Capítulo 1

«Yo era un rey y el heredero de un rey —pensé, cuando la nave levó anclas—. Ahora, soy un escla-vo.» El barco era grande. El mascarón de proa representaba a un toro, con una flor sobre la frente y cuer-nos dorados. En medio del navío, entre los remeros, estaban los soldados negros; y había un puente para el maestre de boga y para la silla del capitán. Las víctimas vivíamos en la popa, durmiendo debajo de un toldo, como si hubiéramos pagado pasaje. Pertenecíamos al dios y tenían que llevamos a nuestro destino sin me-noscabo. Durante todo el día nos vigilaba una guardia, y de noche una guardia doble, para impedir que ya-ciéramos con las muchachas..

Para mí, supuso una tregua. Yo ya no tenía que preocuparme. Estaba en manos del dios, como en la infancia, cuando me acunaba el mar. Los delfines se deslizaban por las aguas a nuestro lado, zambulléndo-se y resoplando. Yo me tumbaba y los miraba. Mi vida se había detenido.

Al sur de Sunio nos escoltó un buque de guerra, un veloz velero. A veces, en los promontorios de las islas, veíamos campamentos piratas, naves varadas en la playa y la torre del vigía; pero nadie nos persi-guió. Sin duda, éramos un bocado demasiado grande para sus dientes.

Esas cosas pasaban de largo a mi lado mientras disfrutaba del ocio, como quien escucha a un arpis-ta. «Voy al sacrificio —me dije—. Pero Poseidón me ha reclamado, a mí, que en un tiempo no fui hijo de nadie; y eso es mío para siempre.» Por lo tanto me despatarré al sol, comí y dormí y miré lo que valía la pena ver, y escuché, sin prestarles atención, los ruidos de a bordo. El amanecer era rosado y gris cuando sorteábamos las Cícladas. Al salir el sol oí voces coléricas. Hay muchas en un barco; pasábamos entre Ceos y Citnos y había cosas que ver. Pero el ruido atrajo mi atención y miré. Uno de los jóvenes atenienses luchaba con un eleusino. Rodaron aferrados por la cubierta. El capitán cruzó a grandes zancadas el puente y se acercó a ellos, con mirada cansina, como quien ha hecho lo mismo un centenar de veces. Le colgaba de la muñeca un látigo de finas tiras de cuero.

Aquello me despertó como el agua de la montaña. Corrí, salté hacia ellos y los separé. Se quedaron sentados, boquiabiertos y acariciándose las magulladuras; el capitán se encogió de hombros y se alejó.

—Recordad quiénes sois —dije—. ¿Queréis que os golpee un cretense en presencia de esos escla-vos? ¿Dónde está vuestro amor propio? Ambos comenzaron a hablar a la vez y los mirones tomaron partido por uno u otro. Grité pidiendo silencio y vi trece pares de ojos fijos en mí. Algo me contuvo y pensé: «Y aho-ra... ¿qué?». Era como llevarse la mano a la espada cuando se tiene el flanco desguarnecido. «¿Qué estoy haciendo? —pensé—. Yo también soy un esclavo. ¿Puede haber un rey entre víctimas?» Estas palabras me resonaron dentro de la cabeza.

Todos esperaban. Señalé al eleusino, a quien conocía, y dije:

—Tú primero, Amintor. ¿Y bien? —Era un joven de cabello negro, de tupidas cejas que se juntaban sobre su nariz aguileña y ojos de halcón.

—Teseo, este hijo de alfarero, que aún lleva barro pegado en el pelo, se sentó en mi sitio y, cuando le dije que se levantara, se puso insolente.

El ateniense, pálido y flaco, dijo a su vez:

—Yo seré esclavo de Minos, pero no tuyo. En cuanto a mi padre, puedo mencionarlo por lo menos. Ya sabemos cómo son vuestras mujeres.

