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322 a.C. El ejército del rey Filipo había acampado en las colinas de Pisidia. Pérdicas, salpicado de sangre y manchado de ceniza, se abría paso por un sendero pedregoso sembrado de cadáveres y armas abandonadas. En lo alto, sobrevolando una nube de humo pestilente, buitres y milanos hacían incursiones exploratorias. Su número crecía a medida que se difundía la noticia del banquete. Los macedonios, más rápidos que las aves, saqueaban las ruinas carbonizadas de Isaura. Perdonados por Alejandro porque se habían rendido sin luchar, los isaurianos habían recibido órdenes de derribar el fuerte donde se refugiaban después de asaltar a sus vecinos y de vivir en paz. Durante la larga ausencia de Alejandro habían asesinado al sátrapa y habían retomado las viejas costumbres. Esta vez, ya por mala conciencia o porque confiaban menos en Pérdicas que en Alejandro, habían defendido su escabroso cubil hasta el amargo final. Cuando cayeron las murallas, habían encerrado en sus casas sus bienes, esposas e hijos, habían encendido la madera y el bálago y, al son infernal de las llamas, se habían arrojado sobre las lanzas macedonias. Quince años de guerra habían inmunizado a Pérdicas contra todas las pesadillas; en pocos días esto sería otra anécdota para contar en la cena; pero, con el hedor de la carne quemada aún en el aire ya tenía suficiente para un día y recibió con placer la noticia de que un mensajero lo esperaba en el campamento. Su hermano y lugarteniente Alcetas, un hombre recio, supervisaría la búsqueda de plata y oro semiderretidos entre las cenizas. El yelmo le quemaba la cabeza; se lo quitó y se enjugó la frente sudorosa. Filipo salió de la tienda de cuero teñido y blasonado y se le acercó corriendo. –¿Ganamos? –preguntó. Estaba armado con coraza y grebas, costumbre en la que insistía. En tiempos de Alejandro, cuando seguía al ejército tal como ahora, usaba ropas de civil, pero ahora que era rey sabía cual era su papel. En verdad había sentido ganas de luchar; pero, acostumbrado a obedecer, no había insistido, ya que Alejandro no se lo había permitido nunca. –Estás sangrando –dijo–. Deberías ver a un médico. –Lo que necesito es un baño. –Cuando estaba solo con su soberano, Pérdicas dejaba de lado las formalidades. Le informó sobre lo que debía saber, fue a su propia tienda, se limpió, se puso una túnica, y ordenó que trajeran al mensajero. El personaje le sorprendió. La carta que traía era reticente y formal, pero él tenía mucho que decir. Se trataba de un sesentón curtido e hirsuto que había perdido un pulgar en Gaugamela. Era un noble macedonio menor, más un enviado que un mensajero. Excitado y acuciado por inquietudes bien fundadas, Pérdicas releyó la carta dándose tiempo para pensar. «A Pérdicas, Regente de los reinos del Asia, de Cleopatra, hija de Filipo y hermana de Alejandro, salud.» Después de las bienaventuranzas formales, la carta mencionaba que ambos eran primos, evocaba los distinguidos servicios de Pérdicas a Alejandro, y proponía una conferencia para discutir «asuntos relacionados con el bienestar de todos los macedonios». Esos asuntos no se especificaban. La última oración revelaba que la reina ya había partido de Dodona. El enviado, afectando negligencia, jugueteaba con la copa de vino. Pérdicas carraspeó. –¿Debo esperar que si suplico el honor de la mano de Cleopatra, mi petición será recibida con beneplácito? El enviado sonrió afirmativamente. –Hasta ahora, los reyes han sido elegidos sólo por los macedonios de Asia. Los que están en la patria tal vez quieran hacer su propia elección. Pérdicas había tenido un día irritante y odioso, aunque triunfal. Había vuelto para bañarse, descansar y beber, no para que le ofrecieran el trono de Macedonia de buenas a primeras. –Semejante dicha estaba más allá de mis esperanzas –dijo con sequedad–. Temía que ella aún guardara luto por Leonato. El veterano, a quien el camarero de Pérdicas había refrescado mientras esperaba, se acomodó en su silla. El vino era fuerte, y tenía apenas un chorro de agua, pues Pérdicas había pensado que lo necesitaba. Visiblemente, el diplomático cedió lugar al soldado. –Puedo decirte, señor, por qué ella lo eligió primero a él. Lo recordaba desde su niñez. Una vez trepó a un árbol para bajarle un gato, cuando era niño. Tú sabes cómo son las mujeres. –Entiendo que al final no se encontraron. –No. Cuando él volvió de Asia para pelear contra los griegos del sur, apenas tuvo tiempo para levantar tropas en Macedonia y seguir viaje. Una lástima que cayera antes que hubiéramos logrado nuestra victoria. –Una lástima que sus tropas fueran tan poco combativas. Tengo entendido que él peleó sin dar cuartel. Un valiente, aunque no precisamente apto para ser rey. –Ella merecía más –dijo el soldado sin rodeos–. Todas sus amistades se lo dicen. Pronto se sobrepuso a su dolor. Por suerte ahora tiene la oportunidad de pensarlo mejor. –Extendió la copa, Pérdicas se la llenó de nuevo–. Si ella te hubiera visto a ti, en Gaugamela... Esa vibrante palabra los sumió en evocaciones. Cuando volvieron al grano, Pérdicas dijo: –Supongo que lo cierto es que desea librarse de Olimpia. El enviado, ruborizado y relajado, dejó la copa y apoyó el brazo en la mesa. –Señor, te diré algo en confianza. Esa mujer es una gorgona. Ha devorado a esa pobre muchacha poco a poco hasta reducirla a ser apenas la señora de su casa, del reino ni hablar... No porque carezca de energía; pero librada a su suerte, sin un hombre que la respalde, no puede contra Olimpia. Ella obliga a los moloseos a tratarla como a una reina. Es reina. Tiene aspecto de reina, y la voluntad de un rey. Y es la madre de Alejandro. –Ah. Sí... De modo que Cleopatra tiene la intención de abandonar Dodona, y dirigirse a Macedonia. –Es la hija de Filipo. –Tiene un hijo del rey difunto –dijo Pérdicas, que había pensado rápidamente. No tenía intenciones de cuidar un hijastro. –Él heredará en su patria, su abuela se encargará de ello. En cuanto a Macedonia... ninguna mujer ha reinado nunca allí. Pero la hija de Filipo, casada con un noble que ya ha gobernado como rey... –De golpe, recordando algo, manoteó su morral y extrajo un paquete chato envuelto en lana bordada–. Te envía esto, ya que hace mucho tiempo que no la ves. El retrato estaba pintado con habilidad, cera al encausto sobre madera. Aun teniendo en cuenta las convenciones, que desdibujaban la personalidad como si fuera un defecto, podía verse que era la hija de Filipo. El pelo fuerte, las cejas gruesas, la cara cuadrada y resuelta, habían desafiado la bien intencionada insipidez del artista. Dos años más joven que Alejandro, pensó Pérdicas. Ahora tendría treinta y uno. –Una dama majestuosa y grácil –dijo en voz alta–. Una dote en sí misma, reino aparte. –Dijo otros elogios, dándose tiempo para pensar. El peligro era inmenso, la ambición también. Alejandro le había enseñado a evaluar, decidir y actuar–. Bien, esto es algo serio. Ella necesita algo más que un sí. Permíteme meditarlo. Cuando cenes esta noche con nosotros, diré a todos que trajiste una carta de Olimpia. Ella escribe constantemente. –He traído una. Está de acuerdo, como imaginarás. Pérdicas dejó el grueso rollo a un lado, indicó al camarero que encontrara un alojamiento para el huésped y, una vez solo, se sentó con los codos sobre la tosca mesa de campamento y la cabeza entre las manos. Así lo encontró su hermano Alcetas, cuyos sirvientes traían dos sacos tintineantes llenos de oro sucio y ahumado, copas, brazaletes, collares y monedas; los isaurianos habían sido salteadores eficaces. Cuando se fueron los esclavos, Alcetas le mostró el botín y su actitud distante lo irritó. –¿No tendrás escrúpulos? –dijo–. Estuviste en la India, cuando los hombres pensaban que los maleos habían matado a Alejandro. Deberías tener un estómago más fuerte después de eso. Pérdicas lo miró con fastidio. –Después hablaremos. ¿Eumenes está de vuelta en el campamento? Encuéntralo. Más tarde podrá bañarse y comer, tengo que verlo ahora. Eumenes se presentó poco después, lavado, peinado y cambiado. Había estado en su tienda, dictando su memoria del día a Hierónimos, un joven estudioso que, bajo su patrocinio, estaba escribiendo una crónica de la época. Su cuerpo compacto y ligero estaba endurecido y curtido por la campaña; pronto cabalgaría hacia el norte para imponer orden en su satrapía de Capadocia. Saludó a Pérdicas con una ansiedad alerta y calma, se sentó y leyó la carta que le entregó Pérdicas. Al final, enarcó las cejas con negligencia. –¿Qué está ofreciendo ella? –preguntó, apartando los ojos del rollo–. ¿La regencia o el trono? –Pérdicas lo entendió perfectamente. Quería decir: «¿qué te propones tomar?» –La regencia. De lo contrario no estaría hablando ahora contigo. –Leonato lo hizo –le recordó Eumenes–. Y luego decidió que yo sabía demasiado. – En efecto, apenas había logrado escapar con vida después de afirmar su lealtad al hijo de Alejandro. –Leonato era un tonto. Los macedonios lo habrían degollado; y me degollarían a mí si yo desheredara al hijo de Alejandro. Si lo eligen cuando alcance la mayoría de edad, sea. Pero es el hijo de la bactriana; para entonces, puede que no le tengan tanto afecto. Entonces veremos. Entretanto, habré sido rey en todo menos el nombre... y no me quejaré. –No –dijo Eumenes huraño–. Pero Antípatro sí. Pérdicas se recostó en la silla de campaña y estiró las largas piernas. –Ese es el problema. Aconséjame. ¿Qué haré con Nicea? –Una verdadera lástima –dijo el griego– que Cleopatra no escribiera unos meses antes. –Se puso a meditar, como un matemático ante un teorema–. Ahora no la necesitarás. Pero le has enviado los regalos de compromiso. Ella es la hija del regente. Y viene en camino. –Me apresuré demasiado. Todo parecía caótico; pensé que me convenía asegurarme un aliado mientras pudiera... Alejandro nunca se habría atado las manos de esa manera. Él siempre concertaba las alianzas cuando podía dictar las condiciones. Eran raras las veces, ahora, en que se autocriticaba; debía estar perturbado, pensó Eumenes. Tamborileó distraídamente la carta. Pérdicas notó que tenía limpias hasta las uñas. –Antípatro tira hijas como un pescador líneas. –Bien, yo mordí el anzuelo. ¿Qué hago ahora? –Mordiste la carnada. El anzuelo aún no lo tragaste. Pensemos. –Juntó los labios finos. Hasta en campaña, se afeitaba todos los días. Enseguida, alzando los ojos, dijo vivazmente–: Acepta a Cleopatra. Acéptala ahora. Envía una escolta al encuentro de Nicea; dile que estás enfermo, herido; sé cortés, pero haz que la lleven a su patria. Actúa de inmediato, antes que Antípatro esté preparado. De lo contrario se enterará, no sabrás cómo ni cuándo, y actuará antes que tú estés preparado. Pérdicas se mordió el labio. El consejo sonaba tajante y decisivo; tal vez era lo que hubiera hecho Alejandro. Excepto que él jamás se hubiera visto en la necesidad de hacerlo. Entre estas dudas, se presentó un pensamiento perturbador: Eumenes odiaba a Antípatro. El regente lo había estorbado desde que era un joven secretario promovido por Filipo a causa de su agilidad mental. El viejo tenía todos los prejuicios de su raza contra los estériles, tortuosos, sutiles hombres del sur. La lealtad de Eumenes, su distinguida actuación como guerrero, no habían cambiado las cosas. Aun cuando estaba en Asia como secretario principal de Alejandro, Antípatro había tratado de pasarle por encima. Alejandro, irritado, se había preocupado por replicarle a través de Eumenes. Ahora que le aconsejaban que quemara las naves, Pérdicas sentía ciertos temores. Se dijo que aquí se trataba de una vieja enemistad. –Sí –dijo, fingiendo gratitud–, tienes razón. Le escribiré mañana, a través de su enviado. –Mejor hazlo transmitir oralmente. –Pero le diré, creo, que ya me he casado con Nicea. Será cierto cuando reciba la noticia. Le pediré que espere hasta que yo pueda liberarme decorosamente. Pondré el palacio de Sardis a su disposición y le pediré que nos considere