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321 a.C. Bajando al sur por la antigua carretera que seguía la costa este del Mediterráneo, el ejército de Pérdicas marchaba seguido por un largo cortejo de palafreneros, cantineros, herreros, carpinteros, fabricantes de arneses, elefantes, carromatos, mujeres, esclavos. En Sidón, en Tiro, en Gaza, la gente los observaba desde las murallas restauradas. Hacía once años que Alejandro había pasado vivo por allí, y hacía poco que lo habían visto en su último viaje, dirigiéndose a Egipto entre tañidos de campanas. Este ejército no era cosa de ellos, pero significaba guerra, y la guerra suele propagarse. Flanqueado por su guardia de eunucos bactrianos y persas, el carromato de Roxana seguía al ejército, tal como lo había seguido desde Bactra hasta la India, Drangiana, Susa, Persépolis, Babilonia. Cada parte del carruaje había sido cambiada muchas veces mientras los días se alargaban, pero siempre parecía el mismo, con el olor del cuero teñido que formaba el techo, de las esencias que en cada ciudad nueva los eunucos habían sometido a su aprobación; aun ahora, el aroma de un cojín podía evocar el calor de Taxila. Aquí estaban los macizos cuencos con turquesas incrustadas y las chucherías de su dote, las vasijas de oro repujado de Susa, un incensario de Babilonia. Todo era igual, excepto por el niño. Tenía casi dos años y lo consideraban pequeño para su edad; pero, como ella decía, el padre debía de haber sido así cuando niño. En lo demás, era obvio que heredaba las facciones de la madre: el pelo suave y oscuro, los ojos oscuros y brillantes. Era vivaracho y rara vez enfermaba; curioso y explorador; el terror de sus niñeras, que debían salvaguardarlo con peligro de sus vidas. Aunque había que protegerlo, no debían quitarle iniciativas; debía aprender que era rey desde el principio. Pérdicas la visitaba cada tantos días, él era el tutor del rey, como le recordaba a Roxana cuando reñían, algo que sucedía a menudo. Le ofendía que el niño le tuviera miedo. Eso era, dijo, porque jamás veía a ningún hombre. –Debes recordar que su padre no fue criado entre eunucos. –Entre mi gente dejan el harén a los cinco años y son espléndidos guerreros. –Sin embargo, Alejandro los derrotó. Por eso estás aquí. –¿Cómo te atreves? –exclamó ella–. ¡Llamarme cautiva, tú, que fuiste nuestro invitado en nuestra boda! ¡Oh, si él estuviera aquí! –Sería conveniente para ti –dijo Pérdicas, y partió para visitar a su otro protegido. Cuando el ejército acampaba, Filipo tenía su tienda igual que antes. Eurídice, como convenía a una dama de rango, tenía su carromato, y allí dormía. No tenía los lujos del carro de Roxana, pero como ella no los había visto se sentía cómoda e incluso lo encontraba bonito cuando exhibía los adornos de su dote. Tenía un armario espacioso; allí adentro, ocultas en mantas, había ocultado las armas a la hora de partir. Filipo era muy feliz de esta manera. Su presencia en la tienda, durante la noche, lo habría desconcertado mucho; incluso ella podría desear que Conon se fuera. De día estaba complacido con su compañía y a menudo cabalgaba junto al carromato y le señalaba los paisajes. Había seguido esta misma ruta con Alejandro y, de vez en cuando, algo le traía recuerdos incoherentes. Había acampado durante meses ante las enormes murallas de Tiro. De noche, ella cenaba con él en la tienda. Al principio odiaba verlo comer, pero con sus indicaciones mejoró un poco. A veces, al caer el sol, si el campamento estaba cerca de la costa, caminaban juntos, custodiados por Conon y lo ayudaba a buscar guijarros y conchillas, contándole las leyendas de la real casa de Macedonia que había oído de Cinane, hasta el muchacho que tomó el sol por emblema. –Tú y yo –decía ella– pronto seremos rey y reina allí. –Pero Alejandro me dijo... –murmuraba él con ansiedad. –Lo decía porque él era rey. Eso ha terminado. Tú eres el rey. Debes escucharme, ahora que estamos casados. Yo te diré lo que podemos hacer. Acababan de pasar el Sinaí y en tierras de Egipto acamparon junto a la costa chata y verde. Unos kilómetros más adelante estaba el antiguo puerto de Pelusio; más allá, el ancho delta del Nilo, una telaraña de canales y riachos intrincados. Y más allá del Nilo estaba Alejandría. Entre las palmeras, las negras acequias y los altos papiros, el ejército se extendía inquieto. El viento tibio y seco de las arenas del sur apenas empezaba; el Nilo estaba bajo, las cosechas permanecían hundidas en el limo rico, los pacientes bueyes trajinaban en los molinos de agua. Junto a las hileras de elefantes, los mahuts se quitaron sus dhotis para lavar a los animales en el canal, salpicándolos alegremente mientras ellos se duchaban con las trompas después de la calurosa travesía del Sinaí. Los camellos, bebiendo prodigiosamente, llenaron sus secretos tanques de almacenamiento; las mujeres de los soldados lavaban la ropa y a los niños. Los cantineros salían para encontrar víveres. Los soldados se preparaban para la guerra. Pérdicas y sus oficiales escrutaban el terreno. Había estado aquí con Alejandro, pero once años atrás, y ya hacía dos que Tolomeo vivía en el lugar. Los amplios panoramas de la región mostraban, en puntos vitales de acceso, donde una elevación o una estribación rocosa lo permitían, fuertes de ladrillo o madera. Ya no podía avanzar más por la costa; Pelusio estaba bien defendido por la salina que lo rodeaba. Debía dirigirse al sur, más allá de los pantanos del delta. El campamento principal debía permanecer aquí. Tomaría una fuerza móvil, ligera y ágil. Alejandro se lo había enseñado. Regresó a su tienda en el crepúsculo enrojecido por el hálito del desierto, para hacer sus planes. A través del ancho y extenso campamento, las fogatas florecían: las fogatas pequeñas de las mujeres, y las hogueras –pues las noches aún eran frías– donde veinte o treinta hombres compartían la sopa de habichuelas y el potaje, el pan y las aceitunas, los dátiles y queso, que bajaban con un vino áspero. En la hora entre la cena y el sueño, cuando los hombres charlaban ociosamente, contaban historias o cantaban, las voces empezaban a sonar alrededor del campamento, poco más allá de la luz de las llamas. Llamaban suavemente, hablando en buen macedonio, pronunciando nombres familiares, evocando viejas batallas de Alejandro, viejos amigos caídos, viejas bromas. No rechazado al principio, luego bienvenido, el que hablaba se acercaba a la hoguera. Sólo un sorbo por los viejos tiempos, si había traído vino. Mañana, quién podía saberlo, tal vez tuvieran que matarse, pero entretanto podían brindar sin rencores. En cuanto a él, sólo podía hablar por lo que veía; ahora que Alejandro había muerto, Tolomeo era el mejor. Era un soldado y nadie lo engatusaba; pero cuidaba de la gente, se ocupaba de sus problemas. ¿En qué otra parte podían encontrar eso? De paso, ¿cuánto pagaba Pérdicas a los veteranos? ¿Qué? (Un silbido largo y desdeñoso.) –Les habrá prometido botín, supongo. Oh, sí, claro que hay; pero no podréis llegar a él. Esta región es terrible para quienes no conocen los ríos. Cuidado con los cocodrilos. Son más grandes que los de la India, y astutos. Mientras crecía su audiencia, se ponía a hablar de las comodidades y placeres de Alejandría, los embarques que llegaban de todas partes, la comida fresca y sabrosa, las cantinas y las mujeres, el buen aire de todo el año; y Alejandro para traer suerte a la ciudad. Una vez vaciada la jarra de vino, y cumplida su misión, el visitante se escabullía en la noche egipcia, y sus pisadas se confundían con los ruidos extraños. Mientras regresaba al fuerte, reflexionaba satisfecho que no les había dicho una sola mentira, y que hacer un favor a los viejos amigos era un excelente modo de ganarse cien dracmas. Pérdicas estableció el último campamento poco más allá del codo del Nilo, desde donde los dedos del Delta se extendían hacia el norte. Los no combatientes que había traído consigo lo esperarían; entre ellos los reyes, a quienes quería tener vigilados. Desde allí emprenderían la marcha hacia el río. Observaron cómo él y sus soldados se internaban en el resplandor de la niebla de la mañana, a caballo y a pie, las mulas con las raciones, los camellos con las piezas de las catapultas, los elefantes después. Por un largo tiempo se empequeñecieron en la distancia chata, esfumándose al fin en un horizonte bajo de tamarindos y palmeras. Paseándose en la tienda real, Eurídice esperaba ansiosamente las noticias. Conon había encontrado una escolta y había llevado a Filipo a cabalgar. A ella también le había gustado cabalgar libremente en las colinas de Macedonia, montando de costado; pero tenía que recordar lo que sería aceptable en una reina. Pérdicas se lo había dicho. Ahora que por primera vez estaba con un ejército en campaña, toda su educación y su naturaleza se resistían a que la pusieran aparte con los esclavos y las mujeres. El matrimonio había sido una grotesca necesidad, algo que debía manipular sin que la alterara en nada; más aún, ahora, las mujeres le parecían una especie extraña que no le imponía ninguna ley. Junto a su carromato, sus dos doncellas estaban sentadas a la sombra, hablando suavemente en lidio. Ambas eran esclavas. Le habían ofrecido damas de compañía, pero las había rechazado, diciendo a Pérdicas que no exigiría a mujeres débiles que resistieran los rigores de la marcha. Lo cierto era que no aguantaba el tedio del parloteo de las mujeres. El sexo le era indiferente; en ese sentido necesitaba a las mujeres aún menos que a los hombres. Su noche de bodas había terminado definitivamente con eso. En sueños de adolescente había luchado, como Hipólita, al lado de un héroe. Desde entonces se había vuelto ambiciosa y sus sueños eran diferentes. A la tercera mañana estaba impacientada. Ni siquiera su ambición encontraba una salida. El día se extendía ante ella, vacío y chato como la región. ¿Por qué tenía que soportarlo? Recordó el armario donde traía sus armas. Su túnica de hombre también estaba allí. Ella era la reina; Pérdicas tenía que haberle enviado informes. Si nadie le traía noticias, ella iría a buscarlas. Todo lo que sabía sobre la expedición lo había oído de Conon, que tenía muchos amigos en el campamento. Pérdicas, había dicho, había partido sin mencionar a nadie su objetivo, ni al comandante del campamento ni a los oficiales que lo acompañaban. Había oído que merodeaban espías por las tiendas. A los oficiales no les había gustado; Seleuco, que mandaba los elefantes, quería saber cómo iban a usarlos. Conon ocultaba mucho más de lo que había dicho; en el campamento estaban diciendo que Pérdicas actuaba con mucha más independencia que el mismo Alejandro; Alejandro había sabido cómo persuadir. Sin embargo, le había confiado a Eurídice que con los víveres y monturas que llevaban calculaba que no marcharían más de treinta millas. Y ésa era la distancia hasta el Nilo. Eurídice se puso la túnica, se ciñó el corselete de cuero, se sujetó las hombreras, calzó botas de montar y grebas. Tenía pechos pequeños y el corselete ocultaba las curvas. El yelmo era una simple gorra de guerra iliria, sin