Miré al uno y al otro, y adiviné que el provocador había sido Amintor; pero, en el fondo, era el hombre que más valía de los dos.

—¿Habéis terminado de insultaros? —dije—. Con vuestra conducta a quien habéis insultado es a mí. Formión, yo elegí las costumbres en Eleusis; si no te gustan, es a mí a quien debes decírselo. Según pare-ce, Amintor, gastas aquí más ceremonial que yo. Dinos qué esperas de nosotros, para que no te ofenda-mos. —Balbucearon algo. Todos se sentaron a mi alrededor, con confiada mirada perruna. Donde había ira, confiaban en hallar fuerza. Lo mismo ocurre entre los guerreros. Pero cuando uno ha suscitado esa espe-ranza, ay de él si la defrauda.

Me senté sobre una bala de algodón, tributo de alguna ciudad pequeña, y los miré. Mientras comía-mos había oído los nombres de los cuatro jóvenes atenienses: Formión; Telamón, hijo de un pequeño pro-pietario, tranquilo y sosegado; un adolescente modesto y garboso, llamado Hipón, a quien yo había visto antes en alguna parte; e Iro, cuya madre gritara tanto en el sorteo. Ella era concubina de algún noble; por su parte, el joven era delgado, de voz atiplada y aire afeminado, pero lejos de las faldas maternas parecía tan digno de confianza como cualquier otro.

De las muchachas, sabía menos aún. Una de ellas, Crisa, parecía un lirio, impecable, blanca y dora-da; era la niña por la que había llorado la gente. Melanto era minoana, una muchacha recia y saltarina, acti-va y mandona. De las demás, Néfele era tímida y llorona; Hélice, esbelta y silenciosa, con ojos sesgados; Rene y Pilia parecían bastante tontas; y Tebe era franca y bondadosa, pero fea como un nabo. Estudié sus rostros, tratando de adivinar para qué servirían; y ellas me miraban como miran los náufragos a una plancha que flota.

—Bueno —dije—. Es hora de hablar.

Esperaron. No tenían otra cosa que hacer.

—No sé por que Poseidón me envía a los toros; si quiere o no que yo muera en Creta. Si no lo desea, me apoderaré de lo que encuentre allí. Mientras tanto, todos estamos en poder de Minos; soy igual que cualquiera de vosotros, un simple esclavo del dios. ¿Qué queréis que haga? ¿Que me ocupe sólo de mí o que también sea responsable de vosotros, como lo haría en nuestro país? Antes de que hubiera cerrado la boca, gritaban que querían ser dirigidos por mí. Sólo Hélice, la de los ojos sesgados, guardaba silencio; pero ella nunca hablaba.

—Pensadlo antes —dije—. Si os mando, pondré normas. ¿Os gustaría eso? He ahí al hombre con poder para hacerlo —y señalé al cretense, que había vuelto a sentarse y se cortaba las uñas.

—Prestaremos juramento si nos lo pides —dijo Amintor.

—Sí os lo pediré. Debemos jurar que nos mantendremos unidos. Si alguien no está de acuerdo, éste es el momento de decirlo.

»Vosotras también, muchachas; yo os convoco a la asamblea. Debemos establecer nuestras cos-tumbres, de acuerdo con nuestra situación.

Las muchachas atenienses, no habituadas a los asuntos públicos, vacilaban, intercambiando susu-rros; luego, la morena y vivaz minoana Melanto dijo:

—Estamos fuera de nuestro país, de modo que un hombre debe ser nuestro jefe; tal ha sido siempre la ley minoana. Voto por Teseo.

—Una —dije—. ¿Y qué hay de las otras seis?

Melanto se volvió desdeñosamente hacia ellas y dijo:

—Ya lo habéis oído. Levantad la mano, si no podéis hablar.

Cinco de ellas levantaron la mano, y Crisa, la niña de ojos grises cuyo cabello lacio parecía una fina lámina de oro, dijo con aire solemne:

—Voto por Teseo.

