319 a.c.

319 a.C.
Junto al gran palacio de Arquelao, en Pela, estaba la casa de Antípatro. Era sólida pero
modesta. Escrupulosamente correcto, él siempre había evitado la fastuosidad que
convenía a un rey. Los únicos ornamentos eran un pórtico con columnas y un jardín.
La casa era silenciosa y cerrada. Había paja y juncos en las baldosas del jardín.
Pequeños grupos de gente se mantenían a prudente distancia, para observar las idas y
venidas de los médicos y los familiares: personas atraídas por la curiosidad y el
dramatismo de la situación; amigos que esperaban la señal para la condolencia y los
planes funerarios; vendedores de guirnaldas de luto y objetos fúnebres. Aguardando con
mayor discreción, o representados por espías, estaban los cónsules de las ciudades
dependientes, que tenían más cosas en juego.
Nadie sabía quién heredaría el poder cuando el viejo dejara de aferrarse
tercamente a la vida, ni siquiera si se continuaría con su política. Su último acto, antes
de caer en cama, había sido ejecutar a dos enviados que traían una petición de Atenas,
un padre y su hijo que según descubrió, habían mantenido correspondencia con Pérdicas.
Ni la edad ni la enfermedad habían ablandado a Antípatro. Ahora los observadores
escrutaban, cada vez que aparecía, el rostro ceñudo de su hijo Casandro, tratando de
leer un augurio.
En el cercano palacio, esa famosa maravilla del norte, donde ambos reyes vivían
separadamente, la tensión era como la cuerda de un arco.
Roxana estaba ante la ventana, mirando desde detrás de una cortina la multitud
silenciosa. Jamás se había sentido cómoda en Macedonia. La madre de Alejandro no
había ido allí para recibirla ni para admirar a su hijo, pues aparentemente había jurado
no pisar nunca Macedonia mientras viviera Antípatro; aún estaba en Dodona. El regente
había tratado a Roxana con formal cortesía, pero antes que cruzaran el Helesponto había
enviado a casa a los eunucos. Le había explicado que ellos harían que la consideraran
bárbara y la gente los maltrataría. Ya hablaba el griego con fluidez y podía ser atendida
por damas macedonias. Las damas le habían enseñado amablemente las costumbres
locales. Amablemente, la habían vestido en forma decorosa; y, muy amablemente,
habían recalcado que consentía a su hijo. En Macedonia, los niños eran educados para
hacerse hombres.
El pequeño Alejandro tenía cuatro años y en ese lugar extraño se le apegaba más
que nunca; en su soledad, ella apenas resistía tenerlo lejos de su vista. Pronto Antípatro
había reaparecido –sin duda las mujeres eran sus espías– y había declarado su asombro
de que el hijo de Alejandro sólo supiera unas palabras griegas. Era tiempo de que tuviera
un pedagogo. El pedagogo llegó al día siguiente.
El dócil esclavo de costumbre, había resuelto Antípatro, no era suficiente. Había
elegido a un patricio joven y enérgico que a los veinticinco años ya era un veterano de la
rebelión griega. Antípatro había reparado en el rigor de su disciplina militar, no así en su
inclinación natural por los niños.
El sueño de la vida de Cebes había sido pelear con Alejandro; lo habían reclutado
para acompañar el contingente que Antípatro habría enviado a Babilonia. Había
soportado en silencio el derrumbe de sus esperanzas, y en cambio cumplía con el ingrato
deber de pelear contra otros griegos, aunque sus hombres lo consideraban algo apocado.
Más por hábito que por intención, había aceptado su misión sin demostrar al regente la
euforia que sentía. La primera visión de ese niño moreno, delicado, regordete, lo había
defraudado; pero no había esperado un Alejandro en miniatura. Para la madre sí había
estado preparado. Obviamente ella suponía que en cuanto se alejara, el hijo sería
maltratado y aporreado; el niño, viendo que se esperaba que demostrara miedo, forcejeó
y chilló. Cuando se lo llevaron, con firmeza y sin alharaca, demostró una curiosidad vivaz
y pronto olvidó las lágrimas.
Cebes conocía la máxima de las famosas niñeras espartanas: nunca exponer a un
niño al miedo, dejarlo crecer confiadamente. Gradualmente, acostumbró a su alumno a
los caballos, a los perros grandes, al ruido de los soldados durante el adiestramiento.
