Capítulo 10

Por la mañana volvió la vieja con sus ungüentos tibios. Yo había dormido como un tronco; la herida de la pierna se secaba bien y no era mucho más profunda que un arañazo. Los músculos que creí desga-rrados sólo estaban torcidos; lo que ahora necesitaba era moverme. Esa noche iría al santuario y descubri-ría si Ariadna estaba enterada de la muerte de Minos. Si habían cerrado la puerta del rey con llave, ella no tendría más remedio que reconocer que conocía el camino secreto. Pero, pensé, aunque Ariadna lo supiera, ¿qué podría hacer ella, o Périmo, o Alectrión, o ninguno de los que estábamos en la Casa del Toro? Quien-quiera que estuviese al tanto de la muerte de Minos sería acusado de haberlo asesinado. Pero, cada día que se prolongara nuestra espera, Asterión tendría más fuerza.

Después de hacer ejercicios durante un rato, me sentía bastante bien; pero todo aquello me agobia-ba. Estuve con las Grullas, Talestris y otro jefe de equipo, el joven Caso, del equipo de los Gavilanes, hijo de un pirata rodio y convertido en esclavo cuando ahorcaron a su padre. Todos estaban deseando entrar en acción y procuré animarme, avergonzado de sentirme tan abatido cuando no me pasaba nada. Al otro lado del patio los Delfines habían montado una pelea de gallos. El ruido cada vez mayor me taladraba la cabeza y estaba deseando que terminaran. Acabé por gritar, contra mi voluntad: —¡Que paren ese alboroto!

—¿Qué sucede, Teseo? —dijo la bondadosa Tebe—. ¿Te duele aún la cabeza?

—No —repuse, porque en ese instante comprendí lo que me pasaba—. Es un aviso. La tierra va a temblar de nuevo. Creo que no será gran cosa. Pero el ruido es malo cuando el dios está enojado. — Baja-ron la voz. Vi que Caso miraba las grandes vigas del techo y le flaqueaban las piernas.

—No parece que vaya a ser grave —dije. No sentía una gran opresión, sino sólo un cosquilleo Pero hacedlos callar y apartaos de las paredes.

Néfele se había acercado a la riña de gallos; el equipo acudió corriendo, mientras los gallos, librados a sí mismos, saltaban, se picaban y asestaban espolonazos; luego, se detuvieron con las alas encorvadas y aspecto preocupado, como si el dios los hubiese puesto también en guardia. Notaba una opresión en la cabeza y cualquier bagatela me enfurecía; una especie de alfileres me cosquilleaban los pies. En ese preci-so instante vino Áctor, a quien alguien, supongo, había informado del aviso.

—¿Qué te pasa, Teseo? —preguntó—. ¿Por qué no vuelves a la cama si sigues tembloroso, en vez de meter la discordia en la Casa del Toro? —Tuve tentaciones de pegarle.

—Apártate de esa columna —le dije en voz baja.

No podía levantar la voz. En el preciso momento en que él abría la boca para responder, la tierra tembló y trepidó, y una gran moldura de la cornisa de la columna se hizo añicos a su lado. En la cocina se rompieron cacharros; en el palacio, a cierta distancia, se oyeron gritos, chillidos y plegarias. A nuestro alre-dedor, los danzarines invocaban a los cien dioses de la Casa del Toro, los forasteros estaban tirados boca abajo, cubriéndose la cabeza; los amantes se abrazaban; y Áctor me miraba con la boca tan abierta que se le podían contar los dientes.

Oí algo que me llamó la atención y alcé la mano para pedir silencio. Grave y lejano, sentí aquello de que había oído hablar: el gran bramido ahogado del Toro de la Tierra en su caverna secreta. Todos los de-más ruidos se apagaron. Las manos de los amigos se buscaban. La tierra se serenó y el estrépito fue poco a poco extinguiéndose. Se me despejó la cabeza y pude hablar en voz alta.

—¡Esperad! —dije—. Mientras el dios esté aquí, le rezaremos.

Extendí la mano, con la palma hacia abajo, hacia la tierra.

—Sacudidor de la tierra, padre de los toros, tú nos conoces a todos. Somos tus hijos, los ternerillos que bailaban para ti. Has oído nuestros pies, has conocido el sabor de nuestra sangre en la arena del coso. Hemos tomado al toro por los cuernos; hemos saltado para ti y no hemos huido; te hemos brindado siempre un espectáculo. Aquí se ha obrado mal, pero no hemos sido nosotros. Nosotros vivimos en tus manos. Ayú-danos ahora, cuando tenemos necesidad.

Así oré; y los que no estaban en el secreto creyeron que pedía al dios que nos protegiera en el re-dondel. Pero el dios conocía mis intenciones. Sentí que mis palabras penetraban en el suelo, atravesando las losas de la Casa del Toro y las catacumbas, los escombros de los antiguos laberintos, la tierra virgen y la roca viva, hasta llegar a la sagrada caverna que ocupa el señor de las tinieblas bajo su forma de toro, con sus largos cuernos y tupidas cejas, con sus grandes ojos que brillan con fulgor enrojecido como las ascuas en la noche.

La Casa del Hacha se sumió en el silencio. En la Casa del Toro, la gente estaba quieta, mirándome y susurrando; luego, se reanudaron las conversaciones y los juegos prosiguieron, peleando los encrespados gallos y montándose de nuevo los saltarines de toros en la bestia de madera. En cuanto a mí, acabé por seguir el consejo de Áctor y me acosté. Pero cuando estuve en la cama, no me encontré a gusto; el jergón me resultaba incómodo y preferí estar de pie. Me levanté, estuve viendo la pelea de gallos y jugué a los cinco dedos con las Grullas. Pero me dolía la cabeza, como si no la hubiese despejado el terremoto; estaba apesadumbrado y percibía ruidos fugaces recorriéndome el cuerpo, y me pregunté si no tendría un acceso de fiebre. Me palpé la herida, pero no palpitaba ni ardía, y tenía la frente fresca. No había estado enfermo desde niño y no recordaba gran cosa de aquella experiencia. Pensé: «¿Me habrán envenenado?». Pero a ningún danzarín se le servía la comida en la Casa del Toro; tomábamos nuestra parte de la fuente común. No me dolían el pecho ni el vientre. Las piernas no me temblaban. Pero una especie de terror me recorría la piel y en mis ojos se mezclaba la luz con espesas tinieblas.

Llegó la cena y me puse a jugar con un hueso de camero; no quería que los demás saltarines me vie-ran rechazar la comida durante todo un día después de un revolcón en el redondel. Los criados retiraron las viandas y trajeron el vino, y los danzarines chismorreaban con ellos como era habitual en la Casa del Toro. Oí a medias su conversación sobre la fiesta de aquella noche: era luna llena de primavera y las mujeres bailarían en el Laberinto de Dédalo, a la luz de las antorchas. Pero la oscuridad no me abandonaba. Pensé: «Es la sombra de Minos quejándose del agravio. Yo soy para él lo más parecido a un hijo; quiere que lo entierre y lo ponga en condiciones de cruzar el río. Ten paciencia, pobre rey; no te he olvidado».

El flojo vino fue rotando. La gente reía. Yo me sentía irritado con ellos y me molestaba su alegría. Por las altas ventanas, se distinguía el cielo, rosado a causa del resplandor de las antorchas; oí que se reanu-daba la música de flautas y cuerdas, para mi fastidio. El viejo camarero que había servido las mesas de la Casa del Toro durante cincuenta años vino a retirar las jarras y Melanto le preguntó qué se decía sobre la muerte de Heracles. Me despabilé para escuchar.

El camarero respondió, en voz baja:

—A la gente, eso no le gusta. Les disgustó ayer y hoy más aún. Dicen que al toro le dieron una droga para ganar las apuestas. No dan nombres, no les parece prudente; sólo te mencionan a ti, Teseo, y afirman que tú les salvaste su dinero. Pero hoy dicen que esto no puede conducir a nada bueno. Dicen que el Toro de la Tierra no se estará quieto mientras le retuercen el rabo, aunque lo haga el hombre más grande del país. Desde entonces, ha habido dos terremotos; no hubo mayores daños, pero lo toman por un augurio. Y, además, lo del puerto.

Me levanté de un salto, diciendo: ¿El puerto? ¿A qué te refieres?