Me volví hacia los hombres.

—¿Quién está en contra? En Creta tendremos que depender unos de otros. Conque hablad ahora; que no os guardaré rencor, lo juro por la cabeza de mi padre.

El joven ateniense Iro, el favorito de su madre, dijo con cara seria, sin su melindrosidad habitual:

—Nadie está contra Teseo. Tú te entregaste al dios; a nosotros nos llevan a la fuerza. Nadie más que tú puede ser el rey.

—Perfectamente —dije—. En su nombre, así sea. Necesitamos una maza para el que preside las se-siones.

No había nada a nuestro alcance, salvo una rueca. Tebe la hacía girar para matar el tiempo.

—Tira tu lana, hermanita; en Creta vas a necesitar otras habilidades —dije.

Y ella arrojó la lana por la borda y usamos la rueca.

—He aquí nuestra primera ley —dije—. Todos formamos una sola familia. Ni atenienses ni eleusinos, sino ambas cosas a un tiempo. Si alguien es de linaje encumbrado, los toros no lo sabrán; por lo tanto, de-jémosle conservar solamente su honor y olvidemos su rango. Ni heleno ni minoano, ni encumbrado ni humilde; no, ni siquiera hombres y mujeres. Las muchachas tendrán que conservarse vírgenes o perderán la vida. Cualquier hombre que olvide esto viola su juramento. Pronto todos seremos danzarines de toros, tanto los hombres como las muchachas. Como no podemos ser más que camaradas, juremos no ser me-nos.

Los hice formar un corro, mientras la sacerdotisa cretense se metía entre nosotros para cerciorarse de que nadie se levantaba las faldas. Luego les hice jurar en firme; porque dadas las circunstancias, sólo nos unía el infortunio. Después tenían mejor aspecto, como toda la gente asustada a la cual se le da algo que hacer.

—Ahora somos hijos de un mismo linaje —dije—. Necesitamos un nombre.

Mientras yo hablaba, Crisa elevó al cielo sus grandes ojos y oí una exclamación. Una fila de grullas, con los largos pescuezos estirados y batiendo el aire con fuerza, cruzaba entre las islas.

—Mirad —dije—. Crisa ha visto un augurio. Las grullas también son danzarinas; todo el mundo cono-ce la danza de la grulla. Seremos las Grullas. Y ahora, antes que cualquier otra cosa, vamos a encomen-damos al eterno Zeus y a la Madre. Debemos compartir también nuestros dioses para que nadie se sienta agraviado. Melanto, tú invocarás a la diosa; pero no habrá misterios femeninos. Las Grullas lo comparten todo.

A decir verdad, no me molestaba darle una prueba de respeto a la Madre Día; a ella no le gustan los hombres que gobiernan; y yo sabía que en Creta no tenía a nadie por encima.

—Bueno —dije después—. Seguimos en consejo. ¿Quiere hablar alguien? —El gallardo mozo cuyo semblante me resultaba conocido alzó la mano. Entonces recordé dónde lo había visto: lustrando un arnés en el establo, mientras esperaba a mi padre. Sin mirar a los eleusinos, quienes, por ser de la guardia, eran de ascendencia divina, di un mazazo y le dije—: Habla, Hipón.

—Señor —preguntó—, ¿es verdad que nos sacrificarán al toro? ¿O tendrá que atraparnos él mismo?

—También a mí me gustaría saberlo —dije—. ¿Puede alguien decímoslo? —Esto fue un error. Todos empezamos a hablar a la vez, salvo la silenciosa Hélice, y, cuando les hice usar la maza, las cosas no mar-charon mucho mejor. Salieron a relucir todos los cuentos de viejas: dijeron que nos amarrarían a los cuer-nos del toro o nos arrojarían a una caverna donde el toro se alimentaba de carne humana; y hasta se contó que era un monstruo, un hombre con cabeza de toro. Se asustaban mortalmente unos a otros. Di una voz para reclamar silencio y alargué la mano, reclamando la maza.

