VII Al pie de la decorada escalera estaba Ceteo, el guardia de turno, apoyado en su lanza (era un robusto veterano de guerra, de barba casi plateada, que andaba por los sesenta años de edad). Si bien el rey ya había dejado de visitar a la reina desde hacía algún tiempo, nadie consideraba adecuado poner un hombre joven a hacer la guardia. El joven Alejandro, envuelto en su túnica negra, se detuvo un momento en el sombrío pasillo, cuyo piso estaba cubierto por mosaicos negros; nunca había entrado tan tarde en la habitación de su madre. Al llegar al pie de la escalera, el guardia arrojó su escudo y le apuntó con la lanza, pidiéndole que se identificara. Alejandro asomó el rostro como única respuesta y empezó a subir las escaleras. Al llegar a la puerta tocó suavemente sin recibir contestación; entonces sacó su daga y con la empuñadura volvió a tocar, esta vez con más fuerza. Dentro del cuarto se escuchó el ruido de alguien que se despabilaba, seguido del sonido apagado de respiraciones. -Soy Alejandro -dijo-. Abre la puerta. Una mujer soñolienta y despeinada asomó la cabeza; tras de ella las voces de las demás mujeres se unían para formar un murmullo como de ratones. Debieron de haber pensado que era el rey quien llamaba a la puerta. -La señora está durmiendo, Alejandro; ya es más de medianoche. -Déjalo pasar -se oyó la voz de su madre desde el interior. Al entrar, Olimpia estaba junto a la cama, atando el cinturón de su bata de noche, que era de lana color crema con los bordes tejidos con lana más oscura. Apenas podía verla a la luz de la oscilante llama de la lámpara de noche, con la cual una doncella, entorpecida por la modorra de quien acaba de despertar, trataba de prender el pabilo de otra vela. La chimenea estaba limpia y deshollinada, pues era una de esas cálidas noches del verano macedonio. Cuando vio prendida la primera de las tres velas que sostenía el candelabro principal, Olimpia pidió que no encendieran las demás. Al caerle sobre los hombros su pelo rojo, se mezclaba con la RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 275 - oscura suavidad del pelaje de los bordes de su bata. La inclinación de la luz de las velas hacia que las arrugas de su frente y las de las comisuras de la boca resaltaran, pero cuando la luz le caía directamente sobre el rostro, sólo se veía la delicadeza de sus rasgos, su piel clara y la boca firme y suavemente cerrada (entonces, la reina tenía treinta y cuatro años). La única luz encendida no alcanzaba a iluminar las esquinas del cuarto, las cuales permanecían en la penumbra. -¿Está aquí Cleopatra? -preguntó. -A estas horas ya debe estar durmiendo en su cuarto. ¿Es a ella a quien buscas? -No. -Vosotras, volved a la cama -dijo Olimpia a sus doncellas. Cuando la puerta se cerró tras Alejandro, Olimpia extendió el bordado cubrecama encima de su lecho, cogió a su hijo por los brazos y le invitó a sentarse junto a ella, pero él ni siquiera se movió. -¿Qué te pasa? -le dijo suavemente-. Ya nos hemos despedido, y a estas horas tú deberías estar durmiendo; recuerda que sales al amanecer. ¿Qué sucede? Tienes un aspecto muy extraño, ¿acaso tuviste algún sueño? -Todo el tiempo he estado esperando. Esta ya no es una guerrita más, es el principio de todo. Pensé que estarías esperándome: tú bien sabes qué es lo que me ha traído aquí. Olimpia pasó su mano por la cara para echarse el pelo a la espalda, y al pasarla por los ojos la detuvo y dijo: -¿Quieres que te adivine la suerte? -No, no necesito de ninguna adivinación, madre. Esta vez sólo quiero la verdad. Al oír estas palabras, dejó caer la mano y fijó los ojos en los de su hijo. -Dime la verdad, ¿quién o qué soy yo? Ella se quedó mirándole sorprendida; Alejandro notó que no esperaba ni remotamente esa pregunta. -No me importa lo que hayas estado haciendo -continuó-, pero yo no sé nada acerca de ello. Dime qué debo esperar. -¿Eso es todo? -le respondió, al tiempo que observaba que en las pocas horas en que había dejado de verle su rostro lucía anormalmente demacrado. Hacia ya bastante tiempo que con su energía ocultaba los profundos estremecimientos, los sueños vehementes que la consumían, el sobresalto del despertar, las palabras de las sabias ancianas que éstas le hacían llegar secretamente desde sus cavernas durante la noche. ¿Cómo había sucedido? RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 276 - No lo sabía y, sin embargo, había parido al hijo del dragón, el mismo que ahora le preguntaba: ·¿Quién soy yo?”. Era ella la que necesitaba hacer esas preguntas. Alejandro se paseaba de un lado a otro de la habitación, rápido y ligero como si fuera un lobo recién enjaulado. De pronto se detuvo frente a ella y le preguntó: -Soy hijo de Filipo, ¿no es cierto? Apenas veinticuatro horas antes Olimpia los había visto ir juntos al campo de entrenamiento; Filipo hablaba gesticulando graciosamente, mientras que Alejandro echaba hacia atrás la cabeza y reía a rienda suelta. Trató de recuperarse y, con una profunda mirada bajo los párpados, le dijo: -No pretenderás creer eso, ¿verdad? -¿Y bien, entonces? He venido aquí precisamente para escuchar. -Estas cosas no se discuten por un mero capricho de medianoche, son cuestiones sumamente delicadas. Hay poderes que uno tiene que desatar antes... Los ojos escrutadores y sombríos de Alejandro parecieron taladraría y hurgar en sus más profundas intimidades. -¿Qué símbolo te dio mi demonio? -preguntó lentamente. Elia le cogió de ambas manos, le acercó a su cuerpo, le susurró algo en el oído y después se retiró un poco para observar su reacción. Las palabras lo hundieron en un profundo ensimismamiento, al punto que casi olvidó la presencia de su interlocutora -era como si estuviera tratando de digerir algo muy pesado-, pero sus ojos no revelaron las consecuencias de la confesión. -¿Y eso es todo? -¿Todavía no estás satisfecho? ¿Qué más quieres que te diga? -Los dioses todo lo saben -respondió, mirando hacia la zona de penumbra-; la cuestión es saber cómo preguntarles. En eso, la levantó del suelo, cogiéndola por los brazos, y por un instante la sostuvo a la altura de sus hombros (sus cejas casi se juntaban); al final, los ojos de Olimpia cedieron ante los de su hijo. Primero, sus dedos la lastimaron, pero luego la estrechó entre sus brazos y la soltó rápidamente. Cuando salió de la estancia, las sombras cubrían a Olimpia casi totalmente, así que encendió las dos velas restantes y al fin se quedó dormida. Alejandro se detuvo ante la puerta de la habitación de Hefestión, la abrió cuidadosamente y se deslizó en su interior. Su amigo se había quedado dormido rápidamente y la luz de la luna iluminaba uno de sus brazos, el cual había quedado fuera de las mantas. Al ver a su compañero, extendió una RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 277 - mano hacia él, pero la