comprometidos en secreto. Eso me dará espacio para maniobrar. Viendo que Eumenes lo miraba en silencio, se sintió obligado a justificarse. –Si sólo tuviera que pensar en Antípatro... Pero no me gusta lo que he oído de Tolomeo. Está preparando un ejército demasiado numeroso en Egipto. Bastará con que un sátrapa convierta su provincia en reino para que el imperio se derrumbe. Debemos esperar un poco para ver qué se propone. Un tímido sol de invierno iluminaba la pequeña sala de audiencias de Tolomeo a través de las columnas de la ventana. Era una casa elegante, casi un palacete, construida por el administrador anterior, a quien Tolomeo había ejecutado por opresor. La pequeña elevación dominaba un paisaje de calles rectas recién hechas y suntuosos edificios públicos, la piedra pálida y nueva tocada con pintura y oro. Amarraderos y muelles acabados de construir bordeaban el puerto; había grúas y andamios alrededor de un par de templos casi concluidos, ordenados por Alejandro. Otro templo, cuya construcción estaba menos avanzada, pero que prometía ser el más imponente, se erguía cerca de la costa, donde permitiría avistar las naves que llegaran. Tolomeo había tenido una mañana atareada pero agradable. Había conferenciado con el arquitecto principal, Deinócrates, sobre las esculturas de los templos; con los ingenieros que estaban reemplazando los pestilentes canales por cloacas subterráneas; y con los jefes de varias monarquías, a quienes había devuelto el derecho a recaudar impuestos. Esto, para los egipcios que habían sufrido bajo su predecesor, significaba una reducción impositiva de un cincuenta por ciento. Hombre rapaz, resuelto a cumplir con su misión y enriquecerse al mismo tiempo, había impuesto contribuciones excesivas y trabajos forzados, arrebatando fortunas con la amenaza de que mataría los cocodrilos sagrados o derribaría villas para construir palacios (cosa que hacía al final, cuando los terminaba de exprimir). Es más, había hecho todo esto en nombre de Alejandro, lo cual había encolerizado tanto a Tolomeo que había recorrido la administración como un fuego devastador. Se había granjeado una gran popularidad y la había conservado. Estaba reclutando gente. Pérdicas le había concedido sólo dos mil hombres cuando se hizo cargo de la satrapía. Al llegar se había encontrado con una guarnición revoltosa cuya paga estaba retrasada. Las cosas habían cambiado. Tolomeo no había sido el más brillante de los comandantes de Alejandro, pero era digno de confianza, ingenioso, valiente y leal, virtudes que Alejandro valoraba; y, ante todo, sabía cuidar de sus hombres. Había peleado bajo Filipo antes que Alejandro asumiera su primer mando; discípulo de dos grandes maestros, había aprendido de ambos. Le tenían confianza, respeto y afecto. Sabía demostrar preocupación personal. Antes que hubiera terminado su primer año, miles de veteranos activos instalados en Alejandría estaban pidiendo alistarse; ahora ya llegaban voluntarios por tierra y por mar. No se había permitido volverse ambicioso. Conocía sus limitaciones y no deseaba las tensiones del poder ilimitado. Tenía lo que deseaba, se contentaba con ello y se proponía conservarlo; con suerte, añadir un poco más. Sus hombres estaban bien pagados y alimentados. También bien entrenados. –¡Vaya, Menandro! –dijo efusivamente cuando entró el último solicitante–. Pensé que estabas en Siria. Bien, es más fácil subir aquí que a la Roca sin Pájaros. Llegaste aquí sin una cuerda. El veterano, reconocido al instante como un héroe de ese célebre asalto, sonrió complacido, pensando que tras un año de incertidumbres había llegado donde debía estar. Fue una grata entrevista. Tolomeo decidió tomar un descanso en su habitación privada. Su chambelán, un egipcio muy discreto, llamó a la puerta. –Mi señor –murmuró–, el eunuco que mencionaste ha llegado de Babilonia. La nariz partida de Tolomeo se irguió como la de un sabueso olisqueando la presa. –Lo veré aquí –dijo. Esperó en la habitación agradable, fresca, amueblada a la griega. Hicieron entrar a Bagoas. Tolomeo vio a un caballero persa, sobriamente vestido de gris, equipado para el viaje con un cinturón práctico, con sus ranuras estiradas por las armas dejadas afuera. Se había dejado crecer el pelo que le bordeaba el sombrero de fieltro redondo. Lucía apuesto, flaco, distinguido, y no aparentaba ninguna edad en particular. Tolomeo le daba unos veinticuatro años. Hizo la grácil genuflexión debida a un sátrapa, fue invitado a sentarse, y le ofrecieron el vino oreado durante la mañana. Tolomeo hizo las preguntas de cortesía sobre su edad y su viaje; sabía que con un persa no convenía precipitarse. Era claro que ese encuentro de medianoche en el paraíso sólo debía recordarse en lo esencial; la etiqueta imponía reserva. Recordó la sutileza de Bagoas en los viejos tiempos. –¿Qué noticias tienes? –preguntó después de los saludos protocolares. Bagoas dejó a un lado la copa de vino. –En dos meses lo traerán de Babilonia. –¿Y el convoy? ¿Quién está al mando? –Aribas. Nadie se opuso a ello. Tolomeo suspiró aliviado. Antes de marcharse al sur, había propuesto que ese oficial diseñara y supervisara la carroza, mencionando su idoneidad; había diseñado varios altares importantes para Alejandro, y sabía dirigir a los artesanos. Omitió mencionar que había servido en la India al mando de Tolomeo y que había estado en excelentes términos con su comandante. –Esperé hasta estar seguro –dijo Bagoas–. Lo necesitarían, en caso de accidente, para que hiciera reparar la carroza. –Has viajado con rapidez, entonces. –Remonté el Éufrates, y luego viajé en camello hasta Tiro. El resto por mar. Cuarenta días en total. –Tendrás tiempo para descansar, y estar en Babilonia antes que salgan. –Si Dios lo permite. En cuanto a la carroza, en cien días apenas podría llegar a la costa. Ya hay peones alisando la carretera. Aribas calcula que viajará diez millas por día en terreno llano, o cinco en terreno montañoso, si la arrastran sesenta y cuatro mulas. Para llevarla del Asia a Tracia, planean cruzar el Helesponto. La ira contenida del encuentro anterior había desaparecido. Hablaba con el aplomo de un hombre que cumple con su vocación. Tenía buen semblante después del largo viaje. –¿Entonces la has visto? –preguntó Tolomeo–. ¿Es digna de Alejandro? Bagoas reflexionó. –Sí, han hecho todo lo que pueden hacer los hombres. «Aribas debió de esmerarse», pensó Tolomeo. –Ven a la ventana. Quiero que veas algo. Señaló el templo de la costa. El mar, celeste bajo el cielo templado, brillaba entre las columnas inconclusas. –Allí está su altar. Por un momento, la cara reticente del persa se iluminó. El joven había puesto esa misma expresión, recordó Tolomeo, cuando Alejandro desfilaba celebrando una victoria. –Calculo que estará listo en un año más. Los sacerdotes de Amón querían que fuera llevado a Siwa; dicen que ése habría sido su deseo. Lo he pensado, pero creo que éste es el lugar para él. –Cuando hayas visto la carroza, señor, sabrás que no hubiera podido ir a Siwa. Si las ruedas se atascan en la arena, ni una yunta de elefantes podría sacarla... Ese es un bello templo. Han trabajado con celeridad para hacer tanto. Tolomeo sabía que alguna vez tendría que encarar el tema. –Fue iniciado antes que yo llegara –dijo suavemente–. Alejandro mismo aprobó el plan. Es el templo que ordenó para Hefestión... No sabía que él mismo lo iba a necesitar tan pronto. La cara de Bagoas parecía no tener edad. Miró en silencio las columnas de piedra iluminada por el sol. –Hefestión se lo cedería –dijo con calma–. Él se lo hubiera cedido todo. «Excepto su orgullo», pensó Tolomeo. Ése era su secreto, y por eso Alejandro lo consideraba su otro yo. Pero sólo fue posible porque crecieron juntos. –La mayoría de los hombres recibirían con gusto a Alejandro, aun muerto –dijo en voz alta–. Bien, hablemos del medio y el modo. Se acercó a la mesa y abrió una caja de documentos con traba de plata. –Te daré esta carta cuando te vayas, además de fondos para el viaje. No los entregues en Babilonia. Cuando parta la carroza, a nadie le extrañará que quieras seguirla. No hagas nada hasta que llegues a Tapsacos. La frontera siria estará cerca. Dáselo a Aribas entonces. No lo compromete a nada. Dile que le saldré al encuentro en Isos, para honrar a Alejandro. Desde luego, no pensará que voy a ir solo. –Me ocuparé –dijo fríamente Bagoas– de que él esté preparado. –No pierdas la carta en Babilonia. Pérdicas enviaría un cuerpo de ejército como escolta. –Sin desperdiciar palabras, Bagoas sonrió–. Has actuado bien. Ahora dime, ¿has sabido algo sobre el hijo de Roxana? Ya habrá aprendido a caminar. ¿Es parecido a Alejandro? Bagoas enarcó ligeramente una de sus finas cejas. –No lo he visto personalmente. Pero la gente del harén dice que se parece a la madre. –Ya veo. ¿Y cómo está el rey Filipo? –De salud, muy bien. Le han permitido montar un elefante, lo cual lo hizo muy feliz. –Ajá. Bien, Bagoas, te has ganado mi gratitud; confía en ella de ahora en adelante. Cuando hayas descansado, recorre la ciudad. Será tu hogar. Bagoas hizo la semipostración debida por un caballero al sátrapa –aprendida en la corte de Darío– y se despidió. Más tarde, cuando el sol caía hacia el desierto del Oeste, caminó hacia el templo. Éste era el paseo nocturno de los alejandrinos que se detenían para observar la marcha del trabajo; soldados con licencia de Macedonia y Egipto, mercaderes y artesanos de Grecia, Lidia, Tiro, Chipre y Judea; mujeres con hijos y hetairas en busca de trabajo. La multitud aún no era opresiva. La ciudad todavía era joven. Los peones de la obra estaban guardando sus herramientas en sacos de paja; los serenos llegaban con sus capas y sus canastos de comida. De las naves amarradas al muelle desembarcaban los hombres; los guardias de las naves encendían antorchas cuyo olor resinoso flotaba sobre el agua. Al caer la noche, un hachón ardiente era elevado en un alto mástil de la terraza del templo. Era similar al que había usado Alejandro junto a su tienda en Asia central, para indicar dónde estaba su cuartel general. Los viandantes regresaron a sus casas; pronto no quedó nadie más que los serenos y el taciturno viajero de Babilonia. Bagoas miró la casa de Hefestión, donde Alejandro sería su huésped para siempre. Era adecuado, era lo que él habría querido... A fin de cuentas, no cambiaba las cosas. Lo que era, era, como había sido siempre. Cuando Alejandro exhaló el último aliento, Bagoas había sabido quién lo estaría esperando en la otra orilla. Por eso no se había matado. No quería que lo acusaran de ser un intruso en ese reencuentro. Pero Alejandro nunca había sido ingrato, jamás había despreciado el amor. Un día, después de haberlo servido fielmente, habría una bienvenida, como la había habido siempre. Volvió hacia el alojamiento para huéspedes del palacio, donde estaban encendiendo las lámparas. Allí podría servir apropiadamente a Alejandro. Ninguna otra cosa había importado nunca. En la casa solariega del difunto príncipe Amintas, Cinane y Eurídice se estaban cortando el pelo una a otra. Se preparaban para el viaje. Hasta salir de Macedonia, se proponían viajar como hombres. El regente, Antípatro, estaba sitiando fortalezas que resistían en las montañas de Etolia, donde aún ardía la última revuelta griega. Había llevado la mayor parte de sus tropas. Era una buena oportunidad. –Ahí tienes –dijo Cinane, retrocediendo con las tijeras–. Muchos hombres jóvenes lo usan así, desde que Alejandro impuso la moda. Ninguna de las dos tuvo que sacrificar mucho pelo; era fuerte y ondulado, no largo. Llamaron a una doncella para que barriera los mechones. Eurídice, que ya había preparado las alforjas, se acercó a las lanzas ordenadas en el rincón y eligió su jabalina favorita. –No tendremos muchas oportunidades para practicar en el viaje. –Esperemos –dijo Cinane– no tener que usarlas en serio. –Oh, los salteadores no atacarán a diez hombres. –Llevaban una escolta de ocho servidores. Miró la cara de su madre, y