plumas. Su abuela Audata lo había usado en la frontera. Los esclavos somnolientos no la vieron irse. Los que cuidaban los caballos la tomaron por un escudero real y, ante su orden imperiosa, le dieron un buen corcel. Aun después de tres días, la huella de las tropas era visible: la hierba triturada, el polvo arremolinado, los excrementos de caballo y camello, las orillas pisoteadas de las acequias, las salpicaduras de agua en las parcelas. Los labriegos que trabajaban para reparar las esclusas alzaban los ojos huraños llenos de odio hacia todos los soldados destructores. Ella estaba a sólo pocas millas cuando encontró al mensajero. Venía en camello, un hombre huraño y sucio de polvo que la miró con malos ojos por no hacerse a un lado. Pero era un soldado; ella viró y lo alcanzó. El caballo retrocedió ante el camello. –¿Qué noticias hay? –dijo ella–. ¿Ha habido batalla? Él se inclinó para escupir; pero tenía la boca seca, y sólo salió el sonido. –Apártate de mi camino, muchacho, no tengo tiempo para ti. Llevo despachos para el campamento. Deben prepararse para trasladar a los heridos... lo que queda de ellos. – Espoleó el camello, que movió la cabeza desdeñosa y se alejó en medio de una nube de polvo. Un par de horas más tarde encontró las carretas. Cuando se acercaron, adivinó la carga por los quejidos, por los aguateros en burros y por el médico inclinado bajo uno de los toldos. Cabalgó junto a la caravana, oyendo el zumbido de las moscas, una maldición cuando una carreta se bamboleaba. La cuarta carreta traía hombres que hablaban y miraban el paisaje; hombres heridos en los brazos o las piernas, que aún conservaban la lucidez. Adentro vio una cara conocida; era el veterano que la había defendido en el camino de Sardis, cuando murió su madre. –¡Taulo! –llamó ella, acercándose a la carreta–. Lamento verte herido. Fue saludada con asombro y placer. ¡La reina Eurídice! ¡Y ellos la habían tomado por un joven de la caballería! ¿Qué hacía allí? ¿Se proponía conducirlos a la batalla? Digna hija de su familia. Su abuelo habría estado orgulloso de ella. Bien, por suerte no había llegado a tiempo para la faena de ayer. A uno le hacía bien verla. Ella no comprendió que les despertaba afecto por ser joven; si hubiera tenido treinta años en vez de quince habría sido objeto de las burlas de los soldados por sus alardes varoniles. Parecía un niño encantador sin haber perdido su aire de muchachita; ella era su amiga y aliada. Mientras cabalgaba al paso junto a la carreta, ellos le manifestaron sus quejas. Pérdicas los había conducido a un lugar del Nilo llamado Vado de los Camellos. Pero desde luego el vado estaba protegido por un fuerte, con empalizada, escarpa y muralla. Los exploradores de Pérdicas habían dicho que la guarnición no era numerosa. –Pero olvidó que Tolomeo aprendió el oficio con Alejandro –dijo rencorosamente un veterano más joven. –Pérdicas lo odia –dijo otro–, y por eso lo subestima. Eso no es aconsejable en la guerra. Alejandro era más prudente. –Exacto. Claro que el fuerte tenía poca guarnición. Tolomeo se mantuvo a la expectativa, hasta saber dónde sería el ataque. Una vez que lo supo, vino como el viento; dudo que Alejandro hubiera sido mucho más rápido. Cuando estábamos cruzando el vado, él llegó al fuerte con un regimiento. –Y te diré otra cosa –dijo Taulo–. No quiso derramar sangre macedonia. Pudo haber estado al acecho y caer sobre nosotros mientras cruzábamos, pues había llegado sin que lo viéramos. Pero se paró en las murallas, con un heraldo, mientras sus hombres gritaban tratando de ahuyentarnos. Tolomeo es un caballero. Alejandro le tenía una gran estima. Con un gruñido de dolor, se tendió en la paja para descansar la pierna herida. Ella le preguntó si necesitaba agua; pero todos necesitaban hablar. Los heridos de gravedad iban en las otras carretas. Pérdicas, dijeron, les había dirigido un discurso apelando a su lealtad. Él era el tutor de los reyes, designado directamente por Alejandro. Esto no podían negarlo; además les estaba pagando y la paga no estaba atrasada. Los elefantes habían cargado las escaleras, y también habían derribado las empalizadas de la orilla del río, dirigidos por los mahuts, arrancando las estacas como los árboles de cuyas hojas se alimentaban, la piel correosa invulnerable a las jabalinas que les disparaban. Pero los defensores estaban bien entrenados; la explanada era abrupta; los hombres arrancados de las escaleras habían rodado por la empalizada rota hasta el río, donde el peso de las armaduras los había ahogado. Fue entonces cuando Pérdicas ordenó que los elefantes asaltaran las murallas. –A Seleuco no le gustó. Dijo que ya habían hecho lo suyo. Dijo que no tenía sentido que una bestia cargara con dos hombres cuando podía llevar una docena, y para colmo exponer al animal. Pero se le dijo crudamente que debía cumplir órdenes. Y eso tampoco le gustó. Se ordenó a los elefantes que soltaran su grito de guerra. –Pero Tolomeo no se asustó. Pudimos verlo sobre la muralla con una sarisa larga, derribando a los nuestros cuando subían. Un elefante puede asustar a cualquiera en tierra, pero no a quien está encima de una muralla. Los elefantes habían trepado por la escarpa, hundiendo las patas pesadas en la tierra, hasta que Plutón, el líder, empezó a empujar la muralla de madera. Plutón podría competir con un ariete, pero Tolomeo no se amilanó. Desviando los proyectiles con el escudo, empuñó una larga lanza e hirió a Plutón en los ojos. Cuando trepó el otro elefante, alguien hirió al mahut. De modo que quedaron esas dos enormes bestias, una ciega, y la otra sin guía, trepidando y correteando escarpa abajo, aplastando a todo el que se les interponía. –Así fue –dijo un hombre– como me quebré el pie. No fue el enemigo. Y si nunca vuelvo a caminar normalmente, no será a Tolomeo a quien culparé. Todos los hombres de la carreta gruñeron de furia. No habían visto mucho más de la batalla, pues los habían herido en ese momento; pensaban que había continuado el día entero. Ella los acompañó un trecho más, ofreciéndoles consuelo y luego les preguntó cómo llegar a Vado del Camello. Insistieron en que se cuidara y no actuara precipitadamente. No podían perder a la reina. Más adelante, una mole oscura y movediza apareció a lo lejos, saliendo lentamente de un bosquecillo de palmeras que bordeaba una laguna. Al acercarse vio dos elefantes, el más pequeño adelante, el más grande sujetándole la cola. Plutón volvía a casa, guiado como su madre lo había guiado cuarenta años atrás en la jungla nativa, para resguardarlo de los tigres. El mahut lloraba; los ojos lastimados de Plutón, que manaban un liquido sanguinolento, también parecían llorar. Eurídice lo tomó en cuenta como prueba del valor de Tolomeo. En su patria su principal diversión había sido la caza; daba por sentado que los animales estaban en el mundo para que los usaran los hombres. Interrogando al otro mahut, que parecía más sereno, se enteró de que Pérdicas había desistido del asalto al anochecer y se había marchado con la oscuridad, no se sabía adónde. Era obvio que si seguía adelante correría el riesgo de caer en manos del enemigo, de modo que regresó al campamento. Nadie la había echado de menos excepto el viejo Conon, quien la reconoció en cuanto volvió; pero, como ella le advirtió con los ojos, ése no era el lugar para reprenderla. Él no quiso delatarla. Por lo demás, la boda de Filipo había sido nueve días atrás, y ahora tenían otras preocupaciones. Fue ella quien empezó, vaga y trabajosamente, a vislumbrar su futuro. El ejército de Pérdicas, lo que quedaba de él, regresó al día siguiente. Primero llegaron hombres dispersos, sin oficiales, sin disciplina, desaliñados. Tenían la ropa, la armadura y la piel salpicada de cieno del Nilo; eran hombres negros, excepto por los ojos claros y furibundos. Merodeaban por el campamento buscando agua para beber y lavarse, difundiendo la historia de confusión y desastre. Luego llegó el grueso de las fuerzas, una masa huraña y ceñuda, guiada por Pérdicas con una cara de piedra, con oficiales taciturnos. Volviendo a su ropa femenina y a su reclusión, ella envió a Conon para enterarse de las novedades. Mientras él no estaba, notó que alrededor del pequeño círculo de tiendas reales se estaban reuniendo los hombres. Formaron grupos, sin hablar demasiado, pero con el aire de gente que ha llegado a un acuerdo. Intrigada e inquieta, buscó a los centinelas; pero ellos también se habían reunido con los callados observadores. El instinto disipó el miedo. Se dirigió a la entrada de la tienda real, y se dejó ver. Todos levantaron los brazos saludándola con gesto silencioso y alentador. –Filipo –dijo–, sal y deja que esos hombres te vean. Sonríeles y salúdalos como Pérdicas te enseñó. Muéstrame a mí... eso es, así. No digas nada, sólo salúdalos. Él salió y entró complacido. –Me saludaron con el brazo –dijo con satisfacción. –Dijeron «Viva Filipo». Recuerda, cuando la gente diga eso, debes sonreír siempre. –Sí, Eurídice. –Él se puso a ordenar las conchillas con unas cuentas de vidrio rojo que ella había comprado a un buhonero. Una sombra oscureció la entrada de la tienda. Conon esperó permiso para entrar. Cuando ella le vio la cara, volvió los ojos hacia el rincón, donde estaba la lanza ceremonial de Filipo. –¿Viene el enemigo? –dijo. –¿Enemigo? –dijo él, con tono despreocupado–. No, señora... No te inquietes por esos muchachos de afuera. Ha sido una iniciativa de ellos, por si hay problemas. Los conozco a todos. –¿Problemas? ¿Qué problemas? Le vio la vieja cara pétrea de soldado. –No sé, señora. Corren distintas versiones en el campamento. Sufrieron un revés, tratando de cruzar el Nilo. –Yo he visto el Nilo –intervino Filipo–. Cuando Alejandro... –Cállate y escucha. Sí, Conon, prosigue. Aparentemente Pérdicas había dado a los hombres unas horas de descanso después del asalto al fuerte. Luego les había ordenado levantar el campamento y prepararse para una marcha nocturna. –Conon –dijo repentinamente Filipo–, ¿por qué gritan todos esos hombres? Conon también lo había oído, y le había flaqueado la voz. –Están furiosos, señor. Pero no contigo ni con la reina. No temas, no vendrán aquí. –Siguió con su relato. Los hombres de Pérdicas habían peleado en el calor del día, hasta el anochecer. Estaban desalentados y exhaustos, pero él les había prometido un cruce fácil más al sur, en Menfis, por la orilla este del río. –Menfis –dijo Filipo, radiante. Tiempo atrás, desde una ventana, había observado la fastuosa entronización de Alejandro como faraón, hijo de Ra. Le había parecido que era todo de oro. –Alejandro sí sabía cómo estimular a los hombres –estaba diciendo Conon. Fuera, las voces de los soldados se elevaron un poco, como si recibieran noticias. El sonido se apagó nuevamente. –En la oscuridad antes del alba –continuó Conon–, habían llegado al cruce. Allí el río estaba partido por una isla de una milla de largo que detenía su caudal y los recodos eran menos profundos. Debían cruzarlo en dos etapas, reuniéndose en la isla entre una y otra. »Pero era más hondo de lo que él pensaba. A poca distancia de esta orilla, el