retiró rápidamente antes de tocarlo. Hubiera querido despertarlo y contarle todo, quizá así su mente encontrara un poco de reposo, pero todo era demasiado confuso y oscuro todavía. Al fin y al cabo su madre sólo era un ser mortal, y debía esperar una palabra más segura. ¿Por qué turbar la tranquilidad de sus sueños con sus problemas? Además, al amanecer le esperaba un largo viaje. Los rayos de la luna caían directamente sobre los párpados de Hefestión, así que suavemente deslizó las cortinas hasta la mitad para que los poderes de la noche no lo dañaran. Hefestión y Alejandro se unieron a la caballería aliada en Tesalia. Los jinetes se desparramaban sobre las montañas sin formación alguna, gritando y agitando sus lanzas, mostrando sus habilidades de jinetes. Estaban en un territorio en el que los hombres aprenden a montar tan pronto como saben andar. Alejandro levantó las cejas al ver el desorden de los soldados; sin embargo, Filipo decía que harían todo lo que se les ordenara al entrar en combate, y que lo harían bien. Todo lo demás se debía sólo a la tradición. El ejército cogió el camino del suroeste, hacia Delfos y Anfisa. En el camino se les unieron algunos reclutas de la Liga Sagrada; rápidamente pusieron al tanto de las instrucciones a los jefes que se integraban a la marcha. Acostumbrados a luchar con las tropas confederadas de los diferentes reinos rivales, a la pugna por las jerarquías y a disputar la jefatura con cualquier general que estuviera al mando, estos nuevos reclutas se sorprendieron al ver ante sí un enorme ejército compuesto por más de treinta mil soldados de infantería y dos mil de caballería, cada uno de los cuales sabia perfectamente dónde debería estar. Entre la marcha no había ninguna fuerza de Atenas, pues los atenienses tenían un lugar seguro en el Consejo de la Liga; sin embargo, cuando ésta comisionó a Filipo, ningún ciudadano ateniense estuvo presente para discrepar. Demóstenes los había convencido de boicotearlo, pues un voto en contra de Anfisa hubiera puesto a todo Tebas como enemigo. Eso era todo lo que sabia. El ejército llegó a las Termópilas, el último paso entre las montañas y el mar. Alejandro, que no había pasado por allí desde que tenía doce años, bajó con Hefestión a bañarse en las cálidas aguas por las que el paso recibía el nombre de Termópilas. Al pasar por el sepulcro de Leónidas, con su león de mármol, los amigos depositaron allí una guirnalda. -Yo no creo que él haya sido en realidad un excelente general -afirmó Alejandro un poco más tarde-. Si se hubiese asegurado antes de que las tropas fócidas habían entendido bien sus órdenes, los persas jamás se hubieran apoderado del paso. Los Estados del sur nunca trabajan juntos, pero es necesario hacer un breve homenaje a un hombre tan valiente. RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 278 - Los tebanos aún mantenían una fortaleza en la parte alta del paso, así que Filipo, haciendo su propio juego, les mandó un embajador para pedirles que abandonaran sus posiciones tranquilamente, ya que ellos los relevarían. Los soldados fortificados veían desde su posición la larga fila de hombres que llenaba el camino principal, la cual se hacía más tupida en la distancia. Impasibles, los soldados recogieron sus pertrechos y emprendieron el camino de regreso a Tebas. El ejército ya estaba en el gran camino hacia el sureste. A su derecha podían ver las áridas montañas de la cordillera griega, desnudas, más devastadas por la acción de los hombres que las boscosas cumbres de Macedonia. En los valles perdidos entre aquellos desolados desiertos, como la carne entre los huesos, estaban la tierra y el agua con que se alimentaban los hombres de esas tierras. -Ahora que vuelvo a ver este paisaje -dijo Alejandro a Hefestión-, comprendo por qué los sureños son como son. Están ansiosos de tierras y todos ambicionan las de su vecino, y al mismo tiempo saben que éste ambiciona las suyas. Además, cada Estado tiene su zona periférica de montañas. ¿Has visto alguna vez luchar a dos perros por un mismo territorio? ¿Te has fijado en que el vencedor corre ladrando de un lado a otro de sus fronteras en señal de advertencia a un posible enemigo? -Pero cuando los animales llegan a una cañada -dijo Hefestión-, no la atraviesan rápidamente y continúan su lucha, sino que sólo la miran sorprendidos y se retiran del precipicio. En ocasiones, los animales demuestran tener más juicio que los humanos. El camino hacia Anfisa torcía hacia el sur, y como el propósito de Filipo era continuar la guerra santa, pidió a Parmenión que formara una escuadra y se adelantara a tomar la fortaleza de Citerón para asegurarse ese camino. La fuerza más grande, sin embargo, seguía su marcha por la ruta principal, aún hacia el sureste, para llegar a Tebas y Atenas. -Mira -dijo Alejandro, señalando hacia delante-, allí está Elatea. Los ingenieros y albañiles ya están reunidos; no les llevará mucho tiempo volver a levantar las murallas, pues dicen que todas las piedras aún están allí. Hasta antes del final de la última guerra santa, Elatea fue la fortaleza del dios fócida del pillaje. Antes de que cayeran sus murallas, era la ciudad que dominaba aquel camino; estaba a tan sólo dos días de marcha rápida de Tebas y a tres de Atenas. Bajo las instrucciones de hábiles albañiles, los esclavos no tardarían mucho en volver a levantar los sólidos puntales. El ejército de Filipo ocupó la fortaleza y los puntos estratégicos que la rodeaban. Una vez establecidos los cuarteles generales, el jefe supremo del ejército envió a Tebas a uno de sus embajadores. RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 279 - Su mensaje decía que durante años los atenienses habían hecho la guerra contra ella, primero veladamente, pero después en forma abierta, y que no podía seguir tendiéndoles la mano. Con Tebas habían sido agresivos, incluso, desde hacia más tiempo, pese a lo cual ahora pretendían involucrar a Tebas en la guerra contra Macedonia. Por lo tanto, Filipo debía pedirles a los tebanos que decidieran por sí mismos. ¿Seguirían siendo aliados suyos y permitirían que sus tropas continuaran pacíficamente su marcha hacia el sur? La tienda real fue situada dentro de las murallas de la ciudad; los pastores que habían construido sus cabañas entre las ruinas huyeron cuando aparecieron las tropas de Macedonia. Filipo había transportado su sofá durante todo el viaje para poder descansar su pierna coja después de los esfuerzos del día. Alejandro sacó una silla y se sentó a su lado; los escuderos sirvieron el vino y después se retiraron, dejándoles solos. -Debemos arreglar esto de una vez por todas -dijo Filipo-. Llega el momento en que hay que reprimirles y hacerles a un lado; creo que ésa es una de las particularidades de la guerra. Si aún hay cordura en los tebanos, se declararán