317 a.C. El sol de primavera entibiaba las colinas, derritiendo las nieves. Primero llenaba, luego evaporaba los arroyos. Los caminos lodosos y escarchados volvían a consolidarse. La tierra se abrió a la guerra. Casandro, con la flota y el ejército que le había dado Antígono, cruzó el Egeo y desembarcó en El Pireo, el puerto de Atenas. Antes que su padre muriera, había enviado a uno de sus hombres para que se hiciera cargo de la guarnición macedonia del fuerte. Mientras los atenienses discutían aún el decreto real y el ofrecimiento de sus antiguas libertades, descubrieron que la guarnición había ocupado el puerto y Casandro había entrado sin resistencia. Poliperconte, al recibir esta noticia, envió tropas de avanzada al mando de su hijo Alejandro. La campaña se detuvo; él mismo se preparó para partir. Cuando empezó la movilización, fue al palacio a ver al rey Filipo. Eurídice lo recibió con las ofrendas de hospitalidad formal; estaba resuelta a que su presencia se reconociera. Poliperconte, con la misma formalidad, preguntó por la salud de ambos, escuchó a Filipo contándole la riña de gallos adonde Conon lo había llevado, y luego dijo: –Señor, he venido a decirte que pronto marcharemos juntos al sur. Hay que acabar con el traidor Casandro. Partiremos en siete días. Por favor di a tu gente que se prepare. Yo hablaré con tu esclavo acerca de tus caballos. Filipo asintió alegremente. Había estado en campaña casi la mitad de su vida y le parecía muy natural. No entendía de qué se trataba la guerra, pero Alejandro rara vez se lo había dicho. –Montaré a Cascos Blancos –dijo–. Eurídice, ¿en qué caballo irás? Poliperconte se aclaró la garganta. –Señor, ésta es una campaña. Eurídice se quedará en Pela, desde luego. –¿Pero puedo llevar a Conon? –dijo Filipo ansioso. –Desde luego, señor. –Poliperconte no miró a Eurídice. Hubo una pausa. Esperaba la tormenta. Pero Eurídice no dijo nada. Jamás se le había ocurrido que podían dejarla. Había ansiado escapar del tedio del palacio a la libertad del campamento. Ahora que se enteraba de que había sido relegada a los aposentos de las mujeres se había enfurecido tanto como esperaba Poliperconte. A punto de protestar, recordó el tácito mensaje de Casandro. ¿Cómo podría influir en los acontecimientos si marchaba con el ejército y era observada a cada paso? En cambio aquí, con el guardián lejos en la guerra... Tragó su furia ante el desprecio y guardó silencio, aunque le fastidiaba que para Filipo Conon fuera más necesario que ella. Después de todo lo que había hecho por él... Poliperconte se trasladó al otro extremo del palacio. Allí estaban los aposentos adonde se había mudado Filipo padre cuando dejó de compartir la alcoba con Olimpia. Eran suficientemente elegantes para satisfacer a Roxana y su hijo no se quejaba de ellos. Daban a un viejo huerto donde le gustaba jugar ahora que los días eran más cálidos. Los cerezos ya estaban en flor y la hierba olía a violetas ocultas. –Considerando su tierna edad y su necesidad de la madre –dijo Poliperconte–, no expondré al rey a las durezas de la marcha. En cualquier tratado que firme o edicto que decrete, su nombre aparecerá por supuesto junto al del rey Filipo, como si también estuviera presente. –¿De modo que Filipo irá contigo? –dijo Roxana. –Sí. Es un hombre, y todos esperarán que vaya. –¿Entonces su esposa irá con él para cuidarlo? –dijo ella con voz más cortante. –No, señora. La guerra no es cosa de mujeres. Ella abrió desmesuradamente los ojos negros. –Entonces –exclamó–, ¿quién nos protegerá a mi hijo y a mí? ¿Qué querría decir esa mujer imbécil? Él frunció las cejas irritado y respondió que Macedonia quedaría bien protegida. –¿Macedonia? ¿Aquí, en esta casa, quién nos protegerá de esa loba? Sólo esperará a que te vayas para asesinarnos. –Señora –dijo él, irritado–, ahora no estamos en los desiertos de Asia. La reina Eurídice es macedonia y obedecerá la ley. No se atrevería a tocar al hijo de Alejandro. El pueblo exigiría su sangre. Se marchó, pensando que la guerra parecía una fiesta comparada con las rencillas de las mujeres. Ese pensamiento lo distrajo de sus preocupaciones. Desde el nuevo decreto, casi todas las ciudades griegas estaban en guerra civil o al borde de ella. La inminente campaña prometía toda clase de confusión e incertidumbre. La idea de Roxana de que él debía complicarse aún más la vida llevándose a esa muchacha testaruda era para hacer reír a cualquiera. Una semana más tarde el ejército se puso en marcha. Desde el balcón de la gran alcoba, Eurídice observaba cómo las tropas se agrupaban en la plaza de armas donde Filipo y Alejandro habían adiestrado a sus hombres y vio la larga columna desplazándose lentamente por la orilla de la laguna, dirigiéndose al camino costero del sur. Mientras la caravana de carretas empezaba a seguir a los soldados, miró los horizontes de la tierra que aún se proponía gobernar. En las colinas cercanas estaba la casa de su padre, donde Cinane le había enseñado a guerrear. La conservaría como refugio de caza, como su finca privada, cuando fuera reina. Miró distraída el grandioso frente del palacio con su tímpano pintado y sus columnas de mármol de color. En la ancha escalinata el pedagogo Cebes bajó con el niño Alejandro, arrastrando un caballito de madera por la brida escarlata. El hijo de la mujer bárbara, que no debía reinar. ¿Cómo encararía Casandro ese asunto? Frunció el ceño. Detrás de sus cortinas Roxana se hartó de mirar carretas, un espectáculo demasiado familiar. Miró hacia otro lado. Allá en un balcón, mostrándose descaradamente al mundo como una ramera en busca de trabajo, estaba la varonil esposa de Filipo. ¿Qué miraba con tanta atención? Roxana oyó el parloteo de su hijito. ¡Sí, lo miraba a él! Roxana se apresuró a hacer una señal contra el mal de ojo y corrió a su arcón. ¿Dónde estaba el amuleto de plata que le había dado su madre contra la malicia de las rivales del harén? El niño debía usarlo. Con el amuleto había una carta con el sello real de Epiro. Roxana la releyó y supo lo que debía hacer. Cebes resultó fácil de persuadir. Los tiempos eran dudosos y el futuro de Cebes también. No le costaba creer que el hijo de Alejandro corriera otro peligro además de la mala crianza de la madre. Se había ablandado ante Roxana; tal vez ella también necesitara protección. Habían pasado once años desde que su belleza hiriera a Alejandro como una flecha fulmínea, pero se había cuidado y su leyenda aún resplandecía en sus facciones. El joven pensó que también podía entrar en la leyenda, rescatando a la mujer que Alejandro había amado y a su único hijo. Fue él quien eligió a los portadores de la litera y a los cuatro guardias armados, quien les hizo jurar que callarían, quien compró las mulas, quien encontró un mensajero que se adelantara para anunciar su llegada. Dos días más tarde, poco antes del amanecer, estaban en el camino montañoso que iba a Dodona. La casa real tenía tejado empinado para que resbalaran las nieves invernales. Los tejados de Molosia no permitían azoteas de observación. Olimpia estaba en la ventana de la alcoba del rey a la cual se había trasladado cuando se marchó su hija. Fijaba los ojos en un penacho de humo en la cresta de la colina más cercana. Había apostado vigías en tres elevaciones hacia el este, para que anunciaran la llegada de su nuera y nieto. Mandó buscar al capitán de la guardia de palacio y le ordenó que les saliera al encuentro con una escolta. Olimpia había aceptado su edad. Durante el mes de luto por Alejandro se había lavado la pintura de la cara y se había cubierto el pelo con un velo negro. Cuando terminó el mes y dejó el velo, tenía el pelo blanco. A los sesenta años era más delgada que esbelta. Tenía la piel frágil como pétalos marchitos y los huesos se le destacaban más con la falta de color. Bajo las cejas blancas los ojos grises aún podían palidecer peligrosamente. Había esperado mucho ese día. Cuando sintió el vacío de la pérdida de Alejandro anheló tocar ese último vestigio vivo de él; pero el niño no había nacido, no tenía más remedio que esperar. Con las demoras que provocaron las guerras, su ansiedad se aplacó y volvieron las viejas dudas. La madre era una mujer bárbara, una esposa de campaña, a cuyo hijo Alejandro pensaba ignorar –así se lo había dicho en una carta secreta– si la hija del gran rey hubiera tenido un varón. ¿Quedaría algo de él en esa extraña? Cuando el niño llegó a Macedonia, su rencilla con Antípatro sólo le había dejado dos caminos para volver allí: la sumisión o la guerra. La primera era impensable; de la segunda la había disuadido Eumenes, en quien sabía que podía confiar. Luego Roxana le escribió suplicándole asilo y ella le respondió afirmativamente. Al día siguiente llegó el cortejo; los recios soldados moloseos con sus caballos hirsutos, dos doncellas desaliñadas montando torpes asnos, una litera cubierta arrastrada por mulas. Olimpia fijó los ojos en la litera y al principio no vio al joven que llevaba a un niño de seis años sobre el caballo. El joven lo bajó y le habló en voz baja, señalándole algo. Resueltamente, con paso de niño crecido, él subió la escalinata, saludó militarmente y