—A juzgar por el aspecto que tienes esta noche, deberías guardar cama —me dijo el camarero.

—¡El puerto! ¿Qué pasa en el puerto? De pronto, me sentía enloquecido; me daban ganas de arran-carle la respuesta zarandeándolo. Y sin embargo, algo en mi interior tenía miedo de la respuesta.

—¡Despacio, muchacho! —me replicó mi interlocutor—. No cabe duda de que te has llevado un buen revolcón. Yo no puedo presumir de haberlo visto, pero el mensajero que vino de Amnisos dice que el mar ha bajado media braza y todos los barcos han quedado varados. La gente cree que es un mal augurio.

La Casa del Toro giró sobre sí misma y se oscureció. Me acercaron a la boca una copa con vino y oí al viejo decir: —Te hará bien.

Yo estaba muy tieso junto a la mesa. Notaba en los labios el sabor del vino, dulce como la miel; a to-do mi alrededor había rostros que me miraban, con los ojos y las bocas muy abiertos. Tiré la copa y la oí romperse sobre las losas. Alguien me agarró, como si yo necesitara que me sostuvieran; me sentía tan in-grávido como el fuego. Tuve la sensación de que se me abría el cráneo y brotaban llamaradas azules; ja-deante, aspiré hasta llenarme los pulmones de aire y lo dejé escapar. Un grito que recordaba el aullido de un lobo resonó por toda la Casa del Toro, y aquella voz era la mía.

Los rostros se me acercaron, y también las manos y los brazos, que yo hacía por repeler. Había le-vantado el puño para volver a golpear cuando los ojos se me aclararon a medias y vi otros ojos enfrente. Era Crisa, con su cicatriz en la mejilla, colgada de mis hombros. Dejé caer el brazo y me oí jadear, mientras que el resto de cordura que me quedaba pensó: «Crisa ha seguido creciendo. Está tan alta como yo». Lue-go, la oí decir: —¡Teseo! Háblanos. Dinos qué te pasa. Tú nos conoces, Teseo: somos las Grullas. No va-mos a hacerte daño. Ya ves que somos los tuyos.

Luché contra el frenesí, aunque sentía que iba a acabar por despedazarme. De una manera u otra, debía mantenerme firme; sólo yo podía salvarlos. Y lo conseguí, aun temblando de pies a cabeza y temien-do que hasta el alma me estallaría y se perdería en las tinieblas. Y después de una lucha tan intensa que, en comparación, la lucha con el toro era un juego de niños, dominé mi locura y sentí que podía hablar. Pero antes tomé las manos de Crisa y las apreté con fuerza; parecían conectarme a mí mismo.

—Crisa —susurré—, llama a las Grullas.

Varias voces gritaron: «Pero si estamos aquí, mira». Yo no solté las manos de Crisa y mis ojos siguie-ron clavados en los de ella.

—¡Una advertencia! —dije.

Pero mis palabras habían brotado como el gemido de un moribundo y ellos exclamaron: —¿Qué?

—¡Silencio! —dijo Crisa sin alzar la voz—. Es el dios que hay dentro de él.

Ellos esperaron y volví a probar: —Es una advertencia. Grande y terrible. Se cierne como la sombra de una montaña; la he sentido en medio de todas las demás; se proyecta hasta muy lejos. Poseidón viene cargado de cólera, pisoteando las ciudades; nunca hemos conocido cólera semejante desde que nacimos. Todavía no. Pero pronto. El dios viene. Lo siento en el suelo.

Se oían voces ininteligibles en alguna parte; pero las manos de Crisa, manos de danzarina de toros, firmes y fuertes, retenían con calidez las mías y su voz dijo, con dulzura:

—Sí, Teseo. ¿Qué debemos hacer?

Hasta entonces tenía la sensación de no ser más que un caparazón en llamas, pero al oír esas pala-bras algo razonó dentro de mí. Y dije:

—Esta casa se derrumbará. Tenemos que escapar, o moriremos.

Parpadeé y meneé la cabeza, tratando de despejarla.

—¿Está aquí Talestris?

A mi lado, la grave voz masculina de Talestris dijo:

—Aquí estoy.

Repliqué: —Las armas; tienes que traer las armas.

Ella respondió:

—Mira, se están llevando a las muchachas para que se acuesten. La mayoría están ya encerradas. Sólo quedamos las últimas. —Ahora, reconocí la regañosa voz de la sacerdotisa.

—Las puertas las atrancan por fuera —dijo Talestris—. ¿Cómo vamos a volver?

Sentí vértigo, pero alguien me sostenía. Era Amintor, el eficaz receptor, tan atento como en el redon-del. Dije:

—¿Dónde están los mariquiticas? No podía elegir las palabras.

Hipón e Iro respondieron:

—Aquí estamos, Teseo. Sabemos lo que debemos hacer.

Supuse que se daban cuenta de que yo no los habría insultado en mi estado normal.

—Dadles a las muchachas el tiempo necesario para armarse. ¿Tenéis algo para regalárselo a la guardia? Talestris, ten las muchachas preparadas para atacar las puertas. No perdáis tiempo: si alguien os detiene, matadlo sin vacilar. Cuando vengáis, nos abriremos paso luchando juntos. Daos prisa, daos prisa. El dios ya se acerca.

Me interrumpí y se me escapó una exclamación entrecortada. Mantener a raya la locura era más difí-cil que sujetar a un jabalí con una lanza. En medio de la niebla, oí que la sacerdotisa prometía a las mucha-chas zurrarlas con una vara de abedul si no paraban de retozar con los mozos como rameras y se iban con ella.

Las muchachas se fueron a todo correr y las voces de los jóvenes me ensordecieron los oídos, haciendo preguntas a voces e interrogándose unos a otros sobre lo que yo había dicho; porque la mayor parte de ellos sólo habían oído un grito. Crisa se acababa de marchar y el ruido me torturaba; la advertencia se arremolinaba y bramaba dentro de mi cabeza o desaparecía, dejando un horrible y resonante vacío, que llenaba los pasos del dios al acercarse. La veneración y el terror que es natural que sienta el hombre ante los inmortales me aguijoneaban y espoleaban a huir para salvar mi vida. Y al mantenerme firme, la locura me consumía y la advertencia rebosaba los límites de mi cuerpo. Zarandeé a Amintor, me monté de un salto en la mesa, sembrada de copas de vino rotas, y grité: — ¡Viene Poseidón! ¡Viene Poseidón! Os lo digo yo, Teseo, yo, su hijo. ¡Han matado al toro sagrado y ha despertado el Toro de la Tierra! ¡La Casa del Hacha se derrumbará! ¡La Casa del Hacha se derrumbará! Entonces se inició un clamor que me atravesaba la cabeza como atroces lanzas ardientes. La gente corría de aquí para allá, invocando a sus dioses o a sus amantes, cogiendo sus joyas o las ajenas, tratando de huir o de detener a los que huían, luchando y forcejeando por los suelos. Sólo sentían el miedo a lo que yo les había anunciado. Incluso yo sentía miedo. Había tomado aliento para volver a gritar cuando, en medio del tumulto, me pareció oír en mi interior una voz débil y clara, semejante a la cantarina cuerda de un arco: «Reconócete a ti mismo. No olvides quién eres. Eres un hom-bre, un heleno».

Me detuve y comprendí que los que huyeran presa del pánico, sin armas, serían capturados dentro del Laberinto. Salté de la mesa al suelo, me lancé entre ellos y les grité, insultándolos y diciéndoles que esperaran. Pero en el mismo momento en que hablaba se levantó un intenso griterío en toda la Casa del Toro y entraron los dos guardianes de la puerta exterior. Debían de haber estado bebiendo en el cuarto de guardia, por ser festivo el día, y habían tardado en sentirnos: en la Casa del Toro siempre había alboroto y su misión se limitaba a custodiar las puertas. Ahora, vociferaban y contemplaban aquel espectáculo, pre-guntándose si todos se habrían vuelto locos. Estaban armados de pies a cabeza y tenían lanzas de siete pies.

Al verlos, casi me serené; pero aún me sentía mareado. Cuando me adelanté, oí que Telamón, siem-pre sensato, decía: —Los muchachos han estado bebiendo; alguien les ha dado vino sin agua. Sólo reto-zan.