añadió–: ¿No tienes miedo de Olimpia? –No, está demasiado lejos. Estaremos en Asia antes que se entere. –Madre, ¿qué sucede? –insistió Eurídice. Cinane se paseaba por la habitación. En soportes, mesas y estantes estaban los tesoros familiares, el legado del padre a su esposo muerto y partes de la dote; su propio padre, el rey Filipo, le había ofrecido una suntuosa boda. Estaba preguntándose cuánto convenía llevar en semejante viaje. Su hija no podía ir con las manos vacías, pero... –Madre, hay algo... ¿Es porque no hemos oído nada de Pérdicas? –Sí. No me gusta. –¿Cuánto hace que le escribiste? –No lo hice. Lo adecuado era que escribiera él. –Se volvió hacia un anaquel y tomó una copa de plata. –Hay algo que no me has dicho. Sé que lo hay. ¿Por qué se opone Antípatro a que vayamos? ¿Han comprometido al rey con otra persona...? Madre, no finjas que no me oyes. No soy una niña. Si no me lo dices, no iré. Cinane se volvió con la cara que años atrás habría significado una azotaina. La muchacha, implacable, se mantuvo en sus trece. Cinane bajó la copa, donde estaba tallada una cacería de jabalíes. Se mordió el labio. –Muy bien, ya que lo prefieres, creo que será mejor. Alejandro dijo con franqueza que sería un matrimonio puramente formal. Te ofreció riqueza y rango. Creo que por él, después te hubieras podido volver a casa. –¡Nunca me lo dijiste! –No, porque tu destino no era envejecer en una aldea. Calla y escucha. Él sólo tuvo en cuenta la reconciliación de nuestras familias. Eso fue porque creía en lo que le había dicho su madre. Creía que su hermano había nacido idiota. –Como todos los idiotas. No entiendo. –¿No recuerdas a Estratón el albañil? –Pero a él le había caído una piedra en la cabeza. –Así es. No nació tartamudo, ni pedía un árbol cuando quería pan. Eso fue por la piedra. –Pero toda mi vida oí que Arrideo era idiota. –Porque toda su vida lo fue. Tú tienes quince años, él treinta. Cuando tu padre aspiraba a ser rey, me habló mucho sobre la casa de Filipo. Dijo que cuando Arrideo nació era un niño fuerte, avispado y normal. Es cierto que tu padre mismo era un niño aún, y lo que oía eran chismes de la servidumbre; pero él escuchaba, porque hablaban de otro niño. Decían que Filipo estaba complacido con el niño y que Olimpia lo sabía. Juró que el bastardo de Filina no desheredaría a su hijo. El niño nació en el palacio. Tal vez ella le diera algo, tal vez se encargara de que recibiera un golpe en la cabeza. Eso oyó decir tu padre. –¡Mujer malvada! Pobre niño, yo no se lo haría ni a un perro. Pero está hecho. ¿Cuál es la diferencia ahora? –Sólo los idiotas natos engendran idiotas. Los hijos de Estratón son todos normales. Eurídice contuvo el aliento, sorprendida. Aferró defensivamente la jabalina que empuñaba. –¡No! Dijeron que no tenía por qué hacerlo. Hasta Alejandro lo dijo. ¡Me lo prometiste! –Calma, calma. Nadie te lo está pidiendo. Sólo te lo estoy diciendo. Por eso Antípatro se opone y Pérdicas no escribe. Eso no es lo que quieren. Eso es lo que temen. Eurídice se quedó donde estaba, acariciando distraídamente el mango de la jabalina. Era una buena jabalina, lisa y dura, de madera de cornejo. –¿Quieres decir que temen que yo pudiera fundar un linaje real para desplazar al de Alejandro? –Eso creo. La mano de la muchacha se cerró sobre el mango hasta que los nudillos palidecieron. –Si debo hacerlo para vengar a mi padre, lo haré. Pues él no dejó hijos... Cinane quedó azorada. Ella sólo había querido explicar los peligros. Se apresuró a decir que sólo había sido cháchara de esclavos; siempre habían corrido rumores sobre Olimpia, como que se acoplaba con serpientes y había concebido a Alejandro del fuego del cielo. Tal vez era verdad que Filina había parido un idiota, y no se había notado hasta que el niño hubo crecido. Eurídice miró cuidadosamente la jabalina, y la puso a un lado con las pocas cosas que pensaba llevar. –No temas, madre. Esperemos a estar allí, y entonces veré qué debo hacer. Y lo haré. «¿Qué hice? –pensó Cinane–. ¿Qué hice?» Inmediatamente recordó que había hecho lo que se había propuesto, y cumplido con lo que había resuelto hacía tiempo. Ordenó al pastor que trajera un cabrito virgen para ofrendarlo en sacrificio por el éxito de su empresa. Aribas, el creador de la carroza fúnebre de Alejandro, se dirigió al taller que visitaba diariamente. Era un petimetre, aunque no un afeminado; soldado y esteta, estaba remotamente emparentado con la casa real y, desde luego, era demasiado aristocrático para trabajar por dinero. Alejandro le había hecho generosos regalos cada vez que creaba un altar, una barcaza real o un espectáculo público, pero eso había sido sólo entre amigos. Alejandro, que era pródigo con el dinero, se enfurecía cuando se lo robaban, y valoraba no sólo su talento sino su probidad. Tolomeo, al recomendarlo a Pérdicas, había enfatizado esta virtud, tan necesaria en un hombre que manejaba una gran cantidad de oro. En verdad, había vigilado celosamente; ni una pepita se había pegado a sus dedos ni a los de nadie. Pesarlas era un rito cotidiano. Diseñador fastuoso, usado por Alejandro cuando se requería suntuosidad, había utilizado con buen gusto todo el tesoro que le habían encomendado, para honra de Alejandro y de él mismo. Mientras la magnífica estructura que había diseñado cobraba forma bajo los martillos, gubias y cinceles de sus selectos artesanos, la euforia se mezclaba con la solemnidad. Imaginaba a Alejandro examinándola con aprobación. Él sabía apreciar esas cosas. Aribas nunca había sentido mayor afecto por Pérdicas. Notó que fuera del taller Bagoas, el eunuco, estaba merodeando otra vez. Lo llamó sonriendo grácilmente. Aunque no era persona cuya compañía buscara en público, había demostrado tener un gusto exquisito y mucho ojo para los detalles. Su devoción por el muerto era conmovedora; era un placer dejarle observar el trabajo. –Encontrarás un cambio –le dijo–. Ayer la montaron sobre las ruedas. Ahora podrás verla entera. Golpeó con la vara. Las trancas crujieron; la poterna se abrió en la enorme puerta. Entraron en la penumbra que rodeaba un resplandor de gloria. La ancha estera del techo, que de noche protegía el interior del mal tiempo y de los ladrones, había sido corrida para dejar la gran obra a la luz. El sol de la primavera brillaba deslumbrante sobre un templo en miniatura, todo laminado de oro. Tenía unos dieciocho pies de largo; el techo abovedado era de escamas de oro incrustadas de gemas, relucientes rubíes, esmeraldas y cristales, zafiros y amatistas. En el borde, como un estandarte, se elevaba una corona de laurel con hojas de oro reluciente; en las esquinas aleteaban unas victorias, sosteniendo coronas de triunfo. La sustentaban ocho columnas doradas y la cornisa estaba festoneada por una guirnalda de flores esmaltadas. En el friso estaban retratadas las proezas de Alejandro. El suelo era de oro pulido; las ruedas estaban envainadas en oro, y los ejes rematados por cabezas de león. Una red de alambre de oro rodeaba el santuario interior por tres partes; en la cuarta, dos leones de oro recostados custodiaban la entrada. –Mira, han colgado las campanas. Las campanas también eran de oro; colgaban de las borlas de la guirnalda. Alzó la vara y golpeó una; un sonido claro y musical, de sorprendente resonancia, retumbó en el taller. –Todos sabrán que él llega. Bagoas se pasó las manos por los ojos. Ahora que había vuelto al mundo sentía vergüenza de las lágrimas; pero le costaba aceptar que Alejandro no pudiera ver aquella maravilla. Aribas no lo notó; estaba hablando con el capataz sobre la reparación de las hendiduras y raspones causados al levantar la estructura superior. La perfección debía restaurarse. En un rincón del cobertizo centelleaba opacamente el sarcófago, blasonado con el sol real de Macedonia. Seis hombres apenas atinaban a levantarlo; era de oro macizo. Sólo en el último momento, cuando estuvieran por partir, Alejandro saldría en el ataúd de cedro donde, vacío y liviano, descansaba en un lecho de especias y hierbas dulces, para ser puesto entre más especias en el lugar donde descansaría definitivamente. Aribas se cercioró de que estuviera intacto y se marchó. Afuera, Bagoas no reparó en elogios, un derecho de admisión que pagaba con gusto. –Será considerada una de las maravillas del mundo. –Y añadió con intención–: Los egipcios se enorgullecen de sus artes funerarias, pero ni siquiera allí vi nada digno de compararse. –¿Has estado en Egipto? –preguntó Aribas, sorprendido. –Desde que terminó mi servicio con Alejandro, he viajado un poco para pasar el tiempo. Él hablaba tanto de Alejandría que ansiaba verla personalmente. Desde luego, señor, tú estuviste allá cuando la fundaron. No dijo más, dejando que Aribas hiciera las preguntas. Las respondió cortésmente, dejando cabos sueltos que inspiraban nuevas preguntas. Éstas llevaron a la modesta confesión de que el sátrapa le había concedido audiencia. –Aunque oficiales y amigos de Alejandro habían venido de casi todos los rincones del Asia para unirse a su ejército, yo era el único de Babilonia, de modo que me pidió noticias. Dijo que había oído que la carroza fúnebre de Alejandro sería una maravilla, y preguntó quién se había encargado de ella. Cuando lo supo, exclamó que el mismo Alejandro no hubiera escogido a otro. Sólo lamentó que Aribas no pudiera estar allí para adornar el templo del Fundador... Aunque tal vez, señor, cometo una indiscreción al decírtelo. –Fugaz como un reflejo en el agua apareció la sonrisa que había cautivado a dos reyes–. Pero no creo que a él le importara. Charlaron un rato, pues la curiosidad de Aribas por Alejandría se agudizó. Al regresar a su casa, advirtió que lo habían sondeado delicadamente, pero no se detuvo a examinar la idea. Si entendía lo que deseaba Tolomeo, su deber sería divulgarlo; y sospechaba que esto no le era conveniente. En el palacio amurallado con piedra roja en la ciudadela de roca roja de Sardis, Cleopatra y sus doncellas vivían relativamente cómodas para las pautas del Asia Menor, y lujosamente para las pautas de Epiro. Pérdicas había hecho redecorar los aposentos reales, a los que había provisto con esclavos bien adiestrados. Durante su breve luna de miel, le había explicado a su novia Nicea la llegada de la reina molosea, diciéndole que huía de la madre, quien había usurpado el poder y ponía su vida en peligro; una hija de Antípatro podía creer cualquier cosa de Olimpia. Tras algunas festividades ceremoniosas acordes con el rango de la prometida, había despachado a la dama a una finca cercana, con el pretexto de que la guerra continuaba y él pronto estaría en campaña. Al regresar a Sardis, volvió a cortejar a Cleopatra. Sus visitas y costosos regalos tenían todas las apariencias del compromiso formal. Cleopatra había disfrutado del viaje; la inquietud de su familia no le había pasado desapercibida. La visión de nuevos horizontes la había consolado incluso del abandono de su hijo. Su abuela lo trataría como un hijo propio a quien debía preparar para la realeza. Cuando ella estuviera casada y viviendo en Macedonia, lo podría ver a menudo. Había considerado a Pérdicas más como colega que como esposo. Era un hombre dominante, y ella había estado alerta a indicios de autoridad y prepotencia. Sin embargo, parecía que tenía suficiente sensatez para saber que sin su respaldo no podría conseguir ni conservar la regencia. Más tarde, según como él se comportara, Cleopatra tal vez lo ayudara a llegar al trono. Sería un rey severo pero, después de Antípatro, un rey demasiado blando sería despreciado. Con cierto desapego, lo imaginó en la cama con ella, pero dudó que eso tuviera demasiada importancia para ninguno de ellos una vez que diera a luz un heredero. Sin duda le valdría más ser su amiga que su amante, y ya lo estaba consiguiendo hasta cierto punto. Ese día de primavera él almorzaría con ella. Ambos preferían la informalidad del mediodía y la oportunidad de hablar a solas. El único plato sería exquisito; había encontrado