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La vida en la Casa del Toro discurre al margen de la vida.
Uno se despierta a menudo, a media noche, en una sala donde duermen cincuenta y tantos jóvenes traídos de todas partes y cuyos modales no siempre resultan gratos para un heleno. En cierta ocasión hubo una pelea y tuve dificultades cuando le rompí la nariz a un tirio. La gente opinó que yo había sido grosero. Pero, como les dije, si él tenía derecho a sus costumbres, también lo tenía yo a las mías; y en mi país exis-tía la costumbre de que, si un extraño intentaba meterse furtivamente en la cama de uno a medianoche, se lo tomaba por un enemigo.
En una oportunidad, le pregunté a Hélice cómo se estaba en los aposentos de las muchachas cuando las encerraban. Me respondió que aquello era un mundo en sí mismo y no logré comprenderla; pero me insinuó que las muchachas se peleaban como jóvenes guerreros cuando rivalizaban por otra. Más de una vez vi magulladuras en alguna que no había estado en el ruedo. Lo cual no me inducía a desdeñarlas; ellas estaban habituadas a aquella vida y a mí me gustan las mujeres briosas.
Como dije, las noches se veían interrumpidas por sucesos de esa índole o por alguien que hablaba en sueños o revelaba a gritos los temores que no habría confesado de día. Uno no le preguntaba a la gente cuáles eran sus sueños en la Casa del Toro, ni qué pensaba al despertar ni mientras yacía en silencio a oscuras. Sé que yo cavilaba sobre muchas cosas: sobre la muerte, sobre el destino y sobre lo que puede el hombre alterar en su moira, o, si todo está determinado, qué lo mueve a esforzarse, y si se puede ser rey sin tener un remo.
Luego, me preguntaba qué pasaría si Iro o Hélice o Amintor me superaban como saltarines de toros y acaudillaban el equipo. La Casa del Toro es un mundo en sí misma, con leyes nacidas de su propio ambien-te y que no se pueden combatir.
Esto me perturbó durante las primeras semanas de adiestra miento. Pero cuando estábamos en el ruedo olvidaba esas preocupaciones. Porque la danza se apoderaba de mí, de mi cabeza y mi mano, de mi corazón, mis huesos y mi sangre. Ser saltarín de toros parecía suficiente para llenar la vida de un hombre; me colmaba tanto que el peligro parecía secundario; sólo con esfuerzo lograba recordar que era rey. Pero tenía presente que era el jefe del equipo y a menudo eso me servía, en cambio.
Para un saltarín, el hecho de durar tres meses, aunque no está mal, tampoco tiene nada de sorpren-dente. Pero los ancianos de Cnosos decían que no habían visto jamás nada parecido: que todo un equipo durara tres meses, sin que muriese nadie.
Nos conservábamos vivos porque sabíamos para qué servía cada cual y que contábamos con todos en caso de necesidad. Hasta los que se cuidaban de sí mismos, como Formión y Néfele, cumplían su jura-mento; al principio por temor a las hijas de la noche, que visitan a los perjuros, e incluso por temor a mí; además, porque comprendieron que eso daba mejor resultado; y finalmente, como los demás, porque se enorgullecían de ser Grullas.
En la Casa del Toro existe este dicho: cuanto más se vive, más esperanzas hay de seguir viviendo. Uno va conociendo la danza y a los danzarines; y también al toro. En realidad, nunca conocí los humores de ninguna de las mujeres cuyo lecho compartí, con una única excepción, tan bien como los del viejo Heracles. ¡Pobre Hélice...! Nunca le perdonó a Heracles que fuera un animal y no un hombre. A pesar de toda su des-treza, nunca pasó de ser mediocre como saltarín de toros. Dado que consideraba a Heracles incapaz de pensar, no trataba de descubrir sus intenciones. Cuando saltaba, era tan diestra que la gente siempre la vitoreaba. Pero a menudo yo tenía que cubrirla o saltar el toro en vez de ella, mientras que Crisa nunca desfallecía. Todos querían a Crisa, hasta en la Casa del Toro; esta muchacha había terminado por conside-rar que el amor era algo que estaba en la naturaleza de las cosas y esperaba, hasta cierto punto, lo mismo de Heracles.
También Amintor tenía el valor de un león. Lo que más me costó en mi vida fue decirle, cuando no tu-ve más remedio, que dejara de saltar el toro. Era demasiado grande (había crecido desde nuestra llegada) y demasiado lento; aquello habría terminado costándole la vida a alguien. Recibió mis palabras como un ca-ballero, pero lo adiviné muy afectado. No obstante, luego demostró ser el mejor receptor que he visto, el más seguro y valiente. Yo mismo y todas las Grullas que saltaban el toro le debemos la vida varias veces A los cuatro meses, murió el último saltarín de toros anterior a nosotros. Desde entonces, cuando llegaba una nueva tanda de danzarines, todavía con la vestimenta de su país de origen, en tropel o mirándonos boquiabiertos, fue una Grulla quien se escondió en el toro de madera de Dédalo para darles el susto; y cuando yo me acercaba a examinarlos, todos atendían a ver cuál era mi opinión.