Uno de los guardias dijo al otro:

—El preparador solucionará esto. Ve a buscarlo; debe de estar el salón de baile.

En ese instante se interrumpió y dijo:

—¿Qué es eso?

El ruido se acercaba cada vez más; era un griterío y unos chillidos como de gatos monteses a la luz de la luna. Irrumpió una horda de muchachas, con los brazos cargados de armas: arcos y dagas, carcajes y lanzas. En la vanguardia, con los brazos ensangrentados hasta el codo, iban Iro, con una falda de mujer y un chal, y Talestris, completamente desnuda, con su arco y su carcaj al hombro, y el cabello negro como el humo de la batalla flotando a su espalda. Las muchachas se habían puesto la escasa vestimenta del redon-del para que sus brazos y piernas tuvieran libertad para luchar; supongo que, con el forcejeo, a Talestris se le había caído el débil broche del cinto. Ella no le daba importancia; ese desdén es, entre las amazonas, el recato propio del campo de batalla.

Recorrían la Casa del Toro, dando gritos de guerra; a los guardias de las puertas les bastó con verlas para tirar el escudo y la lanza y huir. Pero tanto habría dado escapar de los perros de Artemisa. Los veloces pies de las muchachas los alcanzaron; una enmarañada masa de piernas y brazos esbeltos los envolvió; relampagueó el afilado bronce arriba y abajo. Cuando las muchachas se irguieron, dejando tirados los cuer-pos de los guardias, no eran las amazonas las únicas que llevaban los pechos salpicados de sangre.

Entonces, los hombres corrieron hacia ellas, reclamando armas, arrebatándoselas y gritando, pisando a los muertos que se hallaban a su paso. Y todo lo que quedaba de mío dentro de mí estaba enfurecido contra el pánico que yo mismo había provocado. Mi propósito había sido planear nuestra fuga como una guerra, con cautela y frialdad, y a la hora convenida con nuestros amigos del exterior. Pero los hombres no alcanzan a ver tan lejos como los dioses. Casi me enloquecía mi tropa de dementes y lo único que com-prendía con claridad era la cólera del dios que se concentraba y rezongaba, como se espesa el aire antes de la tormenta. No obstante, dentro de mi alma había un alma libre de locura, que se mantenía ajena y su-surraba: «Eres el rey. Recuerda tu moira. No te pierdas: eres el rey».

Me oprimí la frente con las manos. Cubriéndome los ojos, oré a los dioses del cielo, al rey Zeus y a Apolo, que mató la serpiente, para que me inspirasen cómo salvar a mi gente. Luego, miré a mi alrededor. No me sentía mucho mejor; pero me contestaron, porque supe que podía hacer lo que debía.

Me alcé frente a la multitud y grité, reclamando silencio, y mi voz era la de siempre. Y la multitud me prestó atención y todos se quedaron quietos, y los más cuerdos calmaron a los enloquecidos. Luego, oí a lo lejos, en la terraza norte, el sonido de las flautas y las cuerdas; porque todo había sucedido muy de prisa desde que di el primer grito.

Anduve entre ellos, indicando a quienes les sobraban armas que las compartieran con los que no te-nían y pensando sobre adónde podíamos ir. Yo conocía todos los caminos que llevaban desde la Casa del Toro al interior del Laberinto, pero ésos no servían ahora; debíamos llegar a campo abierto, salvando las murallas, y pronto, pues el terror acumulado estaba a punto de hacerme estallar la cabeza.

Sólo había una solución: tomar por asalto las puertas exteriores de la Casa del Toro, que nunca habíamos visto abiertas; parecían llevar cerradas y atrancadas cien años. No sabíamos si estaban custo-diadas, o incluso tapiadas, por el otro lado; no había llave. Era necesario forzarlas.

Busqué con los ojos un ariete. Los bancos y las mesas eran mas livianos que las puertas; habría que golpear mucho rato y armar gran estrépito. El tiempo pasaba, el dios se iba acercando cada vez más. En-tonces vi el toro de Dédalo, con su base de roble montada sobre ruedas macizas y sus cuernos de bronce.

Entre todos, lo pusimos contra la puerta. Luego, hincando los hombros y empujando todos a la vez, lo movimos hasta hacer que corriera. La plataforma chocó contra las puertas; éstas se estremecieron y raja-ron, abriéndose de golpe con violencia. Las cruzamos corriendo, precedidos por el toro, y penetramos en un pórtico sostenido por columnas; a la luz de la luna, vimos unos frescos estropeados. La Casa del Toro debía de haber sido un salón de gala en otros tiempos. No había guardia.

Rebasamos a trompicones la gran columnata roja y bajamos por la escalinata. Ante nosotros había un jardín lleno de maleza, con altos cipreses negros; más allá, luz de antorchas y música. Ahora que está-bamos en el exterior, el ruido era fuerte y frenético, con estruendo de címbalos, y comprendí por qué única-mente la guardia había oído nuestro alboroto. Cuando cruzamos a la carrera el jardín y llegamos a tres o cuatro tiros de lanza de las murallas, oí que las Grullas lanzaban gritos de alivio a mi alrededor. Pero yo estaba más tenso que una cuerda de lira porque sabía que el dios se acercaba.

Miramos a nuestro alrededor, con las armas empuñadas. Amintor dijo a mi lado:

—¿Dónde están todos los cretenses? Cuando esto empezó, habría criados en la Casa del Toro.

Alguien dijo:

—Los vi escapar corriendo. Supongo que los demás están viendo la danza de las mujeres.

Me golpeé la cabeza con la mano. En realidad, la locura del dios me dominaba por completo. Desde que se apoderara de mí no le había dedicado un solo pensamiento.

En el jardín se olían fragantes perfumes primaverales. A nuestras espaldas, la gran mole del Laberin-to, radiante a la luz de las lámparas, se erguía contra el fondo de un cielo veteado de nubes por el que la luna y las estrellas avanzaban como barcos empujados por el viento. Ante nosotros, las copas de los cipre-ses se inclinaban sobre el rosado resplandor de las antorchas. Las manos, los tambores y los címbalos redoblaban, chillaban las flautas y mil voces cantaban. Y aquello me horrorizaba; porque en el centro estaba la hija de Minos, la señora del Laberinto, pateando con sus piececitos la airada tierra, escuchando con sus oídos los caramillos y las liras, pero sorda a la voz del dios y a su advertencia. El cielo me oprimía la cabeza con su movediza luna y todas sus estrellas, tan opresivo como el túmulo funerario de un rey. Bajo mis pies, la tierra enviaba escalofríos de temor a través de mis sandalias, estremeciéndome el vientre y los ijares.

—Amintor —dije—, Talestris, Caso. No os separéis. Esperad ahí, en el bosquecillo. Ocultaos en la maleza. Y no os mováis; va a ocurrir muy pronto. No tardaré en volver; rezadle al dios y esperad.

Me hicieron preguntas, pero no había tiempo.

—Esperad —dije, y corrí hacia las antorchas.

Me acerqué por detrás a la multitud, sin llamar la atención. Altas graderías de madera cercaban la pista por tres costados; el cuarto estaba abierto, pero lo bloqueaban hombres de pie. Había campesinos cretenses; no muchos, pero yo tenía otras cosas en qué pensar. Acababa de oír levantar el vuelo a las pa-lomas del palacio y todos los pájaros diurnos abandonaron gorjeando sus lugares de reposo. Sentía el alien-to del dios junto a mi cuello, tan cerca que no temía ni a los cretenses ni a los helenos, ni a los hombres ni a las bestias, sino solamente su advenimiento.

Los cretenses me dejaron pasar. Estaban habituados a que los apartaran los hombres rubios. Algu-nos me conocían y gritaron mi nombre, sorprendidos. Llegué a la albardilla que rodeaba la pista de baile, la salté y miré a mi alrededor, buscando con los ojos a Ariadna.