un cocinero de Caria. Ella estudiaba sus gustos anticipándose al matrimonio. No se proponía deshacerse brutalmente de la feúcha hija de Antípatro, como su madre había hecho con sus rivales; Nicea volvería sana y salva a su familia. La esposa persa de Susa lo había hecho tiempo atrás. Pérdicas llegó a pie desde su alojamiento al otro lado del palacio, cuyos edificios parecían encaramados a la roca. Se había puesto un broche enjoyado, un espléndido brazalete adornado con cabezas de grifo de oro, y un cinturón ornamentado. «Sí –pensó Cleopatra–, sería un rey convincente.» A él le gustaba hablar de sus guerras con Alejandro y a ella le gustaba escuchar; a Epiro sólo habían llegado noticias fragmentarias y él lo había visto todo. Pero antes que llegaran al vino el chambelán persa carraspeó en la puerta. Acababa de llegar un despacho urgente para su excelencia. –De Eumenes –dijo Pérdicas cuando rompió el sello. Hablaba con excesiva despreocupación, sabiendo como sabía, que Eumenes no decía que nada fuera urgente sin una buena razón. Mientras leía, Cleopatra vio como se le amarilleaba la piel tostada e hizo salir al esclavo que los atendía. Como la mayor parte de los hombres de su tiempo, él articulaba las palabras que leía (se consideraba notable que Alejandro hubiera suprimido este reflejo); pero apretaba las mandíbulas, y ella sólo oyó un murmullo furibundo. Viéndole la cara al final, supuso que ésa sería su expresión en la guerra. –¿Qué es? –dijo. –Antígono ha huido a Grecia. –¿Antígono? –Mientras él miraba fijamente al vacío, Cleopatra recordó que era el sátrapa de Frigia, apodado el Tuerto–. ¿No estaba arrestado por traición? Supongo que tuvo miedo. Él bufó como un caballo. –¿Miedo, él? Ha ido para traicionarme con Antípatro. Notó que Pérdicas quería reflexionar antes de tomar una decisión, pero había más de lo que acababa de decirle y tenía derecho a saberlo. –¿Cuál fue la traición? ¿Por qué estaba arrestado? –Para cerrarle el pico –replicó él con rudeza–. Descubrí que él sabía. Ella lo comprendió al instante; no en vano era una hija de Macedonia. «Mi padre – pensó– no lo hubiera hecho; ni Alejandro. En los viejos tiempos... ¿Debemos volver a eso?» –¿Cómo se enteró? –se limitó a preguntar. –Pregunta a las ratas de la pared. Jamás se lo hubiera confiado. Siempre fue íntimo de Antípatro. Habrá sospechado algo y envió un espía. Ahora da lo mismo, el daño está hecho. Ella asintió; no había necesidad de muchas aclaraciones. Debían casarse en una ceremonia real antes de ir a Macedonia. Ya no había tiempo; Antípatro marcharía al norte desde Etolia en cuanto recibiera la noticia. Una boda secreta sólo causaría escándalos. «Esto significará la guerra, pensó Cleopatra.» Pérdicas se levantó del diván y se puso a caminar por la habitación; ella pensó vagamente que ya parecían marido y mujer. –Y todavía tengo que encargarme de esas malditas mujeres –dijo él, volviéndose. –¿Qué mujeres? –le preguntó. Últimamente, le ocultaba demasiadas cosas–. No has mencionado a ninguna mujer. ¿Quiénes son? Él emitió un sonido, mezcla de impaciencia y embarazo. –No, no era conveniente. Pero debí contártelo. Filipo, tu hermano... –¡Por favor! No llames hermano mío a ese retardado. –Jamás había compartido la tolerancia de Alejandro por el hijo de Filina. Su única desavenencia con Pérdicas había sido porque él deseaba instalar al rey en el palacio, como convenía a su rango. «Si Filipo viene, yo me voy.» Él le había visto en la cara un destello de la terquedad de Alejandro. Filipo había permanecido en la tienda real; estaba acostumbrado, y no había pensado en otra cosa–. ¿Qué tiene que ver él con mujeres? –Alejandro lo comprometió con Adea, la hija de tu primo Amintas. Incluso le otorgó el real nombre de Eurídice, que ella se ha preocupado por usar. No sé qué se proponía Alejandro. Poco antes que él muriera, Filipo mejoró un poco. Alejandro parecía complacido. No entenderías, pasó mucho tiempo desde que los viste a ambos. Alejandro lo llevaba consigo, ante todo, para quitarlo de en medio por si alguien quería utilizarlo en Macedonia. Además, como me dijo una noche que estaba ebrio, porque Olimpia lo habría matado si lo dejaba. Pero llegó a cobrarle afecto, después de cuidarlo tantos años. Le satisfacía verlo mejor, y permitió que lo vieran con él, haciendo sacrificios y demás. Lo vio la mitad del ejército, por eso tenemos el problema que hoy tenemos. Pero no había planes para ninguna boda. Si él no hubiera enfermado, habría partido hacia Arabia en poco tiempo. Al final, supongo, se habría concertado un matrimonio por poder seguramente. –¡Nunca me lo dijo! –Por un momento puso cara de niña lastimada. Allí había una larga historia, si Pérdicas se hubiera molestado en leerla. –Eso fue por tu madre. Él temía que si lo sabía le hiciera algún daño a la niña. –Ya veo –dijo la hija de Olimpia, sin sorpresa–. Pero jamás debió hacerlo. Desde luego ahora debemos liberarla, pobre niña. –Él no respondió, y ella añadió, con voz más autoritaria–: Pérdicas, ellos son mis parientes. Yo debo decidir. –Señora, lo sé –dijo él con estudiado respeto; podía darse ese lujo–. Pero has entendido mal. Antípatro canceló el contrato con mi aprobación, hace unos meses. En su ausencia, sin su permiso, su madre Cinane trajo a la muchacha al Asia. Exigen que se realice la boda. Su exasperación era testimonio de su sinceridad. –¡Desvergonzada! –exclamó ella–. ¡Ahí se ve la sangre bárbara! –Bien podía haber sido Olimpia la que hablaba. –Realmente. Son verdaderas ilirias. He oído que llegaron hasta Abdera vestidas de hombres, y portando armas. –¿Qué harás con ellas? Yo no puedo tener tratos con esa gentuza. –Me desharé de ellas. No tengo tiempo. Debo encontrarme con Eumenes antes que Antípatro llegue al Asia. Crátero sin duda se reunirá con él, lo cual agravará las cosas. Los hombres aman a Crátero... Mi hermano tendrá que verlas e impedir que cometan algún desliz. De inmediato salió para tomar ciertas decisiones. Una de ellas fue enviar un mensaje a Éfeso, convocando a Roxana y su hijo. Había tenido la sensatez de no informar a la bactriana sobre la hija de Filipo y Olimpia; además, si ella hubiera sabido de sus planes tal vez lo hubiera hecho envenenar. Pero ahora era tiempo de moverse y ella debería seguir al ejército. «Al menos –pensó– estaba acostumbrada a eso.» En la carretera que iba a la costa siria, centelleando al sol y haciendo tintinear sus campanas, la carroza fúnebre de Alejandro avanzaba hacia Isos. La arrastraban sesenta y cuatro mulas, uncidas por un yugo cada cuatro grupos de cuatro. Las mulas usaban guirnaldas y cascabeles de oro. El tintineo y el tañido claro de las campanas se mezclaban con los gritos de los muleros. En el altar, entre las columnas de oro y las redes de oro titilante, estaba el sarcófago envuelto en su manto púrpura. Sobre él se exhibía la armadura de Alejandro, el casco de hierro blanco, el cinturón enjoyado, la espada, el escudo y las grebas, junto con la coraza de gala; la que había usado en combate estaba demasiado mellada y vapuleada para concordar con tanto esplendor. Cuando las pinas forradas en hierro de las ruedas laminadas de oro traqueteaban en terreno escarpado, la carroza apenas se hamacaba suavemente; había resortes ocultos encima de los ejes. Alejandro llegaría entero a la tumba. Los veteranos de la escolta comentaban que si él hubiera cuidado así de su cuerpo mientras vivía, aún lo tendrían con ellos. A lo largo del camino los curiosos se apiñaban ansiosamente, esperando el sonido de las campanas. La fama del carruaje lo había precedido en su marcha. Los labriegos habían caminado un día desde los villorrios de montaña, y dormían a la intemperie para aguardarla; hombres montados a caballo, mulas y asnos la seguían durante millas, negándose a abandonarla. Los niños la seguían corriendo, cayendo como perros exhaustos cuando la escolta acampaba de noche, acercándose a las fogatas para pedir un mendrugo, y escuchar las historias de los soldados. En cada poblado del camino se ofrecían sacrificios al divino Alejandro; el bardo local cantaba sus hazañas, inventando prodigios cuando no conocía suficientes hechos históricos. Aribas presidía serenamente estas solemnidades. Había recibido la carta de Tolomeo y sabía a qué atenerse. Excepto por una sola visita a la tienda de Aribas, Bagoas pasaba desapercibido. De día cabalgaba entre los curiosos; de noche dormía entre los soldados persas que formaban la retaguardia. Todos sabían quién era y nadie le molestaba. Era fiel a su señor, como correspondía a un verdadero seguidor de Mitra. Todos respetaban esa piadosa peregrinación y no le atribuían segundas intenciones. Cinane y su hija habían viajado como hombres armados, durmiendo en el carruaje con sus sirvientes a la intemperie, hasta que pudieron embarcarse en Abdera. Allí los habitantes eran griegos, abundaban los barcos mercantes, y la única pregunta que les hacían era si podían pagar. Cinane, que no podía engañar a nadie vista de cerca, volvió a vestirse de mujer; Eurídice viajó como su hijo varón. El barco llevaba pieles en cubierta; los mercaderes las consideraban cómodas para dormir, pero el olor le provocaba náuseas a Eurídice en cuanto soplaba viento. Por último se internaron en el verde e inmenso golfo de Esmirna. A partir de entonces, deberían viajar de otro modo. Esmirna estaba formada por las ruinas de una antigua aldea y por la ciudad nueva fundada por Alejandro, a quien le había interesado el puerto. El tráfico se había intensificado con sus conquistas y se había convertido en un puerto activo. Ahí las verían y provocarían comentarios; aunque Babilonia aún estaba lejos, debían pensar en las apariencias. El viejo que hacía las veces de mayordomo –él recordaba al padre de Amintas– las precedió para buscar buen alojamiento y alquilar un transporte para el largo viaje por tierra. Regresó con noticias sorprendentes. No tendrían que viajar al este. Pérdicas y el rey Filipo estaban en Sardis, a sólo cincuenta millas. Se sobresaltaron, como hace la gente cuando una crisis distante se presenta de golpe; luego se dijeron que la suerte las favorecía. Eurídice desembarcó con una larga capa sobre la túnica, y en el alojamiento se puso una mantilla y un manto. De ahora en adelante el viaje debía ser un acontecimiento público, la prometida de un rey rumbo a la boda. Desde luego un pariente o amigo del prometido tendría que haberlas recibido en el puerto; cuanto mayor fuera su rango, menos preguntas les harían. Podían prodigar gastos en un viaje tan corto; las fincas de Amintas no habían sido confiscadas y, si habían vivido apaciblemente, no era porque fueran pobres. Cuando se pusieron en marcha, dos días más tarde, el cortejo era imponente. Toas, el mayordomo, que les había comprado doncellas y porteadores, informó que según los lugareños debían llevar un chambelán eunuco. Cinane, muy ofendida, replicó que ellas eran griegas, como el prometido de su hija, y que no habían viajado al Asia para adoptar las costumbres repulsivas de los bárbaros. Entendía que Alejandro había hecho demasiadas concesiones. El fiel Toas, que se encargó de todas las transacciones, no guardó el secreto del rango de sus damas, ni de su propósito. No fue un espía, sino el eterno chismorreo de los viajeros de la carretera, el que las precedió llevando la noticia a Sardis. El campo de Isos aún estaba sembrado de armas y huesos viejos. Ahí –donde Darío había huido dejando a su madre, esposa e hijos a merced de Alejandro– dos ejércitos sacrificaron un toro blanco como la leche delante del carruaje dorado. Tolomeo y Aribas derramaron incienso. La escolta había quedado muy conmovida por el discurso de Tolomeo, que afirmaba el deseo del divino héroe de que su cuerpo regresara a su padre Amón. Cada uno de los hombres de Aribas había recibido cien dracmas, una dádiva digna del mismo Alejandro. Aribas, por su parte, había recibido en privado un talento de plata, y en público el titulo de general del ejército del sátrapa, con lo cual todas sus