a favor nuestro; así los atenienses despertarán y podrán ver lo que hicieron sus demagogos, llegará la partida de Fócida y nosotros podremos alcanzar Asia sin derramar una sola gota de sangre griega. Alejandro hizo girar la copa entre sus manos y se inclinó para oler el aroma del vino local. En Tracia hacían un vino mucho mejor, pero a ellos ese don se lo había dado Dionisio. -Bueno, sí... Pero fíjate en lo que pasó mientras estuviste en cama: dijimos que nos preparábamos para la guerra contra los ilirios y todo el mundo lo creyó, principalmente los ilirios. ¿Qué sucederá ahora con los atenienses? Durante años, Demóstenes les ha dicho que deben prepararse para esperarnos, y aquí estamos. ¿Y qué será de él si el partido de los fócidas obtiene el voto? -Si Tebas se inclina a favor nuestro, él no podrá hacer nada. -Tiene a diez mil mercenarios entrenados en Atenas. -Oh, sí, pero los tebanos son quienes decidirán. Ya conoces su gobierno: le llaman oligarquía moderada, pero los privilegios son una muestra de su debilidad. Además, aceptan en sus filas a cualquier hombre que pueda usar el uniforme de la infantería. Eso es así; en cambio, en Tebas es el electorado el que luchará en cualquier guerra por la que vote. Luego Filipo siguió hablando de los años que había pasado allí como rehén; casi lo hacia con nostalgia. El tiempo se encarga de borrar todas las penas y privaciones, y a él sólo le quedaba el gustillo de la juventud desaparecida. Había logrado escapar de su cautiverio gracias a que un grupo de RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 280 - amigos, bajo las órdenes de Epaminondas, logró sacarlo de contrabando. Allí conoció a Pelópidas. Al escuchar la historia, Alejandro pensó en la Banda Sagrada, que Pelópidas había unificado. Sus promesas heroicas eran verdaderamente antiguas, y remontaron a Alejandro a los tiempos de Ioiao y Heracles, ante cuyo altar habían prestado juramento. Investidos de un doble honor, los hombres de la Banda jamás se retiraban de la lucha; sólo tenían una alternativa con tres opciones: avanzar, resistir o morir. Había muchas cosas que Alejandro hubiera deseado saber acerca de ellos y contárselas a Hefestión. ¿Encontraría por allí alguien más a quien preguntar? -Me pregunto -dijo- qué sucede ahora en Atenas. Al caer la tarde, en Atenas ya se sabía que Elatea había sido ocupada. Los consejeros de la ciudad estaban reunidos en una comida cívica en el recinto del Consejo, con algunos ganadores olímpicos, generales retirados y otros hombres respetables. El Ágora estaba completamente llena y las noticias de Tebas llegaban extraoficialmente, sólo como oleadas de rumores. Durante toda la noche, las calles estuvieron tan llenas como si fuera la hora del mercado: los hombres entraban y salían de las casas de sus parientes, los mercaderes se dirigían al Pireo, los extranjeros conversaban apasionadamente, las mujeres corrían a las casas de sus amigas con el rostro semidescubierto. Al amanecer, las trompetas de la ciudad sonaron convocando a la Asamblea. En el Ágora, las cercas de los corrales de aprovisionamiento y las tiendas de los mercaderes habían sido dispuestas de tal forma que durante la noche alumbraban con sus luces las casas de los suburbios externos. Los hombres se desparramaban sobre la colina, con sus rostros de piedra. Iban a enterarse de las noticias: se esperaba que los ejércitos de Filipo marcharan hacia el sur, pues Tebas no les opondría resistencia alguna. Los ancianos recordaron aquel día negro de su infancia, el principio de la vergüenza, el hambre y la tiranía, en el que llegaron a Atenas, procedentes del Helesponto, los primeros hombres derrotados y confundidos. Habían perdido la Gran Guerra y los dolores de la agonía apenas estaban por llegar. El agudo y penetrante aire frío de esa mañana de otoño calaba hasta los huesos como la helada escarcha del invierno. El consejero que presidía la reunión gritó: -¿Alguien desea tomar la palabra? Entonces, se hizo una larga y profunda pausa de silencio entre la multitud; todos los ojos miraban en una sola dirección. Nadie se atrevía a cometer la locura de interponerse entre las masas y RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 281 - su elección. Cuando vieron a Demóstenes subir a la plataforma, nadie aplaudió, hacia demasiado frío para que alguien lo hiciera; sólo se dejó escuchar un profundo murmullo similar al de una oración. En el cuarto de Demóstenes una luz permaneció prendida durante toda la noche, iluminando a los hombres que paseaban por allí, demasiado preocupados como para ir a dormir. Había terminado el borrador de su discurso un poco antes de que la luz falsa del alba comenzara a romper la oscuridad. En el punto crucial de su destino, la ciudad de Teseo, Solón y Pendes volvía su rostro hacia él y ya le encontraba preparado. Al dirigirse a los atenienses, les dijo que en primer término debían desechar el temor de que Filipo se hubiera apoderado de Tebas, pues de ser así no se habría establecido en Elatea. Filipo pronto llegaría hasta sus murallas, él que siempre se había propuesto destruir Atenas. Por el momento, sólo estaba haciendo una demostración de fuerza para animar a sus amigos de Tebas e intimidar a los patriotas. Finalmente les había llegado el momento de olvidar viejas rencillas; era hora de enviar embajadores a Tebas, ofreciendo términos generosos para establecer un tratado de alianza, antes de que los hombres de Filipo hicieran su labor de zapa. Demóstenes mismo se propuso como embajador. Mientras tanto, todos los hombres con edad suficiente para luchar debían coger sus armas y marchar camino a Tebas, hasta Eleusis, como prueba de que estaban listos para la lucha. Cuando terminó su discurse, el sol ya estaba en lo alto, y en el declive podía verse la Acrópolis en todo su esplendor: el viejo mármol amarillento, el blanco y nuevo de los templos recién construidos, el color y el oro. Un gran júbilo se extendió por la colina, y todos los hombres que no habían podido escuchar se unían alegres a él, convencidos de que la salvación había llegado. Demóstenes regresó a su casa y empezó a escribir el borrador de una carta, dirigida a los diplomáticos tebanos, plagada de juicios despreciativos hacia Filipo. “... Actuando como si pudiera encontrarlo en uno de su estirpe, utilizando con insolencia su suerte actual, olvida su origen humilde a partir del cual surgió su inesperado poder...” En eso se detuvo pensativamente, aunque el punzón con que escribía seguía moviéndose sobre el pergamino. Bajo su ventana, un grupo de hombres aún novatos para la guerra pasó llevando información fresca a sus jefes tribales; iban gritándose bromas juveniles, cuyo significado Demóstenes ya no comprendía. En alguna parte chillaba una mujer; con toda seguridad los gritos provenían de la casa: debía