Roxana, que esperaba en su casa para consolar al niño maltratado, lo encontraba feliz,
ansioso de relatar las delicias de esas mañanas, que sólo podía describir en griego.
Aprendió el idioma con rapidez. Pronto hablaba incesantemente de su padre.
Roxana le había dicho que era el hijo del rey más poderoso de la tierra; Cebes le refirió
las legendarias hazañas. Él mismo tenía diez años cuando Alejandro pasó al Asia; lo
había visto en el ápice de su juventud radiante, e imaginaba el resto. Si el niño aún era
demasiado pequeño para emular, ya podía aprender a aspirar.
Cebes era feliz con su tarea. Mientras esperaba con los demás ante el jardín intuyó
que un futuro incierto amenazaba sus logros. A fin de cuentas, ¿el niño tenía más
aptitudes que otros niños de la misma edad que había conocido? ¿Los grandes días se
habían ido para siempre? ¿Qué mundo heredarían él y sus semejantes?
Estaba pensando en esto cuando empezaron los gemidos rituales.
Roxana los oyó desde la ventana, vio las personas volviéndose unas a otras, y empezó a
pasearse por la habitación, estrechando de vez en cuando al niño en sus brazos.
Alarmado, él preguntó qué ocurría, y la única respuesta fue: «¿Qué será ahora de
nosotros?».
Cinco años antes, en el palacio de verano de Ecbatana, Alejandro le había hablado
a Roxana de Casandro, el heredero del regente, a quien había dejado en Macedonia por
temor a una traición. Cuando Alejandro murió él estaba en Babilonia; era muy probable
que lo hubiera hecho envenenar. En Pela había venido a presentarle sus respetos,
presuntamente en nombre de su padre enfermo; en realidad, sin duda, para conocer al
hijo de Alejandro. Había sido cortés, pero sólo para justificar su presencia; ella odiaba y
temía esa cara roja y pecosa, esos ojos feroces y pálidos, ese aspecto de abierta
determinación. Estaba más asustada que durante el motín de Siria. Si tan sólo hubiera
podido quedarse en Babilonia, en un mundo conocido, entre gentes que podía
comprender. En esta situación, tendría que recurrir a todo su ingenio.
En la cámara mortuoria Casandro miró con amarga furia el cadáver arrugado de su
padre. No podía decidirse a cerrarle los ojos; una vieja tía, mirándolo severamente, bajó
los párpados marchitos y subió el manto.
Frente a él estaba el estólido Poliperconte, con sus cincuenta años, la barbilla gris y
sin afeitar después de la noche en vela, con una expresión de pesar respetuoso, ya
dispuesto a enfrentar sus nuevas responsabilidades. A él, no a Casandro, Antípatro le
había legado la tutela de los reyes. Lúcido hasta el final, antes de caer en coma había
llamado a los principales nobles para que fueran testigos, haciéndoles jurar que votarían
esa decisión en la asamblea.
Había estado sin conocimiento desde el día antes; el cese de la respiración era una
mera formalidad. Poliperconte, que lo había respetado, se alegraba de terminar la
fatigosa vigilia para poner manos a la obra. No había buscado esa nueva función;
Antípatro había tenido que suplicarle para que aceptara. Había sido desagradable y
terrible, como ver a su propio padre arrastrándose a sus pies.
–Haz esto por mí –había jadeado–. Viejo amigo, te lo imploro.
–Poliperconte ni siquiera era un viejo amigo; había estado en Asia con Alejandro
hasta que regresó con Crátero. Había estado en Macedonia cuando murió Alejandro, y
había actuado contra la rebelión del sur. Mientras el regente estaba en Asia custodiando
a los reyes, Poliperconte lo había sustituido. Ése había sido el comienzo.
–Juré fidelidad a Filipo. –El moribundo se había aclarado la garganta, con gran
esfuerzo. La voz era como el susurro de los juncos secos–. Y a sus herederos. No
permitiré... –se ahogó, carraspeó–, que mi hijo quiebre el juramento. Lo conozco. Yo sé
que... Promételo, amigo. Júralo por la Estigia. Te lo imploro, Poliperconte.
Por último había jurado, sólo para terminar con la situación. Estaba comprometido.