Mil antorchas se mecían al viento sobre altos postes. Me sentí inundado de olores a brea quemada y a polvo, a flores, perfumes y carne tibia. Vi ante mí el gran laberinto pavimentado de Dédalo, con su mágico dibujo de piedras negras y blancas incrustadas, y las amplias graderías, lisas y brillantes entre las colum-nas, donde había un público engalanado para la fiesta. Las mujeres estaban sentadas, con sus muñecos cubiertos de joyas en los brazos. En los bordes de la pista se hallaban los instrumentos musicales, los tam-bores y las cítaras, los címbalos y las arpas egipcias, y los caramillos, desde los aulos hasta la pequeña flauta de marfil, cuyo hermoso sonido revolotea como la lengua bífida de las culebras. La música atacó es-tridente, hiriendo el mortal silencio en que acechaba el sombrío dios. Y en el centro de la maraña, a lo largo del sinuoso trecho de mármol blanco, con los cabellos y las faldas y las joyas balanceándose, con los bra-zos entrelazados y los delgados talles meciéndose al compás, había una guirnalda de mujeres que ondula-ba y se retorcía, como una serpiente de la casa que muda la piel de invierno para renacer. Aquella guirnalda se dobló y avanzó hacia mí. Y vi el semblante de Ariadna, alegre y radiante, sin ningún temor, ni la menor sombra, encabezando la danza.

La vi; y todo mi cuerpo y toda mi alma, flagelados por la cólera del dios y mortalmente agobiados, an-siaron su pecho y sus tibios brazos como el niño que busca en su madre refugio contra los terrores de la oscuridad. Salté del parapeto al piso escaqueado; y en el preciso instante en que saltaba, oí la poderosa voz del dios gritándome: «¡Ya estoy aquí!»

La tierra trepidó bajo mis pies, crujiendo y temblando. Las lajas de mármol sobre las que corría se la-dearon y caí sobre las manos y las rodillas. Se oyó un gran estruendo y un bramido, después alaridos y el crujir de madera al agrietarse. Mis dedos se agarraron al pavimento, que se movía como un ser vivo; me vi bamboleado y arrojado de aquí para allá cuando el sólido piso de Dédalo se abrió como si fuera agua y comenzó a ondularse. Allá abajo, a gran profundidad, perforando la gimiente tierra con sus grandes cuernos negros, el Toro de la Tierra atronaba y bramaba con más estrépito que los gritos de terror, con más es-truendo que las columnas, el suelo y el muro al desplomarse.

Alguien a mi lado sollozaba y gritaba como una mujer al parir. Los sollozos me produjeron convulsio-nes: eran míos. Yo había estado preñado de aquella tremenda fatalidad; ahora era como si la hubiese pari-do, desgarrándoseme el cuerpo y pasando por los sudores de la agonía. Cuando el mármol roto se aquietó debajo de mí, lo aferré, trémulo y jadeante. A mi alrededor, las cosas que el hombre había sacado de la tierra volvían a ella, conmovidas hasta sus cimientos por el encolerizado dios. De las graderías destrozadas brotaban gritos y lamentos; del palacio, llegaron salvajes aullidos de perros y de mujeres, chillidos de niños enloquecidos por el dolor y el miedo, de hombres que se llamaban unos a otros o pedían socorro, mientras se derrumbaban los bloques sueltos. Yo yacía en medio de aquel estrépito infernal y me sentí anegado por una extraña y vacía bienaventuranza. Porque había echado al mundo mi advertencia. La gran mano del dios ya no me oprimía como antes, su locura había abandonado mi cabeza. Estaba fatigado, magullado y teme-roso, pero ni más ni menos que un hombre. Mientras los pies que huían tropezaban conmigo y la más gran-de de las casas reales se desmoronaba a mi alrededor, suspiré con gran alivio; casi me pareció que podría dormir.

Alcé la cabeza. El viento me lanzó polvo y arena a los ojos; una mujer pasó despavorida por mi lado, gritando, con las faldas en llamas. Entonces recordé por qué estaba allí y me levanté. Me sentía dolorido y afligido, como después de un gran revolcón en el ruedo; pero el vértigo se había disipado y tenía la cabeza clara. Miré a mi alrededor.

La pista de baile parecía una playa donde han embarrancado los restos de un naufragio. Las ebrias antorchas estaban inclinadas en los postes o incrustadas en el suelo; las lajas, ladeadas, sembradas de restos de guirnaldas y arpas pisoteadas, de zapatos, chales y abanicos ensangrentados, de muñecos rotos y de desechos. Las graderías caídas trepidaban de gritos y blasfemias, y crujían las maderas. Había fuego en el sitio donde cayera una antorcha. Y en el centro del caos, juntos y encogidos, con el mismo pánico de los pájaros que se acurrucan cuando hay tormenta, vi a los danzarines.

Corrí hacia ellos, sorteando restos e inmundicias. Algunos estaban arrodillados y se golpeaban el pe-cho; otros se tambaleaban, cubriéndose el rostro mientras gemían, y aún estaban los que agitaban los bra-zos, llamando a sus compañeros. Pero en medio vi a una muchacha sola, de ojos fulgurantes y desquicia-dos, silenciosa, que miraba en derredor. Era mía y me buscaba a mí; sabía, contra toda lógica, que yo ven-dría por ella.

La alcancé y la así. Sus brazos me estrecharon, su rostro se lanzó hacia mi cuello, su pecho se apre-tó contra el mío, jadeando y con el corazón palpitante. La alcé en vilo y corrí con ella, abriéndome paso en-tre los cuerpos caldos que gemían, las antorchas que crepitaban, las flores pisoteadas, sin fijarme en dónde ponía los pies. Entramos así en los jardines, donde nos pincharon las espinas de las rosas mientras huía-mos. Luego, la tierra era blanda y había flores primaverales de penetrante fragancia. La dejé en el suelo.

No me había movido otro pensamiento que el de salvarla. Pero los hombres son como las pajas en un torrente cuando los poderosos dioses campan por la tierra. Descubrimos entonces qué se quiere decir al afirmar que el sacudidor de la tierra es el esposo de la Madre. Nos tendimos un instante, mirándonos fija-mente en silencio, abrazados y con la respiración entrecortada; luego, caímos el uno sobre el otro como se aparean los leopardos en primavera.

Aquella pasión, al haberla inspirado el dios, era curativa. La tierra estaba húmeda y perfumada; la ira de Poseidón había removido sus aromas como la azada del jardinero, pero ahora era un lecho tranquilo y acogedor. Allí yacimos, seguramente poco tiempo, cobrando fuerzas del pecho de la Madre Día. Luego nos levantamos, dando traspiés. Ella me miró, con los ojos aturdidos y bañados de lágrimas, y exclamó: —¡Mi padre!

—Ha muerto —le respondí—. Tuvo una muerte rápida y amable. —Ariadna estaba demasiado aturdi-da para preguntarme cómo lo sabía.

—Tendrás que llorarlo más tarde, amiga mía. Mi gente me espera, vámonos.

Nos sacudimos la tierra de las ropas y la conduje de la mano. Cuando salíamos del jardín, poco nos faltó para no caer sobre una pareja que yacía como nosotros momentos antes. No nos prestaron atención. Luego, llegamos frente al Laberinto y vimos lo que había hecho el dios.

Donde antes estuvieran las gradas y las terrazas, elevando sus altivos cuernos al cielo, sólo se veía un perfil quebrado, tan irregular como las rocas de la montaña. Las columnas de los peristilos se habían desmoronado, las ventanas antes suavizadas por la luz de las lámparas eran negras cavernas vacías o parpadeantes ojos de fuego. Entre los destrozados pórticos y los arcos, cuyos balcones se habían derrum-bado, se veían las llamas del aceite de las lámparas derramado por el suelo, que habían prendido en las cortinas y los doseles, devorando la madera de las camas y sillas, y de los cabrios caídos, bramando y cre-pitando, avivadas por el vendaval.

Pasaban mujeres junto a nosotros, huyendo y lloriqueando. Una de ellas llevaba colgada del cuello a una niña llamada Fedra. Ariadna las llamó, pero siguieron corriendo sin prestarle atención. Me precipité al lugar donde había dejado a los danzarines de toros.


Todos estaban allí. Algunos invocaban aún al dios, como yo les recomendara. Nos vieron y acudieron a toda prisa. Ahora, el bosquecillo estaba iluminado por el resplandor del incendio y vi salir del follaje, tam-baleándose, a quienes la Madre Día había herido con el deseo. Muchos empezaron a gritar que yo había vuelto y corrieron a tocarme; en realidad, Amintor incluso me abrazó. Todo esto me pareció natural, dadas las circunstancias. Todos habían salido ilesos del terremoto, salvo las magulladuras que se hicieron al tirar-se al suelo.