tratarse de su hija. Era la primera vez que sabía de la existencia de algún hombre que le provocara el llanto. Molesto, se levantó y cerró la puerta (ese ruido era de mal agüero y distraía sus pensamientos). RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 282 - Cuando la Asamblea de Tebas se reunió, todos aquellos que podían mantenerse en pie estaban presentes. Los macedonios, en tanto aliados formales, fueron los primeros en enterarse. La Asamblea recordó los buenos servicios de Filipo para con Tebas, su ayuda en la guerra contra Fócida, su apoyo para dominar Beocia; al mismo tiempo, repetía una y otra vez las innumerables ofensas de los atenienses, sus esfuerzos por debilitar Tebas, su alianza con los fócidas infieles, a cuyas tropas pagaron con el oro de Apolo (sin duda, con ese oro también restauraron los escudos de los combatientes tebanos caídos, en un acto blasfemo y agresivo no sólo contra Tebas, sino también contra el dios). Por su parte, Filipo no pidió a los tebanos que tomaran las armas contra Atenas, aunque les dejó muy claro que podían unírseles, si así lo deseaban, y compartir con ellos los frutos de la victoria. De cualquier forma, seguiría considerándoles amigos suyos, a condición de que les permitieran el acceso hacia el sur. La Asamblea se volcó; los tebanos se habían enfurecido por la imprevista llegada de Filipo a Elatea (si en verdad era su aliado, no comprendían por qué había tomado Elatea sin avisarles siquiera). Por lo demás, sus intenciones parecían ser sinceras. Aún no se trataban los asuntos más importantes sobre el poder. ¿De qué le harían merecedor cuando derrotara a los atenienses? Además, tenía un gran poder sobre Tesalia y jamás le había ocasionado ningún daño a esa región. Por otra parte, habían combatido juntos en la larguísima guerra contra Fócida; Tebas todavía estaba llena de hijos de los caídos en batalla, hombres jóvenes que cargaban sobre su espalda el peso de la responsabilidad de la madre viuda y de los hermanos menores. ¿Acaso no era eso suficiente? Antipatro terminó de hablar y se sentó; un murmullo de simpatía, casi un aplauso, se desprendió de la concurrencia. Después, el maestro de ceremonias llamó a los embajadores de Atenas. En medio de un murmullo de expectación casi hostil, Demóstenes subió a la tribuna: Atenas, no Macedonia, había sido la amenaza real durante generaciones, y no había familia que no tuviera alguna deuda de sangre pendiente a causa de las interminables luchas fronterizas. Al pararse frente a la multitud, descubrió lo que seria el hilo conductor de su discurso: el odio común hacia Esparta. Entonces, les recordó que después de la Gran Guerra, cuando Esparta impuso a Atenas la tiranía de los Treinta (una sarta de tiranos como los que ahora pretendían hacer la paz con Filipo), Tebas dio asilo a los libertadores generosamente. Comparados con Filipo -decía-, los Treinta son simples escolares pugnaces. Era hora de olvidar las viejas diferencias y recordar ese noble acto de RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 283 - solidaridad. En el momento oportuno presentó las ofrendas del pueblo de Atenas: los derechos de Tebas sobre Beocia eran incuestionables, y si sus habitantes se rebelaban, Atenas enviaría tropas para aplacarlos. La misma oferta incluía a Piatea, ese ancestral objeto de la disputa. Sin embargo, nada dijo de que Piatea, en agradecimiento a la protección de Atenas contra Tebas, había participado en la parada de Maratón, donde se le garantizó para siempre la ciudadanía ateniense. No era el momento oportuno para discutir pequeñeces, tenían que concederles derechos sobre Platea. Además, si estallara la guerra contra Filipo, los tebanos estarían al mando de todas las fuerzas terrestres y Atenas cargarla con las dos terceras partes del gasto que se realizara. Al terminar el discurso, el silencio se apoderó de la Asamblea; los tebanos, llenos de dudas, miraban a sus paisanos de más confianza, no a él. Entonces, dio un paso hacia delante, extendió los brazos e invocó las muertes heroicas de Pelópidas y Epaminondas, los gloriosos campos de Leuctras y Mantinea, las hazañas de la Banda Sagrada. De pronto, su voz adquirió un tono de delicada ironía; si todas esas cosas no hablaran por Atenas, sólo le quedaba una última petición: que permitieran que el ejército ateniense cruzara libremente el paso para enfrentarse solo al tirano. Finalmente cautivó a la audiencia; lo había logrado utilizando aquella vieja rivalidad. En el apagado murmullo que se desprendía de la multitud pudo darse cuenta de que los tebanos estaban avergonzados. Entonces, de aquí y allá surgieron voces que solicitaban que se iniciara la votación; los hombres de la Banda Sagrada estaban considerando la situación en términos de su honor. Los guijarros con los votos empezaron a sonar dentro de las urnas; empleados de mirada escrutadora contaban y recontaban votos dando ligeros golpes a los abalorios de sus ábacos. Después de que los eficientes contadores de votos terminaron su labor, empezó el largo y tedioso trabajo. Finalmente se supo que los tebanos habían votado por romper su pacto con Macedonia para aliarse con los atenienses. Camino de regreso a sus habitaciones, Demóstenes sentía que sus pies apenas tocaban el suelo. Al igual que Zeus con su balanza, esta vez le había tocado inclinar el destino de toda Grecia. Si delante le esperaba la ordalía, ¿qué clase de nueva vida podría surgir sin los naturales dolores de parto? A partir de entonces, los tebanos dirían que la situación había encontrado al hombre preciso. Las noticias no le llegaron a Filipo hasta el día siguiente, mientras tomaba su almuerzo en compañía de Alejandro. Antes de abrir el mensaje despidió a sus escuderos, pues, como la mayoría de los hombres de su época, no dominaba el arte de leer en silencio; necesitaba escucharse a si mismo. Por su parte, Alejandro, en tensión por el suspenso, se preguntaba por qué su padre no se había RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 284 - entrenado personalmente en el hábito de la lectura silenciosa, tal como él mismo había hecho (sólo era cuestión de práctica). Aunque sus labios todavía se movían un poco al leer las palabras, Hefestión se había asegurado de enseñarle que no se le escaparan sonidos de la boca. Filipo leía llanamente, sin furia; las arrugas del rostro se le hacían apenas un poco más profundas. De pronto, sin que nadie se lo pidiera, dejó a un lado el pergamino y comentó: -Bueno, si eso es lo que desean, lo tendrán. -Disculpa, padre, pero supongo que algo así tenía que suceder. ¿Acaso no se daba cuenta de que, a pesar del voto de los tebanos, los atenienses seguían odiándole? ¿Que la única forma de trasponer las puertas de Atenas era como un jefe victorioso? ¿Por qué había alimentado durante tanto tiempo ese sueño