Nunca sabíamos quiénes llegarían. Nunca eran egipcios, porque éstos son un pueblo vigoroso; Minos enviaba al faraón regalos, joyas de oro y cristal, ritones tallados, flores raras y tintes preciosos, en lugar de solicitarle tributo. Pero venía gente de todos los demás países, persas pálidos como el marfil, de párpados azules, frágiles y agraciados; minoanos de todas las islas; salvajes bárbaros, atezados como la madera de cornejo de los bosques africanos, feroces y alegres o capaces de padecer hasta morir y sepultarse bajo tierra por su propia voluntad. Y fue en la Casa del Toro donde vi por primera vez a las amazonas del Ponto, altivas y delgadas, de andar desenvuelto y finos dedos endurecidos por el arco y la lanza, que miraban con aire tan frío y calculador como el que adoptan los príncipes jóvenes en la guerra. Eran muy estimadas en el ruedo y los cretenses traían a todas las posibles. Cuando yo veía a esas muchachas, mi corazón se agitaba y aceleraba, no sé por qué. Los hombres serían como los dioses si tuvieran presciencia.
Recibíamos a toda clase de extranjeros, sueltos y a pares, procedentes de países nunca antes oídos, capturados en un viaje quizás y vendidos como esclavos. Recuerdo por lo raro a uno de ellos, aunque no duró mucho; era hijo dc unos pastores nómadas de las montañas del interior, más allá de Jericó. Odiaba a la diosa; mejor dicho, negaba que fuese algo más que una muñeca hecha por los hombres. Cuando le pre-gunté si estaba loco para burlarse de ella en el recinto de la propia diosa y estando en sus manos, me res-pondió que su pueblo no servía a diosas, sino sólo al Padre Celestial, cuyo nombre no pronunciaría por estarles prohibido. Le llamaba el Señor. Piensan, como los helenos, que ese dios vive eternamente; pero afirman que no tiene padre ni madre, hermano ni hermana, esposa ni hija, y que reina solo en el cielo y no hubo época en que no reinara. Y lo que es más extraño aún, entre ellos es ilegal representar a su dios en imágenes. Cuando pregunté qué rostro tenía, aquel joven dijo que su rostro era de fuego. No pude averi-guar en qué lo habían agraviado ellos, para que les presentara una cara tan espantosa. Pero, según un oráculo suyo, ese dios engendrará algún día a un hijo para que sea el héroe que vele por ese pueblo. Al ver tan ignorante al joven, le dije que Zeus había engendrado a muchos hijos en la tierra y que yo mismo des-cendía de uno de ellos. Pero esto no le gustó. Provenía de gente del interior, tan temerosa de las ciudades y tan simple que cree que el eterno Zeus no se interesa por nadie más que por ellos.
Su equipo lo consideraba un hombre que traía mala suerte y yo mismo les aconsejé que se libraran de él. Pero, al cabo, él mismo los libró de esa tarea. Porque la primera vez que entró al ruedo, sacó un cu-chillo que llevaba escondido en el taparrabos y se lanzó sobre el toro como un loco, gritando que castigaría al dios de los filisteos (así llamaba a los cretenses) en nombre del Señor. No sé si creía que el toro se que-daría quieto, esperándolo. Ningún toro es tan estúpido, ni siquiera los de Creta. Pero Zeus misericordioso le hizo un favor, a cambio de todas sus ofrendas: murió inmediatamente. Si le hubiera quedado algo de vida, seguro que no se habría rendido tan deprisa. Nos alegramos de verlo por última vez. Los dedos de ambas manos no eran suficientes para contar los dioses a quienes había ofendido; en la Casa del Toro, ya es so-brado riesgo lidiar con los toros.