Mientras los últimos jadeos de Antípatro impregnaban el aire, sintió el odio de
Casandro. Bien, había enfrentado hombres recios con Filipo en Queronea, con Alejandro
en Isos y Gaugamela. No había pasado de comandante de brigada, pero Alejandro lo
había escogido para la Guardia Real, revelándole su absoluta confianza. Poliperconte,
había dicho, sabe defender el terreno.
Debía presentarse a las familias reales, llevando a su hijo mayor. Se llamaba
Alejandro. Le gustaba pensar que sería digno merecedor de ese nombre. Al menos podía
confiarse en que Casandro, que le daba mucha importancia a lo que pensaba la gente,
organizaría un bonito funeral.
Eurídice estaba cabalgando cuando el regente murió. Sabía que la noticia estaba
próxima; cuando la recibiera, se esmeraría en los ritos sórdidos y asfixiantes del luto,
pues sería indecente descuidarlos.
En la cabalgata la acompañaban un par de palafreneros y una joven doncella a
quien había elegido sólo porque era montañesa y sabía cabalgar. Los días de su escolta
de jinetes habían pasado; Antípatro la había mantenido bajo vigilancia constante para
evitar conspiraciones. Sólo el mismo Filipo, rompiendo a llorar, lo había persuadido de
dejarle al viejo Conon. Aun así, a veces la gente la saludaba y ella devolvía los saludos.
Volviendo hacia Pela con el sol del poniente a sus espaldas, mientras las sombras
de las colinas se prolongaban sobre la laguna, sintió que llegaba a un momento crucial en
su destino, un cambio en la rueda de la fortuna. No sin esperanzas había aguardado los
llantos de lamentación.
También a ella, así como a Roxana, Casandro le había presentado sus respetos
durante la enfermedad del padre. Formalmente hablando, los había presentado a su
esposo el rey, pero había tenido la sutileza de hablar respetuosamente con Filipo,
dejando entender que las palabras iban dirigidas a ella. El semblante que Roxana había
considerado feroz y salvaje era para Eurídice el de un compatriota: no se destacaba por
su belleza, pero trasuntaba fuerza y resolución. Sin duda tendría la firmeza del padre,
pero también su capacidad.
Ella tenía entendido –porque Casandro se lo había dado a entender– que sucedería
al padre. Había comprendido a qué se refería él al decir que los macedonios tenían la
suerte de contar con un rey de la verdadera sangre, y una reina que no le iba en zaga.
Casandro odiaba a Alejandro y jamás permitiría que gobernara el hijo de la mujer
bárbara. Eurídice pensaba que existía un acuerdo tácito entre ambos.
La noticia de la elección de Poliperconte la desconcertó. No había hablado nunca
con él, sólo lo conocía de vista. Ahora, al regresar de su cabalgata, lo encontró en los
aposentos reales, hablando con Filipo.
Haría un rato que estaba allí. Filipo parecía a sus anchas con él, y le estaba
contando una historia incongruente sobre las serpientes de la India.
–Conon la encontró bajo la tina. La mató con un palo. Dijo que las pequeñas eran
las peores.
–En efecto, señor. Pueden esconderse en una bota. Uno de mis hombres murió así.
–Se volvió hacia Eurídice, la felicitó por la salud del esposo, le suplicó que lo visitara
cuando necesitara algo y se marchó. Sin duda era demasiado apresurado, cuando aún no
habían sepultado al regente, preguntarle por sus planes; pero la enfurecía que él no le
hubiera dicho nada y que se hubiera presentado a Filipo aunque ella estuviera ausente.
Durante los largos y pomposos ritos funerarios, mientras caminaba en la procesión
con el pelo cortado y cenizas en el vestido negro, sumando sus llantos al canto de
lamentación, escrutó la cara de Casandro cada vez que podía verlo, buscando algún
indicio. Sólo vio una expresión imperturbable, correcta, apropiada para la ocasión.
Más tarde, cuando los hombres fueron a la pira para quemar el cuerpo y ella se
quedó aparte con las mujeres, oyó un grito estentóreo y notó cierta agitación junto a la
hoguera. Luego Conon se abrió paso entre los hombres de rango. Salió pronto, con un
par de guardias de honor, arrastrando a Filipo, con los miembros fláccidos y la boca
abierta. Abatida, avergonzada, se acercó para acompañarlos hacia el palacio.