dijo: –Larga vida, abuela. Yo soy Alejandro. Ella lo tomó entre sus manos mientras los presentes hacían gestos de respeto y le besó la frente sucia por el viaje. Lo miró de nuevo. Cebes había alcanzado su meta. El hijo de Alejandro ya no era el niño consentido del harén. Olimpia vio a un bello niño persa de huesos delgados y ojos oscuros. Llevaba el pelo cortado como Alejandro, pero era lacio, espeso y renegrido. Tenía cejas oscuras y pestañas pobladas y pardoazuladas; y aunque nada en él era macedonio, se veía a Alejandro en su mirada franca y penetrante. Era demasiado y tardó unos instantes en sobreponerse. Luego le tomó la mano pálida y delgada. –Bienvenido, niño. Vamos, tráeme a tu madre. Las carreteras de Pela a Grecia habían sido apisonadas desde tiempos de Filipo para que los ejércitos avanzaran rápidamente. Las del oeste eran escabrosas. Por lo tanto, pese a la diferencia en distancia, Poliperconte, en el Peloponeso, y Olimpia, en Dodona, recibieron casi al mismo tiempo la noticia de que Eurídice había asumido la regencia. Más aún, Poliperconte recibió una orden firmada por ella indicándole que entregara a Casandro las fuerzas macedonias del sur. Atónito por un instante, el viejo soldado conservó la compostura, ofreció vino al emisario sin revelar el mensaje y pidió noticias. Parecía que la reina había reunido a la asamblea y había hablado ante ella demostrando mucha energía. La mujer bárbara, dijo, acababa de huir con su hijo, temiendo la ira de los macedonios; haría bien en no regresar. Todos los que habían conocido a Alejandro podían atestiguar que el niño no se le parecía. Había muerto antes del nacimiento, no había reconocido al bebé; no había pruebas de que él fuera el padre. Mientras que ella era de sangre real macedonia por ambas partes. Por un tiempo la asamblea había dudado. Pero Nicanor, el hermano de Casandro, la había respaldado y todo el clan le había dado su acuerdo. Así había ganado los votos. Estaba concediendo audiencias, recibiendo a emisarios y solicitantes, y gobernando como reina en todo sentido. Poliperconte le dio las gracias, lo recompensó y lo despidió, maldijo para desquitarse y se sentó a pensar. Decidió rápidamente cómo actuaría, y qué haría con Filipo. Se había forjado esperanzas con respecto a él, si podía alejarlo de la influencia de la esposa; pero pronto había desistido. Al principio, le pareció tan dócil que creyó poder presentarlo en un trono suntuoso ante una delegación de Atenas. En medio de un discurso se había reído de un tropo retórico que, como un niño, había tomado literalmente. Más tarde, cuando Poliperconte reprendió al orador, el rey empuñó su lanza ceremonial; si Poliperconte no hubiera forcejeado con él frente a todos, el hombre habría muerto traspasado. «Dijiste que él mentía», había protestado Filipo. La delegación había sido despedida con demasiada premura, causando un desastre político y la pérdida de algunas vidas. Ya estaba claro que Filipo sólo serviría para reservarle el trono al hijo de Alejandro, que ojalá creciera pronto. En cuanto a Eurídice, su reclamo era pura usurpación. Conon se presentó cuando lo hizo llamar y saludó con frialdad. Había irritado a Poliperconte después del incidente de la lanza y de varios otros, repitiéndole que él se lo había advertido. Ahora se libraría de ambos. –He resuelto –dijo– enviar al rey de vuelta a Macedonia. –Bien, señor. –El general notó que esa cara inexpresiva ocultaba el conocimiento de que la campaña había ido mal, de que había tenido que levantar el sitio de Megalópolis, de que Casandro aún tenía El Pireo y tal vez consiguiera Atenas, en cuyo caso las ciudades griegas se le unirían. Pero eso era irrelevante. –Te daré una escolta. Di a la reina que envío al rey de acuerdo con sus deseos. Es todo. –Bien, señor. Conon se marchó, aliviado. El se lo hubiera dicho a todos de antemano, si le hubieran preguntado. Ahora, pensaba, tendrían ocasión de vivir en paz. Eurídice estaba sentada en el estudio real, ante una mesa maciza con piedras incrustadas y patas de bronce dorado. El rey Arquelao, un siglo atrás, había diseñado este espléndido aposento cuando construyó el palacio para pasmar a los extranjeros con su magnificencia. Desde allí, cuando estaban en la patria, Filipo II había gobernado Macedonia y sus crecientes conquistas; Alejandro había gobernado toda Grecia. Desde que Alejandro había partido para gobernar el mundo desde una tienda de campaña, ningún rey se había sentado a la mesa bajo el mural de Apolo y las Musas pintado por Zeuxis. Antípatro, rígidamente correcto, había gobernado desde su propia casa. Ella había encontrado todo barrido, lustrado, escrupulosamente limpio... y vacío. Hacía diecisiete años que el lugar esperaba un ocupante. Desde que ella naciera. Ahora le pertenecía. Cuando llamó a la asamblea para reclamar la regencia, no le había revelado a Nicanor sus propósitos. Intuyó que él lo consideraría precipitado, pero sin duda la respaldaría para no perjudicar la causa del hermano. Ella le agradeció su apoyo, pero se negó a escuchar sus consejos. Se proponía gobernar sola. Mientras aguardaba noticias del sur, dedicó el tiempo a lo que más le gustaba: adiestrar al ejército. Cuando cabalgaba a lo largo de las filas o recibía el saludo de la falange sentía que al fin estaba cumpliendo con su verdadero destino. Había visto muchos ejercicios militares y hablado con muchos soldados; conocía todos los procedimientos. Ellos se divertían con ella. A fin de cuentas, pensaban, eran sólo una tropa de guarnición; si había acción los generales desde luego recobrarían el mando. Dando esto por sentado, actuaban para ella con indulgencia. La fama de Eurídice se estaba difundiendo: la reina guerrera de Macedonia. Un día acuñaría su propia moneda. Estaba harta de ver la ansiosa cara narigona de Alejandro con la piel de león. Que Heracles fuera reemplazado por Atenea, señora de las ciudadelas. Todos los días esperaba la noticia de que Poliperconte había entregado el mando a Casandro, tal como le había ordenado. Hasta entonces no había recibido noticias de ninguno de los dos. En cambio, sin ser anunciado, Filipo regresó a Pela. No traía despachos ni sabía adónde se dirigía su tutor. Estaba encantado de su regreso y no se cansaba de contar sus aventuras durante la campaña, aunque todo lo que sabía del derrumbe de Megalópolis era que la gente mala del fuerte había plantado lanzas para lastimar las patas de los elefantes. Si ella hubiera tenido paciencia para escuchar sus divagaciones habría aprendido algo valioso. Él había estado presente, por una cuestión de formalidad, en varios consejos de los cuales Conon quedó excluido. Pero ella estaba ocupada y le respondía sin mayor interés. Rara vez le preguntaba dónde había estado; Conon lo llevaba de aquí para allá y lo entretenía. Eurídice había dejado de dar órdenes en nombre de Filipo y usaba solamente el suyo. Hasta poco antes, todo había ido perfectamente. Ella comprendía las rencillas de Macedonia, casi todas presentadas personalmente por los litigantes. Pero de golpe un aluvión de problemas empezó a llegar del sur, incluso del Asia. Ella no había pensado que todos estos problemas habían estado en manos de Poliperconte, que los encaraba en nombre de Filipo. Pero Filipo estaba allí y Poliperconte, por buenas razones, ya no estaba cerca. Ella examinaba consternada peticiones de ciudades y provincias que jamás había oído nombrar, que pedían un juicio sobre reclamos territoriales; informes sobre funcionarios deshonestos, distantes; cartas largas e intrincadas de sacerdotes de templos fundados por Alejandro, que buscaban consejo sobre los rituales; informes de sátrapas del Asia sobre las amenazas de Antígono; apasionadas protestas de partidarios de los macedonios que vivían en ciudades griegas, exiliados o desposeídos a causa del nuevo decreto. A menudo le costaba leer el texto plagado de contracciones. Al examinar con impotente estupor esas pilas de documentos, pensaba involuntariamente que eso era una fracción de lo que Alejandro había manejado en un campamento militar, en los intervalos de su conquista de un imperio. El secretario principal, que conocía todos sus asuntos, se había ido al sur con Poliperconte, dejando en Pela un subordinado. Tendría que llamar a ese subalterno y tratar de ocultar su ignorancia. Agitó la campanilla de plata con la cual, mucho tiempo atrás, su abuelo había llamado a Eumenes. Esperó. ¿Dónde estaba ese hombre? Llamó de nuevo. Voces urgentes y murmurantes sonaron detrás de la puerta. Entró el secretario demudado, sin disculparse por la demora, sin preguntarle qué deseaba. Ella le vio el miedo en la cara, y el rencor de un hombre asustado por quien sabe que no puede hacer nada. –Señora, hay un ejército en la frontera oeste. Ella se irguió con ojos desorbitados. Las guerras de frontera eran antiguamente el campo donde se ejercitaban los reyes macedonios. Ya se veía a sí misma en armas, guiando la caballería. –¿Los ilirios? ¿Dónde han cruzado? –No, señora. Del sudoeste. De Epiro. ¿No quieres recibir al mensajero? Él dice que los guía Poliperconte. Se enderezó en la silla y el orgullo se sobrepuso al miedo. –Sí, lo