A aquellas alturas, la mayoría de nosotros teníamos una cicatriz o dos de Heracles; el toro tenía sus malos días, reconocibles por la manera de mover la cola al salir. Entonces, no había modo de prever cómo iba a reaccionar hasta que no estuviese cansado. Yo salí el primero, un par de veces, para aplacarlo; esto me parecía sencillamente justo, ya que en realidad no esperaba morir sin haber recibido antes un signo de Poseidón. Cuando lo había tanteado, el toro se calmaba un poco y yo efectuaba alguna de las suertes que me habían dado fama, como la de dar un segundo salto mortal al bajarme del lomo. A menudo, estos días resultaban los mejores. Me parece ver aún sus ojos malignos, mirándome como si me dijeran: «He sido demasiado blando contigo y he dejado que te pusieras insolente. No tengas tan buena opinión de ti mismo». Yo acostumbraba dar unos pasos de baile con él antes de empezar, pasos que perfeccioné porque gusta-ban al público. Convenía tener mucho cuidado, porque le brindaban a Heracles una oportunidad mejor que el propio salto. Una vez, casi me atraviesa el pecho. Apenas me dio tiempo a eludirlo y me reportó la mayor cicatriz que se haya visto en la Casa del Toro, nítida y cruzada de izquierda a derecha. Yo solía visitar a una vieja que era la mejor de las entendidas en ungüentos para las heridas. Las cubría con toda clase de in-mundicias, telarañas o moho verde; pero conocía la magia de la tierra y las cicatrices siempre se cerraban.
Después de llevar nosotros cinco meses en el ruedo, los danzarines vivían más incluso en los otros equipos. Veían cómo trabajábamos y, en uno o dos de los equipos, prestaron juramento de camaradería, que cumplieron en lo posible. Pero no se conocían a fondo como nosotros. A aquellas alturas, habíamos olvidado que éramos atenienses o eleusinos, o que no nos había gestado la misma matriz.
Siempre que, antes de la danza, nos encomendábamos frente al altar y nos consagrábamos a la dio-sa terrenal con las palabras rituales, extendíamos las manos con las palmas para abajo, hacia la propia Madre Día, para purificarnos de toda impiedad. Pero había que mirar hacia arriba, por respeto. A menudo, yo observaba fijamente sus ojos para ver si se movían. Pero ella se mantenía como una imagen dorada, rígida e inmóvil; ni siquiera cuando alzaba las manos parecía de carne. Poco después, concentrado en la danza, casi me olvidaba de que estaba viva.
Así era nuestra vida en la Casa del Toro. Pero cuando el nombre de uno se hace conocido, pocas co-sas hay en el Laberinto, salvo los aposentos reales, que no se vean tarde o temprano. Ya no se necesita buscar una mujer para las noches, sino, más bien, ahuyentar a las muchas que importunan; un hombre que tiene por esposa la danza del toro no puede permitirse excesos, ni en esto ni en nada.
Hasta las mujeres sabían escribir en el palacio de Cnosos. Esto lo digo por haberlo visto yo, porque algunas de ellas me escribieron. Y no hablo simplemente de mensajes garabateados sobre una ancha tabla de arcilla húmeda, diciéndole a uno dónde podía encontrarse con ellas o cuándo se ausentaba su marido. Me refiero a relatos íntegros, que llenaban hasta dos hojas de papiro, largos como la narración de una gue-rra. Yo no podía descifrar más de la mitad y a menudo ni siquiera tanto. Ellas tenían cien maneras de entre-verar las cosas; juraría que conocían más palabras que un arpista, aunque a éste le basta con aprender el sonido.
Pero no sólo íbamos a las alcobas. Los señores y los príncipes nos invitaban a sus fiestas, sin pedir a cambio otra cosa que nuestra presencia. En cuanto a la comida y la bebida, ver tanta no era sino inquietan-te, porque el peso es la muerte en el redondel del toro. Pero yo acostumbraba ir, por curiosidad y vanidad y por lo que pudiera aprender. Como los dioses nos habían protegido de la muerte hasta entonces, no deses-perábamos aún de salir algún día de Creta.
Los cretenses rebosan buenos modales y costumbres caprichosas; creen, por ejemplo, que los dedos de un hombre no bastan para llevarle a la boca el alimento y que se precisa un utensilio. Al principio, con-sentí, por temor a las burlas; porque ellos tienen por rústico a quien ignora esos juguetes. Pero me sobraba orgullo para dejarlo vislumbrar. Si no podía aprender sus costumbres observando, usaba las mías como si optara por ellas. Pronto noté que esto les complacía, sobre todo a las mujeres. Aman más que nada lo nue-vo.
Toda clase de señores y nobles tenían casas en el palacio de Cnosos, construidas en su interior o por lo menos dentro del recinto. Como digo, el palacio era casi una ciudad. Pero a pesar de ser tan enmaraña-do, estaba bien custodiado y nadie franqueaba las puertas sin que lo interrogaran. Al principio, creí que esto sólo tenía por objeto que no nos escapáramos.