letárgico? Sin embargo, era mejor dejarlo en paz y dedicarse a pensar en la realidad. A partir de ese momento había que poner en marcha el segundo plan de guerra. Atenas y Tebas se prepararon apresuradamente para encontrarse con el ejército de Filipo en su marcha hacia el sur. En lugar de seguir ese camino, los ejércitos de Filipo partieron hacia el oeste, internándose en las cordilleras y desfiladeros que rodeaban el monte Parnaso. Tenía la obligación de expulsar a los anfisos de la llanura sagrada, y eso haría antes de combatir a los de Atenas. En lo que a Tebas se refiere, digamos que sólo probó la fidelidad de un aliado dudoso y conoció bien la respuesta. Agitados por la guerra inminente, los jóvenes atenienses se preparaban para ir hacia el norte, a la ciudad de Tebas. La suerte estaba echada; el fuego ardía y a los agoreros les desgarraron las entrañas. Al sentir que la mano muerta de la superstición se volvía en su contra, declaró que estos portentos significaban que había algunos traidores entre ellos, hombres pagados por Filipo para detener la guerra. Cuando Focio -que regresaba de su misión excesivamente tarde para cambiar las cosas- argumentó que la ciudad entera debería consultar el oráculo de Delfos, Demóstenes se rió y dijo que todo el mundo sabia que Filipo había comprado a Pitia. Los tebanos recibieron a la tropas atenienses con cuidadosa cortesía. El general local dispuso a sus fuerzas de apoyo de tal forma que cubrieran los accesos del sur y al mismo tiempo protegieran el camino a Anfisa. Los ejércitos tebano y ateniense exploraban y maniobraban a lo largo y a lo ancho de las agrestes tierras altas del Parnaso, así como dentro de los profundos abismos de Fócida. Conforme se ascendía, los árboles se tornaban pardos y luego podía vérselos completamente pelados; en la cumbre empezaba a caer una de las primeras nevadas del año. RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 285 - Entretanto, Filipo se tomaba su tiempo. Estaba muy ocupado reconstruyendo las fortalezas de los fócidas infieles, quienes las entregaban gustosamente a sus hombres a cambio de una buena reducción en sus impuestos al dios que habían saqueado. La guerra se desarrollaba fundamentalmente en pequeñas escaramuzas, una en la cañada, otra en las tierras altas del paso, pero el ataque se interrumpía siempre que los soldados de Filipo empezaban a entrar en territorio poco recomendable; jamás le obligarían a presentar una batalla mayor. Conforme las tropas avanzaban, los atenienses les recibían como vencedores y celebraban fiestas de agradecimiento en su honor. Era una noche de invierno; para protegerse de las heladas corrientes, Filipo pidió a los escuderos que armaran su tienda contra una de las paredes del desfiladero. Río arriba, un torrente de nieve se revolvía entre las pedregosas laderas del desfiladero, cuyos bosques de pino habían sido despiadadamente talados para efectos caseros. Las sombras lo envolvían todo, las corrientes de aire puro de las montañas penetraban las espesas cortinas de olores a humo, avena, caldo de judías, caballos, pieles de tiendas burdamente curtidas y muchos miles de hombres mugrientos. Sentados en pequeños bancos de campaña, Filipo y Alejandro secaban sus botas con las llamas crepitantes de la hoguera. Para este último, las olorosas emanaciones de los pies de su padre combinaban a la perfección con los otros olores, no menos familiares, de la guerra; de hecho, él mismo estaba completamente sucio (cuando se le dificultaba el acceso al río, solía restregarse el cuerpo con nieve para quitarse la mugre acumulada). Su pulcritud llegó a dar pie a una leyenda, para él desconocida, según la cual los dioses le habían dotado de una deliciosa fragancia natural. La mayor parte de los soldados no se habían bañado desde hacía meses. Al regresar al lecho conyugal, sus mujeres tendrían que restregarles el cuerpo un buen rato antes de permitirles retozar con ellas. -Bueno -dijo Filipo-. ¿No te he dicho que la paciencia de Demóstenes se agota antes que la mía? Me acabo de enterar de que marcha a nuestro encuentro. -¿Qué? ¿Con cuántos hombres? -Con todos: diez mil. -¿Acaso está loco? -No, pero es del grupo político. Los votantes no vieron con agrado que en Ática se rifaran la paga y las raciones de la tropa mientras los ciudadanos iban a la guerra. He estado pensando en ellos: hombres bien entrenados y demasiado móviles en todo terreno, demasiado móviles. Para terminar, vale decir que diez mil hombres de más suman una buena cantidad; pero pronto podremos tratar con ellos directamente, los están mandando derecho a Anfisa. RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 286 - -Así que debemos esperar a que lleguen hasta allí; pero entonces, ¿qué? La amarillenta dentadura de Filipo brilló con la luz de la antorcha. -¿Sabes cómo escapé de Bizancio? Bueno, pues esta vez usaremos la misma táctica. Pronto tendremos muy malas noticias de Tracia, motines en todas partes; la ciudad de Anfipolis, amenazada, necesitará de todos los hombres disponibles para defender las fronteras. Entonces yo responderé, en un estilo claro y elegante, que estamos marchando hacia el norte con todas nuestras fuerzas. Mi correo será capturado, o quizá decida vender el mensaje a los enemigos. Luego dejaremos que sus exploradores nos vean emprender la marcha hacia el norte, pero al llegar a Citerón haremos que desmonten todos los jinetes, nos emboscaremos en el terreno y esperaremos. -Del otro lado del paso Grabian, pero, ¿atacaremos al amanecer? -Una marcha furtiva, como le denomina tu amigo Jenofonte a esta treta. Finalmente, así sucedieron las cosas antes de que el deshielo de primavera resquebrajara los puntos de cruce del río. En lo que se refiere a los mercenarios pagados por Atenas, cabe decir que todos cumplieron su deber, pues en ello les iba la vida; pero, después de todo, como buenos profesionales de la lucha que eran, algunos huyeron hacia la costa y otros se rindieron. La mayoría de los que terminaron por rendirse pasaron a formar parte del ejército de Filipo, curaron sus heridas y se sentaron entre la tropa a disfrutar de comida caliente. Anfisa se rindió incondicionalmente y su Gobierno salió al exilio tal como la Liga Sagrada decretó. Así pues, el Gobierno impío fue desalojado de la llanura sagrada y los barbechos quedaron para el dios. Al llegar los primeros calores de la primavera, en el teatro de la antigua ciudad de Delfos, y teniendo como mudos testigos la empinada ladera de las Fidriades a su espalda, el gran templo de Apolo frente a sí y más allá el inmenso golfo, los miembros de la Liga coronaron a Filipo con una rama de laurel finamente repujada en oro. El y su hijo recibieron gran cantidad de elogios en larguísimos discursos y propiciaron no pocos cantos y odas por sus hazañas; uno de los mejores