agua les llegaba al pecho. Con la corriente tironeando de los escudos, algunos cayeron; el resto tuvo que recurrir a todas sus fuerzas para conservar el equilibrio. Entonces Pérdicas recordó cómo Alejandro cruzó el Tigris. Hizo una pausa, para ver si ella conocía esa famosa hazaña. Pero ella no había incitado a nadie a hablarle de Alejandro. –Es un río torrentoso, el Tigris. Antes de hacer cruzar a la infantería, Alejandro puso dos columnas de caballería en el río, corriente abajo y corriente arriba. Corriente arriba para quitarle fuerza, corriente abajo para frenar a cualquier hombre que fuera arrastrado. Él fue el primero en cruzar, tanteando los pozos con la lanza. –Sí –dijo fríamente Eurídice–, ¿pero qué hizo Pérdicas? –Lo que él hizo fue usar los elefantes. –¿No se ahogaron? –preguntó ansiosamente Filipo. –No, señor. Los que se ahogaron fueron los hombres... ¿Dónde está ese holgazán de Sinis? No se puede confiar en un cario en un momento como éste. Espera, señora. – Acercó una vela a la pequeña lámpara de día, y con la llama encendió el candelabro de pie. Fuera, un fulgor rojo mostraba que los soldados estaban cocinando. La sombra de Conon, agigantada por la luz que recibía de atrás, lucía oscura y múltiple en las colgaduras raídas de la tienda. –Puso los elefantes corriente arriba, en línea, y la caballería corriente abajo; luego ordenó a la falange que avanzara. Los jefes de la falange se adentraron con sus hombres, y cuando llegaron a la mitad, fue como si el Nilo se hubiera desbordado. Les cubría la cabeza; corriente abajo, los caballos tenían que mantenerse a nado. Fue por el peso de los elefantes; agitó el fondo lodoso, que el Tigris no tenía. Pero lo peor, dicen todos, fue ver a los camaradas presa de los cocodrilos. –Yo vi un cocodrilo –dijo Filipo ávidamente. –Sí, señor, lo sé... Bien, antes que se ahondara demasiado, unos pocos hombres llegaron a la isla. Pérdicas comprendió que no podría seguir adelante, de modo que los llamó y les ordenó regresar. –¿Regresar? –dijo Eurídice. Escuchó con otro ánimo los ruidos de afuera, el murmullo que subía y bajaba, el largo gemido en los vivaques de las mujeres de los soldados–. ¿Les ordenó regresar? –Era eso o dejarlos allí. Lo cual significaba que arrojaran las armas, cosa que ningún macedonio hizo mientras los conducía Alejandro, y eso no lo olvidan. Algunos gritaron que preferían seguir el cruce y entregarse a Tolomeo. Nadie sabe qué se hizo de ellos. Los demás volvieron al agua, que estaba más profunda que nunca, llena de sangre y cocodrilos. Algunos salieron con vida. He hablado con ellos. Uno dejó la mano en la boca de un cocodrilo. Tiene el resto del brazo destrozado, no sobrevivirá... Perdieron dos mil hombres. Ella pensó en los carros cargados de heridos, ahora una mera gota en un océano de desastres. Un impulso incontenible, mezcla de furia, piedad, desprecio y ambición que aprovecha la oportunidad, la dominó. Se volvió a Filipo. –Escúchame. –Esperó, atento, reconociendo la voz autoritaria como lo haría un perro–. Saldremos a ver a los soldados. Los han tratado mal, pero saben que nosotros somos sus amigos. Esta vez, tú debes hablarles. Primero devuélveles el saludo; luego, escucha con cuidado, dirás: «Hombres de Macedonia. El espíritu de mi hermano lloraría al ver este día». No digas nada más, aunque te contesten. Luego yo hablaré con ellos. Él repitió las palabras; salieron al anochecer, iluminados por las lámparas de la tienda y por las fogatas de los soldados. Un hurra instantáneo los saludó; se corrió la noticia y los hombres se agruparon para escuchar. Filipo no tartamudeó; ella no le había enseñado más de lo que podía retener. Lo vio complacido consigo mismo y, temerosa de que se pusiera a improvisar, se volvió rápidamente hacia él asintiendo en silencio como una esposa conforme. Luego habló. Ellos eran todo oídos. Que el rey tuviera en cuenta sus pesares les había sorprendido y complacido; no podía ser tan lento como la gente decía. Un hombre de pocas palabras. No importaba. Valdría la pena oír a la reina. Roxana, que estaba en su carromato, había pensado que la tropa estaba apostada allí para protegerla a ella. Sus eunucos le habían contado que había problemas en el campamento, pero sabían poco griego y ningún soldado había tenido tiempo para ellos. Oyó con desconcertada furia la voz joven y vibrante clamando por la desdichada pérdida de tantos valientes, prometiendo que cuando llegara el momento de que el rey los gobernara en persona, él cuidaría de que no se desperdiciaran las vidas de los buenos soldados. Roxana oyó los vítores. Sus cinco años de matrimonio habían estado llenos de vítores; gritos de aclamación, el rugido rítmico cuando pasaba un desfile de victoria. Esto era diferente: empezaba con murmullos de indulgente afecto, pero terminaba con un coro de rebelión. ¡Esa arpía asexuada! «Su esposo –pensó Roxana–, ese bastardo idiota, nunca compartiría el trono del hijo de Alejandro.» Justo entonces el niño, que había estado tenso todo el día, tropezó con algo y rompió a llorar. Eurídice, terminados los vítores, lo oyó y se dijo que el hijo de la bárbara jamás reinaría en Macedonia. Pérdicas estaba sentado a la mesa en su tienda, pluma en mano, frente a un díptico de cera. Estaba solo. Ante los hechos tendría que haber llamado a su alto mando para celebrar un consejo de guerra y decidir el próximo paso; pero, pensaba, debía darles tiempo para calmarse. Seleuco le había respondido con monosílabos; Pitón había adoptado una expresión taimada con sus cejas rojizas y su nariz puntiaguda, diciendo cualquier cosa menos lo que pensaba; Arquías, que estaba en el campamento, no se le había presentado. Una vez más lamentó haber mandado a Alcetas al norte con Eumenes; no había nada como un hermano en tiempos de inestabilidad. Alrededor del cuenco doble de su lámpara alta, frágiles escarabajos broncíneos y polillas que parecían de papel aleteaban y caían instantáneamente muertas formando un círculo. Fuera de la tienda, los escuderos hablaban en voz baja. Era una quiebra en la disciplina, pero no tenía ganas de salir a remediarla. Todo lo que oía, de vez en cuando, era un nombre. A través de la rendija de la entrada brillaba la llama del fuego donde estaba sentado el resto. Aún no tenía el derecho real a elegir nuevos muchachos entre las casas nobles de Macedonia. Uno o dos habían muerto de fiebre o en la guerra, los demás todavía estaban allí, su herencia de la cámara mortuoria de Babilonia. Últimamente no había tenido mucho tiempo para ellos, sólo daba por sentado que estarían allí si los necesitaba. Habían estado con él en el Nilo, con caballos frescos, esperando que estuviera preparado para cruzar. Las voces zumbaban, ahora un poco más cerca, o más descuidadas. «Alejandro siempre...» «Alejandro tampoco hubiera...» «¡Jamás! ¿Recuerdas como...?» Las voces bajaron; no voces de protesta, sino de juicio íntimo y privado. Se puso de pie, luego se sentó, mirando el diminuto holocausto alrededor de la lámpara. Bien, él me confió su anillo. ¿Acaso lo olvidan? Pero como si hubiera hablado en voz alta, creyó oír un murmullo: «Pero Crátero estaba en Siria. Y Hefestión estaba muerto». Buscando calidez y consuelo, evocó los días de juventud y gloria; es más, el momento de euforia en que, empuñando la espada manchada con la sangre del asesino de Filipo, había mirado, por primera vez esos ojos penetrantes y grises. «Bien hecho, Pérdicas.» (¡Él sabía mi nombre!) «Cuando se hayan celebrado los ritos de mi padre, tendrás noticias de mí.» El largo cortejo de esos cortos años desfiló ante él. Atravesó triunfalmente Persépolis. Se interrumpieron los murmullos de afuera. Los escuderos habían callado. Nuevas voces; más firmes. –Podéis iros. –¿Cómo has dicho, señor? –He dicho que os fuerais. –La voz de Pitón, sin duda–. Id a vuestra tienda. Oyó el tintineo de las armas y armaduras, pasos que se alejaban. Nadie había entrado para pedir órdenes, para dar una advertencia. Dos años atrás, lo habían vitoreado por desafiar a Meleagro. Pero entonces acababan de salir de la cámara mortuoria de Babilonia. Abrieron la tienda. Por un instante vio el centelleo de las hogueras, antes que el grupo de hombres lo tapara. Pitón, Seleuco, Peucestes con su cimitarra persa. Y otros más detrás de ellos. Nadie habló; no era necesario. Peleó mientras pudo; hoscamente, en silencio. Tenía su orgullo; había sido, aunque no por mucho tiempo, el lugarteniente de Alejandro. Su orgullo decidió, cuando ya era demasiado tarde para pensar, no morir pidiendo una ayuda que no llegaría. Desde la tienda real, Eurídice oyó la creciente confusión de rumores, el silencio y los vítores salvajes. Sus protectores se inquietaban, buscando noticias. Hubo una repentina agitación; un hombre joven se acercó corriendo, sin yelmo, rojo y sudoroso por la excitación y el calor del fuego. –Señor, señora. Pérdicas ha muerto. Ella calló, más azorada de lo que había imaginado. Antes que pudiera hablar, Filipo dijo: –Bien. Eso está bien. ¿Tú lo mataste? –No, señor. Fueron los generales, según entiendo. Ellos... Hizo una pausa. Un nuevo griterío perforaba el bullicio vago y fluctuante, el rugido de una turba buscando la presa. Pronto se mezcló con los gritos de las mujeres. Por primera vez Eurídice tuvo miedo. Algo se había desatado, algo que no podría contenerse con palabras. –¿Qué fue eso? –preguntó. Él frunció el ceño y se mordió el labio. –Siempre hay algunos que se propasan una vez que han empezado. Buscarán a los allegados de Pérdicas. No temas, señora. No dañarán a los reyes. Una enérgica voz la sobresaltó. –Si vienen aquí, los matare. Filipo había encontrado su lanza ceremonial y la empuñaba con firmeza. La punta ornamentada tenía filo. A ella le costó quitársela de las manos. Tolomeo llegó al campamento al día siguiente. Le habían informado de la muerte de Pérdicas en cuanto ocurrió –algunos decían que antes– y llegó con un cortejo que, aunque impresionante, no lucía amenazador. Basándose en sus informes, optó por presentarse como un hombre de honor que confiaba en sus pares. Recibió una cálida bienvenida, incluso ovaciones. Los soldados veían en su intrépida confianza un toque de Alejandro. Pitón, Seleuco y Peucestes le salieron al encuentro y lo escoltaron. Había traído a Aribas, cabalgando a su derecha. La carroza de Alejandro estaba en Menfis, esperando la terminación de la tumba; desde la orilla del río fatal Pérdicas casi habría podido vislumbrar el destello de su cima de oro. Su arquitecto saludó amistosamente a los generales. Al cabo de una breve pausa ellos devolvieron el saludo; había que tomar las cosas como venían. Las condiciones de Tolomeo habían sido acordadas de antemano. La primera de ellas era que interpelaría al ejército para responder a la acusación de traición formulada por Pérdicas. Los generales no tenían opción. Les había ofrecido su palabra de caballero de que no incitaría a las tropas contra ellos. La necesidad de esta garantía, a fin de cuentas, hablaba por sí misma. Los ingenieros, trabajando aceleradamente, habían levantado una tarima. Siguiendo la costumbre de Alejandro, la habían instalado cerca de