recibiré. Hazlo entrar. Era un soldado ansioso y polvoriento de una guarnición de las colinas Oréstidas. Suplicó perdón. El caballo se había roto una pata y había tenido que montar una mula, una bestia inútil, todo lo que pudo conseguir. Así había perdido un día. Sorprendido de verla tan joven, le dio el despacho de su comandante. Poliperconte estaba en la frontera, anunciando mediante heraldos que había venido para restaurar en el trono al hijo de Alejandro. Estaba en la región de su clan y sus allegados. Muchos de ellos se le habían unido. En el fuerte, lamentablemente, había habido algunas deserciones y la plaza estaba muy desprotegida. Eurídice leyó entre líneas la intención de rendirse. Envió al hombre afuera y se quedó pensando. En el extremo del salón había una estatua de bronce, un Hermes, sosteniendo una lira. Se erguía sobre un pedestal de mármol verde, clásica figura del ático equilibrado; su gravedad resultaba severa para ojos acostumbrados a las exquisiteces modernas. La sutil melancolía del rostro la había incitado a preguntar a un viejo camarero de palacio quién era el joven. Un atleta, dijo el hombre, esculpido por Políclito el ateniense; había oído que fue durante el gran sitio en que los espartanos ganaron la guerra, y Atenas fue arrasada. Sin duda los agentes del rey Arquelao lo habían comprado por poco dinero después; entonces se conseguía por muy poco. El rostro de bronce la miró con ojos de lapislázuli oscuro incrustados en cristal blanco, entre pestañas de bronce. Parecían decir: «Escucho. Oigo los pasos del destino». Se puso de pie, enfrentándolo. –Tú perdiste. Pero yo ganaré. –Inmediatamente daría órdenes de reunir al ejército y prepararse para la marcha. Pero primero debía escribir a Casandro para pedirle ayuda. El viaje al sur era rápido. La carta llegó en tres días. Casandro acampaba ante una fortaleza de Arcadia que ofrecía tenaz resistencia. Una vez que la tomara, se proponía reducir a los espartanos, vestigios de un pasado agotado. Habían llegado al extremo de amurallar la ciudad, esa orgullosa ciudad abierta cuya única protección habían sido los escudos de los guerreros. Estaban acobardados y pronto los tendría en sus manos. Atenas había aceptado condiciones y le había permitido que designara un gobernador. El oficial que le había entregado El Pireo esperaba ese puesto, pero parecía demasiado ambicioso y Casandro lo había hecho asesinar en un oscuro callejón. El nuevo gobernador era un servidor inofensivo y obediente. Pronto, pensó Casandro, debía visitar el Liceo. Allí había mucho que hacer. La decisión de Eurídice de designarlo comandante supremo, aunque un tanto precipitada, había ayudado a consolidar la fidelidad de muchos griegos vacilantes. Incluso algunos que habían asesinado a sus oligarcas para restaurar la democracia estaban recapacitando. Pronto habría terminado con el sur; la guerra sólo le interesaba como un instrumento político. No era un cobarde, sabía hacerse obedecer, era un estratega competente y eso era todo. En lo profundo de su ser, desde su juventud, sentía una amarga envidia por la magia de Alejandro. Nadie enronquecería vitoreando a Casandro, nadie se enorgullecería de morir por él; sus hombres harían aquello que se les pagaba por hacer. ¡Ese gran trágico vanidoso!, pensó, veamos qué piensa de él la nueva era. La noticia de que Poliperconte estaba retirando sus fuerzas y dirigiéndose al norte no lo sorprendió demasiado. Era un viejo cansado, un perdedor; que se fuera a casa con la cola entre las piernas y se acurrucara en su perrera. El despacho de Eurídice sí lo sorprendió. Muchacha estúpida, irreflexiva. No era el momento adecuado para desplazar al hijo de Alejandro. Su propósito era –una vez que se hubiera desembarazado de Filipo– gobernar primero como regente del muchacho. Habría tiempo suficiente hasta que él creciera. Ahora, en vez de ganar tiempo, como habría hecho cualquiera con dotes de estadista, ella había sumido al país en una guerra de sucesión. ¿No sabía nada de historia? Cualquiera de su familia hubiera tenido mejor memoria. Casandro se decidió. Había hecho una mala adquisición y debía quitársela de encima pronto, como se deshace uno de un mal caballo. Después todo sería más simple. Se sentó a escribir una carta para su hermano Nicanor. Con banderas y estandartes al viento, al son de las roncas flautas y los graves aulos, el ejército real de Macedonia marchó entre las colonias del oeste hacia Epiro. Había llegado el verano. El tomillo y la salvia pisoteados emanaban su aroma, los helechos llegaban a la cintura de las tropas, los zarzales teñían los pantanos de púrpura. Los yelmos bruñidos, los penachos de pelo de caballo, los pendones brillantes de las sarisas, relucían y brillaban en largas ondulaciones de color, serpeando por los pasos. Los pastores de los peñascos advertían que llegaban los soldados y pedían a sus hermanos que los ayudaran a guardar los rebaños. Eurídice cabalgaba al frente de la caballería con su armadura resplandeciente. El aire punzante de las montañas la exaltaba; los anchos paisajes que veía desde las alturas se extendían como mundos por conquistar. Siempre había sabido que ésta era su naturaleza y su destino, cabalgar hacia la victoria como un rey, su tierra detrás y sus jinetes a los costados. Tenía sus Compañeros como correspondía a una reina de Macedonia. Antes de marchar había declarado que cuando se ganara la guerra las tierras de los traidores del oeste serían la recompensa de sus seguidores leales. A poca distancia, encabezado por Nicanor, cabalgaba el clan de los Antipátridas, una fuerza alentadora por su solidez. Casandro no había aparecido, ni le había escrito. Era obvio, como decía Nicanor, que alguna desgracia le había ocurrido al mensajero. Sería conveniente escribirle de nuevo. Así lo hizo. Además, las tropas del Peloponeso estaban en constante movimiento y podían causar demoras. De todos modos, dijo Nicanor, él estaba actuando como lo habría deseado Casandro. Filipo cabalgaba cerca de ella en su enorme caballo, también él vestido para la guerra. Aún era el rey y las tropas querían verlo. Pronto, cuando se acercaran al enemigo, tendrían que dejarlo en un campamento seguro. Estaba tranquilo y alegre, viajando con un ejército; casi no recordaba otra vida más que ésa. Conon lo acompañaba como siempre, a poca distancia. Filipo habría querido tenerlo al lado, para comentarle los paisajes que veían, pero Conon, como de costumbre, había dicho que no quedaría bien ante los soldados. Vagamente, después de tantos años, Filipo aún extrañaba los días de exotismo y maravillas cambiantes, cuando su vida seguía el ritmo de los viajes de Alejandro. Conon estaba sumido en sus pensamientos. Él también hubiera querido estar con Alejandro por razones más apremiantes. Desde que su joven amo Arrideo se había convertido en el rey Filipo, sabía que llegaría ese momento, lo había presentido. «Bien – pensó–, un viejo proverbio rezaba que uno no debía arrepentirse al final. Tenía casi sesenta años y pocos hombres vivían más tiempo.» Un jinete apareció fugazmente en la cresta de un risco. «Un explorador», pensó. ¿La muchacha lo había visto? Miró a Filipo, que sonreía disfrutando de alguna agradable fantasía. Ella debía de haber sido más considerada con él. Suponiendo... Eurídice lo había visto. Ella también había mandado exploradores. No habían vuelto; envió dos más. El ejército siguió adelante, brillante, bruñido, al son de las flautas. Pronto, cuando llegaran al próximo risco, ella misma treparía para escudriñar el terreno. Sabía que ése era el deber de un general. Si el enemigo estaba a la vista ella estudiaría sus disposiciones, luego celebraría un consejo de guerra y dispondría sus tropas. Derdas, su lugarteniente –recién promovido, pues muchos oficiales veteranos habían marchado con Poliperconte–, se le acercó, joven y desmañado, henchido de responsabilidad. –Eurídice, los exploradores deberían haber regresado. Tal vez los hayan capturado. ¿No deberíamos buscar un terreno alto? Quizá lo necesitemos. –Sí. –Había parecido que la gallarda marcha en la mañana fresca iba a durar hasta que ella optara por concluirla–. Nos adelantaremos con la caballería, y esperaremos a que la infantería nos alcance. Fórmalos, Derdas; tú toma el ala izquierda, yo, desde luego, tomaré la derecha. Estaba impartiendo más órdenes cuando un carraspeo perentorio sonó a su costado. Se volvió, sorprendida e irritada. –Señora –dijo Conon–, ¿y el rey? Ella chasqueó la lengua con impaciencia. Hubiera sido mejor dejarlo en Pela. –Oh, llévalo de vuelta a la carreta. Haz instalar una tienda allí. –¿Habrá batalla? –Filipo se había acercado, interesado y ansioso. –Sí –dijo ella en voz baja, dominando su irritación ante los presentes–. Ahora ve al campamento, y espera a que regresemos. –¿Debo hacerlo, Eurídice? –Una urgencia repentina alteró la cara plácida de Filipo–. Nunca he estado en batalla. Alejandro nunca me dejó. Ninguno de ellos me dejó. Por favor, déjame luchar en ésta. Mira, aquí tengo mi espada. –No, Filipo, hoy no. –Ella le hizo una seña a Conon, pero él no se movió. Había estado mirando la cara de su amo. Ahora miraba la de ella. Hubo un breve silencio. –Señora –dijo él–, si el rey lo desea, tal vez sea lo mejor. Ella le miró los ojos doloridos y calmos. Comprendiendo, contuvo el aliento. –¿Cómo te atreves? Si hubiera tiempo te haría azotar por insolencia. Te veré más tarde. Ahora obedece. Filipo agachó la cabeza. Notó que se había portado mal y todos estaban enfadados. No le pegarían, pero él recordaba viejas tundas. –Lo lamento –dijo–. Ojalá ganes la batalla. Alejandro siempre ganaba. Adiós. –Ella no se volvió para mirarlo. Su caballo favorito estaba preparado, resoplando y corcoveando, lleno de bríos. Ella acarició el pescuezo fuerte, aferró la tosca crin y montó empuñando la lanza. El heraldo estaba cerca, la trompeta lista, esperando una indicación para ordenar el avance. –¡Espera! –dijo ella–. Primero hablaré con los hombres. El heraldo tocó atención. Uno de los oficiales que había estado observando el risco empezó a hablar, pero la trompeta ahogó su voz. –¡Hombres de Macedonia! –La voz clara era conmovedora como lo había sido en la marcha desde Egipto, en Triparadisos, en la asamblea donde la habían designado regente. Se acercaba la batalla; debían ser dignos de su fama.