—¿A cuántos de vosotros os asustaron con esos cuentos cuando erais niños para haceros callar? —Varios se mostraron confusos—. Cualquiera creería, a juzgar por vuestra manera de divagar, que todas esas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo. Pero si una es cierta, todas las demás han de ser falsas. Hipón es el único sensato: no lo sabe y sabe que no lo sabe. Tenemos que descubrirlo y dejarnos de conje-turas. Quizá yo consiga hacer hablar al capitán.

Los atenienses no comprendían por qué yo pensaba así y se mostraban asombrados, sobre todo las muchachas. A los eleusinos les dije, en la jerga de la guardia:

—Si alguien se ríe, le rompo los dientes.

Ellos sonrieron y replicaron:

—Buena suerte, Teseo.

Me fui a la borda y me quedé allí, pensativo. Cuando el capitán apareció, lo saludé. Luego, él hizo una seña y los guardias me dejaron subir al puente. El cretense despidió al niño negro que estaba sentado a sus pies y me ofreció su escabel Como yo suponía, sólo se había contenido por temor a ser insultado en público. Nuestras personas eran sagradas y no habría podido vengarse más que chasqueando el látigo.

En cuanto a hacerlo hablar, habría sido tan difícil acallarlo como a un viejo guerrero que rememora las batallas de su juventud. Era lo que llaman en Creta un hombre de mundo. No existe ninguna palabra helena que exprese lo mismo: significa ser algo más que un caballero y algo menos. Esa gente estudia la danza del toro como un arpista las viejas canciones. El cretense seguía hablando cuando le anunciaron la cena y, por su gusto, me habría invitado a compartirla. Dije que los otros me matarían, con toda seguridad, de verme recibiendo favores, y me alejé; anochecía y yo sólo deseaba saber algo sobre la danza del toro.

Volví con las Grullas. Mientras compartíamos la olla común, todos acercamos las caras.

—Bueno —dije—. Tenías razón, Hipón: el toro tiene que atraparnos. Pero antes somos nosotros quienes debemos atraparlo: separarlo de la manada y encerrarlo. Puedo deciros tanto sobre la danza del toro como cualquiera que no la haya visto. Por lo pronto, antes de bailar, todos seremos sometidos a tres meses de aprendizaje.

Estaban resignados a morir en cuanto tocáramos tierra. Tres meses eran para ellos tres años; se hubiera podido pensar que yo se los regalaba.

—Viviremos en el palacio de Cnosos, la Casa del Hacha, sin salir jamás de allí. Pero a juzgar por lo que dice el cretense, el edificio es enorme y muy antiguo; tiene unos mil años, dice él. Como si alguien pu-diera contar tantos. Dice que Poseidón vive debajo del palacio, en el fondo de una caverna, bajo la forma de un gran toro negro. Nadie lo ha visto nunca, porque está a demasiada profundidad; pero cuando sacude la tierra, brama. Leuco, así se llama el capitán, lo ha oído personalmente y dice que no hay ningún sonido en la tierra que sea ni la mitad de espantoso. Y sus hazañas en Creta han sido del tenor de su voz. Dos o tres veces, en otros tiempos, ha derrumbado el palacio hasta los cimientos. Por lo tanto, es un dios de cuidado; y así es como empezó la danza del toro.