los aposentos reales. Eurídice al principio la confundió con una horca, y preguntó quién sería ejecutado. Le dijeron que Tolomeo pronunciaría un discurso. Filipo, que estaba formando una espiral con sus piedras, alzó los ojos vivazmente. –¿Viene Tolomeo? ¿Me ha traído un regalo? –No, sólo viene para hablar con los soldados. –Siempre me trae un regalo. –Acarició un enorme cristal amarillo de Asia central. Eurídice estaba observando cavilosamente la alta tarima. Ahora que Pérdicas había muerto, el único tutor designado de los reyes era el distante Crátero, que luchaba en alguna parte de Siria contra Eumenes. Tampoco había gente de Asia. ¿Era éste el momento señalado por el destino? «Hombres de Macedonia, reclamo el derecho para gobernar en mi propio nombre.» Podía enseñarle eso, y luego hablar ella misma como la noche anterior. ¿Por qué no? –Filipo. Deja eso ahora. –Le dijo cuidadosamente las palabras. No debía interrumpir el discurso de Tolomeo; ella le diría cuándo empezar. Un círculo de soldados rodeaba la tienda real. Era sólo para protegerlos de la multitud reunida en asamblea, pero dejaba espacio. Uno podía salir y hacerse oír. Ella ensayó mentalmente el discurso. Tolomeo, flanqueado por Pitón y Aribas, subió la escalera de la tarima, bienvenido por hurras. Eurídice quedó pasmada. Ya había oído hurras ese día, pero jamás se le había ocurrido que fueran en honor de un enemigo reciente. Había oído hablar de Tolomeo – era, en cierto modo, un pariente– pero nunca lo había visto. Ella aún desconocía la historia del ejército de Alejandro. Aunque Pérdicas a menudo había dicho que era un traidor, las tropas sabían que Tolomeo era un hombre respetado y valiente. Desde el principio, nadie había querido en verdad hacer la guerra contra él; cuando empezó el desastre, ningún odio por el enemigo podía levantarles la moral. Ahora lo saludaban como a un fantasma de días mejores y lo escuchaban con avidez. Empezó con un epitafio por los muertos. Lloraba como ellos la pérdida de camaradas valientes contra quienes le habría dolido usar la lanza. En su lado del río habían muerto muchos que, de haber vivido, él habría recibido con orgullo en su ejército. Había celebrado los ritos y había traído sus cenizas. No pocos, por suerte, habían llegado vivos a la costa. Los había traído de regreso; estaban presentes en la asamblea. Los hombres rescatados iniciaron los vítores. Todos habían sido liberados sin rescate; todos se habían alistado con Tolomeo. Y ahora, dijo, hablaría de aquel que mientras vivía había unido orgullosamente a todos los macedonios atraídos por sus victorias y la gloria que lo rodeaba. Haciendo llorar a muchos, les habló del deseo de Alejandro de volver a la tierra de Amón. (Sin duda, pensaba Tolomeo, lo habría dicho si en sus últimos momentos hubiera podido hablar.) Por respetar a Alejandro lo habían acusado de traición, aunque él jamás había alzado la espada contra los reyes; y esa acusación venía de un hombre que había codiciado el trono. Había venido para someterse al juicio de los macedonios. Allí estaba. ¿Cuál sería su veredicto? El veredicto fue unánime, casi delirante. Él esperó, sin ansiedad ni impertinencia, a que los hombres callaran. Le alegraba, dijo, que los soldados de Alejandro lo recordaran. No atentaría contra la lealtad de nadie; el ejército de los reyes podía marchar al norte con su beneplácito. Entretanto, había oído que a causa de las pasadas penurias el campamento tenía pocas provisiones. Egipto había tenido una buena cosecha. Le agradaría enviar algunos víveres. En verdad las raciones eran escasas y estaban en mal estado; algunos hombres no habían comido desde el día anterior. Hubo una fervorosa aclamación. Seleuco subió a la tarima. Propuso a la asamblea que Tolomeo, cuya magnanimidad en la victoria había igualado la de Alejandro, fuera designado regente de Asia y tutor de los reyes. Los gritos de aprobación fueron enardecidos y unánimes. Se agitaron manos y sombreros. Ninguna asamblea había hablado con voz más clara. Por un instante, Tolomeo se irguió como el Aquiles de Homero, enfrentando el dilema. Pero ya había hecho su elección, y nada podía alterarla. Como regente, tendría que salir del próspero y cordial Egipto, donde ya era prácticamente rey; conducir sus tropas, que le tenían aprecio y confianza, para llevarlos a una posible degollina donde nadie podía confiar en nadie. Allí estaba Pérdicas, que aún no se había enfriado. No. Conservaría su tierra, la cuidaría y la legaría a sus hijos. Con elegancia y firmeza, habló para rechazar el ofrecimiento; la satrapía de Egipto y la construcción de Alejandría ya eran un peso bastante grande para un hombre como él. Pero ya que lo habían honrado con su voto, se encargaría de nombrar a dos amigos de Alejandro para que compartieran ese cargo. Señaló a Pitón y Aribas. En la tienda real, Eurídice lo oyó todo. Los generales macedonios sabían hablar con voz resonante, y Tolomeo no era la excepción. Le oyó terminar el discurso con una anécdota militar, misteriosa para ella, grata para los soldados. Sintiéndose derrotada, vio su altura, su presencia, su aire de serena autoridad; un hombre feo, imponente, hablando ante hombres. –¿Te duele la cara? –dijo Filipo. Ella notó que se la había cubierto con las manos–. ¿Hablaré ahora? –dijo dirigiéndose hacia afuera. –No –dijo ella–. Hablarás otro día. Aquí hay demasiados extraños. Él volvió a su juego. Eurídice se volvió para encontrar a Conon a sus espaldas. Debía de hacer un rato que estaba allí en silencio. –Gracias, señora –dijo Conon–. Creo que es mejor. Más tarde un asistente anunció que Tolomeo presentaría sus respetos al rey. Llegó poco después, saludó afablemente a Eurídice y palmeó los hombros de Filipo en un abrazo fraternal que alegró al rey. Era casi como cuando llegaba Alejandro. –¿Me has traído un regalo? –pregunto. –Claro que sí –dijo enfáticamente Tolomeo, casi sin cambiar de expresión–. No lo tengo aquí. Tenía que hablar con todos esos soldados. Lo recibirás mañana. ¡Vaya, Conon! ¿Hace mucho tiempo, verdad? Pero veo que lo cuidas bien. Se lo ve tan saludable como un caballo de guerra. Alejandro siempre se alegraba de haber confiado en ti. Conon lo saludó con los ojos húmedos. Nadie lo había elogiado después de Alejandro. Tolomeo se volvió para irse, pero recordó sus modales. –Prima Eurídice, espero que tengas suerte. Veo que Filipo ha sido afortunado. –Hizo una pausa, la miró unos segundos. Con voz grata, pero diferente, añadió–: Una esposa sensata como tú lo mantendrá lejos de ciertos problemas. Ya hubo muchos que trataron de usarlo. Incluso su padre, si Alejandro no hubiera... bien, no importa. Ahora que Alejandro ha muerto, necesita alguien que lo cuide. Bien... salud y prosperidad, prima. Adiós. Se marchó, y Eurídice se quedó preguntándose por qué ella, una reina, se había inclinado ante un mero gobernador. Su propósito había sido prevenirla, no elogiarla. Otro que heredaba la arrogancia de Alejandro. Al menos a él no volvería a verlo. Roxana lo recibió con más formalidad. Aún lo tomaba por el nuevo tutor de su hijo, y le ofreció los manjares reservados para los invitados importantes, previniéndolo contra las intrigas de la zorra macedonia. Él la defraudó, elogiando a Pitón y Aribas. ¿Dónde estaría ella, se preguntó mientras mordisqueaba un bombón, si Alejandro estuviera vivo? Una vez que Estatira hubiera parido un varón, ¿habría él aguantado los arranques de la bactriana? El niño se le había trepado encima, y le pasaba las manos pegajosas por el manto limpio. Había manoteado los dulces, tirado algunos en la alfombra, y se había servido más; la madre apenas lo había reprendido. No obstante, Tolomeo se lo puso sobre las rodillas, para ver a ese hijo de Alejandro que llevaba su nombre. Los ojos oscuros eran brillantes y vivaces; el niño comprendió antes que su madre que lo estaban evaluando y dio una pequeña función, saltando y cantando. «Su padre siempre fue un actor –pensó Tolomeo–; pero tenía pasta para el teatro. ¿Éste la tendrá?» –Vi a su padre cuando era pequeño como él –comentó. –Ha heredado rasgos de ambas familias –dijo Roxana con orgullo–. No, Alejandro, no ofrezcas un dulce a tu huésped después de haberlo mordido... Lo hace para halagarte, sabes. –El niño probó otro y lo tiró. Tolomeo lo alzó con firmeza y lo puso en el suelo. El niño se enfurruñó (igual que el padre, pensó Tolomeo) y rompió a llorar (igual que la madre). Más que sorprenderlo, lo consternó ver a Roxana eligiéndole sus dulces favoritos de la fuente para dárselos en–la boca. –Ah, siempre se sale con la suya. Ya es todo un pequeño rey. Tolomeo se puso de pie y miró al niño, quien lo miró a su vez desde el regazo de la madre, con extraña e inquieta seriedad, apartando las manos de Roxana. –Sí –dijo él–. Es hijo de Alejandro. No olvides que su padre supo gobernar a los hombres porque antes aprendió a gobernarse a sí mismo. Roxana estrechó al niño y lo miró con rencor. Tolomeo hizo una reverencia y salió. En la entrada de la tienda, llena de alfombras preciosas y lámparas incrustadas de gemas, se volvió y vio al niño observándolo con ojos grandes y oscuros. En el palacio de Sardis, sentada en la misma sala donde había recibido a Pérdicas, Cleopatra enfrentó a Antípatro, el regente de Macedonia. La muerte de Pérdicas la había conmovido hasta las raíces. No lo había amado, pero le había consagrado su vida y le había confiado su futuro. Ahora se enfrentaba al vacío. Todavía estaba tratando de reaccionar de su desolación cuando Antípatro llegó de su campamento de Cilicia. Lo había conocido toda su vida. Tenía cincuenta años cuando ella nació. Salvo por las canas, la barba y las cejas, no había cambiado y parecía formidable como siempre. Se sentó en la silla que Pérdicas había ocupado a menudo, tieso como una lanza, una mirada de inflexible autoridad en los ojos desleídos y azules. Era culpa de él, se dijo Cleopatra, que Olimpia hubiera venido de Macedonia a Dodona para hacerle la vida imposible. Era culpa de él que ella estuviera allí. Pero los hábitos de su juventud aún persistían; él era el regente y en su presencia ella se sentía como una niña maligna que ha roto algo antiguo y precioso y espera un bien merecido castigo. Él no la reprendió. Simplemente la trató como a alguien cuya profunda humillación se da por descontada. ¿Qué había que decir? Ella había provocado la ruptura. Por ella, Pérdicas había rechazado a la hija del regente, después de desposarla por razones políticas; había planeado usurpar el poder, lealmente conservado a través de dos reinados. Cleopatra guardó silencio, jugueteando con un anillo, el regalo de compromiso de Pérdicas. «A fin de cuentas –pensó tratando de armarse de coraje–, él no es el legítimo regente. Alejandro decía que era demasiado cruel, me lo contó Pérdicas.» La regencia correspondía a Crátero. ¿Qué sucedería? –¿Te han contado que Crátero está muerto? –dijo Antípatro, con su voz lenta y áspera. –¿Crátero? –Estaba demasiado aplastada para lamentarlo–. No, no lo había oído. – El apuesto Crátero, el ídolo de los soldados junto a Alejandro; jamás había adoptado las costumbres persas, era un macedonio