–Si fuisteis valientes peleando contra enemigos extranjeros, cuánto más gloriosamente pelearéis ahora, defendiendo vuestra tierra, vuestras esposas, vuestro... Algo andaba mal. No se mostraban hostiles, pero no le prestaban atención. Miraban más allá, hablando entre sí. De golpe el joven Derdas, con voz apremiante, empuñó la brida del caballo de Eurídice y la obligó a volverse, gritando: – ¡Mira! A lo largo de la cresta del risco, había brotado un bosquecillo denso y oscuro. Estaba erizado de lanzas. Los ejércitos se enfrentaron en el valle. En el fondo había un arroyo, bajo en verano, pero con un ancho lecho de guijarros y pedrejones desnudados por los torrentes de invierno. Los jinetes de ambos lados lo miraron con disgusto. La elevación que el ejército epirota dominaba en el oeste era más alta que la posición macedonia. Pero, sin embargo, si todos sus integrantes estaban a la vista eran superados tres a dos en infantería, aunque los epirotas fueran un poco más numerosos en caballería. Eurídice, de pie en un peñasco para escrutar el campo, se lo hizo ver a Derdas. Los flancos del enemigo estaban en un suelo escarpado y boscoso que podía favorecer a la infantería. –Sí –dijo él–, si dejan llegar allí a nuestra infantería. Poliperconte no será... – estuvo a punto de nombrar a Alejandro–, pero no es tonto. El viejo era claramente visible en la elevación opuesta, conferenciando con un grupo de jinetes. Los hombres de Eurídice lo señalaban, no porque lo consideraran una gran amenaza en sí mismo, sino porque caían en la cuenta de que tendrían que pelear contra viejos camaradas. Nicanor había dejado su contingente para unirse al consejo de guerra. –¿Aún no hemos recibido señales? –le preguntó Eurídice. Él meneó la cabeza. Habían apostado al vigía en un pico detrás de ellos, desde donde dominaba el paso del sur. –Sin duda Casandro estaría aquí, si algo no se lo hubiera impedido. Tal vez lo atacaron sobre la marcha. Tú sabes cuánta confusión reina en los estados griegos, gracias a Poliperconte. Derdas no hizo comentarios. No le gustaba cómo Nicanor había dispuesto a sus hombres, pero ése no era el momento de decirlo. Eurídice se irguió en la roca alta y chata, cubriéndose los ojos para mirar al enemigo. Con su yelmo reluciente y su coraza tachonada de oro, su falda escarlata sobre las grebas brillantes, tenía un aspecto gallardo. Derdas pensó que parecía el actor de una obra caracterizado para representar al joven Aquiles en Áulide. Fue ella, sin embargo, quien vio primero al heraldo. Salió del grupo que rodeaba a Poliperconte y cabalgó hacia ellos, sin armas, sin yelmo, con una banda de lienzo blanco en la cabeza canosa, empuñando una caña blanca con olivo; un hombre con presencia. Desmontó en el cauce del arroyo, para permitir que el caballo se abriera paso entre los guijarros. Después de cruzar, avanzó unos metros y esperó. Eurídice y Derdas le salieron al encuentro. Ella se volvió para pedir a Nicanor que los acompañara, pero había desaparecido. El heraldo tenía voz además de presencia, y en la curva del declive las palabras retumbaban como en un teatro. –A Filipo hijo de Filipo, a Eurídice su esposa, y a todos los macedonios. –Se sentó con elegancia en el caballo fuerte y robusto, un mensajero de los dioses, protegido por la tradición inmemorial–. En nombre de Poliperconte, custodio de ambos reyes. –Hizo una pausa, para suscitar atención–. Además –añadió lentamente–, en nombre de la reina Olimpia, hija del rey Neoptolemo de Molosia, esposa de Filipo, rey de los macedonios, y madre de Alejandro. En el silencio, se oyó el ladrido de un perro en una aldea distante. –Me han encomendado decir esto a los macedonios. Filipo os encontró presionados por enemigos y desgarrados por guerras civiles. Os dio la paz, reconcilió vuestras facciones, y os hizo amos de toda Grecia. Y mediante la reina Olimpia fue padre de Alejandro, quien hizo a los macedonios amos del mundo. Ella os pregunta: ¿habéis olvidado todos esos beneficios, que combatiréis contra el único hijo de Alejandro? ¿Levantaréis las armas contra la madre de Alejandro? Había dirigido esas palabras no a Eurídice y a sus oficiales, sino a las filas silenciosas. Cuando concluyó, hizo volver su montura, y señaló. Otro jinete bajaba desde el grupo de arriba. En un caballo negro, con túnica y velo negros, Olimpia avanzó lentamente hacia el arroyo. Cabalgaba de costado, con una falda amplia que le llegaba a las botas carmesíes. La brida del caballo relucía con rosetas de oro y plaquetas de plata, despojos de Susa y Persépolis. No usaba adornos. Poco antes de llegar al arroyo, donde todos podían verla y donde Eurídice tenía que mirarla desde abajo, frenó el caballo y se quitó el velo negro del pelo blanco. No dijo nada. Los ojos hundidos y blancos escudriñaron las filas murmurantes. Eurídice sintió esa mirada distante que se detenía sobre ella. Una brisa ligera hacía flamear el velo negro, agitaba la crin del caballo y arremolinaba el pelo níveo. La cara parecía de piedra. Eurídice sintió un escalofrío. Era como ser mirada por Atropos, la tercera Parca, que corta los hilos. El heraldo, que había sido olvidado, elevó bruscamente la voz. –¡Macedonios! Delante de vosotros está la madre de Alejandro. ¿Pelearéis contra ella? Hubo una pausa, como la pausa de la ola que retrocede antes de romperse. Luego distintos ruidos vibraron en el aire. Al principio fue un ligero golpe de madera sobre metal. Luego un estruendo creciente, un fragor; después, reverberando en las laderas, un redoble ensordecedor, el golpe de miles de lanzas contra los escudos. –¡No! –rugió al unísono el ejército real. Eurídice lo había oído antes, aunque nunca tan estentóreamente. Ese rugido la había saludado cuando la designaron regente. Durante varios segundos pensó que estaban desafiando al enemigo, que los gritos eran para ella. Más allá del arroyo, Olimpia alzó el brazo en un majestuoso ademán de agradecimiento. Luego, con un tirón, volvió el caballo. Avanzó cuesta arriba como una conductora de guerreros que no necesita mirar atrás para saber que la seguirán. Mientras subía triunfalmente, toda la perspectiva del declive opuesto se fragmentó. El ejército real en su formación cerrada, la falange, la caballería, la infantería ligera, dejó de ser un ejército, como una calle de aldea desgarrada por un terremoto deja de ser una calle. Era sólo una masa de hombres entre caballos impacientes; se gritaban unos a otros, buscando a grupos de amigos o compañeros de clan; se unieron en un movimiento caótico, deslizándose como guijarros hacia el agua ante un desprendimiento de tierra. Eurídice quedó estupefacta. Cuando empezó a gritar órdenes para exhortarlos, apenas la oyeron. Los hombres pasaban de largo sin reparar en ella, y los que la veían eludían sus ojos. Su caballo se inquietó y corcoveó. Tuvo miedo de ser derribada y pisoteada. Un oficial se abrió paso hasta ella, sostuvo el caballo y lo tranquilizó. Lo conocía. Era uno de sus partidarios en los primeros días de Egipto, un hombre de unos treinta años, de pelo claro, con la tez todavía amarilla por una fiebre hindú. La miró preocupado. Al fin encontraba un hombre cabal. –¿Podemos reagruparlos? –exclamó–. ¿Puedes encontrarme un trompeta? ¡Hay que llamarlos! Él pasó la mano por el pescuezo sudoroso del caballo. Lentamente, como un hombre que le explica a un niño algo sencillo, dijo: –Pero señora, es la madre de Alejandro. –¡Traidor! –Sabía que era injusto, que debía dirigir su furia hacia otro lado. Había visto, al fin, a su verdadero enemigo. No era esa vieja del caballo negro; ella sólo podía ser terrible a causa de él, el fantasma reluciente, la cabeza leonina del dracma de plata, que dirigía su destino desde una carroza de oro. –No hay modo de evitarlo –dijo el hombre, tolerante, pero con poco tiempo que perder–. Tú no comprendes. No lo conociste. Por un momento ella aferró la espada, pero nadie puede matar a un fantasma. La turba estaba empezando a cruzar el arroyo. Se gritaban nombres, mientras