»Leuco dice que el sacrificio se remonta a los orígenes mismos, a los primeros hombres de la tierra que hicieron espadas de bronce. Entonces era algo tosco y simple; sencillamente, metían a un hombre en el foso del toro para que el animal lo corneara. Pero a veces, si el hombre era ágil, lo esquivaba durante algún tiempo, con lo que ellos se divertían porque eran unos bárbaros. Y así transcurrió el tiempo y fueron asimi-lando la civilización de Egipto y de los hombres de la Atlántida que huyeran al este de la ira de Poseidón. Ahora se han convertido en los mejores artífices que existen; no sólo para hacer vasijas, joyas y casas, sino también para la música, los ritos y los espectáculos. Desde tiempos inmemoriales, han estado elaborando la danza del toro. Primero agrandaron el foso y pusieron más víctimas, para que la persecución se alargara antes de que muriese alguien. Al resto lo traían la vez siguiente; pero cuanto más vivían, más habilidad ga-naban para esquivar, hasta el punto de que a veces el toro era el primero en cansarse y entonces decían que el dios estaba satisfecho por ese día. Por eso, los diestros y veloces vivían más tiempo y enseñaban su arte a los demás. Y así siguieron, agregando cada generación algún adorno al espectáculo; todos los hom-bres persiguen los honores, incluso los condenados a muerte. No bastaba con esquivar los cuernos; había que convertir aquello en una danza airosa y no mostrarse nunca nervioso o asustado, sino jugar con el toro como si se lo amara. Y entonces, dice Leuco, llegó la edad de oro de la danza del toro. Suponía tanto honor ejecutarla que los más nobles y valerosos jóvenes cretenses lo hacían por amor, para ganar fama y honrar al dios. Ésa fue la época de los primeros grandes saltarines de toros, la época a la que se refieren las can-ciones. Sucedió hace mucho, y ahora los jóvenes señores y las damas tienen otros pasatiempos. Pero, para no renunciar al espectáculo, buscaron esclavos y los adiestraron. Hoy mismo, dice Leuco, el danzarín de toros tiene cierta aureola de gloria. Si logra salvarse, sienten una inmensa consideración por él.

—¡Ay! ¡Ay! —gritó la llorosa Néfele, golpeándose el pecho como si estuviera en unos funerales—. ¿Tendremos que sufrir todo eso antes de morir? —Yo no había terminado mi relato, pero me pareció prefe-rible no hacerlo.

—Aunque te deshagas en lágrimas, eso en nada te ayudará — dije—. Así que ¿para qué llorar? Cuando yo era niño en mi país, jugábamos con los toros para divertirnos y aún estoy vivo. No olvidéis que sólo escogen a los aptos. Si aprendemos la danza, quizá vivamos lo suficiente para escapar.

—Teseo —dijo Melanto—, ¿cuántas...?

—Vamos, déjalo comer —la interrumpió Amintor.

Ella le preguntó en tono desabrido si había olvidado sus buenos modales en Eleusis. Habría tolerado aquella actitud en un ateniense; pero a las muchachas minoanas no les gusta que sus hombres las traten con superioridad.

—¿Qué decías? —pregunté—. Puedo comer y escuchar.

Melanto le volvió la espalda a Amintor y preguntó:

— ¿Cuántos bailan a la vez?

—Catorce —contesté—. Siete hombres y siete mujeres.

—Entonces formamos un equipo —dijo ella—. ¿O nos mandarán de un lado a otro a medida que va-ya muriendo la gente?

—Eso habría que saberlo —dije. Era algo que me había preocupado en todo momento; confiaba en que esa pregunta no se le ocurriría a nadie más—. No me atreví a preguntárselo al capitán; habría pensado que estábamos planeando algo y nos hubiera separado. Reflexionemos sobre el asunto.

Yo nunca había pensado bien con el estómago vacío; de modo que comí y pensé. Por fin dije:

—Hagamos lo que hagamos, los cretenses se divertirán; eso lo sabemos. Por lo tanto, debemos hacer algo que les haga creer que somos un equipo digno de ser conservado. Pues bien... ¿Qué haremos y cuándo lo haremos? Al bajar a tierra, quizá no se nos presente la oportunidad. Pero aquí, a bordo, nadie importante lo vería. El tal Leuco quizá sea un pez chico en Cnosos, a pesar de todas sus ínfulas. Por lo tanto, hay que meditarlo.