tropas macedonias habían convenido en seguirlo. De noche hubo una fiesta en honor de Alejandro, con una oveja asada y un ánfora de vino para cada fogata del campamento. A la mañana siguiente, con el sátrapa y el general cabalgando a cada lado de la carroza, el cortejo fúnebre se dirigió al Nilo. Bagoas, cuyo nombre no había sido proclamado en ningún discurso, lo siguió detrás de la retaguardia. Los otros persas habían emprendido el regreso; pero las tropas de Egipto alargaban muchísimo la columna, y él estaba lejos de la carroza. Desde las lomas apenas veía la cresta centelleante. Pero estaba satisfecho. Había cumplido con su misión, su dios estaba servido, y aún tendría que cuidar de su fama en la ciudad elegida por él. Un griego podría haber visto en Bagoas la serenidad del iniciado, recién salido de la celebración de un misterio. La caravana de Cinane estaba a un día de viaje de Sardis. No se apresuraban; se proponían llegar allá a la mañana siguiente, antes que empezara el calor. Su fama había llegado, incluso a Macedonia, por la riqueza y el lujo; la prometida de un rey no debe ser opacada por sus súbditos. Durante la noche prepararían su entrada. A lo largo del camino, las elevaciones rocosas estaban coronadas por viejos fuertes, reparados por Alejandro para que dominaran los pasos. Pasaron frente a losas de roca con símbolos tallados e inscripciones en escrituras desconocidas. Los viajeros que se cruzaban con ellos dirigiéndose al puerto eran todos bárbaros, extraños a la visión y al olfato; fenicios con barbas teñidas de azul, carios con aros pesados que les estiraban las orejas; una caravana de porteadores negros desnudos hasta la cintura, con su negrura extraña y terrible para un ojo septentrional acostumbrado sólo a los esclavos pelirrojos de Tracia; a veces un persa con pantalones, el ogro legendario de los niños griegos, con sombrero bordado y espada curva. Para Eurídice todo era aventura y deleite. Envidiaba a Alejandro y sus hombres, que habían recorrido el mundo. Cinane, junto a ella bajo el toldo rayado, mantenía un semblante alegre, pero estaba perdiendo el ánimo. El lenguaje extraño de los viajeros, los inescrutables monumentos, el paisaje desconocido, la desaparición de todo lo que ella había imaginado anticipadamente, le estaban quitando seguridad. Esas mujeres con velos negros, que cargaban bultos junto a los asnos montados por sus hombres, la creerían loca si supieran sus propósitos. El carruaje de dos ruedas se bamboleaba sobre las piedras, haciéndole doler la cabeza. Sabía que el mundo era vasto, que en diez años Alejandro nunca había llegado al confín; pero entre las colinas de su patria eso no significaba nada. Ahora, en el umbral del este ilimitado, sentía esa extrañeza indiferente como una desolación. Eurídice, que había estado admirando las defensas de los fuertes y su sistema de comunicación, dijo: –¿Crees que es cierto que Sardis tiene tres veces el tamaño de Pela? –Yo diría que sí. Pela ha existido sólo durante dos generaciones; Sardis durante diez, o tal vez más. Esa idea la deprimía. Miraba a la muchacha, ingenuamente confiada, y pensaba: la traje aquí desde su hogar, donde pudo haber vivido su vida en paz. Sólo cuenta conmigo. Bien, soy sana y joven todavía. Pronto anochecería. Un explorador les informó que estaban a diez millas de Sardis. Pronto debían encontrar un sitio donde acampar. Un recodo rocoso tapó el sol poniente y el camino se volvió oscuro. La cuesta que tenían al lado, negra contra el cielo rojo, estaba sembrada de grandes peñascos. En alguna parte una voz de hombre dio una orden. Rocas y guijarros cayeron estrepitosamente en el camino, desprendidas por hombres al acecho. –¡Ladrones! –anunció Toas, que encabezaba la escolta. Treinta o cuarenta hombres a pie, armados con lanzas, bajaron a la carretera. Entre ellos la escolta parecía lo que era, un grupo de viejos voluntariosos y confundidos. Los que alguna vez habían peleado lo habían hecho en las guerras de Filipo. Pero eran macedonios genuinos, con las virtudes arcaicas del guerrero. Con un grito de desafío, atacaron a los bandidos con sus lanzas. El gemido de un caballo herido retumbó contra las rocas. El viejo Toas cayó con su montura; un grupo de hombres lo rodeó para apuñalarlo. Se oyó un grito inarticulado y desafiante. Cinane brincó del carro, con Eurídice a su lado. Habían manoteado las lanzas, y se habían metido las faldas en los cinturones. De espaldas al carro, que se hamacaba con el movimiento de las mulas asustadas, se enfrentaron al enemigo. Eurídice sintió un espasmo de euforia. Al fin la guerra, la verdadera guerra. Aunque adivinaba las consecuencias de la derrota si las capturaban vivas, ésa era una razón más para pelear bien. Un hombre de piel clara y barba rojiza se le acercó. Tenía una coraza de cuero, de modo que ella le apuntó al brazo. La lanza lo atravesó. Él retrocedió soltando un juramento y apretándose la herida. Ella se rió, y de pronto comprendió sobresaltada que allí, en Lidia, un salteador había hablado en macedonio. Una de las mulas, herida por una lanza, chilló y brincó hacia adelante. Todas las mulas arrancaron, arrastrando el carruaje. Golpeó a Eurídice, pero ella conservó el equilibrio. Oyó un grito al lado. Cinane había caído; estaba apoyada en el carro cuando se movió. Un soldado estaba inclinado sobre ella con una lanza. Un hombre se adelantó con la mano alzada. Los que la rodeaban se retiraron. Se hizo silencio, excepto por las mulas que forcejeaban, conducidas por los soldados, y los gemidos de tres de la escolta en el suelo. Al resto lo habían dominado, excepto al viejo Toas, que estaba muerto. Cinane gimió, como cualquier criatura de sangre caliente que se esfuerza por respirar. Tenía el pecho manchado de rojo. El primer impulso de Eurídice fue correr hacia ella, tomarla en sus brazos, y suplicar piedad a los bandidos. Pero Cinane la había adiestrado bien. Esto también era la guerra; no habría misericordia por suplicar, sólo por ganar. Miró al jefe, a quien habían obedecido inmediatamente, un hombre alto y moreno de cara enjuta y glacial. Comprendió al instante; no bandidos, soldados. Cinane gimió de nuevo; el sonido era más débil ahora. La piedad, la furia y el pesar estallaron como una sola llama en Eurídice, como en Aquiles cuando clamaba por Patroclo muerto en la muralla. Se acercó al cuerpo de la madre para protegerlo. –¡Traidores! ¿Sois hombres de Macedonia? Esta es Cinane, la hija del rey Filipo, la hermana de Alejandro. El estupor los dejó mudos. Todos los hombres se volvieron hacia el oficial. Él parecía furioso y desconcertado. No les había dicho nada. Ella tuvo una idea. Esta vez habló en el idioma de los soldados, el dialecto campesino que había conocido antes de aprender griego. –Soy la nieta de Filipo. ¡Miradme! Soy la hija de Amintas, la nieta del rey Filipo y del rey Pérdicas. –Señaló al enfurecido oficial–. Preguntadle. ¡Él lo sabe! El soldado más viejo, un cincuentón, se volvió hacia su jefe. –Alcetas –dijo, usando el nombre sin títulos honoríficos, como un hombre libre de Macedonia podía hacerlo ante los reyes–. ¿Es verdad lo que dice? –¡No! Obedeced las órdenes. El soldado miró a la muchacha, y luego a los otros hombres. –Yo creo que es verdad. Los hombres se juntaron. –No son sármatas, como dijo él –comentó uno–. Son tan macedonias como yo. –Mi madre... –Eurídice bajó la mirada. Cinane se movió, pero le manaba sangre de la boca–. Me trajo aquí desde Macedonia. Estoy comprometida con Filipo, vuestro rey, el hermano de Alejandro. Cinane se movió. Alzó un brazo. –Es verdad –dijo con un hilo de voz–. Lo juro por... –Tosió. Escupió un borbotón de sangre y cayó hacia atrás. Eurídice soltó la lanza y se arrodilló a su lado, los ojos fijos, desorbitados. El viejo soldado que se había enfrentado a Alcetas se le acercó y se plantó a su lado, encarando al resto. –¡Dejadlas en paz! –dijo. Uno por uno, otros se reunieron con él; los demás se reclinaron sobre las lanzas, avergonzados y confundidos. Eurídice se arrojó sobre el cuerpo de la madre y lloró con vehemencia. Pronto, a través de su llanto, oyó voces airadas. Era el rugido de la rebelión. Ella lo ignoraba, pero era un ruido cada vez más familiar para los generales macedonios. Tolomeo había confiado a sus amigos íntimos de Egipto que le alegraba elegir personalmente a sus hombres, y liberarse del ejército regular. Era como Bucéfalo, el viejo caballo de Alejandro, que pateaba a cualquier otro que tratara de montarlo. Como el caballo, el ejército se había acostumbrado excesivamente a un buen jinete y lo obedecía.
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Con ansiedad, Eurídice pensó en suplicar piedad, en implorar que quemaran decentemente el cuerpo de su madre, que le dieran las cenizas para enterrarlas en su patria y que la llevaran de vuelta al mar. Pero en cuanto enjugó la sangre del rostro de Cinane supo que era el rostro de una guerrera firme hasta la muerte. Su sombra no debía descubrir que había dado a luz a una cobarde. Bajo la mano tenía el pendiente de oro que su madre usaba siempre. Estaba manchado de sangre, pero ella lo pasó sobre la cabeza inerte y se levantó. –Ved. Aquí está la efigie de mi abuelo, el rey Filipo. Él se lo dio a mi abuela Audata el día de la boda, y ella a mi madre cuando se casó con Amintas, el hijo del rey Pérdicas. Vedlo vosotros mismos. Lo puso en la mano callosa y cuarteada del veterano; todos se apiñaron a su alrededor, examinando el medallón de oro con el perfil cuadrangular y barbado. –En efecto, es Filipo –dijo el veterano–. Lo vi muchas veces. –Lo limpió contra su faldón y se lo devolvió–. Debes cuidarlo –le dijo. Le hablaba como a una joven sobrina, y eso tocó la sensibilidad de todos. Sería su mascota, una huérfana e hija adoptiva. La llevarían a Sardis, le dijeron a Alcetas; cualquier tonto podía ver que tenía la sangre de Filipo en las venas. Y si Alejandro le había prometido una boda con el hermano, se casarían, o el ejército intervendría en el asunto. –Muy bien –dijo Alcetas. Sabía que la disciplina y tal vez su propia vida pendían de un hilo–. Entonces despejad el camino y poneos en marcha. Con tosca eficiencia, los soldados tendieron a Cinane en el carro y la cubrieron con una manta. Trajeron su propio carretón para los guardias muertos y heridos, recogieron el equipaje que los porteadores habían soltado al huir con las doncellas hacia las colinas. Acomodaron los almohadones para que Eurídice viajara junto a sus muertos. Uno de ellos se adelantó para llevar el mensaje de Alcetas a su hermano Pérdicas. Durante el trayecto pasaría por el campamento principal de los ejércitos de Pérdicas y Eumenes, donde podría difundir la noticia. Así, cuando el último recodo mostró a Eurídice la ciudadela de roca roja con la ciudad a sus pies, también le mostró una gran multitud de soldados que a lo largo del camino se apartaban para homenajearla como a un rey. Mientras avanzaba la ovacionaban. Oía al pasar murmullos roncos: «Pobre muchacha», «Perdónalos, señora, les habían mentido». La extrañeza, la irreal consumación de sus anhelados propósitos, también daban cierta irrealidad a la muerte de su madre, aunque ella pudiera alargar el brazo y tocar el cuerpo. Desde la ventana alta, Cleopatra miraba con Pérdicas, que estaba hecho una furia. Ella notó su impotencia, y golpeó el alféizar con ferocidad. –¿Cómo permites esto? –No hay más remedio. Si la arresto, se amotinarán. Precisamente ahora... Saben que es la nieta de Filipo. –¡Y la nieta de un traidor! Su padre tramó el asesinato de mi padre. ¿Permitirás que se case con su hijo? –No, si puedo evitarlo. –El carruaje se estaba acercando. Él trató de distinguir la cara de la hija de Amintas, pero estaba demasiado lejos. Debía bajar y hacer algún gesto para preservar su dignidad y, con suerte, ganar tiempo. En ese instante un nuevo movimiento que se produjo abajo le llamó la atención. Se asomó, miró y se volvió maldiciendo. –¿Qué es? –Su furia y consternación habían sobresaltado a Cleopatra. –¡Que