—El dios ha oído nuestras plegarias —les dije Ahora, iremos a Amnisos y nos apoderaremos de un barco para ir nos cuando cese la tormenta. Pero antes, ¡mirad! Ésta es la señora, la hija de Minos, salvada de la cólera de Poseidón. Ayudadme a cuidar de ella; será mi esposa. Miradla bien y reconocedla. Aquí la tenéis.

La subí sobre mi hombro; en la Casa del Toro uno aprende a hacer esas cosas. Quería asegurarme de que todos conocieran su rostro, por temor a que Ariadna se perdiera en el tumulto o la raptaran los jóve-nes; eran momentos de locura. Por eso la alcé, como se alza la bandera para que la vean las tropas y la recuerden.

Todos profirieron vítores. Me asombró que tan pocas bocas pudiesen hacer tanto ruido. Y entonces, a la luz que irradiaban los incendios, vi que los senderos y los parques negreaban de cretenses. Avanzaban como enjambres y trepaban por las laderas, huyendo de los espacios abiertos para escapar a la cólera de Poseidón. Los servidores de la Casa del Toro habían oído mi advertencia y corrían a prevenir a sus amigos. En todo el palacio, cada cretense avisaba a otro cretense; los criados abandonaron las escobas y las vasi-jas, las lámparas y los trinchantes, para huir. No se tomaban a los dioses tan a la ligera como los cortesanos del Laberinto.

Habían huido y vivían. Ahora, veían en ruinas la orgullosa casa de Minos, donde conocieran pesadas tareas y escaso aprecio. Veían las puertas destrozadas, los arcones y los armarios hechos ciscos, despan-zurrados de sedas y objetos de oro; las tinajas de vino volcadas y, caídas de las mesas, las vajillas y las preciosas copas y los jarros que llenaban y acarreaban, siempre para labios ajenos.

Por eso se habían arrastrado hasta allí cerca, proponiéndose ser los herederos de Labris. Luego, en el preciso instante en que llegaban a la terraza superior, levanté a la diosa terrenal para que la vieran.

Ariadna representaba para ellos las plegarias que había atendido el rey Minos; los oráculos que en-dulzaran su áspero pan con el misterio y la esperanza; era la pequeña diosa de cuyo alumbramiento se avergonzaba la altiva y rubia Pasifae. Pertenecía a los cretenses, era su participación en las glorias del La-berinto, el corazón y el meollo de la antigua religión, lo más próximo a la Madre, la que acoge a los hombres contra su pecho y los calma como a niños maltratados por la cólera paterna. Era la triple santa, la más pura, la guardiana de la danza; y al verla, recordaron el sacrilegio cometido ante ella en el redondel, el que había despertado al Toro de la Tierra y lo había impulsado a asolar Creta.

Se agolparon a nuestro alrededor, rugiendo como el mar. Habían visto quién la sostenía y recordaron los oráculos, el anillo del muelle y la advertencia que los hiciera salir corriendo del palacio. Algunos empeza-ron a lanzar gritos nupciales, a dar alaridos y a bailar. Pero en su mayoría señalaban el palacio, agitando los puños o esgrimiendo palos y cuchillos. Mientras empujaban, arrastrándonos con ellos, una voz aulló:

—¡Muera el Minotauro!

Y cien voces le respondieron:

—¡Muera!

Amintor y Telamón se colocaron a mis flancos, impidiendo que los brazos de aquella gente me alcan-zaran. Entre los tres sosteníamos a la señora; no nos atrevíamos a dejarla en el suelo, por temor a que la tumultuosa muchedumbre la pisoteara. Al acordarme de las graderías hundidas junto a la pista de baile, pensé que había diez probabilidades contra una de que Asterión hubiese muerto; me irritaban todos aque-llos obstáculos y sólo pensaba en la manera de poner a salvo a mi gente. Y entonces, de improviso, igual que se habían propagado las llamaradas de aceite por los suelos del palacio, sentí que una llama saltaba de los cretenses a los danzarines de toros que me rodeaban. Y de esa llama cayó en mi alma una chispa y estalló para convertirse en un fuego avasallador.

Pensamos en nuestros hogares lejanos, en el llanto de nuestros padres cuando nos arrancaran de su lado; algunos teníamos por entonces novia; otros estábamos prometidos; muchos, enamorados de algún arte o de la buena tierra paterna, y también los había dedicados a alcanzar la fama. Nos veíamos alejados de todas esas cosas, de los lugares y las costumbres de los nuestros, para morir sirviendo de diversión en el pintado Laberinto. Recordamos a los altaneros emisarios que reclamaban el tributo y trataban con desdén a nuestro pueblo. Pero los que ahora éramos danzarines de toros hasta la médula recordábamos, antes que nada, cómo había comerciado Asterión con nuestro valor y nuestra sangre. Los dioses eran poco respeta-dos en la Casa del Hacha; pero nosotros procedíamos de lugares donde se honraba a los dioses. A pesar de ser esclavos, éramos orgullosos, éramos los ternerillos de Poseidón. No queríamos ser el ganado de ningún hombre.

Por encima del vocerío de los cretenses, resonó el grito de batalla de las amazonas. Más cerca, junto a mis oídos, Amintor y Menestes vociferaban, lo mismo que en el istmo y al tomar por asalto el promontorio de Sunio.

—¡Ares Enialio! ¡Bah-bah-bah-bah! ¡A-y-ay-ay Teseo! ¡Teseo! ¡Teseo! Eché atrás la cabeza y di el grito de guerra.

Comenzamos a movernos con más rapidez. Recordé mi zambullida en el fango del puerto, cuando me había arrastrado entre los restos de los barcos en busca del anillo. Recordé cómo me había comprado Asterión, cual si fuera un caballo, después de haberlo desafiado yo como guerrero; cómo me había exhibido en sus fiestas, lo mismo que a un perro titiritero; cómo me había hecho cantar. Y me dije: «¡Que se atreva a morir antes de que llegue yo! Espera, Minotauro, espera. ¡Espera al joven de tierra firme con polainas de cuero, al joven de los toros que sólo sabe dar saltos mortales! ¡Ares el del grito de batalla, padre Poseidón, reservadlo para mí!».

Sentía los dedos de Ariadna, agarrados a mi pelo, mientras le abríamos camino. Enseguida llegamos a las literas que trasladaran a los nobles a la pista de baile; la instalamos en una y los cretenses levantaron las varas. Cuando Ariadna se elevó por encima de la multitud, miré para ver si estaba asustada; pero se inclinaba hacia delante, aferrada a los brazos de la silla, con los labios entreabiertos como si sorbiera el viento.

Se oyó un estruendo como el de las nieves primaverales cuando resbalan montaña abajo; pero era algo que ascendía y se trataba de fuego. Las llamas habían ido a dar con un depósito de aceite. Cuando chocaban con el aire de la borrasca, se aplastaban y enfilaban hacia el norte. Aquella enorme antorcha ilu-minaba la Casa del Hacha como la luz del día y vi que un bloque del edificio aún seguía intacto. Era el ala de poniente, donde la gran escalera conducía al altar hundido y al trono blanco de Minos. Pensé: «Si vive, está ahí».

Había aparecido otra litera, en la que me montaron, alzándola a la altura de los hombros. Hice que la giraran, para poder ir de pie como en un carro, cogido al alto respaldo. No quería que los danzarines me perdieran de vista. Seguí avanzando, como un barco por un mar borrascoso, con las Grullas apretadas a mi alrededor y los cretenses vitoreándome. Para ellos yo era Teseo el saltarín de toros, de quien se había en-caprichado la señora; el favorito que les había salvado las apuestas. Pero para mí mismo era una vez más el kuros de Poseidón, el Cerción de Eleusis; Teseo, hijo de Egeo, hijo a su vez de Pandión, el pastor de Atenas, que iba al encuentro de su enemigo.

—¡Ajaija-i! —grité, como quien encabeza la línea de batalla.

Me contestaron gritos de guerra. La sangre me hervía y me zumbaba.