Aunque el nombre de Minos es cretense antiguo y los reyes lo han usado desde tiempos inmemoria-les, esta casa sólo conserva un rastro del viejo linaje. Desde la gran incursión de Micenas, en que la estirpe real fue pasada a cuchillo y el hermano del rey león se casó con la diosa terrenal, los reyes habían gober-nado por derecho propio, así como por el de la reina, sin ser ya sacrificados al noveno año. Muchos de los vencedores se habían casado con mujeres cretenses, de manera que las costumbres siguieron siendo las de la antigua religión; pero después estos linajes comenzaron a casarse entre sí y ahora desdeñaban a los cretenses originarios, los que eran del país por ambas ramas. Yo no le veía a esto ningún sentido, porque no se trataba de bárbaros y eran, como todo el mundo sabe, los mejores artesanos conocidos; en realidad, ellos habían enseñado a escribir a aquellos semihelenos. Eran de complexión menuda, como la mayoría de los hijos de la tierra, y de tez rojiza oscura, pero no desagradable; y algunos procedían de las estirpes más antiguas, aunque ahora fuesen decadentes y pobres. A juzgar por lo que yo podía ver, los humillaban con la única intención de tener los señores mejor opinión de sí mismos. Me irritaba oír que los llamaban con apo-dos despectivos: Sarnoso, Patizambo o Bizco, que pronunciaban en su presencia como si fueran perros. En mi casa, mi abuelo me habría zurrado hasta dolerle el brazo si me hubiese oído decir semejantes insolen-cias. También les imponían fuertes impuestos, aunque se oía hablar poco de esas cosas en la Casa del Toro e importaban aún menos. Se siente más el dolor ajeno cuando roza el propio.
Luego de unos seis meses en el ruedo, cuando yo casi me había olvidado de su existencia, el amo me mandó un mensaje, invitándome a una fiesta.
Me quedé mirando la nota, sin saber qué hacer. Si volvía a ofenderlo ahora, él tenía poder suficiente para dispersar el equipo y mis compañeros irían muriendo uno por uno. Pero sentía que me iba a resultar penoso sentarme a la mesa de un hombre contra el que me proponía tomar venganza si podía; era una cuestión de honor para mí. Al poco tiempo, le confesé mis dudas a Amintor, quien comprendía esas cosas mejor que los demás. Le satisfizo ver que le pedía consejo y se quedó cavilando. Por fin, dijo:
—Me parece, Teseo, que puedes comer en su mesa sin ser su invitado. Lo que comerás allí es el pan del cautiverio, lo mismo que en la Casa del Toro; te lo servirán con salsa, eso es todo. No veo en qué puede herir eso tu honor. Aunque lo mates. Mira su mensaje: te lo ordena, no te lo pide.
Me convenció. Amintor tenía sentimientos de caballero y más sensatez de la que me había parecido a primera vista. La Casa del Toro lo había equilibrado. 122
El palacete se hallaba al sudoeste del gran patio; tenía una gran entrada y guardias. Me vestí con lo mejor que tenía, ya que carece de sentido hacer las cosas a medias. Cuando iba a visitar la Casa del Hacha, acostumbraba usar la faldilla cretense y tenía dos o tres de galón de oro. Me la había regalado la esposa de un general, la principal de ellas; ésta era de gruesa seda azul, traída del este de Babilonia. Con mucho la mejor de mis amantes en esa época y buena compañera para un saltarín de toros, espontánea y alegre. Un saltarín no puede soportar ver sólo lágrimas y berrinches. Pero los regalos eran a veces anónimos y entonces había que tener cuidado. Si uno los usaba, el dador lo señalaba a sus amigos y rivales, afirmando que era su amante; y las mujeres no se avergonzaban de hacerlo más que los hombres.
A menudo, los regalos más suntuosos provenían de los señores y los príncipes que habían ganado una buena suma de dinero. Sobre la danza del toro se hacían todo género de apuestas: cuánto duraría, si correría sangre, cuántos saltos habría y de qué grado de perfección, además de las apuestas sobre la vida y la muerte. Los sobornos no tientan a un hombre cuya vida está en juego, pero estaban de moda los rega-los vistosos. Yo tenía más collares de los que podía ponerme, aros para el brazo, muñequeras y sortijas. Pero la única joya que nunca me quitaba era el toro de cristal del Corintio. En la Casa del Toro, nuestros trofeos más preciosos eran los regalos de los muertos.
Esa noche, me puse la mayoría de mis cosas; a aquellas alturas, ya me sentía tan saltarín de toros que no me consideraba vestido si no tintineaba sobre mí el oro. Además, me hice afeitar en el último mo-mento. Había cedido, aunque a regañadientes, a esta costumbre cretense. Desde los quince años de edad, como todo chico que se está desarrollando, había aguardado la barba con impaciencia, procurando abonar-la con grasa de jabalí y demás tonterías que circulan entre los jóvenes; parecía absurdo quitármela en el preciso momento en que empezaba a crecer. Pero la barba era la marca del bárbaro; las mujeres se retraí-an al verla o se echaban a reír. A veces, me imaginaba a mi abuelo viendo con disgusto mi mentón liso y preguntando si me habían castrado. Pero mi abuelo estaba bastante lejos, y en el Laberinto sabían muy bien que yo no era un castrado.