los soldados de Poliperconte recibían a los viejos amigos. El oficial vio a un hermano en la multitud y agitó la mano con energía, antes de volverse a ella. –Señora, eras demasiado joven, es todo. Lo intentaste, pero... Aquí nadie te desea ningún mal. Allí tienes un caballo fresco. Dirígete a las colinas antes que ellos crucen. –¡No! –dijo Eurídice–. Nicanor y los Antipátridas están allá a la izquierda. Ven, nos uniremos a ellos, retrocederemos y tomaremos el Paso Negro. Ellos nunca harán las paces con Olimpia. Él le siguió la mirada. –No lo harán. Pero se han ido, ¿no ves? Entonces ella vio que las tropas del helechal se estaban desplazando. Los escudos brillantes habían cambiado de posición, los jefes ya desaparecían detrás del horizonte. Volvió la cabeza. El oficial había buscado al hermano y había desaparecido colina abajo. Desmontando, aferró el caballo, la única criatura viviente que aún le obedecía. Como había dicho el hombre, era joven. La desesperación que sentía no era la huraña resignación de Pérdicas, que pagaba el precio del fracaso. Ambos habían buscado el poder y habían perdido; pero Pérdicas jamás había apostado por amor. Se quedó de pie junto al caballo, sofocada, lagrimeando. –Deprisa, Eurídice. –Un pequeño grupo de allegados se le había acercado. Enjugándose los ojos, vio que no eran desafiantes sino temerosos; todos ellos hombres marcados, viejos aliados de Antípatro que se habían opuesto a las intrigas de Olimpia, habían intrigado contra ella, habían desobedecido su voluntad y lastimado su orgullo y habían contribuido a echarla de Macedonia–. Deprisa. Mira, esos jinetes son moloseos. Se dirigen hacia aquí y querrán capturarte. Deprisa, ven. Galopó con ellos a campo traviesa, cruzó la accidentada carretera y se internó en el brezal, pensando que Nicanor había dicho que actuaba como su hermano querría que actuara, recordando el pelo rojo y los ojos inflexibles de Casandro. Su mensajero no había sufrido ningún percance; él había recibido su petición de auxilio y decidió prescindir de ella. En la cresta de la siguiente colina se detuvieron para dar reposo a los caballos y miraron hacia atrás. –¡Ah! –dijo uno de ellos–. Eso era lo que buscaban, saquear las carretas. Y ahora se dedican a eso. Mejor para nosotros. Miraron de nuevo; hubo un silencio que nadie quiso romper. A la distancia vieron, entre las carretas, una sola tienda rodeada por hombres. Estaban sacando a una figura lejana. Eurídice comprendió que en el momento en que apareció Olimpia y se dispersó el ejército, ella se había olvidado completamente de Filipo. Se dirigieron al este, rumbo a Pela, tratando de disimular su carácter de fugitivos, gozando de la hospitalidad típica de las comarcas griegas, justificando con su prisa la falta de sirvientes. Se adelantaban a las noticias, pretendiendo que se había firmado un tratado sobre la frontera y se dirigían a Pela para convocar la asamblea y confirmar los términos aceptados por el ejército del oeste. Así consiguieron alojamiento varias noches, pero cada mañana al marcharse percibían la duda en los ojos de sus ocasionales huéspedes. Cerca de Pela, Eurídice distinguió la silueta alta de la casa de su padre. Con intolerable nostalgia recordó los años apacibles con Cinane, las aventuras infantiles y los sueños heroicos, antes de entrar en el gran teatro de la historia, de representar una tragedia donde ningún dios bajaba al final para vindicar la justicia de Zeus. Desde la niñez le habían dado el papel, le habían marcado las pautas y le habían mostrado la máscara que debía usar. Pero el poeta había muerto y el público había abucheado la obra. En Mieza pasaron frente a una vieja casa solariega cuyos jardines descuidados perfumaban el aire tibio. Alguien dijo que ésa era la escuela donde Aristóteles había enseñado muchos años atrás. Sí, pensó ella amargamente; y ahora sus alumnos recorrían la tierra disputándose el legado de un compañero que había aspirado al poder buscando otros fines, había apostado al amor y los había superado a todos. No se atrevieron a entrar en Pela. Habían viajado al ritmo que imponían los caballos; un correo con remontas podría haber llegado allá mucho antes que ellos, y no estaban seguros de cómo reaccionaría la guarnición al recibir noticias del ejército del oeste. Uno de ellos, un tal Policles, era hermano del comandante de Anfípolis, una vieja fortaleza cerca de la frontera tracia. Él los ayudaría a escapar por mar. De ahí en adelante debían tratar de que no los vieran. Dejando las armas, usando ropas domésticas provistas por labriegos, cuidaron de sus fatigados caballos, bordeando la maltrecha carretera que había llevado a Darío el Grande hasta Maratón, a Jerjes hasta Salamina, a Filipo hasta el Helesponto y a Alejandro hasta Babilonia. Uno por uno, alegando enfermedad, o simplemente desapareciendo en la noche, los integrantes del pequeño grupo se marcharon. Al tercer día sólo quedaba Policles. Desde lejos vieron la gran fortaleza de Anfípolis, que dominaba la desembocadura del río Estrimón. Allí había una barcaza y tropas. Se volvieron tierra adentro para buscar la caleta más cercana. Pero en la caleta también los esperaban. Cuando la llevaron a Pela, pidió que le desataran los pies, que estaban sujetos bajo la mula que montaba, para permitirle lavarse y peinarse. Le replicaron que la reina Olimpia había ordenado que la trajeran tal como estaba. En la colina baja que dominaba la ciudad había lo que al principio parecían árboles talados, cargados de pájaros. Cuando se acercaron, cuervos y milanos se elevaron de las ramas graznando ferozmente. Era la colina donde los cuerpos de los criminales eran expuestos después de la ejecución, como alimañas en la despensa de un guardabosque. Allí había colgado en un tiempo el asesino de Filipo. Los cadáveres de ahora ya eran irreconocibles –las aves se habían alimentado bien– pero sus nombres estaban pintados en tablas clavadas a sus pies. «Nicanor hijo de Antípatro», decía una tabla. Había más de cien cruces; el hedor llegaba casi a la ciudad. En la sala de audiencias, en el trono donde Eurídice había recibido a litigantes y emisarios, estaba sentada Olimpia. Se había quitado la indumentaria negra y vestía de escarlata, con una diadema de oro en la cabeza. Junto a ella estaba sentada Roxana, con el joven Alejandro en un taburete junto a su rodilla. El niño miró a Eurídice con sus ojos redondos y oscuros. Ella estaba desaliñada y sucia, las piernas y las muñecas engrilladas. Los grillos estaban forjados para sujetar a hombres fuertes. Las muñecas de Eurídice colgaban como un peso muerto. Sólo podía caminar arrastrando un pie por vez y cada paso le lastimaba los tobillos. Para evitar que los grillos la hicieran caer, tenía que caminar con suma prudencia. Pero erguía la cabeza mientras arrastraba los pies hacia el trono. Olimpia le hizo una seña a un guardia, quien le dio a Eurídice un empellón por detrás. Eurídice cayó hacia adelante y se magulló las manos encadenadas. Poniéndose de rodillas, les miró las caras. Algunos se rieron, y el niño con ellos, aunque de pronto se puso serio. Roxana aún sonreía. Olimpia observaba con los párpados caídos, la mirada fija, como el gato esperando que el ratón acorralado se mueva. –¿Ésta es la mujerzuela que se proclama reina de Macedonia? –le preguntó al guardia, quien asintió gravemente–. No te creo. Debes de haberla encontrado en las calles del puerto. Tú, mujerzuela, ¿cómo te llamas? Estoy sola, pensó Eurídice. Nadie me alienta ni desea respaldarme. Todo el coraje que tengo es para mí sola. –Soy Eurídice –dijo–, hija de Amintas, hijo de Pérdicas. Olimpia se volvió a Roxana y le dijo con tono familiar: –El padre un traidor, la madre la bastarda de un bárbaro. Eurídice permaneció de rodillas. Si trataba de levantarse, el peso de las muñecas la tumbaría. –Y sin embargo, tu hijo el rey me eligió para casarme con su hermano. La cara de Olimpia se tensó con un viejo furor; la carne pareció más densa. –Veo que hizo bien. La ramera es una buena pareja del idiota. No los mantendremos separados por más tiempo. –Se volvió hacia los guardias y sonrió por primera vez. Eurídice notó por qué lo hacía tan pocas veces; uno de los dientes frontales estaba negro. Los guardias parecieron pestañear antes de saludar–. Id –dijo Olimpia– , llevadla a la cámara nupcial. Después que ella cayó dos veces tratando de levantarse, los guardias la pusieron de pie. La condujeron a la parte trasera del palacio. Arrastrando los grillos, pasó frente a los establos donde oyó el relincho de los caballos, y a las perreras donde los sabuesos con los que habían cazado ladraron al oír el ruido extraño de sus pasos tambaleantes. Los guardias no la apremiaban ni maltrataban. Caminaban torpemente siguiéndole los pasos; una vez, al tropezar en un surco, uno de ellos la sostuvo para impedirle caer. Pero no la miraban ni hablaban entre sí. Hoy, mañana o ya, pensó ella, ¿qué más da? Sentía la presencia de la muerte en la carne, tan cierta como una enfermedad. Adelante había una choza de piedra con techo de bálago. Hedía. Una letrina, pensó, o tal vez una pocilga. La guiaron hacia allí. Adentro se oían sollozos