Cuando nos acercamos y el resplandor del fuego nos caldeó los rostros, pensé en Minos, a quien el propio dios le había erigido su túmulo funerario y puesto a arder el altar. Minos era quien enviaba las gale-ras del tributo. Su sello había tasado las ciudades de tierra firme; tanto grano y vino, tantas yeguas preña-das, tantos danzarines de toros. Yo le habría arrancado el alma del pecho si nuestros caminos se hubiesen cruzado en un campo de batalla. Pero la misión de un rey es gobernar, ensanchar sus tierras, ganar botín para sus guerreros y alimentar a su pueblo. Asterión me había saludado por mi título, aunque yo era un esclavo. Me ofreció oro; me puso delante vino y carne adobada al son de la música. Pero hizo deleznable mi situación e hirió mi amor propio cuando eso era toda mi fortuna. Cualquier hombre que fuera por lo me-nos medio hombre habría deseado vengarse.

Llegamos por el este y vimos un edificio que no ardía. Era la Casa del Toro. El techo había apagado las lámparas al desplomarse; quedaban todavía en pie la estructura y un par de columnas; en el pórtico, el toro de Dédalo se sostenía tenazmente sobre sus patas, revestido de yeso pintado hasta los cascos. Hice que me bajaran al suelo, para ir en cabeza.

Atravesamos sobre las caídas vigas del techo y las puertas interiores bocabajo. En el pasadizo si-guiente estaban los cascotes del piso de arriba, las sillas rotas, los potes de pintura de las mujeres y el cuerpo de un niño abrazado a un juguete. El viento nos traía chispas y el aire crepitaba de calor. Detrás de mí corrían los danzarines, que habían continuado a mi lado mientras los cretenses se dedicaban al saqueo; llevábamos en la sangre el hábito de trabajar juntos. Pronto salimos a un espacio amplio repleto de escom-bros. Era gran patio donde, sobre el piso pavimentado, fresco para los pies, se paseaban los nobles y los emisarios entre los tiestos con lirios y los limoneros en flor. Tres de los lados se habían derrumbado, el del sur hasta el suelo; al este, se inclinaban los pisos lamidos por las llamas. Pero se conservaba en pie el ala oeste. Uno de sus balcones había caído; las columnas carmesíes perforaron las lajas y las flores pintadas aparecían solitarias sobre la pared. Pero, en el majestuoso pórtico de la entrada, la enorme columna maes-tra sostenía el dintel que coronaba las escaleras, y vi guerreros armados en el rellano.

Me disponía a ordenar la carga cuando oí un gemido. Aunque el aire rebosaba gritos de gente atra-pada en los escombros, aquel ruido me llamó la atención. Venía de muy cerca; al mirar a mi alrededor, se movió un montón de cascotes y oí mi nombre.
Era Alectrión. Yacía en el suelo, con los negros bucles ensortijados blancos de polvo; tenía la boca entreabierta y salpicada de fragmentos de yeso. Se parecía a los muñecos de arcilla pintada que engalana-ban en primavera las damas cretenses, recién vistos en la pista de baile, pisoteados y deshechos. Uno de los brazos le colgaba fláccido; el otro se movía y agitaba sobre un gran trozo de columna atravesado enci-ma de su vientre. Por debajo de la columna sobresalía un trapo, un trapo de seda amarilla con bordados de turquesas, pero manchado casi por completo de rojo. Cuando miré, dos cretenses pugnaban a codazos entre si para llegar a Alectrión y arrebatarle sus joyas.

Los aparté de él y me arrodillé a su lado, mirando de reojo hacia el porche donde nos vieran las tro-pas. La timada mano del joven se aferró a mi brazo.

—Teseo, no me abandones al fuego —dijo.

Miré la gran columna y luego sus ojos. Nos comprendimos. Le retiré los escombros del pecho; estaba delgado y, aunque los latidos eran débiles, se sentía el corazón.

—Esto será rápido —dije—. Ojalá el guía sea amable contigo. Cierra los ojos.

Puso la mano sobre mi muñeca y jadeó como si quisiera volver a hablar. Esperé y movió espasmódi-camente la cabeza hacia el ala de poniente, diciendo: —El Minotauro.

Luego cerró los ojos como yo le pidiera. Al verlo morderse los labios de dolor, lo rematé. Tomó aliento y murió; y me alejé de él, porque había mucho que hacer. Por eso no vi quién se quedó con su collar y sus aretes.

Por la escalinata bajaban soldados, protegiéndose con sus escudos de las piedras que les tiraban los cretenses. Se adelantó Foitio, con su nariz de pugilista, y deteniéndose ante la columna maestra gritó en cretense: —Tranquilizaos, buena gente. Tenéis un rey a quien llorar. Minos ha muerto en el terremoto. Cuando llegue la hora, ya se os dirá cómo pecó contra el dios y mereció esta venganza. Pero antes hay que consagrar al nuevo Minos, que es quien puede hacer la paz por nosotros con el sacudidor de la tierra y ale-jar su cólera. Ahora, mientras os hablo, se está ejecutando el sagrado rito; el momento es demasiado an-gustioso para celebrar actos públicos.

Se oyeron silbidos y aullidos de ira; pero Foitio era un hombre capaz de sostener con firmeza una mentira. Alzó la mano con la palma abierta; estaba habituado a dar órdenes y su gesto era enérgico.

—¡Tened cuidado! ¡Minos está en presencia de la Madre Día! Es un sacrilegio que los hombres no purificados se acerquen al altar. ¿No habéis sufrido suficientes infortunios? Retroceded para evitar la maldi-ción.

Los cretenses dieron unos pasos atrás, refunfuñando. No eran guerreros y tenían buenas razones pa-ra temer a los dioses. Luego, en medio del silencio, una voz aguda y nítida preguntó, desde el otro lado del patio: —¿Quién eres tú, Foitio, para maldecir en nombre de la Madre? —Ariadna estaba de pie sobre el estrado, delante de su litera, con la diestra levantada; el resplandor de las llamas parpadeaba sobre el ves-tido con el que había dirigido la danza. Foitio frunció la boca y sus hombres se miraron. Yo también estaba impresionado. Nunca la había oído hablar con tanta fuerza; sentí un escalofrío.

Señalando el santuario, Ariadna dijo:

—¡Ahí tenéis la calamidad que ha caído sobre el Laberinto! ¡Pongo por testigos a todos los dioses de que él ha asesinado a Minos! En el santuario hay un asesino, impuro por la sangre que ha derramado, en presencia de la Madre. ¡Y hablas tú de sacrilegio! —Hubo un tremendo silencio; sólo se oía el crepitar del fuego. Ella extendió ambas manos sobre la tierra y gritó—: ¡Ojalá la Madre lo maldiga y también todos los dioses del averno, y ojalá las hijas de la noche lo persigan en el interior de la tierra! Y bendita sea la mano que vierta su sangre.

El silencio se trocó en bramido. Los cretenses avanzaron en tropel. Yo los alenté; un guerrero no olvi-da una batalla. Pero me sentía turbado.

Pensé: «Ella no sabe quién acabó con Minos. ¿Me afectará su maldición?» Luego me dije: «No, el propio Minos me absolvió». Y también: «Pero ella sabría quién lo mató si hablase por mandato de algún dios». Aunque Asterión fuera hijo de la misma madre que Ariadna, no hay deber más santo que el de ven-gar a un padre. Ella sólo merecía alabanzas si deseaba ver correr la sangre de Asterión.

Los cretenses tiraban piedras de nuevo y ganaban terreno; detrás de nosotros estaba el fuego, y de-lante, el enemigo. Salté a donde pudieran verme los danzarines y pronuncié la voz de alarma del redondel, que convoca a todos cuando hacen falta todos para desviar al toro.

Me respondió una voz masculina. Talestris trepaba por los escombros; las llamas doraban sus recios brazos y piernas. Tomó una flecha del carcaj que llevaba al hombro y la puso en el arco. Disparó y Foitio cayó.

—¡Buen tiro! —grité, y me volví para sonreírle.