–Señora –murmuró Conon–, debes hablar con el general. Él no está acostumbrado
al rey, ignora qué cosas lo contrarían. Tuve unas palabras con él, pero me dijo que
guardara mi lugar.
–Hablaré con él. –Sintió en la nuca la mirada despectiva de Roxana. «Un día –
pensó–, aprenderás a respetarme.»
En el palacio, Conon desnudó a Filipo, lo lavó –en el ataque se había mojado la
túnica– y lo llevó a la cama. En su habitación, Eurídice se quitó el vestido de luto y se
cepilló la suave ceniza del pelo desaliñado por el ritual. «Es mi esposo –pensó–. Sabía lo
que era antes de aceptarlo. Lo hice por propia voluntad, de modo que estoy vinculada a
él por mi honor. Mi madre me hubiera hablado así.»
Pidió un poco de licor caliente con huevo y se lo llevó. Conon había salido con la
ropa sucia. Él la miró implorante, como un perro enfermo a un amo severo.
–Mira –dijo ella–, te he traído algo sabroso. No te preocupes por lo que pasó, no
fue culpa tuya. A muchas personas no les gusta mirar una pira funeraria.
La miró con gratitud y acercó la cara al cuenco. Le alegraba que no le hicieran
preguntas. Lo último que recordaba, antes del tamborileo en la cabeza y la terrible luz
blanca, era la barba del cadáver ennegreciéndose y apestando en las llamas. Le había
evocado un día muy lejano, antes de marchar con Alejandro. Le habían dicho que era el
funeral del rey, pero él no sabía qué quería decir. Le habían cortado el pelo, le habían
puesto una túnica negra, le habían ensuciado la cara y lo habían hecho caminar con
muchas personas que lloraban. Y allí estaba su temible padre, a quien no había visto en
años, tendido sobre un lecho de leños y ramas, con un lienzo suntuoso, adusto y muerto.
Nunca había visto un muerto. Alejandro estaba allí. Él también tenía el pelo corto y le
brillaba al sol. Había pronunciado un discurso muy largo sobre lo que el rey había hecho
por los macedonios; luego, de pronto, le había arrebatado una antorcha a alguien y había
encendido las ramas. Horrorizado, Filipo había observado cómo crecían, rugiendo y
crepitando, corriendo por los bordes del lienzo bordado, luego atravesándolo,
chamuscando el pelo y la barba... Durante mucho tiempo se despertaba gritando por la
noche, y no podía explicar a nadie que había soñado con su padre ardiendo.
Las bruñidas puertas de mármol se cerraron sobre la tumba de Antípatro, y una calma
tensa cayó sobre Macedonia.
Poliperconte manifestó que no deseaba poderes arbitrarios. Antípatro había
gobernado por un monarca ausente. Ahora lo correcto era que los jefes compartieran sus
decisiones. Muchos macedonios aprobaron este gesto de virtud antigua. Otros dijeron
que Poliperconte era incapaz de tomar decisiones y quería evitar demasiada
responsabilidad.
La calma se volvió aún más tensa. Todos pensaban en Casandro.
Su padre no lo había desdeñado por completo. Lo había designado quiliarca,
lugarteniente de Poliperconte, un cargo al que Alejandro le había dado mucho prestigio.
¿Se contentaría con él? Todos le miraban la cara rubicunda e impasible mientras entraba
y salía de Pela y mascullaban que nunca había sido hombre de conformarse con poco.
Sin embargo, después de sepultar al padre asumió serenamente sus funciones
durante el mes de luto. Cuando terminó, presentó sus respetos a Filipo y Eurídice.
–Salúdalo –le dijo ella al esposo cuando lo anunciaron–, y luego no hables. Puede
ser importante.
Los saludos de Casandro al rey fueron breves. Habló con la reina.
–Me iré por un tiempo. Iré a nuestra finca campestre. He sufrido mucho. Ahora
deseo organizar una partida de caza con viejos amigos para olvidar los asuntos públicos.
Eurídice le deseó buena suerte y él notó su mirada inquisitiva.
