318 a.c.

318 a.C.
Desde su tienda en la apacible costa de Cilicia, Eumenes miraba las colinas distantes de
Chipre más allá del mar. La llanura tibia y fértil era un paraíso después del hacinado
fuerte del Tauros, donde Antígono lo había arrinconado todo el invierno, en medio del
crudo viento de la montaña. Un manantial de agua transparente, grano en abundancia y
poco más que eso. Las encías de los hombres habían empezado a pudrirse por falta de
verduras; le había costado impedir que siguieran comiéndose los caballos, de los cuales
aún podían depender sus vidas; había mantenido las bestias en movimiento haciéndolas
alzar por los cuartos delanteros en cabestros y ordenando que los mozos les gritaran y
pegaran, para que cocearan y sudaran. Casi había decidido sacrificarlos cuando, de
golpe, Antígono mandó un enviado para ofrecerle condiciones. El regente había muerto,
cada cual defendía sus propios intereses y Antígono quería un aliado.
Había exigido un juramento de fidelidad antes de levantar el sitio. A Antígono y a
los reyes, dijo el enviado. Eumenes lo había cambiado, en el momento de jurar,
declarando lealtad a Olimpia y a los reyes. El enviado lo había pasado por alto. A
Antígono no le había gustado, pero cuando se enteró ya todos habían salido. Lo mismo
daba, pues pronto Eumenes tuvo noticias de Poliperconte, que le daba en nombre de los
reyes el cargo de Antígono; pero como Antígono no renunciaría, tendría que conseguirlo
por la fuerza. Entretanto, debía tomar el tesoro provincial de Cilicia y el mando de su
regimiento local, los Escudos de Plata.
Estaba acampado con ellos y gozaban de comodidades robadas, ganadas mediante
todas las artimañas conocidas por gente que, en muchos casos, había batallado durante
cincuenta años. Ninguno de ellos había servido durante menos de cuarenta; eran
individuos recios y malvados de quienes Alejandro prefería estar lejos. Hasta contra
Alejandro se habían amotinado. Se los había legado su padre Filipo; eran hombres de la
falange, expertos en el uso de la sarisa, todos ellos combatientes escogidos. Habían sido
jóvenes en tiempos de Filipo; muchos eran más viejos de lo que habría sido él si aún
viviera. Ahora, cuando deberían estar viviendo con su botín y las dádivas de Alejandro en
las granjas de su patria, estaban aquí aún, duros como los clavos de sus botas, todavía
en servicio a causa de la muerte de Crátero y de su propia y tenaz resistencia; nunca
habían sido vencidos, y estaban preparados para marchar de nuevo.
Ninguno tenía menos de sesenta años; la mayoría había pasado los setenta; su
arrogancia era proverbial; Eumenes, una generación más joven y griego, tenía que tomar
el mando.
Había estado a punto de rehusar. Pero después del sitio, mientras reagrupaba sus
fuerzas dispersas, recibió una carta traída por tierra y mar desde Epiro. Era de Olimpia.
Te ruego nos ayudes. Sólo quedas tú, Eumenes, el más leal de mis amigos, y el
más capaz de rescatar nuestra casa que parece condenada. Te ruego que no me falles.
Envíame noticias tuyas. ¿Debo confiar mi persona y la de mi nieto a hombres que
declaran, uno tras otro, ser sus tutores y luego son sorprendidos intentando despojarlo
de su herencia? Su madre Roxana me ha comunicado que teme por su vida, una vez que
Poliperconte se marche de Macedonia, para pelear contra el traidor Casandro. ¿Es mejor
que ella venga aquí, con el niño, o debo reclutar tropas para ir a Macedonia?