ahogados. Levantaron la tranca de la puerta de madera rústica. Uno de ellos atisbó la penumbra fétida. –Aquí está tu esposa –dijo. Los sollozos cesaron. Esperaron para ver si ella entraba sin que la forzaran. Ella se agachó en el dintel bajo; el techo no era mucho más alto, y el bálago le raspaba la cabeza. La puerta se cerró a sus espaldas, y pusieron la tranca. –¡Oh, Eurídice! ¡Seré bueno! Prometo que seré bueno. Por favor diles que me saquen. A la luz de la ventana angosta vio a Filipo, engrillado, acurrucado contra la pared. Los blancos de los ojos le centelleaban en la mugre de la cara lagrimeante. La miró implorante y le tendió las manos. Tenía las muñecas despellejadas. Había un taburete de madera y un jergón de paja, como el de un pesebre. En el otro extremo había una zanja de poca profundidad, que apestaba a excrementos y estaba llena de grandes moscas azules. Ella se puso bajo la parte más alta del techo, y él le vio los grillos. Lloró de nuevo, enjugándose la nariz moqueante. El olor de su suciedad repugnaba a Eurídice tanto como la letrina. Involuntariamente retrocedió hacia la otra pared; la cabeza le chocó contra el techo y tuvo que agazaparse en el suelo mugriento. –Por favor, Eurídice, no dejes que me peguen de nuevo. Entonces ella vio por qué él no podía apoyar la espalda contra la pared. Tenía la túnica pegada a la piel con franjas oscuras de sangre coagulada; gritó cuando ella se le acercó. –No me toques, duele. –Las moscas se apiñaban en la purulencia amarilla. –¿Por qué lo hicieron? –dijo ella, conteniendo sus náuseas. Él ahogó un sollozo. –Les pegué cuando mataron a Conon. Ella se sintió muy avergonzada. Se cubrió los ojos con las manos encadenadas. Filipo apoyó el hombro contra la pared y se rascó el costado. Ella ya había sentido el cosquilleo de los insectos alrededor de las piernas. –No debí haber sido rey –dijo él–. Alejandro me lo había dicho. Dijo que si me hacían rey alguien me mataría. ¿Me matarán? –No lo sé. –Después de haberlo traído aquí, no podía negarle una esperanza–. Tal vez nos rescaten. ¿Recuerdas a Casandro? Él no nos ayudó en la guerra, pero ahora Olimpia ha matado a su hermano y a todos sus parientes. Ahora tiene que venir. Si gana, nos dejará salir. –Se sentó en el taburete, apoyando las muñecas en el regazo para aguantar el peso de los grillos, mirando la ventana. Un árbol distante dividía el retazo de cielo. Una gaviota que buscaba sobras de la cocina llegó volando desde la laguna. Filipo, avergonzado, le pidió permiso para usar la zanja. Cuando ella también tuvo que usarla, las moscas echaron a volar y vio sus larvas reptantes. Pasó el tiempo. Por último él se incorporó ávidamente. –La hora de la cena –dijo relamiéndose los labios. No sólo lo había afectado la sordidez: había perdido varias piedras. Alguien se acercaba silbando a la cabaña. Una mano roñosa, con las uñas rotas, apareció en la ventana con dos mendrugos negros empapados de grasa y una jarra de agua. Ella no pudo ver nada de la cara salvo el extremo de una barba tosca y negra. Los silbidos se alejaron. Filipo tomó el pan y lo partió como un perro hambriento. Ella pensó que jamás comería de nuevo; pero sus captores la habían alimentado esa mañana. No era necesario preguntar si él había comido ese día. –Hoy puedes comer mi parte –dijo–. Yo comeré mañana. Él la miró con la cara radiante. –Oh, Eurídice. Me alegra tanto que hayas venido. Luego le contó, divagando, la historia de su cautiverio. Los sufrimientos le habían ofuscado la mente y el relato no tenía coherencia. Ella lo escuchaba sin interés. Lejanos y opacos, como oídos desde un pabellón de enfermos, llegaron los ruidos del atardecer: el arreo del ganado, los caballos que regresaban de los establos, el ladrido de los perros, los labriegos saludándose después del trabajo, el repiqueteo del cambio de guardia. Una carreta se acercó traqueteando con una carga pesada; oyó el forcejeo de los bueyes, las maldiciones del carretero, los latigazos. No siguió de largo, sino que se detuvo y descargó ruidosamente su carga. Ella escuchó con indiferencia, infinitamente cansada, pensando en el jergón de paja. Apoyó la espalda en la pared y se adormiló. Los pasos se acercaron. ¿Será ahora?, pensó. Filipo estaba despatarrado y roncando. Ella esperó a que levantaran la tranca. Pero sólo se oían los ruidos indistintos de labriegos haciendo sus faenas. –¿Qué es? –preguntó ella–. ¿Qué queréis? Los murmullos murieron en el silencio. Luego, como si se hubiera dado una sigilosa señal, los movimientos se reiniciaron. Algo golpeaba y arañaba la puerta. Después sonó un martillazo y otro y otro. Se acercó a la ventana angosta, pero desde allí no se veía la puerta. Sólo pudo ver una pila de cascotes. Estaba cansada y tardó en comprender, pero de pronto el sonido fue nítido: el golpe de la argamasa húmeda y el roce de la paleta. Casandro recorría las filas de los sitiadores en la húmeda meseta arcadiana, bajo los muros de Tegea; ladrillos gruesos, oscuros, mohosos, compactos, un material que sólo podía horadarse con un ariete capaz de traspasar piedra de canto. La ciudad tenía un manantial perpetuo adentro, y los habitantes tardarían en sufrir el hambre. Habían dicho a sus heraldos que estaban bajo la protección de Atenea, que en un antiguo oráculo había prometido que la ciudad jamás sería tomada por las armas. Casandro estaba resuelto a que Atenea se comiera sus palabras. No se apresuró a recibir al correo de Macedonia. Sin duda era otra petición de Eurídice. Cuando el mensajero se acercó le vio el desastre pintado en la cara y llevó al hombre a su tienda. Era un criado que había escapado al exterminio de los Antipátridas. A esa historia de muerte añadió que Olimpia había hecho destruir la tumba de su hermano Iolas y había entregado los huesos a las bestias, alegando que había envenenado a Alejandro en Babilonia. Casandro, que había escuchado en absoluto silencio, saltó de la silla. Ya habría tiempo para el pesar; ahora sólo sentía odio y cólera. –¡Esa loba! ¡Esa gorgona! ¿Por qué la dejaron entrar en Macedonia? Mi padre les advirtió sobre ella con su último aliento. ¿Por qué no la mataron en la frontera? –Los soldados se negaron a luchar contra la madre de Alejandro –dijo el mensajero sin expresión alguna. Por un momento Casandro pensó que le estallaría la cabeza. El hombre miró con alarma sus ojos desencajados. Advirtiéndolo, Casandro se esforzó por dominarse. –Ve a comer y descansar. Hablaremos más tarde. –El jinete se retiró, sin extrañarse de que un hombre se conmoviera tanto ante el exterminio de sus familiares. Cuando Casandro hubo vuelto a sus cabales, envió un emisario para pactar la paz con los tegeos. Los excusó de toda fidelidad hacia él, siempre que acordaran no ayudar a sus enemigos. Se intercambiaron fórmulas protocolares; se levantó el sitio; los tegeos fueron en procesión hacia el viejo templo de madera de Atenea, para agradecerle que hubiera guardado su antigua promesa. Detrás de la puerta emparedada, el tiempo pasaba como los días de una enfermedad lenta y fatal, agudizando gradualmente los sufrimientos; más hedor, más moscas, más piojos y pulgas, más infección en las llagas, más debilidad y hambre. Pero el pan y el agua aún llegaban todos los días a la ventana. Al principio Eurídice había contado los días, marcándolos con un guijarro en la pared. Después de siete u ocho salteó uno y perdió la cuenta, y dejó de preocuparse. Si no hubiera sido por Filipo, habría caído en una apatía total, sólo quebrada por la lucha contra los insectos. La mente de éste no podía abarcar la suma de desastres el tiempo suficiente para llegar a la desesperación. Vivía el presente. En ocasiones se quejaba al hombre que traía la comida que a veces le respondía, no con crueldad sino como un sirviente huraño injustamente reprendido, diciendo que él cumplía sus órdenes y eso era todo. Ella se negaba a hablarle; pero con el paso del tiempo el hombre fue un poco más locuaz y citaba viejos refranes sobre los caprichos de la fortuna. Un día incluso preguntó a Filipo cómo estaba su esposa. Él la miró y respondió: –Dice que no debo responderte. Eurídice dormitaba la mitad del día pero no podía dormir de noche. Los ronquidos de Filipo eran ruidosos, los insectos tan torturantes como sus pensamientos. Una madrugada, estando despiertos y ya hambrientos le dijo: –Filipo, yo te hice reclamar el trono. Lo quería para mí misma. Por mi culpa estás encerrado aquí y por mi culpa te azotaron. ¿Quieres matarme? No me resistiré. Si quieres te mostraré cómo. – Fueron los soldados –gimoteó él, como un niño enfermo–. Alejandro me dijo que no lo hiciera. Sólo bastará con que le dé mi pan, pensó ella. Él lo aceptaría de buen grado, aunque sería incapaz de quitármelo. Sin duda así moriría rápidamente. Pero cuando llegaba el momento no podía reprimir el hambre y comía su parte. Para su asombro, notó que la porción había aumentado. Al día siguiente hubo aún más, y quedó lo suficiente para un desayuno frugal. Al mismo tiempo, empezaron a oír las voces de los guardias afuera. Sin duda les habían ordenado que se mantuvieran a distancia –ella tenía fama de subvertir a las tropas–, y sus idas y venidas