–Tu buena voluntad –dijo– ha sido un consuelo y un respaldo para mí. El rey y tú
podéis contar conmigo en estos tiempos turbulentos. Tú, señor –le dijo a Filipo–, eres sin
duda el hijo de tu padre. La vida de tu madre nunca fue un escándalo público. –A
Eurídice le dijo–: Como sin duda sabes, siempre hubo dudas sobre el nacimiento de
Alejandro.
Después que se fue, Filipo preguntó:
–¿Qué quiso decir sobre Alejandro?
–Olvídalo. No sé qué quiso decir. Lo averiguaremos más tarde.
Antípatro había nacido en un viejo y derruido fuerte montañés que dominaba una rica
finca. Había vivido en Pela y un mayordomo le administraba las tierras. Sus hijos habían
usado el lugar para cacerías.
En la habitación superior del tosco edificio el fuego ardía en un hogar redondo; las
noches de otoño eran crudas en las colinas. Alrededor, en bancos viejos o taburetes
revestidos de piel de oveja, había una docena de jóvenes, vestidos de cuero y lana,
impregnados del olor a caballos, que resoplaban y coceaban abajo, donde palafreneros
que hablaban tracio remendaban y cosían las monturas.
Casandro, rojo a la luz roja, estaba sentado junto a su hermano Nicanor. Iolas
había muerto poco después de regresar del Asia, a causa de una fiebre cuartana
contraída en los pantanos de Babilonia; había cedido prontamente, demostrando poca
resistencia. El cuarto hermano, Alejarco, no había sido invitado. Era culto, un poco
chiflado, y estaba dedicado ante todo a inventar un nuevo idioma para un estado utópico
que había visto en visiones. Al margen de su inutilidad, no podía confiarse en su
discreción.
–Hace tres días que estamos aquí y nadie ha venido a espiarnos –dijo Casandro–.
Podemos empezar a movernos. Derdas, Atea, ¿podéis empezar mañana temprano?
–Sí –respondieron los dos hombres.
–Conseguid caballos frescos en Abdera, Enos; en Anfípolis, si es necesario. Tened
cuidado en Anfípolis, no os acerquéis a la guarnición, alguien podría reconoceros. Simas
y Antífono pueden empezar al día siguiente. Mantened un día de diferencia entre
vosotros durante el viaje. Dos hombres pasan inadvertidos, cuatro llaman la atención.
–¿Y el mensaje para Antígono? –dijo Derdas.
–Te daré una carta. Estarás seguro si nadie repara en ti. Poliperconte es un imbécil.
Yo estoy cazando...; bien, él se queda tranquilo. Cuando Antígono lea la carta, dile todo
lo que desee saber.
Habían pasado el día en el bosque cazando jabalíes, para guardar las apariencias;
poco después el grupo se fue a acostar en el extremo de la gran habitación, detrás de
una cortina de cuero. Casandro y Nicanor se quedaron junto al fuego, las voces suaves
ahogadas por los ruidos del establo.
Nicanor era un hombre alto, flaco, color arena; un soldado capaz que respetaba las
lealtades y odios familiares y no miraba más allá.
–¿Estás seguro de que Antígono es de fiar? –dijo–. Él quiere más de lo que tiene, es
obvio.
–Por eso es porfiable. Mientras él se extiende por Asia, se alegrará de que
Poliperconte esté atareado en Grecia. Me cederá Macedonia; sabe que el Asia le ocupará
todo el tiempo.
Nicanor se rascó la cabeza; uno siempre pescaba piojos durante una cacería. Tomó
uno y lo arrojó al fuego.
–¿Estás seguro de la muchacha? Sería tan peligrosa como Antígono, si supiera qué
hacer. Le causó bastantes problemas a nuestro padre y a Pérdicas. De no estar ella Filipo
no sería nada.
–Ajá –dijo Casandro reflexivamente–. Por eso te pedí que la vigilaras mientras no
estoy. No le revelé nada, desde luego. Ella se pondrá de nuestro lado, para librarse del
hijo de la mujer bárbara. Eso es evidente.
–Muy bien. Pero ella es la esposa del rey y se propone reinar de veras.
–Sí. Con su linaje, tal vez me convenga casarme con ella.
Nicanor enarcó las cejas pálidas.
–¿Y Filipo?
Casandro hizo un gesto significativo.
–No sé –dijo Nicanor pensativo– si ella accedería.
