NOTA DE LA AUTORA Entre los muchos enigmas de la vida de Alejandro, uno de los más extraños se relaciona con su actitud ante su propia muerte. Su valor era legendario; constantemente se exponía donde la acción era más peligrosa; si se creía un descendiente de los dioses, no por ello era inmortal, según la creencia griega. Había sufrido varias heridas graves y enfermedades casi fatales. Cualquiera habría pensado que un hombre tan alerta a las contingencias de la guerra debería haber previsto ésta, tan obvia. Sin embargo, él la ignoró por completo, y ni siquiera engendró un heredero hasta el último año de su vida, cuando después de su grave herida en la India debió de sentir que su dinámica vitalidad empezaba a flaquear. Este bloqueo psicológico en un hombre que ambicionaba que su obra lo trascendiera será siempre un misterio. Si Hefestión hubiera sobrevivido, tal vez habría recibido la regencia sin discusión alguna. Su historia nos revela que, además de amigo devoto y tal vez amante de Alejandro, era un hombre capaz e inteligente y compartía las ideas de Alejandro como estadista. Su muerte repentina parece haber desmoronado todas las certezas de Alejandro, y es obvio que aún no se había recobrado de su pesar cuando, en parte como consecuencia de ese pesar, su propia vida se extinguió. Sin embargo, durante su última enfermedad, continuó planeando la siguiente campaña hasta que ya no pudo hablar. Tal vez compartía la opinión que Shakespeare pone en boca de Julio César: «Los cobardes mueren muchas veces antes de morir, los valientes sólo saborean la muerte una vez.» La responsabilidad de Alejandro en la cruenta lucha por el poder que siguió después, no reside en su personalidad como líder. Por el contrario, sus pautas eran elevadas para su propia época y hay evidencias de que reprimió en sus oficiales la inescrupulosidad y el ánimo traicionero que afloró con la desaparición de su influencia. Si de algo se lo puede culpar es de no haber concertado un buen matrimonio dinástico y engendrado un heredero antes de partir hacia el Asia. Si hubiera dejado un hijo de trece o catorce años, los macedonios jamás habrían tenido en cuenta a otros aspirantes al trono. Ante la falta de ese heredero, la historia primitiva de Macedonia demuestra que sus sucesores simplemente retrocedieron a las ancestrales luchas tribales y familiares por el trono; con la diferencia de que Alejandro les había legado un escenario mundial donde representarlas. Todos los actos de violencia descritos en este libro son históricos. En verdad ha sido necesario, por razones de continuidad, omitir varios asesinatos de personas eminentes, siendo el más notable el de Cleopatra. Después de la muerte de Pérdicas, ella vivió tranquilamente en Sardis hasta los cuarenta y seis años, rehusando una oferta de matrimonio de Casandro. En 308, tal vez por puro aburrimiento, le hizo propuestas a Tolomeo. Parece improbable que este prudente estadista quisiera repetir la precipitada aventura de Pérdicas, pero accedió a casarse con ella y Cleopatra se preparó a partir hacia Egipto. Antígono se enteró de sus planes y, temiendo un obstáculo en sus propios objetivos dinásticos, la hizo asesinar por sus esclavas, ejecutándolas después por el crimen. Pitón se alió con Antígono, pero se hizo fuerte en Media y parecía estar planeando una revuelta. Antígono lo mató también. Seleuco sobrevivió a Tolomeo (era más joven) pero cuando tenía casi ochenta años invadió Grecia con el propósito de adueñarse del trono de Macedonia y fue muerto por un pretendiente rival. Arístono, en la época en que Olimpia se rindió a Casandro, era comandante de la guarnición del Anfípolis. Casandro lo hizo salir jurándole que estaría a salvo y lo hizo asesinar. Pausanias dice de Casandro: «Pero él no tuvo un final feliz. Enfermó de hidropesía y le brotaron gusanos cuando aún vivía. Filipo, su hijo mayor, poco después de subir al trono contrajo una enfermedad y murió. Antípatro, su segundo hijo, asesinó a su madre Tesalónica, hija de Filipo y Nicasépolis, acusándola de favorecer demasiado a Alejandro, el hijo menor». A continuación narra que Alejandro mató a su hermano Antípatro, pero a su vez fue muerto por Demetrio. Este exterminio familiar evoca la venganza de las Furias de una tragedia griega. Durante años Antígono luchó para conquistar el imperio de Alejandro, hasta que Tolomeo, Seleuco y Casandro pactaron una alianza defensiva y lo mataron en la batalla de Ipsos, en Frigia, antes que su hijo Demetrio, que siempre le fue fiel, pudiera acudir en su ayuda. La notable carrera de Demetrio no puede resumirse en una nota. Hombre brillante, encantador, voluble y disipado, después de hazañas notables, que incluyeron la posesión del trono de Macedonia, fue capturado por Seleuco, bajo cuya humanitaria custodia murió de tanto beber. El extraño fenómeno de la no corrupción del cuerpo de Alejandro es histórico. En tiempos cristianos se hubiera hablado del milagro de un santo; pero en tiempos de Alejandro no existía una tradición semejante que atrajera a los hagiógrafos e, incluso admitiendo que hubiera alguna exageración, parece que se produjo algo anormal, más notable aún teniendo en cuenta el gran calor de Babilonia. La explicación más viable es desde luego que la muerte clínica ocurrió mucho más tarde de lo que supusieron los observadores. Pero es evidente que alguien debió de encargarse del cuerpo, protegiéndolo de las moscas; lo más probable es que hayan sido los eunucos de palacio, que no participaban en las riñas dinásticas que se ventilaban afuera. Los ocho oficiales principales de Alejandro eran conocidos como Guardia Real o Guardia de Corps; es una traducción literal del griego, pero sería erróneo suponer que se encargaban permanentemente de la custodia personal. Muchos tenían importantes cargos militares. Por lo tanto han sido descritos como oficiales del alto mando en la Lista de Personajes. El titulo de Somatophylax, o Guardia de Corps, se remonta probablemente a los orígenes de la historia de Macedonia. Fuentes Principales: Quinto Curcio, Libro X, para los acontecimientos inmediatamente posteriores a la muerte de Alejandro; de ahí en adelante, Diodoro Sículo, Libros XVIII y XIX. La fuente de Diodoro para este período es fiable: Jerónimo de Cardia, que siguió el destino de Eumenes y luego de Antígono, siendo testigo de muchos de los acontecimientos que describe.
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