puro. Ella lo había adorado a los doce años cuando era escudero de su padre; había atesorado un mechón de pelo de caballo que la cresta de su yelmo había dejado en un árbol–. ¿Quién lo mató? –Sería difícil decirlo. –La mirada de él era intensa bajo las cejas blancas y pobladas–. Tal vez él pensaría que tú. Como sabes, Pérdicas envió a Eumenes al norte para impedir que cruzáramos el estrecho. Llegó demasiado tarde para eso. Cruzamos, dividimos nuestras fuerzas y fue él quién se topó con Eumenes. El griego es astuto. Intuyó que si sus macedonios sabían contra quién iban a luchar, se amotinarían y cambiarían de bando; de modo que les ocultó la verdad. Cuando chocó la caballería, el caballo de Crátero cayó. Tenía el yelmo cerrado y no lo reconocieron. Los caballos lo pisotearon. Cuando todo terminó lo encontraron agonizando. Me han dicho que hasta Eumenes lloró. Cleopatra ya no tenía más lágrimas. La desesperanza, la humillación y la pena le pesaban como piedras negras. Era un invierno gris para ella, y resistió el frío en silencio. –Pérdicas tuvo mala suerte –dijo él con sequedad. «¿Era posible –pensó ella– que aún faltara más?» Estaba sentado allí como un juez contando los azotes del verdugo–. La victoria de Eumenes fue total. Envió un mensajero a Egipto, para anunciarlo a Pérdicas. Si él lo hubiera oído a tiempo, habría persuadido a sus hombres de que su causa aún valía la pena. Cuando el mensajero llegó, ya estaba muerto. «¿Qué hicimos –pensó ella– para enfurecer tanto a los dioses?» Pero conocía los anales del trono de Macedonia. Tenía la respuesta: «Nosotros fracasamos.» –De modo –estaba diciendo Antípatro– que la única retribución de Eumenes, además de sus heridas, fue ser condenado en ausencia, por traición y por la muerte de Crátero. El ejército de Pérdicas lo condenó en asamblea... además, cuando se amotinaron, una turba mató a Atalante, la hermana de Pérdicas. Tal vez la hayas conocido. Había estado en esa habitación, alta y morena como el hermano; un poco reservada, a causa del otro matrimonio de él, pero planeando cortésmente la boda; una mujer digna. Por un momento Cleopatra cerró los ojos. Luego se enderezó. Era la hija de Filipo. –Lo lamento. Pero, según dicen, el destino lo rige todo. –¿Y ahora? –dijo él–. ¿Volverás a Epiro? Era el golpe de gracia, y él debía de saberlo. Sabía por qué había abandonado Cleopatra la tierra de su difunto esposo que había gobernado bien. Sabía que se había ofrecido a Leonato y luego a Pérdicas no por ambición sino para escapar. Nadie conocía a Olimpia mejor que él. Su hija humillada estaba en su casa de Macedonia, y la hija de Olimpia estaba totalmente en su poder. Si lo deseaba, podía entregarla como una niña fugitiva, poniéndola bajo la custodia de su madre. Antes que eso ella preferiría morir; o incluso suplicar. –Mi madre gobierna Epiro hasta que mi hijo la suceda. Es su país, ella es molosea. Ya no hay lugar para mí en Epiro. Si me lo permites –las palabras casi le quemaban la garganta– me quedaré en Sardis y viviré apartada. Tienes mi palabra de que no haré nada más para molestarte. Él la hizo esperar, no para castigarla sino para pensar. Para cualquier aventurero bien nacido, aún valía lo que había valido para dos pretendientes muertos. En Epiro estaría intranquila, presa del rencor. Sería más sabio hacerla matar. Mirándola, vio las facciones del padre. Durante dos reinados había respetado su juramento de lealtad a reyes ausentes; ahora su orgullo dependía de su honor. No podía matarla. –Estos son tiempos inciertos. Sardis ha sido escenario de luchas desde tiempo inmemorial y aún estamos en guerra. Si haces lo que pides, no puedo garantizar tu seguridad. –¿Quién está seguro en este mundo? –dijo ella, y sonrió. Fue esa sonrisa lo que por primera vez despertó la compasión de Antípatro. El ejército de los reyes había levantado campamento en Egipto. Generosamente provisto y cortésmente despedido por Tolomeo, marchaba hacia el norte para encontrarse con Antípatro. Los tutores de los reyes, designados después de la muerte de Alejandro, habían muerto a los dos años. Pitón y Aribas ejercían ahora esa función. En las dos casas reales, sólo Roxana había conocido al caído Crátero. Él la había traído desde la India con los no combatientes, mientras Alejandro acortaba su vida en el desierto de Gedrosia. Lo prefería a Pérdicas y ansiaba estar de nuevo bajo su custodia. Se había confeccionado un nuevo vestido para recibirlo; su luto por Crátero había sido sincero. Los nuevos tutores no auguraban nada bueno. Pitón, tenazmente leal a Alejandro, siempre la había considerado una esposa de campaña que no sabía cuál era su lugar. Sospechaba que Aribas prefería a los varones. Además, siempre la visitaban los dos juntos, una precaución privadamente acordada entre ellos. Para Eurídice, Crátero había sido sólo un nombre. Se había aliviado al saber de su muerte, pues su fama auguraba una fuerza poderosa; más poderosa, intuía, que la que podían tener los tutores actuales. Poco después del motín había palpado el cambio de atmósfera. La moral se había alterado. Éstos eran hombres que habían desafiado con éxito a los jefes; algunos habían derramado su sangre. Eran los vencedores pero la victoria no les había fortalecido sino debilitado la certidumbre interior. Los habían conducido al desastre y no se arrepentían de la rebelión, pero el cordón umbilical que los había alimentado –la confianza común– estaba roto. Estaban inquietos y consternados. Pitón y Aribas no habían llenado ese vacío. Pitón era conocido por su reputación, como uno de los ocho integrantes de la Guardia; pero pocos habían combatido a sus órdenes. Sus virtudes no habían sido puestas a prueba, y por el momento no les inspiraba demasiada fe. En cuanto a Aribas, su actuación con Alejandro había sido poco distinguida excepto en el campo de las artes, que no les interesaba. Si cualquiera de ellos hubiera dado indicios de tener la chispa del genio, el ejército le habría pertenecido; era como una jauría de perros poderosos extrañando la voz del amo. Pero ambos aceptaban con desagrado su función; ambos ansiaban evitar desórdenes, rivalidades y actitudes facciosas. Ambos cumplían su deber con serena eficacia. Así el drama se arrastraba, la acción decaía; la audiencia se impacientaba, tosía y bostezaba, jugueteaba con los cabos de manzana, las cebollas mordisqueadas y las migajas, pero aún no se decidía a arrojarlas a los actores. La obra era un regalo para cualquier actor de segunda con talento que tuviera ingenio como para robarla. Eurídice, esperando discretamente, notó la tensión en el teatro y supo que había llegado el momento de entrar en escena. Si Pitón hubiera tenido consigo a sus viejos y fieles veteranos, un curtido y honesto jefe de falange habría ido a su tienda para decirle: «Con respeto, señor. La joven esposa del rey Filipo está hablando con los hombres y causando problemas... Oh, no es lo que estás pensando... Es una dama y sabe comportarse, pero...». Pero los astutos veteranos de Pitón habían marchado con Crátero, llevándose el oro con que Alejandro les había pagado. Eurídice contaba en cambio con aliados y espías fieles. Su problema principal era Filipo. Por una parte le era indispensable; por la otra, no podía exponerlo sin riesgo más que unos minutos. Recibir hombres sin él hubiera provocado escándalos; con él, el desastre. «Y sin embargo –pensaba–, mi linaje es tan noble como el suyo... o mejor. No es sino el bastardo de un hijo menor, aunque su padre haya llegado al trono. Mi padre era el rey legítimo; es más, yo nací dentro del matrimonio. ¿Por qué debería contenerme?» Primero buscó adeptos entre los soldados que ya la conocían; sus salvadores en la carretera de Sardis, los hombres que habían custodiado su tienda en Egipto, algunos de los heridos que habían sobrevivido a la batalla del Nilo. Pronto muchos encontraron pretextos para acercarse a su carromato durante la marcha, saludarla respetuosamente, y preguntar si ella o el rey necesitaban algo. Le había enseñado a Filipo que, si en esas ocasiones estaba cabalgando a su lado, sonriera, saludara y se alejara un trecho. Permitida de ese modo por el esposo, la charla subsiguiente no provocaba rumores. Pronto, el rey tuvo su propia guardia no oficial y su esposa la mandaba. Esa guardia estaba orgullosa de sí misma, y era cada vez más numerosa. La marcha continuaba a paso de hombre, con todos sus seguidores. Un joven oficial de la tropa de Eurídice, recordando a Alejandro –todos tenían esa tendencia y ella había aprendido a no combatirla– le contó que él solía apartarse de la lenta columna e ir de cacería con sus amigos. La idea le gustó. Un par de ellos le pedían permiso para irse durante el día y reunirse con la columna al caer el sol, llevándose algunos camaradas, una concesión común en una zona pacífica. Ella se ponía sus ropas de hombre y sin pedir permiso a nadie salía con ellos. Desde luego la noticia se propagó; pero no fue perjudicial. La incitaban a desempeñar ese papel, el público la aplaudía. Un joven gallardo y confiado, una muchacha que recibía con gratitud la protección y el respaldo de todos, una reina que era plenamente macedonia; la amaban en todos estos papeles. En las pasturas de las tierras altas, mientras desayunaban pan de cebada y vino liviano, les contaba historias de la casa real, a partir de su tatarabuelo Amintas: sus valientes hijos, Pérdicas y Filipo, ambos reyes y ambos abuelos de ella, que combatían a los ilirios en las fronteras cuando cayó Pérdicas. –Y a causa del valor de Filipo lo hicieron rey. Mi padre era un niño y no podía ayudarlos, por eso lo pasaron por alto. Él jamás cuestionó la voluntad del pueblo, fue siempre leal. Pero cuando Filipo fue asesinado, falsos amigos lo acusaron faltando a la verdad y la asamblea lo condenó a muerte. Escuchaban sus palabras. En su juventud todos habían oído historias confusas alrededor del fuego familiar, pero ahora estaban recibiendo la verdad genuina de labios de una reina legítima; estaban orgullosos, impresionados y profundamente agradecidos. La castidad de Eurídice, tan evidente para ellos y para ella tan natural que no tenía importancia, los pasmaba. Cada uno de ellos alardeaba de contar con sus favores ante camaradas envidiosos cuando de noche se pasaban la bota de vino. Ella también hablaba de Filipo. Había sido delicado en la juventud, decía; cuando su salud mejoró, Alejandro estaba logrando sus mayores victorias y se sintió avasallado por la gloria del hermano. Le alegraría no ser gobernado por tutores, sino ser él mismo rey de los macedonios, a quienes tanto amaba. A causa de su recato, Pérdicas le había usurpado los derechos; y los nuevos tutores no lo conocían, ni se interesaban por él. A Filipo le agradaba que cuando cabalgaba por el campamento lo recibieran con tanta calidez. Saludaba y sonreía; pronto ella le dio nuevas instrucciones. Aprendió a decir «Gracias por vuestra lealtad» y le alegró ver cuánto gustaba a los soldados. Aribas vio estos saludos en un par de oportunidades, pero los consideró inofensivos y no se los mencionó a Pitón. Por su parte, Pitón estaba pagando el precio de