La carta lo había conmovido profundamente. Aún era joven cuando conoció a
Olimpia y también ella. A menudo, durante las ausencias de Filipo, el regente, que la
odiaba, había enviado a Eumenes con mensajes para ella, en parte para humillarla con
un emisario de menor rango, en parte para quitarla de en medio. Durante muchas peleas
domésticas Filipo había hecho lo mismo. Para el joven griego, ella tenía las características
de un mito arcaico; una Ariadna báquica a la espera del abrazo de un Dionisos que no
llegaba nunca. La había visto llorar, con júbilo salvaje, con furia enardecida, y a veces
con gracia majestuosa. No la había deseado más de lo que uno desea un espléndido
relampagueo sobre el mar, pero la había adorado. Aun cuando sabía bien que estaba
equivocada y que tenía que decírselo, jamás la había enfrentado sin un estremecimiento
en el corazón. En realidad, ella a menudo le había hecho confidencias. Él era un joven
atractivo; aunque jamás había podido convertirlo a su causa ni minar su fidelidad a
Filipo, había gozado de su admiración.
Sabía que Olimpia había acuciado a Alejandro en toda Asia, continuando su riña con
el regente. Recordó que una vez, al recibir una carta, Alejandro había dicho: «¡Cielos, me
cobra un alto alquiler por los nueve meses de alojamiento que me concedió!». Pero lo
había dicho un poco en broma; él también la había amado pese a todo. La había dejado
cuando aún era hermosa; y, como Eumenes, jamás la vería vieja.
Eumenes sabía una cosa: por ninguna razón debía ella ir a Macedonia, con o sin
ejército. No conocía la moderación más que una hembra de leopardo; un mes allí le
sobraría para destruir su causa. Eumenes le habría escrito exhortándola a quedarse en
Epiro hasta que la guerra hubiera concluido; entretanto podía contar con su fidelidad a
ella y al hijo de Alejandro.
No hizo referencia a Roxana ni a sus temores. ¿Quién podía saber qué fantasías
atormentaban a la bactriana? Durante su larga campaña, seguida por el largo sitio del
invierno, había recibido pocas noticias de Europa. Desde la boda de Sardis, apenas había
oído hablar de Eurídice.
Pronto Antígono estaría tras él –era obvio que se proponía crear su propio reino de
Asia– y debía ponerse en movimiento con sus tropas nativas y los veteranos Escudos de
Plata. Desde la tienda podía verlos ahora, sentados en grupos, esos hombres cuya edad
sobrepasaba el medio siglo, mientras sus mujeres les preparaban el desayuno. Mujeres
lidias, tirias, bactrianas, partas, medas, indias, despojos de sus largos vagabundeos, con
unas pocas viejas macedonias que habían venido con ellos desde la patria y de algún
modo habían sobrevivido. Los niños resultantes –un tercio, tal vez, de los engendrados a
lo largo del camino–parloteaban alrededor de las fogatas, cuidándose de la ira de los
padres; morenos, castaños y rubios, hablando su lengua franca. Cuando se levantara el
campamento, las mujeres cargarían las carretas con los despojos de todo el mundo y
continuarían la marcha.
En la lomada próxima, Eumenes veía las tiendas de los dos comandantes,
Antígenes y Teutamos, guerreros astutos y empeñosos, con edad suficiente para ser sus
padres. Debía convocarlos a un consejo de guerra. ¿Se presentarían sin rencor? Del
orgullo herido, como él bien sabía, viene la traición. Suspiró fatigosamente, evocando los
días en que ni él ni ellos eran desechos a la deriva en la historia sino que modelaban su
cauce con orgullo. Incluso esos viejos pecadores, pensó, debían recordarlo.
La mente se le había templado en años de supervivencia precaria; ahora dio uno de
esos brincos que lo habían salvado en situaciones más serias que ésta. El día aún era
joven, la luz del sol tierna y fresca sobre Chipre. Se afeitó, se vistió pulcramente, sin
ostentación, y llamó al heraldo.
–Toca –dijo– para que se reúnan los oficiales.
Ordenó a los esclavos que distribuyeran los taburetes y sillas de campaña al azar,
sin precedencias, en la hierba. Cuando los ancianos correosos, tomándose su tiempo, se
acercaron, él les indicó afablemente que se sentaran. Se levantó de la silla que había
quedado para él y los interpeló de pie.