Menestes de Salamina, el joven flaco y de rostro bronceado cuyo padre poseía barcos, habló por pri-mera vez: —Creo que podríamos hacerlo al entrar a puerto. Como los fenicios, que siempre entran cantan-do y bailando.

Le di una palmada en el hombro.

—¡Has respondido a ambas cosas al mismo tiempo! Sí, tenemos que bailar para ellos todos juntos.

Pero entonces las muchachas atenienses empezaron a chillar como una camada de cochinillos. Dije-ron que nunca, nunca habían bailado con hombres; que de saberlo se morirían de vergüenza sus padres y que bastante tenían ya con perder la vida para que tuviesen también que perder su honra. Néfele fue quien las acaudilló.

Yo estaba harto de su recato, que ella nos recordaba con demasiada frecuencia. —Cuando hayas terminado, mira cómo viste el capitán —le dije.

Leuco estaba sentado, lo cual ocultaba su mínimo taparrabos; parecía totalmente desnudo, sólo con sus botas y joyas.

—Como está vestido él, así vestirás tú cuando bailes la danza del toro en presencia de diez mil cre-tenses —agregué—. Y si no te gusta, pídele que cambie de rumbo y te lleve a tu país.

Néfele profirió un gemido. La miré y se lo tragó.

—Y ahora bailaremos la danza de las Grullas —dije yo.

—Pero es una danza para hombres —dijo Rene, con los ojos muy abiertos y tragando saliva.

Me levanté y dije:

—Desde ahora, es nuestra danza. ¡En fila! —Así que bailamos la danza de las Grullas en la estrecha cubierta y bajo el ardiente sol. El mar estaba azul oscuro, como un bronce recubierto de esmalte en la fra-gua; las islas parecían de color púrpura ahumado u oro polvoriento. Al volver la vista, la fila parecía una guirnalda trenzada, de brazos blancos y morenos entremezclados con los colores del cabello revuelto. Bai-lábamos, cantábamos. Brillaban los ojos y los dientes de los negros, que ocupaban el centro de la nave y marcaban el ritmo con sus escudos listados; el timonel observaba con la mano sobre la caña del timón; el piloto, desde el espolón, y en el puente, con el negrito acurrucado a sus pies, el capitán jugaba con su collar de cristal y arqueaba las cejas.

Por fin nos desplomamos sobre la cubierta, jadeantes y sonrientes. Mirándolos a todos, pensé: «Esto marcha. Una jauría es algo más que todos sus perros por separado; lo mismo nos sucede a nosotros».

En realidad, hacía muchos años que no pasaba yo tanto tiempo con gente de mi edad. Con alguno de ellos, como Crisa e Hipón, me sentía lo bastante viejo como para ser su padre. No sólo era el mayor de todos, sino también el más alto, con la excepción de Amintor.

—Bueno —dije—. Eso hará que nos miren dos veces. No creo que sean muchas las víctimas que lle-guen bailando. Y el pueblo estará allí para verlo; así me lo ha dicho Leuco. Según parece, la gente apuesta sobre cual de los nuevos danzarines de toros durará más. Nunca he sabido de un sacrificio tratado tan a la ligera. Mejor para nosotros; ni siquiera sus dioses los tendrán en gran estima.

Nos dirigíamos hacia una isla, para descansar durante la noche. Era un hermoso paraje, con altas montañas tierra adentro, cuyas laderas estaban cubiertas de vides y florecientes árboles frutales. De un alto pico de cumbre roma surgía una fina estela de humo. Le pregunté a Menestes si sabía dónde estábamos. Me respondió:

—Esa es Caliste, la más bella de las Cicladas. Esta montaña está consagrada a Hefesto. Lo que ves es el humo de la forja del dios, que surge de la cumbre.

La tierra se fue acercando y me empezó a hormiguear la piel. Me parecía ver una claridad predesti-nada y santa, como la belleza del

caballo rey almohazado para el dios. Dije:

—¿Está enojado?