su propio resentimiento por los modales autoritarios de Pérdicas. En la marcha a Egipto se había encogido de hombros y había perdido interés en la administración. Cuando la catástrofe los urgió a matar a Pérdicas, Pitón había perdido contacto con los hombres. El motín los había vuelto turbulentos; él sólo quería llevar el ejército intacto hasta la cita con Antípatro. Una vez que se congregara la asamblea, se podría elegir un tutor permanente. Cedería el puesto con gusto. La disciplina, entretanto, quedaba en manos de los oficiales más jóvenes, quienes a su vez optaban por tomar las cosas con calma. La facción de Eurídice crecía y fermentaba. Cuando el ejército acampó en Triparadisos, el brebaje estaba a punto. Triparadisos –Tres Jardines– estaba en el norte de Siria y era obra de un sátrapa persa que tal vez había querido emular al mismo gran rey. Pequeños canales habían dividido el riacho en estanques, cascadas y fuentes, con puentes de mármol y antojadizas losas de obsidiana y pórfido. Rododendros y azaleas enjoyaban las suaves colinas; árboles muy raros y bellos, traídos en carretas en un sólido lecho de tierra nativa, se entrelazaban o extendían contra un cielo primaveral. Había lagos constelados de lirios, cuyo verdor podía contemplarse desde residencias de verano con persianas en relieve, diseñadas para las mujeres del harén, y cotos de caza para el sátrapa y sus huéspedes. Durante los años de guerra la mayoría de los ciervos habían sido abatidos, los pavos comidos y los árboles talados, pero para soldados exhaustos era el Elíseo. Era un sitio ideal para esperar a Antípatro, que estaba a pocos días de marcha. Los generales se instalaron en un refugio para cazadores construido sobre una elevación central que dominaba ese paisaje diseñado por el hombre. El ejército acampó en los claros, bañándose en los arroyos resplandecientes, cortando árboles para las fogatas, cazando conejos y pájaros para comer. A Aribas le parecía delicioso y a menudo recorría el lugar con un amigo. Pitón gozaba de un rango mucho más alto y parecía elegante, además de ser más agradable, encomendarle a él la disciplina. Pitón, que lo consideraba un frívolo, apenas lo echaba de menos, pero pensaba consternado que Alejandro habría buscado algún entretenimiento para los hombres. Juegos tal vez, con premios tan importantes como para mantenerlos activos durante días. Pensó en hablar con Seleuco; pero Seleuco, que se creía con más derecho que Aribas a ser tutor, estaba últimamente un poco huraño. «Bien –pensó Pitón–, dejemos las cosas así.» Filipo y Eurídice se alojaban en la residencia de verano de la esposa principal del viejo sátrapa. Ella ya contaba al oficial de remonta entre sus partidarios, y siempre solía disponer de un buen caballo. Salía a cabalgar y se pasaba el día entero vestida de hombre. Desde la loma Aribas y Pitón sólo veían, cuando se dignaban mirar, un jinete distante como tantos otros. A estas alturas casi todo el campamento sabía qué estaba ocurriendo. No todos lo aprobaban; pero Filipo era el rey, eso era innegable; y nadie amaba tanto a ninguno de los tutores como para arriesgarse a formular una denuncia. Por lo demás, Antípatro podía llegar en cualquier momento. Sin embargo, una tormenta había hecho desbordar el río Orontes, que se interponía en el camino de Antípatro. Como no había necesidad de apresurarse en una comarca pacífica y, como prefería mantener secos sus huesos de ochenta años, Antípatro acampó en un terreno alto y esperó a que bajaran las aguas.
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En Triparadisos el tiempo era fresco y límpido. En la madrugada de un día brillante, cuando el rocío perlaba los lirios con esferas de cristal y los pájaros cantaban en los árboles añosos, Pitón fue despertado por un asistente que entró medio desnudo en la habitación, aún sujetándose el cinturón. –Señor, los hombres... Su voz fue ahogada por un trompetazo que hizo levantar a Pitón, desnudo y sorprendido. Era la fanfarria que anunciaba a un rey. Aribas llegó a la carrera, vestido con un manto. –Debe ser Antípatro. Algún heraldo estúpido... –No –dijo Pitón–. Escucha. ¿Qué es eso, en nombre de las Furias? ¡Vestios! ¡Armaos! Los veteranos de Alejandro no tardaron en prepararse. Salieron a la veranda desde donde el sátrapa había apuntado sus flechas a las presas. El ancho claro que tenían delante estaba atestado de soldados. Los encabezaban, a caballo, Filipo y Eurídice. El trompeta estaba junto a ellos con aire desafiante, con el porte orgulloso de un hombre que está haciendo historia. Eurídice habló. Llevaba su túnica de hombre, y toda la armadura excepto el yelmo. Estaba erguida, radiante; su piel era clara y transparente, su pelo brillaba; la vitalidad de la audacia la atravesaba y emanaba de ella. No sabía, ni hubiera querido saber, que Alejandro había resplandecido de ese modo en sus grandes días; pero sus seguidores sí lo sabían. La voz joven, clara y tajante era tan elocuente como la de Tolomeo en Egipto. –¡En nombre del rey Filipo hijo de Filipo! Pérdicas su tutor ha muerto. No necesita nuevos tutores. Es adulto, tiene treinta años, y es capaz de reinar por sí solo. ¡Filipo reclama el trono! Filipo levantó la mano. Su grito, asombrosamente fuerte, desconocido para los presentes, retumbó. –¡Macedonios! ¿Me tomáis por vuestro rey? La respuesta fue una ovación que ahuyentó a los pájaros de las copas de los árboles. –¡Larga vida al rey Filipo! ¡Larga vida a la reina Eurídice! Un caballo llegó al refugio al galope. El jinete le arrojó la brida a un esclavo asustado y subió a la veranda. Seleuco, cuyo coraje era legendario y lo sabía, no permitiría que nadie dijera que él se había quedado encerrado durante un motín. Era un general estimado. En su presencia, los gritos incipientes de «¡Muerte a los tutores!» se fueron esfumando. Los hurras a Filipo continuaron. A través de la algarabía, Seleuco gritó al oído de Pitón: –No están todos aquí. Gana tiempo. Pide una asamblea. Era cierto que un tercio de los hombres parecían ausentes. Pitón dio un paso hacia adelante; los gritos murieron en murmullos. –Muy bien. Sois macedonios libres, tenéis vuestros derechos. Pero recordad que los hombres de Antípatro están a poca distancia, y ellos tienen sus derechos. Esto concierne a todos los ciudadanos. Se produjo una oleada de descontento. Estaban tensos, impacientes. Bastaría con que Eurídice los azuzara para que volvieran a empezar. Un ruido la hizo volverse. Filipo estaba desenvainando la espada. Le había permitido usarla para que luciera como un hombre, y como un rey. En cualquier momento, a juzgar por su expresión, cargaría contra el refugio. Por un instante ella titubeó. ¿Los hombres lo seguirían? Pero estaría indefenso en el combate, todo se perdería. –¡Muerte a ellos! –dijo Filipo con avidez–. Podemos matarlos. –No. Guárdala. –Él obedeció, aunque a regañadientes–. Ahora di a los hombres que dejen hablar a Pitón. Le obedecieron de inmediato. Nunca antes había impresionado tanto a los soldados. Pitón supo que no podía hacer más. –Os oigo –dijo–. Sí, podéis llamar a asamblea. No me culpéis cuando llegue el regente y todo deba hacerse de nuevo. Heraldo, ven aquí. Sube aquí y toca. La asamblea se celebró en el claro delante del refugio para cazadores. Los hombres que no habían venido respondieron a la llamada; eran más de los que Eurídice había pensado. Pero el resplandor del triunfo se percibía como una aureola a su alrededor cuando subió con Filipo a la veranda que se usaría como estrado. Miró sonriendo las caras animosas. Podría prescindir de los que callaban. En el otro extremo de la plataforma, Pitón hablaba en voz baja con Seleuco. Eurídice reflexionó lo que tenía que decir. Pitón se le acercó. –Tendrás la última palabra. Privilegio de mujer. «Estaba seguro de sí mismo –pensó ella–. Bien, ya aprendería.» Él se adelantó hasta el frente de la plataforma. Lo abuchearon, pero los abucheos cesaron pronto. Era una asamblea y la vieja tradición prevaleció. –¡Macedonios! –El grito áspero cortó los últimos murmullos–. En Egipto, en asamblea, nos elegisteis a Aribas y a mí como tutores de los reyes. Parece que habéis cambiado de opinión, y no importa por qué. Así sea. Aceptamos. No es necesario someterlo a votación. Ambos hemos acordado renunciar a la tutela. Hubo un silencio total, estupefacto. Eran como hombres que siguen forcejeando cuando los otros han soltado la cuerda. Pitón aprovechó la ocasión. –Sí, nosotros renunciamos. Pero la función de tutor permanece. Fue un cargo proclamado en asamblea a la muerte de Alejandro. Recordad que tenéis dos reyes, uno de ellos demasiado joven para hablar por sí mismo. Si votáis para que Filipo gobierne por sí mismo, lo designáis tutor del hijo de Alejandro, hasta que él llegue a adulto. Antes de votar, pensad en todo esto. –¡Sí, sí! –Eran como el público de una obra cuando los actores tardan en entrar en escena. Eurídice lo notó. La estaban esperando a ella y ella estaba preparada. –Pues bien –dijo Pitón–, Filipo hijo de Filipo reclama su derecho a gobernar. Rey Filipo, ven aquí. –Dócilmente, un tanto sorprendido, Filipo se le acercó–. El rey –dijo Pitón, retrocediendo un paso– ahora os hablará para defender su causa. Eurídice quedó petrificada. El cielo se le había derrumbado. No había sido capaz de prever lo inevitable. Lo que debió ver desde el principio. Quedó aplastada por el peso de su propia tontería. No buscó excusas, no se recordó que apenas acababa de cumplir dieciséis años. Ante sí misma era un rey, un guerrero. Había cometido un tremendo error, y eso era todo. Filipo miró en derredor, sonriendo vagamente. Lo recibieron con hurras amistosos y alentadores. Todos sabían que era hombre de pocas palabras, excesivamente discreto. –¡Larga vida a Filipo! –exclamaron–. ¡Filipo rey! Filipo irguió la cabeza. Sabía muy bien para qué se celebraba la reunión, Eurídice se lo había dicho. También le había dicho que nunca pronunciara una palabra que ella no le hubiera enseñado. Le clavó una mirada ansiosa, para ver si hablaba en su lugar, pero ella estaba mirando hacia adelante. En cambio, la voz de Aribas, tersa e insistente, dijo a sus espaldas: –Habla a los soldados, señor. Todos esperan. –¡Vamos, Filipo! –gritaron–. ¡Silencio para que hable el rey! –Él agitó la mano, y todos callaron. –Gracias por vuestra lealtad. –Sabía que eso era seguro; sí, a todos les gustaba. Bien–. Quiero ser rey. Tengo edad suficiente para ser rey. Alejandro me dijo que no lo fuera, pero él ha muerto. –Hizo una pausa, organizándose las ideas–. Alejandro me dejó sostener el incienso. Oí que le decía a Hefestión que no soy tan lento como dicen. –Se produjeron murmullos confusos. Él añadió, para tranquilizarlos–: Si no sé qué hacer, Eurídice me lo dirá. El estupor fue dando paso a la reacción. Los hombres se volvieron unos a otros, insultando, bramando, riñendo. –Te lo dije, ahí tienes. –A mí me habló como un hombre normal, tan sólo ayer. –Tiene esa enfermedad rara, sorprende así a la gente. –Bien, nadie puede negar que es sincero. Eurídice estaba firme como una condenada a muerte. Habría querido desvanecerse en el aire. Por