–Caballeros, os he reunido para daros noticias graves. He recibido un presagio.
Como había previsto, se hizo un silencio total. Los viejos soldados eran tan
supersticiosos como marineros. Todos sabían lo que el azar puede hacerle a un hombre
en la guerra.
–Si alguna vez los dioses inspiraron a un hombre un sueño con visos de realidad es
el que me han inspirado a mí al cantar el gallo. Un sueño más real que la vigilia. Me
llamaron por el nombre. Reconocí la voz. Era Alejandro. Estaba en mi tienda, en esa
misma silla que ocupas tú, Teutamos. «¡Eumenes!», dijo.
Se irguieron en las sillas. Las manos nudosas de Teutamos acariciaron los brazos de
pino como si tocaran un talismán.
–Como si hubiera estado vivo le supliqué me perdonara por dormir en su presencia.
Llevaba su túnica blanca con bordes purpúreos y una diadema de oro. «Estoy celebrando
un consejo de estado», dijo. «¿Estáis todos aquí?» Y miró en derredor. Entonces pareció
que la tienda no era la mía sino la suya, la tienda que le tomó a Darío. Estaba allí en su
trono, con la Guardia Real a su alrededor; y también vosotros, con los otros generales,
esperando sus palabras. Se inclinó hacia adelante para hablarnos. Pero cuando empezó,
desperté.
Experto en el arte de la retórica, no siguió adelante. Había actuado y hablado como
un hombre que recuerda un portento. Había dado resultado. Todos se miraban, pero no
con desconfianza sino con curiosidad.
–Creo –dijo– que adiviné el deseo de Alejandro. Está preocupado por nosotros.
Quiere estar presente en nuestros consejos. Si apelamos a él, nos guiará en las
decisiones. –Esperó a que le hicieran preguntas, pero apenas se oía un murmullo–. Por lo
tanto, no lo recibamos mezquinamente. Aquí tenemos el oro de Coyinda que vosotros,
caballeros, habéis guardado fielmente para él. Pidamos artesanos para hacerle un trono
de oro, un cetro y una diadema. Dediquémosle una tienda y pongamos las insignias en el
trono y ofrezcamos incienso a su espíritu. Entonces conferenciaremos ante él,
convirtiéndolo en nuestro comandante supremo.
Las caras astutas y marcadas lo escrutaron. Aparentemente no se estaba poniendo
por encima de ellos; no planeaba robar el tesoro; si Alejandro se le había aparecido sólo
a él, a fin de cuentas él lo había conocido bien. Y a Alejandro le gustaba que sus órdenes
se cumplieran.
La tienda, el trono y los emblemas estuvieron listos en una semana. Incluso se
encontró púrpura para teñir un toldo. Cuando fue el momento de marchar hacia Fenicia,
se reunieron en la tienda para discutir la campaña. Antes de sentarse, cada cual ofreció
una pizca de incienso en el pequeño altar, diciendo: «Divino Alejandro, ilumínanos».
Todos respetaban a Eumenes, cuyas dotes adivinatorias se habían manifestado ante
ellos.
No importaba que casi ninguno de ellos hubiera visto a Alejandro en el trono. Lo
recordaban con la vieja coraza de cuero y las grebas bruñidas, la cabeza descubierta,
cabalgando delante de las líneas antes de una acción, recordándoles sus victorias
pasadas y diciéndoles cómo ganar otra. No les importaba que el orfebre local no fuera
muy habilidoso. El brillo del oro, el humo del incienso, evocaban el recuerdo (sepultado
por la intemperie, la guerra y la fatiga de trece años) de un carro dorado avanzando
triunfalmente por las calles de Babilonia sembradas de flores, de las trompetas, del
himno, de los incensarios y los vítores. Por unos instantes, ante el trono vacío, creyeron
poder convertirse en lo que habían sido.


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