el Hades se los lleve! Han sacado a Filipo. –¿Qué? ¿Cómo pueden...? –Ellos saben dónde está su tienda. Tú no lo querías aquí. Debo ir. –Salió sin esbozar siquiera una disculpa. Había faltado poco, pensó ella, para que también la maldijera. Las enormes puertas de las gruesas murallas exteriores estaban abiertas. El carruaje se detuvo. Un grupo de soldados se le acercó a la carrera, arrastrando algo. –Señora, si quieres bajar, aquí hay algo más apropiado para ti. Era un viejo y espléndido carro, con el frente y los costados laminados con grifos de plata y leones de oro. Tapizado con cuero rojo repujado, había sido construido para Creso, el último rey lidio, célebre por sus legendarias riquezas. Alejandro había desfilado en él para impresionar al pueblo. Este trono móvil aumentó su sensación de irrealidad. Recobrándose, dijo que no podía dejar solo el cuerpo de su madre. –Ella será cuidada como corresponde, señora, nos hemos encargado de ello. Mujeres viejas vestidas de negro se adelantaron con orgullo; esposas de veteranos, curtidas por el esfuerzo y la intemperie, que parecían sus propias madres. Un soldado se acercó para ayudar a bajar a Eurídice. En el último momento Alcetas, convirtiendo en virtud la necesidad, se adelantó para hacerlo. Por un momento ella quiso negarse, pero ése no era el modo de aceptar la rendición de un enemigo. Inclinó la cabeza grácilmente y tomó el brazo que le ofrecían. Un grupo de soldados tomó la vara del carro y lo puso en marcha. Ella se sentó como un rey en el trono de Creso. De pronto, los gritos cambiaron. Eurídice oyó los antiguos gritos macedonios: –Io Hymen! Euoi! ¡Alegría a la novia! ¡Salud al novio! Su prometido se acercaba. Eurídice dio un respingo. Esa parte del sueño era muy borrosa. El hombre venía al trote en un hermoso caballo de manchas grises. Un viejo e hirsuto soldado lo guiaba asiendo las riendas. La cara del jinete barbado era similar a la del medallón de oro. Miraba en derredor, parpadeando. El viejo soldado señaló a Eurídice. Cuando él la miró directamente, ella comprendió que estaba asustado, muerto de miedo. Entre todas las cosas que había pensado, cuando se había atrevido a pensar en esto, no había imaginado esa situación. Urgido por los soldados, desmontó y se acercó al carro, fijando en ella los ojos azules llenos de aprensión. Ella le sonrió. –¿Cómo estás, Arrideo? Soy tu prima Eurídice, hija de tu tío Amintas. Acabo de llegar de Macedonia. Alejandro me mandó buscar. Los soldados murmuraron con aprobación, admirando ese rápido saludo, y exclamaron: –¡Larga vida al rey! A Filipo se le iluminó la cara cuando oyó su viejo nombre. Cuando era Arrideo no tenía deberes, ni debía ensayar ante hombres impacientes y prepotentes. Alejandro nunca había sido prepotente, sólo inculcaba el placer de las cosas bien hechas. En cierto modo, la muchacha le recordaba a Alejandro. Cautelosamente, menos intimidado, le dijo: –¿Vas a casarte conmigo? Un soldado soltó una carcajada, pero camaradas indignados lo hicieron callar. El resto escuchó ávidamente. –Si tú lo deseas, Arrideo. Alejandro quería que nos casáramos. Él se mordió el labio vacilando. De pronto se volvió al viejo soldado que guiaba el caballo. –¿Debo casarme con ella, Conon? ¿Eso quería Alejandro? Un par de soldados batieron las palmas. En la tensa pausa, Eurídice notó que el viejo sirviente la estudiaba con ojos escudriñadores. Reconoció en él a un protector. Ignorando las voces, algunas de ellas groseras, que incitaban al rey a hablarle a la muchacha antes que ella cambiara de opinión, miró directamente a Conon, y dijo: –Seré bondadosa con él. La cautela de los ojos borrosos se disipó. Conon asintió y se volvió a Filipo que aún lo miraba con ansiedad. –Sí, mi señor. Esta es la mujer con quien estás comprometido, la doncella que Alejandro eligió para ti. Es una mujer delicada y valiente. Tiéndele la mano y pídele amablemente que sea tu esposa. Eurídice tomó la mano dócil. Grande, tibia y suave, se aferraba implorante a la suya. Ella la apretó para tranquilizarlo. –Por favor, prima Eurídice, ¿quieres casarte conmigo? Los soldados lo desean. –Sí, Arrideo –dijo sosteniéndole la mano–. Sí, rey Filipo. Las ovaciones estallaron. Los soldados que usaban sombreros de ala ancha los arrojaron al aire. Los gritos de «Hymen!» se redoblaron. Estaban tratando de subir a Filipo al carro de Creso, cuando Pérdicas, rojo y jadeante después de su carrera por los escalones empinados y tortuosos de la antigua ciudad, llegó a la escena. Alcetas le salió al encuentro, hablándole con los ojos. Ambos sabían muy bien cuándo los macedonios se ponían peligrosos. Lo habían visto en tiempos de Alejandro, quien los había dominado en Opsis saltando del estrado y frenando a los cabecillas con sus propias manos. Pero esas cosas habían sido el misterio de Alejandro; a cualquier otro lo habrían colgado. Alcetas tomó la furia de su hermano con un gesto de resignación. Eurídice supo enseguida quién era Pérdicas. Por un instante se sintió como una niña ante un adulto formidable. Pero no perdió la firmeza, sostenida por fuerzas que en gran medida desconocía. Sabía que era nieta de Filipo y el Rey Pérdicas, tataranieta del ilirio Bardelis, viejo terror de la frontera; pero no sabía que ellos le habían legado algo más que orgullo; también heredaba parte de su naturaleza. Su juventud de encierro, alimentada de leyendas, no le permitía ver en su situación nada de absurdo ni obsceno. Sólo sabía que esos hombres que la habían vitoreado no debían verla asustada. Filipo estaba de pie con una mano sobre el carro, discutiendo con los hombres que trataban de subirlo. Acababa de aferrarle el brazo. –¡Cuidado! –le dijo–. Ahí viene Pérdicas. Ella le apoyó la mano en la suya. –Sí, lo veo. Sube aquí, y quédate a mi lado. Él se trepó, soldados eufóricos sostuvieron el carro cuando su peso lo hizo oscilar. Aferrando la barandilla, él se irguió en tímida actitud de desafío; ella se incorporó junto a él, armándose de coraje. Presentaban una turbadora similitud con una pareja triunfal, distante en el orgullo y el poder. Irónicamente, los soldados saludaron a Pérdicas con el grito nupcial. Pérdicas se acercó al carro y, por un momento, todos contuvieron el aliento. Luego alzó la mano para saludar. –Salve, rey. Salve, hija de Amintas. Me alegra que el rey haya salido a recibirte. –Los soldados me obligaron –murmuró ansiosamente Filipo. –El rey ha sido muy cordial –intervino al instante Eurídice. Filipo miró ansiosamente a estos dos protagonistas. Pérdicas no tomó ninguna represalia. Los soldados también estaban complacidos. Él sonrió. Ocultando cuidadosamente su incredulidad, Eurídice supo que por el momento había ganado. –Pérdicas –dijo–, el rey me ha pedido la mano con el beneplácito de los macedonios. Pero mi madre, la hermana de Alejandro, yace aquí asesinada, como tú sabes. Ante todo debo marcharme para dirigir su funeral. Voces aprobatorias saludaron estas palabras. Pérdicas accedió con toda la gracia que pudo. Escrutando las caras hurañas, pensando en las fuerzas de Antípatro que se dirigían al Helesponto, añadió que la muerte de su noble madre había sido un escandaloso error, debido a la ignorancia y el ardor con que ella se había defendido. Desde luego el asunto sería investigado. Eurídice inclinó la cabeza, sabiendo que jamás conocería cuales habían sido las órdenes de Alcetas. Al menos Cinane iría a las llamas con todos los honores de la guerra; algún día sus cenizas volverían a Aigai. Entretanto, las ofrendas funerarias debían ser coraje y resolución. En cuanto a la venganza, los dioses se encargarían de ello. El funeral apenas había terminado cuando Pérdicas recibió noticias de que la carroza fúnebre de Alejandro marchaba hacia Egipto. Fue sorprendente como un rayo. Todos sus planes habían previsto una amenaza del norte, el avance de Antípatro. Ahora, del sur, venía una evidente declaración de guerra. Eumenes aún estaba en Sardis. Había sido llamado cuando el peligro venía sólo del norte. Ambos sabían que la causa era que Pérdicas no había seguido su consejo de casarse abiertamente con Cleopatra, mandar a Nicea a su patria aún virgen, y avanzar de inmediato sobre Macedonia. Esto no se mencionaba. Como Casandra, Eumenes estaba destinado a no conseguir demasiado aunque tuviera razón. Un griego no tenía por qué saber más que los macedonios. Por lo tanto, se abstenía de señalar que Pérdicas podría haber sido regente de Macedonia con una esposa real, un poder contra el cual Tolomeo no habría intentado nada, y se limitó a dudar que él estuviera planeando una guerra. –Todo lo que ha hecho hasta ahora en Egipto ha sido atrincherarse para estar cómodo. Es ambicioso, sí. ¿Pero cuáles son sus ambiciones? Robar el cuerpo fue un acto de insolencia, pero aun así tal vez sea sólo para glorificar a Alejandría. ¿Nos molestará si lo dejamos en paz? –Ya ha anexado Cirene. Y está preparando un ejército más numeroso del que necesita. Espera algo. –Es precavido. Si marchas contra él lo necesitará. –Odio a ese hombre –dijo Pérdicas, con súbito rencor. Eumenes no hizo comentarios. Recordaba a Tolomeo como un joven desmañado que subía al niño Alejandro en su caballo para llevarlo de paseo. Pérdicas había sido amigo del rey de mayor, pero nunca había sido lo mismo. Alejandro daba ascensos según los méritos –el mismo Hefestión había empezado desde abajo– y Pérdicas había sobrepasado a Tolomeo al final. Pero Tolomeo había sido para Alejandro como un zapato blando y cómodo; aunque confiaba en Pérdicas, nunca se había sentido tan a sus anchas con él. Tolomeo, por instinto y por observar a Alejandro, tenía un modo de tratar a los hombres; sabía cuándo relajar la disciplina y cuándo volverla más rigurosa; cuándo dar, cuándo escuchar, cuándo reír. Pérdicas sentía la ausencia de ese sexto sentido y lo carcomía la envidia. –Es como un perro traicionero que se come el rebaño que debería cuidar. Si no recibe un escarmiento, los otros lo imitarán. –Tal vez, pero todavía no. Antípatro y Crátero se pondrán en marcha ahora. Pérdicas apretó las mandíbulas tercamente. «Ha cambiado desde la muerte de Alejandro– pensó Eumenes–. Sus deseos han cambiado. Ha perdido la mesura, y él lo sabe. Alejandro nos contenía a todos.» –No –dijo Pérdicas–, Tolomeo no puede esperar. Ese áspid egipcio debe ser pisoteado en el huevo. –¿Entonces dividimos el ejército? –La voz de Eumenes era neutra; para ser un griego entre macedonios ya había dicho bastante. –No hay remedio. Tú irás al norte y evitarás que Antípatro cruce el Helesponto. Yo ajustaré cuentas con Tolomeo de una vez por todas... Pero antes de partir, debemos celebrar esta maldita boda. De lo contrario los hombres no se moverán. Los conozco. Más tarde Pérdicas pasó una hora razonando con Cleopatra. Por último, con lisonjas, fría lógica, súplicas, y todo el encanto que pudo esgrimir, la persuadió de actuar como la dama de honor de Eurídice. Las tropas estaban empeñadas en esa boda; debía celebrarse con boato. Cualquier resentimiento se volvería contra ellos dos y no era el momento oportuno. –Esa muchacha era una niña –dijo– cuando asesinaron a Filipo. Dudo que el mismo Amintas fuera uno de los principales conspiradores. Yo estuve presente cuando lo juzgaron. –Sí, por cierto. Pero todo esto es repugnante. ¿Acaso no tiene vergüenza? Bien, tú ya enfrentas suficientes peligros sin que yo los agrave. Si Alejandro estaba dispuesto a permitirlo, supongo que puedo hacer lo mismo. Eumenes no esperó la fiesta. Marchó inmediatamente al encuentro de las fuerzas de Antípatro y Crátero (otro de sus yernos), un griego a la cabeza de macedonios dudosamente leales. Para Eumenes, ésa era una vieja historia. Pérdicas, cuya misión era menos urgente, se quedó otra semana para brindar a las tropas su espectáculo. Dos días antes de la boda, una agitada doncella se presentó en la habitación de Eurídice –construida para la principal esposa del viejo Creso– para anunciarle que la reina de los epirotas había venido a visitarla. Cleopatra llegó con el fasto debido a su rango. Olimpia no le había escatimado recursos desde que se había ido; la mezquindad nunca había sido uno de sus pecados. Su hija se presentó vestida como una reina, y con regalos dignos de una reina: un ancho collar de oro, un rollo de bordado cario con engarces de lapislázuli y oro. Por un instante, Eurídice quedó abrumada. Pero Cinane le había inculcado modales además de disciplina guerrera; adoptó una especie de dignidad ingenua que conmovió a Cleopatra contra su voluntad. Recordó su propia boda, a los diecisiete años con un viejo tío de la edad de su padre. Hechos los cumplidos, saboreadas las golosinas, pasó a celebrar puntillosamente el rito nupcial. Lo hizo con sobriedad, pues entre ellas no podía haber las esquivas bromas femeninas tradicionales en esas circunstancias. El resultado fue cuidadosamente correcto. El sentido del deber de Cleopatra prevaleció. Esta muchacha educada con tanto esmero y cuidado, abandonada en el mundo a los quince años, ¿qué podía saber? Cleopatra se alisó el vestido sobre las rodillas, y apartó los ojos de sus anillos. –Cuando conociste al rey –¿cómo aludir a esa ocasión tan lamentable?