escultores de la época aprovechó la oportunidad para dibujarlos, con el propósito de hacer sus esculturas y adornar con ellas el templo. Más tarde, Alejandro salió a caminar con sus amigos a la atestada terraza, donde se oía una nube de murmullos y olores procedentes del gentío que llegaba de todas partes, incluso de Sicilia, Italia y Egipto. Ricos votantes exhibían sus regalos en las cabezas de los esclavos, los animales mugían, balaban o ladraban, mientras que las palomas se agitaban nerviosamente dentro de sus jaulas de mimbre; por todas partes iban y venían caras ansiosas, devotas, algunas con gestos de liberación y RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 287 - alegría, otras llenas de angustia y ansiedad. Era un día propicio para consultar el oráculo. En medio de aquel ruido de locura, Hefestión le susurró a Alejandro: -Mientras estés aquí, ¿por qué no? -No, ahora no. -Quizá así descanse tu mente. -No, aún no es el momento adecuado. Hay que pillar al agorero por sorpresa en un lugar como éste; al menos, eso creo. En el teatro se montó una lujosa representación, cuyo protagonista fue Dédalo, actor ampliamente reconocido por sus papeles heroicos. En sus venas se mezclaban sangre tesalia y celta, lo cual le convertía en un joven de carácter sumamente ardiente. Sin embargo, su buen entrenamiento en Atenas y la excelente técnica que poseía contenían esa fogosidad que le era tan propia, al mismo tiempo que convertían su arrebato natural en finas maneras. Además, antes ya había actuado en Pella con cierta regularidad y había llegado a convertirse en uno de los actores preferidos de Alejandro, para quien alguna vez conjuró una visión especial del alma del héroe. En esta ocasión iba a ponerse en escena el Áyax de Sófocles, obra en la que tenía que representar tanto al propio Áyax como a Teucros. En su actuación hizo que pareciera inconcebible que el primero pudiera salvar su honor, mientras que la lealtad del segundo menguaba hasta llevarlo a la muerte. Al terminar la representación, Alejandro y Hefestión fueron a la sala de armas, en donde Dédalo, ya sin la máscara de Teucros, se secaba el sudor del rostro y de su corto y rizado pelo castaño. Al escuchar la voz de Alejandro, el actor se levantó y le miró con sus profundos ojos color de avellana, al tiempo que le decía: -Sólo quedaré satisfecho si me dices que la obra te gustó. Todo el tiempo estuve actuando para ti. Durante un buen rato estuvieron hablando de sus viajes más recientes. Por fin, le dijo: -Yo he viajado mucho últimamente. Si alguna vez se te ofrece algo, sea lo que sea, y necesitas a alguien en quien confiar, recuerda que para mi sería un privilegio poder servirte. Alejandro comprendió bien el mensaje: los actores, servidores de Dionisio, eran personas protegidas, a quienes se usaba algunas veces como embajadores, pero otras -quizá las más- como espías. -Gracias, Dédalo. Si se me ofrece algo, no recurriré a nadie más. Más tarde, cuando caminaban hacia el estadio, Hefestión dijo: -Alejandro, ¿sabes que ese hombre aún está enamorado de ti? RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 288 - -Bueno, lo menos que puedo hacer por él es mostrarme gentil. Además, es un hombre bastante sensible que no interpreta las cosas equivocadamente. Quizá algún día le necesite, nunca se sabe. Al llegar el buen clima de primavera, Filipo se movió hacia el golfo de Corinto y tomó Naupactos, que dominaba los limites externos. En verano partió hacia el país que estaba detrás del monte Parnaso, a fin de fortalecer aún más los puntos fuertes, mantener frescas las alianzas, abrir más caminos y dar un relativo descanso a las monturas de la caballería. Después volvería a fingir que marchaba hacia el este, en donde atenienses y tebanos vigilaban nerviosamente todos los pasos, y luego se desviaría de su camino para hacer maniobras de combate o juegos, con objeto de desgastar a las fuerzas enemigas y asegurarse de que las suyas propias se mantuvieran frescas y listas para entrar en combate. Pese a todo lo anterior, incluso entonces volvió a mandar sus embajadores a Tebas y Atenas, ofreciendo unas bases para discutir los términos de paz. Sin embargo, Demóstenes dijo que Filipo debía estar desesperado después de que sus tropas lo rechazaran por segunda vez. Según él, esos embajadores eran la prueba de dicha desesperación y sólo necesitaban un buen golpe para derrotarlo en el sur. Hacia finales del verano, cuando las espigas de cebada que crecían entre los olivares de Ática y Beocia amarilleaban, el ejército de Filipo regresó a su base en Elatea dejando los puntos principales bien fortalecidos. La vanguardia de las tropas tebana y atenienses estaba a unos dieciséis kilómetros al sur de sus posiciones; durante todo ese tiempo solamente los estuvo probando, hasta que rechazaron sus ofertas. Había llegado el momento de desplegar sus fuerzas. Sus hombres ya habían rebasado los flancos enemigos y podían dispersarse en cualquier instante para caer sobre ellos. Al día siguiente, cuando los exploradores de Filipo salieron a encontrarse con su vanguardia para llevar noticias frescas, se toparon con que ya habían tomado el paso y lo tenía todo bajo control. Al enterarse, los hombres de caballería se sintieron felices, pulieron sus pertrechos y arreglaron cuidadosamente sus monturas. La siguiente batalla sería en las llanuras. La cebada empezaba a descolorirse y los olivos maduraban. Según el calendario de Macedonia, transcurría el mes del León. Filipo dio una fiesta para celebrar el cumpleaños de su hijo; Alejandro cumplía dieciocho años. Todo el pueblo de Elatea fue acondicionado para la celebración, y los muros de los cuarteles reales fueron decorados con colgaduras entrelazadas que caían libremente hasta el suelo. Cuando los invitados empezaron a cantar, Filipo le preguntó a su hijo: -Aún no le has puesto nombre a tu regalo. ¿Cuál te gustaría? RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 289 - -Ya sabes cuál, padre -respondió sonriendo. -Es tuyo, te lo has ganado, pero ahora ya no te durará mucho. Tú estarás al frente de la caballería y yo asumiré el mando del flanco derecho. Lentamente, Alejandro puso en la mesa su copa de oro. Sus ojos, brillantes y dilatados por el vino y por sus propias ensoñaciones, captaron el negro destello del ojo semicerrado de su padre. -Si alguna vez llegaras a lamentar esta decisión, yo no estaré vivo para saberlo. Luego brindaron y celebraron el nuevo nombramiento, se recordaron los presagios que sobre su persona habían hecho los agoreros cuando nació, la victoria sobre liii y la carrera olímpica ganada. -La tercera es la que recuerdo mejor -dijo Tolomeo-. Yo tenía esa edad en que todo nos asombra, cuando me enteré de que en Éfeso habían prendido fuego al templo de Artemisa. Para mí, ardía toda Asia. -Nunca