Me pensaba haber conocido para entonces aposentos suntuosos, pero eran pobres comparados con los del palacete, como descubrí mientras los recorría. Pasé por toda una sala preparada para el juego, con mesas de ébano y tableros de damas con incrustaciones de oro. Pero no miré mucho a mi alrededor; los cretenses tienen en menos a quien manifiesta asombro.
En el gran salón de los invitados estaba servido un banquete espléndido y se congregaba una concu-rrencia de alta alcurnia. La mayor parte de los presentes me conocían y me hablaron cuando me dirigí a saludar al anfitrión. Éste me acogió con los ruidosos cumplidos con que se celebra a los invitados en las fiestas y que no significan nada. Vi que me había invitado para complacer a la concurrencia, como podía haber invitado a una bailarina. Amintor tenía razón: no tenía por qué sentirme en deuda con él.
Comimos en bella loza pintada; los cretenses cuecen los peces mejor que ningún otro pueblo. Pero no corría peligro de comer en exceso. Uno perdía el apetito al ver a tan grandes señores (algunos de los cuales, lo sé, lo detestaban) adulando a Asterión y cambiando de actitud al cambiar la de él, como soldados en la instrucción. Cuando Asterión hacía sus burdas bromas, sus ojos no se perdían nada; yo lo veía obser-var a los invitados que no alcanzaban a oírlo, cual si pudiese leer en sus labios, y cómo los camareros se demoraban con los comensales, haciéndole de espías. Además de mi odio a Asterión, había algo en él que me repugnaba. Todo hombre quiere el poder para lograr lo que desea: la gloria, tierras o una mujer. Pero éste quería el poder en sí, para rebajar a otros hombres, para que su orgullo engordara devorando el de los demás, como la araña grande que se alimenta de las pequeñas.
Un prestidigitador moreno, un sidonio, actuó para nosotros; tenía un monito que le ayudaba a hacer su número y que comprendía todas sus palabras. Finalmente, Asterión le tiró su regalo, esperando que lo recogiera arrastrándose abyectamente; pero el monito lo recogió y se lo alargó a su amo, inclinándose y llevándose la mano a la frente. Los invitados rieron. Cuando el sidonio se fue, Asterión le dijo algo a un ca-marero, que salió detrás. Le oí a otro criado preguntarle adónde iba; respondió: «Por el monito. Mi señor lo quiere». Lo mismo, pensé, había sucedido conmigo.
Trajeron confituras y vino de Rodas. Yo estaba en el extremo de la mesa, hablando con algunas per-sonas que se habían arrimado para conversar conmigo, cuando, de pronto, Asterión se inclinó hacia adelan-te en su silla y vociferó: —¡Teseo! ¡Aquí! —Sentí que la sangre me subía a la cara. Pensé fingir que no lo había oído. Pero luego, cavilé: «No. Si no soy su cautivo, soy su invitado». De modo que me levanté y, sin mucha prisa, me acerqué a Asterión y me quedé delante de él.
—Pues bien, Teseo —dijo él con burlona sonrisa—, ¿qué se siente cuando se es el gallo del coso? Ahora eres distinto del joven que vino de tierra firme con sus grebas de cuero, ¿eh? ¿Tienes ya mejor opi-nión de Creta? —No contesté.
Él les dio un golpecito con el dedo a mis collares.
—¡Mirad esto! —dijo a sus invitados—. Apostaría a que ninguno lo ha ganado con el toro. ¿Verdad, muchacho? —Yo seguía guardando silencio y conservando el dominio de mí mismo. Lo escudriñaba. Me interesaba conocerlo. Miraba su compacta máscara, preguntándome cómo se podía llegar a ser un hombre semejante. Asterión no tardó mucho en apartar la vista.
—Una joya de cada uno de los caballeros del Laberinto — dijo—. De las damas, no digo nada. Sus misterios no deben ser profanados. —Y le guiñó el ojo a una señora recién casada con quien yo no había tenido trato, que se sonrojó desde la frente hasta los senos—. Todo esto y nada aún del amo. Juraría que te preguntas por qué.
Sonrió en falso y esperó. Dije:
—No, mi señor.
Lanzó un gran bramido de risa.
—¿Oís eso? Suponía que le tendría preparada una vara por haber sido indócil en el muelle. Tonto, ¿qué crees que buscamos en un danzarín de toros? Quienes nos interesamos por el coso, tenemos nues-tros presentimientos.
Lo miré fijamente, yo que le había hecho frente aquel día con sus ojos a un palmo de los míos. Esta vez, los rehuyó. Miró a los invitados.