eran sólo medidas de tiempo. Pero la disciplina se estaba relajando, ellos hablaban y chismorreaban sin cuidarse, tal vez cansados de custodiar un lugar sin salidas. Una noche, mientras ella miraba una estrella por la ventana angosta, oyó pisadas ligeras, el tintineo del cuero contra el metal; la abertura se oscureció un instante y, cuando se aclaró, había dos manzanas en el antepecho. El mero olor era ambrosía. Después de eso algo llegaba cada noche y con menos cautela, como si el oficial de la guardia estuviera de acuerdo. Nadie se quedaba para hablar en la ventana, pues sin duda le costaría la vida; pero charlaban a voz en cuello, como queriendo que los oyeran. «Bien, tenemos nuestras órdenes, nos guste o no.» «Rebeldes o no, todo tiene un limite.» «Y los dioses no aprueban los excesos.» «Sí, y tal parece que no esperarán demasiado.» Conocedora de cómo se gestaban los motines, Eurídice intuyó algo más. Estos hombres no eran conspiradores; repetían abiertamente lo que se decía por las calles. «No somos las únicas victimas de esa mujer –pensó–, el pueblo se ha hartado de ella. ¿A qué se referían al hablar de la espera de los dioses? ¿Será posible que Casandro se dirija al norte?» Por la noche habían recibido queso e higos y la jarra tenía vino con agua. Con el mejoramiento de la comida estaba menos abúlica. Había soñado con el rescate, con macedonios contemplando piadosamente su mugre y su desdicha, exigiendo represalias; con su hora de triunfo cuando, limpia, con su túnica y su corona, ocupara nuevamente el trono en la sala de audiencias. La súbita partida de Casandro hacia el norte había dejado atrás un reguero de confusión; sus aliados del Peloponeso tuvieron que enfrentarse solos a los macedonios encabezados por el hijo de Poliperconte. Cuando sus desesperados emisarios alcanzaban la columna, él se limitaba a replicar que tenía problemas impostergables. Los demócratas de Etolia habían apostado gente en las Termópilas para cerrarle el paso. Esas aventuras no le interesaban. Más práctico que Jerjes, requisó embarcaciones en el estrecho entre Euboia y la tierra firme y sorteó las Puertas Calientes viajando por mar. En Tesalia lo esperaba Poliperconte en persona, fiel aún a pesar de Olimpia, al hijo de Alejandro. También a él decidió sortearlo; se destacaron algunas tropas para distraerlo, mientras la fuerza principal seguía hacia el nordeste. Bordeando el Olimpo, pronto estuvieron en las fronteras de Macedonia. Delante se erguía la fortaleza costera de Dión. Los emisarios de Casandro prometieron dar fin a la tiranía ilegítima de las mujeres y el regreso a las antiguas costumbres. Al cabo de una breve conferencia, le abrieron las puertas. Casandro celebró una reunión, recibiendo a todos los que le ofrecían apoyo o le traían información. Muchos parientes de las víctimas de Olimpia, u hombres a quienes ella había proscrito, se unieron a él, llenos de rencor y clamando venganza. Pero vinieron otros que no hubieran venido en otras circunstancias, hombres que se habían negado a pelear contra la madre de Alejandro y ahora decían que nadie sino Alejandro podría haber frenado a esa mujer. Éstos regresaban, difundiendo las promesas de Casandro y su reclamo de la regencia en nombre del hijo de Roxana. Un día, Casandro preguntó a uno de esos visitantes: –¿Y cómo murió la hija de Amintas cuando la capturaron? Al hombre se le iluminó la cara. –Al menos de eso tengo buenas noticias para ti. Estaba viva cuando partí y también Filipo. Los tratan vergonzosamente. Están encerrados en una pocilga pestilente y la gente está indignada. Me han dicho que estaban muy mal, hasta que los mismos guardias se apiadaron de ellos e hicieron algo para confortarlos. Si te apresuras, aún podrás salvarlos. La cara de Casandro se había endurecido por un instante. –¡Ignominioso! –dijo–. Olimpia no debió abusar de su buena suerte. ¿Pueden haber sobrevivido tanto tiempo? –Puedes estar seguro, Casandro. Me lo dijo uno de los guardias. –Gracias por la noticia. –Se inclinó hacia adelante en la silla, y habló con repentina animación–. Que todos sepan que me propongo remediar sus males. Se les retribuirá su dignidad. En cuanto a Olimpia, la entregaré a la reina Eurídice, para que la castigue según lo considere adecuado. Díselo al pueblo. –Desde luego lo haré; se alegrará de oírlo. Si es posible, haré llegar tu mensaje a la prisión. Eso los animará y les dará esperanzas. Se marchó, satisfecho con su misión. Casandro hizo llamar a sus oficiales y les dijo que demoraría la marcha unos días más. Eso daría tiempo, dijo, para que sus amigos consiguieran más apoyo. –Cuánta tranquilidad –dijo Eurídice tres días más tarde–. Ni siquiera oigo a los guardias. Las primeras luces del alba relucían en la ventana. La noche había sido fresca y las moscas aún no molestaban. Habían cenado bien con lo que les habían alcanzado por la noche. La guardia acababa de cambiar como de costumbre poco antes del alba, pero el relevo guardaba silencio y no se oía ningún movimiento. ¿Una deserción, un motín? ¿O los habían llamado para defender la ciudad, lo cual significaría que había venido Casandro? –Presiento que pronto estaremos libres –le dijo a Filipo. –¿Podré darme un baño? –dijo él, rascándose la entrepierna. –Sí, habrá baños y ropa limpia, y camas donde dormir. –¿Y recobraré mis piedras? –Sí, y te darán algunas nuevas. En esa intimidad, su cercanía, su olor, su modo de comer, eructar y orinar, habían sido casi inaguantables; con gusto lo habría cambiado por un perro; pero sabía que debía ser justa con él. Debía cuidar de su mente, si quería estar en condiciones de gobernar. De modo que rara vez lo reprendía y, en tal caso, siempre le dirigía una palabra amable después. Él jamás lo tomaba a mal, siempre la perdonaba o tal vez simplemente olvidaba. –¿Cuándo nos dejarán salir? –dijo. –En cuanto venza Casandro. –Escucha. Viene gente. Era verdad, se oían pasos; tres o cuatro hombres, por el ruido. Llegaron por el lado de la puerta, adonde no daba la ventana. Murmuraban y ella no pudo distinguir las palabras. Luego, de pronto, se oyó un ruido inequívoco: el golpe de una pica contra la pared que cerraba la puerta. –¡Filipo! –exclamó–. ¡Han venido a rescatamos! Él festejó como un niño atisbando en vano a través de la ventana. Ella se irguió bajo la parte más alta del techo, escuchando cómo caían los cascotes. Fue un trabajo rápido; la pared había sido levantada en forma precaria, a desgana. –¿Sois hombres de Casandro? –preguntó ella. Los golpes se detuvieron. Luego una voz extranjera dijo: –Sí, hombres de Casandro. Pero Eurídice se dio cuenta de que la había entendido. Las siguientes palabras del hombre a sus compañeros no eran griegas. Reconoció el acento. –Son tracios –le dijo a Filipo–. Son esclavos enviados para derribar la pared. Cuando terminen, alguien vendrá a abrir la puerta. Filipo había cambiado de expresión. Se alejó de la puerta tanto como pudo sin caer en el retrete. Viejos tiempos, antes de la llegada benévola de Conon, le volvían a la memoria. –No los dejes entrar –dijo. Ella había empezado a tranquilizarlo cuando afuera estalló una risotada. Se asustó. No era la risa de los esclavos, complaciente o discreta. Reconoció, con los nervios erizados, la naturaleza de ese júbilo arquetípico. Cayeron las últimas piedras. La tranca fue arrancada de la puerta. Se abrió una rendija y la luz del sol los encandiló. Había cuatro tracios en el umbral, mirando a través del polvo. Se taparon la boca y la nariz para no ahogarse; hombres alimentados, criados en el limpio aire de montaña, con barrancas profundas para arrojar los excrementos de sus aldeas. Les vio en las mejillas y las frentes los tatuajes guerreros, los pectorales de bronce tallado repujado en plata, las capas con bandas de colores tribales, las dagas en las manos. Los macedonios no lo harían, pensó desesperada. Se irguió en el centro, donde el techo era alto. El cabecilla la encaró. Tenía un brazalete con una serpiente enroscada y grebas con caras de mujer grabadas sobre las rodilleras; tatuajes en la frente y las mejillas que le llegaban hasta la barba roja, tornaban inescrutable su expresión. –¡Mátame! –exclamó ella, irguiendo la cabeza–. Podrás alardear de que mataste a una reina. Él extendió el brazo –no el derecho, que blandía la daga, sino el izquierdo, con la serpiente de bronce enroscada– y la quitó de en medio. Ella perdió el equilibrio y cayó. –¡Esclavo, no te atrevas a golpear a mi esposa! De pronto la forma agazapada junto al retrete se había levantado arrojándose contra el hombre. El tracio, tomado por sorpresa, quedó sin aliento. Filipo, luchando como un simio enfurecido, usando los pies, las rodillas y las uñas, se levantó para tomar la daga. Había hincado los dientes en la muñeca del tracio cuando los otros se abalanzaron sobre él. Entre los rugidos de dolor mientras lo apuñalaban, ella creyó oír el nombre de Conon; luego Filipo soltó un ruido gutural, echó la cabeza hacia atrás, clavó las manos en el suelo y se quedó tieso. Uno de los hombres lo golpeó con el pie, pero él no se movió. Se miraron entre sí, como hombres que han cumplido con su misión. Ella se apoyó en las manos y