–Oh, supongo que no. Pero cuando esté hecho, no se dedicará a la aguja y la
rueca, no está en ella. Sin duda se casará conmigo. Luego aprenderá a comportarse. De
lo contrario... –Repitió el gesto.
Nicanor se encogió de hombros.
–¿Y qué dices de Tesalónica? Creí que te habías decidido por ella. Es hija de Filipo,
no nieta.
–Sí, pero la sangre viene sólo por el lado paterno. Eurídice primero. Cuando sea rey
podré casarme con ambas. El viejo Filipo lo habría hecho con toda naturalidad.
–Estás muy seguro –dijo Nicanor con aprensión.
–Sí. Desde Babilonia, he sabido que había llegado mi turno.
Medio mes más tarde, al anochecer de un día de niebla y lluvia, Poliperconte llegó al
palacio exigiendo ver al rey con urgencia.
Apenas esperó a que lo anunciaran. Filipo, con la ayuda de Conon, aún estaba
guardando las piedras que había apilado todo el día. Eurídice, que estaba encerando el
cuero de la coraza, tampoco tuvo tiempo para ocultarla. Miró con rencor a Poliperconte,
quien se inclinó formalmente tras haber saludado al rey.
–Casi he terminado de guardarlas –dijo Filipo, disculpándose–. Era un paraíso
persa.
–Señor, debo solicitar tu presencia mañana, en un consejo de estado.
Filipo lo miró con horror.
–No diré un discurso. No quiero decir discursos.
–No es necesario, señor. Sólo asiente cuando el resto haya votado.
–¿Qué asienta a qué? –dijo bruscamente Eurídice.
Poliperconte, un macedonio de la vieja tradición, pensó que era una lástima que
Amintas hubiera vivido el tiempo suficiente para engendrar a esa hembra entrometida.
–Señora, tenemos noticias de que Casandro ha pasado al Asia y de que Antígono lo
ha recibido.
–¿Qué? –dijo ella, sobresaltada–. Tenía entendido que estaba cazando en su finca.
–Eso –dijo sombríamente Poliperconte– es lo que nos quiso hacer creer. Ahora
podemos creer que estamos en guerra. Señor, te ruego estés listo al amanecer. Vendré
para escoltarte. –Saludó a ambos, disponiéndose a partir.
–¡Espera! –dijo ella, furiosa–. ¿Con quién está en guerra Casandro?
Él se volvió en el umbral.
–Con los macedonios. Ellos votaron para obedecer a su padre, quien lo había
juzgado incapaz de gobernarlos.
–Quiero asistir al consejo.
Poliperconte irguió la barba entrecana.
–Lo lamento, señora. No es la costumbre de los macedonios. Te deseo buenas
noches. –Se marchó. Estaba furioso consigo mismo por no haber hecho vigilar a
Casandro; pero al menos no estaba dispuesto a aguantar la insolencia de una mujer.
El consejo de estado estudió el peligro y lo consideró serio. Era obvio que Casandro sólo
permanecería en Asia para conseguir las fuerzas que necesitaba. Luego marcharía sobre
Grecia.
Desde los últimos años del reinado de Filipo y durante todo el reinado de Alejandro,
los estados griegos habían sido gobernados como lo ordenaba Macedonia. Los líderes
democráticos habían sido exiliados y el voto había sido restringido a los propietarios,
cuyos líderes oligarcas tenían que ser adictos a los macedonios. Alejandro estaba muy
lejos y Antípatro había tenido carta blanca. Como sus partidarios se habían enriquecido a
costa de los muchos exilios, se produjeron reacciones violentas cuando Alejandro, al
volver de las campañas, ordenó que los exiliados volvieran y se les reintegraran las
tierras. Había ordenado al regente que se presentara en Babilonia; en su lugar había ido
Casandro. Cuando Alejandro murió, los griegos se habían rebelado, pero Antípatro los
aplastó. Las ciudades, por lo tanto, aún eran gobernadas por los partidarios de Antípatro,
cuyo respaldo al hijo sería incondicional.