—¡Bueno! Supongo que todos convendrán en que Asterión sabe reconocer a un ganador...
Hubo una salva de aclamaciones. Me avergoncé por ellos, más que por mí; ellos pasaban por hom-bres libres.
Dio una palmada. Un criado trajo algo que supuse sería algún plato. Durante un instante, me pregun-té si Asterión se propondría envenenarme; me lo imaginé mirando a su alrededor y desafiando a los invita-dos con los ojos a hacer un comentario después de mi muerte. Luego advertí que el criado traía una peque-ña bandeja, forrada de cuero púrpura, sobre la que estaba extendido un gran collar de oro y piedras precio-sas. El criado se lo ofreció a Asterión; y él, sin tocarlo, le indicó que me lo diera.
Sentí una comezón en los dedos. Me daban ganas de coger el collar y tirárselo a la cara. Había jura-do cuidar de la vida de cada una de las Grullas como si fuera la mía; pero no más, y mi honor me importaba más que la vida. No fue el juramento lo que me contuvo. Supongo que fue la costumbre de ser rey y de responder de mi pueblo ante el dios.
Alargué la mano y dije, con voz tranquila:
—Eres demasiado generoso, Toro de Minos. Pero excúsame: no puedo aceptarlo.
El esclavo vaciló con la bandeja en la mano, no sabiendo qué hacer con el collar. Oí un leve revuelo por la mesa y un frufrú de ropas femeninas. Pero Asterión, después de mirarme a fondo con sus ojos re-dondos, dijo en tono jovial, como si presentara al público un espectáculo:
—Conque no puedes, ¿eh? ¿Por qué?
—Porque soy de sangre real —dije—. Y sería una ofensa para mi posición aceptar un regalo de un hombre que me ha golpeado.
Todos escuchaban. Pero a él pareció gustarle. Agitó la mano, señalándome.
—¡Escuchadlo! Sigue tan loco como antes. Por eso lo tomé bajo mi protección. Todos los grandes saltarines de toros son indómitos y locos. Nacen para los toros y para nada más. Es su demonio el que los guía a Creta.
Me dio una palmada en el hombro; parecía que fuese el dueño de un perro peligroso y se jactara de la fiereza del animal.
—Perfectamente. Sea como tú quieres.
Con un chasquido de los dedos, despidió al criado, el cual se llevó el regalo.
Podría pensarse que después de este agravio, me alejaría de él. Nada de eso. A menudo volvía a in-vitarme a sus fiestas y hacía conmigo algunas pantomimas. Incluso le oí comentar por adelanta do: «Mira y verás con qué altivez me contesta. Es más salvaje que un gavilán montaraz. ¿Sabes que desató al toro? Lo calé en cuanto llegó de tierra firme». Había convertido mi honor en un número de equilibrismo para que sus huéspedes rieran. Nunca le dije a nadie, ni siquiera a Amintor, lo que soporté aquellos días. Me avergonza-ba hablar de eso. Sólo le respondí:
—He pagado por mi cena.
Y él comprendió lo que quería decirle.
Los demás señores eran bastante corteses conmigo; en realidad, puede decirse que yo estaba de moda entre los más jóvenes. Cualquier saltarín de toros podía ponerse de moda; pero yo les interesaba más por mi alcurnia, ya que nunca habían tenido a un rey ni al hijo de un rey en el coso. Algunos me pre-guntaban por qué, si el dios estaba irritado, yo no le sacrificaba a algún otro, antes que a mí mismo; si lo vestía con mi ropa, ese otro me representaría. Como yo era un invitado, no les preguntaba si creían estúpi-dos a los dioses, sino que sólo les decía que se me había llamado por mi nombre. Entonces, me miraban perplejos y luego se miraban entre sí. Casi todos sus ritos se han vuelto frívolos y parecen juegos, como la danza del toro.
Aquellos jóvenes caballeros y señores rebosaban frivolidad y hablaban un lenguaje casi propio, como los niños cuando juegan. Además, le daban tan poca importancia a su honor como a sus dioses. Los peores insultos pasaban por una broma entre ellos; y si un marido no quería hablar con el seductor de su esposa, resultaba excepcional. En cierta ocasión, estando a solas con una mujer, le pregunté cuándo había lavado con sangre un insulto por última vez alguno de ellos. Pero ella se limitó a preguntarme a cuántos hombres había matado yo; como si, luego de dos guerras y un viaje por tierra, hubiese podido llevar la cuenta. Hasta en la cama le hablaban a uno las mujeres de estas cosas.
