada por un carpintero local. Había hecho un trabajo bastante precario. Ante los ojos de los viandantes, que se preguntaban de qué entierro venía esa gente a tales horas, corrieron a la puerta y arrancaron las planchas de madera. Olimpia los oyó. Cuando los asustados criados subieron a avisarle, ya lo había comprendido, como si lo hubiera sabido de antemano. No se cambió el vestido doméstico que llevaba puesto. Miró la caja donde guardaba las Hazañas de Alejandro. Bien, el niño aún tenía el libro. Caminando hacia la escalera, vio las caras sucias de ceniza, como máscaras de una tragedia. No preparó la farsa de enfrentar esos ojos implacables. Bajó. No la atacaron de inmediato. Cada cual quería decir lo suyo. –Mataste a mi hijo, que nunca dañó a nadie. –Tu gente degolló a mi hermano, un buen hombre que había peleado con tu hijo en Asia. –Colgaste a mi esposo de una cruz y sus hijos lo vieron. –Tus hombres mataron a mi padre y además violaron a mis hermanas. Las voces se alzaron, las palabras se diluyeron, convertidas en un farfulleo de rabia. Parecían dispuestos a despedazarla allí mismo. Ella se volvió hacia los ancianos, más serenos a pesar de su resolución. –¿Por qué no tratáis de que esto se haga decentemente? Aunque no sentían piedad por ella se sintieron tocados en su orgullo. Uno de ellos alzó el cayado pidiendo silencio e impuso la calma. En el piso de arriba las criadas escuchaban, Tesalónica gemía, Roxana sollozaba. Ella oía todo como el bullicio de una ciudad extraña que no le importaba. Sólo quería que el niño no viera. El viejo señaló con el cayado. La condujeron a un terreno desierto junto al mar, demasiado pobre para los cultivos, donde plantas glaucas crecían en el suelo pedregoso y desechos a la deriva festoneaban el agua. Las piedras que lo cubrían estaban alisadas por la acción del mar, encrespado durante las tormentas de invierno. La gente se alejó de ella y formó un circulo alrededor como los niños cuando juegan. Miraron al viejo que se había adelantado para hablar. –Olimpia, hija de Neoptolemo. Por matar macedonios sin juicio, contrariamente a la justicia y la ley, te condenamos a muerte. Sola en el círculo, Olimpia irguió la cabeza hasta que las primeras piedras la golpearon. La fuerza de los golpes la hizo trastabillar. Se arrodilló para no caer en forma humillante. Así descubrió la cabeza, y pronto la golpeó una piedra grande. Se encontró tendida, de cara al suelo. El cielo. Una nube muy bella recibía la luz del sol poniente, que ya se ocultaba tras las montañas. Los ojos le vacilaban, las imágenes se duplicaban; el cuerpo se le partía bajo las piedras, pero era más asombro que dolor; habría muerto antes que el verdadero dolor pudiera empezar. Miró la nube arremolinada y refulgente y pensó: «He traído el fuego del cielo, he vivido con gloria». Un rayo atravesó el horizonte y todo desapareció.
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