comprendí cómo pudo suceder sin que hubiera una guerra de por medio -dijo alguien más-. ¿Quizá fue un rayo, o algún sacerdote que derramó una lámpara encendida? -No, un hombre lo hizo a propósito. Creo que alguna vez oí su nombre, Heiro, Hero o algo así, aunque, por supuesto, el nombre era bastante más largo. ¿Tú no lo recuerdas, Nearco? -Nadie podría recordarlo; pero, ¿supieron por qué lo hizo? -Oh, sí, contó todo voluntariamente antes de que le ejecutaran. Lo hizo para grabar su nombre en la memoria de los hombres. La luz del amanecer empezaba a iluminar las bajas colinas de Beocia, llena de brezos, y la maleza estaba dorada por el sol invernal y cubierta de pedruscos grises y guijarros un poco más pesados. Morenos y tostados por el sol, curtidos y ásperos como piedras o árboles espinosos, los hombres se dispersaban sobre las colinas en su camino hacia la llanura. Atravesaban poco a poco las laderas y se enlodaban en el lecho del río; a cada paso la capa de lodo se hacía más espesa, pero los soldados avanzaban por allí con seguridad. Los hombres de la caballería sólo cabalgaban cómodamente cuando atravesaban las alisadas pendientes, y aun entonces marchaban con cuidado para no lastimar las desherradas pezuñas de sus caballos, que sólo producían ruidos sordos al avanzar cuidadosamente por entre los brezales y sentir que los muslos desnudos de sus jinetes los apretaban. Los arreos de los hombres se sacudían y golpeaban entre sí, produciendo un murmullo de sonidos metálicos. RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 290 - A pesar de que el sol aún se ocultaba tras la ladera este del monte Farnaso, el cielo resplandecía. El valle, lleno de humus y de rocío matinal, empezaba a extenderse y ampliarse. A través de él, por entre las piedras, se oía correr el rumoroso río Cefiso sobre su lecho de verano. Hacia el este del río, enclavadas en los terraplenes inferiores de las laderas, podían verse las casas color de rosa descolorido, casi malva a causa de la penumbra, de la aldea de Queronea. El ejército proseguía cuidadosamente su camino hacia delante; los soldados se detenían de repente y se desparramaban al otro lado de la llanura. Delante había algo que parecía un dique, pero la gruesa línea se encrespaba y brillaba con los primeros rayos del sol: se trataba de una barrera humana. Entre ambos ejércitos se extendía un territorio neutral, que era alimentado por el río. Entre los olivares, en el suelo, había una gran cantidad de rastrojos de cebada, amapolas y algarrobas. En el ambiente flotaban el canto de los gallos, los balidos y mugidos de animales domésticos, los gritos agudos de los pastores que conducían el ganado hacia las montañas. Mientras tanto, el torrente y la represa esperaban. El ejército del norte acampó junto al río, en la parte más amplia del desfiladero. Los hombres de caballería llevaron sus monturas río abajo, donde sus compañeros de infantería no enturbiaban el agua y podían darles de beber. Todos los soldados empezaron a sacar sus copas y su comida para preparar el desayuno: pasteles aplastados para asar, una manzana o algún coco, sal parda e impura a causa de los desprendimientos de la piel curtida de las bolsas en que la transportaban. Los oficiales inspeccionaban las puntas de lanzas y flechas, las jabalinas y todas las armas de que disponían tratando de encontrarles algún defecto; cuando descubrían alguna en mal estado, dejaban caer sobre su portador todo el peso moral de que eran capaces. Al establecer este contacto tan estrecho con su tropa, los oficiales pudieron advertir la presencia de una saludable tensión -era como si el arco estuviera a punto de disparar-, pues los soldados lograban percibir la importancia de esos momentos previos al combate. En total eran más de treinta mil de infantería y algo más de dos mil de caballería; las fuerzas del ejército de enfrente eran más o menos similares. Ambos contendientes estaban a punto de enfrascarse en la batalla más grande que jamás habían imaginado. Además, todos estaban pendientes de los hombres que conocían, del capitán que en casa era tan sólo un escudero, del de la villa vecina, de sus parientes y de los amigos de su propio clan, pues ellos habrían de ser los testigos de su gloria o su vergüenza. Hacia el atardecer empezó a bajar la larga hilera de hombres y animales que transportaban las tiendas y las ropas de cama. Todos podían dormir tranquilamente, excepto las postas (Filipo controlaba RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 291 - todos los pasajes de acceso y era prácticamente imposible que algún enemigo atravesara sus líneas). Al otro ejército sólo le quedaba sentarse y esperar con paciencia. Alejandro subió a una de las carretas, tiradas por bueyes, que transportaban las tiendas reales, y dijo: “a mía, pónganla allí”, señalando hacia un joven roble cuya sombra se proyectaba sobre el río; bajo la ribera de éste había un guijarroso estanque de aguas ciaras y tranquilas. -Bien -dijo a los sirvientes-. Eso me evita el tener que acarrear agua. Al joven le fascinaba bañarse, no sólo después de la batalla, sino siempre que podía, y no faltó algún gruñón que dijera que el muchacho era capaz de envanecerse hasta de su mismo cadáver. El rey recibió a los de Beocia concediéndoles una audiencia, pues estaba ansioso de conocer los planes del enemigo. Se habían visto forzados por los tebanos y atenienses, sus aliados jurados, quienes los habían entregado a Tebas públicamente, así que no tenían gran cosa que perder si daban ese salto en la oscuridad. Filipo los recibió con deleite, escuchó todos los enredos, los viejos recelos y, tomando nota de todo con su propia mano, les prometió desagraviarlos. Antes de que cayeran las primeras sombras del atardecer, Filipo, Alejandro, Parmenión y el segundo del rey, un señor de Macedonia llamado Atalos, cabalgaron hasta lo alto de la colina para estudiar el terreno. Tras de ellos cabalgaba la escolta real, comandada por Pausanias. Bajo sus pies se extendía en todo su esplendor la llanura que algún viejo poeta llamara “el salón de baile de la guerra”, a causa de la frecuencia con que luchaban en esas tierras los ejércitos. Las tropas confederadas se extendían desde el río hasta las faldas de las colinas del sur, abarcando un perímetro de cinco kilómetros aproximadamente. El humo de los fuegos vespertinos empezaba a levantarse desde los campamentos, y ocasionalmente podían verse las llamas de alguna hoguera. Los soldados estaban concentrados en pequeños grupos; como si fueran aves de diferentes especies, se agrupaban según sus lugares de procedencia; aún no formaban sus líneas de combate. El flanco izquierdo de las tropas enemigas, que era el que tendría que atacar el ala derecha del ejército de Macedonia, estaba firmemente apostado sobre un terreno inclinado. La