todas partes oía repetir la broma: «Eurídice me dirá qué hacer». Alentado por esta recepción, Filipo aún estaba hablando. –Cuando sea rey, cabalgaré siempre en elefante. Detrás de él, Pitón y Aribas se miraban con complacencia. Las risas se volvieron dudosas para Filipo. Le recordaban esa espantosa noche de bodas. Recordó la frase mágica –«gracias por vuestra lealtad»–, pero esta vez no lo aclamaron, sólo rieron con más fuerza. ¿Lo atraparían si echaba a correr? Se volvió hacia Eurídice con expresión de pánico. Al principio ella se movió como un autómata, impulsada por su orgullo. Dirigió a los astutos tutores una mirada de desprecio. Sin mirar a la bulliciosa multitud, se acercó a Filipo y le tomó la mano. Él la recibió con un alivio y una confianza inefables. –¿Hablé bien? –dijo. Irguiendo la cabeza, ella enfrentó por un momento a la multitud. –Sí, Filipo –respondió luego–. Pero ya está terminado. Ven, podemos sentarnos. Lo condujo hasta los bancos junto a la pared, donde en un tiempo el sátrapa y los huéspedes habían bebido vino mientras esperaban el cornetazo del montero. La asamblea continuó sin ellos. Fue confusa y ruidosa. Las facciones se habían disuelto en la ridiculez. Unos cientos de voces incitaban a Pitón y Aribas a retomar su cargo, topándose con una vigorosa negativa. Seleuco también declinó el ofrecimiento. Mientras se barajaban nombres menores, llegó un mensajero. Anunció que Antípatro estaba cruzando el Orontes con su ejército y que llegaría en dos días. Pitón, anunciando esta noticia, recordó a los hombres que desde la muerte de Pérdicas los dos reyes se dirigían a Macedonia, donde debían estar. Nadie era más indicado que el regente para ser tutor, ahora que Crátero estaba muerto. Aceptaron de mala gana esa solución, porque nadie tenía una mejor. Durante el debate, Eurídice se había ido silenciosamente con su esposo. Mientras almorzaba, Filipo le repitió su discurso a Conon, quien lo elogió y trató de no mirar a Eurídice a los ojos. Ella apenas lo oía. Derrotada, enfrentada con la rendición, sentía la llamada de su sangre. La sombra de Alejandro la rondaba; él, a los dieciséis años, había sido regente de Macedonia y había librado una guerra victoriosa. El fuego de la ambición aún ardía bajo los rescoldos. ¿Por qué había sido humillada? No por apuntar demasiado alto, sino demasiado bajo. «Fui burlada –pensó– porque no me atreví a demasiado. De ahora en adelante, reclamaré mis derechos para mí misma.» Al anochecer, cuando el sol se hundía en el Asia y subían las primeras humaredas, se puso la túnica de hombre, pidió su caballo y cabalgó entre las fogatas. Dos días más tarde, a la cabeza del regente y su ejército, Antígono el Tuerto llegó al campamento de Triparadisos. Era el hombre que había escapado a Macedonia para denunciar los planes de Pérdicas. Alejandro lo había designado sátrapa de Frigia; el agradecido regente lo había designado comandante en jefe de todas las tropas del Asia. Ahora estaba en camino para tomar el mando. Montaba un «gran caballo» persa, pues era tan alto que ningún caballo griego podía llevarlo muy lejos. Pese al parche –había perdido el ojo cuando conquistaba Frigia para Alejandro– aún era un hombre apuesto. Su hijo Demetrio, más apuesto todavía, lo adoraba y lo acompañaba a todas partes. Cabalgando juntos, formaban una pareja impresionante. Entró con su pequeña columna en los lindes boscosos del parque. Pronto, prestando atención, hizo detener a su gente. –¿Qué es eso, padre? ¿Una batalla? –Al muchacho se le encendieron los ojos. Tenía quince años, y aún no había peleado en ninguna guerra. –No –dijo su padre, escuchando–. Es una pelea. O un motín. A juzgar por los gritos, hemos llegado en buen momento. Adelante. –Se volvió hacia su hijo–. ¿Qué le pasa a Pitón? Se desenvolvía bien con Alejandro. Nunca creas conocer a un hombre a quien sólo has visto actuar cumpliendo órdenes. Bien, aquí lo han puesto sólo provisionalmente. Veremos. La perspectiva no le disgustaba. Sus propias ambiciones eran grandes. Eurídice había ganado para su causa unos cuatro quintos del ejército. A la cabeza de las tropas, se había presentado en el refugio de los generales, anunciada con fanfarrias reales, exigiendo esta vez el cogobierno con Filipo. Los tres generales observaron con desprecio no desprovisto de miedo a la multitud. No parecía solamente revoltosa sino anárquica. La misma Eurídice lo notaba. Su adiestramiento en armas no había incluido ejercicios militares, y no había pensado de antemano que sus seguidores serían más manejables, además de más imponentes, si se presentaban en formación. Un año atrás, los oficiales más jóvenes (los mayores se habían mantenido al margen) le habrían bastado para ello, pero muchas cosas habían sucedido en un año y, casi todas, habían resentido la disciplina. De modo que ahora la seguía una turba armada, hombres apiñados que arrojaban insultos a los generales. Mientras los abucheos ahogaban la voz de Pitón, Antígono y su cortejo habían llegado. Después de una ojeada a la distancia, envió a Demetrio a explorar, era un muy buen entrenamiento para el muchacho, quien se internó alegremente en la arboleda y regresó para informar que una horda de hombres estaba reunida frente a lo que parecía un cuartel general pero que, prácticamente, no tenía retaguardia. Entretanto, Eurídice notaba que la masa empezaba a bullir. Debía atacar ahora o refrenarlos. El instinto heredado le dijo que no podría conducirlos. Seguirían de largo y liquidarían a los generales. Después de eso, su frágil autoridad desaparecería. –¡Heraldo, pide un alto! –Los enfrentó alzando los brazos; los hombres se movieron inquietos, pero no avanzaron más. Ella se volvió para encarar a los dos generales. La veranda estaba vacía. Durante el tumulto de los últimos minutos, los generales se habían enterado de la llegada del comandante en jefe. Estaba en el refugio detrás de ellos. La habitación, de madera oscura y ventanas pequeñas, estaba sumida en una acechante penumbra donde distinguieron la silueta formidable de Antígono sentada en la silla del sátrapa, mirándolos como un cíclope con su único ojo. El joven Demetrio, perfilado contra una astilla de luz, se erguía detrás de él como un espíritu guardián. Antígono no dijo nada. Los traspasó con la mirada y esperó. Mientras oía la lamentable historia, su expresión cambió lentamente de hosquedad a mera incredulidad. –¿Qué edad tiene esa muchacha? –dijo, tras una pausa perturbadora. Gritando para imponerse al rugido impaciente de fuera, Seleuco se lo dijo. Antígono los contempló a todos, y al fin fijó el ojo en Pitón. –¡Zeus tonante! –dijo–. ¿Sois soldados o pedagogos? ¡Ni siquiera pedagogos, por Dios! Quedaos aquí. –Salió a la veranda. La aparición repentina de ese hombre enorme, formidable y famoso, en vez de las víctimas esperadas, sorprendió a la multitud imponiéndole silencio. Eurídice, que no tenía idea de quién era, lo miró pasmada. –Ese es Antígono –dijo Filipo, a quien ella había olvidado–. Él... La voz estentórea de Antígono lo hizo callar. Los soldados del frente, contra su voluntad, se enderezaron e hicieron vanos y torpes esfuerzos para formar una fila. –¡Quedaos allí, hijos de cincuenta padres! –rugió Antígono–. ¡Atrás, por el Hades y las Furias! ¿Qué creéis que sois, una horda de salvajes desnudos? Erguíos y dejadme miraros. ¿Sois soldados? He visto mejores soldados asaltando caravanas. ¿Sois macedonios? Alejandro no os reconocería. Ni vuestras madres os reconocerían. Si queréis celebrar una asamblea, será mejor que tengáis aspecto de macedonios, antes que vengan los verdaderos y os vean así. Se hará esta tarde. Entonces podréis celebrar asamblea, si el resto está de acuerdo. Limpiaos, maldición. Apestáis como cabras. Consternada, Eurídice oyó cómo los gritos desafiantes se convertían en murmullos vagos. Antígono, que la había ignorado, pareció verla por primera vez. –Joven señora –le dijo–, lleva a tu esposo a sus aposentos y cuídalo. Necesita una esposa, no una generala. Encárgate de tus quehaceres, y yo me encargaré de los míos. Lo aprendí de tu abuelo antes que hubieras nacido. Se produjo cierta vacilación entre la multitud; sus limites empezaron a diluirse, el centro a distenderse. –¡Nuestros derechos serán respetados! –exclamó Eurídice, y algunas voces lo repitieron, pero no eran suficientes. El odioso gigante la había vencido y ni siquiera sabía su nombre. De vuelta en la tienda, Conon se lo dijo. Mientras meditaba su próximo movimiento, el olor a comida le recordó que su joven estómago tenía hambre. Esperó a que Filipo hubiera terminado –odiaba verlo comer– y se sentó a almorzar. Fuera, una voz alta e imperiosa estaba discutiendo con el guardia. Conon, que le estaba sirviendo vino, alzó los ojos. Entró un joven, asombrosamente apuesto y de su misma edad. Con sus facciones perfectas y sus rizos dorados, podría haber posado como Hermes ante cualquier escultor. Como Hermes, entró con paso ligero y se detuvo ante ella clavándole unos ojos de dios sereno y desdeñoso. –Soy Demetrio, hijo de Antígono. –También hablaba como una deidad anunciándose en el inicio de una obra teatral–. Estoy aquí para advertirte, Eurídice. No es mi costumbre guerrear contra mujeres. Pero si tocas un pelo de la cabeza de mi padre, lo pagarás con tu vida. Eso es todo. Adiós. Se fue, tal como había venido, a través del ejército desorganizado, abriéndose paso con su celeridad, su juventud y su arrogancia. Ella se quedó mirando a ese primer rival de su misma edad. Conon resopló. –¡Ese cachorro insolente! ¿Quién le dejó entrar? «No es mi costumbre guerrear contra mujeres.» ¡Bah! No es su costumbre guerrear contra nadie, que yo sepa. Eurídice comió deprisa y salió. La aparición la había urgido a actuar. Antígono era una fuerza natural a la cual no podía oponerse, pero era un solo hombre. Las tropas aún estaban descontentas y dispuestas a amotinarse. No se atrevió a reunirlas, pues podrían volverse nuevamente en contra, pero caminó entre ellas, recordándoles que Antípatro, que llegaría pronto, no era el regente legítimo, y temía ser desplazado por un rey legítimo. Si se lo permitían, capturaría a Filipo, a ella y a sus seguidores más fieles y los haría ejecutar. Antígono, entretanto, había despachado parte de su gente para que recibiera al regente y le advirtiera que podía haber disturbios. Pero el regente y su escolta se habían dividido en grupos para cruzar las colinas; el mensajero se extravió, y llegó tardíamente a la retaguardia de la columna. Allí le informaron que el viejo había avanzado con su guardia personal mucho antes del mediodía. Erguido en la silla de su montura, las piernas entumecidas y doloridas, la cara cerrada en la fiera expresión que era una máscara para los achaques de la vejez, el regente cabalgaba hacia Triparadisos. Su médico le había aconsejado que viajara en litera, pero lo mismo había dicho su hijo Casandro, en Macedonia, pues no perdía oportunidad de insistir en que sus debilitadas fuerzas exigían un reemplazante: él, naturalmente; Antípatro no tenía confianza en su hijo mayor. Ahí, en Siria, podía haber ocurrido cualquier cosa desde la muerte de Pérdicas