–, ¿tuviste tiempo de hablar con él? ¿No lo notaste un poco joven para sus años? Eurídice la miró directamente a los ojos, decidiendo que ella tenía buenas intenciones y debía responderle con sinceridad. –Sí. Alejandro se lo contó a mi madre. Y veo que es así. Esto era auspicioso. –Luego, cuando estés casada, ¿qué planeas hacer? Pérdicas te daría una escolta para que regresaras a Macedonia. «No es una orden –pensó Eurídice– porque no puede serlo.» –El rey tiene derecho a que yo sea su amiga –respondió en voz baja–, si necesita una amiga. Me quedaré por un tiempo y veré. Al día siguiente, las damas de cierta alcurnia que podía ofrecer Sardis – esposas de altos oficiales y funcionarios, más unas tímidas y emperifolladas mujeres de Lidia–, le presentaron sus respetos. Después, en la tarde apacible, donde la siesta estaba consagrada desde tiempos de Creso, vino otro visitante. Una doncella gorjeante anunció a un mensajero de la casa del prometido. El viejo Conon, al entrar, echó una ojeada significativa a la servidumbre. Eurídice hizo salir a todos y le preguntó cuál era su mensaje. –Bien, señora... quiero desearte salud y alegría, y la pronta llegada del día feliz. – Una vez dichas esas palabras, tragó saliva. ¿Qué diría a continuación? Eurídice, temiendo lo desconocido, adoptó una expresión hosca y distante. Conon, cada vez más nervioso, atinó a hablar–. Señora, sin duda, a él le gustas. Habla constantemente de su prima Eurídice, y de mandarte sus cosas bonitas para que las veas... Pero, señora, lo he cuidado desde pequeño, y conozco sus manías que se han multiplicado por los malos tratos que sufrió antes que yo llegara. Te suplico que no me alejes de él. No me tomaré libertades ni me propasaré. Tan sólo ponme a prueba, para ver si te conformo. No pido más. ¡De modo que eso era todo! En su alivio habría querido abrazarlo, pero no debía demostrarlo. –¿No te vi con el rey? Tu nombre es Conon, ¿verdad? Sí, serás bienvenido. Por favor díselo al rey, si lo pregunta. –Él nunca pensó en preguntar, señora. Lo habría puesto en un terrible aprieto. –Se miraron mutuamente, un poco más calmos, aún cautelosos. Conon buscaba palabras para lo poco que podía decirse–. Señora, él no está acostumbrado a las grandes fiestas sin que esté Alejandro para guiarlo. Quizá te lo hayan dicho, a veces tiene ataques. No temas. Si lo dejas por mi cuenta, pasan enseguida. Eurídice accedió. Un silencio tenso los envolvió. Conon tragó saliva otra vez. La pobre muchacha daría cualquier cosa por saber lo que él no sabía cómo decirle: el prometido no tenía idea de que el acto sexual podía realizarse con otra persona. Por último, ruborizándose, él atinó a decir: –Señora, él te aprecia muchísimo. Pero no te molestará. No está en su modo de ser. Ella no era tan ingenua como para no entender. Con toda la dignidad que pudo reunir, dijo: –Gracias, Conon. Estoy segura de que el rey y yo nos entenderemos. Puedes retirarte. Filipo despertó temprano la mañana de la boda. Conon le había prometido que usaría el manto púrpura con la gran estrella roja. Además, iba a casarse con la prima Eurídice. A ella le permitirían quedarse con él, y podría verla cuando quisiera. El mismo Pérdicas se lo había dicho. Esa mañana el agua del baño vino en un gran aguamanil de plata traído por dos jóvenes elegantes que se quedaron para verterla sobre él, deseándole buena suerte. Conon le explicó que eso era por la boda. Vio que los dos jóvenes intercambiaban una sonrisa, pero esas cosas ocurrían a menudo. Muchas personas cantaban y reían frente a la puerta. Ya no estaba en la tienda de siempre: tenía una habitación en el palacio; no le importaba, le habían dejado traer todas sus piedras. Conon le había explicado que en la tienda no había lugar para una dama, mientras que aquí ella podía quedarse en la habitación contigua. Los jóvenes le ayudaron a ponerse el hermoso manto; luego Pérdicas lo llevó a hacer un sacrificio en el templete de Zeus de la cima de la colina. Alejandro lo había construido en el lugar donde había caído fuego del cielo. Pérdicas le indicó cuándo arrojar incienso en la carne quemada y qué decirle al dios. Lo hizo todo correctamente y la gente cantó para él; pero nadie lo elogió después, como hacía Alejandro. En verdad, Pérdicas había tenido bastantes problemas para planear una ceremonia convincente. Gracias a Alcetas, la novia no tenía familia que diera el festín nupcial. Le estaba agradecido a Cleopatra por acceder a sostener la antorcha de bienvenida en la cámara nupcial. Pero lo más importante, pues las tropas la verían, era la procesión. Luego, para complicarle los problemas, dos heraldos anunciaron a mediodía la llegada de Roxana. Él se había olvidado por completo de mandarla buscar y ni siquiera la había invitado a la boda. Se apresuró a prepararle un lugar donde alojarla; la litera cerrada atravesó la ciudad. La gente de Sardis se apiñaba para verla. Los soldados saludaban con reticencia. Nunca habían aprobado las bodas de Alejandro con extranjeras, pero ahora que él estaba muerto no podían dejar de respetarla. Además, era la madre del hijo de Alejandro. Traía consigo al niño. Una reina macedonia lo habría alzado para que lo vieran; pero las damas bactrianas no se mostraban en público. Al niño le estaban saliendo los dientes y se oían sus gimoteos mientras pasaba lenta la litera. Vestido con su túnica nupcial y poniendo buena cara, Pérdicas la recibió y la invitó al banquete, preparado precipitadamente, dijo, a causa de la inminencia de la guerra. –¡No me dijiste nada! –dijo ella furiosa–. ¿Quién es esa campesina que encontraste para él? Si el rey debe casarse, debería casarse conmigo. –Entre los macedonios –dijo secamente Pérdicas–, el heredero de un rey muerto no hereda su harén. Y su prometida es nieta de dos reyes. Se presentaba una crisis de precedencia. Alejandro y sus oficiales se habían casado con las esposas extranjeras según los ritos locales; Roxana, ignorante de la costumbre macedonia, no podía aceptar que Cleopatra ocupara el lugar de la madre y no pudiera ser desplazada. –¡Pero yo soy la madre del hijo de Alejandro! –exclamó. –Pues bien –dijo Pérdicas, casi gritando–, entonces eres familiar del novio. Haré que alguien te explique el rito. Procura cumplir con tu parte, si quieres que tu hijo sea aceptado por los soldados. No olvides que ellos tienen derecho a desheredarlo. Esto la aplacó. «Él había cambiado –pensó–, estaba más frío, más tajante, más autoritario. Aparentemente no había perdonado la muerte de Estatira. No advirtió que también otros habían notado el cambio.» Filipo había esperado todo el día la procesión. Y no lo defraudó. Desde que había montado en elefante nunca se había divertido tanto. Usó el manto púrpura y una diadema de oro. Eurídice llevaba un vestido amarillo y un velo del mismo color que colgaba de una corona de flores de oro. Él había pensado que viajarían los dos solos en el carruaje, y le disgustó que Pérdicas subiera por el otro lado. Eurídice se casaría con él, y Pérdicas no podía casarse también. Alguien se apresuró a explicarle que Pérdicas era el padrino, pero fue a la prima Eurídice a quien escuchó. Ahora que estaba casado, tenía menos miedo de Pérdicas; había estado a punto de sacarlo del carruaje a empellones. Llevados por mulas blancas, avanzaron por la Avenida Sagrada, que daba vueltas y curvas para llegar al pie de la colina sin escaleras. Estaba adornada con viejas estatuas y altares, lidios, persas, griegos. Había banderas y guirnaldas por doquier; cuando bajó el sol empezaron a encender las antorchas. La gente soltaba hurras por todo el camino, encaramándose a los tejados. Las mulas, adornadas con borlas y lentejuelas, eran conducidas por soldados con capas y coronas escarlata. Delante y detrás, los músicos tocaban melodías lidias con sus flautas, sacudían los sistros de campanillas tintineantes y golpeaban grandes címbalos. Los votos por la felicidad de los novios se mezclaban como olas en varios idiomas. El fulgor del poniente se desvaneció, las antorchas despuntaron como estrellas. Filipo no cabía en sí de felicidad. –¿Eres feliz, prima Eurídice? –preguntó. –Mucho. –En verdad, no había imaginado nada comparable. Al contrario de su prometido, jamás había paladeado las pompas del Asia. La música, las aclamaciones, la embriagaban como si fuera vino. Éste era su elemento, y hasta ahora no lo había sabido. No por nada era hija de Amintas, un príncipe que no había vacilado en aceptar una corona cuando se la ofrecieron–. Y ahora –dijo–, ya no debes llamarme prima. Una esposa es más importante que una prima. El banquete nupcial se celebró en el gran salón, con un estrado con sillas de honor para las mujeres, un trono revestido de flores para la novia. Los regalos y la dote fueron exhibidos en escaparates alrededor de ella. Con ojos maravillados y distantes, vio de nuevo las copas y jarrones, las bufandas de fina lana teñida, que Cinane había traído con tanto cuidado desde Macedonia. Sólo faltaba una pieza, la urna de plata que ahora contenía sus huesos calcinados. Cleopatra la condujo a la mesa del rey para que tomara su porción de tarta de bodas, cortada con la espada del rey. Era obvio que él nunca había manejado una espada; pero logró cortar un trozo, lo partió en dos cuando se lo indicaron y, mientras ella probaba el suyo –el rito central de la boda–, le preguntó si era sabroso, porque el suyo no era suficientemente dulce. De vuelta en el estrado, ella escuchó un himno entonado por un coro de vírgenes, la mayoría lidias, que mascullaban las palabras mientras unas pocas hijas de griegos trataban de hacerse oír. Luego notó que las mujeres que la rodeaban estaban murmurando, como preparándose para algo. Con repentina angustia comprendió que cuando se terminara el canto la llevarían a la cámara nupcial. Durante toda la procesión, durante casi todo el banquete, había obviado ese momento, tratando de pensar en el mes siguiente, el año siguiente, o de vivir sólo el momento. –¿Has recibido instrucciones? Ella se volvió sobresaltada. La voz, con un fuerte acento extranjero, había sonado a su lado. Hasta esa mañana no había conocido a la viuda de Alejandro. Se había inclinado ante la mujer menuda y enjoyada, rígida en sus bordados de oro y perlas, con rubíes como huevos de paloma en las orejas. Tenía un aspecto tan especial que no parecía humana, sino una suerte de adorno espléndido para la fiesta. Eurídice se topó con dos enormes ojos negros que brillaban entre párpados oscurecidos por afeites, fijos en ella con reconcentrada malignidad. –Sí –dijo serenamente. –¿De veras? Había oído que tu madre era un hombre, al igual que tu padre. Por tu aspecto, ésa es la impresión. Eurídice le devolvió la mirada, fascinada como la presa ante el depredador. Roxana, brillante como un pequeño alcaudón, se inclinó hacia ella. –Si sabes todo lo que deberías, podrás