mirada de Filipo se clavó en ese punto del terreno. -Son los atenienses. Bueno, tendremos que sacarlos de allí. Le han dado el mando al viejo Foción, el único bueno de sus generales, aunque de nada le servirá; es demasiado astuto como para complacer a Demóstenes. Para nuestra suerte, también han mandado a Cares, que lucha según las regias convencionales... Mmm, si; antes de retroceder debemos simular un buen ataque. Ya verás RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 292 - cómo se lo tragarán -le dijo a Alejandro, al tiempo que se inclinaba sonriente sobre su hombro para darle algunas palmaditas. Alejandro frunció el entrecejo al principio, pero de inmediato lo alisó y volvió a sonreír. Luego se volvió para estudiar la larga barrera de soldados enemigos, como un ingeniero que pretende desviar el curso del río estudia la roca que obstruye su trabajo. Atalos, alto y prognata, de barba amarilla y bifurcada y ojos azul pálido, había bordeado a lomos de su caballo y ya casi llegaba a la cima, pero ahora volvía sobre sus pasos. -Entonces -dijo Alejandro-, en el centro tendremos tropas de diferentes nacionalidades: corintios, aqueos, etcétera. Y a la derecha... -El alto mando. Tú, hijo mío, te encargarás de los tebanos. Ya ves que en este banquete no te he privado de ningún manjar. Entre los álamos ahusados y sus sombreadas figuras, las aguas del río reflejaban la luz y la palidez del cielo. A un lado, en ordenadas hileras, las hogueras de los vigías ardían intensamente. Alejandro lo contemplaba todo profundamente concentrado; por un instante vio iluminarse los rostros humanos a la luz de la distantes hogueras y después perderse dentro de la inmensa perspectiva del paisaje. Entonces todas las puertas se abrieron y tras ellas irrumpieron los guerreros. El fragor de pisadas, caballos y el estruendo del ataque retumbaban. -Despierta, muchacho -dijo Filipo-. Ya hemos visto suficiente y el paisaje me ha abierto el apetito. Parmenión siempre cenaba con ellos, pero esa noche también los acompañó Atalos, que acababa de llegar de Fócida. Alejandro vio con desagrado que Pausanias estaba de guardia -esos dos juntos en un cuarto harían castañetear los dientes de cualquiera-, pero le saludó con especial afecto. Atalos, pariente y amigo del rival asesinado, fue quien planeó la obscena venganza. Para Alejandro era un misterio por qué Pausanias, que no carecía de arrojo y valentía, tenía que ir ante el rey clamando venganza, en vez de desquitarse con su propia mano. ¿Acaso esperaba una demostración de la lealtad de Filipo? Hacía ya bastante tiempo, antes de que sucediera el cambio, Pausanias poseía una clase de antigua belleza que bien pudo haber albergado un arrogante amor homérico. Sin embargo, Atalos era el jefe de un cian poderoso que había hecho buenas migas con el rey y le era muy útil; además, para él la pérdida del muchacho también había sido muy amarga. Así pues, tratando de persuadirle de cualquier intento de revancha, Filipo salvó el honor de Pausanias invistiéndolo de autoridad y alta jerarquía. Hacia apenas seis años parecía otro: hablaba más, reía con mayor RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 293 - frecuencia, en suma, era una persona verdaderamente agradable, hasta que Atalos fue convertido en general. Ahora, otra vez se convertía en un hombre esquivo y de pocas palabras. “Mi padre no debió hacer eso; parece que se trata de un premio. De hecho, la gente dice... Mientras Filipo hablaba de la inminente batalla, Alejandro trataba de poner orden en su cabeza; sin embargo, persistía en él un regusto como de comida descompuesta. Entonces, se levantó y fue hacia su tienda. Después de tomar su baño en la pequeña poza, fue a acostarse, repasando mentalmente el plan de ataque en todos sus detalles; no debía escapársele ningún punto. No podía dormir, así que se levantó, se vistió y salió a caminar entre los vigías hasta que llegó a la tienda que Hefestión compartía con otros dos o tres hombres. Antes de que tocara las cortinas de la puerta, su amigo ya se había levantado y, sin hacer ruido, se echó la túnica en el cuerpo y salió a su encuentro. Pasaron un buen rato conversando y después regresaron a sus respectivas tiendas. Finalmente, Alejandro pudo dormir tranquilo hasta la guardia del amanecer. El estruendo del ataque retumbó. Los combatientes se abrían paso por entre los rastrojos de cebada y los olivares, pisoteando y destruyendo los campos de labor a medio limpiar -los trabajadores habían escapado antes de que comenzara la batalla-; avanzaban atropelladamente derribando postes y hollando las vides, que se convertían en una especie de vino ensangrentado. La presión de los hombres de ambos bandos cimbraba el terreno y ellos se mezclaban en el tumulto; la multitud crecía, se abría y se volvía a cerrar, iba y venía como las olas del mar y la resaca. El ruido era ensordecedor, los hombres se gritaban unos a otros, insultaban a gritos al enemigo mientras combatían con las armas, y algunos lanzaban terribles gritos de agonía, presas de un dolor intenso, mucho más fuerte de lo que pudieron haber imaginado. Los escudos chocaban, los caballos bufaban y resoplaban, y cada unidad del ejército confederado lanzaba a todo pulmón su propio grito de guerra; los oficiales voceaban vigorosamente sus órdenes y las trompetas no dejaban de tocar ni por un instante. Una enorme nube de polvo herrumbroso y sofocante cubría completamente el escenario de la lucha. En el flanco izquierdo, la ladera de la montaña que formaba el soporte de las tropas confederadas todavía estaba bajo el control de los atenienses. Desde abajo, los macedonios arremetían contra ellos obstinadamente con sus enormes lanzas; las puntas de las armas de tres líneas de lanceros en posición, se juntaban en una sola fila, formando algo semejante a la coraza de púas de un puerco espín en pleno ataque. Los atenienses, por su parte, se defendían rechazando el ataque con sus escudos; los más valientes presionaban hacia fuera del caparazón de escudos y hundían sus espadas cortas en el RENAULT, MARY FUEGO DEL PARAÍSO - 294 - cuerpo de los agresores o los mutilaban con su sable (algunos de éstos caían abatidos, pero otros lograban mellar ocasionalmente la erizada línea de lanceros). En el extremo de ese flanco, Filipo esperaba montado en su brioso caballo de batalla, en compañía de sus correos más eficientes; todos sus hombres sabían muy bien qué era lo que esperaba. Sus soldados se esforzaban al máximo por atravesar la coraza defensiva de los atenienses; parecía que si fracasaban en su intento morirían de vergüenza. Aunque el tremendo ruido lo inundaba todo, entre ellos era bastante menor: habían sido entrenados cuidadosamente para estar al tanto de las órdenes verbales de sus superiores.
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