Pero Talestris no me miraba. Se le iban doblando las rodillas y se desplomó de espaldas; tenía clava-da una jabalina debajo del pecho. La sangre que manaba de la herida era de un vivo color escarlata y ella respiraba espasmódicamente. Una amazona pelirroja que combatía a su izquierda se arrodilló, sollozando. Talestris la apartó y se irguió a medias, penosamente, apoyándose en su hombro; escudriñó la línea de batalla y le señaló al hombre que le había lanzado la jabalina. La pelirroja se levantó de un salto. Bajo el refulgente cielo, sus ojos parecían fulgurar con lágrimas de fuego; las ahuyentó con un parpadeo y tensó los brazos para apuntar. El hombre se llevó las manos a la garganta y vi la flecha entre sus dedos. Luego la muchacha se volvió; pero la mirada de Talestris se había apagado y yacía inmóvil, con el pelo negro despa-rramado sobre los fragmentos de un jarrón pintado.

La pelirroja profirió un lamento, que se oyó a pesar de todo el estrépito del Laberinto en llamas, y se precipitó hacia las lanzas.

Profiriendo mi grito de guerra, salté a mi vez. Me gustaban sus bríos, pero no podía permitir que una mujer se me adelantara.

Los danzarines avanzaban como hormigas sobre los cascotes. Teníamos los pies ágiles después de tanto esquivar a los toros en la arena del coso; y las armas de que disponíamos nos sabían como la comida cuando se tiene hambre, puesto que habíamos flirteado con la muerte a cuerpo limpio. Las tropas de la escalinata llevaban lanzas y escudos; pero los toros cretenses tienen los cuernos largos y la testuz más dura que un yelmo de guerra metálico. Estábamos habituados a los combates desiguales; en eso venía consistiendo nuestra vida.

Ellos seguían lanzando jabalinas y nosotros no podíamos tirar las nuestras, que habían sido recorta-das para poder introducirlas de contrabando en la Casa del Toro. Amintor estaba a mi lado. Cambiamos una sonrisa, con el afecto de los hombres que combaten juntos y se leen el pensamiento Cada uno de nosotros escogió a su hombre y esperamos a que una piedra lo obligara a levantar el escudo; entonces echamos a correr y lo apresamos por la cintura. Volvimos con sendos escudos y lanzas de siete pies.

Cargamos escaleras arriba por los anchos peldaños. Bastante cerca, vimos a la amazona pelirroja, con las armas y el yelmo de Foitio. Los guardias de la escalinata habían juntado sus escudos; pero los hici-mos retroceder y retroceder, primero más allá del friso donde estaban pintados los jóvenes nobles que le llevaban regalos a Minos, luego, hacia la sala de arriba. A veces los guardias tropezaban al subir la escalera de espaldas y caían en nuestras manos. Los peldaños se volvían resbaladizos, pero valía la pena apoderar-se de sus armas. Vi que algunos empezaban a huir y comencé a chillar para asustar al resto.

De pronto, como el agua que se escurre por el sumidero, se desvanecieron en las tinieblas. Se habí-an retirado a defender un paso más angosto. Lanzamos un sonoro grito de triunfo. Entre todas las voces oí una que me obligó a volverme. Era la de Ariadna, a quien llevaban en andas los cretenses. Profería vítores, con el cabello desgreñado y los ojos muy abiertos, incitándonos a matar.

Cuando subíamos a toda prisa la escalera, miré a la amazona pelirroja, que tenía ahora una herida carmesí en el brazo que empuñaba la lanza; y mi corazón no quiso saber nada de sus propios pensamien-tos. Porque el frenesí bélico es honroso en una muchacha guerrera que vierte su sangre y arriesga su vida junto a uno. Nadie sabe mejor que yo, que tuve una camarada así, cómo eso ilumina la batalla tanto como el resplandor de una antorcha. Pero con una mujer hogareña, de manos suaves y cuyos pintados pies rara vez han pisado un terreno áspero, no acontece lo mismo.

«Bueno —me dije—, la han tratado muy mal y la amenazan con peores males. Tiene derecho a ven-garse. Y es hora de obrar, no de pensar.» En el remate de la escalera había un corredor y después una entrada por donde llegaba la luz a través de una escalera abierta al cielo. Pero, como conservaban en su poder los peldaños que daban al exterior, aquellos a quienes yo creía huidos habían erigido una barricada con escombros, arcones y otros objetos pesados. Parecía que podrían aguantar mucho tiempo. Nos grita-ban desde detrás de la barricada que nos marcháramos, dejando que Minos se ocupara de su sagrada ta-rea.

—¡Su sagrada tarea! —dije a Amintor—. Sólo una cosa quieren todavía los dioses de él. Si fuera tan siquiera un rey a medias, la ofrecería él mismo, en vez de permitir que la hagamos nosotros.

Luego, miré la escalera y recordé el espacio de abajo y su disposición, y se me ocurrió una idea.

—Caso —dije—, sigue atacando aquí. Apriétales fuerte; no les dejes creer que sólo quieres ganar tiempo. Conozco un camino; pero quizás esté bloqueado por el terremoto. Si consigo entrar, oiréis mi grito de guerra.

Busqué con los ojos a la señora y la vi sana y salva entre sus guardias cretenses. Entonces reuní a las Grullas y les dije:

— Seguidme.

Bajamos la escalera y los conduje, atravesando el patio, al bloque de edificios del norte después del cual estaba la Casa del Toro. Había allí unos cuchitriles, cocinas y destilerías, depósitos de pintura y de-pendencias para mezclar aceites y perfumes. También estaba la vieja habitación de la lámpara, con la trampilla que conducía a las catacumbas.

La fachada del edificio se había derrumbado y los pisos altos estaban en llamas; pero abajo había gruesos muros y columnas y se podía entrar en la planta baja. Confieso que aquello no me gustó. Quizá la furia de Poseidón me hubiese ensordecido para las advertencias menores. Antes de que entráramos, oré pidiéndole una señal, para saber si aún estaba colérico. Nada se movía, salvo el fuego que ardía arriba; por lo tanto, entramos.

La habitación de la lámpara se mantenía en pie. Los estantes se habían caído y las lámparas estaban hechas añicos en el suelo. También se veían tinajas de aceite rotas, y nos miramos, sabiendo que el fuego podía cortarnos la retirada. Pero abajo estaban los recios pilares del cretense Minos, que habían resistido dos grandes terremotos. Pensé que valía la pena correr el riesgo, y las Grullas confiaban en mí.

Abajo todo era espesa oscuridad. Hicimos mechas con nuestra ropa para dos lámparas que aún con-tenían aceite; con qué encender no faltaba. Encontré el hilo secreto amarrado todavía al pilar. Cogí el hilo en una mano y la lámpara en la otra, y encabecé la marcha.

El lugar estaba cambiado. Íbamos chapoteando en vino y aceite, entre lentejas y sésamos, porque la catástrofe había derribado los sacos y los estantes. Y en cierto momento, cuando atravesamos la vieja ar-mería, vimos flamear al otro lado de una estrecha grieta la luz hiriente de las antorchas y oímos los gritos de los hombres que peleaban como animales. Adiviné que allí estaban las catacumbas del tesoro. Pero las Grullas me seguían, serenas y silenciosas. Nos guiaba un solo pensamiento y no contrajimos aquella en-fermedad.

Por fin, llegamos hasta el guardián. Se habían desmoronado grandes piedras del pilar que estaba a su lado y sobresalía poco del suelo. Se distinguían la mandíbula y los dientes hermosos y fuertes; debía de ser joven. Las Grullas se sobresaltaron, pero el guardián era un viejo amigo mío; yo no veía malicia en su sonrisa. Lo que no me inspiraba confianza era el tambaleante pilar; me llevé el dedo a los labios y avanza-mos con pasos de gato.

Por fin llegamos a la puerta que llevaba arriba; por debajo se filtraba un poco de luz. Subimos con cautela y, pegando el oído contra la madera, oí salmodiar.

Probé la puerta, temiendo que estuviera atascada. Pero se abrió sin dificultad; seguía bien engrasa-da. Empuñamos nuestras armas y nos deslizamos al interior. En la antesala la luz era escasa y vacilante. La atravesamos; más allá estaba la gran escalera teñida de rojo por el reflejo del cielo en llamas. Pero había lámparas al pie y una nube de incienso se mezclaba con el humo. Pedí silencio con un gesto y miré.