las rodillas. Una bota le había pisado la pierna; le asombró que aún pudiera moverla. Se miraban comparando las mordeduras y rasguños que Filipo les había infligido. En la jerga desconocida captó una nota de admiración; a fin de cuentas, se habían topado con un rey. La vieron moverse y se volvieron para mirarla. Uno de ellos se rió. Ella sintió un nuevo horror; hasta ahora sólo había pensado en los cuchillos. El hombre que había reído tenía una cara tersa y redonda, una barba clara y rala. Se le acercó sonriendo. El cabecilla gritó algo y el hombre se volvió con un gesto que indicaba que podía conseguir algo mejor que esa criatura maloliente. Miraron sus dagas enrojecidas y las limpiaron en la túnica de Filipo. Uno de ellos la alzó para mostrar la entrepierna; el cabecilla reprobatoriamente, la bajó de nuevo. Salieron, abriéndose paso entre los escombros. Ella se levantó penosamente, temblando y aturdida de frío y miedo. Habrían pasado dos minutos desde que habían abierto la puerta. El claro sol de la mañana que penetraba por la abertura iluminó la mugre rancia, la sangre escarlata del cadáver. El exceso de luz la hizo parpadear. Dos sombras se proyectaron en la puerta. Eran macedonios y no tenían armas. El segundo era asistente del primero, pues permanecía a un paso de distancia y traía un envoltorio. El primero se adelantó, un hombre maduro y corpulento con túnica y capa. Miró en silencio la escena, chasqueando la lengua con disgusto. –Una carnicería –dijo volviéndose al otro–. ¡Qué vergüenza! Traspuso la entrada, enfrentando a la mujer desgreñada y ojerosa de pies sucios y uñas negras, y habló con la voz chata y pomposa de un funcionario subalterno que cumple con su misión. –Eurídice, hija de Amintas. Sigo órdenes, de modo que no me consideres culpable ante los dioses. Olimpia, reina de los macedonios, dice esto por mí. Como tu padre nació legalmente de sangre real, no te condena a una ejecución como a tu bastardo esposo. Te da permiso para terminar con tu vida y te da a elegir el medio. El segundo hombre se adelantó y buscó algún sitio donde apoyar el envoltorio. Pareció desconcertado al no encontrar una mesa, y, como un buhonero, exhibió el contenido del lienzo: una daga corta, una redoma y un cordel de lino trenzado con un nudo corredizo. Ella los estudió en silencio, luego miró el cadáver despatarrado. Si lo hubiera ayudado en la lucha, tal vez todo habría terminado. Arrodillándose, optó por la redoma; había oído que la cicuta ateniense mataba con un frío que no daba dolor. Pero esto lo mandaba Olimpia y si preguntaba qué era tal vez mintieran. La daga era filosa, pero sabía que estaba demasiado débil para darse una puñalada contundente; medio muerta, ¿qué harían con ella? Tanteó el cordel. Era terso, bien confeccionado y limpio. Miró el techo de la choza, que en el medio tenía bastante altura, y dijo: –Con esto me arreglaré. El hombre asintió. –Una buena elección, señora, y rápida. La prepararemos pronto. Veo que allí tienes un taburete. Cuando el sirviente subió, ella vio que había incluso un gancho de hierro, fijado a una pequeña viga, como en los lugares donde se guardan herramientas o utensilios de pesca. No, no tardaría mucho. No le quedaba nada, pensó. Ni siquiera estilo; había visto hombres ahorcados. Miró a Filipo, que parecía una bestia degollada. Sí, a fin de cuentas, le quedaba algo. Le quedaba piedad. Éste era el rey su esposo, que la había hecho reina, que había peleado y muerto por ella. Cuando el verdugo, concluida su tarea, bajó del taburete, le dijo: –Espera un poco. La jarra de vino con agua que les había dejado el guardia nocturno estaba en la ventana. Se arrodilló junto a Filipo, empapó el borde de la túnica, le lavó las heridas y le limpió la cara. Le enderezó las piernas, le puso el brazo izquierdo sobre el pecho y el derecho al costado, le cerró los ojos y la boca y le alisó el pelo. Muerto se veía que había sido un hombre apuesto. Vio que los verdugos lo miraban con respeto; al menos había hecho eso por él. Escarbando el suelo de tierra, esparció sobre él la pizca de polvo ritual que lo liberaría para cruzar el río. Aún quedaba una cosa, pensó; algo para ella misma. No por nada heredaba la sangre de los reyes guerreros de Macedonia y de los jefes ilirios. Tenía que vengarse; si no podía hacerlo, otros poderes se encargarían de ello. Se apartó del cuerpo, tendiendo las manos sobre la tierra pisoteada y ensangrentada, las palmas hacia abajo. –¡Sed testigos, dioses subterráneos –gritó–, de que he recibido estas dádivas de Olimpia!. Os conmino, por las aguas de la Estigia, por el poder del Hades y por esta sangre, a retribuirle con dádivas similares. –Se volvió a los hombres, diciendo–: Estoy preparada. Ella misma pateó el taburete, sin amilanarse ni permitir que ellos lo quitaran, como había visto hacer a muchos hombres fuertes. Ambos pensaron que había mostrado mucho ánimo, no indigno de su ascendencia; y cuando les pareció que sus sufrimientos podían prolongarse más de lo necesario, le tiraron de las rodillas para ceñir el nudo y ayudarla a morir. Olimpia, una vez atendidas esas cuestiones, convocó al consejo. Pocos de los hombres que la rodeaban ahora le debían fidelidad. Algunos habían librado luchas ancestrales con los Antipátridas; muchos sabían que habían dado a Casandro una causa para la venganza; otros, ella lo sabía, sólo eran leales al hijo de Alejandro. Se sentó a la gran mesa de piedra dorada que había ocupado su esposo Filipo, siendo el joven rey, en los viejos días de las guerras civiles, que los hombres de no más de sesenta aún podían recordar y donde habían participado los de setenta. No les pidió consejo. Su propia voluntad le bastaba. Los viejos y soldados sentados ante ella vieron su impenetrable soledad, su decisión de no someterse más que a su propia voluntad. No pensaba, les dijo, cruzarse de brazos en Pela mientras rebeldes y traidores asolaban sus fronteras. Iría al sur, a Pidna; estaba a sólo quince millas al norte de Dión, donde Casandro había cometido la insolencia de hincar su estandarte. Pidna tenía un puerto; estaba bien fortificada; desde allí dirigiría la guerra. Los soldados aprobaron. Recordaban la incruenta victoria en el oeste. –Bien –dijo ella–, en dos días trasladaré la corte a Pidna. Los soldados se asombraron. Esto cambiaba las cosas. Significaba una horda de mujeres, esclavos y no combatientes alojándose a los pies de la guarnición, necesitados de alimento. Al cabo de una pausa en la que todos esperaron que otro hablara primero, se lo dijeron. –Nuestros aliados pueden reunirse con nosotros por mar –dijo ella, inconmovible–, sin sufrir pérdidas combatiendo durante la marcha. Cuando hayamos recibido refuerzos, cuando Poliperconte se haya unido a nosotros, nos enfrentaremos a Casandro. Agenor, un veterano del este a quien habían nombrado comandante en jefe, se aclaró la garganta y dijo: –Nadie cuestiona el honor de Poliperconte. Pero se dice que a veces ha desertado. –Hizo una pausa. Todos se preguntaron si se atrevería a seguir–. Y, como bien sabes, ahora no podemos esperar nada de Epiro. Olimpia se irguió rígidamente en la silla con incrustaciones de marfil. Los epirotas que la habían seguido hasta la frontera se habían amotinado cuando les ordenaron pelear en Macedonia y se habían vuelto. Sólo quedaba un puñado de moloseos. Ella se había encerrado durante dos días para restañar su orgullo y los partidarios secretos de Casandro habían sabido aprovecharlos. Los consejeros miraron ferozmente a Agenor; habían notado la cólera de la reina. Ella les clavó sus ojos inflexibles y peligrosos, que destellaban en su máscara de voluntad. –La corte se trasladará a Pidna –dijo–. Se levanta la sesión. Los hombres salieron, mirándose unos a otros, sin hablar hasta que estuvieron fuera. –Que haga como quiera –dijo Agenor–. Pero debe ponerse en marcha antes del invierno. Casandro había recibido buenas noticias del oficial que había enviado para tratar con Poliperconte. Eludiendo la batalla, se había infiltrado en el campamento con hombres que tenían allí un pariente o compañero de clan. Difundieron la noticia de que Olimpia había derramado la sangre real de Macedonia, siendo una extranjera y usurpadora, y ofrecían una recompensa de cincuenta dracmas a cualquier buen macedonio que se uniera a la fuerza de Casandro. Cada mañana había menos hombres en el campamento de Poliperconte; pronto él y sus fieles fueron demasiado pocos para pensar en nada salvo en su propia defensa. Se atrincheraron en la mejor fortaleza de la zona, repararon las murallas, se aprovisionaron y esperaron. El trigo y los olivares maduraron, se pisaron las uvas, las mujeres fueron a las montañas para honrar a Dionisos; en la penumbra de la aurora el áspero grito báquico respondió al primer canto del gallo. En Pidna, los vigías escrutaban el mar desde las murallas del puerto, mientras arreciaban los primeros vientos de otoño. Ninguna vela apareció salvo las de los barcos pesqueros que ya regresaban. Antes que empezaran las primeras tormentas, Casandro cruzó los pasos que ahora dominaba y rodeó Pidna con una empalizada.
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