Más que otra cosa, aquella gente me consideraba una novedad. Las novedades eran su pasión y les costaba dejarlas pasar así como así; Leuco, según comprobé, había dicho la verdad al afirmar que sus ana-les se remontaban mil años. Eran capaces de cualquier cosa por una novedad, si no encontraban otra. Eso se veía en sus tinajas y jarrones. Es sabido que los alfareros cretenses son los más diestros del mundo, aunque hay que ir a Creta para ver a los mejores. En el palacio hay muchos que trabajan para el rey; los grandes señores tenían también los suyos, bajo su protección. Nunca me cansaba de observar su labor: los colores eran más variados y exuberantes que los nuestros; los dibujos, alegres y desenvueltos, pero plenos de armonía. Les gusta dibujar animales marinos, estrellas de mar, delfines y pulpos, conchas y algas, todo entrelazado. Era un placer el solo hecho de tomar sus cacharros en las manos, de apreciar su forma y su brillo. Pero en los últimos tiempos habían empezado a desmejorar su labor con toda clase de primores lla-mativos y afectados, flores y colgajos donde exhibían su destreza, pero que hacían parecer los objetos inúti-les para el uso y sólo aptos para acumular polvo. Lo cierto es que lo que no se había logrado en mil años no valía la pena ensayarlo. Pero hasta la belleza los cansaba si no era nueva.
Recuerdo a un noble con quien cené, que nos llevó a ver el taller de su alfarero y su última obra. Se habló mucho y no pude seguir la conversación, pues ellos tienen muchas más palabras que nosotros. Por eso, al encontrar un trozo de arcilla sin cocer me entretuve en modelar un torito, como los que amasan los niños en mi país cuando juegan con el barro, pero no me salió muy bien porque había perdido el tino para hacerlo. Cuando me disponía a aplastar de nuevo la arcilla, se oyeron gritos y un parloteo apresurado, y mi anfitrión y sus amigos me aferraron la mano para que no lo hiciese y exclamaron que era necesario cocer aquella obra. Decían: «¡Qué frescura!». «¡Qué pura es!» O algo de este tenor: «¡Cómo entiende este hom-bre de arcilla!».
Me sentí ultrajado de que se burlaran así. Aunque fuese de tierra firme, era su huésped. Repliqué: —No entiendo de arcilla; no he nacido en casa de un artesano. Pero entiendo de toros y esto no es un toro. Lo mismo en mi país que aquí, un caballero sabe cómo son las obras de mérito, aunque no sepa hacerlas. No somos tan atrasados como suponéis.
Al oírme, me rogaron que no me ofendiera; juraron que hablaban en serio y que yo había hecho lo mismo que les ganaba alabanzas a sus artesanos más modernos. Para demostrármelo, me condujeron a un estante repleto de objetos modelados con tan lamentable torpeza como las ofrendas que suelen verse en los santuarios menores del interior de mi país y que son obra de algún campesino chapucero que jamás ha visto un taller, pero logra venderlas por un puñado de aceitunas o de cebada, porque en el pueblo nadie sabe hacerlo mejor. —Ya ves cómo apreciamos la fuerza de las formas primitivas —me dijeron. Respondí que advertía que no se habían burlado de mí y que me disculparan; luego, no se me ocurrió nada más que decir. A poco, al verme sumido en cavilaciones, una mujer se me acercó y me tocó el brazo.
—¿Qué pasa, Teseo? ¿Sigues enojado? ¿O estás tan ceñudo porque piensas en los toros? —Me eché a reír y dije lo que aquellas damas gustaban de oír.
Pero pensaba: «Si yo tuviese aquí a mis acompañantes y unos pocos miles de guerreros, barrería Creta de punta a punta. Esta gente vive una segunda infancia; son fruta para arrancar, madura, pasada».
Mientras tanto, seguía en el coso. Nosotros las Grullas, unidos por un solo pensamiento y confiando unos en otros, perfeccionábamos nuestra danza hasta tal punto que los ancianos la preferían a sus recuer-dos. Nos habíamos salvado muchas veces de milagro; a esta altura, no había ninguno de nosotros que no le debiera su vida al equipo. Entre Formión y Amintor, que se habían salvado el uno al otro del toro, ya no se hablaba de insolencia ni de pelo veteado y de arcilla. En la Casa del Toro ambos eran jefes y artífices. Una vez, cuando Crisa perdió el equilibrio y se quedó colgada de los cuernos, tuve que dar el mismo salto que le costara la muerte al Corintio. Pero Hipón saltó inmediatamente por el otro lado y todos salimos del trance con un par de rasguños, aunque no sin un buen revolcón.
Después de esta danza, me dirigía a los baños cuando una camarera me paró en el patio y me dijo:
—Teseo, ven enseguida y preséntate a mi señora. Le dijeron que habías muerto y está tan afligida que ha enfermado. Llora y grita y está fuera de sí. ¡Pobre señora, es más alma que cuerpo! Una cosa así podría matarla.
Me puse un poco impaciente, pues tenía entre manos a más mujeres de las que podía manejar.