y se proponía llegar, si los dioses y el físico se lo permitían, como un hombre que impone obediencia. La puerta principal del parque estaba dignificada por grandes columnas coronadas con lotos de piedra. Antípatro tomó el camino que lo conducía hacia allí. Oyó ruidos a lo lejos, pero para su sorpresa y fastidio no había ninguna escolta para recibirlo. Ordenó al heraldo que lo anunciara con un trompetazo. En el refugio, los generales comprendieron consternados que la fuerza principal no podía haber venido tan pronto. El mensajero no había llegado a tiempo. Casi inmediatamente se oyó una creciente conmoción, y un jefe de escuadrón que no se había unido a la revuelta llegó al galope. –¡Señor! El regente está aquí con unos cincuenta jinetes y los rebeldes lo están hostigando. Corrieron en busca de sus yelmos –tenían puesto el resto de la armadura– y pidieron a gritos sus caballos. Ni Pitón ni Aribas carecían de valor. Blandieron animosamente las jabalinas. –No, vosotros no –dijo Antígono–. Si venís nos atacarán a todos. Quedaos aquí, buscad ayuda y defended el refugio. Ven, Seleuco. Iremos a hablar con ellos. Mientras montaba blandiendo la lanza, con Antígono a su lado, Seleuco sintió por un instante la euforia de los años de oro. Era bienvenida después de la sórdida campaña de Egipto, de la cual aún no se sentía limpio. ¿Pero cuándo en esos años habían representado sus propios hombres un peligro? El regente había llegado a una edad en que la incomodidad y la fatiga lo molestaban más que el peligro. Esperando a lo sumo cierta hostilidad, había venido con una túnica ligera y un sombrero para el sol, armado únicamente con la espada. Seleuco y Antígono, galopando entre cedros y plátanos, vieron el cerrado grupo de guardias vacilando en medio de la multitud, el sombrero de ala ancha volando entre los yelmos, el destello vulnerable del pelo plateado. –Trata de no derramar sangre –le dijo Antígono a Seleuco–. De lo contrario nos matarán. –Se internó en la multitud con un grito enérgico. Su firmeza, su fama, su estatura y su presencia abrumadora les permitieron llegar hasta el regente, que tenía la expresión colérica de un águila atacada por cuervos y blandía su vieja espada. –¿Qué es esto, qué es esto? –dijo. Antígono lo saludó secamente (el viejo debía de estar chocheando de veras si pensaba que había tiempo para charlar) e interpeló a los soldados. ¿No tenían vergüenza? Decían que respetaban al rey. ¿No tenían respeto por su padre Filipo, que había forjado su nación, que había designado a este hombre y había confiado en él? Alejandro nunca lo había depuesto, sólo lo había llamado para conferenciar mientras un delegado lo reemplazaba... Antígono podía persuadir además de dominar. La multitud se dispersó huraña; el regente y sus salvadores cabalgaron hacia el refugio. Eurídice había estado preparando su discurso para la asamblea, y no se enteró del disturbio hasta que terminó. Le asombró que sus seguidores pudieran haber destrozado al anciano. Ultrajaba su imagen poética de la guerra. Además, deberían estar bajo su control y demostrarlo. Sólo los demagogos atenienses preparaban discursos mientras otros luchaban. Una hora antes del poniente, llegó la fuerza principal de Antípatro. Ella oyó en la penumbra las pisadas de hombres y caballos, los gritos y chirridos de la caravana de aprovisionamiento, el ajetreo de los esclavos alzando tiendas, el tintineo de las armas, el relincho de los caballos oliendo a sus congéneres; y por último, el alboroto de los hombres charlando animadamente, intercambiando noticias, rumores y opiniones. Eran los ruidos del ágora, de la cantina, del gimnasio, del foro, los ruidos tradicionales en las orillas del Mediterráneo. Después del anochecer se presentaron algunos de sus seguidores para decirle que habían estado discutiendo sobre ella con los hombres de Antípatro; uno o dos tenían cortes y magulladuras. Pero habían sido riñas pequeñas, pronto detenidas por la autoridad. Eurídice notó que la disciplina se estaba restaurando y que no era mal recibida. Cuando un oficial del regente entró en la tienda, todos saludaron al unísono. Anunció que al día siguiente se celebraría una asamblea para decidir los asuntos del reino. Sin duda el rey Filipo querría estar presente. Filipo estaba construyendo un pequeño fuerte en el suelo y trataba de defenderlo con unas hormigas que insistían en desertar. Al oír el mensaje, dijo con ansiedad: –¿Debo decir un discurso? –Como desees, señor –dijo impasiblemente el enviado. Se volvió hacia Eurídice–. Hija de Amintas, Antípatro te envía sus saludos. Dice que aunque no es costumbre de los macedonios que las mujeres hablen en asamblea, cuentas con su permiso para hacerlo. Cuando él haya hablado, ellos decidirán si desean oírte. –Dile que estaré allí. Cuando el enviado se fue, Filipo dijo ansioso: –Dijo que yo no tenía por qué hablar si no lo deseaba. Por favor no me obligues. Ella tuvo ganas de abofetearlo, pero se contuvo, temiendo perder su ascendiente sobre él. En verdad, tenía un poco de miedo de su fuerza. La asamblea se celebró al día siguiente según los procedimientos antiguos. Los soldados extranjeros, herencia de la mezcla racial promovida por Alejandro, no pudieron asistir. Se levantó una tarima alta en el claro más amplio, con sitiales de honor alrededor. Cuando Eurídice ocupó su lugar, susurrándole a Filipo que se quedara quieto, intuyó en la numerosa multitud un cambio reciente, casi impalpable. Algo era diferente, y, sin embargo, familiar. Era la presencia de la patria, de las colinas nativas. Antígono habló primero. Aquí, en la asamblea, el general iracundo desapareció. Habló un estadista dotado para la oratoria. Les recordó dignamente su heroico pasado con Alejandro, los incitó a no deshonrarlo y presentó al regente. El viejo subió animoso a la tarima. Su ejército lo ovacionó y no se oyeron gritos hostiles. Mientras él miraba en derredor, mientras pedía silencio, una voz involuntaria dijo dentro de Eurídice: «Ese hombre es un rey.» Había reinado en Macedonia y Grecia durante las guerras de Alejandro. Había aplastado los esporádicos levantamientos del sur, imponiendo a las ciudades los gobernantes que él elegía, exiliando a los oponentes. Incluso había derrotado a Olimpia. Ahora estaba viejo y decadente, había empezado a encorvarse y tenía la voz cascada, pero aún trasuntaba un aura de poder y autoridad. Les habló de sus ancestros, les habló de Filipo, que había rescatado a sus padres de la invasión y la guerra civil, había engendrado a Alejandro, los había hecho amos del mundo. Se habían convertido en un árbol de ramas anchas y extensas –señaló los nobles bosques circundantes–, pero hasta el árbol más grande muere si lo arrancan de raíz. ¿Podían permitirse decaer entre los bárbaros que habían conquistado? Les habló del nacimiento de Arrideo, el idiota a quien habían honrado con el nombre de Filipo, y les contó lo que Filipo había pensado de él, ignorando que Arrideo estaba presente. Les recordó que en toda su historia jamás los había gobernado una mujer. ¿Elegirían ahora a una mujer y un retardado? Filipo, que había seguido esta perorata, asintió con la cabeza sabiamente. El discurso le resultaba tranquilizador. Alejandro le había dicho que no debía ser rey, y ahora ese viejo vigoroso daba su acuerdo. Tal vez le dijeran que ya podía ser nuevamente Arrideo. Los hombres de Antípatro lo habían respaldado desde el principio. En cuanto a los rebeldes, fue como el lento despertar de una pesadilla. Para Eurídice, fue como el susurro de los guijarros en la playa cuando baja el mar. No quería, no podía admitir la derrota. Hablaría, era su derecho, lo había ganado una vez y lo ganaría de nuevo. Pronto ese viejo terminaría de hablar y debía estar preparada. Había apretado los puños, tensando la espalda y los hombros; el estómago se le contraía dolorosamente. El dolor se transformó en retortijón, un entumecimiento que al principio no quiso reconocer. En vano. Era verdad. Había empezado su menstruación, con un adelanto de cuatro días. Siempre había contado los días cuidadosamente, siempre había sido regular. ¿Cómo podía suceder ahora? Vendría de golpe, una vez que empezara, y no se había puesto una toalla. Había estado tensa esa mañana. Tal vez por eso no lo había notado. Ya sentía una humedad de advertencia. Si subía a la tarima, todos lo verían. El discurso del regente llegó a su culminación. Estaba hablando de Alejandro, y ella apenas lo oyó. Miró los miles de rostros que la rodeaban, en las lomas, en los árboles. ¿Por qué, entre todos estos humanos hechos por los dioses, ella era la única sometida a esta traición, sólo ella era burlada por su cuerpo en ese momento crucial? Junto a ella estaba Filipo, con su fortaleza inútil. Si ella la hubiera tenido, habría subido a la tarima con voz broncínea. Ahora debía escabullirse del campo sin ofrecer batalla y aun hasta sus partidarios le tendrían lástima. Antípatro había concluido. Cuando los aplausos terminaron, dijo: –¿La asamblea quiere ahora oír a Eurídice, hija de Amintas, esposa de Arrideo? Nadie se opuso. Los hombres de Antípatro tenían curiosidad y a los suyos les daba vergüenza votar contra ella. Habían tomado una decisión, pero al menos estaban dispuestos a escuchar. Ahora era el momento de que un verdadero líder les ganara los corazones. Ella había venido, pues la mañana estaba fresca, con una mantilla sobre los hombros. Cuidadosamente, se la bajó hasta los codos, para estirarla en una curva sobre las caderas, como las damas elegantes de los frescos. Se puso de pie, cuidando de su apariencia. –No deseo hablar a los macedonios –dijo. Roxana se había quedado en su tienda bastante alarmada, entre eunucos asustados y mujeres aterradas. Tenía la certeza de que si triunfaba el motín, el primer acto de Eurídice sería matarla a ella y su hijo. A juicio de Roxana, era lo más natural. Tardó un poco en enterarse de la decisión de la asamblea, pues sólo habían asistido los macedonios. Por último su carretero, un sidonio que hablaba griego, vino para informarle que la esposa de Filipo había sido derrotada y no había dicho una palabra; que Antípatro el regente sería el tutor de ambos reyes; y que en cuanto los grandes señores hubieran acordado dividir las satrapías, llevaría a ambas familias reales de vuelta a Macedonia. –¡Ah! –exclamó Roxana, despojándose del miedo como si fuera un manto–. Todo estará bien, entonces. Es el reino de mi esposo. Conocen al idiota Filipo desde su infancia, y por supuesto no querrán saber nada de él. Querrán ver a mi hijo. La madre de Alejandro estará a la espera. Alejandro nunca le había leído la carta que le había mandado Olimpia cuando él le informó de su matrimonio. Ella había aconsejado que si la muchacha bárbara tenía un varón lo hiciera asfixiar, para que más adelante no pretendiera el trono. Era tiempo de que él visitara su patria y engendrara un macedonio, tal como ella le había suplicado antes del viaje al Asia. Esa carta no había sido guardada en los archivos reales. Alejandro se la había mostrado a Hefestión y después la había quemado.
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