enseñarle a tu esposo. Los rubíes centellearon; la canción, que llegaba a su culminación, no tapó la intensidad de su voz–. Para Alejandro él era como un perro bajo la mesa. Lo adiestraba para pararse, luego lo mandaba a la perrera. Mi hijo es el rey. El canto terminó. A lo largo del estrado se produjo un agitado cuchicheo. Cleopatra se puso de pie, tal como lo hubiera hecho Olimpia. Las otras la imitaron. Al cabo de un instante Roxana también se levantó, con expresión altiva. En el griego culto y formal de la corte de su padre, mirando desde su altura macedonia a la menuda bactriana, Cleopatra dijo: –Recordemos dónde estamos. Y quiénes somos, si es posible. Señoras, venid. Las antorchas. ¡Oh, Himeneo! ¡Alegría a la novia! –¡Mira! –le dijo Filipo a Pérdicas, que ocupaba el sitial de honor junto a él–. ¡La prima Eurídice se va! –Se levantó ansioso. –¡No ahora! –Aferrándolo por el manto púrpura, Pérdicas lo obligó a sentarse en el diván. Con hosquedad añadió–: Se está cambiando la ropa. Pronto te llevaremos a ella. Los invitados que estaban cerca, incluso los elegantes camareros lidios que sabían un poco de griego, empezaron a murmurar. –Ahora escucha los discursos –dijo Pérdicas, bajando la voz–, y cuando te miren, sonríe. Vamos a beber a tu salud. Filipo empujó hacia adelante su copa de vino, un tesoro de los Aqueménidas que había quedado de la ocupación persa. Conon, de pie detrás del diván, se apresuró a arrebatársela a un camarero excesivamente servicial, y la llenó con vino aguado, en la proporción que se daba a los niños griegos. Él resultaba incongruente entre los gráciles lidios y los pajes macedonios que servían la mesa. Pérdicas se levantó para pronunciar el discurso del padrino, evocando la ascendencia heroica del novio, las hazañas del abuelo, cuyo nombre había asumido auspiciosamente; el linaje de la madre, la noble dama de Larisa, comarca amante de los caballos. Sus elogios a la novia fueron correctos, aunque un poco vagos. Filipo, que entretanto se había dedicado a alimentar a un perro blanco sentado bajo la mesa, alzó los ojos a tiempo para recibir las ovaciones con una sonrisa obediente. Un personaje inocuo, pariente lejano de la realeza, habló por la novia, alabando su belleza, virtud y alto rango. Una vez más se brindó y hubo aclamaciones de homenaje. Era la hora de beber en serio. Las copas eran vaciadas y llenadas con prontitud, las caras enrojecían bajo las diademas ladeadas, las voces eran más fuertes. Capitanes maduros discutían y evocaban guerras y mujeres del pasado; Alejandro había muerto rodeado de hombres jóvenes. Para los más viejos, una verdadera boda macedonia evocaba las fiestas de su juventud. Con nostalgia, contaron los tradicionales chistes fálicos que recordaban de las bodas familiares. Los pajes se habían escabullido para recibir su parte del festín. –Pobre diablo –dijo uno–. El viejo Conon podría permitirle un bocado digno de él, en su propia boda. Tal vez eso lo anime. Él y un amigo se acercaron al diván de Filipo. –Conon, Aristón me ha pedido que te comunique sus buenos deseos. Conon sonrió y se volvió para ver quién era; Pérdicas estaba hablando con el invitado del otro lado. El segundo paje llenó la copa del rey con vino puro. Filipo lo saboreó con placer e inclinó la copa. Cuando Conon se dio cuenta y lo diluyó ya había bebido más de la mitad. Algunos hombres se pusieron a cantar un escolio. Aún no era más procaz de lo que permitía un banquete nupcial, pero Pérdicas conservó la compostura. Sabía que esto no podía ser una orgía de embriaguez. Aún podía conceder un poco más de tiempo a la hospitalidad, pero pronto debería disolver la reunión. Dejó de beber, para mantenerse alerta. Filipo sintió una oleada de bienestar, fuerza y alegría. Golpeteó la mesa al son del escolio, cantando en voz alta «¡Estoy casado, casado, casado con Eurídice!» El perro blanco le tocó la pierna; él lo recogió y lo puso sobre la mesa, donde empezó a corretear desparramando copas, frutas y flores, hasta que alguien lo tiró al suelo y huyó lloriqueando. Todos reían; algunos hombres, muy ebrios, vociferaban viejas insinuaciones al ardor de la primera noche. Filipo los miraba con ojos borrosos en los que acechaba una vaga ansiedad y sospecha. El manto púrpura le resultaba muy caluroso en medio del calor de las antorchas. Se lo tironeó, tratando de quitárselo. Pérdicas creyó que ya era hora. Pidió una antorcha y dio la señal para conducir al novio. Eurídice yacía en la gran cama perfumada, con su bata de muselina, rodeada por las damas, que hablaban entre sí. Al principio la habían incluido cortésmente, pero ninguna la conocía, y la espera de los hombres siempre era tediosa, sobre todo porque las bromas estaban prohibidas. Roxana llevaba la voz cantante, describiendo las más espléndidas ceremonias de tiempos de Alejandro y tratando a Cleopatra con desdén. Aislada en la pequeña multitud, con su tibio olor a carne de mujer, a hierbas y a la madera de cedro de los arcones, a esencia de naranja y rosa, Eurídice oía los vozarrones cada vez más intensos de los hombres. Hacía calor, pero sentía un frío helado entre las sábanas de lino. En su casa dormía con lana. La habitación era enorme, había sido el dormitorio del rey Creso; las paredes eran de mármol de color y el suelo era de pórfido. Una araña persa de lotos dorados colgaba sobre la cama, bañándola de luz; ojalá alguien la apagara. Tenía un recuerdo agobiante de la presencia física de Filipo, los miembros fuertes y robustos, su olor dulzón. Lo poco que había comido le pesaba como plomo. ¿Y si se descomponía en la cama? ¡Si al menos estuviera su madre! De pronto supo hasta qué punto la echaba de menos; sintió, aterrada, que le brotaban las lágrimas. Pero si Cinane estuviera allí, se avergonzaría de verla llorar en presencia de un enemigo. Tensó los músculos del estómago, y ahogó en silencio el primer sollozo. Detrás de las matronas las muchachas jóvenes se apiñaban bisbiseando. Después de haber cantado, después de haber abierto el lecho nupcial y rociarlo con perfume, no tenían nada que hacer. Hermanas, primas y amigas susurraban, y callaban de pronto si una de las mujeres mayores se volvía hacia ellas, con un susurro de brisa entre las hojas. Eurídice oía; ella tampoco tenía nada que hacer. De pronto notó que los ruidos del salón habían cambiado. Los divanes se arrastraban en el suelo, los cantos ebrios cesaron. Se estaban levantando. Como un soldado tenso relajado por la orden de cargar, ella se armó de coraje. Pronto esa gente se iría, y la dejaría sola con él. Le hablaría, le contaría historias. El viejo Conon había dicho que no la molestaría. Roxana también había oído los ruidos. Se volvió, haciendo tintinear los aros de rubíes. –¡Alegría a la novia! –dijo. Rodeado y empujado por hombres risueños y ebrios con antorchas, tropezando con el manto en las bajas escaleras con sus murales pintados, Filipo caminó hacia la alcoba real. Estaba mareado y sudoroso; estaba enfadado porque habían echado al perro. Estaba enojado con Pérdicas por alejarlo de la mesa y con todos los hombres por burlarse de él, pues se daba cuenta de ello; incluso habían dejado de disimular. Se reían de él porque sabían que tenía miedo. Había oído las bromas en el salón; se suponía que debía hacer algo con Eurídice, tan malo que uno ni siquiera debía hacerlo solo, si alguien podía verlo. Mucho tiempo atrás le habían pegado porque lo habían visto. Ahora creía – pues nadie le había dicho lo contrario– que todos se quedarían a observarlo. No sabía qué hacer y estaba seguro de que a la prima Eurídice no le gustaría. Pérdicas lo aferraba del brazo, de lo contrario habría escapado. –Es hora de acostarme –dijo, desesperadamente–. Quiero ir a la cama. –Nosotros te llevaremos a la cama –dijeron todos a coro–. Para eso estamos aquí. –Rugieron de risa. Era como esos malos tiempos de antes, cuando Alejandro aún no lo había llevado consigo. –Calma. –La voz de Pérdicas, no tan festiva, repentinamente furibunda, serenó a todo el mundo. Condujeron a Filipo a una antecámara y empezaron a desvestirlo. Dejó que le quitaran el manto púrpura; pero cuando le desabrocharon el cinturón de la túnica transpirada, se resistió y tumbó a dos de ellos. Los demás rieron; pero Pérdicas, hoscamente, le ordenó que recordara que era el rey. De modo que se dejó desnudar, y le pusieron un gran manto blanco con el borde bordado de oro. Le dejaron usar el orinal (¿dónde estaba Conon?); luego ya no hubo razón para quedarse. Lo condujeron a la puerta. Adentro oyó un murmullo de voces femeninas. ¡Ellas también estarían observando! Las anchas puertas se abrieron. Allí estaba Eurídice, sentada en la gran cama. Una esclava morena, riendo, corrió delante de él con un despabilador, dispuesta a apagar los faroles colgantes. Una gran oleada de furia, desdicha y temor lo embargó. Le zumbaba y martilleaba la cabeza. Recordó, supo que pronto volvería ese fogonazo blanco. Oh, ¿dónde estaba Conon? –¡La luz! –gritó–. ¡La luz! Y de pronto un relámpago, un rayo que lo traspasó. Conon, que había estado en las sombras del pasillo, entró corriendo. Sin disculpas apartó al aterrado grupo, que de golpe había recobrado la sobriedad y estaba inclinado sobre el rey caído; sacó del zurrón una cuña de madera, entreabrió las mandíbulas de Filipo, de modo que la lengua no se retrajera ahogándolo. Por un momento, dirigió a los hombres una amarga mirada de reproche y furia; luego recobró la expresión adusta del soldado enfrentado a oficiales estúpidos. –Señor –le dijo a Pérdicas–, yo me encargaré de él. Sé cómo actuar. Que las damas salgan, señor. Asqueados y avergonzados, los hombres se apartaron para dejar salir a las mujeres. Sin tener cuidado por la precedencia, las doncellas se marcharon de inmediato, arrastrando las sandalias por las escaleras. Las matronas de rango medio, obsesionadas constantemente por la etiqueta y el protocolo, se apiñaron para esperar a las reinas. Eurídice se sentó en la cama, arrebujándose en el cobertor carmesí, buscando ayuda. Sólo tenía encima una bata delgada. No podía levantarse en presencia de los hombres; de Conon, que se quedaría. Tenía las ropas en un taburete de marfil, en el extremo de la gran habitación. ¿Ninguno de ellos la recordaba, se ponía delante para cubrirla, rodeándola con algo? Oyó un ruido en el suelo. Filipo, rígido como una tabla hasta el momento, había empezado a contorsionarse. Era presa del espasmo, sacudía todo el cuerpo, agitaba la túnica al patalear. –¡Alegría a la novia! –dijo Roxana, mirando por encima del hombro mientras se dirigía a la puerta. –Vamos, señoras. –Cleopatra abarcó con una mirada a las matronas apiñadas, apartando la cara del escándalo. Al dirigirse a la puerta se detuvo, y se volvió hacia la cama. Eurídice vio la mirada desdeñosa, la piedad involuntaria–. ¿Vienes con nosotras? Te encontraremos ropa para usar. –Volvió la mirada hacia el taburete; una matrona servicial fue hacia allí. Eurídice se quedó mirando a la viuda de Alejandro, cuyos bordados de oro centelleaban más allá de la puerta; miró a la hermana de Alejandro, para quien ella era como una ramera apaleada, cuya vergüenza debe ser tapada por el honor familiar. «¿Qué sé siquiera de él –pensó–, excepto que mató a mi padre? Que los dioses los maldigan a todos. Aunque me cueste la vida, las haré arrodillar a mis pies.» La matrona le trajo la mantilla color azafrán, el afortunado color de la fertilidad y la alegría. Ella la tomó en silencio, y se arrebujó en ella al levantarse. Los temblores de Filipo estaban pasando; Conon le sostenía la cabeza, para impedir que se golpeara contra el suelo. Parándose entre él y las caras vigilantes, ella dijo: –No, señora. No iré. El rey está enfermo, y mi lugar está junto a mi esposo. Por favor, idos todas de aquí. Trajo una almohada de la cama y apoyó en ella la cabeza de Filipo. Ahora él le pertenecía, y ambos eran víctimas. La había hecho reina, y ella sería rey por ambos. Entretanto, había que acostarlo y abrigarlo. Conon le encontraría | |