—Saluda a tu señora de mi parte y dale las gracias por su preocupación y dile que estoy muy bien —respondí.
—No haré semejante cosa —dijo ella—. La última vez que se enamoró de un danzarín de toros, él murió y mi señora se enteró de que yo se lo había ocultado. Tienes que ir a verla ahora, es la única solución.
Fruncí el entrecejo. —A estas horas ya la encontrarás consolada —dije yo. Pero ella me tiró del bra-zo, gritando—: ¡No seas cruel, no mates a mi niña buena! Mira, apenas tendrás que apartarte un paso de tu camino. Y me señaló la escalera real.
Yo me quedé mirando a la mujer.
—¡Cómo! —dije—. ¿No crees que los toros se bastarán para matarme pronto? —Ella irguió la cabeza con tanta altivez como si la hubiese insultado.
—¡Ignorante! ¿Me tomas por una alcahueta? ¡Las cosas que se les ocurren a estos jóvenes de tierra firme! Mi señora no ha cumplido aun diez años.
La acompañé tal como estaba, en mi atavío de danzarín de toros y con mis joyas. Me condujo por la ancha escalera, iluminada desde arriba por un hueco y sostenida por columnas carmesíes. Después de muchas vueltas llegamos a una gran habitación de colores claros, con una cama infantil en un rincón, una bañera de alabastro y muñecas por el suelo. Las paredes eran muy bonitas, con murales de pájaros, mari-posas y monos cogiendo frutas. Estaba contemplándolos cuando oí un chillido agudo como el de un murcié-lago y la criatura salió corriendo hacia mí desde el otro lado del aposento, surgiendo del lecho desnuda co-mo cuando la echara al mundo su madre. Me saltó directamente a los brazos, ágil como los monitos pinta-dos y se me colgó del cuello. La niñera que me había traído y otra que estaba allí se desternillaban de risa y hacían bromas. Pero yo me compadecí de la niña; se la notaba verdaderamente apenada. Tenía el rostro e incluso el cabello empapados en lágrimas y manchas color púrpura bajo los ojos. Era una de esas niñas flacuchas que se encuentran en las familias muy antiguas: el cabello castaño fino como la seda, las maneci-tas que parecían talladas en marfil y los ojos de un verde límpido. Su cuerpo era tan delicado al tacto como un lirio fresco y estaban empezando a nacerle los pechos. La llevé a la cama y la acosté Se acurrucó de costado y me cogió la mano para que me sentara a su lado.
—Te amo, Teseo, te amo. Casi me estoy muriendo de eso.
—Los augurios dicen que vivirás —respondí—. Ahora, duérmete.
Me restregó la mano contra su húmeda mejilla. —¡Eres tan guapo...! ¿Te casarías conmigo si tuviera suficiente edad?
—Claro, claro que sí. Mataré a todos tus pretendientes y te llevaré conmigo en un barco de oro.
Me miró; tenía las pestañas pegadas de tanto llorar.
—Mi nodriza dice que, cuando yo sea mujer, tú ya habrás muerto.
—Eso lo dirá el dios. Estaré demasiado viejo para los toros, sin duda. Para entonces las damas her-mosas como tú ya se habrán olvidado de mí.
—¡Ah, no! —gritó ella—. ¡Yo te amaré siempre! Cuando seas viejo, cuando tengas veinte o treinta años, te seguiré amando.
—Lo veremos —dije sonriendo—. Voy a decirte una cosa: cuando tú seas grande, si vivo, yo seré rey. Te propongo un juego, Ojos Claros. ¿Quieres hacer una apuesta?
—Sí que quiero. Pero ahora que somos novios tienes que darme una prenda.
Le ofrecí un anillo, ya que tenía muchos más; pero lo rechazó con la cabeza.
—No, los anillos sólo son de oro; necesito un mechón de tu cabello. Niñera, ven y córtaselo.
—¿Mi cabello? —repliqué—. No, eso no te lo puedo dar; se lo he ofrecido a Apolo. Además, alguien podría apoderarse de él y usarlo para perjudicarme.
Se le desencajó la boca y oí que una de las niñeras le decía a la otra: —¿Ves? Sigue siendo un bár-baro, en el fondo.
La niñera trajo una cuchilla de depilar y me cortó el mechón.
—No temas —me dijo la niña—. Lo cuidaré bien. Nadie lo tendrá más que yo.
Cuando me iba, la niña se había puesto el mechón en la palma de la mano y lo acariciaba delicada-mente con las yemas de los dedos.
Me detuve en el umbral para despedirme con un gesto.
—Adiós, Ojos Claros. No me has dicho cómo te llamas.
Ella alzó los ojos y sonrió.
—Fedra —dijo.
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Teseo: El rey debe morir
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