Entretanto, los enviados griegos esperaban en Pela desde el funeral, para saber qué
actitud adoptaría el nuevo régimen hacia sus estados. Se los llamó con urgencia y se les
entregó una proclama real. En Grecia se habían hecho muchas cosas, decía la proclama,
jamás sancionadas por Alejandro. Ahora, con la buena voluntad de los reyes, sus
herederos, podrían restaurar las constituciones democráticas, expulsar a los oligarcas o
ejecutarlos si lo deseaban. Todos sus derechos ciudadanos serían defendidos, a cambio
de su lealtad a los reyes.
Mientras Poliperconte escoltaba a Filipo al salir de la cámara del consejo, explicó
puntillosamente estas decisiones a Eurídice. Como Nicanor, había pensado que esa mujer
era peligrosa y no convenía provocarla sin razón.
Ella escuchó sin hacer muchos comentarios. Mientras el consejo deliberaba, había
tenido tiempo para pensar.
–Entró un perro –dijo Filipo en cuanto se fue su mentor–. Tenía un hueso grande.
Les dije que debía de haberlo robado en la cocina.
–Sí, Filipo. Cállate ahora, debo pensar.
No se había equivocado, entonces. Cuando la había visitado Casandro, había sido
para ofrecerle una alianza. Si él ganaba esta guerra, depondría al hijo de la mujer
bárbara, asumiría la custodia, pondría a Filipo y Eurídice en el trono. Él le había hablado
como a una igual. Él la haría reina.
–¿Por qué –preguntó Filipo quejosamente– caminas de aquí para allá?
–Debes cambiarte esa túnica, la ensuciarás. Conon, ¿estás ahí? Por favor, ayuda al
rey.
Se paseó por la habitación de ventanas labradas. Había una gran pared pintada con
un mural en tamaño natural del saqueo de Troya. Agamenón se llevaba a Casandra del
santuario; el caballo de madera se levantaba sobre las torres; en primer plano, en el
altar doméstico, Príamo yacía en un charco de sangre; Andrómaca abrazaba a su hijo
muerto. Todo el fondo eran luchas, llamas y sangre. Era una pieza antigua, obra de
Zeuxis, ordenada por Arquelao cuando construyó el palacio.
Las gastadas piedras del hogar despedían perfumes rancios, el aroma de antiguas
fogatas, y tenían manchas extrañas. Durante muchos años había sido la habitación de la
reina Olimpia. La gente decía que allí se habían obrado muchos hechizos. La reina
guardaba sus serpientes sagradas en un canasto junto al hogar y sus amuletos en
escondrijos. Un par de ellos aún estaban donde los había dejado, pues se proponía
regresar. Lo que Eurídice sabía era que en la habitación se seguía sintiendo su presencia.
Paseándose por ella, meditó sobre su tácito trato con Casandro y, por primera vez,
pensó qué ocurriría después.
Sólo el hijo de la mujer bárbara podría engendrar una nueva generación. Cuando
fuera eliminado, Filipo y ella reinarían solos. ¿Quién los sucedería?
¿Quién era más apto que el nieto de Filipo y Pérdicas para continuar con su linaje?
Para ello, tendría que resignarse al alumbramiento. Por un momento pensó con
aprensión en enseñar a Filipo; a fin de cuentas, en todas las ciudades había mujeres que
por un dracma aceptaban cosas peores. Pero no, ella no podía. Además, corría el riesgo
de dar a luz un idiota.
«Si fuera hombre...», pensó. En la hoguera ardía un brillante fuego de madera de
manzano, pues se acercaba el invierno. Las piedras ennegrecidas emanaban el perfume
del incienso viejo. Si fuera rey, podría casarse dos veces si quisiera, los reyes lo habían
hecho a menudo. Evocó vívidamente la poderosa presencia de Casandro. Él le había
ofrecido su amistad, pero estaba Filipo de por medio.
Por un instante, al recordar aquel momento de silenciosa complicidad, estuvo a
punto de comprender. Para la última ocupante de esa habitación habría sido una cuestión
simple, una cuestión de medios y maneras. A Eurídice le parecía terrible y la intimidaba.
Ver con claridad significaba elegir, sí o no, y se negaba a ello. Sólo se dijo que debía ser
capaz de depender de Casandro y que era inútil por el momento tratar de ir más allá.
Pero el olor de la vieja mirra de las piedras era como el humo del pensamiento oculto,
sepultado bajo los rescoldos humeantes, esperando el momento.


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