Me encontré frente a un rito que realizaban trabajosamente, sobreponiéndose al miedo y a los destro-zos, sacerdotes y sacerdotisas vestidos de diario, con un trapo como símbolo de los ropajes sagrados. Los suntuosos pedestales sostenían lámparas de arcilla y un niño con la cara sucia tenía en la mano el gastado incensario; los rotos jarrones bellamente labrados goteaban y los óleos sagrados estaban en vasijas de cocina. El trono blanco de Minos aparecía vacío entre sus grifos. La enlodada multitud miraba hacia otro lado, hacia el hundido patio de tierra. Los hierofantes del rostro blanqueado estaban de pie alrededor del trono, con las vestiduras bordadas de oro desgarradas y manchadas, cual saltimbanquis que usan las ropas desechadas por los ricos y compradas a los criados. Sus ensalmos, trémulos como lamentos de mendigos, llenaban el recinto de un vago zumbido; a veces tosían, atragantados por el hollín que transportaba el aire.

En el patio de tierra vi a un hombre de pie, desnudo de cuello para abajo: era rechoncho, de piernas gruesas, con vello negro en el pecho, en las piernas y en la ingle, y tenía delante la sagrada Labris. Sobre el tórax brillaba el crisma con que lo ungían un viejo y una vieja temblorosos, de manos semiparalizadas. Del cuello para abajo era un hombre y vil; del cuello para arriba era una bestia y noble. Serena y señorial, con largos cuernos y encrespadas cejas, la espléndida máscara torina de Dédalo miraba más allá de la triste muchedumbre, con sus solemnes ojos de cristal.

Por encima de la salmodia, ahogado a medias por los muros, se oía aún el estrépito de la lucha; el golpeteo de las amias y las piedras, los gritos de los hombres, los alaridos de las amazonas. Nuestros ami-gos se comportaban con lealtad. Era el momento oportuno. Lancé el grito de guerra y me precipité entre la concurrencia.

Los celebrantes se dispersaron dando voces. Corrieron en tropel hacia la escalera: los viejos y viejas se atropellaban unos a otros, mientras los más vigorosos los pisoteaban. Llegaban del exterior los gritos de los defensores, al darse cuenta de que estaban siendo atacados por la espalda. Algunos guardias de mira-da descompuesta, que estaban apostados alrededor de la sala del trono, irrumpieron en desorden. Supuse que las Grullas se bastarían para contenerlos. En cuanto a mí, tenía algo que hacer. Él estaba acorralado, de espaldas contra el alto muro que sostenía la escalera que daba sobre el foso. El foso era demasiado profundo para poder salir de dentro si no era subiendo por los peldaños. Me detuve en lo alto y lo llamé por su nombre. Quería que me reconociera. La máscara de oro se volvió y los ojos convexos me miraron. Cuando se posó sobre mí aquella mirada regia, que le prestaba majestad incluso a lo que ocultaba debajo, alcé el brazo y realicé el saludo al toro que hace el jefe de equipo. Después salté al foso, hacia él.

Durante un momento, Asterión permaneció inmóvil, con el muro a sus espaldas. Luego su brazo se disparó para coger algo. Una forma que parecía un rayo negro giró a su alrededor por los aires. Había aga-rrado a la Madre Labris, que estaba en su pedestal, la devoradora de reyes, la antigua celadora. En lo alto de la escalera una sacerdotisa lanzó un chillido.

Él me había negado mi condición de guerrero; por eso estaba yo dispuesto a matarlo inerme, como se mata a las fieras. Pero me estimuló la perspectiva de combatir. Bailé a su alrededor, haciendo fintas con la espada, mientras él esperaba, medio agazapado, con el hacha apoyada en el hombro. Y me parecía iló-gico que ambos estuviéramos armados; bastaba con que él tuviese sus largos cuernos, a los que yo me agarraría enseguida para saltar por encima, mientras los jugadores apostaban y el público gritaba en las pintadas graderías.

El anciano sacerdote y las sacerdotisas habían escapado como pudieron; ahora el poco espacio es-taba despejado. Me abalancé, para terminar pronto. Pero el miedo le había dado rapidez también a él. El filo de piedra cayó sobre la vara de mi lanza a un palmo de la punta, que se desprendió como una brizna de hierba segada por la mitad. Ahora estábamos los dos solos en nuestro coso, como en los tiempos del sacri-ficio original: la bestia armada y el hombre desnudo.

Oí un gruñido estentóreo detrás de la máscara hueca cuando avanzó hacia mí con el hacha levanta-da para atacar. Había fuerza en aquellos hombros carnosos. Arriba, en la sala del trono, se libraba una fu-riosa batalla; de allí no podía llegar ayuda ninguna. Él había girado a mi alrededor, para apartarme de los peldaños, y me empujaba ahora contra la pared opuesta. Entonces, cuando ya no se podía hacer otra cosa, mi cuerpo pensó por mí, como en la danza. Me apoyé contra la pared y, al ver venir el hacha, me dejé caer como una piedra. Cuando el hacha golpeó el muro en el sitio donde antes estaba yo, aferré la pierna de mi adversario y lo derribé.

Cayó a plomo sobre el duro piso de tierra. Oí el ruido apagado de la máscara de oro al chocar; y cuando lo sujeté y vi la máscara torcida, comprendí que Asterión luchaba a ciegas. Tenía aún el hacha, pero ahora luchábamos cuerpo a cuerpo y no podía esgrimirla. Agarró el mango más corto y, mientras rodába-mos y forcejeábamos, me golpeó como se golpea con una piedra. Pero le tenía apresado el brazo y no pudo hacerme mucho daño. Y pensé: «Labris nunca peleará por él». Era vieja y estaba habituada a ser tratada con dignidad; y, una vez más, se alimentaba de un rey. No le gustaba que la tomaran a la ligera.

Y tenía razón. Si él la hubiese soltado y utilizado las manos para luchar, habría tenido alguna posibili-dad; me doblaba en peso y había tenido que esforzarse aquel día tanto como yo. Pero no era luchador, aunque a los cretenses se los adiestra bien; no podía renunciar a la esperanza de destrozarme la cabeza. Por eso, mientras alzaba el hacha, tuve tiempo de sacar mi daga del cinto y de hundírsela en el cuerpo con todas las fuerzas que me quedaban. La daga tuvo que penetrar mucho para atravesar su grueso corpachón; pero llegó hasta su vida. Se dobló con un gran gruñido, apretándose el vientre. Me aparté de él, con el hacha en la mano.

La gente que había en la escalera gritó, pero más de horror que de pena; y luego se hizo un profundo silencio. Miré arriba y vi a las Grullas ilesas; los guardias ya habían huido. Ante mí, Asterión yacía retorcién-dose, arrastrando por el suelo la noble máscara del dios toro. Se la arranqué y la alcé para mostrársela al pueblo.

Entonces le vi la cara, contraída por una mueca que le hacía enseñar los dientes. Me acerqué, para oír lo que me dijera. Pero se limitó a mirarme como si fuese una imagen caótica, entrevista en sueños y carente de sentido. Él, que confiaba en gobernar sin hacer sacrificios, que nunca había sentido el hálito del dios que eleva al hombre por encima de sí mismo, no tenía nada que lo condujese como a un rey a la oscu-ra morada de Hades. Y con todo, mezclado con la sangre y el sudor que le manchaban el pecho, vi el óleo que lo hiciera escurridizo cuando luchábamos cuerpo a cuerpo. Lo acababan de ungir cuando irrumpimos nosotros. Por lo tanto, pese a todo, aún quedaba un rito por realizar.

Alcé la máscara de Minos y me la puse. A través de los ojos de grueso cristal convexo todo parecía pequeño, lejano y nítido; tuve que tomarme un tiempo para calcular la distancia. Luego me eché a la espal-da a Labris y la descargué, impulsando el golpe con la cabeza, los hombros y todo mi cuerpo. El esfuerzo me dejó las manos temblorosas y la voz que se oía a mis pies calló.

Oí el grito de las Grullas en la sala del trono y en el pórtico resonó el estruendo de la desbandada, al llegar la noticia a oídos de los defensores. Pero yo permanecí inmóvil, mirando a través del cristal una ima-gen pequeña y brillante como la que deben ver los dioses que miran desde el cielo, desde lejos y desde hace mil años, a hombres que vivieron y sufrieron en tiempos remotos; y en mi corazón reinó un largo silen-cio.




Teseo: El rey debe morir


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