—No lo creo —replicó Menestes—. Siempre echa humo; los pilotos se guían por ese humo. Es el úl-timo puerto antes de llegar a Creta. A partir de aquí estamos en aguas libres.

—Entonces, tenemos que perfeccionar nuestra danza mientras quede luz —dije.

Bajo los fulgores del ocaso y con las antorchas después, bailamos en nuestro fondeadero del muelle; y la gente del puerto contempló el espectáculo boquiabierta, ya que sabía adónde íbamos. Como éramos jóvenes y sanos, nos reímos al verlos; los varones dieron saltos mortales; y de pronto la taciturna Hélice, que seguía callada, se dobló hasta hacer la rueda y se puso vertical sobre las manos.

—¡Vaya! —dije riendo—. ¿Quién te ha enseñado eso? ¡Lo haces tan bien como un saltimbanqui!

—¿Por qué no? —dijo ella, con tono desparpajado—. Es mi oficio.

No le dio importancia a que se le volvieran las faldas: debajo llevaba unos calzones con bordados de oro. Todos sus huesos parecían cartílagos; corría sobre las manos con la misma facilidad que sobre los pies. Los soldados negros, que habían formado un corro y se contaban largas historias en círculo, se levan-taron de un salto, señalándola y gritando: «¡Eh, eh!». Ella no les hizo caso; pero, salvo cuando bailaba, Hélice era muy recatada. Las saltimbanquis tienen que ser castas: no pueden trabajar cuando están grávi-das.

Por fin se detuvo, y entonces le pregunté por qué no nos lo había dicho antes. Bajó los ojos un instan-te y luego buscó los míos.

—Pensé que todos me aborrecerían por tener más posibilidades de vivir. Pero ahora todos somos amigos. ¿Tengo que bailar para los cretenses?

—¡Sí, loada sea la Madre! —dije—. Harás un número final del espectáculo.

Hélice dijo:

—Pero necesitaré a un hombre que me recoja en el aire.

—Aquí tienes siete: elige.

—Me he fijado en la danza. Tú eres el único lo bastante diestro, Teseo, y eso no sería decoroso.

—Díselo a los toros —repliqué—. Será una novedad para ellos. Vamos, enséñame lo que he de hacer.

No resultaba difícil. Hélice era liviana como una niña y bastaba con mantenerse firme. Cuando termi-namos, la muchacha dijo:

—Si fueras un hombre cualquiera, podrías ganarte la vida con esto.

—Todos tendremos que vivir de esto cuando lleguemos a Creta —respondí sonriendo.

Luego de hablar, alcé la vista y noté que los ojos de todos los demás me miraban fijamente, con de-sesperación. Pensé, como ocurre tarde o temprano cuando uno tiene gente a su cargo: «¿Qué ganamos con esto? ¿Para qué hacer nada?».

—¡Tened fe en vosotros mismos! —les dije—. Si yo puedo aprender, también podéis vosotros. Tened fe, nada más, y nos mantendremos unidos. Leuco dijo algo así como que los danzarines se ofrecían al dios en nombre de los príncipes y los nobles. Quizás un mismo señor nos escoja a todos. Demostrémosles, al entrar a puerto, que somos el mejor equipo que haya llegado a Creta. Somos el mejor equipo. Somos las Grullas.

Durante un instante guardaron silencio, sorbiéndome la sangre con los ojos como sanguijuelas. Lue-go, Amintor agitó la mano y gritó: «¡Viva!», y los demás lo imitaron. En ese momento sentí afecto por Amin-tor. Era altanero, indómita e imprudente; pero amaba su honor. Aunque le rompieran todos los huesos, no quebrantaría su juramento.

A la mañana siguiente, con las gachas del desayuno, dimos término a los alimentos traídos de nues-tro país. Se rompía así nuestro último vínculo con Atenas. Ahora sólo podíamos contar con nosotros mismos.




Teseo: El rey debe morir


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